Cómico o ridículo (17)

Como todo lo que guarda relación con el subconsciente, las diferencias entre lo cómico y lo ridículo no pueden llevarse a una teoría general. Los payasos profesionales consiguen aparecer normalmente como cómicos porque no tienen temor a ser ridículos.

Los personajes secundarios con pretensiones de protagonismo -especialmente, en lo sobreactuado- que deambulamos haciendo aspavientos por nuestra propia vida y la de los demás, nos quitamos raras veces la coraza. Con ella, por un lado intentamos protegernos del daño potencial que pueden causarnos los otros; por otro, nos sirve de careta para tratar de ocultar aquello de lo que somos que reservamos para los íntimos o, incluso, para solo nosotros.

Estos relatos, entresacados de mis propias vivencias, no pretenden llegar a conclusión alguna. Tampoco me apetecería se vieran como un ejercicio de exhibicionismo. Si algo me propongo con ellos, es poner de manifiesto que la vida de todos está repleta de momentos cuyo recuerdo elaborado conviene tener a la mano. Para poder sacarlos a la conversación cuando nos parezca oportuno o…justamente lo contrario, en la inoportunidad.

Cuando fui destinado a las galeras del flamante Centro de Diseño de Asturias, la recién rehabilitada Casita del Príncipe de los Guisasola -cuyo pago significó una carga adicional al precario invento-, se encontraba en medio de un complejo industrial ruinoso. En el inmediato futuro del ilusionismo oficial se pensaba instalar, recuperando las ruinas, una Factoría Cultural. Corría el año 1986 y, si el lector quiere saber más sin que yo pierda el hilo de lo que quiero contar ahora, puede investigar -entre otros sitios- en lo que escribí en 2009 sobre el tema (http://alsocaire.blogia.com/2009/012501-sobre-factorias-culturales.php)

Una vez tomada posesión de mis grilletes en la nave, y no existiendo un cuaderno de bitácora, mi primera actuación de emergencia fue encargar un portón de cierre, instalar un sistema de detección de intrusiones conectado a una central de alarmas, e incorporar un perro guardián, al que confiaría la responsabilidad de actuar como disuasor principal de cacos y merodeadores.

La delicada función se la encomendé a Cadine (la bauticé con este nombre, derivado de CAD, y que significaba, por tanto “Guardiana del Diseño Asistido por Ordenador”), una cachorro de pastor alemán. Como estaba recién destetada cuando me la regaló mi amigo Juan R. Quirós, la tuvimos en casa unas semanas. Todos nos encariñamos con ella, y el disgusto familiar cuando la llevé a su lugar de trabajo, que era también el mío, fue profundo. Creo que ella nunca olvidó las carreras por el salón y, aunque nos dejó huella, mandamos a la lavandería la tapicería del sofá y un par de colchas para eliminar las más visibles .

Cadine se reveló pronto como una celosa cuidadora del territorio que le asigné. Por las noches, andaba suelta por el recinto. El primero de los empleados del Centro en llegar a la mañana siguiente, la ataba a una larga cadena que apenas le restaba movimientos y así permanecía todo el día, salvo que no tuviéramos visitas ajenas programadas, en cuyo caso, como el equipo era muy sensible a las menores formas de maltrato animal, la soltábamos.

No se me puede borrar la cara de pavor de Fernando Izquierdo, que había sido también colega sufridor en la SRP, y que, de paso por Oviedo, había decidido venir a visitarme para darme una sorpresa. Se la llevó el.

Cuando me avisaron que “un señor había sido atacado por Cadine”, Fernando tenía el pantalón desgarrado por ambas perneras, en una de las cuales Cadine había hecho presa permanente. La defensora del CADCAM no le había mordido, pero las huellas del celo de Cadine eran evidentes y su mirada orgullosa nunca me pareció más impertinente.

Fernando tardó unos cuantos minutos en recuperarse, minimizó con su exquisita educación el incidente, y tras algo de porfía, admitió que le pagáramos (le juré que el importe correría a cargo del seguro, que no teníamos) un traje nuevo. Aunque me esfuerzo, no recuerdo nada del resto de la conversación que mantuvimos.

Cadine fue también una madre prolífica. Cada poco -a impulsos de su naturaleza y como consecuencia de que no nos decidíamos a castrarla para no coartar su libertad- nos obsequiaba con una decena de cachorros, de raza mezclada, que nacían débiles, muchos no aguantaban los primeros días y los supervivientes eran conducidos por Violeta, la diligente limpiadora del Centro, que vivía a dos pasos, a mejor vida.

Siempre sospeché quiénes eran los padres. En la llamada Casa del Reloj, que iba a ser el edificio principal de la Ciudad de la Cultura, vivía de forma permanente, acompañado de toda una jauría, un enigmático individuo que pasaba por ser el celador de los restos arqueológicos de Cerámicas Guisasola. Imagino que, aprovechando la ausencia de sus vecinos intelectuales, el buen hombre organizaba para sus animales fiestas nocturnas con nuestra celosa y encelada guardiana canina.

Cadine fue atropellada aún joven, mientras se dedicaba a la persecución obstinada de alguna motocicleta con escape abierto y aprovechando que el portillo estaba abierto para que saliera algún empleado con su coche. La vigilancia del Centro quedó entonces a expensas solo de la central de alarmas.

Funcionaba bien, al parecer. La alarma se activaba por ratas que interferían con los detectores, con caídas de hojas y ramas, con el viento fuerte o el paso de ñus por la pradera. Me llamaban cada poco para avisarme de una posible intrusión, y pensé incluso en acostarme vestido. Me acerqué muchas veces de madrugada a la Casita del Príncipe, y siempre hallé todo en orden. Cansado de ver mi descanso interferido con falsos avisos, di de baja al servicio. ¿A quién podría interesarle un hiperordenador?

Cuando por fin nos entraron a robar, lo que único que echamos de menos fue un portátil. Si buscaban algo más, no lo encontraron: el único despacho en el que revolvieron los intrusos, fue en el mío. La mesa que diseñara Chus Quirós estaba despanzurrada, mis libros de Cálculo de tuberías y diseño de chimeneas, por el suelo. Pobres cacos. No teníamos ni caja fuerte, ni un duro en los cajones.

¡Si hasta llegué a pagar las nóminas del personal del Centro, adelantando varios meses con mis propios ahorros!


En las montañas de Covadonga, allá donde los lagos Enol y Ercina, existe una colonia de chovas piquigualdas (Pyrrhocoras graculus). Aunque los manuales de avifauna las definen como habitantes agrestes, la habitual presencia de montañeros y turistas las ha hecho atrevidas, por lo que suelen acercarse a disfrutar de los despojos de comida.

Mi abuela materna pontificaba, cuando en el cielo de final de otoño veíamos surcar a bandadas de córvidos, “vai chovere vai nevare, van as chovas a la mare”.  Supongo que recordaba el dicho de los tiempos de estancia en Galicia, allá cuando la guerra incivil que la llevó a escapar de Asturias.

En la foto se distinguen bien, tanto el pico amarillo (característico de la especie), como las patas rojas (indicativas de que se trata de un adulto), ya que en las piquigualdas, a diferencia de en las piquirrojas, los jóvenes las tienen negras. Parece un trabalenguas, pero así son las cosas a veces en ornitología.

Cómico o ridículo (16)

Los años de residencia en Düsseldorf fueron para toda la familia, muy especiales. Recién cumplidos los treinta años, tenía ante mí una oportunidad profesional excepcional. El sueño de recuperación del mercado siderúrgico español se desvelaba como un espejismo y Ensidesa tuvo que potenciar la venta de algunos productos en los países más industrializados, creando empresas locales.  El mercado alemán (y, en general, el de toda la antigua Eurofer) era muy atractivo en precios, si bien los países terceros, como era el caso de España, estaban sometidos a cuotas máximas anuales de importación.

De resultas de aquellos cinco años de paso por Alemania, volvimos con dos hijos bilingües, una familia puesta a prueba y con los laureles del éxito de haber reforzado nuestra unión y, a mi particularmente, me aportó algunas plumas rotas y un dossier de abultada experiencia. Entre 1979 y 1984 hubo sucesos importantes en España y observarlos, y juzgarlos, desde la plataforma emocional y económica del núcleo duro de Europa, perfeccionó la base argumental con la que he construido mi posición ante la vida.

Recuerdo muy bien cuando el 23 de febrero de 1981, más o menos sobre las seis y media de la tarde, recibí la llamada de Evelio Mañas, director de personal de Ensidesa. “Ha habido un golpe de Estado. El Congreso está ocupado por los militares. Tienes que recoger toda la documentación reservada de la oficina. Llévatela a un lugar seguro. Que no sea tu casa”,

¿Documentación reservada? No tenía la menor idea de qué tipo de información de la que manejábamos podría merecer tal calificativo, y Evelio no parecía dispuesto a dar muchas explicaciones. Capté, sin dificultades, que en el ambiente gravitaba la sospecha de que todas las comunicaciones estaban interferidas. España había caído, de nuevo, en el pozo profundo de su historia desdichada.

Llamé al cónsul de España en Düsseldorf, el asturiano Trelles, -un personaje con una humanidad fuera de lo común, al que estaré siempre agradecido por la manera como facilitó mi integración en el país- para obtener más detalles. Mientras me ponían con él, encendí una pequeña televisión que tenía en la oficina. Las cadenas alemanas estaban ya ofreciendo en directo el espectáculo lamentable. “Me acaban de decir desde España que ha habido un golpe de Estado. La televisión alemana está poniendo imágenes de guardias civiles en el Congreso. ¿Qué váis a hacer en el consulado?¿Qué instrucciones tenéis?”

Al otro lado, advertí un silencio denso. “Primera noticia. Llamo al embajador y te cuento”. Era evidente que el protocolo de reacción ante sucesos que afectaban a la seguridad no estaba aún desarrollado.

Mi esposa es rubia, tiene los ojos de un hermoso color verde azulado y la tez blanca. Parece nórdica, pero es asturiana de pura cepa, seguro que descendiente de aquellos suevos o alanos que invadieron la península y se establecieron por el occidente. No es tan extraño que se dirijan a ella en inglés, tomándola por extranjera.

Cuando fuimos a Alemania, ella no tenía la menor idea del alemán. (En verdad, yo había rellenado la casilla en donde se pedía identificar las preferencias de expatriación, con un claro: “Cualquier país de Europa menos Alemania”). Mucho más sociable que yo, enseguida se encontró, o la integró ella misma, con una colonia de más de una decena de mujeres españolas, con las que formó sólidas amistades.

Salvo una o dos excepciones, todas estaban casadas con extranjeros: alemanes, japoneses, ingleses, yugoslavos…Cuando nos reuníamos con cualquier pretexto, ellas se lo pasaban en grande verbalizando sus vivencias en la lengua propia y los maridos pugnábamos por encontrar un lenguaje común en el que intercambiar algunos mensajes. No eran las nuestras, en general, charlas para enorgullecerse, aunque, en honor a la verdad, también hice magníficos amigos.

Una vez en que teníamos invitados en casa y queríamos preparar un plato especial, María Jesús me condujo a la carnicería y, después de observar el género, me pidió que tradujera: “Dile que quiero una buena pieza de morcillo, pero que sea entera y, por lo menos, de un kilo”. Estaba buscando de lo profundo de mi vocabulario alemán la palabra más afín a morcillo (de la que aún hoy, dudo su significado real en la morfología vacuna), cuando la voz del carnicero, atento sin duda, a mi aspecto de turco atildado, con el bigote recortado que entonces lucía y mi pelo castaño oscuro ligeramente ondulado, interrumpió mis elucubraciones:

“Aber, mein Herrn! Lassen Sie ihren komischen Versuche (…)” En nuestra lengua: “Pero, hombre de Dios, deje de hacer pinitos con su alemán, y que su esposa me diga directamente lo que quiere, que no tengo toda la mañana para Vd.”


El cormorán moñudo (Phalacrocoax aristotelis), en invierno, y avistado a distancia, es difícil de distinguir del cormorán grande, que se ha hecho habitual entre nosotros. El moñudo es más pequeño y recibe su nombre porque, en verano, el adulto tiene una cresta muy aparente.

Los cormoranes se alimentan sobre todo de peces, que engullen enteros -algunos, de un tamaño considerable en relación a lo que podría suponerse más acorde para el buche del ave-. Son capaces de aguantar sumergidos durante algo más de un minuto, nadando con gran rapidez, por lo que pocos peces se escapan a su voracidad. A su presencia creciente en los ríos del Norte de España, siempre al acecho de alguna posible presa, se atribuye la reducción de la pesca, siendo acusados como uno de los depredadores dañinos para esta afición deportiva.

Después de las inmersiones, abren las alas en una posición característica, exponiéndolas al sol, para que se sequen,

Hace unos días leí que el cormorán pigmeo ha vuelto a España, en donde había desaparecido en la Edad Media. En el delta del río Danubio está localizada una de las colonias más numerosas de este ave. De allí provendrán, supongo, los ejemplares avistados aquí.

Cómico o ridículo (15)

Si bien no puedo afirmar que haya tenido que dedicarme profesionalmente a la informática, si es cierto que ésta ha ocupado un espacio colateral en mi vida, de cierta importancia.

A finales de los años 69, se pusieron de moda los programas de simulación y, entre ellos, la cima se la llevaba el GPSS (General Purpose Simulation Systems). Recién incorporado al Departamento de Investigación Operativa como “ingeniero de sistemas”, me encomendaron estudiar en profundidad las posibilidades de aquel lenguaje -que ya se vanagloriaba de ser “user-friendly”- y, en su senda, realicé decenas de simulaciones, sobre todo, en relación con la gestión de colas -tiempos de espera, número ideal de puestos de atención, etc.-y la optimización de recursos.

Una vez realizado el estudio de campo (al que, pasado tanto tiempo, no me duelen prendas en afirmar que contaba con las máximas reticencias de los “responsables de producción”, celosos de que un tipo de “servicios” metiese las narices en su feudo), los programas que debía confeccionar para cada caso, constaban de centenares de instrucciones,y cada una, se correspondía con una ficha perforada. Como la ejecución de aquellos diabólicos ejercicios de simulación consumía gran parte de la memoria del potente IBM 360 (luego sustituido por el 370), tenía que entregar las hojas por la mañana con las instrucciones a las perforistas -había unas cuarenta mujeres en una única sala, dedicadas a teclear durante toda la jornada-, recoger el paquetito de  fichas cuando me avisaban del Departamento de Proceso de Datos, y dejar que durante el turno de noche”se corriera” el programa que había preparado.

Si una ficha se descolocaba, o había un error en la mecanografía y, por supuesto, si yo me había equivocada en la programación, a la mañana siguiente recogía, no la esperada solución a las diferentes variantes planteadas, sino varias resmas de hojas inservibles, junto a la dolorosa explicación de alguno de los colegas de bata blanca que se movían como sanitarios por el recinto de la sala de ordenadores: “Hemos tenido que parar el programa cuando llevaba cuatro horas de running. Debes tener algo mal, porque aunque lo que tú nos dejas suele consumir mucha memoria, no nos pareció normal”.

Ha pasado tanto tiempo que no me duelen prendas en afirmar ahora que más de una vez, viendo que el tiempo se me echaba encima y que la informática no me permitía ofrecer resultados presentables, inventé las conclusiones. Como suena. Lo arropaba con varias hojas de lenguaje erudito, un anexo con las fallidas instrucciones, y una docta explicación respecto a lo que procedía. Nadie advirtió nunca nada (o no me lo dijeron). Seguramente, nadie había pretendido utilizar aquellos informes, o se decidió adoptar lo que el sentido común dictaba.

En fin, fui reconocido por mi capacidad para realizar simulaciones, y con ese aura me destinaron a investigación metalúrgica de laminados.

El GPSS no fue, por supuesto, el único programa informático a cuyo aprendizaje dediqué intensas horas de juventud. Varias versiones de Fortran (desde la IV hasta, por lo menos, la XIV), de AutoCAD (he llegado a dar clases sobre alguna de las variaciones del programa base), de procesado de textos, de manejo de base de datos (¡Ah, las maravillas de los .db!) , de Excel, etc. han tenido su momento de gloria en mi cerebro. Cuando fui nombrado Presidente del Centro de CAD-CAM-CAE de Asturias, tuve que aprender el lenguaje del superordenador de los ochenta, un Cyber de Control Data, y gracias a la dedicación de Juan Lejarreta y Miguel Angel Muñoz, fundamentalmente, se hizo en aquella empresa alguna programación de máquinas herramienta, y hasta pasamos a tres dimensiones una prótesis de cabeza de fémur que nos encargó Alejandro Braña.

Cuando hoy advierto lo fácil que es obtener resultados de complejos problemas de contorno por parte de adolescentes y jóvenes en su primera edad madura que no saben lo que es una raiz cuadrada, me pregunto qué creerán estar haciendo cuando con tres instrucciones intuitivas calculan una estructura de varios pisos, obtienen las isotermas sobre una pieza sometida a varios focos de calor o resuelven en segundos bases de datos interconectadas que hace menos de tres décadas nos llevaban meses de afrontar complicadas ecuaciones.

Tengo varias reglas de cálculo inútiles, dispersas por mi despacho de nostalgias-alguna de longitud superior al metro, capaz de obtener exactitudes de centésimas; con éstas, desde luego, nunca pensé en llegar a cumplir el aforismo que el catedrático de Ampliación de Matemáticas nos recordaba: la regla de cálculo es el peine del ingeniero”- . También acumulo, tablas de logaritmos, libros de cálculo tensorial y análisis numérico y colecciones de arduos problemas de naturaleza metafísica que no tengo la menor idea de cómo pude llegar a resolverlos. Parece ser que había que combinar, en algunos, integrales triples, dobles curvilíneas y  ecuaciones diferenciales de segundo orden.

He abierto un libro, dedicado por su autor (Carlos Conde), sobre las máquinas de Turing, que explica los pormenores de los primeros ordenadores mecánicos. Con él en mi regazo, me acomete la pesadumbre de lo que podría suceder si un día, esos móviles de bolsillo que hacen todo tipo de operaciones y búsquedas, gracias a los enanitos sapientísimos que tienen dentro, y que cualquier ignorante  se jacta de saber manipular en su última cara versión, dejasen de funcionar por algún hipervirus y las generaciones educadas en la ignorancia digital tuvieran que volver a empezar desde cero, sumando, restando y dividiendo con dos decimales.


El hermoso pájaro del que hoy ofrezco su fotografía, en actitud de canto, es un mito  (Aegithalus caudatus). La variedad de esta especie que aquí presento es la propia de la Europa occidental, que tiene las cejas negras. Es característica su larga cola, que le hace parecer algo más grande: en realidad, es un ave diminuta.

La fotografía está tomada a contraluz y poco después del amanecer. Que esas dificultades disculpen la calidad de la toma de la que, perdóneseme la vanagloria, estoy orgulloso.

 

 

Estado judicial

El 17 de febrero de 2017, la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca ha dado a conocer la Sentencia del llamado Caso Noos.    Se trata de un texto de gran extensión (741 páginas), ocupando el Fallo las últimas doce. La extensión y el cuidado que evidencia su redacción ponen de manifiesto que no se trataba, en absoluto, de un proceso cualquiera.

Por supuesto, no necesitamos ninguna exhibición de buenos propósitos ni alardear del funcionamiento impecable de los estamentos del estado de derecho. Pueden ahorrárselos sus defensores, en particular, ésos que, cuando una Sentencia penal les afecta a ellos o a sus correligionarios, se apresuran a decir, con la boca pequeña, que la acatan, que el poder judicial es independiente.

¿Pero qué necesidad tenemos de coronar con mentiras y medias palabras algo que surge de la propia imperfección de las decisiones humanas? ¿Porque abogamos por su eterno inmovilismo?: ni las Leyes son perfectas, ni los tipos penales están analizados con total equilibrio y completa objetividad (y no digamos, las penas que acarrean los delitos), ni todos somos iguales ante la Ley o, al menos, no lo somos ante los órganos jurisdiccionles.

No podemos serlo, por la naturaleza de las cosas. Ni todos los abogados son igual de brillantes, ni todos los jueces igual de diligentes, ni todos los demandados o encausados tienen los mismos medios económicos y de influencia, ni todas las sentencias son idénticas para los mismos hechos y datos.

Esto es lo que hay. Y, al afirmarlo así, desde el conocimiento que nos da -a todos los que ejercemos en el campo del Derecho- el actual estado de cosas, no estamos apoyando la necesidad de una revolución, sino insistiendo en la continua necesidad de reformas y la importancia de añadir mesura a los análisis. Acatamos las sentencias, -qué remedio, aunque agotando todos los trámites procesales para buscar su enmienda, cuando la advertimos injusta a nuestras pretensiones- pero no siempre las compartimos.

Voy, pues, al grano del tema de estos días. Los media se han ocupado de difundir las conclusiones de la Sentencia del caso Noos, concentrándose en las penas impuestas y, en su caso, las absoluciones a algunos imputados.

De entre todas ellas, las que afectan a Ignacio Urdangarin, casado con la infanta de España, Cristina de Borbón, y a ella misma, también imputada, han concentrado los análisis. Como en toda cuestión polémica, los comentarios se orientan, según la ideología y simpatías de lo autores, bien a criticar la supuesta benignidad de las penas -y, en particular, la absolución penal de la Infanta-, bien a poner de manifiesto que la Justicia ha actuado, independientemente de la personalidad de los acusados.

Estamos en un Estado judicializado, en el que el profundo deterioro de todos los estamentos ha derivado hacia los procesos judiciales, y, en especial, los penales, la necesidad de redención colectiva.

Los años de la dictadura y los de democracia formal subsiguientes no han eliminado la corrupción, en sus variadas formas. Puede que, incluso, la hayan hecho más refinada. Solo los muy ingenuos o ignorantes pueden sostener la creencia de que se está en los últimos años procediendo con serenidad y contundencia contra la corrupción que, desde hace décadas -me atrevería a afirmar que, siglos-, forma parte del Sistema económico.

La corrupción no se juzga en los tribunales ni se condena en ellos. Vive con el sistema, porque forma parte de la educación general, impregnándolo todo. Los pocos casos que han salido a la luz en España (como en otros países) lo han sido por denuncias de arrepentidos o por declaraciones de pececillos corruptos que, para aliviar sus penas, han acusado a sus superiores. El clan de corruptos y corruptores se cierra sobre sí mismo, protegiéndose.

En relación con el juicio Noos, puede que algunos piensen que se ha juzgado a la monarquía, y que, con este proceso, se va a debilitar a la institución. Tal vez, incluso desde una parte de la judicatura se haya visto con buenos ojos que condenar a miembros de la familia real significa avanzar en el cambio de régimen,

No pienso así (tampoco me puedo imaginar que la Monarquía salga reforzada). Necesitamos la Monarquía porque carecemos de un sustituto válido como forma cabal de Estado. La propia institución se ha encargado de ponerla en bretes evitables, probando su resistencia, de los que ha salido prácticamente indemne: los detentadores de la Corona pueden alardear de rijosidad consustancial a su naturaleza, matar elefantes y osos como sana diversión elitista, casarse con plebeyas a despecho de lo indicado por sus consejeros áulicos… Nuestras abejas reinas no tienen sustituto.

Las Monarquías que sobreviven en países democráticos se han hecho impermeables como fórmula de subsistencia. Levitan sobre lo razonable. Hay un ejemplo paradigmático: la Reina de Inglaterra. Su distancia  infinita con la realidad es la mejor defensa: cuando se manifiesta con algún signo humano, es algo parecido a haber sido testigos de una aparición espectral. Indestructible.

Aquí se sigue el ejemplo, mal que bien, porque hay que salvar la Monarquía, esto es, a todos nosotros, sus súbditos desnortados. Las sonrisas forzadas de SSMM en la inauguración de la exposición en el Museo Thyssen, el mismo día de la publicidad de las condenas a personas de su familia, obviamente, han sido ensayadas previamente en los días anteriores, pues la Sentencia tuvo que ser conocida con anterioridad. La procesión irá por dentro, pero no se la deja trascender.

Y, sin embargo, no es posible ignorar los propósitos y consecuencias de este sometimiento al escarnio popular de la divina Institución. Porque el que personas de la familia real, incluso en una dinastía empobrecida como la española, se vean imputadas, paseadas por los juzgados, analizadas sus conductas a placer por cualquier nindungui, es fruto de un intento de poner a prueba la resistencia de la Institución, pero sin afectar a la vulnerabilidad del núcleo central, poniendo sobre el tapete colectivo, que “la Justicia es igual para todos”, incluso para ese plebeyo deportista al que se le arrojó a los pies de los caballos justicieros.

Se ha producido, en efecto, la apariencia de una sacudida brutal a la esencia de la Monarquía española. ¡Miembros de la Familia, corruptos!. Es lógico que ante un ataque de tamaña envergadura, se hayan activado todos los recursos de contención del daño.

Nadie, disponiendo de su sano juicio mental, admitirá que la justicia haya actuado con total independencia (¿cómo mantener la “total independencia” con ese continuo clamor de la calle, esa tensión permanente, a ratos, insoportable?) , ni dejará de valorar que el gobierno no haya utilizado todos los medios posibles para conducir el tempo y la intensidad del proceso (“espero y deseo que la Infanta salga libre, con todos los predicamentos favorables, del proceso”) y que el propio Monarca Felipe VI, sus padres y resto de familia real (y de otras dinastías monárquicas), y sus apoyos, valedores y beneficiarios sustanciales, no hayan visto con intranquilidad y disgusto el que uno de sus miembros haya sido puesto en la picota justiciera (¿no podemos imaginar llamadas de la reina Sofía a su hijo varón, pidiendo intersección salvífica?).

Tenemos una forma de gobierno anticuada, pero que funciona. La mayoría de las monarquías europeas han dejado de existir, salvo en los libros de Historia o como reliquias depuestas, vagando a la eterna espera de tiempos mejores. Algunas han terminado de forma cruenta. Sin embargo, pasado el tiempo, nada ha cambiado en los pueblos que han visto culminado el proceso de sustitución de las Monarquías por otras formas de Gobierno. República o Monarquía, es lo de menos.

Esa enseñanza de la Historia la tenemos impresa en nuestros genes, los españoles.

Analizada someramente la Sentencia, encuentro algunos elementos para la polémica jurídica. La pena principal de Urdangarín lo ha sido porque el Tribunal le estimó como autor de un delito continuado de falsedad en documento público, además de por malversación de caudales públicos (art. 404, 390.1.2º y 4º y 432.1, con la atenuante de reparación del daño). No se cierra con ello la posibilidad de revisión, a pesar del extenso y meditado escrito de las Sras. magistradas. No me ocupo, gracias a Dios, del caso, pero entiendo que la consideración de Urdangarin como “autoridad o funcionario público” que prescribe el art. 390 abre una vía de acogida al recurso de casación, por la reducida extensión jurídica que viene siendo aplicada a estos términos.

Interesante es también el análisis de la comisión del delito de tráfico de influencias, en su tipo agravado, por el que también se condena a Urdangarin, penado según el art. 429 del Código Penal, al entender la Sentencia que  ha obtenido beneficio por la influencia derivada de la situación personal con la autoridad o funcionario público que debe tomar la decisión. Me parece que la influencia de un personaje tan encumbrado como es un miembro de la familia real, en un país en el que la Monarquía es la forma de Estado, ante quien debe tomar una decisión pública, queda manifiesta por el solo hecho de aparecer como interesado, sin necesidad de actuar positivamente como “influyente”.

En cuanto a la exoneración de culpa a la infanta Cristina de los delitos contra la haciendo pública, a mi no me sorprendió en absoluto. Pero, ¿es que nos hemos olvidado de en qué país y bajo qué orden estamos?

Y, como ya han avanzado algunos comentaristas con más intención que yo, tenemos que esperar a la revisión de la sentencia por parte del Tribunal Supremo. Como prueba a la solidez de la Monarquía, de momento, ya hemos tenido dosis suficiente.


Las urracas han ocupado grandes espacios, tanto en las ciudades como en el campo. Son agresivas, gregarias, tienen un excepcional poder de adaptación a los medios, y son prácticamente omnívoras.

En las ciudades españolas, lo normal es encontrarse, en cualquier lugar y ocasión, con estas aves, atentas siempre a hurtar un bocado, ahuyentar a otros pájaros e, incluso, a presentar batalla a animales de mayor tamaño: ni cuervos, ni rapaces se atreven con ellas, cuando se encuentran defendiendo sus nidadas, lo que hacen en grupo sin problemas.

Esta urraca, a la que fotografié en el momento de desplegar sus alas para huir, aguantó, como si me echara un pulso, un buen rato. A diferencia de la inmensa mayoría de los pajarillos (salvo algunos gorriones comunes, que andan siempre mendigando residuos en torno a los humanos), las urracas, o pegas, sostienen al máximo el momento, aparentemente inmutables, hasta que, de pronto, se lanzan en un vuelo rápido, potente, corto.

 

Cómico o ridículo (14)

A lo largo de la vida, son muchas las personas a las que perdemos de vista. No precisamente porque hayan fallecido (que, por supuesto, crecen en número a medida que nosotros vamos cumpliendo años de supervivencia), sino, simplemente, porque desaparecen de nuestro entorno: compañeros de estudio, de la milicia, del master, de alguno de los trabajos o tareas que hemos ido acometiendo. Incluso, familiares más o menos próximos a los que vimos en no se que boda, funeral o bautizo y de los que dudaríamos, si nos los encontramos casualmente por la calle, si son presentadoras de televisión, jugadores de fútbol o el primo segundo ése que se fue a hacer el Erasmus a Eslovenia.

Como expatriado regular de mi región favorita, Asturias, cuando vuelvo de cuando en vez a la tierrina, no puedo menos de sorprenderme con las reacciones que recojo, sobre todo en Oviedo, si me cruzo con alguno de esos antiguos colegas de lo que sea, a los que, a lo mejor, no he visto en treinta años, y su reacción, supongo que después de las inevitables dudas respecto a la identificación -recíprocas, en general- es, exteriorizar, simplemente: “¡Hasta luego!”. Es decir, en traducción ramplona, “Hasta dentro de treinta años”. A mi estas formas de abreviar tajantemente un posible intercambio de breves noticias personales, siempre me ha intrigado: “¿Sabrá Fulano más de mi vida que yo mismo para despacharme, al cabo de tanto tiempo, con tan breve saludo?

Entre los personajes más curiosos que reaparecen en nuestras vidas, seguro que están, por el contrario, aquellos que, habiéndoles perdido la pista durante décadas, reaparecen de repente, con una llamada telefónica: “¡Hola, Angel! ¿Qué tal te va? Resulta que estaba repasando la lista de compis del colegio de segundo grado de Primaria” -es un ejemplo ficticio- ” Y me pregunté, ¿qué será de Angel? Así que llamé a todos los que encontré con tu nombre en la guía telefónica de Madrid, hasta que di contigo. ¿Te acuerdas del Hermano Jesús, el que nos daba Historia Sagrada?”

No, no nos acordamos. No existía ningún Hermano Jesús en nuestra vida, y el segundo grado de Primaria lo hicimos en Albacete. Me ha sucedido esto cuatro o cinco veces en mi vida. La secuencia y final de estas situaciones, es siempre la misma: después de varios días de fastidiosas llamadas, con tendencia a concentrarlas en horas intempestivas, con el objetivo desplegado con rapidez de contarnos su vida, pedirnos dinero o, también, llenar las horas de aburrimiento, desaparecen como han llegado.

He cambiado muchas veces de lugar de trabajo, dentro y fuera de España, y conocido a miles de personas. De muchas de ellas -digamos, unas cinco mil- guardaba tarjetas de visita de aquellos con los que me había cruzado, hasta que mi diligente cuidadora de inutilidades, hizo desaparecer todas para siempre, salvo el par de decenas que corresponden a las personas con las que mantengo actualmente contacto y siguen utilizando ese obsoleto medio de ratificar la posición y existencia, aún usada por comerciales y detentadores de puestos de la Administración pública, que son las tarjetas de visita.

La variedad de puestos de trabajo me ha permitido disfrutar o padecer de una amplia relación de despachos, sillas y sillones, mesas y mesitas que fueron los elementos de mobiliario que fueron puestos a mi disposición. El más cutre, con distancia, fue una mesa sin desbastar, llena de agujeros y manchas de grasa, que podría haber estado con anterioridad destinada a ménsula de despiece en una carnicería, y que fue el sitio de apoyo que compartí con mi querido colega César en una subestación de Ensidesa, en donde estaba instalado el departamento de Investigación Operativa, que dirigía por entonces Julio Figueras. El más snob, la mesa aerodinámica que me enjaretaron en Düsseldorf, con sillas de querencia de cuero, que se prolongaba un par de metros más allá con una de reuniones con diseño italiano, de mármol, y que se completaba con un par de cuadros en fibra de amianto de un afamado artista que, quiero creer, no falleció de asbestosis.

Jamás he modificado el despacho que me legaron mis antecesores en el puesto. No es esa virtud, seguramente, sino pereza y, por supuesto, una seria tendencia a no despilfarrar dineros. Pero sí he podido contrastar, con reiterada persistencia, que lo que suelen hacer, como primera medida, la inmensa mayoría de quienes se hacen cargo de un puesto o puestecillo en el que tienen disposición sobre una partida presupuestaria para reformas, es cambiar los muebles del despacho, ponerse en el habitáculo un servicio, y ampliar los metros cuadrados tomando sitio del destinada a secretarias o sala de reuniones, incorporándola al recinto propio. Eso sí, lo que también es objetivo, si la cartografía lo permite, es la puerta alternativa para escapar de las visitas molestas o disfrutar de unas horas de asueto autoconcedidas.


El pequeño carbonero garrapinos (Parus ater) se protege, entre el comedero y el tronco del árbol en donde este se ha colgado, del ataque de los gorriones (passer domesticus) que tienen un tamaño notablemente mayor. Los 11,5 cm de envergadura del diminuto párido frente a los 14,5 o 15 cm de los machos de la familia de los Ploceidae (Gorriones).

Doy fe que el carbonero es obstinado. Tan pronto los gorriones -u otras aves que acuden a la llamada del alpiste- abandonan su sitial, vuelve la pareja de páridos -indistinguibles para mi los géneros, aunque no la especie, que tiene la coronilla negra con una mancha blanca en la nuca- a picotear el alimento; eso sí, siempre por el lado en el que los gorriones no pueden acceder.

Carta abierta a Iñigo Errejón

Estimado Iñigo:

Personalmente no te conozco, aunque he seguido con atención el despliegue mediático de la formación a la que perteneces aún y, con especial interés, tu trayectoria en ella. Percibo, como otros observadores, que te has salido del ojo del huracán del Podemos. Trasladado como metáfora política, este fenómeno meteorológico explica que, si bien en el centro del partido se tiene la percepción de calma, en cuanto se abandona el núcleo, se cae en la vorágine.

Si te dirijo esta abierta, no siendo ni militante ni siquiera simpatizante de la coalición Unidos Podemos, es porque has despertado mi simpatía. Me ha parecido casi siempre muy sensato lo que expresas y, aún más, muy adecuado el tono y la elegancia verbal que utilizas. Puedo imaginar que, después del estrambótico Congreso Vistalegre II, del partido que cofundaste, estarás pasando por un mal momento. Como líder y portavoz de la opción derrotada en el encontronazo con las huestes que secundaron a los dos Pablos y al siempre enigmático Carlos Monedero, debes sentirte decepcionado.

Pues, por el contrario, pienso que tienes que estar orgulloso. Has aportado sensatez y pragmatismo a un debate sustancial sobre la forma de abordar la solución a los problemas de España. Lo afirmo desde la experiencia, aunque también, desde la teoría. Te duplico exactamente la edad (vas camino de los 34 años) y acumulo, como corresponde a cualquier persona mayor que haya vivido intensamente, multitud de ejemplos que combinan vivencias que entremezclan líderes y resistencias, proyectos, éxitos, fracasos, …aprovechados, perdedores y perdidos.

La respuesta a los problemas nunca estará en la calle. Por supuesto, la calle  (es decir, las manifestaciones de afectados por una cuestión y sus simpatizantes) es, posiblemente, el mejor medio de dejar constancia, de acuerdo con las leyes (en un país democrático), de la gravedad de una situación que debe ser corregida. Pero ni es el medio de acogida de todos los que tienen problemas (la mayoría de quienes sufren injusticias, las sufren en silencio), ni admito que desde la calle (por muchos gritos, vuelcos de contenedores, incendios de coches o neumáticos, tropezones y peleas con las fuerzas del orden, e incluso mítines enfervorecidos),  la multitud grupal esté en situación de ofrecer soluciones.

Las soluciones, si existen, vendrán desde la discusión (en principio, dialogante, aunque con la imprescindible energía para exponer problemas y criterios) entre quienes tienen el mejor conocimiento tanto de lo que se debe corregir como de las opciones viables,  y los que poseen los medios de acción. Supongo que has estudiado este asunto cuando te encontrabas en la preparación de tu tesis para obtener el grado de doctor: “La lucha por la hegemonía durante el primer gobierno del MAS en Bolivia (2006-2009): un análisis discursivo”.

Pero si, al tratarse de un trabajo académico no percibiste la necesidad que te apunto, asunto clave cuando se quieren encontrar opciones válidas desde los agentes políticos y socioeconómicos de un Estado desarrollado, seguro que tu padre (que, según he leído en tu biografía fue militante del extinto Partido del Trabajo de España), te lo hizo notar cuando eras niño: una cosa es la teoría y otra, muy distinta, la práctica.

Se entiende, por eso, muy bien, la base de tu discurso político actual: estamos viviendo,  y algunos, sois protagonistas activos, en un país peculiar, que no tiene nada que ver ni con los países latinoamericanos, ni con lo que se está cociendo en los Estados Unidos de Norteamérica. Ni siquiera tiene, y aquí debo decir que, por fortuna, muchas concomitancias con el estado coetáneo de las opciones políticas emergentes en varios Estados europeos. Nuestro estado de bienestar está en grave riesgo, sí. pero -a pesar de los tremendos vacíos de empatía y comunicación del actual Partido de gobierno- no me atrevería a afirmar que no exista en varios miembros del mismo, sensibilidad para enderezar la situación.

Pero no me engaño, Iñigo. Necesitamos una oposición fuerte y constructiva, no revolucionaria. Por eso, y porque comparto lo sustancial de tu mensaje de que hay que construir una nueva transversalidad de las izquierdas políticas, te felicito especialmente porque, para muchos de los que hemos vivido ya  historias de fracasos (incluso, recogido los despojos de una guerra incivil y sobrevivido a la presión agobiante de una dictadura injusta que contó con el apoyo de una abrumadora mayoría de supervivientes), y no desearíamos que se repitieran, entendemos que ahí, en profundizar en el diálogo con los que discrepan y, especialmente, con los que actúan desde el escenario de las posibles soluciones, hay camino para explorar.

Seguramente, el único camino razonable para los pacíficos no conformistas. Ahora que has salido o te han catapultado fuera del ojo del huracán, tendrás más tiempo para apreciar que no estás, ni mucho menos, solo. Estas, en  mi opinión, con la inmensa mayoría.

Un saludo, Iñigo


Esta hembra de papamoscas cerrojillo (Ficedula hypoleuca) encontró gusto a los frutos del saúco frente a mi ventana. Es un pájaro migrante y los libros de avifauna caracterizan a estas aves como insectívoras. En su plumaje de invierno (que es el caso de la fotografiada), son difíciles de distinguir del papamoscas collarino, aunque el borde blanco de las plumas, en vuelo, son un rasgo característico.

Pero, si bien para los aficionados a la ornitología representa siempre un orgullo la identificación perfecta de un ave -especialmente, de las migratorias o de las más raras-, para los amantes de la naturaleza nos basta con saber que un pájaro que viene tal vez de muy lejos ha tomado aposento circunstancial junto a nuestro hábitat, y, por su sola presencia y actividad  nos contagia con su innata alegría de vivir.

Cómico o ridículo (13)

No soy aficionado a los coches, quiero decir que no pertenezco a ese grupo respetable de expertos en identificar a distancia, con la sola visión de un alerón o la esquina del capó, la marca, los caballos de vapor del motor y la versión exacta del modelo del vehículo.

Este desinterés tiene sus ventajas -me importa un comino conducir un alta gama o un utilitario de la más modesta escala, con tal que funcione-, pero no está exento de problemas. Por ejemplo, soy incapaz de preocuparme por llevar a revisar mi vehículo al taller, salvo para cambiar el aceite del motor (y, de paso, solicitar que me revisen el resto de líquidos de la circuitería) y, bueno, sí…también los neumáticos, cuando barrunto que la hora es llegada.

Hace ya unos quince años, se celebraba en Madrid una extraña Convención empresarial cuyos objetivos he olvidado. La cuota de inscripción era muy alta y, conscientes de que suponía un gasto inútil cuyo importe implicaba un lastre para el cumplimiento de los objetivos de que caían dentro de mi dirección, había decidido declinar la invitación de asistencia. Sin embargo, la llamada del Consejero Delegado, expresando que se contaba con la presencia de nuestro grupo, implicó que suscribiera, no solo mi inscripción, sino también la de uno de los miembros de mi equipo.

Estábamos en el descanso del plumbífero acto, cuando oigo pronunciar mi nombre por los altavoces: “Angel Manuel Arias, pase por el stand de Rover. Enhorabuena”. Me había tocado un Rover 75 que, según me enteré en ese momento, se rifaba entre los asistentes. Lo que yo creía era la ficha de comprobación de asistencias al Congreso, era la papeleta para entrar en un sorteo.

Acompañado de mi colega, que manifestaba mucha más emoción que yo (llamó por el móvil a su esposa para comunicarle mi suerte, y llegué a escuchar la réplica de la interpelada “Y a nosotros, ¿qué?”) , me acerqué al stand y contemplé impertérrito el flamante vehículo. “No parece muy ilusionado”, me dijo una azafata. Era cierto. No lo estaba, porque, además, con mi maquiavélica propensión a buscar cinco pies a los gatos, estaba preguntándome qué diablos pretendería “el Sistema” regalándome un coche, y barruntando (como al cabo de unos meses comprobé efectivamente) que significaba probablemente mi preparación dulce para darme la patada del despido.

Los comerciales que intervinieron en la operación fueron muy amables, aceleraron los trámites para que el vehículo se pusiera a mi nombre en un pis pas. Hasta se inventaron una entrevista en la que yo expresaba, como pie de foto de mi cuerpo serrano abriendo la puerta del vehículo, que “estaba encantado de que me hubiera tocado ese coche, porque me encantaba ese modelo”. Por suerte, la mayoría de mis colegas y casi todos mis amigos detectaron que ni mi forma de expresarme ni mis aficiones, ni la repetición de un verbo que no uso, tenían mucho que ver con esa declaración de preferencias motorizadas.

Me encontré así, de pronto, con dos coches. Mi penta-añejo BMW y el nuevo Rover y, después de varias fallidas intentonas para desprenderme del segundo, regalé el primero a mi tío Juan Manuel, en la operación mercantil más desastrosa que realicé en mi vida. Mi tío, al poco tiempo regaló el coche alemán a un chico del pueblo aficionado a la automoción, que lo estrelló en un par de meses y yo me encontré con una fuente interminable de problemas.

No se qué diablos le pasaba al Rover, pero se calentaba. Mucho. Lo llevé al taller de al lado de mi casa y le cambiaron el radiador. A la semana siguiente, subiendo el Pajares, se quemó el motor. Hice cambiar el motor (me costó un buen pico) y, un año después, volvió a quemarse. Así que, después de haber obtenido un diagnóstico demoledor respecto al futuro del vehículo, decidí regalárselo a un buen muchacho ecuatoriano que me prometió pagar la viñeta que estaba a punto de caducar, darlo de baja inmediatamente y aprovechar las piezas para repuestos de segunda mano.

Un par de años después recibí una notificación del Ayuntamiento reclamándome el impuesto de circulación del fastidiante Rover, comunicándome la situación irregular del mismo, con los recargos correspondientes. Para terminar con esta historia sin abrumar con detalles, digamos que conocí a varios ecuatorianos que habían sido, sucesivamente, poseedores del vehículo, y que, después de amenazas y discursos intimidatorios, conseguí zafarme del embrollo sin que mi dignidad oficial quedase quebrantada.

¡Ay, los coches! Estando de alférez de Milicias en la tierra de tranquilidad a la que ya me he referido en estas notas, sucedió que la hermana de mi esposa vino a pasar unos días con nosotros. Me tocaba hacer guardia en el Cuartel y se les ocurrió visitarme para satisfacer la curiosidad de cómo nos preparábamos para la guerra por entonces.

Después de una tarde agradable, en la que compartimos pastas y café con los reclutas, encantados con aquella diversión fuera de programa, encargué a uno de los soldados, mecánico de profesión, que las retornase al apartamento que tenía alquilado, en Santa Ponsa, Para mayor seguridad de que todo se haría conforme a los mejores cánones, ordené a uno de las decenas de voluntarios que se ofrecieron a acompañarlos, que fuera de copiloto en el R-5 que yo tenía entonces, y que había trasladado a la isla para facilitarme los movimientos por ella.

Pasaron las horas y los reclutas no volvían al cuartel. No había teléfono móvil para contactar con mi mujer y yo estaba sobre ascuas. Negros pensamientos me asolaban. Oi que alguno de los más chuscos de aquellos insubordinados militantes susurraba: “Estos se han fugado con las chicas”.

Por fin, pasada la media noche, apareció el mecánico, negro de aceite y pálido como el interior de una berenjena. “¿Qué coño ha pasado?”. le increpé. “¿Habéis tenido un accidente?” “Mi alférez -me explicó, farfullando-, no hubo accidente. Su esposa y cuñada llegaron a casa sin problemas. Solo que…”

Resulta que, volviendo para el cuartel, al experto en motores le pareció que el R-5 hacía un ruido raro. Queriendo demostrarme, según dijo, su competencia, abrió el capó y, al manipular con una llave, se le cayó y provocó un cortocircuito. El tiempo que le faltaba por justificar lo habían empleado, él y su recluta acompañante, en comprar varias cintas aislantes y rodear con ellas el cableado eléctrico del vehículo.

Cuando volví a la península, lo cambié por un R-12 catatónico-y tuve que aportar encima varios billetes-, si bien mis aventuras con los coches no tuvieron tregua.


La primavera está ya apuntando, a pesar de que los fríos invernales asoman de vez en cuando. Las aves que ya encontraron pareja, buscan afanosamente lugares en donde fijar su residencia. Esta pareja de herrerillos parece haber hallado el sitio idóneo para instalar su nido en este hueco de un árbol. Revolotean incansables alrededor de esa posición, yendo de acá para allá, a veces distanciándose del punto de encuentro en un fugaz y rápido vuelo (estos pájaros, son realmente diminutos en comparación, por ejemplo, con el carbonero común).

Supongo que tratan de valorar si este agujero en el viejo tronco es suficientemente seguro de posibles depredadores para la nidada y, para ellos mismos, durante la dura carga de trabajo que supondrá sacar adelante a tres o cuatro pequeñuelos durante tres semanas, garantiza alimento,

No temáis, pequeños. Yo velaré vuestro empeño.

Cómico o ridículo (12)

Hace unos días, en una agradable cena de despedida de una de las Comisiones a las que me ha llevado, hasta ahora, mi ajetreada voluntad de ser miembro permanente de mi propia ONG, invité a los asistentes, con la intención de dar un contenido informal a la sobremesa, a contar alguna anécdota en la que creyeran haber hecho el ridículo o hubieran sido protagonistas de una circunstancia cómica.

Para animar la exposición, me referí a dos peculiares momentos de mi vida, relacionados con el nacimiento de mis dos hijos.

Cuando mi esposa estaba a término del primer embarazo, la pareja de primerizos vivíamos aquellos días con la lógica ilusión, aunque también con temor a no hacer las cosas bien. Habíamos acopiado una colección de libros sobre el particular, desde “Mi hijo”, el clásico del Dr. Spock, hasta “Vida sexual”, firmado por el Dr. López-Ibor (y que bastante más tarde,  la periodista Lidia Falcón se declararía como autora real del mismo, junto a su pareja entonces, el admirable Eliseo Bayo). Después de la celebración del año nuevo, María Jesús había tomado una copa de champán (sería cava) y mi padre había enunciado dogmáticamente que, dadas las virtudes atribuibles a ese vino, el parto habría de ser inminente.

La noche del uno de enero siguiente fue realmente movida. Mi esposa no pegó ojo y yo, que tenía que trabajar al día siguiente por el futuro de España, tampoco. Me disponía a tomar el coche para encaminarme hacia Avilés, por la tortuosa carretera de la Miranda, pero, antes de partir, con todos los libros técnicos sobre parto, abiertos sobre la mesita, y el reloj en la mano, contaba los intervalos entre contracciones.

-“Llama a la comadrona”, me apremiaba María Jesús, “y pregunta qué hay que hacer”

-“No creo que estés de parto”, le replicaba.”Aquí dice que las primerizas tenéis sensaciones de parto falsas”.

Finalmente, fui compelido a coger el teléfono y con aire doctoral, expliqué a la persona que contestó la llamada: “Mi esposa tiene contracciones cada veinte minutos, pero aquí el libro dice que…” La voz me interrumpió: “¡Deje el libro y venga inmediatamente! ¡Su esposa está de parto avanzado y si no rompió aguas lo hará en cualquier momento!”

A las dos de la tarde nacía David, un robusto bebé de más de cuatro kilos de peso.

El nacimiento de nuestro segundo hijo fue muy diferente. Habían transcurrido tres años y medio y la obstetricia había avanzado descomunalmente, incluso en ciudades de provincias. Como el nasciturus, según el cálculo docto del Dr. X, estaba a término, y parecía coincidir la fecha del parto con mi cumpleaños, mi esposa y su asesor y cuidador médico decidieron hacerme el regalo mejor del mundo: el nacimiento de un hijo el día 5 de julio.

En la muy avanzada clínica, hoy Fundación Gustavo Bueno, antes Casa de la Cultura, llamada Sanatorio Miñor, mi mujer fue sometida a una epidural para provocarle un parto programado de máxima comodidad. Fue terrible. En la madrugada del día 6, después de horas de lucha, con mi mujer agotada, nació Miguel, con poco más de siete meses de gestación, y con un peso ligeramente superior a los dos kilos.

Serían las dos de la madrugada, cuando el médico de guardia me llamó: “No me puedo hacer cargo de este niño. Está muy débil y aquí no tenemos incubadoras. He llamado al Hospital General para que lo atiendan. Tienes que llevarlo tú, porque aquí no hay ambulancias”.

Envolvieron al niño en varias mantas, y, con él en los asientos traseros del vetusto R-12 que tenía entonces, debí hacer el camino más rápido posible hasta el Hospital público. En Maternidad me esperaban varias enfermeras.

Acababan de enchufar la incubadora y aún no había alcanzado la temperatura requerida. Así que, por turnos, aquellas náyades de uniforme,  se abrieron la blusa y calentaron a Miguel.

Esta historia la cuento de vez en cuando a mis hijos y nueras, y no se la creen. “Es un invento tuyo”, siguen diciendo. Pero es rigurosamente cierta.

Como que dejé al recién nacido en la incubadora -daba grima verlo, tan mínimo, con la vía conectada a la cabecita pelada- y volví a ver a María Jesús. Con tono débil, me preguntó: “¿Cómo está el pequeñín?” La tranquilicé de la mejor manera que se me ocurrió: “Te aseguro que está en muy buenas manos. Y que no me parece que ningún recién nacido haya tenido tantas emociones en el primer día de su vida”


Si el lector tiene ocasión y dispone de la opción de un jardín comunitario, no deje de aprovechar ambos con un comedero para pájaros. Vendrán, sobre todo, gorriones. Pero no únicamente. En mis dispensadores de Madrid, he podido fotografiar, además, picogordos, currucas, mosquiteros, pico picapinos, tórtolas, mirlos, lavanderas, agateadores, herrerillos, carboneros…

En esta foto, tres gorriones parecen alinearse, en una cola simbólica, para tomar alimento del comedero. He presenciado peleas familiares intensas, e incluso, como ya he podido publicar en este mismo blog, entre especies diferentes. El espectáculo, según la hora del día, me proporciona tanta diversión y esparcimiento, que he tenido que limitar el horario en el que me asomo a esa ventana de la naturaleza paseriforme, en la que no dejo de encontrar similitudes y modelos para el comportamiento de nuestra especie.

 

 

Salvar al soldado Rodríguez

La indefinible guerra entre “machos alfa” por el control de Podemos que protagonizan Errejón e Iglesias, y los miembros de sus respectivas manadas conceptuales, me hace recordar (como a muchos otros universitarios de mi generación, sin duda), las interminables disputas entre estudiantes “comprometidos” con la necesidad de una revolución antifranquista que formaban parte del espectáculo regular de las Facultades de  finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo XX.

Aquellas reuniones, protagonizadas casi siempre por los mismos personajes, se denominaban Asambleas, y eran convocadas casi siempre con premura apelando a muy variadas causas, desde lo concreto (por ejemplo, actuaciones violentas de la Brigada social, solidaridad contra represaliados, etc, ) hasta lo ideológico (diferencias entre comunismo y marxismo, discrepancias entre el MC y la LCR, etc.).

En Oviedo, donde yo estudié ingeniería, la Facultad de Filosofía y Letras -de la que también fui alumno poco después-, se llevaba la palma de todo el distrito en convocar asambleas, y organizar manifestaciones y revueltas, en un círculo vicioso que, en gran  medida, se autoalimentaba, con la ayuda de las fuerzas del orden y de la represión política imperante. Se perdieron muchos días de clase, pero algunos aprendieron a hablar en público, e incluso a hacerlo a voces, sin  perjuicio de envolver el lanzamiento de contenidos con los tonos más acres.

La actual controversia podemista, llevada a la plaza pública, se parece como una gota de agua a otra aa aquellas batallas del tardofranquismo que se convirtieron en parte -sustancial- del paisaje universitario. No se calibrar, al día de hoy, si consiguieron algo (aparte de golpes, magulladuras, algún destierro y la inmolación lamentable de mártires que acaban dando valor a la Historia de todo proceso revolucionario), aunque no habrá ninguno de sus protagonistas que no defienda que la democracia vino de aquellas manos. Para la mayoría, fueron, simplemente, parte del paisaje.

Volviendo al presente, la preparación física e intelectual de los partidarios de expresarse más en la calle que en el Congreso de Diputados (apoyando, por tanto, el cambio revolucionario) o de caminar por la vereda de los cauces previstos por la actual Constitución, dejando las manifestaciones callejeras como acción excepcional (esto es, tratar de alcanzar el poder político mediante una reforma progresista), no vaticina nada bueno para el pacífico desarrollo del Congreso de Vistalegre que está convocado para el segundo fin de semana de febrero de 2017.

En consecuencia, este rifirrafe tampoco es una buena noticia para los partidarios y simpatizantes del mensaje de cambio que aupó a Unidos Podemos por encima de la opción socialdemócrata del ya maltrecho Partido Socialista Obrero Español.  a la que debilitó aún más con un abrazo de oso en un momento crucial. Hoy, ese antiguo portador de la esencia de la izquierda civilizada, en manos de una gestora, nombre que a muchos suena parecido a la administración concursal de una empresa en liquidación, acumula problemas tanto de identidad como de liderazgo.

Qué momento más importante, pues, para la izquierda española. Restringiéndome al ámbito de Podemos, y al margen de mis concretas posiciones ideológicas (aunque ya las tengo suficientemente expresadas en estas crónicas), me caen mucho más simpáticos el tono, la actitud y el contenido de los mensajes de Iñigo Errejón y sus compis de batalla, que la prepotencia y recursos vocingleros de los Pablos (Iglesias y Echenique) y sus principales valedores.

Acababa de escribir este comentario, cuando, al revisar mi posición personal -de espectador interesado en el desenlace, si bien al margen de facciones polìticas concretas- me acordé del general Julio Rodríguez. Sí, el soldado Rodríguez, que fue nombrado in pectore Ministro de Defensa por el macho alfa Pablo Iglesias cuando fue presentado en público antes de incorporarlo a primera línea de fuego con el solo pertrecho de su prestigio personal.

Tengo expresado ya mi afecto y mi respeto por la decisión adoptada en su día por el ex jefe de Estado Mayor. Pero, ahora que el campo de batalla se ha desplazado a las propias líneas del campamento de Podemos ¿habrá llegado la hora de Salvar al soldado Rodríguez ? (*)

No me puedo imaginar al prudente y experimentado general templando gaitas entre jóvenes universitarios que se creen poder  ventilar sus diferencias con el mismo ardor que si estuvieran en una Asamblea de la Facultad de Políticas, y, en realidad, están protagonizando un docu-drama. La sociedad quiere que se ponga el énfasis sobre las soluciones  y no asistir a un concierto de dentelladas y poses de agresividad. Por lo menos, yo así lo veo.


(*) Saving private Ryan es el título original de la película épica estadounidense ambientada en la invasión de Normandía durante la Segunda Guerra Munidal, y que dirigió Steven Spielber. Narra la increíble aventura imaginaria de un tal capitán Miller que, junto a un reducido grupo de siete hombres, recibe el encargo de rescatar al soldado Ryan y devolverlo a casa, lo que hacen atravesando el cruento campo de batalla.

La fotografía que adjunto es parte de otra, de mejor calidad, representando una disputa por el alimento entre un pico picapinos y un gorrión. Me resultó increíble el ardor con el que el ave menor se lanzaba, hasta amedrentarlo, contra el picatuero que le estaba arrebatando la comida. Tengo otras instantáneas en las que aves de diferentes especies pugnan por un alimento apetecible.

No es una situación habitual, ni mucho menos: bien se trata de arrebatar la posición relevante en un comedero artificial o de defender el territorio de cría ante la proximidad de un invasor del espacio propio.

Cómico o ridículo (11)

Hubo un tiempo en que la escasez llamaba frecuentemente a nuestras puertas, solicitando al ingenio. Los niños españoles de la postguerra no disponíamos de muchos juguetes, y los Reyes Magos se habían hecho tan pobres como nuestros padres, pero sabíamos también lo que era la felicidad. Acomodarse a lo que se tiene a disposición.

En el colegio Auseva de Oviedo, el patio de duro cemento en el que nos alineábamos para cantar Prietas las filas, el  Cara al sol o Corazones y manos de artistas, antes de entrar a las clases, servía como parque de recreo. Había, en un lateral, dos canastas de baloncesto, y, como la densidad de niños que disfrutábamos al mismo tiempo de los quince minutos de recreo era muy alta,  jugábamos los partidos compartiendo una cesta cada dos equipos. Eso sí, de composición reglamentaria: tantos como estuviéramos dispuestos a jugar, distribuidos en ambos equitativamente; si había resto, estaba claro que el pobre diablo que había sido el último en ser elegido, más que ventaja, resultaba un estorbo.

Era necesario atacar o defender, pues, según quién tuviera el balón, pero a la hora de encestar se precisaba apuntar siempre a la misma canasta. Incluso, algunos días, éramos tantos los aficionados al básket, que se formaban cuatro equipos por canasta, organizándose espectáculos de confusión inenarrables, que era comprensible acabasen, de cuando en vez, a bofetadas o amenazas de “luego te veo”, que se solían solventar en el Campo de San Francisco. Los que se batían eran inmediatamente rodeados por un coro de vociferantes muchachos, hasta que algún adulto actuaba de apaciguador momentáneo.

A mi me rompieron la nariz unos compis del curso superior al mío, en un episodio ridículo que tal vez me anime a contar en estos relatos mínimos.

La alta densidad de adictos al enceste, junto a mi carácter pacífico, fueron las razones principales por las que, cuando vi la luz de escape, derivé del baloncesto, a practicar el fútbol en los recreos, en la modalidad original, hoy desconocida, de mini-fultbito.

Había que ser rápidos para, una vez que el Hermano ordenaba el Rompan filas, ocupar uno de los espacios entre columnas junto a las letrinas. Las columnas de sostenimiento del edificio hacían de porterías, y disponer de una pelota de goma -dura como una piedra- era un tesoro.  Se podían organizar hasta diez partidos en aquella zona -cuatro muchachos en cada uno-, en la que la ausencia de líneas que señalizasen cada campo de juego, propiciaba momentos de confusión y tensión. Era todo muy emocionante.

Mientras la mayoría jugábamos (incluido el frontón, que el reducido patio se estiraba como de goma) algunos lanzaban petardos a los pies apuntando a la cabeza para resolver envidias, recelos o, sencillamente, bajar los humos a los primeros de la clase (hasta que se prohibió), y otros se acercaban a la Boalesa a comprar pan de higo, bolas de chicle o cigarrillos por unidades. Los más devotos utilizaban también el recreo para visitar la capilla, y como en épocas determinadas -el mes de las flores (mayo), la Inmaculada, el tránsito celestial del -entonces, aún- Beato Marcelino Champagnat y otras que no recuerdo-, había que apuntar las obras pías que los alumnos de cada clase realizábamos, los chavales entrábamos en una competición de carácter fundamentalmente metafísico.

Se apuntaban las visitas a la Capilla que había en un lateral y que, para elevar la puntuación, algunos entrábamos y salíamos varias veces en un solo recreo. El premio podría consistir en una bolsa de caramelos para toda la clase, además de la promesa de indulgencias que San Pedro debe tener contabilizadas donde corresponda.

Aparte del objetivo de elevar al fundador a la categoría de Santo, teníamos otros: la salvación de Rusia, la resolución favorable del misterio de Fátima (depositado en una carta custodiada por el Santo Pontífice y que se abriría cualquier día menos pensado), la conversión de los chinitos, la paz mundial, etc. En el día del Domund (2o de octubre), se nos distribuía a los niños unas huchas metálicas o de arcilla policromada, que portaban un candadito en la parte inferior y ofrecían una hendidura o raja en la superior, para que postulásemos, es decir, pidiéramos dinero a la familia y por las calles, para la conversión de los habitantes de los pueblos de Misiones, que estaban situados en algún lugar de Africa, fundamentalmente.

Yo hubiera preferido que el resultado de estas colectas fuera anónimo, porque no me apetecía andar moviendo el cántaro ante los peatones para que apoquinasen  (siendo lo más probable que me mandaran a freir vientos) , ni aún menos, solicitar a mi madre que me diese algunas monedas,  para que la exhibición de mi vergüenza o timidez no fuera tan evidente. Pero también aquí había una dura competición, y los resultados de las postulaciones se hacían públicos. Había campeones destacados, cuadros de honor y caramelos. Ganaba siempre un rapaz hasta que la tentación le llevó un año a quedarse con parte de la recaudación y le premiaron con un mal en conducta y el escarnio público. Ignoro cómo fue descubierto.

En lo que no me ganaba nadie era en despegar los sellos que se recolectaban a decenas de miles que, cuidadosamente agrupados, una vez secos, se metían en cajas que, al parecer, eran vendidos a ávidos coleccionistas. Pasé muchas horas de mi vida infantil mojando estampitas, despegándolas del papel de sobre al que estaban adheridas, dejándolas secar en papeles de periódico, separándolas por países y valores faciales, y agrupándolas en montoncitos de cien a los que ataba con una goma elástica. Todo ello servía para salvar a chinos, rusos y, con perdón, negritos, del infierno. Me lo tendrán en cuenta un día, espero.


Incorporo a este Comentario una instantánea de una alondra cojugada en vuelo. Tomada con las luces tenues aún de la madrugada, la foto carece de interés en sí misma; está hecha, además, a contraluz, es imprecisa y ni siquiera permite ver bien la característica diferencial de esta especie de alondras, la cresta notable de la cabeza, en comparación con la alondra común.

La iba siguiendo con cautela, atento a que mejorasen tanto mi posición como la luz. Estas aves tienen un vuelo corto y no son asustadizas, por lo que estaba cambiando el objetivo por otro de no tantos aumentos. De pronto, como una exhalación, un azor se lanzó sobre ella y en un santiamén, la arrebató de mi vista,

Así que esta foto es testimonio último de la vida de una inocente alondra que, tal vez, se estaba librando de mi, pero que ignoró o subestimó un peligro mayor. Para mi afición, fue una advertencia: debes estar siempre perfectamente preparado, en relación con lo que pretendes.