Viaje circular

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La señora que ocupaba el asiento de al lado en el autobús que nos conducía a la Plaza de Castilla, aprovechó que yo había levantado los ojos de los papeles que estaba leyendo, y me preguntó, con educada dicción: “¿Va Vd. a alguna parte?”

Estaba aún bajo los efectos de asimilar la insólita cuestión, cuando mi acompañante circunstancial me dio una explicación acerca de su propio viaje: “Yo no voy a ningún sitio. Por la mañana, como tengo tarifa de la tercera edad y no me cuestan los viajes, cojo el primer autobús que pasa por mi parada y me voy cambiando de uno en otro hasta la hora de la comida. Así paso el día entretenida y conozco gente”.

Supongo que el propósito principal del “viaje a ninguna parte conocida” que vienen haciendo nuestros representantes en Cortes desde diciembre de 2015, es el de pasar una temporada entretenida y conocer gente. Su exposición pública nos ha ayudado, también, a conocerlos a ellos mejor lo que, lamentablemente, y hablando en general, no significa que hayamos incrementado nuestro aprecio hacia sus personas, capacidades y actitudes.

Está claro que han confundido la trascendencia del momento. No se está negociando un cambio de las posiciones astrales, ni siquiera del paradigma tecnológico (si es que esta combinación de palabras significa algo para el lector), ni la solución global y definitiva a los problemas de la Humanidad. No. Lo que se pretende es que alcancen un mínimo consenso para que un equipo de gentes asuman el Gobierno de los temas de este país, y se conforme una oposición leal y constructiva que actúe de acicate y vigilancia de aquél.

Vamos ya. A mi no me parece que haya que rasgar las vestiduras del templo para aceptar que se abstenga el PSOE, en todo o parte de su bancada, y que siga gobernando el PP, incluso con Rajoy a la cabeza, unos meses más. No veo opciones para un acuerdo precario de coalición Unidos Podemos, Ciudadanos y PSOE que haga a Sánchez presidente por algunos días. Y no me parece serio abocar a la ciudadanía a que repita la manifestación de sus preferencias.

Es deplorable el espectáculo de corrupción y amiguismo que, durante años, han estado representando el PP y el PSOE allí donde les correspondió gobernar. Nos avergüenza a todos. No ha sido tan grave como el contubernio de muchos alemanes con los nazis o de no pocos españoles con el franquismo, ni nuestra sensibilidad colectiva se ha vuelto tan casposa como la de esa mitad de norteamericanos que dicen apoyarán a Donald Trump hacia la presidencia de su país. Seguramente lo que nos pasa, como otras veces, es que nuestros delincuentes, nuestros listillos, nuestros paniaguados y tramposos son menos hábiles, más confiados, más cutres, que los de los países que nos aventajan en defender su civilización y su orden establecido, y le sacan colectivamente mejor provecho.

Sea por lo que fuere, tenemos el país patas arriba, el empleo por los suelos, la economía a la deriva, las instituciones a la greña o en hibernación placentera. Aquí y allá, observamos cómo se abren nuevos casos judiciales que se acumulan a los existentes-incluso algunos afectando a personas próximas a la Jefatura del Estado-. Tanto desorden ha conseguido trasladar al pueblo llano la certeza de que España es/era un cortijo en el que unos pocos se repartían/reparten las prebendas principales. Claro que los demás, por aquello de la subsistencia, procuraban/procurábamos/procuramos hacerse/hacernos con algunas migajas. Qué le vamos a hacer, la crisis económica ha hecho inocultables nuestras profundas deficiencias colectivas.

Si tuviera la solución definitiva para los problemas de nuestro microcosmos hispano, prometo que la aportaría de inmediato. No la tengo y, por más que leo y escucho, no conozco a nadie que la tenga. A veces contemplo con cierta envidia a los que manejan el martillo. Qué gusto tiene que dar, machacar desde el suelo una estatua caída por vencimiento de sus pies de barro, quemar una bandera convencido de que alguien se sentirá ofendido, romper un escaparate y saquear su contenido o plantear una batalla a las fuerzas del orden, con piedras, barras y botellas incendiarias, amparados en un grupo que ha sido convencido de que ha llegado el momento de reivindicar su derecho pacíficamente.

Solo que yo vengo con mi mochila a cuestas, curado de espantos, escéptico como la tabla de lavar. Mi vida, ya larga, me ha enseñado que para conseguir modificar las cosas hay que combinar habilidad, inteligencia y sentido de la oportunidad. He visto caer -sí, también en las garras de la corrupción que previamente habían vituperado con ardor- a unos cuantos que parecían puros, acomodarse a no pocos que habían prometido no cejar, sufrir y padecer a los mejores, abandonados a su suerte por los que los jaleaban.

Jóvenes, verdaderos jóvenes, y aquellos ancianos que los hostigáis, animándolos a que se lancen a una opción de acuerdos contra historia y natura en el deseo de cambiarlo todo, atentos. Aunque no le sepáis expresar bien, lo que intuís es correcto. Tenéis razón, el mundo está corrupto, las instituciones tienen en sí la semilla de la autoreproducción, los controles no funcionan como deberían, las mejores opciones no salen al mercado, etc., pero… por doquier las trampas proliferan  para los ingenuos e incautos.

Es muy lógico que creáis  imprescindible actuar con decisión, romper las cadenas, cambiar modos y métodos. Incluso entiendo que deseéis probar un antídoto fuerte, y apetezcáis lanzaros por el camino de la revolución. Ha de ser agradable -me repito- destruir cuanto apetezca destruir. Salirse del mercado, del orden, de cualquier doctrina.

Por ese instante de sumo placer algunos visionarios han entregado sus vidas en el pasado. Aunque, si os fijáis bien, la mayoría de los que encendieron las mechas fallecieron en sus lechos, tan campantes.

Y hoy, porque aprecio su trayectoria y su inteligencia, quiero invocar a un asturiano que fue víctima de una conspiración combinada de los que le envidiaban, los que le temían, los que no supieron o no quisieron protegerlo teniendo la fuerza para hacerlo, y aquellos no sabían nada de su vida y talante, pero creyeron que matándolo se libraban de un enemigo: Melquíades Alvarez. No es una calle, no. Fue todo un personaje, un intelectual sensato, un político sincero, un caído en la vorágine de una contrarevolución sin objetivos, y la ponzoña de un levantamiento militar con santo y seña.


La foto que ilustra este reportaje es la de un papamoscas cerrojillo. Está inspeccionando la posibilidad de instalar su nido en el agujero de un tronco de árbol. En otras fotos, he captado a su pareja. Imagino la ilusión con la que se asentaron en lo que creían el adecuado lugar. La proximidad a mi ventana me permitió vivir su tragedia completa. Unos días más tarde, cornejas y urracas tomaron posesión del sitio, deshicieron el emprendimiento, desbarataron la previsión de nidada. No volví a verlos.

 

 

 

 

La democracia, secuestrada

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La obstinación, revestida de ropaje pseudojurídico, con la que la vicepresidenta del Gobierno en funciones, Soraya Sáenz de Santamaría, niega que el Gobierno sin mandato tenga que someterse al control del Congreso, y solo esté obligado a darle información, equivale, en términos llanos, al secuestro de la democracia.

Porque los ciudadanos no tenemos otra forma de controlar a quienes están ocupando en precario los puestos de la máxima gestión pública que por medio de las explicaciones que se le soliciten por quienes son nuestros actuales representantes legales. Esos diputados y senadores, le guste  o no al gobierno que no ha conseguido revalidar su mandato, son ahora el Consejo de Administración de nuestra democracia.

La seguridad de Sáenz de Santamaría puede venir revestida, que no avalada, por una brillante carrera de derecho; adornada, que no por ello libre de sometimiento a la crítica del ojo del pueblo, por unas oposiciones ganadas con mérito que no es momento de discutir, a abogada del Estado; y, por añadidura, consolidada, que no por ello ha de resultar más valiosa en términos de vedad, por la experiencia docente en la divulgación de la teoría del Derecho Administrativo en las aulas universitarias.

Puede parecerle a Soraya que una formación tan densa, que sobrecarga su currículum para proporcionarle un porte apabullante, sirva de patente de corsa para que pueda explicarle, sin sonrojo alguno, al penúltimo Presidente del Congreso, Patxi López, por carta que pasará a los anales de la interpretación adulterada del juego democrático, cómo  se construye un silogismo perverso:

Premisa mayor: El Gobierno en funciones “tiene limitadas sus facultades al despacho ordinario de los asuntos públicos”, y, afinando más,  “al desarrollo de actividades de carácter puramente administrativo que no impliquen orientación política alguna”;

Premisa menor: teniendo en cuenta la insólita petición de la segunda autoridad del país (1) y la sorpresa avergonzada que caisa en la fina jurista.

nos lleva a la Conclusión irrebatible de que Nanay del Paraguay, que no te doy explicaciones de lo me pides, y que si quieres venir a por uvas o melones, espera a otra cosecha, que catar ésta no te corresponde, aunque esgrimas que tu poder viene del pueblo, porque ese pueblo te habrá dado la confianza a tí, pero no a mí.

La habilidad jurídica para enredar los términos legales de Saenz de Santamaría es incuestionable. Su palabrería es tan elocuente que no merece la pena entrar en una discusión con ella. Basta con romper el nudo gordiano de la aparente verosimilitud de su razonamiento, cortándolo de cuajo con la espada afilada que enarbola, por fuero y por derecho, el pueblo soberano.

Parapetada por su interpretación ladina de las vacantes jurídicas, que llena a su antojo, y dado que el análisis máximo de validez nos llevaría a solicitar el pronunciamiento de la autoridad legal del Tribunal Constitucional, que tiene sus plazos y mandangas, podríamos correr el riesgo de enredarnos entretanto sobre el apoyo legal que tiene su negativa y la de sus compis de Gobierno,  a comparecer para explicarnos a los españoles lo que están haciendo desde  con el muñeco que representa para ese equipo, al parecer, la democracia. Debe parecerles un ejercicio de budú, en el que, cada vez que damos la espalda a los que custodian el muñeco, le clavan un alfiler emponzoñado.

A Sáenz de Santamaría le gusta su razonamiento, porque lo repite ya sin el menor rubor, en toda ocasión. Lo ha vuelto a repetir, tal cual, ayer, para justificar la no comparecencia ante el Congreso de Diputados para explicar el nuevo caso Soria. Pueblo soberano, ya que os habéis equivocado al revocar nuestro mandato, sufrid.

No tengo ya idea de cómo va a acabar ésto. Si fueran otras épocas, vería asomar los espadones, y vislumbraría a un general Pavía montando a caballo por el patio del Congreso. Como vivimos un momento de desorientación en todos los órdenes, perdido el norte, agotadas las fuerzas, engañado el pueblo con visiones de bodevil y charanga, solo alcanzo a llevarme las manos a la cabeza.

No debiera darme todo igual, pero las circunstancias se empeñan en apuntarme que el rifirrafe por la investidura de Gobierno no va a traducirse en cambio alguno. Con tantas líneas rojas, azules y enmadejadas posiciones, han conseguido marearme, convenciéndome de que no hablan de lo nuestro, sino de lo suyo. Los unos, contentos con repartirnos las mismas ruedas de molino y vendernos idénticas motos y volver a sacar a la feria los viejos jumentos trampeados con rayas cebra. Los otros, porque no consiguen convencer ni a sus propios partidarios con tantos propósitos de hipotético cambio frontal que no explicitan, porque, además, es imposible.

Más a la izquierda del espectro de lo probable, aunque no me duelen prendas en reconocer que en ese grupo variopinto están la mayoría de las gentes que tienen mi simpatía social, porque son de verdad los que sufren del decaer de la actividad económica, y, aunque soy de la élite, comparto con ellos la convicción de que es necesario hacer temblar los cimientos de esta sociedad corrupta, para que caigan los que se aferran a que todo siga así, lo que no veo es liderazgo. Escucho mucha palabrería, entiendo que se quieren hacer aflorar rencores prendiendo mechas como pirómanos desde la clase académica, y sin valorar el efecto de los fuegos, porque falta el menor conocimiento de cómo se gestiona un pedazo tan corto de un mundo muy complejo.

Soraya, por favor, deja de darnos clases. Tus explicaciones son prescindibles.

Como las de todo aquel que ha sido cogido en falta y pretende justificarse, aún sabiendo que no le asiste razón alguna, su tono petulante y agresivo no mejora su credibilidad. Son vacuas, falsas. Nos agreden a todos y, especialmente, a los que, antes de que todo esto sucediera -el tránsito penoso por la Tierra Oscura-, creíamos que, en caso de necesidad, siempre nos vendría a salvar la democracia.

Ahora, ya empezamos a dudarlo incluso nosotros, los viejos demócratas.


(1) Justamente, por encontrarse el gobierno en funciones, la autoridad constitucionalmente otorgada al presidente de Gobierno, decae ante la validación democrática que otorga el Congreso al nombrar a su propio presidente.

P.S. Este juvenil colirrojo tizón parece a punto de iniciar un paso de ballet. Son aves atopadizas, juguetonas, que tan pronto parecen dispuestas a acercarse sin miedo a nuestro entorno más próximo, como se escapan, huidizas, para ocultarse entre el follaje. La foto no permite apreciar bien su conspicua cola bermeja.

El uso de la desfachatez como recurso intelectual

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Desconozco las concretas razones por las que Ignacio Sánchez-Cuenca se animó a escribir un libro con el interesante título de “La desfachatez intelectual” (Catarata, 2016), si bien reconozco que, a medida que avanza el año, yo mismo podría proponer múltiples sugerencias que justificarían profundizar en el atractivo tema. El autor, utilizando una manopla de hierro combinada con el cuchillo de desollar, atesta golpes y cortes a diestra y siniestra -aunque me parece que prodigándose más hacia la derecha-, a una selección heterogénea  de “intelectuales españoles de mayor prestigio y visibilidad”.

La tesis de Sánchez-Cuenca, apoyada con contundentes ejemplos es que muchos de los que componen “nuestra clase intelectual” combinan “superficialidad y frivolidad, con prepotencia y tono tajante”.

Con solo la lectura del índice del libro ya se deduce que a Sánchez-Cuenca algunos de esos insignes encumbrados le merecen más atención crítica que otros. Félix de Azúa, Jon Juaristi, Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Fernando Sabater o Luis Garicano merecen análisis más amplios, para resaltar sus incongruencias o sus presuntas simplezas, que otros como José Carlos Díez, Arcadi Espada o Agustín García-Calvo, para los que también hay estopa, pero con menos dureza.

La relación de expuestos desnudos a la crítica del catedrático andaluz es extensa, y algunos de los embolados y encapirotados, se  citan de pasada. Hay frecuentes referencias a deslices de José María Aznar y Rodríguez Zapatero, y parecería que ambos tienen una propensión a meter la pata muy superior a las capacidades para enfangarse de Felipe González y Mariano Rajoy. Pero no deduzco que se les cite por su presunto prestigio intelectual, sino por ser referencia frecuente en comentarios de otros.

No soy proclive a conceder “prestigio intelectual” a quienes ocupan espacio en tertulias mediáticas, llenan columnas impresas o sientan sus posaderas encumbrados en cátedras. Todos cometemos en errores, y cuanto más decimos -sobre todo, si improvisamos-, peor lo tenemos. Solo que el que yerra no suele rectificar, (que era cosa de sabios), sino poner más tierra de incongruencias encima. Esto es, para mi, la desfachatez.

Resulta, además, prudente tener a la vista que si se critica, de forma, además, aviesa, como hace Sánchez-Cuencia, a la mayoría de los que tienen espacio público y público entregado, se expone uno a que lo pongan de chupa dómine al doblar la esquina. Por esa razón, no el sabio oficial no va desnudo, sino vestido de oropel y fantasía.

El catedrático Sánchez-Cuenca tuvo que pensar en todo esto antes de publicar su análisis. Por eso, ha elegido para sustentar su tesis ejemplos tan contundentes, que no me consta que haya recibido, hasta ahora, de los muchos nominados como frívolos e incoherentes, réplica alguna. Puede que alguno haya creído que el mejor desprecio sea no hacer aprecio, menospreciando que las citas tienen vida propia, y dicen mucho.

En conclusión, el autor ha abierto una vía de investigación que, con más trabajo de campo, puede conformar una enciclopedia de casos irrefutables sobre el hábito implantado en los foros oficiales de este país que ha hecho, que pertrechados en la desfachatez intelectual que se alimenta con avidez de la ignorancia ajena, ha llevado a decenas de falsos expertos a opinar sin tener idea sobre gran variedad de temas. Siendo la ignorancia supina, la intoxicación avanza hasta devenir incurable, contaminando hasta la certeza.


PS. Incorporo aquí la fotografía de una gaviota, posándose (aunque no se ve ni se intuye) sobre las olas. El ave oportunista, no lo hacía, en este caso concreto, para alimentarse de peces o desechos de comida ajena, sino para intentar tragarse un trozo de una boya rota. Anduvo ocupada en el inútil y peligroso empeño un buen rato, que amenazaba con ahogarla, hasta que desistió, tal vez decepcionada.

Sin propuestas y sin alternativas

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Como a una buena parte de quienes hemos atravesado, a pie desnudo y cargando con nuestro propio bagaje emocional y económico, el largo itinerario que va desde el franquismo intenso de la postguerra civil hasta el presente, se me ha quedado en el camino la hipótesis académica de que los partidos políticos se mueven por ideologías.

Por eso, la situación que estamos viviendo en este momento postelectoral en España me parece deplorable. Los discursos de los líderes de los partidos y los de sus voceros significativos se concentran en ideas sin valor alguno, a los efectos de la solución al problema nuclear que nos afecta, que es resolver la cuestión de generar trabajos suficientemente remunerados en nuestra economía y que disminuyan el paro a un nivel soportable.

Si el PP que capitanea con un tono vital mortecino Mariano Rajoy cree que todo se resuelve en seguir haciendo lo mismo, es decir, dejando que los intereses económicos decidan lo que les conviene, aviados vamos. Porque esa hipotética recuperación a la que tanto se acude desde el gobierno en funciones, depende con alfileres del empuje de la recuperación del consumo en otros países, es decir, del aumento de su capacidad de compra de nuestros productos exportables o de la voluntad de aquellos ciudadanos -preferiblemente, extranjeros- con mejor poder adquisitivo para aprovechar las ocasionales ofertas hotelera y gastronómica (lo de cultural, merecería mención aparte).

La ambivalencia del programa de Ciudadanos, que ha sido capaz de mirar a su derecha como a su izquierda sin mudar un ápice su posición de guardián de las esencias, revela que su propuesta es académica, o como dice su portavoz económico más cualificado, Luis Garicano, surgida del “profesionalismo” (palabro que oí por primera vez a mis colegas franceses en la gestión del agua y que, aún hoy, sigo sin saber aplicar con el necesario rigor semántico).

Respecto al PSOE, solo se me ocurre indicar que es posible que los tiempos modernos no hayan visto a un partido de la supuesta izquierda socialdemócrata tan desplumado. En este momento, y cuando acabo de escuchar hasta que se me produjo un conato de vómito mental, el discurso de propuesta de investidura del candidato a la Presidencia de Gobierno Rajoy, no veo más solución provisional del tinglado parlamentario y, al mismo tiempo, opción para salvar algunos muebles y retirarse lamer las heridas de una guerra intestina trapacera, que abstenerse en la segunda votación, o, como ya insinué malévolamente en otro Comentario, dejar que el número mínimo necesario de sus diputados voten a favor.

La opción de un Gobierno de cambio se perdió cuando Podemos no quiso abstenerse en la votación que hubiera hecho presidente a Pedro Sánchez.

Nada veo como propuesta viable en la izquierda plural, es decir, en el aviario conformado por Podemos y Izquierda Unida, y no se me ocurriría proponer una revisión del modelo aberrante de lo que sería una antinatural coalición entre PSOE y Unidos Podemos, consorcio de circunstancias al que habría que llamar a independentistas y, seguramente, a los de Ciudadanos, conformando un caballo de Troya parecido a un patchwork de los que hacían las abuelas para cubrecamas.

Lo que sí pediría, desde mi humilde pedestal, es que no se nos convoque otra vez a las urnas. Ya basta de marear la perdiz. Anuncio desde ahora que, si se vuelven a presentar los mismos candidatos, ejerceré mi derecho de ciudadano descastado con la política trapacera, a no votar. Me dolerá un poco, pero se me pasará tan pronto vea el resultado de esas terceras elecciones. Si hay quien piensa que esto de elegir diputados se parece al reparto de fichas de dominó para jugar una partida, que no cuente conmigo.

Ah, se me olvidaba mencionar tres de los elementos que centran las discusiones de nuestros representantes políticos y a los que no concedo valor significativo en cuanto a su capacidad de resolver el problema de base, es decir, el paro:

a) la corrupción de los políticos y funcionarios, que podrá haber sido y quizá estar siendo aún escandalosa, pero no admito que pueda superar más del 0,5% de la obra pública, y que no es, por tanto, económicamente importante, aunque lo sea, y mucho, desde la perspectiva ética. Mucho más importante es la activación de los flujos económicos en sectores de mayor crecimiento. La corrupción, además, se desvanece -al menos, la detectable por vías normales- con mayor control.

b) la mejora de la educación, empezando por la formación profesional; me parece teóricamente muy bien, pero en lugar de reformar por reformar, lo que necesitamos, sobre todo, son gentes muy bien preparadas en las mejores tecnologías, buenos maestros y objetivos para las aulas. No se improvisa, ni valen trampas ni ocurrencias. Hace unas semanas, el decano de un colegio de ingenieros técnicos, se atrevió a decir que ya no había dos tipos de ingenieros (carrera larga y carrera corta). Eso es una clara adulteración de la valoración de la realidad tecnológica, y apuntar a profundizar en la vía de nuestro ostracismo tecnológico. Cuando leo que los egresados de formación profesional son “técnicos superiores”, me reafirmo en que nuestro sistema de enseñanza ha caído en el grave error de confundir calidad con denominación; se reproduce endogámicamente, y los genetistas saben bien que esto produce aberraciones.

c) la defensa del sostenimiento de un estado social con altas prestaciones sin tener en cuenta el origen de los fondos. Este es, por supuesto, un problema de base ideológica, y en ello me reafirmo como socialdemócrata. Pero no soy ingenuo. Para que los servicios públicos puedan mantenerse, hay que conseguir un flujo estable, y creciente, de recursos. No es cuestión de teorías, ni de apoyar con fe ciega la economía liberal o venerar al postkeynesianismo como doctrina verdadera. Aquí no es cuestión de propuestas, sino de manejar con mano de hierro y guante de terciopelo la gestión de lo público en el mar de una realidad cambiante y en la que España es un agente menor.

 


P.S. He elegido esta foto de un ave que parece estar a punto de lanzarse al vacío, desde un precario equilibrio. Los pájaros tienen una cualidad específica: saben volar. Echarse en brazos del aire es, para ellos, un juego de pájaros.

 

Santos Castro, filósofo

SANTOS Y ALEJANDRA

Cuando hace tres años, el 21 de julio de 2013, celebramos el primer cumpleaños de mi nieta Alejandra, Santos Castro estaba ya tocado por el ala del cáncer, pero se encontraba bien. Para la pequeña, comparar con la suya la mano grande del amigo del abuelo fue una experiencia divertida, que repitieron una y otra vez, para regocijo de ambos y de los que estábamos presentes.

Hoy, de las fotos que guardo de Santos, he seleccionado ésta, aunque, técnicamente, es muy deficiente. Refleja o quiero que refleje algo de lo que ambos hablamos muchas veces, en distintos momentos y circunstancias, durante las muchas décadas en que fuimos amigos: la importancia de ceder el testigo de nuestra búsqueda, a quienes tengan interés en mejorarlo, evaluarlo, criticarlo o incluso potencialidad para destruirlo.

Porque estábamos de acuerdo en que, como seres humanos contingentes, efímeros, tenemos la responsabilidad individual de avanzar en el conocimiento colectivo, tratando, en la medida de nuestras capacidades, de ayudar a desgranar el sentido, no ya de nuestra existencia sino de todo lo existente. Somos por lo que compartimos, para que el conjunto pueda crecer, pasito a pasito, en encontrar respuesta a lo que aún nos es ajeno. Esa es la fuerza de nuestra anomalía cósmica, que nos permite pensar con independencia de la materia.

Santos tenía varias carreras, pero lo más interesante de su personalidad era su permanente curiosidad, robustecida por una inteligencia que se puede valorar sin reticencias como superdotada y aderezada por una excepcional capacidad de síntesis y un poder de comunicación envidiable. De todos aquellos estudios académicos, siempre que me pedía (él era también licenciado en Derecho pero “nunca ejercí”, se justificaba) que le ayudara a redactar un escrito jurídico, a la hora de seleccionar la profesión, me apuntaba, con precisa satisfacción, que indicara que era “filósofo”.

Ayer, día 24 de agosto de 2016, Santos Castro falleció, a la edad de sesenta y seis años. Habíamos planificado lo que haríamos cuando nos jubiláramos: más  viajes por la Europa que él conocía tan bien (con mayor énfasis puesto en Italia), mayor participación en tertulias, escribir algún libro con las mejores ideas puestas a limpio, agotar la lectura -si fuera posible- de los imprescindibles de las bien surtidas bibliotecas, propias y ajenas, que se reproducían a mayor velocidad que nuestra capacidad de lectura.

Seguí, a su lado, los altibajos de una enfermedad que no perdonó resquicios, en cuatro años de destrucción física, pero que no pudo con su resistencia psíquica. No me puedo olvidar de aquel momento en que fuimos a recoger el resultado de su primer TAC, que le entregaron en sobre cerrado para su oncólogo -con el que hablaba fundamentalmente de la Historia de Roma-, y que abrimos, sentados en un banco del Hospital. Me pidió que se lo leyera en voz alta, y cuando llegué a la escueta frase final “Se detectan nódulos en el pulmón izquierdo indicativos de metástasis”, murmuró, sin perder la compostura. “Mal diagnóstico”.

No tiene sentido recordar ahora especialmente esos últimos años de duro paréntesis, convertido hoy en punto final, en una vida llena de tareas cumplidas, éxitos sonantes o solitarios, alegrías y dificultades compartidas con sus numerosos amigos o con destinatarios seleccionados. Santos, Técnico de la Administración Civil del Estado, fue en ella todo, menos Ministro. Y si no lo fue, creo que se debió simplemente a un exceso de capacidad. Era demasiado bueno para ese cargo, y muy útil en un segundo escalón. Su paso por los Ministerios de Defensa, Cultura, Industria, así lo atestiguan.

Fue consejero de Ensidesa, secretario general de la Sociedad General de Autores, directivo expatriado de la FAO…no se cuántas cosas y no quiero consultar su currículum oficial. Era conmigo poco expresivo acerca de su trabajo, separando conscientemente ante mí su perfil laboral de los otros de los que sí quiso hacerme partícipe, aunque estoy seguro de que hizo bien cuanto se le encomendó. Me confiaba un papel especial como ingeniero -admiraba la técnica, con un respeto de lego insigne- y lo pasábamos muy bien poniéndonos a conciliar asuntos dispares con visiones desde ángulos diferentes pero interés coincidente.

En las tertulias que organicé en el restaurante AlNorte, Santos era pieza imprescindible. Cuando la reunión languidecía, le sacaba punta a cualquier pregunta que yo, como provocador moderante, pudiera lanzar a la concurrencia. Hacía magia de la vacuidad, potencia de la sencillez.

Sus mejores amigos creen que yo era/fui su mejor amigo, y la distinción me honra. Pero tengo que aclarar: Santos tenía decenas de mejores amigos (y amigas) a los que distribuía sus papeles con la sabiduría y la autoridad del que domina su entorno. Cuando hoy nos reunimos en el Tanatorio de la Paz (Tres Cantos) unos cuantos de entre ellos -malas fechas las de agosto para morirse-, echamos de menos, de entre los muy próximos, al zambranista Jesús Moreno, que anda este trimestre paseando a Espinoza por Argentina. No hubo tiempo para avisar a todos, y habrá que hacer un homenaje más intenso a la memoria de Santos, dentro de unas semanas que, como todo homenaje póstumo, será también un tributo a nosotros mismos, los que quedamos.

Cuantos estábamos allí, teniéndolo por una vez callado, silente, quizá sorprendidos por su mutismo forzado. convenimos en poner de manifiesto la sabia manera en que nos distribuía los roles, según su exclusivo e intransvasable criterio, reconociendo que a todos nos podía tener de buen grado para lo que necesitara, a la hora que le conviniera. Su conversación estimulaba nuestra propia creatividad, forzaba lo que teníamos más desconocido de nuestra mente.

Sí es cierto, con todo, que, en estos últimos cuatro años, dos personas estuvimos especialmente al lado de Santos. Elena Domínguez -una ex esposa singular por cientos de conceptos- y yo mismo. No lo podrá contradecir nadie. Para acompañarle al médico, para buscar la heparina un aciago fin de año cuando le anunciaron que se le había formado un trombo, para sacrificar nuestras vacaciones, traerlo de Salamanca, para sacarlo de casa, invitarlo a comer o cenar,  estar simplemente a su lado o traerlo al nuestro, provocándolo, animándolo o dejándonos querer.

Había, claro, muchas más personas próximas a Santos -los de Comillas, los militares, los funcionarios, la familia, otros amigos, mujeres y hombres, a los que quería-, pero Elena y yo, por muy distintas razones, estábamos siempre para él, en su imaginación, en situación de disponibles. Y claro que lo estábamos. Sin remedio, con placer, sin excusas.

Cuando hace un año me diagnosticaron mi cáncer, le di un disgusto terrible. Desde entonces, a quien le visitara que me conociera, le indicaba: “El que está mal es Angel” o preguntaba, sin ocuparse de la fiabilidad de mi propia respuesta. “¿Cómo lo véis?”. En la UCI, después de la operación para extirparle el tumor que se le presentó en el cerebelo -ya tocaban a rebato las campanas de la despedida-, pero estaba perfectamente lúcido, le preguntaba a mi mujer, María Jesús : “¿Qué tal está Angel?”

Querido Santos, estoy bien. Me reconfortó encontrarme entre tus amigos, y zambullirme en el cariño que destilaban hacia ti. Me precio de que una buena parte de ellos son también amigos míos; muy buenos amigos. Porque lo que has hecho como nadie ha sido compartir. Y en esta hora final para tí, te recordamos compartiendo.

Aunque, si lo pienso mejor, prefiero recordarte palmeando la pequeña mano de Alejandra. que hoy ya tiene cuatro años y una vida por delante, y lanzándonos un mensaje a los que aún estamos aquí, que dirá algo así: “Seguid, tenéis que seguir”.

Descansa en Paz, amigo.

 

De crisis en crisis

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La humildad no es característica que pueda encontrarse en el terreno donde pacen los políticos, a quienes una deformación del ego -exacerbada por el creciente desapego de la realidad, que ocultan con fantasías- hace creer, salvo excepciones que sus propios colegas se encargan de sepultar en el ostracismo y el descrédito, que son imprescindibles.

Ejemplos de esta patología pueden encontrarse en todas partes. Parece, además, que el mal sería transmisible genéticamente, y hasta hay sospecha de que resulte contagioso por vías corporales (principalmente, la sexual): familias enteras, parejas y amantes, forman parte de una genealogía de encumbrados por méritos propios. En España tenemos aceptables representantes de esta ralea mirífica y, de entre todos ellos, voy a detenerme hoy en un personaje excepcional, que fue Presidente de Gobierno en una de las épocas de bonanza que disfrutamos entre vacas flacas (1996-2004): José María Aznar, autor, entre otras piezas literarias de valor, del libro “España puede salir de la crisis” (Planeta, 2009).

Es un libro que puede parecer antiguo -han pasado siete años desde su publicación, hasta la fecha en que esto escribo- pero, como corresponde a un autor con acrisolada experiencia de gestión pública, sus ideas son plenamente vigentes para poner de manifiesto lo que piensan él y un cierto sector de la población. Me parece, por tanto, digno de figurar como libro de cabecera imprescindible, ejemplo meritorio de una hipótesis sustancial: el mercado lo puede todo, es un abrepuertas de crisis multiuso, y si se le da pábulo, no pueden esperarse sino gozos.

Cierto que, también, es una excelente demostración, de esta paradoja: incluso quienes han estado dirigiendo un país intermedio durante varios años, siguen sin tener idea de cómo funciona el mundo. O, por lo menos, sin confesar públicamente lo que saben de cómo funciona.

En sus 218 páginas se recoge una limitada serie de lugares comunes y obviedades de excepcional calibre, perfectamente inútiles para cumplir con el objetivo que se habría propuesto el autor, según el título del volumen. Ya en los primeros capítulos, con lenguaje sencillo y directo, se defiende taxativamente que “los frívolos escarceos proteccionistas y populistas son peligrosos, porque amenazan socavar las claves del éxito sin precedentes que ha vivido la economía mundial en los últimos cincuenta años”. No parece difícil encontrar aplicaciones del esquema libertario: tómese “el ejemplo de China, India y otros países asiáticos muy poblados” (sic) que “han sido capaces de sacar de la pobreza rápida a muchos de sus habitantes gracias a la apertura  comercial y financiera”.

Unas cuantas páginas más adelante, el prestigiado pensador económico pontifica que “el principal problema español es que muchos productos españoles ya no pueden colocarse, a los precios actuales, no ya en el resto del mundo, sino en los propios mercados españoles. ” Es decir, con otras palabras, rebatiendo con certera pincelada el propósito que atribuye a la competencia ideológica, el socialismo -o lo que hubiera sido- del gobierno de Zapatero: “el problema económico español no está en la construcción ni en el consumo de las familias, sino que se llama falta de competitividad”·

Las conclusiones del trabajo académico de Aznar son, por tanto, reducción de impuestos (especialmente, de Sociedades), libertad de contratación, austeridad en las inversiones públicas, “más España”, reforma de la Universidad, “honradez”,…para mejorar la competitividad y tener amplio acceso a los mercados exteriores.

He defendido durante años que no se debe confundir generación de negocio exterior -ya sea como construcción de infraestructuras o como exportación de tecnología- lamentablente, genera escaso empleo nacional y, además, de alta cualificación, por lo que no soluciona el problema del paro.

Pero, sin volver sobre lo andado, valga aquí que tengo otro libro a la vista, algo más moderno, escrito por la Dra. en Economía por Oxford, Dambisa Moyo (Galaxia Gutemberg, 2013) “El ganador se queda con todo”. Su último párrafo (280 páginas de letra bastante apretada) dice así: “(…) nos encontramos en un momento único del planeta, con el extraordinario desafío de gestionar y navegar por los vientos de la escasez de productos básicos a los que se enfrenta el mundo en las dos próximas décadas. En la actualdiad, estamos mal preparados para lidiar con esta eventualidad; pero los retos a los que nos enfrentamos van más allá de nuestros niveles de vida y alcanzar a la supervivencia del planeta tal como lo conocemos. Esta lucha es cuestión de vida o muerte”.

Claro que Dambisa Moyo, nacida en Lusaka, pretende ofrecer una visión global de lo que pasa y, en ese contexto imaginativo, analiza las actuaciones de dos colosos: China y Estados Unidos. No parece que a quienes están dirigiendo la economía mundial les preocupe “el problema económico español”.

A mi me preocupa, en todo caso, la escasa capacidad que estamos demostrando, y no solo por parte de los políticos, sino también de los economistas, para analizar, con profundidad y necesaria, lo que deberíamos hacer para crear empleo y distribuir mejor las rentas del trabajo. Escribiendo con menos obviedades y dedicando más tiempo a desarrollar propuestas concretas.


P.S. La foto es de un pájaro de alero, de los muchos que anidan en el tejado de nuestras casas de campo. Vecinos oportunistas, generalmente tímidos, raramente osados. Dicen los expertos que los gorriones están en extinción, acogotados por las cornejas, las urracas y los insecticidas. No me parece. Echo de menos otras especies de la fauna avícola: petirrojos, reyezuelos listados, malvises,…

La investidura del líder desnudo

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Si yo fuera Pedro Sánchez -y doy gracias a mi vida y circunstancias por no hallarme en su tesitura-, me sentiría, desde luego, profundamente resentido contra Rajoy (es decir, el Partido Popular) y contra Iglesias Turrión (es decir, los de la agrupación recreativa Podemos): han impedido, al negar su abstención, la viabilidad de la interesante propuesta de convertirlo en presidente del Gobierno de España. que contaba con el apoyo de Ciudadanos, el partido de la renovación de la derecha.

Se ha pedido una oportunidad de cambiar de aires en la política de este convulso país, y ahora, después de unas segundas elecciones, y tras un amargo período de incertidumbre, Mariano Rajoy ha recibido el encargo del Rey Felipe VI, -como resultado, por supuesto, de secretas consultas con los líderes de los partidos, de cuyos resultados los ciudadanos de a pie hemos podido solo atisbar el olorcillo de los potajes- de postularse como Presidente. No lo tendrá fácil, aunque cuente con el apoyo indirecto de Ciudadanos que, de momento, indica que se abstendrá en la segunda votación, situación que no mejorará en la práctica, aunque le brindase apoyo directo en la primera.

No se conseguirá así, ni sumando los votos de la derecha regional dispersa, el volver a contar con Mariano Rajoy como Presidente de Gobierno. Porque hacen falta algunos votos más, si se mantiene la negativa del PSOE y de Unidos Podemos a su candidatura.

Y, en mi opinión, esa doble negativa ha de mantenerse. Por razones ideológicas, y de coherencia ante la necesidad de pervivir como fuerza política. Tanto del PSOE como de Izquierda Unida; no me atrevería a apelar a la coherencia en el caso de Podemos, pero no quiero que mi escepticismo respecto a lo que bulle en esa colectividad, empañe la línea argumental de este Comentario.

¿Qué hacer, para evitar unas nuevas elecciones, que a nada positivo conducirán, sin menoscabar dramáticamente las líneas de la izquierda española, ya muy deterioradas? Pues solo se me ocurre dejar que seis o siete diputados del PSOE voten a favor del tándem Rajoy-Rivera y, con ello, otorguen al primero la mayoría para liderar el Gobierno. El PSOE votaría en contra y, con gran aparatosidad, expulsaría a los diputados “traidores” de su seno, que pasarían a formar parte del grupo Mixto, o formar una nueva agrupación, cuyo nombre no brindo de momento.

No es tan malo, porque podía ser peor. Al menos, he leído que, como consecuencia de la vuelta de Ciudadanos a los apriscos de la derecha, Luis de Guindos y Luis Garicano, economistas muy valorados profesionalmente y gente seria, están poniendo en común sus carpetas de apuntes.

Vamos, pues, a ver.


P.S. La foto que incorporo a este Comentario, es la de un arrendajo. No es tan común que estas aves, por lo general, esquivas, posen para el objetivo. Tengo otras de arrendajos (garrulus glandarus) volando, pero no son tan hermosas.

La estrafalaria figura del mandato político

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Durante estos últimos meses de oscurantismo político en España, se está utilizando con profusión, la expresión “por mandato del pueblo”, reforzándola o aderezándola con supuestas variantes: “los españoles han decidido con su voto” o “tenemos la obligación frente a nuestros votantes”, y otras muchas de parecido tenor, con las que sus dicentes pretenden haber obtenido la facultad para hacer, en esencia, lo que les peta.

Esta adulteración del término proviene de una doble confusión. Por una parte, ignorar que el mandato es el período por el que un elegido para representar a una colectividad ejerce la función que se le ha encomendado. No hay mandato, pues, hasta que no se toma posesión del cargo.

Por otra, se ha producido la extralimitación sobre el significado y, por tanto el alcance, del hipotético contrato verbal entre quien detenta el poder (actualmente, en la acepción constitucionalista tipo, el pueblo soberano, al que se atribuye haber decidido con anterioridad que existen valores patrimoniales, funciones de gestión y control que es conveniente encomendar a ciudadanos privilegiados) y aquellos a quienes se delega su ejercicio (los políticos electos, mediante procedimientos consensuados). No es esta encomienda un permiso vacío, amplio o irrestricto; ni siquiera está basado en la confianza que pueda generar la capacidad del elegido, sino que está sujeto a las condiciones de contorno que marcan, conjuntamente, el programa propuesto por el partido correspondiente, y la propia situación a resolver, sea cual fuere su complejidad.

Defiendo, por tanto, que, contrariamente a lo que se está interpretando ladinamente por quienes negocian, en no se sabe ya qué términos ni bajo qué condiciones, la formación de un Gobierno, no hay mandato para actuar libremente, ni patente de corso para ir por las calles de la improvisación que más les apetezcan. En un momento como el que se vive en España, en que llevamos dos elecciones generales y vamos camino de una tercera, sin que exista acuerdo entre los partidos para elegir un presidente de Gobierno, no es la capacidad negociadora de los líderes políticos la que está en juego, sino que se ha puesto de manifiesto la incapacidad de la sociedad para encontrar una solución a las graves crisis que padecemos.

No ha habido ninguna propuesta que resultara suficientemente convincente, y el voto popular se ha desparramado entre varias opciones, sin privilegiar realmente a ninguna.

Por tanto, analizado con frialdad, lo que los españoles han expresado con su voto es, sencillamente, el cumplimiento de una obligación surgida por los usos y costumbres de un estado democrático, que quizá tuvo su sentido -paradógicamente, cuando no había tanta parafernalia puesta en papel- en reuniones o juntas abiertas, en las que todos los asistentes tenían ocasión de expresarse (y lo hacían, con la precisa contundencia). Ese “·derecho ciudadano a votar”, en la actualidad, se ha convertido en una trampa, un engorro o un rompecabezas para el hallazgo colectivo de soluciones complejas en momentos delicados.

Los programas políticos son líneas abiertas sin compromisos claros, propuestas sin alicientes precisos, trucos ideológicos que el líder de turno convierte en base para sus dotes de improvisación. No se debería votar a programas prendidos con alfileres y mal ajustados, para que luego los partidos entendieran que se les ha dado un voto de confianza.

Lo que la disparidad de votos ha demostrado, en suma, es que lo que los ciudadanos hemos emitido, en conjunto,  voto de desconfianza.

Los ciudadanos, en situaciones así, nos vemos sobre-solicitados. No se nos pida que, en tanto que votantes, ofrezcamos soluciones, ni siquiera que sepamos interpretarlas o valorar las que se nos presentan de forma confusa o imperfecta. Incluso, no se espere que abramos en torno a los programas, en un par de meses, un debate constructivo. Ese no se improvisa, ni se construye desde la discusión paritaria, cuando los temas a discutir superan ampliamente lo que cabe esperar del sentido común o del raciocinio combinado de la experiencia y la voluntad. Lo obvio, cuando se propone a un grupo de gentes, sin información ni los conocimientos previos, que propongan una actuación concreta sobre un tema complicado, es que se obtengan múltiples sugerencias, una panoplia de opciones, de las que algunas podrán ser utilizables -previo desbaste y pulido intelectual- pero lo mayoría serán simples elucubraciones.

Nada hay más complejo, hoy por hoy, que dirigir los asuntos de un Estado de los llamados desarrollados, en un panorama general de crisis, con amenazas de extrema gravedad -desde el colapso del sistema capitalista hasta el terrorismo indiscriminado-. No cabe la improvisación, ni apelar a mandatos del pueblo para justificarse. El pueblo no sabe, ni tiene por qué saber. Quiere, pero no puede; no tiene argumentos o soluciones sobre cómo salir de los problemas ni predecir la mejor actuación futura, pero, con razón, donde le duele, protesta.

Grave responsabilidad la de los cabezas de lista de los partidos más votados. No tienen mandato para lo que pretenden, ni siquiera tienen mandato aún para lo que les encomendaremos, que no es sino la imperiosa necesidad de sacarnos del atolladero. Juntos. Es comprensible que duden, que no sepan muy bien qué hacer. Tenían que haberlo pensado mejor antes, Pues que trabajen en ello. Pero lo que no resulta admisible es que, encima, nos calienten la cabeza.

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PS.- Incluyo una fotografía de un aguilucho. Vuelan muy alto, casi siempre a las mismas horas, lanzando gritos agudos. Con su vista extremadamente penetrante, los pajarillos que se asusten con esos estridentes sonidos y cambian de lugar, delatando su situación, se convierten en la presa elegida para su voracidad. Los que se quedan quietos, no corren peligro. Por su parte, los córvidos, ante uno de sus ataques, se defienden en grupo, y los ahuyentan. He sido testigo del éxito de una oropéndola macho en defender su nido frente a uno de estos majestuosos depredadores, al que sometió a una persecución implacable, hasta que lo hizo salir de su área de control.


 

Habérmelo dicho antes

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La dama, más bien obesa, que obstaculizaba la cola para pagar en el supermercado, mientras introducía con parsimonia sus compras en en el carrito, respondió a la educada indirecta del pobre diablo (yo) que esperaba pacientemente a que dejara el paso libre, y que expresé así: “¿Me permite que le ayude a meter las cosas?”  con un “No hace falta. Puedo yo”.

“Es que…-indiqué con mi mejor tono de sutil condescencia- Quizá no se está dando cuenta de que ha paralizado la cola…”

“¡Habérmelo dicho antes!”-me espetó, mientras estiraba ligeramente su voluminoso abdomen, por lo cual pude, sin apenas rozar sus carnes, pasar a recoger mi compra.

No pensar en el otro, ni atender a las consecuencias -mínimas o letales- de nuestras actuaciones, se ha convertido en una socorrida manifestación de pobreza intelectual. Podría haber escrito que lo que evidencia este desapego por la molestia, o el daño, que podemos estar provocando con nuestra actitud de pensar únicamente en lo que nos interesa, es producto del egoísmo dominante.

Pero quiero ir más allá. Nuestra sociedad es pobre intelectualmente. No sé si nos hemos hecho así, o siempre hemos sido colectivamente de esa manera. Solo que esa percepción se me ha hecho casi insoportable.

La señora del supermercado es un ejemplo trivial, inocente y simple. Me sirve únicamente como referencia para revolotear en torno a un asunto más grave: individualmente estamos corriendo un grave riesgo. No tenemos el menor valor para esa mayoría que se guía por la intuición de lo que les conviene exclusivamente a ellos. Somos su molestia, su incordio, su pesadilla.

Si “se lo hubiésemos dicho antes”, no nos hubieran prestado por ello más atención. Tendrían otros argumentos, nos darían otras contestaciones. “Actuamos así por tradición”, o “por mandato de la mayoría”, o “por designios de nuestro Dios”, o…”porque sí”.

Me sobran los ejemplos. En nuestra polis, hemos perdido los españoles una oportunidad excelente de tener un gobierno mejor que el que teníamos: la coalición PSOE -Ciudadanos, que solo precisaba de la abstención del PP o de Podemos. No pudo ser. “Si nos lo hubieran dicho antes”…

No creo que el PP de Rajoy consiga la investidura para su líder, en esta segunda vuelta de pirinola electoral -no le conviene a Ciudadanos apoyarlo a las claras, ni al PSOE abstenerse a la primera, ni mucho menos dejar manos libres a unos diputados para que apoyen al impertérrito presidente en sus eternas disfunciones… Será incluso peor si por los pelos, sin fuerza, con un traje de circunstancias y el jaretón mal hilvanado, se mantiene agarrado al clavo ardiendo de la falta de coordinación de sus oponentes. No debiera ser. Volveremos a recurrir al “Quélástima. Si nos lo hubieran dicho antes”.

Tengo amigos que aún creen que hay una oportunidad de gobernar desde la izquierda plural. No va a ser. Fue un error de Izquierda Unida asociarse con el patafísico partido oportunista, Podemos, disfrazado de izquierda trasversal y sometido a la labia verborreica de su líder actual, Pablo Iglesias (jr.). Ay, si Errejón hubiera capitaneado las negociaciones, otro gallo habría cantado, dicen.  “Habérnoslo dicho antes”.

El Reino Unido se va de la UE, aunque, como ha afirmado perogullescamente su nueva Premier, “no de Europa”. Si en lugar de haber catapultado a la dirección de ese organismo que prometía a personas sin carisma, y con demasiado apego a defender sus intereses nacionales, se hubiera avanzado en aquel proyecto frustrado de Constitución Europea…Si hubiera más capacidad para adoptar una posición coherente hacia el exterior, si se fuera capaz de analizar con visión de futuro los temas clave (cooperación internacional, sistema financiero, evolución de la empleabilidad, enrgía y ambiente, igualación salarial, etc.)…Si el Parlamento de la UE fuera menos partidista y más eficiente…Si…No pudo ser. “Si lo hubiéramos sabido. Haberlo dicho antes”.

Ponga, ponga el lector ejemplos. Puede enfocar su interés hacia los temas del terrorismo islámico (y a los de los otros), de la desigualdad social, de la quiebra probable de los estados de bienestar allí donde se encuentren, a la involución turca de Erdogan y cía, al riesgo de implosión siria, al llamado problema palestino (o, mejor, ¿será solo problema israelí?), a los desastres afgano e irakí, a la financiación irregular de los partidos (de aquí y de allá), a la corrupción generalizada (¡pues!), a la deficiencia de la enseñanza, al ascenso de un candidato impresentable del partido republicano en el país más rico del mundo, al cambio climático que tiene un final previsible, etc. etc.

“Haberlo dicho antes”, ¿verdad?. Pero,  ¿a quién? ¿de qué modo mejor? ¿con qué capacidad de persuasión?


Nota sobre la fotografía que acompaña este comentario: Me trato de especializar, gracias a un magnífico objetivo 200-800 que me han regalado mis hijos y nueras, en fotografiar aves volando. Es divertido (y algo difícil, por su gran movilidad: se necesita buena luz, y disparar a velocidades altas y sensibilidades bajas para que la apertura del diafragma sea la adecuada). Alguien dijo que si los mamíferos han sido puestos por Dios en la Tierra por su utilidad al hombre, las aves están entre nosotros para alegrarnos la vista y servir a nuestra evasión. Puede. ¡Habérmelo dicho antes!.

Oda al deterioro (Poema)

Oda al deterioro

Hermano, qué callado te lo tenías:
crecías a la par que mi satisfacción
y cuando estaba a punto para emprender
mi gran hazaña
apareciste para burlarme la baraja.

No era lo mío el paso del mar Rojo:
los vientos huracanados soplaban a la contra,
las horas justas tocaban a destiempo;
los vados, inseguros presagios alentaban
y para escapar de filisteos y ladrones
no había un dios amigo
que esperase al otro lado con laurel y mesa puesta.

Era todo modesto.

Resulta que no surgiste solo, para qué la molestia.
Trajiste un tumor maligno de la mano, al alimón
repartiendo las cartas para un juego sin reglas,

No recuerdo si gané algunas bazas,
porque en principio ya está todo perdido.
Tuve las oportunidades a la chica, llevé pares,
si encontré ocasiones, fueron falsas.

Se rompió la partida.

Óyeme, amigo. Te estoy agradecido
porque hayas aparecido primero.

De la hazaña que iba a acometer, no guardo
ni recuerdos.
Por tanto, puedo asegurar a tiempo
que carecía de la menor importancia.

Pero esa conclusión es también mi venganza.

(30 de mayo de 2016, Poemas de encargo, @angelarias)