Cómico o ridículo (8)

El 26 de abril de 1986 nos encontrábamos en Italia, mi admirado colega Héctor García Rodríguez y un servidor, junto con nuestras esposas. El inquieto Héctor tenía en mente montar una empresa de fabricación de postes de fibra de vidrio reforzada y había preparado un viaje técnico-recreativo.

Ese día tuvo lugar el mayor desastre nuclear en tiempo de paz de la era moderna. El núcleo del reactor de la central de Chernobyl, por un error de funcionamiento aún no del todo explicado, explotó, causando decenas de muertos. Una nube tóxica y radioactiva emergió de la planta, creando alarma internacional porque se temía su propagación por toda Europa. Los periódicos del día siguiente tenían un tono apocalíptico.

Estábamos ya de vuelta de la misión prospectiva, y Héctor y yo nos paseábamos por Ventimiglia. El mercado de abastos estaba prácticamente vacío de compradores, aunque los comerciantes, presentaban sus mercancías como de costumbre. Había muy buen material.

Nos llamaron la atención unas fresas con aspecto apetitoso irresistible. Sin embargo, los periódicos advertían, en particular, del peligro de la ingesta de verduras y frutas, que los expertos consultados a la trágala estimaban como especialmente sensibles a la radioactividad.

“¿A cómo las vende?”, preguntamos. “Prendere quanti volete, per favore”, nos indicó el desolado vendedor.

Nos miramos. -“¿De dónde son estas fresas?” -se nos ocurrió indagar.

-¿Da dove viene gli fragoli? Sono da qui stesso. Da dove si no?”

-Pues nos las llevamos todas -dijo Héctor, le dimos unas liras y cargamos con la caja.

Nuestras mujeres no quisieron probar la fruta, pero nosotros nos pusimos morados. Reconozco que yo no había tenido la menor preocupación respecto a la radioactividad ni la nube tóxica, y solo me guiaba la gula ante una de mis frutas favoritas. Pero Héctor tenía una explicación, aparentemente rigurosa, que me prometió dar. Solo me aconsejó: “Date prisa”.

Cuando acabamos la última de las fresas, me dijo:

-Seguro que hiciste el mismo cálculo que yo, La hora que los periódicos indicaban como momento de la explosión era la una y media de la madrugada. Son ahora las once de la la mañana del día siguiente: han pasado diez horas. Chernóbil está a unos 1.700 km de aquí y la previsión del tiempo en esta zona de Europa es “viento leve”, según he leído también. Es decir, unos 10 km/h. máximo. Así que la nube radioactiva, si es que ha de llegar, tardará 17 horas en llegar hasta aquí.”

Le miré, de hito en hito. “¿Hablas en serio?”. Dejando la caja en un contenedor, me devolvió la pregunta con otra. “¿Qué te parece?”

“Yo las hubiera lavado antes de comerlas”, dijo una de las chicas. Y sería por la tensión emocional o por las bacterias, tardé un par de días en librarme de la colitis.

Una de las aventuras más apasionantes de mi vida empresarial fue cuando me decidí a comprar un restaurante. Tengo contado el núcleo de la cuestión en mi libro “Cómo no montar un restaurante”, y está colocado en internet, en abierto. Pero muchos detalles no tuvieron sitio en él.

Un restaurante, como saben bien quienes tratan de sacar adelante este tipo de negocio, es la acción empresarial más dificultosa que existe. Tienes que luchar, y a diario, con proveedores, personal, variación de precios, financiación, búsqueda y fidelización de clientela, deterioro de mercancía, etc. No es fácil vencer.

En mi experiencia, lo más duro fue conseguir un equipo mínimamente estable. Mi mujer estaba diariamente al pie del cañón, pero algunas noches yo tomaba el relevo para que pudiera descansar algo. Una vez, al llegar al local, me encontré a la puerta con el maître que teníamos en aquel momento, completamente borracho, con una botella de Moet Chandon en la mano.

Estaba sirviendo copas a los clientes, tambaleándose de mesa en mesa.

-¿Me puede decir qué c… está haciendo Vd?

Me contestó con esfuerzo, con una cara de satisfacción infantiloide: “Es mi cumpleaños”.

Le agarré por el brazo y lo saqué de la sala. “Lo que va a hacer Vd. de inmediato es irse para casa, y mañana hablaremos. Yo me quedo en la sala”.

Trataba de zafarse, pero no lo solté, y lo conduje hasta la puerta de servicio. “Váyase tranquilo. Descanse la mona. Hasta mañana”. El personal de cocina se echaba miradas de reojo, pero no dijo nada. Yo me volví a la sala, y traté de enmendar la situación como pude. A los diez minutos, reapareció el maître por la puerta principal.

-¡Se por qué lo ha hecho! ¡Vd. me quiere mandar a casa porque soy gay! ¡Eso es algo contra la ley! ¡Le denunciaré!

No se atrevió a entrar, por lo que, aunque gritaba, el ruido de la sala aisló sus palabras, que solo me llegaron a mí, que estaba cerca de la puerta. Tuve que hacer el teatro de llamar a la policía y, como esperaba, al oirme aparentar que pedía por el  móvil que enviasen a algún número, el empleado desapareció.

Al día siguiente, mi empleado estaba en el restaurante, cuando me pasé a primera hora para organizar la jornada con mi esposa. Aparentemente sobrio, y compungido. Tenía en una repisa una taza de café cuyo líquido sorbía con nerviosismo.

-Me arrepiento muchísimo. No volverá a pasar -me balbució.

María Jesús cogió la taza, la olió, y probó un poco. Era puro coñac.

-Puede que no le vuelva a pasar. Pero donde no va a pasar, seguro, es en nuestro restaurante. Hemos preparado su finiquito y, como confiamos en que se rehabilite de su alcoholemia, le daremos las referencias habituales-le dije, entregándole un sobre con el dinero y un papel en el que expresaba, “para quien estuviera interesado, que Fulano de Tal tuvo, en el corto tiempo que había estado con nosotros, el comportamiento que cabría esperar”.

Firmó y se fue de nuestra vida para siempre. Espero que le vaya bien. Las dos o tres botellas de Moet Chandon que guardábamos habitualmente en la fresquera, habían desaparecido la noche anterior, junto con la memoria general de los detalles del suceso.


Estoy orgulloso de esta foto, que es producto, no de mi genialidad , sino de la oportunidad. El pito real me estuvo observando unos instantes y luego, se elevó desde el suelo, cobrando impulso con el rápido batir de sus robustas alas, hasta lo más alto del árbol que encontró cercano.

Cuántas veces la oportunidad vence a la preparación. Y cuántas más, la oportunidad nos sorprende sin estar preparados.

Cómico o ridículo (7)

Cuando contamos lo que nos sucedió, lo normal es que nos presentemos con los colores del triunfo, Solo los cómicos profesionales suelen imaginar historietas en las que aparecen como perdedores. La exposición personal a la irrisión es fuente segura de risas entre los asistentes al espectáculo.

Los técnicos de los departamentos de metalurgia en la vieja Ensidesa éramos llamados como refuerzo de los comerciales cuando había que responder a una reclamación de entidad. Por aquel entonces, yo me encargaba de la investigación de laminados en caliente, y andábamos ocupados en encontrar la mejora de las características mecánicas de las bobinas y chapas gruesas, añadiendo pequeñas dosis de microaleantes.

Sucedió que una empresa italiana, Maraldi, a la que se había vendido un lote importante de bobina laminada en caliente, reclamaba que los tubos se abrían por el cordón de soldadura, y exigía la retirada de la remesa o una fuerte indemnización. Allá que nos fuimos un grupo de heroicos defensores de la calidad de nuestra siderúrgica, dispuestos a batirnos el cobre como correspondía.

No me pregunte nadie por qué, antes o después de recalar en Ravena, hicimos escala técnica en París, en  donde se nos reunió un importante director comercial de Pemex, que figuraba como destinatario final de aquellos tubos. Y tampoco contestaré si hay alguna pregunta acerca de porqué fuimos todos, directivos y este nindungui que redacta estas notas, a Pigalle, a ver ese espectáculo que puso de moda Toulouse-Lautrec, en Le Moulin Rouge.

La noche avanzó un tanto, y cuando ya no había más razones para estar en el sitio, cogimos un taxi para volver al hotel. Los expedicionarios, nos apretujamos en el vehículo y yo, que siempre presumí de saber idiomas, indiqué al conductor a dónde íbamos: “A l´Hotel Crillon, s´il vous plaît”. El tipo resultó ser un pied noir de pura cepa, con un concepto mejorable de los parisinos en general, y yo, que estaba sentado en el asiento de al lado del conductor, hilvané una larga conversación en la que repasé toda nuestra guerra de la Independencia.

Llegamos, pagué la carrera, y descendimos todos. Nuestro Hotel Crillon parecía haber disminuído como Alicia en el País de las Maravillas. Había un cartel pequeñito, con el nombre, sí, pero nada nos recordaba la magnificencia de aquel fastuoso hotel, en el que, dada la hora, no habría tiempo más que para tomar una ducha helada y el desayuno bufé.

“¡Nos ha tomado el pelo, tu argelino del c…!” , me espetó uno de mis jefes, mientras yo me acerqué a la puerta. Debajo del nombre del Hotel había otro letrero en el que podía leerse: “Entrée du personnel”. Sin perder la formación, corridos y congelados por el frío de la mañana, dimos la vuelta a la manzana hasta encontrar la puerta principal, donde un uniformado disfrazado de capitán general nos saludó con “Bon jour, messieurs les clients”. “En media hora, abajo, cambiados de traje y duchados, para desayunar”, ordenó un jefe. “Y no se hable más “.

Hasta hoy. Bueno, no exactamente. En mi novela “Un mensaje para Elías”, me refiero también a este episodio.

Uno de los momentos más ridículos de mi existencia como avezado comercial, me lo brindó un taxista de La Paz, en Bolivia. Debía tomar un avión a Santa Cruz a última hora, después de una jornada intensa, pero me resultaba difícil encontrar un vehículo libre, hasta que por fin, un coche se paró a mi altura. “¿Le llevo, patroncito?” Tenía claro que no era un taxi oficial, pero llevaba ya tanto tiempo yendo y viviendo a Bolivia, que no me importó. “Voy al aeropuerto. Al Alto”, le dije, con inevitables aires de conquistador español.

El coche era una tartana, y el tráfico -merced a cientos de guaguas que recogían pasajeros a cada poco, gentes que retornaban a sus casas después del trabajo-, intenso. Cuando estábamos a medio ascenso de la montaña (La Paz está a 3,6 km de altura, pero El Alto está a 4 km), vi que el avión que debía tomar se elevaba ya por el aire.

-“Dé la vuelta, no tiene sentido que subamos más, Mi avión se fue” -le ordené al improvisado taxista.

-“No se preocupe, doctor, le digo que ese es otro. El suyo está esperando por Vd.” -y siguió, sin hacerme caso, hasta arriba.

Como podía haber imaginado, y siendo mi vuelo el último del día, el aeropuerto estaba cerrado. Las luces, apagadas, y ni un solo taxi a la vista.

-¿Ve Vd? -le grité al voluntarioso e imaginativo conductor- ¡Mi avión se fue, aquí no queda nadie, y tenemos que volver! ¡He perdido casi dos horas por su culpa!

-Ah, no señor. -me replicó el otro-. Vd. no fue enérgico para decirme que volviera. Si me lo hubiera dicho con otra voluntad, yo me habría vuelto. Pero me lo dijo como sin razón.

Me da cierta vergüenza escribir que volví en el mismo vehículo (no había otro a la vista), y aunque el tipo pretendía cobrarme doble (“ida por vuelta, doctor”), tuve que amenazarle con llamar a la policía local, y, por lástima, le pagué lo habitual de una carrera al aeropuerto. Estaba, sin embargo, escrito, que aquella noche en el hotel, en donde era al parecer el único huésped, la cocinera me sirvió unos pastelillos de quinoa que me supieron a gloria.


Los días finales de este enero de 2017 vienen fríos, y lo pájaros concentran su actividad en las horas en que el sol más calienta. Al mismo tiempo, la primavera ya se asoma en algunos temperamentos, y se ven a algunas aves, más ansiosas, buscando pareja. El hueco de la rejilla de ventilación de nuestra cocina, desde hace años, viene siendo ocupado por un nido de gorriones. El año pasado fotografié a la pareja.

Desde hace días, vengo comprobando como el macho de la pareja del año pasado, trata de hacer migas con una hermosa representante del sexo femenino gorrionil, a la que acerca a su nidal, indicándole lo confortable y calentito que puede estar.

No sé lo que pudo ser de la anterior ocupante del nido, y espero que no le haya ocurrido nada malo. En todo caso, y en su memoria, sirva esta congénere que, en acrobática postura, saciaba su sed esta mañana en uno de los estanques de El Retiro madrileño.

 

Trump, la película: Se rueda en directo sin guión

Cuando la Sra. Trump (Melania) le encasquetó un misterioso paquete plano, envuelto en papel azul clarito, en el que se adivinaba la pegatina de Tiffany&Associates, a una sorprendida Michelle Obama, justo cuando empezaba la ceremonia oficial del traspaso de poderes en la Casa Blanca, recordé que hacía algunos años, en una librería de Washington, había tenido un libro del nuevo Presidente en mis manos.

Estaba haciendo tiempo antes de dirigirme al aeropuerto, y ví que en uno de los expositores se presentaba un libro: “How to Get Rich” (“Cómo hacerse rico”) y estaba escrito por Donald Trump, un tipo con un tupé ridículo. Curioseé algunas páginas, y lo volví a dejar en el mismo lugar. No me pareció interesante y el pretencioso título estaba solo destinado a llamar la atención de ingenuos que no tienen la más remota idea de cómo funciona ésto. “Esto” es/era, por supuesto, el mundo de los negocios, lo que sostiene la estructura del capitalismo.

Por supuesto, nadie en su sano juicio podría pretender hacerse rico con aquellos consejos de chicha y nabo -que no tenían nada que ver, a buen seguro, con las trampas, acuerdos y tropelías que habían permitido al autor amasar su fortuna, presentados ahora en formato de autoayuda para crédulos sin suficiente dinero o ganas para pagar al psicoanalista. La cuestión, además, no estaba para mí en el cómo, sino en el para qué.

Los Trump no solamente habían pasado por alto el protocolo oficial del acto, sino que la entrega pública de un regalo de presunto alto valor (¿dos mil euros?) a la aún primera dama, implicaba la propuesta de una vulneración inexplicable de la rígida normativa sobre la aceptación de regalos por parte de funcionarios del Gobierno de los Estados.

Me sumergí, pues, en internet, aún con la imagen mental de la desconcertada Michelle no sabiendo qué hacer con el paquetito, que le acabó siendo delicadamente arrebatado por Barak, con rostro de contrariedad, para entregárselo a algún funcionario emergido de las sombras de la White House. Buscaba información sobre el libro, sobre el que habrían pasado más de diez años.

Entre muchas, me quedo ahora con una frase: “I am the creator of my own comic book, and I love living in it. If you’re going to think, think big. If you’re going to live, live large.” (“Soy el creativo de mi propio libro de historietas, y me gusta vivir en él. Si tienes que pensar, piensa en grande. Si tienes que vivir, vive a lo grande”) (1)

Esta confesión de Trump la detecto como sincera y sigue, por tanto, vigente para aproximarnos a su personalidad.

Como Presidente de los Estados Unidos, garantiza cuatro años de incoherencia verbal externa, pero no me dejo engañar. No tengo la menor duda de que el entramado de capital e intereses que se mueve detrás (y delante) del presidente del país más poderoso (aún) de la Tierra, se esforzarán en hacer las cosas bien… para ellos. Las sospechas se concretarán, por tanto. Se potenciarán las empresas de fabricación de armas, los beneficios a costa de proteccionismo y mejora de productividad sin que el ambiente sea un hándicap, se tratará de controlar el expansionismo chino con aranceles y limitaciones al libre comercio).

No quiero parecer acomodaticio ni, aún menos, estúpido, si afirmo que, para el mundo occidental no será malo, si deja que el juego se lo hagan otros: porque si el armamento fabricado en USA no se compra por los Europeos (por ejemplo) y se utilizan en países miserables cuyos dirigentes se empeñan en matarse, o acaban siendo destruidas en un crematorio o enterradas a kilómetros de profundidad, es cierto que las empresas del sector norteamericanas serán más ricas y los países pobres, más pobres, pero aquí podríamos seguir dedicándonos a mejorar nuestra educación y nuestra tecnología pacífica. Que también suponga poner en marcha un sistema autónomo de defensa común, más independiente de la OTAN.

Ni siquiera me preocuparía porque los chinos se ocuparan de mejorar su propio nivel de vida explotando sus recursos sin empeñarse en vendernos mercancías deterioradas o fabricadas con la técnica del tente mientras cobro, y aprovecháramos para mejorar nuestra competitividad entre europeos, defendiendo la calidad, la fiabilidad y la durabilidad, y renegociando el Brexit con solvencia y visión de futuro, no con lamentos de cocodrilo.

Y, ya puesto a ser pragmático: ¿de qué nos ha valido defender el cuidado ambiental, reduciendo el consumo de hidrocarburos y pagando más por las energías limpias, salvo para reducir nuestra capacidad de exportación y eliminar la viabilidad de empresas y provocar desempleo? ¡Seguimos necesitando un modelo propio de crecimiento para Europa!

Obama, aunque desde la perspectiva europea (bienintencionada) lo estaba haciendo bien, había reducido el desempleo norteamericano, mejorado a límites no alcanzados la imagen exterior de Estados Unidos, aumentado las prestaciones sociales, etc., en realidad, estaba siendo criticado duramente por el sistema. Había ido demasiado lejos.

Era necesario impulsar a un cómico al puesto de primer mandatario, para que el público se entretuviera, los media hablaran de él, todos especuláramos sobre sus planteamientos. Pero el Gran Cuco canta en un lado y pone sus huevos en otro sitio. Y no tiene corazón, solo devora. Apartémonos, please.

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(1) Hay otras muchas, igualmente reflejo del escaso poder que su autor da a la coherencia. Parece Trump estar divertido sumergido en la ironía burda y en la desfachatez insolente. Más que un libro de consejos, se diría que se trata de un libro de pasatiempos, escrito por un cómico: “If You Have Them by the Balls, Their Hearts and Minds Will Follow. Most negotiations should proceed calmly, rather than in a hostile manner. However, sometimes a negotiation works best after a few screams and some table pounding.”(“Si los tienes cogidos por los güebos, les seguirán sus corazones y mentes. La mayoría de las negociaciones se deberían desarrollar de forma tranquila, en lugar de hostil. Sin embargo, a veces, una negociación va mejor después de algunos gritos y puñetazos sobre la mesa”)

Tampoco está mal esta confesión: “Era una joya alemana, una joya alemana suertuda, que estaba de liquidación con algunos banqueros comprensivos que se empeñaban en hacer conmigo en trato justo. ¿Quién necesita saber detalles concretos si puedes explicar salirte de una deuda de 9,2 mil millones de dólares con  elocuencia? “( “I was a schmuck, but I was a lucky schmuck, and I wound up dealing with some understanding bankers who worked out a fair deal.” Who needs exact details when you can explain getting out of a $9.2 billion debt with such simple eloquence?”. )

Jisei de la democracia representativa

Democracia, sí,
pero esa impostora
que ya se vaya.

Para quienes no estén impuestos en el apasionante mundo de los haiku (que, en español, está admitido que son breves poemas de tres versos, con cinco, siete y cinco silabas), les ilustraré que un jisei es el ultimo haiku, el que se ha escrito antes de que allegue la muerte. Aquí me refiero a la democracia representativa, que, como es un ente inanimado y no posee capacidad para escribir, le pongo yo la voz y lo explico.

Tengo varias razones para defender que debíamos reflexionar sobre las formas en las que tomamos decisiones relevantes en las colectividades humanas. En las Asociaciones, en los Colegios profesionales, en los sindicatos, en los Comités de empresa,…pero, y sobre todo, en los partidos políticos y, aún más grave, en las elecciones generales para designar a nuestros  representantes en los Parlamentos y, en consecuencia, en el Gobierno.

Los procedimientos ideados son diversos, según entidades y Estados. Todos pretenden conducir, en los países que se definen como regidos por la democracia, a instrumentalizar un ente oscuro, por su carácter acomodaticio a las veleidades de los que tienen la sartén por el mango, al que se llama “democracia representativa”.

Sobre el papel, el procedimiento tipo es atractivo. Consiste en la voluntad de selección de los más idóneos para los cargos que deben cubrirse, aunque, admitiendo que el número de electores es excesivo, se prefiere ofrecerles una lista, abierta o cerrada (en el fondo, da casi lo mismo), para que manifiesten, sobre ella, sus preferencias. Estos elegidos se convertirán en electores de quienes representarán, concluido el proceso, a la totalidad de los que se verán afectados.

Las interferencias sobre la bondad del procedimiento aparecen en un doble o triple sentido. Ante todo, debe considerarse el factor tiempo, trascurrido desde que los electores de primer nivel han votado a sus representantes, y estos eligen, normalmente entre ellos (aunque no siempre), a quienes asumirán los cargos de responsabilidad, y, por fin, el que corresponda a la asunción por estos últimos de sus puestos de gobierno.

Las interferencias mayores se encuentran en el proceso mismo. Por una parte, no todos los electores van a votar, y la abstención cumple, por tanto, una función determinante. Un número no despreciable de votantes, harán, voluntaria o inconscientemente, que su voto sea nulo o votarán en blanco. Y una mayoría indetectable de votantes, votarán con insuficiente conocimiento de lo que votan, de a quienes votan y, para colmo, no tendrán control posterior sobre el cumplimiento de los programas y de los objetivos, en caso de que éstos se hayan puesto de manifiesto en el proceso electoral,

Pero es que, por parte de los postulantes a electores “representativos”, las deformaciones del proceso son tremendas. En múltiples casos, se desconoce cómo postularse para elector; en otros, en no menor en número, los electores son nombrados por los órganos preexistentes de las asociaciones, corporaciones o partidos, (que puede hayan llegado hasta allí por fórmulas nada democráticas) de forma caprichosa, misteriosa o nepótica.

Que no hemos encontrado la fórmula ideal, es evidente, Los ejemplos llueven y nos limitamos a echarnos las manos a la cabeza. Los lindes entre una democracia orgánica -que es abominada en todos los libros de texto- y una representativa, son muy confusos. Como es sabido, la orgánica, de la que en España hemos sufrido un modelo paradigmático durante la dictadura franquista, la representación del pueblo llano se realiza por medio de órganos de decisión delegada, sin que se consulte a la población en ningún caso de forma directa.

Sin embargo, ¿qué añade de nuevo el parlamentarismo o los partidos políticos, si su formación está viciada de origen, o si ese pueblo llano se desvincula mayoritaria o significativamente del proceso? ¿Cómo detectar los vicios en la selección si los votantes carecen de información o conocimientos suficientes sobre lo que votan y sus efectos?

La designación del presidente del país con mayor poder -económico y militar- del mundo, ha conducido en el momento en que esto escribo, a la selección de una personalidad, Donald Trump, que parece surgida de una pesadilla. Fruto de una campaña mediática, pero aberrante, en favor de una personalidad bullanguera y provocadora, hecha popular, pero desligada de la defensa de los valores que el núcleo sensible de la sociedad concienciada y abierta viene defendiendo.

En España, la actual situación, tanto en el Gobierno del país, como en el interior de sus partidos más relevantes, plantea también serias dudas acerca de cómo estamos eligiendo a nuestros representantes y, por ende, a nuestros gobiernos. Las formaciones políticas, incluso las más recientemente constituidas, padecen crisis que provienen, no de la discusión de sus propuestas de mejora de la generalidad, sino, por lo visto y oído, de personalismos y tensiones de poder surgidas en su seno.

La falta de interés general por la política tiene consecuencias deplorables. Una gran mayoría vota sin atención a los programas, sin vocación ideológica, basándose en cuestiones irrelevantes, como puede ser el aspecto físico de los candidatos a presidente de gobierno, la costumbre, la improvisación. El votante medio, como han evidenciado las encuestas, está mejor enterado de los pormenores de la vida de un cantante, un futbolista o un actor distinguido por los media, que de lo que cree necesario para mejorar el empleo, el bienestar o la igualdad social.

Traslademos esta penosa apreciación a casi todos los ámbitos. La inmensa mayoría de los puestos en los sindicatos, colegios profesionales, comités, se designan porque solo se ha presentado un candidato, o por designación digital, sin programa de actuación alguno. Se eligen por aclamación, esto es, por ausencia de alternativa. Los equipos de gobierno y asesores de las Administraciones -locales, regionales o centrales- se nombran, en esa tónica de comportamientos viciosos, siguiendo misteriosos procedimientos, en los que no priman los conocimientos, sino las amistades, las relaciones con terceros, la oportunidad, la posibilidad de lucro o beneficio de grupos.

Vuelvo al principio. Hay que replantearse la democracia representativa, para que se aumente de forma clave la participación de los electores y el compromiso de los elegidos. Para que resulten elegidos, en fin, los mejores. Para que todos los que voten sepan qué votan y por qué. Y para que todos los que deban votar, lo hagan, con la consciencia de que están ejerciendo un derecho sustancial para la comunidad, no un trámite sin consecuencias para ellos.


El dibujo con el que ilustro este Comentario es una interpretación libre de una de mis nietas de lo que entiende por “democracia representativa”. Tenía tres años su autora cuando plasmó el reto de su abuelo, no explicado con detalle adicional alguno (si hubiera sido necesario), de que dibujara lo que le sugerían esas, para ella, como para muchos, enigmáticas palabras.

Cómico o ridículo (y 6)

Termino aquí la primera presentación de aquellas situaciones de mi propia existencia que me parecieron cómicas o ridículas, según calificativo surgido de una apreciación exclusivamente personal. Al escribir estos relatos, encuentro que tengo muchas más anécdotas de esta categoría de las que imaginaba, así que veo llegado el momento de poner punto final provisional a la serie para no convertirlo en tema dominante.

Lo hago con dos episodios que adapté, para darles un tono moralizante-, a la mentalidad de mis nietas (un ramillete de duendes con edades comprendidas entre los seis y los cuatro años). Como el primero de ellos tuvo otros testigos (algunos de mis hermanos), les ruego que se guarden las posibles diferencias que encuentren para comentarlas exclusivamente en el ámbito familiar.

Cuando éramos niños, la casa familiar en donde pasábamos los veranos, no tenía agua corriente, es decir, no había aún “agua de la traída”, cuya aparición se demoraría unos años.

Entre otras servidumbres higiénicas, era necesario ir con el carro tirado por la yunta de vacas hasta el río, y cargar varios toneles o bidones con los que llenar un pozo junto a la casa. Las necesidades de agua para beber se solucionaban con cubos  recogidos de una fuente (creo que la llamaban “El pilón”, que las mozas que había en casa traían sobre la cabeza, manteniéndolos apoyados en unos rodetes de paño y ayudándose al equilibrio con una mano. Era una imagen muy pictórica.

Yo tenía más o menos once años y, como otros domingos, los mayores fuimos con mi padre a darnos unos chapuzones al río. La ocasión resultaba siempre una fiesta. Aquel día en especial yo estaba especialmente contento y nervioso, pues me habían dejado la cámara de un neumático viejo, que había inflado con una bomba de bicicleta.

Al llegar al río no tardé en subirme a mi improvisada barquichuela y, utilizando mis manos como palas, me entretuve dando varios paseos por las quietas aguas de aquel lugar que, por su mayor seguridad, habíamos elegido para el baño.

Estaba tan entretenido con mi juego, que no me di cuenta que la corriente me estaba alejando río abajo. Desde la orilla, algunas mujeres que estaban lavando la ropa, me gritaban algo que, en principio no entendí. Creí que me saludaban.

Hasta que, de pronto, lo tuve claro. La voz de Jorgelina sonó, vibrante, en mis oídos: “¡Angelín!¡Ahí al frente hay rabiones! ¡Es muy peligroso!¡Tírate!”

Miré al frente y ví, con espanto, que os estábamos aproximando, la cámara y yo, a gran velocidad, a lo que me pareció una catarata. Salté bruscamente, abandonando el neumático y, con el corazón a cien por hora, dando manotazos primero y luego chapoteando, y en todo caso, a duros trompicones, alcancé, por fin, la orilla.

Mi padre se había dado cuenta, angustiado, de que me estaba alejando peligrosamente de la zona calma. También me gritó y asimismo, no lo oí. Así que, corriendo por la orilla, pretendía llegar a donde yo estaba. Los árboles le impidieron advertir que yo me había lanzado fuera del neumático y, cuando pudo ver nuevamente el río, solo atisbó, a lo lejos,  una llanta a la deriva, sin nadie encima.

Temió que me hubiera ahogado.

Fue una suerte que mi aparición, con cara aún de susto, pero esbozando una falsa sonrisa de tranquilidad, no se demorara. Mi padre esperó a que llegara a su encuentro y, con tono muy airado, me espetó: (aquí adopto un tono melodramático, que a mis nietas les encanta, por lo  que me piden, una y otra vez, que repita esta parte del suceso)

“¡Angelín!¡Que no vuelva a suceder!¡Me diste un susto de muerte!¡Tienes que obedecer!¡Cuando yo te digo que hay peligro, hay peligro!”

Y acompañó su recriminación con un par de sonoras bofetadas.

Mis nietas se ríen a carcajadas cuando yo gesticulo “¡Pim, pan!”, cruzando los brazos, y les apunto, nuevamente, la moraleja. “Hay que obedecer a los papás y a los abuelos”.

En ese mismo río Narcea, muchos años más tarde, estaba pescando con aparejo de mosca para trucha, cuando sentí un fuerte tirón y vi saltar, a unos cincuenta metros de distancia, cebado en el engaño, un magnífico salmón de siete u ocho kilos.

Había leído historietas de avezados pescadores que con hilo finísimo, destreza descomunal y paciencia infinita, habían conseguido, se decía, doblegar al animal, y cobrarlo a la orilla. Pero yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Así que, torpemente emocionado, sin dejar de observar la caña ni de dar carrete, me acerqué a uno de los ribereños, al que estaba más próximo.

-“He cogido un salmón. Pero tengo aparejo de trucha y un hilo que solo aguanta 1 kg. Necesito que me ayudes a sacarlo.”

El otro me miró y, lanzando nuevamente su aparejo, con calma, me dijo: “Sin problemas. Acércalo hasta aquí y cuando lo tengas en la orilla, voy con la sacadera”.

En aquél preciso momento, el salmón dio un fuerte tirón y allá se fue, con mi aparejo, libre y suelto. Mi colega de pesca sentenció, mientras el cabo del hilo roto oscilaba al viento del atardecer: “Es lo que tiene. Si vas a salmón, usa hilo para salmón, y si vas a trucha, hilo fino. Porque si por casualidad te entra un salmón cuando andas a trucha, pierdes el bicho y el aparejo”.

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El reyezuelo listado (regulus ignicapillus) es pájaro muy pequeño, vivaz, y, como ya apunté en otro comentario, parece desentenderse de los humanos, pudiendo fotografíarsele, cuando se tiene la suerte de avistarlo alimentándose de insectos o de diminutos granos, desde muy cerca.

El listado se distingue del común (regulus regulus) en que éste tiene una raya negra, paralela al píleo, en donde destaca la real coronilla, de un amarillo vibrante, que atraviesa la zona del ojo.

Me caen muy simpáticos los reyezuelos. A este de la foto, que llegó a acercarse tanto que se salía fuera de foco para el objetivo que llevaba, le hice compañía durante casi media hora, y solo me miró un par de veces, como diciéndome: “¿Qué tengo yo para interesarte tanto? ¿Acaso tengo pelos en la cara?”

Cómico o ridículo (5)

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El sentido del ridículo es una de las defensas menos seguras que tiene el ego frente a la maledicencia ajena. Sin embargo, es utilizado frecuentemente como excusa para ocultación de nuestra inseguridad.

No me refiero a la prudencia que debe servir de recoleta pantalla para que los demás no se nos cuelen, sin estar invitados, en lo que nos interesa proteger, y, en especial, para evitar que lo hagan con intenciones retorcidas o actúen como elefantes en cacharrería. Caracterizo, por contra, el “sentido del ridículo” como un impedimento que nos lleva a ocultar nuestra opinión, cuando la situación lo requeriría, a no mostrarnos, cuando sería conveniente dejar expresa  nuestra voluntad, o a no dar la cara para poner en solfa a quienes están maltratando un bien público o incumpliendo una norma cívica.

Como casi todos los seres humanos, yo he evolucionado desde la timidez que traté mal que bien de disimular en la adolescencia, hasta conseguir derribar amplias barreras de mis zonas exógenas de seguridad. Puede que algunos interpreten que pertenezco al grupo de los extrovertidos, y no me veo así. Lo que me pasa queda mejor explicado porque a) no concibo estar en una reunión sin sacarle el máximo jugo para que resulte interesante y b) me he propuesto no dejar pasar por alto, manifestando mi criterio, ni las injusticias, ni las incoherencias, ni las mentiras interesadas, ni, entre otras, las vulneraciones ambientales.

Por supuesto, nunca he pretendido hacer el ridículo de forma consciente. Aunque algunas veces tengo la sensación de haber protagonizado escenas de alto contenido ridiculizante.

Una de ellas fue, sin duda, con ocasión de las pruebas físicas de milicia universitaria, que, en Oviedo, se desarrollaban en el campo de atletismo del Colegio de San Gregorio.

Las pruebas se realizaban por facultades o escuelas universitarias, de acuerdo con los cuerpos del Ejército a los que seríamos destinados si superábamos esos exámenes. Una de las pruebas, la más simple, suponía correr cien metros en menos de 14 segundos, en grupos de seis: tirado. Yo no tenía problema con ninguna (ni subir la cuerda, saltar “el caballo” o superar los 4,5 m en longitud), aunque sí (como otros) un recelo: tenía dos compañeros, Anselmo Gutiérres y Feliciano Alvarez, que eran campeones de distrito en cien metros lisos, vallas y lo que se les pusiera por delante.

“Por favor, no forcéis el ritmo” -les pedimos los demás- “Vayamos todos, más o menos, a la par”.

Cuando nos dieron la salida, yo tenía a mi izquierda a Feliciano. Salió como una bala. Tratando de seguirle el paso, trastabillé y di con la cara en el suelo, además de destrozarme la piel de ambas piernas. Fin de la prueba, eliminado.

La salvación vino de la mano de uno de los tenientes que vigilaban el desarrollo de la prueba: “No te limpies, y vete de inmediato al comandante, salúdalo militarmente, y pídele permiso par repetir la prueba mañana”. Mi aspecto debía de ser deplorable. Accedió.

Al día siguiente, mis dos rodillas se habían hinchado de forma notable. Los candidatos de Derecho, que eran también amigos  (y, por fortuna, no pensaban batir ningún récord), no forzaron la carrera y la superé sin mayores problemas. Ah, pero el salto de longitud, que era lo que siempre se me había dado mejor, se torció. Las piernas me dolían terriblemente y cometí dos nulos imperdonables.

Traté de mentalizarme para volar, como fuera, al tercer intento. Tenía al estadio pendiente de mi, porque quedábamos solo cuatro minusválidos (con respeto lo digo) atascados. Sentí el calor de la multitud en mis orejas. Corrí cuanto pude, y, no queriendo pisar la raya, salté incluso un decímetro antes, yendo a caer alejado, me pareció, un metro más allá del mínimo.

Sonaron los aplausos de la clac entregada ante aquel aspirante cubierto de esparadrapos y con la cara llena de postillas. “Chaval, te has pasado. No había que batir ningún récord. ” alguien me dijo.

En relación con los deportes, el mío, durante algún tiempo, fue la pesca. Estábamos de vacaciones en Noia, con esposa, hijos y cuñada, y habíamos alquilado un piso en una casita al lado de la ría. Magnífico paisaje. A poco de llegar, una tarde en que la familia se había ido de compras, yo decidí acercarme a la ría y recoger algunas lombrices de mar, que utilizaría como cebo, y que los asturianos llamamos xorra.

Me armé con botas de pescar de caña alta, una fesoria y una caja para mis cebos, y bajé, confiado, hasta la ría, metiendo ambos pies en el fango en donde esperaba cargarme de lombrices. En segundos, me vi con ambas piernas hundidas hasta los corvejones y, lo que es peor, sin capacidad de movimiento alguna.

Pasé los peores momentos de mi vida, mientras arrastraba, penosamente, los pies, hasta recuperar la orilla. Ni azadón, ni caja de cebos. Subí a la carretera, con las botas y los pantalones chorreando basa maloliente. Esperaba no cruzarme con nadie hasta llegar a casa y poder limpiar mi indumentaria, pero me topé con una vecina, que me advirtió. “Ay, rapaz, vexo que téntante os caramuxos,  mais ten coidado co o bulleiro, que e moito traizoeiro”

Como no doy mi brazo a torcer así como así, le contesté, con una sonrisa: “No iba por bígaros, señora. Acabo de dejar el yate aparcado ahí mismo”.


Me gusta esta foto de un colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros), volando desde su percha -se suelen colocar, moviendo de forma característica su cola rojo-anaranjada, sobre un murete, o el alféizar de una ventana- hasta la presa apetecida.

No es una instantánea clara, pero el color del conjunto me parece que posee una calidad pictórica agradable. Al fin y al cabo, a veces, en la indefinición está el mérito.

Cómico o ridículo (4)

pito real cabeza mejor

Puede que, con la que está cayendo y la que amenaza con caer, dedicar comentarios de este blog a glosar situaciones más o menos ridículas en las que yo fui protagonista principal o invitado especial para presenciar el patinazo ajeno, sea, en sí misma, y dada mi exigencia de rigor, una actuación ridícula.

Asumo el riesgo. Todo el mundo que cree tener algo que decir, habla hoy de Trump, del Brexit, de los migrantes sirios, de la crisis interna de Podemos (¿Unidos Podemos?), de la inmensa corrupción destapada, o de la deriva hacia mares ignotos del PSOE.  Me tomo un respiro, y en lugar de incidir en lo que hay tanta gente que alardea de saber tanto, yo me concentro ahora en lo que se más y mejor que nadie, sin competencia. De mí mismo.

Un innegable momento de ridículo para mí, con exposición pública a la picota, lo protagonicé con ocasión de la inauguración del Centro de Diseño de CAD-CAM de Asturias, allá por 1986, a cuya dirección acababa de ser designado. El CAD-CAM, para los despistados, son las siglas correspondientes a las modalidades Computer Aided Design, diseño asistido por computadora, y Computer-Aided Manufacturing, fabricación asistida por computadora. (Más información en: http://alsocaire.blogia.com/2009/012501-sobre-factorias-culturales.php )

El Centro de Diseño era la primera piedra del proyecto de la Factoría Cultural, que estaba apoyado por el entonces Presidente del Principado, Pedro de Silva, y respondía a la elucubración mental, entre otros, de Juan Cueto. Estuvo situado en un chaletito recuperado en el espacio que ocupara Cerámica Guisasola, que había quebrado. La inauguración fue  un éxito, con asistencia del ministro Joan Majó y una representación nutrida de las fuerzas vivas de la región, que se agruparon en el pequeño recinto para la ocasión.

El punto débil del asunto era que el ordenador central (un potente Cyber) no había llegado a tiempo y, para no postponer el acto, se había decidido desde el Instituto de Fomento Regional, que presidía Leonardo Alvarez de Diego, conectar las pantallas de alta resolución con el ordenador de la Escuela de Ingenieros Industriales de Gijón, de la misma familia que el que no había llegado, aunque con escasa capacidad de diseño y cálculo. Nada importante, sin embargo, se me dijo, pues, el equipo estaba ya en aduanas y tardaría solo un par de días en llegar.

Lamentablemente para la rentabilidad política del acto, la desleal oposición (seguramente, personal del propio PSOE) destapó el apaño y mi foto apareció, sonriente, al día siguiente, en los periódicos locales, bajo el titular “El Centro de Diseño de Asturias se inaugura con cajas de cartón”.

Como no pretendo ahora contar la historia completa, sino recordar mi ridículo, dejo el asunto aquí, que tuvo mucha más miga.

Cuando me decidí a estudiar Filosofía, en la Facultad de Oviedo, siendo ya bisoño profesor de la Escuela de Minas, con el principal objeto de poder estar algo más de tiempo con la que sería mi esposa, no imaginaba lo exigente que era el profesorado y la extensión y complejidad de las asignaturas. Por mis trabajos en Ensidesa y en la Escuela, no podía asistir a la mayoría de las clases, aunque contaba con los apuntes y la orientación de María Jesús.

El profesor de Latín era Luis Castañón, a quien yo conocía de antes, pues tenía muy buena relación con mi padre -creo que había sido Hermano Marista- y tenía buena relación con alguna de sus hijas. Me senté el día del examen final al lado de María Jesús, y le copié la traducción. Era un texto de la Eneida, de Virgilio. Como tenía mucho tiempo de sobra, la puse en verso.

Al cabo de unos días, se publicaron las notas. Yo había obtenido un notable, y el sujeto de mi adoración, estaba suspensa. Aquella tarde me lanzó un ultimátum: “Vete a hablar con Castañón y o consigues que me apruebe, o no quiero saber más de tí”. Así que pedí ver a Castañón, que me recibió amablemente y, ya desde la puerta, me advirtió: “Entiendo que venga a reclamar que le suba la nota, y tiene mucho mérito que haya puesto la traducción en verso”. Le atajé: “No, don Luis, yo no quiero que me toque la nota, y si tiene que bajarla a un aprobado, hágalo. Pero tiene que aprobar a mi novia, porque si no, me deja”.

Don Luis era un bendito. Salí de su casa con el aprobado de María Jesús. Por la noche, llamó a casa y preguntó por mí: “Tengo que decirle que revisé el examen de su novia. Merecía el aprobado sin necesidad de que hubiera Vd.  intervenido. ¡Pero es que tiene una letra!”

La letra de mi mujer es para darle de comer aparte. Me cuesta trabajo hoy día descifrarla.


El pito real (picus viridis), a pesar de su relativa corpulencia y su caperuza roja, no suele ser avistado. La fotografía que tomé, como casi todas las de pájaros, es fruto de la paciencia combinada con la casualidad. Este macho de pito real, de la raza española -tienen el obispillo verde amarillento- estaba haciendo su agosto, entretenido aunque atento, a costa de un hormiguero, que son su comida predilecta.

A cada rato, levantaba la cabeza y cuando me descubrió, se evadió de golpe, emitiendo una voz característica que asemeja a una risa, que los libros de fauna avícola suelen describir como maníaca y que, por tanto, tiene su particular encaje en estos comentarios sobre situaciones cómicas o ridículas.

 

 

 

Cómico o ridículo (3)

carbonero comiendo loncha de chorizo

Tenemos una capacidad excepcional para olvidar aquellas situaciones en las que hicimos el ridículo. Esta acción de borrado actúa como una protección de nuestro ego, de la autoestima. Nos viene bien, para convivir con nuestra pequeñez.

Sin embargo, “haber hecho el ridículo” es una apreciación básicamente subjetiva que nos lleva a imaginar (y casi siempre, de manera equivocada) que una actuación, voluntaria o involuntaria, nuestra indumentaria o una circunstancia tenida por anómala,  es sancionada por los demás menoscabando la consideración que tienen de nosotros.

Los adolescentes sufren mucho al pasar ese campo sembrado de inseguridades. El termómetro interior es el sonrojo. Ningún adulto está libre de ese temor, sin embargo, aunque, como siempre que opera el consciente, no todos tenemos la misma sensibilidad al respecto (algunos simulan no tener ninguna).

La experiencia demuestra que no solo nosotros olvidamos nuestros actos ridículos, sino que, por fortuna, los demás también los entregan rápidamente al olvido, e incluso lo hacen antes que nosotros, y puede que ni los detecten. En caso de que alguien mantenga presentes, y difunda nuestras actuaciones ridículas, debemos sospechar que tiene razones personales para ello,  no necesariamente negativas.

En el tiempo que estuve como delegado de Ensidesa en Alemania, viví ciertamente momentos peligrosos para mi ego. Al inicio, ni sabía suficiente alemán, ni tenía experiencia alguna como vendedor (venía de la investigación pura y dura). Disponía de un antídoto contra cualquier depresión: una esposa infatigable. Con dos hijos que aún estaban en su primer lustro y la ilusión de mis 31 años, tenía aún, como se suele decir, el mundo por delante.

Aprendí a convivir con mis limitaciones y a reirme con ellas. Al hacer balance cada día, sentía haber hecho varias veces el ridículo. Tenía una grabadora asociada al teléfono con la que repasaba, estudiándolas, las conversaciones que mantenía con los clientes. Mis “wiederholen Sie, bite” y mis “Entschuldigen, aber ich habe nicht verstanden” se repartían a partes iguales las primeras semanas.

Mi primera secretaria, Thirza, alemana, me adoptó como hijo. Hacía de Dante y de Pigmalión, y de lo que fuera. En Zum Schiffchen (la catedral del codillo y la cerveza negra), hice amistad con uno de los camareros (se llaman allí Kobe), que cam paba por el local con su particular campechanería, no exenta de insolencia. Me servía el Schweine haxe más grande y  la alt en jarra doble. Una vez que ella llevaba un abrigo de pieles para proteger del frío exterior su cuerpo más bien rollizo (yo me mantenía delgado tendiendo a demacrado) nos llevó a la mesa con un saludo general: “Hier kommen die Löwin und ihr Junge!.” (aquí vienen la leona y su retoño)

Como país tercero que era España entonces, las huestes de Eurofer estaban ávidas a obtener tajada de los precios de nuestros productos siderúrgicos y de la situación económica española. Apenas llegado al país, la dirección de Carl Spaeter, que veía con recelo que tuviéramos una delegación en el país, propuso a la dirección de Ensidesa mantener una reunión en un lugar adecuado en el que se pudiera pactar el documento de cooperación futura (la palabra cooperación, que se magnifica en alemán, es una de las más utilizadas comercialmente).

Muy posiblemente en el programa secreto de la reunión figuraba mi inmolación.

El lugar previsto era Frankfurt, y yo, que aún vivía de hotel,  me desplacé desde Dusseldorf el día anterior con lo puesto. No fui advertido, o si hubo intención, como era fin de semana, nadie cogió el teléfono en mi oficina, de que se decidió cambiar a última hora el sitio de concentración de fuerzas a un recoleto Hotel en Baden Baden, en la Selva Negra. Allí aparecí, pues, impecablemente vestido de traje, corbata a tono y mis zapatos con suela de cuero, en un áspero día de febrero en el que la temperatura exterior se mantuvo algunos grados bajo cero.

Al dar los primeros pasos sobre el hielo, resbalé y pude matarme. “¡Herr Arias! ¿Viene Vd. para enrolarse a la División Azul?¡¡El equipamiento es inadecuado!” -me saludó, enfatizando las palabras, con su rostro impenetrable (que, más tarde, descubriría que protegía a un tipo estupendo), el Sr. Stachelhaus.

La reunión no cumplió sus objetivos previstos, y yo me aferré al Jägermeister para sobrevivir. A pesar de la medicina, estuve varios días con fiebre alta.

Unas semanas más tarde, cumpliendo con el rito de llevar a los clientes distinguidos a conocer la factoría de Avilés, acompañé en su periplo hispano a los directores de una empresa naval, y, como no sabía qué hacer con ellos luego de la visita a la fábrica, la comida, el paseo por la ciudad y la cena, queriendo sacar nota en mi inmersión como comercial, en lugar de llevarlos al hotel, había preguntado a un experto en la cuestión comercial sobre lo que sería lo más top.

“Llévalos de cachondeo; les gustará”, me aconsejó (no exactamente con estas palabras, que el lector avezado sabrá sustituir, si le apetece).

Oviedo no es precisamente la ciudad más alegre del mundo (no le era entonces), pero en la zona de Los Monumentos (prerománicos) del Naranco había (y creo que sigue habiendo) concentración de Night Clubs y otros lugares de los llamados de alterne. Nunca había estado allí, y le pedí al taxista que nos llevase a uno que tuviera animación.

Cuando bajamos del taxi, llamé decidido al timbre del que me fue recomendado, poniendo aire de experto. Me abrió un tipo raro (todos me lo hubieran parecido, desde luego) y me pareció que se encendían algunas luces. Estuvimos más solos que la una hasta que aparecieron, por fin, unas mujeres, que nos pidieron, como corresponde, que las invitáramos a beber.

Resultaba un lugar deprimente y una situación auténticamente ridícula, aunque mis clientes eran gente de buen humor y, para mi tranquilidad, no deseaban más que tomar una copa (o dos) sin  mayores complicaciones ni excesos.

Si el lector/lectora tiene otras sospechas, ruego que se me respete la presunción de inocencia. De pronto, miré el reloj, y entendí que se estaba haciendo tarde y que debía avisar a casa. Cogió el teléfono mi suegra. “Dígale a María Jesús que estoy en Los Monumentos con unos clientes y que ya nos vamos”.

Mi mamá política, que era una mujer encantadora y más buena que el pan -aunque no inocente-, cuando le trasladó el mensaje a mi esposa, que estaba dando la papilla a Miguel, mi hijo menor, no pudo refrenar una curiosidad: “Hija, esto de los Monumentos donde está Angel, ¿no será ese sitio dónde dicen que hay mujeres de mala fama? ¿Vais bien?”

Mi mujer tuvo una salida inteligente: “Mamá, ya sabes cómo es Angel de bromista. Está con unos amigos de la Universidad cenando en el Reconquista”.

Aún me suenan hoy los oídos al recordar el discurso que tuve que escuchar cuando llegué a casa.


Reconozco que sentí emoción cuando me topé con este carbonero común que llevaba una loncha de chorizo en el pico. Era pesada para él, así que le cayó después de un corto vuelo. Viendo que volvía sobre ella, me acerqué, y lo fotografié varias veces, mientras le daba frenéticos picotazos al embutido, con evidente deleite.

Los libros de aves de los que dispongo en mi biblioteca (y tengo algunas decenas), coinciden en afirmar que los “parus major” se alimentan, fundamentalmente, de semillas e insectos, aunque no dudan, llegado el caso, en atacar a polluelos de los pequeños herrerillo común o agateador.

Lo que no leí en ninguna parte es que les gustase el chorizo. Queda registrado.

 

 

 

 

(1) Se que teutón y alemán no son sinónimos, e incluso que a los alemanes no les agrada la identificación, pero a los españoles esta distinción nos suele importar un carajo.

 

 

Cómico o ridículo (2)

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Uno de mis penosos ridículos lo protagonicé, aunque por fortuna para mi ego, de forma anónima, con ocasión de los exámenes médicos que debíamos sufrir los varones cuando nos llamaban a filas, es decir, para confirmar nuestra aptitud para el servicio militar.

Muchos de los aspirantes se hacían acompañar por novias y familiares, que aguardaban en la antesala de los servicios médicos del Cuartel de Rubín, en Oviedo. Los jóvenes, en certera premonición de la disciplina que nos aguardaba, éramos mantenidos en fila, en calzoncillos, con la ropa de calle en la mano, y desfilábamos por la secuencia de tallaje, auscultación, y una operación cuyo alcance no estaba tan clara para muchos, por la que se nos pedía que enseñáramos los genitales, y un oficial médico nos tocaba ambos testículos.

Después de la auscultación, recibí la orden liberatoria: “Vale, vístase”. Aliviado, pero confuso, salía ya por la puerta de la calle, de aquella guisa, hasta que la voz del comandante me paralizó: “¡Pero dónde va, hombre!¿Se cree Vd. que estamos en un programa de varietés?”

Una de las anécdotas más graciosas me la proporcionó mi sustituto en Dusseldorf, que había tenido una institutriz alemana y se jactaba de amplios conocimientos de alemán. Cuando paseábamos con las familias por la orilla del Rin -el selecto linken Seite- dio, tajante, una instrucción a sus revoltosos hijos. “No se os ocurra jugar al balón aquí, y menos aún dar balonazos”. Cuando le pregunté por qué les limitaba de esa forma, me dijo, señalando un letrero: “¿No lo ves? ¡Está prohibido chutar!”.

Miré y le aclaré: “Dice Schutten abladen verboten, que significa Prohibido tirar basuras”. No replicó, pero los niños no recibieron (al menos, en aquel momento) contraorden, y siguieron dando pataditas y pasitos cortos por la amplia explanada ribereña.

La enseñanza que recibimos en el Auseva, regido por los Hermanos Maristas, tenía calidad, aunque no estaba exenta de inefables curiosidades. En quinto curso, con alumnos de catorce y más años, el fraile que nos daba francés, y a quien apodábamos El Capotas, por la forma de su calvicie, se tomó la molestia de recortar, del Selecciones del Reader Digest en ese idioma, que utilizaba como texto de apoyo, absolutamente todas las fotos en donde aparecían mujeres. Puede imaginarse sin problemas que la lectura de los artículos tenía, a veces, tales claros, que resultaban absolutamente ininteligibles.

Era, eso sí, divertido, cuando algunos hacíamos esfuerzos por imaginar lo que se nos había hurtado, y utilizábamos, para ello, la sorna que nos parecía adecuada. Para castigar esa malicia, recibí una vez un deficiente en Conducta.

Se que a los adolescentes de hoy, ilustrados desde edad temprana en los misterios del sexo (ahora llamado género), cualquier referencia a la forma en que se cuidaba nuestra pureza, resulta extravagante. Yo era (y sigo siéndolo) aficionado al cine, y los domingos por la tarde, no me perdía ninguna de las películas que proyectaban en el Auseva en su Salón de Actos. Una vez, con ocasión de no sé qué festividad, se invitó a las niñas de las teresianas (que eran vecinas) a ver una película con nosotros. Recuerdo que era Mon oncle, de Jacques Tati. No pude entender nada, porque cada cinco minutos, más o menos, se encendían las luces y un encargado de inspeccionar el recato se paseaba por la sala, entre jolgorio y carraspeos.


La pareja de patos azulones que ilustra mi Comentario (o lo desvirtúa) refleja el contraste entre el vigilante macho y la hembra, que sumerge su cabeza para pastar las hierbas acuáticas del estanque en donde tienen su morada.

No se crea, sin embargo, que lo que preocupa al diligente machito es la protección de su pareja de depredadores. No. La atención del ave está puesta en otros machos que rondan al acecho y, al menor descuido, se aproximan a su pareja, para cubrirla.

 

 

Cómico o ridículo (1)

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Me gusta utilizar la ironía, arma de fogueo que solo debe emplearse entre gente inteligente y distendida, y siempre bajo la condición no escrita de que te pueden devolver el disparo. Como en todo deporte con armas, se corre el riesgo de que, si no calibras bien, el tiro te salga por la culata. La ironía tiene un pariente lejano muy desagradable, que es el escarnio, que no es deporte de salón, sino de taberna inmunda.

No comprendo al chistoso, y aún menos entiendo la supuesta relación del chiste con el subconsciente, por mucho que haya teorizado Freud sobre el asunto (salvo como guía para detectar algún posible desvío mental en quien se cree gracioso). En las sobremesas con grupo, siempre hay alguien que aprovecha los instantes de sopor que siguen a las libaciones para lanzar una retahila de chistes verdes -no solamente groseros, sino, por lo general, machistas, racistas o, por agruparlos en una categoría única, infumables-.

Un momento especialmente peligroso, que yo suelo aprovechar (si tengo esa libertad) para marcharme, aduciendo que voy al baño, es cuando otros de la cofradía se animan al reto de contar los suyos.

Nunca comprenderé porqué la mayoría se ríe tanto más si el chascarrillo es archiconocido y tampoco, qué mueve a los chistosos a contar variantes, tan pronto el primero del club de la comedia acabó con lo suyo.

Con estos antecedentes de seriedad más bien palurda, se comprenderá que pocas ocasiones han atravesado mi vida por las que pueda, con sinceridad, afirmar que me sucedió algo digno de ser calificado de gracioso.

Mi padre me recordaba de vez en cuando que, al poco de nacer, puesto encima de la mesa del comedor de la abuela, oriné. “Fue muy gracioso”, apostillaba. Ninguna gracia me hizo, por supuesto, que el primer día en que me incorporé como gerente de aguas de Vigo, después de llevar a mis jefes al aeropuerto de Peinador, tuve que empujar el vehículo que andaba flojo de batería y me rompí los gemelos cruzados. Al día siguiente, aparecí con una pierna escayolada y muletas y, al pasar entre las limpiadoras de la entrada, resbalé y dí con las posaderas en el suelo húmedo y brillante. “Fue muy divertido”, me dijeron más tarde.

El ridículo sí que soy consciente de haberlo hecho muchas veces. Recuerdo, con bastante sonrojo, mi introducción al exquisito Comité de Laminoirs a Froid, en el París de la Francia, a la que Javier Millán (q.e.p.d.) que era Jefe de Laminación en frío de Ensidesa había sido gentilmente invitado. Le acompañaba yo, como más experto en el idioma de Molière. Llegamos cuando ya estaba muy avanzada una de sus reuniones ordinarias. La puerta no se abría, y tuve que darle un golpecito (quizá una leve patada).

Se produjo un silencio y las miradas se concentraron en los intrusos. Sentí la necesidad de presentarnos: “Nous sommes ici par première fois. Je suis Angel Arias d´Espagne, acompagnant au chief de Laminoirs à Froid d´Ensidesa, Javier Millán”

El que parecía jefe de la erudita reunión se levantó y, en perfecto español, mientras nos ofrecía sendos asientos a su lado, y antes de hacer la presentación oficial, me aclaró: “Sr. Arias, es usted el primero de España, pero habría sido el quinto de Alemania.”

Los idiomas siempre han estado revoloteando sobre mis anécdotas. En casa de los Acuña, con los que me unía una buena amistad, después de una exhibición de ballet del profesor con la hermana pequeña de las hijas de la familia, realizada con riesgo indudable en el salón, y en la que a cada evolución temíamos que la lámpara se nos cayera encima de la cabeza, el danzarín, que era francés y dominaba el español, nos contaba que, recién llegado a nuestro país y estando aquejado de gripe, entró una farmacia para solicitar remedio.

No estaba seguro de cómo decir pastilla, aunque, dada la proximidad entre ambas lenguas, imaginó que debía ser parecido a pilule. Como era alérgico a la aspirina, precisó a la joven dependienta, señalando su destacable nariz: “Quiero una pirula, pero no vale la normal, tiene que ser especial. La otra me hace daño”.

(continuará)


El jilguero es un fringílido, como el pinzón vulgar. Era un ave preferida para jaula, puesto que, los machos, tienen un trino bastante variado y melodioso, que sacan a relucir, de forma agradecida, a poco que les de el sol de la mañana.  Tiene más variaciones su voz que la del pinzón, aunque éste suele terminar su canto de pocas notas con un floreo muy vistoso.

Su pasado de esclavitud, debió forzar a los jilgueros a ser muy cautos con la especie depredadora máxima, aunque a finales de otoño se les ve agrupados en bandadas, donde se mezclan los nacidos en el año con los más avezados, que son quienes les guiarán a tierras más cálidas, atravesando el estrecho de Gibraltar.

Durante bastante tiempo creí que a los machos se les distinguía por tener el rostro de un conspicuo rojo sangre, en tanto que las hembras y los juveniles tenían la cara limpia. No es así, sin embargo, y los adultos tienen casi idénticos colores, incluso, por supuesto, las alas de plumas negras y amarillas que les dan un porte muy vistoso.

En mi época de adolescente, tuve un jilguero al que llamé Sirjós -no recuerdo por qué-. Era muy cantarín y vivaz. Parecía casi domesticado: cuando ponía un grano en el dedo, y lo acercaba a los barrotes, me lo arrebataba con delicadeza y parecía agradecido. Un buen día, cuando estaba limpiando su jaula, se escapó.

Me dijeron en el pueblo que, si mantenía abierta la puerta de la jaula, seguro que volvía, pues estaba acostumbrado a encontrar allí el grano que le servía de fácil alimento.

Pero nanay del Paraguay. Nunca volvió. Consulté con mi madre sobre la conveniencia de poner un cartel con la foto del pájaro y la leyenda: “Se extravió. Agradezco a quien pueda informar de su paradero”. Me hizo desistir. Fue hace casi sesenta años.