Por qué no felicito por correo ni el Año Nuevo ni la Navidad

Como todos los años, por estas fechas, recibo decenas de correos electrónicos de amigos y conocidos, colegas, clientes, consultores, proveedores de muy variados productos -(algunos, incluso, de los que no utilicé en mi vida), colegios profesionales, centros oficiales, etc., felicitándome la Navidad y deseándome que prospere y que lo pase bien en compañía de los míos.

Agradezco tantas muestras de buena voluntad. Y, como no voy a contestar a ninguna (ni, por supuesto, iniciar ninguna cadena de felicitaciones por mí mismo), quiero dejar constancia en este blog personal de que haré todo lo posible por ser feliz y hacer felices a los demás, en la medida de mis posibilidades.

Confirmo, igualmente, que deseo lo mismo para todos los que conozco e, incluso, para todos los que no conozco. Especialmente, y espero que no se enfade nadie, deseo que todos los que se han ocupado de hacer más infelices (poco o mucho) a sus semejantes, cambien de inmediato de actitud y, puesto que no deseo mal a nadie, si no lo hacen, que sean marginados a profundas cavernas en donde no puedan causar más desperfectos con sus decisiones.

Por no responder a ningún correo ni expresar ninguna felicitación personal, no desearía que se interprete que soy un raro, aunque todos somos libres de sacar esta conclusión de la actitud de quienes no hacen lo mismo que todos.

No quiero aumentar el spam del espacio virtual -y, mucho menos, el del físico-. No quiero participar en la ceremonia de manifestar lo obvio. No deseo hacer la pelota a nadie aprovechando estos días, ni aspiro a obtener la menor ventaja de dioses ni de humanos que no sea resultado, como hasta ahora ha sido, de mi trabajo y el de los que colaboran conmigo. Ni tampoco quiero ser sujeto de otras manifestaciones de afecto y cariño que las que se me dispensen realmente, y a las que procuro corresponder, e incluso adelantarme a ellas, como norma de actuación en mi vida.

Un saludo cordial y espero que, aunque no leáis nunca esto, no os sintáis decepcionados por no haber recibido mi felicitación. Por supuesto que quiero que os vaya mejor, y por eso, prefiero ocuparme en tratar de mejorarlo haciendo lo que puedo lo mejor que puedo.

Adjetivos y objetivos

Es una trivialidad afirmar que los adjetivos calificativos se dividen, atendiendo a su relación con el sujeto que los expresa, en subjetivos y objetivos.

La vida diaria está repleta de los primeros, y algunos, por la entidad de quien los emite, alcanzan extraordinaria difusión ocasional, aunque no hay que abandonar la capacidad de análisis para valorar su alcance. Llamar a un juez “pijo ácrata”, por ejemplo, revela más de quien utiliza esa combinación de sustantivo-adjetivo (enmarcada en el ámbito del variado elenco de justicieros) que de la persona a quien va destinada, a poco que se conozca su trayectoria particular, y los amigos y enemigos que la misma le ha granjeado.

Una “sentencia inicua” es, con toda probabilidad, la valoración que merece cualquier decisión judicial por parte de quien le es desfavorable, pero, aunque lo fuera, no habrá beneficiario de la misma que la considere como tal, aunque vulnere el derecho vigente, que, por cierto, si no fuera interpretable, no necesitaría de ningún exégeta.

La “situación insostenible” de la que se expresan como soportadores casi todos los colectivos que defienden sus presuntos derechos vulnerados será calificada como “medida inevitable” por quienes la defienden, esforzados en imponer su criterio como si fueran portadores del gen de la verdad absoluta. Y los “perjuicios irreparables” que pudiera causar una “decisión inaplazable”  son las “lógicas consecuencias” de la necesidad de corregir “excesos insoportables”.

Generalmente, se prefieren, para no entrar en polémicas, los adjetivos subjetivos inocuos: si calificamos como “belleza exuberante” la presencia corporal de una periodista emparejada con un futbolista famoso, no estamos haciendo daño a nadie ni restando objetividad a la contemplación de los atributos físicos de su detinataria, por más que también podamos calificar de exuberante un paisaje tropical o la exhibición de delicias gastronómicas en un banquete nupcial.

Hay quien concede “carácter sagrado” al menor despilfarro de los “caudales públicos”, aunque la intromisión ajena en lo que el afectado considera su “vida privada y religiosa” revele actuaciones merecedoras de “reproche generalizado”.

Son pocos, en fin, los adjetivos objetivos. Ni siquiera estamos de acuerdo todos en que estemos en una “crisis endémica” ni en que vivamos bajo los efectos de una “burbuja inmobiliaria”. Más bien me inclino a pensar que lo que estamos viviendo es una “fase convulsa” de pérdida de los “valores tradicionales”, lo que no es mucho decir, puesto que lo que para la mayoría es una “dura situación”, para algunos se convierte en una “oportunidad extraordinaria”.

La experiencia que concede la edad me hace manifestar, sin embargo, queson muy pocos los cambios que conducen a “mejoras sustanciales” y que, en realidad, reproducen “viejos escenarios” con las mismas “clases dominantes”. Porque, como debería ser cosa sabida, la “confianza ciega” en que quienes condujeron a la “histórica encrucijada”, sean los mismos que nos sepan sacar de ella, es de una “ingenuidad tan aplastante”, que dan ganas de ponerse a llorar ante esa “entrañable ingenuidad”.

Indignados sin fronteras, comprometidos sin reservas

No soy de los que conceden a las fechas de fin de año un privilegio especial. No soy amigo de las fiestas, (quizá porque soy un negado para el baile) y no aprecio comer ni beber más de lo que necesito.

Este comienzo no tiene que ver con el deseo irrefrenable de confesarme en un blog público, sino que pretende servir de entrada para un reconocimiento. El de que, siendo imprescindible apartarse de tanto en cuanto de las ocupaciones acuciantes para hacer revisiones de lo hecho y previsiones de lo que queda por hacer, la fecha de fin de año es tan buena como cualquier otra, y si la mayoría coincide en utilizarla como hito para hacer Balance, podemos comparar los resultados.

Termina 2012 como un año en el que, no solo en España, ha crecido el número de indignados. La indignación es un estado de ánimo peculiar, que presiona sobre el lado de la incapacidad para corregir directamente lo que nos molesta. El indignado detecta que algo le inquieta, enfada, le hiere o perjudica (no necesariamente a él, tal vez a otros), pero no se ve con autoridad o poder para actuar, corrigiéndolo.

La indignación va siempre dirigida contra otros. No es posible indignarse contra uno mismo.

Una característica no tan fácilmente detectable de todo indignado, pero que la globalización ha puesto en evidencia, es que nos indignamos en grado de intensidad decreciente en relación con la distancia de la situación injusta respecto a nuestras propias narices.

Podemos indignarnos, desde luego, por cualquier hecho o circunstancias muy alejado físicamente, incluso aunque no nos afecte personalmente, pero nuestro enojo será pasajero, condicionado a sabernos agrupados en nuestra indignación junto a otros, y su protagonisto eventual se verá pronto sepultado por lo que nos incomode o duela en el zapato, que es lo que más nos importa.

Nos indignamos más, desde luego, si lo percibimos con nuestros propios sentidos y mucho más si los sentidos nos lanzan señales de dolor propio: es indignante, decimos, la prevista reforma de las pensiones (si estamos próximos a la jubilación o ya en ella), pero será aun más indignante para nosotros (si acabamos de terminar los estudios univiersitarios y no encontramos empleo) la incapacidad del sistema económico para generar puestos de trabajo.

La indignación tiene, pues -y no pretendo entrar en polémicas al afirmar ésto, sino ayudar a la reflexión- un componente egoísta, que surge de la proximidad al problema y un componente colectivo, que es el que da fuerza y confianza a la manifestación pública de la indignación; por grave que sea el problema que nos afecta, no osamos mostrar indignación si creemos estar solos.

No me imagino una manifestación masiva de indignados para protestar en la Puerta del Sol madrileña contra el abismo fiscal (fiscal abys) norteamericano, aunque no faltarán analistas que vinculen la falta de acuerdo con una profundización en la recesión mundial.

Y las manifestacíones individuales de indignación, aunque sean muy cruentas y fatales para el que las organiza -quemarse a lo bonzo por no soportar ver disminuida la pensión de jubilación, por ejemplo, o tirarse por una ventana al ver llegar a los agentes del desahucio- no solamente no ayudan nada a resolver el caso particular, sino que, además, son utilizadas como símbolo de alidación de los intereses de otros, y muy apreciados, por cierto: tener una víctima mortal que esgrimir en el martirologio es una expresión del pedigree de la indignación, aunque la adscripción del inmolado a la causa haya sido traída por los pelos del oportunismo.

Es un deseo imposible de llevar a cabo, pero no una utopía. Me gustaría que 2013 fuera un año en el que hubiera más indignados sin fronteras: gentes sensibles para manifestarse, no en la defensa de sus propios problemas, sino de los de otros; y, especialmente, con capacidad para poner prioridades a esos problemas, independientemente de dónde estuvieran detectados.

Y como la indignación desvela debilidad, como expresé, mi deseo para 2013 y lo que queda de Historia de Humanidad, es que se incremente el grado de compromiso sin reservas. No es tampoco una utopía y, desde luego, me parece más eficiente que avanzar en la indignación sin fronteras.

Un comprometido sin reservas no pone condiciones para tratar de mejorar lo que está a su alcance. Un indignado sin fronteras que se siente comprometido sin reservas, actúa de vigilante de lo que no puede hacer por sí mismo, pero no por ello abandona hacer lo mejor que sabe lo que se encuentra en su ámbito de responsabilidad o en el territorio de lo que puede.