El Club de la Tragedia: Explicados

A medida que el territorio local se va poblando, en una transmutación inquietante, de ciudadanos que pasan de respetables a sospechosos, implicados, imputados, presuntos culpables, liberados, procesados, condenados, exonerados, reclusos, fugados, apelantes, excarcelados e incluso, indultados, nos podemos preguntar –legítimamente, como se ha tomado por costumbre indicar aunque no venga al caso- si no debería revisarse lo que se entiende por el concepto de “irregularidades“, dándole un significado que sea incuestionable, admitido por todos.

Los dos casos mediáticos (y procesales) de mayor calado con los que hacemos la digestión empachosa de nuestra realidad actual, se refieren a “irregularidades” en la financiación del Partido Popular, actualmente en el Gobierno de España y a “irregularidades” en el incremento de la fortuna personal de los duques de Palma y de su socio y manager económico.

El Presidente del Gobierno ha declarado que “si alguna vez tengo conocimiento de irregularidades en el Partido Popular o conductas impropias de miembros del Partido, no me temblará la mano”. Por su parte, la Casa Real, por mediación del Conde de Fontáo, ha expresado que ya tenía advertido a Ignacio Urdangarín, en 2005, que las actividades mercantiles que pretendía realizar con una fundación o asociación a la que no correspondía ánimo de lucro, constituirían “irregularidades” (1).

No hace mucho tiempo (mayo de 2012), quien, por la naturaleza de su cargo e irreprochable formación jurídica, conoce el alcance del término en el ámbito legal, el ex Presidente del CG Poder Judicial, Carlos Dívar, expresó, cuando se sintió hostigado para explicar algunos gastos o dispendios que había cargado a las arcas públicas, que no había cometido “irregularidades“. Que se tratara, además, de una persona de expresa religiosidad, añade, -involuntariamente-, a su declaración, una componente que apunta hacia la autovaloración ética de su conducta.

No quiero abrumar al lector con ejemplos del diferente alcance del término “irregularidades” y la tremenda inseguridad, no ya jurídica, sino social y moral, de la que se ha dotado el término. ¿Hasta dónde llega la “irregularidad” y qué es lo punible, y en qué forma?

Si yo no pago impuestos, presentando en paralelo una declaración responsable por la que expreso que no daré un solo euro más al Estado hasta no quede demostrada su eficiencia y se me convenza de que no se despilfarrará el dinero, que me cuesta mucho conseguir, en inútiles infraestructuras o sostenimiento de incapaces, ¿estoy cometiendo una irregularidad, o soy un ejemplo de civismo?

Si, sensibilizado por la cantidad creciente de pordioseros que encuentro en mi camino al trabajo, reúno a todos los de mi ciudad con algún pretexto, convenciéndolos para que se introduzcan en autobuses que habré contratado previamente (ofreciendo, como dirección de facturación y para tranquilidad transitoria de la empresa transportista, la de algún ejecutivo del Real Madrid CF) y hago descender a esos cuantos miles de personas junto al estadio Santiago Bernabeu, en día en el que se juegue un partido fundamental para la historia (al menos, del fútbol), para que comprueben con sus propios ojos que existen unos cien mil seres de la misma especie, capaces de dilapidar, en época de crisis galopante,  más de 140 euros por cabeza (2) por dos horas de espectáculo intrascendente, ¿habré cometido una irregularidad o seré merecedor de un aplauso de la mayoría silenciosa?

Si…

(1) Lo que abre un pavoroso capítulo nuevo, que es el de dilucidar si comete irregularidad quien, habiendo prevenido, en función de garante o controlador de legalidad, a un su pupilo o protegido,  de lo deficiente de la conducta que pretende realizar, la acaba tolerando, por omisión, dejación o falta de autoridad real para atajarla.

(2) La sexta parte, aproximadamente, del salario mínimo. Dos horas de espectáculo son, aproxidamente, el 0,02% del tiempo anual del que se dispone para hacer algo útil.

Feliz cumpleaños, Felipe

Cumple hoy, 30 de enero, S.A.R. Don Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias y muchos otros títulos nobiliarios más, 45 (cuarenta y cinco) tacos. Es, según su padre, el Rey D. Juan Carlos, todos sus hagiógrafos y la inmensa mayoría de quienes lo han tratado “el Príncipe de Asturias” (o sea, el heredero del Trono) “mejor preparado de la Historia de España“.

Pertenezco a un selecto (por reducido) grupo de escépticos respecto a la capacidad de la naturaleza humana para avanzar hacia objetivos comunes. Estoy convencido -intuición, exclusivamente- de que los principios de selección natural de las especies no han conducido, en lo que se refiere a los seres humanos, a que nos dominen ni los mejores, ni los más hábiles, ni los más fuertes.

Y aunque se hayan introducido impecables teorías para, desde la ética más que desde la racionalidad, introducir elementos correctores a lo que parece desviación humana hacia la perversión, contrariando lo que para el resto del mundo animal parece ser un principio oportunista para susbsistir -lamento haberme explicado de forma algo confusa-, entre nosotros, los que están arriba, no importa cómo hayan llegado allí, tratan de impedir el acceso a todos los que estén en el camino, y especialmente, a los que serían más idóneos.

Si hicieran falta ejemplos, dejo constancia de que quienes fueron descubridores de la mayoría de lo que consideramos grandes avances de la Humanidad, son desconocidos, murieron en la pobreza o el olvido, o fueron víctimas de crueles engaños y suplantaciones.

Aunqe la historia particular de algunas familias concretas se encuentre mejor documentada que la de la inmensa mayoría, no por ello me parece más ejemplar, ni me suscita más respeto que cualquier otra. Las hazañas bélicas, las conquistas -incluso tecnológicas- de pueblos más pobres, la acumulación de riqueza a despecho de la miseria, ignorancia o necesidad de otros, no me mueve más que al espanto, a la descalificación o a la lástima.

No me voy a enrollar más, porque lo tengo ya todo dicho en otros lugares. Feliz cumpleaños, Felipe. A pesar del boato que te rodea, de las expectativas generadas a tu alrededor, de la chismología que te encierra o te recubre, de los deslices de alguno de tus familiares y tus esfuerzos por recomponer destrozos regionales, políticos o internacionales, te considero uno más. Uno de los nuestros.

Un hombre maduro bien preparado. Conocedor de idiomas, serio, con muy buena imagen física, discreto. Seguramente, trabajador normal, fiel a la familia y amigos.

No te veo como Rey de España. Por supuesto, no veo a nadie como Rey ni como Reina, ni admitiría que alguien se pusiera por encima solo por pertenecer a una familia, una saga, una tradición. No quisiera verte como Rey de este país, y no solo porque sea un convencido republicano, sino porque imagino la forma más brillante, para un país en la que lo ingenioso tiene siempre lugar, de acabar con una falsedad histórica.

Propón tú mismo la eliminación de esa trampa constitucional que nos conecta con la incongruencia que supone que España sea, hoy, una Monarquía Constitucional. Prepara el tránsito a una democracia completa, también en lo formal, a una República federal.

Tú puedes tener sitio en ella, desde luego, como persona madura y bien formada. Tenemos ejemplos -¿en tu familia también?- de reciclado desde lo público a lo privado.

Pero no quiero, en lo más mínimo, amargar tu cumpleaños, con un escrito que, además, no vas a leer jamás. Debes saber también que muchos de los que piensan como yo, somos pragmáticos, posibilistas, leales a la mayoría.

Por eso, aunque no te veo ni te veamos como Rey de España, me sumo a los que te consideran el Príncipe de Asturias mejor preparado de la Historia. No tienes competencia en ese asunto, desde luego. Pero si hay que mantener a la Monarquía como fórmula para presidir nuestro Estado decadente, y convertirte en Rey, yo apoyo la moción.

Hoy por hoy, no tengo alternativa mejor.

Enmendalla o mantenella

El Conde Lozano, padre de Da. Jimena, en el conocido pasaje de “Las mocedades del Cid“, de Guillén de Castro, le expone a Ansures, un principio de actuación que ha pasado a formar parte del ideario irónico colectivo: “Procure siempre acertalla/el honrado y principal;/pero si la acierta mal,/defendella y no enmendalla.”

Cuando vemos, con lógico estupor, la firmeza con la que quienes, estando encumbrados en funciones de responsabilidad, defienden, tras haber sido descubiertos en falta grave, su inocencia, podemos estar seguros de que ese principio de “Mantenella y no enmendalla” es el escudo protector con el que tratan de ganar tiempo para escapar del centro de la escena.

¿Levantamiento de bienes en perjuicio de acreedores? ¿Infracción a la Hacienda Pública o falsedad en documentos a la Seguridad Social? ¿Utilización de una trama empresarial para evadir responsabilidades, generar economías opacas? ¿Mentir a los accionistas, a los socios, falsificar facturas?

Lo importante es no perder la calma o, al menos, tener a mano el recurso infalible: negar la mayor ante el que viene de cara y, al mismo tiempo, amenazar con desvelar otros pasteles a los colegas de fechorías.

“Juro por mi honor”, “vengo a defender mi conciencia y honor”, “en ningún caso he cometido irregularidad alguna”, son variaciones del mismo objetivo: expulsión de tinta de calamar sobre las certezas, para que se vean menos claras, se emborronen algunos renglones y… se consiga tiempo. Tiempo para que la tensión mediática se aminore, los hechos principales se olviden, la memoria se diluya.

Tiempo para que quienes no han sido descubiertos aún movilicen sus recursos, amistades e influencias, no tanto para salvarse ellos mismos, sino para que salven del ahogamiento a quien dispone de información que les haría daño. en caso de ser divulgada.

La fórmula de distracción ha tenido tanto éxito en la Historia de la desvergüenza, que se utiliza como panacea en toda circunstancia, aunque no tengan que ver con la ética, sino con la competencia y habilidad de personas y equipos para generar soluciones a los problemas colectivos. ¿Que las previsiones de creación de empleo no se cumplen? ¿Que las medidas de reactivación no tienen efecto alguno (en caso de que existan)? ¿Que el cumplimiento de ridículas teorías acerca del déficit presupuestario y el bienestar se vuelven en sables acerados contra la paz social, deshacen el núcleo del estado de derecho, que es la solidaridad con los necesitados, y cortan de cuajo el impulso del crecimiento que ha de contar con la mejora en educación e investigación, cuanto menos?

¿Que la forma de financiación extraordinaria de los partidos políticos ha quedado con las nalgas al aire? ¿Que las empresas contratistas o concesionarias de servicios públicos están detectadas como elementos clave para distribuir comisiones irregulares?

Mantenella y no enmendalla. “No hemos cometido irregularidades y, en caso de que fuera descubierta alguna, el culpable lo habrá realizado a título exclusivamente particular y, además, está muerto”.

Desde la razón, la seriedad, el compromiso, se alzan voces que se convierten en clamor creciente: Enmendalla, enmendalla, enmendalla.

 

Eutanasia para pobres

Que se mueran los viejos. Pronto. El ministro japonés de Finanzas, Taro Aso, para escándalo de la hipócrita sociedad contemporánea ha expresado su fórmula para aligerar las cuentas públicas de Japón.

Naturalmente, no lo ha expresado tan crudamente, porque aún no estamos preparados para asumir la valiente propuesta. Su propuesta para reducir el déficit que dificulta la recuperación económica del país más eficiente del planeta, apunta a agujeros presupuestarios concretos: Sectores improductivos, no rentables.

En la cúspide del despilfarro de una sociedad condescendiente con los débiles, se encuentran los pacientes terminales, especialmente, los viejos sin posibilidades de recuperación, que son mantenidos vivos con caros tratamientos en hospitales del Gobierno. Esa “gente del tubo” ha agotado su derecho a vivir.

Reabrir la caja de Pandora de la eutanasia activa, aunque se haga solo para cerrarla de inmediato y pedir disculpas por la osadía, incluso avergozándose por el revuelo causado, es algo que suena a provocación: es… valiente, pero es intolerable,

En esta zona del planeta en donde mantenemos los principios éticos incólumes, ni nos lo planteamos. Tenemos principios inquebrantables.

Cuidamos a nuestros ancianos: Nadie se muere de hambre entre nosotros. Vigilamos las calles para que los sin techo no pasen frío: les damos mantas y caldo caliente, cuando los encontramos vivos… lo que, desgraciadamente, no siempre es posible. Ofrecemos a la mayoría, pensiones que garantizan su subsistencia; tampoco es tan complicado, porque vigilamos los precios de la cesta de la compra: una barra de pan puede adquirirse por 30 céntimos, el kilo de pollo entero se compra por 3 o 4 euros y eso mismo cuesta un kilo de sardinas o mejillones: comida variada, rica en proteínas.

Atendemos a lo que conviene a la satisfacción de estos amortizados, con gran esmero. Con poco más de 50 años, decimos a nuestros mayores, con los mejores modales, que ya no los necesitamos activos en nuestra sociedad. Ya han cumplido. Queremos que descansen, que vean la televisión (magníficos programas divulgativos, para que no les cunda el tiempo que les queda), que paseen y se relacionen con otros ancianos en esos magníficos Centros comunitarios que llamamos De Día, y que hemos creado específicamente para ellos, para que se cuezan en sus salsas; allí podrán leer todos los periódicos que deseen y muchas revistas con noticias sociales imprescindibles, y, si les apetece, los fines de semana, hasta podrán escuchar en ellos la música que les gusta, la que encandilaba a sus padres, ¡y bailarla!.

Puede que no tengamos tiempo para visitarlos en la vieja casa familiar, con frío y goteras, por la que pagan una renta irrisoria (¿qué querrían, que los mandemos a una clínica geriátrica, con el precio que tienen?), pero les hemos conectado a un servicio de ayuda inmediata, que en caso necesario los llevaría con urgencia al hospital comarcal. Funciona incluso aunque no tengan teléfono, que, en general, hemos dado de baja, pues a los ancianos no les gusta hacer llamadas y no reciben ninguna.

Es cierto, en fin, que los viejos nos cuestan mucho dinero, y que tendríamos más capacidad de gasto para otras cosas si no fueran tan longevos y, siendo longevos, como mal menor, mantuvieran facultades de autonomía suficientes para asearse, vestirse y no darnos la lata.

Pero así son las cosas. Porque somos sensibles ante la desgracia ajena y sabemos responder a las muchas dependencias a que nos obliga nuestro sentido del deber. También son una carga los parados, desde luego, al menos cuando tenemos que cubrirles su período de prestaciones sociales. Ah, sí y dedicamos mucho dinero para que los hijos de los pobres puedan estudiar algo; con buenos profesores, muy motivados éstos por sus sueldos adecuados y horarios cómodos.

También, por obligación constitucional, atendemos a todos por igual en hospitales con magníficos equipos, -físicos y humanos, y hasta divinos-, que apenas tienen nada que envidiar a los que están disponibles en centros privados, a los que, por inveterada costumbre, suelen seguir yendo los ricos, sin advertir que, en no pocos casos, el personal sanitario es el mismo (y, aunque esto debería comprobarse, las malas lenguas dicen que incluso el horario coincide).

Pero hay que tener paciencia y saber encontrar el  lado bueno. Ancianos, pobres, enfermos, parados, son una rémora necesaria, un contraste, para que luzcamos mejor los jóvenes, sanos, activos, guapos.

Es un alivio no encontrarse en ninguno de esos grupos de miseria.

Downtown Toledo

blogToledo

Está la ciudad en que nos nacieron y, luego, esas otras en donde por circunstancias de la vida, hemos pasado nuestro tiempo. A veces, algunos años, y por ello, se han incrustado con vivencias, gentes, anécdotas, que nos hacen quererla como parte nuestra. Toledo es una de esas ciudades desde la que construyo mis afectos y distancias con el territorio.

Escribí ya en otras ocsiones que Toledo, el Toledo histórico, la ciudad que figura en todos los itinerarios turísticos como la Imperial, la cuna de las tres culturas, el lugar de tránsito obligado para quienes pretenden conocer España, es una ciudad con un presente frustrado, falso, equivocado.

Porque el Toledo downtown, el casco en donde se concentran más monumentos que en ninguna otra ciudad española no levanta cabeza. No solamente no se yergue sobre sus glorias, sino que hunde su rostro, herida, entre oropeles de comercios de baratijas, turistas atolondrados, silencios espesos que llegan a lo más profundo del alma de quienes la escuchamos cuando se apagan las luces y se van las hordas de visitantes apresurados y se retiran el par de decenas de funcionarios a sus lugares de dormitorio.

Toledo no muestra su monumentalidad, su historia, su enseñanza cultural excelsa, sino las vergüenzas de una sociedad consumista, inculta, apocada, estéril. Rebajada hasta casi desaparecer -por culpa de un no saberla mostrar, por carecer de vida actual, caricatura fantasiosa de ciudad, podría encontrar una referencia de éxito en Segovia -que no le llegaría, en esencia, ni al calcetín de la hidalguía-, pero no lo consigue, falta de alguien que la entienda e impulse. Que la quiera, en fin, con poder y ganas para ponerla en el mostrador de su mérito.

¿Culpables? Muchos. La falta de vida real tiene que ver con el comercio orientado estúpidamente hacia un turista de paso y con prisas que quiere plasmar con fotografías de alta resolución de monumentos y calles cuyo nombre ignorará siempre; tiene que ver, por supuesto, con la escasez de habitantes en su casco histórico, que orienten la ciudad hacia su realidad y se desmarquen de una fantasía de museo para recorrer en dos horas detrás de un tipo con una bandera de colorines.

He contado más de doscientos comercios que ofrecen espaditas de “acero toledano”, platos y pulserillas de damasquinados y trabajos de lagartera “hechos en el propio taller” -a saber dónde- , junto a otras varias decenas de tiendecitas en las que se trata de vender los “auténticos mazapanes toledanos”, algunos, incluso “hechos en el obrador del Convento”. Todos ellos, en resistencia amenazada por los constantes avances de esa misteriosa multinacional china especializada en cercanías del todo a un euro, que  ha desplazado ya con éxito de especie invasora a la tienda de ultramarinos de toda la vida y ahora se está comiendo el resto del comercio.

Pocos restaurantes profesionales hay en Toledo que venzan la resistencia del visitante a agenciarse un bocadillo de jamón york con el que saciar su apetito de devorador mixto de “cultura y comida basura”. No lo serán, desde luego, si ofrecen “típica comida mexicana”, o italiana, o “menú del día” consistente en ensaladilla rusa y filete empanado.

Claro que, de tanto estropicio, no tiene la culpa Toledo. No la tiene tampoco cuando, cada fin de semana, con regularidad exasperante, una persistente colección de borrachos -¿son siempre los mismos?- deterioran la madrugada a voces, aparcando sus vehículos en cualquier calleja con estrépito de chapas, llenando, en ausencia de cualquier policía urbana, con sus peleas etílicas sin sustancia, la paciencia hecha trizas de los que desean conciliar el sueño, porque no han renunciado a vivir la ciudad, últimos resistentes de las Filipinas toledanas, engañados otra vez con la promesa oficial de recuperar Toledo..

No tiene Toledo la culpa de que una parte fundamental de sus edificios singulares languidezcan a puertas cerradas, que pervivan tantos solares sucios, tantas casas abandonadas, crezcan los pisos en alquller o en venta. No la tiene de que edificios recuperados -se dijo- para funciones públicas, sean en realidad solo un adorno para la política de mentirijillas de la capital de Castilla La Mancha, en donde al terminar la jornada se produce, cada día de la semana, el éxodo de funcionarios no muy ocupados tras sus mostradores que ofrecen, como no pocas veces comprobé por mi mismo, lo que ni ellos mismos conocen, desmotivados quén sabrá por qué..

No tiene Toledo la culpa de la falta de alicientes para que el visitante se quede a pernoctar en él, curioso en conocer cómo vive el toledano, y deseoso de entrometerse de prestado en su misterio nocturno…porque no existe tal misterio, huído, convertido en algarabía juvenil de botellón y ligoteo, hacia las afueras, al “Toledo nuevo” de Palomarejos, Valparaíso, San Antón, …Olías, Illescas, Pinto, Getafe o Madrid (salvo para esos tres privilegiados que tienen cigarral en la otra orilla para fumarse un puro con los buenos propósitos colectivos).

Recuperar Toledo para que viva el presente, es un trabajo apasionante que se debe acometer de inmediato. Propiciando, desde luego, un comercio coordinado y con ofertas apetitosas, pero, ante todo, haciéndolo destino turístico de verdad, no un producto de rápido consumo.

¿No se disfruta paseando a la orilla del Tajo, recuperada hace poco y hoy, con descuido evidente? ¿Bastan dos horas para recorrer Toledo, o necesitamos, al menos, tres días para saber de él algo consistente? ¿Dónde pernoctar?¿Para cuándo, completar los remontes y escaleras mecánicas? ¿Qué hay que hacer para sacar todos los coches del casco histórico durante el día? ¿Debe la jefatura de policía mantenerse a dos kilómetros del centro? ¿Dónde duermen los funcionarios, qué hacen?…Y para ese comercio que langudece, ¿existe la propuesta de plantear, en una actuación colectva inteligente, qué se puede ofrecer para que el frenético fotógrafo aficionado de monumentos, se quede con otra imagen de Toledo?

Guión para una mala película

Si, dentro de unas décadas, un superviviente del desastre climático, el invierno árabe, la erupción del volcán de Yellowstone, la conquista china de las viejas colonias europeas en Africa, la invasión de Japón por la Corea unificada, etc., se encuentra con ganas de analizar lo sucedido en un mediocre país llamado España durante la segunda década del siglo XXI (y en buena parte de la primera), descubrirá, asombrado, que los españoles estuvimos, sin saberlo, viviendo una película.

Una mala película, en realidad. Con un guión deficiente, sin protagonista principal declarado, con demasiados secundarios con tendencia a improvisar y sobreactuando, y un decorado que apesta a mentirijillas y a cartón piedra. Lo mejor es, desde luego, el movimiento de masas, con millones de extras ocupando la pantalla. es decir, la escena, representando de rechupete un drama colectivo, al estilo de Todos a una, con notas de la Guerra de las Galaxias, pero con la inequívoca huella de haberse inspirado en el Titanic, Coloso en llamas o Aeropuerto.

Y, en fin, aquí estamos, en medio del argumento. Con un gobierno sin ideas, pero con demasiada palabrería, una oposición sin palabras (ni ideas), un gran empresariado muy mezquino, una Universidad bastante inculta pero ya derrotada, un grupito iluso de emprendedores luchando por subsistir enmerdados hasta los ojos, una Banca insolidaria pero muy sólida, un Estado de autonomías a punto de desmembramiento por donde más nos ha de doler, unos colegas europeos satisfechos de vernos sufrir la intemerata.

Si alguien cree que esto va a tener un final feliz, comparto ese optimismo. Pero no me pidan que explique la razón de ese presentimiento. Me pasa siempre que voy al cine. No me muevo de la butaca hasta que desaparece el último título de crédito; por mala que sea la película, me resisto a pensar que tanta gente haya malgastado tiempo y dinero en filmar y distribuir un bodrio, y solo cuando se encienden las luces de la sala y compruebo que me he quedado solo, me animo a salir hasta la calle.

Viajes virtuales sin moverse de casa

Trasladada la pregunta a Luis Maroto, presidente ejecutivo de Amadeus, éste, después de un momento de confusión, la despachó con estas palabras: “¿Viajes virtuales? No…no tengo ni idea de lo que son”.

La cuestión se formuló durante el “desayuno de trabajo” que el Foro España Innova convoca con estupenda frecuencia, invitando a conferenciantes de primer nivel, que se celebró el 24 de enero de 2013 en el Hotel Ritz de Madrid. Maroto había presentado, con concisión no exenta de elegancia verbal, la situación del sector turístico, desde la perpectiva de una de las mayores compañías mundiales del sector de viajes.

Quien había formulado la pregunta que no encontró respuesta era yo, preocupado desde hace tiempo por mejorar la forma de viajar, ofreciendo la opción de organizar visitas a lugares (museos, monumentos, incluso zonas de conversación y socialización) que no supongan desplazamiento.

Porque entiendo que viajar físicamente no es la única opción de conocer, porque creo que no siempre es la mejor y porque estoy seguro de que, si existieran operadores capaces de ofrecer la realización de viajes virtuales, organizados al gusto y necesidades de los clientes potenciales, adquiriría creciente intensidad un mercado hoy limitado porque hasta este momento, cada uno de los que queremos conocer otros pueblos y costumbres y conocer su cultura , no siempre disponemos del tiempo y del dinero para viajar físicamente, y lo resolvemos con esporádicas visitas a los buscadores, que nos empapizan rápidamente con información desestructurada, pobre y no siempre fiable.

Y desde luego, para muchas personas -impedidas por motivos físicos- viajar de ese modo es una solución que obvia su dificultad y satisfaría su ansia de conocimiento, que no queda cubierta -ni mucho menos- por fotografías, informaciones cerradas o panfletos turísticos, sino que implicaría ampliar las opciones de interactividad, ordenar la búsqueda de la información y, por supuesto, generar nuevos archivos documentales y recopilar los que se vayan creando por terceros en bases de datos potentes, que permitan la visión tridimensional, la selección e inspección autónoma de los archivos, una vez seleccionado el viaje por el turista y la oferta de posibilidades a medida para la sociabilidad, incluída -por qué no. la posibilidad de envío a su domicilio, posteriormente, de souvenirs, libros, comida seleccionada de los platos del área visitada, etc.

La pregunta era ésta: “¿Tiene Amadeus algún equipo de trabajo dedicado a analizar las posibilidades de organizar viajes virtuales, es decir, aquellos que no necesiten desplazamiento físico?”.

Los que creemos que debe atajarse el consumo irresponsable de combustible, invitamos a Amadeus y a los creativos del sector, a que se pongan a pensar en una solución que optimice las existentes, incompletas y, además, aún desorientadas.

 

Decidir viviendo entre máquinas y humanos

En el brillante y concurrido acto de Inauguración del Año Académico 2013 en la Real Academia de Ingeniería (RAI), que tuvo lugar el 22 de enero, el profesor de la Universidad Carlos III y académico, Aníbal Figueiras Vidal, disertó sobre “De máquinas y humanos. El arte de la toma de decisiones”.

El propio enunciado de la conferencia, en la que el subtítulo parece haber usurpado su lugar a la enunciación principal del tema, puede dar idea de que el camino adoptado para explorar tan interesante tema, en el que el Excmo. Sr. Figueiras es un especialista, no iba ser, precisamente, de rosas y que el riesgo de perderse durante la singladura era alto.

Llegué algo tarde a la Sesión -justamente porque, como suelo hacer cuando creo tener tiempo, salí del Metro varias estaciones antes de la correcta, y una llamada al móvil me distrajo- y el Secretario de la RAI había empezado ya con la enumeración y glosa de las actividades realizadas por la rancia institución, a la que las últimas operaciones de lifting le dan un aire pizpireto.

Aunque no lamenté perderme parte de ese informe (soy asiduo a los actos de la RAI), sí me fastidió tener que seguir la lección inaugural por vídeoconferencia, pues el salón de actos se había llenado, por lo que perdí la sensación del directo y la opción de ser testigo de las siempre intneresantes reacciones físicosíquicas de los académicos y otros principales a las palabras de su colega.

La conferencia de Figueiras está impresa y, puesto que fue leída por el conferenciante, nada perdí de su contenido. Después del acto, había un cóctel, pero habida cuenta de la afluencia de oyentes adiviné lo que sería la de contendientes por las vituallas, y cuando, renunciando al papeo, descendía a la calle, me topé con el autor, que acababa de liberarse de algunos admiradores, y le felicité por su disertación, que me atreví a calificar de provocadora. “Eso pretendí”, sancionó el conferenciante, conciliador.

Ahora que la tengo leída serenamente, reposada y subrayada, añado nuevos adjetivos: interesante, desconcertante, reveladora, relativamente desordenada, parcialmente genial, petulante, ingenua, magnífica, a ratos trivial, por momentos confusa, prolija, generalmente entretenida, y…con unas Conclusiones que parecen extraídas de otra Conferencia y destinadas a otro contexto, más propio de seguidores de la escuela estructuralista, relacionando la fonética con la transmisión subliminal de mensajes.

Pero ¿quién soy yo para opinanr de ese modo? Mi mejor elogio es que, ayer por la noche, hasta que no terminé de leer el texto, no me animé a echarme a la cama. Y hoy, el día después, ardo en deseos de encontrar un momento de inquietud, para reflexionar sobre las combinaciones de máquinas y humanos en sistemas adaptativos, en las que cada interviniente asuma la tarea que mejor sepa hacer, en competencia perfecta, y los resultados se sometan a las consecuencias de aplicación del principio de indeferencia o del de parsimonia.

Pocos me entenderán este final -empezando por mí, víctima a veces del atractivo de la semántica-, pero, a lo mejor, el Dr. Figueiras Vidal o alguno de sus colaboradores o seguidores, sí, y abren, con la confusa idea, alguna nueva línea de investigación. El campo es inmenso.

Aquí, paz

“Aquí paz y después gloria” es una frase hecha con la que damos por zanjado un asunto, de forma coloquial o familiar, sin que la sangre llegue al río, que sería lo mismo que llegar a mayores.

El muy noble deseo de tener paz en todos los asuntos, (especialmente en los que nos pueden hacer daño), es recogido en muchas frases de uso común. Se refleja en ellas tanto la preocupación por las dificultades que es necesario superar para obtenerla como para conservarla, debido a la natural tendencia belicosa de los humanos, como la satisfacción por quienes creen haberla alcanzado; no hace falta precisar que esta última suele durar poco.

La Historia está repleta de Tratados de Paz firmados después de conflictos que causaron miles o millones de muertos de quienes, de haber permanecido vivos, hubieran tenido poco que ganar con la victoria. Las guerras y las paces de alto nivel son empezadas y terminadas por jerifaltes que especulan y juegan con los destinos de otros a los que han convertido en involuntarios peones de ajedrez de sus designios. Que, a veces, algunos de los que van a morir lo hagan llevados de ardores combativos por las que se ofrecen voluntarios defender verdades difusas -que, en realidad, no están en liza-, no prueba más que el poder de persuasión o engaño de los que sería raro encontrar en el mismo campo de batalla.

“¡Déjame en paz!” es lo que indicamos a quien nos molesta con sus insistencias, particularmente si es hijo púber, cónyuge o pareja de hecho en día inspirado para recordarnos nuestras omisiones y debilidades, o, posiblemente, la forma de cortar el alegato del anónimo comunicante -aunque se ponga nombre a sí mismo- que nos ofrece la opción de cambiar de operador telefónico o aseguradora del coche, introduciéndonos, posiblemente, en un camino de malentendidos y torturas.

“Mi paz os dejo, mi paz os doy”, anuncia, en mensaje típicamente críptico, el protagonista excepcional del Nuevo Testamento cristiano. “Descansó en paz” (o “En la paz del Señor”) se lee como epitafio en muchas tumbas, incluso en el acróstico latino (R.I.P.), lo que ahorra cinceladas del marmolista, como indicación que recuerda a los vivos que la existencia es lucha y la muerte, lo queramos o no, “el descanso eterno”.

“Tengamos la fiesta en paz” puede ser la frase que da fin a una controversia o, por el contrario, la chispa que enciende la mecha de intercambio de pareceres más gruesos, incluso físicos, que pueden sorprendemente conseguir la coordinación de ambos contendientes en apalear al voluntario apaciguador, como prueban no pocas crónicas de sucesos.

Aunque no sea cosa de festejar, uno de los principios admitidos por la Sociedad de Naciones y seguido, ya sea por convicción, ambición o sevicia, por todos los gobernantes de la Tierra, fue reflejado en latín por un tal Vegecio en el siglo IV a.d. C. “si vis pacem para bellum”, una de las pocas expresiones que todo buen político debe saber repetir correctamente en la lengua original en que la emitió su autor, y que es traducido, en el lenguaje práctico, por “la mejor defensa es un buen ataque”.

El lema encuentra gran aplicación en estos días de confusión, por los que tienen como profesión principal hacer política, y por oficio oculto, medrar a nuestra costa, seacompañado siempre de lanzamiento de humos de escaqueo, uso de trajes de camuflaje (de color albo,con lo que quieren aparentar que ellos están incólumes), labores de zapa en terreno propio para que los culpables de lo hecho mal se encuentren en los bajos y hasta incursiones de sabotaje en territorio contrario, por aquello de mal de muchos, epidemia.

“No habrá paz para los malvados” es un buen título para una película más bien regular de Víctor Eurice, aunque sirviera de base para excelentes interpretaciones de sus actores, pero no deja de ser un deseo que no van a hacer realidad por sí mismos quienes tienen la bota de su opresor aprisionándoles el cuello, incapacitados para defenderse por no arriesgar a perder el trabajo o la prebenda.

Fuera películas, alguna vez los dioses interiores se toman en serio atosigar al que delinque sin juicio final en los campos de Asfódelos, para que, aunque sea también en una ficción shakesperiana, inculcan a los Macbeth un camino de remordimiento insufrible, destruyendo la paz que les hubiera permitido disfrutar de su pecado.

Lo habitual, sin embargo, es que quienes menos paz tienen -en este mundo, que para un número creciente de incrédulos es el que importa- no sean ni los malos, ni los poderosos, ni los gobernantes, sino los buenos, los humildes, los mandados.

Que, simplificando algo, acaban siendo tenidos por pazguatos. (1)

(1) A los que dediqué, por cierto,  un Comentario, no hace mucho.

¿Hubo más de un big bang?

No es la primera vez que pongo de manifiesto mi elucubración respecto a la posibilidad de que, junto al big bang físico, hubiera otro big bang metafísico.

Esa sospecha, fundamentada también empíricamente, surge de la observación, que cualquiera puede constatar por sí mimo, de que –al menos, en los seres humanos– se pueden encontrar elementos que no responden a procesos físicos, incluso aunque introduzcamos, para explicarlos, factores de indeterminación o rangos de probabilidad.

Los físicos teóricos se han concentrado en buscar la explicación a sus observaciones y experimentos, teniendo como referencia el cosmos físico. Aunque existen, aún, incógnitas no resueltas respecto a cómo pudo generarse el principio de acción que dió nacimiento a la secuencia de hechos concatenados -con ciertos márgenes de indeterminación para lo estrictamente causal- del que surgió la realidad que ahora podemos contemplar e investigar, tanto en lo que nos es propio como en lo que nos resulta ajeno a nuestra individualidad física, subsiste, como una gran incógnita, qué tipo de proceso dió nacimiento a lo que entendemos, sin mayor necesidad de precisión, como nuestra capacidad de elaborar, desde fuera de la física, pensamientos e ideas que no responden a la secuencia de producción que da lugar a lo que percibimos o podríamos percibir, si tuviéramos los instrumentos adecuados, con los sentidos que nos ponen en relación con la materia o la energía, admitido que fuera su reversibilidad.

Lamento no ser muy preciso en expresar esta constatación, que implica, necesariamente, concretar los límites a lo que, desde los primeros momentos de la elucubración filosófica de nuestros antepasados más reflexivos, se detectó como libre albedrío. Me encuentro entre los que niegan que nuestra producción de ideas, de las que se derivan no pocas de nuestras actuaciones, sea totalmente producto de la casualidad o efecto de un determinismo físico-químico (o biológico).

Es cierto que, en una buena parte, estamos condicionados sobre lo que podemos decidir. Pero hay algo más, pues cada uno de nosotros es capaz de tomar consciencia de nuestra singularidad, sin más que atender a la propia producción reflexiva, interna, oculta para cualquier otro ser,  de elementos que no encajan en lo físico: conceptos, ideas, pensamientos, incluso poco o nada elaborados, que solo alcanzan realidad en lo físico cuando nos apetece ponerlos de manifiesto.

Sospecho que, junto a ese altamente probable big bang físico (del que se producirá, o habrán producido, en una secuencia sin límites, expansiones y contracciones continuas del Universo, provocadas por la reversibilidad de materia y energía), tiene lugar una actividad que tendríamos que denominar metafísica, y cuyos elementos y evolución -si tal existe- ignoramos casi por completo.

Si aceptamos que cuando tenemos a disposición de nuestra capacidad de observación, responde a una evolución consistente, coherente y repetitiva de principios reproductivos simples, tenemos una clave de lo que puede estar sucediendo en la constatación de que, junto a los elementos activos que hemos dado en denominar masculinos (por decirlos de algún modo) existen otros femeninos, que, al combinarse con ellos -o al revés, no veo forma de priorizar a unos sobre otros, son el vehículo para generar todo aquello que hemos detectado como biológico, es decir, dotado de una capacidad especial, vinculada al misterioso mecanismo de la vida. Mecanismo que en su evolución en nosotros, los seres humanos, ha dado origen a la capacidad de pensamiento, con todas sus particulares consecuencias (consciencia de la muerte, capacidad para analizar, oportunidad de generar modificaciones forzadas sobre lo físico, etc.).

Ese otro big bang lo caracterizo como metafísico y, si fue simultáneo o no con el big bang físico, tiene relativo interés. Lo importante es que ha generado unas capacidades que no responden, en incontables aspectos, a nada de lo que se nos pretende explicar por los físicos téoricos.

Encuentro en la poesía, tanto en la forma de manifestarse en el interior del poeta, como por su capacidad de generar en el lector sensaciones nuevas, incluso distintas de las que la motivaron en sus autores, vestigios de la presencia de un principio activo singular.

Poetas del mundo, filósofos irreductibles ni a la mecánica racional ni a la física cuántica, aquí hay un campo de análisis que promete trabajo de siglos, si a la humanidad nos diera tiempo para tratarlo, y no desperddiciáramos la oportunidad de la anomalía, esa evolución, casi desentrañada. de las consecuencias del sesgado, -digamos, para entendernos mejor, viril y machista, big bang físico.