Sedes vacantes

La silla de San Pedro en el Vaticano quedará libre en la tarde del 28 de febrero de este año singular, cuando S.S. El Papa Benedicto XVI se retire a Castelgandolfo, haciendo efectiva la dimisión que anunció hace un par de semanas. Y la iglesia católica quedará sin representante de Dios en la Tierra hasta que el Cónclave de los cardenales encuentre, por inspiración del Espíritu Santo, un sucesor.

Han sido muchas las conjeturas en torno a esta dimisión papal, construídas sin dar credibilidad a la razón expresada por el propio Pontífice: avanzada edad y falta de salud, imprescindible para llevar a buen término la encomienda de máximo director espiritual de los católicos,  que lleva aparejada otras obligaciones -más incómodas y cuyos fallos son de difícil ocultación, por ser terrenales-.

El Papa emérito se propone, al parecer, meditar y estudiar hasta el fin de sus días, enclaustrado en el convento de su retiro. Seguramente, concluirá un nuevo libro sobre la singular vida de Jesús -en este caso, sobre su madurez, ejemplo de vida adulta y apostolado- que dará mucho que hablar, entre fieles e infieles. En ese volumen, escrito con la finura del analista teológico que siempre dió muestras S.S. de llevar dentro , no faltará, siempre como hipótesis, algún comentario o análisis sobre las razones del descenso brutal de las vocaciones religiosas en Europa.

Según me han dicho, solo 500 seminaristas siguen los estudios para alcanzar el título hasta hace muy poco, prestigioso, de sacerdote en los centros de toda España. Nada que ver con los tiempos postguerreros de aquella España heroica, católica y grande, en la que, por ejemplo, solo en Comillas más de 3.000 jóvenes estudiaban los entresijos de la palabra de Dios, escudriñando su significado, junto a otras enseñanzas más de andar por casa, a la espera de alcanzar algún día el privilegio de la tonsura.

Las consecuencias de las escasas vocatios se pueden ver en casi todos los pueblos de este país que ha dejado oficialmente de ser católico, (e incluso, lo que ya es gravísimo, de apreciar lo ético). No hay servicios divinos más que quizá una vez al mes; un mismo sacerdote tiene que atender, obviamente a la trágala, seis o diez parroquias, repitiendo una y otra vez cada día los ritos y pláticas correspondientes ante un público mínimo, tantas veces compuesto de solo cuatro ancianas y un par de beatos de puchero.

Solo en los funerales -y en las fiestas patronales- se llenan las iglesias. Ante el cuerpo presente del vecino fallecido, el único mensaje que escuchan impávidos tantos incrédulos, mientras pasan frío y miran los desconchados abiertos en las paredes y el techo, es un recetario sobre la inmortalidad del alma, el episodio de Lázaro y esa teoría esotérica de la promesa de resurrección de la carne el día del Juicio final.

La ausencia de vocaciones patrias ha propiciado que los sacerdotes nativos se concentren en las grandes ciudades (1) y quienes ocupan hoy mayoritariamente las sedes vacantes parroquiales en los miles de pueblos mínimos de España, sean latinos. Sacerdotes hondureños, nicaragüenses, ecuatorianos, etc., que han cruzado el charco con su fe a cuestas y que, con sus acentos ceceantes y sus expresiones variopintas , hablan, en las iglesias que les han puesto en las manos, de dioses, vírgenes y deberes religiosos con tonos y modos que suenan a país de misiones y a película con tribu multicultural.

Porque estamos en tierra de misiones. Misiones imposibles. Elí, Elí, lama sabactani?

(1) Debo decir que estos curas citadinos no tienen garantizado vivir mejor que los de aldea. Conozco quienes malviven, ocultando como pueden su penuria y sometidos a un trabajo atroz, haciendo labores de ayuda social y consuelo síquico y físico, que les separan de otros de su misma carrera, éstos preocupados por problemas alejados de la realidad (y, si se me permite, también del espíritu)

Opiniones de un payaso

Los resultados de las elecciones generales celebradas en Italia el último domingo (y siguiente medio lunes) de febrero de 2013, han puesto de manifiesto dos grandes grupos perdedores: 1) los que opinaban que la mejor situación imaginable para Italia, confirmada históricamente, sería la ausencia de Gobierno, y, por ello, desearían que se hiciera efectiva la primera impresión de que iba a ser imposible conseguir una coalición estable, y 2) los partidarios -lo hubieran votado o no- del triunfo del Movimento 5 Stelle (M5S), que ya se frotaban las manos ante el espectáculo.

En relación con este Movimiento novedoso, la intriga estaba centrada en llegar a conocer cómo pondría en práctica su Programa. Para muchos, se adivinaban indecibles momentos de disfrute, regocijo y, en fin, risas y jolgorio, en ese marco ácrata -peligroso- en el que se va decantando, en Italia como en otros países (sobre todo, del área mediterránea), el descontento acerca de la política.

El cerebro y talismán del M5S es un payaso famoso en Italia, parapetado en un blog incendiario (Beppe Grillo), que, aunque no ha podido capitanear oficialmente el Movimiento ideado por él, -ya que fue inhabilitado hace años por un doble homicidio en accidente de tráfico-, lo ha impregnado de su estilo histriónico-cómico: tensionar a gritos la cuerda emocional del espectador de la representación, y liberarla de vez en cuando con un chiste.

En nuestra tierra, algunos comentaristas de las elecciones italianas, han encontrado en el Programa de M5S muchas ideas aprovechables para incorporarlas al melting pot de propuestas electorales; en especial, por los partidos que aún son minoritarios en los hemiciclos españoles, en las cada vez más inminentes nuevas elecciones.

No se puede rechazar ese propósito de plano, pero hay que advertir que el Programa de Beppe está construído con los deseos e intenciones de gente variopinta, una especie de carta conjunta a los Reyes Magos de los niños de un colegio de párvulos, sus padres y maestros. Eso, sin contar que en estos lares nos sobran ideas imposibles, porque imaginación no falta, lo que se echa de menos son ganas de asumir una tarea hasta el final.

El interés de la movilización ciudadana italiana en torno a un payaso ha permitido divulgar que el nombre responde a las cinco estrellas o ejes directores de su Movimiento: gestión pública del agua, movilidad y desarrollo sostenibles, wifi gratuito y protección ambiental. Pocos habrán leído las quince páginas de su Programa, y aún menos serán los que han separado los deseos de imposible cumplimiento -por caras, estrafalarias o libertarias- de las propuestas que ya deberían haber sido puestas en práctica, por corrresponer a Directivas comunitarias, o de las muy razonables.

En un intento de sistematizar los heterogéneos objetivos, encuentro en el Programa del M5S que hay poco interés por la economía (definir el coste de las actuaciones y quién lo pagará, aunque se critican los despilfarros ya habidos, sobre todo, en infraestructuras), omisión en lo que se asemejan las propuestas a las habituales de los partidos de la izquierda irredenta (que tantas veces apuntan con tino a la idea pero no se preocupan del aspecto práctico); se pone mucho énfasis en el ambiente y la energía, lo que se corresponde con las ideas extraídas de los idearios de los movimientos ecologistas; se incorporan no pocas ideas libertarias, que implicaría un deseo revolucionario, antieuropeo y anticapitalista; y, generando una pasta que más que conseguir la amalgama de los contenidos, produce la sensación de un pupurri de digestión imposible, se echana esa caldera que se cocina en el antisistema, dosis amplias de bonhomía, buenos deseos, desapegos de la realidad, y una simpática ingenuidad, con ribetes y adornos propios de la ética elemental, con trasfondo incluso cristiano, con reconocible gancho mediçatico, ahora que el Papa dimisionario está de moda.

En los 60/70 del pasado siglo, alcanzó mucho predicamento un libro de Heinrich Böll, titulado “Opiniones de un payaso“, en el que un clown atrapado por la desventura y el alcohol realizaba una ácida crítica del catolicismo, avanzando en ella a través de paradojas, más bien tristes. Entiendo que el mérito de Beppe Grillo es, sobre todo, realizar una crítica del sistema capitalista, exponiendo a la opinión pública, como catarsis, sus tremendas contradicciones. Que el público ría o llore con las historias, ya depende de las ganas de cada uno.

Permítame el lector (y, por supuesto, pido disculpas al autor) una ligera adulteración de cierto momento cumbre del texto de Böll, para adaptarlo al caso.

El payaso protagonista y uno de los que le hacen la vida imposible, se enzarzan en esta pelea dialéctica : “-Creo a pesar de todo que usted es un buen payaso, pero de política no entiende nada” (…) “-Entiendo lo suficiente para ver que ustedes, los políticos, ante un escéptico como yo son tan inflexibles como los socialistas frente a los liberales o los liberales frente a los anarquistas. No oigo más que hablar de ley y de programas, y lo único que se discute es sobre no sé qué documentos que el Gobierno del Estado, del Estado precisamente, se encarga de extender, en lugar de aclarar su veracidad o falsedad de una vez”. “-Usted confunde la ocasión con el motivo“, dijo el otro “le comprendo a usted, créame que le comprendo”. “-No comprende nada en absoluto”, replicó el payaso, ” y el resultado será un doble fracaso“. (pág, 125, Edit.Seix Barral, edición de 1974).

El fracaso del M5S es, por un lado, haber malgastado la intención popular de mejorar la situación, poniendo orden a los desmanes manifiestos y, por otro, haber perdido la oportunidad de concentrar un Programa viable, que le hubiera posibilitado entrar en el gobierno, lo que hubiera supuesto la revisión crítica de las ideas recogidas en la calle, eliminando las dosis libertarias o irreales.

Ideas que agradan a algunos cuando se expresan a gritos enveltos en el anonimato de la masa, pero que en un país democrático no tienen cabida como base de actuaciones del Gobierno, y ni siquiera para derribar al que lo está haciendo tan mal como el que tenemos ahora en España.

Adónde vamos a parar

No lo planteo como pregunta -faltan los signos de interrogación en el título- aunque tampoco me jactaría de mantenerlo como respuesta. “Adónde vamos a parar” debe ser entendido entre señales de admiración, o más apropiadamente, de asombro y hasta menosprecio.

Me imagino que hacer de relator (con título o no en las Universidades de Ciencias de la Información, antes Periodismo) de lo que está pasando, con la cantidad de material disponible, debe ser una gozada. Cada tarde basta seleccionar cualquiera de las cerezas enmerdadas que la actualidad nos ha tirado en el cesto de la basura social, y los artículos glosando el suceso elegido, e incluso extrayendo posibles consecuencias a diestro y siniestro y rasgando algunas vestiduras para que se vean los trozos de carne ensangrentada, son cosa hecha. Como coser y cantar, pan con queso, miel sobre hojuelas.

Menos -o ninguna- atención merece la cuestión del posible final a todo esto. A la escala que nos importa más, que es la nacional, los que más presencia tienen en las calles señalan, camuflados entre la multitud absorta, dos puertas de salida: la República (no se bien dónde se tejen las banderas tricolores, pero debe ser negocio, porque cada día hay más, y doy por seguro que no van a faltar ni en la Feria de abril en Sevilla ni en las procesiones de Semana Santa, si este año no llueve) y la dimisión del gobierno del Partido Popular, enfangado en su incompetencia, no ya para dar la remontada al país (lo que se disculparía, dada la dificultad de la encomienda y la endeblez de los mimbres), sino en explicar con algo más que con balbuceos, desplantes y tonterías, las torpezas y pecados que se le van descubriendo a tropel en su trastienda ideológica, donde guardaban el pendón.

Puertas de salida no hay muchas, es cierto, y por ello, no faltan quienes se empeñan en estrellarse contra las paredes, dándose trompazos que les aturden la cabeza. Una pared muy sólida (para romperse en ella las narices) es la de acusar a los responsables del partido teóricamente contrario (ya no sé en qué) en haberlo hecho, hacerlo,y propornerse hacerlo muy mal, intenten lo que intenten. Pues allí van, una y otra vez, en soledad o en grupúsculos de amigos, los que comen y beben de la política, dando juego a los cómicos que han vuelto a salir de sus casitas y disfrutan imitándolos, porque dan risa con solo hacer lo mismo, pero en serio.

Aunque oficialmente (y en la práctica) España ha dejado de ser católica, se me ocurre que podíamos mirar a Roma para encontrar un posible modelo que nos ilumine sobre lo que convendría hacer en caso tan extremo. No me refiero a las elecciones generales italianas que han tenido lugar en estos días (y que ya ni siquiera nos sirven de referencia, pues estamos tan próximos en el codo a codo por llegar primeros al esperpento, que haría falta el fotofinish para dilucidar qué sociedad está más desencajada, si ellos o nosotros).

Me refiero al Vaticano y al procedimiento de elección de Papa.

La Iglesia católica, el mejor mecanismo ideado por el hombre (solo o en compañía de Dios) para combinar los negocios del espítritu y de la carne, ha ideado que los cardenales, cuando deben elegir sucesor al Papa difunto o dimitido, se reunirán en Cónclave y no saldrán del recinto vaticano hasta que no se pongan de acuerdo en quién ocupará la sede vacante.

La fórmula me parece excelente. Encerremos a los que plantean discrepancias sobre una medida y, hasta que no se pongan de acuerdo en lo que hay que hacer, que no salgan.

Así, al menos, no tendremos tanto ruido los que, sencillamente, deseamos trabajar tranquilos.

Mejorando el rendimiento del Sistema (Improving the System Performance)

En un comentario anterior, he tratado de hacer ver que la obsesión por detectar la totalidad de los fallos o defectos de nuestro sistema operativo, puede satisfacer momentáneamente los deseos populares -y populacheros- de lograr más claridad, y incluso, para algunos, excitarían los ánimos de revancha (que son ajenos a la justicia y, sobre todo, a la economía), pero no mejoraría la situación en cuanto a la efectividad de aquél.

Al contrario: cuanto mayor sea la presión focalizada hacia algún sospechoso, todo irá seguramente a peor, (1) , debido a que se está falseando la verdadera naturaleza del mal. Los presuntos infractores cuyo juicio concentra ahora el interérs mediático, no han sido descubiertos en su posible -casi segura- irregularidad gracias al método de la inspección, o al buen funcionamiento de los sistemas de control, sino por casualidad.

Y es esa anómala circunstancia la que permite poner en duda la solvencia total del sistema para autocorregirse y el riesgo de quedarnos, en el podado de las ramas dañadas, solo con la tijera. La persecución de unos pocos, descubiertos por azar o la acusación de alguno de sus cómplices cogido en falta, podrá servir, en su momento, como catarsis parcial, alivio momentáneo al imaginar  que se han detectado a los culpables del mal que nos aflige, pero no garantiza (en absoluto) que se hayan atrapado a los más dañinos, ni supone mejorar, al apartarlos, la actual ni la futura honestidad del sistema, ni quedará mejorada la competititividad ni la producción o el consumo, ni se logrará, por ello, el aumento del bienestar común.

Como reacción natural, el sistema se contraerá, al incrementarse la incomodidad y recelos en los espacios de los que se saben también pecadores, temiendo llegue el momento en que alguien (¡traidor!) los delate, para salvar su pellejo o aturdido por el contagio justiciero.

Seguramente, poco más pasará. Y si así sucede, como ya sucedió en otros casos,  todo acabará cerrándose con sobreseimientos, acusaciones recíprocas, confusión generalizada y dos o tres chivos expiatorios pasando un período en la cárcel (suficiente para que escriban uns confusas memorias que se convertirán en ininteligible bestseller). En suma, el efecto se diluirá, las aguas volverán a sus cauces turbios,  provocando tal vez mayor prudencia en las actuaciones de algunos (que delegarán responsabilidades eventuales a los escalones inferiores de la pirámide de decisiones, con códigos éticos para salvar su tipo) y, en poco tiempo, aumentará la evasión y la acumulación del lujo y el despilfarro, se hará más profunda y soez la corrupción, y aparecerán nuevos mecanismos de infracción (técnicos, económicos, jurídicos) que resulten menos detectables a la inspección oficial, incluso lícitos, todo ello con una disminución de la actividad real, aumentando la dosis de la subterránea y opaca.

La clave, en mi opinión , ha de buscarse en otro lado.

Porque no somos tan especiales los españoles, o los portugueses, los italianos o los griegos: no estamos solos en el pecado, sino muy bien acompañados. El modelo capitalista internacional está estructuralmente corrupto, porque es su modo óptimo de sobrevivir. Ha nacido con vocación de corromper, por su propia esencia. No caigamos en la ingenuidad de suponer que las empresas o instituciones con sede en otros países no utilizan las mismas o parecidas artimañas; no nos creamos las clasificaciones internacionales de transparencia, porque no distinguen entre corruptos y corruptores y están hechas desde la posición de los que dominan las artes de la ocultación.

Nuestra tendencia hispana a imaginarnos originales y hasta exacerbados incluso en el pecado, corresponde a un complejo de inferioridad quasi-infantil, que se potencia por declaraciones de quienes están a cargo del sistema, se difunde por la prensa y se apoya en la opinión pública, alimentada y conducida como rebaño. Es la sociedad líquida: de líquido espeso y maloliente.

Y es que, además, si se me permite el malévolo argumento, la existencia de un porcentaje de economía sumergida es bueno para el sistema, pues alivia tensiones que la economía oficial no sabría corregir y distribuye medios de subsistencia en los sectores más bajos de la sociedad (además de beneficiar a algunos tiburones). Sucede como en los sistemas de abastecimiento y saneamiento de agua en las ciudades: un 15 a 25% de pérdidas de líquido es, no solo inevitable, sino ventajoso, pues ese agua es devuelta al terreno, sirve para recargar los acuíferos y reeequilibra el nivel freático.

Se debe valorar también la importancia del efecto perverso del envenenamiento de los principales controles y agentes sobre el resto: hay que admitir que todo estará más o menos contaminado, y un afán inquisidor sobre la totalidad, llenaría los juzgados de procesados, las cárceles de internos y paralizaría o deterioraría aún más la economía, perjudicando la imagen exterior (cínica) de forma brutal.

El descabezamiento de algunos o todos de los principales malfactores del sistema (si pudiéramos ver por una rendija qué ambiente se respira, de verdad, en los sancta santorum de empresas, sindicatos, partidos políticos…), al carecer de sustituto de igual tamaño, teóricamente limpio de culpa, acabará arrastrando la caída de amplios sectores productivos , o, como efecto indeseable también, solo conseguiráque el hueco sea aprovechado como oportunidad por otro agente de la misma catadura.

No veo en la modificación profunda de la Constitución ninguna ventaja especial. Cambiar algunos artículos de la Carta magna puede tener un efecto de distracción (saludable, en este momento), pero sería inocuo. Hay que concentrar los esfuerzos en intensificar la cooperación y el diálogo constructivo entre todos los agentes, especialmente los que crean empleo, y representantes de la sociedad civil.

Ni siquiera me detendría mucho en aumentar las medidas de control o la inspección: la ética debe ser norma de actuación general y, por ello, hay que confiar que el sistema alcance su equilibrio a niveles éticos adecuados parra su funcionamiento, porque la ética universal no se impone. Lo que sí hay que incorporar es la solidaridad, analizando el modelo económico y sus objetivos sociales,

Es necesario un pacto del empresariado con el Estado, esto es, con la sociedad. Y ahí tenemos un grae déficit, por dejadez, ignorancia, y falta de formación práctica de políticos, funcionarios y agentes de control. También, por interés, desidia, y ausencia de solidaridad de los agentes de producción y económicos.

Hay que construir urgentemente ese diálogo efectivo, hacerlo transparente, y forzar a que la imagen del empresario sea moderna, comprometida, constructiva. No es tolerable que los ejecutivos de las grandes empresas de este país tengan sueldos que a la inmensa mayoría de sus conciudadanos les parezcan cosa de fantasía. Hay que incorporar representantes efectivos (no floreros) a los consejos de administración de las empresas de mayor facturación y empleo, que garanticen el cumplimiento de objetivos sociales, pero, también, que sirvan para dotar de credibilidad total a su funcionamiento.

Estamos en tiempo de descuento, pero el partido se está jugando todavía.

(1) A lo que contribuyen, con actuaciones que no están libres de pecado,  la lentitud de la Justicia y la obstaculización procesal de las defensas,  frente a los juicios sumarísimos de los Telediarios.

Explorando alternativas (Start the alternatives Explorer)

Es hora de que dediquemos tiempo a explorar alternativas de solución a los problemas que ya tenemos perfectamente detectados. El sistema no funciona, y como hacemos cuando el ordenador detecta dificultades de comunicación con las redes disponibles -de las que tanto dependemos-, se nos ofrece la opción de dejar que el propio programa encuentre soluciones.

Por fortuna para los usuarios, la mayor parte de las veces, después de misteriosas comprobaciones, el asunto queda resuelto de forma automática (1). Sin embargo, hay una posibilidad fatídica de que el programa de chequeo interno nos ordene “consultar al administrador” , que, como somos nosotros mismos, equivale a “no encuentro solución”, y hay que ir con el aparato debajo del brazo a un experto para que nos saque del apuro o nos proponga reformatear el disco duro, cuando no, comprar un equipo nuevo.

Dejando a un lado la metáfora informática, tenemos que decidir entre Transición o resetear. Los más prudentes, de entre los que apuestan por el cambio, hablan de la necesidad de una Transición (la Segunda o la Tercera desde 1978, según cómo lo miren).

Los más inquietos o desanimados, abogan por Volver a empezar. Al menos, en varias cuestiones fundamentales. Que repaso con el lector:

1. Control empresarial. El descubrimiento de que elementos principales de la cúpula empresarial (incluída la bancaria) dedicaban una parte sustancial de sus esfuerzos a hacer trampas al sistema, no puede quedar sin consecuencias para los infractores, pero tampoco debe engañarnos a todos. Tenemos elementos suficientes para sospechar que todo el sistema está corrupto. Que, cada uno a su escala, viene haciendo trampas a la Hacienda Pública. Generando facturas falsas, contratando trabajadores a los que paga una parte del salario en dinero b, mintiendo respecto a los objetivos, las relaciones internas o externas con el resto de los llamados poderes fácticos, etc. Quedaría así explicado, por fin, por qué los directivos de las grandes empresas ganan tanto, porqué algunos propietarios o ejecutivos de entidades de aparente escasa entidad disponen de casas o vehículos aparatosos o realizan viajes de placer muy costosos. con cargo a ingresos desconocidos. Por supuesto, el control social, la inspección fiscal, las posibilidades de denuncia de colegas, vecinos o conocidos de los miles de privilegiados por el sistema, está fallando.

2. Control político. No necesitamos que los líderes políticos de los principales partidos que dicen representar a la ciudadanía se pongan más colorados, ni que busquen, con su reconocida labia para bordear las zonas de peligro, que no sabían de las fórmulas extracontables de generación de dineros para sus entidades y recompensar así a sus líderes o militantes con sobresueldos. Los síntomas son suficientemente evidentes; los silencios  (o los balbuceos pretediendo dar explicaciones), expresivos; la falta de vigor en la denuncia, bastante, para que entendamos que todos, quien más quien menos, se encuentran atascados en la mierda. Habrá culpables mayores o menores, pero la cuestión, en su caso, sería detectar grados de incumplimiento de lo establecido legalmente, no quién está totalmente libre de culpa (aunque sería un alivio que hubiera partidos en esa situación, y no solo los recién constituídos, aún libres de pecado).

3. Control de la Jefatura del Estado. Podemos estar lamentando durante unos años o décadas más que la institución monárquica, que ha cumplido (decimos todos) tan importantes misiones para evitar la segunda guerra civil del siglo XX o una restauración de la dictadura militar, haya demostrado tener los pies del barro de los demás mortales. Ovejas más o menos negras hay en todos los rebaños. Pero también aquí el meollo de la cuestión no es aislar a un miembro del clan para lancearlo. Lo principal es atender al fondo: reconocer que tenemos una familia monárquica relativamente pobre (comparémosla con la británica o…con la casa de Alba), ambiciosa, como es lógico en un sistema capitalista , en mejorar rápidamente en eso del dinero (nunca se sabe si vendrán mal dadas a la primera de cambio, que ejemplos hay muy próximos), bien relacionada con los poderes fácticos y con imagen mítica para el pueblo llano, proclive a la santificación al primer milagro que se le atribuya al beato. Y, como elemento complementario, digno de una reflexión igualitaria, la República nos ha funcionado bastante mal, porque nos han faltado líderes agultinadores que saltaran por encima de las dos facciones en que se ha dividido siempre el país. La Tercera República no tiene visos de funcionar mejor, con los elementos que están a la vista. No me tranquilizan esos tipos que enarbolan banderas que no tienen el soporte de una ideología o de propuestas sólidas. Y en todo, caso, se precisaría consolidar líderes con capacidad de dirigirla, de los que no se dispone y se tardará en encontrarlos, en convertirlos en motor (si es que no los asesinan antes). Lo único que hay cierto es el descontento, las ganas de cambio, la necesidad, también, de cambiar.

4. Financiación del estado social. Es un elemento clave. En realidad, el objetivo de todo cambio. Conseguir recuperar empleo suficiente para garantizar la tranquilidad popular, mantener las prestaciones sanitarias, educativas, asistenciales en general. Hay que ser muy fino en definir cómo sostener la calidad y, sobre todo, cómo se va a financiar, hoy y en el futuro. Las cifras no pueden ser improvisadas, ni elucubraciones de supuestos experto. Tienen que ser proporcionadas desde la función pública. Y, claro está, no es creíble que la gestión privada sea mejor que la pública; ni tampoco al revés. Lo que es insustituíble es que el control sea bueno, y sea público.

Con estos elementos a la vista, creo que necesitamos un período de intensa reflexión, en la que no deberíamos dar demasiada importancia (es decir, no toda la importancia) a los casos descubiertos y admitir que, por lo que sea (nuestra propia tendencia colectiva a trampear y, en mi opìnión particular, a no ser finos en ello, a descidar la ocultación de los engaños) estamos pillados en una encrucijada que nos obliga a ser espléndidos en el perdón con nosotros mismos.

Difícil situación, sin duda. “Siento lo que ha pasado. No volverá a ocurrir“, puede ser una frase que empiece a prodigarse. Pero cabe preguntar: ¿Seguro? ¿Quién lo garantiza? Y, sobre todo,  ¿Cómo podríamos evitar que vuelva a suceder?

No tengo todas las respuestas. Pero estoy convencido que, entre todos, las obtendremos todas. Sin necesidad, en mi opinión, de tener que reformatear o resetear el sistema.

(1) Aunque no quiero llevar la comparación innecesariamente lejos, el atractivo del símil es alto, Por ejemplo, una vez que el sistema no propone elegir entre varias soluciones y, aceptada por el usuario una de ellas, el programa de autocontrol detecta que el problema parece resuelto, pregunta al lego funcional, pero, al fin y al cabo, responsable racional y propietario del equipo  algo parecido a ésto: “¿Cree que el programa de búsqueda de soluciones le ha sido útil? Ayúdenos a mejorarlo dándonos su opinión.”

Historias mínimas

Mientras hago cola para que me atienda el pescadero -tengo el número 78 y acaban de vocear el 56-, una señora a la que no conozco de nada (abrigo de paño negro algo ajado y zapatillas de andar por casa) me dice espontáneamente que “si fuera más joven, me marcharía al extranjero“.

Completa el análisis con la confesión de que “la pensión no me da para vivir“, a lo que, mostrándome comprensivo, asiento, y, sin pretender saltarme el turno, solo a efectos de información, le pregunto al tendero si la merluza viene con anisakis y me contesta con aire cansado que “todas lo tienen“.

La señora del abrigo no me abandona, y me cuenta que ella comprará bacaladitas, que son baratas y que a su marido le gustan fritas rebozadas en harina, y que nunca les ha encontrado gusanos, ni tampoco a las sardinillas ni a las platijas. “Al menos, por ahora”.

Tengo claro que sus reflexiones no pretenden estimularme a que coja el petate y me vaya rumbo adelante a probar fortuna en las américas, ni me está recomendando que compre un pescado concreto, sino que es una manera simple de hilar la hebra con un desconocido. Antes, se hablaba del tiempo y ahora, de la crisis y de los gusanos que se han instalado en la merluza atlántica, hundiéndole valor y precio, que ya nadie la quiere ni para un sofrito.

Estoy callado un rato, pero, como creo que debo responder a la confianza ajena alimentando  la conversación, mientras observo lo lento que avanza el turno (lo achaco a un prejubilado está comprando ingredientes de manual para una paella mínima, que se le deberían pesar en una balanza de precisión), le pregunto a mi nueva amiga si tiene hijos y me contesta sin recelo que tiene dos: el varón, es catedrático de universidad en física atómica y la niña (que deduzco por la edad de mi interlocutora ocasional que ha debido abandonar la infancia hace ya varias décadas) es juez de primera instancia en Badajoz o Teruel, no estoy seguro.

Calibro con aires de inspector de la troika la frescura del producto expuesto en el mostrador, pero me estoy imaginando a los dos funcionarios  retoños de la anciana haciendo huelga reinvidicativa, cada uno en su dominio del hecho, expresando ante la opinión pública (que es la manera de no dejarlas caer en saco roto) sus pretensiones particulares de mejora de la Universidad y de la Justicia.

Una media hora después, el pescadero me ha limpiado y pelado los lomos de la palometa negra que voy a convertir en cachopos de pescado y, en el ínterin, he vuelto a regalar a mis compañeros de espera (lo hago siempre), con un análisis pedante sobre la decadencia en la credibilidad de todos los stake holders patrios (así dije), desde la monarquía a la banca, pasando por empresas y partidos, y sin que haya dejado libre ni al zapatero de la esquina, que, incomprensiblemente, me ha perdido un cordón del zapato que compré en las rebajas de Milano, que le confié para que le pusiera mediasuelas.

El ojo avizor del representante de la multinacional que es dueña de la cadena de supermercados debió estar observándome, porque la chica de la caja, ha mirado y remirado el billete de cincuenta euros que le entregué para pagar la compra, pasándolo incluso por una máquina de detectar billetes falsos. No solo eso: me ha hecho abrir la bolsa de deporte en la que había guardado los libros que saqué de la biblioteca pública, advirtiéndome, con tono serio, que la próxima vez debo dejarla en consigna.

Ya en la calle, con mi aspecto de buena persona incapaz de romper un plato sin pagar por los desperfectos, ví al pasar ante un escaparate de electrodomésticos que la televisión presentaba la implacable persecución periodística de varias personas que hasta ayer mismos habían sido respetables y que ahora se encontraban encausadas por delitos cuyo tipo penal respondería a un solo propósito: aprovecharse de las ventajas de su posición para apropiarse de lo ajeno.

Todos los perseguidos por la curiosidad periodística huyen como pueden del asedio, sin decir esta boca es mía, aunque a veces, por la presión, se les escapa algún gesto expresivo o una palabra malsonante, pero, en general, me recuerdan a las tomas nocturnas de los animales de las reservas del Serengueti, que parecen irreales, brillantes los ojos por el miedo de haber sido sorpendidos haciendo lo que les es propio (Por cierto: no los llamaría alimañas, solo cumplen con su naturaleza).

El resto del camino de vuelta a casa, con los lomos de palometa y los tres libros (que debo devolver sin falta antes de que cumpla el mes o me castigarán anulándome el carné por el doble de días que superen la fecha límite), no pude quitarme de la cabeza que la gente normal y cumplidora de nuestra sociedad estamoos acostumbrados a que comprueben nuestra honestidad a cada paso, y sufrimos la investigación resignadamente, como un mal necesario (nos casi despelotamos ante los detectores de metal de cualquier aeropuerto, dejamos en la consigna del museo la cámara de fotos y el paraguas, pagamos una hora por los cinco minutos en que dejamos aparcado el coche para recoger al chiquillo,  pedimos perdón para que nos atiendan lo más rápido posible en el pasillo de espera del hospital en donde se retuerce de dolor nuestra parienta desde hace tres horas, pagamos la matrícula del chaval por unos estudios que no van a servirle ni para cobrar el paro, …)  .

No parecemos habernos dado cuenta de que esta labor de estricta vigilancia del cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones (algunas inventadas) ese es el método seguido por el sistema para mantener ocupados a los inspectores y guardianes del centeno y de la caja pequeña de los dineros públicos, permitiendo que se escapen los peces gordos, por otras puertas y con otras cajas, y  que solo se verán sometidos a controles cuando, por azar, caigan en las redes que pretendían pescar  especies desprotegidas o como resultado de instrucciones misteriosas.

Es entonces cuando comprobamos, al verlos expuestos en la pescadería de la justicia repentina, al abrir sus entrañas, que sus estómagos estaban llenos de gusanos, y nos preguntamos, inquietos con razón, si los habitantes más gruesos del mar económico no estarán todos contaminados, podres por dentro.

¿Y qué haremos, entonces con ellos? ¿Les perdonamos, les damos otra oportunidad de mentirnos, olvidamos cuanto han hecho, los tiramos a la basura? ¿Nos dejamos convencer de que son inocentes, de que no sabían que lo que hacían era malo, o, aún peor, asumimos que la culpa es nuestra, por no haberlos vigilado?

Tengo la impresión de que estas historias que ahora estamos descubriendo me van a hacer cambiar el gusto por el pescado. Encima, hay quienes se asombran de que las hamburguesas contengan trazas de caballo. Que investiguen primero si no estamos siendo alimentados con piedras de molino.

La enseñanza del búlgaro

Cuando los asuntos de Bulgaria nos parecían muy lejanos y Sofía era el nombre de una princesa desterrada, en las sobremesas que se organizaban en los cafés, no faltaba casi nunca el caballero que ponía su malicia al servicio del chascarrillo en el que un patán se interesaba por un anuncio en el periódico en el que había leído que “Señorita universitaria enseña el búlgaro por las noches”.

A finales de febrero de 2013, mientras en España se producía el inane debate sobre el Estado de la Nación (doblemente inútil, pues todos sabemos cómo está el país y también que los que discuten quién lo hizo o hará peor no van a conseguir sacarnos del agujero), el gobierno búlgaro dimitía en bloque.

Dicen las crónicas que el gobierno con sede en Sofía ha dimitido porque no se ve capaz de solucionar los dos grandes problemas del país más pobre de Europa: la crisis económica y la corrupción. Las medidas de austeridad han provocado que el descontento ciudadano explote en las calles, y las fuerzas antidisturbios, se están teniendo que emplear a fondo para reprimir la manifestación popular, con el argumento menos creíble: a trompazos.

Hoy por hoy, no estamos tan lejos.  Sabemos que Sofía es la capital de Bulgaria. Y que se trata de un país de la Unión Europea, con magníficos índices macroeconómicos (PIB, deuda exterior y todo eso), pero una renta per cápita inferior a la media de la corporación mercantil a la que pertenece y pensiones que no llegan a los 100 euros/mes.

No hay distancia porque los problemas que deben ser resueltos aquí son, en realidad, los mismos. Y los métodos para aplazar su solución se parecen mucho a los que se emplean en Sofía: palabras, promesas y sacar a los policías a la calle para que den golpes a ciudadanos empobrecidos e indignados.

“No participaré en un Gobierno en el que la policía pega a la gente”, expresó Boiko Borisov, primer ministro búlgaro, al anunciar su dimisión. Borisov, que fue karateca, tiene que saber lo que es pegar, sin duda. Pero como deporte, no como forma de persuasión al pueblo que te ha votado y ya no confía en tí.

A este gobierno no parece preocuparle el búlgaro. Deberían aprender del búlgaro y obrar en consecuencia. Con mentiras y golpes no se puede exigir credibilidad ni hacer escuela.

Arco está agotando sus fechas

Kaki narigudo

Kaki narigudo

El 17 de febrero de 2013 terminó la enésima Edicición de la Feria de Arte Arco (la primera se inauguró en 1982 y se celebra cada año). Dedicada a presentar al público en general y a coleccionistas en particular, obras de arte contemporáneo, ha evolucionado a lo largo de los años, de forma casi insensible, hacia los terrenos del escepticismo creativo, que es donde se mueven una mayoría de visitantes y casi todos los artistas vivos.

Arco siempre ha cerrado con éxito, oficialmente, sus convocatorias. Este año, más de 2.000 artistas han presentado sus obras, por vía de un poco más de 200 galeristas venidos desde 27 países, de los que Turquía era el invitado especial.

Se desconoce cuántas obras han sido en verdad vendidas, ya que los puntos rojos con los que los expositores señalan algunas obras (la señal de que ya tiene comprador) tienen, como saben todos los malévolos entendidos de las artes del engaño simpático, un objetivo estimulante más que un propósito fehaciente de confirmar que la venta fue hecha.

No sé por dónde va el pelotón del arte actual (y, por supuesto, mucho menos hacia dónde va), aunque cuando tengo oportunidad de ver pasar algunas de sus manifestaciones -Arco es una de ellas, y muy significativa, sin duda- me siento más bien como quien está contemplando las evoluciones de un tiovivo en el que los ajados caballitos de cartón piedra (las pretendidas obras de arte) estuvieran montados por personajes de OPS y el feriante fuera el propietario de un prostíbulo de frontera.

Nota.- La foto no corresponde a ningún elemento expuesto en Arco 2013 ni en ediciones anteriores. Podría haberlo sido, de haber contado con el marchante adecuado. Incluso aunque el artista real haya sido la naturaleza. En todo caso, como me lo comí luego de la visita a la Feria, se hubiera tratado de un arte efímero…aunque delicioso.

Las tallas del empresario

La descalificación del comunismo como régimen socioeconómico eficiente, a raíz de la caída estrepitosa del imperio soviético, tuvo como efecto sustancial que el capitalismo quedó como único aspirante al cinturón de oro del campeonato virtual de los sistemas políticos de la modernidad.

Fue aclamado, por tanto, como vencedor indiscutible por los árbitros del certamen, todos ellos, educados en las escuelas occidentales de la fantasía.

Sigo a Alain Touraine en su ya añejo análisis “Crítica de la modernidad“(1993) para atribuir a Joseph Shumpeter “la mayor importancia al empresario”, siendo la empresa, la expresión concreta del capitalismo. Y añado de mi coleto que las empresas nacen todas pequeñas, aunque  algunas lleguen a ser mastodontes multinacionales y otras -la mayoría- mueran a poco de nacer, devoradas por otros depredadores o como resultado de sus deformaciones congénitas, que las hacen inviables.

Si observamos hoy de forma sintética la fauna empresarial, advertiremos que conviven en el terrario económico, grandes empresas con múltitud de brazos y cabezas (hidras, medusas, dragones de escurridizos tentáculos), con otras de tamaño menor (algunas semejantes a gráciles licornias y otras, incluso, aparentando ser mitad humanas y otro tanto celestiales) y, en fin, una enjambre de cientos de miles de cabezas que llamamos pymes y, en ellas, con mayoría, empresas de un solo pedal, conducidas por equilibristas con dotes circenses, los autónomos.

No interesa tanto atender al tamaño en un momento dado de las empresas, sino analizar quiénes las dirigen y, si fuéramos capaces, de qué forma, para hacer cuadrar el tamaño de las empresas con el de los líderes.  Porque en la ilusión por haber encontrado un sistema económico infalible, la sociedad -y aquí hablo de la española- ha olvidado seleccionar bien los controladores de quienes hacen los controles en las puertas de acceso y, como en un Madrid Arena gigantesco, se han colado muchos que no podían tener entrada en las salas VIP, disfrazados de tipos respetables y alardeando de diplomas y méritos que estaban falseados.

Y así estamos. Tenemos empresas de tamaño XXL, XL, L y S, pero sus dirigentes no siempre concuerdan con las tallas del traje económico que ostentan. Hay incluso tipos de luces muy pequeñas (S) pero ambiciones excepcionales (tal ez XXL) que pilotan grupos de tamaño XL. Paradójicamente, hay quienes tienen capacidades XXL pero las trabas y zancadillas que interfieren selectiva y perversamente los accesos, les han condenado a concentrar sus dotes en trajecitos empresariales de tamaño S, incluso confeccionados por ellos mismos.

No se si nos llevará mucho tiempo y, posiblemente, no tendremos tanto tiempo para realizar la labor al completo. Pero es imprescindible que se revisen las tallas de los empresarios en relación con las empresas que conduzcan y hacer que se repartan trajes de acuerdo con la responsabilidad social que, aunque algunos crean que solo deben explicaciones a sus accionistas privados, también nos son deudores a nosotros, todos los ciudadanos que soportamos la credibilidad del sistema capitalista.

Estamos detectando demasiados ejemplos de trileros sociales, tipos que se aprovecharon de nuestra ilusión por ser modernos para enfundarse en aventuras empresariales de tamaño descomunal cuyo ensamblaje era engrudo de falsedades, trampas y fantasías para ocultar que iban desnudos, que se habían introducido en un caparazón económico al que apuntalaban con corrupciones y mentiras y del que extraían, impertérritos hasta que fueron descubiertos, goces privados y plusvalías ajenas convertidas en dineros.

Un 23-F para Felipe

Un fantasma recorre Europa, el fantasma del pesimismo.

Convertido en referencia estructural, aflora en cualquier momento, porque parece haberse instalado para quedarse. Empaña las relaciones multilaterales, compromete la política interior de los Estados, empequeñece las actuaciones exteriores, impide llegar a acuerdos.

Y en los países más vulnerables, deja su ancha huella en aumento veloz de las desigualdades, despidos masivos, huelgas y algaradas, manifestaciones con represiones policiales violentas, inseguridad ciudadana, quiebras empresariales y ruina de familias.

Alguien con sentido del humor perverso recogió bajo la advocación de PIGS (Portugal, Italia, Grecia y Spain) a los miembros de la falsa comunidad europea con mayores dificultades para sostener su economía, convirtiendo sus iniciales en regla nemotécnica.

Me resulta curioso que el cerdo sea, en realidad, el animal que ha salvado de la hambruna a los países de centro Europa, y especialmente los que forman Alemania, convertido en plato nacional. El cerdo es también venerado en España con ribetes míticos, y hemos distinguido sus carnes con tratamientos sofisticados y adecuadas terminologías que le dan valor en los mercados y en los paladares.

En la aplicación del principio del sálvese el que pueda, los PIGS están perfilando diversas estrategias, que van desde el Caos Calmo (1) de Italia a la Trago dia griega. En Portugal, la nostalgia de una vuelta a comenzar desde donde perdimos el rumbo, está obteniendo el apoyo de grupos juveniles que reclaman a gritos una nueva “Revolución de los claveles”, aquél alzamiento militar izquierdista que el 25 de abril de 1974 acabó con una dictadura casi gemela, en tiempo y conceptos, de la coetánea española.

La situación actual me resulta tan apestosa que apenas me interesan las noticias. Ni siquiera las llamaría noticias, porque las considero puntas de icebergs que estaban en el camino de nuestra transición, esto es, de nuestra singladura. Estaban allí, y el que ahora sean señaladas con entusiasmo en las cartas de navegación construídas de urgencia para ser vendidas con alborozo en los kioscos, no las convierte en noticia. Han sucedido hace tiempo, forman parte del mar plagado de escollos por donde tenemos que transitar.

Y cuando estaba escribiendo ésto, próximo al 23 de febrero, me acordé de repente que la monarquía de SM el rey Juan Carlos adquirió ese día de 1981, según acordaron a posteori todos los vocingleros, respeto y validación democrática, por su comportamiento firme para atajar la revuelta de algunos generales que empujaron a la gloria efímera y al descrédito seguro a un coronel desquiciado por haber bebido demasiado licor de amor patrio.

Entonces, me asaltó un escalofrío. ¿Será posible que alguien esté buscando para el Príncipe Felipe su 23-F?

(1) Vea el lector en esta referencia un tributo subliminal a la estupenda película de Antonello Grimaldi (2008).