Cuento de otoño: El profesor de paleontología que fue invitado a una cena de promoción

A partir del momento en que se cumple cierta edad, y más especialmente, llegada la de jubilación, es habitual en estos tiempos que alguien más animoso o especialmente desocupado convoque a los antiguos compañeros de estudios a una comida o cena “de la promoción”.

La característica que aglutine al grupo es lo de menos, puesto que, cuando ya la curva de los años entre en su declive final, pretextos habrá a montones. Puede tratarse de reunir a paisanos de patria chica que coincidieron en un mismo batallón comiendo los ranchos de milicia, miembros de extintas sociedades deportivas o benéficas de las muchas que en nuestro mundo han sido, catecúmenos que se prepararon para su primera comunión en idéntica parroquia, pandilleros de vacaciones en veranos, o ex-militantes de la Liga Comunista Revolucionaria.

El objetivo normalmente expresado para justificar esas exhibiciones de bonhomía y disponibilidad de tiempo libre es que así se estrechan los vetustos lazos, al recordar anécdotas de aquellos tiempos idos y se disfruta, en fin, de la felicidad de encontrarse otra vez entre aquellos con los que se compartió algo y de los que se perdió la pista.

Cuando el viejo profesor recibió la invitación para asistir a una cena de promoción de sus antiguos alumnos de Paleontología y Estratigrafía, que habían terminado su carrera hacía treinta y tres años, según rezaba el tarjetón, su primera reacción fue de incredulidad. ¿Qué motivo llevaba a aquellas personas, a las que cabría sin esfuerzo imaginar sexagenarios, para incorporarlo a él, casi nonagenario, a esa celebración, sin haberlo hecho antes?

Vencido, aunque no convencido, por una mezcla de satisfacción, vanidad y curiosidad, ratificó su presencia en el acto gastronómico, y el día previsto, compareció, apoyándose en el bastón con empuñadura de plata que ahora le facilitaba andar con más presteza.

Un sonriente ser de cabeza monda y unos mostachos parcialmente amarillentos por la nicotina, se abalanzó sobre él, tan pronto entró en el comedor, abrazándole con la energía que solo se utilizaría con un hermano de sangre recién salido de la cárcel:

-¡Querido don Protasio! ¡Amado profesor inolvidable!¡Qué alegría!¡Está igual que entonces! ¿Se acuerda de mí? -y, sin esperar respuesta, el parlante aclaró: ¡Soy Rogelio Narváez!

Se acordaba, desde luego, de Rogelio Neopilina galatheae, un monoclapóforo al que se consideraba un fósil viviente, clave para conocer cómo estaban dispuestas las partes blandas de sus ancestros del paleozoico. Volvió a ponerle cara, y lo remitió al silúrico mental, de donde no debería haber salido.

La memoria del profesor había sido privilegiada, y la facilidad para asociar nombres de los alumnos y alguna de sus características físicas, a los yertos sujetos de la Paleontología, era un juego imaginativo al que se prestaba conscientemente.

Las diversiones al alcance de un paleontólogo son mas bien escuetas de figura, y, aunque había dedicado muchas horas a estudiar y analizar fósiles, solo había creído descubrir ciertas irregularidades morfológicas en las tecas de los Rhombifera, que facilitarían su identificación, y que la comunidad científica había desestimado por irrelevante.

Gracias a su memoria prodigiosa, Protasio Calzón Ceratites semipartitus, un tipo sencillo, liso de tez, a salvo de una costura que le había dejado la varicela infantil, había podido obtener la cátedra de paleontología en la Politécnica de Corpinduncia con solo veinticinco años. Aún ahora podía jactarse de recitar, sin confusión, todas las opciones de identificación basadas en la migración anal de los equinoideos, dieciséis años después de su jubilación como emérito.

-Por supuesto que sí. No eras precisamente de los mejores. Aprobaste mi asignatura en la convalidación final de carrera, porque era la única que te quedaba pendiente -le aclaró el venerable profesor-. ¿Qué haces ahora?

-Soy consejero delegado de una multinacional que exporta alta tecnología de comunicaciones al sudeste asiático -contestó, sin perder su sonrisa, el interpelado-. Me va bien, aunque jamás he vuelto a ver un bicho de ésos que a Vd. le parecían tan importantes, en mi vida, ni al natural ni en pintura.

Todos se presentaron, sucesivamente, y el profesor los fue recordando, situando en el casillero morfológico, y, puesto que ya nada le importaba, les explicó los apelativos con los que los había tenido asociados en su memoria. Allí estaba Marcelo Pérez Pricyclopyge binodosa, un tipo grande y de tórax fortachón, con sus ojos enormes, ahora -según aclaró el exalumno- ocupando la secretaría general en el Ministerio de Cultura, y reconociendo, de paso, que el último libro lo había leído hacía diez años, y era una novela de Mika Valtari.

El encuentro con Javier Pteraspis agnato, pequeño y afilado, torpe en el andar, pero el más listo de la clase, le resultó especialmente emotivo:

-¿Qué haces ahora, Javier? -le preguntó.

-Se me acabó el paro hace unos meses y ahora me dedico a arreglar electrodomésticos, para ir tirando. -fue la tímida respuesta.

Un silencio había acompañado a esa explicación, y el maestro paleontólogo sospechó que la mayoría de aquellos que estaban festejando el aniversario de haber terminado su carrera no habían vuelto a verse desde entonces.

El viejo profesor fue tratado con máxima deferencia, y le ofrecieron el sitio de cabecera en la mesa, sentándolo junto a Primitivo Tarancón Taxocrinus coletti, que aún evidenciaba su tendencia a engordar, aumentada por el gusto a la cerveza, y que había sido el delegado de curso. Se dedicaba a la política, confesó, y le apasionaba coleccionar minerales radioactivos. Por él se enteró de la razón por la que le habían invitado a aquella cena de celebración: era el único profesor que aún quedaba vivo.

Cuando ya había servido el postre y, todos estaban ya medio chispas por lo mucho que habían bebido (pues así suele hacerse, que se bebe de más cuando se paga a escote), trataron de convencer al profesor para que dijera unas palabras.

El anciano, doblando la servilleta, que dejó sobre la mesa, se excusó por un momento, alegando que debía ir al baño. Agarró su bastón con mano algo trémula.

-Ah, sí, por supuesto. Hay que cuidar la próstata, don Protasio -le saludó, con un guiño, desde el fondo de la mesa, Marcial Diez Cornuproetus, cuyas orejas desproporcionadas sobresalían del cefalón, haciéndolo especial entre los Trilobites, que eran Tamargo y Tovar; éste último se había casado con la hija de un magnate colombiano de la seda y llevaba contabilizadas cuatro vueltas al mundo, e incluso estaba apuntado desde hacía años para viajar a Marte, tan pronto se pudiera.

No volvió. Salió a la calle y, dándose prisa, antes de que cualquiera lo advirtiera, tomó un taxi y se volvió a la residencia.

Puede que hubiera habido más cenas o celebraciones de aquella promoción, pero no volvieron a llamarlo. Ni siquiera se interesaron por su salud, que empeoró.

Y el caso es que aquella noche llevaba preparada su disertación, porque había supuesto, correctamente, que le pedirían que hablara en aquella cena. Pero, de repente, se había sentido muy cansado.

¿Qué les había enseñado? ¿Para qué les había servido?

-¡Y, al menos -razonó para su coleto, en el taxi- yo traté de introducirlos en la Paleontología, que estudia seres que vivieron hace más de 280 millones de años y nada han cambiado en estos últimos 33! ¿Qué pensaría, si viviera, el profesor de Electrotecnia? ¿Tendría remordimientos por las veces que les había hecho aplicar la ley de Ohms a sus educandos, en problemas imaginativos que combinaban conexiones de resistencias y capacitancias en serie y paralelo, largas como riestras de pimientos choriceros?

Un sueño profundo le invadió aquella noche, y soñó, como no podía ser de otra forma, con trepostomados, platyceras y peronopsis. Fue muy relajante. Se había sentido un Siluraster perfectus, inalterable a pesar del frío glacial que empezaba a cubrir de escarcha los cristales. Pero dentro, en la habitación con derecho a baño de asiento, se estaba calentito.

FIN

Cuento de otoño: Las zapatillas que permitían ver el futuro

En las que serían las tierras donde, algunos siglos más tarde, dominaría el primer maharahjá de Kapurthala, posiblemente antes incluso de que Gurú Nanak naciera (aunque de esto no estoy seguro), y, como pura coincidencia, en un pueblo que estaba relativamente cerca de Talwandi, vivía un joven, de familia humilde, a quien llamaban Atal.

Se trataba de un muchacho de natural despierto y, por tanto, preocupado por conocer la verdad de las cosas, por lo que no cesaba de preguntar a todos los que suponía que eran sabios y, en especial, a cuantos se decían iluminados por la gracia de Dios, que, por aquella época, también eran numerosos.

Sucedió que, un día en que salía de acompañar el rezo comunitario en el lugar apropiado para ello, al ir a recoger sus babuchas, no las encontró. A la entrada de la mezquita, quedaban aún por retirar decenas de calzados de otros fieles y simpatizantes, pero ninguno se parecía a sus babuchas, que estaban muy gastadas por el uso, pero eran las suyas.

-Espera a que todos recojan su calzado, y quédate con las zapatillas que sobren -le aconsejó el santo del lugar, quien había dirigido la plegaria comunitaria, y que tenía la fama de que jamás se equivocaba.

Así lo hizo Atal, y cuando el último de los creyentes se retiró -un anciano achacoso que estaba próximo a conocer la verdad de la existencia, pues estaba a punto de morir-, halló que las babuchas que nadie había recogido estaban hechas de una tela preciosísima, y terminadas en los bordes con delicadas puntadas de hilos que parecían de oro.

Atal hubiera creído que eran las del anciano, pero éste se calzó unas agujereadas y cubiertas de polvo.

-¿No serán las suyas, venerable anciano, éstas otras? -le preguntó Atal, atajando el paso del creyente en edad de no admitir ya dudas, convencido de que, por la corta vista del viejo, se habría equivocado al elegir el calzado.

-No, querido hijo -fue la respuesta-. Ya ves que estas me quedan como un guante. Esas han de ser las tuyas, o de alguien que decidió regalártelas.

Puesto que no tenía la menor intención de volver a su casa sin calzado, ya que las que le habían desaparecido eran las únicas que tenía, y contando de nuevo con el beneplácito del santo director, se enfundó en las babuchas que la suerte le había concedido.

Lo hizo, desde luego, no sin preguntarse cómo alguien podía haberse olvidado una prenda tan delicada y cara, pero en el templo no quedaba ya nadie, y el encargado de velar por la pureza del sagrado lugar, cerró la puerta con las tres llaves que llevaba al cinto y le urgió a que se marchara, pues le estaban esperando para almorzar

No bien había calzado el joven sus pies, se dio cuenta, en primer lugar, que le quedaban algo grandes, y, en segundo, notó que un flujo potentísimo, una energía incontrolable, le llegaba desde los pies al cerebro, hasta el punto que casi pierde el conocimiento. Aquellas zapatillas eran, sin duda, mágicas.

Es cierto que, al principio, después de los primeros pasos, no advirtió los peculiares efectos. Fue al doblar la primera esquina, ya enfocando su caminar hacia la parte más antigua de medina, en donde vivía con su madre enferma, en una de las casitas de adobe, cuando Atal comprendió lo que le estaba pasando: era capaz de ver el futuro.

No el futuro inmediato, sino el futuro lejano. Su cabeza se encontró atiborrada de imágenes, que no cesaban de fluir desde los pies a la cabeza.

Vio artefactos de indescriptibles hechuras, unos voladores como cometas, otros sumergibles y ágiles como percas o más veloces que los tigres y más fuertes que los elefantes.

Vio guerreros con armas que mataban a distancia, empeñados en buscar enemigos con los que entablar cruentas batallas. Vio hombres y mujeres entregados a placeres que le parecieron abyectos, y muchos niños muriéndose de hambre. Vio cajas gigantescas que echaban humo, ríos que se convertían en mares y vergeles que se tornaban desiertos tórridos. En todas las imágenes que contemplaba en su cabeza no faltaban poderosos fundamentalmente taimados y pobres básicamente convencidos.

Cuando llegó a casa, la imagen se le había detenido, como una pirinola que se parara de repente, en una curiosa población, desconocida para él, y en una época que tampoco pudo precisar exactamente, falto de toda referencia.

-Madre, veo que, dentro de varios siglos, habrá un pueblo con hombres de tez blanca y pelo moreno que, abandonando lo que habían considerado su verdadera religión, venerarán a dioses de carne y hueso.

Su madre, que estaba postrada por las fiebres, le advirtió de los perniciosos efectos del alcohol de arroz, suponiendo que, de vuelta a casa, su hijo habría tomado bebidas espirituosas con los amigotes.

-No bebí ni una gota de agua, madre. Veo que esos dioses son planos, habitan en un recinto de cristal y llevan las piernas al aire. Ocupan el tiempo dando patadas a una bola, que mueven de un lado para otro -decía, contando sus visiones, el muchacho.

-¿Y qué les pasa a esos seres, hijo? -se interesó la madre, que, como todas las madres, no descartaba la opción de que su retoño pudiera ser un bienaventurado, y ganar dinero en las ferias con su arte.

-Algo muy rato. Uno de ellos es aclamado como líder del grupo, le rodean los niños para besarle las manos (o algo parecido), y los adultos gritan que desearían que sus hijos se parecieran a él, sin importarles que sea un ladrón mientras siga siendo capaz de hacer malabarismos con la bola -continuaba Atal, aún con las babuchas mágicas en los pies, y los ojos cerrados.

Su madre se lamentó, entonces, de que su marido no hubiera estado allí, para exorcizar al sacrílego, pues creyó que su hijo había sido presa de las fuerzas malignas. Pero el padre de Atal hacía ya tres años que había sido incinerado, y, con seguridad, vagaría por el éter, en busca de una próxima reencarnación, sin importarle ya su antigua familia.

-Veo que en ese pueblo en el que, por cierto, millones de personas se encuentran sin trabajo, vive también un Rey anciano al que le gusta cazar elefantes, aunque le duelen los huesos…-el muchacho parecía enajenado, y la madre le urgió a que quitase las babuchas y las devolviera a su dueño, que, con seguridad, las estaría buscando, y se dejara de decir tonterías.

-Espera…espera aún…Veo ahora que la hija de ese rey está casada con un atleta de otro juego algo diferente, que consiste en meter una bola mayor por un aro situado por encima de la cabeza -reincidía Atal, advirtiendo, de paso, que no podía quitarse tan fácilmente las zapatillas, porque parecían adheridas a la piel de sus pies.

-Estás poseído por las fuerzas malignas, sin duda… -se lamentó la anciana, haciendo esfuerzos para levantarse del lecho, lo que no conseguía, pues estaba baldada de la espalda y débil por la fiebre.

-Veo que ese atleta venerado por la multitud está a punto de ser juzgado por no haber pagado diezmos a las arcas públicas y, al mismo tiempo, y por similar motivo, la hija de ese Rey es insultada con despecho, aunque los argumentos de ambos son idénticos. Ellos no cometieron ninguna falta, porque era su padre,quien les llevaba las cuentas del dinero… -hablaba y hablaba Atal, contrariando su habitual naturaleza, que era la de ser muy taciturno y callado.

-Calla, por todos los dioses que se conocieron y se conocerán, -suplicaba la mamá del vidente-. Cuanto dices son aberraciones que no pueden darse jamás y es solo el fruto de una imaginación perversa que te producirá serios contratiempos. ¿Una hija de rey insultada por las mismas multitudes que aplauden a un plebeyo? Es cosa demoníaca, Atal, y debes ir al santo de la mezquita y pedirle de rodillas que te perdone haberte apropiado de las babuchas embrujadas y te absuelva de tus pecados poniéndote las manos sobre la cabeza.

No hubo forma, sin embargo, de convencer a Atal de que tal hiciera. Por el contrario, encantado de conocer las verdades cuyo conocimiento tanto anhelaba, se propuso perfeccionar la técnica que le permitiría controlar la visión que emanaba de las mágicas babuchas.

Supo así mucho sobre el futuro que deparaba a la humanidad, aunque fuera en pueblos tan distante y diferentes del suyo, y, convencido de ser un bienaventurado de veras, se retiró al desierto, a comer saltamontes y beber agua de lluvia, que, alternándolos con ciertas hierbas que aprendió a reconocer, le proporcionaron sustento suficiente, aunque adelgazó la tira y le creció la barba, que le llegó prácticamente hasta cubrirle las babuchas.

Con el tiempo, sin embargo, las babuchas no solo no envejecían, sino que aparecían lustrosas como el día que las recogiera del templo, manteniendo toda su fuerza predictiva.

Atal, a todos los que, por casualidad, se acercaban al lugar donde estaba, fundamentalmente caravanas de tribus nómadas, les contaba historias que parecían increíbles sobre lo que iba a pasar dentro de varios siglos, sobre pueblos y gentes de los que nadie había oído hablar ni una palabra. Esos cuentos, como es lógico, no interesaban a nadie en absoluto, por más que a él, le producían esa paz espiritual que embarga a quienes, por haber dispuesto de la posibilidad de ver el futuro, están convencidos de que, sin importar el tiempo o el lugar en que se produzcan, las cosas que hacen los seres humanos, si les afectan a los demás, son, sobre todo, divertidas.

FIN

Cuento de otoño: Las dos sillas

No existen muchos cuentos con pretensiones formativas en los que se haga hablar a seres inanimados, figura literaria que, cuando se estudiaban esas menudencias en la escuela, se llamaba prosopopeya. Supongo que la razón es no restar credibilidad al relato, pues aunque es poco probable encontrarse con ranas que se metamorfoseen en príncipes encantadores, doncellas encantadas cuyos cabellos crezcan casi a la velocidad de la luz, brujas pirujas o gnomos avarientos, no hay porqué descartar esa posibilidad, simplemente porque uno no haya tenido esa suerte.

Reconozco que la historia que voy a contar tiene pocos visos de ser verdadera, pero así me la refirieron y, desde luego, la encuentro de un alto potencial educativo.

En un bosque de robles de la baja Sajonia, más cerca de los tiempos del rey que rabió que de los de Maricastaña, creció un árbol que, por encontrarse en las condiciones idóneas de tierra, agua y aire, era el más alto de la comarca. Su porte era orgullo de sus congéneres, que, en silencio, lo admiraban, pugnando, sin lograrlo, por llegar a su altura.

Sucedió, en fin, lo que acontece a casi todos los árboles, cuando se encuentran con leñadores, ya manejen hachas o máquinas de serrar. Lo cortaron, y lo convirtieron en tablas de diferentes tamaños, dejando un tocón apenas sobresaliente, en donde se podían contar los años que había vivido: setenta y tres.

A cada uno de los trozos de aquel gigante caído, le dieron un destino más o menos adecuado. Y, para lo que nos importa, con una de las ramas, un carpintero de la ciudad de Trotzdem, fabricó dos sillas.

El carpintero tenía aficiones artísticas y, por eso, confeccionó las dos sillas de manera bastante diferente. A una, la dotó de un respaldo con un bajorelieve de animales mitológicos y faunos, en una escena de caza interesante, pues los faunos eran las piezas perseguidas por unicornios; incluso, talló los brazos y las patas con hojas de acanto y azucenas, copiándolas de un libro de arte que le dejó en préstamo un anticuario.

A la otra silla, sintiéndose cansado de hacer filigranas con el cincel y el mazo, y a pesar de que había tenido la intención primigenia de fabricar dos sillas iguales, la dejó monda y lironda. Tenía aspecto de silla, desde luego, pero resultaba de lo más rústico y elemental. Incluso, si a la primera le había encajado un asiento de terciopelo con cintas bordolesas doradas, a esta segunda le encasquetó, simplemente, una plancha de ocume en el lugar en donde los usuarios habían de descansar sus posaderas.

Como puede comprenderse, cada una de las sillas estaba predestinada para servir un servicio disparejo. La que estaba más ilustrada, despertó el interés de una devota, que la compró en el mismo taller del artesano y se la regaló a un sacerdote católico de su diócesis. La otra, convenientemente rebajada de precio, fue adquirida de segunda mano por un obrero de la construcción, padre de familia numerosa, que se había visto en la necesidad de ampliar el escaso mobiliario de su vivienda cuando su señora suegra, recién enviudada, resolvió venirse a Trotzdem con su hija y yerno, dejando las gallinas y la vaca, que eran sus únicas posesiones, a cargo de una vecina de Gottseidank, de donde procedía, de la que nunca más supo.

La silla que soportó, desde entonces, el peso del honorable párroco, fue instalada en un confesionario de los de rejilla lateral, en donde tuvo ocasión de oír los pecados de la feligresía católica, que ciertamente no eran mayoría de la población -tratándose de una ciudad en un país protestante-, pero sí resultaron harto pecadores y, por eso, nada aburridos, pues su imaginación pecaminosa y sus vicios alcanzaban cotas altísimas.

La otra silla, aunque resistió algunos años con estoicismo ebúrneo, no pudo aguantar el peso creciente de la mamá política, dad a los dulces, y acabó desfondándose, vencida en un lateral la plancha de ocume, que sacó astillas. Todavía fue peor: por la humedad del garito en donde vivía la familia del obrero, se había creado un hábitat propicio para que proliferaran las más voraces termitas, insectos que, combinados sus destrozos con los quehaceres de unas nada sutiles carcomas, dejaron tres de las cuatro patas de la silla convertidas en un acerico.

El mueble bendecido podía haber aguantado durante generaciones, pero al sacerdote lo promovieron a obispo y, al abandonar la diócesis, su sucesor, que era aún más voluminoso, encontró la silla inadecuada, amén de pretenciosa e inadecuada, con aquellos dibujos que se le antojaron paganos. Por eso, la sacó del confesionario y la puso a la puerta de la sacristía, de donde, un fin de semana, alguien se la llevó, con la intención de separar el retablo del respaldo, y venderlo en un mercadillo.

Fue así como, tras unos cuantos vaivenes más, se encontraron en una pira de las que se organizan para festejar el comienzo de la primavera, las dos sillas -lo que quedaba de ellas- e, inmediatamente se reconocieron y saludaron con un chirrido.

-¿Cómo te fue en todo este tiempo? -preguntó la más humilde a la cortesana.

-Peor, imposible -fue lo que oyó por contestación- tuve que soportar el peso de más de cien quilos de un prelado casi todos los días, y pongo al dios de los bosques por testigo que sus flatulencias me impregnaron de un olor nauseabundo, que en nada se asemeja al aroma que traía. Y eso, sin contar con que escuché de los humanos tales perversidades que, cuando me quedo dormida, me despierto llena de remordimientos.

-Nada de lo tuyo ha de ser comparable con lo mío -dijo la otra, agarrándose como podía a lo que restaba de su esencia-. Me comieron por dentro animales no solo voraces, sino de lo más desconsiderado, pues me afectaron a la esencia, haciéndome huecos por doquier. Y, para mayor dolor, tuve que aguantar, no solo el peso de unas posaderas que en nada deberían envidiar, en su despropósito, las que te hicieron a ti tanto daño y supusieron tufo, sino que, siendo más débil, no me desmoroné por amor propio.

Mientras las llamas las consumían, quienes pudieron aguzar el oído se enteraron, pues, de las historias de cada una: mismo origen, idéntico artesano quien fabricara su concreto aspecto, y muy diferentes posaderas a las que sirvieron de aposento. Todo ello, para después de haber cumplido con dignidad su cometido, venir a convertirse en fuego de diversión, humo de jolgorio, junto a otras maderas sin historia, paja de rellenar, telas sucias y serrín de serrería. Así son las cosas también para las sillas.

FIN

Cuento de otoño: La discípula que se enamoró de un profesor de Filosofía

Se han contado bastantes historias de alumnos que se enamoran de sus profesores, especialmente de jóvenes adolescentes femeninas que caen platónicamente rendidas ante las virtudes que imaginan en sus maestros. Las explicaciones científicas son terminantes, atribuyendo este fenómeno a una variante del síndrome del prisionero: cuando estás viendo horas y horas a un tipo aburrido contándote cuestiones que no entiendes, a algunos seres impresionables no les queda más remedio que suponer que tienen una aventura con él.

De entre las anécdotas amorosas, una de las que más me impresionaron es la de Hanna Arendt enamorándose de su profesor Martin Heidegger, con el que incluso llegó a mayores. Ella era, por entonces, una estudiante muy avanzada y él la utilizó, según cuentan los biógrafos, para probar con su alumna algunas de sus tesis sobre el ser y no ser, que, con todo, sigue siendo la cuestión.

Aunque no tuvieran la misma difusión, porque sus protagonistas permanecieron completamente anónimos, todos seguramente conocemos historias de profesores que se lían con alumnas y les dan buenas notas a cambio de ciertos favores extraacadémicos. Es menos común el caso del profesor o profesora que pide un favor académico a un alumno -por ejemplo, que le ayude a confeccionar el libro de texto obligatorio o a terminar una tesis doctoral inabarcable- y, a cambio, le paga en especies carnales o en viajes a Polutonia.

Había una vez una estudiante de lenguas orientales que se enamoró de un profesor de Filosofía. No coincidían en las aulas, esto es, el profesor no tenía a su enamorada como alumna. Ni siquiera pertenecían a la misma Universidad o centro académico. Es más, no vivían en el mismo país. Qué voy a decir, es que no eran ni coetáneos: el profesor hacía años que había fallecido cuando la alumna se enteró de su existencia.

Tales anómalas circunstancias no impidieron la relación amorosa, si bien, como puede comprenderse, solo en dirección unilateral. Pero, cuanto más leía la estudiante los escritos que caían en sus manos de cuanto había elucubrado el profesor de filosofía, más rendida se sentía por la fuerza de sus palabras. Le temblaban las piernas repasando sus definiciones de conceptos inmensos, como la metafísica del bienestar, la felicidad como meta intelectual o los presupuestos de la ética contemplativa.

Por eso, sin poder resistir más la fuerza de los afectos, acudió a una vidente para que le pusiera en contacto con el maestro difunto.

-Toma, al irte a la cama, tres copas de Benedictine seguidas en las que hayas machacado dos lonchas de jengibre y recita los versos de la página 23 de la edición de bolsillo del libro rojo de Mao en su idioma original -le aconsejó la especialista.

-¿Y veré así, por fin, a mi amado profesor de filosofía? -preguntó el alma cándida.

-Sí, sin duda -fue la respuesta escueta-. A la mañana siguiente tendrás una sensación placentera.

-¿Cómo lo reconoceré? -inquirió, nuevamente, la jovencita- Jamás he visto una foto o retrato suyo. Solo lo conozco por lo que ha escrito.

-Lo sabrás -determinó la de la bola de cristal, mientras le señalaba una carta del tarot que representaba la papesa- por señales inequívocas. Podrás hablar con el cuanto quieras, y pedir que te aclare las dudas que tengas.

Dicho y hecho. La joven estudiante se empapó de Benedictine, durmió aquella noche placenteramente pero, a la mañana siguiente no se acordaba de nada. Pero de nada de nada. Ni siquiera de dónde había puesto el jengibre con el librito, lo que ya tiene castigo.

FIN

Cuento de otoño: La sabiduría útil y el hada que perdió los papeles

Aunque el nombre elegido para esta historia parece misterioso, responde a una obsesión muy común. Porque la inmensa mayoría de las personas, de toda edad y condición, en tocante a la educación, no quieren exactamente saber, sino aprender estrictamente aquello que les vaya a ser útil para tener un trabajo.

Si fuera posible definir un examen de capacitación para cada una de las ocupaciones y oficios que entretienen, impulsan o dan de comer a los seres humanos, estoy seguro que serían pocos los que elegirían preocuparse por algo más que de aquello que les resultara estrictamente necesario para obtener el título habilitante o, por decirlo de modo no menos pedante, aunque en latín, su modus vivendi.

En el pueblo de Valgamediós estaban preocupados porque en las pruebas comparativas que periódicamente se realizaban entre los niños de las diferentes poblaciones del orbe, sus representantes quedaban de los últimos. No conseguían, por sí mismos, descubrir a qué se debía exactamente, porque cada vez que abrían una discusión, se organizaba una algarabía y todos pretendían tener razón y no asumían la autoridad de nadie.

Unos, utilizando su experiencia que decían era irrefutable, expresaban que la razón del menoscabo estaba en que los niños se distraían con el vuelo de una mosca -y había muchas en Valgamediós-, otros, que lo que pasaba es que no entendían el significado de los enunciados que se les proponían allende las fronteras porque estaban mal traducidos del inglés, y no faltaban quienes pretendían que el motivo principal era que el clima del lugar les abotargaba la cabeza desde la más tierna edad.

El caso es que en los torneos y justas intelectuales siempre se llevaban la palma, los diplomas y los cacahuetes los niños de los países del norte, que eran los organizadores, lo que llenaba de orgullo a sus profesores que atribuían el mérito a sus capacidades docentes y hacía de rabiar, hasta el punto de mesarse los cabellos de cochina desesperación, a los maestros valgamediosanos, que eran tenidos por poco competentes.

Como, desde que se hacían estas pruebas, en Valgamediós lo habían probado todo (sobornar al tipo de la fotocopiadora con almendras garapiñadas, preparar baterías de miles de test con dos opciones casi idénticas y una deleznable, que era como se habilitaba para conducir trolebuses y que les obligaban a aprender de memoria, e incluso, estudiaron presentar a niños del norte naturalizándolos como propios), decidieron contratar a tres hadas provenientes del País de las Maravillas, expertas en encontrar razones, para que, viajando cada una a un sitio distinto de aquellos que tenían más éxito en las pruebas de capacitación intelectual de infantes, vinieran con las soluciones, y estaban decididos a implantarlas de inmediato.

Metiéndoles prisa, aguardaron las respuestas, mirando entretanto las musarañas y sin tener en cuenta que, al menos hasta hacía pocos años, cuando los valgamediosanos, ya adultos, se veían obligados a vivir en el extranjero, solían figurar entre los mejores de cada lugar, aunque en su propio país fueran desconsiderados.

El Hada Plutonia fue la primera en volver, y expuso que la razón segura por la que el país de Smallbutsmart tenía tal éxito educativo, residía en que los profesores se involucraban, colocándose al mismo nivel que los niños, y participando con ellos en todo tipo de juegos, lo que les hacía muy difícil distinguir quién era el que enseñaba y quien el que debía aprender, pero avanzaban jugando, por lo que el asunto de dar o recibir clases, resultaba a todos divertido.

Encantados con la idea, y lamentando que no se les hubiera ocurrido antes a ellos, la pusieron en práctica ipso facto, creando una Ley general de educación que aprobaron sin debate, por la que se obligaba a que todos los maestros llevasen mandilón a cuadros y los niños, palmeta. Así se preparaban para el examen comparativo.

Estaban en eso, cuando retornó el Hada Calcedonia. Había descubierto, contó, la causa por la que el país de Nichtschlecht triunfaba tanto en los certámenes de sabiduría infantil. Los profesores eran absolutamente rígidos con los alumnos, no consentían la menor distracción y los castigaban dándoles coscorrones y capirotazos, o metiéndoles en celdas de castigo, en la convicción de que por los agujeros sanguinolentos se introducía el conocimiento, como un jarabe.

La idea les pareció a los que tomaban decisiones en Valgamediós algo cruel, pero, animados como estaban a copiar todo lo que les dijeran que a otros era útil, pero despreciando lo propio, cambiaron de inmediato la previsión legal con una Superley Modificada de obligado cumplimiento, por la que se ordenaba que se extremara la dureza en todas las escuelas, introduciendo la asignatura de Torturas, Suplicios y Escarnios, de seguimiento obligatorio, independientemente de la tendencia -masoquista o sádica- de los progenitores, de los que no sirvieron de nada sus protestas.

No hacía mucho que habían marcado la última directriz, cuando llegó a la población que ocupa nuestros desvelos, el Hada Parsimonia. Le habían encargado que visitara el país de Moshantán, en el Oriente más oriental (que lo estaba tanto que podría considerarse casi occidental), y, desde luego, lo había recorrido de cabo a rabo. Pero no había encontrado a nadie con el que pudiera entenderse, ya que, aunque el hada conocía varios idiomas -latín, griego clásico y hasta se sabía frases atribuidas a Confucio de memoria-, con las gentes con las que se cruzó solo había llegado a intercambiar saludos de bienvenida o despedida y a tomar con ellas té de arroz y mijo con garbanzos fermentados. Tal era el hermetismo con el que guardaban sus técnicas o su incapacidad para comunicarlas, o del huésped para comprenderlas.

Sin embargo, el Hada Parsimonia no estaba dispuesta a confesar el fracaso de su expedición, y cuando volvió a Valgamediós, ya casi a punto de celebrarse las pruebas anuales, admitió que había perdido o le habrían sisado los papeles con sus anotaciones, pero que tenía muy claro el mensaje que convertía a los niños de Moshantan en tan efectivos en los exámenes comparativos.

-Utilizan el sentido común, simplemente. Les enseñan a utilizar el sentido común ya desde que nacen.

Los directivos del sistema educativo de Valgamediós se miraron, y, cuando estuvieron seguros de que todos pensaban lo mismo, estallaron en sonoras carcajadas:

-¡El sentido común!¡No hace falta viajar lejos para llegar a una conclusión tan elemental! -exclamó, atascándose con las risas, el máximo director.

-Sin embargo -prosiguió el Hada Calcedonia, que no era de las que daban fácilmente su brazo a torcer cuando estaba convencida de que podía ser útil-, en Moshantán creen que la única forma de decidir entre lo que se anhela y lo que se puede alcanzar, es analizando las cosas desde el sentido común… y esa cualidad no se encuentra fuera, sino dentro de cada pueblo.

-Todo eso resulta difícil de entender -dijo el encargado del departamento de Poner Dificultades.

-Para aplicar ese criterio, -si es que es un criterio, lo que dudo- tendría que definirse, en primer lugar, qué se entiende por sentido común. Y no tenemos tiempo -expresó el responsable de la sección de Comisiones Dilatorias.

Se pidió también opinión a las otras dos Hadas, que defendieron la bondad de sus informes. Se preguntó a los padres, que dejaron muy claro que el criterio irrenunciable era que deseaban lo mejor para sus hijos y, en fin, se les pasó el tiempo discutiendo. Nadie sabía muy bien cuál era la Ley que había que cumplir, porque estaban todas parcialmente vigentes y parcialmente derogadas.

Así que, cuando llegó la hora del certamen, la representación de Valgamediós parecía más bien un grupo de saltimbanquis. Unos pequeños llevaban mandilón y palmeta y lucían su cabeza llena de coscorrones, en tanto que otros recitaban a Cervantes y a Schopenhauer en alejandrinos y, por ejemplo, los de un colegio de pago tenían escrita en sus muñecas la oración a Santa Rita.

En general, los niños se presentaban a las pruebas con ánimo de derrota, convencidos de que volverían a quedar los últimos, lo que era tanto más evidente cuanto más contemplaban a sus rivales. Los maestros valgamediosinos, como tenían por costumbre, intercambiaban malestares por rencores. Incluso los mandamases, que había viajado con sus familias a gastos pagos, dudaban de la eficacia de lo que habían ordenado hacer, siendo la inseguridad la cualidad principal que moraba en sus molleras, aunque siempre aparentaban en público lo contrario.

No contaban con que a los niños, con tanto cambio de planes de estudios, se les había puesto la cabeza como un bombo y, mucho menos, con que algunos maestros, constituyéndose en pura rebeldía, habían pasado por alto el cumplimiento de unas leyes que se modificaban desde lo alto sin dar explicaciones a los de abajo, y, a escondidas, en horas no lectivas, enseñaron a los niños a pensar, lo que unos cuantos entre ellos, venciendo las dificultades, como eran realmente brillantes, conseguían.

Fue esa la única vez que el pueblo de Valgamediós quedó entre los primeros clasificados.

Desgraciadamente, a la hora de interpretar los resultados, los mandamases educativos, en lugar de profundizar en lo que había pasado, atribuyeron el éxito al barullo que habían montado. Hay que indicar que el criterio por el que habían sido elegidos era el de la incapacidad para pensar por sí mismos y que, para cubrir las vacantes del comité educativo, era condición sinequanon ser recomendado por los que pertenecían a él.

Así que se aprobó una Ley de Bases que era, falta de lógica o consistencia, un documento de casi mil páginas, con derogaciones parciales y obligaciones provisionales, junto a principios interpretables y proposiciones discutibles: un pupurri infumable.

El Hada Parsimonia retornó, con las otras Hadas, al País de las Maravillas, y el pueblo de Valgamediós siguió obteniendo muy bajos resultados en los certámenes internacionales. Los planes de estudio se siguieron retocando parcialmente, incorporando más y más páginas, cada vez que había cambio de tornas o cuando a un equipo de mandamases le daba la venada, incapaces todos de reconocer que no tenían ni pajolera idea de lo que debería hacerse en verdad, y sin atender a las razones de los muy pocos que defendían que no es lo mismo preparar a los niños para ganar un concurso que formar adultos para ganarse la vida en un mundo competitivo.

FIN

Cuento de otoño: El cartero del pueblo que no escribía cartas.

¿Recuerdan aquel bombero que, temiendo lo despidieran por falta de trabajo, prendía fuego al bosque prácticamente cada domingo?. Cuando por fin descubrieron que era él el incendiario, apenas si quedaban cuatro árboles en pie. Su caso no es diferente al del policía que se convertía por las noches en ladrón, o al de esos abogados que aconsejan a sus clientes pleitear por un quítame allá esas pajas para engordar la minuta. ¡Imaginemos a un médico inyectando cultivos de virus en los conductos de refrigeración de los espacios públicos!

Se cuentan muchas historias parecidas, algunas de las cuales se estudian incluso en las escuelas de negocio. Una de las que se nos vende entre las más ilustrativas es la del hijo del cristalero que, creyendo ayudar a su padre, se dedicaba a romper sistemáticamente los cristales del vecindario. Lo que consiguió, después de un fugaz esplendor, es que todos los clientes se empobrecieran con tanto gasto inútil, y su padre, ya sin encargos, tuvo que cerrar la tienda.

(Por cierto: Por muy claras que parezcan las enseñanzas de este tipo de cuentos para quienes los usan como ejemplo, siendo cada cual libre de actuar como le parezca, entender lo que le venga en gana y, muchos, propensos a hacer lo contrario de lo que se les aconseja, no es de extrañar que haya alumnos, que al aplicar cualquier idea a su vida real, interpreten que están haciendo lo que deben, haciendo lo contrario de lo que deberían).

Por mi costumbre de tener siempre el oído dispuesto a escuchar historias, una vez sorprendí el relato muy curioso que un anciano le estaba refiriendo a una mujer joven, -seguramente, su hija-, y que guarda cierta relación con el tema que estoy tratando.

Ambos estaban en una estación ferroviaria, esperando un tren de cercanías que se retrasaba, y que yo también debía coger. Esta era su historia.

Resulta que en un pueblo de la antigua URSS, cuando aún aquellas tierras eran imperio, vivía un leñador que había perdido una mano en un desgraciado accidente, por lo que ya no podía ejercer el oficio por el que habían subsistido, hasta entonces, mal que bien, él, su mujer lituana y sus seis hijos, todos de tierna edad a la sazón. El pueblo, precisó el viejo relator, estaba situado en los territorios propios de la región de Kasharkastán, o así me pareció que sonaba su nombre: tan cerca de las zonas gélidas de Siberia, que parecía alejado de la mano de Dios y, desde luego, lo estaba de los hombres.

A un pueblo tan remoto nunca llegaban cartas ni periódicos, y las únicas noticias que ocupaban las conversaciones de los lugareños eran las relativas al propio lugar, a los mínimos avatares de sus gentes, las querencias de sus animales domésticos o la cíclica evolución de sus escasas haciendas.

Así estaban las cosas, cuando un día llegó una carta. Era invierno y todo estaba blanco como el rostro de una virgen el día de su boda. *La llevaba uno de los correos del Zar, demacrado, con el uniforme hecho jirones y el pie derecho sanguinolento. Se colocó en el centro del pueblo, guiando como pudo su escuálido caballo bayo, que babeaba espuma verdosa.

El trote cansado de los cascos, ya desherrados, sobre las piedras de la plaza, despertó la atención de los habitantes del poblado, que no estaban, en absoluto, acostumbrados a las visitas, y rodearon al extraño. Por eso, todos vieron que tanto el jinete como su montura estaban extenuados por la tremenda travesía y, a pesar de los esfuerzos que hicieron para que se recuperaran, asistieron, impotentes para cambiar el destino, a la muerte de ambos. Primero, falleció el caballo, y, al poco, murió el correo, no sin antes anunciar:

-Traigo una carta.

En efecto, cuando miraron en la cartera de cuero que traía bien sujeta a la silla de montar, encontraron una carta, en la que con el lógico temor, identificaron el sello del Zar.

-Algo nos quiere decir su dignísima Majestad imperial-dedujo el alcalde pedáneo, mirando el sobre, perfectamente lacrado.

-¿A quién va dirigida la misiva? -preguntó una joven de mejillas sonrosadas, que pasaba por ser la más hermosa del pueblo.

El alcalde leyó, enfatizando como pudo las palabras: “A quien pudiera corresponder”.

No pretendo hacer el cuento largo, aunque el anciano se entretuvo refiriendo las muchas dudas acerca de las posibles interpretaciones que tan genérica designación de destinatario suscitaban entre los lugareños. Finalmente, se pusieron de acuerdo en que, ante todo y en primer lugar, deberían designar un cartero, puesto que, hasta entonces, por falta de cometidos para él, ya que nunca había llegado una sola carta al pueblo, carecían de alguien que desempeñara tal oficio.

El leñador manco se postuló para el trabajo y fue aceptado de inmediato. “Por fin, podré alimentar a mi esposa y a mis hijos, con lo que me paguen por este trabajo”. Convinieron un salario -ni muy alto ni muy bajo-, que pagarían entre todos los habitantes y se fueron a sus casas, tranquilizados, no sin antes haber dado sepultura al correo y haber sorteado los cuartos del caballo.

El nuevo cartero volvió a su casa con la carta sellada en el zurrón. “Has de repartirla de acuerdo con las indicaciones”, fue la instrucción que recibió del Consejo popular. “Es tu responsabilidad como nuevo funcionario provisional del Zar”.

En aquel momento, llegó el tren que estábamos esperando, y nos apresuramos a subir al vagón que a cada uno correspondía, ya que en nuestra estación solo se detiene unos segundos, el tiempo justo para que los nuevos viajeros se introduzcan en él con sus maletas. El anciano relator y la que parecía su hija (tal vez, ahora que lo pienso mejor, sería su nieta), tenían asiento preferente, en tanto que yo ocupaba uno de los de clase turista.

Por eso, no pude escuchar el final de la historia. *Lo que no me impidió imaginarlo. He supuesto que, decidido a no entregar a nadie la carta, que no respondiera exactamente a lo indicado en la dirección, la misiva permaneció sin distribuir, años y años, hasta que los ratones y las polillas la hicieron desaparecer, o, ta*l vez, si alguien se hubiera animado a abrirla, faltándole renglones significativos, indescifrable.

Puede que nadie se hubiera atrevido jamás a romper el sello del zar, y la razón podía estar en el propio cartero, celoso de cumplir con su deber. Por ello, el cartero del pueblo que no escribía cartas, conservó su trabajo mientras vivió, ya que tenía una actividad pendiente técnicamente impracticable: entregar la carta a su correcto destinatario, que no podía ser descubierto con la información disponible.

Porque, para justificación del cartero, creo que una carta cerrada que deba ser entregada a quien corresponda solo puede ser distribuida correctamente si se abre, para conocer su contenido, lo que vulneraría el deber sagrado, reconocido en todos los códigos legales del mundo, de inviolabilidad de la correspondencia.

De todas maneras, si algún día vuelvo a encontrar al anciano, le preguntaré cómo acaba su cuento. El tiempo pasa y, hasta ahora, no hemos coincidido. En ninguna enciclopedia, atlas o diccionario figura la región de Kasharkastán, de la que me hubiera gustado contar algo más, y eso que he consultado a expertos de todo tipo.

FIN

Cuento de otoño: Las tres gracias

Aunque no está demostrado, es absolutamente posible, con probabilidad cercana a la certeza, que hace muchos, muchísimos años, se estuviera viviendo una situación muy parecida a la actual. Y es también posible que, si tuviéramos la oportunidad de retroceder en el tiempo tanto como quisiéramos, nos encontraríamos un escenario poblado de seres misteriosos, princesas enamoradizas, hadas madrinas, enanos saltarines y lobos parlantes.

Es allí donde quiero situar esta historia, para que quienes creen estar seguros de saberlo todo y de que no hay nada que pueda asombrarles, se convenzan de lo contrario. Porque, por muy intensas que hayan sido las propias vivencias, siempre habrán quedado huecos para muchas más, y solo será posible tenerlas en cuenta utilizando la imaginación.

En uno de esos lugares, vivían tres princesas, cada cual más hermosa que la anterior, si hubiera forma humana de ponerlas en orden, como los números primos o los húsares de un regimiento. Una era morena como su madre, la Reina, con unos ojos verdes que encandilaban a todo el que pretendiese dilucidar, mirándolos, si eran del color de la obsidiana o del aguamarina. Otra era rubia, como su padre, el Rey, y tenía un cuerpo cimbreante como cáñamo de terciopelo, que era objeto de admiración rendida para todo el que tuviera la suerte de pasar cerca y rozarla aunque solo fuera con las fragancias de su aliento. Y, en fin, la tercera, era pelirroja con los matices del sol del atardecer los días de otoño, porque su pelo se había contagiado del color predominante el día en que nació y, contemplada a contraluz, hipnotizaba más que el vuelo de una mariposa.

A pesar del distinto color de su pelo, eran tan parecidas de carácter, tan similares de porte y compostura, que, cuando llevaban puesta la toca con la que las princesas evidencian o mejoran su recato, no había forma de distinguirlas. Por eso las llamaban, las tres Gracias, aunque sus nombres verdaderos eran Leocadia, Leonor y Leovigilda, por una promesa hecha a los dioses por su madre, creyendo que iba a ser estéril.

Las tres jóvenes estaban siempre juntas. Iban a la escuela donde se forma a las princesas ya a primeras horas de la mañana, estudiaban allí comportamiento principesco, cánticos meríficos y expresiones melindrosas, y, volvían, con sus cartapacios llenos de cuentos de hadas y deseos de besos de desencantamiento, a palacio, cuando el día declinaba. Eran las tres únicas alumnas y, siendo la escuela concertada, el Estado abonaba la media pensión.

La escuela para princesas estaba situada al otro lado de la calle, enfrente al Palacio y, por eso, para tan corto tránsito, no utilizaban la carroza real, sino que iban andando, tranquilamente, pian pianito, de un sitio al otro, … eso sí, vigiladas por el alguacil mayor, que las observaba, a las horas oportunas, desde una ventana, cuidando de que nadie las importunara con preguntas impertinentes, ni ellas se distrajeran con cuestiones que no venían al caso.

Un día neblinoso, con una niebla tan intensa que era imposible ver un burro a dos pasos, un enano saltarín, del tipo específico de los que se dedican a fastidiar a reyes y princesas en los cuentos infantiles, proponiéndoles pruebas muy difíciles de cumplir para librarlos de sus malévolos encantamientos, y que venía acechando su oportunidad desde que eran niñas, se les acercó, cuando salían de la escuela principesca, y, con voz aflautada, disimulando la ronquera que era propia de su hábito de fumar hojas secas de aquilega, les dijo:

-¿Saben sus altezas principescas que hay fiesta con saltimbanquis en el pueblo en el que sus majestades son reyes y señores, y la entrada es gratuita para princesas y gnomos?

Las princesas no tenían ni pajolera idea de que tal oportunidad existiera, porque no les era permitido alejarse de palacio más que para cruzar la calle. Por eso, y como estaban educadas para decir la verdad en lo que no tenía importancia, expresaron, al unísono, lo que procedía: “No”.

Para abreviar la historia, diré que, picadas por la curiosidad y la labia pegajosa del enano saltarín (que, en realidad, era el gigante Melanchón, y vivía en un frondoso bosque de robledales y hayedos, y estaba harto de comer bellotas tanto crudas como cocidas y de fumar plantas venenosas para mejorar la digestión), accedieron, por una sola vez, y sin que sirva de precedente, a desviarse de su camino, y, dando la vuelta a la escuela principesca, envueltas en la niebla, se encaminaron hacia el pueblo, que quedaba justo al otro lado.

El alguacil, que no veía ni torta por razón de la densa capa neblinosa, pero que daba por seguro de que, todo habría sucedido como cualquier día, cuando le pareció oportuno, cerró la puerta, e informó a los Reyes que las infantas habían llegado y se habían retirado a sus aposentos, preparándose para la cena.

Llegó la hora de la cena y las tres gracias no aparecieron. Entretanto, a ellas les había sucedido algo terrible. Engañadas por el embaucador polimorfo, no tardaron, sin embargo, en advertir que no había fiesta alguna, ni saltimbanquis o espectáculos malabares, ni siquiera pueblo, pues, al doblar el primer recodo, el enano saltarín tomó su forma más principal de gigante Melanchón, y, cogiendo a las tres jóvenes con toda la delicadeza de sus manazas, se las metió en el bolsillo, relamiéndose de antemano por lo sabrosísimas que estarían, convenientemente aderezadas con patatas, cebolla picada y pimientos coloradetes, que pensaba agenciar, al paso, en cualquier abacería.

La culpa de que las cosas no sucedieron exactamente como imaginaba el coloso multifacético, hay que atribuírsela a un agujero que tenía en el bolsillo del pantalón, y en el que no había reparado ni él ni su madre, con la que vivía, y que era la zurcidora y la que lo tenía a régimen de bellotas. Por ese agujero, mientras Melanchón corría, dando saltos de gozo, -pues su condición saltarina no dependía del tamaño que adoptaba su cuerpo, al ser característica intrínseca, es decir, natural-, muy contento de estar de vuelta a su bosque encantado con las preciosas cargas que venía anhelando desde que había advertido cuán apetitosas se les ponían las carnes turgentes, se le escaparon, una tras otra, las tres princesas, sin que el se apercibiera.

Cada una cayó en un sitio diferente. Luego, utilizando las artes que les habían enseñado para el caso en que pudiera ocurrirles algo parecido -en la asignatura de Raptos y Encantamientos-, se preocuparon, en principio, en volver lo antes posible a Palacio, en donde estaba seguras que les esperarían sus padres, preocupados, sí, pero con la cena preparada.

La morena, al llegar a un río bastante caudaloso, se transformó en una trucha y, después de nadar varias decenas de kilómetros, apareció en la fuente del jardín de su casa palaciega, en donde volvió a adoptar la forma humana, esto es, su aspecto divino. La rubia, que era más aficionada a dejar volar sus pensamientos, tomó el aspecto de un águila real y, dejándose llevar por las corrientes atmosféricas, recaló en la aguja terminal del pináculo de la torre más alta del palacio, momento en que pudo ser nuevamente la joven hermosa que conocían sus padres y, con mucho cuidado, resbalando asida a tejas y canalones, llegó al suelo y se incorporó, gozosa, al yantar, ya algo más frío.

En cuanto a la pelirroja, estuvieron esperando un buen rato. Era la más lista, decían, y no tenía explicación alguna que no estuviera de vuelta como las otras. Pasaron las horas, los días, los meses y los reinos y, sin embargo, nunca más se supo de ella.

Dicen que decidió quedarse en el bosque, incluso que, caprichosa de ánimo, se había enamorado secretamente del enano gigantuelo, creyéndolo príncipe encantado o poseedor de quién sabe qué cualidades o virtudes. No pasaba de ser mera especulación, pues, por más que la buscaron, entrando hasta los confines en los que el bosque empezaba a ser peligroso, no hallaron ni un pelo rojo que les pusiera sobre la pista.

Todos los años, por estas fechas, sale una expedición de Palacio, con ojeadores y perros sabuesos, para dejar unos ramos de flores en el sitio donde se cree que cayó. Incluso alguien recita unos versos en su memoria, ya muy desdibujada, contaminada por las especulaciones, pues ya se sabe cómo es la gente. Incluso se duda que hayan sido tres, las Gracias, o que de serlo, haya sido princesa.

FIN

Cuento de otoño: La hormiga picajosa y el escarabajo pelotero

En un hormiguero de cualquier apartado territorio, que no merece la pena detenerse en ubicar exactamente, en el que había decenas de miles de montículos poblados cada uno por cientos de miles de hormigas idénticas, vivía una hormiga.

¿Una hormiga en un hormiguero en un campo atiborrado de hormigas? Podrá parecer una tontería. Desde luego, considerada como insecto, era físicamente igual a las demás; incluso para un entomólogo avezado, carecía de la menor característica que la hiciera peculiar, dentro de su especie.

Sin embargo, por una mutación cuya explicación correspondería a los analistas de las mutaciones inextricables, había nacido con una deformidad en el cerebro, lo que le había dotado de una particular cualidad, sin interés para las hormigas, pero, si llegara a ser descubierta por alguien que fuera capaz de contemplar el mundo de estos insectos desde arriba, y analizarlo, podría constituir un hallazgo asombroso.

La cualidad en cuestión, como se carecía de antecedentes que pudieran referenciarla al mundo de las hormigas, no tenía nombre. Al no tener consecuencias físicas -no suponía, pongamos por caso, una cabeza sobredimensionada-, pasaba desapercibida. Para apreciarla, era preciso tener visión de conjunto, lo que solo se alcanza observando la situación desde fuera. Y es un principio irrebatible del campo de la filosofía que ningún ser, ya sea humano o león u hormiga, puede entender la esencia de su naturaleza con los instrumentos propios de la misma. Vamos, que no se puede ser al mismo tiempo observador imparcial y objeto sometido a experimento.

Esa es la razón por la que en cualquier hormiguero, todas las hormigas se esfuerzan en cumplir su destino de una manera ciega, constante, incansable. Aunque no sepan jamás en qué consiste ese destino.

Como consecuencia de esa anomalía cerebral derivada de un par de enlaces estrambóticos en la cadena de los ADNs, la hormiga sobre la que escribo tenía la capacidad de analizar el trabajo del hormiguero como si no fuera, exactamente, una hormiga. Lo que no le impedía, dado que esa virtud o defecto permanecía ignorada para sus semejantes, las demás hormigas trabajadoras, cumplir aparentemente con su destino. Se afanaba, como las demás, en ir y venir, comunicando, cuando correspondía, con el roce de sus antenas con las que se cruzaba en el camino, lo que era determinante para la subsistencia de la colonia: dónde había comida, una colega malherida o muerta, la humedad ambiental o que había llegado la hora de ordeñar a los pulgones.

La cualidad de observar el trabajo de las hormigas, la convirtió, con el paso del tiempo, en una hormiga picajosa. Hacía lo mismo que las demás, desde luego, pero sin ver en ello una consecuencia propia de su naturaleza, sino con ansiedad. ¿Por qué hacer todos los días lo mismo? ¿Para qué? ¿Qué ventajas tiene el poblar la tierra de hormigas?…Y cosas por el estilo.

Para entender su desequilibrio, era como un pájaro con cuerpo de hormiga. Ni las hormigas soldado -encargadas de velar que no se colaran intrusos en el hormiguero, y deshacer con sus fuertes mandíbulas cualquier intento de desequilibrar el orden imperante, cualquiera que fuera éste-, ni las hormigas aladas -a las que se encontraba atravesadas en cualquier galería, holgazaneando, a la espera de que fueran llamadas para satisfacer los deseos sexuales de la hormiga reina-, ni la propia hormiga reina o su cohorte de admiradoras, serían capaces de entenderlo.

Por eso se cuidaba muy mucho de disimular, de forma que la procesión iba por dentro. Pero la hormiga de esta historia se pasaba muchas horas preguntándose el para qué de las cosas que hacían las hormigas.

En esas estábamos, cuando la casualidad quiso que se encontrara en el camino de un escarabajo pelotero. El escarabajo conducía su pelotita de estiércol fresco a su agujero, y, afanado como estaba en darle patadas a su deliciosa inmundicia, no reparó en que, en una de esas vueltas, se le pegó la hormiga.

-Héme aquí, por fin -reflexionaba la hormiga, mientras la cabeza le daba vueltas- a punto de conocer cuáles son las razones de los animales superiores. Este animal, que, por su tamaño y fortaleza, ha de tener las claves del comportamiento de las hormigas, me está conduciendo a su mundo, que, por lo que huelo y veo, es un paraíso de alimentos sabrosísimos y, supongo, de otros placeres.

Fue uno de los últimos pensamientos que alcanzó a terminar la hormiga, pues, embriagada por olores de tal intensidad, a los que no estaba acostumbrada, entró en una especie de éxtasis, lo que le salvó de sentir las certeras dentelladas con las que el escarabajo la convirtió en su alimento principal aquél día.

No consta que se dieran posteriores mutaciones en el mundo de las hormigas. Por ahora, al menos.

FIN

FIN

Cuento de verano: El Rey y la jauría

Hubo una vez un Rey que se encontró gobernando en un país republicano, que es parecido a ser iglesia románica en territorio de talibanes o libro de meditaciones en un ring de boxeo.

Es obvio que, tratándose de una institución prestigiosa como la monarquía, tan antigua y con eficacia probada -con un alto porcentaje de éxitos, semejante al Plan Pons belleza en siente días-, entre otras razones, por hundir sus raíces en la conexión de la naturaleza humana con la divina, no se llega a una situación tan extraordinaria por culpa del Rey, sino de las circunstancias.

Los analistas de casos singulares estaban muy asombrados (realmente asombrados, se podría decir) de que el Rey hubiera consolidado una posición de devoción y respeto entre la mayoría de la población, siendo la tendencia oficiosa contraria a rendir cualquier tipo de pleitesía.

Pero así estaban las cosas: los capitostes de los órganos civiles, muchos de los cuales se confesaban abiertamente republicanos, prácticamente sin excepción, agachaban la cabeza en signo de sumisión, y, si eran del sexo femenino, hacían una graciosa genuflexión cuando coincidían con el en actos palaciegos. El pueblo llano le aplaudía a rabiar cuando el Monarca se dejaba ver en cualquiera de los muchos actos folclóricos a los que era invitado, para potenciarlos con su regia presencia.

Pasaba el tiempo, y el Rey se hizo bastante mayor, hasta el punto que casi todos los vasallos de su edad estaban jubilados, que era un invento para dar una patada afectuosa a los que cumplían cierta edad, y así, al parecer, dejar sitio a los más jóvenes. Solamente algunos banqueros y hombres de negocios, los sacerdotes más encapirotados de la tribu y unos cuantos gerifaltes de la política inactiva se mantenían férreos en sus puestos, envejeciendo en ellos, porque, tenían la sartén cogida por el mango de las prebendas, y no había quién se atreviese a decirles que eran mayores para hacerlo tan bien como antes, no fuera que… Lo que, en honor a la verdad, tampoco era fácil de probar, pues no estaba fácil hacerlo bien en un país en el que todo iba de mal en peor.

Al Rey, como a cualquier Monarca de los cuentos de verdad, le gustaba cazar, tener aventuras y hacer lo que le viniera en gana. Tenía mucho tiempo libre. Además de encontrarse constreñido por las circunstancias apuntadas de encontrarse en un país republicano, el poder de los monarcas había sido reducido con el paso de los tiempos a ser prácticamente simbólico, es decir, se limitaba a la gracia de imponer su retrato en la pared de los despachos, junto a las banderas y el crucifijo.

El Rey de nuestra historia tenía un hijo que era el Príncipe mejor preparado que vieron los tiempos, esto es, era el heredero destinado a ser lo que un monarca debe serlo en éstos. Lamentablemente, como ya quedó escrito, un Rey, especialmente en un país republicano, carece de funciones regladas, aunque es útil siempre que haya un intento de golpe de estado. Está por probar la eficacia de un Rey en caso de que alguna comarca se empeñe en independizarse, pues, hasta ahora al menos, los reyes clásicos de la Historia doblegaban a los díscolos e infieles, conquistaban tierras que incorporaban a sus reinos, y se casaban con los de su ralea, es decir, servían para lo contrario.

Se me olvidaba decir que este Rey, que había sido en su juventud un consumado deportista, especializándose en multitud de deportes -lo que le aliviaba de la tensión a que se veía sometido como monarca republicano-, contaba chistes y se esforzaba en ser uno de tantos, tenía el cuerpo -la carrocería, como el decía-, por culpa de la edad y los esfuerzos físicos, bastante fastidiado, y, cada dos por tres, muy especialmente en los últimos tiempos de su reinado, tenía que pasar por el quirófano para poner sus órganos, la que bien, nuevamente en orden.

Cada vez que se sometía a una operación, la jauría contestataria aprovechaba para difundir que tenía cáncer, o que estaba concomido por el Alzheimer, o incluso que le faltaba el sano juicio necesaria para representarla como es debido, y que, por tanto, debería abdicar en su hijo, llamado el Príncipe Encantador. Como los años no perdonan, entre tanto, el Príncipe se había convertido en un tipo maduro, y había mezclado su sangre azul con una plebeya, lo que, para algunos, era la prueba de que estaba convencido de que su padre sería el último Rey de la dinastía.

Así estaban las cosas cuando el Rey anunció, a través de sus palafreneros y portavoces reales, que va a someterse a una nueva operación de reparación. Como no abdica, dejó encargado a su hijo para que siga haciendo lo que el venía haciendo. Y la jauría contestataria aprovechó la nueva oportunidad para redoblar su furia, como corresponde.

Pero, como las cosas son como son y no como parecen, el Príncipe Encantador, por pura coincidencia, tendrá su oportunidad para consolidar su posición como Rey en el país republicano, e ir tirando unos cuantos años más. Ha llegado el momento de demostrar que la unidad del Reino depende de la gracia que los dioses conceden a sus representantes, que era lo único que faltaba por probar para poner el claro la necesidad de tener un Rey, al margen de lo que le apetezca a la mayoría.

FIN

Cuento de verano: Olvido busca Memoria

Ya sé que es un título raro para un cuento. Tenía pensado uno buenísimo pero no consigo recordarlo.

Yendo directamente al grano del asunto, el protagonista de este relato no es un pueblo concreto, ni una raza, sino una especie. La humana. Y el marco de referencia no es la Tierra, sino el cosmos. Puede parecer pretencioso, aunque no es exactamente mi intención.

Cuando quienes imaginaron el Universo habían ya colocado toda la escenografía, activado los mecanismos semiautomáticos y decidido los momentos en que se producirían los momentos más impactantes, y se disponían a disfrutar de los efectos, tranquilamente sentados en la primera fila de butacas, uno de ellos tuvo una idea singular:

-Pongamos la condición de que, en la evolución de las especies, una de ellas no tenga memoria.

El resto de los artífices del Universo estuvo de acuerdo de inmediato en que podría ser interesante, y ese y no otro es el origen de la especie humana, tal como la conocemos hoy. La ausencia de memoria afecta por igual a hombres y mujeres, porque lo importante para este cuento no es ignorar o no dónde dejaste las llaves o cuál era el traje que llevabas el día que se casó tu prima la de Logroño, sino que me estoy refiriendo a la Memoria colectiva, a los hechos claves de la Historia de la Humanidad que hubieran permitido reconocer porqué estamos y somos así, y no repetir más que los éxitos, evitando caer por segunda vez en lo que salió mal.

Me he referido en el párrafo anterior a “la Historia de la Humanidad” y, en realidad, no existe. Tenemos a disposición de los curiosos y eruditos una colección de anécdotas, en su mayor parte inventadas o tergiversadas, que es imposible interpretar, por mucho que te rompas la mollera. Como la especie humana es actualmente muy numerosa -hace tiempo que alcanzó la masa crítica-, hay centenares de análisis de lo que pudo haber pasado, y hay que reconocer que algunos llegan a conclusiones divertidas.

Tanta palabrería no impide ser claro en afirmar que la humanidad, como no tiene memoria, esté continuamente volviendo a empezar, para diversión de los dioses de esta gran aldea global, aunque lo hace cada vez con menos margen de actuación, como si estuviera representando ya el último acto. Esto explica -es un decir- que, con las tensiones entre pueblos y razas, que hace apenas un siglo desembocaban en guerras y operaciones destructivas de ámbito local, ahora tengan un carácter general, y por un quítame allá esas pajas, se esté a punto de organizar la de vámonos, Juana. Como si esto fuera un patio de colegio, los grandullones y los gallitos no paran de trazar líneas rojas y de tirar petardos al lado del vecino, que te dejaban sordo un par de días.

Aunque todo parece más estructurado, no hay tal. El origen de la tensión no ha cambiado, y es el afán de dominar y acapararlo todo que surge, como una enfermedad, en ciertos grupos y en todas las generaciones. La ausencia de Memoria es la razón.

A nivel individual, como han resuelto algunos estudiosos, lo deseable es llegar a la vejez con buena salud y mala memoria. Solo que, como especie, hemos llegado a este punto con mala salud y nula Memoria. Lo que es muy poco tranquilizador.

He soñado que los autores del libreto y la escenografía, en este acto, habían previsto que Olvido saliese a buscar a Memoria. Era un sueño muy entretenido, que me hubiera gustado recordar.

FIN