Cuento de invierno: El año que se perdió

Algunos de los habitantes de aquel lugar no sabían aún lo que pasaba -quiero decir, exactamente-, pero todos estaban seguros de que estaba sucediendo algo muy lamentable.

-Hemos perdido un año -fue, por fin, lo que acertó a expresar el portavoz oficial de la Academia de Sucesos y Hechos Consignables, que estaba realizando, como era normal desde que el tiempo es tiempo, la historia del lugar.

-¿Cómo pudo haber sido eso? -era la voz generalizada.

Buscaron entre las decisiones baldías, las discusiones sin objetivo, las protestas injustificadas, los descalabros manifiestos. Pero no encontraron el año. En el mejor de los casos, descubrían restos de otros años, que habían pasado desapercibidos.

-¡Mira qué curioso! -decía a su compañera de despacho en el Ministerio de Asuntos Urgentes, una funcionaria de nivel 27- Ordenando viejos archivos, he encontrado esta medida perentoria de hace diez años, que se me había traspapelado.
-Si yo te contara…-fue el comentario que obtuvo de su colega-. ¿Te acuerdas del expediente macrocefálico por el que se ordenó la demolición inmediata de un hotel totalmente ilegal en la Costa Placentera que pertenecía a la familia Porbolas?
-Algo me viene a la mente, sí. Se había armado mucho alboroto, y las asociaciones ecologistas estaban revueltas. Pero desapareció todo el mamotreto en un incendio, según me parece, y no se pudieron reconstruir más que las disculpas eximentes -expuso la primera, aprovechando el momento para arreglarse el moño con un prendedor de hojalata.
-Pues apareció ayer sobre mi mesa. Completito. Lástima que ya hayan caducado las acciones pertinentes y el hotel sea ahora propiedad de la mafia rusa, en donde tiene instalado un casino ilegal -concluyó la funcionaria segunda, lanzando un penetrante suspiro, que no trascendió más allá de la puerta blindada.
-Tiempos difíciles. Pero qué se le va a hacer. No es nuestra responsabilidad mejorar el mundo.
-No.

Los recovecos de la Administración Pública no eran los únicos lugares en donde se había estado buscando desesperadamente el año perdido. También la iniciativa privada había realizado una exhaustiva pesquisa, con idéntico resultado aparente. Los matices eran casi imperceptibles, pero existían para quien quisiera profundizar en ellos.

-Parece mentira que haya todavía gente que defienda que la gestión pública es mejor que la privada -expresaba el general director asociado de una empresa multinacional encargada de explotar eficientemente un servicio de primera necesidad, tomando el aperitivo de media mañana con su secretaria.
-Es típico de la izquierda irredenta -apostillaba la mujer, que aún estaba de buen ver y que se sabía, por supuesto, la lección estupendamente-. Quieren hacernos ignorar que los que se encargan de la gestión de las empresas públicas son incompetentes y corruptos y que el personal no está motivado, como en las empresas privadas.
-En efecto, en efecto. La gestión privada es la única que puede conseguir beneficios de los servicios de primera como de cualquier necesidad. Mira cómo les va a las pocas empresas públicas que aún quedan por privatizar.
-Ya.
-El bien común, como ya dice el Catecismo del Mercado, es la suma de los intereses individuales, y no se puede construir la casa por el tejado. Amén -y mientras tanto, desaparecían como por ensalmo las aceitunas y el guiski escocés-. Ponnos unas anchoas, Persuadido, ¡pero que sean de Bermeo, no de Borneo!, ¿eh?

Sin embargo, a pesar de los pesares, el año perdido no aparecía por ninguna parte.

Lo peor fue descubrir que no se había ido solo, que se había llevado muchas cosas.
-¿Dónde está la revisión de mi pensión de jubilación, que no la veo entre las promesas de hace dos años? -preguntó, asomándose a la ventana, un anciano que se había estado descornando durante más de cuarenta años descargando paquetes de chapa y fleje en una siderúrgica del norte del país, hoy en manos indias.
-¡No encuentro la ayuda para estudiar que me es imprescindible! -se lamentó una joven, después de revisar, inútilmente, su cartapacio con buenas notas y darse cuenta de su carencia de medios para seguir en el empeño.
-¿Alguien sabe dónde puedo encontrar mi empleo, que me dijeron que estaba garantizado? -inquiría, angustiado, un muchacho con aspecto de haber estado toda su vida formándose para tenerlo. Una mano extraña le señalaba, con gestos, la salida.

El año perdido se había llevado muchos de los logros sociales que se creían afianzados en la sociedad del bienestar, pero también, había conseguido arrancar con él la ilusión y la confianza de muchos corazones, dejando un poso de amargura muy molesto como contrapunto.

-¿Qué podemos hacer? -era la pregunta generalizada, salvo en unos pocos reductos en los que no había necesidad de hacerse preguntas, porque solo les interesaban las respuestas que les complacían.

Estaban en esas, cuando apareció un tipo tan campante, con muy buen aspecto. Parecía que la crisis no contaba con él.

-Yo lo solucionaré -dijo, decidido, quitándose el sombrero y arremangándose la camisa.
-¿Quién eres tú? -le cercaron, atónitos por el desparpajo, las gentes del lugar.
-Soy el año nuevo -fue la respuesta sonriente-. Y, mi fórmula es muy sencilla. Solo miro hacia el futuro. Así que dejar de preocuparos por lo que pasó, y trabajad con ahínco por lo que queda por venir.

Resultó una magnífica propuesta. Y los lugareños (la mayoría) se olvidaron de seguir buscando el año perdido, pero no por ello dejaron de hacer la mayor parte de aquellas cosas que no habían podido o querido, realizar con anterioridad. Aunque lo que más les satisfizo es encontrar que el año nuevo tenía muchas, pero que muchas, oportunidades. Solo tenían que estar atentos a descubrirlas, sin dejarse engañar por los que solo miraban lo que a ellos únicamente convenía.

FIN

Cuento de invierno: El inconfesado privilegio de la cantante calva

El Sr. y la Sra. Pérez están sentados en torno a la mesa de la cocina, mientras el reloj de la Plaza del Sol emite las primeras veintisiete campanadas.
Sr. Pérez: ¡Vaya, hace solo unas horas que ha terminado 2013 y aún estamos esperando a que llegue!
Sra. Pérez: Ha sido un año terrible, y si no ha acabado, es normal que se retrase su comienzo. Lo mejor sería que no llegara nunca, porque entonces seríamos tan felices como si no hubiera existido jamás.
Sr. Pérez: (Se limpia con la servilleta los restos de confeti) El pavo estaba exquisito, mucho mejor que el del año pasado, aunque no recuerdo si el año pasado tuvimos pavo para cenar. Debe ser porque esta vez no lo has rellenado de orejones ni pasas.
Sra. Pérez: No lo creo. El año pasado tuvimos a tu madre por estas fechas, Y este año no le he puesto pavo al pavo, lo que le da un gusto especial.
Sr. Pérez: Sí, lo he notado. Un sabor a pavo muy característico, como el que no comimos el Día de Acción de Gracias. (Se produce un pequeño silencio, que puede durar entre diez o solo unos pocos minutos. Cuando está a punto de terminar el enojoso paréntesis, el Sr. Pérez se levanta, parsimonioso, y hace como que mira por una ventana inexistente un paisaje inexistente. Está así, de espaldas al público, durante varios minutos, que parecen un siglo. El reloj de la Plaza del Sol emite tres campanadas y media). Vuelven a ser las doce por segunda vez en esta noche, y la cantante calva sigue sin aparecer. Vamos a tener que celebrar, otra vez, el fin de año sin ella.
Sra. Pérez: Me ha dicho la vecina que está de viaje en Londres, para abortar. Ha tenido la mala suerte de quedar embarazada otra vez en el pasillo. Un embarazo claramente no deseado.
Sr. Pérez: ¿Otra vez? No deberían hacer pasillos tan largos en las casas… Luego dicen que no hay dinero. Ganas de fastidiar, es lo que hay. (El Sr. Pérez pronuncia “fastidiar” como si se refiriera a un acto pecaminoso)
Sra. Pérez: Parece que se encontró con un calzoncillo del bombero mientras quitaba el filtro del polvo al aspirador. Estaba agachada, en una postura muy incómoda.
Sr. Pérez: Es intolerable que hagan bomberos tan largos. Deberían ser más exigentes en las pruebas de admisión, como antes.
Sra. Pérez: Me pregunto si lo sabrá su marido. A él le gustan mucho los niños.
Sr. Pérez: No lo creo. Es un hombre la mar de despistado. El otro día se olvidó sus modales como si tal cosa, y salió a la calle con un humor de perros caniches.
Sra. Pérez: En todo caso, habrá que decírselo algún día. La ignorancia es la madre de todos los vicios.
Sr. Pérez: ¿Decirle, qué?¿Qué su esposa ha ido a abortar a Londres o que su pasillo es demasiado largo para un bombero?
Sra. Pérez: (Se sienta sobre la mesa de la cocina, levantándose la falda hasta la altura de los calcetines, que lleva anudados al muslo izquierdo). ¡Qué tonto eres! Seguro que el le ha pagado el viaje y está de vuelta de todo. Es ex-Ministro del gobierno y, gracias a Dios, no le faltan recomendaciones para hacer lo que le venga en gana. Trabaja para una multinacional desde que fracasó como Ministro.
Sr. Pérez: Pero…¿lo sabe, no lo sabe? Me muero de curiosidad.
Sra. Pérez: Se lo preguntaremos al bombero, él suele estar bastante enterado de lo que pasa por ahí, y, sobre todo, por aquí. (Suenan las últimas veinte campanadas. La Sra. Pérez trata de seguir el ritmo comiendo uvas, pero se atraganta y las escupe). ¡Cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando éramos terriblemente felices! Y eso que, en aquel tiempo, no teníamos nada. Ni reloj.
Sr. Pérez: Sí, como no teníamos nada, cualquier cosa que hiciéramos nos bastaba para creer que hacíamos algo (Se queda pensativo). Este reloj retrasa continuamente. Así no hay quien se ponga de acuerdo sobre el momento en que hay que decidirse a ser feliz.
Sra. Pérez: Piensa en positivo. Por lo menos, nosotros no tendremos que ir a Londres a abortar.
Sr. Pérez: (Se mira los pantalones, y hace un gesto de impotencia). No, ya no nos hace falta. Desde hace años no vamos a ninguna parte. De la cama a la mesa, de la mesa a la cama. Un día, y otro, y otro.
(Llaman al timbre. Aparece la cantante calva, luciendo un moño estrambótico y el bombero, que se distinguirá porque lleva un casco de motorista. La Sra. Pérez se va hacia la falsa ventana y hace como que mira por ella, sin mirar).
Sra. Pérez: ¡Adelante! La puerta está abierta, Como no tenemos llave, tampoco tenemos puerta.
(Entran los recién llegados, y el Sr. y la Sra. Pérez se disponen para salir).
Cantante calva (con un tono algo cantarín, pero no demasiado, como de haber bebido unas sidras): Venimos de alborotar en Torrelodones.
Sra. Pérez: Había entendido que se habían ido a disfrutar de Londres este fin de semana.
Bombero: Era solo para despertar sospechas y presumir. En realidad, no hemos salido del país.
Sr. Pérez: Qué decepción. Es una broma intolerable, impropia de gente decente. No lo toleraré. No es propio.
Cantante calva: Pero, piense, Sr. Pérez, que ha tenido el mismo efecto. Todo quedará en casa. Eso sí, para que no vuelva a suceder, he mandado que reduzcan mi pasillo a la cuarta parte. Una couloirtomía, creo que se llama. De esas que hacen gratis en las clínicas de inseminación in vitro.
Sr. Pérez: (para sí) Hasta que no reduzcan el cuerpo de los bomberos no dejará de haber incendios en las casas. Sin contar con que los niños que nacen en una probeta no creo que tengan el alma como los demás. Al menos, no todos. Tal vez, uno de cada seis o siete. La Iglesia de Madrid no consentiría tamaño despilfarro.
Sra. Pérez: (Intenta marcharse del escenario, arrastrando durante un rato, sin darse cuenta, la mesa; la vuelve a poner en su sitio, cuando advierte que se está quedando con el culo al aire) ¿Se lo ha dicho alguien al marido de la cantante calva, antes de que se entere por otra persona que no sea de su confianza? Y todavía más importante: ¿No habrá nadie que explique a la gente que la fecundación artificial es una estafa, y que los niños que nacen de una probeta no tienen alma hasta que son niños?
Bombero: Imposible. Está de viaje de negocios en Londres. Ha ido a abortar con su único amor de toda la vida. Dicen que solo te hacen una pregunta, algo así como cuánto dinero tienes. Aunque es necesario jurar que no eres católico ni nada de eso.
Cantante calva: Es porque abortar allí es legal si puedes permitírtelo. Yo prefiero ir a alborotar a Torrelodones, que es lo que yo he hecho. Me gusta, porque sigue siendo ilegal y es mucho más barato, porque todo queda en casa. (Avanza hacia el frente del proscenio). ¿Les canto algo, o les vale igual que guarde silencio durante el mismo rato? ¿Les gustaría que callara el aria Glitter and be gay?
(Hay un largo y apestoso silencio. El bombero y la cantante calva ocupan exactamente los mismos sitios que el Sr. y la Sra. Pérez. El reloj de la Plaza/Puerta del Sol emite veintisiete campanadas)
Bombero: ¡Vaya, hace solo unas horas que ha terminado 2013 y aún estamos esperando a que llegue!
Cantante calva: Ha sido un año terrible, y si no ha acabado…
(Cae el telón. Un tipo, que se parece mucho al Presidente de Gobierno o al Ministro de Justicia, pero que lleva un cartel al cuello en el que se lee Eugene Ionesco -o algo parecido- invita a la gente a que se marche, pues la función está a punto de empezar y deben dejar la sala vacía. La cantante calva sigue exactamente el libreto, aunque ahora lo va cantando con su voz de contralto de coloratura).

FIN

Cuento de invierno: Ego

Al nacer, lo primero que hizo fue mirarse el ombligo. Con todo, nadie advirtió el menor problema que aventurase su peculiar desarrollo posterior. El parto había sido normal, siguiendo los protocolos y cauces naturales; el peso de la criatura se situaba en el percentil coincidente con la moda; la longitud resultaba ni desmesurada ni corta, acorde.

Como cualquier naciente, no bien le habían puesto sobre la mesa camilla para limpiarle de los mocos, se lanzó a berrear, destemplado, y, como si quisiera tomar posesión de un territorio, lanzó al aire lo que se consideró -por los suyos- salutífera meada.

-Le llamaremos Evo, porque el parto ha sido largo -dijo el padre, que era afamado filólogo, cuando lo tuvo ante sí, contándole de memoria los dedos de las manos y los pies, al tiempo de levantarle con discreción la camisuela.
-¡Qué nombre tan raro! ¿Por qué no lo llamamos Casiopeo, como mi difunto padre? -musitó la madre, que empezaba a sentir los primeros entuertos y no estaba para discusiones baladíes.
-Sea como quisieres. Le pondremos de nombre Evo Casiopeo. Como Evo, indicaremos al mundo que está destinado a perdurar; y si quieres llamarlo Casiopeo, sea porque a ti te da la gana.

No acabó aquí el asunto, pues, cuando el funcionario del Registro Civil anotó la inscripción que correspondía por el nacimiento, por incomprensible alteración fonética -que no por defecto de dicción imputable al progenitor de la criatura-, anotó Ego y no Evo como nombre del nacido, y el error pasó inadvertido hasta que nuestro protagonista recogió el certificado con el que se le acreditaba oficialmente como bachiller.

No hubo vuelta atrás, porque el Registro era inmutable y por no repetir los años del periplo estudiantil, Evo pasó a ser desde entonces, Ego, a lo que, por la proximidad acústica, nadie prestó importancia, pues el progenitor filólogo había fallecido un año antes, víctima de un discusión fatal con los colegas de la Academia, que su corazón no había resistido. (No trascendió el asunto de la controversia, aunque el conserje asegura que se estaba tratando en Sesión plenaria la incorporación a la próxima edición del Diccionario de una nueva acepción al verbo tremolar).

La única que podía haber puesto el grito en el cielo, su madre, siempre lo había llamado Casiopeo.

Si el hábito hace al monje, no digamos el nombre. Ego recubrió de honores y méritos al mismo de inmediato. En realidad, fue como si hubiera tomado consciencia repentina de la dimensión de su yo interior. Aunque en el aspecto exterior no llegó a adquirir gran contextura, resultando quedar más bien canijo, cuando se trataba de valorar sus cualidades ocultas, Ego se veía poseedor de las mismas en tales proporciones que su pretensión era claramente desproporcionada, lo que, como a todo presuntuosos, solo a él pasaba inadvertido.

Ego, que ya se creía listo de raíz, pasó a considerarse el más capaz en todo. Si antes se juzgaba el más adecuado para algunos concretos asuntos, al poco, con o sin razón, empezó a ponerse medallas en los más variados y por cualquier ocasión, ya fueran por su propio mérito o de otros, resultaran derivadas de hechos reales o de historias inventadas. Era el mejor en saltar obstáculos a la pata coja, memorizar versos sueltos de Rilke, y enhebrar agujas sin ojo con los suyos cerrados. Apostaba con los pocos amigos que le iban quedando, ser el más diestro en las materias más insólitas, tanto las pertinentes como las inútiles. Cuando acertaba, su propia estimación crecía peldaños; si fallaba, olvidaba de inmediato su fracaso.

-¿A que te gano a decir palabras que empiecen por Orto? -parece que le preguntó a una compañera de la Enseñanza Secundaria, que le gustaba algo, a la salida de un cine en donde acababan de ver una reliquia en versión original.
-Solo conozco Ortopedia y ortorrinolagingólogo -fue la respuesta que obtuvo de la muchacha, a la que no volvió a ver.

Ego acumulaba aficiones, y en todas estaba dispuesto a triunfar, sin que tolerase la menor oposición a su impenitente liderazgo. Cuando iba de pesca, no le importaba volver a casa con las manos vacías (que era lo habitual, pues los peces que pudiera haber en los ríos nadaban ya en el otro mundo); al cabo del tiempo, Ego se apuntaba mentalmente a un nuevo éxito, del que alardeaba ante quienes no habían ido con él, ni, por supuesto, interesaba el tema.

-¡Pescata la de aquél día de hace tres años, en los albores de mayo! Cogí un mogorro tan grande que tuve que cortarle la cola para que cupiera en el maletero del coche… -explicaba a los colegas de la Asociación de Cazadores de Muflones, a los que había invitado a pinchos de tortilla.
-¡Abatí un macho de doscientos puntos a medio kilómetro de distancia! -presumía en la Tertulia de Amigos del Salmón Noruego, mientras degustaban unas aceitunas rellenas de sucedáneo de anchoa y vermut de garrafa, que él había pagado.

Ego, que no tenía abuelas, engordaba su yo en la medida en que su empatía enflaquecía. Sacando el hilo a su madeja de virtudes soñadas, la bufanda de su egolatría le daba cada año varias vueltas al cerebro.

Se hizo insoportable. Se tenía, sin tapujos ni límites, por el más ingenioso, el mejor, el único que valía. Estaba siempre presto a detectar defectos ajenos y ensalzarse a sí mismo; encontraba giros vergonzantes y retruécanos lastimosos para las frases de otros, apretándoles en su humildad, discreción o bonhomía, y se aficionó a contar chistes y chascarrillos que el solo reía, a carcajadas.

El comienzo de la vejez, no le impidió seguir encontrándose tan guapo. Al contrario, para resaltar las canas, se hizo confeccionar una colección vaporosa de sombreros de ala corta. Usaba varias capas españolas para ocultar su incipiente cojera (artritis del trigémino), ardides con los que creía despertar pasiones de ambos sexos, las que, en todo caso, despreciaba.

Murió en olor de egolatría. Nadie acudió a su funeral, ni siquiera él mismo. No encontraron su cuerpo cuando, al cabo de unos meses, advirtieron su ausencia y, yendo los del club de Regatas a su casa acompañados de la policía, se toparon con el piso vacío y una nota manuscrita en la que Ego afirmaba que un carro de fuego tirado por caballos de idéntico fulgor había venido a buscarlo para llevarlo, indemne, al Paraíso, en donde volvería a llamarse Evo, para siempre incorrupto.

El conserje (el mismo de antes) cree que todo este manejo no es sino un truco de Ego para llamar la atención, pero lo cierto es que no se supo más de él y, pasados los años pertinentes, un sobrino segundo, para cobrar algo de la herencia, solicitó que le expidieran el certificado de ausente y, por dispensa papal, el obispado accedió a que se le dedicaran unas misas in corpore svanito.

No me fío. Cuando noto que, cerca de mí, alguien empieza a enaltecerse, temo que Evo Casiopeo se haya reencarnado en su pellejo y huyo de él como de la peste. No estoy para mediocres sublimados, ni para aguantar egos de personajillos de opereta.

FIN

Cuento de invierno: El trepador y la pitonisa

A Asbel Casposeiro le gustaba desde muy niño apostar, porque siempre ganaba. Los que jugaban contra él le atribuían una suerte increíble, pero lo que sucedía era que Asbel se la buscaba. Hacía trampas. Porque lo que le gustaba no era exactamente apostar, sino ganar, y para conseguir este objetivo, todo le valía.

Una afición se cultiva, se perfecciona, se mejora, hasta un límite en que no es posible avanzar más, porque no hay ya nada que conseguir. Habría que cambiar completamente de escenario, dejar de ser uno mismo o desaparecer en el olvido, envuelto en gloria efímera. ¿Qué puede hacer un escalador de élite, por ejemplo, cuando ha alcanzado la cima de todos los ocho mil que hay en la Tierra?

Nada, absolutamente nada más.

Solo le queda retirarse de inmediato, encerrarse en su casa entre recortes de periódico que se pondrán cada vez más amarillentos, ver concursos inanes por la televisión, dejarse llevar por la desazón o la amargura, o hacer calceta y tortas de higo con los recuerdos.

No tiene sentido que se ponga a escalar los siete mil o los cinco mil quinientos, o a hacer kilómetros y kilómetros de llano.

No lo comprendería nadie. Puede que haya tenido, al principio de su descenso obligado, la tentación de hacer cumbres menores, para entretenerse. Puede que le atrajera recordar los viejos tiempos del penoso aprendizaje. Puede. Pero un trepador de primera división no puede entregar su tiempo a operaciones que quedaron por debajo de su categoría. Si lo hiciera, perdería sentido todo su esfuerzo anterior. Los hitos menores deben dejarse para los que pertenecen a categorías inferiores, que son los que aún pueden aspirar a subir, si es que les queda recorrido personal para ascender más alto.

Por eso, cuando un escalador avezado ha escalado todos los ocho miles de la Tierra menos uno, lo normal es que demore conscientemente emprender la subida a este último pedestal, porque sabe que, cuando lo consiga, ya no tendrá nada que hacer, y solo le quedará bajar de lo alto y ser olvidado por los que le aplaudieron mientras subía.

Asbel Casposeiro era un escalador, pero no del tipo ese al que le preocupan las montañas. Su obsesión era llegar muy alto en el mundo de las finanzas, es decir, el del control y disfrute del dinero. Esa modalidad de escalada tiene, cómo no, sus artes, sus triquiñuelas, sus perendengues. Como en todo deporte, la mayor parte de los que lo intentan, se quedan en el camino, porque le fallan las fuerzas o la bicicleta; aún más: la inmensa mayoría de los humanos, ni lo intentan jamás, autocensurándose, lo que hace que el grupo de los escaladores del top ten de las cordilleras financieras sea realmente muy, pero que muy reducido.

Ni siquiera existe una Federación de Escaladores Financieros de Elite, porque no es necesaria. Como dijo uno de ellos, “escaladores financieros de élite, lo que se dice escaladores de élite, somos muy pocos”.

Estar arriba es apetitoso. A los que están arriba todo el mundo los admira. Los envidiosos opinan que hay que torcer mucho el cuello para verlos en lo alto, y eso reduce la cantidad de sangre que pasa por la cabeza, arriesgando dislocaciones. Es una hipótesis, desde luego. Pero hay otras, cuya exposición nos llevaría un tiempo del que no disponemos, al menos, por ahora.

Asbel llegó a escribir en una Agenda de esas que regalaban los Bancos con mayúsculas, antes de la penúltima crisis, una frase que revelaba su objetivo vital: “El éxito es solo el mejor medio de evitar el fracaso”. El resto de las páginas de la Agenda quedaron, sorprendentemente, vacías.

Persistente en el oficio que le daría beneficio, Asbel dedicó su juventud a engordar su currículum, acumulando títulos y certificados, sin importar que lo fueran, ya por haber asistido simplemente a una Conferencia Más del Círculo de Lectores Empedernidos o al Reparto Anual de Premios a Funcionarios Silentes de la Embajada de Pakistán. La carpeta de títulos y certificados llegó a estar tan llena que tuvo que comprar otra; y luego, otra, y otra más. Era impresionante el dossier. Tanto, que también tenía una carpeta en la que guardaba el resumen de las otras, a modo de guía.

La dedicación para robustecer su historial de logros para-académicos y experiencias hiper-complacientes no tendría sentido sin una carrera paralela como atesorador de éxitos contantes y sonantes en el expreso mundo que más le interesaba, que era, como tenemos dicho, el del dinero.

Casposeiro se esforzó, por ello, en participar en el máximo de operaciones económicas, eligiéndolas de manera que fuera más que aparente su creciente dificultad, y haciendo, a la deriva, que su caché fuera cada vez más y más alto y, de refilón, la confianza que su manera de hacer despertaba entre los que le merecían la pena, más y más profunda.

Asbel Casposeiro, que estaba hecho e iba derecho para triunfar, solo aceptaba aquellas encomiendas en las que tuviera todas las de ganar. Que exige andar con ojo, irse con tiento bordeando precipicios, huir del compromiso si no hay quien patrocine, apoyarse en otros que jalen de la cuerda y aguanten los rampones, aguantar el tipo cuando escasea el oxígeno, mover ficha en un descuido y descansar en campo base. Técnicas de resistencia que se aprenden, como todo en la vida, cortando para capar.

Sus comienzos fueron modestos, aunque nítidos. Estuvo como limpiador de Balances en el equipo que descubrió remedio para salvarse de quiebras fraudulentas; fue incluso clac en el grupetto que aplaudió a rabiar cuando tuvo que declarar como imputada de trata de negras la Signora Conturbata, regidora de un prostíbulo del que era asiduo, defendiendo la pureza de costumbres, llamándola meretriz y haciéndole peineta .

Pero todo no tendría mayor valor sino lo hubiera ido revistiendo de celofán, cintas de colorines, miel y polvorones. Se afilió a las Juventudes Veneradoras del Santo Erial y no se perdió durante años, Sabatina ni Martesada de los Presuntos Adoradores del Íncubo Maligno. Se hizo íntimo amigo del hijo del Capitán Trueno de las Guardias Reales, que lo introdujo, a su vez, en el clan de los Mozos Perturbadores, y se casó, eligiendo bien entre varios pedigríes, con la hija única del Presidente del Banco de Maquinenza y Otras Hierbas Aromáticas, Marqués del Puente Colgante, Duque de la Enrevesada.

Las invenciones que apuntalaron su currículum fueron agresivas, aunque bien muñidas. Presumió de haber estado seis veranos seguidos en Londres aprendiendo inglés, sin necesidad de moverse más que al McDonald´s de al lado de su casa, en donde hizo suplencias durante una semana y se apañó para falsificar un Certificate; alardeó de disponer de un Master sobre Control de Siniestros y Diestros obtenido con nota media de notable alto en la Escuela de Exitos Empresariales Garantizados en la localidad de Tennesy Williams, aunque solo había aprobado dos o tres asignaturas y hecho, como únicas, las prácticas de Formularios Para Cobrar el Paro.

Asbel, como cualquiera que hubiera sido aligerado de los propios pesos por sherpas mercenarios que, por ser de otra raza, no competían con lo suyo, se dejó llevar en volandas hasta las bases más altas, y, empujado por vientos a favor hasta cimas que hubieran sido letales para otros, se encontró así encaramado en una de las picorotas del mundo de las finanzas, en donde importan tanto o más las relaciones que los éxitos, porque es sabido que los segundos provienen del recto de las primeras.

Pero cuando Asbel Casposeiro estaba muy alto, sintió pánico, no por crecer aún más, que ya le era imposible, sino por la caída que presumía era lo que le forzarían a hacer las fuerzas del sistema. Porque subir es una cosa, ya que se tiene a la vista el objetivo querido; pero bajar es diferente, porque lo que espera es el suelo, puro y duro. Es lo que los expertos llaman miedo a las alturas, en el que al que ha subido mucho le atenaza no tener dónde agarrarse, ni para bajar sirven más apoyos que, allí donde sea posible, poner las posaderas.

Tenía, además, el tal Asbel, nuevas razones. El ambiente se había enrarecido, y el monte ya no era de oréganos, sino que se había complicado con muchos espinos, grietas, hoyos, y hasta aparecían, donde menos se espera, salvajes mastuerzos que, sueltos de amarras, apuntaban a dar para cobrarse cabezas de proboscídeos y cornúpetos. Algunos de sus compañeros de aventuras habían tenido, por eso, que disimular de dónde provenían, disfrazándose de aura mediocritas, escondiéndose en niveles bajos -lo que se dio en llamar perfil discreto- o yendo, con lo ganado y lo comido tanto como por lo servido, con el petate y los dineros salvados, a algún paraíso extranjero, en donde habían sido recibidos como caídos del cielo, benefactores angélicos, opulentos vecinos muy discretos.

Casposeiro, preocupado por que presentía llegada la hora de bajar, y, aunque siendo creyente, también podía llegar a ser desconfiado, acudió por su cuenta y riesgo a una pitonisa que tenía un ojo clínico de cristal, para que le leyera con él lo que pudiera entrever del futuro que le esperaba y, sobre todo, si su ciencia era cierta, le ilustrara de cómo salir bien librado del árbol alto al que estaba subido, esto es, sin romperse la crisma en la caída.

-¿Amores o dinero? -fue la pregunta que le hizo, nada más sentarse ante su bola, la vidente.
-Amor al dinero -respondió Asbel, sincerándose, e intentando a la par arrebujarse en el asiento, donde un clavo del tapizado le estaba marcando las nalgas.
-¿Pasado o futuro? -prosiguió la que aparentaba ser más vieja, manejando un mazo de cartas pegajosas de un Tarot al que faltaban, por no meterse en líos, El carro de la Fortuna y La Muerte.
-Efectos del primero sobre el segundo -contestó el trepador, mientras cortaba, siguiendo las instrucciones que le daban, el paquete, lo que dejó al descubierto la carta de El Colgado, por un lado, y, por el otro, asomando, la Justicia.

La anciana vidente extendió varias cartas más sobre la mesa, y se quedó un buen rato pensativa, mirando los arcanos. Luego dijo:
-Veo cosas buenas y cosas malas en tu vida. De unas, podrás librarte. De otras, no.

Asbel Casposeiro, se revolvió, inquieto. Le picaba el trasero.
-De las cosas malas que ves, ¿hay alguna que lo sea tanto como para que me destroce la vida?

Casposeiro pensaba en el riesgo de que se le descubriera la tostada y diera con sus huesos en la cárcel, como fuera ya el caso conocido de otros precedentes.
-De todas vendrá solución, menos de las que no la tengan- pronosticó la anciana, sabia en obviedades.

-Si la casa se me inunda, ¿saldré nadando? -inquirió, siendo algo críptico, el magnate, que no quería dar demasiadas pistas pero que no iba a marcharse sin sonsacar la orientación que le trajera a aquel sitio.

La pitonisa, que no estaba al tanto más que de lo trajeado del porte del que tenía enfrente, presintió con su presunta agudeza que el cliente padecía la típica opresión de una suegra de las que se entrometen en casa de su yerno y dedujo, por lo mucho que se movía en la silla, que el infeliz debía estar sufriendo de feroces almorranas.

-Aguanta. El tiempo quitará pesos encima. Encontrarás pomada para aliviar picores -fue lo que la vidente creyó como reconfortante y tranquilizadora respuesta. Lo que puso a Asbel en el camino de buscar una sinceridad mayor, sintiendo que había carne y no solo hueso en el tema.

-Pero, dime, ¿qué hago con mis pies de barro? ¿Aguantarán?

La gitana, que venía de Braila, un pueblo de Rumania, y no llevaba muchos años en el país, miró, por debajo de la mesa, los zapatos acharolados de Asbel, efectivamente manchados por el barro, y pronosticó, quitándole importancia:

-No preocupes. Limpio todo cuando vayas. Próxima vez, mirar las rejas.

Absel Casposeiro sufrió un escalofrío. No tuvo duda de que se le avecinaban tiempos muy convulsos. Como había ya pagado a la entrada la consulta, abandonó con prisas la salita de la vidente, y se metió a toda marcha en el coche que le esperaba fuera, diciéndole al chófer que le llevara a casa, porque le dolía bastante la certeza.

En el camino, se les cruzó un camión de la basura con el que no pudieron evitar el choque. Hubo desperfectos, pero Asbel no dejaba de pensar en que más dura le habría de resultar la caída, en el caso de que se produjera, como entendía que le había predicho, a las claras, la vidente.

FIN

Cuento de invierno: Las calzas de Doña Presunta

Se acercaba el cumpleaños de Doña Presunta, y su esposo, Don Precavido de Melindres, no tenía claro qué podría regalarle para tan singular ocasión. Los señores de Melindres disfrutaban, hasta ahora, de una posición desahogada (él era Pagador habilitado de clases pasivas). Para mayor abundamiento del bienestar de que gozaban, Doña Presunta era (había sido) hija única de los condes del Real Puente de la Carta Magna, y, aunque el título se había perdido, la dilecta señora había heredado un torreón vigía en los Monegros, que aún tenía vestigios de unas piedras que muy bien podían haber sido parte del escudo nobiliario de algún antepasado.

Don Precavido llevaba ya treinta y dos años teniendo un detalle con Doña Presunta, que fuera, al mismo tiempo, testimonio de imperecedero afecto hacia su cónyuge y alibi o tapadera de una afición que no estaba dispuesto a confesarle más que en su lecho de muerte. Porque, como tantos mentirosos, el Pagador habilitado cantaba en el sitio bendecido y ponía los jueves por la tarde sus huevos en otro diferente, actividad salutífera que le proporcionaba distracción en su aburrida existencia, a la que esta travesura dotaba de emoción y frescura.

Como Doña Presunta no era coleccionista ni aficionada a la ópera, los treinta y dos regalos de cumpleaños que jalonaban la vida en común con su farsante esposo, eran todos diferentes. Como Don Precavido concedía máximo valor a lo que perdura, no había llevado al hogar en tales momentos, tartas o bizcochos, o ramos florales, sino materia prácticamente imperecedera. Un año, fueron figuras de porcelana; otro, unos colgantes de oreja con las iniciales de ambos; aquel, un libro de recetas de cocina; para el décimo cumpleaños, una sortija con una falsa esmeralda, prácticamente verdadera. Y así, siguiendo.

Pero aquel año a Don Precavido se le agotaron las ideas. Por más que discurría, no se le antojaba nada conveniente. Y cuando estaba ya a punto de vencer el plazo, preguntó por una sugerencia a su amante de tantos años, a quien, para respetar la intimidad de la señora, viuda en la actualidad y, cómo no, respetabilísima, llamaremos por el seudónimo de Doña Agraciada.

-Regálale unas medias -fue la escueta orientación.
-¿No será poco? Piensa que Presunta es exigente -replicó Precavido.
-No hablo de unas medias cualesquiera, sino de unas que tengan dibujos atrevidos y de esas que se ajustan con liga en los muslámenes.- siguió Agraciada, dándole a la rueda.

Don Precavido se quedaba ya a punto de convencer mientras se ajustaba el cinturón. Y, recogiendo el maletín con las notificaciones de pensiones y nóminas que le habían quedado por repartir, habló desde la puerta, dando un beso a Agraciada en el pómulo derecho.

-No tengo yo gusto para esas cosas. Comprámelas tú, que ya te las pagaré. Y haz que te las envuelvan para regalo.

Todo sucedió como estaba acordado. Y el día del cumpleaños, Don Precavido entregó a Doña Presunta un paquete primorosamente adornado con una cinta de colorines, en cuya cima se había pegado una etiqueta que rezaba: Felicidades.

Doña Presunta recibió el paquete con alborozo, pues, como a todo quisque, le gustaban los regalos. Lo abrió sobre la marcha, y dejó al descubierto unas calzas de las que llegan hasta la parte más alta del muslo, con sus ligas propias, de puntillas, y hechuras tales que componían un entramado o dibujo que se podía considerar damasquinado.

-¡Qué preciosidad, Preca! ¡Qué gusto tienes! -decía la buena señora, dándole ósculos a diestro y siniestro al cornachuelo.
-Pues póntelas, nena -apuntilló el gaznápiro- Y salgamos prestos a lucir esas piernas de corista. Que te las vean, mi pelandusquina, que te vean.

Cuando Doña Presunta empezó a meterse las gambas en las calzas, una tarjeta de esas que dicen de visita se cayó de una de las medias, en donde, al parecer, estaba oculta. Sin necesidad de ponerse las gafas, pues Dios le había conservado buena vista para las cosas en donde no se precisan imaginación ni entendederas, la buena mujer pudo leer en voz alta lo que creía que era una expresa felicitación para su cumple:

“Donde terminan estas medias empieza, entera, mi dicha. Tu palomo procaz.”

Y, entonces, solo entonces, Precavido se dio cuenta que aquellas mismas medias habían sido, años ha, uno de sus regalos de amante encelado a su Agraciada.

Aguantó, impávido, el empuje desatado en Doña Presunta, que les llevó a ambos a caer, abrazados como una madeja, sobre la cama. Y mientras se debatía, azorado, entre las sábanas, se preguntaba el infeliz qué demonios le habría querido significar, creando aquel entuerto, la que había sido, al menos hasta entonces, su más querida.

Porque tuvo claro que aquellas calzas a Agraciada no le habían gustado, o no entendía porqué, si no, las tenía que haber puesto a circular por la tranquilidad de su hogar de tan aviesa manera.

FIN

El texto perdido del Discurso de Navidad del Rey Juan Carlos

La Casa Real acaba de informar que se ha encontrado el discurso que se había preparado para que el Rey Juan Carlos lo pronunciara con motivo de la Navidad de 2013. Al darle ahora difusión, pide disculpas por haberse tenido que improvisar apuradamente un texto alternativo, en el que se han tenido que utilizar recortes de los mensajes de años anteriores.

A continuación, se recoge el texto perdido (y que, según parece, se había traspapelado entre los envoltorios de los regalos de Papá Noel, fiesta que la Familia Real viene celebrando en lugar de la de los Reyes, desde que el príncipe Felipe descubrió que los Reyes eran, en efecto, los Reyes).

“Queridos compatriotas:

Seré especialmente breve este año. Se bien que pocos estaréis viéndome ante la Televisión, porque, con razón, después de haberme oído repetir las mismas ideas, preferiréis dedicar vuestro tiempo a otra cosa. Tendréis ocasión mañana de conocer lo fundamental de lo que voy a decir, y comentarlo entre vosotros, porque el día 25 de diciembre no hay fútbol.

Los tres temas de que quiero hablaros son éstos: la imputación de mi yerno Ignacio Urdangarín (yo nunca lo llamé Iñaky) y, por lo que me han filtrado, la de mi hija Cristina; la intención separatista de bastantes catalanes, que quieren formar un estado independiente, y, por supuesto, republicano; y la incapacidad de la economía española para recuperarse.

Se que la mayoría de los españoles sois republicanos, así que me he preguntado muchas veces porqué se soporta un Rey, que es una figura anacrónica, como lo prueba el que solo se mantiene en algunos países subdesarrollados -económica o mentalmente-, como Inglaterra, Suecia, Holanda, Bélgica y ciertas antiguas colonias africanas europeas. No lo sé, la verdad. Tal vez la razón principal es que las alternativas no os convenzan, o que, sencillamente, os guste creer que tengo sangre azul y que poseo poderes especiales. Como los españoles, en general, son gente muy crédula o muy confiada, no me extrañaría cualquier cosa.

He puesto en la página web de la Casa Real la comparación entre lo que cuesta un Rey y un Presidente de la República, y, como veréis, los costes están más o menos equilibradas. Lo comido por lo servido, vamos. Lo que no me negaréis es que un Rey farda más. Y aunque, en mi caso, he tenido que ayudar a varios miembros de la familia, tanto de la mía como de la mi mujer, tampoco en eso veo el asunto diferente a lo que han hecho cientos de presidentes republicanos. Pero que nadie crea que me estoy defendiendo, las cuentas están claras y guardo los justificantes. Con todo, mi puesto está permanentemente a disposición, y hasta, cuando lo comento con Spottorno, me maravilla el tiempo que este reinado está durando, para lo que se acostumbra aquí-

No quiero que nadie se haga la ilusión de que Cristina va a ir a la cárcel. Hasta ahí podíamos llegar. Ni siquiera voy a consentir que enchironen a mi yerno. Ya está bien de tonterías. Se que está trabajando mucha gente importante para que esto no suceda, y tengo confianza en Roca para que movilice sus contactos, y, allí donde haga falta, ponga el énfasis jurídico adecuado.

No juzguéis y no seréis juzgados. Lo que hicieron puede sonar mal a algunos, pero es lo que hace todo el mundo que tiene alguna influencia. Si este país ha querido tener una familia real, tiene que asumir que, con discreción, que es lo que se estaba haciendo, íbamos a aprovecharnos del puesto. El fallo no ha sido nuestro, sino del sistema. Pero ojo, que nunca se sabe cómo pueden acabar las cosas. Se que hay grupos de fieles que están dispuestos a acudir a utilizar la fuerza, lo que a mí, como comandante supremo del Ejército no voy, en este caso, a intentar controlar. No me va a temblar la mano en defender la inocencia y honor de mi familia hasta el final y, ya sabéis, que soy un buen tirador.

Respecto a los catalanes separatistas, encuentro que, en este tema también, ya son ganas de tocar las narices. ¿Qué se cree ese grupo de funcionarios, que pueden pasarse por alto la Constitución, que todos hemos jurado? Aquí no se va a hacer ningún referéndum, porque ya tenemos las encuestas periódicas que hacen el CIES y las agencias de opinión.

Hay viajes para los que no se necesitan alforjas. Todos tenemos claro que los españoles quieren ser independientes, trabajar poco y ganar campeonatos mundiales, preferiblemente de fútbol. Los dos últimos objetivos están prácticamente cumplidos (aunque debo reconocer que no trabajan, pero tampoco cobran). En cuanto al primero, IKEA ha hecho un gran avance para que todos se sientan cómodos en su casa, incluso los catalanes. Pues que se atengan a las consecuencias, porque va a haber felpudos para todos.

Me queda el tema de la economía. Lo tengo clarísimo. En eso, pienso que es hora ya de que os caigáis del pino: no hay trabajo para todos, máxime desde que las mujeres se empeñan en trabajar. El trabajo que hay, es lógico que esté mal remunerado, porque donde había un puesto de trabajo, ahora, con suerte, hay dos, y se ha reducido lo que se paga por cada uno a bastante menos de la mitad. No se tanto de economía como De Guindos o Montoro, pero hasta el más tonto sabe que los puestos importantes están cubiertos y no es posible acceder a ellos para la mayoría. El mundo globalizado ha permitido que casi cualquier producto se pueda hacer en países en donde la mano de obra es baratísima y se pueda transportar casi en el día hasta donde se desee.

Así que lo único que puedo deciros es que tenéis que apretaros el cinturón, y no se hasta cuándo, porque no veo que el panorama va a cambiar. Eso sí, como España es un país católico, mayoritariamente la gente irá al cielo.

En fin, feliz Navidad a todos, tanto escépticos como creyentes. Y si queréis encontrarme, ya sabéis dónde estoy.

(El discurso se acompaña con la canción “Resistiré”, del Dúo Dinámico, con intérpretes reales)

Cuento de invierno por Navidad: La fallida revisión de los 2.000 años

Las cosas no suceden así, pero, como no sabemos cómo sucedieron la primera vez, podemos imaginarnos algunos detalles de cómo puede discurrir la segunda. Si sucediera, y en caso de que la información de que disponemos de la primera fuera fiable.

Para situar el tema en su dimensión correcta, es preciso desplazarse a una dimensión superior a la que nos movemos los mortales. En ese lugar cósmico ene-dimensional, en donde las fuerzas superiores, dirigidas bajo la suprema y única autoridad del Dios de todos los dioses, ángeles, arcángeles, dominaciones, bienaventurados y desgraciados, así como de potestades, se reúnen de cuando en cuando para hacer una valoración de cómo van aquí y allá las cosas, queremos suponer que en un determinado momento, se esté procediendo a valorar la evolución de la Humanidad.

Un proyecto ambicioso, complejo, que permitió dotar a una criatura finita, vulnerable, de la capacidad singular de analizar lo que le rodea, e influir sobre ello. Una cuestión menor, intrascendente y hasta inapreciable en el marco de los infinitos de cualquier orden, pero que adquirió una proporción descomunal para ese habitante de un planeta minúsculo del Sistema Solar, llamado Tierra, que pretende ser el centro del cosmos.

Aceptaremos, para entendernos, que los nombres que hemos dado a las cosas que conocemos es el mismo que reciben por parte de los controladores cósmicos, y que, con el debido respeto, seremos capaces de poner por escrito sus pensamientos, o como queramos llamar a los productos derivados de su forma de ser, ordenando esas ideas según una secuencia temporal, con su principio y su fin, su camisita y su canesú y todo ello, en lenguaje humano.

-Es evidente que se hace necesaria una actualización completa de los códigos por los que deberían regirse los humanos -diría, para abrir boca, el dios de las Cosas Bien Hechas, apareciendo como lo que le corresponde, una eclosión fantasmal en la metafísica de la divina Pléyade.

-No lo percibo así desde mi infinita sabiduría, que nada tiene que envidiar, desde luego, a la tuya. Los principios que rigen la evolución del hombre están claros desde que se propició el salto del primate al homínido. Son inmutables, porque son parte de nuestra esencia: la completa verdad de las leyes cósmicas, la ausencia infinitesimal de cualquier maldad y la absoluta igualdad de oportunidades dentro de las especies, que está, por tanto, en todo lo creado por nosotros y que emana directamente del Innombrable, el que Todo lo Percibe. Cuestión distinta es que algunos humanos, sobre todo, desde la aparición del hombre de Atapuerca, se hayan desviado en las aplicaciones, tergiversándolas y adulterándolas, hasta hacerlas irreconocibles -replicaría el dios de las Ocasiones Desperdiciadas.

-En todo caso, y a salvo de lo que diga el Dios superior al que toda gloria sea dada -sería la reflexión espontánea que emitiría el dios menor de las Adaptaciones Posibilistas-, no se trata de adaptar las ordenanzas inmutables a las peculiaridades del momento, sino de hacerlas patentes, quitándoles la roña física que se acumula con los siglos. En cada uno de esos minúsculos seres siguen impresos los principios éticos a que te has referido, por lo que siempre han tenido una referencia en sí mismos, enmascarada ahora porque, en lugar de mirarse dentro de sí, sus sentidos se orientan hacia fuera. Esto dicho, sin embargo, no podemos ignorar que, aunque no lo ha sido en la dirección correcta, la Humanidad sí que ha avanzado en eso que llaman tecnología. Sobre todo, desde hace solo unos pocos años -se me hace difícil emplear esa terminología, hermanos-. Por no hablar del conocimiento de fenómenos, misterios y circunstancias que durante cientos de miles de años nos atribuyeron a nosotros, al azar, al mercado, o a la magia.

-Cierto que sí, queridos dioses de esta Pléyade, y alabado sea el que está por encima de todos nosotros. Han pasado cientos de miles de años y muchas vicisitudes por las generaciones humanas -podría ser ésta la aportación al cónclave de la diosa de la Tolerancia Admisible-. Fijémonos, sin embargo, en que la confusión actual no es menor para los humanos, sino mayor que nunca. Las desigualdades han crecido, las oportunidades de felicidad, no son las mismas, porque dependen, sobre todo, de las fuerzas del mal. Por eso, debemos actualizar las referencias que, en su momento, cumplieron la misión de señalarles el camino, no importa si las atribuyeron a dogmas religiosos o a códigos morales. Ahora, cuando ya ha pasado casi todo el tiempo que habíamos previsto para los humanos, o les indicamos aquellas referencias que les ayuden a enderezar el camino y, de paso, a acelerar su ritmo, o nunca llegarán al sitio para el que los hemos creado, perdiéndose en los recovecos de la futilidad más despreciable.

El debate que se inició en la Pléyade de los dioses fue muy intenso, y como con todas las entidades para las que el tiempo no significa nada, interminable. Cuanto más expresaban, más sabiduría generaban, y más necesidad de precisar se desarrollaba en ellos. Por fortuna suprema, no faltaban algunos entre los dioses que exponían sugerencias prácticas, como realizar un sorteo para detectar poblaciones candidatas a servir de emplazamiento para el nacimiento de un nuevo niño Dios. Pero se negó la premisa mayor, que era negarlo todo. La mayoría desechó, sin necesidad de votación, sino por ciencia infusa, que la propuesta era costosa en esencias divinas, innecesaria formalmente e incluso, peligrosa para la propia identidad de las divinidades, pues las técnicas de detección de ADN y otros procedimientos experimentales, aunque elementales, podrían poner en evidencia la naturaleza de los dioses, y causar honda conmoción entre los humanos, creando incómodos contratiempos en el proyecto cósmico.

-Alto ahí. Las técnicas de las que actualmente disponen los humanos son más que suficientes para que interpreten un mensaje, si las claves con el que las emitimos dejan entrever que la instrucción proviene de las profundidades cósmicas y no ha surgido de un farsante -sería la opinión de la diosa de la Tecnología Suprema.

A pesar de su sensatez, la propuesta resultó controvertida, pues no se reconocía a ningún ser humano, en la generación vigente, la autoridad suficiente como para que su palabra fuera aceptada por todos -se manejaron, entre otros, los nombres, eso sí, de Messi, Ronaldo, Francisco, Barak, Xi, Vladimir, Mariano y Angela-, ni existía científico o filósofo con tal solidez que sus conclusiones no fueran de inmediato, quién sabe por qué siniestros caminos, rebatidas como erróneas. Por cierto, hubo grandes discrepancias a la hora de proponer representantes de este segundo grupo.

Decidido, pues, que el mensaje no consistiría esta vez en ningún demiurgo para que enseñara, con su sacrificio y virtud, a los descarriados humanos ejemplo de vida alguno, el debate se centró, solo en la forma y en su contenido, que debería ser escueto, general, y contundente como una patada en el hígado. Habría, por supuesto, de tener validez para todos los habitantes de la Tierra, independientemente de su lugar de residencia, del color de sus manos o de la rama étnica por la que hubieran evolucionado desde el primer mono bípedo, haciendo abstracción, tanto fuera para bien como para mal, de su nivel económico o su capacidad intelectual. Había consenso en que debería reimprimirse en todos y cada uno de los seres humanos, como una marca de ganadería.

Reaparecieron aquí las tendencias particulares de cada deidad, producto de sus propios orígenes, ya fueran fantasiosos, intelectuales o degeneraciones inexcusables. Había quien, como el dios de la Guerra (que desde hacía varios pestañeos se hacía llamar de la Defensa), opinaba que deberían enviarse meteoritos que chocaran contra las ciudades más representativas del desarrollo humano, destruyéndolas. Otros, como el dios de los Acontecimientos Provocados, estaba a favor de levantar varios tsunamis allí donde no hubiera apenas agua o enviar calores abrasadores a las zonas más gélidas de la Tierra, para que la contradicción fuera patente con los principios físicos manejados en la Tierra.

Cuando la discusión estaba en su punto más acalorado, entró Dios, el Innombrable, el que Es, el que Permanece sobre todo lo contingente. Todos se rindieron a su evidencia y guardaron un nanosilencio respetuoso. No necesitaban decirle nada, porque, en su infinita sabiduría, todo lo sabía, todo lo tenía presente (pasado como futuro) y todo lo convertía, con su sola esencia, en música celestial y arrobo místico.

-Vuestra inquietud es impropia. Tengo decidido desde el principio de los tiempos lo que se ha de hacer.

Todos bajaron la vista, sin osar mirarle. Y Dios continuó.

-Nada. No se va a hacer nada-

-¿Nada? -osó preguntar la diosa de la Duda Persistente.

-Nada de nada-confirmó Dios-. En toda la eternidad tendremos infinitas oportunidades para mejorar cuanto se nos ocurra, que es indefinido al tiempo que inconmensurable. No perdamos, por ello, ni una mónada de tiempo más. Esta vez, este experimento de propiciar un ser contingente que piense por sí mismo, la consideraremos como una prueba y, de entre las pruebas, la marcaremos como fallida. En el cómputo infinito, este fracaso no tendrá importancia alguna y todo quedará, como debe ser, entre nosotros.

El silencio volvió a imperar sobre los sonidos en las inmensidades cósmicas, y los dioses mayores, menores y medianos se habrían puesto de inmediato, supongo, a hacer de las suyas, como si aquí, en la Tierra, no hubiera pasado nada. Que no es poco.

FIN

Cuento de invierno: El código de los perdedores

Hace tiempo que me planteé escribir un cuento en el que los héroes fueran los perdedores. Un relato de fracasados ilustres, y no precisamente porque lo que habían pretendido hacer les hubiera salido mal, sino precisamente por eso, porque habían tenido éxito y otros se habían apropiado, con desfachatez, del mérito, atribuyéndoselo.

Aunque, mirado desde otra perspectiva, tal vez la culpa de su fracaso estuviera también en buen parte en ellos, en no haber aprovechado los momentos, en haber puesto sus huevos en la cesta equivocada.

Llegué a estar bastante obsesionado con la búsqueda de personajes que, a la manera de Van Gogh, Mozart y tantos otros, no pudieron disfrutar en vida de la cosecha de su talento y murieron pobres e ignorados por sus coetáneos.

Una noche en que había sacado a pasear a mi perro para que pudiera hacer sus necesidades en territorio común y dejarlo, de paso, corretear un rato por los parterres vacíos, me topé con un mendigo que, a despecho del frío que ya se anunciaba en aquel comienzo del invierno, se había echado encima de un banco, cubierto malamente con una chaqueta raída del corte tajante de la intemperie, y parecía dormitar, ajeno a exógenas inclemencias.

-Buen hombre, -le sugerí, tocándole suavemente el brazo- No se quede aquí, que la noche viene fría. Váyase a un albergue, porque puede quedarse helado.

El tipo me miró, como despertando de un profundo sueño.

-Déjeme en paz, que se lo que hago, -fueron sus palabras, mientras me daba la espalda, girando sobre el asiento.

Miré a mi alrededor, para comprobar si alguien más podría hacerse cargo de la necesidad de convencer al pordiosero o llevárselo por la fuerza de allí, pero no atisbé a nadie, y temí que mi perro, que se había extasiado persiguiendo por los suelos la proyección de las luces fluctuantes con que festejaba la Navidad un comercio de electrodomésticos, enloqueciera y se perdiera las fiestas en familia.

No quiero pasarme el día pegando carteles con la foto de mi rotweiler y llamadas con esencia lacrimógena del tipo: “Precioso cachorro extraviado en el barrio, gratificaré a quien lo encuentre, responde por Rouco”.

Así que seguí mi camino, decidiendo pasar página del incidente, pues dí por seguro de que la resistencia física de aquel individuo y las dosis de alcohol que debería tener engullidas, le servirían de pasaporte franco hasta la mañana siguiente.

Cuando al otro día, muy temprano, pasé por el mismo lugar y no vi al mendigo sobre el banco, me tranquilicé definitivamente. Hasta me hice la composición de lugar de que la policía municipal se lo habría llevado a un lugar más caliente en una de sus rondas nocturnas. Con todo, por razones que no sabría explicar, tal vez debido a un tactismo interno de origen sicosomático que es un resto de mi sensibilidad frente al sufrimiento de los demás, me acerqué al borde del banco.

Descubrí que en el suelo había un trozo de papel, del tamaño de un folio que se hubiera doblado con innegable cuidado, en el que se adivinaba algo escrito.

Debía haber pertenecido al mendigo, y se le habría caído. Movido por la curiosidad, lo cogí y lo desplegué ante los ojos. Hay siempre algo que atrae desde un papel abandonado en el que se leen algunas letras.

Lo que había en éste, era una especie de decálogo. Constaba de varias frases escritas en letras mayúsculas, a las que el autor había puesto incluso un nombre colectivo: “El código de los perdedores”.

Recuerdo algunas frases:

“Nunca defiendas lo que es tuyo.
“No des valor a nada de lo que hagas.
“No tengas prisa por llegar a ningún sitio.
“Critica sin piedad lo que hagan mal quienes tengan el poder.
“Confiesa tus intimidades a algún subordinado.
“Ayuda anónimamente a los que lo necesiten.

Me disponía a guardar el papel en el bolsillo, porque no entendía el interés de cuanto parecían destilar aquellos mensajes ácratas, que parecían surgidos del despecho o de una amarga experiencia. Estaba en ello, cuando, viniendo de mi espalda, alguien me arrebató con un brusco ademán el escrito, ejerciendo tanta fuerza en el empellón, que me hizo caer al suelo, al que dí de bruces, rompiéndome la nariz. Es esa cicatriz que, desde entonces, afea mi rostro.

-Vuelve al lugar en donde nadie te llama, para recibir tu merecido, -gritó una voz.

Dolorido por el golpe, sangrando copiosamente, me levanté como pude y, como en una pesadilla, vi una sombra que se desvanecía entre la niebla con el papel. Juraría que era la del mendigo de la noche anterior, que había superado el riesgo de congelación de forma evidente.

Cuando estaba escribiendo este relato, recordé otra de las frases del Código. “Cuenta tus desgracias a quien no te aprecie lo más mínimo”. Y lo que es más curioso, la forma de andar, arrastrando los pies, me trajo de pronto a la memoria a Corsino de la Peróndola, el tipo odioso que sacaba matrícula en todas las asignaturas en el bachillerato y al que no había visto desde hacía la tira de tiempo.

FIN

Cuento de otoño: El clavo, la mariposa y la niña que festejó el solsticio de invierno

Todos hemos oído historias en las que una actuación de apariencia intrascendente acaba provocando efectos muy importantes. Es el caso del clavo mal encajado por el que se soltó una herradura, lo que dejó manco a un caballo que montaba el general que mandaba los ejércitos en la batalla que decidió el destino de un país.

Hay un proverbio chino que sostiene que el aleteo de una mariposa puede llegar a provocar un huracán en la otra esquina del mundo, y se ha realizado una película de éxito que lo demuestra o, por lo menos, lo intentó.

El caos está siempre acechando, y hasta existen leyes de la termodinámica que le han dado carta de naturaleza intelectual. Lo que no quiere decir que, por su parte, los amantes del orden estén desprotegidos: existe una probabilidad, aunque obviamente muy pequeña, de que todos los átomos de la materia con los que está fabricada la mesa sobre la que ahora escribo, coincidan en ponerse a danzar en la misma dirección, lo que me permitiría vivir la inolvidable experiencia de verla levitar unos palmos sobre el suelo.

El escenario de este cuento es un mundo en desorden, por lo que se podía suponer que había sido pasto de aplicación simultánea de las teorías del clavo y de la mariposa. Para que el lector no tenga que utilizar la imaginación, que es aconsejable la reserve para otros momentos, basta con que mire a su alrededor.

En consecuencia del desorden imperante, los habitantes no perdían ocasión, tanto a escala doméstica como a nivel global, de enzarzarse en peleas y discrepancias por cualquier motivo, desde un quítame allá esas pajas a yo lo vi primero. Por supuesto, los motivos variaban según las zonas de la Tierra, las etnias, las castas, las naciones o los intereses particulares o generales. Lo que era común a todos eran las ganas de pelear.

Quiso la casualidad que, en vísperas del solsticio de invierno, una niña de diez años, que vivía en un poblado del centro de Africa, mientras volvía a la choza con un cántaro de agua sobre la cabeza, tuvo una revelación y, como resultado, tomó una decisión que no le correspondía. La pequeña se llamaba Maisha Niara, que significa en swahili Vida con Máximas Aspiraciones. Por cierto que era la única persona de la tribu que tenía dos nombres, pero, cuando murió al poco de nacer su hermana gemela, Maisha, como consecuencia de una patada de una cabra, su padre decidió que se llamaría así en adelante.

Maisha Niara había tenido mucha suerte. A pocos kilómetros de su poblado había una escuela y, desde que aprendió que había garabatos con significados, le encantaba escribir. Se pasaba mucho tiempo imaginando historias que podían suceder de verdad.

Después de dejar el cántaro a la sombra, la niña, tomó un bolígrafo y una hoja del calendario de hace tres o cuatro años que colgaba de una pared de la choza, y escribió, con su letra menuda y líneas bastante rectas, una carta dirigida al Presidente del país más importante de la Tierra.

Al día siguiente, apenas llegó a la escuela, le pidió a su maestra que le tradujera la carta al inglés.

-¿Una carta al Presidente más importante de la Tierra? -le preguntó, curiosa, la profesora a la niña.- ¿Qué puede decirle a una persona de ese rango, una niña de un poblado perdido en el corazón de África?.

Maisha Niara no contestó, sino que le repitió, por favor, que la leyera y, si le parecía bien, que la tradujera al inglés, la copiara en un papel lo más limpio posible, la metiera en un sobre con los sellos que fueran necesarios y se la entregara al buhonero que venía los jueves al pueblo con vituallas y conservas de salazón y pescado, para que le diera el curso conveniente.

La maestra leyó en voz alta, luego de ordenar a todos los niños, incluso los mayores, que se sentaran alrededor.

“Querido Presidente del país más importante de la Tierra: Me llamo Maisha Niara y vivo en África. No pude verte por la televisión porque en mi poblado no tenemos electricidad, pero me dijeron que tienes cara de buena persona. Soy una niña de diez años y estudio mucho porque me han dicho que es la forma de tener futuro. Verás, he pensado que como tú tienes tanto trabajo con cosas muy urgentes no debes tener nada tiempo para pensar en el futuro de los niños como yo. Cuando yo tenga treinta años, tú serás un anciano achacoso o te habrás muerto, y si la gente como tú, preocupada por solucionar el presente, no ha tenido tiempo para crear nuestro futuro, nos encontraremos con que no existe cuando lleguemos a él. Por eso, se me ha ocurrido que si todos los habitantes de la Tierra dedicásemos, por ejemplo, diez minutos cada día para hacer un poco del trabajo de otra persona, sin dejar por ello de hacer el que nos corresponde, tendríamos todos los días cien mil millones de minutos libres que te podíamos dar para que tú los distribuyeras de la mejor manera posible. A mí se me ocurren algunas cosas que podría hacer, pero creo que es mejor que te envíe un vale por mis diez minutos, para que, si te parece, pidas a todo el mundo que te envíe también un vale por diez minutos y, cuando los tengas todos, ordenes a cada uno que haga en ellos lo que te parezca mejor, y así también tú tendrás mucho más tiempo para pensar en el futuro de los niños.
No se me ocurre nada más. Te mando un beso desde el corazón de África. Disculpa las manchas de la carta, pero mi hermano ha tirado la papilla cuando estaba escribiéndola”.

-Eso último puedes quitarlo, dijo Maisha Niara.

Cuando el buhonero recogió la carta que iba dirigida al Presidente del País más importante del mundo, prometió darle el curso que correspondía. Pasaron los días, y en el poblado, una niña espera, ansiosa, la llegada del cartero.

FIN

Cuento de otoño: El sutra del opositor cultivado

Gaoxuan fue un patriarca chino del que no se conocía nada en absoluto hasta que el año pasado, al remover tierras en la periferia de Chengdu para construir un supermercado, se descubrió un Sutra firmado con su nombre. Ese relato ejemplar, que lleva por título El opositor cultivado, ha sido ya traducido a todas las lenguas del mundo y puede encontrarse fácilmente en internet, en su versión más completa, que ofrezco aquí de forma resumida, ya que el Sutra en cuestión es el de mayor extensión conocida hasta la fecha, pues está escrito en una cinta de Möbius, sin principio ni fin.

Según refiere la historia que allí se cuenta, cuando varios discípulos se encontraban disfrutando con su mentor de la paz de una tarde de finales de agosto, meditando sobre la mejor manera de conducir a un pueblo a su máxima felicidad, el maestro Gaoxuan sacó del refajo de su manto inmaculado una semilla de loto y ofreciéndola a la vista de todos, preguntó:

-¿Qué tengo en la mano?
-Una semilla de loto, sin duda -contestó de inmediato uno de los jóvenes que seguían sus enseñanzas.
-Eso es lo que se ve -replicó el sabio-. Pero lo que no se ve es que esta semilla tiene más de veinte siglos y conserva intacto su poder germinativo.

Todos observaron, encantados, aquel fruto rugoso, que pasó de mano en mano, encontrándolo parecido a cualquier otra semilla de las que se pueden hallar en parques y jardines. Uno de los discípulos, picado por la seguridad, quiso saber:

-¿Cómo es posible, maestro Gaoxuan, que se pueda conocer tan exactamente la edad de una semilla?

Gaoxuan centró su profunda mirada en quien había hecho la pregunta, al mismo tiempo que hacía con la punta de su sandalia, un agujero en el barro, en donde depositó con sumo cuidado la semilla.

-Esta semilla estaba guardada en una caja de marfil que perteneció a los enseres de mi familia, y trasmitida de generación en generación desde los tiempos más remotos de la primera dinastía Quin. Uno de mis antepasados estuvo en desacuerdo con el emperador Huanddixián, que era un tirano. Fue el primer poseedor de esta semilla. Como consecuencia de su rebeldía, fue condenado a la horrible muerte de la tajadura lenta.

Gaoxuan, que no acostumbraba a hablar tanto tiempo de corrido, guardó silencio un instante, mientras volvía a tomar en su mano la semilla de loto, para rascar su corteza.

-Pero lo más importante no es la edad de la semilla ni cómo ha llegado a mis manos, ni que mi sangre provenga de la sangre de un rebelde. Lo más importante es que de ella saldrá, a su debido tiempo, una flor de loto tan hermosa como las del resto de estos parajes.

Nadie se atrevió, por supuesto, a dudar de la verdad de Gaoxuan, que prosiguió, encantado de la atención expectante que causaron sus palabras:

-Como sabéis, el suplicio de la tajadura supone que al que va a ser martirizado se le hagan los primeros cortes en los ojos, para que no pueda ver dónde le serán infligidos los siguientes. Sin embargo, en este caso, y según me ha referido mi padre, a mi antepasado le privaron de la vista en último lugar, con la intención de que pudiera contemplar cada uno de los tajos que se le causaron, y temiera horriblemente cada vez que se aproximara al lugar elegido para el corte la cuchilla del verdugo.
-Es horrible lo que cuentas, maestro -exclamó, horrorizado, aquel muchacho al que llamaban Qianxí, el de las orejas de soplillo, que era uno de los de menor edad.-¿Y qué más has conocido de tu antepasado? ¿Por qué fue condenado a tan desgarradora agonía?

El maestro volvió a cubrir la semilla de loto con el barro, y dirigió su vista hacia el cielo:
-Eso es lo más interesante de todo. Mi tatarabuelo estaba en desacuerdo con el emperador. Pero, en lugar de levantarse en armas contra él o tratar de asesinarlo aprovechando uno de los banquetes a los que, sin duda, venía siendo regularmente invitado, no se consideró jamás opositor, sino que se ofreció como leal colaborador desde la discrepancia.
-¡Ah! -dejaron escapar varios discípulos, impresionados.

-Fue precisamente esa actitud la que los oficiales del emperador no pudieron o no quisieron tolerar. No concebían que nadie estuviera en contra de algunos aspectos de la política imperial y se ofreciera para ser colaborador en otros. No admitían otra forma de comportamiento que estar totalmente a favor o totalmente en contra. Por eso, primero lo sometieron al suplicio para que reconociera que discrepaba en todo y, como no consiguieron que reconociera tal cosa, sino que afirmaba, una y otra vez que solo disentía en algunas, y que en otras, podían contar con él, concluyeron que debían acabar con él, para que su ejemplo no contagiara a otros.

Los discípulos de Gaoxuan se cruzaron miradas entre sí.

-Cuando murió, su esposa e hijos recogieron el cuerpo para darle sepultura y encontraron en una de sus manos esta semilla. Ahora, después de tanto tiempo, la enseñanza de esta semilla, y ella misma, están listas para fructificar.

Y dándole un último y suave pisotón al barro que cubría completamente la semilla, los invitó a seguirle, lo que hicieron, obedientes.

-Maestro Gauxuan, -dijo, al cabo de un tiempo de andar juntos, el jovencísimo Qianxí, agarrándole de la manga-. ¿Hay algo más que debamos saber respecto a esta historia?
-Sí -contestó el maestro-. Apréndetela de memoria y repítela en tu corazón, hasta que comprendas su sentido.

FIN