Cuento de invierno: La leyenda del estudiante mendaz

Toledo, como ciudad antigua y mosaico cultural y cosmopolita, alberga múltiples leyendas.

Pasear despreocupadamente por las callejas del casco antiguo, dejarse seducir por los olores de los potajes que se cocinan tras los postigos cerrados, toparse de pronto con adarves y superar codos y recovecos que parecen a primera vista intraspasables, es una aventura a la que todo visitante debería dedicarse, abandonando los caminos trillados por donde guías sin mucho fondo cultural conducen a diario a miles de aborregados turistas de mata en mata, de monumento en tienda de objetos made in China y tiro porque me toca cobrar la comisión.

Lo ideal sería poder penetrar en la quietud misteriosa de los muchos conventos de clausura, en donde cabe  imaginar que, tras los espesos murallares y las rejas de complicada factura, algunas monjas ya muy ancianas cuidadas por jóvenes novicias dejan trascurrir, entre rezos e imágenes que refieren horrores, horas de contemplación en muy profundos misterios, entretejiendo la madeja de su devoción con los hilos de la imaginación que otros, libres y fuera de esas cárceles, les dejaron.

En uno de esos conventos toledanos -hoy  lamentablemente destruido por la falta de vocaciones, el abandono oficial y, mirando desde más lejos, la desamortización y las guerras civiles-, hace unos cuatrocientos o quinientos años, vivía recluida, entregada por ajena voluntad a la mayor gloria de Dios, una hermosa muchacha, de piadoso nombre Lumersinda del Santo Sepulcro.

Su natural belleza, incluso aunque estaba ayuna de cremas y cualesquiera afeites, no podía enmascararse ni mantenerse oculta por más que se amontonaran sobre sus túrgidas carnes velos o ropajes. Así sucedió que un toledano, estudiante a la sazón de leyes en Salamanca, (hijo bastardo, aunque único, de quien fuera uno especial de entre los muchos caballeros principales de Toledo, alcaide de torre con derecho a pontazgo,  y de una modistilla jacarandosa de los arrabales) , olisqueó la apetitosa presa y, como castellano aficionado a la caza y a salirse con la suya, tomó medidas para hacerla suya, por las buenas, o  con artes y engaños de los malos si erraba en las primeras.

Martín Lope de Buenacasa, que así se llamaba el ya no tan joven muchacho, -pues rondaba la treintena-, portador del ilustre apellido que le diera su padre al reconocerle, incorporando a su rama genealógica el fruto del desliz mundano con la costurera, era amigo de juergas y aventuras.  Herencia también de aquel viejo casquivano que, en su lecho de lecho de muerte, al saber por el ama que lo atendía que se mantendrían sus genes vivos en este valle de lágrimas, llamó llamar a Martín, lo sacó de porquerizo, lo cubrió de besos y lo encaminó a Salamanca para que un tutor de los de paciencia infinita lo hiciese digno de llevar levita. toga o caperuzón frailuno.

Pero no resulta fácil mudar de vicios, y Martín, aunque avanzaba en los estudios a trompicones, siguió siendo de natural voluble y, con dineros, más antojadizo.

Cuando cayó en la cuenta del valor venal de lo que en el convento se guardaba, -por una confidencia de uno de los abaceros que suministraban de vituallas a las reclusas del sagrado recinto, que entonces, floreciente, alcanzaban el mágico número de sesenta y nueve-, fingiéndose menestral, especialista en bacalaos y hasta arreglador de monumentos, -unas veces, con bigote, otras embozado, cuando solo, tal vez con cómplices, en horas muertas como en horas santas, pasó como quien lava todas sus vacaciones de Cuaresma, al otro lado de los muros.

Usó tantas argucias que se hizo habitual y parte misma del paisaje pétreo, sin despertar sospechas porque se arrodillaba o santiguaba. fingiendo devoción, en cada esquina. Y el mismo día de Sábado santo, entre melindres y dulces amenazas, usando las manos al tiempo que los pies, mientras procesionaban las cofradías, sedujo a la infeliz, haciéndola encontrar un barrunto del cielo entre las sábanas.

Sería vano, escaso y torpe el cuento si ahí quedara la cosa. El joven de la Buenacasa era en Salamanca, obvio, de todo conocido menos como buen alumno. No se le echó de menos en la celebérrima ciudad universitaria, porque dejó encargado a un criado de contestar por el al pasar lista. Después de aquella Cuaresma, alegando escusas e invenciones de toda calaña, pasó los días dedicado a Toledo más que a Salamanca -fuera por huelga de órdenes menores o mayores, ya por causa del Corpus o del Animus, ya con el tema de celebrar la expulsión de los judíos, o a cuenta de la mayor gloria por la conquista de Granada, etc- . Descuidó de cabo a rabo los estudios de filosofía y derecho, sacrificándolos por los que entendía de más inmediato provecho, a saber, anatomía y enología, haciendo, de paso, más directo el camino para la condena eterna de la novicia, de los abaceros que le encubrían y de él mismo, por los pecados tan graves que unos ejecutaban, otros favorecían y algunos amparaban.

Hora es ya de decir que tenía este tipo enamoradizo, huérfano de ambos progenitores, fallecidos hacía algún tiempo de una de esas pestes que diezmaban Toledo, por única familia sobrevenida, una tía devotísima, hermana de su señor padre, corta de luces, que bebía los vientos celestiales por amor a una santa reciente, Lucía del Meringuete, con fama de milagrera y, en concreto, con especial solvencia para conseguir con la mano de santa que tenía, ante el que Todo lo puede, prebendas en las cosas académicas para aquellos fieles que estuvieran atascados en sus estudios.

Se decía de esa santa local que, como prueba habida en carne propia que, había aprendido de memoria, en las lenguas arameo, román  paladino y caldeo, la mayor parte del Antiguo Testamento (dejando a salvo el Deutoronomio), temerosa de que, cuando los últimos sarracenos invadieron, de vuelta a sus lugares de origen desde Covadonga y otros lugares del norte peninsular, en donde habían sido convencidos, la encomienda o que por gracia real se había concedido a su padre, quemaran  las Biblias del poblado. No lo llegaron a hacer, pasando de largo en su huída en tropel, pero la joven nunca se recuperó de aquel empacho.

La leyenda cuenta que la tía de Martín, conocedora de las dificultades para avanzar en los estudios del sobrino, e ignorante de lo mucho que tenía avanzado en las artes de Ovidio, prometió a esa Santa Lucía una parte de los dineros que guardaba de lo que su hermano dejara al holgazán rijoso con la condición de que se licenciara. Como quería ella misma entrar en el convento, y el tiempo le apremiaba, ofreció incluso los dineros propios a la Santa, si el estudiante conseguía aprobar en Salamanca la única asignatura que, tras muchos años de penar entre tutores,  le quedaba para graduarse.

-Esta Santa Lucía del Meringuete, que te digo tiene el poder de conseguir los aprobados en las más difíciles disciplinas -explicaba a su protegido- pero es menester que se la ayude en algo, poniendo de tu parte el desgaste de los codos.

-Nada quisiera yo más que liberarte de la penosa administración de los bienes de mi difunto padre, al que no tuve mucha oportunidad de conocer, pero al que dices que tanto me parezco. No dudes, tía, de mi aplicación y entrega, pues no tengo la cabeza dedicada a otra cosa más que para repasar, una y otra vez, hasta la extenuación, la asignatura esa que me quedó atravesada -replicaba el mendaz sobrino-.

-¿Y qué asignatura es ésa, querido Martín, para que pueda recomendarte a Santa Lucía del Meringuete como  corresponde, sin confusión alguna? -se interesó en que le precisara la devota anciana.

-Filosofía del derecho canónico en la ciencia de San Isidoro de Sevilla, San Agustín de Cremona, Santa Teresa de Avila y otros padres y  madres de la Iglesia -le contestó Martín.

-Largo nombre para una asignatura, que no se si será conocida en ese detalle allá en el cielo. La rezaré como Filosofía astronómica y la Santa sabrá a quién aplicar y por dónde mis oraciones -concluía la tía.

-Gracias, tía, -y le besaba las manos- y aún te daré más alegrías si me proporcionas, a crédito, algunos dineros más que de habitual de esos que a buen seguro podré disponer ya desde este mismo verano, por herencia justa. Que estando yo dedicado todo el tiempo a ir de la cama al pupitre y del banco de escolar al catre, y teniendo el cerebro lleno a rebosar de cosas aprendidas, se me están desgastando los trajes, jubones, gorros y calzas necesito reponerlos. Y no dudes que, con mi esfuerzo y la ayuda de esa Santa milagrosa, traeré el aprobado a esta digna casa, y aún matrícula y honores, porque cuento con llegar luego a obispo a poco que la divinidad me empuje con su oportuno soplo.

No puso, como es de suponer, nada de su parte el tuno. Juergas, infames borracheras, peleas por el juego y lances de amor, idas y venidas a Toledo, a Esquivias, a Illescas, a patios y almazaras -a veces confesadas, otras ocultas, unas entrando por las puertas, otras escalando muros o violentando rejas, bien con futuras monjas, con doncellas, con casadas, que todas fueron las aportaciones personales que hizo por pasar su tiempo.

Llegado el día de los exámenes, Martín  se sentó en el pupitre con tal resaca que fue incapaz de recordar lo que le habían preguntado y lo que había puesto como respuesta destinada. Así que dio por normal el suspenso, y preparó su escusa para la tía crédula y estaba haciendo los aperos para un viaje a Toledo y al convento para seguir con la aventura aquel verano

La tía devota rezó y rezaba, pidiendo por el aprobado del desgraciado, esperando alguna noticia salmantina.

Cuando recibió la nota de la prueba, Martín Lope de la Buenacasa, que no hubiera apostado por haber obtenido ni un dos sobre los diez,  se sorprendió con ver la papeleta de aprobado y, por ende, poder considerarse flamante licenciado.

Consciente de que nada había puesto de su parte, incapaz de darle otra explicación al suceso, lo atribuyó al poder de Santa Lucía del Meringuete para cambiar el rumbo de las cosas, a un milagro verdadero que le hiciera caer del caballo desbocado al que estaba subido, y, poniéndose de rodillas, temblando de emoción, temeroso de ser sometido a un castigo de rayo celestial o flamígero portento, prometió cambiar, hizo pintar su Víctor en la fachada con sangre propia, y se hizo fiel devoto de la Santa para el resto de sus días, agenciándose de un artista imaginario varias estampas de aquella bienaventurada que, a saber, bien le había cambiado el examen o guiado la mano por los caireles de una sabiduría que no tenía.

Huelga decir, para quienes están al tanto de cómo suceden esas cosas, que una vez que el holgazán monjillero se encontró con el diploma y vio el camino expedito al obispado, dejó de vérselas con la doncella enclaustrada, tomó negros hábitos y pasó a mantener un tono discretísimo en todo, fuera de lo que se atuviera a los oficios.

No pudo enterarse así que la joven fue sacada de su convento toledano, mudada desde las clarisas a las franciscanas o teresianas (o al revés), todo por orden expresa de su padre, y llevada a otro lugar, a una tierra indígena que hoy es llamada Misiones, en Santa Cruz de la Sierra, casi en la frontera entre Bolivia y Brasil.

No le interesaron ya las sábanas crespas del convento, aunque estuvieran enmollecidas con carnes frescas, sino los linos episcopales, que alcanzó rápido, por su seriedad, devoción y respeto y lo encendido de sus discursos y pláticas.

¿Qué había pasado? Aquí viene lo bueno.

Cuenta la leyenda que, en realidad, el no tan joven estudiante, borracho y resacoso como estaba el día del examen, no acertó a dar pie con bola, pero llenó una y hasta varias hojas con lo primero que se le iba viniendo a la cabeza. Como la tenía muy ocupada, en los resquicios que le dejaba el alcohol, con su torpeza y vehemencia sexual, contó, entre majaderías ininteligibles, la aventura concreta que mantenía con una novicia, con detalles bastantes que el corrector de la prueba, que era su  padre, el doctor Furgensido Rodríguez Calvo, descubrió que la seducida era su hija, a quien había destinado a las cuatro paredes para que le sirviera de perdón a sus propìos pecados juveniles.

Por eso, aunque estaba claro que el estudiante merecía un suspenso y aún que le cortaran lo sano con estilete, siendo el doctor Rodríguez hombre sosegado, pero de decisiones solemnes, aprobó al estudiante para perdérselo de vista y sacó a su hija de aquel convento que tan mal la guardaba para embarcarla al otro lado del océano, lo que hizo, por cierto, siguiendo la misma ruta que la que tomó Cristóbal Colón en una de sus últimas expediciones a las Américas.

Esta es la leyenda o tal vez historia verdadera que oí a un canónigo comentar mientras estaba buscando la salida de una calle en lo que fue judería de Toledo y, como tengo por costumbre, sabiendo que lo mejor para superar un embrollo es ir detrás de alguien que parezca conocer el camino, fui siguiendo a un grupo, en el que el que hablaba, que parecía tonsurado, contaba, más o menos, lo que dejo escrito.

Fue el caso, sin embargo, que no me condujeron, como había confiado, fuera de la judería, sino que me encontré plantado, ante un portón abierto en sillarejo toledano, que se abrió par dejar pasar a la comitiva que me precedía y a mi me dejó con un palmo en las narices.

Cuento de invierno: El pueblo que perdió la cabeza

Esta Historia que voy a contar es muy peculiar, y, como todos los cuentos, cobra su sentido si se es capaz de extraer la moraleja que, en este caso, voy a confiar a la inteligencia del lector.

Erase una vez un pueblo formado por gentes orgullosas, independientes y excepcionalmente capaces. Por supuesto, no eran esas las cualidades que les eran atribuidas a sus habitantes por los vecinos, que los consideraban, en general, petulantes, calzonazos y bastante brutos.

Pero no estoy escribiendo esto para que enzarzarme en una discusión estéril acerca de quién es el pueblo más digno de atención principal por parte de quienes se dedicarán, pasados unos cuantos siglos, a analizar los móviles por los que las regiones se empeñan en guerrear, como los machos de los caprínidos y otras especies animales se dan, cuando entran en celo, impresionantes testarazos sin importarles las consecuencias;  éstos, con el objetivo de que sus genes se transmitan a las nuevas generaciones, aquellas, pretendiendo, aunque no lo expresen así, llamar la atención de la Historia para dejarla preñada con la semilla de su despreciable egoísmo.

Aquel pueblo con tan loables características, concibió la idea, en principio, plausible, de que todos sus habitantes podrían tener la llave de la caja en donde guardaban los artilugios que proporcionaban el máximo bienestar.  Fue una revolución cultural sin precedentes.  Como el tiempo de la existencia humana es limitado, los maestros, de cualquier disciplina y condición, se afanaban en reducir los mensajes que proporcionaban la sabiduría a su quintaesencia.

-No tenemos tiempo para explicar los fundamentos, por lo que nos atendremos solo a conocer las consecuencias -era la frase más utilizada por los maestros.

Los alumnos aprendían así, rápidamente, a utilizar los aparatos, por complicados que fueran y, en lo tocante a la filosofía, -al menos, los más avanzados de entre ellos- conocían las frases que resumían el saber más atractivo de los grandes pensadores, pero eran incapaces (no se les había enseñado, por falta de tiempo) de deducir el porqué de tales consecuencias.

No importaba si se trataba de las Universidades, las escuelas de grado medio o inferior, los talleres de los más variados oficios y beneficios, los alumnos, atraídos por el sabor de conocer los para qués pero sin ganas de aprender los porqués ni preocupados lo más mínimo por los cómos, obtenían títulos y diplomas de mucho empaque que demostraban su capacitación para manejar los artilugios de la caja del bienestar.

Durante algún tiempo, la felicidad fue máxima. Los jóvenes acudían a los centros que les daban, después de diversas pruebas y exámenes relativamente simples, el carnet de manipuladores de la ciencia. Los mayores, que habían sido educados en otra teoría, podían reparar algunos de los artilugios, porque sabían cómo estaban hechos.

Pero llegó un tiempo en que los mayores murieron o fueron jubilados y los artilugios más atractivos para la población ya no se fabricaban en aquel pueblo, en el que los jóvenes seguían siendo educados para manejarlos, pero no para saber cómo se hacían.

Por fin, un día, alguien se puso a analizar lo que estaba pasando. Había estado viviendo en el extranjero y tenía, por ello, una cierta capacidad para observar las cosas desde fuera, aunque le tocaban muy de cerca, porque conservaba las fibras sensibles suficientes de amor a su tierra.

Y reunió a los que pudo convencer y les explicó su teoría:

-Me parece que en algún momento nuestro pueblo ha perdido la cabeza. Porque aquí todo el mundo está preparado, al menos en teoría, para dirigir y conducir, pero no hay apenas quienes conozcan de forma suficiente cómo hacer las cosas, de qué están hechos los aparatos que utilizamos, cuáles son las razones por las que creemos en unas cosas y despreciamos otras.

Le escucharon con cierta atención, y uno de los que estaban presentes, sin poder contenerse, preguntó:

-Sí, eso está muy bien. Pero , ¿qué podemos hacer?

El que había estado viviendo fuera se le quedó mirando, sin saber qué decir. O, mejor dicho, sin encontrar las palabras adecuadas.

FIN

 

Cuento de invierno: Un día cualquiera

La mañana se presentó algo neblinosa, aunque estaba seguro de que no haría frío. Paco -pero también podía llamarse Angel, Miguel o Josefina, porque el nombre no importa- se sintió fuerte, internamente reconfortado por las explicaciones que había recibido el día anterior, en un primer momento no recordaba exactamente sobre qué o de quién.

Se preparó un zumo de naranja, y exprimió también unas cuantas frutas más de aquel jugo salutífero, porque dejó un vaso para su pareja, que aún dormía. Descorrió las cortinas de la cocina, deslizando la vista, como cada día, hacia aquel paisaje que conocía tan bien, tanto, que identificaba cada pequeña variación, incluso sin darse cuenta, y la procesaba y asimilaba en su subconsciente.

Se cubrió el tórax -no precisamente atlético, pero sí delgado, sin grasa superflua- con la camiseta del chándal y se puso un pantalón deportivo. Salió al exterior, e inmediatamente, un perro -un animal sin raza específica, cariñoso y fiel, como casi todos los perros- se acercó para lamerle las zapatillas, ansioso por comenzar el paseo de cada día.

Paco -pero quizá no se llamara Paco, sino Jorge, María Antonia o Marichu- empezó a correr a buen ritmo, repasando mentalmente todo lo que tenía proyectado hacer a lo largo de la mañana. Por la tarde, acudiría a una reunión de vecinos, a la que estaba convocado.

No tenía mucha fe en las protestas populares, pero creía en la sociedad civil y en la fuerza de la unidad, contra todos aquellos que solo pensaban en su propio interés, aunque en público manifestaran lo contrario.

Mientras corría sobre la tierra aún húmeda, recordó la razón por la que se encontraba tranquilo y sereno, como quizá nunca lo había estado.

Decidió, sobre la marcha, modificar ligeramente el rumbo de todos los días, porque le llamó la atención, a lo lejos, un destello. Podía ser el reflejo producido por la incidencia del sol mañanero sobre una ventana entreabierta. Podía ser, solo que en aquella zona -claro que la conocía muy bien, formaba parte de su paisaje, es decir, de algo que le pertenecía- estaba seguro de que no vivía nadie.

En un momento dado, se dio cuenta de que no había dado el beso habitual a su pareja, sin importarle que estuviera durmiendo. Se sintió ligeramente molesto consigo mismo, ya que, aunque no era obsesivo con mantener los hábitos, aquel rito de amor también le servía para reconfortarse con la naturaleza, con todo lo que llevaba consigo.

Paco -que también podría llamarse Carmen, David, Violeta o Rafael- notó de pronto que algo le atenazaba, como una mano fortísima que le apretara el corazón, con una violencia inusitada.

Se detuvo, incapaz de seguir adelante. Tal vez observó que el perro le miraba, inquieto, si bien nadie hubiera podido asegurarlo más tarde.

Cayó, muerto, sin que tuviera tiempo para percatarse que aquel día, un día cualquiera, para él había tenido un significado especial. También para los suyos, para los que le habían querido.

Le habrían dicho tantas cosas. Hubiera cantado, reído, llorado con ellos.

FIN

(P.S. Hoy, 26 de febrero de 2014, falleció Paco el de Lucía, artista, mientras hacía footing en una playa mexicana. Nos brindó muchos momentos inolvidables y la grabación de sus magníficas interpretaciones musicales a la guitarra permanecerá con nosotros, y servirá para deleite de quienes vengan después, incluso aunque aún no sepan que ha existido y ellos mismos ni siquiera existan hoy. Porque esa es la fortaleza y el misterio de los que han conseguido que su existencia les trascienda. A todos los que nos afanamos por avanzar en un día cualquiera.)

Cuento de invierno: El laberinto de la verdad

Uno de las tareas más emocionantes que puede acometer un espeleólogo es aventurarse en la cueva de la verdad. Es una experiencia arriesgada, por lo que conviene prepararse adecuadamente, hacerlo bien pertrechado y, aunque la tentación de hacer el trayecto solo puede resultar casi irresistible, es de todo punto aconsejable ir acompañado.

Como es sabido, la cueva tiene múltiples entradas, que reciben diversos nombres, todos ellos asociados a la mentira. La más utilizada, que suele encontrarse casi siempre colapsada por curiosos y aficionados, es la entrada de la mentira piadosa.

El trayecto que puede seguirse desde esa entrada es corto, y conduce a una amplia sala, en donde hay múltiples testimonios de gentes con nombres famosos que han estado allí. El tiempo que el visitante pasa en esta dependencia es variable, y hay quien decide quedarse en ella toda su vida. Cuando se sale de vuelta al exterior, no son pocos los que experimentan una sensación de liberación, muy satisfactoria, por lo que cuentan.

Una de las entradas preferidas por los especialistas es la de la mentira a sabiendas, que, en realidad, se va reduciendo a medida que se avanza por ella, hasta llegar a un paso tan angosto que el tránsito a partir de ese momento, se hace imposible.

No se ha conseguido, hasta ahora, trazar el mapa completo de la cueva. Es más, se cree que lo que se conoce de ella es apenas un infinitésimo de su longitud. Las leyendas se superponen, como es lógico, con las realidades, y se cuentan historias terroríficas de personas que se han perdido en el laberinto de las galerías, y ya no salieron jamás. La tradición popular ha recogido esta situación, con su habitual desparpajo, apuntando que quienes no han conseguido volver sobre sus pasos para encontrar la salida que les sirvió de entrada, y han fallecido en el interior de inanición y desesperación, lo que han hecho es salir de la cueva de la verdad por la puerta de la locura.

La cueva es muy famosa y ha animado a algunos oportunistas a montar, en sus alrededores, sucedáneos de la misma, a modo de trenes de la bruja, para que los inocentes, los incautos y los confiados, tengan la impresión de haber estado en la de verdad, sin correr riesgo alguno.

Para ello, estos -diríamos- empresarios de variedades, generan situaciones ficticias, con las que crean la ilusión de verdad, apelando a la credulidad de los espectadores. Utilizan como base hechos bien conocidos, y los tergiversan con su industria, adornándolos con fantasías y oropeles, consiguiendo a menudo importantes efectos dramáticos, que los que han disfrutado del espectáculo suelen luego exagerar, contribuyendo a que se difunda el error de que es más interesante (y menos arriesgado) visitar esas seudocuevas de la verdad que atender a la visita de la cueva verdadera, que tantos peligros comporta.

Una de las entradas a la cueva de la verdad, solo reservada para los elegidos, es la de la mentira institucional. Se sabe muy poco de cómo se discurre por ella, aunque sí se han difundido sus efectos entre el público en general. Dicen los expertos que esa entrada conduce a un tramo excepcionalmente intrincado, que se vuelca sobre sí mismo como una serpiente, de forma que es muy difícil, sino imposible, saber dónde te hallas en cada momento.

Lo relevante es que, aunque la cueva se denomine de la verdad, el nombre es una fantasía, porque nadie ha encontrado la conexión entre las entradas, y no hay más forma de salir de ella que por donde se ha entrado. Al menos, esto es lo poco que se sabe, hasta ahora.

FIN

 

Cuento de invierno: Poderes fácticos

En el país de Valgamediós, algunos de sus habitantes se empezaron a dar cuenta de que estaba sucediendo algo muy curioso. Uno de los ancianos de la tribu, mientras estaba recortándose las uñas de los pies en la cocina de la casa de su hija mayor, murmuró:

-Esta sociedad no tiene idea de quiénes son los poderes fácticos.

Seguramente no era la primera vez que hacía esta observación, y lo normal era que nadie estuviera lo suficientemente próximo para prestarle la menor atención, pero en aquella ocasión, uno de sus nietos, que no había ido a la escuela porque sus profesores se encontraban en huelga reivindicativa, le preguntó, pretendiendo preparar el camino para pedirle cincuenta euros para comprar una entrada para el concierto de Los Nuevos Polla Records:

-¿Quiénes son los poderes fácticos?

El abuelo le miró y estaba dispuesto a ofrecer una explicación comprehensiva, cuando el adolescente le atajó el propósito antes de que pudiera abrir la boca:

-Pero no te enrolles, abuelo, que te veo venir y tengo una prisa que te cagas.

Por eso, el anciano se vio en la obligación de abreviar, porque no quería dejar que su nieto tuviera, al menos, alguna referencia.

-No son ni el Gobierno, ni el Parlamento, ni los jueces, ni siquiera la sociedad civil. Los poderes fácticos son todos aquellos grupos que influyen sobre nuestras vidas sin que seamos conscientes de que nos condicionan la existencia.

El chaval se quedó in albis, si bien, como quería ganarse méritos para los cincuenta euros, puso cara de haber entendido lo suficiente:

-Así que, por ejemplo, un poder fáctico es el sexo.

El anciano miró al adolescente, sosteniendo el cortaúñas.

-No lo niego, aunque ese poder fáctico tiene fecha de caducidad para cada persona y, puestos a elucubrar, está presente de forma difusa, como parte del magma social. Es el instrumento que utilizan grupos de poder organizados para influir y controlar, en particular, a los más jóvenes, haciéndoles creer que es un objetivo importante en sí mismo, cuando, en realidad, es un recurso sin valor venal.

-Ya te has liado, abuelo. Por cierto, ¿me prestas sesenta euros, que tengo que comprar un libro recomendado para la asignatura de Historia de los Eunucos? -dijo el muchacho, exponiendo su mejor sonrisa e improvisando lo que le apeteció.

El abuelo sacó la cartera, en la que guardaba dos billetes de cincuenta euros, y le entregó el dinero.

-Extraña asignatura ésa, que no se estudiaba en mi época, aunque, ahora que citas esa categoría artificial de seres humanos, a los que se les privó de una cualidad física, me viene a la cabeza la sugerente idea de que la sociedad actual se ha poblado de eunucos mentales, a los que se les ha desposeído de la facultad de pensar.

El adolescente recogió los dos billetes, dio al anciano un beso en la mejilla izquierda, y se despidió con rapidez.

-No pienses tanto, abuelo, que a tu edad ya no merece la pena. Para la cuerda que tienes…

En la cocina, iluminada por la claridad de la mañana, se quedó el anciano, recortándose, con sumo cuidado, las uñas de los dedos gordos de los pies, en donde se estaban acumulando, por la incipiente gota, las excrecencias de la queratina, que pueden convertirse en algo muy molesto, sino se las ataja a tiempo.

FIN

 

 

Cuento de invierno: Servicio de atención a Intoxicados

Rogelio Solventado, jubilado amante del disfrute cabal del tiempo libre, decidió organizar, por su cuenta y riesgo, un Servicio de atención a intoxicados.

No fue una decisión sencilla. Inicialmente, había tomado la terrible determinación de situar a casi todos sus amigos  en la perniciosa categoría internáutica de “emisores de correos no deseados”. Era constante, e insoportable para sus nervios, el asistir diariamente al bombardeo de mensajes de sus viejos amigos, ya todos jubilados, incorporando presentaciones de hermosos paisajes de los lugares más recónditos del globo terráqueo, digresiones de dudosa calidad literaria e insulso contenido atribuidas -erróneamente, como constataba con regularidad- a figuras del mundo de las artes, a insignes poetas o a genios de cualquier disciplina.

Muchos mensajes venían acompañados de frases como “No te lo puedes perder” o “Muy interesante” o “Me ha gustado mucho”, y, no era extraño que las direcciones de correos de los destinatarios estuvieran vistas para todos, y que el propio mensaje fuera un reenvío de otro u otros, en los que también se podrían detectar los (in)felices receptores del mismo.

La medida venía obligada por la circunstancia de que Rogelio Solventado, aunque tenía tarifa plana, disfrutaba de un magnífico iphon que le permitía leer los correos en itinerancia, pero, como tal cúmulo de envíos, con la metralla que les acompañaba, implicaba el uso de varios megas de memoria y tráfico, se le agotaba rápidamente el cupo que tenía contratado, limitando así la velocidad de recepción de otros mensajes, que al tal Rogelio le eran de mucho mayor interés, pues se dedicaba a otras actividades, además de a leer los insustanciales mensajes de sus viejos amigos.

Solventado, que no quería perder amigos y, sobre todo, no deseaba le tomaran por mentiroso cuando se encontraba con algún conocido que se interesaba por lo que le había parecido uno de sus envíos últimos (“Porque ya sabes, Rogelio, que yo solo te reenvío lo que me parece realmente importante o curioso, de los muchos que recibo”), volvió, temporalmente, a rescatar del pozo del spam a sus amigos, para descubrir, con horror, un problema aún mayor.

Sus amigos habían perdido el criterio de valoración de lo que es verdad, globo sonda, especulación maliciosa o solemne tontería. Se encontró así con que había algunos que creían que se había descubierto, al fin, una liebre carnívora, un árbol arco iris, una tribu antropófaga en Australia, un virus que propagaba pornografía que era invisible para el emisor pero causaba obvia sorpresa en el receptor respecto a la rijosidad sobrevenida, etc.

Fue entonces cuando tomó la determinación que da título a esta historia. Creó el Servicio de Atención a Intoxicados (por internet). De momento, por lo que me cuenta Solventado, en la oficina solo trabaja él mismo, pero piensa ampliarla en breve, dado el cúmulo de actividad.

Cuando recibe un correo con una tontería o una comunicación estrambótica que él no ha deseado, el programa que ha desarrollado la detecta automáticamente (o el propio Solventado, en segunda derivada, le hace el placaje pertinente) y envía un mensaje de vuelta al emisor con estas palabras:

“Servicio de Intoxicados por internet. Ud. ha sido detectado como intoxicado, y para valorar la gravedad de su mal, hemos sometido sus correos a cuarentena. De repetirse el diagnóstico en el plazo de un mes, le daremos de alta como Crédulo, con todas las consecuencias”.

FIN

Cuento de invierno: Viviendo entre amenazas

El nombre de País de la Tranquilidad no debiera llamar a engaño. Aquella época alegre y despreocupada, en la que -según decían las antiguas crónicas- bastaba con meter, con mínima pericia, la mano en el arroyo más cercano para sacarla con una trucha atrapada entre los dedos, o los frutos de los melocotoneros y naranjos se pudrían en el suelo porque nadie se molestaba en agacharse a cogerlos, había quedado atrás.

El País de la Tranquilidad estaba, hoy en día, sometido a muchas amenazas. Era una sensación difusa, imprecisa, pero que había cobrado cuerpo en todos sus habitantes. que se habían vuelto recelosos.

La fama que habían adquirido tampoco les beneficiaba, porque seguía siendo un atractivo irresistible para los habitantes de otros países, en los que la hambruna, la falta de recursos y la desesperación eran aún superiores.

-Ayer, a pleno día, han robado en casa de mi vecino -era un comentario que podía oírse en la mercería de la esquina, mientras la propietaria del negocio envolvía los seis botones que le acababa de comprar una cliente, y que iban destinados a ser cosidos en una chaqueta de ante a la que había hecho recortar los faldones en una sastrería especializada en arreglos, regentada por unos comerciantes cochinchinos.

-Dice la policía que los ladrones son bandas organizadas extranjeras que disponen de llave maestra de cualquier puerta de seguridad -ratificaba, en otro lugar y momento, exponiendo su información, el encargado del concesionario de automóviles a la cajera, quien le acababa de traer un café con azúcar de la máquina expendedora y con la que, dicho sea de paso, tenía una relación sentimental.

-En un programa de televisión han explicado que esos individuos envían la fotografía de las cerraduras a una empresa italiana y, a vuelta de correo,  contra reembolso, les mandan la llave maestra. Actúan en grupos de tres personas, y mientras uno vigila la calle, los otros dos entran en el piso. Prefieren pisos altos, van directamente a la habitación principal  y usan la escalera, no el ascensor, para evitar el encuentro con un vecino – podría ser la explicación que, para completar el dibujo del panorama, ofrecía el técnico en comunicaciones avanzadas que había sufrido un ERE la semana pasada y estaba esperando. mientras tomaba una cerveza,  que, de un momento a otro, le avisaran de que su esposa se había puesto de parto.

El Comité de Seguridad del País de la Tranquilidad estaba al tanto de la preocupación ciudadana y, por eso, llevaban reuniéndose, en una sesión de las llamadas permanentes, desde hacía más  cinco años. Habían avanzado mucho en su tarea: tenían localizadas muchas de las amenazas, y detectado la mayoría de las vulnerabilidades.

-Antes de tomar una decisión -expresó aquel día de enero su Presidente, repasando sus notas- es imprescindible establecer prioridades, puesto que nuestros recursos son muy limitados.

-La mayor amenaza a la que nos enfrentamos es, sin duda, la del cambio climático, que puede derretir los polos, elevar la altura del mar más de seis metros, inundar los pueblos costeros y calentar la  superficie de la Tierra en más de seis grados.

-No estoy de acuerdo -replicó el Jefe del Estado Mayor de los Ejércitos-. El riesgo más alto que sufre nuestra sociedad es el de la guerra atómica, en la que los países del arco fanático quieran probar la eficiencia de sus armas nucleares atacando uno de nuestros aliados.

-Quiá -mantuvo, con firmeza, el Comisionado de la Federación de Empresarios que, por cierto, venía de declarar ante el Tribunal justiciero por una presunta apropiación de las cuotas de los asociados, y que habría empleado en un viaje a las Hébridas con su concubina-. El máximo peligro de nuestra sociedad es la invasión de los productos corniculianos, a precios ridículos, porque sus salarios son la décima parte de los de nuestra clase trabajadora.

A pesar de que llevaban tantas reuniones, analizando amenazas y vulnerabilidades, no conseguían ponerse de acuerdo en establecer las prioridades, porque todos los peligros les parecían de muy alta importancia. Cuando ya declinaba el día, un asistente muy joven que, al parecer no había sido invitado porque no formaba parte del Comité, dijo en voz muy alta:

-¿Será de alguno de Vds. un todoterreno azul que se está llevando la grúa?

Hubo un silencio, y varios de los presentes salieron corriendo, asustados.

FIN

 

 

Cuento de invierno: El cuentista

El cuentista se puso a reflexionar, como solía hacer con frecuencia -puntualicemos: no con “cierta” frecuencia, sino con mucha, alta y hasta desmesurada frecuencia, pues era persona de natural reflexivo, lo que, por otra parte, tratándose de un contador de cuentos no tiene porqué parecer extraordinario, sino, más bien, encajable en el grado medio con que se dedican a la reflexión los cuentistas que ni fu ni fa.

En aquella ocasión, la causa desencadenante había sido la recepción de un mensaje extraordinario -esto es, sin aviso previo ni antecedente o señal premonitoria por parte de su emisor, aunque no por ello habría de ser juzgado de insólito o impertinente- de una persona a la que el cuentista apreciaba personalmente.

El contenido esencial del mensaje era éste: “No merece la pena que malgastes tu tiempo, pues es evidente que lo que escribes no tiene ningún interés, ya que prácticamente nadie te lee”.

Debe completarse la valoración del mensaje antedicho con una precisión: el emisor del mismo pertenecía al inmenso grupo de los que jamás habían leído nada de lo escrito por el cuentista.

Por demoledor que le pareciera el consejo, el cuentista no podía pasar por alto que no constituía óbice, cortapisa o dificultad para que entendiera que la concluyente afirmación que contenía, partía de una premisa mayor o principal correcta. Prácticamente nadie leía lo que, con tenacidad y recalcitrancia, escribía, casi todos los días.

La conclusión, sin embargo (que figuraba situada en primer lugar de la frase que analizamos, a modo de tesis o deducción del silogismo) apelaba a una cuestión subjetiva -y que, por tanto, solo podría valorarse cabalmente en el ámbito personal de los móviles del propio cuentista-: no merece la pena que malgastes tu tiempo.

Se trataba, pues, de una concatenación causa-efecto, siendo la variable de entrada (input) el tiempo del cuentista, y el resultado de la función, cualquiera que fuera su formulación matemática o intuitiva, que “no merecía la pena”, sin precisión de sujeto, elemento o fórmula de evaluación   aplicados, aunque podría deducirse que a quien no habría de merecerle la pena era al propio cuentista, que era quien ponía, al fin y al cabo, la carne en el asador, esto es, su tiempo.

Especialmente intrigante resultaba al cuentista la existencia de una segunda hipótesis (subsumible como premisa menor en el razonamiento lógico empleado por su interlocutor), y que se convertía en la protagonista principal del pretendido aserto. Era su objetividad la que le parecía que podría ser puesta en entredicho, siempre que fuera posible medir el interés de un escrito, alocución o mensaje, en relación con algún otro baremo distinto al número de lectores o seguidores que pudieran  contabilizarse en un momento dado.

El cuentista encontró en el asunto materia suficiente para reflexionar, al menos durante algunos minutos, en relación con los términos “interés objetivo” y “formas de despertar la atención acerca de lo que se escribe”, en el supuesto, claro está, de que el “interés subjetivo” de escribir estuviera claro, lo que aparcó de momento, para no complicarse la vida.

De acuerdo con esta intención previa, cuya catalogación entendía que a él solo correspondía hacer,  recogió algunos ejemplos de éxito ajeno, tomados de la vida misma.

Ejemplo Primero: Es conocido que muchos -o todos- los partidos políticos que se presentan a unas elecciones, ya sean  o particulares, para conseguir llenar los locales en donde sus representantes más cualificados -los que pretenden vivir de ese cuento, en suma- exponen sus ideas o programas (en el supuesto de que los tuvieran), apelan a incluir, como atractivo, o acicate, formando parte intrínseca del espectáculo, a cantantes o artistas de la farándula que, con su arte, adornan el momento, le dan publicidad y alegrarán al personal asistente, haciéndole pasar un buen rato.

El cuentista realizó algunas encuestas -limitadas, ya que no dispone de muchos medios- acerca del contenido que recordaban los asistentes a los que tuvo acceso, de aquellos mítines y reuniones multitudinarias.

Encontró que, con absoluta exactitud, los asistentes recordaban quién o quiénes habían aderezado el festival con sus representaciones folclóricas, pero no eran capaces de indicar en qué consistía ese programa político. Aún más, cuando se aventuraba el encuestado a elucubrar sobre el mismo,  lo que creía haber escuchado no coincidía en absoluto con lo que correspondía al programa del que se suponía había sido destinatario y objeto preferente del mítin, limitándose a expresar frases genéricas, que igual podían ser atribuibles al partido político A, a su opositor B, o al catecismo del Padre Astete.

Concluyó, entonces, el cuentista que -si bien podría aceptarse que el mítin o reunión analizados, habían tenido éxito de convocatoria, pues se había llenado el aforo- la capacidad del mismo para difundir un mensaje específico, distinto del hecho de pasarlo de forma más o menos divertida con el espectáculo- era objetivamente nula.

Ejemplo segundo.- Tomando como envidiable referencia la de aquellos competidores por la atención del deseable público que tenían éxito notabilísimo de audiencia o seguimiento -los llamados gurús de las ondas, que acostumbran a pontificar sobre todos los temas imaginables, recortando aquí, copiando allá, o elucubrando sobre la marcha hastacullá-, analizó dos cuestiones: a) el número y calidad de las adhesiones que suscitaban sus comentarios y b) el tiempo presuntamente  dedicado, a partir de las estadísticas disponibles- a leer esos mensajes.

Encontró que cualquier mensaje de los llamados gurús o conductores de opinión, en especial, los que se limitaban a indicar: “Feliz día” o “Os deseo que os vaya bien” obtenía cientos y hasta miles  de adhesiones inmediatas, concretadas en “Me gusta” o, más explícitamente: “Te deseo lo mismo”.

En relación con mensajes más elaborados, cuya lectura, incluso rápida, hubiera consumido, al menos, de tres a cinco minutos, los registros evidenciaban que solo había merecido, salvo contadísimas excepciones atención durante un máximo de 3 segundos, supuesto, por lo demás, que los contadores fueran capaces de registrar tamaña precisión.

Concluyó, pues, que esos -en principio, tenidas por importantes y, por qué no, en algún caso, elaboradas elucubraciones de sus autores, cuya escritura podía haberles llevado un mínimo de entre veinte minutos a media hora- era consumido en menos tiempo que el que se emplea en sonarse la nariz o tirarse un p.

El cuentista, con este bagaje práctico, concluyó su análisis con esta determinación:

Haré lo que me parezca bien, sin importarme la trascendencia que consiga con mis elaboraciones. Al fin y al cabo, escribir cuentos me produce una satisfacción personal que no puedo conseguir de otra manera y, tal vez, alguien. que hoy ni siquiera conozco, conceda atención a lo que escribo, y le sirva para algo. Y, en todo caso, estoy muy agradecido de esas diez o veinte personas que me consta que me leen y, de vez en cuando, me comunican que les gusta lo que han leído.

Eso me basta, escribió el cuentista. Y escribió, aquel día, este nuevo cuento, para que, quien tenga ganas y tiempo de leerlo, disfrute o piense, aunque solo sea un instante, sobre lo que merece la pena y por qué .

FIN

 

Cuento de invierno: Cuadro expresionista

El hombre entró en el local, que olía a sudor y a humo. Llevaba una gabardina  empapada que se quitó nada más traspasar la puerta. Su pelo chorreaba.

-¿Hay algún médico? – preguntó con un grito desesperado.

La música impidió oir sus palabras. Los que estaban más cerca de él le miraron y aquel individuo angustiado trató de explicarse mejor para ellos.

-Hemos tenido un accidente.

Entonces se fijaron en que tenía la mano derecha envuelta en un pañuelo sanguinolento. Y el supo mejor la naturaleza del local en el que había entrado.

Dos mujeres completamente desnudas se movían voluptuosamente en el centro de un pequeño escenario.

La noticia pareció propagarse a lo largo y ancho del sitio y llegó a todas partes. Alguien detuvo la música y el hombre se dio cuenta de que había pasado a ser el centro de atención.

También las dos mujeres del teatrillo interrumpieron lo que estaban haciendo. Una de ellas se quitó la peluca rubia y avanzó hacia el tipo de la venda.

-Yo soy médico- dijo.

Salieron todos a la calle, y comprobaron que, en efecto, había tenido lugar un accidente y su naturaleza. Un camión había volcado parcialmente y decenas de cerdos que formaban su mercancía se habían esparcido, libres, por el terreno. Vagaban sin rumbo, enloquecidos, como figuras fantasmagóricas, a las que ocasionalmente iluminaban los coches que circulaban por aquella carretera vecinal, y que trataban de esquivarlos.

Empotrado en un lateral, un coche deportivo estaba empezando a arder. Su conductora, inconsciente por el brutal golpe, herida de muerte ya que el volante de su vehículo se le había empotrado en el tórax, hacía unos minutos que había dejado de existir.

No había nada que hacer.

-No hay nada que hacer -dijo la médico que actuaba de stripper en el local-. Que alguien llame a la policía.

Nadie de los que observaban la situación, a una discreta distancia, podía conocer que aquella mujer había tenido una noticia que le había hecho feliz hacía apenas unas horas. Por eso, iba, obnubilada por la ilusión, a llevar un bizcocho de pasas a su amiga Gallete, la de la mercería, que también era muy aficionada a los pasteles.

-Qué pena. Era una mujer muy hermosa -dijo alguien. Hace apenas unos minutos estaría rebosante de vitalidad.

-Si se pudiera dar marcha atrás, daría lo que fuera -expresó, sin estar seguro de lo que decía, el conductor del camión, mientras se miraba la mano y manoseaba el pañuelo ensangrentado.

Era imposible dar marcha atrás; el tiempo solo fluye hacia adelante.

Llegó la policía, y tomó declaración al conductor y uno de los agentes -una chica muy joven- preguntó si había algún testigo.

-No hemos visto nada, ni siquiera oímos el ruido -respondió un tipo con bigote, que podría ser el dueño del local.

-Llamaremos al juez, para que haga el levantamiento del cadáver -fue lo único que se le oyó decir al policía de más edad, que no paraba de tomar notas, no se podría decir muy bien de qué.

Poco a poco casi todos los clientes volvieron a entrar en el local. Necesitaban calentarse, y tomar algún refresco. El conductor del camión estaba preocupado por reunir a los puercos, pero no tenía método y, tal vez, le faltaban las ganas.

El espectáculo continuó. La chica que había dicho que era médico se quitó el abrigo, pero olvidó ponerse la peluca. Muchos pensaron que no era posible concentrarse hasta que pasara un rato y se disiparan los restos de la emoción.

Después, siguieron haciendo lo mismo que les había llevado hasta allí, cada uno con su historia, quién sabe cuál.

FIN

 

Cuento de invierno: Clemencia senil

Aunque se sospechaba que ya había cumplido los ochenta años, Silvela Menosconto, conservaba interesantes cualidades.  Había sido una mujer hermosa y en este aspecto, sí que el tiempo había hecho estragos: la esclerosis encogía y doblegaba su cuerpo, obligándola a caminar, desde hacía años, apoyada en un bastón,

Había sido profesora de griego en un Instituto femenino de Valgamediós y, entre sus éxitos literarios, contaba una traducción directa de varios clásicos. Su estudio sobre Esquilo, al que, en una brillante demostración,  controvertida por otros eruditos, había despojado de la autoría de algunos poemas, para atribuírselos a Arquíloco, le había granjeado una cierta fama, obviamente limitada a los especialistas en la creación griega arcaica.

Silvela no tenía hijos, aunque considerada como tales a algunos de sus alumnos. Por la Residencia geriátrica aparecía muy de tarde en tarde un tipo calvo, bastante obeso, al que acompañaba una mujer más joven, que se decía pintora y que se vestía de una forma que parecía más adecuada para hacer la calle que para rendir pleitesía a una anciana.

Se sabía que el hombre era sobrino de Silvela, porque así lo había dicho a otro residente.

-Te hemos traído una caja de bombones -le decía el sobrino.

-¿Por qué os habéis molestado? Aquí no necesito nada. Además, tengo prohibido tomar dulces…por la diabetes -replicaba, invariablemente Silvela, como respuesta a la atención idéntica que, visita tras visita -bastante esporádicas- le hacían los únicos miembros conocidos de su familia.

Un día de octubre, sin preaviso, aparecieron en la Residencia cuatro personas, preguntando por Silvela Menosconto. Eran tres mujeres y un varón, todos ellos en torno a los cincuenta y muchos años.

La visita supuso cierta conmoción en la residencia, porque se producía un lunes por la mañana, y los días de visita eran los jueves.

El hombre se presentó y, sacando una cartulina de un maletín que llevaba, pronunció unas palabras:

-El Excelentísimo Ayuntamiento ha decidido concederle a Vd. el título de hija adoptiva de la ciudad -y le extendió el documento, que tenía las letras de colorines y varios sellos, lo que le daba mucho empaque al papel. Las otras tres personas que le acompañaban, aplaudieron tímidamente.

Silvela, aún sujetando el bastón, que le era imprescindible para mantener el equilibrio, recogió la cartulina, algo aturdida.

-P…pero aquí dice “a título póstumo” y yo, que sepa, no estoy muerta aún -leyó, sin  necesidad de usar gafas, ya que tenía muy buena vista, a pesar de todo.

Los otros se miraron. De alguna parte surgió un tipo que hizo varias fotografías.

-Es, sin duda, un error. Pedimos disculpas. Pero lo importante es que el título que le hemos otorgado -concretó el hombre, que, como se supo después, era el concejal de cultura de la ciudad.

-No, disculpe. Lo importante para mí es que aún estoy viva -dijo Silvela, con una sonrisa triste. – Pueden volver en otra ocasión, si no les es molestia. Eso sí, antes cerciórense de que el diploma no contiene error alguno.

Y les señaló, con delicadeza, la puerta por donde habían venido. No sin antes, hacer una puntualización:

-Porque, a Dios gracias, no tengo demencia senil, pero, por mi vocación de maestra, ejercida durante tantos años, he aprendido a ser clemente con los errores de mis discípulos. Por eso, lo que tengo es una gran clemencia senil, que utilizo tanto con los demás, como, sobre todo, conmigo misma.

Dicen otros huéspedes de la residencia, que Silvela Menosconto se retiró a su habitación, que -por el momento- no compartía con nadie, y leyó, como cada noche, una página elegida al azar de sus autores amados. Y quiso la casualidad, que tanto ronda entre los humanos, que aquella vez le correspondieran unos versos de Safo, aquellos que dicen:  ἔλθε μοι καὶ νῦν, χαλεπᾶν δὲ λῦσον/ ἐκ μερίμναν ὄσσα δέ μοι τέλεσσαι/ θῦμος ἰμμέρρει τέλεσον, σὐ δ᾽ αὔτα/ σύμμαχος ἔσσο, y que ella, mentalmente, tradujo así:

“Ven de una vez, diosa, para colmar mi deseo/ y libra mi alma del yugo de la pena/protegiéndome como siempre/en la dura batalla por subsistir”

FIN