Cuento de primavera: Baile de máscaras

No habían coincidido hasta entonces, pero la casualidad los reunió en aquella mesa. Eran, más o menos, de la misma edad, ya avanzada la cincuentena. Gumersindo Centeno, bigote y barba algo descuidados, traje brillante por el uso, una corbata a cuadros demasiado ancha para lo que ahora se estila, parecía fuera de sitio.

Petronilo Maldotado, cabello ya entrecano dominado por un toque preciso de brillantina, terno caro de mezclilla, corbata firmada por la casa Carmani, también.

Su proximidad física en la mesa 16, junto a otros invitados a un desayuno al que asistía el Presidente del País de Maravalla, Dr. Corcovondo Inflado de los Ijares, que tenía lugar en el prestigioso Hotel Palace de la Putain, era producto, en efecto, del azar. Maldotado había llegado tarde a la convocatoria, cuando el conferenciante ya había empezado a hablar y se encontró con que no tenía sitio en la mesa que le habían designado previamente.

-Me temo, Sr. Maldotado, que las demás autoridades, creyendo que no vendría, han movido algo sus asientos, para estar más cómodos y no queda sitio en su mesa -le explicó la azafata, una atractiva joven de casi metro ochenta, que le sacaba la cabeza y a la que siguió, con la mirada fija en sus rotundas posaderas.

-La culpa la tuvo mi chófer. Creyó que el desayuno era, como otras veces, en el Hotel Pritz, y, cuando me dí cuenta, habíamos perdido un tiempo precioso -dijo Petronilo, aceptando que se le ubicara en la mesa 16, en un sitio de espaldas al estrado y con vistas a una columna.

Maldotado, empresario de éxito, estaba destinado a ocupar la mesa 2, el lugar preferente, justo enfrente del conferenciante, el Presidente del Círculo de Empresarios, y con la oportunidad de compartir espacio y mantel con el Presidente del País, los Ministros de Industria y Finanzas, y la Secretaria General de Inversiones Inespecíficas (amante del segundo), además de con el Rector Magnificiente de la Universidad de Maravalla capital, el cardenal Primario, el director del periódico de mayor difusión (La Gaceta Pertinente) y el Jefe Superior de la Policía Para-Científica.

Centeno, por su parte, estaba en ese desayuno por necesidad. Llevaba varios meses en paro, tenía hambre, y se le había ocurrido apuntarse a aquel acto, inventándose una ocupación que no tenía: Director ejecutivo del Club de Defensores Ambientados.

Maldotado, mientras un camarero le servía un té con hierbabuena, entregó a los dos inmediatos vecinos que tenía en la mesa 16, una tarjeta en la que figuraba su nombre impreso en huecograbado y el logo de su grupo, diseñado por Jacinto Maroscal. La vecina de la derecha, sacó del bolso un cartoncito que la acreditaba como ayudante del ayudante de la Secretaria de Inversiones Inespecíficas. Petronilo se disculpó, murmurando en voz ininteligible que se había olvidado las identidades en casa.

Había devorado casi todos los canapés de la mesa y lo que estaba escuchando en aquel acto no le interesaba, pero era quizás el único que había cumplido aquel día su objetivo.

FIN

Cuento de primavera: Discusión en las alturas

Hubo un tiempo en que el Olimpo estaba densamente poblado. A estas alturas, no se trata de buscar culpables, aunque, como en todas las cosas, incluso las de los dioses, la situación tenía varios responsables.

El principal, desde luego, era el propio Zeus, que había explotado su capacidad de seducción hasta límites que resultaban inimaginables, protagonizando actos que, si no fuera por su potestad y que, a la postre, era él quien confeccionaba los códigos de conducta y juzgaba las trasgresiones, merecerían las más duras calificaciones éticas y penales.

En un crimen pasional sin precedentes celestiales, había devorado a Metis, que estaba encinta de Atenea, que nació, por eso, dentro del estómago de su padre, y a la que la pobre niña no sabía si llamar papá o mamá; se casó luego con Temis, con la que tuvo las doce Horas, tal para cual; conquistó a Eurínome, que parió las tres Gracias, a cual más hermosa, pero no por ello libres del gen licencioso…Siguieron otras víctimas en su haber rijoso, las pobres Leto y Mnemosina, que, siendo fértiles y sin que les fuera permitido abortar ni utilizar anticonceptivos, le hicieron también padre; la segunda, de las nueve Musas, y la primera, de Apolo y Artemisa.

Sin complejos, Zeus no encontró tabúes para aparearse incluso con su propia hermana, Deméter, y de aquel incesto nació Perséfone. Próximo ya a sus últimos días, vivía con Hera, aunque la hipotética decadencia senil no le impidió, seguramente con estimulación artificial, seducir a Alcmene y engendrar con ella a Hércules, fuerte como Sansón y bastante bien mandado para los recados.

Si a tantos devaneos del primer causante, se suman los de hijos y nietos, derivados de su propia fogosidad, y habida cuenta que todos ellos heredaron la misma afición a gozar de los placeres tanto de carnes como de espíritus, apareándose los de arriba, perdidos los remilgos, tanto entre sí como con los que moraban más abajo, resulta obvio que en el Panteón faltaba sitio, entre hijos legítimos, naturales, adoptados, putativos y adjudicados.

La explosión demográfica de tantos seres, todas con sus bocas que alimentar, con sus moradas propias, con gineceos, vírgenes, y mancebos que sustentar, deseos que satisfacer, objetivos por cumplir, fue tan terrible, que se planteaban de continuo disputas entre ellos, los que, dadas las alcurnias, no se limitaban a un quítame allá esas pajas o nos vamos de veraneo al campo o a la playa. Deseosos de gloria y trascendencia, obsesionados por acumular cuantas más hazañas y méritos, pugnaban por interceder incluso en los menores asuntos de los terrenales súbditos y adoradores, que eran, como es natural, los más necesitados.

La búsqueda de glorias en la Gloria era frenética y el hedor de la concentración de residuos mágicos, insoportable para narices elegidas.

Así fue que tanto griegos como advenedizos, devotos como escépticos, tirios como troyanos,  aqueos junto a dorios, ilustrados lo mismo que paganos, disfrutaban de un bienestar que no les correspondía, pues con solo apelar al auxilio de cualquier divinidad, ya al comienzo mismo de sus rezos y plegarias, aparecían, diligentes, decenas de endiosados, fueran o no convocados por el demandante, a hacer como que solucionaban el problema.

No consta en qué momento exacto, ni por quién en concreto, se suscitó la urgente necesidad de repartir entre los dioses, demiurgos y hasta los seres menos divinizados del atiborrado escalafón celestial, las peticiones de intercesión de los humanos, que, para mayor presión, iban siendo cada vez menos, ya que éstos incorporaban a su acervo cultural, y lo hacían de forma exponencial,  nuevas tecnologías, escepticismos y más dudas. Así que las demandas de auxilio que llegaban a lo alto, eran claramente insuficientes para tener ocupados a todos los habitantes del Olimpo, causándoles una frustración incontinente, y constantes peleas por este devoto es mío, yo lo ví primero.

-Hay que poner orden en el caos, que perjudica a nuestro prestigio, y nos provoca tantos desasosiegos y rencillas. No voy a culpar a nadie, pero pienso que la culpa es de las deidades femeninas y, en general, de todas las hembras procreadoras, Con tanto parir a cada rato nuevos dioses y héroes, somos hoy por hoy demasiados los que tenemos o creemos tener poderes y, en paralelo, cada vez son más escasas, atrabiliarias y raras, las peticiones que nos llegan desde abajo. -expresó Hércules, que tenía gran facilidad de palabra, como todos los atletas-. ¿Qué decir a los que nos piden que hagamos porque gane su campeón local en unas justas, ya sea cojo de solemnidad o borracho empedernido? ¿Cómo habría de juzgarse la incalificable ligereza de los que conceden a un devoto, con solo ver que les han encendido un par de velas u ofrecido el sacrificio de alguna oveja enferma que la hizo incomestible, tener la suerte de verse sanado desde un forúnculo en el ano, a conseguir un puesto en el Gobierno de su polis?

No quedaba ahí, para Hércules, la cosa:

-Nos atropellamos para ejecutar cualquier trabajo, y hay dioses de primera fila que incluso asumen labores que corresponderían claramente a otros de calidades inferiores, y lo hacen solo por mantenerse ocupados, para no aburrirse. Nos quitamos trabajo unos a otros. A nosotros mismos, los héroes, se nos encomiendan nimiedades por las que no merece la pena ni agacharse. Tomo mi propio ejemplo, sin que esto signifique crítica ante tamaña aberración: ¿qué sentido tiene que yo tenga que encargarme de robar manzanas del jardín de las Hespérides? ¿No sería labor más propia de un centauro?

Zeus, que empezaba a sufrir ataques de Alzheimer (que, como se sabe, no era héroe ni personaje de esa constelación, pues aún no había nacido), pidió consejo a Hera, que, sentada en su regazo, se estaba haciendo la manicura con unas tijeras de podar flores del maná, abundantes en la época (aproximadamente año 4.000 previo a nuestra era cristiana):

-Tiene  razón el muchacho -habló Hera, la taimada deidad, que había sido elevada recientemente a la categoría de reina del Olimpo por el vetusto Zeus,  y que se consideraba, gracias a sus afeites y conjuros,  más bella incluso que Afrodita, a la que algunas versiones modernas se refieren como Blanca Nieves, por utilizar un dentífrico de marca-. La idea es buena. Habría que matar a todas las hembras en edad de parir, empezando por Alcmene y Afrodita. Eso solucionará el núcleo del problema, y aquí paz y después, gloria.

Pero, como siempre que se organizaba un intercambio de pareceres, y estando minada la autoridad del que antes había dirigido, surgieron muchas otras opiniones, abierta la caja de Pandora:

-Oye, Zeus, el Olimpo está en lucha. Reconoce que tu tiempo ha llegado al final, a salvo de lo que Cronos opine, que en este concreto asunto tiene más autoridad -dijo Plutón, surgiendo, tridente en mano, de las cavernas profundas de las pelágicas aguas-.  Manda al destierro o al infierno a los héroes. Cede poder a los que tenemos más futuro. Confíame sin tapujos a los dioses menores, que los confinaré en un Panteón especial en los avernos, a donde no se pueda llegar sino en barca de remos y allí los retendré hasta que se mueran por aburrimiento e inacción.

-Querrás decir, colega, de inanición, aunque algunos dioses, ya sabes, son de poco comer -le puntualizó Dédalo, que era muy quisquilloso, lo que no le impedía ser prolijo en sus argumentos. Pero antes de que iniciara sus laberínticos razonamientos, se oyó una voz muy  femenina, aunque tonante.

-¿Qué insensatez es ésa? Pongamos a cada cual en su sitio, como siempre debió ser. Que los centauros retornen a su naturaleza animal, que nunca debieron abandonar. Que los dioses menores se encarguen del servicio celestial, que está muy descuidado, y que se contenten con nuestra contemplación. Y que los héroes vayan a la Tierra, como simples humanos, desprovistos de toda capacidad,  y que se apañen con lo que yo les dé.-dijo Gea, que aprovechó un tic convulsivo que le producía hablar en público para tirarle los tejos a Urano, aunque de momento éste no le hacía puñetero caso.

El debate se prolongaba, por lo que Cronos se adelantó unos pasos, y sentenció de esta manera:

-Por alusiones de Plutón, pero también porque me da la real gana. Yo tengo la clave de todo y, en resumidas cuentas, de lo que discutimos, es ésta: que cada poco tiempo, se retrasen los relojes de los humanos, volviéndolas a un punto anterior. Así, se encontrarán haciendo, sin saberlo, una y otra vez lo mismo. Sísifo se encargará, y lo hará de buen grado, ya que tiene experiencia, de repartirles los inútiles trabajos, de manera que nada den jamás por terminado. Que haya guerras, corrupción, nepotismo, acumulación de despropósitos, mercados…

-Calla, calla…Me gusta esa idea -dijo la Poesía-. Que haya incluso compasión, inocencia y que Amor los visite de vez en cuando. Pero, ¿qué pasará con nosotros, los de arriba?

-No tenemos por qué preocuparnos -replicó Cronos, que se había dado cuenta de que a Zeus le había vencido el sueño, y roncaba profundamente-. Yo me ocuparé de sacar del Olimpo a todos los dioses. Os guiaré a un sitio recogido que conozco, en el que nada tendréis que hacer en adelante, más que ocuparos de vosotros mismos.

Todos estuvieron de acuerdo, por aclamación, aunque, por un momento, la Música pidió el voto a mano alzada.

Y de inmediato, Cronos, cumpliendo su palabra, los condujo a todos al Olvido, de donde no volvieron.

En cuanto a los humanos, la leyenda dice que algunos consiguen escaparse del control de Sísifo y se resguardan en el oasis de Fantasía, cuyos propietarios son Eros y Tanatos (Amor y Muerte).

FIN

Cuento de primavera: El integrado

No era muy negro, pero era negro; tampoco podría decirse que fuera excesivamente alto, pero era más alto que la mayoría. Tenía algunas ventajas, aunque eran mucho mayores las desventajas respecto al resto de la población con la que tenía que competir. Era bastante más joven que la media, estaba acostumbrado a soportar cientos horas de calor y de sed y no eran pocas las veces que se había tenido que acostar sin haber probado bocado.

¿Competir, he escrito competir? Esa no es la palabra que expresaría su actitud. Qué va. Sin conocer una sola palabra del idioma de aquellos otros con los que se cruzaba, después de tres días rebuscando entre sus desperdicios, temeroso de que, mientras separaba de las bolsas de basura algo comestible o una prenda de abrigo que fuera algo mejor que la harapienta que llevaba, alguno de esos perros que le ladraban desde detrás de las verjas y muros descubriera en ellos una rendija y se lanzara contra él, lo único que deseaba era poder encontrarse con alguien que le tratara de forma amistosa. Que le entendiera, al menos.

-¿Qué haces, tú? ¿Por qué rompes las bolsas? -le preguntó alguien que surgió de las sombras de la noche. Llevaba una linterna.

Se escabulló como lo haría cualquier animal. Por suerte, había encontrado en sus pesquisas entre los residuos, dos  naranjas solo ligeramente enmohecidas por un lado, de cuyo zumo disfrutó por unos instantes. Tuvo sensación de felicidad.

Aquella noche durmió también a la intemperie, sobre un banco del parque, protegido del ligero relente por unos cartones. Soñó que estaba en el Paraíso.

Le despertó un zarandeo.

-No se puede estar aquí.

No entendió.

-Está prohibido dormir en la calle.

No entendió nada. Se incorporó, dejó a un lado el material que le había servido de somera manta, y huyó.

Estaba empezando un nuevo día, y la mañana se ofrecía como un sendero de promesas. Caminó entre olores a café recién hecho, a bollos calientes. Sorteó autos que conducían gentes que iban, con prisa, hacia ninguna parte. Vio mujeres hermosas, blancas y, seguramente, de piel suave y de olor a flores de lavanda. Algunos de los que se cruzaban con él le miraban con curiosidad; la mayoría, no le veían o le ignoraban.

No tenía ninguna dirección a dónde ir, carecía de móvil -se lo había robado en el Centro de Inmigración en donde estuvo retenido seis días- y, falto de toda información, ni siquiera sabía dónde estaba. Cuando levantó la mano para recoger el billete de autobús que le ofrecieron para ir a un lugar del que nunca había oído hablar, no tenía la menor idea de si en él se encontraría con otros como él, ni de qué iba a vivir, o porqué tendría que luchar o contra quién.

Lo que no le impedía, al contrario, desde hacía un par de semanas, disfrutar de la sensación de libertad. Además, estaba seguro de encontrarse en racha de suerte. Apretó el amuleto que llevaba al cuello, colgando de una cuerda mugrosa.

Tuvo esa suerte. A la puerta de una tienda de ultramarinos, impávido como un cazador de impalas al acecho, se encontró con un semejante. Era Tamuk, su vecino. su compañero de juegos infantiles. Ahora Tamuk estaba jugando a otra cosa, a un juego de adultos, sonriendo a cuantos entraban y salían del local -le pareció que decía algo así como “Hola”-, y recogiendo de cuando en cuando algunas monedas, a cuyo gesto correspondía con otra palabra, “Gracias”.

-¡Tamuk! -gritó de alegría.

El otro le miró. La sonrisa se le heló en los labios.

-No te acerques, Hamel. No es bueno que nos vean juntos. -le advirtió el interpelado, sin responder al cálido abrazo de saludo.

-¿Por qué? ¿Qué pasa? -se extrañó Hamel, que no podía disimular la alegría de verse, por fin, con un amigo.

-¿No te das cuenta? Yo ya estoy integrado -explicó Tamuk.

Hamel se hubiera quedado convertido en estatua pétrea, pero, cuando hacía ademán de marcharse con viento fresco, oyó que su amigo le decía en voz baja, en el dialecto swahili que compartían:

-Hay un barracón abandonado junto al cementerio. Allí nos reunimos todos los días para cenar, contarnos las aventuras del día y dormir. Ya somos cinco, y, por suerte, estamos todos integrados. Serás bien venido.

Esa noche se enteró, en una conversación de máxima cordialidad, mientras saboreaba las sardinas de una lata que le había ofrecido un negro tan negro como él, que la clave para integrarse estaba en dos palabras: “Hola” y “Gracias”. Y había, por fortuna, aún un par de sitios en donde sacarles rentabilidad.

FIN

Cuento de primavera: La oportunidad

Como todas mañanas, hiciera frío o calor, fuera el tiempo ventoso o lloviera a cántaros, nevara o tronara, montó su caballete, mezcló en la paleta las combinaciones de colores salidos de los retorcidos tubos al óleo que atiborraban su maletín de madera de fresno, manchado por los residuos de múltiples jornadas, y se puso a pintar.

Hacía tiempo que había dejado de pintar lo que veía, para expresar otra cosa: su deseo de intervenir sobre el paisaje, modificar en el lienzo la apariencia de aquella naturaleza, mintiéndola -pero también, recreándola-. Su ideal sería que aquel conjunto de árboles, rocas, praderas, con caminos de tierra, iglesias y casuchas, desapareciera y solo quedara constancia, para un hipotético visitante de otro planeta, de lo que él había reconstruido, vertiendo sobre el lienzo su propia creación.

Porque allí, sobre pedazos de tela, en las urdimbres apelmazadas por el engrudo, había construido, día tras día, año tras año, miles de elucubraciones que sustituían, dándole otras dimensiones, el mundo que tenía ante sus ojos.

Lo vemos ahí, saliendo del umbral de lo que parece su casa, con los pantalones sucios y arrugados, y los zapatos convertidos en parte del polvo de los caminos que, tenaz y aplicadamente, siguiendo el mandato de su dueño, recorrieron -a diario -en realidad, siempre el mismo camino, que no conducía a ninguna parte, porque acababa siempre en un recodo que jamás había traspasado.  Hay un bastón apoyado en la pared, y una libreta cerrada, seguramente con más apuntes, sobre uno de los escalones.

Ese hombre, ya vencido por el tiempo, consciente de le que quedan pocos años de repetirse a sí mismo en la búsqueda de su propio paisaje, sonríe.

Acaba de atisbar su oportunidad. No es distinta de la de ayer y puede que no sea diferente de la de mañana. Pero la va a utilizar, como siempre, introduciendo en las líneas de ese paisaje que volcará sobre el lienzo, desmintiéndolo, sus ideas respecto a lo que, si hubiera sido Dios, habría sido su creación.

Cientos de visitantes pasan hoy, en el hoy del ahora, por el museo en donde se cobra una entrada por la oportunidad de ser testigos de su esfuerzo. Comentan, insensibles, pisoteando entre los vestigios de la destrucción de la serenidad de su autor. Una locura que ha dejado múltiples huellas, una introspección convertida en ariete contra la creación de Otro, superior, ajeno, magnífico.

La guía, sin que parezca percatarse de que camina entre cadáveres, de que se dirige a fantasmas, propaga un mensaje ininteligible que resbala sin piedad entre cerebros que están pensando en otras cosas:

-Aquí podemos observar como Cezánne entremezcla árboles, cielo, estanques y figuras humanas, haciéndolas participar de un mismo espacio, sin preocuparse por delimitar las zonas que corresponderían al aire, a la tierra, al agua o a los propios bañistas, de manera que todos parecen formar una unidad, integrados en una única naturaleza…

Uno de los oyentes, enarbolando su entrada, a la que no quiere abandonar, con los auriculares bien ajustados a las sienes, se cree de pronto iluminado para preguntar en voz demasiado alta:

-¿Por qué la mayor parte de estos cuadros no están acabados? ¿Se sabe por qué  este pintor no se tomaba la molestia de rematar lo que estaba haciendo?

Al salir a la calle, estaba, como siempre, la realidad externa, tan apetecible para quienes no tienen preocupaciones que ocultar. Recuerdo que el 22 de octubre de 1906, después de haber estado pintando bajo un aguacero, Paul moría de neumonía. Fue su última oportunidad de destruir un paisaje para crear el suyo.

FIN

FIN

Cuento de primavera: El bello y la bestia

Había una vez, en un lejano país, -alejado de cualquiera de las fronteras conocidas-, una joven virtuosa que vivía preparándose para el día de mañana, que, como es sabido, se corresponde más o menos con el momento de la vida de cada persona en el que la sociedad te reconoce como adulto y te ofrece la posibilidad de trabajar con una remuneración que te permita vivir con la dignidad propia de los cuentos de hadas.

Esta joven tenía un padre ya bastante anciano, que se había quedado viudo cuando era niña de pocos años, y, consciente del poco tiempo que tenía libre para dedicárselo a su querida hija, había confiado su educación a una vecina que, por cochina casualidad, era una bruja piruja de lo más retorcido.

Cuando la hechicera comprendió que sus enseñanzas -consistentes en la confección de infectos brebajes y malévolos conjuros- no eran asimilados por la adolescente, montó en su escoba al mismo tiempo que en una cólera terrible, y convirtió al padre en un adefesio (un jarrón de imitación de porcelana china, con forma más bien de vaso de noche) y a la joven en una loba de tamaño descomunal, a la que obligó a vagar por el bosque, y, dada su nueva naturaleza, se vio constreñida a alimentarse de los animales que pudiera cazar.

Por fortuna, los maleficios brujeriles tienen sus limitaciones y la condición que iba implícita en éste, en concreto, fue que, la joven-loba se mantendría indefinidamente como tal si antes de los veintiún años no encontraba a alguien que la amase en su propia condición de bestia maléfica. Cuestión de solución realmente muy complicada, ya que en aquella comarca todos consideraban a los lobos seres abominables, condenados a la extinción, pues diezmaban los rebaños de ovejas, mataban sin piedad a las gallinas e, incluso, atacaban a los seres humanos cuando se encontraban a solas con ellos en un descampado y los hallaban desarmados.

Cuando en la comarca fue conocido que, además de las manadas lobunas habituales (que habían sido monitorizadas con microchips instalados en sus orejas), se había asentado una loba de magnitud descomunal a la que, por la sola razón de su tamaño, habría de inferirse ostentaría una inusual capacidad devoradora, organizaron de inmediato una batida, con el propósito concreto de matarla y disecar su piel para hacerla alfombra. Todo ello, contando con la licencia correspondiente.

El falso jarrón chino había sido, entre tanto, recogido por un buhonero, que lo había descubierto husmeando entre los enseres de la destartalada casa, vencida por el abandono, en que se había convertido la otrora apacible vivienda del anciano padre. Estaba puesto a la venta en la plaza del pueblo, junto con otros inútiles cachivaches de variada procedencia, y, no habiendo perdido su capacidad de escuchar, allí mismo se enteró de lo que pretendían sus antiguos paisanos.

Lleno de dolor, sintió el deseo de estallar en lágrimas, aunque solo consiguió que se abrieran unas cuantas grietas en el recubrimiento porcelanoso, lo que lo afeó aún más. Su aspecto llegó a ser tan deplorable, que cuando un joven le preguntó al mercachifle por el precio, ya que tenía intención de ofrecérselo a su sufrida madre como regalo de cumpleaños, éste se lo regaló.

-Quítamelo de la vista y con esto ya te estaré agradecido, -dijo el buhonero-. Su presencia disminuye el valor del resto de mi mercancía, porque todos me preguntan si no lo extraje de un yacimiento etrusco, pues exuda a veces limo por las grietas.

Cuando los cazadores de la comarca se alistaron para formar el grupo que tenía el objetivo de dar fin a la gran loba, el citado joven, que resplandecía por su belleza y bondad  entre los demás,- ya que no había sido atacado por la viruela y había leído la Historia de San Pascual Bailón y Santa Nicasia del Palomar,  y se las había creído, decidió incorporarse al mismo, con la intención de boicotear la caza.

No tenía, en realidad, ese deseo anticinegético nada que ver con su bondad, sino que provenía del hecho constatable de que estudiaba etiología y pertenecía a un colectivo harto estrambótico, ya que se presentaba como empecinado en la defensa de la fauna salvaje que aún subsistía por aquella época. Incluso se jactaba en su currículum de haber participado con su opinión en ciertos foros, tomando ideas prestadas de insignes naturalistas, expresando que los lobos no eran dañinos por su naturaleza, sino inocentes contribuyentes al equilibrio ecológico, y que, además, podían servir de un atractivo turístico, siendo mayores los beneficios que podrían derivarse de su conservación que los producidos por su exterminio.

-Haré mucho ruido para espantar a los lobos y conseguiré que se vayan o escondan. En particular, me gustaría que esa loba gigantesca pudiera escapar con vida, tener hijos y que sean todos de gran tamaño.

Así había escrito en un diario que mantenía abierto, y en el que cada día escribía una impresión, un hauki  o una poesía en rima asonante.

Quiso su suerte que el día de la batida, mientras los demás se afanaban en cubrir las muchas hectáreas de bosque tratando de avistar a la dañina fiera, el meritado joven, que estaba muy bien dotado (para las luengas caminatas), tomó un hatajo para llegar a donde suponía, por la espesura imperante y dado su conocimiento de las costumbres de los salvajes cánidos, que podría ocultarse la bestia.

Grande fue su sorpresa cuando, habiendo llegado a ese punto, desde el que se oían a lo lejos los ladridos de los perros y el trajinar entre los matos de las armadas huestes, se topó en efecto con la loba, que estaba lamiéndose la pata derecha, despreocupadamente. Al mirar aquella escena, contrastada al trasluz por los rayos solares del espléndido amanecer, quedó deslumbrado por el halo que circundaba el pelirrojo pelaje del gigantesco animal, resplandeciente en sus hermosas guedejas, y se sintió algo traspuesto. Le pareció que, en su interior, se despertaba un desconocido ardor, que no era de lástima o compasión, sino cercano al amor, aún sin poder precisar si era tensión natural o licenciosa inclinación.

Más fuerte fue, sin embargo, la impresión, cuando le pareció escuchar que la loba se quejaba de esta manera:

-Pobre de mí, sujeta a los avatares de una naturaleza que me es impropia, destinada a vagar por estos umbríos bosques, a alimentarme de sangre y de carroña, en lugar de vivir apaciblemente con los míos y, además, sin poder ejercer las artes para las que me inclinación me guiaría en mi provecho y el de otros semejantes bípedos.

Esta quejumbrosa reflexión avivó la curiosidad del hermoso joven que, creyendo estar en presencia de un ser angélico -si bien convertido en una apariencia monstruosa, por quién sabe qué oscuras razones de esos seres que actúan sobre la voluntad y desvaríos de los humanos-, se acercó aún más a la loba, perdido el miedo, para preguntarle:

-Dime, oh hermoso animal que estás entre los más dotados de tu naturaleza lobuna. ¿Qué pensamientos sombríos son ésos? ¿No estás contento, infiero, de ser lobo?¿Te rebelas contra tu naturaleza, siendo ésta esplendorosa, según veo?

A lo que, por no haber perdido la capacidad del habla de los humanos, contestó la loba:

-No soy lobo, sino loba. Esto, para empezar. Y, además, para mayor precisión, te diré que fui no hace muchos años, Merceditas, la hija de Pedro Ligares, el porquero.

-¿Cómo has llegado a esta condición, criatura? -le espetó el hermoso doncel, mirando a todos los lados, porque temía ser objeto de una broma de mal gusto. Merceditas era, según creía, una moza que había dejado el pueblo para dedicarse a ser chica de alterne en un lupanar de centro Europa.

-He sido encantada por una bruja, malvada vecina que me condenó a esta desventura por no hacer caso de sus torcidas propuestas, consistentes en preparar brebajes con los que engatusar a los jóvenes para que cayeran rendidos en los brazos de mujeres sin corazón, o potajes con los que convencer a los humildes de que los poderosos están haciendo las cosas por su bien, o … -continuó la bestia, abriendo unas terribles fauces con las que pretendía modular mejor las palabras, y en la que ya faltaba un incisivo.

-Calla, calla, por Dios -le atajó el bello muchacho, sin darse respiro -No sigas, que el ánimo se me encoje. Te conozco, Merceditas, aunque bajo ese pelaje jamás te hubiera reconocido. Lo que cuentas es abominable. ¿Dónde está tu padre, que no te ha defendido de ese maleficio?

-La malvada bruja lo ha convertido en un jarrón chino y, además, falso -fue la terrible respuesta que oyó el bello de la bestia.

Y el joven comprendió que aquel jarrón no era si no el que tenía su madre sobre la mesa de la cocina, sosteniendo un ramo de flores artificiales que simulaban dalias.

-Oir para ver y ver para creer -fue lo único que se le ocurrió al muchacho.

Y, en ese momento mismo, los tipos de la batida, divisaron a la bestia, y apuntando al bulto, allí mismo la acribillaron a balazos. Justo en el instante en que, vendido el maleficio por el amor del bello, la loba se había transformado en la hermosa joven que había sido, aunque, por las graves heridas inferidas, nada se pudo hacer para salvarla.

Todos se quedaron atónitos, y el bello, consternado. Aún hoy el caso sigue abierto en las instancias judiciales, sean éstas cuales fueren, pues estas cuestiones de competencia entre licantropía, magia y cuestiones de familia, no encuentran atribución sencilla en los órdenes correspondientes de los tribunales de Justicia.

P.S. Si le interesa al lector saber qué pasó con el jarrón, encuentro justificada su curiosidad. Vuelto de pronto a la forma humana, se encontró desnudo en casa de la madre del joven sobre la mesa de la cocina, causándole buena impresión. Cuando se recuperó del luto, se casó con la hacendosa viuda, de la que en su época cerámica había podido constatar cuán seria, diligente y ordenada era para las cosas del hogar. No consta que haya trabajado posteriormente de porquero ni tampoco que le correspondiera jubilación, al haber pasado los últimos años sin cotizar. Vivió posiblemente del cuento (y de la viuda).

FIN

Cuento de primavera: Queenie y el zorro petimetre

Tal vez no se llamase Queenie, pero cuando hizo la Primera Comunión, con aquel vestidito blanco de encajes hechos con bolillos y el lacito de seda uniéndole en lo alto ambas coletas, la abuela María Luisa, que era la única que había sobrevivido de los cuatro mayores, y hacía pocos meses que estaba de vuelta de Miami, le dijo que era una Queenie, una reinecita, y a ella, como que le gustó, y, a partir de entonces a todo el mundo le decía que su nombre era Queenie, y eso le quedó.

-Queenie, ven para aquí, Queenie estáte quieta, Queenie ayúdame con esto.

Era más bien baja que alta, más fea que guapa, más gorda que delgada.  Era inteligente y dispuesta, pero esas cualidades no son de las que se ven o, si se ven, se aprecian. Así que el nombre de Queenie, para quienes se creen que las reinas tienen que ser algo excepcional en todo o casi todo, le empezó a caer, para los maledicentes, como una verruga al lado del ojo.

-Esta no se nos casa, ya verás -dijo la madre, viendo que se hacía mayor y que no se la conocía pretendiente ni al asomo.

-¿No será de esas que tienen el gusto perdido, y solo miran a otras mujeres? -aventuró, con la boca pequeña, el padre de la criatura.

-No lo quiera Dios -fue la petición espontánea de la madre, que era devota.

Había en la ciudad un tipo que se las daba de taimado, atribuyéndose a sí mismo -cuando tenía ocasión- cualidades propias de los zorros, que se dice son capaces de entrar en un gallinero y, por guardados que estén patos y gallinas, tanto con red de alambre como con perro ladrador, siempre birlan alguna pieza, de la que no dejan más que cuatro plumas de testimonio en el comedero.

Es como si dijeran. “Por aquí pasé”.

A este fulano, de nombre que le pondremos, el de Bolindres Racimera, no se le conocía más arte ni otro beneficio que el de pasear vestido de petimetre, esto es, de pisaverde, con esa elegancia rancia del que cree estar a la moda y, en realidad, pasa por amanerado. Y cuando el decir general, en una población pequeña, califica a alguien de tipo con modales rebuscados, está atribuyéndole, a la chita callando o a voz cantante, vicios o tendencias que juzga inconfesables, salvo en las iglesias donde se otorga perdón por los pecados.

Racimera era, en realidad, un zorro petimetre, que es tanto como decir que ocultaba sus verdaderas intenciones, como ya habían hecho antes otros avezados en el arte del disimulo, pretendiendo que se le viera como que eran lo que no eran. Unos, son zorros para el negocio, otros, para la política y, no pocos, para los asuntos tocantes a los placeres de la carne que, en lugar de ser servida en el plato, se suele consumir bajo las sábanas y en buena compañía.

Bolindres Racimera era de estos últimos. Simulando cojear de un palo, atraía a las palomas del contrario, que, confiadas, acudían a él, ya fueran solteras como casadas, consultándole las dudas y problemas más variados.

-Tú que tienes gusto, Bolindres, ¿cómo me sentará este corte de pelo?

-¿El color rosa, va bien con el morado metálico?

-¿Dónde se podrá comprar una faja adelgazante?

A todas las cuestiones contestaba con tino, y cuando le parecía que el tiro merecía la pena, las hacía asomar al brocal del pozo en donde, como una hormiga león, entre zalamerías y engaños, las empujaba para hacerlas caer hasta el fondo, en donde él les devoraba la virtud o lo que hubiera en su sitio.

Pareciéndole que se le estaba pasando la edad para casarse, Queenie tocó a rebato, dio un repaso mentalmente a su libreta de contactos y, consciente de sus limitaciones, después no pocas dudas, seleccionó a Racimera.

Era tal su desconocimiento de los andurriales que el otro frecuentaba, que imaginó que le tenía que resultar atractiva la oferta que iba a hacerle, que no era sino casarse con ella. Y si al lector esta historia le está pareciendo bastante antigua,  porque opina que ahora los jóvenes tienden a escabullirse de tales compromisos, envejeciendo sin pasar por los registros civiles, que solo guardan el asiento de su nacimiento, espérese al final, antes de juzgarla.

-Bolindres, no tienes por qué negarlo. La gente juzga por tus vestidos, tu porte, tu andadura,… que eres marica perdido. -le dijo la moza, abriendo el melón por la parte que a ella le convino.

-No es oro todo lo que reluce, ni homosexual quien lleva pluma -fue la respuesta del zorro petimetre.

-Yo se que no lo eres. Te llevo observando desde hace mucho tiempo, y estoy segura de lo que te gusta.

Estaban en el Club de Regatas, en cuya cafetería habían coincidido adrede. Queenie había pedido a Bolindres un tiempo para hacerle una consulta seria y el zorro, aunque no encontraba a la joven atractiva, interpretó, curioso, que en la cosa habría, en fin, tomate. Por eso le sorprendieron los alegatos de principio.

-Voy al grano-siguió Queenie-La gente también murmura de mí que soy lesbiana.

-No había oído nada de lo que me cuentas -mintió Racimera, mientras valoraba que el botín iba a ser nulo o muy exiguo.

Queenie sorbió un trago de la Cola, para humedecer la boca seca.

-Pues lo soy -confesó la moza-.Vamos siendo mayores, quiero vivir aquí y creo haber encontrado la forma de que ambos hagamos lo que nos apetece, de común acuerdo, y sin escándalo.

Bolindres la miró de hito en hito.

-Casémonos -dijo Queenie, sin mover un solo músculo de la cara, salvo los orbiculares de los labios.

Fue una propuesta razonable que, convenientemente sopesada, Bolindres aceptó. Tendría sus razones. Y fueron muy felices desde entonces, cada uno en su corral, callando habladurías.

FIN

 

 

Cuento de primavera: La víctima y el sicario

Cuando recibió el encargo de matarlo, contraviniendo las normas jamás escritas que rigen esa actividad reprochable, el sicario se empeñó en conocer detalles de su futura víctima. Había recibido, como pago adelantado, la mitad de lo convenido, y su cliente se había comprometido a abonarle el resto cuando tuviera conocimiento del cumplimiento de la orden.

-No me envíe ningún mensaje. No se le ocurra volver a ponerse en contacto conmigo. Yo me enteraré por mis propios medios de que todo está concluido y le haré llegar el dinero que falta de la manera que tenemos convenida.

No es, desde luego, lo mismo matar a una persona desconocida que a alguien de quien se conoce previamente sus circunstancias, su perfil ideológico, sus relaciones familiares. Pero aquel sicario tenía por norma no matar jamás en vano. Era casi una cuestión religiosa, con la que pretendía tranquilizar los oscuros recovecos de su miserable conciencia.

Tenía que encontrar, pues, fundamentos para asesinar a su víctima, aunque no fueran coincidentes con las de su peculiar cliente y para ello era imprescindible acercarse a ella, y justificar con alguna razón porqué debería estar muerta.

Una vez que lo localizó -las señas eran precisas-, se dedicó a acecharlo. Lo espió día y noche, vigilándolo  desde la calle, a prudente distancia.  Estuvo así tres días completos sin conseguir  información relevante, porque aquel tipo no salió de casa más que para ir a una Farmacia, en donde permanecía dos o tres horas. No había otros movimientos en el domicilio, no entraba ni salía nadie más. La vida de la futura víctima aparecía totalmente anodina, seguramente ocupada por el cuidado de una enfermedad, envuelto en soledad y misterio.

Cuando, en la mañana del tercer día, lo vio salir del edificio, en lo que suponía habría de ser otro paseo hacia la Farmacia, en donde deberían estar preparándole a diario algún brebaje especial de fácil descomposición, se decidió a abordarlo.

Quería conocer, al menos, el tono de voz de la futura víctima, sus inflexiones, desvelar algún misterio de su talante.

-Perdone, ¿me puede decir cómo se llega desde aquí a la Plaza del Comercio? -fue la pregunta que se le ocurrió formular, para entablar una mínima conversación.

La víctima no se mostró extrañeza por la interceptación del paseo, algo forzada. Vertiendo sobre el sicario una mirada inexpresiva, le contestó:

-Queda un poco lejos. Pero, como tengo algo de tiempo, yo mismo le acompañaré hasta allí.

La voz era melodiosa, agradable, con inflexiones en el tono, sugerente.

Caminaron un rato en silencio, avanzando por una calle muy concurrida. El futuro asesino había disimulado su rostro con un bigote postizo y se había puesto unas gafas que no necesitaba. A hurtadillas, para no despertar sospecha, sopesaba cómo adentrarse en el misterio de aquella vida cuyo futuro debería ser frustrada por su mano asesina. ¿Qué cuestiones resultarían más adecuadas para abrir la cancela en donde se guardaban las razones de aquel desconocido al que debería asesinar y que, por tanto, le permitirían descubrir la causa por la que tendría que morir?

-Ya veo por su pregunta y, sobre todo, por su tono de voz que Vd. es forastero y que conoce muy poco de esta ciudad. La Plaza del Comercio es el lugar en donde se concentra la mayor parte de las manifestaciones de quienes protestan por algo que va mal. Y no faltan motivos en este país. Justamente, dentro de una hora está convocada una para denunciar la falta de seguridad ciudadana, y a la que yo pienso asistir. -dijo el desconocido al que correspondía asesinar más bien pronto que tarde-. He estado enfermo y hoy me siento, de pronto, muy bien.

El sicario no dijo nada. Se limitó a observarlo de reojo, advirtiendo en el rostro de su futura víctima una sonrisa quizá algo triste, pero sincera. La voz le resultaba casi embriagadora, y no encontraba tampoco motivos cabales para interrumpirla con preguntas necias. Así que el otro, tomando la delantera de la conversación,continuó.

-Intuyo que Vd. también va asistir, aunque es algo pronto para ocupar la Plaza. Si acepta, le invitaría a tomar algo mientras hacemos tiempo.

El desconocido señaló una cafetería que encontrarían a su paso. Un cafetón con aspecto de tener más de un siglo, que el sicario imaginó con mesas de mármol, sillas de madera muchas veces barnizada y barra con columnas esquineras de hojas labradas.

-No…no se si debo. -se le ocurrió decir, como improvisada excusa.

-Me encantaría charlar un rato con Vd. Al fin y al cabo, aunque Vd. sea extranjero, tenemos ahora un objetivo común: hacer que la tranquilidad vuelva a esta ciudad, limpiándola de delincuentes. -y así diciendo, ambos se encontraron traspasando el umbral del local comercial, que estaba abarrotado.

Tan pronto entraron, uno de los clientes se acercó a la víctima, y lo saludó efusivamente.

-¡Caramba, Servando, cuánto tiempo sin aparecer por aquí! -y se permitió una apostilla que, para el sicario, sonó macabra- Ya te dábamos por muerto.

-Pues ves que no -replicó el futuro asesinado, señalando con un gesto delicado a su acompañante-. Me he animado a salir a la calle hoy, porque quiero participar en la manifestación. Este nuevo amigo, por cierto, también va a asistir.

El sicario se creyó obligado a decir un nombre que le identificara. Lo inventó sobre la marcha.

-Protesio Gómez -y, algo más confuso, prosiguió-. En realidad, solo pretendía hacer un recado en la plaza del Comercio. Quería comprar algo para llevar a mi familia, porque me vuelvo a mi país. No sabía que… habría una manifestación.

-¡Pero si hoy está todo cerrado! La ciudad se encuentra paralizada. Ayer ha habido un asesinato más y la situación se ha hecho insostenible. Esto se ha convertido en una selva -comentó, dinámico, el nuevo interlocutor. Le faltaba un premolar, y por el hueco de la dentadura, se le escaparon unas gotitas de saliva que fueron a parar a la pechera del sicario.

-Sí. ¡Y de qué forma tan cruel! La muerte del pobre Amelio no tiene justificación alguna. Un asesinato por la espalda, por un desconocido que le metió dos balazos en el cuerpo. Le robaron, por lo que se sabe, el reloj y la cartera. Mucho no debía llevar en ella, porque tenía deudas con todo el mundo -apostrofó la futura víctima.

El sicario contuvo un escalofrío, porque algo se le cruzó en el cerebro.

-¿Amelio? -era exactamente ése el nombre con el que se había presentado, dos días antes, quien le había hecho el encargo.

-¿Lo conoce? -oyó decir al cliente amistoso- No me extrañaría. Era un tipo singular, hasta en el nombre. No tenía enemigos. Delicado y sensible, aunque últimamente padecía de manía persecutoria. Estaba, por ello, a tratamiento. En la sanidad pública, claro.

El falso Protesio se fijó mejor en su futura víctima y alimentó una sospecha. Algo en la mirada, que ahora encontró especialmente fría, le pareció indicar que le faltaban muchos datos.

-Dicen incluso que puede ser que él mismo ordenase que lo mataran. Tuvo que ser, en todo caso, obra de un sicario, alguien sin escrúpulos, que seguro que no conocía de nada al pobre Amelio, porque era muy digno: bueno como el pan y pobre como las ratas. -la voz que escuchó le pareció que venía de muy lejos.

Fue todo muy rápido. En el local penetró un tipo con pasamontañas cubriéndole el rostro, y se dirigió sin titubear al sitio en donde se encontraban el sicario y su futura víctima. Sacando un arma de pequeño formato de un bolsillo del pantalón -la policía la identificaría posteriormente como un revólver Smith and Benson de dos pulgadas, por el tamaño y muescas de los proyectiles- disparó dos veces sobre el sicario.

El asesino pudo escapar sin que nadie consiguiera interceptarlo, unos, paralizados por el estupor y los más cercanos a la víctima, por haberse precipitado a auxiliar al herido, que falleció casi instantáneamente. Alguien dice que se le oyó decir algo así como “No puedo creerlo”

-¿Vd. conocía a la víctima? -preguntó el inspector, cuando se interesó por los detalles del triste suceso.

-Era la primera vez que lo veía; no tengo trato con ese tipo de gentes. No se adaptan a nuestro modo de vida, son delincuentes profesionales -fue la respuesta que obtuvo.

-Habrá sido un ajuste entre bandas rivales. Hemos comprobado ya que tenía varios antecedentes por varios intentos de asesinato.

El inductor se alegró de haber descubierto a tiempo, que su vida corría peligro. Amelio era un completo chapuzas; muy diferente, desde luego, a su actitud prevenida, anticipatoria, resuelta. Las deudas de juego se pagan, amigo.

Pagó la consumición y volvió a su casa, con paso tranquilo. En el camino de vuelta se metió, sin embargo, en la Farmacia, en cuya rebotica, esclavo de su ludopatía, estuvo jugando, como casi todos los días, dos o tres horas al póker con el farmacéutico y otros compañeros de timba.

FIN

 

 

 

 

 

No es un Cuento de primavera: Lo que va de marzo de 1979 a marzo de 2014

El 23 de marzo de 2014, a comienzos de una primavera, ha muerto Adolfo Suárez, ex-presidente de Gobierno de España, premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

Todos hablan bien de este personaje de nuestra historia reciente, calificado de hábil negociador, político de resistencia, seductor de multitudes, genio de la concordia. Son tantos los elogios que se amontonan sobre su féretro, se han movilizado tantos afectos sobre su cadáver, están siendo tantos los abrazos a sus hijos -representados estoicamente por el mayor de sus descendientes, un ya canoso político frustrado que se le parece en físico y talante-, que la ocasión parece propicia para olvidar los desprecios, las desconfianzas e incluso los insultos que llovieron sobre Adolfo Suárez cuando solamente él (y tal vez algunos visionarios) parecía saber a dónde había que dirigir el rumbo de un país lleno de interrogantes.

Han pasado treinta y cinco años y la Historia de España nos ha recorrido con tanta intensidad que parecería que hemos sido testigos -y algunos, hasta se sentirán protagonistas- de muchos momentos cruciales; seguramente, dentro de unas cuantas generaciones, poco quedará para el recuerdo meritorio y, pasados algunos siglos, lo que hoy nos obsesiona se habrá sepultado en el olvido.

Sería injusto, incluso desde la perspectiva del ahora, recordar que el primero de marzo de 1979, cuando este país buscaba nuevas señas de identidad, este hombre que nos ha dejado físicamente (síquicamente, llevaba más de una década apartado de nosotros), era llamado “tahúr del Mississippi con chaleco floreado” por  un beligerante Alfonso Guerra, tenido entonces por cerebro gris de un socialismo que estaba cambiando de piel, con el objetivo de hacerse con la vacante de poder que se vislumbraba como resultado evidente de una dictadura que era la única forma que muchos conocíamos como caldo de existencia política.

No teníamos, entonces, los que éramos jóvenes y confiábamos que el mundo nos daría más razones, ni idea de lo que iba a pasar.  Pocos meses antes del marzo de 1979, ni siquiera podríamos ser plenamente conscientes de que la democracia, o las libertades habrían de ganarse en un pulso diario, que ni siquiera quedaba garantizado bajo el hipotético cerrojo y siete llaves que algunos decían haber echado sobre el franquismo, con el argumento de disponer de una Constitución fabricada de recortes y consenso, surgida de un pacto de salón y a la que muchos sabihondos auguraban poco futuro.

Adolfo Suárez aportó su contribución al futuro en el que nos instalamos desde entonces, como solo lo pueden hacer los iluminados. A despecho de zancadillas, ignorando dificultades, concentrándose en lo posible, pactando con los enemigos, desconfiando de los que se decían más fieles. En solitario.

Así se convirtió en el héroe que hoy veneramos. Siempre tarde, y, por tanto, de forma injusta con él. Porque, vencido su talento por el Alzheimer, rendida su resistencia de coloso solitario por las enfermedades de su mujer y de una de sus hijas, abandonado de los que le habían utilizado para tomar su carrerilla apoyándose en su virtud, Alfonso Suárez se mantuvo iluminando el camino que se iba recorriendo, gracias a las puertas y ventanas de la concordia entre los españoles que había sabido abrir, aunque no nos dimos cuenta hasta que él abandonó la escena.

Tenemos que pedirle perdón a Adolfo Suárez, ahora que está muerto y es solo un personaje para la Historia. Le hemos tratado mal, no le hemos entendido a tiempo y cuando supimos lo que había significado en nuestras vidas, el ya no podía escucharnos.

Dános la paz, Adolfo Suárez. Devuélvenos la paz que teníamos cuando, al conocer que te retirabas de la política, después de más de cuatro años de aguantar tarascadas de los que creían saber mejor que tú lo que había que hacer, sufrimos de pronto el espejismo de pensar que teníamos claro lo que nos quedaba por recorrer. Y apareció Tejero, y apareció el socialismo que nos encandiló unos años, y pensamos que a lo mejor el centro derecha podría servir para atraer al gran capital a nuestro empeño, y estuvimos a punto de dejarnos seducir por un nuevo talante con tintes de universalidad, y caímos en el engaño de un programa de fantasía y estamos ahora pateando por un fangal lleno de decepciones y desconfianzas.

Haznos, como tú, resistentes a la adversidad, inmunes a los que ladran, sordos ante los que adulan, y enséñanos, como un nuevo Mesías, el camino para salir de los atolladeros. Sin ideologías, pero con determinación y firmeza. Avanzando entre la oposición hasta donde tendríamos que llegar si deseamos estar mejor situados para alcanzar a ese sitio que, desde luego, no será el final del camino, pero, por lo menos, nos abra nuevas posibilidades.

 

 

Cuento de primavera: Exceptio Veritatis

Eran tres hermanos, hijos de un esforzado romanista, a los que un colega amigo con tendencia chusca había rebautizado como Grosso Modo, Motu Proprio y Exceptio Veritatis.  Y con tales apodos eran conocidos tanto en familia como en círculos íntimos, por lo que mantendremos aquí esa peculiar manera de nombrar a quienes sus devenires vitales acabaría separando.

Porque si bien la intención paterna había sido que formasen una piña o, cuanto menos, una piñata, a medida que fueron creciendo  sus caminos divergieron, y lo hicieron de tal modo que solo coincidían, y ocasionalmente, en ponerse a caldo.

El primogénito, Grosso Modo, aunque en principio abrazó la profesión paterna, se empeñó en encontrar sentido a las relaciones sistémicas entre el Derecho y la Ética, dedicando gran parte de su vida al estudio de las formas de administrar justicia por espartanos y etruscos,  actividad que, de forma inesperada, abandonó para ingresar en un convento cluniacense.

Motu Proprio, considerado por su padre el más inteligente de los vástagos, se encaminó con paso firme hacia la ingeniería, estudios que culminó algo trastabillado; entre otras obras menores, fue autor del puente colgante sobre el río (antes, truchero; hoy, cloaca infecta) de Cañices-Esvila,  destruido en una crecida primaveral de las que solo ocurren de tarde en tarde. En la actualidad, escribe poesía lírica, que aún no ha publicado.

Para los baremos de sagacidad paterna, Exceptio Veritatis era un puro desastre. Pero el menosprecio parental agudizó las artes de supervivencia de aquel vástago marginado. Pronto, Exceptio descubrió el atractivo del comercio. Desde niño, compraba y vendía cualquier cosa, basándose en una regla intuitiva, pero infalible, de la que nunca se apartó.

-¿Cómo te las arreglas? -se interesó Motu Propio, al ver que la exigua paga semanal que a él no le daba para pipas, a su hermano le proporcionaba ventajas incógnitas, con las que engatusaba a mozas de los colegios para féminas del poblachón.

-Hago dobladas -explicaba Exceptio-. Cuando se que alguien necesita algo, lo busco lejos, se lo compro a un ingenuo por uno y se lo vendo al menesteroso por, al menos, dos. Así me garantizo ganar siempre el dos por ciento.

Motu Proprio se lo contó, escandalizado por la ignorancia matemática de su hermano pequeño, a Grosso Modo, quien confesó que no tenía la cabeza apta para complicados cálculos, pues era hombre de letras.

-No me interesan los números, Motu. Me molan los etruscos.

Así fue, por estas y otras razones, como el menor de Los Latinajos -apodo global con el que eran conocidos con sorna en el Colegio de Santa Castora, en donde Exceptio ganduleaba- iba forjando su carácter.  No hubiera pasado del nivel de mercachifle de tres al cuarto, sino fuera porque, viendo que no podía atarlo corto, su padre decidió darle largas, enviándolo a estudiar un Master de Técnicas para Embaucar con los Mercados que se impartía en la Universidad de Teloconto.

Pudo así Exceptio entablar relaciones duraderas con otros badulaques, enviados también por sus padres a conseguir títulos de lustre emitidos en idiomas extranjeros. De resultas también de aquella estancia, sin abandonar el uso del mote con el que era conocido y que todos creían su nombre verdadero, lo redujo a E. Veritatis,  dándole apariencia respetable. Seguía con su afición mercantil: desde vender preservativos con sabores a alquilar películas porno (que se proyectaban, en sesiones de cine-fórum, en las paredes de su  cuarto en la residencia estudiantil), todo eran causas de ganancias.

Por aquella época, Exceptio anotó en una libreta, quién sabe si como apunte o conclusión de una clase, o como pura reflexión personal, esta frase:

-El cliente siempre tiene razón, aunque la que tenga sea poca, y la poca que tenga no le sirva ni para limpiarse el culo.

Pasados los años oscuros de todo currículum, E. Veritatis emergió como vicepresidente de una de las grandes empresas de Valgamediós, propiedad de su suegro, un multimillonario mexicano que había hecho las Europas vendiendo carcasas vacías de ordenadores de mesa reconvertidas en jaulas trasportín para gatos. Se había casado con Merindonga de la Fealdad Extremada, hija única, a la que cargó de hijos, cumpliendo, sin otra necesidad que ocasionales estímulos, el empeño de su padre político de contribuir en lo posible a dar cumplimiento al designio bíblico de saturar la Tierra con la raza blanca.

Los éxitos de Exceptio alimentaron el crecimiento desmesurado del concepto que tenía de sí mismo. No estaba solo en este desvío de la razonable valoración de las capacidades. Frecuentaba grupos de gentes que se creían destinadas a salvar el mundo, por mandato extraterrestre, y se contagió de tal malicia. Participaban en fiestas, ceremonias cenáculos y francachelas, en donde se comprometían a apoyarse en sus negocios, poniendo por delante, como axioma, que quienes participaban en tales aquelarres eran poseedores de la verdad, cualquiera que esta fuera .

Triunfaban a montones. Había entre ellos, Ministros de Nosequé, Presidentes de las Empresas Nacionales y Privadas de Fabricación de Humos, Magistrados de Audiencias y Vivencias, Tenientes Generales y Particulares, dueños de Prostíbulos y Lugares de Ocio. Cuando tocaba nombrar a alguien para un puesto, siempre se le convencía con las palabras justas:

-Tienes una gran ventaja. Al no tener ni la más remota idea de lo que hay que hacer, no tendrás interferencias de conciencia.

La trayectoria de Exceptio Veritatis quedó vinculada con el florecer de Valgamediós, pero, desgraciadamente, también con una crisis galopante. Porque, ignorando cuando una empresa era irrentable, la manipulación de los mercados desencadenó locas carreras de huída hacia adelante. Cierto que a los que montaban los espectáculos les fue provechoso, pues, al enmascarar los verdaderos resultados, siguieron aumentando su peculio. En los Consejos de Administración se utilizaba con profusión un argumento que parecía irrefutable:

-Aumentémonos el sueldo siguiendo la doblada: subamos el dos por ciento a todos los miembros del Consejo.

Todo estaba bien, hasta que a alguien, como pasó en el cuento aquel en donde el rey que iba desnudo, le dio por levantar el velo, mirando todos debajo de las faldas que servían para ocultar los pelos y señales. Y, tirando de aquellos hilos y avanzando por estas señales, fueron cayendo buena parte de los sombrajos. Fue motivo de generalizada algarabía: penetrando por los resquicios abiertos, las gentes que estaban fuera, destruyeron con ahinco cuanto encontraban, teniéndolo por obra del maligno. Quemaron, rompieron, machacaron, con fruición, creyendo que así se liberaban de cadenas.

Cuando uno de los que pertenecían a los piquetes destructores miró, desde el montón de chatarra, en rededor, tuvo un presentimiento, que manifestó de esta manera:

-¿Dónde están los que forjaron todo este tinglado?

Entonces se dieron cuenta de que habían escapado y estaban, desde hacía ya tiempo, a buen recaudo.

-Para algo nos tenía que servir haber estudiado en otras tierras -podía haber sido lo que, de haber tenido ocasión, hubieran oído de boca de Exceptio Veritatis, solazándose en un yate de su propiedad junto a una jacarandosa señorita en algún lugar de Las Bahamas.

FIN

 

Cuento de primavera: Empleo encuentra compañía

El equipo de investigación, formado por una excelente combinación de expertos internacionales y locales, entregó, en el plazo acordado, el informe que se le había encargado. Su título era, por demás, significativo respecto al objetivo que se pretendía y que debería ser convenientemente glosado en la propuesta : “Plan estratégico para generación de empleo en el país de Valgamediós”.

Para su presentación pública, habían sido convocados en el Hotel Pritz, en la capital del mirífico país, representantes de los más diversos estamentos. La sala estaba llena.

Junto a ministros, empresarios, profesores universitarios, jueces, banqueros, periodistas, se sentaban, en lo que se había denominado modestamente “desayuno informativo”, destacados miembros de la sociedad civil, elegidos por sorteo: amas de casa, parados, jubilados, políticos, religiosos, enfermos  de larga duración, ecologistas, y hasta eran distinguibles, por su color y fachenda, un inmigrante clandestino y un pobre de solemnidad, incorporados en el último momento como nota aún más exótica.

La Dra. Cristopherinda Krubber, PhD. en Sociología y Desarrollo Corporativo (Soziologie und korporative Entwicklung), MSc. en Optimización de Recursos Ociosos por la Universidad de Cowford, se encargó de hacer la exposición del Resumen Ejecutivo del Informe, seguido con el obvio interés por el público asistente. Se había también previsto la trasmisión por internet (hash-tag #Jobcreation), aunque, lamentablemente, la instalación dejó de funcionar a los pocos instantes de iniciada la transmisión, por causas que se están investigando.

“Hemos analizado todas -bueno, casi todas- las posibilidades de creación de empleo para un país de tamaño medio, como Valgamediós, y comparádolas con las de un país de tamaño adecuado, es decir, grande. Desgraciadamente, no se cumplen las condiciones necesarias para emularlos. Valgamediós no tiene la masa crítica ni en empresas, ni en empresarios, ni en capital, ni en técnicos, ni en investigadores, ni en ganas, para poder competir con los países más desarrollados, teniendo en cuenta, además, que la tecnología avanza a un ritmo exponencial. -dijo la Dra. Krubber, mientras en la sala se oía el ruido de las cucharillas de batir el café y del delicado masticar de los pastelillos con crema y bocaditos de jamón york que se habían dispuesto en el centro de cada mesa.

“Lamento no tener un proyector para ilustrarles sobre esta idea -se excusó la dama, que utilizaba gafas de concha y llevaba un collar de perlas artificiales sobre un sueter demasiado apretado para su corpulenta factura.

“El equipo de expertos, que me he honrado en presidir, ha establecido como primera y fundamental conclusión, que, aunque se empezara ahora mismo a tratar de cubrir el gap existente con los países avanzados y el crecimiento fuera exponencial, no se les alcanzaría jamás -al menos, en un tiempo finito-, ya que ellos están a un nivel demasiado alto y como sus descubrimientos también avanzan exponencialmente, la distancia tecnológica con ellos es cada vez mayor.”

Hubo un movimiento de intranquilidad en la sala, debido a que uno de los asistentes recibió una llamada al móvil, que se había olvidado cambiar a “modo avión”. Se le oyó decir: “Te llamo luego. Estoy en una reunión”, antes de apagarlo.

La Dra. Krubber se quitó las gafas, para enfatizar mejor, y las mantuvo en su mano izquierda como ariete simbólico.

“El comité ha estudiado, por supuesto, las posibilidades de generar empleo verde. Sin embargo, al comparar la creación de empleo que se obtendría en Valgamediós por empresas que se dedicaran al cuidado y protección ambiental, presionando desde la legislación y las multas a infractores ecológicos, así como a la implantación de tecnologías de las llamadas “Green”, el efecto conjunto, sería la generación neta de desempleo, pues la incorporación de las externalidades ambientales a los costes internos de las empresas, causaría, en una buena parte de ellas, su inviabilidad. A este fenómeno hemos dedicado el capítulo de “desempleo verde”, que es obra personal del experto en paradojas, Dr. Andreas Cipote…perdón, Dr. Capirote.

Los asistentes habían sido invitados a realizar preguntas por escrito a la ponente y algunos -profesores universitarios en especial- garabateaban frenéticamente en las hojas preparadas al efecto, demandando a las azafatas que recogieran sus intervenciones, deseando en secreto que fueran seleccionados por el moderador para exponerlas de viva voz, ya que eso les daría visibilidad posterior para ser convocados a otros debates y mejorar su currículum académico.

“Muy interesante, y con esto ya termino -carraspeó la conferenciante- ha sido el estudio de la opción de generar empleo en el sector armamento. Es, sin duda, la propuesta más esperanzadora. Por una parte, el diseño y fabricación de armas, no importa su nivel de sofisticación, ayudaría a crear empleos en Valgamediós y podrían ser exportadas a países con un nivel de desarrollo aún inferior, y, muy especialmente, a aquellas zonas en las que existen conflictos bélicos, que, dicho sea de paso, no creemos factible provocar desde un país como éste, aunque se puede conseguir ayuda de algún otro más grande, en condiciones a analizar que se salen del marco de este informe.

En la sala se había creado real expectación, pues había entrado un equipo de televisión y estaba enfocando a las mesas sucesivamente

“Por otra parte, si se llegara a participar directamente en un conflicto armado, y hubiera bajas propias, los huecos generados podrían ser cubiertos por los que aún estuvieran vivos, que se incorporarían de esta forma inmediata al mundo laboral.

Se habían acabado los pastelillos de crema y en algunas mesas se reclamó por la escasez de las vituallas, impropias de un hotel de tal categoría. Sin esperar al debate, los asistentes que pertenecían a los principales sectores económicos y sociales de Valgamediós, salieron de la sala, ya que tenían programadas reuniones de trabajo.

“La mesa ha recibido muchas preguntas escritas, y no habrá, por desgracia, tiempo para formularlas a la ponente, pero podrán hacerlo a la dirección de correo electrónico que se les proporcionará a la salida.

Un tipo con cara de estar de vuelta de muchas cosas, y que estaba escuchando de pie la disertación, preguntó con voz potente, como quien hace música a capela:

-¿Alguien de ese grupo de expertos se molestó en analizar a dónde queremos ir en Valgamediós? ¿Solo se puede ser feliz si se tiene trabajo?

El silencio creado pareció a algunos una respuesta.

FIN