Cuento de primavera: Reivindicando al Lobo

En esta hora de reparaciones y perdones, reivindiquemos al Lobo.

Escribo su nombre con mayúsculas, para distinguirlo de lobos, lobeznos y perros salvajes.

La especie lobuna ha sido elegida como malvado protagonista sistemático de los cuentos infantiles, presentándolo, ora como astuto embaucador de borregos, ora como obstinado perseguidor de puercos. Incluso se han dramatizado sus aullidos, tildándolos de melodías infernales, sobrecogedoras, recortando la silueta del animal a la luz de la luna, para hacerlo aparecer, no ya como depredador, sino como licántropo chupasangres.

Aquí no pretendo defender a todos los lobos, y menos a los lobos de carne y hueso de su natural especie, porque a ésos ya los defienden los naturalistas, con argumentos suficientes y, por lo general, bastante sólidos y desinteresados .

El Lobo al que me corresponde rescatar de la infamia, es el de la Caperucita Roja de Charles Perrault. Puntualizo, con ello, que no me preocupa el destino de los lobos imaginarios de cualesquiera de las múltiples versiones de los cuentos de lobos y caperucitas que circulan por ahí, que son adulteraciones ridículas de la historia primigenia, urdidas con el deleznable propósito de provocar pavor en los infantes de cortísima edad y, de paso, servir de lucimiento a sus familiares aficionados a la teatralización, empeñados en poner sus voces engoladas a los personajes del cuento.

Recuerdo, para abrir boca, las circunstancias históricas. Tenemos, por un lado, a Charles Perrault, funcionario marginado después de años de fiel servicio, viudo desde los treinta, que escribe Le Chaperon Rouge a sus cincuenta y cinco años, tomando prestados varios de los elementos principales de la tradición oral, adaptándolos a sus propósitos.

¿Se trataba de advertir a los niños del peligro de entretenerse a charlar con un lobo en el bosque? Evidentemente, no. La probabilidad de que un niño de ciudad, incluso en el siglo XVII, se pudiera tropezar con un lobo empecinado en entablar con él amigable conversación, era entonces como hoy, nula.

Lo que Perrault deseaba era poner en guardia a las tiernas jovencitas, que, impulsadas por sus ardores adolescentes, corrían grave peligro de perder su virginidad si prestaban atención a las trampas de seducción que les pudieran tender, en el camino de virtud hacia el santo matrimonio, taimados depredadores de pelo en pecho, sueltos por ahí, atentos a lo que salta.

No viene al caso que el objetivo pretendido por Perrault parezca, hoy por hoy, incomprensible a muchas madres que impulsan a sus hijas adolescentes a recorrer el camino boscoso que a ellas les estuvo vetado. Los hechos, como es sabido, hay que juzgarlos en su contexto histórico, no a la luz de los profundos cambios socio-psico-sexuales que se han producido desde entonces.

Volvamos, pues, a los hechos, y hagámoslo con rigor: un lobo nunca pudo comerse a Caperucita y a su abuelita. Por imposibilidad fisiológica: estos animales no engullen sino pequeños trozos desgarrados, ni son capaces de devorar a otros seres sin antes haberlos degollado, ni en su estómago hay capacidad para conservar, -no importa si incólumes o cuarteados-, los cuerpos de dos personas, por mínima que fuera su envergadura, que resultaría siempre mayor que la del propio animal.

Departamentos de investigación de la disciplina académica de Cuentos y Chismes, procedentes de innúmeras Facultades, coinciden: la historia se ha adulterado. O bien Caperucita y su abuelita jamás fueron devoradas o, si lo fueron, no pudieron ser halladas vivas en el estómago de un animal, salvo que el asunto formara parte de los mitos bíblicos o las leyendas orientales, lo que no es el caso.

Perrault termina su narración abandonando los restos de ambas mujeres dentro del estómago del Lobo, y poniendo, con ello, su punto final, para añadir una moraleja rimada que no deja lugar a dudas de su pretensión: prevenir a las bellas jóvenes adolescentes frente a los melosos aduladores. Esos son las fieras, a las que el abuelo Perrault, presenta embutidos en la piel de su Lobo imaginario.

Versiones posteriores, pretendiendo cambiar el relato y esa moraleja, afirman con rotundidad que fueron encontradas vivas, ya fuera por un cazador, un leñador, o ambos, y, como más importante, cambian al Lobo con mayúsculas por un lobo minúsculo que, aunque estirado, no supera el tamaño de la abuelita.

Ninguno de estos personajes tiene protagonismo en la historia del buen Charles, que solo se refiere genéricamente, y de pasada, a “los leñadores”, pero no les concede la palabra.

Perrault hace hablar, si, al Lobo, y lo convierte en capaz de mantener largas conversaciones con Caperucita, tanto en su primer encuentro como cuando, -ya metidos ambos, desnudos, en la cama, y desaparecida de la escena la abuelita-, satisface la curiosidad anatómica de la joven con insuperables metáforas que sirven al cuento.

¿Quién y por qué se adulteró la historia?. La Universidad de Compustrola ha publicado recientemente una interesante tesis doctoral, calificada cum laude, según la cual, no pudo ser un Cazador quien, con el propósito de atribuirse posteriormente el mérito de haberlas salvado, hubiera imputado al lobo el desaguisado e inventado la trola del festín lopero.

Copio literalmente: “Cualquiera que conozca un poco de animales y depredadores, sabe que la obsesión por la caza actúa en el ser humano de antídoto o sustituto de la lujuria, y ningún practicante de este arte ancestral  se pondría en riesgo a sí mismo, si pudiera resolver la cuestión con un tiro desde la distancia.”

Añado yo: Los cazadores, como los pescadores, acostumbran a inventarse el tamaño de sus capturas, pero no puedo imaginar a ningún aficionado a tales mañas, que, habiendo capturado a una pieza digna de medalla de honor, alardee de haberla dejado suelta por el mundo, renunciando con ello a rescatar su credibilidad ante los escépticos.

Queda pues, como único malvado de la historia, el Leñador. Algunos pretendieron atribuir al propio Charles Perrault ese papel. Estoy en total desacuerdo. Perrault era, cuando escribió el cuento, ya un venerable anciano para la esperanza de vida que se estilaba entonces, se le apreciaba como autor de libros serios-había`publicado decenas de libros ilegibles-, y, como culmen argumental, es inverosímil que hubiera deseado escribir su propia inmolación, presentándose como rijoso seductor de jovencitas, Lobo de su cuento.

Todo apunta al Leñador. Fue el Leñador, – es decir, alguien que utilizaba ese heterónimo-, el autor de las versiones que acabaron por dar crédito a la artificiosa excusa, con la que pretendió ocultar sus despreciables deseos, sus infames propósitos y disimular su destrozo sobre la virtuosa Caperucita, despejando el camino para sus posteriores desmanes, eliminando cualquier huella creíble de la advertencia que Perrault había dejado tan claramente expresada.

¿Y en qué se convirtió la abuela?  En una tierna anciana que quería a Caperucita más que a su propia vida, y que habría sucumbido la primera en las fauces del Lobo?  Pero no era así, para Perrault. Era una Celestina, una villana, que habría cobrado sus buenos dineros por mantener sin cerrar el portón de la casa y facilitar el acceso a las dependencias donde dormía la adolescente.

Todo habría cambiado en este análisis si Perrault nos hubiera hablado de un Cocodrilo, y no de un Lobo. Se habrían obviado las elucubraciones posteriores.  Porque hasta los más incompetentes de fisiología animal, saben que dos personas que hubieran sido devoradas por un saurio, de ser rescatadas de su estómago, habrían sido encontradas convertidas en una pasta irreconocible, pues  todo el mundo ha oído hablar del poder destructor de sus jugos gástricos y de su capacidad para tragarse enteras, vacas y hasta elefantes.

Reivindiquemos al Lobo. Era solo un álibi, un trasunto literario, un travestido imaginativo, en el que Perrault embutió a todos aquellos que se aprovechan de la credulidad de las adolescentes.

Una última advertencia. Dicen por ahí que los tiempos han cambiado y que ahora las caperucitas saben muy bien a qué atenerse. Por lo que observo a mi alrededor, tengo mis dudas. Llamemos a los lobos por sus nombres, desenmascarándolos y pongamos al Lobo, puesto que ya no sirve para el cuento, con alcanfores y papel celofán, en su legítimo armario.

FIN

 

Cuento de primavera: Todo en orden

Amalia Carabel se despidió con un beso apasionado de René Ternero, el hombre con el que había pasado la noche. Aunque se atraían físicamente, habían dedicado la mayor parte del tiempo a hablar, a comentar detalles, a recordar otros tiempos; solo cuando ya amanecía, se habían entregado a la efusión del sexo, que los había dejado finalmente rendidos.

Pero la obligación resultaba implacable.

-¿Volveremos a vernos? -preguntó la mujer, aunque debía haber imaginado la respuesta.

-No lo creo. Sería una casualidad imposible.-contestó Ternero, mientras se ajustaba la corbata ante el espejo, recogiendo su maletín de instrumentación. La ropa limpia le quedaba algo justa; había engordado. Introdujo su tarjeta personal  para tareas y ocupaciones en el módem de lectura: “A las cinco tienes manicura y peluquería”, le recordó una voz metálica ”

Amalia Carabel era técnico en operaciones financieras de alto riesgo sistémico. Con una brillante carrera universitaria -tres títulos de master, uno de ellos por la prestigiosa E-learning Panamerican University- trabajaba para la Agrupación E.A.B. El significado de las siglas le era desconocido.

Había sido una mujer muy hermosa, aunque, ahora, a los cuarenta y dos años y dadas las circunstancias, había descuidado su físico. Se limitaba a realizar diariamente la media hora de ejercicios programados y, dos veces al mes, se había apuntado a la opción de visita virtual a Países Exóticos.

René leyó en su móvil las coordenadas gps del lugar a donde debía dirigirse, así como la combinación de transporte idónea, que siguió sin dudar. Tomó en primer lugar el tren interurbano de la J136, se sentó en el asiento asignado y cuando llegó a la estación prevista, se subió al conector colectivo que ya le estaba esperando.

Había otras treinta personas a las que no saludó. Hubiera resultado improcedente.

Para qué. No volverían a verse y si lo hicieran, era seguro que no se habrían reconocido, porque no tenían el menor interés en retener sus rasgos y, por supuesto, desconocían sus respectivas aficiones, si es que las tuvieran. En tal caso, lo mejor era compartirlas con las redes sociales, con identidades falsas; seguro que cada uno pertenecería a varios cientos, de acuerdo con sus apetencias.

El edificio de la Agrupación E.A.B. era una torre prismática de ochenta pisos, sólida e inteligente. Amalia colocó su dedo índice en el detector de huella, y conoció que aquel día le habían asignado el puesto 25 en el piso 72. Todos los demás de su categoría estaban ocupados, porque eran distribuidos por estricto orden de llegada, sin que nadie pudiera alardear -salvo en los tres pisos inferiores, ocupados por los estamentos superiores- de poseer un despacho fijo.

El superelevador le dejó en el piso 72 en unos segundos. La vista desde allí tenía que ser magnífica -pensó, sin advertir que se repetía- aunque los cristales de las ventanas habían sido recubiertos con pigmentos traslúcidos que simulaban, aquel día (el paisaje cambiaba cada semana), una selva tropical estándar.

Cuando llegó a su lugar de trabajo -una mesa, una silla, unos auriculares, todos ellos esterilizados, lo que se certificaba por una empresa de desparasitación y registro microbiológico -, retiró las películas plásticas , conectó su monitor y analizó las operaciones cuyo control de supervisión le había asignado el megaordenador central.

Era una tarea que reclamaba gran atención, equivalente a la selección de plásticos aprovechables sobre la cinta transportadora de una estación de reciclaje de residuos. Equivocarse por encima de un ratio medio, determinado estadísticamente, estaba penalizado con la reducción de expectativas.

René era ingeniero, graduado por la Escuela Popular de Singmorning en sensores tipo A256 a B667. Con el cambio de normativa, debería reciclarse en dos meses, pues un 35% de esos sensores habían sido declarados obsoletos. No tendría problemas, sin embargo, porque le gustaba la telemetamecánica; ya desde niño jugaba con drones y robots, que su padre, oficial del Estado Mayor de la Guerra Por Otros Medios, le traía a casa para que los despedazara.

No pudo dejar de pensar en Amalia en toda la mañana. Se confundió varias veces, y el monitor de pantalla le advirtió de que estaba a punto de superar el valor dos-sigma del fallo promedio.

A la tarde, después del trabajo, Amalia se acomodó en el apartamento del periurbano que le habían asignado. Había indicado que quería pasar la noche sola, por lo que el espacio era reducido, aunque la televisión por plasma le aseguraría diversión y la cama de hidrogel, descanso. Masticó sin ganas la cena, un policombinado energético, adecuado para su inicio de diabetes, sin esencia de tomate.

René entró en el adosado que le había correspondido, y una mujer joven le esperaba a la puerta. Tenía un niño de pocos años agarrado de la mano.

-Hola -le saludó la mujer.

-Hola -dijo René- ¿Y ese niño?

La joven miró hacia la calle, en donde estaban llegando decenas de trabajadores, hombres y mujeres, para ocupar las casas que serían su hogar aquella noche, para construir las familias que serían las suyas por unas horas.

-Me lo he encontrado vagando por ahí. Debió de haberse escapado del Kindergarten, y no se que hacer con él.

René llamó a la Centralita de Incidencias Urbanas y se metió con la mujer y el niño en la casa. Era un adosado como todos los que ya conocía, sin gracia.

FIN

Cuento de primavera: Entre caballeros

-Me parece que necesito tomar algo -dijo el juez Pertuncho. El Secretario en funciones le había agarrado por el brazo izquierdo y le había hecho daño.

-Me parece estupendo. Así, conocerás a los demás. -oyó decir al Secretario, que volvía a tutearle, como al principio, cuando le había interrumpido en sus pensamientos de satisfacción por el poder que creía recién consolidado. Los oídos le zumbaban. “Me ha subido la tensión”, pensó.

No hubiera sido capaz de recordar si la puerta del Juzgado quedó cerrada, si el olor a potaje se había disipado, si el bar estaba a pocos metros o habían utilizado la furgoneta y hasta qué punto Al notar que algo caliente se le deslizaba por la comisura, el juez Pertuncho tomó conciencia de que estaba sangrando por la nariz, lo que hacía tiempo no le sucedía.

-Estás sangrando por la nariz -le advirtió el Secretario-.

-Me pasa con frecuencia -mintió Pertuncho, quitándole importancia, mientras buscaba un pañuelo, que no encontró, en el bolsillo del pantalón.

-Siéntate en ese murete y echa la cabeza hacia atrás; se te pasará pronto -aconsejó el subordinado-. A mi mujer le sucedía también al principio de los embarazos.

La comparación de situaciones tuvo un efecto revitalizador sobre el ánimo del juez, quien, taponándose fuertemente las fosas nasales con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, expresó -con voz gangosa- su voluntad de seguir andando hasta el local en donde le esperaban, según le había anunciado el Secretario, “los demás”.

Estaba, en verdad, o así le pareció al Juez, reunido para la ocasión, todo el pueblo. Al abrirse la puerta batiente -una lejana rememoranza de los salones de las películas de vaqueros, a las que había sido aficionado cuando estudiaba la licenciatura de Derecho- comprobó que el bar estaba abarrotado; incluso en el exterior se habían cruzado con grupos de personas conversando animadamente.

Cuando la pareja desigual entró en el local,  se produjo un silencio profundo, expectante, y los corrillos iban abriendo un pasillo respetuoso. El aire era de solemnidad.

-Bienvenido, señor juez -pronunció un anciano, al que Pertuncho calculó no menos de ochenta años, con voz teatral-. Soy el oficial del Juzgado.

El juez aceptó la mano tendida, sin dejar de observar que la otra se apoyaba en un bastón con empuñadura metálica, lo que le recordó otros momentos, sin que pudiera precisar cuáles.

-Permítame que le presente a los dos letrados de los que ya le hablé -dijo el Secretario, tomando nuevamente el protagonismo-. El honorable Sr. Gastón Palaciegos, y el no menos honorable Sr. Patrocinio del Corbo.

Pertuncho se descubrió a sí mismo dando la mano a aquellos dos venerables, quienes podían rivalizar con el oficial en cuanto a la antigüedad de su placa de matrícula de inscripción en este mundo de mortales; ambos estaban sentados en torno a una de las mesas, que, a pesar de la aglomeración, no compartían con nadie más. Había restos de café con leche en sus tazas y sendas copas de coñac, casi rebosantes, las flanqueaban.

Los designados como honorables por el Secretario, le habían tendido su mano, simultáneamente, pero no se levantaron de los asientos.

-Encantado de conocerles -empezó Pertuncho, quien, aún sin tener claro el discurso de lo que debía decir, tenía la convicción de que no podía consentir que se le arrebataran las riendas del momento-. El Sr. Secretario me ha puesto al corriente de las graves irregularidades que se han estado cometiendo en el Juzgado que ha pasado a ser de mi jurisdicción. Vds., como letrados, deben ser conscientes de la gravedad de los hechos. Aunque no tenga nada que objetar respecto a las actividades de mediación o arbitraje voluntarios que, al parecer, Vds. han venido ejerciendo, por el contrario…

El otro anciano le interrumpió, con un tono no menos teatral:

-Siéntese con nosotros, joven, y escuche, antes de hacer elucubraciones que no vienen al caso.

Pertuncho, superado por la situación incontrolable, se sentó en una de las sillas vacías; el Secretario hizo lo propio.

-En primer lugar, no somos abogados. -continuó el que había hablado primero-. Por lo menos, no en ejercicio. Yo hace quince años que me dí de baja en el Ilustre Colegio de Robertillos, Cobaleda y Guadalatara como ejerciente, y Patro, nunca estuvo colegiado, porque no consiguió aprobar Derecho canónico, y al agotar todas las convocatorias  hubo de dedicarse a la quiromancia. Fue…¿cuándo fue Patro? ¡Hace, por lo menos cincuenta y cinco años!

-¿Qué está pasando aquí? -fue lo único que se le ocurrió al juez Pertuncho. La tensión que depositaban sobre su nuca decenas de miradas le estaba pesando como una losa; además, aunque a ratos se tocaba la nariz para comprobar que ya no goteaba, no estaba seguro de que la fuga estuviera controlada del todo. ¿Y ese tono teatral, esa solemnidad en la dicción, a qué diablos se debía?

El oficial se acercó con una botella de coñac peleón y una copa de balón, que llenó hasta el borde, poniéndola al alcance de Pertuncho.

-Beba, le hará falta.

El llamado Patro tomó la palabra, sin esperar la venia.

-En realidad, Vd. cree ser juez de esta jurisdicción, querido amigo, pero no lo es, porque tampoco existe este Juzgado de Robertillos, al que Vd. está asignado. Desde hace siete años, cuando se decidió la drástica reducción de gastos en la Administración pública, fue suprimido. Solo que en el Boletín Oficial, por razones que ignoramos, apareció en la relación de vacantes a cubrir en la última convocatoria.

-Es un error, sin duda, solo imputable al grave desorden que impera en este país. Por eso que Vd., aunque haya sido nombrado juez, no puede serlo en realidad, pues el Juzgado que se le adjudicó, no existe -completó Gastón, con una sonrisa que no tenía nada de condescendiente. Sus ojillos, agrandados por unas gafas de culo de vaso, chispeaban. “Estos tipos están borrachos”, pensó Pertuncho. “Cuando se aclare este galimatías, llamaré al alguacil, para que los prenda…si es que este poblachón de pandereta dispone de tal figura”

El juez Pertucho tomó un trago largo de la copa de coñac; lo notó fuerte, denso y rasposo como lija en el gañote. Estaba a punto de llorar, actitud deplorable que solo su dignidad sostenía.

De pronto, se encendieron unas potentes luces, que iluminaron todo el local y los asistentes comenzaron a aplaudir, sin venir a cuento.

Del fondo, un individuo con chaqueta de lentejuelas se aproximó a la mesa en donde estaban sentados los cuatro protagonistas de esta historia, mientras Pertuncho, corrido a rabiar y enrojeciendo a más no poder, le oía decir:

-¡Ha sido todo una broma! ¡Es todo ficción, cuya realización agradecemos a todos estos magníficos actores y actrices, que han ayudado a convertir en apariencia este momento inolvidable!.

El juez Pertuncho hubiera disparado una ametralladora de haberla tenido a mano, pero no habría estado seguro de a quién disparar primero hasta que el locutor de las lentejuelas, con una locuacidad sin tapujos, anunció:

-¡Es una fantasía, juez Pertuncho!. Nada de esto hubiera sido posible sin la información proporcionada por tu padre, el prestigioso magistrado del Tribunal Supremo, D. Rodomiro Pertuncho, que ha querido, de esta manera singular, trasladar a su querido hijo la evidencia de que un juez ha de ser, ante todo, humilde, y que la vida es la mejor fuente de sabiduría, y que depara sorpresas a las que hay que saber hacer frente con juego de cintura!

El magistrado Rodomiro Pertuncho se dispuso a fundirse en un abrazo con su querido hijo, que se quedó quieto, sin saber qué decir todavía.

FIN

 

 

 

Cuento de primavera: Poniéndose al día

El joven juez Pedro Pertuncho se agachó para recoger uno de los papeles del suelo: “Solicitud de impulso procesal”, leyó en voz muy baja. Era un escrito que llevaba fecha de hacía cuatro años. Un letrado se interesaba, con el debido respeto -expresaba- por saber en qué estado procesal se encontraba una demanda de división de herencia que, según decía, se había cursado hacía tres años.

-¿Qué significa todo esto? -preguntó al Secretario.

-Lo puedo explicar -fue la respuesta que recibió-. Desde que se fue el juez sustituto, las cosas han ido complicándose. Al principio, de los escritos que recibíamos, hacíamos una copia que enviábamos al Juzgado vecino, solicitando instrucciones. Pero como no recibíamos respuesta, los fuimos dejando aquí. Nos daba lástima desprendernos de tanto papel, aunque alguna vez hemos pensado que lo mejor sería venderlo a un trapero.

Pertuncho no dudó en acercarse a la mesa, pisando papeles y algunos de los legajos desparramados por el suelo. Había carpetas con números de los expedientes, otras estaban despedazadas y abiertas.

-P…pero, ¿no han recibido nunca  la visita de la inspección? ¿No les han comunicado ninguna actuación, proporcionado auxilio procesal en todo este tiempo? ¡Esto es una irregularidad manifiesta!  -exclamó, sin estar seguro de ser comprendido.

-Por eso, pensaba que lo mejor para Vd. sería hacer borrón y cuenta nueva. -la frase del Secretario en funciones le machacó los oídos como una perforadora de martillo.- Mi idea era limpiar toda esta morralla hoy y dejarle el despacho limpio este fin de semana.

Y prosiguió:

-Pero Vd. se me adelantó. -El tipo aquel no parecía darse cuenta de lo que se traía entre manos.

-Tengo que dar parte de inmediato a la Audiencia Provincial. Este asunto es merecedor de una sanción, desde luego. Caiga quien caiga. Yo no estoy dispuesto a asumir la responsabilidad de este desastre -razonó, sobreponiéndose al disgusto, el joven de las puñetas recién conseguidas, mientras repasaba mentalmente la posible coincidencia de aquella realidad con alguno de los temas con los que había tenido que lidiar en las duras oposiciones.

-Me temo que no va a ser posible, ni necesario -reaccionó el que, ahora, al juez Pertuncho le pareció un irresponsable manifiesto, un delincuente común, un insensato de categoría piramidal.

-¿Cómo que no es posible? Dígame dónde hay un ordenador -reclamó, ya muy serio. Y como el otro no se inmutaba, continuó, comprendiendo que en aquel tugurio no habría ningún medio moderno de sacar adelante el trabajo- Tráigame de inmediato recado de escribir, allí donde lo encuentre. Bolígrafo, papel limpio y el sello del Juzgado.

-Señoría, tiene que escucharme primero -le replicó el de las manazas-. No le aconsejo llamar la atención sobre este Juzgado. Las cosas no son como parecen.

-¿Cómo son? ¿Qué quiere decir? -explotó el juez Pertuncho, a punto de explotar.

-Esto que Vd. ve, son casos que están pendientes, pero solo de forma aparente. Diríamos, desde una perspectiva judicial, pero no jurídica. En realidad, todos están ya resueltos -aclaró, con incomprensible firmeza, el Secretario.

Después de un silencio en el que Pertuncho creyó haber oído el ruido de una rata, escapándose hacia una esquina del despacho infestado, aquel individuo que debía haber sido su más directo colaborador, el insensato de la cabeza prominente, ofreció su mejor explicación:

-Aquí no somos tan incompetentes como Vd. se podría imaginar por las apariencias. Es cierto que de aquí, de este Juzgado perdido en el culo del mundo, no ha salido desde hace años ninguna resolución. Pero no es menos cierto que, desde hace años, en esta comarca nadie se ha molestado en presentar a los Juzgados ningún litigio. Todos nuestros problemas los resolvemos al margen de la Ley y de la Justicia.

-¿Al margen de la Ley? ¿Al margen de la Justicia? ¿Se lían Vds. a bofetadas, se matan a tiros? ¿Ventilan sus diferencias como en la Edad de Piedra? -le asaeteó Pertuncho, en una batería de preguntas que formuló, a borbotones, según se le pasaban por la cabeza, caliente por la emoción.

-Nada de eso -aclaró el Secretario-. En este pueblo tenemos dos abogados. Los dos muy buenos, le puedo asegurar, y no les falta trabajo. Se han puesto de acuerdo para hacer, alternativamente, de letrado defensor y de acusador. Conocen la ley al dedillo y saben perfectamente lo que dan de sí las normas legales, y resuelven con convicción, sin necesidad de acudir a ningún Juez. Tienen carisma, y la gente les hace caso. Todos los conflictos se ventilan en el bar, tomando unas copas.

El Secretario, ahora, se jactaba de tener las ideas claras. El novel juez le miró de hito en hito.

-Me he permitido enviarles un sms. Allí nos esperan, en el bar, los dos letrados y el oficial. Para pedirle, como todo el pueblo, que no complique las cosas. En esta comarca nos ha ido muy bien en estos años sin que ningún juez nos diga lo que hay que hacer para tener paz.

Pertuncho no sabía cómo expresar su asombro. Abrió la boca como un imbécil.

-Si Su Señoría quiere, a partir del lunes, cambiar las cosas, allá Vd. Pero  le aconsejo que, antes, me deje limpiarle el despacho y quemar todos estos papeles, que carecen de valor. Será un borrón y cuenta nueva. El lunes, que es el dia en que Vd. debe incorporarse efectivamente a su trabajo, arrancamos de nuevo, con la Ley, la Justicia y todo eso que Vd. ha aprendido en los libros. Y que Dios nos coja confesados.

El juez Pertuncho, al apoyarse en uno de los montones, que resultó inestable, estuvo a punto de caerse, no de espaldas, sino de frente, aunque  en el último momento pudo encontrar otro apoyo, si bien no logró evitar que las gafas se le escurrieran de las narices, favorecidas por las gotas de sudor que perlaban su frente.

FIN

Cuento de primavera: Atasco en la sala

Era su primer destino, y el que se tratara de un poblachón de pocos habitantes, perdido en la geografía, no le importaba. Sentado en el sillón que le correspondía de la sala de vistas -un cuarto con apenas dos hileras de sillas, con un retrato añejo del Presidente colgando torcido de la pared frontal- contemplaba el paisaje. Un campo de ortigas, junto al cementerio.

El secretario del Juzgado entró, sonriente. Le alargó una mano grande, desde una masa carnosa corpulenta.

-Perdona, Ilustrísima. Bienvenido. No me habían comunicado que vendrías hoy; te esperábamos para pasado mañana.

-He preferido incorporarme hoy, para ver los asuntos pendientes -aclaró el joven-. Me gusta empezar la semana sabiendo lo que voy a encontrarme.

-¿Asuntos pendientes? -el Secretario aparentó cara de extrañeza- Este Juzgado es de lo más tranquilo. Desde que se fue el anterior Juez, hace ya tres años, las demandas las lleva el Juzgado de Cobaleda.

El Secretario era un hombre mayor, de talante jovial, despreocupado. El joven juez se había levantado del sillón al verlo entrar y había avanzado unos pasos hacia él, para estrecharle la mano. Acababa de cumplir veintiséis años, estaba soltero, y cuanto conocía de la vida lo había aprendido de los libros. Su rostro pálido y lampiño, sus gafas gruesas de miope y la chaqueta de tres botones completaban su aspecto necesitado de mejores cuidados.

-Te invito a tomar algo, y te explico los detalles -continuó el que acababa de llegar; llevaba la camisa abierta, por la que asomaba una cadena de oro en la que el joven creyó identificar un símbolo fálico-. Así, además, llamamos al oficial y lo conoces también.

-¿No será mejor quedarnos aquí, en mi despacho? -replicó, en un tono demasiado severo-. No he podido entrar, porque la puerta está cerrada, pero supongo que Vd. tendrá la llave.

-¿La llave? -el Secretario manipulaba en exceso, utilizando cada palabra como pretexto para mover las aspas de sus brazos-. Debería estar en el cajetín de la entrada. Pone: “Despensa”.

-¿Despensa? -se sorprendió el juez. Aunque aquél era su primer destino y los cinco años de preparación para la oposición a judicatura, que había obtenido a la segunda, habían sido intensos, no por ello carecía de capacidad de asombro. La pregunta le surgió, espontánea, porque, en realidad, había creído entender “dispensa”.

-Es una forma de llamarlo. Como no está ocupado desde hace tiempo, se ha venido usando como almacén. -aclaró el otro- El juez de Cobaleda hace algunos meses que no pasa por aquí, si le soy sincero.

-Me gustaría ver ahora el que va a ser mi despacho. Habrá que quitar todos los trastos que se hayan acumulado en él -replicó el joven, con disgusto; y, saliendo de la sala de vistas, se dirigió a la entrada de las dependencias, donde esperaba coger la llave. El Juzgado estaba en un segundo piso del edificio, y llegaba un olor a potaje de berzas desde la escalera.

-Lo siento, pero no puede. Al entrar aquí, he visto la puerta abierta y lo primero que hice fue mirar en el cajetín. No estaba la llave -al Juez le pareció que el Secretario estaba nervioso.-

-No entiendo. ¿Quién pudo llevarla, y por qué? -el joven empezaba a incomodarse; había algo en el aspecto del Secretario que no le gustaba; demasiado grande, demasiado altivo; demasiado distante. Seguro que no era Secretario por oposición; no le extrañaría que hubiese adquirido la función de responsable de la Secretaría por ser el oficial más antiguo. Claro que… en un Juzgado tan pequeño…

-Debió de cogerla el oficial, sabiendo que Vd. vendría el lunes, para tenerlo todo limpio y ordenado.

En el pasillo, pasaron forzosamente por delante de la puerta con el letrero, en el que se leía: “Sr. Juez” y, de forma instintiva, impulsiva, Pedro Pertuncho, el juez de Primera Instancia e Instrucción del Juzgado nº 1 de Robertillos del Condado, dio un empujón a la hoja de madera. No sabría decir porqué lo hizo. Tal vez, por secreta rabia, por incredulidad presunta, por quién sabe qué instinto doloso, aflorado sobre miles de páginas de lecturas de libros y libros de procesal, de civil, de derecho criminal, de filosofía del derecho.

La puerta se abrió con el golpe. Con asombro imposible de valorar, S. Sª el juez Pertuncho vio aparecer ante sí un inmenso montón de legajos, amontonados de cualquier manera, dispersos al azar por el suelo y por las estanterías, repartidos en paquetes de indescriptible factura sobre la mesa, y hojas, cientos de hojas de papel, algunas comidas ya por los ratones, las cucarachas y las termitas, alfombrando el suelo.

Con el aire que circuló desde la puerta a la ventana, aquella pirámide de inmundicia tuvo un momento fugaz de vitalidad, un soplo de frescor. Algunos papeles se levantaron tenuemente, y volvieron a caer con delicadeza, sobre el mismo lugar en el que se habían acostumbrado a yacer.

-Pensaba haberlo retirado hoy -se excusó el Secretario, que se quedó, rígido, a la puerta-. He traído la furgoneta. No queríamos causarle mala impresión.

Pedro Pertuncho comprendió que su primer trabajo como juez no iba a ser sencillo. No supo qué decir.

(Esperemos al lunes, a ver qué pasa.)

FIN

Cuento de primavera: Seducido

Sí, los tiempos han cambiado y ahora se es más tolerante respecto al comportamiento en público de los demás. Hacemos como que no vemos; nos hemos acostumbrado a disimular nuestra curiosidad, aparentando indiferencia.

Sigfrido Mortizado acababa de terminar su jornada laboral y, como hacía todos los días, entró en la estación de metro de Tribunal-Nestlé, llevando en la cartera algunos escritos que, si le daba tiempo, confiaba poder leer en casa. No estaba seguro, puesto que su madre, octogenaria, estaba pasando por su fase de demanda de atención exclusiva, típica ya de cada final de primavera.

Mortizado se fijó inmediatamente en aquella pareja, que, sentada en uno de los bancos metálicos de la estación, estaban besándose con despreocupación. Se habían abstraído del mundo circundante y, como si acabaran de conocerse y hubieran caído en las redes de su recíproca capacidad de seducción, se entregaban a carantoñas, intercambio apasionado de salivas, toqueteos, que a Sigfrido le parecieron fuera de lugar.

Le atrajeron.

Como el letrero luminoso de la estación anunciaba que el tren tardaría aún cuatro minutos, fingiendo que estaba abstraído leyendo uno de los escritos que sacó con rapidez de la cartera de mano (era una demanda de medidas cautelares), se acercó al banco en donde los dos enamorados se entregaban a sus manifestaciones de ardor primaveral.

-Eres muy guapo. Es una lástima que estés casado -oyó decir, o así lo entendió, a la mujer, mientras tocaba el rostro del hombre, deslizando sobre  él, con parsimonia sensual, una mano con uñas pintadas de color carmín intenso.

El otro la besaba en el cuello y en el oído, musitando frases que Mortizado, por más que aguzaba la atención no pudo oir. Ella sonreía, a veces, incluso, reía, y volvía la cabeza hacia atrás, enseñando un cuello blanco y hermoso, rodeado por una cadena con su cruz.

Se fijó mejor en ambos y reconstruyó su historia, sin dudar. Era un buen fisionomista, cualidad natural exacerbada por su trabajo de muchos años como Magistrado. Con seguridad, el hombre, casado, había venido a la ciudad por trabajo de un par de días, y la mujer… era una chica de alterne, con la que habría pasado la noche y toda la mañana.

Llegó el tren, y, como atraído por un imán, Mortizado siguió a la pareja al mismo vagón y, aparentando seguir enfrascado en sus papeles, procuró mantenerse cerca. Escuchaba, miraba, deducía.

No cabía duda: la mujer, más joven de lo que había creído a primera vista, era extranjera, a pesar de su buen dominio del español. Percibía, en algunas inflexiones, un acento peculiar. El hombre, que llevaba unos vaqueros ajustados y camisa a cuadros, encajaba perfectamente con el tipo de provinciano con poco mundo que estaba disfrutando de unos días de libertad, alegrándose los sentidos a cambio de dineros.

-¡Sepárate de tu mujer y prometo que te haré sentir en el cielo! -decía, entre lengüeteos y caricias, la muchacha; tenía una mirada dulce, extraviada, azul. Era, definitivamente, extranjera; y, podía poner la mano en el fuego, provenía de algún país del este de Europa. ¿Y él? Aunque ahora solo lo veía de espaldas, Mortizado dedujo, por lo alborotado del poco pelo que le quedaba en torno a la calvicie de su coronilla y los negros zapatos puntiagudos manchados de barro en el tacón, que era un hortera cuarentón; un simple.

Apostaría incluso que era un informático, un técnico de sistemas, como llaman a esos tipos a los que te ves obligado a acudir para que te saquen los virus de los ordenadores. Mortizado era reacio a utilizar las nuevas tecnologías, por previsión, no por resistencia al cambio. Estaba seguro de que, cualquier día, el mundo sufriría un colapso informático.

Tuvo que cambiar de línea, y sus espiados se quedaron en el mismo vagón, acariciándose. Mortizado volvió a meter los papeles en el maletín. Al poco, de manera mecánica, buscó en la chaqueta las gafas que, en su fingimiento, no había utilizado.  Présbita avanzado, le resultaban imprescindibles para ver de cerca. No las encontró en el bolso derecho, pero sí en el izquierdo. No pensaba leer, no las necesitaba.

Lo que no estaba en la chaqueta era la cartera, en donde guardaba el dinero, las tarjetas de crédito, la identificación de Magistrado. Se atoró. El trayecto hasta la siguiente estación le pareció interminable.

Bajó apresuradamente y buscó algún encargado de seguridad. No lo encontró. Salió al vestíbulo, y se dirigió a la taquillera, saltándose la cola de quienes aguardaban para cambiar el billete, porque, al parecer, la máquina automática no conseguía leer la banda metálica:

-¿Lo ha tenido junto al móvil? -estaba preguntando al tipo que atendía. Mortizado asomó la cabeza por la ventanilla.

-Me falta la cartera. Creo que ha sido una pareja que estaban besándose aparatosamente y me distrajeron -explicó, alterado.

La señorita, que estaba ocupada contando los viajes que aún tenía pendientes de utilización el billete que sostenía en la mano, dijo con tono mecánico, sin prestarle atención:

-Presente su denuncia en la policía. Yo no puedo ayudarle.

FIN

 

Cuento de primavera: La mancha

Se debería haber dado cuenta que algo no iba bien, ya al salir de casa y cruzarse, cuando caminaba a la sesión de terapia, con el vecino del tercero:

-Perdone. Tiene una mancha en la cara -le indicó, señalándole con un gesto en su propio rostro, aquel tipo, al que siempre había considerado de pocas palabras.

Sin detenerse, pues llevaba prisa, se restregó ligeramente la mejilla con la mano, creyendo que se trataría de una mota de hollín; se equivocó incluso en el lado en donde estaba la mancha: simétrico respecto a su ademán.

Llegó a la consulta, bastante alterado. A medida que avanzaba, iba advirtiendo cómo la atención de los que se atravesaban en su trayecto se centraba más y más en el. Le miraban a la cara, no tenía duda.

En la sala de espera, tres pacientes aguardaban, haciendo como que leían revistas atrasadas. Le dirigieron una mirada que le pareció atroz. Se llevó la mano al rostro, y se lo frotó, esta vez, en el lado correcto.

-¿Qué habrán hecho del espejo que había en este cuarto? -se preguntó, para sus adentros.

Tomó un semanario del montón de publicaciones que estaban sobre la mesa, todas ellas manoseadas, sucias. Apenas la había separado de las otras, cuando le entró sensación de asco, y sufrió un escalofrío. La volvió a dejar donde estaba, procurando alinear la pila, al menos, haciendo que coincidieran dos de los bordes de las publicaciones.

-¿Están ustedes esperando a que les atiendan? – Su pregunta resultaba una completa obviedad, pero echaba en falta a la recepcionista, la muchacha simpática que le llamaba por su nombre de pila y le respondía a sus piropos con una sonrisa indescriptible. Se había olvidado de traerle la caja de bombones que le había prometido. Qué memoria.

-Sí -fue la respuesta que emitieron, al unísono, las tres personas. Habían vuelto a hojear la revista que tenían entre sus manos, repasando obsesivamente sus páginas como si tuvieran por objetivo descubrir al duende escondido en ellas.

-Llevamos aquí bastante rato -completó la información una señora de unos setenta años, que no podía contener un terrible tic en el ojo derecho, lo que la hacía muy vulnerable.

-El doctor se está entreteniendo demasiado con esa paciente -amplió el más joven, quien no dejaba de mover convulsivamente las piernas: ahora la izquierda, luego la derecha; la izquierda, la derecha.

-¿Viene usted por la mancha? -se interesó, con respeto no exento de un tono de lástima, el tercero, un hombre en su plenitud, con la nariz y el rostro sonrosados por el alcohol, como suelen tener los paisanos del norte.

Se tocó. Tenía que haberse dado cuenta, puesto que ya al salir de casa le habían advertido. Era una mancha abominable, aparatosa, terrible. Una mancha que le acompañaba desde la adolescencia, una lacra muy visible, y que solo podía limpiar acudiendo a la consulta de aquel siquiatra excepcional.

Esperó, con lágrimas en los ojos, a que el doctor abriese la puerta. Al cabo de un rato, salió la joven recepcionista, arreglándose la bata blanca. No dijo nada.

FIN

Cuento de primavera: Una cápsula del tiempo

Cuando las excavadoras apenas habían comenzado a hacer el hueco en donde se habría de cimentar el magnífico edificio que serviría de sede a General Provisions for Vital Purposes  Inc., el palista que manejaba una de las máquinas se encontró con que el balde levantó una caja metálica.

Detuvo el motor y se bajó de la cabina, observando la caja durante varios minutos. Cubierta por la tierra húmeda, abollada en una de sus caras, estaba herméticamente cerrada. Era demasiado grande para ocultarla, así que llamó al encargado.

-No tengo ni idea de lo que puede ser -fue el primer comentario de Sergio Percoláñez, el oficial responsable del turno de mañana.

-Es una caja, eso sí -se aclaró a sí mismo, de forma innecesaria, el palista, del que no recuerdo su nombre.

-Mejor avisamos al ingeniero -decidió Percoláñez, que siempre había demostrado una capacidad excepcional para no plantearse problemas innecesarios.

Acudí tan pronto como pude, pues me encontraba en una reunión para decidir la empresa a la que subcontrataríamos los cristales antivandálicos del edificio.

-¿Por una caja me habéis llamado? -les recriminé. Y, sin dudarlo, les di una aclaración al suceso y les ofrecí la solución, como corresponde a un buen mando intermedio:

-Tiene que ser una cápsula del tiempo, de esas que se colocan para que se abran dentro de cien años, o así. Pero como su existencia no figura en la memoria que me han dado, vamos a abrirla.

-Buena idea -aplaudió el encargado, que no desaprovechaba ocasiones de hacerme la pelota-. Además, ya está casi abierta.

En efecto, debido al golpe de la pala excavadora, la caja estaba parcialmente reventada.

Cuando la abrimos, dentro había un canuto metálico, parecido a un tubo grande de pastillas efervescentes, con su rosca de encaje. En la superficie, tallado con precisión, podía leerse: “I Jornadas de Sicogenética. 1980″. Y algo más abajo, en letra bastante más pequeña: ” No abrir hasta 2080″.

Era ya tarde para detener nuestra curiosidad. Así que no le dimos importancia alguna al hecho circunstancial de que faltaban unos cuantos años para llegar a la fecha prevista y volver a poner de manifiesto ante la luz solar el legado para la posteridad de aquellos asistentes a unas sesiones de sicogenética de las que no habíamos tenido la menor noticia.

-Hay solo un papel -dijo Percoláñez, decepcionado.

-Déjame ver -fue lo que se me ocurrió, mientras se lo arrebataba de las manos, algo nervioso. Tal vez pensaba en la maldición de algún espíritu que pudiera acusarnos de haber incumplido sus normas y castigarnos por ello.

Era solo una poesía. Una poesía dirigida a una dama, cuyo nombre figuraba en el encabezamiento.

Imaginé, de pronto, que el responsable de cerrar la cápsula del tiempo con la que los responsables de la organización de las Primeras Jornadas de Sicogenética habían deseado enviar un mensaje a los que la abrieran al cabo de cien años, les había gastado una broma, sin que lo supieran.

Y la reseña de las Jornadas, las fotos de los asistentes, los discursos de las autoridades, tal vez, los deseos de paz y prosperidad para las generaciones venideras, con las que se suelen llenar los canutos que se dejan a merced del tiempo futuro, habían sido sustituidos por un poema lírico.

Un bello poema de amor.

FIN

 

Cuento de primavera: Tierra de profetas

Erase que se era una tierra de profetas.

Una tierra de profetas no tiene razón de ser sino es, al mismo tiempo, un reducto en donde proliferan los crédulos.

Esa  misteriosa afición a creerse lo que te dicen, siempre que coincida con lo que deseas, crecía paralela con los aventureros que se especializaban, no en detectar lo que ha de venir, sino lo que te apetecería que suceda.

Como el negocio se construye con base en la demanda, había maestros en alentar su perspicacia en predecir futuros. Unos, a lo grande, analizando las tabas en nombre de la economía y la política. Otros, a la chica, allí donde anidan las desventuras y los deseos más íntimos, echando las cartas del Tarot o la española.

El futuro, sin embargo, andaba a lo suyo, que es jugar a las escondidas. Como, cualquiera que sea su campo de especialidad, los profetas no tienen capacidad probada alguna para influir sobre él -facultad que queda reservada a los dioses, entre los que incluyo (de forma excepcional) a algunos contados empresarios-, resultaba divertido analizar a los profetas, desde la perspectiva del pasado.

Pero el pasado exige apelar a la memoria, y en la tierra de los profetas, escasea el interés por la Historia.

-Hemos superado la época de desventuras -había pronosticado el muy afamado profeta Veoncio Positivilo, asesor del gobierno de turno-, gracias a las medidas adoptadas. Estamos en el buen camino. Se está generando actividad, que traerá consigo multitud de puestos de trabajo, y en pocos años gozaremos otra vez de la prosperidad que venimos añorando.

-Veo ante nosotros un túnel aún más negro -era la predicción del renombrado profeta Recontragio Opóstulo, que estaba subvencionado por las oposiciones circunstanciales-, porque las decisiones que se están tomando desde la autoridad incompetente no tendrán efecto alguno para corregir la tendencia, ya que es imprescindible cambiar de paradigma.

Ha de aclararse que el objeto de las adivinanzas no era solo el escenario macroeconómico, en el que los actores desempeñan su papel como les pete, de acuerdo a sus intereses propios. También los aspectos más diminutos de la vida común brindaban ocasiones para que los agoreros hicieran alardes de su perspicacia.

Esos profetas de menor empaque, asumían, sin embargo, trabajos de no poca envegadura. Había uno, Persifundo de la Omnisciencia, que, apostado en la calle de la Máxima Credulidad, tenía un éxito mayor que un infalible crecepelo, gracias a un rótulo aparente en el que podía leerse (copio literalmente): “Vidente competente soluciona todos los problemas. Especialista en retornos, quitar mal de ojo, mejora de salud, impotencias sexuales, exámenes, suerte en el juego. Total garantía y confianza”.

Llegó al lugar un extranjero, y viendo tanta parafernalia de adivinos y cuentos, se maravillaba de lo que pasaba.

-Si todos los que se afanan en elucubrar sobre lo que ha de pasar, se concentraran en hacer bien lo que está pasando, mejor les iría.

Lo dijo en voz alta, aunque, con el ruido de tanto vocinglero, su sabia dicción pasó completamente desapercibida.

FIN

 

Cuento de primavera: Paseos desde el amor a la muerte

En primavera, las carreteras son el escenario de inmolación de algunos animales, que sucumben por amor: erizos, sapos, musarañas, zorros, … se cuentan a millares entre las víctimas de nuestra civilización, sometida a las prisas y al deseo de cambiar de lugar para buscar satisfacción fuera de lo que nos ocupa a diario.

Erizo Parsimonioso, Sapo Partero y Musaraña Calamitosa eran tres amigos circunstanciales que habían alcanzado la madurez sexual al mismo tiempo. Vivían en una zona agradable, pero en la que no había hembras a las que aparearse: las pocas que se encontraban en las proximidades, estaban todas ya comprometidas. Al otro lado de una autopista de mucho tráfico, sin embargo, presentían -era una mezcla indefinible de olores, sonidos y agradables sospechas- que encontrarían respuesta a la llamada persistente de su naturaleza, que les impulsaba a satisfacer el instinto de procrear, una fuerza poderosa, incontenible y, por el momento, no saciada.

-Tenemos que cruzar -comunicó Parsimonioso a Calamitosa.. Estoy seguro que allá, al otro lado, hay quien responderá a nuestra llamada.

-No te digo que no -replicó Calamitosa, moviendo sus bigotes con honda preocupación-. Solo que, cada vez que me asomo al borde de esa carretera, me deslumbra un tropel de luces que me aturden, y me da mucho miedo que los veloces animales que circulan por ella no se detengan a nuestro paso.

-Es cierto -se incorporó Partero a la conversación-. Mi amigo Gato Montaraz falleció el otro día, al intentar atravesar ese río de maldición. Su cadáver, convertido en mojama lamentable, puede verse desde aquí. Y él era veloz como un rayo, por lo que no es difícil deducir que nosotros, siendo menos ágiles, seremos pasto fácil de la horda veloz.

-¿Vamos a quedarnos solteros? -argumentó Parsimonioso- No será ese mi destino. Tengo ganas irrefrenables de transmitir mis genes y está claro que a este lado de la vorágine me quedaré virgen, lo que no me satisface en absoluto.

-¿Qué podemos hacer? -se preguntó Partero-. Yo también siento el mismo deseo, o aún superior. Cuando oigo que mi croar es respondido con fruición desde lo que imagino es una charca al otro lado, mis carnes se me abren y si me he contenido hasta ahora es a fuerza de hincharme hasta casi reventar, y temo que cualquier día explote de deseo no satisfecho.

Sopesando pros y contras, incapaces de solucionar por otras vías la inquietud que dominaba todos sus pensamientos primaverales, tomaron la decisión de hacer de tripas, corazón, y lanzarse a la aventura de cruzar al otro lado.

El momento elegido fue una noche clara, con una luna esplendorosa. Estuvieron aguardando un rato, contando mentalmente la frecuencia con la que pasaban, veloces, lo que creían animales superiores, bramando con sus ojos fulgentes, siguiendo un destino que, suponían, también les conduciría a aquellos por impulso de la llamada del amor, hacia otras regiones en las que morarían las hembras de su especie.

-¡Ya! -gritó Partero, y fue el primero en dar un salto, tan grande como pudo con sus ancas encogidas al máximo.

Un monstruo de gran envergadura le pasó rozando, pero pudo dar un segundo salto, y un tercero. Se encontraba ya a uno o dos metros de donde había partido.

-¡Voy! -exclamó Parsimonioso, arrastrando sus patas lo más rápido que pudo, encrespando su cuerpo para dejar ver sus aguzadas espinas, en la confianza -inocente- de que provocara algún temor entre los que surgían de las sombras.

-¡No seré menos! -se animó a sí mismo, Calamitosa, empezando un periplo en zigzag con el que creía tener más opciones de salir indemne de aquel bombardeo de bólidos fugaces.

A la mañana siguiente, dos cuervos encontraron los cuerpos de los tres amigos, despanzurrados sin piedad. Mientras se alimentaban de los despojos, sin temor ante los vehículos que pasaban, a los que esquivaban sin problemas con ligeros aleteos, comentaron entre sí:

-Tenemos que agradecer a la primavera que haya alterado el sentido común de tantas especies, haciéndolas creer que al otro lado de esta carretera hay consuelo para sus deseos. Mi camada crece fuerte y robusta.

-Sí, así también la mía -contestó el otro, algo más negro de pelaje-. Gracias a estos animales veloces que tienen un caminar tan previsible, nuestra especie mejora con los años, y se extiende hasta poblar todo el orbe, tal como han predicho nuestros libros sagrados.

Y se fueron, tan campantes, llevando en sus picos algunos trozos de Calamitosa, Parsimoniosa y Partero, realmente complacidos de lo bien que les iban las cosas.

FIN