Dame esa noche mía, nuestra, que cada noche ronda por tu cuarto

abrazado a una ilusion

Dame esa noche mía, nuestra, que cada noche ronda por tu cuarto,
se sienta sobre la cama donde tú no puedes dormir,
te toca, te sacude con violenta emoción, te urge
y te susurra al oído palabras que te inquietan, dulces  presagios
de cosas que tardan en llegar, gestos nunca aprendidos
con que tus brazos y piernas amagan arañando el vacío…

Dame esa noche mía, antes de que el tiempo la haga inútil para  siempre,
la marchite como tú sabes qué, la enredadera
donde hundo mis manos como un lago nocturno iluminado.

Ofrécemela ya. Ni tú ni yo podemos esperar a que otras noches
se vayan malogrando, porque esta noche mía, nuestra, que cada día se forja
y tiende sus soledades en tu cama, alisa con suavidad tus  sábanas,
rebulle, emboza la riqueza que celosamente guardas, esa noche,
se rompe conmigo cada vez que me la recuerdas mañana.

(De Absueltos de todo don, KRK, 1989, Poema 23, Angel Manuel Arias)

El año de ya está bien

Termina 2014 y no debiera haber dudas de que ha sido un año importante. Aunque se intentó disimular su entidad, a medida que ésta crecía, echando la vista atrás o hacia los lados, para enfocar actos y personas del pasado e incluso otras celebraciones sin futuro, destaca sobre los de su constelación con especial intensidad.

Puede ser el brillo que delata la extinción de las estrellas, pero no debe pasar desapercibido.

Son muchos sus signos para ignorar su fortaleza. La globalización ya no engaña: está estallando en las manos de los que la manipulaban, alardeando ser artificieros y conocer sus ventajas. A su alrededor, danzan,  como descarnados esqueletos, antiguos pretendientes a su mano que la realidad ha rechazado con rudeza.

¿Desarrollo sostenible? Sobre el papel, un joven atractivo; en el escenario, una quimera de la que se aprovechan, riendo, celestinas y chulos, que lo utilizan como trofeo y, a veces, todavía, como enseña. ¿Crecimiento constante, generador de bienestar y pleno empleo? Magnífico gañán, experto en  palabras de reclamo, gran seductor con bagaje de pura fantasía. ¿Responsabilidad social corporativa? Señora de altos vuelos, utilizada como engaño para atraer consumidores compulsivos, inconscientes de lo que se hará por detrás con su dinero. ¿Sensibilidad ante el cambio climático y el deterioro ambiental? Aires de final de fiesta, música para distraer a los pasajeros de cubierta de primera, que bailan con los informes, cada vez más pesimistas, del panel orquestal que ya no se sabe bien quién ha contratado.

La Unión Europea se hunde en la ciénaga de sus terribles contradicciones: en tránsito de aquel hipotético entrañable proyecto de región de regiones a execrable vejestorio cubierto de potingues que cuenta batallitas, pretendiendo que se sigan sus consejos y se tenga en cuenta su ejemplo tardío, pero se olvide su pasado fagocitador. Pertrechada en su salón de invierno, quema los pocos muebles que le quedan, pero ya no puede disimular sus carencias: en política internacional, en defensa de la biodiversidad, en capacidad para generación de empleo, en solidaridad, en cohesión interna, en impulsar liderazgos convincentes.

El número de países verdaderamente relevantes se ha reducido, al mismo tiempo que aumentaron y aumentan los territorios que seccionan sus fronteras, bajo el estéril señuelo de pretender saber hacerlo mejor. No hace falta convocar a los sabios para interpretar las señales. Los poderes de China y Estados Unidos han decidido que es mejor ponerse de acuerdo en querer lo mismo, en lugar de continuar tirándose los trastos. Se trata de aguantar unos decenios, abrazados tiernamente, hasta que el terremoto se debilite. Estabilizada la tectónica, la reconstrucción sobre las placas derruidas, señalará nuevas vías a los supervivientes.

2014 ha servido para mostrar que la crisis es, ciertamente, momento para oportunidades, siempre que se tenga la sartén por el mango. La plutocracia rusa aprovechó la ocasión para recuperar algunos terrenos, no solo en geografía, y pulsar de paso la capacidad de protección de la OTAN sobre los bordes de Europa.

Asoma el esperpento de descubrir campos  para ensayos de más potentes artefactos bélicos: se puede apelar al fanatismo religioso, al iluminismo caciquil, a la protección o escasez de recursos minerales, a la casualidad o al raciocinio. Qué más dará. Este año de tránsito ha servido también para comprobar cómo Latinoamérica se transformó, tras tiempos encerrada en su crisálida, en un glifo en el que se combinan incongruencias ideológicas, proclamas populistas y hallazgos económicos con fondos harto sospechosos, convocados al grito, cómo no, de sálvese quién pueda.

Pero si el exterior tiene importancia, es en la política interior, en nuestro pequeño país, y para quienes vivimos en él, donde la proximidad permite apreciar las grietas que se nos han hecho más profundas. Un gobierno que no sabe y que  engaña: ni recuperación, ni perspectiva, ni cohesión, ni fortaleza. Una oposición que se deshace, cambiando jinetes y caballos, aunque sin saber lo que corresponde hacer, ni haber analizado el tipo de carrera.

Adiós al estado de bienestar, a la sanidad, a la educación para todos, a los beneficios sociales, a la calma ciudadana. Había cierta ilusión por conocer lo que podemos. Podemos, desde luego, mucho, pero el tiempo ha venido a mostrar rápidamente que, no basta con un diagnóstico certero, si las propuestas son fantasía de aprendices salidos de la escuela, y el mucho hablar delata el vacío de las mochilas. Hay acuerdo total en que las castas defenderán siempre sus sitios, que la corrupción, sin que alcance a todos, hace asqueroso lo que toca. Se necesita cambiar muchos fondos y maneras, cuestionar y vigilar con más cuidado. Pero la solución, que siempre hay, no vendrá de mozos con martillo. Hay que llamar a la necesidad y a la destreza.

2014 es el año de Ya está bien. El clamor es intenso, y cuando más se grite, más feroz será la resistencia. No parece que el problema provenga de la forma de Estado, sino del modo con el que se realiza su gobierno.

La Monarquía -reducida a símbolo-, se refugia en la última trinchera, prodigiosamente incólume. La nostalgia republicana tiene más miedo a sí misma que al análisis de las ventajas que la harían coyuntura. La Universidad, a menudo da la impresión de que, por no saber, ignora hasta la razón de su cáncer. Está prohibido criticar las decisiones de los jueces, cuya independencia es delito poner en duda, y hay dudas. La gran empresa es capaz de alardear de buenos resultados sin comprometerse en ayuda de quienes le hicieron crecer, desagradecida. Los comercios de cercanías cierran, arruinados, sus puertas, mientras las grandes superficies amplían sus ofertas encantados. La economía, asustada, se sumerge aún más hondo. Hay más pobres, y aunque no se quiera verlos, están ahí, junto a nosotros; y ya no todos vienen de fuera.

Se atisban cambios y, aunque es pronto para saber dónde conducen, desde la posición de observador, se intuye que provocarán, con el tiempo, que 2014 sea un año destacado en la memoria colectiva. Que sea para bien; es decir, para ya está bien.

 

Pueblan mi mundo desconocidos

Pueblan mi mundo desconocidos,
concentrados en ignorar sin vivir.

Confabulados para acreditar que no existen,
sus rostros adustos fingen desprecio,
a pesar de mis síntomas,
porque yo sí los veo.

Cavo puntos de encuentro
entre nuestras calidades efímeras.

Pongo ejemplos: en este mismo vagón de metro
dos mujeres venidas de otra existencia están hablando de algo
que las hace reír. Sus miradas se hielan
al cruzarse la mía. No me importa lo vuestro,
explico, solo querría intercambiar unas sonrisas.

De pie, unos jóvenes negros escudriñan vacíos
con su carga de baratijas a la espalda:
soy como vosotros, musito,
también vendo falsificaciones y huyo de la policía.
Sin palabras, cambian de estación, aunque les entiendo:
temen que yo, cómplice, vaya a delatarles.

Hay más. Bellezas prematuramente asesinadas,
escapistas que lengüetean helados de absenta,
infantes ajenos disfrazados de piratas por sus tías,
fantasmas que piden limosna invocando estribillos.

Soporto  colgado del hombro a un impasible humano
que no quita ojo a lo que escribo
mientras me palpa buscando la cartera,
que llevo escondida a buen recaudo entre cuchillos,
consciente, como cada vez que salgo por ahí,
de que hay necesidades más urgentes que las mías.

Pero todo esto carecería de importancia;
de cuanto pasa a mi lado, eres tú quien me preocupa:
saber qué obtienes de ese juego que te absorbe la cabeza
mientras malgastas el tiempo que viajo contigo.

(De Poemas de encargo, nº 53, Angel Manuel Arias, junio 2009)

Dadme un papel y un lápiz

Dadme un papel y un lápiz
y dibujaré una estructura.

Tendrá forma de asa
y puertas, contenedores y ventanas.
Por los huecos abiertos
entrarán planes y alegrías
y saldrán, cestas bien colmadas.
como Pedro por su casa.

Los plazos se llenarán de calma
y del sosiego, crecerán más señas.

Señas de identidad, de cómplices,
de risas, gestos de amor,
por doquier, por las fisuras,
señales a favor, signos de gozo
y hasta en las ramas altas, tiendas.

Pondré luces de neón en el desván,
observatorio astrofísico en los sótanos.

Cada mañana, con gomas de borrar,
eliminaré huellas. Haré nuevos acopios
en direcciones prohibidas.

(De Poemas de Encargo, nº 54, Angel Manuel Arias, sept. 2009)

 

 

Para empezar, aconsejo un caldo calentito

Para empezar, aconsejo un caldo calentito
y por tropiezos, curruscos de pan y colas de marisco.
Si hubo mercado hoy, venga la sopa
con vegetales al huerto y en la crema de puerros,
encurtidos de almendras en sartén puestas al fuego.

De beber, se escusa un vino joven
para atemperar el estómago, a la espera
de las delicias que atesora la bodega
que domina para nosotros la guardesa.

Los calamares en su tinta ordenados con la nuestra
traigan por  compañía un arroz blanco
y hagan de preámbulo a carnes gobernadas
con buen saber, patatas cuadradillo.

Piénsolo mejor y estando a tiempo, me corrijo,
que la fabada sustituya, así haga frío o calor,
a cualquier otro entrante con ventaja, y sean morcillas,
los chorizos, el lacón, todo el compango,
de puercos criados en Belmonte, las Cangas o Tineo.

¿Las alubias? Para fabas de la vega,
tierras mejores son que otras, del Narcea.

Como segundos, depende. Si en el principio fue la carne,
sea ahora el verbo caldereta; y si merluza, la del pincho.
De quedar resquicio, hágase sitio a la chopa, al sargo,
al san pedro, y como éstos van solos a la sidra,
en concierto, a la estaca, plancha de sardinas.

Ya que faltó al comenzar, momento es de capones,
paletas de cordero, solomillos de culón y pitos tiernos de verbena,
pero si época fuera la de caza, no falten ni el jabalí ni las arceas,
como la perdiz a la poca penitencia, ni escápesenos vivo
del corzo un chuletón a los higos, confitados.

Antes de todo el pernil, -capto la alarma-, se habrá cambiado
el vino tinto nuevo por otro de cuerpo añoso: Somontano,
Rioja, Ribera de Duero, valen para el caso,
sin desdeñar un Toro con la capa reservada por Zamora
ni frascos con las espadas del Coster en su tesela.

Y si en la mesa quedaran hembras por seducir, entren en juego
la ruleta del clarete,  sírvanse cavas y espumosos,
giren los Rueda, tiéntese de blancos wurztraminer los paquetes,
pues, por respecto a Albariños, Sacros y celestiales Valmasías,
será mejor degustar en propia tierra, emparejados en sus plazas,
si se quiere a éstos gozar con gran provecho.

Condono por mi parte el postre, si bien dándoles gusto
a los que tengo por mis invitados a esta cena,  mando
ponerles a las damas delante algún pestiño;
que nos traigan, portándolo una moza, el Carmen de los dulces,
y entre conversación, risas, cuentos, tentaciones,
no habrá quien se resista a requiebros, a flanes,  cremas, quesos, polvorones,
al arroz con leche, a los elogios, bizcochos y cosquillas.
Si quieren tomar de más, tomen turrones, casadiellas, tartas, pescozones,
y exacerbando juntos motivos de pena y goce a golosos por diabéticos,
digo yo, que también, con pellizcos de monja, añadan tres profiteroles.

Dispongan, pues, hartándose de todo, los señores,
que para aposentar lo ingerido yo solo me contento
con un par de cafés y por rematar por lo alto la faena,
calentaré dos dedos de un coñá con más de diez
en  la solera de mi mano, cerrando el coso por hoy hasta mañana.

No acaba el goce ahí. Superado que haya sido el primer paso
del ejercicio a placer, pasaremos diligentes al segundo,
precipitándonos al éxtasis de dormir como mejor, acompañados.

(Poemas de encargo, Angel Manuel Arias, nov. 2009)

 

 

 

 

 

 

 

Creo que sí, que claustro es la palabra

Creo que sí, que claustro es la palabra
que buscaba; de gótico flamígero
y en su patio, un pozo con brocal de piedras berroqueñas
y naranjos en flor y aljibe con aguas irisadas;
los aleros, con gárgolas; las columnas, junto a cenefas,
escenas de calvarios, sátiros y ninfas practicando
goces prohibidos.

Ese patio,
rendido al atardecer con las luces y sombras del estío precoz
conducirá a través de secretas puertecillas,
provistas de aldabas de bronce y rejillas para secretos percolados,
a austeros refectorios donde ojos de núbiles gacelas
acecharán con temblores juveniles, atisbando
entre los huecos de sus manos delicadas y hermosas,
movimientos que solo en su imaginación cobran sentidos.

En ese claustro ahora vacío, irrumpe en un antojo
un jolgorio de mirlos, -para estruendo de vencejos,
con escándalo soez de las grajillas- y, violando los rezos,
unas risas se oyen, contenidas
en aleteos de pasos que rompen cristales a su vuelo,
y una madre sin hijos les reclama silencio
mientras cierra el pórtico de gloria
donde se recogen las siervas de lo altísimo
en busca de íntimo reposo.

nov. 2005

(Angel Manuel Arias, Poema 25 de los 82 Poemas de encargo)

El primer poema de encargo lo escribí aquella noche

IX

El primer poema de encargo lo escribí aquella noche
en que por no ceder aunque la culpa era mía
me dejaste plantado en mi orgullo.

Si supiera escribir, rezongaste llorando,
mientras recogías intenciones,
bragas y deseos debajo de la cama.

Cuando te fuiste me miré en el espejo
y vi un rostro muy desorientado.

Salí del lugar para advertir que eras tú
la que se reproducía entre los pliegues,
llenaba los recovecos de mi imaginación,
pedía similitud en toda cara,
impidiéndome otro quehacer que el pensar a tu lado.

Solo con mi desazón, tus argumentos resurgían
provistos de mazo y sólido atractivo,
arrinconándolos, sin medirse, a los míos,
y un aroma de hembra enamorada
era el único adorno respetable
de esta pensión de mala suerte.

Así que tu vacío me ocupó todo el día,
comí lo poco que había en la heladera
y al hacerse de noche, aún espero
a que vuelvas, me perdones, que reincidas.

(Poemas de encargo, Angel Manuel Arias, abril 2005)

Mensaje apócrifo de Navidad de Felipe VI

(En el escenario a semioscuras, se ve la carcasa de un aparato de televisión sobre una mesa con ruedecillas. Por un lateral, aparece, con gesto cansado, el Rey Felipe VI. Se sitúa detrás de la mesita y, moviéndose ligeramente a un lado y a otro, incluso sacando los brazos fuera de la carcasa, ajusta su colocación con parsimonia.

Cuando está satisfecho con el resultado de la operación, Felipe VI extrae unos papeles algo arrugados del bolsillo, se cala las gafas que necesita para compensar su incipiente presbicia, y mira al frente. En ese momento, se encienden más luces, y descubrimos, en el lateral contrario a aquel por donde apareció el Rey, a la Reina Doña Leticia, sentada sobre unas maletas de viaje.

Felipe VI lee con voz timbrada, guardando las pausas; de vez en cuando, utiliza una petaca de la que bebe un líquido no identificado)

-Buenos días a todos. Me corresponde, como hacían mi padre y su antecesor en la Jefatura de Estado, dar un mensaje de Navidad en estas fiestas entrañables. Se trata, como bien sabéis, de ser proactivo y amable, repitiendo cuatro o cinco ideas de esas sin el menor interés, por su obviedad manifiesta. Por ejemplo, animando a que seáis solidarios, a recordar que si estamos juntos podemos superar cualquier dificultad, y expresando que todos somos iguales ante la ley, la democracia y las oportunidades de la vida.

Pues bien. En estos meses que llevo haciendo de Rey, me he dado cuenta de que se estaba mucho mejor haciendo de Príncipe de Asturias. Viajaba mucho, tanto de placer como para asistir a las investiduras de presidentes de antiguas colonias, asistía a fiestas de incógnito o con otros miembros de familias reales, y entregaba una vez año unos premios con mi nombre -con mi nombre- a algunos compatriotas, junto a personajes que habían sido galardonados con el Nobel o estaban a punto de serlo en la próxima convocatoria.

Pero no solo eso, la Reina Doña Leticia también ha sacado sus propias consecuencias de este tiempo. Me dice que estaba muchísimo mejor siendo periodista del montón, nieta de taxista y locutora, e incluso, cuando estaba divorciada y se reunía de vacaciones con sus amigos en Asturias para comer oricios, regarlos con sidra y cantar Patria querida. Ella, que viene de por ahí, de por donde vosotros, me anima a que nos comportemos como tipos normales, sin pasarse, claro, permaneciendo más o menos de buena familia, sin que tengamos que disfrazarnos para tratar de pasar desapercibidos en la calle. Me apetece, incluso, ponerme de vez en cuando la camiseta con la inscripción CR que me regaló Florentino, irme algún fin de semana en tren a Alicante con el taper de tortilla y las niñas, y hasta debe tener su puntillo hacer la cola del paro por las mañanas y una chapucilla, para ir tirando, por las tardes.

La verdad, cuando no puedo dormir por la noche, la idea de mandarlo todo a la porra, me mola cantidad. ¿Qué hice yo para tener que representar la unidad de España? ¿Qué diablos es eso? He asistido a algunas reuniones del Consejo de Ministros y leo todos los días las notas de prensa que me recorta y clasifica la Reina, que de eso sabe un montón, y me doy cuenta de que los problemas que tiene el país son de una complejidad abrumadora. No es que sean superiores a los de otros países, es que hay demasiada gente encargada de complicarlos todo lo posible cada día. Y lo hacen con tanto empeño, con tanta devoción, que el único punto de acuerdo al que es posible que lleguen es que no tienen solución, y solo consiguen calentarse recíprocamente las cabezas.

A esta situación general, se añaden las cuestiones personales. Mi padre, que tiene los achaques propios de su edad, se encuentra en paradero desconocido, negociando no se qué, por lo que me cuentan, con la que fue su amante durante las últimas décadas. Mi madre,  está buscando casa con terreno en la campiña griega, para retirarse a cuidar allí, junto a mis helénicos tíos, los toros de lidia que pueda salvar de su cruel destino en plazas españolas. Mi hermana mayor, separada del padre de sus hijos, con un exigüo peculio, trata de rehacer su vida como puede a la caza de algún candidato con posibles. La pequeña me ha dicho que vendrá a vivir con nosotros, pues su casa va a ser embargada, porque un juez rencoroso con la élite  quiere saber de dónde sacó el dinero su marido, pues no se cree que alguien pueda hacerse rico por el solo hecho de pertenecer a la familia real, como siempre ha sido desde que el mundo es mundo.

Todo esto que ya sabéis por los periódicos, no tiene nada de particular. Si no en todas las familias, pasa en algunas de ellas, y solo basta leer el Hola, para estar de acuerdo en que las familias de la aristocracia y de la farándula en general, andan por los mismos andurriales a cada poco.

Pero lo que ha colmado el vaso de mi paciencia es que, según las encuestas vienen reflejando, soy el más popular de los personajes públicos relacionados con la política -es evidente que hay que sacar fuera de las estadísticas a los que se dedican al fútbol o a la canción melódica-. Hasta ahí, bien. Lo que sucede es que me dicen, también, que la gran mayoría de vosotros sois republicanos.

Esto supondría que, si se os dejara libres, tendríais como forma de gobierno una República, y desearíais que me presentara a las elecciones para la jefatura del estado o del Gobierno. Y eso sí que no. ¿Competir yo, que he sido formado en las mejores Universidades del mundo, que hablo impecablemente cuatro idiomas, que he hecho la carrera militar en todos los ejércitos, que se pilotar aviones y tanques, que mido más de dos metros, etc. con cabezas de lista de los partidos políticos?

No quiero poner ejemplos, para no encrespar los ánimos de nadie. Jamás he ido a una reunión, que no fuera de vacaciones, en camisa; nunca me visteis levantar la voz en una comparecencia pública; jamás he emitido una opinión contra nadie; me tragué lo que pensaba de todo lo que sucedió a mi alrededor; etc.

He releído la historia del Rey Amadeo, y me volvió a impresionar mucho. Tanto que, concluyo, para no cansaros.

Ahí os quedáis. Leticia, las niñas y yo, nos vamos. A un lugar secreto, y para siempre.”

(Se van las luces del escenario. Felipe saca el cuerpo de detrás de la carcasa, se acerca a Leticia y salen con las maletas, mientras suena una música celestial, o algo parecido)

Vuelven, tenaces

Vuelven, tenaces,
conchas abandonadas por el mar
a las orillas.

Recuerdos muertos,
de los que hemos olvidado su razón,
flotan entre restos de naufragios
y, aunque los tiremos lejos,
valvas del corazón,
se acercan dóciles a lamer nuestros pies,
pidiendo que las llevemos a casa,
que las ensartemos a tiras
con el presente más austero.

(Con algo suave, Angel Manuel Arias, versión 1998)

 

 

Obras de reforma en otro yo

La principal reforma social que se me ocurre
es destrozar la pared que comunica el baño con la alcoba,
pero he llenado con mi currículum las calles de la ciudad
y estoy tan seguro de que me van a contratar
que dejo un mensaje de destrucción en el contestador;
a estas horas de la noche
es poco posible que me llame alguien decente
pero por si hay un alma gemela que pene por ahí
le voy a dar mi último diagnóstico:
hermano, no quiero que me den más competencias,
qué razón tenías: cuanto más pones más pierdes,
no enseñes el culo a quien no te lo va a tapar,
y, para colmo, te desvelo mi preciado secreto, soy un impostor,
el verdadero yo aún no ha nacido, lo que no me impide que en este acto solemne
lo nombre mi sucesor de todo lo que sé
por más lejos que esté.

Le dejo la brocha de pintar al más pintado,
cediéndole por señal de buena suerte la grapadora, las gomas de borrar
y un bote con bolígrafos y  lápices, los trastos de crear estas historias.

(No tenemos a nadie, Angel Manuel Arias, 1996)