La sensación real es de sabor a piñas y manzanas

La sensación real es de sabor a piñas y manzanas
reforzadas con olor a jazmín, violetas en las ramas
y cuando suenan tus risas, alas de romero, hallo aún más gustosas
las caricias con miel, más sápidos los besos,
como pezones de núbil, tan ágiles los higos.

Todo queda contagiado de tambores, danzarines y abrazos.

Sobre ese pedestal, haciendo fiesta, recreo juegos de adultos,
convoco a pervertidos tahúres con naipes de cristal,
improvisando trucos de magia que desvelo impaciente en tu regazo.
Antes de volver a empezar, hago carne el deseo,
acelero la tensión del verbo embadurnando nuestros cuerpos en saliva,
engañando al tuyo para que salga de paseo junto al mío.

Exploto ya sin la menor intención, haciéndome, al cabo, el distraído,
destrozando en pedazos, víctimas inocentes, tus virtudes, de corrido.

(Poemas de encargo, núm 26, @angel manuel arias, 28 de marzo de 2009)

Imágenes oníricas

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Este acrílico tiene por antecedente un dibujo a lápiz (formato DIN A3 aproximadamente) que realicé en uno de mis viajes a Puerto Rico. La fotografía recoge una parte del cuadro, en el que se representan, con colores vivos, varias escenas de una casa de huéspedes particular. Podría detallar una explicación a las imágenes que se agrupan en él, pero prefiero dejar la interpretación a la capacidad de exégesis del observador. El Cuadro formaba parte de las varias decenas que expuse en Oviedo, en 1997, y pertenece, este sí, a mi colección particular.

El rapto de Europa por Kleinmut (acrílico)

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Este es uno de los Cuadros que formaban parte de la Exposición que organicé en Oviedo, en 2007. Representa uno de los temas a los que dediqué varias versiones: el rapto de Europa por Zeus, disfrazado de toro blanco. Como es sabido, el mito fue objeto de múltiples plasmaciones artísticas, pues combinar un animal que se identifica con la fuerza y el arrebato salvaje y una hembra humana desnuda (o casi) tiene una alta carga erótica.

Ya sea el dios en esta historia gráfica una mutación de Zeus, de su rival Júpiter, o de un Minotauro (que, aunque sea éste de otra generación, la genealogía de las deidades es tan versátil como sus volubles deseos, no pocas veces incestuosos), y ya sea Europa una fémina que se resiste o se apunta voluntariamente a la aventura, en mi interpretación, el Tauro es más bien novillo, y la hembra, que tal vez inicialmente montó al rumiante para darse un paseo, ahora que ha descubierto sus intenciones, no sabe aún si dejarse caer al suelo o dejarse arrebatar.  Por la postura -un si es no es, un quiero pero si- parece estar en la duda misma, y hasta se diría que, si se dispone a marchar, se reserva intenciones (en otras variaciones pongo en la mano derecha de ésta un cuchillo de monte, que aquí ni se intuye).

En todo caso, lo que aquí reproduzco es, técnicamente, un acrílico, a pinceladas largas y con pocas concesiones a la valoración de los tonos, pues es sabido (para mí al menos), que doy más importancia al trazo y al concepto que a la terminación cuidadosa. Hay pequeños refuerzos al óleo, que suelo aplicar, para mejorar la luminosidad. La foto creo que desmerece del modelo, pero no tengo el original, hoy en manos privadas (como solemos decir los pintores de media paletilla, para darnos importancia).

En segunda lectura, puede estimarse que esta Europa, rubicunda, se resiste a subirse a un torete que no es blanco, sino de su mismo pelaje. En esta versión,  de una forma señalada, incluso su cabeza está vuelta hacia atrás, desapareciendo sobre sí misma.

Al toro, por cierto, lo he bautizado con una palabra alemana, Kleinmut, que, significa “pusilanimidad” -literalmente, “ánimo mezquino”- y, con evocación imaginativa, se podría identificar con el “sálvese quien pueda”, que es la bandera con muchas franjas, campos de gules  y blasones con la que se pretenden justificar quienes no están actuando como debieran.

Europa raptada por “Sálvese quien pueda”. No quiere ir con él, duda, pero se va, al fin y al cabo, con la cabeza vuelta sobre sí, y las intenciones de “ya veremos”.

Me gusta evocar la imagen, hoy, a finales de febrero de 2015. En la pintura también cabe la poesía, particularmente cuando se apela al neoexpresionismo. ¿Dónde estarás ahora colgado, mi Europa raptada por Kleinmut? ¿Existes, o solo se conserva de ti esta foto digital que mesirve para evocar tu última visión, colgado de una pared en una sala de exposiciones de Oviedo, un día de agosto?

Primero fue

Primero fue
la vida por delante, calor en la cocina,
olor a bizcocho y el beso en la mejilla;
los deberes ya hechos, amigos por el patio
esperándome con el balón de reglamento.

Se sucedieron
los bienes en conducta, cuadros de honor,
matrículas y el premio extraordinario:
una hermosa mujer con más inteligencia que la mía.

Vinieron luego la transformación de los trabajos
en mercancías y panes, muebles y tributos.
Entraron hijos a llenar la casa,
y trajeron risas y algún llanto por problemas
que pude resolver: la solución correcta
estaba en ellos.

Hubo que luchar por resistir,
explorar para encontrar los sitios más seguros,
renunciar a triunfar, ser malentendido,
acumular pasión en las hogueras del desprecio,
subsistir en pié, escapar al empujón desleal,
renunciar al suicidio, recomponer
destrozos causados sin razón, volver al nido.

Lo que tenía que pasar, pasó
con increíble rapidez. Aprendí incluso a esperar
a una edad, en que, con esta trayectoria, lo sensato
sería no ilusionarse ya por nada.

(3 de noviembre de 2009, Poemas de encargo, número 56)

@angelmanuelarias

 

El discípulo se acercó a mi silencio

El discípulo se acercó a mi silencio,
y, turbando mi meditación, preguntó si podía
interpretarle un sueño, que adiviné estaría lleno
de imágenes, confusión y palabras.

“Cuéntaselo al árbol”, le dije, señalando un almez.

Cuando terminé mis abluciones mentales,
vi que el joven jugaba,
arrojando su pelota contra el tronco.

“¿Ya tienes lo que querías?”,
murmuré, al pasar por su lado,
prestando atención para no recibir un pelotazo.

“Solo obtuve silencio”, replicó el muchacho,
que no parecía estar decepcionado.

Me alejé, a buen paso,
pues no deseaba que el relente enfriara mi cabeza,
y alcé la voz para que el aprendiz oyera mi sentencia.

“¿Que esperabas de mi? ¿Respuestas?
¿Acaso que te contara mi propia pesadilla?”

(De Poemas de encargo, num. 87, dic 2014, @angelmanuel arias)

Una yunta díscola (5): Los empleos del bienestar

(En este Comentario se prosigue con el análisis de las consecuencias del desarrollo tecnológico).

5. El fundamento de la generación de actividad y empleo en sectores vinculados a la mejora del bienestar. 

Somos ya bastantes, entre los analistas, los convencidos de que la defensa de la globalización no es sino un recurso útil para avanzar en la explotación de los países desarrollados sobre los más atrasados, si bien, debido al poder creciente de los grupos empresariales multinacionales, las decisiones sustanciales se alejan del ámbito de decisión de los gobiernos.

He defendido siempre que se me dio oportunidad, la paradoja de resultar coyunturalmente ventajoso, e incluso imprescindible, desde la perspectiva del mantenimiento de suficientes empleos en un territorio, que garanticen la estabilidad social, apoyar sectores ineficientes a corto plazo. Lo que no cabe ignorar es que la transformación tecnológica obedece a impulsos imparables, y que solo tiene sentido subvencionar ciertas actividades si no se abandona el propósito, igualmente, a plazo determinado, de sustituirlas progresivamente por otras.

En efecto, estoy pesando -por ejemplo- en el aparente despropósito de mantener la subvención al carbón nacional -cuyo coste de explotación es superior al extranjero-, para sostener empleos en algunas cuencas. Lo que se debe considerar una acción fallida es que, a pesar de esas primas al carbón nacional, no se haya avanzado suficientemente en la generación de alternativas y, no menos criticable, que las subvenciones hayan servido para el enriquecimiento paralelo de empresarios privados del carbón, que se arrimaron a la coyuntura.

El apoyo a la transformación de los sectores ineficientes pero sostenedores tradicionales de empleo, no tiene sentido sin la creación de empleo en sectores de futuro. La reconversión tiene que correr paralela a la creación de alternativas, para que los desajustes de empleo no sean insoportables. Y es aquí, como en todas las actuaciones que exigen estabilidad a largo plazo, donde no caben trampas ni buenos deseos sin respaldo tecnológico. Porque prácticamente todos los sectores de nueva creación tienen un comportamiento dual sobre la economía y, por tanto, se deben analizar con extremo cuidado las consecuencias de apoyar su crecimiento sin atender a los ritmos con que éste se produce.

Por comportamiento dual entiendo que, al mismo tiempo que las nuevas tecnologías, materiales y procesos, generan líneas de actividad (y, por tanto, subsidiariamente, de empleo), destruyen empresas, puestos de trabajo y áreas de mercado tradicionales. Y, en general, analizado desde la perspectiva del empleo, es superior el que destruyen al que generan, aunque en una zona concreta, en donde se ubiquen los centros de producción, pueda hablarse de aumento de actividad y, por tanto, nuevos puestos de trabajo.

Se puede objetar que siempre ha sido históricamente así, y que cada revolución tecnológica ha traído su pan debajo del brazo, obligando a reajustes en los sistemas de producción, que, cuando fueron absorbidos, situaron a la humanidad en un nivel de bienestar más alto. No me atrevo a negar esa aseveración de manera absoluta, ni quiero ser dogmático, aunque llamo la atención sobre la explotación que los poseedores de las nuevas tecnologías han ejercido sobre quienes solo deseaban disfrutar de sus consecuencias.

Recientemente, pongo por caso, la ambición de poseer televisiones, móviles, automóviles y electrodomésticos en países menos avanzados tecnológicamente ha arrastrado a algunos de ellos a mayores servidumbres relativas a la enajenación de sus recursos naturales; en otros casos, solo la existencia de ingentes cantidades de recursos sin explotar o de graves desequilibrios en las rentas internas les ha permitido, no se si solo de momento o de forma duradera, crecer a un ritmo que podemos calificar de vertiginoso, aunque a distancia aún muy alejada de los países más avanzados.

El medio ambiente es, sin duda, uno de los sectores duales: el control general y la presión normativa para proteger mejor el ambiente generan, -no seré yo quién lo cuestione, en tanto que ingeniero ambientalista-, empleo. Sin embargo, es necesario tener en cuenta qué sucede en la etapa de transición de las empresas hacia la sostenibilidad ambiental. Para muchas, el proceso implica la asunción de extracostes, por la incorporación de las externalidades, que antes les eran desconocidos o, simplemente, resultaban asumidos por toda la sociedad y no entraban a formar parte de la cuenta de resultados, penalizándola.

La solución al dilema no es sencilla, ni en el corto ni siquiera en el medio plazo, puesto que el comportamiento de los diferentes países dista mucho de ser homogéneo y, empleando el más suave de los calificativos, no se puede calificar de transparente.

Tampoco sería juicioso ignorar, para no verse introducido en tareas inabordables, que el concepto de medio ambiente, o de naturaleza preservable, no es el mismo en este siglo XXI que el que podría servir para definir estos términos en siglos anteriores, incluso en épocas recientes. Sin embargo, los nuevos conocimientos y la utilización de tecnologías adecuadas, son elementos de uso inexcusable para lograr su sostenibilidad futura y evitar la prolongación de su deterioro, que ha alcanzado ritmos exponenciales en la actualidad, precisamente por la apetencia exacerbada al consumo inmediato, al disfrute sin demora, propio de una sociedad que se ha despreocupado, colectivamente, por lo que legará a las futuras generaciones.

En consecuencia lógica con el contexto, en el que hay pocos vencedores y muchos vencidos, es necesario comprender que al asumir a ultranza la defensa ambiental –como sería, sin duda, lo deseable si el mundo fuera solidario sin fisuras- se empeora la viabilidad de no pocas empresas y, por tanto, si se atiende a la visión conjunta de un área o país pequeño (como España), tecnológicamente poco desarrollado en la práctica (es decir, dependiente de patentes, desarrollos y tecnologías de fabricación foráneas), se reduciría el empleo. Se trasladarían empresas y centros de trabajo a lugares en donde las medidas ambientales no fueran tan estrictas, el coste de las externalidades poco significativo, y el rubro salarial más soportable para garantizar el beneficio máximo.

Afirmar, sin matices, que el medio ambiente creará cientos de miles de puestos de trabajo, sin analizar, paralelamente, los efectos en otros sectores, es ver solo una parte de la cuestión: las cifras deben manejar los empleos netos generados. Además, el análisis completo de la cuestión ambiental deberá poner el énfasis en que la mayor parte de los empleos se generarían en la recuperación ambiental, es decir, no generarían nuevas plusvalías, significando un coste a soportar, que pagaría toda la sociedad concienciada ambientalmente y disfrutaría como oportunidad empresarial y beneficio económico, el sector de empresas ambientales.

El límite de deterioro ambiental alcanzado en el planeta está ampliamente superado y, por tanto, hay que atender a la potenciación de empresas ambientales. Pero no hay porqué engañarse, ni engañar: descontaminar, corregir fallos ambientales, controlar los residuos, depurar agua, terreno, aire, mejorar las condiciones de salubridad e higiene, los servicios, la atención energética, etc., cuesta dinero. Las inversiones a realizar son cuantiosas (a nivel mundial), una parte de la población no podrá pagar siquiera el coste de mantenimiento, y lo que es preciso, por tanto, es buscar en otros sectores la generación de los medios económicos que permitan asumir ese esfuerzo,

Distinta resultaría la visión de la cuestión ambiental si se mantiene, como sería lo deseable, el enfoque a escala global y se involucrasen en la participación a todos los países: cuidar el medio ambiente sería entonces también rentable para los mismos países en desarrollo, y en ellos las posibilidades de implantación de las nuevas tecnologías –en particular, la producción de energía con métodos renovables- permitirían rentabilidades que no tienen que circunscribirse al corto plazo ni tampoco limitarse al país en donde se llevan a cabo las medidas ambientales, porque beneficiarían a todos. El coste que implican los daños medioambientales, así como los beneficios de la más eficiente gestión de los recursos consumibles, incluida la protección, conservación o regeneración de muchos espacios, han de calcularse, no solo a nivel local, sino, sobre todo,global.

El estudio de todas las posibilidades de cooperación con los países en desarrollo o menos desarrollados exige, por sí mismo, un Libro blanco de las actuaciones: en producción y distribución de energía, mejora de gestión de recursos –hídricos, mineros, agrarios, forestales, etc.-, acceso general a la electricidad y las comunicaciones, incorporación de mejores prácticas disponibles en procesos, etc. También es necesario aumentar la concienciación de las ventajas de mejorar la gestión de los recursos, como valor en sí mismo, haciendo ver los peligros de la mala praxis: por ejemplo, destruir el bosque provoca el aumento de inundaciones, pérdida de valor del suelo, que se vuelve más difícil de cultivar, etc.

El cambio climático es una amenaza grave y no una elucubración pesimista y, a tenor de los trabajos del panel de expertos IPCC, prácticamente, irreversible (AR5, Quinto Informe). Es significativo que exista mayor concienciación sobre el origen antropogénico del incremento de gas invernadero en los países menos desarrollados, y es preocupante que los países en desarrollo con mayor potencial (China, India, Brasil, etc.) se propongan, explícita o implícitamente, alcanzar patrones de consumo occidentales actuales, cuando, en realidad, esos patrones no son sostenibles tampoco en Occidente.

El desarrollo de coches híbridos, el impulso al transporte colectivo, la mejora de la eficiencia energética, la implementación de energías verdes, las técnicas de ahorro y reutilización del agua, aprovechamiento de residuos, etc. tienen sentido, sobre todo, en esos países con gran potencial de crecimiento. Pero no debemos engañarnos: el reto de cambiar la línea de desarrollo basada en la generación energética derivada de productos de carbón y petróleo es descomunal. (P.ej. Datos más recientes de producción de CO2/cápita: En USA: 14,5 t/año; en UE: 7,5 t/año; en China: 7,9 t/año!). Los países líderes en desarrollo o con mayor potencialidad de crecimiento deben, por tanto, apoyar un cambio drástico en los patrones de consumo en una doble vertiente: proporcionando un ejemplo creíble e inmediato y presionando, con medidas comerciales, para que los demás cumplan con los objetivos acordados.

Los previsibles impactos del calentamiento global, para España, deben ser adecuadamente estudiados, valorados en su secuencia temporal y, en consecuencia, adoptarse las medidas de protección correspondientes, empezando por las más urgentes. Existe un Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático –nacido en 2006- del que se han derivado, hasta el momento, tres Programas de Trabajo (el vigente, con validez 2014-2020), y se ha creado un Grupo de Trabajo de Impactos y Adaptación al Cambio Climático coordinado por la OECC, con participación de las Comunidades Autónomas.

El consenso científico sobre los riesgos e inmediatez de una elevación de temperatura global, que arrastrará la elevación del nivel del mar y drásticas modificaciones en los episodios estacionales, exige planteamientos inmediatos, tanto correctivos como la preparación de medidas paliativas. Carecería de sentido estar defendiendo actuaciones globales, dando por admitido el acuerdo oficial con los informes, cada vez más pesimistas, del Panel, y no adoptar en la Unión Europea, y en nuestro territorio nacional, decisiones inmediatas. Esto supondría dedicar fondos en previsión de la paliación de los daños, preparar la reubicación de poblaciones, hacer análisis específicos de los impactos sobre las especias vegetales y animales.

Debe ponerse de manifiesto el origen de la práctica aberrante de ocultar a la población los peligros detectados en un horizonte tan cercano –la difusión restringida del problema debe considerarse como parte de la ocultación-. Y, desde luego, es imprescindible descartar de forma contundente, con estudios definitivos, si se producirá un calentamiento en Europa o si, por efecto de este mismo fenómeno del cambio climático, como indican algunos científicos “díscolos” con el planteamiento general, la circulación termohalina se colapsará y se provocaría su enfriamiento.

Consideración particular en este contexto que pretende analizar posibles medidas de aplicación general relacionadas con la actividad económica y el empleo, ha de concederse a la energía. La energía es un input básico para una gran parte de los procesos productivos y es un elemento coadyuvante principal hacia el objetivo de bienestar. Por tanto, disponer de energía barata y confiable en su producción y distribución es un elemento básico de competitividad.

España tiene problemas tradicionales, perfectamente detectados, en su modelo energético: alta dependencia energética  de combustible fósiles procedentes, además, de fuentes exteriores, sobredimensionamiento de la capacidad de generación eléctrica en relación con el consumo real actual, elevados costes relativos para el usuario industrial y doméstico, comparados con el entorno próximo y, también, insuficiente interconectividad de sus redes con los países vecinos, que, en el caso de Francia, se traduce en una restricción a la competitividad perfectamente salvable con voluntad política.

Sin entrar en valoraciones más profundas y dejando la calificación ideológica para otros análisis, se puede afirmar objetivamente que el actual modelo energético –incluyendo tanto la producción de electricidad como el consumo de combustibles destinados al transporte y a otras formas de empleo más o menos difusas- no es soportable en el tiempo, por las excesivas emisiones que podrían resultar evitables con otro mix de producción, y tiene deficiencias que es preciso superar, pues hay zonas de pobreza energética detectadas.No se trata, además, de una decisión que necesite ser abordada aisladamente. Las directrices de la Unión Europea imponen el uso masivo de energías limpias en la generación, y se inclinan por un énfasis mayor, y progresivo, en mejora la eficiencia energética.

En lo que respecta a la generación eléctrica, las energías denominadas renovables han conseguido, especialmente en el caso de las eólicas, una creciente competitividad que las hace, a corto plazo incluso, preferibles a la producción con centrales convencionales de gas o carbón. La producción discontinua de la energía producida con ellas, sin embargo, obliga a mantener generaciones de apoyo y la localización de su producción en determinadas zonas (crestas montañosas, áreas de mayor insolación, por ejemplo), dirige la atención hacia los métodos de almacenamiento de la no consumible y su distribución. La generación renovable distribuida, -ya sea como paneles fotovoltaicos, generadores eólicos, centrales de biomasa, fuentes geotérmicas, etc.- pone el acento sobre la funcionalidad actual de las redes de distribución. Otra cuestión que hace necesario replantear el modelo de producción eléctrica se deriva de las previsiones a la baja del coste del almacenamiento (por ejemplo, mediante tanques de reserva).

La cuestión energética, por tanto, ya sea desde el punto de vista de la generación de empleo, como de simples consideraciones medioambientales, o de la necesidad de aumentar la seguridad de suministro energético, abre un amplio panorama positivo de oportunidades. Incluso, y dando por supuesta la recuperación de la demanda eléctrica, sería recomendable apoyar la implantación de generadores destinados al autoconsumo, de origen en la energía renovable, combinados con redes inteligentes que optimicen la distribución de las necesidades y los sobrantes. La aplicación de nuevas tecnologías en este sector repercute, adicionalmente, en la creación de empleo, avanzando en el objetivo irrenunciable de alcanzar una cifra positiva (empleo neto) en la combinación de todos los factores imbricados.

 

(continuará)

Podría haber sido pasión, muy mal diagnóstico

Podría haber sido pasión, muy mal diagnóstico.
Un amor de alto riesgo, vómitos y ardores.
La incómoda sensación de estar perdido, dificultades al tragar,
y el tiempo que no pasa. Trampas en tierra de nadie,
cebos mordidos que no cazaron presa, huellas de tanto mal dormir,
escapatorias que conducen a volver a empezar.

Podría ser aún peor, un estropicio.
Irrumpir en el templo con furia alrededor y hallar rota la espada,
situarse en el medio de un plantel, hacer virtud del vicio y sucumbir,
llevar a su triunfo, convencido, habladurías,  no saber escapar;
arrastrar a la muerte una ocasión feliz sin porqués ni el adiós;
convertir en dogmas los matices, resolver con trampas y mentiras, los misterios ajenos,
aceptar como pago de consuelos, suspicacias, como pruebas de amor, ficción y malas sañas.
Más cruel si cabe, creer que se está en todo, andando perdido y solo por los bordes.

De mi experiencia, apunto diagnóstico precoz.
Lo tuyo no es pasión, ni percibo ocultos quistes de desamor, caprichos, malos vicios.
A pesar del cariz romántico, palpo entre las justas ganas, pocos mitos;
por compromisos ciertos, no veo alguno.
Se mantienen tersos en sus sitios, vientre, nalgas, muslos, cuello;  reaccionan áreas íntimas.
Palpitaciones, bien; algo baja de ritmos. Señales apenas perceptibles de lascivia.

Debilitado por falta de ejercicio hallo el músculo sentimental; terso a impaciente; flácido a curioso;
pero, lo que a tu edad sería defecto, con el tiempo viene a ser normal, así que, por principios,
descarto motivos de preocupación, y afino, divertido, el tratamiento:
toma frecuentes dosis de olvido,  entrégate hoy conmigo a fondo, duerme tranquila y volveré mañana a ver qué tal.

Ante cualquier reacción extraña, pon donde te halles, vallas; oculta a donde vayas, ayes;
si crees volver a pasar por tu pesar, incluso estar cayendo, mejor, calles; si has de dar voces, sean de goces:
y, de advertir que aflora amor, en el mismo instante y lugar, sin dudarlo, inyecta dudas,
porque, hasta estar curada de espantos, será menester contar con más de un doctor experto en tales trances.

(De Poemas de encargo, número 25, Angel Manuel Arias, 28 de marzo 2009)

 

 

 

Están poniendo calles todavía

Están poniendo calles todavía
me aclara un mercenario
para justificar que encuentre cerrada
la puerta en donde huelo
el café que me prometía desayuno.

Es un poco tarde y parezco ser el único
habitante temprano de esta ciudad donde he quemado
las expectativas de mi noche anterior.

Me he disfrazado de coronel de infantería
pero el recepcionista del hotel me confunde con el tipo de ayer.

Ordeno terminantemente a una manceba
que abra de par de en par las puertas a la calle
y nos sirva a los diez primeros, infusiones y pasteles.

Mientras observo el despliegue obediente
de invitados y vituallas sobre la mesa donde pago
descubro inapetente que en la cámara de al lado
se ha colado una vieja parlanchina que entretiene a su vecino
con el extraño comportamiento de su compañía telefónica:

No lo puedo consentir y no me queda otro remedio
que hacerla desaparecer para siempre de este mundo
con el alma más mortal que tengo:
mudándome de sitio.

En Oviedo, 4 de nov 2009

(Poema 62 de Poemas de Encargo, @Angel Manuel Arias)

Una yunta díscola (4): Filosofía de la tecnología

(Esta entrada es continuación de las tres anteriores, con el mismo título, y le seguirán otras).

4. Los recursos naturales y el desarrollo tecnológico

Considerar que la satisfacción individual, y a ser posible, conseguida de forma inmediata, es el principal objetivo del ser humano, me parece una reducción miserable de la especial sensibilidad para plantearse preguntas y abordar posibles soluciones, con la que la evolución ha dotado a nuestra especie.

Concretar en el máximo disfrute personal, mientras se pueda y en cuanto se pueda, la perspectiva de la existencia, desvinculándola del interés por asumir un propósito colectivo, supondría admitir que la vida en sociedad únicamente sirve para generar un magma de oportunidades,  -una creación utilitaria-, en el que cada uno , para tener éxito, debe ser lo suficientemente sagaz para encontrarle un rendimiento personal.

Me cuento entre quienes defienden que debe existir un objetivo superior para la evolución del ser humano en la historia del cosmos, y que no viene fijado de forma ajena a la especie, sino que resulta intrínseco a la capacidad intelectual y a la facultad de interactuar sobre la naturaleza física. Somos individualmente inteligentes, pero cuando ponemos a trabajar juntos las potencialidades de todos, se alcanzan logros muy superiores.

Es cierto, en fin, que alcanzar el mayor grado de satisfacción o bienestar en la propia generación, en el tiempo de una vida humana, es un propósito que, hasta donde existe registro de la Historia de la especie, ha servido como guía de acción para numerosos grupos de seres humanos (las invasiones, los pactos, las guerras, las esclavitudes, las conspiraciones, las rapiñas,  etc.). Se han desplazado así, de una mano a otra, de un Estado a otro, fortunas importantes.

Pero el aumento neto de la proporción de bienes y servicios disponibles, lo que ha mejorado las opciones de reparto en épocas de paz, ha estado siempre ligado al mejor aprovechamiento de los recursos naturales y a los avances tecnológicos. No hay otra fórmula: explotar mejor lo que la naturaleza pone a disposición, o generar nuevas vías para combinar de manera eficaz esos recursos, a veces, ocultos en el fondo de la materia, anteriormente inaccesibles o inutilizables.

La generación de plusvalías es importante, pero resolver con eficacia la cuestión implica también, por supuesto, decidir cómo distribuirlas. Ejemplos antiguos y recientes avalan que aristocracias, plutocracias, junto a desvergonzados, tramposos, arribistas y esbirros, han sabido aprovecharse de la mayoría de los beneficios, acaparándolos, u ocultando su generación a los ojos de los demás, desplazando, casi de forma sistemática, a los creativos, laboriosos, intelectuales, solidarios, honestos.

Poco se ha avanzado en hacer las cosas mejor. Sorprende que en el siglo XXI subsistan tan sustanciales diferencias en el existir, según los  grupos humanos, a pesar de la continua apelación a la unidad de la especie y a la igualdad básica del intelecto. No se ha sido capaz de resolver la paradoja de que no pocas colectividades se encuentren en guerra o empecinadas en disputas violentas, haciendo que el poder de las armas se sobreponga al raciocinio.

Aunque se encuentran ejemplos de extraordinaria claridad intelectual, para detectar las incongruencias de multitud de creencias, mitos y falsedades introducidas en los discursos oficiales, subsisten, incluso con dedicación preferente, inconsistentes teorías sobre el origen del hombre, su destino supremo o la superioridad de unas divinidades sobre otras, poniendo en su boca imaginaria las elucubraciones más  variopintas.

En consecuencia de tales tensiones contradictorias, producto de la ausencia del reconocimiento de un mínimo objetivo común, las disparidades en bienestar, educación, sanidad, conocimiento y desarrollo tecnológico, son tan grandes entre Estados y pueblos, e incluso en un mismo territorio, que se puede deducir, con énfasis digno de deplorar, que la esclavitud, el servilismo, el mercantilismo de capacidades y, en suma, la explotación de unos seres humanos por otros es consustancial a nuestra especie: se avanza sin rumbo colectivo, solo por  impulsos particulares.

He expresado en otras ocasiones que la filosofía de la tecnología no puede ser otra que la de perfeccionar la eficiencia del uso de los recursos disponibles, y que la aplicación de nuevas tecnologías a muchos procesos está reconfigurando sectores enteros. Los Estados no dominan la generación tecnológica y, con suerte, únicamente pueden poner limitaciones u ofrecer acicates a la explotación de ciertos recursos del territorio: minerales y rocas, agua, calificación de la tierra, como más importantes, con medios como tasas, impuestos, normas  y leyes ambientales, precios mínimos, etc.

Lamentablemente, los medios de que disponen los Estados no son decisivos, y los acuerdos entre ellos, frágiles, por la presión de los ciudadanos sobre sus Gobiernos, manifestación de la primacía de los intereses grupales sobre los generales. Se puede pretender mantener los empleos actuales en un territorio, compensando con subvenciones las pérdidas de competitividad, pero la medida es ineficiente a corto plazo: los centros de producción se desplazarán allí donde los costes sean menores, y las tecnologías reducen continuamente las necesidades de mano de obra.

(continuará)

Una yunta díscola (3): La burbuja de la economía del bienestar

Estas reflexiones forman parte inseparable con otras, algunas ya publicadas en este blog, de mi escrito titulado”Una yunta díscola: tecnología y empleo”.

3.  En tierra hostil: La burbuja de la economía del bienestar

El interés del capital por las llamadas empresas tecnológicas, ante las grandes perspectivas de beneficios que resultarían de su difusión masiva, ha provocado ya, en el año 2000, un estallido la burbuja bursátil. En realidad, las tensiones y desajustes entre las perspectivas y la realidad constatada, formarán parte de la hoja de ruta de la gestión mundial de la tecnología.

Una forma de gestión que está regida, fundamentalmente, por la avidez en incrementar facturación y acumular beneficios y la falta de una regulación, especialmente a nivel internacional, que limite los impactos sobre la economía real y supervise de manera eficiente la reinversión social de las plusvalías.

Porque, como siempre ha sucedido y sucederá, una nueva tecnología que tenga amplia aplicación, puede suponer grandes márgenes de beneficios. No puede haber sorpresa ante esta afirmación. En todos aquellos negocios en los que el cliente potencial carece de referencia respecto a los costes de producción, y la necesidad o la apetencia por el producto existe, el precio de venta puede perfectamente corresponder a una fantasía, solo limitada por la codicia del fabricante.

Para las grandes empresas que temen ver amenazada una parte de su mercado por la aparición de una nueva tecnología más eficiente, se puede entender (desde su punto de vista) la dedicación con la que tratan de detectar potenciales competidores, comprando sus productos (o las mismas empresas) cuando aún están en fase de gestación más o menos avanzada, para incorporarlos a sus procesos o, no hay que descartar la opción, descartarlos del mercado, abortándolos.

Si se analizan los gigantes de la economía mundial, como es por lo demás bien conocido, las compañías norteamericanas ocupan los primeros puestos. Según el índice Bloomberg (2014), los catorce primeros lugares por capitalización bursátil están ocupados solo por empresas con sede en Estados Unidos y China.

Los 3,9 billones (millones de millones) de euros que acumulan estas catorce multinacionales delatan un inmenso poder de decisión, reflejado, no ya en su facturación, sino en las opciones de captar dinero de los inversionistas para seguir expandiéndose. La relación de valor en Bolsa entre unas y otras es de 75%, a favor  de las norteamericanas, y las cinco primeras de la lista (Apple, Exxon, Microsoft, Berkshire Hathaway y Google) concentran  ya el 46% de esa capitalización (1,8 billones de euros).

Ante la magnitud de estas cifras, puede comprenderse mejor (si no se había reparado antes en ello) el limitado efecto que pueden tener sobre la base tecnológica de la economía mundial los Estados individuales y, si se quiere verlo de un modo más correcto, la tremenda influencia y presión que las grandes empresas ejercen sobre los gobiernos.

Analícese el reparto de un presupuesto genérico. En un Estado debe separarse el destino de los impuestos destinados al sostenimiento de los gastos corrientes de las Administraciones públicas  (masa funcionarial, fundamentalmente), tanto de los relativos al sostenimiento del estado de bienestar (sanidad, pensiones, educación, ayudas al desempleo, etc.), como de los concernientes a la creación de actividades nuevas o a la contratación de constructoras (inversiones en infraestructuras, apertura de centros o líneas de investigación, etc.).

Poco margen queda para dotar a los gastos del Estado no corrientes de una orientación preferente hacia la creación de actividades sostenibles.

Si se reduce el capítulo de gasto correspondiente a los funcionarios, es evidente que se está afectando  a la capacidad de consumo directo de los empleados públicos y sus familias, y esa reducción del consumo actúa principalmente sobre los bienes que tengan una connotación suntuaria, es decir (en general), disminuyendo (algo) la facturación de las empresas tecnológicas. Puede que los funcionarios no protesten demasiado ante una reducción salarial moderada, pero tendrá un efecto multiplicador sobre las empresas (y asalariados) que se encontraban dependientes de su política familiar de gasto.

La reducción del capítulo de prestaciones sociales tiene, además de efectos inmediatos, repercusiones a medio plazo.  Los dineros dedicados a educación, sanidad, ayuda asistencial, asistencia jurídica, etc., cuando disminuyen, son percibidos por los afectados, inevitablemente, como efecto de una mala gestión del gasto público, generando sensación de ineficacia, al margen de sus propias consecuencias en lo que supongan la pérdida de parte de las prestaciones que se tenían por consolidadas.

El tercer capítulo tiene repercusiones aún a más largo plazo y, por tanto, admiten una peor corrección. Incrementar impuestos o mejorar la gestión, reduciendo posible ineficiencias, podrá repercutirse rápidamente en la mejora de la sanidad, las pensiones e, incluso, la educación, pero las decisiones para acometer infraestructuras o mantenerlas, que han sido pospuestas, pueden estar afectando  a la rentabilidad y eficiencia colectivas, esto es, a la generación de oportunidades.

En España, el número de empleados públicos ha fluctuado entre 2009 y 2014 de 2.500.000 a 2.698.628. En 2014, casi exactamente la mitad estaban localizados en las CCAA (1.284.646 personas). El gasto de personal consolidado, para todos ellos fue de 33.687 millones de euros, incluidas los créditos para pensiones de las clases pasivas (12.383 millones de euros) (Fuente: Ministerio de Hacienda y Administraciones). Esta es la cuantía que se pone anualmente en circulación, fundamentalmente orientada al consumo de bienes y servicios de baja y media tecnología, por la propia naturaleza de los detentadores del gasto: particulares.

De un total de ingresos tributarios previstos de 186.111 millones de euros, el gasto disponible para los Ministerios del Estado será en 2015 de 34.526 millones de euros, prácticamente la misma cantidad que la dedicada a pagar los intereses de la deuda pública (que ha superado el billón de euros, y está próxima al 95%). El montante de la inversión real del Estado (sin incluir transferencias de capital ni empresas públicas) será de solo 4.728 millones de euros, la tercera parte que en 2008.

Volveré sobre estas cifras y su significado completo desde la perspectiva con la que enfoco este trabajo, pero los órdenes de magnitud expresados reflejan el reducido impacto que sobre la reactivación de la economía real puede desempeñar la dedicación pública directa.

(continuará)