El origen de Dios

Supongo que no se escandalizará nadie (no lo pretendo, desde luego), si afirmo, para abrir bocas, que la antigüedad de Dios es, por lo menos, tan extensa como la de la capacidad de los homínidos para elaborar un pensamiento, aunque fuera de la máxima sencillez, sobre la desproporción de la naturaleza circundante y la incapacidad propia para dominarla.

Concretando algo: puede que el germen impulsor haya sido la confrontación con la muerte del otro como segura premonición de la propia; o, como iniciación poética, la contemplación silenciosa del cielo estrellado en una noche sin nubles, o el impacto emocional de la paz derivada como consecuencia de algún fenómeno meterológico de inusual intensidad que destruyó parte del paisaje

La vida del ser consciente está llena de peligros y la necesidad de apaciguar su inquietud provoca la urgencia de encontrar un antídoto. Dios, dioses, fuerzas superiores a las que, tal vez, rendir pleitesía; mejor aún, pretender dominarlas, para que atiendan nuestros deseos, complacer sus designios, convertirlas, en fin, en uno de los nuestros.

Hegel expresó con lucidez agnóstica, surgida de su formación cristiana, que Dios es un invento de la Humanidad, y que las religiones no suponen más que una rentabilización de esa carencia de la naturaleza dotada, por evolución caprichosa, de la anomalía del pensamiento. Otros lo hicieron antes, e incluso, mucho antes, y otros siguieron elaborando la teoría de la invención de Dios por el hombre.

Un divulgador científico muy afamado hoy en día, Hawking, se encarga de repetir que Dios no existe. Lo hace con la convicción de quien está, o se pretende estarlo, más enterado que la mayoría de sus coetáneos acerca de cómo se generó el Cosmos. Convertido en un involuntario anticristo, pretende incluso convencer al mismo Papa, de que se está a punto de descubrir qué pasó en esos nanosegundos que cambiaron la nada en energía, y que ha llegado la hora del desencanto.

Estamos en la Semana Santa católica de 2015 y son numerosas las localidades españolas que conmemoran, con escenificación variopinta,  los pasajes del nuevo Testamento en los que se nos describe la Pasión de un hombre singular, (Jesús), su  muerte y posterior resurrección del mundo de los muertos, prueba ésta tenida por demostración inequívoca de su naturaleza divina, al margen de genealogías, milagros y parábolas.

La conmemoración de esos episodios, de cuya realidad, a grandes rasgos, hace unos 2.000 años, no se plantean demasiadas dudas (a salvo, claro está, de la vuelta del crucificado al mundo de los vivos para ascender luego a los cielos, en donde serán también acogidos los bienaventurados), adquiere, en la práctica de las procesiones patrias, la categoría de espectáculo.

La Semana Santa que se practica en centenares de ciudades y pueblos españoles -Andalucía y Castilla, sobre todo- es una demostración genuina, brutal, intrasvasable a terceros, de la capacidad de exageración y despropósito que ha crecido con nosotros. Autoridades, cofrades, matronas con mantilla, portadores de pasos y de cruces, niños y adultos disfrazados de romanos, sayones o filisteos, devotos de verdad y de mentira, desfilan ante miles de otras personas que toman fotos, comentan, murmuran, aplauden, critican o se emocionan.

No me acerca más a la divinidad el contemplar esta exhibición compleja de actitudes, aunque no puedo evitar reflexionar sobre la naturaleza del origen de Dios y, de forma aún más intensa, sobre lo que querríamos que la divinidad hiciera por nosotros.

(El año pasado escribía esto: http://angelmanuelarias.com/procesiones-y-espectaculos/)

¿Una ley contra el blanqueo de capitales?

Usted habrá recibido una o varias cartas de las entidades financieras con las que trabaja (es un decir), advirtiéndole de que, si no entrega cierta información o actualiza sus datos, la Ley 10/2010, que deberá ser aplicada desde el primero de mayo de 2015, después de un “período de gracia” de cinco años, obligará al bloqueo de sus cuentas.

La prolija descripción de motivos, la indescifrable relación de variedad de controles y medidas a adoptar, las consecuencias gratuitas y terriblemente penalizadores para las cuentacorrentistas e inversores de buena ley que desoigan ese llamamiento, será, pues, terrible: negarles el acceso a su dinero.

Lo que la motiva es el mismo objetivo que las múltiples medidas que pretenden salvaguardar nuestra seguridad cuando viajamos en avión (en menor medida, hasta llegar a su carencia absoluta, en los demás medios de transporte): el despropósito, la desproporción entre los resultados perseguidos, las actuaciones y los medios.

No necesito bola de cristal para saber que el uno de mayo de 2015 habrá cientos de miles de depositarios que confiaron su dinero en una entidad financiera, aporreando las puertas de las oficinas y amenazando de muerte a los bancarios si es que, como parece, están dispuestos a aplicar a rajatabla la congelación de las cuentas.

Por favor, que no nos tomen el pelo quienes legislan, sin haber meditado en las consecuencias. Esa Ley es desproporcionada, inútil, aberrante. No persigue aflorar las operaciones ilegales, sino abrumarnos a los ciudadanos normales con la sensación de que se nos trata como delincuentes, de que se aprovecha cualquier excusa para desposeernos de nuestro derecho.

He recibido una carta de una de las entidades financieras en las que tengo mis pocos ahorros en la que se me insta a entregar con urgencia la fotocopia de mi carnet de identidad, o me veré privado del acceso a mi dinero. ¿A qué se está jugando? ¿Quién nos representa? ¿Qué nos mantiene tan silenciosos ante el avasallamiento continuo de nuestro derecho a que nos dejen en paz a los pacíficos, a los ciudadanos cumplidores, a los serios? ¿Alguien cree que hemos dejado de ser la inmensa mayoría?

¿Se nos está juzgando con el baremo que los que legislan no se atreven a aplicar contra ellos mismos?

 

Usted puede ser un terrorista

Reconozcámoslo. Las especulaciones en torno a las causas que llevaron a un avión Airbus de una compañía de bajo coste a estrellarse en los Alpes han dejado al descubierto muchas de nuestras debilidades. Colectivas, pero también individuales.

Por si aún no nos habíamos dado cuenta, queda demostrado, casi sin réplica posible, que nos hemos vuelto muy vulnerables.

Tan pronto como se difundió -fundamentalmente, a través de las redes sociales- que un aparato que hacía el vuelo entre Barcelona y Madrid se había estrellado, las televisiones y emisoras con más medios (ruego que el lector entienda el juego de palabras. en referencia a lo mediático, es decir a lo que resulta rentable) se dedicaron con ahínco a desflorar la noticia, en todas las direcciones posibles.

Exprimían nuestro morbo, nuestra ignorancia casi supina y, por supuesto, nuestro miedo al otro.

No se descarta ninguna opción, fue el mantra al que se acogieron los portavoces oficiales desde el inicio del crecimiento de la bola de nieve, mientras la rueda de la imaginación giraba, frenética.

a) Podía tratarse de un nuevo acto de terrorismo islámico. ¿No estamos permanentemente amenazados por esa fuerza oscura que consigue la inmolación de sus creyentes, llevados hasta el fanatismo, en una permanente guerra santa contra infieles, partidarios menos ortodoxos de su doctrina, religión desconocida de la que la mayoría opina, sin entender a profundidades, niveles ni matices, que “necesita un hervor”, o que “es una adulteración ingenua del mensaje cristiano”?

b) Podría deberse a uh fallo técnico, porque nos han enseñado a desconfiar de todo lo que no entendemos. El avión era ya viejo (tenía 20 años), o bien que, a pesar de haber sido revisado recientemente (¡el día anterior!) no lo hubieran hecho a conciencia (¡Horror! ¿Podría haberse tratado de una inspección en Barcelona?…Por fortuna, el debate apasionante sobre el verdadero estado tecnológico intraeuropeo y sus diferencias, no llegó a abrirse, porque se indicó justo a tiempo que la revisión se había realizado en Düsseldorf. Así que la alta tecnología alemana hubiera sido la culpable de cualquier error supervisor.

c) Pero podría haber sido un fallo de concepción del modelo mismo. El Airbus, esa apuesta europea para competir con la tecnología norteamericana, quizá no estaba tan bien concebido como la práctica venía demostrando. O quizá, a pesar de la pretendida seguridad de este medio de transporte (hay que apresurarse a decir que tenían que caer un par de centenares de aviones para que empeoraran significativamente los ratios de solvencia del transporte aéreo, cuyos índices de fiabilidad parecen mantenerse firmes como rocas), convendría recordar que había algunos accidentes de Airbus provocados por fallos misteriosos.

Se añadieron otros ingredientes para mayor patetismo, mientras el reloj de los hecho ajenos se paralizaba. No había inanición en Somalia ni guerras en Sudán, ni crisis en Grecia, ni parados en España, ni cajas B, ni inacción en cientos de conflictos. Los representantes a máximo nivel de tres de los poblaciones a las que pertenecía el grueso de las víctimas, decidieron ponerse de acuerdo para hacer turismo en los Alpes, acercándose, cuanto pudieron, al lugar del accidente.

Todos los que fueron solicitados de opinión, coincidieron con solidarizarse con las víctimas (es decir, con los muertos), estar consternados por la noticia, ser prudentes acerca de las razones del accidente. Los expertos consultados ilustraron al pueblo llano acerca de cómo funcionan los mandos automáticos de una aeronave moderna, del tiempo que hacía y hará en los Alpes y en esa zona concreta, del esfuerzo para tratar los traumas de los familiares, etc., y los testigos -incluso a decenas de kilómetros del lugar inaccesible en el corazón de la tragedia- hablaron de ruidos, explosiones, normalidad, nieve, dificultades, silencios-.

Se habilitaron carpas para periodistas, acompañantes, curiosos, políticos, familias de las víctimas, rescatadores, alpinistas, policías, sicólogos, etc.

El tiempo seguía parado, mientras sabíamos ya mucho de la naturaleza de los ocupantes del avión; habíamos precisado con imaginativa concisión lo que había sucedido en los ocho o nueve minutos de caída suave del avión hasta su encuentro con la rota. Se habían ya mantenido, decretado o solicitado miles, millones de minutos de silencio en escuelas, centros públicos, sedes empresariales o deportivas.

Hasta que apareció Andreas Lubitz. Veintisiete años, alemán, copiloto, con solo 600 horas de vuelo, tal vez en una parte importante en un simulador o como acompañante de cabina. La caja negra del avión siniestrado no registraba su voz, sino las órdenes del comandante del Airbus, de los controladores, los gritos de los pasajeros, los golpes dados con los puños, con a saber qué instrumentos, para tratar de abrir la puerta que el joven había cerrado desde dentro, aplicando las claves que impedían, por estrictas medidas de seguridad, abrirlas desde fuera.

El desentrañamiento de los hechos, de su responsable, nos desvela una metáfora/realidad muy intranquilizadora. Pretendíamos defendernos del terrorismo exterior, dando las llaves de nuestra seguridad a los que estaban dentro, en el núcleo del sistema, a los que deberían pilotarnos a nuestro destino, y resulta que entre ellos también hay terroristas.

Porque, aunque se nos pretende convencer de lo contrario, el suceso por el que un avión Airbus, fue estrellado por un terrorista. Alguien que, en lugar de suicidarse con un tiro en la sien, o arrojándose al paso de un convoy, decidió que le acompañaran 149 personas en su inmolación. 149 ajenos a su propósito.

Lo del móvil particular de Andreas es lo de menos. Los medios seguirán especulando, habrá alimentación para rato con más especulaciones y análisis inanes. Lo importante, para mí al menos, es que no la amenaza proviene también de los que están elegidos para protegernos. Y los medios de seguridad que hemos ideado contra un peligro teórico exterior, son los que nos impiden acceder a la cabina de mando para desconectar el sistema previsto cuando algo va mal.

Qué relato salvaje, que historia más verdadera. Qué enseñanza para entender que hay que desconfiar de todo el mundo, del vecino apacible, del experto sonriente, del político sagaz. El enemigo vive con nosotros.

Y es, en mi opinión, nuestra creciente incapacidad para protegernos del otro, ignorándolo. Ignorando todo lo que sucede alrededor, hasta que, de pronto, se nos descubre el velo por el que deberíamos entender que, en lugar de desviar nuestra mirada para no chocar con la del otro, sería conveniente que nos miráramos a los ojos.

 

Trasplante total

Al morir donaron sus órganos
al vaivén de la noche marinera:
su brazo inmenso resultó perfecta
para adornar una mesa, las dos piernas
fueron a soportar una desgana
y cayó su cabeza sobre un bronco
que empezaba a claudicar, hecho unas trizas.

Se puso la destreza
en manos de una torpe estampa campesina
y cuando empezó a oler mal el tocino
arriesgando con su peste contaminar el corazón,
se lo injertaron como favor especial
a un delincuente, arrepentidos.

El estómago y la vesícula biliar
fueron implantados a un bebedor habitual,
y le hicieron la puñeta a un travestido
al incrustarle, contra su voluntad,
los atributos del percal por un antojo;
siguiendo la broma, la actriz principal se puso un ojo
allí donde los de verdad no se lo miran.

Después de repartir, el muerto al cabo
quedó a merced del cirujano
y, teniendo ganas de seguir, halló que uniendo
los restos de cortar,
las asaduras, sobras y despojos,
e incrustándole entre las masas un pepino,
daba para hacer tres locuras de atar,
así que, para colmo, cuando untaron
con su caspa unas mantecas, animosos
al ver que aún conservaba
algo de sabor,
con la misma boca de besar,
inflaron globos.

(Poema 6, “Trasplante total”, del libro “Que nos proteja al caer”, diciembre 1997, @angelmanuelarias)

 

Me gusta oirte hablar de libertad

comiendo el fruto de la castaña

Me gusta oirte hablar de libertad,
aunque luego vas me dices
que no ocultas por principio
nada a nadie
porque tú, diáfana, pretendes ser un ánfora
de hechura cristalina, alondra sabia
sin nada que aprender, calma marina
con toda su carga al aire, joya expuesta,
desnuda de matices, comas y corchetes.

Te da la sensación, me cuentas luego,
de que los hombres de mi generación
somos muy torpes para coger al vuelo
sentidos a las cosas, perdemos como poco los papeles
en explicaciones y cantos de oropel, almas mimosas
con turbia imaginación que presumimos
de volver  mientras buscamos.

Tu verdad y la mía son falsas. Ambos aprendemos.

Pero tu situación es mejor,
más joven tu pereza, más pureza tu mente,
aprendes de mis fallos.

Alumna aventajada,
para este maestro de pueblo eres la número uno,
acerca hermoso tu triunfo al calor de mi cuerpo,
educa tu gozo pálido en mis curtidos sentidos
y obedece la experiencia vieja de un amigo:
abandona entender, deja a otras piernas
la carga fugaz del pensamiento.

(Poema 9 de “Sin herencia precisa”, @angelmanuelarias, sin fecha)

No voy a discutir la obviedad

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No voy a discutir la obviedad:
comparado contigo, soy un tipo aburrido.
Hace lustros que agoté mi confianza
aunque siempre estuve a punto de inventar algo definitivo.

Sigo creyéndome el mejor,
pero no me quedan ya cosas por decir:
repasándome, lo he dicho todo, Dios.
Con estas ganas no se puede salir a la calle,
me justifico mientras alzas la persiana
y pones de tu parte mesa y mantel a un nuevo día.

Así que me dejo vestir con el disfraz de los domingos
que de cuantos poseo es el que está menos usado
y dando algunos pasos me sorprendo
buscando entre las ganas de vivir algo que comer.

Estoy muy débil para convencer incluso a un partidario,
refunfuño, sostenido en la fuerza que derrochas
haciéndome creer en el valor de lo que hago
y hasta el aire que alborota mis canas me parece
hijo del impulso que nos hizo llegar hasta aquí.

Cuando me notas a punto de caer, desvelas el regalo
que traes en esa caja de juguetes: tu sonrisa,
la manera de entretener con trozos que pueden ser pasado
el momento en que otro como yo, con esta carga al hombro,
no tendría más remedio que estallar en semen o en sollozos.

No es solo eso, no; son muchas más las veces
en que alternando anécdotas con historias inventadas
-así eras tú, este árbol plantaste, la huella del jardín
pertenece sin duda a tu zapato- me conduces al futuro,
segura entre precipicios de ambos lados.

Bendita seas,
lazarillo lleno de voluntad que me salva paso a paso,
del riesgo de caer, ciego como voy, renco y muy feo,
en la zanja de tanta profundidad
que cruza de lado a lado, sin señales ni advertencias,
destrozándola por la mitad, mi propia calle.

(Poema 2 de “Poemas de encargo”, @angelmanuelarias, octubre de 1998)

 

Asomado al principio de mi otoño

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Asomado al precipicio de mi otoño,
entre silencios incrédulos, preguntas insolente,
expresas que asistes al comienzo de mi ruina
desde el sólido teorema de tu curiosidad juvenil,
y mientras ya presiento los fríos en la espalda,
se me van cayendo ilusiones a destajo,
te cuento que encuentro cada vez más a menudo
dudas, pelos y sangre en el lavabo,
tú mantienes la sonrisa al pasar, tomas el aire
de quien no necesita comprender, ningún fallo perdonas.

Hoy noto cómo mis ojeras se perfilan
contra tus firmes mejillas sonrosadas,
sorprendo a mis manos ocupando con torpeza
su lugar en tus senos seguros,
mañana será la tos la que delate
el contraste con tu bella canción de cuna adolescente,
me saludas, y cada vez que me pides un favor,
que intente abandonar esta tristeza,
entran a raudales las fiestas de tus nuevos maestros y amigos.

Sé que me abandonas, cuanto más necesita mi cuerpo arrugado
el desnudo de espaldas de tus nalgas rotundas,
hace tiempo que veo cómo aumenta el desfase
entre tu juventud, -las cosas que tú haces-, y mi utopía,
la de cosas que ya no puedo hacer.

Aterrado del torpe alcance que puedo dar a mis palabras,
rendido a tu amor, perdido y tosco, me hago el loco
a la verdad de tu vida,
mientras te enseño lo poco que aun sé
de dibujo y geometría.

(Sin herencia precisa, @angelmanuelarias, poema 34, 1996/1997)

 

 

 

 

 

 

 

 

Una yunta díscola (8): La gestión de la incertidumbre

(Este Comentario es continuación de los siete anteriores, que llevan el mismo título genérico: “Una yunta díscola” -es decir, crear empleo en el actual contexto tecnológico-)

8. La gestión de la incertidumbre: la coordinación eficaz de los agentes socioeconómicos

Escribe Tácito en “Los anales”: “Tiberio, acostumbrado aún sin necesidad, por naturaleza o por uso, a decir siempre palabras ambiguas y oscuras, entonces que lo procuraba con artificio eran tanto más inciertas y escondidas” (Libro Primero, pag. 22 Colección Austral, Ed. Espasa Calpe).

Pues bien: ante la compleja situación generada en el siglo XXI, caracterizada, entre otros protagonistas, por la combinación de globalización, consciencia endógena de la existencia de desigualdades graves en los desarrollos económicos en los países y áreas, control supranacional de los avances tecnológicos, alto nivel de exigencia popular en el mantenimiento de las situaciones de bienestar en los Estados más desarrollados, y agotamiento relativo de los recursos naturales, junto a la consciencia de un deterioro ambiental galopante y la alta probabilidad de un calentamiento de la superficie terrestre, …la proliferación de líderes con la mentalidad de Tiberio es un serio hándicap para canalizar la ejecución de las posibles soluciones.

A nivel general, el fracaso de las cumbres mundiales para tratar de analizar objetivamente los problemas es evidente. Falta un liderazgo claro, es cierto, pero también se echa de menos la consciencia de la problemática. Los informes del Panel del Cambio Climático no encuentran respuesta práctica, y el tiempo pasa, jugando en contra. Las conclusiones de las reuniones de los jefes de Estado, ya sean al nivel de los C-7, C-20 o en los numerosos Congresos y Asambleas propiciados por las Organizaciones supra-gubernamentales, evidencian un gusto por las declaraciones ambiguas, que incorporan promesas atemporales y especulan con la fijación de objetivos irrealizables y, por tanto, persistentemente incumplidos, lo que no debería tranquilizar a quienes tienen preocupación por el futuro, que va mucho más allá de los horizontes electoralistas en cada país.

En esta situación, deberían separarse los mensajes genéricos, voluntaristas, de lo pragmático. Es una lástima reconocerlo, pero la evidencia es cruel. Los encomiables esfuerzos en tratar de impulsar Unión de civilizaciones, Ayudar al desarrollo de los países más atrasados, contener el amenazador fantasma del Cambio climático, concienciar a las grandes empresas multinacionales en la responsabilidad social, etc., se han convertido en “palabras ambiguas y oscuras”, revestidas de un artificio dialéctico que las hace “tanto más inciertas y escondidas”.

España debe impulsar la investigación aplicada, retener a sus licenciados (que tanto ha costado formar), trazar un plan creíble de generación de empleo, e impulsar, fundamentalmente en solitario, la creación de actividad nueva, consolidando las líneas ya existentes. No se puede perder ninguno de los sectores existentes, y la incorporación de las nuevas tecnologías – generadoras netas de un déficit de empleo, que presiona sobre los menos cualificados-, ha de ser, cuando se emplean recursos públicos para favorecer su implantación, cuidadosamente analizada.

Lo digo desde mi posición de observador tecnológico, y, si me permite el lector la aparente petulancia, experto en alguno de sus campos. No se puede animar a las personas sin otra cualificación que su necesidad de encontrar un modus vivendi, a que creen su propia empresa: tenemos demasiadas peluquerías, mercerías, tiendas de ropa infantil, bares, restaurantes, cafeterías, bollerías, tiendas de la esquina; nos sobran, también, bufetes unipersonales, oficinas bancarias, estudiantes sin vocación, empresarios con escaso conocimiento de la evolución previsible de los mercados para sus actuales productos, etc.

Invito al lector, si no lo ha hecho aún, a que lea mi reflexión sobre “La rebelión de las élites”.  El título de ese trabajo podría mover a confusión, al ser evidente la referencia semántica al trabajo de Ortega y Gasset sobre “La rebelión de las masas”, escrito en un contexto sociológico muy diferente.

Lo que pretendo poner de manifiesto es que los políticos deben atender, hoy más que nunca, a incorporar a sus programas y propuestas, actuaciones concretas vinculadas al desarrollo de los sectores preferentes. La amenaza de burbujas existe por doquier y, por eso, hay que detectar a tiempo cuando la presión que las haría estallar es ya muy intensa.

Parece que hemos olvidado la explosión de la burbuja tecnológica de Terra, y vivimos aún obsesionados por la burbuja de la edificación que, como se ha dicho con preclara seriedad, no tiene que ver con ninguna burbuja de la construcción y, en cambio, ha afectado a las empresas constructoras, por la paralización de la obra pública.

(cotinuará)

Excursión al más allá

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Permite que mi deseo de poseerte rompa las barreras
que impedirían que tu cauce se desborde,
vamos a desparramarnos en las rocas,
tú y yo en catálisis fatal,
sin que nos preocupe volver, así que lo demás
es lo de menos.

Sin premisas, ni miedos, condición inocente, yo te ordeno
que la ida sea infinita, sin rumbo, sin destino,
sin que nadie se atreva a sugerirnos
lo equivocados que vamos con las prisas,
lo inadecuado del atuendo, o lo mal preparados
que estamos para el viaje ni lo poco
que acertamos con la vez y con el sitio.

Mientras tomas asiento en el hueco especial de mi regazo
siéntete portavoz de la verdad amando estas cadenas
que, entre besos, te unen las manos a mis manos,
porque nos van a dar fuerza para escapar,
sigue las instrucciones de este juego.

Suelta amarras y excesos, haz del río
que en tí habita, corriente impetuosa
que salte por encima de cuanto existe y da razón,
alud de instintos sin rival, que se desborde
hasta ocupar el horizonte de mi cuerpo.

Yo transformaré los signos de confusión que nos guiaron hasta aquí
en galletas de amor, y, en dosis adecuadas, haré hartas las cosas,
pocas, inadecuadas, impropias para lides, -infelices-,
que seleccionamos para llevar con nosotros a este viaje.

Lo convertiré con mimo, lo prometo,
en sabor perdurable a risas del otoño,
a miel y hojuelas, y, para postre, en uvas contagiosas.

(Poema 17 de “No tenemos a nadie”, @angelmanuelarias, 1996/1997)

No importa ya

No importa ya.
Lo admitiremos también como axioma
y no hará falta probarlo.

Estamos hartos.

“Cualquiera que se cruce en nuestro camino,
con tal de que se detenga junto a nuestro estupor,
aunque la evidencia duela,
es de los nuestros.”

Ese ojo que claramente no nos reconoce,
ese hombro con el que esperábamos
a fundirnos en un abrazo
antes de que nos empujara hacia el vacío,
pertenece a nuestro clan.

La caída es tan breve,
es un instante que dura tan poco,
y sabe a tanto,
que esos segundos nos valen de consuelo,
aunque la realidad nos ignore.

(Poema 34 de “El animal que hay en nosotros”, versión para Premio Loewe, mayo 2008)

Preguntas:
Ni principios ni fin,
elucubraciones con poca imaginación.

Preguntas sobre el amor,
la dignidad, los pobres,
las maneras.

Había preguntas sobre dioses,
rebeldías, intentos incluso
de hacerles pleitesía.

Y, como al final, interrumpido
por el trazo grave de una fuerza mayor,
quedaba al descubierto la interrogante
por la que mostraba una curiosidad
indescifrable.

Se interesaba solo por las condiciones previstas
para el nuevo campo de concentración,
donde había oído que pensaban enviarle:
un recinto más arduo, más forzado, más difícil.

El Paraíso.

(Poema 36 de “El animal que hay en nosotros”, idéntica referencia anterior)

El poema 35, se titula: “Testamento” y el que acabo de transcribir es su continuación

35

Testamento

Se pasó la primera parte de su vida
deshaciendo  preguntas,
sobre el amor, la vida, las secuencias,
y –también- si Dios existe y si nos quiere.

Pensaba firmemente que la segunda mitad
le serviría
para encontrar respuestas,
afianzándolas como un rascacielos.

Pero en la aplicación, le faltó método,
y no dejaba de encontrar más y más preguntas.

Sin poder soportarlo, se aisló en su ventana,
se cerró en la amargura, aguantó varios días sin comer ni beber
a riesgo de perder el juicio al final:

Estaba loco, le diagnosticaron.

Su pulso era muy débil.

Así lo encontraron el día después de su muerte:
atenazado por su propio estupor.

En la mesita, al recoger sus cosas
para dejar su sitio a otros, alguien recogió un papel,
con delicados subrayados en rojo.

Lo leyeron en voz alta.

Eran solo preguntas.