De blunt to smart city, una guía para dummies (1)

Cuando envié la recopilación de artículos que dediqué a Madrid, bajo el título de “Pongamos que hablo de Madrid”, a mi amigo Mariano Fernández Aceytuno, para su eventual difusión en la web de Knowsquare, a cuyo Consejo consultor me honro en pertenecer, declinó su publicación, con una cariñosa valoración, en la que, textualmente, me indicaba: “Si se enfocara como un análisis riguroso y con menos adjetivos negativos de los hechos y un set de propuestas nos parecería muy valioso y nos gustaría más. Necesitamos una estrategia de smart city sin duda, pero se queda en la mención.”

Lejos de sentirme ofendido, recojo la provocación, y me propongo desarrollar y analizar, en los próximos comentarios de este blog, diversas propuestas acerca de lo que podría ser una smart city. Es forzoso que, dada la índole del asunto y que se trata de un tema que se encuentra en permanente elaboración y evolución (a escala global), mis reflexiones tengan un carácter desordenado,

Iré de lo más general, a lo particular, sin que me preocupe dejar  constancia de la referencia a mis fuentes, que, lo afirmo desde ahora, utilizaré con libertad, y que serán, fundamentalmente, alemanas y anglosajonas. No serán, sin embargo, las únicas, pues también en Italia, España (con centro en Barcelona) y en algunos países de Europa y Latinoamérica, se está haciendo uso del término, con objetivos bastante deslavazados.

Habrá que empezar indicando, como manifestación previa de humildad,  que el lector, allí donde se ubique, no vive en una ciudad inteligente (smart city). Las ciudades inteligentes son un concepto enfocado al futuro. Y como la palabra más delicada de las opuestas a inteligente es incompetente, zafio o descuidado, le propongo, para empezar, que admita que todas las ciudades de este comienzo de siglo son incompetentes (blunt cities).

La propia  AENOR, en su propósito reglamentista, siguiendo la corriente mundial, define de esta forma la complejidad del nuevo concepto:  “Ciudad inteligente (Smart City) es la visión holística de una ciudad que aplica las TIC para la mejora de la calidad de vida y la accesibilidad de sus habitantes y asegura un desarrollo sostenible económico, social y ambiental en mejora permanente. Una ciudad inteligente permite a los ciudadanos interactuar con ella de forma multidisciplinar y se adapta en tiempo real a sus necesidades, de forma eficiente en calidad y costes, ofreciendo datos abiertos, soluciones y servicios orientados a los ciudadanos como personas, para resolver los efectos del crecimiento de las ciudades, en ámbitos públicos y privados, a través de la integración innovadora de infraestructuras con sistemas de gestión inteligente.”

Una perspectiva tan amplia confirma, de inmediato, que nos encontramos ante una utopía. Lo que no ha impedido que el Gobierno español, en marzo de 2015, ha establecido, un Plan para el Desarrollo de Ciudades Inteligentes, al que se dedica inicialmente, con parquedad presupuestaria,  140 millones de euros.

El ranking de ciudades inteligentes está ocupándose con premura, y tampoco es de extrañar que todas las que publican la implantación de medidas destinadas a mejorar esas características relativamente intangibles se jacten de ocupar ya los primeros puestos. Pero, ante todo, quisiera recoger una primera idea de sistemática, incorporando la visión sobre las Megatendencias para una smart city, que traslado, con mi propia interpretación, del ZukunftInstitut alemán, en una primera relación de once objetivos, que glosaré en posteriores comentarios:

1) Nuevas formas de aprendizaje; 2) Nuevo urbanismo; 3) Total conectividad; 4) Implantación de una neo-ecología; 5) Verdadera globalización; 6)Atención a la individualización de la existencia; 7) Programa de salud global; 8) Impulso a nuevos trabajos y formas de actividad; 9) Incorporación de la mujer y de los jóvenes para la máxima efectividad social; 10) Una sociedad en la que la tercera edad se mantenga activa y cooperativa, además de feliz; 11) Total movilidad.

A ese esquema se ajusta un gráfico que, copio sin traducción, de un magnífico artículo de Harry Gatterer sobre las Megatendencias (Megatrends), que, a modo de un camino con estaciones intermedias y de término, supone una de las mejores concreciones del itinerario que me propongo recorrer con el lector.

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(continuará)

Pongamos que hablo de Madrid (y 8)

Esta es la última entrada que acojo bajo el título de la popular canción de Joaquín Sabina, que tantas veces escuché en el coche, de camino entre Madrid y el norte y el sur de las Españas. Quienes hayan tenido la curiosidad de leer mis comentarios sobre la capital, en un momento de crisis económica y cultural, y conozcan la letra, habrán podido apreciar que no hay apenas distancia afectiva entre las dos visiones.

En una nota al final de esta entrada, copio la letra de Sabina, al que envío un saludo desde aquí. A mí, que me lleven al norte, por favor.

8. Respecto a las opciones razonables para mejorar la ciudad. La vida enseña a ser prudente, pero la historia muestra a las claras el destino de la inmensa mayoría de los que se arriesgan. Pretender cambiar la fisionomía de una ciudad, que es el resultado de siglos de convivencia (y de tensión) entre los elementos económicos sociales que la conformaron, sería una maniobra contra la Historia.

Sin embargo, no han faltado en la trayectoria de las ciudades, momentos en que se produjeron intromisiones sobre su evolución natural. Ha habido guerras, incendios, terremotos, inundaciones, políticos visionarios o ególatras, urbanistas ilustrados o herejes, etc., que han dejado su huella en muchas ciudades. A veces, son heridas en el escenario urbano; otras, como obras  forzosamente incompletas, inacabadas o reconducidas, producen la sensación de que se ha desperdiciado una excepcional oportunidad de conseguir Utopia.

El individualismo, la pretensión de dejar una huella para el futuro del paso por la ciudad de personajes y personajillos, es un elemento característico de la época en que vivimos, que se superpone a un feroz utilitarismo. Frente a bloques de hormigón anodinos, conformando colmenas para asentar habitantes en sus nichos de vivencia particular, han proliferado también supuestos monumentos a la megalomanía de quienes han dispuesto de dineros, públicos o privados, para poner su sello en la ciudad.

Madrid tiene, claro está, muchos ejemplos de este proceder, que ofrecen un resultado conjunto caótico. Aceptemos que es símbolo también de la ciudad, y forma parte del desprecio a la estética que se ha adueñado del hombre moderno, amenazando con constituirse en característica consuetudinaria. Plazas sin la menor gracia, sedes corporativas que solo rivalizan en ser más altas, más aparatosas, menos prácticas que caprichosas, se han adueñado del perfil de Madrid. Desde la plaza de Castilla hasta la Avenida del aeropuerto de Barajas, o desde la salida hacia Burgos, la avenida del Loira,  como desde el camino paralelo a la autovía A-6 que conduce hacia las poblaciones del norte, los ejemplos son múltiples, los resultados, saltan a la vista, dañándola.

Admitámoslo, pues. Más que en el urbanismo, la respuesta a la mejora de los ámbitos de convivencia, habrá de estar en propiciar puntos de encuentro de la ciudadanía, en la que se ponga en valor al individuo, incluso a pesar del paisaje urbano. No faltan aquí salones de actos, preparados para acoger conferencias, exposiciones, propiciar intercambio de opiniones, difundir conocimientos. Soy habitual, cuando mis ocupaciones me lo permiten, de algunos de estas convocatorias, en las que se cumple bien la observación, por los asistentes habituales -prejubilados y jubilados en su mayoría, hoy entre el público, pasado mañana en los atriles- de que “en Madrid, o das una conferencia, o te la dan” (Eugenio d´Ors).

Lamentablemente, pocas veces, a pesar del interés de esos actos, cuentan con una asistencia masiva. Madrid, aunque tiene una gran oferta cultural e intelectual, no mueve multitudes, salvo para asistir a un concierto de estrellas de la canción, o un partido de fútbol de sus equipos señeros. Entonces, sí, se colapsan las arterias alrededor del Palacio de deportes, el Bernabéu o el Manzanares.

El Rastro, los museos, e incluso los recintos feriales, concentran más a curiosos -en este caso, turistas más que locales- que a elementos activos. Las procesiones de Semana Santa, en su ámbito, no son prueba de religiosidad, sino parte del folklore. Y así, más ejemplos podría exponerse.

Necesita Madrid una corporación municipal que viva la ciudad, la anime con su ejemplo, y se vuelque en interés del ciudadano normal, ese ser anónimo que tiene escasas veces la oportunidad de manifestar lo que le hace más feliz. ¿Ha asistido el amigo lector al espectáculo de convivencia ciudadana que implican las fiestas de barrio, allí donde existe iniciativa para organizarlas? ¡Qué nostalgia de lo que puede ser el pueblo de Madrid, cuando se le convoca a pasar un buen rato, sintiendo al otro, como debió ser el viejo Madrid!

Libérese la ciudad de la tenaza de la excesiva burocratización, del falso control policial, de la cutrería y la pijería (orgullo de la ostentación del poder fatuo), y dése entrada a la sencillez, poténciese la manifestación cultural al alcance de todos, difúndase impulso de convivencia y solidaridad. Menos rotondas sin acceso posible, fuera coches inundando espacios peatonales y obturando arterias, persíganse ruidos molestos, revísense los circuitos de los transportes públicos, cuídese la limpieza de cada barrio (especialmente, los de fuera del casco central), impúlsese el adorno sencillo de los balcones, adecéntese las fachadas, elimínense los infectos solares abandonados…

En lo que respecta a la generación de actividad económica en Madrid, el modelo exige especial profundización, para no caer en clichés ni en peligrosas inercias: hay que involucrar al empresariado existente (particularmente, al responsable de las grandes empresas), promocionar las iniciativas privadas, orientar a los inversores. Son tópicos, sin embargo. Porque esas ideas generales se cruzan con otros principios igualmente comunes, aunque menos conocidos: las multinacionales solo mantendrán sus sedes próximas a los mercados (o a los centros productivos) si les compensa la obtención marginal de beneficios; los particulares que generen emprendimientos tienen peligrosa tendencia a pensar en local, lo que vincula su perspectiva de negocio a un entorno geográfico y de información reducido; los políticos carecen, en general, de la menor formación empresarial y, cuando la tienen, es muy probable que se encuentren prisioneros de sus relaciones anteriores.

Solamente desde un debate abierto, lo más transparente que sea posible en relación con la confidencialidad de estrategias de empresa, y en la que los inversores particulares puedan encontrar orientación para que sus dineros no se pierdan en la vorágine engullidora del fracaso, se conseguirá dinamizar de manera permanente una estructura productiva, comercial y de consumo. No soy estatalista, al contrario. Soy pragmático. Incluso los más avezados defensores del libre mercado hacen trampas en sus solitarios: a las pruebas me remito.

Y, por supuesto, es un despilfarro permanente que Madrid esté formando tantos y tantos jóvenes, universitarios o no, y no sea capaz de aprovechar mejor su fuerza vital, su creatividad real y potencial. Hace falta dar un vuelco a la forma de enseñar, implantar masivamente la formación dual, generar líneas coherentes de apoyo a las nuevas empresas y proyectos imaginados desde la Universidad y las Escuelas de Formación,…Creerse, en fin, que vivimos en colectividad y que esa colectividad está imbricada felizmente con el resto de España, de la que es impulso, modelo, banco de pruebas efectivo.

En las próximas elecciones municipales, me temo que los futuros representantes políticos se enzarzarán en prolijas, e inútiles, discusiones sobre malversación de fondos públicos, corruptelas varias, personalismos de charanga. Algunos dirán que hay que dar la voz al pueblo, para que elija, en permanente consulta, lo que desea que se haga.

Estoy de acuerdo en que hay que escuchar a todo el mundo, pero, sobre todo, hay que tener la claridad de ideas, la honestidad, la inteligencia, de saber decidir.

Y me viene a la memoria la magnífica entrevista que un periodista con excepcional habilidad, JordiEbole, hizo al actual presidente de Bolivia, Evo Morales, mientras visitaba con él un pueblo  en el que se acababa de inaugurar un polideportivo. Simultáneamente, presentaba las imágenes de unos niños bebiendo agua de un regato infecto. “¿No cree que hubiera sido prioritario haber mejorado el servicio de agua potable?”, preguntó al político que acababa de ser aclamado por las gentes que había llenado el nuevo recinto. “El gobierno ha dado al pueblo lo que éste le pidió como más urgente”, fue, más o menos, la contestación.

Magnífico ejemplo acerca de la necesidad de que el dirigente político no olvide las prioridades objetivas. Porque el pueblo, no siempre puede sacudirse de encima la ignorancia acerca de lo que es más conveniente, e, incluso, imprescindible. La educación la ciudadanía forma parte fundamental del ejercicio por la optimización de la polis, y no se suple con demagogias ni oportunismos trapaceros, sino que se ahoga en ellas.

FIN

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Letra de “Pongamos que hablo de Madrid”, de Joaquín Sabina

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.

Donde el deseo viaja en ascensores,
un agujero queda para mí,
que me dejo la vida en sus rincones,
pongamos que hablo de Madrid.

Las niñas ya no quieren ser princesas,
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra,
pongamos que hablo de Madrid.

Los pájaros visitan al psiquiatra,
las estrellas se olvidan de salir,
la muerte viaja en ambulancias blancas,
pongamos que hablo de Madrid.

El sol es una estufa de butano,
la vida un metro a punto de partir,
hay una jeringuilla en el lavabo,
pongamos que hablo de Madrid.

Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid.

Pongamos que hablo de Madrid (7)

Madrid es una ciudad dinámica, no cabe duda. Como en toda gran ciudad, y máxime siendo la capital de un Estado de los llamados desarrollados, múltiples factores interactúan continuamente, configurando una realidad con múltiples facetas.

Madrid es también una ciudad deforme. Su crecimiento  ha sido desmedido, y en él,  ha predominado la especulación sobre el suelo -el agotamiento de un suelo definido como urbanizable a capricho de una normativa dirigida por voluntades avariciosas- frente a la planificación (que, en una metrópolis, significa, sobre todo, contención y limitación al desarrollo indiscriminado).

La ciudad y el Area Metropolitana han pasado por los arcos del triunfo de intereses particulares, muchos de ellos, ocultos en las oscuridades de la toma de decisiones, todos los planes de urbanismo que en su mundo han sido.

¿Este crecimiento en el número de los habitáculos está justificado por el aumento paralelo de las fuentes económicas que permitirían garantizar el nivel adquisitivo de sus pobladores? En mi respuesta rápida, no tanto. El desequilibrio urbanístico, con la aparición y crecimiento de barrios marginales, ý áreas de asentamiento del “lumpen proletariat” que vive en una cuarta dimensión de la ciudad,   ha provocado también la acumulación de viviendas vacías -¿a la espera de una reactivación del mercado inmobiliario?-  en zonas incluso de supuesto alto standing… encuentra su reflejo en la precariedad de no pocas de sus fuentes de vitalidad económica, que se han destruido para siempre.

En este análisis informal de la identidad de Madrid y su problemática, es necesario abordar la cuestión de los elementos que configuran su economía. ¿De qué vive Madrid y, hasta donde sea posible preverlos (en mi modesta y particular apreciación), cuál es la capacidad de adaptación, innovación y resistencia de sus soportes principales?

7. Respecto al sostenimiento económico de la ciudad.- En el momento en que escribo estas reflexiones, España está aún inmersa en una grave crisis de actividad y empleo, que ha generado una pérdida de más de cinco millones de empleos declarados (es decir, respecto a la población activa registrada en su momento álgido);

El empleo total en la Comunidad de Madrid gira en torno a los 3,2 millones de personas, siendo el número de desempleados de unos 700.000. Indico los órdenes de magnitud, no porque carezca -en absoluto- de sensibilidad respecto a las situaciones individuales, sino por ayudar a que el lector se sitúe en el paisaje laboral. En la capital, desde 2006 (enero) hasta 2015 (marzo) el número de parados se ha duplicado (pasó de 113.000 a 230.000).

El crecimiento del número de parados ha venido paralelo, sin duda, aunque no lo reflejen las cifras oficiales, con el aumento de la economía sumergida. Basta darse un paseo crítico por los interiores de la ciudad para detectar el creciente número de acompañantes (latinoamericanos, fundamentalmente) de ancianos con avanzados grados de demencia senil, domésticas acarreando niños a los colegios y escuelas, obreros de la miniconstrucción (rumanos, rusos, marroquíes, principalmente) asumiendo trabajos de pintura y retabicado en viviendas particulares y reparando averías o tapando grietas en las calles y aceras, ayudantes ocasionales en bares y comercios, etc….

La mayor parte de los que tienen empleo en la Comunidad están censados en Madrid capital (2,8 millones), y de ellos, más de 420.000 son funcionarios (el 15%). Respecto al total de la población,  como se suele repetir con énfasis, hay 1 funcionario por cada 15 habitantes, aproximadamente (6% de la población). Teniendo en cuenta que hablamos de la capital de un Estado y que allí reside teóricamente el núcleo duro de las decisiones económicas y políticas, no parecen muchos. Al contrario, reflejan que el país se ha perdido en una descentralización, que ha generado muchas duplicidades e ineficiencias.

Lo que ya no puedo garantizar es que todos esos funcionarios tengan algo que hacer, aunque sí proclamo que todos deberían estar muy ocupados si tuvieran quién les dirigiera adecuadamente.

Pero esa es otra historia.

Madrid construyó la base su crecimiento desmesurado entre los años 40 y 70 del siglo XX, actuando como foco de atracción de la inmigración interior y de la internacionalización parcial de la economía, en las que las multinacionales intuyeron las perspectivas de aprovechar el impulso consumista latente en el español. Vivir en Madrid era más caro, pero había mejor nivel.

Todo eso ha pasado a ser pura fantasía en la segunda década del siglo XXI.

Madrid es ahora bastante más barato (al menos, para los que saben comprar y se molestan en patear la ciudad) que muchas ciudades de provincias, pero se vive bastante peor, agobiados los habitantes por la lejanía entre los centros de trabajo y los lugares de residencia, la ausencia de tiempos libres, la escasez de espacios de relax, la falta de lugares de auténtico encuentro y participación colectiva. Las variaciones de precios entre comercios son exageradas, pues los comerciantes se aprovechan del escaso tiempo que tiene el comprador para comparar, y, en ciertos casos, también cuenta el abono a la pijería de querer comprar en ciertos comercios “porque tienen garantía de calidad”.

No me engaño con las cifras de la hipotética recuperación económica de España y de Madrid. No la veo. Una cosa es que las grandes empresas consigan beneficios, que los ejecutivos que cobran sus buenos sueldos (¿les pagan también también por ello?) difundan optimismo, y otra muy distinta es el pulso que se percibe en la calle. Hay más pobres, (pedigüeños visibles como vergonzantes), se ven más comercios cerrados, existen permanentes stocks en liquidación por supuesto cierre de negocio “por jubilación de su dueño”, proliferan locales vacíos que ofrecen acumulan suciedad a sus puertas que antesdeayer eran sucursales bancarias, delegaciones de empresas.

Eso sí, cada dos por tres se encontrará una parafarmacia, un bareto-restaurante con tufillo a aceite de girasol quemado, una franquicia de un supermercado de cercanías, una peluquería bi-sex (?), un comercio regentado por una familia china (ahora, también, de marroquíes), …en muchos de ellos, no faltará el amigo de raza negra y procedencia desconocida que nos abrirá la puerta en solicitud de alguna ayuda para subsistir. En el centro, la calidad de los productos mejora: tiendas de los múltiples nombres comerciales de Zara, o del Corte Inglés, Sánchez Romero y delicatesen, farmacia 24 horas, Rodillas, cafeterías con mesa de mármol y café a tres euros, y…pedigüeños a la entrada y cada diez metros, flanqueando el itinerario de la complacencia.

Las telecomunicaciones han reducido y siguen reduciendo ferozmente los puestos de trabajo disponibles. Se puede comunicar más rápido, mejor, con menos intermediarios  cualquier decisión o adoptarla. Y esos puestos de trabajo que formaban secretarias, administrativos, bancarios, bedeles, carteros, conductores, mecanógrafos, agentes de viajes, comerciales, etc., etc., se han perdido para siempre.

Y no se van a recuperar por muchos programas informáticos que queramos enseñar a los jóvenes, ni mucha adaptabilidad o iniciativa privada que se preconice o pretenda estimular desde arriba.

Hace falta un nuevo modelo de ciudad para Madrid, y no será fácil construirlo. Tendremos Madrid convertida en una Smart city, es obvio, cualquier cosa que sea eso, y como les gusta denominar a los políticos que están a la última en poner nombre a las añagazas del desarrollo. Habrá, por impulso de la necesidad y de los hechos ajenos, más coches eléctricos (y menos coches), más trabajo a realizar en el hogar (y menos trabajo) , más geriátricos (y más caros), una atención sanitaria pública despersonalizada (y…¿menos eficiente?), hospitales privados muy buenos (para quienes puedan pagárselo), nuevos planes educativos selectivos (unos formarán élites; los más, a desorientados o incluso, a desgraciados), etc.

Tendremos una sociedad aún más dual. Puede que, incluso, con varias capas: con sedimentos económicos muy rígidos, anquilosados por la presión de los que se encuentren arriba. Madrid sufrirá de esa dicotomía muy especialmente, porque es una ciudad desconectada socialmente, en la que el anonimato impera. Eso era una ventaja hace décadas; hoy, ser un animal que pasa desapercibido entre otros semejantes que van a  lo suyo, preocupados con lo que les compete, es una rémora.

No se si estamos a tiempo de corregirlo. Como en el caso de la amenaza del calentamiento global, estamos muy avanzados en el diagnóstico, pero no parece que nos preocupe colectivamente el hallazgo de las soluciones.

(Continuará)

Pongamos que hablo de Madrid (6)

Este es el sexto de los Comentarios que dedico a Madrid, la ciudad en donde vivo, junto a varios millones de personas. La primera vez que la visité, yo era un adolescente que participaba en una competición que se llamaba Olimpiada Matemática y que pretendía fomentar el interés por la carrera de Ciencias Exactas entre los bachilleres. Después, volvía a ella muchas veces, en reuniones de trabajo, para asistir a Congresos o para reportar a mis jefes de mis actividades en el extranjero o en la periferia.

Nunca imaginé que iba a acabar residiendo en ella (van ya más de dos décadas), que mis hijos fundaran aquí sus familias y que mis nietas fueran madrileñas.  Le debo mucho a esta ciudad, aunque siempre echaré de menos el paisaje de Asturias, a la que acudo como operación imprescindible de renovación de mi nostalgia por el contacto con una naturaleza que forma parte de mi manera de entender la felicidad, puesto que allí tengo, para siempre, mis raíces.

Pero, pongamos que hablo de Madrid.

6. Respecto al urbanismo de Madrid. Recuerdo bien que la carrera de arquitectura, para quienes terminábamos el Preuniversitario a mediados de los sesenta, era tenida por una de las más difíciles. En particular, el dibujo era la asignatura que resultaba de una complejidad casi imposible de superar: víctimas de la exigencia con la que se impartía esa disciplina académica se frustraron muchas vocaciones.

Pues bien, no puedo entender cómo de aquellas mentes educadas en el placer de lo artístico han proliferado tantas aberraciones urbanísticas, prismas sin gracia dedicados a la mayor gloria del hormigón armado. La piqueta demoledora ha ido poblando Madrid (como tantas otras ciudades y pueblos españoles) de edificios sin personalidad alguna. La periferia se ha llenado de urbanizaciones que son simples colmenas -no importa el tamaño interior de las viviendas- en las que se ha descuidado la belleza exterior.

El desprecio por los edificios singulares, ya sean monumentos históricos, sedes empresariales o de entidades públicas, es una tradición en nuestro país, y Madrid marca, cómo no, la pauta. No contento el destructor con haber demolido lo que debería haber sido conservado con respeto, se ha dado en llenar la ciudad de placas con el mensaje de “Aquí hubo…”o “En el edificio que había en este lugar, residió el insigne…”.

De poco sirve, por lo demás, que,  al socavar un terreno para realizar el inevitable parque subterráneo, se dejen un par de piedras al descubierto, como si la contemplación de esos restos fuera suficiente para rememorar el edificio ausente para siempre. Las inútiles, costosas y vanas, prospecciones en la Plaza de Ramales, a la búsqueda fatua de los restos de Miguel de Cervantes, no vienen si no a demostrar el desvalor que se concede al urbanismo en beneficio del populismo de baratija.

Madrid, urbanísticamente, no tiene remedio. No será jamás París, Dusseldorf, Viena, Budapest… Su encanto descansará, no en la monumentalidad, no en los edificios singulares, no en el recuerdo de su pasado histórico, sino en la cercanía que aportarán sus habitantes, en particular, si se atiende a la vida de barrio, que el visitante, desgraciadamente, no podrá apreciar.

El turista fotografiará una Plaza mayor sin encanto, una Puerta del Sol sin más aliciente que las decenas de oportunistas disfrazados de cualquier adefesio, el estadio de fútbol del Real Madrid (me produce vergüenza ajena ver a esos peregrinos de la vulgaridad asomar el careto ante el Bernabéu), y, si tiene tiempo, hará cola para entrar en alguno de los museos de la ciudad, atiborrados de excelentes obras artísticas, que serán ignoradas frente al poder de atracción de Las Meninas, el Guernica o los opulentos desnudos de un Rubens. Pocos irán al Museo Lázaro Galdeano, o al Sorolla, o se aventurarán a visitar las joyas que atesoran los pocos conventos que permiten el acceso a su interior.

¿Tiene algo que ver el Paseo de la Castellana con la Avda. Charles de Gaulle? ¿Se asemeja la plaza de Neptuno a los Invalides? ¿Quién sabría indicar cuál es la sede de cada uno de los Ministerios, Direcciones generales, Tribunales de Justicia? Desperdigados por la ciudad, muchos de ellos en edificios monolíticos, adustos, encierran tanto misterio por fuera como por dentro.

He propuesto en otros foros la incorporación al paisaje urbano de Madrid de edificios de concepción historicista, del que tan excelente exponente fue Luis Bellido y González (Logroño, 1869; Madrid, 1955), autor de la rehabilitación imaginativa de la Casa de Cisneros, o de los edificios del Matadero, entre otros. Si se ha destruido el patrimonio arquitectónico, al menos, rehágase, en los solares que vayan quedando disponibles, con edificios de empaque, que resulten agradables a la vista, y concédase visibilidad a los que merecen la pena, no pocos de ellos, empozados en otros sin ningún valor.

Claro está que la referencia a esta problemática urbanística de Madrid (y, repito de otras ciudades españolas, víctimas del desarrollismo arquitectónico impenitente), no puede menospreciar la influencia surgida desde la corrupción y la negligencia en la observación de las normas de Planificación urbana. ¿De qué valen los planes, si no se cumplen? ¿Qué criterio sirvió para sepultar, rodeados de hormigón, colonias urbanas, supuestamente protegidas? Véase, por ejemplo (mal ejemplo), el mamotreto instalado en la calle Mateo Inurria, dominando, como un fantasmón, la Colonia Rosales, ejemplo de una forma de vivir agradablemente en la ciudad, que no mereció respeto por parte de quienes estaban obligados a defender su naturaleza.

(continuará)

Pongamos que hablo de Madrid (5)

Continúo con la relación de algunos temas cuya corrección o mejora ayudaría, en mi opinión, a mejorar Madrid (y, seguramente, otras ciudades que hayan identificado similares problemas).

5. Respecto a la sinaléctica. Me he preguntado muchas veces, cuando circulo con mi vehículo por una ciudad que no conozco, si quien ordenó colocar las señales que, teóricamente, deberían servir para facilitarle el tránsito hasta su punto de destino (o circunvalarla con la mayor rapidez, si ese fuera el deseo), se han molestado en valorar la calidad o utilidad real de esas indicaciones.  Podrían hacerlo, por ejemplo, sentados en el puesto de copiloto, de alguien que nunca la haya visitado, y pedirle que se dirija a un Hotel concreto, al Ayuntamiento, a una calle determinada o…al cementerio. Por cierto, no pondría como condición sine qua non que dejen de utilizar su tontón, pues podría contribuir a un mayor desconcierto.

Madrid dispone, por supuesto, de muchos de los déficits de una mala señalización viaria: con la práctica, y a base de prueba y error, cada maestrillo se acaba confeccionando su librillo. Pero hay páginas especialmente difíciles de cubrir, incluso para los insider: encontrar la vía más rápida de trasladarse a Toledo por carretera desde la zona Norte es una de mis predilectas; despejarse entre las diferentes opciones que bordean el aeropuerto de Barajas (especialmente, la terminal T-4), otra de ellas; encontrar un aparcamiento libre en las cercanías del Teatro Real en horario de representación, sin desperdicio igualmente.

Discurrir sin equivocarse por Mirasierra, premio. Aproximarse desde el centro de Madrid, no ya a una calle, sino a alguna concreta localidad de la Comunidad, ya sea Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas, Robledo, puede convertirse en una aventura desesperante, ante la barahúnda de autovías que se entrecruzan, sin aparente -ignoro si expreso- sentido, con salidas que conducen, por sus malas indicaciones -resulta malévolo que las direcciones indicadas sean las menos buscadas-, a dar vueltas y más vueltas.

Obviamente, los mismos, o de la misma subespecie, seres malévolos que han pintarrajeado las ciudades con sus aberraciones artísticas, han pasado también su mano por la mayor parte de los indicadores, tachándolos, corrigiéndolos e, incluso, cambiándoles el sentido. Nadie parece preocupado de hacer revisiones sistemáticas de estos carteles cuyo mantenimiento puede que sea, a saber en qué casos, teóricamente responsabilidad de la Dirección General de Carreteras, o del concesionario de las autopistas, pero cuyas deficiencias nos afectan, sobre todo, y en los casos que indico, a los que vivimos en la Comunidad de Madrid.

Capítulo aparte merecen las indicaciones de las calles de Madrid. Las placas con los nombres no están visibles en su mayoría -por inexistentes, muchas; tapadas por árboles y arbustos, no pocas; por situadas en lugares no adecuados para lo pretendido, demasiadas-. No conozco a nadie (desde luego, no los taxistas) que conozcan todas las calles de esta ciudad, ni, al parecer, las rutas más convenientes -la pregunta de tanteo del profesional, al darle una dirección es: ¿por dónde quiere que vayamos?-. Puede que sea un ejercicio memorístico propio de un concurso de los que tanto se estilan, pues muchas, cortas incluso, tienen distintos nombres a ambos lados de la calle principal, además de estar dedicadas a personajes desconocidos.

Ya me he referido al difícil tránsito por las aceras, que no siempre conducen a pasos de peatones, sino, también a la nada: un parterre, una isla en el asfalto. Sus estrechamientos, cuando se va con el carro de la compra, un cochecito de niño, manejando un coche de minusválido de forma autónoma o conduciéndolo como acompañante, son normales; no siempre es la propia acera la que se estrecha, sino la marquesina, el cartel anunciador, la farola…Alguien tomó la decisión, por lo demás, de colocar papeleras a cada paso, cuyo objetivo no es actuar de tales, sino de botelleros, recolectores de bolsas de basura, excrementos cánidos o chicle de transeúnte, entre otros menores, aunque relevantes para la memoria de quienes tienen que vaciarlas. Energúmenos de otras especies, tienen a bien romperlas y quemarlas, supongo que extasiados ante el espectáculo de su estulticia.

(continuará)

Pongamos que hablo de Madrid (4)

(Este Comentario es continuación de los tres anteriores que, preferiblemente, deberían leerse en el mismo orden en que fueron escritos)

4. Respecto a la calidad de vida.- Madrid, que, entre otras características, tiene la de ser una metrópoli sin centro, impone condicionamientos a la vida de sus habitantes que, por mi propia experiencia cuando hablo de este tema con “madrileños de toda la vida”, no son siempre percibidos por claridad si no se los compara con otras referencias.

Los turistas o visitantes por trabajo u obligación que llegan a Madrid -tanto nacionales como extranjeros, pero especialmente, los primeros- figuran entre los primeros responsables de su despersonalización. Los comercios adscritos a las grandes cadenas comerciales, así como las sucursales bancarias y algunos hoteles de lujo han invadido cuatro o cinco arterias de las que rodean el centro propiamente dicho (los tramos iniciales de Serrano, Velázquez y Goya y sus inmediatas trasversales), convirtiéndolo, en lugar de desencuentro generalizado. El que va a comprar, en efecto, no tiene vista más que para el producto que se le ofrece: ropa, fundamentalmente, que, dada la gran diversidad, se probará convulsivamente, y acabará portando varias bolsas de marcas, que le servirán de impedimenta.

Los habitantes fijos de ese circuncentro de lujo, por su parte -en gran mayoría, personas de edad ya respetable que habitan los grandes pisos familiares que han quedado vacíos, anónimos bancarios, oficinistas y abogados de bufete al abrigo de un renombre-, no lo disfrutan. O van a paso ligero hasta el garaje o la boca de metro más próxima, o se dejan llevar en silla de ruedas por la sobrina soltera o el latino que es su pareja de hecho, hasta su extenso habitáculo.  La noche los convierte en espacios vacíos, solo animados por unos pocas cafeterías o restaurantes, seguramente demasiado caros para lo que ofrecen.

Por supuesto, en esta época de crisis económica, la presencia del dinero en mano atrae también a necesitados (y algunos amigos de tomar gratis lo ajeno) que flanquean en las horas de trasiego, cada diez metros, (e incluso menos), el itinerario de los transeúntes, con sus variadas peticiones de ayuda, plasmadas en carteles bastante normalizados con las, parece ser, imprescindibles faltas de ortografía.

Lo que las guías turísticas entienden por centro de Madrid, no existe. La Plaza Mayor, la Puerta del Sol, incluso las cercanías del Palacio Real, son hoy, para quienes se tomen la molestia de visitar esas zonas, reducto de malabaristas, grupos musicales improvisados, estatuarios vivientes de personajes de variado gusto (desde el malo al pésimo), cabras con boca de cáscara de coco, Mickeys y Pocoyos de gastado disfraz, falsas novias encaladas, etc., junto a algunos zombis aún vivos, agarrados a una botella de cerveza o al tetrabrik de vino, con su jauría y su petate, que podrían servir para escribir varias novelas de terror y desamor si tuvieran algún interés en contarnos sus vidas.

El antiguo centro de Madrid se parece, cada vez más, al centro promiscuo, maloliente, abigarrado, vital y colorista de una ciudad hispanoamericana. Estoy seguro de que, si fuéramos capaces de realizar un muestreo de quienes son hoy sus ocupantes, encontraríamos un levísimo porcentaje de madrileños…(hasta la alcaldía ha huido de allí, y el edificio de la Puerta del Sol sospecho que solo se usa de tarde en tarde para incómodas recepciones, en donde los coches de los invitados tienen que hacer cola por Alcalá para desocupar a sus distinguidos ocupantes).

La preocupación por hacer de Madrid una ciudad amigable para los que poseen minusvalías físicas, debe haber sido plasmada en varios documentos oficiales, pero ha tenido poca repercusión efectiva. Para empezar, son varias las estaciones de metro -¡incluso las de las terminales de tren de Chamartín o Atocha!- que disponen de una vía de acceso que no sean las escaleras, y ni siquiera mecánicas, en algunos tramos. Es lamentable tener que ver a los viajeros cargando sus maletas, dando golpes con ellas por los desmochados peldaños, a madres con sus cochecitos de bebé a cuestas propias de ocasionales benefactores, etc. y, desde luego, no se encontrará, a minusválidos en la mayoría de los trayectos del suburbano.

¿La vialidad peatonal mejora en superficie? No creo que quepa mucha ilusión al respecto. Madrid moderna está hecha pensando en el automóvil. Obstáculos de variada categoría interceptan el camino del transeúnte: paneles supuestamente informativos que se imponen ante nuestras narices; farolas a mitad de acera; estrechamientos del camino que obligan, si se va con un carrito de la compra, o de bebé, a bajar a la calle. Si alguien tuviera que trasladarse en coche de minusválido, las dificultades serían, en ciertas zonas, insalvables. La paradoja esquizofrénica es que se obliga a los particulares a soportar medidas de facilitación del acceso a personas con minusvalía y ancianos, cuando los poderes públicos se muestran ineficientes en cumplir con la norma. Incluso en clínicas y hospitales.

Pero no quiero desviarme del interés en lanzar otro mensaje. Madrid se ha convertido en una sociedad dual, peligrosamente dual. Hay zonas para los más holgados económicamente, y barrios marginales. Sitios elegantes, caros, para ver y dejarse ver por quienes tienen un buen empleo y están ajenos a preocupaciones económicas (propias y, sobre todo, de los demás), y quienes se afanan en sobrevivir.

Reconozco que la vitalidad de esas zonas más empobrecidas de Madrid es muy superior. Los barrios de Tetuán, de la Arganzuela, Carabanchel, La Latina, por ejemplo, están vivos, bullen. Un barrio de acomodados que también posee efervescencia, propia y por su comercio, es el de Chueca. En esos ámbitos, por esas calles y mercados, atisbo el Madrid que pudo ser, los Madrides que deben ser, en torno a un espacio de convivencia abierto, de conocimiento recíproco, de respeto y amistad por el otro.

Fuera de estos escasos lugares en los que aún se ve vida citadina, hay páramo, grandes edificios aislados entre calles muy anchas, con poco comercio de cercanías, y habitantes que consumen su vida yendo del trabajo (cuando lo tienen) a casa, y que solo salen a calle para bajar la basura o ver un partido de fútbol en el bar con televisión por cable y de pago. Pero sobre los recovecos del dinamismo de Madrid habrá que extenderse en otra entrega.

(continuará)

 

Pongamos que hablo de Madrid (3)

Prosigo con mis sugerencias acerca de cómo mejorar Madrid.

3. Respecto a los parques y zonas verdes. Madrid pasa por ser una de las ciudades con mayor número de árboles por habitante.  Si contamos los alcorques vacíos (que alguna vez debieron contener un árbol), y los que se encuentran en los jardines comunitarios privados, supongo que sí. Hace un par de decenas de años, alguien puso en práctica la buena idea de que los niños nacidos en Madrid tuvieran una placa con su nombre junto a uno de los arbolitos de los que se esperaba mejor vida. Parte de esas placas han perdido la referencia y, no pocos, el representante vegetal, que no ha sido sustituido, sirviendo actualmente el alcorque como recogedor de basuras, especialmente en los barrios más humildes.

Mención aparte merecen los parques infantiles, de los que, en efecto, hay profusión. Tienen columpios -los aparatos más utilizados, junto a los toboganes-, además de diversos balancines y unas peligrosas estructuras de cuerdas, que solo sirven para que los mozalbetes hagan en ellos sus equilibrios acrobáticos. Al atardecer, esos parques, ya no utilizados por los niños y sus cuidadores, sirven para que los perros retocen en ellos y, no raramente, los bancos de que disponen, son usados por parejas, vagabundos y drogadictos.

El Parque del Retiro está sobreutilizado los domingos por la mañana, y los festivos. Sobre su césped, se hacen merendolas por grupos étnicos -típicamente, ecuatorianos que los utilizan como punto de encuentro-, así como padres aficionados al fútbol que organizan partidillos con sus hijos y los del vecino. En los alrededores del lago, se disponen cuentacuentos, malabaristas, echadores de cartas y vendedores de ocasión. En zonas determinadas, bien conocidas por los interesados, se vende droga.

Otros parques de Madrid pasan por ser desconocidos y, felizmente para los avisados, poco utilizados. El Capricho, el del dedicado al Papa Juan Pablo II, el de Pradolongo, el de Usera, el de O ´Donnell, el de la Fuente del Berro, el de Rodríguez de la Fuente, el de la Quinta de los Molinos…tienen poco uso, algunos por no tener fácil comunicación, otros por estar poco iluminados al caer la tarde y, en general, porque al habitante de Madrid no le gusta la naturaleza, sino ver la tele en casa o en el bar o sentarse en las terrazas a tomar una cerveza con los compis del trabajo o la familia.

Es muy complejo y exige buen conocimiento forestal y de jardinería, además de dinero, gestionar un número tan grande de árboles, muchos de ellos, inadecuados para un ambiente de ciudad. Unos, de copa muy alta, y ya añosos, con raíces poco profundas, constituyen una amenaza latente, desgraciadamente, manifestada a veces con caída de ramas, e, incluso, del propio árbol. Los más frondosos sirven ahora como nido de esos pajarracos ruidosos, alóctonos, y depredadores, que son las cotorras, que, junto a las urracas y las palomas (las ratas del aire) constituyen, de largo, la población volante de la ciudad.

La ciudad necesita una revisión completa del estado de la población arbórea, acomodar los ejemplares que se repongan a la naturaleza de una ciudad cuyo suelo está muy horadado y tiene poca capa de tierra vegetal y vigilar las plantaciones que se realizan en los jardines privados, con ejemplares que acaban siendo peligrosos, por su proximidad a los edificios y a las aceras, cuando adquieren un cierto porte.

La codicia de algunos ciudadanos, que confunden lo público con lo que es accesible a su afán de llevarse a su casa lo que se adquirió con el dinero de todos, es causa de que, cuando están recién plantadas en primavera, se produzca la rapiña de no pocas de las plantas que se colocan en las zonas verdes de la ciudad. Los comercios que disponen de terraza a la calle son también objetivo predilecto de estos educados amigos de lo ajeno, que acuden por la noche con sus palas a llevarse algunas plantitas con las que decorar, gratis, sus balcones o jardincillos privados. No es, por lo demás, que Madrid se distinga por balcones engalanados con flores, pues son pocos los que están realmente cuidados, y lo más normal (en el sentido, de corriente) es que de los tiestos que dan a la calle cuelguen cadáveres botánicos o restos de mejores épocas florales.

Sería muy de desear que se despertase, o se mejorase, la conciencia ciudadana respecto a lo que es el Madrid común, para que se cuide más, se engalane mejor, y se respete siempre. Pero esta ciudad grande, demasiado anónima, desarrolla un individualismo peculiar, en el que el orgullo de lo colectivo se ha diluido para ceder ante la idea de que lo que debía ser de todos, es res nulius.

No quiero referirme más que de pasada, al hecho adicional de que los tiestos y terrazas que están en aceras y soportales, sirven de punto de evacuación, al menos de aguas menores, de los muchos habitantes flotantes de la ciudad (¡humanos!), lo que hace el paso por algunas zonas, para pituitarias sensibles, poco soportable.

(continuará)

 

Pongamos que hablo de Madrid (2)

Prosigo en este Comentario con mis apreciaciones de lo que debería cambiarse en Madrid, para hacer de ella una ciudad más moderna y agradable.

2. Respecto a la movilidad: transporte público y privado. La ciudad dispone, ciertamente, de un buen servicio de transporte urbano, especialmente en la interconectividad del centro de la ciudad. Basta mirar el mapa del metro para cerciorarse de la concepción centralista, en buena medida elitista, con la que fue concebido originalmente, y que resulta muy difícil de paliar, con la ampliación radial de las líneas, pues parece evidente que el coste elevado de una segunda red circular de metro, que intercomunique las periferias y los asentamientos más modernos, provocados por un crecimiento excesivo y no ordenado de la metrópoli, ha sucumbido ante el atractivo de una M40, o una M50 para los poderosos automóviles que tanto dominan en la moderna, a pesar de su futuro incierto y declinante, sociedad motorizada.

Las horas punta del transporte urbano, que son fundamentalmente aquellas en las que los trabajadores más modestos se dirigen o vuelven a sus puestos de trabajo, provocan la saturación de los vagones de metro, a pesar de la mayor frecuencia de circulación de los trenes. La congestión subterránea tiene su continuación en superficie, en donde miles de automóviles, típicamente con solo un pasajero (el conductor) o dos (el conductor y el directivo o alto funcionario que va a su despacho), colapsan a diario, en esas horas, las avenidas principales.

Es imprescindible analizar, con absoluto rigor, el tráfico de la ciudad, animando al empleo, no ya de horarios flexibles, sino de horarios flexibles coordinados: esto es, asignando intervalos horarios, según qué empresas, comercios, o departamentos públicos. El acceso a los colegios, institutos y universidades es otra causa de congestión, inaceptable y, por supuesto, causante de tremendos extracostes, tanto públicos como privados. Piénsese que 30 minutos perdidos en atascos de tráfico para una media diaria de medio millón de personas (como ejemplo modesto), implica más de  7 millones de jornadas perdidas al año. Un despilfarro insoportable, aunque en su mayoría (supongo) sean de ejecutivos y altos empleados y funcionarios a los que nadie controla la hora a la que llegan, ni lo que hacen, pues no puedo comprender por qué de ocho y media a diez de la mañana en Madrid no se puede circular con fluidez, salvo los fines de semana.

En relación con el transporte en autobús, además de denunciar el despilfarro injustificable de la renovación de marquesinas (las instaladas nuevas son peores, impiden la visión del autobús que llega, tienen bancos con una división que se pretendió justificar para que no sirvan de acomodo a desarraigados que las utilizarían para dormir, etc.), se debe revisar la secuencia con la que se produce la llegada a las paradas de, al menos, los vehículos de algunas líneas. Tengo especial y directamente comprobado que en  la línea 70, como ejemplo, no es inhabitual -más bien, contrario- que lleguen dos y hasta tres! juntos, siendo el intervalo de espera, como puede suponerse, una lotería, a pesar de los paneles que avisan de la llegada, colocados no hace mucho tiempo. Puedo imaginarme por qué sucede eso, pero prefiero que la imaginación del lector también aporte su valoración.

No hay ninguna razón, más que la negligente tolerancia, para que en las proximidades de ciertos restaurantes, discotecas, locales comerciales, hospitales y clínicas, y, además, junto a colegios e institutos, se admitan dobles filas de automóviles, incluso triples, colapsando a veces las calles.

Tampoco es admisible que la carga de depósitos -gases licuados, combustibles, etc.- o el servicio a establecimientos comerciales se haga en horas de mayor tráfico, o obstaculizando las aceras, u obligando a que los vehículos invadan el carril contrario.

No encuentro justificación a la falta de respeto a los pasos cebra, estimando especialmente peligrosos aquellos que se relacionan con un giro en el que los peatones disponen de luz verde y los vehículos solo son regulados por una luz ámbar. He sido testigo de varios sustos, algún atropello y, aunque extremo mi cuidado al tener que utilizar esas trampas para peatones, lo hago siempre con miedo a ser arrollado por conductores que solo van preocupados de sí mismos y sus prisas.

(continuará)

Pongamos que hablo de Madrid (1)

Madrid no es la ciudad en donde nací, pero sí donde vivo, desde hace más de veinte años. Hay cosas que echo de menos y que no se pueden corregir (relativas al paisaje y al paisanaje), y otras que valoro en lo más alto (relativas al paisaje y al paisanaje). Sin embargo, y puesto que estamos nuevamente en período electoral, esta es mi modesta contribución -para ser valorada por quien corresponda- respecto a lo que no funciona bien, y puede cambiarse a mejor:

1. Respecto a la limpieza. Madrid no es una ciudad sucia, pero no está limpia. Las razones no hay que buscarlas únicamente en las empresas concesionarias de la recogida de residuos -una de las tasas más caras de España-, sino en el comportamiento ciudadano:

-hay una proliferación de perros, productores al aire libre de miles de deposiciones (pises y cacas), que, debido a la preferencia de sus propietarios de pasearlos de noche, en donde se amparan en la nocturnidad y la presunta alevosía para abandonar sus excrementos sin recogerlos, se amontonan en alcorques, zonas verdes, parques infantiles, y, por supuesto, en las aceras.

-hay una pandilla de grafitteros, posibles delincuentes -y, en todo caso, destructores de la estética urbana y penalizadores de la economía de probos propietarios de comercio, cuando no gamberros iconoclastas de patrimonio nacional o local- a los que no se qué deformación de la sensibilidad artística ha permitido autoconsiderarse artistas, ensucia con sus aberraciones creativas, cierres de tiendas, ventanas de escaparates, vehículos, puentes y pasarelas, muros, monumentos, etc.

-proliferan fumadores guarros que han encontrado en los alcorques los ceniceros inadecuados, pero útiles, en donde depositan sus colillas y cerillas, acumulación que es de ver especialmente junto a hospitales, cines, restaurantes y bares, etc.-

-no se ha controlado el mal uso de los contenedores para recogida separativa que, además de estar sistemáticamente mal utilizados en sí, sirven como puntos de referencia para que ciudadanos sin respeto alguno por los demás, los utilicen para abandonar junto a ellos, electrodomésticos viejos, muebles destartalados, espejos rotos, etc., sin olvidar a aquellos inadaptados que, incapaces a lo que parece de doblar los cartones adecuadamente para introducirlos por la bocana del contenedor, los dejan al desgaire, formando montón, a su lado, incluso ocupando la calle.

-Aunque ignoro la razón, se permite que decenas de furgonetas de recolectores salvajes (en el sentido de no autorizados, supongo- abran las bolsas de basura, vacíen los contenedores como les pete, para llenar las cajas abiertas de sus vehículos, avanzando a toda velocidad por las calles, especialmente, las céntricas y en las proximidades de comercios.

(continuará).

No faltará al saber mentar a perspicacia

No faltará al saber mentar a perspicacia
para que cuantos pretendan un trabajo
un padrino  para pasar de desde a hacia,
busquen para salir del paro o del destajo.

Se sabe, en fin, que  la cúpula es reacia,
a facilitar el tránsito viniendo por abajo
pues por cruel tradición, antes  se sacia
vacante con un fiel, que del hatajo.

El infeliz achacará a su mala suerte,
no superar la prueba, que es obstáculo
que convierte su impulso en causa inerte,

pero si en lugar de ir de sonámbulo,
necesitando comer, mejor que muerte,
de tener que poner de su parte, ponga el culo.

(@angelmanuelarias, abril 2015)