Rusia ha vuelto

Con ocasión de la visita de Felipe VI al centro de la OTAN en Torrejón (un búnker subterráneo en el que operan 180 militares de varias nacionalidades), el teniente coronel del CAOC (Centro de Operaciones Aéreas Combinadas), Velázquez Gaztel,  expresó que Rusia ha emitido el mensaje de que “está de vuelta” (1).  Matizó luego que no creía que nos encontráramos en el albor de una nueva guerra fría, aunque se desconocía la intención con la que ese vecino pródigo nos hacía la visita.

Las radiaciones recogidas por el sensor militar con ocasión de la reunión de estrellas de alto rango, coincidieron en el tiempo con la emisión de una señal paranormal que afirmó haber detectado Esperanza Aguirre, estrella de gran magnitud ella misma, y que fue la candidata más votada -por los pelos- en las recientes elecciones de mayo de 2015.  La frustrada proto-alcaldesa, asentada en territorio post electoral, denunció la intención de la juez retirada Manuela Carmona, alcaldesa in pectore de una coalición que no acaba de cuajarse, de implantar los soviets en los barrios.

Fue una casualidad. Pero el azar también lanza sus mensajes, y, tratándose de una política avezadas en jugar con las palabras,  identificar la idea de las asambleas participativas, herencia yacente de las plataformas del 15-M,  con la creación, allá por 1905, en la Rusia precomunista, de unas agrupaciones mixtas de obreros, militares y campesinos, que tenían por objetivo derrocar al zar, confirma el fino olfato de la condesa para detectar olor a ruso en un cocido aunque no figure en la receta.

Para los militares que gustan de tener claro el enemigo -alguno ha de quedar-, la vuelta de Rusia a la confrontación potencial, significaría volver a soñar con hacer carrera triunfando en batallas campales y no con cursos de ascenso al generalato impartidos en aulas en donde las clases prácticas se realizan con simuladores. ¡Qué tiempos aquellos en los que la población civil se desayunaba cada dos por tres con la vista puesta en el cielo, temiendo atisbar un misil de cabeza atómica dirigido hacia un “objetivo estratégico” situado en la manzana de al lado.

Para los políticos que se habían acostumbrado a tener solo una alternativa a la que desmontar, el que el enemigo sea ahora difuso, debe provocar inquietud, y encuentro lógico (poniéndome en su piel) que atribuyan a las nuevas especies políticas cualidades que pertenecieron a poderes extintos, a formaciones de viejos manuales de campaña, en la ingenua obsesión de creer que el antídoto será insultar la inteligencia de la ciudadanía.

No estoy en condiciones (ni tengo la formación necesaria) para negar taxativamente que Rusia y el comunismo no vayan a volver, aunque mi conocimiento de la Historia me indica que son dos entidades de diferente naturaleza, y con objetivos diferentes.

Además, como ciudadano pacífico y de talante posibilista, quiero ver, sobre todo, oportunidades de cooperación entre países, grupos y personas. Prefiero situarme al lado de los que analizan el terreno para tender puentes y avanzar, en un mundo que está, al menos en lo que respecta a las comunicaciones,  globalizado.

Estupenda ocasión  para que los Estados se esfuercen en mejorar el producto interior bruto mundial y lograr, de una vez por todas, repartir mejor las plusvalías, para aliviar con urgencia la situación de los más desfavorecidos, no importa allí donde se encuentren.

Me encantaría oir hablar de la existencia de un Centro de Operaciones de Cooperación Combinadas, en el que personal con amplios conocimientos tecnológicos y datos fidedignos sobre los flujos de riqueza y la óptima rentabilización de los recursos naturales del planeta (además del óptimo aprovechamiento de las fuentes de energía accesibles con nuestros actuales conocimientos), se encargase sin desmayo de proponer actuaciones de mejora.

Y en cuanto a la puesta en solfa del bipartidismo PP-PSOE, que ya había mostrado su agotamiento y, aún peor, la inclusión en el esquema del virus de la corrupción galopante, veo motivos para estar de enhorabuena, porque toda nueva expectativa, significa ilusión. Y, tal como se presenta el panorama político en la mayor parte de los municipios y autonomías españolas, no nos vendrá mal dedicar un tiempo a tratar de entendernos sobre las prioridades, sin recelos ni ideas preconcebidas, ni clichés que pertenecen a otras épocas, otros países, y a temores desfasados.

(1) La noticia la recojo del blog de Carlos Penedo en Estrella Digital.

 

Faldas y falderos por faldudos

Obviamente, han sido muchos los usos y costumbres que nos acercan a nuestros hermanos de lengua en Iberoamérica, y -al menos así lo tenía por admitido hasta años recientes- se creía que era España, como metrópoli, la que marcaba la pauta. Esta situación ha cambiado y, en la actualidad, nuestro país parece ir a remolque de lo que nos señalan al otro lado del charco: a veces, por directo influjo criollo; otras, actuando los de allá como intermediarios de la digestión de lo norteamericano que nos tragamos acá.

El asunto podría dar para escribir un librito sobre los influjos adaptativos, pero hoy quiero detenerme en una cuestión aparentemente trivial: la drástica disminución de la longitud de la falda en los uniformes femeninos de segunda enseñanza.

Hubo un tiempo, que se prolongó incluso más allá de la España tardofranquista, en que rigieron severas normativas de que las faldas de las educandas -eso sí, ya sin pololos- debían cubrir hasta la rodilla. El cumplimiento de esas instrucciones, que estaban incluso puestas por escrito, era especialmente controlado por sus mayores, con atención focalizada en ese período de efervescencia hormonal que la adolescencia introduce en las aulas (y que puede ser virulento si no se ha producido la segregación previa que en las granjas de animales de pico y pluma se conoce técnicamente como sexado).

Mientras en España se tapaban las piernas a las mozas, quienes viajábamos por ahí, constatábamos que las nenas de los colegios de pago latinoamericanos enseñaban sus muslos sin atender a hipotéticos decoros. Será por la calor imperante en esos predios, imaginábamos por causa última de la exhibición de carnes tiernas.

Los años avanzaron por el calendario, vinieron aperturas, y como en el hiposur de Europa también estamos en tierra de calor -agravada por un cambio climático que asoma solo la puntita- aparecería justificado que, si se añade la que está cayendo, se recortasen telas. La crisis obliga a acudir con la tijera a los rincones en donde calor o penuria aprietan.

Los viejos del lugar sabemos, sin embargo, que la corriente cisoria no empezó acortando faldas, sino por decisión de algunas de las mozas más atrevidas de la actual generación de madres, de ajustárselas más arriba al salir de las aulas, subiéndoselas hasta llevarlas casi al borde de los pezones; incluso, otras, cosían jaretones provisionales a las prendas, de un decímetro o más largos, que volvían a descoser cuando se sometían a la mirada escrutadora de sus progenitores, hoy ya en su inmensa mayoría criando malvas o hechos polvo.

Pasó más tiempo, y aquellas hijas se tornaron madres, y hoy muchas, por ley natural,  son abuelas y, por ende, las más retrasadas en esa condición genealógica aún siguen pendientes de tejer camisetillas y gorritos de lana que irán a parar a las Misiones. Pero las hijas más precoces en haber engendrado de aquellas madres que amé tanto y que luego, -unas y otras-, me miraron como si fuera un santo (Campoamor dixit), tienen hoy hijos adolescentes.

En mi memoria guardo lo que, hace cosa de un lustro, varios docentes me contaron en relación con telas escolares. Cuando la moda se propagó y las faldas se convirtieron masivamente en faldillas, algún profesor o profesora de los cursos de Bachillerato llamó la atención en el Consejo Escolar de que esa falta de tela era también asimilable a otra de decoro, y distraía en los aprendizajes de teorías diferentes de la que enciende las líbidos, y que era por los que, en esencia, se acudía a las aulas.

No solo madres, también padres varones pusieron el grito en el cielo contra esa pretensión dictatorial de atentar contra la libertad de sus hijas, ya maduras lo bastante -argumentaron- para vestirse como les petara o petase.

Hétenos, pues, hoy, asimilados en esa moda o costumbre de inspiración transoceánica, de que las nenas núbiles de colegios concertados, (en especial, por aquello de ser portadoras de uniformes) enseñen de lo suyo cuanto quieran, sin faltar al decoro que empieza ahora, al parecer, donde terminan sus prendas más interiores.  No van solas. Las acompañan, en sus grupúsculos en donde cuecen risas y charletas, según constato en las veces en que coincide mi paso con la salida de las aulas, uno o dos de sus colegas varones, convertidos, por ello, en falderos de las que las llevan de reducidas dimensiones, y, por lo que veo, a tenor de cómo ellos se visten, sin que les afecten tanto en sus atuendos externos los calores de la primavera.

No me parece que haya hoy más que una exigüa minoría capaz de escandalizarse por este ir de venir de faldas y falderos, incluso en aquellos momentos en que los faldudos (típicamente, las escaleras empinadas del subterráneo) dejen al descubierto el máximo de muslo de estas uniformadas mal vestidas. Al fin y al cabo, los viernes y sábados, estas mismas jovencitas salen a disfrutar de su noche ataviadas con trapos que les permiten idénticos desplantes corporales y, además, con el adendo de sus caritas pintadas a destajo, para disimular lo que quede de sus facciones infantiles.

¿Provocan a los adultos que las miran? No se equivoquen estos tales. No van provocando, las chiquillas, a los más viejos que ellas, y por eso, se equivocó de medio a medio el obispo de Tenerife, Benigno Alvarez, cuando se metió en el berenjenal de enjuiciar, con la doctrina más reaccionaria al alcance de su ministerial cerebro, el comportamiento de niñas y niños, allá por 2007, lo que despertó tanto fervor crítico mediático que aún perdura la cola del cometa. Porque a nadie que esté bien informado, impresionará, llamándola provocación para mayores, la exhibición masiva de muslos de féminas adolescentes, en época en la que incluso las imágenes de desnudos integrales en aparente posición coital se catalogan como aptas a partir de siete años.

Hay que mirar las cosas desde otra perspectiva. Se trata de una importación más que nos ha llegado de la zona actualmente dominante entre hispanos, que antes llamábamos colonias, y hoy marcan la pauta, porque los colonizados residen en Europa. Y están aquí, para quedarse. Así que vayan haciéndose a la idea de que el centro de gravedad de lo hispánico está en algún lugar de Centroamérica, y las cortas faldas responden al deseo de gustar a falderos de la misma edad adolescente, y no para dejar al descubierto de miradas adultas las bragas en faldudos.

 

 

Hubo varios big bang

Con el argumento de que “no hay reloj sin relojero” y su adaptación más comercial de que “la prueba de la existencia de Dios la llevo en el bolsillo”, Blaise Pascal (1623-1662) se ganó un sitio junto a Tomás de Aquino y otros ilustres especuladores cristianos, en los libros de Religión que estudiábamos en la asignatura de Religión, allá por la Edad de Piedra del agnosticismo, que sería la posición intelectual dominante en el siglo XXI.

Desde que comprendí que el análisis tensorial no estaba hecho para mis entendederas de filósofo aficionado, sigo con atención las conclusiones de los físicos teóricos respecto al origen del Universo, admirando su capacidad imaginativa para traducir al papel, con ininteligibles fórmulas y ecuaciones, los misterios que encierra tanto el complejo escenario que está al alcance -“con la puntita de los dedos”- de nuestros aparatos más sofisticados, como el que ni siquiera seríamos capaces de intuir.

Como nada me impide sacar mis propias elucubraciones de lo que ignoro, a base de mirar al cielo estrellado varias noches, cargado con decenas de cartas estelares y un telescopio para aficionados, he hecho a mi medida un traje empírico sobre la percepción del Cosmos, suponiendo que existieron varios big bang, en diferentes momentos, y que sus efectos han interferido y lo siguen haciendo, sobre lo que tenemos en nuestro marco de observación.

Me resulta duro admitir, sin esta hipótesis, que un solo desarrollo de energía hacia la materia, por muchos miles de millones de años que le pongamos por delante, desemboque en la complejidad de formas -constelaciones, nebulosas, agujeros negros- que abren millones de interrogantes por cada puerta de comprensión que intentamos cerrar.

Pero no es el universo físico, sea cual fuera su dimensión, lo que más me obsesiona (sin llegar, de momento, a la paranoia): es el universo metafísico, de una complejidad perceptible muy superior, a pesar de tener un campo de observación mucho más limitado que el otro. Me refiero al mundo de las ideas, de los pensamientos y especulaciones de que somos capaces los seres humanos, y que conforman, tanto en lo que expresamos como en lo que ocultamos en nuestra intimidad, y no digamos ya en lo que apenas si es esbozado por la mente en etapas subconscientes, un cosmos metafísico del que los filósofos más eminentes y los sicólogos más capaces no han conseguido siquiera localizar el equivalente a la estrella polar o a la cruz del sur.

En esos momentos de tranquilidad personal, sorbiendo a ratos de la taza de café que mantengo al alcance de la mano, y mientras escucho las cadencias creadas por alguno de los compositores que admiro, me pregunto si no han existido varios big bang metafísicos y nosotros, los seres humanos, en esa evolución que nos ha permitido manipular una parte ínfima de la materia y la energía y de la que formamos parte, somos también consecuencia de ello.

Así que la Humanidad, y cada uno de nosotros en particular, estamos sometidos a una doble dependencia. Como portadores de una entidad metafísica, formaríamos una pequeña constelación de inquietudes, en efímero dinamismo y cortísima existencia, a modo de mínima porción de estrellas en el espacio de las ideas, -brillando, apagándose, o ya muertas para la flecha del tiempo, que solo la conocemos yendo hacia lo desconocido.

Aún más, esa aparente exuberancia metafísica, de la que, desde nuestra nadería, podemos sentirnos a veces orgullosos, carece de observadores externos conocidos -que también puede que no existan, y que si existen, carezcan del menor interés hacia nosotros-. No tengo pascalina  que enseñar, ni argumentos que yo mismo pueda creerme para convencerme de que nuestra posición en el maremagnum de big bangs tenga otro sentido que vernos sometidos a cumplir una ecuación que nunca conseguiremos formular, ya que no podremos salir del campo de experimentación que nos proporciona el único material de análisis que escudriñamos con ansiedad, con instrumentos cada vez más complejos y que aderezamos, para digerirlo, con ecuaciones más y más ininteligibles.

 

 

Exámenes

Estamos en época de exámenes. Para casi todo el mundo, aunque me voy a referir especialmente a aquellos que, atendiendo a esa bella categoría que caracteriza su situación de aprendices de ciencia y conocimientos, denominamos estudiantes.

Para este colectivo, fundamentalmente formado por niños y jóvenes, son momentos importantes, porque los exámenes son aquellas pruebas por las que sus educadores -los docentes- determinan si han alcanzado la suficiencia, es decir, han asimilado los conocimientos suficientes para ser aprobados de una materia.

Esa es la teoría. La práctica ha quedado de tal forma desdibujada que, seguramente consciente del despropósito en que esta sociedad se ha dejado guiar en todo lo que signifique calificar a otros, pocos están enterados de cómo se realiza en la actualidad esa evaluación, y a qué conduce. No pretendo explicarlo en detalle con este sucinto comentario, sino descorrer, desde mi información, algunos velos que ocultan la realidad de la situación y aportar, de paso, mis reflexiones al respecto.

Para empezar, debe el lector ignorante desechar la idea que seguramente pervive en su subconsciente, a partir de su propia experiencia pasada, de que existen exámenes de junio y, para los que han suspendido o no se han presentado a esa primera convocatoria del curso escolar, subsiste la posibilidad de volver a intentarlo en septiembre. Quiá. La mayor parte de las pruebas que se llevaban a cabo en junio, se harán en mayo; y los exámenes de septiembre, no serán tales, sino que los que no superen la prueba de mayo tendrán una segunda opción en junio. Ha leído bien: un mes después.

Es evidente que esta secuencia tan próxima de pruebas no está hecha en beneficio concreto de los alumnos, sino, sobre todo, de dejar un panorama vacacional hasta principios de octubre suficientemente expedito de pruebas académicas a los docentes. No me parece que un mes sea tiempo suficiente para preparar unos exámenes que no se ha conseguido superar -particularmente, si han quedado suspensas varias asignaturas- y, por tanto, el azar juega un papel importante en la posibilidad de que esa segunda prueba permita al alumno encontrarse con la oportunidad de que se le pida responder a alguna de las cuestiones que mejor tenía preparadas, y que no se le propusieron en el examen inmediatamente anterior.

Las opiniones de los docentes -universitarios tanto como de primera o segunda enseñanza- son coincidentes en que los alumnos están peor preparados cada año, tienen menos interés por aprender, y son más contestatarios que nunca ante la perspectiva de ser suspendidos. Por supuesto, los mejores de cada curso destacan mucho, demasiado, en relación con un pelotón cada vez más numeroso, no de torpes, sino de pasotas, de rebeldes en relación con el aprendizaje.

Esta dicotomía creciente entre los que aprecian el saber y los que, despreciándolo, se centran en demandar que se les conceda la superación de las pruebas apelando a la indulgencia del examinador, o, aún mejor, sin ser sometidos a prueba alguna, me lleva de la mano, a otra cuestión.

Me parecen fundamentales los exámenes y las reválidas. Son tanto más importantes, en tanto que la masificación de las aulas no permite diferenciar a los alumnos durante el curso. En cuanto a las reválidas, es decir, los exámenes que permiten apreciar la asimilación de conjunto -lo que antes se llamaba “madurez”- son esenciales para conocer si, después de los estudios, queda un poso duradero suficiente.

Participo con asiduidad en foros de opinión, escucho con atención la forma de expresarse de nuestros estudiantes -y también, ay, de muchos de sus profesores- y puedo constatar que estamos generando una subespecie de indocumentados: una parte nada despreciable de nuestros discentes saben poco, lo poco que saben lo saben muchas veces, mal, y lo que saben mal, creen que es la verdad absoluta.

Si nuestra sociedad quiere reflexionar seriamente acerca de lo que puede esperar del futuro, me parece imprescindible que consiga separar, y con rapidez, la paja del heno formativo. No valen igual todos los títulos, no se exige lo mismo en todos los centros docentes y no cuenta igual un aprobado conseguido con esfuerzo y asimilación personal que el logrado por cansancio, desesperación del examinador (o la necesidad de mejorar su ranking de aceptación para cobrar un plus de docencia). Habría que detectar en los currícula estudiantiles los “aprobados generales”, no poco frecuentes.

Me parece necesario que los programas educativos, en lo que respecta a la formación reglada, se realicen por el más amplio consenso. La dirección seguida es la contraria, con desmesurada e indescifrable proliferación de titulaciones, plagadas de imaginativas asignaturas a la medida del gusto de los docentes o de las arbitrarias políticas universitarias (por llamarlas de algún modo) de las Comunidades Autónomas y todo al amparo de un mal entendido derecho a la libertad de cátedra, que tenía otro propósito y no el de dejar con la rienda suelta al que define los programas.

El futuro de un país se construye en la enseñanza de sus jóvenes. Con rigor, con exigencia, con honestidad, con visión de lo que esta sociedad necesita para mejorar lo que tiene hoy y preparar sus opciones -las colectivas junto a las individuales- para acometer los retos venideros. No se está haciendo. Se está de espaldas a que la tecnología es exponencialmente más compleja a cada paso, la necesidad de adaptación a un entorno cambiante y en parte impredecible -pero sobre el que se puede y debe actuar- supone un tipo de enseñanza que se oriente a la resolución de problemas complejos y no a la idea feliz o a la memorización de materias que servirán para poco.

Es muy cómodo corregir exámenes tipo test, hacer pruebas escritas en lugar de orales, juzgar por una sola prueba sin conocer personalmente al alumno, y retirarse a la cueva profesoral lamentando que los alumnos sean cada vez más torpes. Demasiado cómodo. Para la sociedad que consiente este estado de cosas, la responsabilidad es terrible, porque se está propiciando profundizar en la dicotomía del que sabe para qué, y el que no sabe ni para qué, ni tiene ganas de saberlo algún día.

Protocolos

Deberíamos estar ya acostumbrados, o, por lo menos, resignados, a que, en esta tierra de improvisaciones, hayan proliferado los protocolos. Tengo claro que la mayor parte de los protocolos cumplen una función importante, que es la de servir de excusa, alibi exculpatorio o algo parecido, del responsable o responsables de cualquier actividad o procedimiento, cuando las cosas salen mal.

“Hemos seguido el protocolo” es, por tanto, la declaración inmediata de intenciones cuando se interpela, en la búsqueda de culpables, a los que estaban a cargo de los mandos, ya sea el presidente de la compañía más importante del mundo o el que cierra el portón de la zona de carga y descarga de una panadería con una manivela.

Por supuesto, existen muchos tipos de protocolos. Dejando aparte los que informan, por ejemplo,  a los anfitriones, de la manera correcta de posicionar a sus invitados en torno a la mesa en donde se servirán las viandas, o del ángulo exacto con el que se debe agachar la cerviz ante un principal, o del orden en el que deben desfilar los cañones y las espingardas en una parada militar, que designaré como Protocolos de etiqueta,  los Protocolos de gaveta se dividen en tres tipos:

a) protocolos propiamente dichos, que indican, con gran exhaustividad, la forma de actuar para el caso de que se produzca un suceso improbable.

b) protocolos contra natura, que expresan las instrucciones que debe seguir un empleado ante un caso de sencilla resolución o de incuestionable realización, y que estarán redactados faltando a la lógica elemental, para conducirse por los terrenos de lo estrambótico.

c) protocolos inexistentes, a los que se recurre como argumento de autoridad, para negar la pretensión, cuando el inferior reclama a un superior una actuación, prebenda o recompensa, a la que cree tener derecho. En estos casos se suele decir “El sistema no lo permite”, sin que sea imprescindible aludir al protocolo.

El primer grupo de los citados es, no solo extenso, sino intenso. Detectado un suceso improbable, un equipo de expertos en destripar la realidad ignota, generará cientos de páginas con instrucciones, que casi nadie se tomará la molestia de leer ni consultar (y, en particular, quienes podrían tener la oportunidad de usarlas si llegase el momento). Medidas de evacuación en caso de accidente de inmensurable gravedad, normas de seguridad para acotar los efectos de un desastre natural apocalíptico, procedimientos para detención manual de un complejo mecanismo automático que se encuentre fuera de control, ocuparán preciosos lugares en las estanterías convenientes, acumulando polvo y sucesivas actualizaciones y revisiones, hasta que un mal día, la mala suerte vendrá a demostrar que el suceso improbable era también impredecible, al menos, en su evolución exacta.

El segundo grupo revela la voluntad perversa de ciertas personas de actuar sobre la lógica, imponiendo sus elucubraciones a quienes están obligados a cumplir sus órdenes, o poniendo énfasis innecesario en lo que pertenece, por esencia, a la ética universal. Hay protocolos detallando qué debe hacerse con una billetera encontrada en un establecimiento público, independientemente de que contenga lo datos que permitirían localizar a su legítimo propietario. Hay protocolos exhaustivos para ordenar los análisis y pruebas a los que un “sufrido paciente” (por eso) debe ser sometido antes de emitir un diagnóstico, que la experiencia clínica resolvería con un vistazo a los síntomas.

No faltan protocolos, normas y declaraciones, por los que se anuncia la firme voluntad de perseguir implacables cualquier actuación contraria a la ética de sus directivos y empleados, a la que se vieran obligados a acudir para adornar con unto monetario las adjudicaciones de obra o servicio, en aquellas empresas y corporaciones que manejan sus cajas b con la soltura de quien se ata el cordón de los zapatos, y que se puede perfectamente imaginar destinados a generar nubes de humo en las que ocultar la jeta de los máximos responsables, auténticos receptores del beneficio del acto de soborno, que, a su vez, se regirá por protocolos consentidos por todos los que estén en la trama, sin la menor necesidad de plasmarlos por escrito.

Pero es el tercer grupo el que me encandila, no tanto por su desfachatez, sino porque, como el de la variante que acabo de exponer, tampoco necesita el menor soporte físico, puede ser aplicado a todas las situaciones y  utilizado por cualquiera, al margen de su condición, género o especie,  con tal de que tenga reconocida la mínima autoridad sobre un tema. Esa autoridad queda automáticamente conferida por llevar el sujeto un uniforme, una gorra, o estar parapetado detrás de cualquier mesa, mostrador, púlpito o cimborrio.

La referencia a ese protocolo intangible, etéreo, no nato, se ha convertido en una costumbre social. Lo esgrimirá el conserje de una institución, la secretaria de una oficina, ante el ciudadano o empleado que manifiesta ser recibido por el máximo responsable de un departamento; será el argumento de quien niegue la plaza de un colegio público o privado al hijo de una pareja con menores influencias; no faltará en la boca del que explique porqué no se ha tenido en cuenta una petición razonada y razonable a un educado pretendiente a que no se mancille su derecho.

Por supuesto, los protocolos, escritos o intangibles, presuntos o ciertos, están también para ser incumplidos, saltarse. La facultad de saltarse un protocolo de los dos últimos tipos es, justamente, donde reside la autoridad de quien lo administra sobre el pobre diablo que es obligado a aparecer como instrumento para que otros sean la excepción, habiendo él servido para robustecer la regla.

 

La teoría del pacto

Los resultados de las elecciones municipales y autonómicas en España en 2015 han servido para poner de manifiesto varias cosas, que los especialistas en analizar a posteriori -lo que tantas veces no han sido capaces de predecir-, se encargarán de remover una y otra vez, sacándole todo el jugo posible.

Como el mayor interés del presente descansa en producir los hilos que sirven de apoyo para construir un futuro mejor, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre las consecuencias de los posibles pactos que supondrían alcanzar las mayorías para garantizar lo que se ha dado en llamar “estabilidad de gobierno”.

Desde luego, este análisis debe tener en cuenta la diferente situación que se presenta según se trate de municipios o de autonomías, de acuerdo con la legislación que rige la interpretación de los resultados en los comicios. En los Ayuntamientos, el alcalde electo es el cabeza de la lista más votada, aunque si no tiene la mayoría simple, un pacto entre otros partidos puede suponer que esta coalición post electoral le arrebate la alcaldía, en la votación de investidura.

En Madrid, parece seguro que un pacto entre Ahora Madrid y el PSOE hará a Manuela Carmena alcaldesa de la capital de España, aunque Esperanza Aguirre haya capitaneado la lista más votada, con un concejal más que los conseguidos por esa agrupación controlada por Podemos. El talante conciliador de Carmena, su serenidad como valor personal y los mensajes con irrefutable presunción de sinceridad por los que la candidata expresa su voluntad de tender puentes entre los extremos ideológicos de la ciudad, predisponen a suponer que dará a esta ciudad la dosis de apaciguamiento colectivo que precisa.

Bienvenido sea el pacto, pues, a posteriori de las votaciones, si bien quiero poner de manifiesto que los pactos entre partidos con características ideológicas marcadas no suelen funcionar. No sirven para generar estabilidad persistente durante la legislatura -acaban rompiéndose por los motivos más diversos, incluidos el trasfuguismo de alguno de los representantes- y, sobre todo, tienen el grave riesgo intrínseco de hacer perder la visibilidad de la identidad del partido que ha entrado como minoritario en la coalición, que arriesga por ello el que en las próximas elecciones sea castigado, tanto si las cosas han ido bien como, sobre todo, si han ido mal.

En fin, me apresuro a señalar lo que considero el factor diferencial de Madrid en estas elecciones, y su valor para avanzar en democracia.

Porque creo que el gran mérito de Ahora Madrid y del PSOE en esta jurisdicción no ha sido poner de relieve las diferencias ideológicas, sino el haber hecho pivotar la campaña en dos candidatos de consenso, razonables y serios: Manuela Carmena y Angel Gabilondo.

Ambos serían buenos alcaldes, en cuanto representan el buen sentido plural que debe presidir una sociedad madura y progresista, y en donde el primer regidor, precisamente por vivir el día a día de la ciudad, ha de estar lo más lejos posible de las discrepancias teóricas para atender a la solución de los problemas diarios y la mejora de la población en la que viven.

Como Gabilondo no compite por la alcaldía, ya que figuró en la lista del PSOE para la Presidencia de la autonomía, la posibilidad de que pudiera haber sido ese buen alcalde que Madrid necesita pertenece al terreno de la imaginación. Y en el campo que le compete, no tiene opciones reales de batir a Cristina Cifuentes, a la que, -y lo digo sin solicitar el perdón a mis amigos de la izquierda razonable, ni pretender el aplauso de mis amigos de la derecha liberal-, veo como una potencial buena presidenta de la Comunidad de Madrid, dotada también del sentido conciliador y positivo que necesita esta sociedad vapuleada por la crisis, la corrupción y la incomprensión hacia el que piensa lo contrario, sin saber matizar por qué.

Tendremos en Madrid, pues, si mis previsiones son correctas, dos pactos de signo diferente: PP y Ciudadanos, para aupar a Cifuentes a la Presidencia de la autonomía, y el de Ahora Madrid (con su núcleo en Podemos) y PSOE, para que Carmena sea alcaldesa. Más emoción, casi imposible. La teoría del pacto, puesta a prueba.

 

Tú y yo que apenas necesitamos las palabras

Tú y yo que apenas necesitamos las palabras
muchas veces,
porque son insuficientes, lentas, frágiles,
se escurren, introducen nuevos elementos escondidos,
tú y yo que ya tenemos tradición de querer para leernos el silencio,
interpretamos sueños, mezclamos realidad con mentiras,
y al llegar a ese punto en que la conversación prescinde de todo intermediario,
tenemos un acopio
de frases más sencillas, tiernas mensajeras de efectos  retardados,
aves cuyo sentido no se nos oculta, pero duerme.

Esas voces tuyas, mías, ciertas
como nosotros, que exigen existir, quieren vivencia
y no pueden crecer al margen nuestro,
se quedan retenidas no sé donde, ocultas,
y aparecen después llenando los resquicios,
atrasando los trabajos importantes,
los imprescindibles informes donde quemo mi vida,
y al destruir cosas tan inútiles, gatita,
testigos de tiempos más urgentes, me buscan,
me precipitan de nuevo hacia nosotros,
dejando al descubierto mi verdadera desgana antes oculta,
haciéndome perder una energía
que no puedo recuperar más que en tu boca.

@angelmanuelarias, del Libro “Absueltos de todo don”, KRK, 1990 (Poema nº 25)

 

De blunt to smart city, una guía para dummies (y 10)

Admitida la individualidad (en el sentido, de singular o específico) del trayecto que conduce a cada ciudad a la excelencia, cabe preguntarse quién será el guía más adecuado para conducirla por él. En las sociedades democráticas, por tanto, la cuestión a resolver sería ésta: ¿Cómo elegir a alguien que tenga la capacidad, la inteligencia, el juego de cintura, la voluntad de integración, la honradez, y todas cuantas cualidades positivas queramos añadir a ese elenco de virtudes que deben adornar a ese hombre o mujer ejemplares, a quien confiar el mando de la ciudad Smart?

La respuesta a esa pregunta es, según mi criterio, excepcionalmente sencilla. No existe el procedimiento idóneo para seleccionarlo, porque tampoco existe la persona ideal para ocupar ese puesto. Lo que en absoluto supone la conclusión de que tendría que renunciarse al objetivo. Al contrario.

Una primera reflexión que conviene hacer, para avanzar en el razonamiento que me propongo, sería la que permitiera detectar, sensu contrario, qué cualidades pretenden que adornan a sus candidatos, tanto las agrupaciones que los apoyan, como, frecuentemente, alardean ellos mismos de poseerlas.

¿Experiencia previa de gestión? ¿Conocimientos? ¿Un programa de actuación? ¿Capacidad de respuesta a imprevistos?

Desconfiemos de cualquier exhibición de fortalezas. Una fortaleza, real o ficticia, supone una resistencia posterior, una fuente segura de conflictos.

Si repasáramos la historia de las ciudades, advertiríamos que aquellos que han dejado su nombre en ellas como artífices de logros notables, eran, en su inmensa mayoría, personas sin especiales características que hubieran permitido adivinar que triunfarían en la gestión de esa ciudad. Provenían de variadas profesiones y oficios, y no se distinguían precisamente, en general, por sus dotes para la oratoria. No eran expertos en urbanismo, ni en transporte, ni en organización de eventos culturales, ni…

Me apresuro a decir que tenían un punto en común, algo muy importante: amaban a la ciudad de la que habían llegado a ser alcaldes o alcaldesas. La conocían bien, eran conocidos por muchos de sus habitantes, la recorrían de cabo a rabo con extraordinaria frecuencia.

¡Qué diferencia con aquellos que hablan de la ciudad en la que aspiran a ser sus regidores o en la que ya lo han sido como quien cuenta una película, porque viven su ciudad solo en el camino que va de su casa o residencia oficial al despacho, conducidos de una a otra en un coche con cristales ahumados!

La selección de un equipo Smart para una ciudad que pretenda serlo, no empieza por el alcalde, sino en el conjunto de funcionarios y asesores que van a recorrer con ella ese trayecto de excelencia. Es una historia que trae mucha, muchísima tradición:  de siglos y, para no poner melodramatismo, al menos, descansa en la actuación, en las últimas décadas, de quienes tuvieron en sus manos los engranajes de accionamiento de la ciudad.

Me temo que ahí es donde fallan buena parte de la realidad de las ciudades: y no depende tanto de la forma por la que se han elegido muchos -demasiados- de sus responsables de segundos y terceros niveles (por poner un límite hacia abajo en la jerarquía) sino por la manera cómo se les controla y motiva. Qué hacen, quienes son, cuál es su ilusión, qué proponen, cuáles son las deficiencias y puntos fuertes de la estructura administrativa, etc.

El mensaje que pretendo dar en esta primera parte de la reflexión es sencillo: no importa tanto cómo eliges, sino con qué equipo cuenta y de qué capacidad de actuación dispone, y sobre todo, cómo lo controlas. Un equipo de gente capaz e ilusionada, estimulada por el resto de la población y orientada en sus actuaciones por ella, puede hacerlo muy bien, sin necesidad de que lo dirija nadie. Al menos, solo sería necesario hacerlo por excepción: el equipo debe tener su propia inercia, y ésta ha de ser positiva.

Porque la función principal de un regidor de la ciudad Smart no es tomar decisiones por ella, sino vender bien lo que la ciudad vale y hace.

En período electoral, vemos esforzarse a los candidatos a ocupar la posición de alcalde en presentar su voluntad de mejorar la ciudad, ofreciendo más empleo para todos, más servicios sociales, más zonas verdes, más felicidad para todos. Todos vienen a decir lo mismo, que es, en esencia, un mensaje vacío. Incluso los que ya están ejerciendo ese poder municipal y pretenden revalidarlo, difunden un mensaje idéntico a los demás aspirantes, adornado si es caso con las actuaciones de las que están orgullosos y que atribuyen a su capacidad de gestión.

Pero una ciudad Smart no es mérito de una persona, ni de un equipo, sino una consecuencia de la acción de todos sus habitantes. Es una demostración eficiente de la solidaridad de todos con ella, y que se dirige, por supuesto, con una voluntad subyacente, intangible pero imprescindible, que es la de que todos sus habitantes se hallen cómodos en la posición que ocupan en ella.

Supongo que, ante unas elecciones, los ciudadanos que no se postulan como candidato en una lista ni pertenecen a un grupo o coalición, se plantearán cuál será el candidato que mejor los representaría, atendiendo a sus propias necesidades o intereses.

Como la selección según ese baremo es, objetivamente, si se pretende hacer con seriedad, imposible o muy difícil, pues pocos serán quienes se molesten en atender a la lectura de los programas, y, quienes lo hagan, encontrarán serios obstáculos en separar la paja del trigo, cuando no en dar credibilidad a promesas que aparecen como de quimérico cumplimiento, se acabará votando porque un candidato (primero de la lista) caiga más simpático a primera vista, o haya tenido una aparición afortunada en un medio de difusión.

Es decir, se votará atendiendo a la intuición, a la impresión racionalmente inexplicable; a una de las formas con las que se concreta el azar.

Les sugiero a quienes lean estas líneas que analicen lo que es actualmente su ciudad, lo que encuentran en ella como sus valores  y fallos fundamentales, pasen revista al comportamiento que conozcan de sus funcionarios y empleados públicos y, si tienen detectado lo que le gustaría que hicieran los candidatos, voten en contra de sus propios intereses.

Si están en el centro de la ciudad, si se consideran pertenecientes a la clase alta y figuran entre los más afortunados, voten a aquella propuesta que defienda mejorar la periferia. Voten a los partidos en los que no conocen a nadie, a aquellos candidatos que nunca antes han tenido una representación pública, preferiblemente, a quienes desconozcan totalmente cómo funcionan las instituciones.  Hagan lo contrario de lo que les dicte el propósito de mantener el estado de las cosas que les convienen.

No soy un terrorista político, sino que abogo por el empleo de un maquiavelismo de efectos prácticos muy catárticos, en todo caso, a nivel individual. Si utilizan el coche para ir al trabajo, no duden en apoyar a quien pretenda ampliar el transporte público para relacionar mejor los barrios periféricos. Si tienen propiedades inmobiliarias, apoyen sin dudar a quienes defiendan la subida del ibi o la movilización de los inmuebles vacíos. Si no les gusta el cine, ni la lectura, ni el teatro, cierren los ojos para votar con decisión a quienes entiendan que se debe reducir el iva, por quien corresponda, y atiendan, si ya tienen edad provecta, no a quienes alardeen de mejorar los centros geriátricos o las oportunidades de recreo para la tercera edad, sino a quienes tengan un ideario concreto para los más jóvenes.

Parece una paradoja. No lo veo así. Porque si todos hiciéramos lo mismo, de colocarnos en el sitio del otro más necesitado, la ciudad avanzaría en el camino de la perfección, que no es la mayor diferenciación de lo que existe, el aumento de la tensión entre contrarios, sino la búsqueda de una mayor homogeneidad en el equilibrio dinámico que lleva a lo Smart, al aumento de la inteligencia colectiva.

Obviamente, quienes no lean estas líneas (que serán la inmensa mayoría de la población objetivo) y quienes no estén de acuerdo con lo que propongo (que será, lamentablemente, el resto de la población objetivo), votarán con la cabeza, que es lo mismo que decir, con la cartera o con la tartera. Y, ausente de la imprescindible dosis de catarsis, situada entre contrarios, la ciudad no avanzará hacia lo Smart, sino que perderá un tiempo muy valioso para mejorar.

Con este comentario termino la relación de las diez entradas consecutivas a este blog sobre El camino que va de una Ciudad adormecida hacia una Ciudad inteligente. Pueden leerse por separado, aunque siempre será mejor leerlas todas juntas, empezando por la primera, para no extraer conclusiones precipitadas, que no estaban en la intención con la que he descrito este proceso.

(FIN)

 

 

De blunt to smart city, una guía para dummies (9)

Uno de los aspectos más atractivos de movilización de recursos pasivos en una ciudad para conducirla hacia el objetivo de hacer de ella una Smart city, es el análisis de las posibilidades de mejora de la eficiencia energética global de la misma.

Para ello, es imprescindible, en primer lugar, obtener el mapa de las necesidades energéticas, y cómo se resuelven en la actualidad. Los consumos de energía (eléctrica, pero también bajo la forma de combustibles de todo tipo) constituye un punto de partida. ¿Cuánto absorbe el conjunto de la ciudad -viviendas, edificios públicos, empresas, instalaciones de abastecimiento de agua y depuración, transporte público y privado, etc.-? ¿Cómo se proporciona, a través de qué fuentes? ¿Cuánto cuesta?

Habrá que avanzar, ante la escasez de datos concretos de los que inicialmente se disponga, por aproximaciones sucesivas, estimando el consumo total, a base de índices y datos muestrales, tomados de la realidad como significativos para una evaluación de partida.

¿Cuánto cuesta esta masa de recursos energéticos al conjunto de la ciudad? ¿Qué capacidad de autoabastecimiento posee? De los datos y estimaciones del consumo, y del tipo de energía empleado para satisfacerla, se deducirá una  cifra que permitirá dotar de contenido económico a esa simulación con la que se iniciará el análisis de las actuaciones más convenientes.

Existen ya algunos proyectos y propuestas en curso, que pueden tomarse como referencia. Ya he citado en otros momentos de este trabajo, las actuaciones que están llevando a cabo la municipalidad de Viena, o la de Hamburgo, que figuran entre las más activas.

En este sentido, y aunque se encuentra en su fase inicial, es obligado referirse a la iniciativa de la ciudad de Madrid, que ha propiciado la constitución de una Asociación, Madrid Subterra, en la que participa, junto al Ayuntamiento, un grupo de empresas, Colegios Profesionales y Universidades, y  cuyo objetivo es estimular el aprovechamiento de la energía del subsuelo y la utilización de las múltiples formas de energía producida en los procesos que tienen lugar en la ciudad, y que actualmente se despilfarran, no pocas veces, por ignorancia de su valor. Tengo el honor de encontrarme entre los miembros de su Junta directiva, como representante del Colegio de Ingenieros de Minas del Centro de España

En la ciudad de Viena, se está llevando a cabo el Proyecto ” Optimización de la energía producida a partir de lodos de las depuradoras de aguas residuales”,  que se ha impuesto como objetivo que en 2020 sea autosuficiente. Las depuradoras son uno de los mayores consumidores de energía en las ciudades, habiéndose estimado que un 1% del consumo total se realiza en estas instalaciones.  Conseguir que esta energía provenga de fuentes renovables (solar, geotérmica, y de los propios lodos), así como reducir el consumo con base en una revisión crítica de todas las etapas, es algo a lo que una ciudad inteligente no puede renunciar.

La municipalidad de Hamburgo, por su parte, se ha propuesto generar un sistema integrado en el que se analice la reducción del consumo de energía de todas las instalaciones que se encuentran en la ciudad, y que en la actualidad funcionan de forma independiente. La idea central es que una asociación de consumidores energéticos resulta más eficiente que si cada uno de ellos actúa de manera aislada, y se apela a conceptos como flexibilidad y gestión integrada de valles y puntas de producción y consumo, todo dentro de una red que se plantea como objetivos la disminución del consumo, la oferta de los excedentes puntuales, y la incorporación de formas de producción ambientalmente más saludables, más económicas, y con mayor autonomía.

Me parece imprescindible resaltar que este concepto de actuación común debe encuadrarse en la revisión de las disposiciones legales o reglamentarias que permitan la integración de las instalaciones consumidoras, pertenecientes a empresas e instituciones públicas, para cumplir con los objetivos deseados. Por ejemplo, debe apoyarse la posibilidad de los intercambios energéticos dentro de la asociación de productores-consumidores de la ciudad, y la eventual venta al sistema general de la energía sobrante, y todo ello, sin que resulte afectada la estabilidad y disponibilidad del suministro de energía al resto de la ciudad o la red eléctrica general.

Por supuesto, esta propuesta y otras análogas exigen un análisis profundo de las condiciones técnicas que garanticen que no se interfiera negativamente en la regulación del mercado energético, obligando a desarrollar, por tanto, medidas de control, incorporación de estrictos parámetros de calidad, previsión de almacenaje de energía sobrante y accesibilidad o conectividad a la red general, además de atender a la negociación de las condiciones económicas que regirán el suministro y oferta del recurso.

(continuará)

 

De blunt to smart city, una guía para dummies (8)

Si el lector está de acuerdo con las reflexiones anteriores, convendrá conmigo en que las líneas teóricas maestras de una estrategia para la Smart city, no son, en realidad, dependientes del tamaño, ni siquiera del tipo de ciudad (abierta, cerrada, de servicios, industrial, etc.).

Pero la elección de las prioridades en su implementación, y su ajuste fino,  depende estrechamente de la situación particular de la población que ocupa cada barrio y el equipamiento de que dispone, y exige una sensibilidad, a la vez, global y específica.

Me sucede aquí, al valorar este punto, algo parecido a la incongruencia que encuentro -perdóneseme que ponga la luz sobre uno de los celemines que me importan profesionalmente- se ha instalado en la defensa del ambiente que realizan algunos grupos ecologistas. Si la zona precisa generar riqueza y tiene recursos naturales que pueden ser explotados, ¿por qué ha de renunciar a hacerlo si sus habitantes están de acuerdo en asumir una cierta carga como consecuencia? ¿Tendrá más valor lo que les impongan desde fuera?

¿No será mejor analizar la forma en que se cumplen las medidas protectoras, antes que negar de plano cualquier acción? ¿De qué vale que un experto en no sé qué escuela ambiental diga a un foro de seguidores entusiastas, con eco mediático indudable, que es inadmisible que se explote un mineral o alguna característica natural de una zona, porque se perjudicará a la fauna, a la flora, al paisaje, a la orografía o a se contaminará el terreno o los acuíferos?  ¿Cómo se resolverá la dirección hacia la mayor pobreza o la necesidad de emigración de los habitantes que habitan en la zona en donde se localiza el recurso?

Solo combinando la sensibilidad global con la específica, y dando prioridad a una u otra, según la intensidad de la necesidad, se resolverá acertadamente el permanente dilema de saber elegir.

El número de habitantes de al ciudad, su distribución, su estructura social, y la existencia de masas críticas suficientes para que una implementación resulte viable o rentable socialmente, debe ser la línea rectora a la hora de elegir infraestructuras, equipamientos y tecnologías en el corto plazo.

En el medio y largo plazo, sin embargo, las medidas correctoras pasan a primer plano. Las necesidades de cada grupo social o cada barrio deben converger a un punto común, o estaremos haciendo trampa a los votantes de hoy en relación con la necesidad de cumplir objetivos en el futuro, que serán cada vez más distantes, más inalcanzables, aumentando la tensión social de la urbe.

No hace falta alardear de ser buen observador para poner en evidencia que esa dicotomía existe, y la crisis ha aumentado la distancia entre los que pueden permitirse y los que no. La solución es compleja, por supuesto, y seguramente, antes de implantarla a nivel general de la ciudad, corresponderá probar el efecto de la estrategia en algunos barrios de distintas ciudades tomados como ejemplo o conejillo de Indias. Por supuesto, siempre con transparencia y cuantificando los recursos que se han empleado o movilizado, para poder estudiar la eficiencia de lo conseguido en relación con lo invertido.

No me parece que la planificación de las ciudades haya tenido en cuenta, todavía, el efecto previsible del calentamiento global. Entiendo que eso es así, o porque no se lo creen los que deben adoptar las medidas preventivas o porque las dilatan hasta que ya sean inevitables, es decir, demasiado tarde. Hay ciudades españolas que deben considerarse especialmente amenazadas, y no veo que haya recursos dedicados al tema que demuestren que se están tomando las cosas en serio.

Cuando leemos sobre catástrofes “naturales” en zonas de países poco desarrollados, puede que sigamos pensando en que su torpe planificación, o la corrupción de sus estructuras, o la falta de inteligencia colectiva para explotar sus recursos, merezca el castigo de miles de muertes por tifones, inundaciones, huracanes o tsunamis.  ¿Vd. también? Yo, desde luego, no.

La reducción de elementos contaminantes es una obligación, a escala local y global. Sobre todo, a escala global. Pero, puesto que las medidas eficientes empiezan por lo que a uno mismo corresponde hacer, porque está a su alcance, las ciudades deben reaccionar de inmediato con el control exhaustivo de la producción de gases con efecto invernadero, y el estímulo a formas de fabricación más eficientes y menos contaminantes.

Las nuevas tecnologías aparecen como generadoras eficaces de empleos sostenibles (en el sentido, de compatibles con la protección del ambiente, la producción de recursos económicos nuevos y de bajo nivel de inversión, y, muy posiblemente, de estabilidad futura: al menos, una o dos de cada diez start-up se consolidan en cinco años; las otras nueve, desaparecen, llevándose consigo inversión y bastantes ilusiones). Sin embargo, no veo que haya debate sobre los empleos que destruyen: y una ciudad smart, y especialmente, una región y un país Smart, tienen que atender al empleo global.

En mi opinión, que expongo aquí de forma escueta (me parece que llevo escrito demasiado sobre el tema para el caso que se me hace al respecto), debemos prepararnos, y muy bien, para que los empleos de alta cualificación tecnológica desplacen, destruyéndolos, a muchos empleos de cualificación media o baja. Que no se recuperarán jamás. Y, a diferencia de otras “revoluciones tecnológicas”, esta vez no hay mucho sitio para vender la moto del desarrollo a países con recursos que vendan barato a cambio de equipos que compran caro.

El desarrollo local tiene, en este contexto, sus límites, que una ciudad no puede traspasar, sencillamente, porque no podría permitírselo, sin llegar a un endeudamiento, ese sí, insostenible. No me parece alarmante, ni para tirarse de los pelos colectivamente, si cada ciudad encuentra su sitio Smart.

Cuando voy de visita a algunos pueblos de nuestra geografía, y hablo con sus paisanos, no detecto que planteen necesidades caras ni insalvables. Necesitamos valorar la vida en el campo, asentar las poblaciones incorporando en ellas los elementos imprescindibles del progreso -relacionados, sobre todo, con las comunicaciones- y convencer a muchos jóvenes de la importancia de la filosofía, más que de la economía. En las ciudades Smart, la rehabilitación de edificios y la reurbanización de barrios es también una medida necesaria y saludable. La destrucción para volver a construir más sólido, mejor y más estético, es también un medio de avanzar.

En muchas ciudades alemanas, destruidas en la segunda guerra mundial (la primera no causó tanta ruina), han resurgido barrios “con aire antiguo” (Altstädte) que, en realidad, son nuevas casas y calles, más sólidas, con materiales mejores y buenos aislamientos, que se parecen mucho  a los que había antes.

Si se señalaran en el plano ciudadano los edificios que no conviene conservar -para, si hay oportunidad, generar en su solar otro de mayor valor estético y, sobre todo, energético y funcional- algo se habría avanzado. Ese plano debería tener otro, intocable, de aquellos edificios que conviene preservar: no porque estén catalogados en ninguna lista de Patrimonio Nacional o Local  -muchos sirven para dar nombre de antigua potestad a una ruina-, sino porque forman parte del perfil y carácter que sus habitantes quieren para su ciudad.

Por cierto, ¿ha habido alguna encuesta sobre el valor que se da al perfil de Madrid, desde distintos puntos de vista?

En fin, la confección de un banco de datos extenso, dinámico, que vincule las variables de análisis con el territorio y la población, es una herramienta de trabajo imprescindible de un buen representante público. Si hasta ahora, pudiendo, no han sabido hacerlo, no deberían merecer confianza de que, de pronto, se caigan del caballo. Y si no estaban en el poder y pretender alcanzarlo, ya es hora de que nos indiquen por dónde van sus preocupaciones, mejor dicho, qué proponen para resolver las nuestras, las de todos y, en especial, las de la inmensa mayoría, que sigue siendo, en mi opinión, silenciosa.

(continuará)