El acoso en el ámbito militar

El caso de la ex comandante Zaida Cantera, que en realidad es el caso del coronel Isidro Lezcano-Mújica, condenado a dos años y diez meses de cárcel por acoso sexual, ha abierto al público en general la cuestión, de resolución en absoluto trivial, en torno a tres asuntos que guardan una relación entre sí que tampoco es sencillo calificar: a) si debe existir un Tribunal de Justicia Militar, b) si existen delitos que solo puedan ser cometidos por militares o, excepcionalmente, por civiles en casos concretos y c) si delitos comunes -recogidos en el Código Penal general- pueden ver agravado el tipo de lo injusto cuando el sujeto o la víctima son militares y, en ciertos supuestos, cuando el lugar, el medio utilizado o el objeto afectado, pertenecen a la esfera militar.

El debate lleva abierto desde hace décadas, y es bien conocido por los especialistas que no existe una línea uniforme entre los Estados, incluso entre los considerados democráticos y, de entre ellos, los supuestamente más avanzados en el respeto a los derechos y deberes.  No voy por ello, en este breve comentario, más que a referirme -y sin profundidad- a dos características muy relevantes, en mi opinión, del caso Lezcano-Mújica.

Que un supuesto delito o falta común, suficientemente caracterizada en su tipo y agravantes, por el Código Penal español vigente, como es el acoso sexual, sea analizado por un Tribunal Jurídico Militar, es, sin duda, una anomalía conceptual y un exceso de segregación jurisdiccional. En principio, podría suponerse que el atraer un caso de justicia común al ámbito militar, para juzgar el acto hipotéticamente ilícito cometido por un superior contra una inferior, es indicativo de que se pretende juzgar con mayor benignidad -protegiendo al mando de mayor grado- la cuestión.

No ha sido, sin embargo, éste el caso. Lo afirmo, independientemente del efecto mediático conseguido por el talante personal, la fuerza expresiva y la credibilidad emocional de los argumentos, ingredientes expuestos públicamente, para consumo y análisis general, por la comandante Cantero. Me abstraigo de la escasa, y cuando la hubo, posiblemente merecedora del calificativo de deplorable, intervención por parte del Ministerio de Defensa, que solo aportó leña a la subjetividad del tema. Y lo hago, en fin, al margen de otros factores, como pueda ser la confusión popular respecto al papel de las fuerzas armadas en tiempo de paz, heredera en mala parte del comportamiento chulesco de algunos de los militares levantiscos en la postguerra, y sometida, entre militaristas y pacíficos, a esquizofrenias o maniqueísmos que precisarían urgente revisión social.

Desde la serenidad, y la comparación con otros procesos judiciales, el esfuerzo de instrucción en el caso que pretendo comentar, ha sido importante…y, sin duda, excesivo. En el ámbito civil, ese caso no hubiera alcanzado especial relevancia -seguramente, ninguna-, sepultado por centenares de otros similares, de los que -sospecho, a falta de mejores datos- la mayoría son sobreseídos o archivados sin el menor progreso procesal, por falta de pruebas y testigos.

En la jurisdicción militar, sin embargo, a la que llegan pocos asuntos de este cariz, y dado el efecto de apetitosa difusión en los medios que alcanzó, la instrucción resultó altamente pormenorizada y, además, los juzgadores se encontraron sometidos a una indudable presión, observados con lente de aumento. No solamente el tribunal, sino, y sobre todo, el acusado se convirtió en sujeto de una disección en toda regla.

Puede que, observado en esa situación incómoda, de tener que defenderse de la acusación de un inferior jerárquico -¡y mujer!-, a salvo del círculo de amigos y conocidos, que se expresarían comprensivos con su relato, el coronel no haya sido capaz de despertar la menor simpatía. Dio la imagen de un tipo más bien zafio, al que se le podrían atribuir -por sus infaustas declaraciones en el proceso- los adjetivos de prepotente, machista y petulante…

Elegido como buco emisario, macho cabrío expiatorio de la necesidad de humillar, de vez en cuando, a algún superior como redención de lo que tenemos que soportar de toda autoridad, la pieza resultó excelente. Hay que admitir, sin embargo, que su perfil no se diferencia un ápice del de tantos y tantos individuos que andan por ahí, que están a nuestro lado, tocando al disimulo muslos, rozando como si tal cosa carnes contra carnes, echando miradas con intenciones que podrían entenderse como rijosillas, y, cuando se encuentran en lo que creen auditorio adecuado, presumiendo de haberse ligado a secretarias, subordinadas, esposas ajenas y colegas, animando a los suyos a evadirse a un burdel para festejar un logro, y aprovechando cualquier ocasión para lucir sus dotes de contador de chistes e historietas -reales o inventadas- en las que el héroe es el villano, la mujer el objeto, el homosexual o el diferente, el objetivo de la chanza.

Que el caso haya sido tratado en la jurisdicción militar y por un tribunal constituido por militares (independientemente de que le corresponda la última revisión al Tribunal Supremo), ha perjudicado al encausado. Su condena es excesiva, porque se tuvo en cuenta, y de forma especial, la gravedad del prevalimiento como superior militar.

Pero, además, el que el caso se haya visto en un Tribunal jurídico militar ha perjudicado a la víctima. La comandante Cantera, cuya vocación militar es evidente, y así lo ha reconocido ella misma y su brillante historial, ha visto su carrera abortada. Y puedo sospechar que su esposo, también militar, no tendrá un camino precisamente de rositas hacia el generalato.

Un caso, por tanto, para meditar, hurgando entre todos sus matices, analizando los condicionantes, extrapolando sus consecuencias.

Qué voz de seductor, qué cánticos rasgados

Apunte a lápiz y acuarela

Representando a Baco con aficionados (Apunte, 1994)

Qué voz de seductor, qué cánticos rasgados,
qué arias de agudos subidos que producen
emociones en fuerzas encontradas,
qué barullo la caza, van timbales y tiras de colores,
qué jaleo, jaurías.

Qué cauto cazador, qué astuto carnicero
capaz de apostarse días y noches al acecho
sin mover paz ni mano hasta el momento propicio,
y con disparo acertado y a la corta carrera
justificarse, templando de emoción, la larga espera,
herido el bicho, colmar el rito cobrando pieza.

Ya en sosiego,  con las presas abatidas torna al nido
y allí las despluma montaraz, desollando pellejos a destajo,
revelándose ahora experto cocinero
-capaz de prepararse un sápido condumio
con carnes, ajo, sal,  pizcas de iodo, tomillo y albahaca,
sin que los gritos y ayes de víctimas aún vitales
promuevan su perdón, (más bien  lo excitan),
que infortunio mayor no hay sino el suyo.

Desoyendo los aires de clemencia,
apartando con ansias de matar, entre las otras,
razones de prudencia y horror,
compartimos sus gestos, complacientes admitiendo
que amamos el oficio de verdugos, que potencialmente somos matarifes,
que nos bulle la sangre, que es música grata el fuego que crepita,
que, muerto el can, no hay prisas, que la rabia se ajusta,
y revolviendo las ascuas con tenazas bajo el trípode,
dejamos hacer al fuego, echamos grasa al hierro,
dorando la piel por igual por todos lados del trofeo.

Sórdido silencio de hiel con que ahora vuelca
el chamán el caldo , siguiendo detallados movimientos ancestrales,
en escudillas de brezo y,  a riesgo de quemarnos,
conseguido el color asado que los hace apetitosos, desmembramos
los sápidos despojos de las piezas que traiciono si digo,
que cazamos furtivos, caprichosos, esta misma mañana,
en la tierra de nadie que es futuro.

Mientras saciamos así los íntimos deseos de venganza,
devorando sin hambre, los hígados, cerebro, muslo, patas
chupando entrañas manchándonos las manos, alguien preguntará,
ajeno a este bullicio, señalando la culpa que ocultamos, el refajo,
por qué matamos inocentes, qué festejamos de haber logrado una victoria
sobre alguien tan débil,
por qué no arriesgamos a medir nuestras fuerzas sin ventajas
con piezas de un tamaño superior a nuestras ansias,
que sería la opción de vernos redimidos,
convertidos en la víctima siguiente.
(“Poco que contar”, Poema V, @angelmanuelarias, 2005;
El dibujo lleva por título: “Representando a Baco con aficionados”, Cuaderno de apuntes, 1994, @Angel  ManuelArias)

Poniendo a prueba la capacidad de destruir las carencias (1998)

poniendoapruebalacapacidad de destruirlascarencias

En abril de 1998, durante uno de mis viajes a Bolivia, fui invitado a merendar a su casa en Santa Cruz de la Sierra por el arquitecto Antelo, con el que había encontrado una rápida sintonía. Por la mañana, el ingeniero Egüez me había sugerido que, puesto que nuestro anfitrión era un buen pintor, y su esposa aficionada a las artes, podríamos entablar una competición artística informal que, si todo salía como esperaba, habría de ser el germen de una exposición conjunta en una de las galerías de la ciudad.

La idea me pareció, como casi todas las que surgen en el aturdimiento que provoca la distancia, casi tan curiosa como aceptable, y le pedí, por favor, que encargara a alguien de comprar los pinceles y pinturas al óleo, además de un lienzo de no excesivo tamaño, pues no me parecía oportuno contaminar la hospitalidad ni la merienda convirtiendo la casa del arquitecto en un estudio de arte.

Mientras dábamos cuenta del jamón, el queso y otras viandas, amén de un magnífico vino serrano que las mujeres de la casa pusieron a disposición de los contendientes y espectadores, y mientras Antelo desplegaba su caballete y la caja de tubos de colorines, le urgí a Egüez que me entregara lo que su propio me había comprado en la mañana. Grande fue mi sorpresa cuando desempaquetó dos tubos -uno negro y otro rojo bermellón, un diminuto bastidor, y un pincel más adecuado para embadurnar paredes que para finuras de artista diletante.

“El hombre al que mandé en la mañana a comprar lo tuyo, me dijo que solo encontró esto en la imprenta a la que fue. Lo siento”.

Antelo se apiadó de mí, y me dejó una caja de pinturas que su hija había utilizado en alguna clase de manualidades. Y, mientras el realizaba, con maestría, una hermosa composición -que apostaría que tenía estudiada de antemano-, yo, aturdido, ensayé en el escaso margen que tenía a disposición y los colores que no estaban endurecidos por el paso del tiempo, varias ideas que no acababan de convencerme, sintiendo los ojos clavados en la nuca de las bellas mujeres de aquella casa (la esposa y las hijas de Antelo, entre otras santas mujeres).

A Egüez le gustó lo que pinté (no me acuerdo qué resultó, al final, de tanto como me esforcé en cambiar líneas y acumular colores, buscando un contenido), y se quedó con el cuadrito. Y yo, aquella misma noche, de vuelta a Los Tajibos, dibujé en mi cuaderno de viaje este apunte que, pasados unos meses, traspasé a una tabla con acrílico. Se me había olvidado que titulé el primer esbozo “Poniendo a prueba la capacidad de destruir las carencias”. Con el trascurso del tiempo, pinturas, dibujos y poemas, cobran dimensiones que no estaban allí cuando las imaginó el autor, quienquiera que haya sido.

¿De quién la prisa?

Un proverbio clásico que, al parecer, se convirtió en principio de actuación para los emperadores Augusto y Vespasiano, aconsejaba “Festina lente”. Es decir, sin prisa, pero sin pausa. En lenguaje más elaborado: antes de actuar, piensa lo que vas a hacer; y una vez que has decidido lo más conveniente, hazlo.

Los acuerdos postelectorales entre los partidos y agrupaciones políticas que consiguieron representantes en las elecciones locales (municipales y autonómicas), en mayo de 2015, que resultaron obligados en muchas circunscripciones por la dispersión del voto, han traído como consecuencia que algunas de las listas más votadas no alcanzaron mayoría suficiente para conseguir vencer a otras coaliciones.

En la ciudad de Madrid, por ejemplo, el apoyo del PSOE (limitado a la investidura) a Manuela Carmena , independiente que figuraba en las listas de Ahora Madrid, la condujo a la alcaldía y, por tanto, a repartir los cargos principales del Ayuntamiento entre los concejales de su agrupación. En la Comunidad madrileña, el acuerdo entre el PP y Ciudadanos, ha aupado a Cristina Cifuentes a la posición de presidenta de esta corporación.

El panorama que se ha construido en Madrid, en la ceremonia postelectoral, es complejo, por su inestabilidad. Los partidos que apoyan a la investidura no gobernarán, convirtiéndose, por  tanto, en una primera policía que pretende garantizar determinados pactos que se han negociado después de las elecciones. La posición del PSOE, con el candidato Carmona actuando de consejero aúlico de la alcaldesa Carmena ha tomado ya tintes cómicos con el tratamiento dado a los cadáveres de animalillos asilvestrados que algunos concejales de Podemos guardaban en sus armarios curriculares.

Yo le oí decir a Esperanza Aguirre, Presidenta entonces de la Comunidad de Madrid, que “a los arquitectos había que matarlos a todos”, y todos lo tomaron a broma simpática (salvo el decano del Colegio de Madrid, que pidió, y obtuvo, una disculpa).

No había leído hasta su feroz difusión mediática el tuit de Zapata -aficionado, parece, al humor negro, que es ese tipo de chascarrillo pestilente en que te mofas de gente con algún hándicap o de asociaciones y colectivos dignos de todo respeto, con el que se consigue despertar la carcajada estentórea de individuos que tienen algún trastorno mental-. Menos aún sabía del contexto en que difundió en la red su graciosidad respecto al Holocausto, que no sirve de disculpa, pero que es necesario considerar si se quiere enjuiciar el asunto con justicia.

Pero no es lo que me mueve a escribir estas líneas. Ni Zapata, ni Maestre, ni los casos que puedan surgir de comportamientos infantiles, puntualmente criticables o impropios de futuros líderes, me preocupan. Doy por admitido que, en cualquier trayectoria vital suficientemente extensa, si se buscan con ardor, y no digamos con saña, se encontrarán puntos oscuros, agujeros negros criticables, amistades peligrosas y comportamientos sospechosos.

¿Nos vamos a detener en eso, o vamos a dejarles tiempo a las nuevas corporaciones, sean del signo que sean, -todas ellas, democráticamente elegidas y acordadas- para que desempeñen su labor de la mejor manera posible?

Me gustó la respuesta de la recién elegida alcaldesa Carmena a una pregunta de la periodista Ana Pastor, apremiada sicológicamente a sonsacar algún titular para la entrevista que estaba haciendo en El objetivo (La Sexta), y que estaba siendo realizada justo el día en que había tomado posesión la regidora: “Ana, te doy un consejo: si quieres obtener buenas respuestas, espera a hacer las preguntas cuando te puedan responder.”

 

El futuro de Telefónica (y 2)

Quizá en la idea de que Telefónica, en tanto que empresa líder en el sector de comunicaciones, se maneja con soltura en escenarios virtuales, en los que se pueden reducir drásticamente los tiempos de transferencia de información, César Alierta dio por leído su Informe a  la Junta General de Accionistas. Me resultó paradójico, y me recordó esas sesiones en las que se da por leída el acta de la reunión anterior, con lo cual pocos se dan por enterados de lo que se aprobó y, por eso, los mismos argumentos se repiten una y otra vez, sin avanzar en lo que importa.

En fin. El folleto, de quince páginas (incluídas las que contienen, respectivamente, el Indice y una foto del Presidente, en postura de “ahí me las den todas”), alude al avance en “la transformación tecnológica” de la compañía, al “crecimiento orgánico” (que alcanzó el 2,6%) -atribuible al incremento del negocio en Hispanoamérica y, en menor medida, al impulso a los servicios digitales y a las “iniciativas de monetizar el tráfico de datos”. Se trata de un informe optimista (demasiado), y quizá por eso los asesores del Presidente, dado el caliente caldo de tensión emocional que se preveía, optaron por pasar de puntillas por el trámite.

Hay que remitirse al Informe financiero -que tuve que solicitar expresamente-, para entender lo que está pasando en la compañía y, sobre todo, lo que puede pasar. Telefónica, con unos ingresos por ventas en 2014 de 50.377 Mill euros, ha perdido un 20% de facturación en relación con 2012.  Su resultado operativo antes de amortizaciones (OIBDA), que fue de 15.515 Mill euros, ha caído casi un 30% si lo relacionamos con ese mismo año. Y, aunque las amortizaciones aplicadas son casi 2.000 Mill euros inferiores a las de 2012, (aunque el informe del Presidente indica que 2014 “ha sido un año récord en inversiones, hasta casi 9.500 Mill euros”), el resultado final ha caído en un 35%.

Brasil se ha convertido en el principal mercado de Telefónica, con más de 100 millones de clientes, con un reflejo en la facturación total similar al de España (22,8% y 23,9%, respectivamente), aunque el mercado español está perdiendo eficiencia relativa.  La devaluación del real brasileño y el peso argentino frente al euro y la hiperinflación en Venezuela están influyendo muy negativamente en los resultados y, de mantenerse la situación, las perspectivas futuras del negocio de la compañía pueden terminar seriamente dañadas. Porque, aunque el número total de clientes crezca, si lo que pagan por el servicio -traducido a moneda fuerte- es una bagatela, salvo que los costes se lleven a la misma moneda que los ingresos, las pérdidas en la matriz no harán sino aumentar.

La dedicación que el Informe financiero realiza a los planes de retribución e incentivos de sus principales ejecutivos, me merece el calificativo de lamentable. Cierto que otras grandes compañías parecen muy sensibilizadas por garantizar unos altos honorarios a sus directivos de máximo nivel, y que pretenden presentarlos como vinculados a los resultados obtenidos, pero -y esta cuestión queda reflejada en los datos de Telefónica de forma bastante evidente-, no puede obviarse que son los Consejos de Administración y sus accionistas principales quienes seleccionan y aprueban tales propuestas, de las que los accionistas minoritarios son meros espectadores y, además, inocentes incompetentes para valorarlas.

Esta cuestión de la remuneración a los altos ejecutivos, que merecería un capítulo especial (y al margen de Telefónica), está relacionada, y directamente, con tres cuestiones claves de la sociedad globalizada: a) la obsesión de los grandes grupos empresariales por reducir costes, disminuyendo la mano de obra o desplazándola a países con menores salarios (en cuanto sea posible); b) la imposible vinculación convincente entre la “excelente gestión” y unos honorarios que están completamente fuera de toda comparación con los salarios del resto de los mortales, y levanta la incógnita acerca de lo que hace a esos hércules de la técnica y las finanzas tan eficientes, lo que despierta sospechas fundadas de que la economía tiene claves que no se estudian en ninguna escuela de negocios ; y, c) en fin, llevando la sinceridad del análisis hacia a una reflexión filosófica, la necesidad de reflexionar éticamente acerca de la distribución  de cargas, beneficios y responsabilidades entre los que soportan las servidumbres de una sociedad cada vez más tecnológica y deshumanizada y los que la disfrutan, con crecientes márgenes de satisfacción e individualismo.

El grupo Telefónica tenía en 2012, 272.598 empleados y en 2014 sostenía solo 120.497.  La transacción de Atento la liberó de 137.454 trabajadores en plantilla, que quedaron “externalizados” en su mayor parte. En Telefónica España, se perdieron, solo entre 2012 y 2014, 2.000 empleos (al final de este año tenía 29.840 empleados). Solo los más viejos del lugar tendrán presente que en 1996, Telefónica empleaba a más de 67.000 personas en España, cuando estaba controlada por el Estado. La privatización redujo la plantilla en más de 17.000 empleados entre 1999 y 2000, paso previo para un segundo ERE entre 2003 y 2007 que redujo en casi otros 19.000 esta joya de la corona tecnológica española, que tiene sus engastes muy deteriorados.

No tengo la bola de ver el futuro, pero puedo avistar que el camino del futuro de Telefónica y las grandes empresas de comunicaciones estará lleno de piedras agudas, y que el terreno tecnológico alcanzará más pronto que tarde una dicotomía disruptiva (entre quienes puedan pagarse los cada vez más sofisticados equipos y las empresas capaces de estar en la punta de lanza de los avances, y los que no puedan ni adquirirlos ni sostenerlos, y las empresas que no puedan competir para producir más barato y con  mayor calidad). Hay una burbuja generándose en el ambiente, y el tamaño sí que importa…pero por el daño que pueden producir los cascotes.

Encontrar una vía para avanzar por ese sendero, no se paga incentivando a altos ejecutivos. No tiene precio, en realidad, y resolver la dimensión para su desarrollo eficaz solo se logra involucrando a toda la sociedad que la sustenta: desde la investigación hasta el consumo; desde los operarios menos cualificados hasta los especialistas más sabios en reducir costes para dar un mejor servicio con una tecnología crecientemente sofisticada que, en este momento, no tiene límites conocidos y no se está generando precisamente en las grandes compañías, sino en pequeños think tanks dispersos por el mundo.

César Alierta tendría que haber expresado, en su discurso, su previsión de por dónde cree que van a ir los tiros. Que no provendrán, seguro, de ese par de decenas de alborotadores que me ensordecieron un viernes de junio de 2015.

El futuro del Presidente de Telefónica

El 12 de junio de 2015, Telefónica celebró la Junta General Ordinaria de accionistas, preceptiva para la aprobación de las cuentas del Ejercicio de 2014. Lo hizo, como en otras ocasiones, en el Pabellón de Cristal -en algunos sitios, designado también como “Palacio de Cristal”, por confusión con el apelativo que corresponde al edificio singular ubicado en el Retiro- de la cada vez más deteriorada Casa de Campo de Madrid.

No suelo ir a las Juntas de esta compañía (aunque tengo Matildes desde el año de la pera), pero quería disponer de más información que la que dan los periódicos económicos, que, como es sabido, suele recoger la Nota de prensa que les proporcionan los servicios publicitarios de las empresas.

También tenía cierta curiosidad por ver a César Alierta ejerciendo en directo de mandamás de la compañía, en el que sería, según los más entendidos acerca de cómo se mueven, enrocan y retiran las fichas del gran poder, su último año como Presidente de Telefónica. José María Alvarez Pallete, actual consejero-delegado, tomaría el relevo.

Podía citar como cuestiones accesorias para justificar mi presencia en ese acto, que la hora de la convocatoria me era propicia (¿qué se puede hacer a la una de la tarde un viernes?), e, incluso, que prometían regalar un extensor para selfies como premio de asistencia, de esos que se compran en los chinos de todo a un euro. Sea como fuere, con quince minutos de antelación salía un servidor de la estación Lago del metro de Madrid -, para, siguiendo los confusos letreros indicativos, avanzar por la Avda.de Portugal hasta lo que suponía la gran fiesta de la Telefónica.

Gran decepción. Me esperaban dos horas bastante desagradables. Para empezar, el acceso al lugar de la Junta estaba fuertemente controlado. Había varias furgonetas policiales y más miembros de una empresa de seguridad privada transmitiéndose instrucciones por los pinganillos que si estuviera anunciada la actuación de Beyoncé.  Habían habilitado una  sola entrada, por la parte inferior del edificio, lo que obligaba a hacer un largo recorrido a los mortales de a pie.

¿Qué más?. Tuve que enseñar dos veces el DNI, pasar bajo arcos para detección de objetos metálicos y soportar la incómoda sensación de ser observado por decenas de ojos escrutadores. Nada que ver con la simpática recepción con las que nos obsequiaron a los asistentes al Fujitsu World Meeting hacía unos días, con japonesas en kimono haciendo reverencias…si hasta Angeles Delgado, la Presidente para España de Fujitsu me pareció que se había disfrazado de oriental para la ocasión.

Cuando solicité la Memoria de la empresa, un portavoz de un grupo de desocupados que se parapetaba detrás detrás de un mostrador con periódicos económicos de esos que ya nadie compra, me espetó que no disponía de tal información, como si le hubiera preguntado por el momento propicio para observar la lumictancia en el día. Ese mismo individuo, dos horas más tarde, habiendo decidido ya ausentarme del lugar, y ante mi exigencia de que me entregara un ejemplar, puesto que había visto algunos en manos de cuatro o cinco asistentes, sacó de un armarito que tenía a la espalda, al cabo de un rato, una Memoria, justificándose con un “Tenemos pocos ejemplares”.

Nadie sabía nada del aparato para selfies, ni siquiera el fulano que parecía dormitar bajo un letrero que decía, prometedora y falsamente: “Atención al accionista”.

Tan pronto empezó la Junta apareció claro la intención de este despliegue de medidas de seguridad e ineficiencia desenfocada. Los organizadores deseaban que el acto terminase cuanto antes: no hubo discurso del Presidente (que, para quien tuviese el interés por saber de él, debía solicitarse expresamente en los mostradores); y el secretario del Consejo cumplía los trámites legales a la máxima velocidad que le permitía su capacidad de dicción, atropellándose a veces.

¿Había habido amenaza de bomba, quizá? ¿Se trataba de abortar una protesta tumultuaria y agresiva de proveedores, accionistas o empleados descontentos?. No, no era eso. Ante más de mil accionistas y compromisarios, lo que se desveló era que un grupito de no más de veinte personas, con camisetas verdes, pancartas hechas a mano, silbatos y cornetines de juguete, se habían introducido en la sala, dispuestos a boicotear las intervenciones oficiales, y, en el turno de accionistas, preparados para exponer sus reivindicaciones laborales.

Por eso, desde que César Alierta abrió la sesión, sus palabras y las del secretario del Consejo, incluso las del Notario habilitado, -y aunque se elevó el nivel de megafonía al máximo admisible (demasiado para mis tímpanos)-, quedaron apagadas  por el acompañamiento estruendoso de ese grupo de alborotadores. “Alierta, cabrón, trabaja de peón”, era alguno de sus delicados eslóganes. Más tarde, cuando intervinieron como accionistas (o sus representantes), expresaron reivindicaciones, según aclararon, como trabajadores de las contratas de servicios externalizados -sobre todo, de Movistar-, miembros de un sindicato minoritario del grupo Telefónica (despreciaron la representación de UGT y CCOO, a los que designaron como “vendidos”), y en nombre de quienes denominaron “falsos autónomos”, exigiendo para todos un “sueldo digno”  y “la readmisión de los despedidos”.

Me sorprendió que el presidente de Telefónica no supiera cómo atajar la protesta. Al contrario, la azuzó, con intervenciones improvisadas -introducidas entre las frases del texto que leía en cumplimiento de los trámites reglamentarios- afeando la conducta de los que protestaban, a los que tildó de antidemócratas y de irrespetuosos, e incluso los retó a manifestarse así “en la cafetería”.

Tenía razón al estar disgustado, desde luego, porque le chafaron la exhibición de su gestión. Pero alguien que cobra casi seis millones de euros al año y cuenta con un equipo de asesores excepcionalmente bien pagado, podría saber que tenía en sus manos la forma de reconducir la protesta, y conseguir el aplauso del millar largo de accionistas -en su mayoría, jubilados sin ganas de aguantar jaleos, y atentos a que les dieran el selfie y los canapés al final del acto-, con unas palabras elegantes. Por ejemplo:

“Ruego a los señores accionistas que están silbando y gritando mis intervenciones y las del Sr. Secretario, que respeten el deseo de la mayoría de accionistas y, desde luego, de este Consejo, de que la Junta se realice con la mayor cordialidad y de acuerdo con las prescripciones legales. Y, desde luego, en el turno de intervenciones previsto, dispondrán de los diez minutos reglamentarios para exponer sus razones de discrepancia. Y si necesitan más tiempo, saben que estoy a su disposición para dedicarles el que haga falta, escuchar sus opiniones y atenderlas, en lo posible y en cuanto sean justas, en mi despacho en la empresa, siempre abierto”

(continuará)

Homenajes

Las épocas de incertidumbre  son pródigas en homenajes. Aunque podría pensarse que estos actos están destinados a manifestar el aprecio de los asistentes a una persona viva, lo habitual es que se trate de convocatorias póstumas.

En realidad, un homenaje es una ceremonia de necrofagia. No necesariamente la persona -o grupo- que es centro de atención debe estar físicamente muerto. Lo sustancial es que haya suficiente seguridad de que se le está despidiendo para siempre, y que puedan ser enterrados, lo más hondo bajo la tierra del olvido, las relaciones, los trabajos, los propósitos, y, por supuesto, el poder de los que disfrutó el homenajeado con anterioridad.

Mucha gente cree que el homenaje es un reconocimiento a una valía. No lo veo así. Quienes convocan los homenajes piensan, fundamentalmente, en el beneficio que pueden extraer para sí mismos.

Hay muchos ejemplos similares en los que el valor no guarda relación con el precio, ni el precio con lo razonable. Pensemos en el salmón que se vende como “campanu” al abrirse la veda de este cebo para pescadores; el pobre bicho es el homenajeado.

Un homenaje ha de servir de garantía de que la persona que recibe la bandejita de plata, la medalla de servicios, los epitafios labrados, los abrazos y palmadas, se retire al agujero de la indiferencia colectiva para siempre. El sello que cierra tal alianza serán las lágrimas del vivo cuando reconozca que tanta parafernalia es inmerecida, o las de su pareja viuda al afirmar que al difunto le hubiera gustado (cómo no) estar presente.

En Mi Diccionario desvergonzado (2013), atribuyo al término “homenaje” dos acepciones, una prueba más de la versatilidad de nuestra lengua: “1. Ruptura ocasional del régimen de adelgazamiento. 2. Reunión de personas para comer o cenar, para celebrar que no volverán a ver a la persona que tendrá que decir al final unas palabras de agradecimiento por una tarjeta con comentarios estúpidos de casi todos ellos.”

“Darse un homenaje” es una expresión, relativamente moderna, por la que se refleja que una sola persona es, a la vez, convocante y destinatario de la circunstancia por la que se hace pasar por los sentidos (generalmente, el gusto o el oído) la consecuencia del gasto excepcional.

Esos selfies, se producen con la intención de elevar el propio ánimo contrito, y no para celebrar algo. Su propósito es, a un tiempo, servir de placebo para conculcar un mal trago de fortuna y atender a una función exculpatoria. Cuando nos expresamos de ese modo ante un amigo o familiar que es testigo del despilfarro o despropósito, lo que deseamos es que se convierta en cómplice y nos ayude a eliminar vestigios de remordimiento.

En el polo opuesto, se encuentra la opción de dar a otro un homenaje. Ahí sí que no cabe remordimiento. Los rostros traducen la exultación de cuantos asisten a la ceremonia pública, verdaderos beneficiarios del mismo.

Cuantos más acudan a la convocatoria, mejor; mayor será el éxito. No importa que falte el salmón, …digo: el homenajeado presunto, aunque será de agradecer que esté presente de cuerpo o espíritu, particularmente en aquellos casos en que su función sea la de convertirse en buco emisario de la ignorancia y el desprecio colectivos anteriores con el mismo.

Ninguno de los presentes pretendería estar realizando un despilfarro, sino que habrá medido muy bien el alcance y resultado del dispendio: si se ha de pagar el cubierto del ágape, lo compensará en especie, con más libaciones de la cuenta.

Pero no es lo económico lo que más importa. Un homenaje bien urdido tiene que servir para profundizar las relaciones entre los asistentes, hacer negocios, decidir quién o quienes ocuparán el sitio que deja libre el desgraciado al que se le dedicarán encendidos elogios, de los que nadie se ocupará de medir la desmesura.

Luego del homenaje, ya dice el refrán, el vivo, al bollo, y mientras se apagan las luces del espectáculo mundano, queda el muerto -enfundado en traje de fiesta o en caja de madera-, encajado en su hoyo.

Phoenix de Petzold

La capacidad del cine para desarrollar nuestra innata afición al voyerismo está reconocida. Somos curiosos, y nos gusta observar a los demás sin ser descubiertos. ¡Difícil sustraerse a atisbar por el rabillo del ojo lo que está leyendo el desconocido que está a nuestro lado en la consulta del médico, en el metro! ¿Qué decir de la atracción de un cuerpo desnudo, mojigatos aprisionados por un pudor que nos impone con recato falsario la cubrición del nuestro?

Tiene, tiene que ver ésto que escribo con el cine. Al menos, para mí. Una película ha de pretender presentar en menos de dos horas una historia con suficiente intensidad para conmovernos, enseñar o distraer, y, para ello, tiene que apelar a la curiosidad de cada espectador. No a todos nos gusta lo mismo, ni con la misma intensidad, pero lo que ninguno de nosotros dejará de tomar en consideración es la presentación de algo que ha sido concebido para seducir nuestra atención, si la selección de materiales está hecha por un maestro.

En el cine, pocos directores lo consiguen. No debe ser cosa solamente de haberlo estudiado, porque circulan por ahí bodrios notables y hay genios que no han pasado por las aulas. Supongo que es cuestión de presentar los hechos de forma sincopada, orquestal, combinando lo sustancial y lo superfluo, y tratar una red para que el subconsciente también perciba algunos mensajes.

Tampoco hay muchos actores y actrices que nos conduzcan con seguridad por el juego sublime de incorporar realidad a la ficción, dotando a sus papeles de tal convicción, que nos permita olvidar que lo que estamos viendo fue creado o recreado para ser recogido por las cámaras.

Y no quiero olvidarme, en este repaso nada erudito por los recovecos del lenguaje cinematográfico, de todos aquellos profesionales que contribuyen a la credibilidad de las imágenes, generando paisajes, vestimentas, escenarios, y seleccionado enfoques, luces, sonidos, engañándonos, haciéndonos vivir como cosa propia lo que no pertenece a nuestra existencia más que por culpa del celuloide.

Christian Petzold es un maestro en dotar con mensajes sutiles a historias que, si se hubieran seleccionado con criterios menos poderosos y poéticos, no tendrían más poder de conmovernos que las noticias del telediario.

¿Cuántas veces lo hemos visto antes?. Es cierto que cuenta, en Phoenix (como también en Barbara), con una pareja de actores excepcionales: Nina Hoss y Ronald Zehrfeld -en este caso, para mi gusto, especialmente inspirado el segundo, aunque Nina Hoss siempre brillará a niveles de inmensa actriz-.

Pero la historia se transforma por la manera en que nos la cuenta. Phoenix (sí, la referencia al ave que resurge de las cenizas, apunta ya desde el título de la película en una dirección específica, que el desarrollo de las escenas acabará matizando, y de qué manera), es una película muy buena. No vale solo lo que cuenta, y cómo lo hace, sino que también -y aquí brilla el genio cinematográfico de Christian Petzold como contador de historias- por lo que estimula y sugiere al espectador.

Phoenix es una historia de amor, en la que se confrontan el amor por la persona y la ambición por el dinero. Los protagonistas tienden sus deseos personales en el reducido escenario de un Berlín de postguerra, que se nos presenta esquemáticamente. Hay más: una sociedad que quiere sepultar las heridas de un pasado reciente, ocultar sus miserias, mentirse.

Lo que parece abocado a desembocar en tragedia -el contexto es, en efecto, trágico-, se resuelve en lo que está al alcance de la víctima-creador como venganza perfecta, en la que el engañado toma el control de la situación, para recrearla como le apetece. Y, como en un juego de artificios, asistimos encantados a un final en el que somos cómplices de la inteligencia desplegada, vencedores de los villanos que solo se ocupaban de sus mezquinos intereses.

Echo de menos películas sobre la postguerra española que nos presenten comportamientos relacionados con las verdades humanas, en las que no haya solo buenos y malos, sino seres que están sobreviviendo a sus pasados, con su carga a cuestas, renaciendo de unas cenizas en las que no se reconocen. Pero para contar eso bien, es imprescindible que tengamos directores con la sensibilidad de Petzold y actores conscientes de que la interpretación de lo que está siendo contado debe dejar mucho espacio abierto al espectador inteligente.

Pónganse a los mandos en lugar de dar guantazos

Allá en la Prehistoria de nuestra democracia, cuando bastantes inquietos olfatos juveniles percibían con mayor claridad que las narices adormecidas de sus mayores que el régimen franquista olía a podredumbre y que los brotes verdes que personificaban los tecnócratas opusinos no eran más que una parte insuficiente para el imprescindible recambio, las manifestaciones de estudiantes universitarios eran el pan de cada día.

Aquellas asambleas y agrupaciones callejeras pidiendo libertades, solían terminar con carreras alocadas de jóvenes perseguidos por las fuerzas del orden, -llamadas grises por el color de sus ternos y avíos-, en las que menudeaban los mamporros, que era y es la manera de expresar el poder de la sinrazón a los que piden cambios, utilizando como correa de transmisión a asalariados “que cumplen con su deber” provistos de anteojeras.

Manuel Represa del Prado, profesor a la sazón de entonces, de Productividad y Organización de Empresa en la Escuela de Ingenieros de Minas de Oviedo, (cuyo director era Francisco Pintado Fe, ejemplo de elegancia personal, notable investigador y apreciable docente), nos decía a sus alumnos de último curso, pretendiendo disuadirnos de participar en aquellas algaradas: “Tenéis que daros cuenta que los guardias civiles os protegen a vosotros contra esos revolucionarios, porque vais a ser pronto la élite de este país.”

No traigo la frase aquí con la menor intención de ridiculizarla, sino al contrario. Manuel Represa fue uno de los mejores profesores que tuve (y uno de los que me distinguieron con su aprecio). Puntualizo: en lo suyo, que era algo así como “docimasia de la sociología práctica”.

La observación de este ingeniero de minas, tempranamente fallecido, recoge muy bien un contrasentido vital que me ha inspirado en buena parte de lo que he hecho profesionalmente. Porque, consciente de que soy, por formación y por oportunidades aprovechadas en la vida, parte de la élite de este país, he procurado estar del lado de los que querían cambiar las cosas.

Es una posición peligrosa, y, en la que, afortunadamente, no siempre estuve solo, aunque sufrí muchos reveses, de arriba y de abajo. Porque es una situación de riesgo, y lo normal es que no sea comprendida, ni por los que están dirigiendo los resortes claves de la sociedad (que te consideran como un traidor  o un despechado), ni tampoco, por quienes pretenden cambiarla de golpe (que te ven con recelo de falso desclasado o como un palo en la carreta que conducen los iluminados).

Si hay una clave de éxito para cambiar las cosas que estén mal, es tratando de forzar la evolución, desde el pragmatismo y aprovechando las menores oportunidades de mejorarlas, y resistiéndose, con argumentos y  experimentos localizados (tipo pruebas de laboratorio o explosiones controladas) a la fogosidad de quienes pretenden liderar una revolución que, sin duda, conduciría a la destrucción de lo conseguido y a la insatisfacción más general.

Hoy, 9 de junio de 2015, en la ceremonia de autoexaltación de Fujitsu (Feria de Madrid), que celebra con una Exhibición tecnológica admirable su poder de investigación y desarrollo, tuve ocasión de oir a un colega prestigioso, Javier Vega de Seoane (del grupo de Asturias Patria Querida al que pertenecen también otros dos coetáneos de raza asturiana, Javier Targhetta y Matías Rodríguez Inciarte) y analizar la habilidad con la que se maneja entre la coyuntura.

Vega de Seoane alabó la labor del gobierno del PP de Soraya Saez de Santamaría (vicepresidenta con estrella ascendente), a la que presentó, como Presidente del Consejo Asesor de Fujitsu.  Un día antes, en la Fundación Rafael del Pino, junto a María del Pino, intervino junto a Josep Piqué para glosar el Informe sobre el Balance de coyuntura al 2015 que auspicia el Círculo de empresarios.

En sus dos intervenciones, ante públicos diferentes, no pude por menos de recordar  también lo que Javier respondió hace un par de días a un periodista de El Comercio (el mejor periódico de Asturias), cuando le preguntó si temía por la irrupción de partidos como Podemos en la gestión política. Copio literalmente:

“Nos preocupa la demagogia, la frivolidad y la falta de experiencia y de oficio, pero buena parte de esto se arreglará con el tiempo. Lo que decía el PSOE en el año 1976 también nos preocupaba, pero cuando se pusieron al mando y tuvieron el volante entre las manos se volvieron mucho más realistas. Esta gente de Podemos es nueva, no tiene experiencia, no conoce la realidad, pero lo que están haciendo es de personas inteligentes y capaces y, por tanto, yo creo que irán aprendiendo, se irán moderando e irán valorando lo importante. Estos chicos son jóvenes y no valoran lo que hemos conseguido porque han nacido ya en una situación de democracia y de bienestar, pero van a evolucionar y, lógicamente, lo harán en positivo. Europa también va a ser un estabilizador fundamental para que las cosas se hagan de forma racional.”

No me consta que Vega de Seoane haya sido alumno de Represa (tampoco Targhetta y Rodríguez Inciarte lo fueron), pero me pongo en pie para aplaudir su capacidad para situarse simbólicamente entre la élite -a la que, sin duda, pertenece- y los que aguantan los guantazos de la fortuna, y, en lugar de ridiculizarlos con argumentos de pie de banco, lanzarles guiños desde la inteligencia comprensiva.