Guardianes antisistema de la legalidad constitucional

La mayor virtud de la democracia sirve de asiento a una gran debilidad: la tolerancia con los que se empeñan en destruirla, que crece entre sus resquicios, como un muérdago o una hiedra molestas, y que, si no se está  continuamente vigilando, la deteriora y hasta envilece, haciéndola parecer fantoche sin futuro.

Vaya por delante una obviedad, algo axiomático: Los sistemas democráticos construyen un armazón basado en el estado de derecho, en la legitimidad de las instituciones, en el respecto a la ley y a los pactos.

Sin embargo, esa concepción formal, con resonancias idílicas, puede manifestarse en la práctica, entremezclado con vulnerabilidades severas. Un grupo importante de debilidades se configura en torno a  las dificultades para detectar y, desde luego, para sancionar, a todos los ilegales, a quienes no cumplen con las normas que la sociedad se ha impuesto para garantizar una convivencia sin tensiones.

Esta fisura del estado de derecho, resultado de la limitación de medios, aunque también de voluntades, favorece, obviamente, la aparición de quienes se dedican a aprovecharse, en su propio beneficio y en el de sus secuaces, de la generación de plusvalías económicas y sociales de toda la colectividad.

Incluso, los individuos más aviesos, procurarán auparse a los puestos de control y de mayor relevancia de las administraciones públicas y de los centros de decisión importantes, para, desde ellos, obtener ventajas sustanciales, enmascarando sus actuaciones en una apariencia de legitimidad, tapando sus mentiras con mensajes de intachable deontología, poniendo, en fin, sus huevos en una cesta (la propia) y cantando en otras ramas, para distraer.

La sociedad española parece haber descontado -utilizando terminología bursátil- el efecto del conocimiento público repentino sobre múltiples casos de corrupción -identificada típicamente como haber sustraído dinero de las arcas públicas para fines particulares, desviando porcentajes menores, poco significativos en relación con el montante total, y, por lo tanto, difíciles de detectar si se considera el perjuicio a la obra o servicio de referencia-.

Quizá lo había ya descontado desde un principio, en la consciencia no confesada de que la corrupción es consustancial a la inmensa mayoría de los comportamientos humanos, y alcanza diferentes niveles solo en relación con el poder de actuación de quien está contaminado por esa ambición de retirar para sí elementos que tienen por dueño la colectividad, que es guardiana débil.

En este momento, el consenso mayoritario de quienes se mueven en el ámbito de los intereses por administrar la res publica, se ha ubicado en un “hacer borrón y cuenta nueva” de ese pasado inmediato y dejar que “la Justicia siga su curso”,  río de aguas lentas que conduce, con frecuencia, al archivo por prescripción o a la sanción ejemplar a los menos poderosos (más débiles) de entre los implicados, dejando libre el resto más robusto.

Pero no es esta cuestión la que me apetece tratar, justamente en este momento, en que están a punto de celebrarse las elecciones autonómicas en la región catalana, y cuando una coalición defiende, con posibilidades de obtener la mayoría en el Parlamento autonómico, la opción independentista.

Lo preocupante de este estado de derecho es que, capitaneados por el presidente de una Autonomía, responsable, por tanto, de garantizar el cumplimiento de la legalidad, como parte de una de las instituciones fundamentales del Estado, incumpliendo flagrantemente sus obligaciones y su compromiso de lealtad, se esté apoyando la ruptura frontal con la Constitución vigente, que es nuestra Ley fundamental, “nuestra Norma Suprema” consensuada como garante de la convivencia, como se nos ha repetido cien veces a los que estudiamos derecho y a los que creemos en él.

Me parece que esta violación de confianza en la democracia, representa un ejemplo sublime -por su carácter máximo- de la debilidad del sistema con los insumisos, tanto más inaceptable, cuanto más alto es el incumplidor de la Ley. Porque estoy dispuesto a ser más tolerante con aquellos, que estando bajos en la escala social, actúan al margen de la misma, desconociéndola, ya sea por ignorancia, necesidad, e incluso, su desprecio.

Si Vd., lector, autónomo, pequeño empresario, pensionista o trabajador por cuenta ajena, deja de pagar sus impuestos una sola vez, seguro que no tiene la menor duda de que su pecado será detectado y sancionado, aplicando sobre su cabeza el imperio eficientísimo de la Ley para seguir su rastro. Hasta en las menores cosas, percibirá la atención sobre sí: si su vehículo aparcado en zona azul supera la estancia por la que ha pagado el tique correspondiente, un eficaz e inflexible operario le habrá colocado en el parabrisas un volante con la multa…

Si hace bien las cuentas de lo que ha pagado y obtenido del Estado, es altamente probable que le apetezca declararse insumiso o independiente, al tomar consciencia de que es bastante más lo que ha aportado que lo que recibió y recibirá. No lo hará, por supuesto, porque es consciente de que es Vd. un afortunado, y su solidaridad con los más humildes y necesitados no le permite cuestionar el sistema, aunque pueda entender que le trata injustamente.

Estamos viviendo en estos momentos la situación, insólita pero ya real, de que un Presidente del gobierno de la Generalitat de Catalunya, con un grupo de insumisos, y empleando argumentos manifiestamente ilegales, promueve la manifestación de una secesión a los ciudadanos de su autonomía. Lo de menos es la falta de veracidad de sus argumentos -que, desde luego, no comparto en absoluto: “España nos roba”, “Desde la independencia, los catalanes viviremos mejor” “Como no se nos puede privar de la identidad española, seguiremos siendo miembros de la Unión Europea, pero como catalanes”, etc.-

Lo de más, es que esa posición rebelión, está tipificada en el Código Penal (art. 472 del C.P., apartado 5º cuando se realiza con la intención consciente de “declarar la independencia de una parte del territorio nacional”), supone una vulneración de la lealtad constitucional y, desde luego, implica una descomunal falta deontológica.

Y, allá en el fondo de los argumentos separatistas, de esas gentes de orígenes tan variados -andaluces, marroquíes, catalanes, leoneses, gallegos, etc.,- que se esfuerzan en poner de manifiesto sus coincidencias catalanistas, no importa si son dos millones o dos docenas, lo que veo es un ejercicio de insolidaridad, una manifestación pura y simple de egoísmo. No tengo información suficiente para hacer el cálculo correcto de si será o no beneficioso para los que vivan y trabajen en Cataluña actuar como estado independiente, y admito que pueda ser más ventajoso. Pero esa pretensión de sus conductores de romper, conscientemente, las reglas pactadas, no puede ser irresponsable y exige la aplicación de la legalidad.

Gane o pierda en las elecciones por el Parlamento catalán el 27 de septiembre de 2015 la opción de Junts pel sí, y tengan o no mayoría de votos o de escaños. ¿Van a quedar sin sanción por más tiempo los guardianes antisistema de la legalidad, a cuya protección y defensa están obligados, adicionalmente, por promesa o juramento personal?

Se ha dejado crecer por demasiado tiempo el árbol torcido, aunque sigue siendo cierto que el terreno en el que está asentado no le está destinado y, por tanto, en vez de cambiar el resto del bosquete para acomodarlo a sus apetencias exageradas de sol y sustancia, no hay más remedio, leñadores, que cortarlo.

La vulnerabilidad de Europa

El recoleto Paraninfo del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) tenía algo más de media entrada, circunstancia que no se correspondía, en absoluto, ni con la calidad de los conferenciantes previstos, ni con el tema de debate: “Presente y futuro de la Política Común de Seguridad y Defensa”. El acto tuvo lugar en Madrid, el 22 de septiembre de 2015.

La intervención estrella fue, sin duda, la de Javier Solana, que, en un tono distendido, pero con plena solidez argumental, desgranó su visión respecto al asunto que nos traía allí.

Para el ex-Representante de la UE para la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) existen tres líneas de “potencial fractura o división” en el panorama geopolítico: a) la frontera norte-sur, de naturaleza económica -con la que creí entender se refería, tanto a la divergencia de planteamientos entre la Europa rica y el arco mediterráneo, pero, también, a la presión desde los países del norte de África por acercarse a la idea de bienestar europeo; b) la nueva frontera este-oeste, de importancia sustancial para los países del llamado grupo Visegard (la vieja unión V4, que tiene sus hondas raíces ni más ni menos que en 1335, entre Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia), siempre pendientes de la problemática rusa; c) la relación con Estados Unidos, que ha pasado a ser menos fluida.

Javier Solana expuso, en relación con la problemática migratoria y el tratamiento que están dando a los grupos de exiliados forzosos en algunos países, puesto de actualidad dramática por la cuestión siria, que no se debe olvidar que Polonia y Hungría carecen de experiencia en la asimilación de emigrantes. Ve déficits, también, respecto a la asimilación de lo que significan los acuerdos Schengen, que calificó de esenciales para la reconstrucción europea. “Hungría no cumple los criterios de Copenhague, y, si se estuviera decidiendo hoy su entrada en la UE, no sería aceptada” -matizó.

“Quienes nos llegan como refugiados tienen su origen en un conflicto armado en su país, y la UE no ha hecho nada para evitarlo. El problema es diferente al que España tuvo con quienes llegaban en pateras, porque había contactos previos con Marruecos y otros Estados, y se podía pactar con ellos. En la situación siria, no existe Estado con el que pactar”. Por ello, concluía -en una expresión que volvería a utilizar en la conferencia- “El tema de los refugiados está aquí para quedarse”.

Para solucionar el conflicto (“esta guerra hay que pararla”), hay que tratar con Rusia, que “nos ha ganado la partida a los europeos”. El formato que propone es el mismo que se siguió con Irán, que implica un acuerdo con contraprestaciones; en este caso, analizar con Rusia el tratamiento a la frontera este. Ve como positivo para avanzar en esta dirección, la referencia al acuerdo de alto al fuego en Minsk (febrero de 2015), que se está cumpliendo., razona

Respecto al futuro de Al-Ashad, el razonamiento de Solana, tal como quedó expuesto, tiene varios elementos: ante todo, es imprescindible evitar un vacío de poder total en Siria: la experiencia de Irak ha de servir para evitar esta situación, por lo que habría que contar con algunas de las fuerzas alauitas que estuvieron en el bando de Al-Ashad y, si se llega a un acuerdo, ofrecer la garantía de algún tipo de presencia militar sobre el terreno.

La urgencia de empezar a trabajar (políticamente) por la seguridad de Europa fue puesta de manifiesto en varias ocasiones por el conferenciante (“el momento es ahora”), si bien no se mostró partidario de modificar los Tratados vigentes: “El artículo 44 regula que el Consejo puede llamar a una coalición de Estados miembros, y se debe tomar en consideración el concepto de “cooperación estructurada” -quien puede, tiene que querer- en distinción al de “cooperación reforzada”. En definitiva, apoyó que, al igual que se han trazado objetivos para una unión monetaria, energética, agraria, etc., se debe ir hacia una “unión de defensa”, lo que exigirá cambios en el comportamiento, revisión de capacidades, y mejora de gestión de éstas.

Javier Solana recordó que los 28 países sostienen ejércitos individuales que, en conjunto, cuestan a sus erarios unos 200.000 millones de euros, con un beneficio real difícil de evaluar: es imprescindible “gastar mejor”, y la solución está en gastar mejor ese presupuesto. “La Alianza Atlántica solicita aumentar el gasto en defensa en un 2%, incremento al que no se va a llegar…pero se alcanzaría mayor rentabilidad con un menor incremento, si se actuara unidos”.

Las dificultades de llegar a un acuerdo en el corto plazo, también fueron puestas de manifiesto por Solana, que recordó que en 2015 habrá elecciones generales en Portugal, Dinamarca y España; en 2016, tendrá lugar el “capital referéndum” británica, y elecciones en Francia, Alemania, Países Bajos, Irlanda y Eslovaquia.

Tal vez para tratar de abrir el coloquio con un mensaje positivo, el comerciante recordó “la carta de los cinco Presidentes de la Unión”, (1) divulgada el 22 de junio de 2015, en la que presentaron un plan para profundizar en la Unión Económica y Monetaria (UEM), que debería completarse en 2025.

Abierto el coloquio, Javier Solana respondió con agilidad a preguntas sobre Libia (“Libia tiene petróleo, y si hubiera estado, podría sobrevivir con sus recursos; en Tobruk existe un gobierno alternativo dominado por Egipto”), Turquía (“en noviembre habrá elecciones, y se abre una indeterminación sobre la posición del gobierno, ya que existe solapada intención de reducir el número de refugiados, y se pretenderá rentabilizar que desde la base fronteriza con Siria se pueda bombardear al Daesh”), China (“empieza a tener interés por la estabilidad fuera de su geografía. Para solucionar la problemática de toda la zona, habría que sentar a la mesa, además de a Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea, a China, Irán, Arabia Saudí y Turquía”)

La Jornada proseguiría con intervenciones igualmente interesantes. La mesa redonda, dirigida por el ex-Ministro de Defensa. Julián García Vargas, aportó nuevos elementos para entender aspectos del tema, que he recogido, con mi voluntad de aprendiz permanente, en mi cuaderno. Pero no voy a transcribirlas aquí y ahora, pues me reclaman otros temas.

La vida sigue, los elementos que captan mi atención son siempre demasiado ambiciosos para mis capacidades y el tiempo de que dispongo. Que me disculpen los demás conferenciantes. Y el lector amigo que hubiera tenido curiosidad por conocer más detalles.

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(1) El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker; el presidente de la Cumbre del Euro, Donald Tusk; el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem; el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, y el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz.

Fondos de armario

Todavía se escucha de vez en cuando la categórica frase de “todo está inventado”, que es una fórmula todo terreno que igual sirve para sacudirse de encima a un petulante que presume de una autoría que no le corresponde, que para acogerse a la falsa modestia, cuando se ha tenido suerte en algún emprendimiento.

Como es imposible saber exactamente lo que nos queda por descubrir para desentrañar lo que calificamos como “misterios del Universo”, en lugar de pretender que ya estamos al cabo de la calle, es decir, que estamos a punto de entrar -como colectivo pensante- en el sacrosanto reducto que nos desvelará lo fundamental, lo más prudente sería admitir que nos queda mucho por avanzar. Que lo que sabemos o creemos saber es apenas un ápice de lo que nos queda por descubrir y que, por supuesto, lo descubrirán otros.

Para quienes estamos sumidos en la consciencia de una ignorancia que podríamos calificar de supina, sino fuera porque tampoco es cosa de fustigarse las meninges en plan masoquista de élite, cuando escuchamos que algún sabio de primer nivel se cree a punto de descubrir lo que sucedió en los primeros nanosegundos de la existencia del cosmos, no podemos menos de abrir tamaños ojos, reconociendo la distancia que nos separa de los privilegiados del conocer “lo más”, cuando estamos aprendiendo a poner palotes .

Conscientes de esta limitación del cerebro común, o simplemente, con-vencidos por la certeza de que nuestro tiempo propio se está acabando y que muy poco tenemos resuelto, y aún menos, entendido, de las grandes incógnitas que vienen preocupando tanto a filósofos como a lerdos desde que el ser humano se empezó a dar cuenta de que algo iba mal en nuestra naturaleza inmortal, no nos queda otra que echar mano del fondo de armario de las creencias colectivas, el poso de lo transmitido por padres (madres, sobre todo), educadores con carisma (profesores de latín y griego, tal vez) y de aquellas lecturas de Salgari y Dickens, que nos hicieron soñar con que nos esperaban aventuras y nosotros tendríamos el papel de los buenos.

En ese fondo de armario se encuentran, cubiertas con el polvo de siglos, transferidas como un testigo con marcas de haber sido utilizado en infinitas carreras de fondo,  ideas bastante simples, aunque revestidas de ropajes imaginativos, que pretenden responder con dogmas y ritos ancestrales para convocar espíritus, a lo qué hacemos aquí, por qué razones, y, por si acaso, qué sentido tiene que seamos capaces de elucubrar, planteando tantas preguntas para tan torpes y escasas respuestas.

Solo los más sagaces en descifrar misterios, parecen disfrutar de la sensación emocionante de intuir dónde está el punto de apoyo de la flecha del tiempo en el arco del que se nos lanzó a vivir escatimándonos tanto espacio, con tanta carga y tan escaso nervio.

A medida que nos hacemos mayores y lo que entendemos queda por hacer pierde sentido para nosotros, no queda otra que volver con mayor frecuencia la vista hacia dentro (es decir, hacia atrás) y rebuscar, en el fondo de armario de nuestras vivencias, lo que nos une todavía a nuestros muertos, a las personas que nos han amado, a los que nos cedieron la antorcha de la vida. Para preguntarnos y responder también por ellos, si hay algo de lo qué les fue que mereció la pena.

Con esos harapos tenemos que cubrirnos cuando nos vengan mal dadas y se nos acaben los trajes de oropeles y cuentos. En cualquier caso, sería desolador encontrar vacíos y silencios en nuestro armario, aunque, también, lo más probable.

 

 

Hacia un mundo virtual

Reconozcamos que nos ha tocado vivir en una época apasionante. Misteriosas mutaciones en el cerebro de algunos individuos de nuestra especie han provocado avances espectaculares en la utilización ventajosa de la materia cercana. Y lo que es más interesante, desde el punto de vista de la perversión sociológica: aunque la inmensa mayoría de los restantes miembros de esa heterogénea colectividad no tenemos la menor idea de cómo funcionan los apetecibles mecanismos que se nos ofrecen a cambio de nuestra actividad, nos afanamos por conseguirlos ,porque en su posesión se nos ha hecho creer que reside la felicidad.

Podemos añadir, si fuera necesario, más ingredientes a este cóctel cuya naturaleza explosiva no debiera pasar desapercibida, por débil que sea la combinación neuronal con la que se analice. Las claves para controlar las tecnologías más avanzadas con plena eficacia se concentran, con velocidad exponencial, en menos manos, más distantes y oscuras. Los centros de investigación independientes, realmente cualificados para conectar con las fronteras de la ciencia y obtener resultados positivos para todos con su trabajo, son ridículamente escasos y limitados -en medios, es decir, personal y dineros- en relación con los centros de entidades opacas, y no digamos con las líneas abiertas de posibles campos de análisis…aunque, en el desorden provocado por una meritocracia fantasiosa, cada vez se cuenta con mayor número de titulados y sabios oficiales, que ignoran hasta cómo cambiar una bombilla de la lámpara del comedor.

Pero la cuestión de la tecnología es relativamente menor. La sobrepoblación en ciertas regiones está provocando hambrunas, muertes por inanición, insalubridad o falta de medios, que, como no son corregidas, se traducen en millones de muertos de esa especie que consideramos brillante y destinada a dominar la Tierra, por hipotético mandato de los que nos ven, nos imaginamos, desde fuera de nuestro periplo hacia su sabiduría. Hay desplazamientos masivos -cientos de miles, millones- de quienes no tienen sitio para vivir donde antes lo hacían y buscan un lugar en donde creen que se les dispensará trabajo y, por tanto, cobijo y comida. Ni los que vienen ni los que reciben tienen claro qué va a pasar.

Uno de los representantes de la más cualificada de las divinidades acaba de expresar que nos encontramos en una tercera guerra mundial a trozos. No lo hace en el lenguaje a que nos había acostumbrado el Espíritu Santo: este lenguaje del papa Francisco es muy cercano, y quema las entrañas del alma.

No tengamos duda de que esta confrontación -que no es del hombre contra la naturaleza, ni causada por invasión de creaturas cósmicas, ni de microscópicos entes que se hubieran obstinado en colarse en nuestros organismos para destruirnos- será la última de las que han enfrentado al ser humano contra el ser humano. Hay tantas opciones de discrepancia entre colectivos de nuestra especie, capaces de generar un conflicto, que no merece la pena enumerarlas. En su base, está la incapacidad para entenderse, para cooperar, para compartir, para dejar de lado el egoísmo que empaña, surgiendo como un magma desde el fondo de nuestras mezquinas idiosincrasias, casi todas las actuaciones, tanto de individuos como de colectivos (grandes y pequeños, próximos como alejados, occidentales como orientales, instruidos como lerdos…).

Precisamente por mi apreciación del gran desnivel, y creciente, entre lo que la colectividad sabe y lo que utiliza alegremente, alarmado por el papel preponderante que vamos concediendo a las máquinas que almacenan creciente información y con las que aumentamos nuestra dependencia, aventuro una posibilidad de que todo se nos vaya al garete: un día nos levantaremos, creyendo que todo será como ha venido siendo, y encontraremos que a la máquina de la que dependemos se le ha borrado la información que nos era sustancial, …para saber quienes somos, qué tenemos hacer, qué nos es imprescindible conocer para vivir y ser .

(Tengo mi android entre granos de arroz desde hace días; se me cayó del bolsillo trasero del pantalón al wáter. No funciona. Tenía en él los teléfonos de mis contactos, información de últimos correos, varios documentos imprescindibles…Ruego se disculpe si parezco derrotista. Cada poco, me acerco al recipiente donde yace mi aparatito imprescindible, introduzco la tarjeta sim y recibo, a cambio, junto con un dibujo de una especie de robot y unas palabras en chino, esta frase en inglés: “Sim card not available”. Estoy asustado; no por mi información, que recuperaré por otros medios, sino porque este sea el mensaje que algún día reciban los que tienen el control de lo que nos puede pasar.)

 

Cuerpo

trozos del yo¿Cuántas veces, al contemplar una antigua fotografía de nosotros mismos -aquella misma con la que no nos sentimos conformes, porque nos creíamos más atractivos, más hermosas- hemos reconocido “Pues no estaba tan mal”? El tiempo nos mejora el pasado, sin duda.

A medida que nuestro cuerpo se debilita, enferma y languidece -nos abandona, “va pidiendo nicho”, como expresaba, con ironía gallega, un viejo amigo, nos sentimos más apegados a esa imagen que ya no somos, y que entendemos nos refleja mejor que el rostro y el cuerpo del anciano en el que, por el mero hecho de sobrevivir, nos estamos convirtiendo.

El “autoretrato” que dibujé, en fecha recogida de forma tan exacta -cinco de enero de mil novecientos noventa y ocho-, “Trozos del yo, cayendo de un autoretrato de memoria”, me recuerda esa previsión del paso fatal del tiempo que vendrá, deteriorándonos y enajenándonos de la imagen preferida del yo (supongo que en el que piensan los que creen que resucitaremos algún día del más allá, con los mismos cuerpos y almas que tuvimos) .

Y, de manera que podría explicar, si me alcanzaran las ganas en esta mañana de domingo de septiembre en la que me dispongo a dar un paseo por Madrid -día de puertas abiertas del Ayuntamiento-, conecta mi hoy con un poema dedicado al cuerpo, ubicado en la colección de “Primeras precisiones de las formas”.

Se trata de una serie de poemas escritos cuando yo tenía diecinueve años, y que, sometidos al juicio del “poeta mayor” Carlos Bousoño, al que unos jovencísimos vates osamos pedir que nos prologara nuestro libro, merecieron un juicio implacable: “Si tú, Arias, tuvieras un grupo de poemas como los mejores de tu libro, te diría: Publica ya” (es decir, no publiques todavía, como cuento en el Prólogo de Absueltos de todo don).

Primera Precisión de nuestra Forma

Más mansión cuanto más permanece con uno,
obediente al deseo de su solo habitante,
esta forma es el perro más fiel pretendido,
nos envuelve, nos limita, nos cierra
y se ajusta a nosotros como un traje perfecto.

Nuestro cuerpo. La forma que nos hace visibles;
la forma palpable que identifica el afecto.

Qué himno escribir adecuado a esta forma,
cuerpo en el que todos creemos, lecho nuestro,
que no quiere dejarnos partir y al fin claudica,
labios tan unidos a nosotros, inconcebibles sin las manos,
cabeza irreductible, olfato ya resuelto,
mentón del rostro con que nos reconocen.

Y tronco, y piernas nuestras, sexo firme,
inseparable abdomen, nalgas mías, forma entera
a la que hemos puesto nuestro propio nombre.

Cuando esta forma nos falte, qué será de nosotros.

(@angelmanuelarias, “Absueltos de todo don”, 1989, KRK)

Hildegardas

Malvís en un tejo

Hoy conmemoran las iglesias católica y anglicana a Santa Hildegarda von Bingen, una monja benedictina alemana que vivió en el siglo XII y que evidenció una capacidad intelectual excepcional. Su santidad no fue reconocida hasta época reciente, aunque, según las crónicas, ya fue venerada por muchos de quienes la trataron, por su percepción extrasensorial, que ella misma atribuía al Espíritu Santo.

Se sabe de ella que, como décima hija de una familia, fue entregada a la vida monástica a temprana edad (en calidad de tributo divino, es decir,  como “décima”), aunque antes recibió una educación exquisita, que le permitió conocer varias lenguas, leer muchos libros y, sobre todo, abrir el ánimo a amplias curiosidades.

En una vida que la naturaleza consintió longeva,  y gracias a que las reglas claustrales no eran entonces tan rígidas como lo serían después, pudo cultivar su espíritu viajero, dio clases en centros de prestigio que pusieron a prueba, con gran éxito, su erudición e inteligencia, y hasta se atrevió a combatir con herejías y papas falsos y, apoyada en la intuición y en la imaginación, a interpretar sueños.

Hildegarda escribiría varias obras (o las mandaría escribir a amanuenses de letra más aplicada), de las que se conserva un testimonio excepcional, el Riesencodex, o Código de Wiesbaden, que transcribe sus reflexiones canónicas, místicas y apostólicas, y que le ha hecho merecedora del título de Doctora de la Iglesia, que le otorgó recientemente el Papa Benedicto XVI que de ella sabía un rato.

De sus escritos, llama la atención del curioso impenitente un librito, denominado abreviadamente “Lingua ignota”, en la que hay frases que no responden a ningún idioma conocido -aunque la autora les dio traducción-, y que se inventó y hasta le puso signos o letras propias, por lo que Hildegarda es considerada patrona de los esperantistas.

No he investigado si esta Hildegarda fue la que inspiró el nombre de Hildegart  Rodríguez, santa española del siglo XX sin peana,  que -dijeron los que enhebraron la historia a posteriori- fue concebida por su madre soltera con la semilla de un sacerdote elerdense, elegido entre los varios candidatos que barajó para tal oscuro emprendimiento, -se cree que por su gran capacidad intelectual, ya que guiaba a la progenitora el objetivo de que su hija llegara a ser culmen de la inteligencia y la sabiduría, una super-hembra, al mejor estilo del héroe nietschiano-.

El experimento parecía estar teniendo éxito, puesto que antes de los seis años, Hildegart (“jardín de vida” era la traducción libérrima con la que su madre explicaba porqué había llamado así a su hija), dominaba varios idiomas y a los diecisete, además de haber terminado la carrera de Derecho, se hacía admirar hasta del mismo Gregorio Marañón, que la tomó por su secretaria y la admiraba por su erudición y buen tino con la filosofía del sexo, de la que, siendo virgen y niña, ya era experta, según parece.

De ambas Hildegardas se ha hecho película. De la que tuvimos más próxima, sabemos, por ello, (al menos), que a los dieciocho años, su madre, recelosa del giro que tomaba su creatura (parece que temió que se estuviera enamorando), la descerrajó cuatro tiros mientras dormía, en 1933.

Este 17 de septiembre, he querido tener un recuerdo para estas dos mujeres. De distinta época, de diferentes circunstancias vitales, con formación y objetivos personales -y ajenos, respecto a ellas-seguramente distantes, pero unidas por una fuerza brutal, misteriosa y, por tanto, mágica: la inteligencia. La suya, una inteligencia excepcional, que dudo resultara o no de un experimento eugenésico en el caso de la Hildegart madrileña, o de la estimulación por estudios y viajes en la Hildegarda alemana.

(La foto que sirve como señuelo visual para este comentario, la tomé hace cuatro años, a finales de agosto, en Asturias. Un malvís muestra su glotonería atrapando dos frutos de un tejo; es conocida la afición de estas simpáticas aves por estos frutos, de sabor dulce, pero cuyas semillas, como el resto del árbol son venenosas.)

 

Vergüenzas públicas, beneficios privados

globalización y compromiso

globalización y compromiso @angelarias, 2010

Todos admitimos que de la teoría a la práctica hay un gran trecho, que, en no pocas ocasiones, se convierte en un abismo. Cuando se trata de hacer declaraciones de propósitos, particularmente en política, las promesas invaden el discurso; no se atiende, en general, a los costes, y se detiene la perorata en los propósitos que, alcanzado el poder, tienen alta probabilidad de ser incumplidos.

De entre todo el argumentario internacional, hay dos temas que, en mi opinión, representan lamentablemente bien esta dicotomía perversa. Están imbricados, en realidad: derecho internacional y globalización. Ambos conceptos se han convertido en un recurso dialéctico estupendo para sepultar las buenas intenciones nominales entre los oscuros intereses particulares. Se habla, por ello, de un mundo global y del imperio de la ley y del derecho, como si se tratara de cuestiones admitidas por todos, y, en especial, por los gobernantes de los estados más poderosos de la Tierra.

Y no es así, y, por supuesto, la Historia reciente nos proporciona continuamente ejemplos, por lo que no es preciso recurrir a lo que otros nos han contado. El caso de Siria se está convirtiendo en paradigmático. Desde hace cinco años -escribo ésto en septiembre de 2015- el país está inmerso en una “tremenda guerra civil”, que empezó siendo algo parecido a una revuelta callejera, aprovechando la mecha ilusoria de la llamada “primavera árabe”, desde la fontanería occidental.

Resulta incalificable que lo que, en un primer momento, movilizó a Estados Unidos y a Europa para apoyar el derrocamiento de Yasser Al-Assad, caracterizado con ligereza pero con interés económico, como un dictador impresentable, y presentando su eliminación de la escena política (y hasta del mundo de los vivos) como un objetivo similar a los de Sadan Husein, o Gadafi, se haya trocado ahora en un maremágnum experimental.

Porque como experimento cabe caracterizar el que dentro de Siria, se haya consentido la formación de un conflicto armado virulento entre el ejército islámico heredero de AlQueda, que busca conquistar territorio y los defensores del estado sirio, parapetados en torno a la legitimidad democrática del último Al-Assad. Ambos grupos contendientes, con armas proporcionadas por las potencias europeas, Rusia y Estados Unidos, pueden pretender que se está librando una guerra civil, pero la realidad es que la población civil es sufridora de las consecuencias del conflicto, del que nada puede obtener, más que dolor y miseria.

Siria era un país de 20 millones de habitantes, próspero según todos los indicadores, con elevado nivel cultural y buenas universidades. De pronto, la Unión Europea parece descubrir lo que está pasando, cuando siente la presión de una imprevista oleada de migrantes sirios, que no para de crecer. Pueden ser quinientos mil, y llegarán a ser -¿se teme?-millones. Jordania ya ha acogido/absorbido a más de un millón de desplazados (no solo sirios), por ejemplo.

Hemos estados escuchando, supongo que atónitos, discursos lamentables por parte de los responsables de países europeos respecto a los riesgos de recoger a una cuota excesiva de estos desplazados que se han ido acumulando en las fronteras de la Unión Europea. Responsables de la gestión de sus Estados -también en el campo internacional, puesto que la política exterior de esta agrupación es, como se sabe, incoherente- que han estado haciendo alarde en los discursos anteriores de la voluntad de hacer del organismo el modelo y paladín avanzado de la globalidad, guía para el entendimiento entre los pueblos, y, en fin, ejemplo en la aplicación del derecho internacional, incluido la repulsa activa al genocidio y el asilo humanitario.

En la plasmación práctica, se discute con vehemencia el reparto de migrantes entre países, se han asignado cuotas, se han aceptado exclusiones, se toleran tratamientos vejatorios, se ignora o desprecia a los sufrientes, reduciéndolo todo a una traducción en cifras -como si se tratara de ganado, bienes o perjuicios-.

Alguien ha hablado -¿pretendiendo convencer a los reacios?- de las “ventajas para la economía” de incorporar a asilados de tal o cual cualificación y otros se han atrevido, ya que no a cerrar sus fronteras con concertinas (1) o emitir prohibiciones drásticas (que todo ha valido), a imponer restricciones a la ideología de los que pueden acogerse.

Esta historia solo está empezando, y desconozco el final. Me vienen, persistentes, a la memoria, los versos de un poeta demasiado olvidado, que influyó en el perfeccionamiento anímico de varios poetas de mi generación, y del que, en su momento, leí mucho. Se llamó Gabino Alejandro-Carriedo. Así terminaba un relato dramático: “Estoy roto de llorar, y no sé qué hacer”.

(El dibujo, de pequeño formato, sin título, está realizado con otra ocasión: Una mujer lleva sobre su hombro, el espectro de un niño negro; en el fondo, en una barca neumática se atisban varias sombras. Por la dirección de la proa, debemos caer en la cuenta, de pronto, que se están yendo de la escena. ¡Somos nosotros!.  @angelmanuelarias, 2010)

(1) Nombre de resonancias musicales para una riestra de navajas o cuchillas que tiene por objetivo acallar las conciencias de los que las ponen y toleran y generar ayes de dolor a los que las ven como una muralla que deben franquear para alcanzar una supuesta vida mejor.

El Espejo / Der Spiegel

der spiegel

Der (Dä) Spiegel es el nombre de un local de copas que, por lo que acabo de comprobar en internet, subsiste desde hace más de 40 años en la Alt Stadt -la zona antigua, el down town- de Düsseldorf. En 1980, cuando yo aún vivía en esa ciudad alemana, realicé este apunte a la acuarela, con el que intenté reflejar el ambiente de emociones que se percibía en aquel sitio de alterne.

No era Carnaval, por lo que recuerdo bien, aunque algunos de los personajes caricaturizados que el paso del tiempo ha petrificado en el dibujo, se representan parcialmente disfrazados o disimulando sus rostros con pinturas de guerra, en la eterna batalla sexual y sensorial de los encantos. Yo mismo, constituido en observador (más o menos)  impertérrito, aparezco a la derecha de la imagen, tan joven como era entonces, embutido en la cazadora de piel de asno con la que me protegería del frío invernal y con el ojo visible aderezado con la estrella de quien no quiere comprometerse.

Por aquellos tiempos, así en la tierra como en el cielo, en Madrid como en Düsseldorf y seguramente en Nueva York como en Constantinopla, al salir de las tareas cotidianas remuneradas, las gentes del bien vivir se tomaban unas copas en algún lugar de moda, e intercambiaban miradas, insinuaciones y direcciones concretas, con los objetivos establecidos por el ritmo mundial de afectos y desafectos al que los humanos nos acompasamos.

Nada cambió, en lo sustancial. Las circunstancias pueden parecer otras, si bien los impulsos que movilizan a otras generaciones, no modificaron su cadencia. Tal vez, como sucedió en Der Spiegel, ahora el nombre de los locales de alterne, si aún subsisten, sufriría un cambio menor: Dä Spiegel, acercándose con ello a lo que parece coloquial, y, por tanto, más próximo.

Pero, sobre las ruinas de los lugares caídos, se levantan nuevos monumentos con la intención de propiciar encuentros placenteros, con los ánimos aderezados con algunas copas que venzan, por algún instante, la resistencia pasiva a volver a ser uno mismo, antes de retornar a la casa tranquila y al inestable sosiego de saberse no expuesto, detrás de las persianas.

En los locales de moda de las ciudades europeas, el observador -involucrado o no- constataría, si así le pete, que los ambientes adecuados siguen impregnados de la misma esencia, ese aroma a flirteo con objetivo sensorial, que puede o no desembocar, según se tercie, en triunfo de dos en las alcobas. “Es inútil fingir, todo dios sabe, lo impregnado que de sexo está el ambiente”, escribí como comienzo de un poema. (“Absueltos de todo don”)

Así que, en todo lugar, con trastabilleo sobre la mesa, canciones melódicas en picúp o música en vivo, con vasetes de vino bocholés peleón, claras con lima, yín tónic o combinados más sofisticados, El Espejo y todos los espejos del mundo siguen reflejando una misma situación, porque es sempiterna: la imagen del yo vuelta desde el otro. Allí se ven, a uno y otro lado, las soledades que se encuentran o se repelen, se retuercen, se untan, se embadurnan de nostalgias y apetencias, buscando compaginarse y se alargan hasta llegar a tocar con la lengua de la curiosidad, el fondo de la soledad del otro.

Y ese dibujo sobre el que se han acumulado ya casi cuatro décadas, (que, evidentemente, me sigue gustando), mantiene , por ello, la vigencia de representar la cadena sin fin de las vidas puestas en común, con sutiles diferencias, y los rostros e intenciones, ocultos sin gran éxito, tras la máscara de la convivencia anodina, tranquila, sosegada. Y que estallará cuando menos se espera.

Espíritu grupal, objetivos y liderazgos

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Tinta china y acuarela: “Expedición de buscadores de nada” (oct 1987, @angelarias)

La idea no es nueva, y no es el único dibujo con el que la expresé. Un grupo heterogéneo de gentes, con banderas, símbolos y bagajes, avanzando por un terreno desértico. No falta un vigía que parece señalar, como renovado Rodrigo de Triana, un destino invisible; hay musicantes, danzarines, avasallados por la turba, amantes, niños…Alguien mira hacia atrás, tal vez incluso añorando el desperdicio que se abandona.

En estas mismas páginas, en la serie “Cuadros comentados”, glosé el significado de otro dibujo satírico, trasunto en aquel caso del famoso de Lecroix “La libertad guiando al pueblo”, al que no puedo sino remitir al lector curioso.

Me han preocupado siempre los liderazgos sin razones, los seguidores sin crítica, los objetivos sin futuro, los argumentos sin matices. A lo largo de mi vida, he tenido múltiples ocasiones de observar el comportamiento de líderes y guías y, cómo no, de analizar los de sus seguidores, ya sean subordinados, colaboradores, fieles, devotos, y hasta esbirros. De una manifestación grupal, me interesa estudiar el resultado pretendido: para el que promueve el objetivo, para los que lo apoyan convencidos, para quienes esperan conseguir, a cambio de su apoyo, prebendas y dádivas.

Es muy difícil conseguir seguidores; no digamos ya, adeptos. Quienes escribimos, por ejemplo, en un blog, -sin padrinos, desde la independencia de partidos, grupos o sectas, sin nada que ofrecer a cambio más que el eventual producto de nuestro reflexión cultivado en el terreno ignoto del parecer peculiar de cada lector-, sabemos cuánto cuesta que te lean, qué riesgo supone que te malinterpreten los que te lean, que milagro se tiene que producir para que los que te hubieran leído, y te hayan interpretado sin sesgos, intervengan. Qué pocas opciones hay de que los otros se manifiesten contigo, aunque sean en tu contra, en desacuerdos fundados.

Por eso, cuando veo a varios cientos de miles, parece incluso que millones, siguiendo un objetivo que no alcanzo a comprender, en pos de uno o varios líderes que no comprendo lo que dicen (igual me da que se expresen en español que en inglés o en su prístina lengua vernácula), vuelvo la vista a este cuadro que cuelga de una de las paredes de mi casa, y me pregunto: “¿quo vadis?”. Porque, estas huestes a las que me refiero hoy, no huyen de nada ni de nadie, -no las persiguen por sus creencias, no hay guerra en sus predios, no les amenazan de muerte por existir a su manera-.

A esas gentes, no les caracteriza ni su lengua, ni su pasado histórico común, ni la mayor eficacia presunta de sus capacidades y estructuras propias. Si tal creyeran, estarían ahondando únicamente en sus limitaciones: porque hablar un idioma particular, anclarse en la Historia pasada, pretender que se tienen inteligencias superiores, no son más que argumentos de los que no se puede comer ni con ellos disfrutar de una vida mejor.

Así que a esas gentes las guía solamente la promesa de que alguien -atribuyéndose una credibilidad mesiánica, una portavocía sideral-  les ha dicho que tendrán una existencia más feliz si se separan del grupo en el que, juntos, íbamos. Les han hecho incluso creer, trileros del lenguaje y del pasado común, que les hemos estado quitando algo que era suyo.

Dejemos a los aguirres con su cólera de dioses ultrajados, y a los que le siguen, con firmeza, cariño o despecho, según cuadre, vayámosles quitando sin tapujos las vendas que tapan sus ojos, para que, pudiendo mirar en rededor sin anteojeras, abandonen esa expedición de buscadores de nada. Persuadidos de lo que nos es a todos útil, únanse a nosotros, a todos nosotros. Les estaremos esperando allí donde se dejaron seducir por adormecedores cantos de faunos, trasgos,  mendaces sabihondos y mórbidos sirenos.

¡Migrantes del mundo, uníos!

La búsqueda de la precisión semántica para distanciarnos, al menos desde el lenguaje, con lo que nos incomoda, ha puesto en circulación el término migrante, para designar a los grupos de desplazados que vagan por tierras ajenas buscando el acomodo que se les niega en las propias.

Migrantes son, hoy, los millares de sirios, kurdos, hutus,  chechenos, serbios, macedonios, keniatas, que huyen de las guerras civiles (masacres, exterminios, venganzas tribales) que provocan continuamente quienes se fuman puros de intereses torcidos mezclados con ignorancias culpables junto a los nichos  de pólvora de los desentendimientos colectivos.

Cada vez hay más migrantes. Para los amigos de la ornitología, las aves migratorias, o migrantes, viajan entre dos lugares de acogida, en los que se asientan según la época del año, para aprovechar de cada uno las condiciones más favorables, que les permitan superar los inviernos y criar sus proles. Los migrantes humanos viajan sin rumbo, y, si lo tienen, apuntan a lugares que alguien les contó (la información es ahora global, los recursos tienen dueño) que eran más ricos.

Es un éxodo sin Moisés, en el que nadie ha prometido la tierra que se busca para asentar en ella los exigüos petates. Para vergüenza de todos, estas caminatas de desplazados a la fuerza, en nuestra sociedad en la que la información trivial es fundamental, están bien documentadas.

Hay decenas de periodistas que acompañan, con sus cámaras y sus libretas en ristre, a esas huestes inocentes de su existencia desgraciada, que se agolpan en cada frontera que encuentran, que reciben golpes y amenazas de los guardianes de todos los órdenes, que siguen ciegamente, mientras no encuentran obstáculos, los rieles y los caminos que apuntan a algún sol que tal vez les acoja.

Estamos siendo testigos, al menos los europeos de toda la vida -no me resisto al sarcasmo- de una escalada en esas corrientes migratorias que buscan nuestro bienestar como acomodo. Hubo un tiempo en que necesitamos mano de obra barata (aún la queremos cuando repunta algo la economía), y así se han tolerado turcos que hoy son casi alemanes, ecuatorianos que son casi españoles, argelinos que son casi franceses, paquistaníes que se creen ingleses, etc.

Después, nos hemos echado las manos a la cabeza y elevado poco a poco las alambradas con cuchillas para ponérselo muy difícil a las avanzadillas de atletas subsaharianos que tienen una capacidad de supervivencia propia de hércules y que solo parecen necesitar un lugar en la oscuridad de nuestra economía sumergida.

Y ahora, los líderes de nuestro mundo, reunidos en cónclave permanente, se reparten los despojos de esta última corriente migratoria, formada por un par de cientos de miles de seres humanos que huyen de su país, Siria, en un intento desesperado de salvar sus vidas. Han perdido todo lo demás.

Si no somos capaces de entender que todos somos, o seremos, migrantes, si no nos sentimos representados en cuantos huyen, escapan, se van de los lugares donde la naturaleza les puso a vivir, nos convertiremos, aunque nos pese, en cómplices de lo que pasa.

Porque tenemos que estar, sin paliativos, sin que quepan disculpas ni miradas de soslayo, del lado de los que no pueden consentir que esté pasando lo que pasa. No hay otro sitio decente.

Por eso, mientras me quedo atónito contemplando a una señora con una cámara en mano que va poniendo zancadillas y dando empujones a los migrantes sirios (“para documentar mejor la noticia”?) que han soportado caídas de cascotes de sus casas, ametrallamiento de familiares y amigos, porrazos de policías de frontera, inclemencias climatológicas, marchas de cientos de kilómetros por caminos que no conducen a ninguna indulgencia plenaria ni se hacen por placer,…me sale del alma un grito de guerra santa: ¡Migrantes del mundo, uníos!