Epitafio para 2015

Hoy enviaremos al pasado a 2015, un año inolvidable.

En el avance hacia la autodestrucción, la Humanidad ha seguido dando pasos importantes. Algunos de los sucesos protagonizados a lo largo del año,  por dirigentes, colectivos organizados, agrupaciones espontáneas y particulares, acogidos tanto a la improvisación como a un variado argumentario, han puesto de manifiesto el carácter dual de nuestra naturaleza.

Jano se complace en que el hombre sea dirigido por Jeckyll y Hyde, y, al actuar sobre Gea, combina espectaculares avances tecnológicos con inmersiones en los abismos de la insolidaridad colectiva y el egoísmo fetichista.

2015 ha conocido más guerras, invasiones, genocidios, torturas, desastres -naturales y provocados-, muertes violentas y asesinatos ideológicos que sus inmediatos antecesores. Ha supuesto el progreso en el incremento evitable de la contaminación atmosférica, que miles de congresistas en París, convocados para pactar un concreto final al calentamiento global que nos amenaza, no han sido capaces sino de ocultar con bellas palabras de compromiso e inacción.

Millones de expatriados forzosos vagan por el planeta, demandando una acogida que los dirigentes de los países más ricos negocian desde la aritmética. Se especula con mayor virulencia sobre los precios, ya sean de productos agrarios, de combustibles o de la carne y la sangre humanas. Las divinidades, a las que antaño nos acogíamos para impetrar su auxilio y consejo, parecen habernos abandonado, cambian de piel o transmiten mensajes ininteligibles que torpes exégetas traducen en violencia y caos. Quedaría la ética universal, sino estuviera tan avergonzada.

A nivel local, los partidismos nos impiden ver el final de los túneles, los nacionalismos nos envenenan las ideas, los gerifaltes locales enarbolan banderolas rancias gritando que saben donde está la tierra prometida, aunque parecen ignorar cómo sacarnos del atolladero al que nos han conducido previamente.

Claro que no sería justo ver solo el trabajo de Hyde y no advertir la fuerza creativa de Jeckyll. Ha habido importantes avances en múltiples campos, que evidencian el poder de la inteligencia aplicada: en la medicina, en la ingeniería, en la microbiología, en la aviónica, en el control del deterioro ambiental, de la robótica, de las telecomunicaciones, de la producción agroforestal, o del tratamiento de datos. Seguro que han nacido y por supuesto que se han consagrado, más poetas, más soñadores, más ilusionistas, más filósofos y más ilusos.

A nivel personal, 2015 me ha dado la alegría inconmensurable de ver crecer en inteligencia, belleza y picardía a mis cuatro nietas, y me ha hecho sentir la fuerza de saber que mis hijos han formado familias fuertes y unidas, como la mía. El final de año me ha dejado de recuerdo una metástasis ósea que estoy tratando.

Nos deja, en fin, este año que ahora despedimos, un panorama complicado, lo que nos garantiza un 2016 entretenido.

Lo que faltaba

Se diría que, a punto de alcanzar el final de 2015, algunos se resisten a abandonar el año sin extremar su protagonismo. Vivimos una época en la que lo mediático supera lo razonable, y lo imaginario excede con creces de lo real. En esta última semana, son tantas las incertidumbres, noticias, especulaciones y comentarios que llenan las páginas de periódicos y revistas, que se me hace difícil seleccionar algunas, por lo relevante o por lo insólito. Pero creo que debo a mis lectores este Comentario, y ruego de antemano disculpas si dejo algo en el tintero.

En primer lugar, me resulta penoso -por lo que significa para la institución- que se haya dejado circular que el propósito inicial del Rey Felipe VI fue el de pronunciar su mensaje de Navidad desde el balcón principal del Palacio Real, y ante una multitud que debiera haber sido convocada en la Plaza de Oriente. Según ha trascendido, se habrían repartido invitaciones a residencias geriátricas de varios pueblos de Extremadura, la Generalitat valenciana, Castilla León y la Comunidad murciana, y se tenía apalabrada la contratación de varios centenares de autobuses. Finalmente, la idea, valorando pros y contras, fue desestimada, al menos, para este año.

No son pocos los media que aseguran que, por fin, se ha llegado a un acuerdo de gobierno entre todos los partidos que se presentaron a las elecciones de diciembre. No ha sido fácil, desde luego (se trataba, al parecer, de más de mil agrupaciones políticas, y algunos de sus líderes resultaron muy difíciles de localizar). Pero acabó triunfando, por lo que se indica, la sensatez y el amor a España, para salvar todos juntos este difícil momento. Únicamente se está a falta de encontrar un jefe de Gobierno para esta gran coalición, aunque el sentir unánime es que sea mujer, de no más de cuarenta años, licenciada en derecho o sociología, e independiente.

De una fuente desconocida de los juzgados de Palma de Mallorca ha sido enviada por fax a la redacción de varios periódicos y semanarios del país una copia de la petición de anulación de la instrucción del caso Noos -acogiéndose al art. 263 bis.4, del Código Penal reformado-, suscrita por el bufete del prestigioso jurista Miguel Roca, alegando que el procedimiento estaba viciado por haber sido conducido por un juez antisistema. Aunque algunos de esos media han tratado de ponerse en contacto con la infanta Cristina, para confirmar si se trata de una actuación consensuada con la Casa Real, no ha sido posible obtener tal declaración.

No sorprende que la nueva novia de Pablo Iglesias (junior), Zenobia Camprubí (que seguramente es un heterónimo con el que oculta su verdadera identidad) haya confesado que acaba de abandonar la militancia del Partido Socialista, en la que ocupaba un cargo de Jefa de Fotocopiadoras, llevándose abundante documentación sobre la ideología -en buena parte, secreta- de este partido. Consultados algunos antiguos dirigentes de la formación de Pablo Iglesias (senior) indican que la pérdida de los papeles sustraídos no es importante, ya que hace tiempo que la ideología no es el elemento que más preocupa en los Comités ejecutivos, sino la venta de pins y gorras, que está creciendo.

Menos credibilidad merece, aunque de ser cierta, demostraría lo tortuoso que ha llegado a ser este país desde el que escribo, la reseña que realiza El Periódico de Cataluña (versión restringida a suscriptores especiales) de una reunión en Baqueira mantenida por Rajoy y Mas con el ex Honorable ex President Pujol, y por la que le habrían pedido consejo acerca del mejor lugar para pasar los próximos años. Según la misma fuente, después de un intercambio intenso de opiniones, los congregados y sus asesores, se han ido cada uno por su lado, si bien los dos primeros advirtieron, al estar ya de vuelta  en su coche oficial en funciones, que les había desaparecido la cartera.

Ha provocado gran conmoción en el mundo de las devociones, conocer que se ha obligado, con presión inconcebible, al papa Francisco a pronunciar un discurso de Navidad distinto al que tenía preparado, en el que reconocía dificultades para entrar en comunicación con el Espíritu Santo, y expresaba sus dudas respecto a la prioridad que debía darse a los mandamientos, proponiendo incluso que se eliminaran un par de ellos.

(Estas noticias, y otras que pueden venir, son, por supuesto, básicamente falsas. No me preocupa que lo parezcan al lector desde el principio, pero es que hoy es el día de los Inocentes, y me apeteció escribir algo gracioso -teóricamente, al menos- en un panorama general tan abrumadoramente serio)

 

Calentémonos todos en la traca final

Al modo de Pascal, que decía tener la prueba de la existencia de Dios en su bolsillo -y enseñaba el reloj-, yo encuentro la premonición de que la Humanidad dejará pronto muchos huecos libres a otros seres menos sabios, pero también menos egoístas, en la mierda de perro que jalona las aceras de las ciudades más opulentas.

Ambas conclusiones necesitan, obviamente de premisas, e incluso peticiones de principio. Para Pascal, como para el arzobispo Camino (ver otros comentarios), la capacidad del ser humano para crear artefactos complejos es una demostración de que existe alguien escatológicamente superior al caos.

Para este modesto escriba, la caca que los propietarios de perros urbanitas dejan abandonada en caminos peatonales, alcorques y parterres públicos o del vecino (especialmente, por las noches, ya que la alevosía se marida bien con la nocturnidad), es la premonición de que, si existe el calentamiento global antropogénico, en pocas décadas, esto se habrá acabado para buena parte la Humanidad.

Ni siquiera necesito recurrir a una valoración pesimista de las reuniones de muchas gentes con supuesta capacidad de decisión no empleada, por la que analizan, acuerdan y resuelven, que las previsiones del Panel de Expertos sobre el Cambio Climático son prácticamente ciertas con probabilidad cercana a la unidad y que, por tanto, con la misma determinación, es urgentísimo tomar medidas que obligarían a reducir drásticamente la combustión de hidrocarburos, y no solamente en el patio de nuestra casa, sino en todos los patios traseros del mundo.

No me hace falta, porque se que, acuérdese lo que se acuerde -y, con infinita mayor razón si no se acuerda nada- no se cumplirá.

Habrá industrias contaminantes que dejarán que sus chimeneas lancen por las noches sus penachos mortíferos; habrá muchos más conductores de vehículos híbridos de teórica eficiencia máxima, que seguirán vaciando sus ceniceros en los aparcamientos y dejando el aceite ya viciado en el regato de al lado, en donde lavarán la carrocería, al tiempo que habrá constructores que falseen los resultados de control de sus prodigiosos sistemas de combustión; habrá dirigentes que defiendan, con razón, que para mejorar el nivel de vida de sus habitantes, para acomodarlo al mismo rasero que los máximos satisfechos hedonistas consumidores de mercancías, necesitan quemar lo que la naturaleza ha puesto bajo su territorio, pues es lo que han hecho antes los que les sirven de modelo.

Así que, cada vez que el lector amigo vea, en su caminar por la ciudad en la que vive, una caca de perro, puede pensar que Dios existe y que se encargará de tratarnos colectivamente como en su infinita sabiduría cree que merecemos, pero yo no puedo despegarme de la idea de que la Humanidad habrá elegido de forma autónoma, consciente, e insolidaria, su destino.

¿Fue idóneo el mensaje de Navidad de Felipe VI en 2015?

Felipe VI cumplió con el trámite de su segundo mensaje navideño con una faena de aliño, sin arriesgar ni lucirse. No hubo pases apretados ni alardes vistosos, manteniendo la distancia en todo momento. Leyó con énfasis forzado las cuartillas que le habían preparado desde el partido aún en el Gobierno -dicen que con añadidos propios-, acompañando algunas de las frases con gestos repetitivos y bastante torpes, destinados a enfatizar los tibios contenidos.

Ha trascendido también que fue el propio monarca quien eligió el escenario para la representación -el salón del trono del Palacio Real, en la Plaza de Oriente de Madrid-. Sentado en un silloncete en medio del inmenso espacio, teniendo a su costado diestro los dos tronos barrocos que presiden la estancia, se pretendía expresar la conexión de la institución regia con la historia profunda de nuestro pueblo, y a esa referencia dedicó las primeras frases de su alocución.

El marco simbólico pudo parecer acertado para los asesores de Su Majestad, pero resultó más bien un impedimento. ¿Qué significado plebeyo cabe dar, desde esa tendencia republicana que va cobrando fuerza de vendaval, a la visión de un Jefe de Estado que ostenta un arcaico privilegio sanguíneo, implantado en una sala vacía, desprovisto de corona, símbolos y boato, pero también falto del parapeto funcional de una mesa de trabajo con papeles que revolver? Su visión producía sensación de soledad, incluso de desamparo; los amplios encuadres animaban al desapego y distanciamento: formal detachment, que diría, con Received Pronuntiation,  H.M. The Queen Elisabeth of England.

El contexto en el que se producía el mensaje tenía, además, otra vinculación con el pasado, que no debería pasar inadvertida. La Navidad es una festividad religiosa y, aunque se celebre a final de Año y tenga un arraigo familiar y social indiscutible en España y en otros países, a alguien avispado se le podía haber ocurrido llegado el momento de trasladar la alocución real al último día de 2015, apurando la sintonía con un Estado aconfesional y para mayor acercamiento a una población que, por su comportamiento, se ha vuelto hedonista, informalmente republicana y agnóstica.

Dejando a un lado la opinión sobre el marco escénico, ¿se desaprovechó la oportunidad de confeccionar un mensaje más directo e incisivo? Si pretendemos responder desde el espacio que la Constitución concede a la institución monárquica, no hubiera sido posible. El Rey no ha de intervenir en política, ya que representa al Estado y es una figura simbólica. Pero es que la política sí está afectando, y gravemente, a la institución. Hay más de 5 millones de españoles que están manifestando, a gritos, su voluntad republicana. Hay, al menos, dos millones de españoles que proclaman su deseo de separarse del Estado que Felipe VI representa.

Hubiera sido una excelente oportunidad para que el Rey manifestara la base humana de su entidad, y, apartando a un lado, con un par de frases bien urdidas, la sensiblería o el populismo, dejase aflorar su opinión sobre lo que está pasando, y expresara, sin florituras semánticas trasnochadas, su voluntad de ser un colaborador activo y eficiente, para ayudar a encontrar la solución al lío de intereses políticos en el que se ha metido el país.

Esto supondría expresar claramente que la forma de Estado no es un parte del problema, que la composición del Gobierno no es el qué sino el cómo de lo que corresponde hacer y que comparte la voluntad mayoritaria de concentrarse en las prioridades que mejorarán la convivencia de los españoles -crear más empleo y de calidad, eliminar las bolsas de pobreza, mejorar el reparto de riqueza y aumentar la generación de plusvalías colectivas, etc-.

Es decir, pudo colocarse por encima del rifirrafe en que se ha encallado la política, dejando al descubierto la línea central que nos garantiza mantenernos en convivencia y no en rebeldía ineficiente. No lo hizo. En consecuencia, mi respuesta a la pregunta que me planteaba en el titular sería: idóneo, desde luego, no fue.

Caleidoscopio electoral

Nos encontramos en el lugar exacto -en el territorio, siempre complejo, de gestión eficiente de la polis- al que, visto el resultado, querían conducirnos, poseídos de una obsesión destructiva, los líderes de  los principales partidos o agrupaciones políticas de España en está última campaña electoral (20 de diciembre de 2015): el caos.

Desde luego, como si se tratar de artefactos a los que aún durase la batería, a pesar de que su período de utilización ya hubiera terminado, quienes han hecho de la política su forma de vida -y su forma de afectar a la de los demás-, siguen en campaña electoral, lanzando idénticos mensajes y pretendiendo captar la atención de quienes no los han votado, como si el mantenerse en campaña tuviera el menor interés para encontrar la solución por la que salir del atolladero.

El imaginativo carácter colectivo de nuestro pueblo, cuyas raíces simbólicas podrían encontrarse en la confluencia turbulenta de los vientos de todos los confines de la Tierra, nos hace proclives a investigar las posibilidades de tragedia,  representación muy adaptada a nuestro predominante gusto por el sadomasoquismo.

En ello estamos, pues: al borde de unas nuevas elecciones generales, con una región secesionista -capitana hasta hace poco de la capacidad de conducir el liberalismo económico hacia la mayor rentabilidad, tirando del carro común-, con una monarquía formada para la excelencia, empujada hacia el rincón por un hato de jóvenes universitarios y viejos resentidos que desean experimentar nuevamente con la Historia, y, en fin, animada la grey a la estampida colectiva, con disparos al aire y al decorado de los que teóricamente debieran ser los guiadores hacia el abrevadero de la sensatez.

Se que es imposible un acuerdo mientras los que hablen (dicen que negocian) sigan siendo los mismos, y los mismos sean quienes, desde el teatrillo o desde bambalinas, les sostienen el sombrajo para que resistan, ya que no mueven de sitio las tramoyas. No creo que la cuestión sea, sin embargo, cambiar las caras de unos por las de otros.

Es inútil, estéril, pernicioso, ignorar que más de cinco millones de ciudadanos han votado por cambiarlo todo, sin tener la tela ni contar con sastres para hacer los trajes prometidos, y que son más del triple los que votaron por permanecer en la misma partitura, defendiendo el fuerte del asalto sin mucha convicción ni municiones.

Por eso, porque me cansa escuchar las mismas versiones del desentendimiento, propongo que se pongan a hablar, con el objetivo de sacar a flote un programa común, a aquellos que tengan, más que un programa de partido en la cabeza, ideas y propuestas efectivas, acerca de lo que convendría hacer. Y que, como en un cónclave para elegir Papa católico, se mantengan en tensión hasta que no den con un documento de consenso en el que se hayan trazado las líneas preferentes por las que discurrir, al menos, en los próximos cuatro años.

Doy algunos nombres, y espero no equivocarme, de unos pocos de los muchos que tienen un talante que me parece adecuado para salirse del guión, ya sea por conocimientos, experiencia, capacidad, ilusión, responsabilidad, etc.: Manuel Aguilar, Miguel Angel Ballesteros, Ana Patricia Botín, Avelino Coma, Ada Colau, Angel Gabilondo, José Luis García Pérez, Luis Garicano, Angel Garrido García, Antonio Garrigues Walker, Antonio Garzón, Luis de Guindos, Sonia Gumpert, Iñigo Errejón, Diego López Garrido, Juan López de Uralde, Andreu Mas-Colell, Cándido Méndez, Amancio Ortega, Soraya Sáenz de Santamaría, Miguel Sebastián, José Enrique Serrano, Javier Solana, Amelia Valcárcel, Javier Vega de Seoane, …

Los más jóvenes de los que me lean, objetarán que son, en su mayoría, gente mayor. Y que no pocos ya estuvieron en política. Ya, ya, pero es que no me he preocupado en absoluto de que pertenezcan a concretas o diferentes tendencias o ideologías. De algunos, incluso las desconozco.  De verdad, ¿le preocupa a alguien que el objetivo sea solo poner a pensar juntos a gentes con ideas? Y en cuanto a la edad, perdónenme quienes echen en falta a treintañeros, -aunque alguno debe estar en el debate-, soy de los que opinan que con el futuro común no se pueden hacer experimentos.

He puesto solo nombres conocidos por todos, porque no quiero comprometer a amigos y colegas -u otros de los que tengo suficientes referencias ajenas- que están trabajando en silencio, sacando adelante su parcela, o formándose continuamente para un cometido mayor que, quizá, nunca les llegue.

Tengo cientos de nombres en mi lista, y, con seguridad, entre todos, podríamos aportar unos cuantos miles de propuestas de españoles que nos ayudarían a encajar mejor las piezas del caleidoscopio con el que encaramos la visión colectiva del futuro. Mujeres y hombres, jóvenes y maduros, activos y jubilados, parados y funcionarios, académicos como autodidactas. Personas de la Banca, de la judicatura, de la Universidad, de la empresa privada, de los sindicatos, …puede que algunos no hayan destacado hacia fuera, pero quienes trabajan con ellos, saben de su valía superior.

¿Los rescatamos? En todo caso, lo seguro es que los necesitamos. Porque aunque estén haciendo su trabajo, es imprescindible que se conozcan, que propongan y discutan juntos, que se pongan de acuerdo en cómo actuar. Y que, cuando hayan llegado a sus conclusiones, nos la cuenten a los demás. Si se avienen a este propósito, ya tienen mi voto por adelantado.

Pirómanos entre pastores

Me han trasladado la sospecha de que los incendios que han transformado en días pasados el verde paisaje de varias zonas del occidente de Asturias en una visión apocalíptica, fueron provocados. Más aún: que los autores son ganaderos que pretenden con ello ahuyentar a lobos y jabalís de las zonas de pastos del ganado.

No me lo creo, claro. Porque algo dentro de mí se resiste a aceptar que hay seres -con los que comparto el privilegio teórico de contarme entre las criaturas sedicentes más inteligentes del planeta-,  que actúan como descerebrados, sin otras miras que sus intereses egoístas, que les impiden, además, valorar el alcance boomerang de sus desatinadas acciones.

Al desconcierto con el que trato de asimilar la mala noticia de que puedan existir pirómanos entre los pastores (además de enajenados entre los pirómanos), se une la necesidad de valorar, aunque sea para mi coleto, el resultado -es decir, el mal resultado- de las elecciones generales del 2o de diciembre de 2015.

Ha sido un mal resultado para todos. Me refiero, para el colectivo. Porque si alguien está celebrando, alegando motivos serios, el panorama que se deduce de la última votación para designar a quienes deben representarnos en el Senado y en las Cortes a los españoles, tendría que explicarnos muy bien a quienes no nos contamos entre los de su grupo, a qué atribuye su felicidad .

Atajo de urgencia a quienes puedan creer que estoy decepcionado porque mi opción no obtuvo el resultado que me apetecía. No tengo más ideología ni otro propósito a la vista que apoyar a quienes tengan el timón de gobernar en su mano. Soy consciente de que mi voto, en tanto que tal, no vale nada.

Por eso no me estoy expresando desde la posición de ningún partido político y, en especial, de ninguno de los que han sido presentados con alardes de espectáculo de prensa rosa como únicos posibles adalides del futuro del país. Me cansó pronto la manera con la que se aprestaban a sacar sus navajas afiladas, marcando distancias con los demás, en lugar de ayudar a los votantes a conocer las identidades de propósitos que facilitarían los pactos posteriores.

No oí hablar a ningún candidato, ni leí en los programas, acerca de propuestas concretas sobre creación de empleo, apoyo a la investigación de élite, definición de sectores tecnológicos preferentes, acciones de conexión con la élite empresarial y financiera, adecuación de la enseñanza a las necesidades de nuestro país, medidas contra el cambio climático, …

Me pareció ver demasiadas actitudes piromaníacas y un afán por destacar desde la boutade, la acrobacia intelectual, la apariencia de tipo listo que cree que se le va a puntuar más alto si hace la pelota al profesor o se sabe las cosas de memoria.  He tenido, sin embargo, la esperanza de que -aunque dudo que la colectividad tome decisiones inteligentes cuando actúa desorientada- se alcanzara, a pesar de la dispersión de votos entre los cuatro o seis partidos teóricamente dominantes, una línea suficiente de estabilidad.

Cuando observo los resultados totales de la Convocatoria de diciembre de 2015, incapaz de sacarle más zumo a los muchos que las han analizado, matizado, recompuesto y barajado desde arriba, esto es, considerando agrupaciones posibles e imposibles de quienes obtuvieron escaños, los contemplo desde abajo, desde los que no obtuvieron ningún escaño.

Ahí están los 110 votos de Ongi Etorri (creo que es Bienvenida, en euskera), los 201 del Partido Liberal de Derechas (por si hiciera falta puntualizar), los 406 de Soluciona (con c, no con z), o los 1.906 del Partido Comunista Obrero Español (PCOE: no hay confusión posible).

Mucho más sugiere, desde luego, la evolución de quienes han tenido, sabiéndose sin la menor oportunidad de obtener escaño, el coraje de volver a postular su formación: la caída del partido Humanista (yo los hubiera votado, solo por el nombre), desde 10.132 votos en 2011 a solo 2.907 ahora; o el descalabro de la agrupación Por un mundo más Justo (¿quién no está de acuerdo?) desde los 21.210 de 2011 a los escasos 4.531 de la última prueba de fuego.  Nada comparable en debacles, sin embargo, como la de Escaños en blanco (supongo que no hizo falta detallar programa alguno para este propósito) que cayó desde 97.673 a los misérrimos 10.060.

Siento, de corazón, el descalabro del joven Garzón, que me pareció el más coherente de todos los candidatos que tuvieron opción en los debates televisados. Me pareció advertir en él el brillo de la vieja izquierda, la de los que saben que van a perder, pero se conocen necesarios. He comprobado que su formación se gastó pasta colocando carteles con su foto de chico bueno en las farolas de Madrid, sin obtener el éxito deseado. Una sugerencia, para las próximas elecciones, que serán, salvo milagros, en 2016: que lance un guiño hacia los Animalistas (contra el maltrato animal); han conseguido el 0,87% de los votos (219.481) y son una fuerza emergente (102.144 en los anteriores comicios). ¡Más que UPyD!

Y, después de escribir cuanto antecede, me retiro a contemplar, con ánimo sobrecogido, el resultado incendiario de estas elecciones generales, que nos han acercado a todos al actual modelo catalán, que podía resumirse en la fórmula culinaria de cómo provocar un desaguisado con muy buenas voluntades.

El último de otoño

La joven abrió la ventana, y no tardó en advertir la razón del alboroto. Sobre las ramas del plátano falso que crecía, imponente, en el jardín del edificio de al lado, se habían instalado decenas de urracas. Sus graznidos servían de llamada de atracción para las demás aves de su especie, que aparecían de pronto entre los tejados y, después de posarse junto a las que ya estaban instaladas, se unían al cortejo de chillidos.

-¡Mamá, ven! -gritó la joven- ¡Mira qué curioso!

Era el último día de otoño de un año cualquiera, pongamos que 2015. Era domingo, 20 de diciembre.

La meteorología se empeñaba en advertir que había sido la estación más calurosa que se recordaba, aunque la memoria tiene dificultades para conservar acontecimientos poco importantes.

No llovía, ni se tenían perspectivas de que lloviera en las próximas semanas. Para la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad, un tiempo así era una bendición, un capricho estupendo del azar.  Cuando salían del trabajo, eran muchos los que se reunían en las terrazas al aire libre, para tomar un refresco e intercambiar insinuaciones como si fuera el verano.

Y los que no trabajaban ni tenían exámenes en perspectiva ni estaban enfermos, podían pasear, a pie o en bicicleta, o elegir bañarse en las piscinas municipales que aún permanecían abiertas, o, incluso, nada les impedía -salvo que no tuvieran medios económicos- desplazarse a las zonas de playa o al campo, aunque no fuera fin de semana ni fiesta de guardar, y disfrutar dejando que el sol tostase sus pieles desnudas.

Tal vez algún campesino opinase de forma diferente, preocupado porque los dientes de ajo, las cebollas o las semillas de forraje que, como cada año, había depositado en la tierra confiando en que las lluvias las hicieran arraigar y crecer, se hubieran marchitado, y sus pútridos despojos, sirvieran de comida a los ratones de campo.

Pero quedaban pocos campesinos que sembraran semillas. La inmensa mayoría de quienes habían trabajado en el campo, estaban jubilados y vivían en la ciudad, con alguno de sus hijos, o languidecían en las residencias para ancianos de la comarca, o contemplaban, sentados a la puerta de sus casas necesitadas de mano de pintura y arreglos, cómo las urracas graznando se posaban en los árboles de la huerta, cuyos frutos nadie se había acercado a recoger.

La joven volvió a llamar a su madre, que trajinaba en la cocina. El volumen de la radio estaba puesto casi al máximo, porque la madre había perdido oído con el tiempo.

Fijándose un poco, descubrió o creyó descubrir la razón por la que aquel tropel de córvidos se había agrupado en el plágano del jardín vecino. Había un nido en una de las ramas más altas, y ese nido estaba ocupado.

La muchacha no entendía mucho de pájaros, pero si hubiera tenido algún conocimiento, podría haber puesto un nombre específico a la pareja de fringílidos que, a despecho de la estación y del lugar, había afincado su hogar en un árbol de ciudad y a punto de empezar el invierno.

Ajeno al estruendo, el macho de aquella pareja de esforzados, revoloteaba de aquí para allá, atrapando en su vuelo eficaz, los insectos que llevaba, diligente, para alimentar a su hembra, que, acurrucada en el nido, se encontraba con seguridad empollando los huevos que, tan a destiempo, había depositado en él.

La joven comprendió, de pronto, la razón del interés de tantas aves oportunistas: estaban acechando el momento de lanzarse sobre la puesta, o, tal vez, incluso, de atrapar a alguno de los progenitores que, desde luego, no podían sentirse ajenos a la amenaza.

La joven pensó en lanzar un grito para ahuyentar a las urracas, pero se contuvo, porque estuvo segura de que si hacía tal cosa, también asustaría a los dos verderones. Se limitó a mover los brazos, como una veleta. Alguna de las urracas la vio, lanzó el aviso a las demás, con un graznido diferente, y se fueron todas.

No se si en algún momento he escrito ya que era día de elecciones en aquella ciudad. Se elegían los representantes para formar el nuevo Gobierno de la nación, o algo así. Las dos mujeres fueron, pues, a votar.

Cuando volvieron, la joven miró por la ventana, hacia el árbol. Tenía mucha curiosidad por saber si las urracas habían vuelto, si los pajarillos seguirían cuidando su nido, si todos habrían desaparecido. Incluso temía que cualquiera de los gatos que eran habituales en el barrio se hubiera percatado de que allí también tendrían alguna oportunidad.

FIN

Un acuerdo tibio para un futuro caliente

El 12 de diciembre de 2015, en París, y en el marco de la COP 21 (1), se reunieron representantes de casi todos los Estados del mundo, con el objetivo, animado  por el actual secretario general, de llegar a un Acuerdo vinculante, por el que se adoptasen medidas claras para atajar el riesgo de sobrecalentamiento del planeta, reduciendo la producción de CO2 (anhídrido carbónico) derivada de la combustión de hidrocarburos.

40.000 enviados de las más variadas instituciones aprovecharon el buen clima de París para congregarse en la capital de la moda europea, durante los días 30 de noviembre a 11 de diciembre. Alguien ha calculado que ese despliegue de personal interesado ha contribuido a aumentar, entre idas y vueltas, con 300.000 t de CO2 la cantidad del gas en la atmósfera y de sus perniciosos equivalentes. Una cantidad, en todo caso, despreciable, frente a las 50 Gt/año (2) que cada año aumentan la concentración de gases invernadero sobre nuestras cabezas.

El Club Español de Medio Ambiente convocó, con gran sentido de la oportunidad, el 16 de diciembre, a varios expertos para que presentaran los términos del Acuerdo y se pronunciaran sobre su alcance. El Salón de Actos de la Escuela de Minas de Madrid ofrecía una buena entrada y, desde luego, las intervenciones respondieron a la expectativa.

De todas ellas, y por mi cuenta y riesgo, destacaría las de Sara Aagesen (que sustituía a la anunciada ponente Valvanera Ulargui, directora desde principios de diciembre de la Oficina para el Cambio Climático del Gobierno español) y José Manuel Moreno (catedrático de Ecología de la Universidad de Castilla-La Mancha e integrante español del Panel para estudio del Cambio Climático). Pero, aunque utilizaré algún elemento de los expresados por ellos en sus intervenciones, construyo este Comentario exclusivamente con mi opinión, y teniendo a la vista el documento de 40 páginas del Acuerdo de París.

El Acuerdo, a pesar del optimismo de los representantes de los gobiernos de la Unión Europea y, especialmente, de Laurent Fabius, que actuaba de anfitrión en la cumbre, me parece muy flojo. Consta de solo 18 páginas y 29 artículos, y figura como Anexo de un largo Preámbulo de las Partes, con  22 páginas y 140 puntualizaciones, en las que, en la mayoría, “se solicita”, “se pide”, “se pone de relieve”, o “insta” lo que da idea de los recelos, reticencias y prevenciones que no han podido resolverse en la Cumbre.

Coincido con Aagesen en que el Acuerdo era “necesario y urgente”, que “la negociación fue muy compleja”, y que lo adoptado “no es perfecta para nadie, pero es bueno para todos”. Es evidente, sin embargo, que Sara Aagesen, asesora de la Oficina para el Cambio Climático, opina desde la visión de los Gobiernos;. por eso, en mi posición de observador desde la sociedad civil y, si se me permite, desde la petulante, y, por supuesto, falsa, supuesta representación del ciudadano medio mundial, me inclino más hacia la afirmación de Moreno de que “hay motivos para la preocupación”.

Y serios: la tendencia de crecimiento de la temperatura, en relación con los niveles detectados de CO2, indica que en 2100 alcanzaremos los 4ºC de incremento. Nos encontramos ya por encima de los 2.000 Gt equivalentes de CO2 emitidos en la Historia pirómana de la Humanidad -según el Met Office-, y se han alcanzado los 400 ppm de concentración de CO2 en la atmósfera (medidos en el observatorio de Maura Loa, en Hawai, el único desde que se tienen registros desde 1958, gracias a Keeling).

No queda, pues, margen alguno. Habría que reducir de inmediato la producción antropogénica de CO2, por debajo de los 50 Gt/año, y que está creciendo al ritmo de 10 Gt/década; lamentablemente, no será así, pues las previsiones son de que subirá durante unos años (por la curva acelerada de desarrollo vinculada a los hidrocarburos que se prevé en China e India, principalmente) hasta alcanzar los 65-70, para bajar luego espectacularmente, en la confianza de que se aplicarán tecnologías en parte aún por descubrir o pendientes de perfeccionar su aplicación industrial de forma rentable, y así poder conseguir el objetivo de no superar los 2ºC de incremento de temperatura en 2100, que el Panel de Expertos sobre el Cambio Climático cree firmemente implica mantenerse por debajo de los 450 ppmv CO2.

Solo hace falta multiplicar para hacer un cálculo aproximado de la producción de CO2 que cabe imaginar de aquí hasta 2100 (85 años), de seguir al ritmo actual: 4.250 Gt equivalentes, que, aunque no todos se quedarán de forma permanente en la atmósfera, ya que entre un 30 a un 40% se disolverán en las aguas marítimas y continentales o podrán ser captados artificialmente, se unirán a las 2.000 Gt  existentes.

Estamos en riesgo de emitir más del doble de lo emitido hasta ahora en toda nuestra Historia. El objetivo de los 2ºC que se ha apoyado en París supondría, por el contrario, reducir entre de un 50 a un 70% la producción antropogénica, dejándola en 15-25 Gt/año. Idealmente, no deberían superarse las 1.300-1.600 Gt de aquí a final de siglo.

Reto muy difícil de asimilar como creíble cuando se piensa que 1.000 Gt equivalen  a solo un 30% de las reservas de carbón probadas (combustibles fósiles: carbón, petróleo, gas), y no parece que la presión por mejorar el bienestar pueda contenerse con propósitos bienintencionados.

En fin: habrá que esperar a la firma del acuerdo que lo haga vinculante, para cuyo acto se ha determinado un plazo que termina en abril de 2017, y para cuya efectividad deben firmar, al menos, 55 países que cubran el 55% de las emisiones a controlar.  Y, una vez cumplido este hito, confirmar que cada cinco años todos los países renueven sus compromisos, con postulados cada vez más ambiciosos. Que exigirán, además del desarrollo tecnológico y la voluntad política, desembolsos superiores a los 100.000 Millones de dólares/año.

Una cantidad ridícula para un objetivo común que supone librar a la Humanidad de una catástrofe autoprovocada, aunque muy ambicioso para un colectivo que parece empecinado desde su más remota existencia a matarse o dejar morir sin piedad, impulsado por las muy variadas formas de egoísmo.

(1) Así se conoce la vigésimo primer Conferencia (en el sentido de Asamblea), de las “partes”, estados miembros de las Naciones Unidas, cuyos representantes se vienen reuniendo desde hace 20 años para tratar la amenaza del calentamiento global del planeta y analizar y acordar medidas para paliarlo. Hasta ahora, con más ruido que nueces; desde ahora, con mucho más ruido, y unas pocas nueces más, como trato de hacer ver en este Comentario.

(2) 1 ppmv CO2= 2,12 Gt C (léase; una parte por millón en volumen de anhídrido carbónico, igual a dos coma doce Gigatoneladas, es decir, mil millones de toneladas, de carbono)

1Gt C = 0,47 ppmv CO2; 1 t C = 3,66 t CO2; 1 Gt CO2 = 0,27 ppmv CO2

Tocando suelo

En el Seminario de Minería y Medio Ambiente (Congreso sobre Restauración y Recuperación de suelos afectados por la minería), que tuvo lugar en Sevilla, el 27 de noviembre de 2015, bajo los auspicios del muy activo Colegio Oficial de Ingenieros de Minas del Sur, con el apoyo del Consulado Geral de Portugal em Sevilla, que prestó sus excelentes instalaciones y su calor institucional, tuvimos ocasión de escuchar magníficas ponencias.

Destacaré solo aquí la de Felipe Macías Vázquez, catedrático de Edafología en la Universidad de Santiago de Compostela, con el que el 5 de octubre de 1990, siendo el ya catedrático y yo miembro entonces de la Junta Directiva del Colegio de Minas del Noroeste, compartí por primera vez mesa y mantel en un debate sobre “El mercado energético europeo: Previsión de las alternativas para los años 90”, cuya reseña recogí en la muy querida revista ENTIBA.

Repasando aquellas notas, descubro -como curiosidad de la que no voy a sacar consecuencia alguna- que hace 25 años Macías era negacionista del cambio climático, o cuanto menos, escéptico, pues atribuía el aumento de concentración de CO2 a la expansión de los fondos oceánicos, de acuerdo con la teoría de la tectónica de placas, y a fuerzas naturales. Frente a las voces que ya solicitaban restricciones al uso del carbón en las centrales térmicas, manifestaba que nada podríamos oponer desde la piromanía occidental a la intención de los países menos desarrollados de utilizar las fuentes energéticas propias para mejorar sus economías.

El catedrático Macías se ha hecho un poco más mayor, pero conserva idéntico impulso juvenil, talante didáctico y capacidad de convicción. Desde hace años, se ha especializado en la recuperación de suelos degradados, especialmente en los afectados por explotaciones mineras, mediante la incorporación de suelos sintéticos que actúan de elementos de sellado.

Los sulfuros -explicó- se mantienen estables en tanto que exista suelo que les separe del aire, es decir, en condiciones estrictamente anóxicas -y no solamente referidas a la ausencia de oxígeno, sino de cualquier oxidante. En los demás supuestos, los sulfuros son termodinámicamente inestables,  y el proceso es catalizado por millones de organismos que se han adaptado a acelerar las reacciones químicas de oxidación, absorbiendo las cargas negativas de las arqueobacterias (1), que solo subsisten en ambientes anóxicos.

En consecuencia, se entra en un proceso en bucle, hasta el agotamiento de todos los sulfuros, y las reacciones oxidativas utilizan todo el Fe+3. La cadena se rompe si evitamos la formación de Fe+3, lo que necesita un medio que controle el pH. De otra forma, al quitar el suelo, mecanismo tampón natural, el hierro se transformará en jarosita.

A la hora de definir un suelo artificial que reconstruya la situación tampón, impidiendo la oxidación de los sulfuros, los aliados son los compuestos de hierro, como la ferrihidrita -el mejor-, la goethita, la hematites, la schhwertmanita y, en peor medida, la jarosita. Al fabricar ese suelo artificial -denominado tecnosol-, reconstruimos, de forma específica para cada problema, lo que la naturaleza ha conseguido en miles o millones de años. Macías lo llama “tecnosol a la carta”, porque, adecuadamente elegido, es más eficiente que la tierra vegetal.

El mejor ejemplo -o, al menos, el más conocido en nuestro entorno-, hasta ahora, en la aplicación de estas teorías de intervención para la rehabilitación de suelos degradados, es el de las Minas de As Pontes-mereció el Premio de restauración europeo-. Como el catedrático Macías resaltó, la elección del tecnosol adecuado es clave: con andosoles aulándicos se consigue el crecimiento para corta de los eucaliptos en 9 años, en tanto que con tecnosoles eutróficos y silándicos, se reduce el tiempo para corta a 6 años. (2)

“El verde -dijo Felipe Macías- es importante, pero no lo es todo. Además, del impacto visual agradable, permite proporcionar alimento a la fauna, recuperar la calidad de las aguas…y tampoco se puede olvidar que toda la biomasa se convierte en micromasa reductora, actuando de protector e impulsor de un crecimiento sostenible”.

Uno de los aplausos más prolongados de los que se escucharon aquel día en la sala del consulado premió su intervención.

 

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(1) Los organismos denominados arqueobacterias, forman un dominio separado, Archaea. Aunque fenotípicamente son muy similares a las bacterias, y la mayoría se reproducen también con fisión, poseen características diferenciadas, entre las que se cuentan  la ausencia de paredes celulares con mureína, y la presencia de lípidos de membrana que incluyen enlaces éter y no éster, siendo característico el pseudopeptidoglicano formado por N-acetil-glucosamina unida a N-acetiltalosaminomurámico mediante enlace β-1,3.

(2) En un primer momento, me proponía incorporar a este comentario las definiciones de cada término (extraño para profanos) y, también, expresar la composición de los diferentes minerales de hierro que nombro. Pero luego pensé que a lo mejor el lector interesado y que, por no haberlo sabido nunca o no recordarlo ahora, quisiera saber el alcance exacto de los diferentes vocablos que aquí utilizo, de uso, desde luego, poco común, podría pasar un rato divertido hurgando en la Wikipedia.

 

Abengoa y los himnos al sol

Aunque no se debe especular sobre la calidad del bollo cuando aún está en el horno,  tengo pocas dudas de que  a Abengoa, como a Ícaro, se le quemaron las alas por culpa del sol: de la energía termosolar, para ser más exactos. Su visión mesiánica para mantenerse como la adelantada mundial de esa forma de dominar a Helios, le quemó la cera -digamos, el combustible- con la que contaba realizar el viaje, y, al forzar la máquina, se le calentó el endeudamiento y se le partió el ebitda (acrónimo para “Earnings before interests, taxes, depreciations and amortizations”).

En pocos años, y a la vista de todos, Abengoa pasó de ser la gema especial de la corona de las empresas ambientales españolas (¡y mundiales!), a convertirse en una entidad basura, un chicharro bursátil, provocando la pérdida prácticamente total de los dineros que se depositaron confiadamente en su aventura.

Desde luego, el auge y caída de Abengoa debe mover a reflexión a quienes ven solo ventajas, y no riesgos, en la carrera por asentar ambiciosos proyectos empresariales en las arenas movedizas de las energías alternativas. Por atractivo que sea el señuelo -calentamiento global, concienciación ambiental, consejos de sabios que animan a aprovechar la oportunidad del moto sostenibilidad-, las dificultades para conseguir beneficios económicos consistentes son altas.

Y, lo que hace a la aventura especialmente delicada, es que la obtención de resultados positivos no depende ni de la tecnología, ni de las intenciones propias, ni de los que confían en el proyecto, sino, y sobre todo, del contexto y de los ritmos que marcan otros, -no siempre con buenas intenciones-, lo que, a partir de un cierto momento, en que las necesidades de capital para sostener el crecimiento se hacen enormes, puede hacer que todo se vaya al garete.

El grupo empresarial que fue feudo de poder de la familia Benjumea se ha muerto de éxito. Participante hiperactivo en el grupo de devotos de la doctrina solar -en su versión más elaborada, la térmica-, cuyo catecismo Abengoa misma contribuyó a desarrollar, el eco de las declaraciones optimistas de sus principales accionistas y directivos resuena aún, porque todo sucedió muy rápido. Sánchez Ortega, en 2010, entonces Consejero Delegado, afirmaba que el ebitda pasaría en tres años del 44% al 67% y que la deuda se mantendría por debajo de 3 veces su valor, al tiempo que se multiplicaría por 7 -de 193 MW a 1.443 MW- la potencia termosolar instalada.

Qué horas, qué auras. Según el informe de la agencia Moody´s, fechado el 19 de noviembre de 2015, la deuda bruta de Abengoa es de 7,9 veces el ebitda anual. Las dudas sobre las cifras reales del complejo Abengoa se han extendido como la pólvora. Nadie quiere poner dinero en ese fuego.

¿Razones para este despropósito financiero? En mi opinión, haciendo abstracción de la hojarasca, dos: la presión de un mercado emergente, que embriaga del éxito, y la facilidad para obtener créditos muy baratos, en una situación de excedentes monetarios. En ese contexto, las proyecciones de futuro de ingresos y beneficios no tienen más credibilidad que la que quiera dárseles.

El grupo necesitaba mucho dinero para atender a su etapa expansionista, y recurrió -lo digo a partir de lo que leo-, para mantener la petición de créditos externos a un nivel que no pareciera escandaloso, al juego financiero de concederse préstamos entre sus filiales, en operaciones de picardía contable que se están analizando, -¡ahora!-, con el rigor de que carecieron anteriores auditorías.

Abengoa se endeudó, según las cifras que van siendo expuestas a la luz del escándalo, en 20.000 Mill. de euros -con 7.500 Mill. de euros de facturación prevista y un ebitda objetivo de 1.400 Mill. euros- construyendo un laberinto de créditos entre casi 900 filiales y/o participadas, agrupadas en Abengoa Yield y Abeinsa (que es la accionista principal de Abener Energía, Abengoa Solar, Abengoa Bionergía y Teyma/Sainco).

Como sucede siempre que un gigante empresarial revela sus debilidades, se han asomado a los estertores de la agóncia Abengoa multitud de interesados: unos, con intenciones necrófilas; otros, portando pócimas supuestamente salvíferas; no faltan quienes se aprovecharán de lo más jugoso.

A mí, lo que me apena especialmente, es que miles de puestos de trabajo -casi 7000 empleos, solo en Andalucía- se hayan puesto en tan grave peligro de extinción, y que no se haya sabido atajar el mal cuando tenía solución -entre otras, la de mantener los compromisos legales de subvencionar las energías solares-, y no haberse obcecado, desde los estamentos oficiales como desde los empresariales y sociales que se beneficiaban del crecimiento de la burbuja abengoense, en jalear con aplausos, coplas y brindis a la gestión, que era, en esencia, una huída hacia adelante, esto es, un camino sin retorno hacia el agujero.