¿Son Podemos y Ciudadanos start-ups políticas?

Las tecnologías de información y comunicaciones se ha mostrado muy capaces para desgarrar las costuras del tejido empresarial tradicional,  haciéndolo, allí donde penetran, muñones sanguinolentos. Por eso, quienes tengan la capacidad creativa para encontrar una aplicación de las mismas en algún lugar de la estructura de producción y servicios, pueden probar a arrancar un bocado de la actividad clásica y, aunque carezcan del músculo para engullirlo, tratar de poner velas a alguna gran corporación,  para que sus ejecutivos se fijen en su trabajo, y les compren la idea antes de que el excesivo éxito les queme las débiles entrañas financieras.

Es un momento, sin duda, apasionante, en el que se están cambiando las formas de resolver las cuestiones básicas de la Humanidad, que se traducen, eliminando toda hojarasca sentimental y florilegios, en vivir de la mejor manera posible. Las Empresas de Base Tecnológica (EBTs), que en España, como en todo el mundo, se llaman start-ups, se esfuerzan en presentar soluciones nuevas a los viejos problemas. Observando el crecimiento de las que tienen éxito, sin embargo, se detecta que el trabajo que realizan no es de simple sustitución: al manejar herramientas muy eficaces para el tratamiento y difusión de la información, el crecimiento de su facturación es exponencial y, combinadas con nuevos materiales, otros hallazgos, economías de escala, etc., están provocando un cambio dramático, no solo en el hacer de las cosas, sino en la distribución de las plusvalías y en la demanda de trabajo, en calidad y cantidad.

De ahí el interés de las empresas establecidas para controlar su futuro, de las dos maneras posibles: ahogándolas o, si no fuera posible, adquiriéndolas antes de que les hagan más daño. Las start-ups que sobrevivan a esta ley de la selva, serán, posiblemente, los factores principales de la nueva economía.

Disculpe el lector tan largo prolegómeno, porque lo que deseo proponer es acercar el concepto de start-up a las dos formaciones políticas que, en este momento sensible para España, están protagonizando lo que se presenta como una nueva forma de tratar los problemas socioeconómicos de siempre. Ciudadanos y Podemos representan, en este sentido figurado, una versión actualizada, tecnológicamente más agresiva, del clásico dualismo entre izquierda y derecha que, mientras el campo político estuvo en orden, quedaba suficientemente representado por el Partido Popular y el PSOE.

No será tan fácil, quizá, descubrir cuál es la nueva tecnología que enarbolan orgullosos, como base de su funcionamiento, los equipos de Ciudadanos y Podemos: mezcla elementos muy variados, que van desde la presunción de honradez y credibilidad frente a corrupción y engaño; eficacia frente a acomodación o molicie;generación de más actividad frente a estancamiento, falta de iniciativas o declive; etc. Puede que los creadores de estas empresas políticas de hipotética base tecnológica vean elementos nuevos -juventud, formas de comunicación, frescura de ideas, movimiento ciudadano, trasparencia, democracia renovada, …- pero no lo son tanto, en mi opinión. Defendidos con mayor o menor perspicacia y fortuna, esos “elementos positivos” de la comunicación política, existen, existirán y existieron en toda sociedad, y el que en un momento dado de la Historia tengan mayor relevancia no deja de ser coyuntural.

Las nuevas tecnologías que Ciudadanos y Podemos, cada uno desde su lado de la parcela ideológica, pretenden implementar para sustituir a los dos partidos que antes centralizaban la disputa (lamento, personalmente, dar por finiquitada sin pena ni gloria a Izquierda Unida, que representaba algo así como la industria del carbón y del acero de la política), son menos aparentes.

Para Podemos, su programa tecnológico virtuoso incluye expertos en energías alternativas, ya sean la solar, la eólica, y la investigación de laboratorio de la fusión y la pila de hidrógeno. Es hermoso oírles trasmitir la “buena nueva” a sus capitanes, con bellos himnos al sol, al viento, a la madre Tierra, a las riquezas naturales recónditas, y al futuro deseado pero aún lamentablemente imposible, que nos hará mejores, aunque a la mayoría de los que estamos cubiertos de barro, empujando del carro, nos provoca recelos.

En el caso de Ciudadanos, la nueva tecnología es menos sofisticada, más de gabinete. Supone repasar los cálculos del Partido Popular,  poniendo de manifiesto algunos errores detectados por los que no les cuadran las cuentas. Resulta significativo que el comité científico de la derecha liberal copernicana, la Academia del mercado y la filosofía de le monde va de soit meme, los eruditos laureados de la ortodoxia oficial -llámense Rajoy, Cospedal, Aznar o el lucero del alba- les afeen sus pretensiones de corregir errores, llamándolos pichoncitos, torpes, ingenuos y otras lindezas estilísticas del tenor.

La verdad es que el empuje de las start-ups ha llegado al parqué político, y lo ha hecho con todas las de la ley electoral. Y, como ha intentado hacer, bien aconsejado, Pedro Sánchez, se trata de atajar rápido su impulso que huele a demoledor. Lo ha hecho con un acuerdo de mínimos con Ciudadanos que puede calificarse, sin problema, como una declaración de no agresión. Supongo que nadie se creerá, en su sano criterio, que se pretende incorporar a ese pacto edulcorado a Podemos.

No, la start-up verdadera en política es Podemos. El invitado a incorporarse, con su mera abstención, es el PP. Porque ya habrá tiempo para tomar una decisión sobre el otro partido, si es que tiene fuerza social y económica para mantenerse en el mercado.

 

Desnudos ante el mundo

Que estamos viviendo en España una situación excepcional, no deberían caber dudas. Son tantos los frentes abiertos, que solo enumerarlos produce sensación gélida en los cogotes de quienes, aunque no nos encontremos en ninguna de las trincheras bélicas, nos preguntamos si sus resultados, sean cuáles fueran, nos afectarán o forman parte de un espejismo colectivo.

Tenemos las instituciones convertidas en un batiburrillo de tensiones y, cuando podríamos mostrar satisfacción por lo alcanzado, hemos puesto los focos sobre el cuarto de las escobas, aireando los trapos sucios y el cubo de la basura.

Cuestionamos la Constitución y la forma del Estado, sin reparar en si las alternativas mejoran lo presente o lo descalabran. Donde algunos parecen ver más libertades, otros vemos más servidumbres y cadenas, y al revés, según nos cuadre. Se defiende aquí el Estado federal y otros expertos constitucionalistas, se empeñan en demostrar que ya lo tenemos. Se dan vivas a la república en las plazas y enarbolan banderas de todo tipo, cuando cabe reconocer que Felipe VI es un profesional serio y hasta elegante, con bastante mejor formación que sus alternativas, y que, además, hemos pagado entre todos.

Mostrando una capacidad disociativa casi sobrehumana, el Rey aparenta no estar afectado porque una de sus hermanas está siendo enjuiciada por evasión fiscal, y que su cuñado tiene todas las papeletas de pasar una temporada larga en la cárcel; con la cabeza empleada en temas acuciantes, tampoco parece importarle que sus padres, pareja real emérita, anden sueltos por el mundo lamiendo sus heridas, y que la imagen de su augusto padre  sea desplazada a golpes de semanario del corazón desde salvador de la democracia a rijoso impenitente.

¿Y qué decir de los trabajos de Hércules para mejorar la existencia de los que somos más humanos?. Después de unas elecciones para designar los representantes populares en las Cámaras, quedó puesto en evidencia que el país no está dispuesto a recomponer la dualidad política que había supuesto una alternancia pacífica, y positiva, de dos partidos que habían tenido la perspicacia de ir aproximando sus posturas ideológicas hacia el calor del centro izquierda.

Con cuatro formaciones prácticamente igualadas, y después de arduas negociaciones misteriosas en las que se han malgastado oportunidades de entenderse a cambio de dar martillazos sobre el pastel de las negociaciones, el maltrecho Partido Socialista y la juvenil ave Fénix surgida de las cenizas de la descomposición parcial del Partido Popular, han firmado un acuerdo de mínimos edulcorado.

Por su escueta redacción, más que a programa de Gobierno, estaría destinado a llamar la atención del electorado sobre la incapacidad de la derecha tradicional para lamerse sus heridas e incompetencia en solitario, absteniéndose de meter las narices en la gestión de lo público por un período, y, no en último lugar, acerca de las incoherencias de una agrupación de descontentos, agraviados, parados juveniles, secesionistas, ingenuos e incorruptibles no probados, en su camino iluso hacia la Tierra Prometida que les señalan como un mantra ciertos guías de catadura un tanto estrafalaria que se consideran habilitados por sus estudios académicos superiores para saber cómo redimirlos.

En momentos de crisis económica y tecnológica, y mucho paro de larga y de corta duración, tenemos a algunos profesionales muy ocupados en el corto plazo: periodistas y jueces, en particular, concentrados especialmente en la investigación de los recovecos de la corrupción, líquido apestoso que parece haber contagiado las fórmulas para las adjudicaciones públicas y que, a medida que avanzan los trabajos de los unos señalando la ruta a los otros, nos sustenta la convicción de que somos, sino el país más corrupto del mundo, sí dignos de figurar entre los más torpes en ocultarlo.

Tantos son los casos y tan extendido y común aparece el asunto de quienes sustrajeron algunos dineros de las obras y concesiones administrativas para su Partido y/o para su coleto y tan poco creíble que los directivos de empresas no estuvieran todos al tanto de esa práctica malsana, que la duda que suscita es si tanto empeño en descubrir la verdad no acabará al modo de la película “Todos a la cárcel” o con una confesión de autoculpabilidad de todos ellos, preguntando a la audiencia: “Y ahora, ¿qué?”

En fin, hénos aquí, como país, desnudos ante el mundo, una vez más. Hurgando en las miserias -que no por propias dejan de ser comunes-, y sin atender a lo que es más importante. Sin gobierno, vamos. En sentido general y figurado.

 

Explicar el mundo para politólogos

Pocos de los grandes científicos y pensadores que la Humanidad ha producido fueron personalidades engreídas, poseídas de su potencia intelectual. Y, de entre los que prefirieron no revestir sus logros de modestia, que es auxiliar de la virtud de la templanza, según Tomás de Aquino, no fueron pocos los que, pasado el tiempo, vieron sus teorías superadas por las pruebas de otros sabios que iban comiendo los altramuces del conocimiento que habían despreciado.

Tengo junto a mí un libro que aconsejaría a todo politólogo, especie surgida de los recovecos del saber y que ahora nos quiere dar lecciones en materias que entienden tenemos descuidadas. Está escrito por el premio Nobel de Física, Steven Weinberg y se titula “Explicar el mundo”. (Editorial Taurus, 2015), a cuya perspicacia y dotes para explicar de forma sencilla lo que sabe, se debe, entre otros, también el libro “Los tres primeros minutos del Universo”, que me leí de un tirón.

Weinberg justifica su propósito de “explicar el mundo”, como resultado de la decisión de “profundizar más, aprender más de una época anterior de la historia de la ciencia” y a que “como es natural en un profesor universitario, cada vez que quiero aprender algo me presento voluntario para impartir un curso sobre el tema”. No es la única joya que puede encontrarse ya en el Prólogo, y, al leer sus explicaciones, no pude menos de recordar a un científico más próximo a mi naturaleza, mi tío Juan Manuel F. Carrio, que no dudaba en dar clases de cualquier disciplina técnica (sic), (1) , aprendiendo en todas ellas hasta desmenuzar sus recovecos y siendo capaz de explicar la materia con meridiana claridad a los alumnos más exigentes.

Escribe Weinberg que dio a su libro el subtítulo de “El descubrimiento de la ciencia moderna”, con el que “también pretendía distanciarme de los pocos constructivistas sociales que quedan: los sociólogos, filósofos e historiadores que intentan explicar, no solo el proceso, sino incluso los resultados de la ciencia como productos de un entorno cultural específico.”

Como no quiero resumir el contenido del libro, porque sería un intento imperdonable de pretender evitar el disfrute total al posible lector, me salto dos centenares de sus páginas para tomar un par de frases del Epílogo: “A lo mejor se nos agotan los recursos intelectuales: quizá los humanos no seamos lo bastante inteligentes para comprender las leyes realmente fundamentales de la física. (…) Por ejemplo, aunque quizá lleguemos a comprender los procesos cerebrales responsables de la conciencia, resulta difícil entender cómo podremos describir alguna vez los sentimientos conscientes en términos físicos”.

Amigos politólogos: cuando leo algunas de vuestras petulantes declaraciones, por las que pretendéis convencernos de que domináis campos tan diversos como la sociología, la economía, el derecho o la ingeniería, no puedo menos de hacer la propuesta de que adoptéis la templanza de los que, sino más inteligentes, su sabiduría se ha visto laureada por Comités internacionales.

Algunos preferiríamos que reconociérais saber mucho menos, pero que os mostrárais honrosamente dispuestos a aprender junto a nosotros. Por supuesto, con transparencia, yendo unos cuantos pasos por delante, y con el esfuerzo y dedicación que corresponde entregar a quienes dedican su tiempo `¡vocacionalmente!- a mejorar lo que tenemos.

Por cierto, si algo no sabéis o no entendéis de cómo funciona el mundo, preguntad a los que venimos de la estepa. Encontraréis a unos cuantos que estaríamos dispuestos de buen grado a exponer nuestra experiencia sobre las dificultades de “alcanzar una teoría física fundamental” (últimas palabras del “Epílogo: La gran reducción” , del libro de Steven Weinberg (2)

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(1) Desde Cursos de Náutica a futuros patrones de pesca, hasta Electrónica, Ampliación de Cálculo o Resistencia de Materiales para ingenieros, o Mecánica de Fluidos para médicos urólogos, por ejemplo.

2) El libro tiene 424 páginas, pero desde la 279 son Notas técnicas y Bibliografía y, por tanto, su lectura tal vez podría obviarse sin desdoro. Más imperdonable se me haría no llamar la atención sobre los versos del poeta metafísico John Donne, que Weinberg recoge a modo de advocación, y que retomo en su versión original (A lecture about the shadow: “These three hours that we have spent,/Walking here, two shadows went/ Along with us, which we ourselves produc’d./But, now the sun is just above our head,/ We do those shadows tread,/And to brave clearness all things are reduc’d.”).

La traducción de Damià Olau, excelente por lo demás, no me convence mucho para estos concretos versos, pero la recojo aquí para quienes no dominen el inglés poético: “En estas tres horas que hemos pasado/caminando, dos sombras nos han acompañado,/que nosotros mismos producimos;/ pero ahora que el Sol ha ascendido,/estas dos sombras pisamos/ y a la espléndida claridad todo se ha reducido. (Disertación sobre la sombra)”

 

El 23 F de 1981 en la desmemoria

Cada 23 de febrero, desde el año 1981, en que la democracia entró en la Historia reciente de nuestro país por la puerta del miedo a una nueva dictadura militar, son muchos quienes rememoran el relato fáctico de aquellos momentos, que, a medida que el tiempo pasa, se ve adornado con nuevas plumas por quienes hubieran deseado tener un papel relevante en aquellos sucesos.

Como tengo escrito, padezco, como la inmensa mayoría de mis coetáneos, de una incapacidad insuperable para situarme, incluso como actor de reparto, entre quienes ocuparon las primeras líneas de los acontecimientos que señalaron la senda por la que ahora discurrimos.

Mi currículum como posible participante en esa historia colectiva al parecer tan relevante es nula: No corrí detrás (ni delante) de los grises en las algaradas callejeras del tardofranquismo; fui delegado en la escuela de Minas, pero como estudiante en la Facultad de Filosofía, aunque asistí a algunas Asambleas multitudinarias, lo hice en silencio, abandonando el recinto cuando los ánimos se encrespaban-; pasé por la Instrucción Premilitar Superior con el imprescindible aprovechamiento del tiempo que huía, y, como alférez, implanté un programa de aprendizaje de inglés entre los reclutas de mi sección, y escribí un libro.

Para ceñirme a lo que ahora quiero comentar, estaba en Alemania cuando el 23-F que cuenta y cuando, a la vista de lo que estaba viendo en la tele, me llamó una secretaria de Ensidesa para aconsejarme que pusiera a salvo los trastos de mi tufo a rojerío, me dio por llamar al cónsul de España, que recibió de esta manera extraordinaria la primera noticia de aquel intento de golpe de estado, del que nunca sabremos toda la verdad.

Leo estos días un articulo de Miguel Angel Aguilar, “23-F: el golpe y la falta de uniformidad” (Ahora, número 14), en el que glosa la elucubración de que el general Gutiérrez Mellado era el único cualificado, por su conocimiento del género, para descodificar la intención del grupo de gentes con variopintas uniformidades, que había entrado con las armas en la mano en el Congreso, y deducir de inmediato “el significado del desbarajuste indumentario y la debilidad que traslucía”.

No le quito razón, porque el general Gutiérrez está muerto y los que aún no lo están, no van a hablar de lo que ya no importa. Aunque, si me detengo en la indolencia con la que, 35 años después, asiste el pueblo a una negociación opaca entre partidos para recomponer, haciéndolo viable, un resultado electoral endemoniado y acordar un programa de gobierno que proporcione algo de estabilidad para avanzar, me pregunto qué podría descubrir un observador sagaz de las indumentarias de los políticos que están, aparentemente, discutiendo qué hacer con nuestro futuro colectivo.

Porque ignoro si podría aplicarse eso de que el “desbarajuste indumentario trasluce la debilidad de la intentona”, en este caso, de formar un gobierno estable. Y cuando miro los agujeros que provocan los disparos de salvas en la credibilidad del Congreso, echo de menos la perspicacia que Aguilar atribuye a Gutiérrez Mellado.

Nota: He escrito varias veces sobre el 23-F. Este enlace es uno de mis últimos Comentarios. http://angelmanuelarias.com/un-23-f-para-felipe/

La sabiduría de la rana

Mis amigos coreanos Sebastián Kim y Maria Lee me regalaron, hace años, un libro de Ko Un: “Ananda, 108 poemas Zen”. Editado por la Editorial Casariego y con prólogo de Jesús Ferrero, está firmado por el autor -una referencia indiscutible de las letras en Corea del Sur, nominado reiteradamente para el Premio Nobel de Literatura.

No es la literatura minimalista precisamente la que más me emociona: Mi forma de escribir -amante de la retórica y los adjetivos calificativos- está distante de la apariencia desnuda con la que los maestros budistas presentan ideas y pensamientos del tao.

Sin embargo, a partir de mis precarios conocimientos del idioma chino (y me persigue como un mantra lo que Sebastián me aconsejó cuando le comuniqué mi propósito de estudiar esa lengua, que temerariamente desatendí: “Aprende solo los grafismos y vocablos principales, porque nunca conseguirás dominarla”) y una convicción apriorística de que todas las lenguas orientales se parecen conceptualmente, estoy seguro de que el problema está en la traducción. Los escritos chinos, como supongo sucede con los coreanos, admiten muchas interpretaciones a partir de los grafismos, y el lector cumple una misión de recreación a la que no estamos acostumbrados los lectores de escritos en lenguas occidentales.

Estoy ordenando, por implacable instrucción de mi mujer, los libros de mi desmañada biblioteca, y he ahí que apareció, camuflado en un lugar que no le correspondía, el libro de Ko Un. Navegué por sus páginas, renovando la curiosidad que me suscitaba la dedicatoria sensible de mis amigos: “en recuerdo de los muchos momentos que compartimos con vosotros durante el viaje por el sendero de la vida”, y, a pesar de que deseaba encontrar algo que me inspirara o conmoviera fuertemente, volví a experimentar la sensación de que no estaban escritos para mí.

Pero en la página 85 leí esto: “El ermitaño Jang Ku-Song estaba cagando/ oyó croar a las ranas y recitó:/…/ El canto de las ranas en la noche de luna/al inicio de la primavera/ atraviesa todo el mundo de fin a fin/ convirtiéndonos en una sola familia./…/Hiciste tus necesidades, vete ya”

Un escalofrío me recorrió. Se entiende bien, desde luego, el mensaje. Al leerlo con más detenimiento, me detuve en la expresión “de fin a fin”. ¿Por qué no “de principio a fin”, como parecería correcto en el lenguaje habitual? Caí entonces en la cuenta de que Ko Un hace hablar a dos personajes: el ermitaño, lo hace desde su pretendida superioridad que le conduce a la creencia de que el mundo gira sobre si mismo, repitiéndose. La rana, lo hace como parte de la armonía cósmica, simplemente, existiendo.

Perdone el lector que no guste de las metáforas: resulta que encontré aplicación del poema a la situación política que estamos viviendo en España. Y si lo relee con atención, seguro que también halla sugerencias para otras aplicaciones.

 

Tecnología para la Champions

Durante la mañana, pensé en no acudir, porque, entre tratamiento oncológico y atender a asuntos del despacho, el día se me hacía cuesta arriba. Finalmente, valorando que el evento tenía antecedentes de interés y que el lugar de reunión estaba a tiro de estación de metro, imprimí la credencial y me acerqué a esa hora tonta que es la sobremesa o la siesta de algunos.

Escribo sobre la VII edición del Salón MiEmpresa, iniciativa nacida de la cabeza de Sébastien Chartier en 2009 y otros cómplices, que se celebraba en el Palacio de Deportes de Madrid (transmutado  temporalmente Barclaycard Center por cosas del Patrocinio).

Después de superar el control general de entrada, y perderme por los pasillos  de cemento , sorteando las cutres cintas de plástico que disuadían de caminos alternativos -fui rechazado amablemente de la prometedora zona VIP que estaba destinada solo a ponentes y otras gentes con pedigrí inversor-, me encontré en la cancha. Como no llevaba el Programa, ni recordaba a qué sesiones y salas me había apuntado previamente, fui directo hacia la llamada “Sala Principal”, que respondía al evocador título de “Inspiración y Tendencias”.

Estaba hablando Raquel Roca (“periodista y consultora de innovación digital”, leo ahora en el Catálogo), sobre la era knowmad, que, como debe saber todo el mundo que haya leído a John Moravec, es el momento de los nómadas del conocimiento. También recomendó Raquel, para encajar en la sociedad hiperconectada, en la que cada uno debe “elegir el camino y el destino”, disponer de “una mentalidad líquida”, en el sentido de abierta, aunque me parece que la referencia a la sociedad liquida de Bauman, que realizó en defensa de tal actitud, es errónea, como podría acreditar cualquiera que hubiera leído a mi admirado Zygmunt.

Hubo cambio de ponentes, y mi sorpresa fue notable cuando me encontré con que el siguiente Debate (16:40 de la tarde) versaría sobre “Innovación y Tecnología: ¿Cómo jugar y triunfar en las grandes ligas?” y entre los intervinientes estaba el COO de CartoDB, mi hijo Miguel.

Me quedé, pues, entre el público. El Debate estuvo muy bien dirigido por Helena Díez-Fuentes, (que es “reina evangelista” -Queen evangelist en Bridge Bandit-) y en el panel figuraban Jorge Galindo (cofundador de 47 Degrees) y Philippe gelis (CEO & Co-Founder de Kantox). Ya se ve, por los títulos de los que actuaban, que se trata de gente internacional, pues o las posiciones empresariales o los nombres de las empresas parecen extraídos del más allá anglosajón).

Mi permanencia como espectador fue recompensada haciéndome disfrutar de un momento muy agradable. Quienes fueron presentados como empresarios de la gran liga, estuvieron sinceros, locuaces y también, provocadores.

Preguntados, por ejemplo, sobre cómo veían el “exit” -es decir, la salida- personal de sus actuales empresas, ofrecieron un ejemplo envidiable de salud emprendedora. Philippe expresó que “montaría otras empresas” con el dinero obtenido de su éxito, porque creía que “faltaban buenos proyectos” y no se veía como “business angel”, sino como inversor.

Jorge apuntó hacia el deseo de compartir el conocimiento, ayudando a otros inversores con su experiencia, fiel a la idea, previamente expresada, de “devolver a la comunidad de desarrollo parte de lo que nos hemos ido nutriendo durante años”, en referencia a los programas fuente de acceso libre (open source).

Miguel reconoció “no tener respuesta para saber cuál será el final del camino” y que “el límite lo pone uno mismo y no el mercado ni la oportunidad”, porque en “una start-up está todo por hacer, y el tsunami de tareas potenciales es infinito”. Por ello, el “formato es individual”, aunque “no querría vender palas a la gente que busca oro, sino ser activo con ellos.”

Necesitamos mucha gente así en este país. No la tenemos, desde luego. Tengo la impresión desagradable que tampoco sabemos bien cómo cuidarla ni impulsarla. Cuando terminó el Debate, ya de camino hacia la salida, porque tenía una cita inaplazable, creí estarme cruzando con muchos jóvenes que buscaban su primer empleo, con sus currícula en la mano.

Alguien me tomó del brazo. Era Jaime Estévez, el cofundador de Agora-News: “¿Te importa que te hagamos una entrevista para recoger tu impresión del primer día de Miempresa?” me preguntó, después de interesarse por mi salud y darme un abrazo. Lamentablemente, no podía quedarme más tiempo. Le prometí que “Mañana, cuando vuelva al Salón, estaré a tu disposición”.

Pero mañana es hoy, y no he podido sacarme de encima el trabajo que tengo acumulado.

 

 

¿Se podrá llegar a saber en qué tenía razón Albert Einstein exactamente?

Después de ver la película de ciencia ficción Interstellar, con mi cerebro aún aturdido por las elucubraciones inverosímiles de esa historieta de redención apocalíptica, descubrí con emoción que entre los Extras incluidos en el dvd, se ofrecía una entrevista a Eric Thorne, catedrático de Fisica Teórica del Instituto Tecnológico de California.

Thorne había sido el asesor científico del guión y con convincente tono, explicaba a los legos de la cosmogonía, entre los que figuro -por padecer el síndrome de la predominancia metafísica- como uno de los más retrasados del pelotón, que lo que se contaba en la película de Chris Nolan tenía un soporte aceptable en la teoría de la relatividad avanzada.

Llegado a este punto, debiera recomendar al lector que quisiera pasar por entendido en las ondas gravitacionales que, además de leer algo de lo mucho que se está escribiendo sobre ellas, vea la película Interstellar. No le garantizo que se convierta en un erudito después de esa inmersión en las intimidades del tiempo, pero podrá alardear de estar convencido de que a Erik Thorne y a Rai Weiss (el alter ego europeo del primero) les va a conceder el próximo premio Nobel en la materia.

Ambos científicos son los principales culpables del proyecto LIGO (Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales), que está concebido para detectar los efectos sobre el espacio tiempo de la explosión masiva de energía causada por la colisión de dos agujeros negros a velocidades superiores a los cien mil km/s y a más de mil millones de años luz de la Tierra.

Pues bien: cuando aún se encontraba en pruebas el hipersensible sistema para captación de tales microefectos (por causa de la distancia a que se produjeron los fenómenos), algunos aparatos de parte de los 80 centros destinados a detectar esa anomalía cósmica, registraron oscilaciones que no provenían de las causas conocidas, que se habían, obviamente, filtrado previamente.

“Vimos en acción que la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado, la ecuación que todo el mundo conoce” -expresó, con la habitual riqueza comunicativa de los sabios, uno de los científicos que trabajan en el proyecto.

Los titulares de prensa de estos días resaltan que ese descubrimiento prueba que existen ondas gravitacionales, capaces de retrasar localmente la flecha del tiempo, aunque sea de forma mínima, respecto al reloj cósmico absoluto y, en consecuencia, Albert Einstein tenía razón.

Gran tipo, ese Albert, capaz de desplazarse con lápiz de mina de carbono sobre un papel pautado que iba rellenando con ecuaciones de máxima complejidad y que, convenientemente simplificadas, desembocaban en una fórmula que es más fácil de recordar que la de la Sachertorte.

Por fortuna para quienes necesitamos tener pruebas de su esencia humana, nos dejó también una prueba irrefutable de su cortedad emocional. Su historia de acoso moral con la científica Mileva Maric, su primera esposa, madre de sus dos hijos, compañera de Facultad y codescubridora de la teoría de la relatividad, que renunció a aparecer como coautora de los artículos que Einstein firmaba solo, con una enamorada explicación: “Wir sind ein Stein” (1), nos ofrece la evidencia.

Porque, ya obtenido el reconocimiento por sus trabajos, pertrechado en su aislamiento gravitacional, levitando sobre su ego humano, Albert escribía a Mileva una Nota con instrucciones tajantes, hirientes, precisas, acerca de cómo debería disponer de su ropa interior y sábanas, preocuparse por mantener a los hijos fuera de su despacho y, por favor, no osar dirigirse a su eminencia más que para contestar escuetamente a lo que él, dios, le preguntara, cuando y cómo quisiera.

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(1) “Somos una Piedra”

La mano tendida del PSOE, en sus justos términos

He bajado de internet el “PROGRAMA PARA UN GOBIERNO PROGRESISTA Y REFORMISTA. PROPUESTA DEL PSOE”, fechado el 8 de febrero de 2016, con el que el presidenciable Pedro Sánchez trata de seducir a los partidos con los que debería pactar para poder ser investido Presidente. No va dirigido al PP, ya que desde las primeras páginas resulta claro que no cuenta con este partido, puesto que “la mayoría abrumadora de los ciudadanos ha dejado claro que (…) ha pasado el tiempo del Partido Popular” (sic) y “desde posiciones diferentes han coincidido en su deseo de no encomendar al PP la dirección de la vida colectiva en esta nueva legislativa.”

Podría escribir, a continuación, que me leí el Programa. Consciente de que no interesa a nadie mi opinión, ya que no estoy en la negociación -como tampoco lo está el lector que pudiera leerme-, me guardo la misma, aunque no sin decir que me parece inabordable. Y no porque me parezca mal -ya se sabe que el papel lo aguanta todo, y con mayor entidad desorientadora aún, internet-, y aún menos porque reniegue de mi devoción estructural por el socialismo democrático posibilista, sino porque le falta algo fundamental a un Programa de Gobierno: no existe la menor indicación acerca de los costes del mismo.

Si aparecen cifras en el Programa (pocas), son escasas. Sirven para anunciar medidas con las que “mejorar la cualificación” a 700.000 parados, mismo número que los que han abandonado los estudios (¿cifra mágica?) “sin titulación ESO y, por eso no trabajan”(!); la promesa de aumento de empleo público en 5.000 personas -¿para hacer qué?-; el “límite de pago en efectivo a 1.000 euros” y…poco más.

¿Más deuda, más impuestos, reclasificación de partidas presupuestarias, confianza en una recuperación milagrosa? Ignoro el tipo de santoral que maneja Sánchez y sus mentores y, en realidad, tampoco me importa. Lo urgente es que se empiecen a tomar medidas concretas y que estas surtan efecto, en la dirección en la que la mayoría ciudadana, lo haya explicitado o no al votar en las urnas el 20 D, desearía como objetivo principal al Programa: la disminución del paro y la generación de más actividad.

Por eso, para no caer en la trampa de un análisis crítico, he recurrido a lo más simple: copiar en formato Word el Programa y, con la ayuda del Buscador de términos, detectar el número de veces que se hace referencia a una raíz o palabra concreta. Después de todo, si en un escrito de 53 páginas con intenciones programáticas hay vocablos o expresiones que se repiten más que otras, tenemos ahí un reflejo de la intención subyacente, del esquema subliminal con el que se ha construido la propuesta y, naturalmente, de aquello que más preocupa al futurible partido de Gobierno.

Estos son mis resultados, que expongo, al mismo tiempo que invito al lector interesado (y, tal vez, desocupado) a que haga más exploraciones por su cuenta (indico, después de la palabra o raíz, el número de veces que se encuentra en el texto):

Administ 51; Amb 11; Audit 6; Autonom 10; beca 3; Bruselas 4; Cargo 17 (sobre todo, “cargo público”); Ciudadanos 25; Consumo 21; Control 22; Coste 8; Creación 20;  Crisis 11; Cultur 23; deb 71 (“deber”1 (de colaborar); Defensa 19; Derecho 58; Desahu 3; Difer 8; Economía 15 (“economía sumergida”, 4); Educa 17; Elector 17; Empleo 49; Empresa 65; Equilibrio 4;Equival 3;Europ 41; Gasto 16;Hombres y mujeres 9; mujeres 21; jóve 6; mayor 4; pension 7; Enseñ 0; Formación (31, “información 13); Iguald 33; Impuest 11; Incompat 5; Indust 6; ingr 16; Interés 19;  Investig 11; Justicia 5;Ley 94 (“Decreto-Ley” 4); Mayor 39; Minor 4; Minería 0; Modelo 14; Mund 4; Nuevo 54; Obligac 11;Paro 5; Partido Popular 3;Partido socialista 2;paternidad, 3;Patrimon 11; Precio 7; Préstamo 4;Presup 31;Programa 24;Poder 6 (“poder adquisitivo” 1, “poder judicial” 2); Proyecto 19;Recup 29; Reform 100; Relig 4;Responsab 13; Salar 15;sani 11; Sindic 3;Tecno 11;Terr 4; Trabajo 66; Universidad 7; Violencia de genero, 19; Vivienda 9.

De esta relación, que he transcrito por orden alfabético, se pueden deducir, sin duda, algunas conclusiones muy básicas:

  1. El enfoque mediático del Programa. El mayor énfasis sobre algunos términos pone de manifiesto que se ha concedido especial atención a temas de actualidad. Es el caso de la expresión “violencia de género”, cuestión a la que no niego importancia, pero no me parece que merezca tanta relevancia en un Programa de puntos básicos. A parecido nivel sitúo la raíz “incompat”, que refleja la preocupación -más política que otra cosa- por el ejercicio de la función de representante del pueblo y gestor de asuntos privados. Es más grave la escasa formación (vital y profesional) con la que muchos llegan a la política, lo que traslada a futuro la cuestión de qué harán cuando dejen de representarnos. La raíz “desahu”(cio), con 3 citas es una referencia más a lo inmediato. Tampoco se entiende bien que “Defensa” tenga 19 nominaciones (un guiño al general Rodríguez y a Podemos?). Bien está que se apoye la Cultura, pero citarla 23 veces, ¿no es un poco excesivo, en relación con otros términos?
  2. La enunciación de problemas graves sin profundizar en su solución. El tema de la reactivación, que implica la motivación y movilización de todos los agentes económicos -y no solo los demandantes de empleo- queda abierto. Hay 29 citas a la “Recup(eración”, 5, al Paro, y 15 a Economía,… pero solo 6 a Indust(ria), ninguna a Minería, se abomina explícitamente del Fracking, y se anuncia el cierre de las centrales nucleares a los 40 años de vida; etc. En general, como es habitual, por desgracia, en los Programas políticos al uso (de ingenuos iletrados), se menosprecia la técnica, la industria, y la referencia a las tecnologías es tímida, equívoca o falta de un elemento sustancial: decidir quién va a pagar por los programas, y tanto más cuanto más ambiciosos : (¿”materiales avanzados”? ¿”nuevo modelo de gobernanza”? ¿”creación de 200.000 nuevos puestos de trabajo” en la rehabilitación urbana? ¿”nuevo modelo de crecimiento”? ¿”nuevos competidores”? ¿De qué manual de buenas voluntades se han extraído a la carrera esos términos?)
  3. Se pone énfasis en el deseo de reforma, eso sí. 100 citas al vocablo la convierten en una de las palabras claves del Programa (24 veces citado) y se prevé una importancia legiferancia: 94 veces se utiliza la palabra Ley. La Justicia no preocupa tanto, en apariencia (5 nominaciones) y el “poder judicial” solo se cita dos veces. La sanidad sube 11 escaños, lo que no alcanza, por ejemplo, a la bio(logía), que no tiene sitio.
  4. El entorno internacional tiene una presencia limitada en el Programa. 41 citas a Europa y 4 a Bruselas, y 4 al mundo mundial (una, a EEUU, para referirse a él como modelo puntual de una de las medidas propuestas), las mismas veces que se refiere al “terrorismo” (2 veces con la categoría de “internacional”).
  5. Hay mucho más interés en resaltar los “derechos” -58 referencias- que los “deb(eres)” -1 sola vez, el “deber de colaborar”-, en tanto que la raíz “deb”, aplicada a “deberán” -de forma genérica- es hiperutilizada 71 veces. Los ing(resos) y los gast(os), quedan compensados a 16 puntos. La “formación” es una preocupación persistente, aunque no se traduce en “enseñanza” y no demasiado en “Universidad” (7), para lo que la necesitaríamos cambiar, ya que es, a un tiempo, generadora de paro juvenil distinguido y necesaria potenciadora de la creatividad aplicada. Y, aunque se hace una cita al “ingenio”, ninguna a los “ingenieros”, aunque la “tecno”(logía) está mejor representada (11 veces; 1, con la palabra con connotaciones casi mágicas, de “biotecnología”).

Así podría seguir haciendo análisis transversal, pero me entra sueño. Así que, termino aquí, deseando suerte a quienes están negociando, sea lo que fuere. La necesitamos todos…

No es tiempo de pantalla, sino de acción

No cabría esperar que la joven clase política española brillase a gran altura, porque no tuvo muchas ocasiones de aprender el comportamiento que se espera de un político de raza, y demasiados de los modelos que pudieron haber tenido se nos han ido por la vergüenza del desaguadero de la corrupción, cuando no por el egoísmo que les hizo atravesar sin remordimientos las puertas giratorias que los condujeron, de nuevo, al poder, -esta vez más seguro, por ser el económico.

De los ejemplares más vistosos que han conseguido salir en los últimos tiempos a la palestra mediática desde las Facultades de Política y Sociología, y por muy laureados que hayan sido con matrículas, solo cabe deducir que el mundo real no se enseña en las aulas como es, sino que solo se presenta en caricatura o en fichas preparadas para examen tipo test. Algo parecido podría decirse, para no caer en ningún desdoro, de los egresados de los demás centros de formación académica, ya vengan del Derecho, la Historia del Arte como de la Tecnología o, si hubiera alguno, de las antes llamadas Ciencias Puras.

Sea como fuere, esos son los mimbres, y con la juventud de los líderes de los partidos que suenan para gobernarnos, debemos contar. Diciendo, además, que la juventud es buena cosa, porque aporta frescura, fuerza, capacidad de innovación y deseo de romper moldes obsoletos, que es lo que corresponde afirmar para ocultar la pereza de afrontar un cambio en la gestión del Estado sin que conste un Programa explícito de gobierno previo.

No están, sin embargo, ni en la juventud ni en la inexperiencia, las incógnitas del problema que tiene que resolver España. Del no saber, se sale, y la escuela de la vida es un aprendizaje imprescindible para rebajar los humos de la pedantería que pudiera albergar cualquier petulante salido de los hornos de la formación reglada.

El problema está, en mi opinión, en querer implantar lo aprendido -con más o menos alfileres- en las aulas, pretendiendo tener en ello la clave para solucionar las dificultades reales -paro, reactivación económica, sostenimiento de prestaciones sociales, etc.-  aplicando reglas de tres al cuarto, sin contar con todos los agentes sociales y económicos, y no solo con el aliento fervoroso del grupo de los que aplauden detrás.

Una consecuencia del no saber, y tener el foco mediático sobre la cabeza, es que los que se encuentran en la escena se ven forzados a emitir opiniones sobre lo que no saben y, o se es muy hábil para enmascarar el desconocimiento repitiendo cuatro ideas baladíes, o se cae fácilmente en el descrédito y hasta el ridículo. Si el asunto es fácil de tratar y sirve a la polémica, por el contrario, todos los que quieren cancha se aprietan en ella en el deseo de ocuparla de inmediato, para darnos su opinión y criticar la del contrario político, lo que hace que cualquier asunto baladí se convierta en lo más importante que tuviéramos entre manos.

Esto sucedió, por ejemplo, con el tratamiento del desgraciado incidente de un par de titiriteros que, desconociendo que lo que puede hacer gracia en un grupito de adictos a la farsa destructiva, puede hacer daño, incluso físico, a muchos que no tienen por qué soportarlo, organizó un espectáculo soez que se dijo para niños pagado con dinero público, dentro de los festejos previstos para el Carnaval de Madrid de 2016. Los dos sujetos han sido conducidos a la cárcel por un juez de guardia en exceso justiciero, y hemos visto las caras habituales -gentes de partido- pontificando sobre el asunto. Que no hubiera merecido ni un par de líneas y, por economía procesal,  no otra cosa que un buen tirón de orejas.

Por contra, el tiempo pasa y las dificultades para acordar un Programa de Gobierno que garantice suficientes apoyos para que el candidato a Presidente obtenga la mayoría absoluta de la Cámara o, al menos, en segunda convocatoria, una mayoría simple, no se resuelven.

Analizadas las circunstancias del país, somos ya unos cuantos los que opinamos que lo mejor que puede sucedernos ahora colectivamente es un acuerdo de Gobierno entre PSOE y Ciudadanos, que lleve a la Presidencia de Gobierno a Sánchez, contando con la abstención del PP, y que se organicen con ministros nombrados por ambos partidos. Porque a Podemos y a las demás fuerzas de izquierda les vendrá bien el madurar en la oposición (y al país, también que lo hagan), y el PP, renovado si es caso con nuevos mimbres, podría actuar con apoyos puntuales a ese Gobierno.

Porque, lector, amigo, la reactivación económica e industrial y, en especial, la del empleo, no descansa en posiciones voluntaristas, ni en visiones iluminadas por un mesianismo sin sitio en el mundo de intereses actual, en el que cualquier Gobierno de un país desarrollado tiene que jugar sus cartas, contando con las de los demás, y no todas puestas de manifiesto sobre la mesa de negociaciones.

Lo que no tiene sentido es armar un teatrillo de titiriteros en una plazuela de feria carnavalesca y creernos que allí vamos a encontrar la solución, mediante una farsa reída por algunos, al problema común que nos atañe.

Desnudando el gas de pizarra

Mi buen y laureado amigo Eloy Alvarez Pelegry, junto a Claudia Suárez Diez, -ambos ingenieros de minas-, han publicado el libro “Gas no convencional: shale gas” con un subtítulo comprensivo: “Aspectos estratégicos, técnicos, medioambientales y regulatorios” (Orkestra, Marcial Pons, 2016).

El volumen fue presentado en un acto organizado por la Real Academia de Ingeniería (Eloy es académico de esta rancia institución), y contó con la introducción cariñosa -y algo peculiar- de otro colega de la ingeniería, mi profesor de Ampliación de Física con base en el cálculo tensorial, José Luis Díez Fernández, quien dibujó con trazos más bien negros algunas cuestiones de la trayectoria seguida con el gas en España, que tiene muchos claros y algún oscuro. José Luis recordó, por ejemplo, en su intervención preliminar, accidentes causados por el peligroso grisú en las explotaciones de carbón de las cuencas del norte y ciertas explosiones en la red de Barcelona cuando las instalaciones que estaban previstas para gas ciudad se utilizaron para gas natural, lo que no dejó a la audiencia, desde luego, con el mejor cuerpo para el plato que nos disponíamos a degustar.

Eloy y Claudia han realizado un trabajo serio, no exhaustivo -el tema está abierto- pero sí sistemático y documentado sobre el presente del recurso. Es, sin duda, el mejor resumen técnico -más de 300 páginas, con multitud de cuadros y referencias- que se ha hecho en España, hasta ahora, sobre la cuestión. El propio texto, que encaja con lo que se podría considerar un trabajo académico de altura sobre una metodología, ofrece un Resumen, al final, en seis páginas,  de lo  sustancial expuesto por los autores, para aquellos escasos lectores -supongo- que prefieran, ante un tema de tanto interés y actualidad, contentarse con quedarse con algo de la música y no detenerse a oir la partitura entera.

El libro es una referencia obligada para ilustrarse sobre la situación mundial del shale gas, comenzando por definirlo bien, detectar las explotaciones del mismo actualmente en uso, la evolución de los precios de referencia, las tensiones geopolíticas que ordenan o complican su mercado y, como ya se advierte en el subtítulo del mismo, también aborda cuestiones legales, tanto al abrigo de la legislación medioambiental específica española como incorporando visiones adoptadas por países que ya están realizando la explotación de hace tiempo de estos reservorios a gran profundidad que se pueden extraer aplicando técnicas de perforación mixta, horizontal y vertical.

Se ha leído y oído tanto, y adornado con tonterías, nimiedades o medias verdades, acerca del shale gas, -traducido aquí, en general, como gas de esquisto, aunque Fernando Pendás, otro de los mineros que andan haciendo apología de la necesidad de explorar este potencial recurso autónomo, no pierde ocasión de corregir/nos que deberíamos decir gas de pizarra, o mejor gas de lutitas- que el viene bien poner orden, y hacerlo de forma documentada, con datos y referencias serias, acerca de una cuestión que aquí parece controvertida y es pan de cada día para otros. Ojalá sirva, al menos, para que los que sabiendo muy poco hablan por los codos, se callen o se les haga callar con buenos argumentos.

Recomiendo, pues, el libro. Aunque también advierto de su efecto limitado fuera de los ámbitos estrictamente técnicos o académicos: estas cuestiones que afectan temperamentalmente al ambiente y al riesgo técnico potencial, se envenenan muy fácilmente, y el asunto, en nuestro país, está muy contaminado por reservas a priori, datos falsos, e intereses económicos oscuros difíciles de detectar. No niego que también el llamado “lobby gasista” tenga su interés en que se autoricen las prospecciones, pero si no existe un móvil económico, también se paralizan los asuntos de interés general.

El salón de actos de la Real Academia de Ingeniería dio, pues, empaque a la difusión de un mensaje serio. En esencia, que hay que autorizar la exploración del recurso, y que existe experiencia suficiente para garantizar que la misma se hará con las garantías de seguridad del más alto nivel, y que, en fin, si se detecta que el subsuelo español tiene volumen extraíble suficiente para hace rentable la producción de gas de esquisto, no deberíamos de renunciar neciamente a la explotación de un recurso propio.

Se necesita es, sobre todo, tranquilizar a la opinión pública y, para ello, hay que aportar a los debates a personas que aporten credibilidad, experiencia concreta, y  contrarresten las opiniones negativas construidas desde la falsedad, con la verdad. Lo que no implica dejar de señalar los puntos débiles que toda tecnología posee, pero sin exagerar su alcance. Todo lo que sirve al hombre tiene riesgos: la función del que sabe es controlarlos.

Enhorabuena a Claudia y a Eloy, y que consigamos llevar al puerto de la sensatez el debate sobre el shale gas. Después de todo, lo que se está demandando es que se explore la existencia rentable del recurso, no que se explote. Aunque mi admirado José Luis Diez Fernández haya hablado de viejas explosiones relacionadas con gases, pero acaecidas en otro contexto, con otras sustancias, en otras circunstancias de exigencia y control en España y en el mundo.