¿Un huevo de ave Fénix?

En los cuentos, aunque sean de macroeconomía, hay que dejar siempre lugar para el misterio, o si se quiere expresarlo de manera más acorde, para la fantasía. Caperucita y su abuela salieron indemnes del estómago del lobo feroz y la bella durmiente superó los cien años de letargo y vigilia sin que una sola arruga mancillara su donosura.

En la parcela de la Granja dedicada a la vieja Europa, esa apelación mágica lleva el nombre de Unión Europea, y tiene por modelo, orientación o trasunto, los Estados Unidos de América. Si el objetivo final fuera equiparable al del estatus norteamericano, es una quimera, porque entre otras cosas, supondría la superación del concepto de nacionalidad propia, algo irrenunciable quienes se han estado matando, se matan o están dispuestos a matarse, generación tras generación, en defensa de ese arcano.

Daniel Cohn-Bendit y Guy Verhofstadt en un librito titulado “¡Por Europa!”, cuya intención es transparente, señalan con razón que “en el credo nacionalista solo hay un pequeño paso de distinto a enemigo”.

La integración de los estados europeos en una Unidad común no es algo que interese, además, al gallo de la quintana norteamericano. En su momento, la creación de la OTAN pretendía establecer una línea de contención al probable expansionismo de la URSS. Esta idea de crear una protección bélica para Europa no tiene sentido ahora, en donde los puntos serios de conflicto mundial están muy alejados de esta parte de la Granja.

La tercera guerra mundial tiene muy altas probabilidades de desatarse lejos, en el Mar de la China Oriental, lugar de tránsito marítimo de gran interés estratégico, y en donde confluyen, como en un delta ficticio, los sedimentos del ansia de dominio mercantil, energético y sociopolítico, de China y varias potencias asiáticas emergentes, con una densidad de población muy alta, y el sueño imperialista norteamericano.

Sin política exterior común detectable, sin ejército propio, con una colección de nacionalismos irreconciliables e incluso emergentes, Europa tiene poco papel que jugar en la globalización como conjunto. Curiosamente, menor que el que de algún Estado comunitario, actuando de manera independiente.

Lo que se había presentado como un avance hacia la integración, la moneda única -que no aceptó Gran Bretaña, que se ha especializado en rentabilizar su diferencia- se convirtió en una rémora. Porque un euro no vale lo mismo en los diferentes estados europeos que lo adoptaron, ya que las economías internas no se comportan de igual manera -tejidos productivos, prestaciones sociales, niveles educativos, productividad, salarios, etc., desiguales. La tasa de paro es muy distinta de un país a otro y, en la pretensión de una Europa sin fronteras, el arraigo de los ciudadanos en su territorio natural está sometido a una tensión permanente.

No es, ni mucho menos, evidente, detectar, desposeyéndolos de todo sentimentalismo, cuáles serían los elementos de unión principal unos Estados Unidos de Europa. No sería la lengua común -hay más de 30 idiomas y seguramente centenares de dialectos en el seno de la Unión-; no lo es la religión cristiana, aunque cumplió su papel -incluso como elemento de tensión bélica-, pues la separación entre Iglesia y Estado se ha ido imponiendo, por fin, aunque, nuevamente aquí la singularidad de Gran Bretaña. en la que S.M. Isabel II es cabeza de la iglesia anglicana, resplandece con rancias características propias.

Es, por otra parte, la laicidad oficial europea, unida a la filosofía de la tolerancia (con tufos a dejación) la que favorece la implantación en su seno de colectividades unidas por la religión, que actúan como aglutinante extra-nacional, lo que queda demostrado por el avance de la religión musulmana en Europa; la posible integración de Turquía, cuya aconfesionalidad oficial parece goma elástica,  en la deslavazada Unión de naciones, añadirá más incertidumbre a los teóricos elementos que pudieran servir de cola de pegar.

No quiero aparecer maximalista, pero la única opción válida para el futuro de los Estados Unidos de Europa es la de trasladar competencias desde los Estados a los órganos centrales comunitarios. Es decir, seguir -como un tactismo, una orientación, no como atraídos a sus teorías por un imán- J.M. Keynes y a J.K. Galbraith antes que a F. Hayek y a M. Friedman, al menos, hasta que se produzca la consolidación de una estructura básica de la Unión que fuera suficientemente resistente. (1)

El germen fértil de ese huevo salvífico, ha de estar en el eje Francia-Alemania. Doy por admitido que Gran Bretaña tendrá su “corazón partido” entre ambos Estados Unidos, ya que sus dirigentes (y su población) aparecen más vinculados a los beneficios económicos de una infraestructura propia independiente que a los que se derivarían de la solidaridad con un renacimiento europeo.

El abrazo del oso de un saliente presidente B. Obama a una caciller casi en campaña, A. Merkel, animando a profundizar en esa Unión Europea, no debería mover a engaño. La zona de la granja europea tiene asumidos como si fueran de su exclusiva responsabilidad, conflictos que no lo son. La globalización está fracasando, por razones externas. Los problemas generados por la presión migratoria siria, libia o afgana (como más significativos en número) no son europeos, si bien la proximidad de la región nos hace sentir más cerca el calor (incendiario) de la situación desestructurada de esos países.

A la zona de la granja en la que se distribuye el grano islámico dedicaré otro capítulo. Aquí bastará con indicar lo elemental: hay que reconstruir, con una actuación internacional rápida, la paz en Siria, y ello implica eliminar la ambigüedad y no alimentar la tensión interna con apoyos exteriores a ambas partes del conflicto. España ha sido, en 1936, idéntico campo de experimentación.

Por otra parte, el espejismo de las “primaveras árabes”, concreción de la obsesión por aplicar como fórmula infalible, el modelo propio a lo que sucede en lugares muy diferentes y con distintas motivaciones, de historia, religión y cultura, ha provocado más pobreza, desplazamientos, tensiones, guerras civiles, y repartido nuevas desgracias.

(1) Con un presupuesto aprobado para 2016 de 155.000 Mill. € en “créditos de compromiso” y 143.900 Mill. € en “créditos de pago”, y un PIB de la zona euro inferior a 19,5 billones, se comprende de inmediato el limitado campo de acción de la Unión respecto a los Estados miembros.  (Zona euro: Alemania, Austria, Bélgica, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Países Bajos y Portugal).

Viejas gallinas ponedoras para un caldo

La Historia mejor documentada de la Granja humana se encuentra en Europa. La versión occidental de la filosofía de la vida, es europea, y está basada en un elemento mágico, perfeccionado a lo largo de casi veinte siglos (unos diecisiete, para ser exactos), que es el cristianismo. Esa religión, que ha probado una excepcional maleabilidad, ha evolucionado desde una concepción puramente esotérica, cerrada, hasta su actual condición de teoría ética universal.

Existen teóricos que pretenden para Europa una posición relevante en la Granja, pero el tiempo  de protagonismo ya no le corresponde. Como se suele decir vulgarmente, se le pasó el arroz. Lo que no quiere decir que el tiempo haya transcurrido en vano para el núcleo duro. Ahí queda la magnífica concentración de pensadores, de investigadores, eruditos, economistas, o políticos con sus peculiares, y contradictorias, visiones del mundo. Europa ha defendido una tesis y la contraria, demostrando la versatilidad de los productos del cerebro humano.

A Europa se le debe el desarrollo norteamericano, incluso el japonés, y, por supuesto, el israelí, derivado de dos guerras mundiales y, muy particularmente, de la segunda, que ha sido una perfección diabólica del esquema de la primera. ¿Se puede decir más? ¡Sí! La Granja no sería concebible sin la explotación colonial por ese núcleo duro europeo de grandes zonas de Africa y Asia… Y aunque la península ibérica ha aportado sustanciales perversidades a la apropiación de lo que pertenece a los otros, debe reconocerse, a fuer de objetivos, que la Leyenda negra que todavía algunos criollos esgrimen para criticar a los herederos de los que se quedaron aquí, es un libro de cuentos para niños comparado con lo que aún no está escrito de las actuaciones de otros Estados con vocación imperial menos sofisticada.

Incluso antes de que se firmara la paz que dio fin a la segunda guerra mundial, las tensiones entre los bloques ganadores se manifestaron con tal fuerza, que parecían presagiar una tercera contienda. Truman, en junio de 1947 apoyó el Plan Marshall, ayudas económicas que se añadirían a las militares, y que se enfocaron, sobre todo, a la rápida recuperación de la Alemania occidental. Stalin copió la idea con el Plan Molotov y bloqueó el acceso a Berlin, que, como es sabido, había sido dividido entre los países vencedores como quien reparte un bizcocho, pero quedaba en medio de países que habían pasado a tutela soviética.

A medida que la tensión crecía, y ambos bloques evitaban enfrentarse directamente, pero apoyaban a facciones diferentes en conflictos que surgían por doquier (Corea, Grecia, Vietnam, China, República Dominicana, Yugoslavia, etc.) Europa aparecía como un excelente campo de pruebas para liberar la adrenalina.

El cambio de Truman y Stalin por Eisenhower y Khrushev (1953), caracteres menos contenidos que los anteriores en sus declaraciones públicos, propició la difusión en Europa de la creencia patética -que duró hasta 1963, al menos, y que tuvo un momento cumbre con la crisis de los misiles de Cuba- de que, cualquier día, uno de los dos gallos de sus quintanas lanzaría un misil o varios sobre ella, lo que serviría de catarsis para ambos, que se abrazarían, arrepentidos, sobre unos cuantos millones de muertos europeos.

En 1951, Francia, Alemania Occidental, Italia y el Benelux acordaron eliminar las barreras arancelarias para el carbón y el acero. Se dice que allí quedó implantada la semilla de la futura Europa comunitaria, y se considera a Jean Monet, Robert Schuman, Paul Henri Spaak y Konrad Adenauer, los padres de Europa. El objetivo del acuerdo era mucho más elemental, y era facilitar la reconstrucción de las infraestructuras y dar impulso, sobre todo, a las comarcas de Francia y Alemania más devastadas por la guerra. Gran Bretaña no vio el interés de participar en esa acción puramente capitalista, que favorecía a los grandes grupos siderúrgicos: su granja isleña ya contaba con apoyo directo de Estados Unidos.

Y en lo que nos afecta a los españoles, España se convirtió, durante casi tres décadas, en un “país tercero”, luchando a cara de perro por hacerse un miserable hueco en el mercado siderúrgico alemán, con aranceles, cuotas, “alineaciones” y marginaciones vergonzosas. Sin participar en ella, España había perdido la guerra.

(continuará)

 

El gallo de la quintana

“El gallo de la quintana” es una obra teatral de Eladio Verde, un escritor costumbrista asturiano, al que nacieron en Madrid en 1899. Una quintana es una casa de recreo; la expresión, en Asturias, se ha convertido en una frase hecha, que tiene varias acepciones. La traigo aquí por una de ellas: alguien que presume y alardea de sus valores -es el más guapo, el más fuerte, o el más listo-, y lo hace de forma tan agresiva y petulante, que se prefiere no discutir su posición para no entrar en conflicto con él.

En este relato en el que lo imaginario sucumbe ante las evidencias, el gallo de la quintana es Estados Unidos. En la granja humana, la quintana norteamericana crea identidad refleja a sus habitantes, en curioso efecto de contagio, pues la mayoría de los estadounidenses se consideran, -sobre todo cuando salen de viaje por ahí, y, en particular, si lo hacen por Europa-, gallitos o representantes de la quintana; la estructura de la identidad norteamericana es, por ello, fractal, asemejándose a una gran matrieska que cobijara millones de matrieskitas en su seno.

El corpus colectivo norteamericano está conformado por una amalgama heterogénea -historias, leyendas, fantasías que apuntan a atribuciones identitarias- que tiene por objetivo reafirmar la superioridad a quienes se otorga el privilegio de identificarse con él. No tiene que ver con el territorio, ni con la tradición documentada, a diferencia, pongo por caso, de las identidades catalana o vasca (cuyo principal elemento aglutinador parece ser el territorio) o con esa pluralidad de esencias presuntamente irrenunciables, en las que podría adivinarse una base religiosa, étnica, tribal -e insolidaria- que podrían converger sobre un mismo territorio, como es el caso de los Balcances, o de otros muchas regiones y países, en las que se ha puesto el énfasis sobre cualquier idea separadora.

En lugar de profundizar demasiado en identidades  comunes, el gallo de la quintana norteamericano se reafirma sobre todo por el ejercicio práctico del poder frente a otros pueblos, y, en especial, por un sentimiento de primacía respecto al segundo clasificado en la Liga de poderes antagónicos (que fue en su momento la URSS y hoy día, parece que emerge en esa posición, China). Como en toda reafirmación colectiva, se combina con la ignorancia del otro, el desprecio a sus cualidades, y ese caldo de cultivo se simboliza en la bandera de las franjas y estrellas, que está en el corazón, en el patio delantero o en la ventana visible de todo buen norteamericano. Contrasta con el uso que los españoles hacemos de nuestra bandera y cómo canalizamos hacia ese símbolo, no lo que nos une, sino nuestras diferencias.

Las instituciones del país, las grandes empresas con sede en Estados Unidos, los representantes de la quintana en las organizaciones internacionales, sus embajadores y miembros diplomáticos,la práctica totalidad de los blancos nacidos en ese territorio de la Granja,  una parte significativa de los de humanos raza negra que tienen esa nacionalidad y algunos latinos, incluso aunque no la tengan, resultan expresión viva de ese peculiar efecto.

Por supuesto, para ser presidente de un país así, hay que seguir un proceso de selección muy duro. Y, aunque se supere el proceso, se estará siempre expuesto a que su actuación no guste a los poderes de la granja colectiva. Mayor riesgo corren, en general, quienes lideren intentos de transformar el orden, subvertir los cimientos de una sociedad en la que los conceptos de libertad y democracia son versátiles y, por ello, de lenta gestación.

Algunos ejemplos recientes estarán todavía, sino en la memoria colectiva de la granja, al menos, en las hemerotecas. El reverendo Martin Luther King Jr., seguidor de la ideología pacífica de Mohandas Gandhi, y propulsor de la eliminación de la discriminación racial de los negros y otras minorías, fue asesinado en 1968 en Memphis. Poco antes, Malcolm X que pretendía lo mismo, desde posiciones religiosas musulmanas, había sido acribillado a balazos en febrero de 1965. A pesar de todo, el Tribunal Supremo de Justicia había puesto de manifiesto que todo ciudadano tenía derecho a la equal opportunity, ¡en 1954!, pero la idea no había prendido en los dominadores de la quintana.

En enero de 1961, J.F. Kennedy llegaba al poder, y a pesar de pertenecer al partido demócrata, siguió la política internacional de sus antecesores republicanos Dwight Eisenhower (que, a su vez, había seguido la estela de Harry Truman). En política interior, las propuestas kennedianas no cuajaron, ni por el ni por su posible sucesor, el hermano Bob, pues ambos fueron asesinados (John Fitzgerald en nov. 1963; Robert, en jun. 1968). Una inmolación que sucedió delante de todo el mundo.

Para el gallo de la quintana, la Granja había quedado dividida como resultado de  la segunda guerra mundial, porque el otro principal vencedor de la contienda, la URSS, representaba valores inconciliables. Se configuró una separación económica, es decir, ideológica, que creció como espuma de jabón en la batidora: el occidente capitalista, debía de ser próspero, plural y democrático, y el oriental comunista, aparecía como totalitario, despótico y atrasado. Por si fuera poco, los Estados Unidos no dudaron en ponerse especiales galones en su manga, apelando a un as invencible: su fe en Dios.  “In God we trust” será, desde 1956, el lema oficial del gallo de la quintana. Un valioso aliado supraterrenal frente al agnosticismo o el ateísmo de la URSS y los países comunistas.

Los ánimos en la quintana a mediados de los 50 del siglo XX estaban ya muy revolucionados. En 1949, la revolución comunista de Mao triunfaba en China. El peligro se estaba extendiendo. Y estaba el caso de Indochina y, más específicamente, de Corea. Había que tomar medidas para que el capitalismo liberal tuviera espacio para crecer.

La península coreana había sido ocupada por Japón en 1910, pero cuando el imperio nipón se rindió, se dividió en 1945 ese territorio con tiralíneas, siguiendo el paralelo 38: las tropas soviéticas ocuparon el Norte. Si la teoría pretendía que unas elecciones libres, que estaban convocadas para 1948, facilitaran un gobierno común para una Corea unificada, sucedió exactamente al contrario, aunque, por supuesto, el azar tuvo poco que ver. Se propició una guerra en la que el norte fue apoyada por la URSS y China y el sur, por Estados Unidos y la ONU (es decir, Estados Unidos al cuadrado): se apuntaban a la guerra fría los dos antiguos colegas que lucharon contra Hitler. Por guerra fría ha de entenderse un marco de disputa en el que se elige a un tercero como chico de los mamporros.

En 1954, Corea quedó definitivamente dividido en dos.

Más ilustrativo aún sería el modelo vietnamita. Ho Chi Min era presidente de Vietnam desde 1954. Había derrotado a los franceses (que habían disfrutado de esa colonia). También se pensó en elecciones libres. En 1955, un golpe de estado puso en Vietnam del Sur al presidente católico Dinh Diem, y se inició un conflicto armado que duraría 20 años, cuyo objetivo era, para las fuerzas del orden mundial, impedir un gobierno comunista unificado. Estados Unidos y otras naciones amigas del imperio apoyaron a Dinh, contra el Viet Cong (Frente de Liberación de Vietnam) y el ejército del Norte, al que respaldaban la Unión Soviética y China.

Ho Chi Min era un político nacionalista, y, para mi gusto, un buen poeta. Escribió varios libros, entre ellos, cuando estaba en la cárcel, “Diario de la prisión”, en el que figura el poema “Duro es el camino de la vida”, que dice así:” Después de haber escalado a pie montañas y altos picos,/¿Cómo iba a suponer que en la llanura encontraría peligros mayores?/En las montañas encontré al tigre, y nada me pasó./En las llanuras me topé con los hombres, y fui arrojado en prisión.”

Ho Chi Min moriría de tuberculosis, en 1969, a los 79 años; Dinh, sería asesinado, junto a su hermano, en 1963, por su propia guardia, como resultado de un golpe que tutelaba, desde la distancia…Estados Unidos: ambos hermanos creían que se les había ofrecido un avión para salir del país.

Como se suele decir en los títulos de crédito cuando se acaba la película, en 1975, la guerra terminó y Vietnam quedó unificado bajo un gobierno socialista.

(continuará)

 

El pienso de la Granja contiene la droga del olvido

En verdad, la droga que se distribuye con la alimentación en la granja humana no es propiamente la del olvido. Tampoco puede afirmarse categóricamente que en todos los pesebres de la granja la dosis de opiáceos sea la misma, porque se hace depender de la situación en la que los moradores se encuentren dentro de la sociedad de consumo, la perspicazmente calificada como sociedad líquida por Zygmunt Bauman.

Porque en aquellos lugares a los que se ha conseguido convencer de que lo más importante que pueden hacer los humanos en su corta existencia es matarse unos a otros, no se precisa más que dejar que la mecha del odio, una vez encendida, arda por sí sola, alimentada por los oscuros conceptos de diferencias étnicas, preceptos divinos, tradición, idiomas o dialectos o la versátil instrumentación de los matices culturales.

La preocupación primaria que los humanos compartimos con los demás animales es llenar el estómago a diario. La hora en la que la atención está más disipada es la del almuerzo, por lo que se prefiere utilizar los telediarios para bombardear los cerebros con una acumulación masiva de imágenes efímeras que no se pueden asimilar y cuyo objetivo, expreso o tácito, es impedir el análisis reposado que obligaría a la selección de las noticias relevantes, que acaban sepultadas por toneladas de basura documental o información de la que no somos capaces de valorar sus consecuencias.

Los estudiosos que podrían ayudarnos a su interpretación correcta son silenciados, menospreciados o sobrecargados con actividades urgentes e intrascendentes, beneficiando, por el contrario, a los que complacen a los poderes económicos con estudios y propuestas inocuas, aunque, en general, nada inocentes.

De vez en cuando, los artificieros de la granja dejan que “estalle un escándalo”; su experiencia en trabajar con material delicado les permite colocar el material con precisión en puntos que no dañen el núcleo del sistema, y que, sin embargo, levanten mucho humo en los aledaños del poder y, si han de causar perjuicios, se cuida de que sea en lugares alejados o en áreas de menor interés relativo.
Los casos de “graves escándalos” que en los últimos años han sido aireados en Gran Bretaña, por ejemplo, no pueden menos de provocar una sonrisa sarcástica cuando se contempla con espíritu crítico.
El 28 de septiembre de 2014 dimitó el ministro Brooks Newmark, debido a que una foto suya, vestido con un pijama de cachemira, fue a parar a un reportero del Sunday Mirror y no a una joven admiradora.
Unos años antes, en octubre de 2011, el ministro de Defensa de tan respetado país, Liam Fox, también dimitió al revelarse que un amigo suyo actuó de asesor no declarado en algunas reuniones y misiones oficiales.

En febrero de 2014, el ministro de Migración, Mark Harper, se vio obligado a renunciar al conocerse que una de sus empleadas de limpieza no tenía permiso de residencia.

Estas historias tienen el efecto de presentar a Gran Bretaña como un paraíso de seriedad, corrección y control. Son, en cierto modo, las nietas venidas a menos de aquel caso John Profumo, que era ministro de la Guerra en 1963, cuando se le descubrió una breve historia pasional con una corista cuyo apellido era Keeler y con encantos tan versátiles que -aunque nunca se probó- repartía sus favores también con un espía soviético. El ministro dejó la cartera y el premier, Harold MacMillan, quedó tan gravemente tocado en su prestigio, que se vio obligado a dimitir poco después.

¿Harold MacMillan? ¿Quién era ese hombre? Héroe de las dos guerras mundiales, con la doble nacionalidad británica y norteamericana, era defensor práctico de la doctrina keynessiana, con una aplicación cuidadosa de las medidas desde la Administración del Estado, que redujese drásticamente el desempleo, lo que convirtió en una demostración de perspicacia, para alguien que militaba en un partido conservador.

¿Más? Defendió la descolonización, abogó por el control nuclear, negoció con sus amigos Kennedy y Khrushef la salida airosa de la llamada guerra fría que tenía atenazado por el pánico a Europa (que temía ser cogida en el medio), sacó con inteligencia los trastos británicos de la extraña intervención de apoyo a Egipto en la guerra con Israel que había generado la crisis de Suez (en 1957) y solicitó el ingreso de su país en la Comunidad europea, a lo que se opuso De Gaulle en enero de ese año fatídico para sus honorables ambiciones de apoyar una Europa unida y fuerte, y contrastar el poder norteamericano.

Desde su retirada forzosa, criticó abiertamente a sus sucesores. Era un outsider del sistema.

Otras historias con mayor enjundia que afectan a personajes vinculados a primeras figuras de la política británica, no han merecido más que una atención momentánea. No lo fue la trama en la que se vio involucrado uno de los hijos de Margaret Thatcher, ni tampoco hay por qué consumir preciosos cartuchos en el análisis de los rendimientos -ya que no de la procedencia- de la inmensa fortuna de la Reina Isabel II, sólida cuentarentista que recibió durante varios años la mayor subvención de la Política Agraria Común por su estupendo rebaño de merinas. (¿Un miserable lugar décimo cuarto, entre monarcas, en un ranking con pocos datos fiables, cuyo primer lugar ocupa persistentemente el longevo Rey Bhumibol Adulyadej (1) de Tailandia, con algo más de 35.000 millones de dólares?)

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(1) El Rey Bhuminol Adulyadej, posee una licenciatura en Políticas por Lausana, es constitucionalmente “inviolable”, y aunque con un gobierno formado por militares adictos, interviene en las decisiones esporádicamente. Es propietario de 3.500 Ha en Bangkok, su fortuna está administrada por una entidad de propiedad familiar, la CEC, que no paga impuestos. Entre las sociedades en las que posee la mayoría se encuentran Siam Cement, Christiania & Nielsen, Devesa Seguros, Siam Commercial Bank y Corporación Shin. Con ellas controla el sector bancario, la construcción, las comunicaciones, los seguros, y el turismo de “su” país.

Tailandia ofrece muchas curiosidades socio-políticas: nunca ha sido colonia de un país europeo y sus casi 70 millones de habitantes ocupan un espacio similar al de España, con una renta per cápita aproximadamente de 1/4 la nuestra, siendo la tasa de analfabetismo inferior al 5%.

(continuará)

 

 

Ventajas posicionales en las perchas del gallinero

En los gallineros de corral, hay perchas en donde las aves se encaraman para dormir; tienen una puerta de madera, marcada por muchas estaciones de inclemencias, que se cierra de forma elemental con un pasador metálico o un tarugo, y su gatera inferior sirve de acceso a los residentes durante el día, sobre todo, a las gallinas ponedoras.

No hace falta que el granjero conmine a gallos y polluelas a recogerse para el descanso, porque, apenas anochece, todos se retiran voluntariamente, y el propietario de la explotación asegura la puerta con un candado y tapa la gatera con una tablilla, en la esperanza de que los hurones, martas, zorros, ladronzuelos y otras alimañas no aprovechen la oscuridad para perjudicar su economía.

En las perchas, los animales dominantes se sitúan siempre arriba. Allí se encaraman los gallos y sus predilectas. Si los espacios entre varas no son suficientemente grandes, las deyecciones de las aves que se posan en los palitroques superiores, caen sobre las que están abajo.

En la granja humana hay un país que se coloca, desde que el mundo es este mundo, en el palo más alto de la percha, que es Estados Unidos. Desde allí, anuncia las madrugadas y lanza picotazos a quienes apetece. A su lado se encuentra un segundón que le tributa fidelidad, con tal similitud que puede llegar a confundirse con él, aunque por lo general actúa como un eficiente mayordomo; sin embargo, por sus modales se  le intuyen poderes impropios a un sirviente, recordando la película de Joseph Losey que se tituló, precisamente, The servant. Me refiero al Reino Unido.

Esa hegemonía bicéfala no admite discusión desde comienzos del siglo XX, y venía preparándose con minuciosidad por los secretistas poderes de la granja. Lo demás, son anécdotas para los álbumes de familia. Por ejemplo, la aparición  en marzo de 2003, del jefe de gobierno español José María Aznar, flanqueando el dúo formado por George Bush y Tony Blair, que representaban aquel poder, como también lo hacía un despistado José Manuel Durao Barroso, fue no solo extemporánea, sino esperpéntica. La decisión de tomar el acuerdo para invadir Irak, estaba tomada, y respondía a intereses superiores. ¿La globalización? ¿El desarrollo internacional? ¿La paz?

En la granja no hay lugar para sentimentales. La década de los 70 del siglo XX ofrece tremendos ejemplos de cómo esos poderes están preparados para ejercer el control, sin importarles incluso manipular los elementos fácticos.

En esa década perniciosa se abandonaron los neo-experimentos basados en teorías macroeconómicas, inspiradas por papeles de propósitos pacíficos, escritas por tipos serios que habían estudiado en prestigiosas Universidades. Se cambiaron los elementos de acción, impulsando actividades temperamentales, a la manera tradicional : guerras, asesinatos de líderes, división de etnias, sectarismos religiosos. Se pretendía que el miedo se apoderase de la granja, porque los animales bajo el terror actúan sin concierto.

No estoy escribiendo un folleto de Historia, pero tampoco un cuento chino. En 1967, Israel se apoderó -en la guerra de los Seis días- del Golan, que pertenecía a Siria, tomando el control del alto Jordán y garantizándose el acceso al agua, bien escaso y fundamental en esa árida zona.

Contrariamente a lo pactado al finalizar la Guerra de Yom Kipur (1973), Israel conservó este territorio y lo mantiene hoy día, a pesar de que el Consejo de Seguridad de la ONU, por unanimidad, declaró en 1981, que la decisión israelí era”nula y sin valor”. No faltan expertos legales que discuten el carácter vinculante de la decisión, e Israel se ha esforzado, con la sonrisa de los gallos de la quintana, en negar que se trate de una anexión porque no ha declarado territorio israelí al ocupado. Reconoce, eso sí, que se trata de un espacio fundamental, y no solo para proveerse de agua, sino como base para un posible acuerdo de paz con Siria.

La década terminaría con magníficos fuegos, no de artificio, sino de armas automáticas. En 1979 fue asesinado en Pakistán (que provenía de la división de la India en 1947 en dos estados, a los que se incorporó Bangla Desh en 1972) el primer ministro Zulfikar Ali Bhutto, por el general Zia ul Haq, que contaba con el apoyo del Estado Mayor. Quedaron así sentadas las bases para la inestabilidad del país, gobernado por militares o políticos afectos, solo alterada por cortos y dramáticos períodos de gobierno en los que consiguió el poder el PPP (Partido Popular de Pakistán), de base socialista, del que fue dirigente la hija de Zulfikar, Benazir, asesinada el 27 de diciembre de 2007.

Se encuentra un frío paralelismo con el final forzado de la aventura del pollito indio, aunque con menos contemplaciones.

El mismo año 1979 , la Revolución islámica del ayatolá Jomeini derrocó al sah Mohamed Reza Pahlavi, convirtiendo a Irán en un estado religioso. El fanatismo se incrustó como norma de actuación, haciendo olvidar en pocos meses que Irán era hasta entonces un país próspero, culto y pacífico, con un crecimiento rápido de su PIB, lo que anunciaba su acercamiento próximo al de las naciones más avanzadas.

1979 fue también el año en el que Sadam Husein asumió, mediante un golpe de Estado calificado de palaciego, la presidencia de Iraq. En 1978, Sadam había recibido el Collar de la Orden del Mérito Civil español. Era un político amigo, comandante de un país rico. Con la ambición de hacerse con el control de los pozos petrolíferos de la frontera, y apoyado por Estados Unidos, la URSS y Francia, en septiembre de 1980, de forma inexplicable para quienes no leen entre líneas, Irak e Irán se enzarzaron en una guerra que sumió en la miseria y en el odio recíproco a ambos países.

En 1981, Anuar el Sadat, presidente egipcio que había firmado un tratado de paz con Israel en los acuerdos de Camp David y que había sido co-galardonado por ello con el Premio Nobel de la Paz fue asesinado durante un desfile militar por miembros de la Yihad Islámica, una rama de los Hermanos musulmanes.

1979 fue un año especial también porque estalló la guerra en Afganistán, como consecuencia de su invasión de la Unión soviética, guerra que duró diez años, y que fue financiada por Estados Unidos y Arabia saudí y que contó con el apoyo de fuerzas muyahidines que habían sido reclutadas en Pakistán. Cuando los rusos se marcharon, se inició allí también una guerra civil.

Solo unos pocos años antes, a finales de 1971, había hecho su dramática aparición la organización terrorista árabe que se llamó Septiembre Negro (en recuerdo de la lucha entre Palestina y el ejército jordano en 1970). Fue responsable de varias masacres, del secuestro de un avión en el aeropuerto de Tel Aviv y del asesinato de once atletas israelíes durante los juegos de Munich en 1972, Según un telegrama del 13 de marzo de 1973, desclasificado en 1981 por el Departamento de Estado norteamericano, Septiembre Negro era un apéndice de Fatah.

Es un rompecabezas, pero solo aparente. Si se tiene la plantilla, las piezas encajan y componen una figura nada tranquilizadora.

La experiencia del pollito indio

Uno de los experimentos más apasionantes en relación con la planificación lo representa India, que había expulsado a sus colonizadores británicos en 1947. Mohandas Gandhi, que había liderado durante décadas el movimiento independentista, decidió instalar un estricto proteccionismo, abogando por la autosuficiencia y estimulando la producción local. En 1948, Gandhi fue asesinado y se abrió la caja de Pandora de la que surgieron todo tipo de recomendaciones acerca de lo que convenía hacer, y de interesados en recoger el legado popular del viejo líder.

Jawaharlal Nehru se consolidó como heredero político de Gandhi. Contaba con una educación muy solvente: había estudiado en la London School of Economics, cuyos profesores cubrían un abanico claramente sesgado hacia la izquierda ideológica,  y se sentía atraído por la escuela fabiana, un movimiento económico socialista creado en 1883, que matizaba la dureza del marxismo utópico y que, con la victoria laborista, había cobrado en 1945 una importancia excepcional. (1)

Lo fabiano estaba de moda, y a Nehru y sus consejeros no pudo pasárseles desapercibida la consecuencia práctica de su acceso al poder en el Reino Unido: una serie de nacionalizaciones de los medios básicos de producción, que abarcaban desde las minas a los ferrocarriles o correos y que incluyó la participación en la gestión de los trabajadores, organizados sindicalmente, medidas que, a pesar de sonar aparatosas sobre el papel, sin embargo, en realidad, se mantuvieron dentro de límites prudentes.

Sin embargo, Nehru se encontraba en una encrucijada mucho más violenta. Entendía que la moderación en las medidas económicas de privatización no bastaría para sacar a la India del profundo bache del colonialismo, y, consciente de que el esquema debería ser mucho más drástico, se inclinó por dotar al Estado del máximo poder, para lo que fue necesario crear un ejército de burócratas, que se encargarían de controlar el cumplimiento de los planes propuestos por el Partido del Congreso.

La curiosidad para conocer de primera mano los resultados del experimento que los consejeros económicos habían apoyado, motivó varias visitas ilustres. En 1955, el Gobierno de Eisenhower envió a Milton Friedman, que fue crítico tanto respecto a la preocupación de Nehru por invertir en industria pesada como con la obsesión de Gandhi por apoyar la artesanía popular. Para Friedman, ambas decisiones eran ineficientes, porque solo el mercado podría actuar de seleccionador de las inversiones rentables, que no podía confiarse a la definición de antemano de lo que era más conveniente.

Unos meses después (1956), John Kenneth Galbraith también visitó la India como consultor de la Comisión de Planificación. Era el más relevante de los mentores del plan de Nehru, y cabe imaginar que los informes de Friedman le afectaban el amor propio; su prestigio, además, era mayor, y contaba con el aplauso casi unánime de la colectividad de macroeconomistas occidentales, en especial, de los norteamericanos. Pero no solo: Galbraith había sido el encargado de supervisar la política económica de la Alemania ocupada tras la segunda guerra mundial, y defendía que era necesario dar poder a los sindicatos frente a las grandes empresas, así como mantener el control sobre los precios para evitar la especulación.

El entusiasmo de Galbraith por relanzar la economía de la India era propio de quien entiende la cuestión como un reto personal. En 1960 volvió al país como embajador nombrado por Kennedy, y reforzó la idea de llevar a cabo una planificación ordenada -por fases, primero, con inversión en infraestructuras básicas; luego, concentrándose en industria pesada; para acabar, en una tercera fase, con el impulso a la producción artesanal-. Su premisa era la desconfianza en el mercado como regulador y, por estas razones u otras más pragmáticas, fluía la ayuda del Gobierno de Estados Unidos, que llegó a aportar entre 1947 y 1962 unos 4.000 millones de dólares.

Si la idea era buena,  la realización fue pésima. Los datos que se utilizaron eran pocos y no fiables. Utilizando un programa de input-output aún no muy perfeccionado, tomado de Wassily Leontief, (la versión de Mahalanobis), y con el fin de generar el máximo de mano de obra que facilitara la redistribución de la riqueza, se limitó la producción de la industria pesada y la importación de maquinaria más eficiente, por considerar que perjudicaban el empleo, prescribiendo que se otorgaran licencias y permisos para las actividades más productivas. Se creó, en suma, un régimen de control ineficiente, que propició la corrupción, el nepotismo y el desorden.

Las medidas respecto a la producción a gran escala, se complementaron -valga la paradoja. con el apoyo a la fabricación en pequeños talleres artesanales, a donde fluyeron las subvenciones y, para asegurar su sostenimiento, donde era necesario, se protegió a la industria local de la competencia exterior con elevados aranceles . En efecto, se crearon muchos puestos de trabajo, pero no se generó desarrollo alguno. La India se distanció de los países de la zona que se apoyaron en la economía de mercado.

El cambio en la orientación no resultó sencillo, pues los primeros avances hacia la liberalización no se dieron hasta que llegó al gobierno Rajiv Gandhi, que fue primer ministro después del asesinato de su madre Indira en 1984. y que inició una tímida apertura. En la campaña electoral para recuperar el Gobierno, en 1991, fue asesinado. Una parte sustancial de su programa era el desmantelamiento del sistema de licencias y la eliminación del control de precios, como aconsejaban las teorías de Hayek y sus seguidores.

Pocas veces se habrá de encontrar en la granja una prueba de ejecución y resultados tan extraños y controvertidos. Porque se trata de la experimentación de un modelo de desarrollo centralizado, propuesto y apoyado -resalto la paradoja- por el gobierno norteamericano, y defendido con uñas y dientes por prestigiosos economistas (galardonados con el Premio Nobel muchos de ellos) que tienen su campo natural de acción bajo la economía del libre mercado.

Todo parece indicar que al pollito indio lo empujaron a salirse de la granja, para que su experiencia sirviera de indicativo a otros aventureros respecto al frío que imperaba fuera.

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(1) La Sociedad Fabiana tomó su nombre del general romano Quito Fabio Maximo, cuya estrategia para derrotar al ejército de Anibal fue rehuir el enfrentamiento directo y apoyarse en escaramuzas que lo desgastaran poco a poco.

La granja fue remozada en los 70

La granja tiene una venerable antigüedad, y ha sufrido múltiples renovaciones, cambios de decorado y hasta de ubicación de sus dependencias principales. Sería interesante analizar el detalle de esa evolución, aunque prefiero concentrarme en las características del momento presente, empezando la historia de la granja a partir de los 70, década en la que se la sometió a un importante cambio de imagen.

No fue, propiamente, una rehabilitación; fue  un remozado, dado con unos cuantos brochazos de pintura gruesa por manos sin contemplaciones.

No hace falta poner de manifiesto que una granja tiene un propósito fundamental, que es la obtención de rendimientos. Entre sus moradores, se detectan diferentes niveles de libertad y satisfacción, e incluso pueden encontrarse animales que parecen gozar de excepcional libertad y obtener, a cambio de poca cooperación al proyecto, fabulosos beneficios particulares.

Pero una mirada atenta detectará que fuera de la granja no hay opciones cabales de subsistencia. Todo el engranaje se mueve en torno a la obtención del máximo beneficio de quienes controlan la producción. ¿Quiénes son éstos? ¿Qué pretenden en realidad? ¿De qué medios se valen?

El cuento va, por supuesto, de macroeconomía, y para los orwellianos, no hay dogmas, sino solo consecuencias extraídas de los sucesos observados.

A mediados de 1944, en un hotel de Bretton Woods (New Hampshire, EEUU), representantes de las 44 naciones más importantes de la Tierra se afanaron en diseñar un sistema monetario que sustituyera el patrón oro que venían aceptando hasta entonces, y que había provocado un caos monetario. La segunda guerra “mundial” había dejado profundas huellas en la sensibilidad colectiva y se deseaba echar rápidamente una capa de olvido sobre todo cuanto recordara las diferencias que la habían motivado, desplazando cualquier responsabilidad hacia los muertos.

Los vencedores en la guerra, y especialmente, Gran Bretaña, estaban endeudados hasta las cejas y se habían quedado con muy poco oro, que era la materia mágica con la que se efectuaban los pagos internacionales. Los expertos, con Keynes a la cabeza, propusieron adoptar como referencia el dólar estadounidense, con tipos de cambio fijos, y se creó el Fondo Monetario Internacional como supervisor del sistema. Había que pensar en global, ser espléndido y solidario con los países más atrasados.

La fórmula magistral funcionó durante algún tiempo, pero el edificio monetario se desmoronó porque algunos países siguieron prácticas inflacionistas, y se les acabaron sus reservas en dólares, por lo que tuvieron que acudir al FMI para que les prestara dinero y, después, otra vez, y las que fuera necesario, para que les permitiera devaluar sus monedas respecto al dólar.

Sin embargo, otros países (Alemania, Países Bajos, Suiza, Austria), habían revalorizado su moneda. Les iba bien.

El país que tenía un comportamiento más inflacionista fue Estados Unidos. Pero… ¿qué diablos provocaba la inflación en algunos sectores de la granja?

Como siempre que se abría un debate, surgieron múltiples explicaciones del más variado carácter. Los macroeconomistas siempre han sido muy imaginativos. Para unos, la inflación estaba causada por el aumento de los salarios, debido a que se estaba cerca del pleno empleo, y las empresas se veían obligadas a pagar más a los empleados para que no se fueran a la competencia, y con más dinero para gastar, las familias desbocaban el consumo, orientándose hacia productos importados, más baratos o más vistosos; para otros, había un exceso de demanda monetaria, debido a que los Bancos centrales ponían insuficiente dinero en circulación, preocupados por la no darle demasiadas vueltas al rabil de la fabricación de billetes, lo que debilitaría la posición de la moneda propia, pero que tenía el efecto negativo de aumentar los tipos de interés, al convertir el dinero en un bien más escaso.

Puede que aun estarían discutiendo si se trataba de galgos o podencos, sino fuera porque Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos a la sazón, suspendió en 1971 -convenientemente asesorado por los economistas críticos con el modelo keynesiano, más devotos de la teoría monetarista de Fisher, Marshall y Friedman-,  la convertibilidad en oro del dólar americano, desmantelando el brillante esquema teórico de Bretton Woods.

Falto de apoyo, el dólar empezó a caer, junto a la libra, en tanto que las economías francesa, japonesa y alemana crecían -y sus monedas se robustecían-, junto con los países en desarrollo del Tercer Mundo. La idea de globalización empezaba a prender con fuerza. Las materias primas que quedaban por explotar, la mano de obra barata y una legislación permisiva o inexistente, estaban siendo aprovechadas de forma eficaz por los países tecnológicamente más avanzados y abiertos a la cooperación. Era un momento win-win para todos.

Estados Unidos y Gran Bretaña no tenían, entonces esas preocupaciones de base aparentemente altruista; en particular, Gran Bretaña disfrutaba con mano de hierro de su imperio colonial, y Estados Unidos se había afianzado como líder mundial indiscutido, y, aunque la bonanza le comía los pies, no necesitaban exportar, porque el consumo interno era suficientemente fuerte, por lo que un dólar débil no causaba mayores problemas.

Por si acaso, una actuación excepcional vino a salvar al dólar y a la libra de la depreciación a que estaban encaminados: la manipulación sobre el precio del petróleo, que subió un 400% entre 1973 y 1974, como consecuencia de una crisis ficticia por la que la OPEP tomó la desmesurada decisión -para su débil posición en el contexto mundial- de embargar el petróleo, como castigo contra Estados Unidos y los países que habían apoyado a Israel.

Era una consecuencia colateral de la guerra árabe-israelí conocida como conflicto de Yom Kipur, que tuvo lugar en octubre de 1973, por la que una coalición de países árabes comandados por Egipto y Siria intentó sacarse la espina de la guerra de los seis días librada en 1967, en una actuación inexplicable, salvo para quienes hubieran estado en la sala de calderas calentando el ambiente.

El imaginativo periodista Daniel Estulin (Unión Soviética, 1966) atribuye esta operación a una conspiración dimanada del llamado Grupo Bilderberg, que toma su nombre de la primera reunión que mantuvieron varias élites mundiales en ese hotel de una localidad de Suecia.

Como resultado de la misma, las gigantescas compañías petroleras que forman el cartel del petróleo -las seis hermanas- subieron los precios de forma desorbitada, encareciendo brutalmente una materia prima sustancial, deteniendo la industrialización en los países del tercer Mundo y provocando un flujo de dólares (los petrodólares) que no se quedó en los países de la OPEP -¿qué iban a hacer con ellos?-, sino que revirtió a Londres y a Wall Street, que recuperó de inmediato el control sobre el crédito mundial.

La granja quedaba así remozada con nueva apariencia, y el logotipo que luciría desde ahora el panel de entrada a la caja donde se guardan los misterios de la economía internacional, ostentaría, las palabras adormecedoras de: “Progreso, libertad de mercado, globalización”. Eso sí, ahora, en inglés. (1) La evolución de la realidad quedaría para siempre desconectada del desarrollo natural de los hechos, y la manipulación se convertiría en la forma predilecta para ejercer el control por parte de los grandes grupos económicos de la granja.

Irlanda, Dinamarca y el Reino Unido se incorporaron en 1973 a la Comunidad Europea, que aún mantenía su idea de unión de comerciantes, pero estaba ya empeñada en comenzar de inmediato un camino visionario que la conduciría hasta la actual posición marginal en el panorama económico mundial, jalonado con declaraciones voluntaristas, manifiestos éticos y proclamas de decidida defensa ambiental.

Era necesario para el capital que utilizaba como plataforma de actuación las bases del Reino Unido estar cerca de ese invento problemático, sin sentirse comprometido.

Porque los poderes fácticos de la granja tenían otras intenciones que dedicarse a la filosofía.

(continuará)

(1) Aunque nunca fue formulada de esta manera, el nuevo frontis de la granja podría haber tenido esta formulación: “Free market, world as a whole, forward destination”.

 

 

 

La granja en cuarentena

Reconozco que me atraen las teorías conspirativas. Utilizadas como cliché preconcebido, se adaptan, cual una fórmula magistral, para explicar casi cualquier actuación dentro de una colectividad humana, en la que un pequeño grupo, convertido en muñidor o factor creador de situaciones, influye decisivamente sobre el comportamiento de la mayoría.

Cuando George Orwell (Erich Arthur Blair) escribió “Rebelión en la granja” (1945) acababa de editarse “Camino de servidumbre” (1944), que se convertiría en el libro más citado de Friedrich von Hayek. Pocas ocasiones ofrece la literatura de encontrar en una obra aparentemente de evasión, una crítica solapada -es decir, inteligente- a la pieza clave de los defensores del capitalismo liberal como doctrina económica.

Hayek, como es bien sabido, propone abrir de par en par las puertas del campo de la economía a la iniciativa privada, limitando las intervenciones del Estado de derecho a lo imprescindible: fijar el marco regulador, de forma previa y transparente.

Paladín intelectual de la escuela vienesa, Hayek se convirtió con rapidez en el contrapunto a la doctrina macroeconómica de John Maynard Keynes, quien en 1936 había publicado “La teoría general del empleo, el interés y el dinero”, en la que abogaba porque los gobiernos deberían aumentar el gasto público para impulsar la inversión. Los keynesianos apoyaban el intervencionismo del Estado en las actividades económicas, convirtiéndolo en un competidor privilegiado, que podría aparecer aquí y allá para subsanar déficits o desviaciones de la iniciativa privada, estimular determinados sectores o dirigir el desarrollo en otros, de acuerdo con el interés general.

No pretendo contribuir, desde mi reconocible limitación intelectual, al debate académico que, desde entonces, permanece abierto entre quienes defienden el “dejad hacer” y los que creen a pies juntillas que no hay nada mejor que la economía centralizada.

Porque, entre tanto, hasta los macroeconomistas prácticos occidentales que no estén dañados por las actitudes más reaccionarias han ido admitiendo, a la chita callando, que no se traiciona a Hayek cuando se mueve el fiel de la balanza hacia la posición de “haz lo que quieras, pero no abandones al Estado en la necesitad de mantener un equilibrio social imprescindible para evitar la debacle del sistema”.

La clave de la teoría orwelliana  no estaría en definir la doctrina a seguir, sino en la utilidad que extraigan de ella quienes se ven obligados a vivir con ella. Frente a los maximalistas que aún se esfuerzan en resaltar las ventajas o las abominaciones tanto del sistema puramente capitalista como de las economías centralizadas, según de dónde les provenga el plato de lentejas, los orwellianos, escépticos de cuanto huela a doctrina precocinada, abogamos por utilizar los márgenes de libertad que la situación en la granja animal conceda a sus moradores, para acomodar nuestra existencia de la mejor manera posible.

Orwell no era economista, pero sí un atento observador de la realidad, que se esforzó en palpar, no desde los despachos, sino en los campos de batalla. Participó en la guerra incivil española, con el propósito inicial de “matar fascistas”para salvar el mundo (según su propio testimonio), que morigeró  en la más pragmática y pacífica posición de “defensor del socialismo democrático”.

En próximos comentarios me propongo, si tengo salud, comentar mi opinión sobre la actual situación en la granja colectiva, tanto a la escala global como a la particular del pequeño país desde el que escribo (España). Y, aunque parezca que desvelo las cartas del razonamiento posterior, adelanto que la granja y sus dependencias están afectadas por diversos virus y males de cabeza, lo que obligaría, a fuer de sensatos -que supongo quedan-, a poner muchas de las jaulas en cuarentena, convenientemente separadas, para evitar una contaminación generalizada que nos haga volver a las cavernas.

(continuará)

 

Cuidado con los ladrones

El otro día llamaron a la puerta dos agentes del Cuerpo Nacional de Policía para entregarme unas fotocopias en las que, según me explicaron, ante el incremento de estas actuaciones delictivas, se ofrecen “Consejos para evitar robos en interior de viviendas”.

De momento, no tengo información sobre la posibilidad de que los órganos centrales de algún cuerpo de seguridad del Estado estén preparando un folleto, puede que también un tríptico, con indicaciones para que nos protejamos de que nos roben también en el exterior de las viviendas, puesto que allí parece igualmente detectarse un aumento de actos contra la propiedad ajena.

Bien es cierto, sin embargo, que la casa donde uno vive es un recinto acotado y los delincuentes que podrían apetecer lo que tenemos en ella se mueven con ganzúas, sprays adormecedores y sacos para esconder el producto variopinto de sus asaltos, en tanto que los amigos de lo ajeno que dedican sus afanes al exterior de las viviendas, manejan cuentas bancarias opacas, emplean testaferros, se sirven de bufetes especializados y, desde luego, no usan saquitos, sino maletines con claves de cuatro dígitos.

En fin, se trata de dos tipos de delincuentes y organizaciones delictivas muy diferentes. Unos -sin que esto sirva de prueba excluyente, sino solo orientadora-, son oriundos de países de la periferia comunitaria, y, referidos a nuestros cacos locales, guardan, en modo y artes, la misma relación que el gato montés con un minino castrado; no roban para comer, sino como negocio y disfrutan de medios muy sofisticados, incluida su falta de escrúpulos para dar un buen golpe a quien se resista a decirles la combinación de la caja fuerte o el escondite de las joyas familiares.

La eclosión de estas bandas de ladrones y peristas, que, con razón, preocupan a nuestra policía, coincide en el tiempo con el descubrimiento alarmante, de que no solo nos están robando en casa, sino que nos estaban saqueando fuera de ella, y que éstos no se habían molestado en ocultarse, sino que lo hacían a plena luz del día y, encima, había algunos que nos daban consejos sobre cómo gobernar mejor los bienes públicos.

En los papeles que el CNP está repartiendo, se dan consejos que pueden parecer triviales, junto a otros que más parecen destinados a instaurar un estado de sospecha generalizada. Al lado de “mantenga su dinero y objetos valiosos en lugar seguro” -con el recordatorio de que “existen entidades de crédito que se hacen cargo de esos objetos” por poco dinero,  o “instale una buena puerta de seguridad”, que puede impulsen el negocio bancario y el de carpintería, leo mensajes de interpretación más problemática: “manténgase siempre alerta” o “si ve gente extraña merodeando en su calle, avise a la Policía”.

Si el Cuerpo de Policía o algún otro de los que se encargan de tutelar el estado de derecho que tan maltrecho se nos va quedando, se deciden a buscar en el ciudadano presunta víctima el apoyo para evitar y detectar los robos de guante blanco, espero poder leer algún día consejos del tipo: “Desconfíe de cualquiera que viaje de vacaciones a un paraíso fiscal (lista adjunta) y, en general, de quien aproveche cualquier ocasión para presentarse en público como una persona intachable”; “anote la ubicación de todas las mansiones que observe en sus recorridos en bicicleta por la periferia de su ciudad y, si le es posible, el nombre de sus propietarios”; “denuncie a la inspección fiscal a quien posea varios coches de alta gama, sea propietario de un yate, una finca de caza o lleve el pelo engominado”; aún mejor: “avise de cualquier caso en que ambos miembros de una pareja tengan cargos públicos -ministro y secretari@ de estado, presidente de empresa pública y jefe de inspección de Hacienda, magistrado de lo penal y alcaldesa, por ejemplo- y colabore en descubrir familias en que muchos de sus miembros ocupen puestos de responsabilidad en empresas, cargos políticos y administraciones públicas”.

Desde luego, no basta ser decente, ni con parecerlo. El Estado de derecho quiere que le echemos una mano, falto de medios incluso para imprimir ejemplares de un tríptico en el que manifiesta que está desbordado por la proliferación de delincuentes.

 

Tiempo de exposición

Quiero creer que las opacas conversaciones entre partidos políticos para formar gobierno habrán servido, siendo evidente que no han cumplido su objetivo, para facilitar que los ciudadanos independientes lleguemos a alguna conclusión que resulte útil a nuestro país.

Si hay una distinción del carácter que define a un líder es que, cuando el equipo parece aturdido, él propone una solución y saca al grupo del escollo.  Tal vez debo indicar que no me refiero a que el dirigente (o el aspirante a tomar las riendas) tenga “la” solución, sino que sea capaz de ofrecer, lo antes posible, una opción creíble y que movilice a quienes tienen los recursos disponibles, para aliviar a los que estén sufriendo el peso más agotador de la carga. Se consigue, de esa forma y en ese preciso momento, que se salga del bache, y se obtiene la liberación de la tensión, para poder dedicarse, ya con más calma, a mejorar las estructuras y evitar que lo mismo vuelva a suceder.

Puede que todo parezca demasiado teórico, parte de un manual elemental. No niego la menor, pero me acojo a mi derecho intelectual a expresar que las propuestas que provienen de los que alardean tener información y criterios sobre cómo conducirnos a un sitio mejor, carecen de viabilidad.

Los representantes de los cuatro partidos políticos más votados parecen haber confundido el apoyo de sus concretos electores con un mandato para negociar un gobierno de coalición con garantías de estabilidad. No lo veo así, en absoluto. Si no sabemos hacia dónde ir, ¿con qué pertrecharnos? ¿Habrá que atravesar un desierto sin oasis o una selva con serpientes? Puede que, metafóricamente hablando, sean varios y complejos los espacios a atravesar y, en lugar de equiparse para una expedición al polo o con el salacot de excursionista de safari, sea más adecuado pulsar la propia capacidad de resistencia.

La diversidad de opciones presentadas ante los electores-incluso aunque mal o insuficientemente perfiladas- solo han servido para que la ciudadanía exprese su deseo de acabar pronto el período de transición, en el sentido, de momento de desconcierto o desorientación.

Que se nos saque de aquí, vamos, cuanto antes. Porque los períodos de transición, son períodos de exposición. Los que están expuestos, son más vulnerables.

Sin embargo, este período ha sido interpretado como un tiempo de exhibición, como si los portavoces de las preocupaciones de los agentes socioeconómicos, hubieran creído que nos interesaba conocer más al detalle sus diferencias personales, tomar fiel medida de sus distancias mentales o profundizar hasta el vómito en sus elucubraciones de definición ideológica catecumenal. Por eso, teniendo en cuenta que, como más de treinta y cinco millones de potenciales electores, no he tenido la menor participación en esas negociaciones, me siento facultado para expresar mi decepción.

Las exhibiciones percibidas de las débiles musculaturas, la delicadeza de las carnes ofrecidas, tan descoloridas como pegadas al hueso, necesitadas a gritos de un paseo por mayor ejercicio mental,  fueron lamentables. Sobre todo, porque nos han hecho perder bastante bagaje de lo único seguro que teníamos a disposición: tiempo para reaccionar.

Más de un centenar de días consumidos en misteriosos tejemanejes han dejado un poso de excesos verbales, marcas de intolerancia, crispación supurada y líneas rojas pintarrajeadas con tizas y lápiz de labios, que podrían parecer una preparación infantil para marcar el espacio en el que jugar a la rayuela (1). Si me arriesgara a hacer de lector de las borras resultantes en las tazas de los cafés disfrutados durante tantas jornadas, mi interpretación agorera es que hemos ido hacia atrás. Puede que sepamos más de lo que nos separa, -en gran medida, de lo inútil-, y nada nuevo de lo que nos podría unir -en general, imprescindible.

Qué pérdida de oportunidad. Los momentos de transición son fundamentales para que una colectividad consiga tender redes más sólidas que las precedentes para anclar mejor sus bases en el futuro. Ha sido grave la desilusión propagada por la exhibición, por parte del partido de Gobierno (ahora en funciones), de que no está dispuesto a cambiar el rumbo, sino a seguir conduciendo por la misma singladura, cuando está claro -incluso para ellos- que nos había llevado a una vía muerta, un culo de saco. Grave también resulta la obsesión de un partido emergente, que llenó de ilusiones (en gran parte, productos de la fantasía y la enajenación grupal) a más de cinco millones de desencantados, por querer implantar un cambio imposible, estrictamente revolucionario y contrahistórico, en la gobernabilidad de España.

De los otros dos partidos (PSOE y Ciudadanos), corresponde aplaudir su voluntad de entendimiento, aunque parcialmente contra natura, aunque, al ser, desde el origen, una postura insuficiente, su escenificación formó rápidamente parte del teatro, esto es, de la exhibición. (2)

Tendríamos que entender que, en este momento de nuestra historia política, la situación es de reorganización de efectivos, y no de actuación precipitada. Momento para eliminar muchos de los elementos que juzgamos perniciosos y que se han convertido en los síntomas más claros de lo que es imprescindible cambiar. Con la tranquilidad de poder entender que, en un Estado que dispone de una Constitución y leyes pactadas democráticamente, es posible plantearse ese tránsito, no después de una revolución, no acudiendo a una asonada o a un conflicto armado, sino mediante un acuerdo de partidos para impulsar un gobierno.

Los problemas de esta situación de transición están detectados, aunque no se conozcan las soluciones para todos ellos. Hagamos las modificaciones con cabeza, no con imprudencia, porque no estamos solos en el mundo, y pertenecemos a una sociedad, la occidental, industrializada y, sí, capitalista, que forma parte de nuestra esencia. En ella debemos encontrar las respuestas a los factores de preocupación que, aún siendo tan conocidos, no me resigno a enumerarlos, una vez más: paro (especialmente juvenil), desequilibrio en el sostenimiento del estado de bienestar, corrupción en las administraciones públicas, evasión fiscal y falta de control en las cuentas de los grandes grupos, excesivo endeudamiento de las familias, equivocada orientación de una parte sustancial de la transmisión de la enseñanza (en particular, la técnicamente productiva), pérdida de la consciencia de unidad como medida esencial de progreso, entre otras.

Ningún partido ha demostrado tener la solución, solo propuestas cuya viabilidad sería necesario que se demostrara. En una situación así, yo prefiero, por experiencia, actuar con decisión para salir del momento, pero con máxima prudencia para no sostener la misma postura más tiempo del imprescindible.

(1) Escribo Rayuela en homenaje solapado a Julio Cortázar, pero en mi pueblo ese juego -más propio de niñas-, se sigue llamando cascayu; y en España, cascallo, tejo o pericojo, entre otros nombres.

(2) No incluyo a Izquierda Unida como quinto partido en la disputa por el poder, porque no lo está siendo. Con un sólido argumentario del que no se ha movido -ni falta que le hacía: es el catecismo de siempre, el de la izquierda conscientemente marginal- ha aprovechado la oportunidad para pasearse luciendo músculo por los escenarios mediáticos. La proximidad a Podemos permitió ver las diferencias entre el modelo y su caricatura, dejando claro que hoy tiene cinco veces más público el docudrama circense que un buen guión.