Salidas

En el metro de Madrid, que es el que mejor conozco, hay una norma no escrita por la que, en las paradas, los que tienen que salir del vagón lo hacen por el centro, y los que quieren entrar, utilizan los laterales, ya sea de la izquierda o de la derecha.

Desde luego, en el predecible como nunca panorama resultante de las reelecciones para formar gobierno en España, del 26 de junio de 2016, los que están en el vagón no quieren salir ni aunque les inviten sus amigos íntimos, y los que están locos por entrar, se han liado a darse empujones y dedicarse algunas bofetadas, para defender su presunto derecho a ocupar los asientos libres, en especial, los reservados.

No entiendo muy bien por qué. Los ciudadanos, después de una campaña en la que dudo que alguien se haya leído los programas electorales -incluso, los resúmenes- y, por tanto, dado que su decisión fue puesta de manifiesto ya en la anterior convocatoria, votarán lo mismo. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Para facilitar un acuerdo que los líderes de los partidos principales no han sido capaces de adoptar? ¡Vaya! Si hacen lo que el cuerpo les pide un día de domingo de junio, se abstendrán.

Los indecisos -se especula que un 30% oculta su intención o anda dándole vueltas a si entregará su (estéril) voto individual a alguno de los opositores a dirigirnos durante cuatro años el soliviantado cotarro-, en nada contribuirán cuando aclaren su incertidumbre personal a mejorar la indefinición colectiva.

Los que predicen, precisan, incluso, que la mayor parte de esos que dejan para el último momento la decisión sobre la papeleta que introducirán en la urna, son mujeres, y, profundizando en la sospechosa misoginia de sus análisis, abundan en que, son aficionadas a otros programas (los de diversión mediática).

Si eso fuera cierto, una parte no despreciable de los votos se decidirá, por tanto, por la aplicación de cualquiera de los métodos de decisión holístico-elucubrante que aplicábamos cuando éramos niños. (Recuerdo para la memoria de los más provectos, algunos torpes ejemplos: “Si me cruzo con alguien con perro, voy a aprobar el examen de Ciencias Naturales”; “Si mi madre ha preparado arroz con leche de postre, me compro una peonza”; etc.)

He dejado de creer en las mal llamadas consultas democráticas desde que me di cuenta que la inmensa mayoría de la gente es muy, pero que muy, manipulable y, como premisa menor, es incapaz de leerse nada escrito.

Si se confía en que las decisiones se tomen por todos los asistentes a una convención, acto o asamblea, por ejemplo, y nadie se ha preocupado por tener preparado de antemano la forma satisfactoria de salida de la reunión, los debates serán interminables, y las voces se tornarán cada vez más encrespadas. En definitiva, siguiendo con la imagen del principio: los que están en el vagón no saldrán (si lo desearan, que no parece sea el caso), ni los de fuera, podrán entrar (aunque lo ansíen).

Nuestra función como espectadores, con nuestra papela de votantes en la mano, es mínima. Podríamos imaginar lo que sería más conveniente (ordenar el flujo de entrada y salida, para facilitar el cumplimiento de los itinerarios), pero el tren está parado en el andén, calentando motores, con riesgo de ripado.

Bloqueo a la vista, y… si el metro avanza, porque alguno de los que estén dentro quiera hacer de maquinista, alto riesgo de que se lleve por delante a unos cuantos de los que pugnan en los andenes.

El ejemplo del Brexit es estupendo para concretar esta metáfora. Ha ganado por los pelos de la casualidad más herrumbrosa, la opción de los que quieren salirse de la Unión Europea, una idea que, como el lema de los anuncios del Banco de Santander, que Goma Espuma ha convertido en genial, representa “algo sencillo, personal y justo”, para los que tienen la intuición de que vale más estar solo que mal acompañado.

El mismo lema sirve para los que han votado quedarse, solo que éstos perdieron. Los que quieren salirse superaron a los que desearían mantenerse en esa agrupación de “viejos comerciantes con colmillos retorcidos que defienden lo suyo con añagazas legales ” y “torpes ilusos de la intención infantil de lograr algún día una Europa fuerte”. La diferencia entre el 51,8% y el 48,2% conseguida por los ganadores, se puede calificar, por lo menos, muy sutil.

Salen unos, entran otros, el tren cambia de dirección, la vida sigue. Entretenidos quedan unos (pocos) en recomponer destrozos, mientras la mayoría se apuntará con brío a la nueva situación haciéndola viable y -mal que nos pese a los que queríamos que se quedaran-, mejor. El futuro siempre es mejor, por eso, por definición.

En nuestras elecciones del domingo -mañana cuando esto escribo- ganarán los que hayan votado al Partido Popular, que serán una ridícula minoría en relación con el total de votantes, y aún más exigüa si se contabiliza respecto al número de los que podrían haber votado.

Estarán próximos a una mayoría imposible, porque no van a coaligarse, los votantes del decaído PSOE y del emergente avieso combinado Unidos Podemos. Y asistiremos a la caída ligera, pero apreciable, de la opción contemporizadora de Ciudadanos, dirigida por un brillante Albert(o) Ribera, que, al margen de simpatías ideológicas, aprecio como el que más juego dialéctico, y coherencia personal, ha ofrecido de todos los candidatos.

Así, pues, no saldremos del atolladero. Porque lo que interesa no es quien gana la ridícula ventaja de ser el más votado de cuatro opciones, cuyos programas, dejando aparte tendencias del corazón e impulsos ancestrales, son inviables.

Los de unos, porque han surgido de un gabinete de iluminados que desconoce el mundo real (aunque utilicen algunas anécdotas extraídas de él);los de otros, porque se obstinan en defender seguir con lo emprendido sin escuchar a los descontentos (que tienen poderosas razones para estarlo); y, en fin, los otros dos partidos, …uno porque ha olvidado que la socialdemocracia es realismo de progreso, pero concreto, contante y sonante; y el otro, porque tiene un tufo a condimento profesoral londinense que echa para atrás a los que podría atraer, que son los juiciosos posibilistas.

Yo ya voté, o sea que no me voy a dejar influir por lo que pase hoy ni por el tiempo de mañana.

¿Quién manda aquí?

Si el lector quiere provocar polémica, al mejor estilo del que se atribuye a Miguel de Unamuno cuando, al llegar a cualquier tertulia de amigos o conocidos, preguntaba: “¿De qué opináis? Yo opino lo contrario”, le sugiero una frase equivalente: “¿Quién manda aquí?”.

A mí me ha dado siempre un magnífico resultado. Naturalmente, es preciso acompañarla de una serie de frases que, a modo de cabestros, introduzcan el victorino o miura en la plaza dialéctica. No importa el momento.

Quienes oigan su frase, que puede repetir con énfasis, para estar seguro de que penetra en los cerebros de sus oyentes, se cebarán en ella, e interpretarán como les venga en gana lo que ha dicho. Tenga, eso sí, la seguridad de que le criticarán duramente y la polémica se centrará en Vd. y en su intolerancia.

He tratado de entender por qué resulta molesto que se pregunte a un colectivo aparentemente homogéneo quién tiene el manual de instrucciones para ejercer el liderazgo de cualquier asunto. En este momento emocionante de la situación española, en la que el conjunto plural de ciudadanos no sabe -no puede saberlo- a dónde seremos conducidos, si no teme poner en riesgo su integridad o ser maldecido por las fuerzas del orden interno y sus files seguidores, pregunte en una reunión política ¿quién manda aquí?

Me han contestado a veces, de forma tal vez airada por el peso de sentirse escandalizados, que manda el Gobierno, que tenemos una Constitución, que la separación de poderes funciona y funcionará. Que somos un pueblo pacífico, serio, sabio y prudente.

No tengo idea en qué se basan estos bienaventurados, porque el Gobierno está en funciones, la Constitución y la forma de Estado, cuestionada, la separación de poderes, contaminada, y la tranquilidad de nuestro pueblo -y de cualquiera-, es una falacia desmentida por la Historia.

Afirmo, y lo lamento, que, hoy por hoy, ante la ausencia deplorable de líderes, de convicciones, de propuestas coherentes, no manda nadie. La televisión y todos los medios nos han intoxicado, y ni los que hablan ni, claro, los que escuchamos, tenemos tiempo para pensar.

Improvisamos. Corremos, llenamos páginas a tanto la palabra. A izquierda y a derecha. Desde los púlpitos en donde se lanzan las soflamas, se va recogiendo todo lo que se encuentra, y se incorpora al discurso como si se tratara de una psico-obra moderna confeccionada con hallazgos, materiales de desecho, artículos de arribazón, etc. buscando provocar, más que causar evocación de la creatividad o la belleza. El escándalo se ha hecho verbo entre nosotros.

Leo que casi dos centenares de economistas apoyan el programa económico de Unidos Podemos y, me parece bien. Me parece bien, porque he defendido, con mis propios argumentos, sin ser ni Picketty ni el hijo de Galbraith, que hay que romper con la política de austeridad y propiciar el incremento de consumo.

Ah, pero no se me va a olvidar preguntar, tampoco en este Comentario: ¿quién manda aquí?. Por eso, junto a esa argumentación -y me jacto de ser uno de los pocos españoles que ha leído hasta el final centenares de libros de economía y política macroeconómica, de autores de todo signo y condición ideológica- me preocupa tener claro cómo se va a conseguir sostener el preciado estado de bienestar, bajo qué mando.

Para ello, hace falta, en mi opinión fundada, tener realizado un análisis muy completo acerca de los sectores tecnológicos que van a propiciar la generación de nichos de trabajo en el inmediato futuro, estudiar muy bien cómo se va a realizar la distribución de las plusvalías colectivas generadas, y, no en último lugar, conocer la manera en que se van a hacer llegar a los millones de desplazados por la eficiente tecnología -no es cuestión de formación, sino de adaptabilidad- los recursos imprescindibles para su sostenimiento.

Por supuesto, en el fondo, el tema no deriva únicamente de la economía, que explica mal que bien el pasado pero es incapaz de predecir el futuro. No puede predecirlo porque los intereses capitalistas -incluidos los de los países bajo teórica dicción comunista- y siento ser tan esquemático para lectores tan inteligentes como los que me siguen, están continuamente generando elementos caóticos en su propio beneficio.

Para un país intermedio, que es como vengo caracterizando a España, la solución debe huir de maximalismos: no somos un país rico, ni tenemos recursos importantes, ni alta tecnología disponible o empresas grandes, a escala mundial. No funcionará la chispa del resentimiento: detonará sin voladura.

Hay que aumentar la presión fiscal y estimular la reinversión de los beneficios, pero con tiento de no espantar a los que sostienen la generación y distribución de la riqueza generada. La participación de las empresas públicas en ese entramado ha de ser discreta y selectiva y, por supuesto, orientada hacia el mercado.

La inteligencia práctica aconseja fervientemente que el cambio pacífico descanse también en la mejora de la formación, en la eficacia de la educación para responder ante los retos y dificultades presentes y futuras. De todos, no solo de unos cuantos. A todos los niveles. Teniendo presente que la economía mundial no regala nada; se lo cobra, en moneda contante o en víctimas a lamentar.

Para España, la solución no es sencilla. Habrá que formar a miles de estudiantes con una base muy ancha para que puedan llegar a lo más alto del conocimiento. Justamente lo contrario de lo que resulta que estamos haciendo, ya que hemos vulgarizado un tanto las enseñanzas, bajado los niveles, para aumentar el número de los que tienen formación intermedia, dejando que muchos de los mejores, a los que no sabemos a qué dedicar, se vayan al extranjero.

Con los maestros adecuados, convenientemente cualificados, continuamente reciclados, que sepan de qué van las cosas que enseñan. Qué difícil hacerlo bien desde el ruido mediático, sin que nadie mande aquí.

Pero no bastaría con tener unos cuantos miles de profesionales con muy altas cualificaciones. Hay que resituar, y hacerlo con mucha frecuencia, a millones de personas en una estructura laboral y económica extremadamente inestable.

Porque no estamos solos, no decidimos en los despachos, ni en las tertulias, ni siquiera en las asambleas universitarias, ni tampoco en las reuniones en la calle, en donde se manifiesten lícitos descontentos, legítimas aspiraciones, que acabarán dirigidas hacia una escaramuza inútil en la que los directores serán un par de decenas de alborotadores profesionales que se enfrentarán a la policía.

Si vuelvo a preguntar quién manda aquí, también en este artículo, estoy seguro, por experiencia, en que no faltará quien decida que soy partidario de que las cosas sigan igual, que me asustan los cambios, que estoy en contra del progreso social. También habrá quienes me vean como un peligroso polemista que oculta su afición izquierdófila por comunistas o socialdemócratas, y quienes, si les apetece tomarse la molestia de juzgarme por lo que pienso, concluirán que soy un tipo amorfo, acomodaticio, al que importa poco lo que pase a los demás,

Estoy sentado a la puerta de mis ideas, y veo pasar a la gente muy alborotada. Hay sillas a mi lado, disponibles para quien quiera asistir al espectáculo. Volverán.

No solo las pirulinas son divertidas

Creo que ya lo conté otra vez, al menos. Pero me sirve para enmarcar este Comentario y, como ha visto el lector, para ponerle título.

Unos padres de una pizpireta nena de cuatro años, se interesaban por saber lo que había aprendido en su jornada de preescolar. “Hoy nos enseñaron a distinguir los niños de las niñas”, explicó la interpelada.

El papá quiso, desde un principio, quitar hierro al asunto, utilizando la teoría que suponía adecuada a la edad de la pequeña. “Bueno…en realidad, no veo que haya diferencias importantes”, casi balbució.

Pero la niña tenía ganas de comunicar detalles de su ampliación de conocimientos acerca de la humanidad. “En el recreo, Carlitos y yo nos bajamos los pantalones y las comprobamos”.

La madre encendió las alarmas: “¿Y qué? Después de todo, lo que hay es que los niños tienen pirulina y las niñas tenemos otra cosa”, afirmó, pretendiendo ser convincente, y deseosa de cerrar el capítulo.

“Pero, ¿sabes, mamá? -replicó la niña-. Las pirulinas son mucho más divertidas”.

Si se pudiera hacer una encuesta mundial, entre adultos, acerca de la conclusión de esta niña, tengo que vaticinar que los resultados a favor y en contra deberían ser equilibrados. No haría falta, entre lectores inteligentes, explicar las razones objetivas por las que aventuro la conclusión de esta hipotética consulta.

Aunque el asunto pueda ser más controvertido, mis conocimientos sobre el tema no me permiten decidirme -en lo pragmático, o sea, en lo que conviene a la colectividad- acerca de si es mejor el capitalismo liberal o el comunismo de base marxista-leninista.

He sido educado en una economía y un entorno basados exclusivamente en la evolución (e involución) del capitalismo.

He sobrevivido a una dictadura de las consideradas de tomo y lomo -que, al ser nacido en la postguerra civil, no me avergüenzo reconocer que no me dejó huellas apreciables); hice mis dientes y uñas contestarias frente a una tecnocracia aperturista muy moderada, pero no mal intencionada; superé -desde el extranjero- el pánico a una operación de ruptura con el presente extremadamente delicada que se saldó sin víctimas inocentes; fui testigo y colaborador hasta donde me permitieron sus muñidores de los avances de una socialdemocracia tal vez demasiado apresurados para su época; observé, encantado, como los defensores del capitalismo teórico del dejad hacer se convertían al estado social y de derecho y, en fin, cuando se pusieron malas, asisto con decepción, tanto a la vuelta de tuerca hacia un capitalismo engreído y poco tolerante, como al pasado de rosca de una socialdemocracia sin ideas de cómo recuperar posiciones.

No alcanzo a vaticinar lo que me espera conocer en mi país.

Ahora mismo, ante el creciente desbarajuste entre las cifras macroeconómicas del país y la realidad cotidiana harto miserable -especialmente, por comparación- que viven más de millón y medio de familia, cuando la situación de millones de jóvenes sin trabajo ni aparente futuro ha hecho eclosionar sus mentalidades hacia la exigencia de un cambio brusco de la situación, en fin, en el tiempo presente en que una mitad de la población defiende lo divertido que son las pirulinas sin preocuparse de la otra mitad, no soy capaz de entender lo que se pretende con el debate electoral, previo a las votaciones del 27 de junio de 2017, en las que se repetirán los comicios de finales de diciembre.

Unos parecen encantados con resaltar lo divertidas que son las pirulinas, y otros, justamente los que tienen ese adminículo, no son capaces de explicar para qué sirven.

No es un juego de niños, sin embargo. Tenemos que elegir cómo queremos que sea nuestro mundo de adultos, en el que, como ya recordé muchas veces, hay muchos matices a considerar, dentro y fuera de nuestras fronteras. Y, claro, olvidar esa realidad, nos pone en riesgo de cometer gravísimas piruladas, muy difíciles de corregir si salen mal.

 

 

Sin método

Por las encuestas de opinión que se publican con frenética dedicación, mis conciudadanos siguen teniendo claro a quién votar el 26 de junio, en la repetición de las Elecciones Generales a que obligó no haberse conseguido acuerdo para elegir presidente de Gobierno.

Eliminada por confusión con Podemos, el vuelo distorsionador de abejorro ideológico que significaba Izquierda Unida, las cuatro opciones de que dispondrán, en esencia, los votantes, repartirán las preferencias de forma tan equilibrada que ninguna de ellas conseguirá la mayoría suficiente para gobernar en solitario…y puede que la única coalición que permitiría un gobierno estable obligaría a que dos opciones incompatibles – PP y Unidos Podemos- se pusieran de acuerdo contra natura.

El debate televisivo del 13 de junio de 2016, en el que los cuatro cabezas de lista han debatido en faena de aliño sobre cuestiones bastante marginales, no ha venido a aclarar en absoluto el panorama. Más grave aún que los programas de cada partido o coalición permanezcan desdibujados, es que si, después de las elecciones, los partidos alcanzan algún pacto de gobierno o de investidura, éste se hará a espaldas, es decir, sin previo conocimiento de la ciudadanía, porque todos  parecen esgrimir posturas inconciliables, salvo Ciudadanos respecto al PSOE (opción de coalición que, por estrategia que no entiendo muy bien, el PSOE no corresponde con la misma elegancia).

Y el tema es importante, porque, por falta de la necesaria concreción, las posiciones de fondo (en algún caso, intuidas) de las cuatro opciones no son tan diferentes. Asunto curioso, en realidad: al no profundizar en las soluciones, las ideologías alcanzan una dramática transversalidad, tienden a parecerse, y nos fijamos más en el talante y carácter mediático de los líderes, que en lo que nos dicen.

Empiezo por constatar la primera grave ausencia: ninguno de los partidos ha sido capaz de concretar cómo se va a conseguir, de verdad, y no por puro voluntarismo, la consolidación del estado de bienestar.

No es tarea sencilla y, en mi opinión ni siquiera lo veo posible sin un sólido esfuerzo conjunto y, si se me permite la expresión simple, sin que nuestros políticos, refrendados por el poder de las urnas, sean capaces de ponerse el mundo por montera, sacando pecho y argumentos sin que les tiemblen las pestañas. Porque la incorporación de las tecnologías de informática, robótica, comunicaciones, etc., seguirá provocando, en un país con nuestro déficit tecnológico, inmensas bolsas de paro estructural, que necesitarán de crecientes ayudas sociales, para sostener, hasta donde sea posible, el edificio ya muy dañado del estado de bienestar del que hemos venido disfrutando.

El Partido Popular trampea la solución indicando que, de seguirse con el ritmo del crecimiento del pib del último año, se generarán, en cuatro años, dos millones de puestos de trabajo. No indica, claro, qué tipo de ocupaciones y en qué sectores. La reiterada afirmación de que, si se generan estos trabajos, se recuperarán tanto las cuentas de la Seguridad Social como la bonanza económica, resulta ser un puro wishful thinking (pensar como querer), que, me temo, solo pretende adormecer los espíritus sin información de lo que se está cociendo en el mundo, al menos, hasta que la realidad los haga despertar de golpe contra la losa.

La coalición Unidos Podemos no se detiene tanto en la creación de empleo -que también le gusta-como en la mágica redistribución de la riqueza, aumentando la presión fiscal a las clases altas y medias y a las empresas, y, en lo referente a la dinámica económica, creando empleos en no se qué sectores, de donde surgirán consumidores nuevos, confiando en que se produzca algún milagro socioeconómico que no se ha conseguido explicar, o, en mi torpeza agnóstica, yo no alcanzo a detectar.

Así que, el impulso mágico al consumo provocado por nuevos millones de trabajadores, surgidos de la chistera de la reactivación de la economía interna, lo enmarco, por las mismas, en el mismo espacio celestial en el que sus seguidores encontrarán, a los devotos de la economía del mercado que hayan votado al PP.

Más me gusta, desde luego, porque al menos lo percibo como una trabada opción académica en la que adivino la mano docta de los asesores de Rivera (Ciudadanos), la opción de mejorar la educación en todos los niveles, tomando como modelo a seguir los países del norte de Europa. Acompañada de otras medidas de menor alcance, y, por supuesto, asumibles por cualquier política decente -más inspección fiscal, eliminar el despilfarro reduciendo gastos superfluos, implacabilidad con la corrupción. etc.-, la medida, con resultados a medio plazo -si se consiguiera alcanzar esa revolución académica, a la que tanta resistencia vaticino-, es imprescindible.  No hay nada -o muy poco- en el programa sobre la deseable reactivación económica, y no estaría de más, en un partido que quiere ser pragmático, advertir de la extrema dificultad en mantener y aún menos, revitalizar, en un país intermedio y descabezado como el nuestro, la economía productiva.

Y dejo para el final el PSOE, ese resto de la socialdemocracia que produce pesadumbre y lástima, mirado desde la perspectiva de los que le hemos visto tomar cuerpo y quemar sus alas como Icaro, en caída libre, a pesar de la parsimonia dialéctica de Pedro Sánchez. El argumento central de lo que queda ideológicamente de este partido es que ha llegado la hora de cambiar el rumbo del PP o, al menos, de retirar a Rajoy. Los argumentos son una mezcla de alegación al final de ciclo, incompetencia, mayores dosis de corrupción detectada y falsedad en los datos de la recuperación económica. Si no hay más que contar, apaga y vámonos.

En fin, me hubiera gustado que se nos diese a los españoles, por única vez, la opción de votar a dos partidos a la vez. Ya que los partidos no están dispuestos a pactar antes del día de las elecciones, al menos, que se nos dejare a la mayoría sufrida y silenciosa, la posibilidad de indicar qué dos partidos deseamos que nos gobiernen durante la próxima legislatura.

Que deberían ser aquellos que tengan más claro que les esperan, que nos esperan a todos, años extremadamente difíciles, en los que no valdrán cuentos ni buenos deseos. Necesitamos gentes excepcionalmente capaces, muy inteligentes, bien conectadas con el exterior -conocedores de, al menos, tres o cuatro idiomas extranjeros- y creíbles ante los agentes sociales del interior, honestas sin resquicios, versátiles, con capacidad para aguantar y juego de cintura para esquivar.

En figurado: piel de saurio, estómago de dromedario, instinto de elefante, corazón de perro siberiano,  manos de tigre, vista de águila y resistencia de caballo de carreras.

No veo estas cualidades en ninguno de los candidatos. Que se me perdone mi debilidad para no reconocer, en tiempos de crisis, oportunidad para las opciones ideológicas. Por eso, agradecería que se formara una coalición de gobierno cuanto más extensa, mejor. Así aprenderían los políticos, como hacemos, por la cuenta que nos tiene, los empresarios y los profesionales, a sacar el máximo partido de las capacidades disponibles.

 

Sexta carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

Alcaldesa,

Esta será mi última carta, al menos, por ahora. No quiero que se interprete, como algunos de los que se asoman a estas páginas están haciendo, como que defiendo una opción política determinada y que critico su gestión o la de su equipo de Gobierno municipal por ello. No es el caso.

Además, mi actitud personal es conocida por personas de su entorno y se conoce mi disposición permanente a colaborar. Con todas las Administraciones, independiente de su signo ideológico, siempre que sea por la evolución de la sociedad. No tengo por qué justificarme.

Le quiero hablar hoy, en fin, de los ingresos del Ayuntamiento de Madrid. Tomo como punto de partida los Presupuestos de la ciudad. También pretendo aprovechar que el Manzanares pasa por Madrid para expresar algunas ideas acerca de la reactivación de la ciudad en aquellos sectores a los que concedo mejores perspectivas de futuro, a medio plazo.

Ese futuro al que, por nuestra edad, ni Vd. ni yo -mal que nos pese- puede que no alcancemos a ver ni disfrutar pero del que todos debemos sentirnos, en la medida de nuestra capacidad de actuación y dirección, responsables.

Poco se puede hacer con un presupuesto tan exigüo como el de Madrid, y tan comprometido para mejorar la preparación ante ese futuro. Durante una década larga de bonanza (que resultó aparente, pues hubo que pagar la mayor parte de las cuentas atrasadas, y con intereses), se hicieron nuevas infraestructuras viarias sin estudios de rentabilidad y uso, se compraron terrenos y levantaron edificios para dependencias administrativas que luego no fueron trasladadas, se contrató personal o se firmaron contratos de servicios con alegrías que se hicieron rémoras.

Un predecesor suyo que quiso modernizar la ciudad para comodidad de un medio de transporte que el tiempo está próximo a sancionar con crudeza -tal vez con el ojo bizco mirando a Carlos III, “el mejor alcalde de Madrid” (pro cierto: ¿qué le parece que un Rey, con el apoyo de reformistas ilustrados, lleve ese título honorífico, justo antes de la Revolución francesa?)-  Alberto Ruiz Gallardón, invirtió en Madrid 10.000 millones de euros de los que no se disponía, con el ladino principio político de “quien venga detrás, que arree”.

Unos llevan la fama y otros cardan la lana. Tenemos que agradecer -qué cosas- a la sucesora de aquél, Ana Botella, de la saga de los Aznar, que, aguantando el tipo de su incompetencia, bajara esa deuda, a base de inhibición que no precisamente de eficacia gestora, hasta poco más de 4.600 millones. Así que cuando su equipo de “fuerzas del cambio” se hizo cargo de la alcaldía, con la ayuda de un genio de la informática presupuestaria apellidado Sánchez Mato,  al que veo sentado ante un ordenador haciendo simulaciones como loco con un mapa de la ciudad y algunos datos del consumo por áreas del agua y del vino, hizo posible que solo precisara en 2016 dedicar un 12% del presupuesto (560 millones de euros) a la amortización de la deuda, la mitad que lo dedicado en 2015.

Aparte de los impuestos y tasas, la partida más importante de los ingresos de Madrid son las llamadas Trasferencias corrientes, que resultan de la participación en los tributos que recauda el Estado central y de la ayuda por el fondo complementario de Financiación. Para la ciudad, este montante alcanza los 1.420 Mill. de euros, y permanece prácticamente constante desde hace años (depende de la población, de la recaudación total y de fórmulas imaginativas para llegar a una cantidad adelantada que se liquida posteriormente con datos reales, y que ha abierto, por supuesto, una vía permanente de litigio entre las Administraciones).

No me voy a calentar la cabeza (ni la suya) calculando cuánto queda libre por madrileño para inversiones reales en cada Ejercicio. Nada. Podemos encubrir el carácter de las partidas dedicadas a mantenimiento, conservación y renovación presentándolas como inversión, pero la realidad será que si Madrid puede invertir algo (poco) será detrayéndolo de otras necesidades. Y si en época de crisis económica -situación que, no por pesimista, sino por haberlo analizado, considero irrecuperable- se decidiera aumentar los impuestos o tasas, habrá que actuar con sumo cuidado para no provocar mayores desigualdades aún o un airado levantamiento de patas de la clase media, que es la que sostiene en este país, el edificio de la solidaridad.

Permítame lo que parece una boutade, pero saldría con más cuenta ponerse de rodillas ante la presidente del Banco de Santander, entidad que ha declarado 6.000 Mill. de euros de beneficio en 2015, para que movilizase una parte de esa cantidad en Madrid, que hacer elucubraciones sobre cómo rascar unas decenas de euros de un presupuesto de la ciudad para acometer nuevas inversiones. Teniendo ya detectadas bolsas de miseria y precariedad tan importantes, y contando con la presión tabanera de los movimientos sociales, cualquier dinero que pueda reajustar a base de encaje de bolillos, entre partidas, desaparecerá en su mayor parte en el camino intrincado que va desde el estudio de oportunidad hasta las áreas de necesidad.

Incluso los 725 millones de euros de beneficio en 2015 declarados por ACS, propiciarían más de una charla con Florentino Pérez, que podría servir, de paso, para convencerle de la necesidad social de que dedicara a actuaciones conjuntas los casi 60 millones de euros de beneficio que prevé en la temporada actual ese gran club que lleva el nombre de la ciudad por el mundo y, de paso, que tome ejemplo de equipos más modestos que no necesitan fichar a atletas de museo que cobran como dioses para divertir al personal.

¿Líneas de futuro para la ciudad? Creo que nadie como el Ayuntamiento con mayor poder de convocatoria como para reunir a un grupo de analistas, empresarios, profesores, economistas, informadores, etc., para que debatan sobre el impulso conveniente a la ciudad. La Universidad sería uno de esos ejes, en efecto, aunque hay que revisar tanto la composición como los resultados de su Consejo Económico Social. Queremos ver sus conclusiones.

La CEOE sería otro eje de aportación de iniciativas e ideas: hay que estudiar, con decisión y transparencia, qué se imaginan como desarrollo para Madrid: ¿más restaurantes? ¿espacio para zonas comerciales y de ocio? ¿intensificación en la formación en fontanería, cocina y jardinería? ¿aumento de la productividad laboral con incremento de la amenaza al despido?…tal vez…¿ayudas a la rehabilitación energética de edificios? ¿inversiones públicas de apoyo a los sectores en situación delicada? ¿mayores incentivos a la investigación aplicada?

Mi propuesta es mucho más sencilla: transparencia y honestidad ante los demás agentes sociales.

No faltarán bancarios a las  reuniones: ellos deben saber dónde circula el dinero y a qué huele. Ni, claro, dejarán de estar invitados: asociaciones de vecinos y padres, ni representantes de partidos políticos, ni empresarios autónomos, portavoces de colegios profesionales, responsables de enseñanza pública y privada, gerentes de Hospitales, responsables de oficinas de desarrollo local y de empleo, etc.,

Me apunto, si me lo permite. Y, si no molesta a nadie, me apunto también para invitar, si nadie quiere hacerlo, eso sí, amablemente, a que ceda su sitio a otro, si alguno de los convocados en primer lugar no aporta nada, y solo se contenta con calentar su silla y tomar notas.

Necesitamos gentes que, en el plato común de los huevos con chorizo, aporten tanto un ingrediente como otro, aunque merecen mucho más respeto los que entreguen parte de su esencia, se comprometan.

Tambié le doy una pista de por dónde van a ir los tiros del futuro, aunque seguro que pensó Vd. o alguien de su equipo más de una vez en ello.

No son buenas noticias. Habrá más necesidades y será cada vez más difícil sostener el estado de bienestar. Qué digo: imposible. Habrá menos trabajo a repartir, de más cualificación y más apuntados a los beneficios sociales. El número de empleos destinados al servicio asistencial o de terceros dependerá, exclusivamente, de la fortaleza y cuantía de los empleos de alto nivel.

Madrid precisará, por tanto, conectarse -de verdad, no de mentirijillas, desarrollando toda una red de interacción- con la élite mundial del desarrollo tecnológico (en biomedicina, en nuevos materiales, en robótica, aviónica, farmacia, biotécnica, etc.) o no será más que una ciudad en rápido retroceso y con graves tensiones sociales.

Confío bastante en la Universidad y en la colaboración con las empresas, si bien dándole un giro sustancial. Tan sustancial que o se consigue incorporar como catedráticos y profesores a gentes con verdadera experiencia empresarial, aunque no sean doctores ni hayan tenido currículum docente, o la Universidad no saldrá de su círculo vicioso.

Hay que conseguir que los egresados universitarios sepan cómo crear empresas. Las tesis doctorales han de tener aplicación práctica, no responder a una reproducción harto endogámica y sin destino extraacadémico. En este sentido de activación, me parece notable el modelo de la Politécnica de Catalunya. ¿Lo conoce?.

No niego que en Madrid seguirá habiendo un hueco para la sociedad de servicios, y se mantendrá, en competencia dura, como foco turístico (sobre todo, interior), pero…el espacio para esas actividades tiene una tendencia de cuarto menguante.

Me alegra haberla conocido, alcaldesa. Sí, ahora que lo pienso, también estoy muy satisfecho de ser como soy.

Angel, un ciudadano de Madrid

 

Quinta carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

Alcaldesa,

Si por casualidad leyera esta carta, seguramente será la que le resulte menos agradable. No tanto porque a Vd., a la que supongo curada de espantos y de llantos, vaya a molestarle, sino porque imagino molestará a algunos miembros de su Corporación y a parte de los funcionarios y del personal empleado del Ayuntamiento.

No pretendo, sin embargo, ofender. Escribo desde lo que observo y, como nunca tuve un cargo en el Ayuntamiento de Madrid, que me posibilitara conocer y, tal vez mejor comprender su funcionamiento desde dentro, puede que esté total o parcialmente equivocado. En tal caso, -que solo dejo abierto en beneficio de la duda que debe asistir a todo el que sea juzgado y, especialmente, por la protección que merece quien es destinatario genérico de deducciones y presunciones ocasionales -, el problema estaría repartido entre la torpe visión del ojo que percibe, como en la falta de claridad con que muestra su eficacia quien está obligado, por su posición al servicio de los demás o garante de ella, a ser intachable.

Tratándose de servicios públicos, el oscurantismo es falta lamentable, ya que conduce a errores, elucubraciones y torpes deducciones del que juzga u opina, y sume en la intranquilidad al que es administrado. En particular, a este último, al que se le hurta información imprescindible, no solo sufre las consecuencias, sino que paga por un servicio cuyo nivel de eficacia real en relación con lo que le cuesta no tiene elementos para valorar, pues ignora si se está despilfarrando el gasto o si la calidad sería mejorable.

Todo esto es pura teoría. Dirigir un Ayuntamiento como el de Madrid es tema tan complejo que exigiría una formación y experiencia gerenciales de las que pocos dispondrían y de la que, no se ofenda, Vd. no dispone. No es grave. Tampoco se la concedo a sus antecesores. Todos ellos, y allá va Vd. por tanto, han debido contentarse con actuaciones puntuales hacia dentro y se concentraron en exhibiciones hacia fuera: actos públicos, inauguraciones, discursos más o menos rimbombantes, etc.

Un caldo de cultivo excelente para que los equipos de personal adquieran comportamientos y vicios propios, para que el análisis de las funciones y cometidos de los servicios se enfoque más desde la teoría o la analogía con otros municipios que desde la eficacia.

No le voy a descubrir nada nuevo si afirmo rotundamente que Vd. ha heredado un Ayuntamiento con focos abiertos de corrupción, bolsas importantes de ineficacia y, también, con asignaciones de personal en diferentes secciones o capítulos de actividad que no están basados en objetivos o funciones. Madrid no es la capital de la incompetencia hispana, pero sí concentra más por metro cuadro por simples efectos de su tamaño.

Hay tradición de la falta de transparencia y la impunidad acerca de lo que se cuece en las Administraciones públicas y, especialmente, en las locales, en la que se reparten favores -desde contrataciones de personal o servicios, hasta la confección de planes urbanos a medida de intereses particulares,  recalificaciones urbanísticas, asignación de zonas verdes y equipamientos, etc.- que no están o no se vieron sometidos a las intervenciones que hubieran sido imprescindibles. ¿Lo dejamos así? ¿Va a favorecer a algunos en detrimento de otros, vengan de donde vengan, incluidos los que la apoyaron?

Vaya, vaya. Presiento que algunos se han levantado airados de sus asientos para acercarse a darme un coscorrón y alegar que estoy muy, pero que muy equivocado, porque la corrupción y las corruptelas se concentran en el ala derecha del espectro ideológico.

Pues no me lo creo. La corrupción surge allí donde se le deja oportunidad, y no tiene marca política, pues surge de una de las debilidades de lo humano cuando no se siente vigilada. Ante todo, aclaro que no estoy acusando concretamente a nadie; como abogado, me tiento la ropa antes de apuntar sin fundamentos seguros a personas determinadas, tomando como precaria  para las conclusiones, informaciones obtenidas solo de algún proceso u episodio concretos, y por tanto, sesgadas, o de comentarios entre amigos, más o menos de café.

Pero bastaría pasearse con tranquilidad por las calles de la ciudad para percibir vestigios de corrupción, que, como fósiles en la geología, han dejado su huella para que el investigador saque sus deducciones. No se han cumplido los diversos Planes de Ordenación Urbana y no se están cumpliendo: hay flagrantes situaciones que han causado la disparidad de alineaciones de alturas en edificios de la misma calle o manzana, se han demolido edificios singulares a cambio de una torpe placa recordatoria, hay feas fachadas suplantando allí donde había artísticas terminaciones….

Más, y para no volar alto: se están realizando multitud de obras de reforma de interiores de edificios, locales comerciales, clínicas, casas particulares -detectables incluso por contenedores en la vía pública en la que se amontonan restos de tabiquería, junto a los más variados enseres- que apostaría que se hacen de tapadillo, mintiendo sobre la cuantía y carácter de las mismas y, a lo que parece, en su mayoría por personal extranjero, por lo que me permito, además, dudar de la legalidad de la situación laboral y residencial de la mano de obra ejecutante, de la honestidad de los funcionarios e inspectores de obra que han visado y revisado las obras..

Veo junto a clubs y otros locales de alterne (¿vamos a seguir admitiendo que la prostitución no se puede prohibir?), restaurantes, zonas de ocio y comerciales, colegios públicos y privados, establecimientos bancarios, clínicas, etc., (estén señalados con prohibición de aparcar o no), vehículos atascando el tráfico en doble y hasta en triple fila; no será la primera vez que observo cómo pasan ante ellos diligentemente, solo que de largo, agentes de la policía. Tampoco seré yo el único que ha detectado unas cuantas veces, más vehículos de policía o Samur de los que puedo contar con una mano, ocupando calle y aceras…sin que se haya producido accidente alguno ni nada que oficialmente lo justifique…tal vez estarán sus ocupantes tomando el aperitivo, visitando a un amigo, o haciendo las compras para la semana.

No tengo nada contra la policía municipal, ni menos para los bomberos o el Samur. Al contrario, puedo dar muchos más ejemplos de su comportamiento eficiente. Las muestras de botón no dan para hacer una camisa, pero son parte de la imagen, y el ser humano se guía por excepciones, que son las que hay que cuidar. Tampoco tengo porqué ser crítico con esas colas de funcionarios fichando para disfrutar. simultáneamente, de su pausa de bocadillo, o esas largas bancadas de personal y mesas vacías, que nos encontramos los visitantes cuando penetramos en los entresijos de cualquier dependencia municipal…Alguien los controlará, ¿verdad? ¿o no?.

La multitud de grafittis, letreros (no todos son reivindicativos: muchos ofensivos y obscenos) que ensucian edificios singulares, fachadas, cierres comerciales, escaparates, vehículos públicos, estaciones de metro, etc., demuestran dos cosas: que existe un núcleo nada despreciable de imbéciles en esta ciudad -provistos de herramental adecuado para plasmar sus necedades sobre las propiedades ajenas, ya sean públicas como privadas- y que no hay vigilancia ni sanción suficientes. ¿Es tan difícil identificar a esas manos pintoras? ¿No son siempre los mismos?

Ya ve que su corporación no tiene por qué sentirse culpable de casi nada de lo que enumero: es una herencia enquistada en la ciudad y en sus comportamientos adquiridos, y Vds. solo llevan un año. ¿Poco tiempo? Para cambiarlo, tal vez, para detectarlo y empezar a corregirlo, no.

Y no voy a mirar solamente hacia un lado: esta ciudad tiene miles de cierres de terraza realizados a la Buenadedios, supongo que para aumentar la utilización de las viviendas más allá del volumen edificable autorizado; miles de marquesinas que interrumpen, sin sentido, el tráfico peatonal; miles de señales de pintura sobre las aceras y calles, anunciando, desde hace años, que alguna misión especial ha marcado de este modo, las irregularidades las tapas de alcantarillado, en los accesos a las redes públicas, y faltas de alineación, baldosas rotas, agujeros en las calzadas, etc.; no hay dinero, pero ¿es ésa sola la razón? ¿existe un plan para corregirlas?

He presentado, ante mi constatación de diversas irregularidades y riesgos para la seguridad de personas y cosas, peticiones de inspección concretas -me preocupa especialmente el tránsito de mercancías peligrosas por la ciudad y los depósitos de gases licuados y líquidos inflamables-, que han tenido como respuesta, el silencio, la pérdida de los expedientes, o contestaciones de salida de pie de banco. Si soy el único ante el cual se comportan así algunos funcionarios, he tenido muy mala suerte, sino soy el único, como tengo la seguridad, habrá que reforzar las inspecciones internas y detectar qué está pasando y obrar en consecuencia.

No le pongo más ejemplos, porque no voy a entrar en detalles, incluso aunque me los pidiera Vd. personalmente. No tengo vocación de pertenecer a la reinvención de una Stasi local. Quede dicho que, junto a una mayoría de empleados que son o quieren ser eficientes y se muestran solícitos ante las demandas del ciudadano (también me pregunto por qué, en algunos casos, algunos de ellos me han animado a presentar denuncias y solicitar reiteradamente entrevistas con concejales de distrito y otros responsables), hay núcleos oscuros.

“Como en todas las organizaciones”, se me dirá, pero estoy hablando de la que Vd. ahora dirige, y en un momento en el que quiere/queremos dar la vuelta a muchas cosas. En mi caso, como también estoy convencido en el suyo, de forma razonable, ordenada y pacífica. Tenemos una trayectoria personal que, cada uno en relación con las responsabilidades que hemos tenido en nuestra vida -ya en su fase final- nos avala. Hago votos porque Vd. pueda contener los impulsos de los “mozos y mozas del martillo” que figuran en su equipo improvisado.

Voy a volver aquí, aunque no corresponda plenamente con el resto de lo expresado en esta carta, con el asunto clave de la actividad económica y empleo de Madrid.  Ya le comenté que los 25.000 empleados del Ayuntamiento, con sus nóminas, suponen una importante inyección al consumo de esta ciudad, obviamente orientada hacia el apoyo indirecto al comercio, la restauración o el ocio. Necesitamos disponer de un mapa concreto de la distribución de actividad en Madrid, de los empleos que se generan por ellas, y de sus perspectivas de crecimiento. Se más de Londres, París, Dusseldorf, Copenhague u Oslo (por ejemplo) que de Madrid.

Me gustaría conocer exactamente cuántas viviendas en Madrid son de alquiler o habitadas por sus propietarios y, de éstas, cuántas están sujetas al pago de hipotecas. Hace diez años apenas era muy sencillo conseguir una hipoteca por el cien por cien del valor (entonces) de una de ellas, a devolver en treinta años. Hoy, esas viviendas valen incluso menos que lo que resta de los créditos y muchos de sus propietarios han visto reducidas sus capacidades económicas. Pagarán mientras puedan, pero si no mejora la situación económica y suben los intereses, no podrán.

Para los propietarios, por otra parte, las pérdidas patrimoniales han sido de más del 40% y los rendimientos por el capital aportado -si las tienen ya abonadas en su totalidad-, las tengan alquiladas a terceros o las ocupen directamente, son negativos. Antes de castigar a los propietarios de viviendas que constituyen su único patrimonio o la mayoría de él, con subidas de ibi, que alguien haga un estudio serio sobre lo que significa y a quién está perjudicando. Lo mismo sirve para la tentadora idea de subir las tasas por vehículos, aumentar las multas, incrementar los espacios de estacionamiento limitado, etc. Cualquier medida recaudatoria solo debe ser aprobada después de haber analizado su repercusión social.

Y si quiere hacerme caso, solamente en algo, además de escuchar las voces de las asambleas de vecinos, de atender a las reclamaciones de okupas, de defender la  actuación de titiriteros, de asistir a actos de toda índole sin que alguien le establezca claramente la repercusión de su asistencia a ellos (cambiar horas de análisis, supervisión y control por imagen y relaciones), de ofrecer su visibilidad aquí y allá con sonrisa de abuelita comprensiva (que me gusta como marca de identidad, pero me inquieta cuando la veo entre lobos), etc. etc., entretenga algo de su tiempo en seleccionar un equipo de ciudadanos que, gratis et amore, utilizando su experiencia y capacidad, le orienten sobre cómo seleccionar las prioridades.

Puede no hacerles caso, porque ese es su derecho -para algo es la alcaldesa- pero, al menos, que lo hayamos intentado.

Tenga un buen día,

Angel, un ciudadano de Madrid.

 

 

Cuarta carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

Alcaldesa,

No me la puedo imaginar leyendo las 327 páginas de la Memoria e Informe Económico-Financiero del Proyecto Presupuesto General Ayuntamiento de Madrid 2016, y no es porque albergue dudas sobre su capacidad intelectual o de trabajo, al contrario. Solo que hay documentos que, por su naturaleza y extensión, parecerían destinados a ocupar directamente un lugar en las estanterías y , fuera de sus autores y algunos especialistas en hurgar en datos y cifras, no serán muchos los esforzados que les saquen utilidad y rendimiento.

Una Memoria y un Presupuesto anual son, ante todo, una propuesta de actividades y, una vez aprobado, un documento de trabajo. Para la ciudadanía interesada, hubiera sido aconsejable que sus autores hubieran hecho un Resumen Ejecutivo. Supongo que un documento de ese tipo sería el que se sometió a su revisión, el que recogió sus directrices generales -si las hubo- y alcanzó su plácet.

Como no he encontrado en la red telemática un Resumen del Presupuesto del Ayuntamiento, voy a dedicar esta carta a realizar una breve reseña de lo más significativo, en mi opinión, como paso previo para extraer algunas consecuencias y, tal vez, sugerir ciertas indicaciones pragmáticas. Vaya por delante mi felicitación a la Corporación por la voluntad de transparencia, como demuestra, de por sí, la posibilidad de acceder íntegramente al documento.

La previsión de Gastos para 2016 del Ayuntamiento de Madrid es de aprox. 4.500 Mill. de euros. Hay una disminución de 340 Mill. por “inversiones reales” y una partida de 600 Mill. por”pasivos financieros” a las que convendría dedicar más tiempo de análisis. Pero me quedo con lo que me parece más significativo: los Gastos de personal ocupan 1.150 Mill. de euros (es decir, la cuarta parte), y los Gastos corrientes en bienes y servicios, llegan a los 1.600 Mill. Entre ambas partidas, pues, se llevan más del 60% del gasto.

El Ayuntamiento es una gran empresa madrileña. Tiene una plantilla de 25.410 personas, y si se añade la de los organismos autónomos adscritos a su estructura (3.260) se llega a los 28.669 puestos de trabajo. Un potencial tremendo, al que hay que asignar funciones correctas, estimular, controlar. Una fuerza difusora de energía sobre la ciudad y, si no se consiguiera convertirlos -total o parcialmente- en aliento expansivo de ilusiones, un freno, una rémora, allí donde transmitieran desánimo, desilusión, reivindicaciones incomprensibles para el resto de la ciudadanía. Por cierto, si no me equivoqué al dividir, con 45.275 euros/año de coste medio por persona, la plantilla del Ayuntamiento de Madrid está relativamente bien pagada.

Hay en la Memoria alguna obsesión con pretensiones justificadoras que se me hace duro compartir. La más áspera de engullir es la preocupación por la “feminización” de las actuaciones, y el replanteamiento de las mismas en relación con el número de hombres y mujeres asignados a cada una. Como tanto Vd. como yo venimos de una época en la que había menos puestos de trabajo total y muchas familias vivían de solo un sueldo, seguro que hemos tenido ocasión de meditar muchas veces que la incorporación de la mujer al trabajo ha supuesto, sobre todo, una ventaja para las empresas (pagan menos por cada función).

No es lugar éste para traer este asunto a discusión, aunque no me dejaré engañar por “las ventajas” de que todos trabajemos de forma asalariada. Hay que investigar aportaciones no remuneradas en dinero a la colectividad y, alcaldesa, Madrid puede encontrar ahí una forma estupenda de dar ejemplo, como una smart city (ciudad inteligente) que saque ventaja de muchos ciudadanos dispuestos a ofrecer su trabajo, su tiempo, su experiencia, a cambio de satisfacción personal y reconocimiento, no de dinero.

Pero sigo con el Presupuesto. De los diferentes Programas previstos para ejecución, se llevan la palma económica unos pocos. Son los dedicados a “personas mayores” con 250 Mill. euros (ayuda a domicilio para las 190.ooo personas en situación de dependencia, de ellos, un 50% mayores de 80 años, y en un 66%, mujeres; centros de día propios y concertados, centros residenciales, etc.); está la “limpieza viaria”, que recibe una aportación de 220 Mill. euros, y las “instalaciones deportivas”, a las que se aplican 115 Mill. En conjunto, se llevan 580 Mill. de euros, que es casi la mitad de lo presupuestado para los Programas en que se desagrega el Gasto (1.260 Mill. de euros en total).

En cuanto a las necesidades asistenciales para lo que se llamaba tercera edad, en la que Vd. y yo nos encontramos de hoz y coz, las perspectivas son fáciles de proyectar. El 20,5 por ciento de la población de Madrid (650.000 personas) tiene hoy más de 65 años; y, como podría decir un vendedor de alarmas, “y creciendo”.

Poca atención parecen merecer, lo que me sorprende, incluso en una situación restrictiva de gasto, pero dada la grave crisis de empleo, las “políticas activas de empleo municipales”. Están dotadas con algo menos de 30 Mill. de euros, que se destinan a cursos de formación. Visto así, y dado que no me creo nada (o muy poco) de las ventajas de formar a la trágala a grupos de desempleados, habrá que felicitarse de que el despilfarro no sean mayor.

Según recoge la Memoria que me estoy permitiendo despiezar, los nuevos contratos laborales registrados de junio de 2014 a junio de 2015 fueron, de manera casi exclusiva, temporales y precarios: camareros y camareras (143.000), peones de transporte (conductores de furgonetas de reparto?) (28.000) y mujeres de la limpieza (sic) (76.000). Paupérrimo balance. En cuanto a indefinidos, se han generado 24.000 empleos en el servicio doméstico, 20.000 puestos de camareros y 6.500 para vendedores. Si alguien no quiere ver hacia dónde vamos, está ciego.

En mi opinión, las mejores políticas de empleo son las que difunden oportunidades empresariales, información estructurada de sectores, líneas de crecimiento económico y de formación de largo alcance, que se desea estimular desde las Administraciones. Siempre, elegidos en cooperación con los sectores empresariales, los centros de formación oficiales y los representante sociales (partidos políticos, representaciones vecinales, ONGs, etc.). Hablar cuesta menos y tiene un efecto multiplicador muy grande.

El Programa de inclusión social previsto pretende evitar, según dice, entre otros riesgos, la “feminización de la pobreza”. Atenderá a algo más de 18.ooo personas, con ayudas que se concentran en apoyos económicos de emergencia, o asignaciones periódicas a mujeres en necesidad. Escasa dotación económica para un problema que parece detectado y en expansión.

El desglose en Programas del gasto puede hacer incurrir en el error de no atender a los conceptos concretos en que se distribuye éste. Por ejemplo, al importante capítulo de la limpieza de la ciudad, se dedican 440 Mill. de euros, -incluyendo 190 Mill. de euros que se asignan al Programa que ya comenté antes-, pero también 135 Mill. de gestión ambiental urbana y 78 Mill. para el Parque Tecnológico de Valdemingómez.

Me gustaría haber tenido espacio para analizar más partidas, pero por dejar algo indicado respecto a los Ingresos del Ayuntamiento, expreso solamente que de los 4.500 Mill. de euros necesarios para el equilibrio presupuestario, 2.700 Mill. de euros (el 60%) son tributarios (y de ellos, el 84%, impuestos directos). Solo que no es cuestión de dejar tratado un tema tan importante con solo una pincelada, por lo que habrá otra carta en la que volveré sobre este asunto y conexos.

Tenga un buen día,

Angel, un ciudadano de Madrid

 

Tercera carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

Alcaldesa,

Empezaré esta carta con una obviedad. Una ciudad grande, que es también capital de un país con casi cincuenta millones de habitantes y, por tanto, alberga la estructura central del Estado y algunos de los centros de decisión más importantes -en lo empresarial y en lo político-, tiene problemas específicos, aunque también puede disponer de algunas ventajas, que debe saber utilizar.

Conocemos mejor los problemas que las opciones positivas, porque, en eso, los madrileños -como la mayoría de los españoles- estamos orientados hacia la búsqueda de nichos futuros de felicidad, en lugar de afincarnos y disfrutar de los que ya tenemos al alcance.

Después de décadas de vivir en esta ciudad, no dejo de preguntarme cuáles son los principales atractivos de Madrid y cómo ponerlos en máximo valor. ¿Su oferta museística? ¿El Retiro, la Casa de Campo y las variadas zonas verdes? ¿Los edificios con valor arquitectónico o histórico, dispersos por ciudad y, en no pequeña parte, desconocidos? ¿La vitalidad de sus barrios, la lasitud de los comportamientos?

Al lector de esta carta (que, como ya apunté, no puedo imaginar que sea Vd., a pesar de que se la dirijo en el encabezamiento) le interesarán algunas cifras, para situar el contexto.

La Comunidad tiene un PIB anual de 200.000 Mill. de euros (en grandes cifras, el 20% del total español) y alcanza casi los 32.000 euros/cápita. No tengo cifras exactas, y lo lamento, pero de diversas extrapolaciones deduzco que el PIB de la ciudad de Madrid estará próximo a 120.000 Mill. de euros (si aceptamos que el comportamiento medio de la ciudad fuera idéntico al de la Comunidad, y que en ella habitan 3,2 millones de personas, llegaríamos a un PIB de 102.000 Mill de euros).

No tengo que advertir a nadie, y menos a Vd., que Madrid es una ciudad con grandes diferencias de nivel económico. La crisis no solo no parece haber afectado a algunos, sino que se deduciría que los benefició: restaurantes de alta gama, cafeterías abarrotadas en ciertas zonas, salas de fiesta aparatosas, lujosos vehículos circulando con ostentación por la ciudad, mansiones de escándalo, etc., forman parte creciente de un paisaje urbano que señala esa dicotomía.

En fin, vayamos a la esencia. Madrid es una ciudad de servicios (85% de su pib), siendo el turismo uno de los que representan características de estacionalidad y potencialidad de crecimiento más analizadas, aunque, en mi opinión, sin  demasiada claridad respecto a las líneas a adoptar para transformarlo en parte consistente de los ingresos a medio-largo plazo. Se reitera que el turismo ha sido adoptado como uno de los ejes de crecimiento del pib para España, en detrimento de otros, que me han parecido más atractivos, porque tienen una competencia más selectiva, como sería la industria de alto valor tecnológico, la investigación aplicada (en farmacología, biología, materiales, etc).

He escrito en múltiples ocasiones que es hambre para mañana, pues el atractivo de un país o una ciudad como foco turístico depende de factores, en realidad, coyunturales. Qué se le va a hacer, detengámonos en el turismo, pues.

España recibe actualmente cerca de 70 millones de turistas extranjeros, de los que el 7 % recalan en la Comunidad de Madrid (aceptemos que un 80% en la capital), frente al 26% que se deciden por Cataluña.

La pereza periodística y, en general, informativa, para recopilar los datos de forma inteligible con una simple mirada, además de la detectable incoherencia de las fuentes, no permite ofrecer al análisis cifras exactas, sino órdenes de magnitud, y aún éstos, sometidos a reservas. Me quedo, a efectos de esta sencilla exposición, con esta idea: En 2015, Madrid  recibió 11 millones de visitantes, de los que aproximadamente la mitad eran turistas nacionales, y casi una quinta parte de ellos, procedentes de la propia Comunidad de Madrid.

Los ingresos que el turismo deja en Madrid son del orden de 6,5 Mil millones de euros. No es mucho, pues no llega al 5% del PIB de la ciudad, aunque en alguna información leí que alcanza el 7%; en todo, caso, la mitad que en Barcelona, que, con sus 1,8 millones de habitantes, absorbe 12,6 Mil millones de euros. Lejos ambas de Londres (cerca de 18.000) y París (14.700).

Alcaldesa, no tiene por qué creerse estas cifras. Haga que sus colaboradores le brinden las más actuales y fiables. Obtengan un cuadro lo más exacto posible de los ingresos totales en la ciudad, y, en cuanto al turismo, sobre la procedencia de los visitantes, la categoría y ocupación de los establecimientos -no solo hoteleros, también cafeterías, restaurantes, etc. y por zonas- y consiga una distribución aproximada de los ingresos por áreas y por categorías.

Como se trata de movilizar inquietudes efectivas, y no solo de escuchar a los que tienen protestas que formular, es fundamental que se reúna con los gremios. No solo con los representantes empresariales, sino que despliegue sus antenas (las de sus colaboradores) por la ciudad.

¿Qué se necesita mejorar? En mi opinión: la calidad de la oferta gastronómica, la limpieza interior de los locales, la profesionalidad de los empleados, el control de calidad de los productos y su ejecución, la inspección, propia y oficial. Normas hay, pero no se cumplen y solo se cumplirán si se vigila su aplicación y se sanciona con severidad la infracción.

Pero también hay que ayudar a los comerciantes hoteleros en la limpieza de los entornos de sus emplazamientos, en la autorización del cierre de algunas terrazas, en la uniformidad del mobiliario, en la revisión de los carteles y rótulos, en la pintura interior y exterior de las paredes y en la renovación de su mobiliario. También, ayudando a potenciar esas notas tan agradables con saber a antiguo, aunque sean falaces. Estamos en un mundo de fantasías, alimentémoslas.

Lo que le indico para el sector de restauración, o podría también aplicar a la hostelería -revisión de la salubridad de las pensiones, control de las prestaciones, ofertas de habitación no declaradas, etc.- sirve para todos los gremios. El Ayuntamiento debe ayudar a los futuros empresarios, en especial, a los modestos, a que decidan bien. ¿Necesitamos más bares, más mercerías, más peluquerías, más fruterías,…? Mi opinión es que no, y es muy importante analizar la supervivencia de esos hipotéticos negocios productos de la ignorancia respecto al medio y la necesidad de buscar una forma de vida.

Reúnase con representantes de todos los sectores, analice con sus colaboradores -preferiblemente, independientes, no sesgados ideológicamente- qué está pasando en la ciudad y qué se puede hacer para mejorar las expectativas de generación de empleo y riqueza.

No me olvido de las grandes cadenas empresariales que, a la chita callando, han ido ocupando sitio en la ciudad. Reunirse con sus representantes es importante, en un doble sentido. Primero, para conocer cómo piensan, qué orientaciones reciben, quienes son (y para que se sientan próximos a la alcaldía: se evitaría así el grave error -suyo y de sus consejeros- que no consiguiera identificar al presidente de El Corte Inglés, Dimas Gimeno). Segundo, para involucrarlos con la ciudad, hacerlos partícipes de los deseos y expectativas de sus habitantes, engancharlos con Madrid.

No le canso más, alcaldesa. Volveré sobre el tema en otra carta.

Angel, un ciudadano de Madrid

 

Segunda carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

Alcaldesa,

Tengo que aclararle, no a Vd., sino a quien se asome a estas líneas creyendo ver el destilado de una oposición crítica a su talante personal, e incluso a su ideología política, que no voy por ahí. La he votado como alcaldesa, sin fijarme en los demás nombres que acompañaban su candidatura. También voté a Angel Gabilondo como mejor candidato, en mi opinión, a la presidencia de la Comunidad, e igualmente, sin parar mentes en el resto de nombres que figuraban en su lista.

Posiblemente que, de haberlo hecho, no hubiera votado a ninguno de los dos. Pero como creo que este país tiene arreglo si conseguimos eliminar la tensión entre generaciones y ponemos en circulación buenas ideas y no simplemente ocurrencias ocasionales, es por lo que emití mi voto de esa manera: un voto de confianza.

Las dudas respecto a que Vd. no pudiera controlar una candidatura tan variopinta, formada masivamente por personas llegadas de la oposición y la protesta sistemática -y no digo que les falten razones concretas, pero les sobran rencores difusos-, se me han ido confirmado con el tiempo. La alcaldía está colapsada, pasa el tiempo y las cosas no arrancan o se corrigen, porque no se toman decisiones.

No es problema suyo, entiendo, porque Vd. no tiene por qué tener Madrid en la cabeza, sino de que no se le trasladan los temas suficientemente estudiados para que se puedan valorar los pros y contras de cada posible actuación, y echar para adelante.

Madrid no puede presumir de ser una ciudad inteligente (smart city, como dicen los pedantes). Más bien, es una ciudad bastante cutre. Entrañable, pero cutre. No hay más que darse una vuelta por la Puerta del Sol o la Plaza Mayor, y asombrarse de la cantidad de personajes estrafalarios que se nos han colado por allí. Hay equilibristas imposibles, Mickey Mauses, guerrilleros del antifaz, carteristas a montón, tenderetes para majas y toreros en los que solo hace falta poner la cabeza…

Esa plaza podía estar en La Paz, en Lima, en Guatemala, Quito, o en cualquier pueblo de las américas con el desarrollo paralizado.  No tiene nada que ver con la transmisión de una esencia culta, europea, de foro de encuentro entre personas para pasarlo bien. Desde luego, el centro de Madrid encuentra su complemento natural con tiendas de recuerdos confeccionados en China, imitaciones grotescas, comida para llevar de tres al cuarto y, eso sí, unos grandes almacenes en donde se puede adquirir de todo, como en cualquier lugar del mundo.

¿Se ha fijado Vd. o alguno de sus asesores -me han hablado muy bien de su hija, Eva Leira, que parece tiene una capacidad de observación excepcional- que, antes de que la manada de turistas se acerque al centro de Madrid, se distribuyen, cada mañana, los disfraces y las plazas que ocuparán las decenas de desarrapados que vestirán todo el día, bajo el atufante calor?

Allá, en los aledaños de las Plazas turísticas, se produce el trasiego en el que se reparten los avíos para desgastados cabezudos, se entregan las mantas que servirán para simular cabras tristes con cabeza de coco, se prepararán los ánimos para acercarse sin descanso a cada infante de paso, haciendo de Pocoyó, Goma Esponja o Popeye. Son ellos, los reyezuelos de la economía sumergida más miserable, los que moverán, quemando su energía por ganarse cuatro euros, los pesados carteles de espalda con el desazonador mensaje de Compro Oro o repartirán con insistencia indomable papeletas de Menú barato, que acabarán tiradas diez metros más tarde sobre el asfalto?

Se que no le parecerá bien, pero lo pregunto aquí, porque no le dirijo la cuestión a Vd.; en todo caso, no solo a Vd. ¿Le parece bien que decenas de jóvenes atletas, con sus saquetas de baratijas al hombro, se desplieguen una y otra vez por la zona, disponiendo con calculado orden sus mercancías falsificadas, actuando como gacelas temerosas que aprovechan los respiros más bien burlones, que les proporciona la vigilancia errática de otros tantos policías municipales? El espectáculo de sus alocadas carreras para salvar el pellejo de la posible incautación de sus mercacías por los guardianes del orden me mueve a tristeza profunda.

Porque Vd., que fue juez, sabe de las condiciones en las que se han autorizado la residencia de esos jóvenes venidos de las profundidades de África, atravesando desiertos y superando barreras de todo tipo. Los tenemos aquí como indocumentados, y no pueden trabajar legalmente, sin otros recursos económicos que lo que consigan de la venta de esas mercancías que les son entregadas en depósito por misteriosos distribuidores (iba a escribir mafias, pero quiero contenerme).

La reforma del art. 270 del Código Penal (Ley Orgánica 5/2010) ha rebajado las penas para quienes venden DVDs, CD y otras mercancías de falsas marcas en la calle con la fórmula consolidada de los top manta, añadiendo dosis de discrecionalidad judicial (el legislador no se atreve a tomar decisiones y traslada el ámbito de la responsabilidad del castigo a la judicatura).  La pena es ahora de seis meses a dos años, y la multa de 12 a 24 meses, que podrá ser sustituida -atendiendo a las características del culpable y a la reducida cuantía del beneficio económico, por una multa de tres a seis meses o trabajos en beneficio de la comunidad de treinta y uno a sesenta días. Si el beneficio no excede de 400 euros, se castigará el hecho como falta, según el artículo 623.5.

Hay miles de manteros afectados por la legislación anterior, con antecedentes penales que les impedirán conseguir su permiso de residencia; más de un centenar están en la cárcel. Muchos miles , sin duda, andan por la ciudad y por España, emboscados, ocultos, huídos, como si esto fuera una selva.

El número de pobres en las calles, crece día a día. La mayoría, no son españoles. No me importa, desde luego, la nacionalidad, sino su situación de necesidad, la forma en qué tienen resuelto (siempre, mal resuelto) su modus vivendi. A la puerta de cada comercio de mínima entidad, hay un pedigüeño instalado; cada diez metros en las calles principales de Madrid, hay un tenderete con alguien que proclama su necesidad.

La pobreza visible es solo la punta de un iceberg de la miseria, no solo propia, sino del entorno: no pocas de esas gentes vienen, por supuesto, de otros países en los que lo estaban pasando aún peor y están aquí porque lo poco que reciben les compensa. Sin embargo, ¿debemos dejar que la situación se enquiste, mirar hacia otro lado, permitir que crezca o se emponzoñe?

En mi opinión, no. Encarar la cuestión con la intención de corregirla, esto es, superarla, eliminarla, exige, ante todo, tomar consciencia completa de la magnitud del tema. Cuántas personas están afectadas, con qué medios de subsistencia cuentan, en qué condiciones viven. Si tienen hijos, cuáles son las situaciones de escolarización e integración concretas. En todo caso, enterarse de cómo resuelven asuntos tan importantes -además de la manutención y la vivienda- como la de la salubridad, la asistencia médica, la previsión que se imaginan de su futuro personal.

No hay solución en dejarlos solos, a su aire.

Estoy convencido, porque quiero estarlo, que Vd. está preocupada en analizar y encontrar soluciones al problema de la creciente visibilidad de la pobreza en Madrid. Es una cuestión de imagen, sin duda. No veo que haya encontrado su equipo el quid del asunto, porque vamos a peor.

El tratamiento de la pobreza invisible o más oculta lo dejo, si le parece, para otro día, para tratarlo en otra carta.

Un saludo,

Angel, un ciudadano de Madrid

Carta a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid

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Alcaldesa:

Hace unos días, en uno de los cajetines utilizados eventualmente para comunicar informaciones sobre el servicio de transportes en los autobuses urbanos, me encontré con un “Bando de Limpieza de la Alcaldesa de Madrid”, suscrito por Vd.

No tenía fecha, aunque supongo que debió ser emitido hace poco. Como el escrito era largo y los viajeros que se amontonaban en la plataforma me impedían leerlo con la debida atención, aproveché un hueco visual y lo fotografié con mi teléfono inteligente. Así pude enterarme, en la calma doméstica, no ya de su contenido, sino que ahora trato de inferir de su concentrada lectura, tomándolo como muestra de razones más profundas, cuál sería la situación por la que Vd. se encontraba en la necesidad de enviar un mensaje a los madrileños.

¿Ilusionada, inspirada, tal vez, aburrida? Si alguno de esos calificativos encajan parcialmente al tono del escrito, el que más se adecúa es otro: desorientada. Mal asesorada.

Desde luego, el reto que lanza en su escrito es tan ingenuo como imposible: “que nos convirtamos en los ciudadanos más limpios del planeta”. Ni siquiera veo el interés que pueda tener, objetivamente, que la ciudadanía madrileña huela a limpio por las mañanas. ¿Hay detrás un intento de promocionar alguna marca de jabón de tocador o desodorante? Por supuesto, las pituitarias sensibles sufren al ser dominadas por el olor a sudor, fritangas, humos de tubos de escape y calefacción, cuando no restos vegetales en putrefacción, pero la cuestión del aire de Madrid no parece, de momento, con entidad para mover su creatividad literaria.

Lo que Vd. pretende con ese Bando, en el que recuerda al que Tierno Galván, “primer alcalde de nuestra democracia” promulgó con idénticas inquietudes a las que Vd., varias décadas después, vuelve a poner de manifiesto, es que Madrid -los madrileños y los visitantes- corrijan, de una vez por todas, su perniciosa manía de ensuciar. El carismático profesor no lo consiguió y le puedo adelantar que Vd. tampoco lo va a conseguir solo con sus recomendaciones.

Coincido con Vd. que la base de lo que “nos ha pasado”es que menospreciamos lo público, esto es, lo que es de todos. No es, por supuesto, lacra que haya que hacer descansar sobre los madrileños. El desprecio hacia los bienes y valores generales de la colectividad ha pasado a formar parte de nuestra idiosincrasia. Especialmente, con la democracia, que hemos entendido mal y corremos el riesgo de entenderla aún peor.

Me preocupan, como a Vd. y a sus asesores, la actitud de los que tiran colillas en las calles y alcorques, de quienes no recogen cacas de sus perros y de todos aquellos que ensucian a sabiendas el espacio público. No ignoro que se nos han colado en el argumentario colectivo dos perniciosas exculpaciones:  “ya pagamos para que lo  limpien” y  “total, para lo que sirve que yo cumpla, sino nadie lo hace”. Ambas direcciones de falsa dialéctica, muy peligrosas.

Debo llamarle la atención, ante todo, de algo que no es trivial o, al menos, no tan conocido. La limpieza de las calles es, de todas las actividades relacionadas con la recogida de basura, la más intensiva en creación de mano de obra.

¿Qué se necesita para barrer? Una persona pertrechada contra las inclemencias, con bolsas, una escoba, un recogedor y un carrito, moviéndose a pie por las aceras y por sus bordes; en algún caso, manejando un aspirador de hojas, papeles o cualesquiera residuos ligeros.

Fíjese algo más y advertirá, para su consternación, como fue la mía, que buena parte de esas personas que recorren las calles son bastante mayores, próximas a la edad de jubilación o que parecen ya haberla superado. También encontrará mujeres con aspecto de acabar de salir de sus labores domésticas, manejando con brío los trastos de limpiar.

¿Por qué? Sin duda, porque de esa manera las empresas concesionarias reducen sus gastos generales (menores pagos a la Seguridad Social) apremiadas por la necesidad de competir a la baja para llevarse alguna parte del contrato.

No me parece un despilfarro, dado el alto índice de paro que tiene la ciudad, generar un par de cientos de puestos de trabajo -baratos- para recoger la basura que otros ciudadanos más pudientes y harto despreocupados tiran en las calles.

Tampoco creo que se pueda/deba reducir más el coste de la recogida en camiones compactadores, con personal a la carrera desesperada por las aceras, manejando los contenedores a golpes, con el fin de cumplir con los exigentes destajos.

Habrá que enfocar la cuestión en otras direcciones, ¿no?

Porque, lo que si me parece intolerable es que se utilicen los contenedores que, teóricamente, están destinados a recogida selectiva, para que se entreguen a ellos, sin respeto, todo tipo de basuras, y que se dejen a su lado, abandonados como si la intención fuera construir tótem urbanos de la inmundicia, aparatos electrodomésticos estropeados, colchones y muebles viejos, aceites de automóvil usados, etc.

Me parece inaceptable que, en lugares elegidos a comodidad del ciudadano más irresponsable, se amontonen bolsas de basura en la calle, y que allí sigan por semanas.

Me parece insoportable -para mi sensibilidad profesional- asistir, cada día, y varias veces, al espectáculo de ver cómo una legión de pepenadores -al estilo de las ciudades paupérrimas- se dedican a abrir las bolsas de basura depositada en los contenedores, y a recoger, en camionetas desvencijadas, algunas sin matrícula, en cajas abiertas, cartones, restos metálicos o mobiliario (no tengo que hacer esfuerzo para imaginar que con destino a una eventual reventa, en una cadena de miserias de largo alcance subterráneo), poniendo boca abajo, revolviendo a la trágala, dejándolo todo luego abandonado de cualquier manera, contenidos aún de menos valor que el sustraído, cajas y bolsas rotas y culminando así el espectáculo de la dejación, el descontrol y el desorden.

No, Sra. Alcaldesa, esto no se corregirá con palabras. Hay que poner barreras: más formación, más concienciación, más inspección y más multas. Actuando de forma implacable con los que incumplan. También con aquellos encargados de la vigilancia que hagan dejación de su función de control.

Si no le molesta, le voy a escribir varias cartas abiertas. Le escribí ya varias cerradas, dirigidas a Vd., solicitándole entrevistas personales, que no me contestó. No se diferencia en eso Vd. de otros alcaldes y alcaldesas que hubo en Madrid, y los disculpo: puedo comprender que estén muy ocupados: una ciudad es un entramado complejo, vital, arisco…aunque también seductor como ninguno.

Como estoy seguro de que está imbuida de la mejor intención, le voy a dar un consejo de persona a persona, ambos peinando canas de experiencia: no se entretenga con los problemas pequeños. El de la basura es un tema muy visible, pero menor.

Tenemos otros mucho más importantes y, aunque no le corresponda a Vd. resolverlos -¡por favor, Vd. no es la heroína de los cuentos de hadas!- sí le vendría bien conocerlos.

Un saludo

Angel, un ciudadano de Madrid.