Sinsabores en boca

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Este mes de noviembre de 2016 me deja la sensación amarga de que hemos perdido algo importante, quizá sustancial. Surge en mí como algo inconcreto, difuso, y que tiene fuerza bastante como para exigirme que lo comunique, que lo traslade y comparta con otros.

No responde a un hecho determinado. Es una mezcolanza de datos y apreciaciones. Se encuentra, en ese cajón de sastre personal, la desazón por la victoria de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos,  la inexplicable dejación de responsabilidades ante la certeza científica del calentamiento global, el avance de las ideologías de la derecha menos tolerante en varios estados cercanos, la ruptura del modelo de solidaridad europeo, el iceberg de la corrupción oculta aún por descubrir, la ausencia de una estrategia compartida desde la razón ante la realidad informe yihadista, la desidia oficial para abordar la solución al hambre y la incapacidad inexplicable para ofrecer dignidad a los migrantes, a los pobres, a los marginados por el llamado desarrollo…

Noviembre de 2016 ha llevado a los titulares varios fallecimientos de ilustres, y la variedad de los sentimientos que despiertan en mis coetáneos, también me resulta inquietante.

En el plano local, el fallecimiento inesperado de la ex alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, ha puesto de manifiesto el entorno vicioso en el que se mueven algunos supuestos. Barberá no me resultaba simpática, pero no dudo de su dedicación al partido político que la encumbró y al que ella, también, benefició. Las declaraciones post morten de algunos de sus colegas de ideología me resultan espeluznantes, por su claro cinismo. Las expresiones utilizadas por algunos de sus contrarios, con intención vejatoria sin venir a cuento ni contar con fundamento probado, las encuentro igualmente miserables.

Otro fallecido ilustre fuera de nuestras fronteras, en este noviembre, ha sido Fidel Castro. No hay que dudar que representó la plasmación de un modelo revolucionario marxista en un país pequeño, con tradición de caciquismo vinculado a capitales concretos y una población poco culta, relativamente indolente y mayoritariamente pobre. La deriva de aquel régimen, surgido de la toma del poder por las armas, y que arrebató propiedades a latifundistas, empresarios, comerciantes y ciudadanos que pertenecían a la élite social, con el paso de los años, desembocó en una dictadura cínica, enriqueció a los cercanos al poder y no acertó a generar una clase media.

No estoy entre los que critican, sin más al régimen de Castro: sobrevivió al asedio internacional, a los embargos; generó orgullo patrio, soluciones ante la adversidad, educación para resolver lo concreto, cultura sanitaria y agrícola, …. Puedo entender que los que escaparon de la revolución, los expropiados de sus propiedades sin contraprestación, los familiares de los expurgados por el régimen y los marginados por él, odien a Castro y celebren íntimamente su muerte, como en España en otro tiempo nos alegramos del fallecimiento de un Caudillo que abría nuevas puertas a la libertad. Pero la impresión de que Cuba va a pasar por un período de fuerte inestabilidad social y política me duele, me alarma.

Noviembre se llevó también a Leonard Cohen, de quien todo el mundo conocía su voz ronca y, al menos, una canción espléndida, de origen triste como pocas, bailada por Al Pacino y Gabrielle Anwar (“Dance me to the end of love”), y a Marcos Ana, un poeta comunista que fue el preso político al que la dictadura franquista mantuvo más tiempo en la cárcel, que fue, para cuantos lo conocieron o supieron sin reservas de su talante y trayectoria, símbolo de honradez personal, y de la capacidad de resistencia que nos garantiza la libertad .

Noviembre es también el mes elegido por un movimiento para llamar la atención sobre las enfermedades exclusivamente varoniles, al que se adscriben cada año decenas de miles de varones (jóvenes) en 21 países (hasta el momento). Los simpatizantes de Movember  (acócope por Moustache y November) se dejan crecer el bigote durante ese mes, y aportan y solicitan aportaciones para la investigación contra el cáncer de próstata, testicular, depresión varonil y otras señales de la fragilidad de los varones.


La foto es de una curruca capirotada. Pájaro poco identificado, tímido, confundido frecuentemente por los urbanitas con un gorrión. Esta se escondió detrás de uno de los pomos del cercado del jardín comunitario. Así, camuflada, confundida por la identidad de colores y tonos con la verja, estuvo sopesando durante un instante qué hacer y cuando yo me abalancé, cámara en mano, y abrí la ventana, solo pude tomar esta foto antes de que la oportunidad desapareciera, me temo que para siempre.

Palomas

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Las palomas son animales con un poder de sugerencia multívoco. Sirven para evocar la idea de paz, de un Santo Espíritu, han sido y son aún alimento para nuestra humana voracidad, aunque también significan, como han ido tomando consciencia la mayoría de las ciudades, una plaga que debe combatirse: deterioran lugares de convivencia y monumentos, propagan enfermedades y se pueden asimilar a las ratas como indeseables compañeros del hábitat ciudadano: subproducto molesto de nuestra capacidad para generar y acumular basura.

Como es sabido, hay numerosas especies de paloma. Hasta el menos instruidos de los aficionados a la ornitología podría citar la paloma torcaz, la tórtola turca, la paloma zurita, la bravía, la doméstica…aunque casi todas se hibridan entre sí, dando lugar a una multiplicación indescifrable de subespecies de columbiformes, familia de la que se conocen casi 300 especies.

Las palomas son, tanto en su versión silvestre como en la más adaptada la civilización del homo sapiens, fácil presa para las rapaces. Tienen vuelo corto y predecible y tienen carnes esculentas.

Ya no se ven apenas palomares por las tierras de campos. La razón principal es, sin duda, el abandono de aldea en privilegio de urbe. El auge de rapaces, más merecedoras de protección ahora que las tiernas pollas, algo tiene que ver: no es tan fácil cuidarlas de depredadores, y son pasto de gavilanes, cernícalos, águilas ratoneras y otros volátiles. Si fueran ovejas, un par de mastines por rebaño servirían de guardianes frente a los voraces lobos, pero no vale el tiro sostener a una patrulla de azores para tan poco servicio.

Si no hay apenas palomares, no por ello ha menguado el número de palomas; al contrario. Se las ve por los campos, sueltas, ocupando ruinas civiles como eclesiásticas y, crecidas, se apretujan en las ciudades con las descendientes de aquellas estirpes, que hace solo un par de décadas, se creían adorno de parques y jardines.

La voracidad de las palomas no conoce fronteras ni entiende de exquisiteces. Van al grano como a cualquier desperdicio. Son otros tiempos para ellas, como para nosotros, los humanos. En los campos, las bandadas sueltas, cuando las tierras están sembradas, acuden prestas a colmar sus buches, y las esquilman de semillas importándoles un pito quién sea su dueño, dejándole a cambio, donde pretendía espiga, gallinaza.

El beneficiario del espolio es ahora don nadie. Antaño, por la querencia natural de estas aves a volver a su nidal, eran gloria bendita para el dueño del palomar, pues engordaban y criaban sin necesidad de prestarles más atención que la de entresacarlas de su libertad cuando se considerase oportuno para organizar con ellas una pitanza.

Hoy, las palomas de ciudad son malditas por doquier ya sea aquí como en la plaza de San Pietro, y se prohíbe alimentarlas, aunque la prohibición no tiene resultado, porque a la gente le encanta darles arroz para que se posen en sus manos. Las de campo, más salvajes, prietas, campan a sus anchas buscando cualquier grano, rastrojera o lombriz, hasta que una rapaz ocasionalmente corta a alguna el vuelo.

Unas y otras muestran la misma querencia: andar agrupadas en bandadas. Si quietas, allí donde se posan, engorrinan el entorno con guano que es penetrante como cuchillo de acero sobre la piedra y la pintura. Al menor ruido o signo de supuesto peligro, emprenden todas el vuelo con ruidoso aletear, dan un par de vueltas en tropel, y vuelven a posarse, en el mismo sitio que dejaron unos minutos antes.

Gregarias, tercas. Algo humanas.

 

Política para divertir

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La victoria de D. Trump en las elecciones estadounidenses de noviembre de 2016 ha atraído múltiples, brillantes, reiterados, análisis de politólogos de carrera universitaria y aficionados al montón, cuya gestación se parece mucho, en conceptos manejados y la recurrencia a rotundas explicaciones a posteriori, a las que suelen obsequiarnos los macroeconomistas y los meteorólogos (1). Las cuatro profesiones citados me merecen, por supuesto, respeto, porque, al fin y al cabo, son formas de ganarse la vida sin hace daño intencionadamente a los demás.

The Sunday Times, en el dominical del 13 de noviembre, recoge una interesante especulación acerca de la estrategia por la que el elegido presidente Trump habría ganado. La firma Luke Johnson (chairman of Risk Capital Partners) y se titula “You don´t have to be the best to win -just smart”.

En lugar de analizar Johson las razones, por las que un outsider -es decir, alguien ajeno a las reglas de juego de la política- se introduce en el sistema, y gana, se detiene en comentar la estrategia, a la que concede todo el mérito.

Comparto, para empezar, la idea de que no se debe caer en el grave error de enfocar el análisis de una victoria sorprendente, utilizando las tradicionales vías política o económica, porque equivaldría a tratar de medir el fenómeno con los mismos parámetros que han provocado el cataclismo del contrario. Lo que procede es enfocar el asunto desde la perspectiva de la estrategia empresarial que debe adoptar un advenedizo para competir contra la firma que está dominando el mercado hasta entonces.

He vivido personalmente, y debo presumir de que lo hice con éxito, la superación de este reto. No ha sido el reincidir en la oferta del contrario, que puede poner a disposición del objetivo más recursos, más capacidades técnicas, y, hay que contar con ello, la simpatía inicial de una parte sustancial de quienes deben tomar la decisión, Si Vd. quiere vender galletas y llegar a batir al mejor, no las haga redondas y de harina de trigo; eso vale solo para arañar las migajas, Tiene que ofrecer una gran variedad de productos y, sobre todo, que no cumplan la misma función que el que era hasta entonces la empresa o el pul dominante.

El factor sorpresa, la capacidad de innovación, obligar a quien debe tomar la decisión a pensar bajo supuestos en los que no había pensado, poner a su disposición nuevos atractivos, introduciendo factores para la valoración que no estaban en los estándares ni en los pliegos de condiciones -asumidos, adaptados o redactados por y para los otros- es determinante.

“Trump smashed the Republican elite because he did not fight with their rules”. Reconozco que tuve que leer la frase dos veces. ¿La élite republiana? ¿Es posible que no se hayan dado cuenta del error los correctores?.

No, claro. La victoria de Trump empezó venciendo la resistencia de “los suyos”, que, lamentablemente, se habían adaptado a las reglas y, por tanto, tenían todas las de perder. Era el primer escollo. A partir de ahí, vencer a Hillary Clinton era un trabajo más sencillo, porque la estrategia podría concentrarse contra un solo programa y un solo candidato. Ahí tuvo ya entrada el espectáculo multitudinario, el show de Gran Hermano.

No había que convencer a nadie de méritos, ni defender títulos universitarios, ni saber de economía, política internacional o cualquier otra zarandaja. Bastaba dar al gran público, para atraer a la mayoría suficiente -ignorante, cansada, reciamente conservadora, reaccionaria, ácrata, …qué más daba, de que en esa caja primorosamente decorada, había galletas cuadradas con sabor a mermelada de escaramujos.

No era un mensaje para intelectuales, ni para gente instruida, acomodada, contenta con lo que tenían o con miedo a perderlo, quiá. Era lo necesario para llamar la atención del público adormecido con mensajes monótonos, de las mismas familias políticas, con idénticos currícula inaccesibles. Se podían perder algunos adeptos en las propias filas tradicionales, pero había mayor expectativa de beneficio en los seguidores de los cotilleos y escándalos de esos tipos serios que repetían, una y otra vez, que eran los mejores.

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(1) Me refiero con el título de meteorólogos, designando la parte por el todo, al esforzado subgrupo que debe predecir el tiempo que hará en las regiones al otro lado de la meseta que limita con la cordillera cantábrica.

La cuarta dimensión

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Contra todos los pronósticos que se hacían desde nuestro pequeño país, y a despecho de las buenas vibraciones que le enviaban a su opositora casi todos los responsables de las ejecutivas europeas, Donald Trump será el nuevo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

La campaña que le llevó a encumbrarse como máximo dirigente del país aún más poderoso de la Tierra ha sido incomensurable. Defendió Trump, y no solo metafóricamente, la necesidad de establecer barreras frente al mundo exterior para conseguir reactivar la economía norteamericana con los mimbres estrambóticos de hacer que las grandes empresas paguen menos impuestos, expulsar a millones de irregulares que hacen el trabajo sucio, reducir las ayudas al desarrollo internacional a países en los que se fomentan las guerras civiles y olvidarse de majaderías reconocidas por la comunidad científica como los males de la contaminación industrial y las consecuencias catastróficas del deterioro del medio ambiente.

En sus discursos,para conseguir ocupar de manera convincente las primeras páginas y los prime time de todos los media, incluidas las conversaciones en círculos privados,  insultó a rabiar a la candidata demócrata, Hillary Clinton (a la que trató de enferma mental, de incapaz, de filtrar secretos de estado), a los mexicanos -en las propias barbas de su presidente-, a los inmigrantes regulares y clandestinos (sin apreciar que su mamá era escocesa y sus abuelos, alemanes), a los musulmanes (a los que confundió con terroristas), a las mujeres (a las que presentó como proclives a sucumbir sexualmente ante los encantos del dinero)…Destruyó con un par de martillazos la imagen de cooperación internacional y no tuvo problemas en cuestionar la defensa de los valores democráticos y, sobre todo, de ayuda social, de los que Barak Obama, el presidente saliente, había hecho su estandarte. Negó el cambio climático…

59.182.321 de norteamericanos no pueden estar equivocados, sin embargo. Son, desde luego, unos cuantos votos menos de los 59.349.282 que consiguió la candidatura derrotada, que, dada la magnitud de la cifra, tampoco pueden estarlo. Así que el bipartidismo ha generado su monstruo perfecto: han aflorado nuevamente las dos caras de la bifronte nación americana.

El elefante y el burro tienen otra vez la misma fuerza, pero esta vez el candidato ganador no tuvo necesidad de aparentar que las dos opciones se acercaban a un punto medio. Trump  pudo mostrarse tal cual es, sin ambages, ahondando en el precipicio entre republicanos y demócratas. ¿Por qué iba a utilizar la politica? ¡El es un empresario de éxito en el país de las oportunidades!. Eso le permitió ser mentiroso, despótico, despreciativo de los políticos, antisistema, reaccionario, incoherente, defraudador, misógino, xenófobo, etc. Su exceso de munición dejó la pantalla de juego llena de agujeros en su caza de marcianitos.

Ni siquiera puede objetarse nada contra el sistema electoral de ese curioso super estado que, utilizando una modalidad del strip póker, permite atribuir todos los escaños que corresponden a cada uno de los 50 estados que lo componen, a la candidatura más votada en él, lo que permitió a Trump obtener 290 escaños en el Congreso frente a los 232 de Hillary Clinton. ¿Quién se atreverá ahora a criticar al país que es modelo de democracia, paladín de la defensa de los valores occidentales?

Para los que estamos convencidos, por las evidencias anteriormente acumuladas por la Historia, que hay una cuarta dimensión física desde la que actúan las poderosas fuerzas de lo ilógico, lo acaecido no  es sino una prueba más de su existencia. Suceden así las cosas porque se trata de hacer  el camino de la Humanidad hacia su autodestrucción, más entretenido. Ya se sabe que las películas con desastres, villanos pésimos, malos con doble fondo sentimental, buenos inocentes y torpes, mujeres exuberantes, tipos con tupé, lacrimales para cocodrilos, sufrimientos inesperados, muertes súbitas, caídas de resbalón, son más divertidas.

Utilizo, en fin, como ilustración de este Comentario una sección del Cuadro “La cuarta dimensión”, justamente aquella en la que he representado a una joven que está haciendo el ejercicio intelectual de penetrar en ella. Es una pintura mixta (óleo y acrílico), de gran formato para lo que yo suelo hacer, y relativamente reciente (2014). Sobre la mesa, se encuentra la banda de Moebius y la botella de Klein. La representación sobre un plano de un cubo de cuatro dimensiones es sugerida desde la misma tabla en la que apoya su brazo la pensadora. (1)

No le tengo miedo, por supuesto, a Trump. Estoy lejos para respirar de su aliento y soy mayor para que me asuste un fantoche. He oído su discurso de ganador y también el de Clinton, defendiendo la necesidad de apoyarlo, en virtud de los valores democráticos, el reconocimiento del vencedor y sus argumentos sobre la defensa de los suyos, y todas esas cosas que hacen llorar a los simpatizantes y bramar de alegría a los seguidores del victorioso.

Es curioso, por cierto, que Hillary haya tenido tantos apoyos relevantes (aparentemente) que resultaron inútiles, en tanto aparecía que su contrincante se movía solo por los escenarios iluminados llenos de lentejuelas de los diferentes Estados.

Pero, en verdad, no estaba solo. Faltó ver la cuarta dimensión, aquella en la que se mueven las fuerzas de lo ilógico para todos los que solo nos obstinamos en ver desde las tres dimensiones. Allí, en la cuarta, moran los intereses económicos más poderosos, las voluntades de poner trabas en las ruedas del avance social, los que alzan muros de incomprensión ante las voluntades de acceder al bienestar por parte de los más débiles.

También están allí los que se encargan de convencer, con argumentos cuya coherencia no se sostiene intelectualmente, a los suficientes millones de votantes indecisos, perdidos en el bosque de la complejidad de los intereses, y que otorgarán, con su decisión contra natura, desafiando lo que aparecería como lógico, la presidencia del país que aún es el más poderoso de la Tierra a uno de los demiurgos que conectan la cuarta dimensión con el mundo real.

Donald Trump, congrats. You won; how much we lost with your victory?

(1) La idea ya la recogí en otros comentarios de mi amplia producción literaria. La banda de Möbius es un falso objeto tridimensional superficie, ya que puede recorrerse de cabo a rabo con un bolígrafo, sin necesidad de levantarlo de ella. Se consigue uniendo los extremos de una cinta, girada sobre sí misma. La botella de Klein es una botella que no es capaz de contener ningún líquido, porque, aunque aparenta estar cerrada, se vuelca sobre sí misma. Se la puede construir hundiendo, por ejemplo, el fondo de una botella de las de sidra o cava y estirándolo hasta que, una vez se haya atravesado uno de los laterales, se le haga conectar con la boca del recipiente.

En cuanto a la representación en el plano del cubo de cuatro dimensiones… lo dejamos para otro día, ¿no?

El progre en la playa

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En 1977, el gobierno de Adolfo Suárez convocó las elecciones generales que supusieron la reapertura del melón (o de la calabaza) de los comicios libres en España, cuyo resultado propició que un año más tarde se redactaría la Constitución aún hoy vigente. Con el estado de  ánimo de aquel momento (supongo que sería verano, por el asunto), pinté un cuadro al óleo, de pequeñas dimensiones, que titulé “El progre en la playa”.

Afinando la vista se puede ver, en el centro de la escena,  a un bañista que porta una bandera roja entre los cuerpos de una playa abarrotada, ante un oleaje que, por su encrespamiento, parece no invitar precisamente a darse un chapuzón.

Al contemplar hoy el cuadro (dejando al margen su valor pictórico, que no me atrevo a juzgar), no puedo evitar una sonrisa, desde la edad, al preguntarme bajo qué supuestos me sentía identificado con el abanderado. Treintañero, casado y con un hijo (mi esposa embarazada del segundo), si me veía de paseo altanero por una playa llena de gentes entregadas al descanso, la exhibición de mi progresía, reflejo en efecto de mi comportamiento en la vida real, no dejaba de ser un ejercicio perjudicial para mis posibilidades profesionales.

He cumplido con bastante exactitud mi programa vital de aquellos años, y, desde luego, puedo afirmar con orgullo que nunca me han faltado enemigos, ni zancadillas, ni empujones para hacerme trastabillar. Sigo enarbolando la misma bandera -tal vez, algo ajada y con ciertos desgarros-, y, como prueba de que no se trataba de conseguir adeptos, sino de exhibir mi independencia, me puedo jactar de que no he pertenecido jamás a ningún grupo político.

Paseos por la playa no dejé de dar. Por eso, en estos últimos cuarenta años he visto sucederse regímenes políticos con opciones teóricamente distantes, caer estrepitosamente a ídolos encumbrados al quemarse sus alas de cera, ascender a otros por los que nadie apostaría un duro y, en mi batiburrillo vital, por fortuna, conocí a mucha gente interesante (casi siempre, anónima).

Mi tarjetero tiene unas pocas tarjetas de visita de personajes de los considerados importantes. Las personas de mi entorno escolar y académico que llegaron a ser ministros, o presidentes y ejecutivos de primer nivel de grandes empresas fueron escasos, y de ellas, no necesité acumular tarjetas. Por mis diversas trayectorias profesionales, sin embargo, he venido recogiendo tarjetas y tarjetones de quienes, cuando se cruzaron conmigo, se creían en el camino para llegar a serlo y unos pocos, ya habían llegado a su cima.

Parodiando a Emilio Botín, que lo expresó en otro contexto y con diferente intención, “gente excepcional, realmente excepcional, me crucé con muy pocos”.

No se si vendrá a cuento para el lector amigo, pero me apetece conectar esta reflexión con otra, muy actual. Los media españoles se ocupan profusamente hoy, 8 de noviembre de 2016, de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Existe, al parecer, incertidumbre respecto al triunfo de la candidatura de Hilary Clinton, propuesta por el partido demócrata. Las encuestas reflejan obstinadamente la cercanía del candidato republicano Donald Trump.

Si nos atenemos a la presentación escueta que se nos hace de ambos candidatos, con regularidad apabullante, el ciudadano español puede imaginar que la tesitura a la que se confronta al votante americano es la de elegir entre un magnate enajenado y una rica elitista.

Vista desde la distancia, la situación no parece sino una representación más, adobada con un fuerte impulso crematístico (más de mil millones de dólares ha empleado en la campaña la representante de la saga de los Clinton, y casi ochocientos millones el xenófobo más histriónico de la Historia) de lo que llama Bauman “exarcebación del miedo al extraño”, esto es, a lo desconocido (entrevista de Gonzalo Suárez, El Mundo, primer domingo de este noviembre).

Los votantes de Trump deben sentirse atraídos por la defensa y, en su caso, el alzamiento de las murallas que preserven su actual bienestar, sus negocios y sus empleos, aunque para una minoría cualificada sea simplemente un trabajo miserable. Lo extraño, para ellos, sería la entrada de más emigrantes, la polarización hacia la incipiente recuperación económica de una horda de pobres del mundo, excesiva para la capacidad de absorción que suponen tiene la economía americana.

Los votantes de Clinton -¡ay!- desean que las cosas sigan como están, y que se mantengan las murallas invisibles que preservan su actual bienestar, sus negocios y sus empleos, aunque para una minoría cualificada sea simplemente un trabajo miserable.

Ambos tipos de votantes ignoran cómo se mueve la economía y, si algo entienden de ella, es que hay que defenderse del enemigo, teniendo armas en casa (por si acaso) y potenciando la industria de armamento (y si el enemigo no existe, habrá que crearlo).

Nada habrá, pues, de cambiar en lo sustancial, y las campañas no son más que una parte del espectáculo, con su coreografía y tal, siendo lo importante no lo que se dice, sino cómo se dice.

En relación a lo que pueda afectarnos a nosotros, los españoles, es tan seguro que Donal Trump no ganará -perderá por poco, y se enredará en reclamaciones en varios Estados que harán los setenta últimos días de Obama más divertidos- como que nada cambiará para España. La constante del comportamiento norteamericano con nuestro pequeño país  es ignorarnos, salvo para venir de vacaciones y comprar espadas y disfraces de torero que serán útiles en Carnaval.

No creo que Estados Unidos de Norteamérica sea ejemplo de democracia ni de sensibilidad mundial, pero, teniendo reciente el resultado de las elecciones en España y viviendo aún la calentura mental que provoca la debilidad del ejecutivo para conseguir sacar las cuestiones principales adelante, se me ocurre plantear esta pregunta:

¿Hace falta alguna cualificación, apoyo económico especial o toque de varita milagrosa para ser presidente o ministro de gobierno en España?

Supongo que la respuesta ha de ser que sí, pero lo ignoro. No se siquiera la influencia que hayan podido tener los millones defraudados al fisco por los partidos (a la cabeza el Partido Popular) para compensar por la vía de la apropiación indebida la escasez de subvenciones a las agrupaciones políticas.

Desde 1977 hemos tenido en España 190 ministros, y la probabilidad de que, elegido al azar, un español alcance tal categoría, es casi infinitesimal. Tampoco mejora mucho el ratio si tomamos como base muestral el número de titulados superiores; el 40% de los jóvenes entre 25 y 35 años tiene un título universitario: el mayor porcentaje de Europa.

El simpático embajador norteamericano James Costos, que desplegó en España mayores empatías que todos sus antecesores, por su carácter abierto y hasta festivalero, parece sentirse capaz de arriesgarse a entender nuestra idiosincrasia con un par de pinceladas (Condé Nast TRAVELER, Pilar Guzmán, 3 nov 2016): “los españoles son orgullosos y testarudos, lo que es, a un tiempo, una bendición y una maldición”. (1)

Como ejemplo de testarudez, cuenta, cuando preguntó si podían hacer una capa española más corta y con menos volumen de la que le ofrecía la prestigiosa firma Capas Seseña, le contestaron. “No, no las hacemos”. Esta y otras virtudes de lo español le han hecho entendernos y querernos, dice.

Yo no voy de capa, pero sigo dando vueltas con mi bandera. Y si me encuentro a Mr. Costos en mi paseo, llevando él la capa (y puede que hasta una espada), lo saludaré, sin evitar que me asalte este extraño pensamiento: ¡Vaya! ¿Se tratará de un progre en la playa?.


La calificación que los españoles merecemos de James Costos (“proud and stubborn”) es muy de agradecer. Mejora incluso, en  mi opinión, la nota colectiva que merecimos de Martin A.S. Hume en 1901 (“The spanish people: their origin, growth and influence”) en la que, por nuestro origen afrosemítico, nos atribuye una “overwhelming individuality”, que nos hace ofrecer una “obstinada resistencia a obedecer a otro, a menos que hablara en nombre de una entidad sobrenatural” (citado por Miguel de Unamuno en “El individualismo español”, dic. 1902)

Un mensaje para Elías

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Hace ya unos 30 años, escribí una novela con el título de este Comentario, que entre otras elucubraciones muy de mi gusto, empezaba con una inmersión especulativa sobre lo que podría ser España en 2015. No era una novela policíaca, porque se desarrollaba en siete capítulos cuyos protagonistas eran otras tantas mujeres, pero había un intríngulis político que se desvelaba cuando, al final del libro, el protagonista reconocía que había estado participando en los entresijos del Gobierno, inventando y difundiendo historias creíbles, logros falsos de las actuaciones públicas y creando anécdotas y personajes que se incorporaban a la realidad como si fueran parte de ella, con el efecto de confundir y adormecer a la población, haciéndole creer que la situación era idílica, cuando, en verdad, el país se había convertido en un desastre, feudo de unos pocos.

Presenté la novela al premio Nadal y, como era de esperar, no obtuvo ni mención honorífica. Nunca la publiqué, aunque tuvo lectores notables. El más singular de todos ellos fue, sin duda, mi esposa, a la que entregué el original para que me diera su opinión. Al cabo de unas semanas, como no me decía nada, me interesé por su parecer, esperando, ya que no su alabanza desmedida, al menos, su plácet orquestado.

-“Te la estoy corrigiendo entera, y voy solo por la página veinte”- fue su respuesta- “Es muy verde”.

Estuve, por supuesto, uno o dos días sin dirigirle la palabra más que para lo estrictamente imprescindible, pero las aguas volvieron a su cauce natural y la novela, decepción del dictamen Nadalístico incluida, pasó a engrosar el estante en donde guardo mis obras completas impublicadas.

Tengo a la vista el resultado de los nombramientos del flamante Presidente Mariano Rajoy, y me he acordado de mi novela. Esta realidad que nos ha tocado vivir parece confeccionada para ser parte de una historia de ficción. Las mismas caras, y, en muchos casos, incluso con los mismos collares (digo, carteras ministeriales). La voluntad expresa, seguir haciendo lo mismo, dilapidando en minutos el supuesto caudal de la promesa de cambio. Arrastrados a la vorágine del desencuentro, no ya Albert Rivera, al que se le estará poniendo la cara de tonto útil que corresponde a su empeño en presentar que las cosas van a cambiar con una oposición constructiva, sino, al PSOE, descabezado, desnortado, roto y todo ello sin presentar batalla alguna.

Puede que desde la más izquierda -si ese es el lugar donde se podría encontrar a Unidos Podemos, desproveyéndolo de mucha hojarasca mediática, pelo de la dehesa y mentiras de escolar de colegio de pago pillado pirándose las clases- haya opciones para una oposición aunque seguramente será destructiva, o sea, inútil.

Qué pena que, ya que no me dieron el Nadal en 1980, no me hubiera animado (o hubiesen) a publicar mi novela. Ahora sería venerado como profeta. Porque esto que nos está pasando no es real, está generado desde las oscuras catacumbas de este país, y lo que vemos son solo personajes en busca de autor, de programa, de otro rollo, vamos.


P.S. Los estorninos son, por nuestros predios, aves no muy queridas. Con razón. Vienen en bandadas, y se posan sobre los campos recién sembrados en agosto, para hartarse de semillas. Tampoco la naturaleza los dotó con un lenguaje que suponga, al oído humano, el placer de ser obsequiado con trinos agradables, melodiosos ritmos. Quiá. Chillan y graznan como posesos y, como vienen a miles, con su vocerío, aturden.

En invierno, su plumaje negro uniforme, adquiere otras tonalidades y sus plumas parecen moteadas. Algunos observadores poco atentos o nada aficionados a la ornitología, los confunden con mirlos. Pero ni cantan, ni se les atribuye utilidad -sino perjuicio- al agricultor y, para colmo, su carne es dura (dicen los que intentaron probarla) como la peña.

 

Momentos estelares de la misérrima política española reciente

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Diversos acontecimientos han contribuido a que al conjunto de los españoles vivos se nos hayan abierto los ojos -como se dice coloquialmente- para contemplar la realidad con mejores perspectivas de entenderla. Ha sucedido todo tan rápido que quizá no todos hayamos tenido tiempo, voluntad o cinrcunstancias para asimilar tanta información como ha quedado expuesta sobre el tapete.

Desde luego, hay que indicar, ante todo, que la disección del cuerpo político-económico ha sido realizada al hilo de la oportunidad, por manos faltas de método e incluso inexpertas y, no guardemos dudas, con una intencionalidad, un sesgo. Con todo, ha servido para dejar tantas vísceras de los tejemanejes al descubierto que, además de llevarnos las manos a la cabeza, haríamos bien en llevárnoslas a los bolsillos.

La política aparece hoy como una parte espuria de la microeconomía, en la que la inmensa mayoría -esa a la que tanto se refieren quienes alardean de conocer cómo pensamos- somos simples votantes y pacientes. Aportados a la luz de la justicia (que también tiene sus claroscuros) decenas de casos de malversación, apropiación indebida, negociaciones fraudulentas, uso de información privilegiada, asociaciones para delinquir, etc., resulta, como efecto colateral, el que tanto los ciudadanos orientados a derecha como a izquierda hayan encontrado un punto de acuerdo, una frase recurrente en el argumentario común: “todos los políticos son corruptos”.

Naturalmente, es una afirmación maximalista, errónea, equivocada, válida solo para saludarse entre posibles contrarios, y poner de manifiesto que no se desea hacer sangre en la conversación y concentrarse en lo que no hace daño -o poco- hablar de fútbol o del tiempo atmosférico.

Quién lo habrá de dudar: Hay muchos políticos muy sanos, honestos, confiables. Tenemos que admitir, por lo que se nos va en ello, que son muy pocos los que no lo son, y que se han descubierto ya prácticamente todos los que ocultaban con su palabrería los movimientos de sus manos asaltando, con diversos modos, la tesorería pública. Muchos serían, sin embargo, los que, sentados en las bancadas de parlamentos,  ayuntamientos, congresos, empresas públicas, etc., concentrados en no se sabe muy bien qué otras cosas, miraron hacia otro lado en lugar de fijarse en lo que hacían sus compañeros de asientos (aún peor lo pongo: incluso de sus contrarios teóricos), culpables in eligendo o in vigilando.

No voy a presumir de perspicaz si apunto que la desconfianza alcanzada por la política tiene un punto gordo (teorema que se estudia en las carreras de Ciencias al tratar de los límites de las sucesiones aritméticas) en el Partido Popular, con una concentración de corruptos, falsificaciones, cajas negras, facturas falsas, mentiras y corruptelas -presumibles, presuntas o confesas- espantosa. Poco demérito quita a ese baldón el decir a posteriori que se ha expulsado de la cofradía a los culpables o que no hay responsabilidad frente aquellos a los que, por faltarles carné, se objeta en defensa que no se les conoce o que iban por libres.

Sería sospecho de parcialidad el no recordar los casos que afectan o afectaron a militantes del PSOE, desde Xuan Cornide hasta Xicu Torres, desde Antonio Fernández a Juan Griñán o  a Manuel Chaves, Guerrero y su chófer, etc. ¿Pasar página por la inmensa corrupción del honorable Pujol y su esposa e hijos, y los que le rodearon, para deshonra y desprestigio de la nación catalana, que tanto les debe en tiempos modernos?  ¿Habría que olvidar para siempre el caso Filesa, con José María Sala, Aida Alvarez, Alberto Fraile, Carlos Navarro, etc. condenados y a aquellos varios empresarios de indudable postín desfilando cabizbajos por los Juzgados, antes de ser indultados por el artículo trece? ¿Retomaríamos para el acervo cultural al difunto Vilá-Reyes, paganini por defunción del llamado escándalo Matesa, que alfombró con inmundicia inocultable las glorias hipotéticas del franquismo, estando éste aún viviente y coleante?

El último caso de malhacer que ha trascendido lo protagoniza el diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid, Ramón Espinar. Es pecata minuta, comparado con otros más sonoros. Que se aproveche de la adjudicación de un piso de protección oficial para venderlo con plusvalía, después de haber defendido que esas viviendas están destinadas a gentes necesitadas y no a especuladores, no es delito, por supuesto, pero suena a doble moral y, como se vio obligado a decir el portavoz en la Asamblea del equipo podemista, José Manuel López, “perjudica (resta credibilidad) a su proyecto”.

La historia política reciente de la misérrima España se llena de momentos estelares, unos de mayor intensidad que otros, pero todos con idéntico olor a chamusquina. Desde las pequeñas irregularidades de Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón, Tania Sánchez, Ramón Espinar, etc., a los graves asuntos manejados por Luis Bárcenas, Rodrigo Rato, Alvaro Pérez Alonso, Francisco Granados, Arturo Fernández (el gran actor/seudo-empresario), Gerardo Díez Ferrán, Carlos Fabra, etc., hay mucho trecho, pero todo pertenece a la misma cuenca hídrica, ya se trate de ríos caudalosos como de pequeños afluentes.

Permítame el lector una maldad irónica. Imagino a Pedro Sánchez, quien fue paladín del PSOE en una batalla campal contra las resistencias al cambio que le surgieron a izquierda y derecha, paleando en su chalupa sobre esas aguas tenebrosas de los momentos estelares de la historia reciente española. Se ha pintado, como los guerreros indios, las marcas de la guerra, y ha retado en campo abierto, ni más ni menos, que a Juan Luis Cebrián y a César Alierta. Supongo que para presentarse ante los suyos (si es que le quedan fieles dispuestos a seguirle para reconquistar el espacio perdido) como un musculoso guerrero, capaz de vencer incluso a Susana Díez y a Josep Borrel.

Apostaría que no tardarán en imputarle que no terminó la carrera, que Santiago Carrillo junior le regaló los créditos cuando era decano de la Complutense. ¿Lo están haciendo ya? ¡No damos abasto para tanta luminosidad sobre la inmundicia!


P.S. Ilustro este Comentario con la fotografía de un pato cuchara, llamado así porque tiene el pico muy largo, lo que le permite, sobre todo, abarcar más área de líquenes y pequeños crustáceos en las lagunas donde cría o se detiene para repostar en sus trayectos emigratorios.

Estos patos reposan sobre una sola pata (aunque son, respecto al sexo, más bien promiscuos). Esto no les resta algo de movilidad a la hora de emprender el vuelo, cuando se encuentran en descanso, pues se impulsan con la que les sirve de apoyo con gran fuerza.

Por cierto, “Momentos estelares de la Humanidad” es el logrado título de uno de los libros del prolífico Stefan Zweig que, para mí, tiene el especial recuerdo de haber sido el primero de este autor que leí. El argumento es magnífico: los doce casos que presenta corresponden a héroes de la Historia a los que el futuro hizo jugar con otras cartas que ellos no hubieran imaginado. Las de Núñez de Balboa, mandado decapitar por Francisco Pizarro, que andaba a la búsqueda de su gloria, es una de las más ejemplares. La de Goethe, enamorado de una jovencita, hija de uno de sus amigos, cuando él andaba ya por los setenta, resulta especialmente estimulante para los que nos acercamos a la frontera.

Por todos los santos!

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Sobre la tumba donde reposa Leonor Izquierdo, la eterna joven esposa de Antonio Machado, había esta pasada semana, dos tiestos con flores y una hoja arrancada de una libreta escolar en la que debió haberse escrito un mensaje que resultaba ilegible. Carteles estratégicamente dispuestos con la palabra “Leonor”, guiaban al visitante, curioso o devoto del poeta, a la contemplación de una lápida circundada por un enrejado, compartido con la sepultura adyacente.

La advocación al poeta está presente en otros lugares de Soria, si bien es en el cementerio del Alto Espino, donde se concentran las imágenes votivas. A la entrada de la Iglesia parroquial, un tronco de olmo seco sirve de soporte a los conocidos versos. Solo que, en vez de brotes verdes, alguien le incrustó una lata de cerveza aplastada, que doy por seguro que hoy no estará ya allí. El propósito de mantener el lugar con decoro se manifiesta en la hoja plastificada que el cuidador del cementerio ha dejado sobre unas cuantas decenas de tumbas: “Sepultura muy deteriorada. Necesita reparación”.

El uno de noviembre, día de todos los Santos, es elegido por muchos deudos para visitar los cementerios donde se encuentran los restos de esposos, padres, hijos o hermanos. Más raro es que se recuerde, al menos con la presencia en el lugar, a los abuelos y tíos, y apostaría doble contra sencillo a que no llega al uno por ciento el porcentaje de descendientes que sabrían donde se hallan.

No puedo entender, por ello, la preocupación de la Iglesia -que manifiesta oficialmente hacer de tripas corazón ante la incineración “por no ser natural”- por defender que las cenizas de los difuntos no pueden ser esparcidas, divididas, ni mantenidas en urnas en las casas particulares. Es cierto que los muertos merecerían respeto, pero esa intención compasiva no alcanza más allá de un par de generaciones. Después, lo que se vierte sobre los difuntos es el olvido. Incluso, si se trata de personas que han tenido fama en vida (siempre efímera), lo que se echa sobre el muerto son, por lo general, mentiras, especulaciones, cuentos, fantasías.

La ciencia se esfuerza en actuar sobre lo que es natural, para dominarlo y corregirlo. En el caso de la medicina, justamente, se trata de detener o paliar lo lque sería tenido por evolución natural de enfermedades y procesos. La incineración del cuerpo no parece merecer reproche alguno, y ya son muchos los cuerpos convertidos en cenizas que han sido dispersos por los lugares más variados. Hay, incluso, quien ha dispuesto -y se ha cumplido- que sus restos sean evacuados por el retrete.

Nadie cree que los difuntos resucitarán con los mismos cuerpos y almas que tuvieron. Y eso que quienes tuvimos una educación católica, bien adobada por la inventiva combinada de la curiosidad infantil y la respuesta para todo, hemos sido informados incluso de que los cuerpos que serán sometidos al Juicio Final serán los de los 33 años, edad mágica en la que se acepta que Cristo fue crucificado, y que aquellos que fallecieron antes, por la gracia divina, se verían también con el que debieron tener si hubieran sobrevivido.

Por todos los santos, tengamos máximo respeto a los vivos y guardemos en nuestra memoria el afecto a los que nos quisieron. En lo demás, en contacto con la tierra donde moran los seres -escarabajos, caracoles, tijeretas, lombrices, hormigas, ratas, etc.- que se encargarán de incorporar nuestros restos a su naturaleza, o convertidos en energía, CO2 y cenizas inertes, nuestro destino fatal será ser olvidados.