Seguridad frente amenazas (2)

tres-gorriones

Salvo para aquellos genuinamente pacifistas, si es que existe alguno, no habrá dudas que la seguridad exterior precisa, -junto a otras actuaciones, desde luego-, del mantenimiento de una fuerza organizada, con personal dispuesto a matar y morir, y equipos adecuados para esa función letal. Aquí se encuentra la característica diferenciadora, indiscutible, de los Ejércitos.

Un Ejército no es un grupo de personas armadas, sino una “fuerza” sometida a una disciplina, con un código de actuación. Existen magníficos documentos que ilustran significativamente sobre el desarrollo de este concepto; En España, las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas vigentes cuando escribo estas notas datan de 2009, y suponen una renovación parcial -por algunos comentaristas, sin embargo, tenida, por sustancial- de las promulgadas en 1978 (Ley 85/1978).

Con previsión de un baño de sangre o no -así en la paz como en la guerra-, hay una premisa incómoda a la que responden los Ejércitos, que son consecuencia de la experiencia histórica: “el enemigo existe siempre”.  Esta certeza implica que los Ejércitos deben estar dotados para defenderse, sino de cualquier ataque, al menos, del que pudiera provenir de sus adversarios diferenciados, a los que conviene tener identificados. Esta posición preventiva obliga a mantener una dotación, equipamiento y preparación similares o superiores al suyo, capaz de disuadir y de ofrecer, en otro caso, una respuesta autónoma rápida.

La exhibición de la potencialidad propia no es un juego de niños. Tiene dos destinatarios: la población civil del propio Estado, transmitiendo un mensaje de potencia y preparación (y, subsidiariamente, de prestigio y profesionalidad a los componentes militares); el otro destinatario es el potencial enemigo, que también procurará disponer de otras fuentes de información, claro está.

Quede así recordada, tanto para los que tienen respeto, y hasta devoción, por la profesión militar (entre los que me cuento, sin perjuicio de ser pacifista), como para los que apoyarían, por desconocimiento o por voluntad martirológica, su supresión, que los Ejércitos poseen una genuina ambivalencia causal: pueden adoptar tanto una posición agresora como defensiva. Esta última adquiere una importancia capital para mantener la paz, pues tiene una clara connotación disuasoria, autónoma, y en ese campo de lo que se desea evitar, principal.

Sería ridículo, amén de peligroso, mantener la ingenuidad de que la paz no implica la preparación para la guerra. Las armas, además, están para ser usadas algún día y se perfeccionan continuamente. Los misiles de ataque de largo alcance implican el desarrollo de los de interceptación; los tanques acorazados alentaron la fabricación de lanza torpedos penetrantes. No hay muchas acémilas actualmente en el arma de Caballería y se prefieren los drones teledirigidos a los aviones tripulados de reconocimiento.

Ni siquiera los Estados que se autodenominan “neutrales” renuncian a armarse. Suiza, uno de los Estados europeos que dedica más recursos a su Ejército, atiende con la popular “guardia suiza” la custodia del Estado más espiritual y más pequeño del mundo, la Ciudad del Vaticano; fundada en 1505 por el Papa Julio II para proteger al Papa, mantiene actualmente unos cien efectivos, adiestrados para manejar armamento moderno, no espingardas ni falconetes.

El arte de la guerra (léase, de la defensa), genera comportamientos que han inspirado los económicos-empresariales. No en vano, los libros de estrategia militar y los expertos militares tienen buena acogida en los Institutos de Empresa. La selección de líneas de investigación y desarrollo preferentes, la formación de cárteles, la utilización de lobbies, etc., están en la base común de lo militar y lo empresarial.

Como pocos Estados pueden ofrecer una garantía adecuada de forma autónoma, son imprescindibles alianzas estratégicas, y la formación de bloques que complementen y refuercen las Fuerzas Armadas propias. Dentro del concepto de Defensa, se agrupan muchas actividades indirecta o directamente relacionadas: formación propia y ajena, diplomacia, espionaje, cooperación, desarrollo y prueba de armamento sofisticado, preparación para el combate, procedimientos sanitarios, de comunicaciones, informáticos, etc.

Por eso, la totalidad de los Estados dedican una parte importante de sus presupuestos a sus Ejércitos. Puede verse, en mi opinión, el estado de desarrollo de cada uno, en relación con el porcentaje que dedican a la dotación de personal o a los equipos materiales y a la investigación; en efecto, un alto porcentaje del presupuesto destinado a la partida de personal, es propio de un país atrasado. Aún más, me atrevería a afirmar, que un alto porcentaje del PIB dedicado a Defensa, puede significar que se está apoyando la investigación tecnológica de uso civil, conjuntamente.

Concluyo, pues, este apartado. Desde la tribu al Estado-nación/naciones a los Estados Unidos y Comunidades internacionales, todas esas unidades de convivencia tensa con otras han asumido la necesidad de mantener un Ejército propio, adecuado a los riesgos presumidos y han buscado alianzas con Estados afines para defenderse de posibles amenazas y ataques. La OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) surgió en 1949 como perfeccionamiento de un acuerdo político entre algunos países europeos, a la que la incorporación de Estados Unidos (y Canadá), dotó de la potencia bélica deseada, como contrapunto a la creciente tensión proveniente del bloque comunista, que en 1955 organizó una alianza similar (fuerzas militares para mantenimiento de la paz) llamada Pacto de Varsovia. Los aliados en la segunda guerra mundial pronto redescubrieron sus sustanciales diferencias de planteamiento económico (1).

Otra cuestión que es conveniente analizar, aunque sea a este nivel elemental, apela a la característica de las misiones en el extranjero, actualmente con capital interés mediático, que oculta otros aspectos mucho más relevantes, en mi opinión.

Los componentes de los Ejércitos, no son ONGs, ni educadores, ni agentes del desarrollo. Tampoco son policías. Y, sin embargo, la versatilidad de las funciones vinculadas a la defensa del territorio propio y de ciertos valores (básicamente, éticos) tenidos por irrenunciables, provoca que, cuando les son atribuidas algunas de ellas, los Ejércitos participen, solos o en compañía de otros funcionarios y civiles, en misiones de las llamadas de paz.

Delicada cuestión, en suma, porque exige la coordinación entre muy diversos estamentos, con dependencias funcionales naturales diversas, tanto de las organizaciones administrativas de un Estado como de los aliados y, según la índole de la función atribuida, puede suponer, incluso, que esos aliados sean diferentes. La perfecta identificación de los objetivos y, naturalmente, de la cadena de mando y de las responsabilidades distribuidas, es una dificultad añadida para que la misión tenga éxito.

Cuando los equipos integrantes de una misión de un Estado que se autodefine “en tiempo de paz”,  se lleva a cabo en el extranjero -en territorios en guerra, o que hubieran sido ocupados contraviniendo disposiciones internacionales, o  en donde actúen grupos terroristas, o aún no plenamente pacificados – la combinación de elementos militares y civiles añade dificultades de coordinación. En esos casos, además, la posibilidad de ser víctimas de un ataque con armas, implica que todos los componentes del equipo deban asumir el riesgo de morir o ser heridos, es decir, se deben considerar integrados en la disciplina y normas propias del Ejército.

En la cartilla que se entregaba a los reclutas españoles al terminar el servicio militar de la postguerra, cuando éste era obligatorio, aparecía un sello en el que figuraba un apartado destinado al Valor, en el que se indicaba el “concepto que había merecido a sus jefes” él recién licenciado. “SS” significaba que “se le supone”, porque no cabía hacer otra elucubración cuando no se había entrado en batalla.

En los Ejércitos profesionales -en donde los aspirantes a formar parte de ellos, (y hay que suponer que, especialmente, a los que se integran como tropa)  pueden estar inicialmente guiados por la obtención de un salario, más que por la defensa de valores que la desacralización pretende convertir en filosofía añeja, como la Patria, el Honor o la Bandera-, la posibilidad de morir en el curso de una acción, incluso en la preparación de la misma, no siempre será puesta de manifiesto por los mandos. La realidad la pondrá presente, a poco que asome la peligrosidad intrínseca al manejo de armas; y no es necesario que sean manipuladas por el enemigo: el número de militares fallecidos en maniobras, exhibiciones aéreas o navales, pruebas de material, desactivación de explosivos, etc., lo prueba.

(continuará)

(1) La exhibición de cariño personal (que no institucional) entre D. Trump, presidente electo de Estados Unidos de Norteamérica y V. Putin, presidente de la Federación Rusa, no presagia un pacto anti-natura entre bloques enfrentados. Más bien, implica el reflejo de un tanteo previo, en el tablero del ajedrez mundial, ante el avance vertiginoso de la República Popular China.

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La fotografía recoge la imagen de tres gorriones en una aparente sesión de ballet, en vuelo que podría ser interpretado como acrobático para quienes desconozca la tremenda agilidad de las aves -en particular, de estos paseriformes- para girar, sostenerse en el aire, sortear obstáculos, cambiar de rumbo brusco.

He tenido ocasión, desde una privilegiada atalaya, de observar los movimientos de los grupúsculos de gorriones en torno a la comida, bien sea en campo abierto o en un recinto limitado.

Dependiendo de la edad de las aves, de la disponibilidad de alimento, de la posible relación genética entre ellos, he constatado que se pueden dar actitudes de ignorancia total, cooperación, de cesión de derechos, etc. La más común, si la comida es escasa o está dispuesta en un recipiente de acceso reducido, es de agresividad. No se matan, desde luego, pero un par de picotazos al vuelo bastan para disuadir a quien, vulnerando la escala de poder, se acerca al grano o a la masa nutricia, antes de que los poderosos hayan saciado su hambre.

Los más débiles o más jóvenes esperan, impacientes, a que los fuertes se vayan y, entonces, apuran las migajas.

 

 

 

Seguridad frente amenazas (1)

pinzon vulgar

Permita el  lector una reflexión elemental. Si queremos seguridad, habrá que identificar las amenazas. Y si algunas de ellas son imprecisas, difusas o desconocidas, la apelación a la seguridad global se convertirá en una mera petición de principio.

Hace apenas unas décadas lo teníamos más sencillo, porque había un enemigo, real o potencial del que defenderse, y la fórmula para resolver los conflictos era mediante una guerra, con medios militares.

Desde 1950, y en especial, a partir de la llamada ingenuamente “guerra fría”, la situación cambió y el árbol de la seguridad empezó a mostrar hongos, insectos litófagos, muérdago y parásitos. En la actualidad, está sometido a tantas tensiones que hay que poner el concepto en cuarentena, para analizar el perímetro de contorno que podemos abarcar realmente, para no provocar falsas expectativas y desilusiones de la ciudadanía.

La detección de las amenazas y adecuar a cada una el medio de defensa, es imprescindible. Tenemos que aceptar, por ejemplo, que aunque se sigan utilizando los antiguos términos convencionales, el concepto de Defensa pone de manifiesto su amplia polisemia.

En términos políticos -esto es, en el ámbito que se atribuye a la acción política-, agrupa o puede agrupar desde la organización y dotación de las fuerzas armadas, a las alianzas y convenios internacionales, tanto comerciales como militares; incluye la diplomacia, las estructuras de espionaje y contraespionaje y, por no ser incómodamente exhaustivo, también la ayuda y cooperación al desarrollo; incluso habría que incorporar a la idea genérica de Defensa, la actividad de la policía interior en aquellos cometidos que supongan la protección de la forma de Estado y sus órganos máximos, el control del terrorismo y el separatismo.

Una tarea inmensa, que exige una coordinación precisa y una versatilidad sin fisuras. Esta labor oficial está, por supuesto, imbricada, con la idea de ofrecer seguridad, aunque no al ciudadano individual -sería imposible- sino, al conjunto de la ciudadanía, y, atendiendo a su relevancia institucional, a determinadas personas que ocupan o han ocupado cargos especiales y que pueden ser objetivo del terrorismo.

Para los más desorientados puede ser necesario señalar, que, a raíz del terrible toque de atención que supuso la Segunda Guerra mundial para la utopía de la convivencia internacional, ya se produjo un cambio sustancial en el concepto de la seguridad, y se confeccionó  un primer mapa de alianzas. Se trataba de simplificar el número de enemigos potenciales.

Se acudió también a la gramática. En un ejercicio profiláctico intencionado, las grandes potencias que estaban dispuestas a rentabilizar la paz conseguida, y pronto, sus imitadores y seguidores, cambiaron de nombre al Ministerio del que dependen sus Ejércitos.

Así, en Estados Unidos, por la Ley de Seguridad Nacional de 1947 (National Security Act),  el nombre del Departamento de la Guerra, pasó a ser el de Ejército de Tierra (Army) y se fusionó con el Departamento de la Armada -la fuerza naval-, formando el NME (National Military Establishment), bajo la presidencia del Secretario de Defensa.

Parecida situación se recreó en la URSS y después, en China y decenas de países: los ministerios de Defensa sustituyeron a los de la Guerra, vocablo maldito. En Alemania, potencia perdedora (al menos, sobre el papel) desapareció el Ministerio de la Resistencia (Wehr, palabra que cayó en desuso) de los tiempos del Tercer Reich, y la estructura militar también afloró como Ministerio de la Defensa (Verteidigung) en 1955, tanto en la RDA como en la RFA.

En la Historia reciente de España, el nombre del Ministerio que asume, entre otras funciones, la dirección y la responsabilidad presupuestaria del mantenimiento de un Ejército y su armamento, adoptó también diversos nombres.

El Ministerio de la Guerra, creado por Real Decreto de 1851, estaba solo encargado de los asuntos militares del Ejército de Tierra y subsistió, pasando sobre monarquías y repúblicas, hasta que el rebelde general Franco imaginó que era más propio el camuflaje de su levantamiento bajo el equívoco apelativo de Ministerio de Defensa Nacional, que, desde 1938 y hasta la firma de la paz, concentró los tres Ejércitos por un corto período. Se mantuvieron luego desagregados hasta 1977, en que desaparecieron los tres Ministerios de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y se unificaron las fuerzas militares y su correspondiente organización, en un Ministerio de Defensa.

Sería infantil limitarse a la semántica, y poco serio  reducir hoy el rol de la Defensa nacional al mantenimiento de un Ejército y a firmar unas cuantas alianzas con Estados afines. La acción política de cara al exterior, es cierto, implica asumir que el Estado ha de organizar adecuadamente su protección frente a cualquier agresión externa por parte de otro Estado.

Sin embargo, la tranquilidad del conjunto de los habitantes  en período de paz exterior aparece más bien desviada hacia la seguridad nacional, que se configura como una categoría de espectro mucho más sutil y, por tanto, difícil de abordar con transparencia.

No valen aquí las exhibiciones públicas de fuerza -como en los desfiles militares-, sino que la discreción pasa a primer término. Debe actuar la ponderación, la vigilancia, bajo la redacción y cumplimiento de leyes adecuadas. Cuando la policía (en algún caso, el Ejército) actúa en territorio propio contra una amenaza a la seguridad, la proporción y mesura de los medios empleados debe dominar sobre la represión.

Cualquier definición rígida de los conceptos de seguridad, defensa, libertad, paz o bonanza queda desautorizada continuamente por la realidad. Como dramático ejemplo del terreno resbaladizo, los manuales académicos clásicos no previeron que las agresiones externas pudieran provenir, no de Estados, sino de terroristas cuyo punto de unión fuera el fanatismo religioso y que actuasen, no en campos de batalla ni con armamento estándar, sino en cualquier lugar, contra cualquier persona y con cualquier instrumento capaz de matar.

El terrorismo islámico, cualquiera que sea su pretendido fundamento, se ha convertido en el riesgo difuso por excelencia. Su objetivo material es indiscriminado, aunque el efecto pretendido es muy concreto: sembrar el terror en Occidente y rentabilizarlo en Oriente.

No quiero ser obvio ni parecer insolente, pero cuando ETA mataba a militares o políticos prominentes, el ciudadano anónimo español podría estar tranquilo. Si el objetivo para llamar la atención sobre su fanática causa de  los adictos al DAESH y a su forma de manifestar su enajenación fuera su autoinmolación sin más víctimas, o incluso, se limitaran a asesinar ocasionalmente a algún imán de una mezquita, no hablaríamos de la necesidad de cambiar los mecanismos de seguridad para proteger a los ciudadanos que viven en ciudades occidentales, o, por lo menos, de hacer alarde y exhibición de las medidas emprendidas, con el objetivo de que la población se sienta protegida…hasta que, desgraciadamente, se produzca la difusión del próximo atentado.

Por causa del terrorismo internacional como de las guerras calientes o frías, como por la amenaza clara de un cataclismo nuclear, nuestra seguridad, y la sensación de su dominio, tanto a nivel individual como colectivo, ha sufrido mutaciones. Todos estábamos dispuestos a admitir que, al estar viviendo en sociedad, deberíamos renunciar a algunos aspectos de libertad para disfrutar de la mayor sensación de tener seguridad.

Llegamos a aceptar el convencionalismo de que podíamos sentirnos tanto más libres, cuanto menos injerencias extrañas encontrásemos interfiriendo en el camino para hacer efectivas nuestras decisiones de consumo y placer, aunque también agradecemos, paradójicamente, alguna participación externa para conseguir más fácilmente lo que nos apetece.

Lo que no estamos preparados es para soportar la sensación de que nuestra tranquilidad está amenazada, en lo que creíamos período de paz en nuestro entorno, precisamente por ser nosotros anónimos, por tratarse de ciudadanos normales, vulgares, sin otro valor que el de un especimen humano más, como los otros, situado en un territorio determinado, elegido por un grupo de gentes que juegan a la ruleta con nuestra existencia.

(En una obra teatral de Casona, la injustamente olvidada Barca sin pescador, el caballero de negro (el diablo)  ofrece al angustiado protagonista un pacto para salvar su fortuna: tiene que acceder  a matar a alguien indiscriminado en un lugar remoto. En aquella ficción, también al estilo de las novelas policíacas, el homicida tiene sin embargo el deseo irrefrenable de conocer el escenario de quien fue su víctima  y los concretos efectos de su acción. El descubrimiento del otro cambia la historia.)

(continuará)

 


La foto es de una hembra de pinzón vulgar. Es un paseriforme muy común, ubicuo, aunque prefiere las zonas con árboles, en donde se oculta mejor. En invierno trata de agruparse en los lugares más cálidos de su hábital. Su nombre científico es Fringilla coelebs. Es un fringílido, como los jilgueros y verderones, por ejemplo, y recibió su nombre específico por Linneo al observar que en Suecia, país natal del científico, las hembras migran y los machos se quedan. Coelebes es la palabra latina para célibe, soltero.

Por cierto, los machos son, desde luego, más fuertes, pero también más vistosos y se especula acerca de las verdaderas razones por las que deciden quedarse en sus territorios de verano, ya que algunas hembras acompañan a los residentes durante las estaciones frías, alegrándose mutuamente el paso por los rigores del invierno.

Amenazados por la seguridad

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La probabilidad de que seamos víctimas de un atentado perpetrado por un fanático islamista conduciendo el camión que acaba de robar a punta de pistola, ha aumentado en los últimos años. Sigue siendo, desde luego, muy pequeña (sin necesidad de calcularla con exactitud, intuyo que será del orden de trillonésimas) (1).

Sin embargo, y especialmente a los que vivimos en la inopia occidental, nos preocupa muchísimo. Por supuesto, muchísimo más que los atentados mortíferos que se producen casi a diario en aquellos países en donde el credo musulmán ha estallado en facciones irreconciliables y a los que no hace mucho tiempo aún, los Estados más ricos de la desunida Europa consideraban colonias.

No quiero minimizar el tema, sino que trato de ponerlo en su dimensión, si es que podemos realizar ese ejercicio de ponderación.

Es lógico que nos preocupe la seguridad, aunque lo es menos que identifiquemos seguridad con la necesidad de protegernos frente a los ataques indiscriminados, que son, por consenso, aquellos que se producen contra la “sociedad civil”. Esta construcción sesgada del concepto ha desarrollado en nuestro entorno la desagradable sensación de que corremos riesgo en cualquier sitio, y de que cualquiera puede vulnerar nuestra paz individual. Desde el de las Torres Gemelas, cada nuevo atentado se apoya sobre la escalera de los precedentes, y la inquietud sube peldaños, a pesar de los mensajes estereotipados que apelan a mantener la calma, e incluso antes de que se investigue la autoría y sus perversas razones.

La amenaza de la seguridad es, paradójicamente, el reflejo irónico de la situación. Con el mismo título que ahora utilizo, un profesor de la National Law School of India University, Chandan Gowda, escribía en 2007, un lúcido artículo sobre el tema, que rememoraba una escena de la película Milana, de la productora Kannada, en la que, el protagonista, al atisbar un mendigo ante el complejo residencial de Bangalore, en donde tenía un apartamento, gritaba, angustiado: “¡Seguridad!”.

La tensión entre la sensación de poder y la ansiedad por sentirla amenazada, crece, no solo por las amenazas reales sino, también, aunque no me atrevería a exponer taxativamente que como razón principal,  porque los “encargados de la seguridad” se encargan de potenciarla, generando pro doquier la necesidad de protección, porque todos tenemos algo que perder, desde propiedades a la vida.

Animados por esta corriente alcista de inseguridades, en todas partes -grandes centros comerciales como pequeños comercios del ramo, vagones de metro y entradas de discotecas tanto como de restaurantes, entidades financieras como filantrópicas, estadios deportivos de la capital del reino como ferias de pueblo de chicha y nabo- se ven personas uniformadas, ataviadas con porras, pistolas, esposas y walkietalkies,  dispuestos, “a defendernos”.

Solo que hemos perdido la referencia, y no sabemos ya bien de qué nos defienden.

En realidad, deberíamos saberlo, pues la respuesta se encuentra en la formulación de la propia pregunta. Reconozcámoslo: nos defienden de nosotros mismos. Porque todos nos hemos convertido en sospechosos, y aceptamos el ser observados como tal por cualquier agente, sin importarnos su cualificación, formación e intención, la mayor parte como detentadores improvisados de una autoridad de procedencia difusa.

Como el enemigo potencial es genérico, así lo son los supuestos medios de defensa y, en consecuencia, adquiere una complejidad y diversidad indefinida el elenco de quienes se arrogan tanto la decisión de protegernos como la de protegerse ellos. Hemos convenido, en un apriori ridículo, que nuestro mundo está poblado por presuntos delincuentes. Puede ser el vecino, el colega de empresa, un miembro de nuestra familia, o el mismo ministro de Interior. Nos parece ahora imposible  discernir qué circunstancias o móviles transformarán al inocuo prójimo en un estafador, un ladrón o un asesino.

Para salvar nuestra honestidad puesta en entredicho, dóciles hasta extremos indescriptibles, dejamos, con rostro impávido, que el billete de cincuenta euros que entregamos a la cajera para pagar la compra del supermercado, recién salido de la máquina expendedora de la entidad bancaria que especula con nuestro dinero, sea paseado una o diez veces por la máquina detectora de falsificaciones. Haremos cola, sumisos como borregos camino del esquileo, para pasar por un arco de la vergüenza antes de entrar en el recinto de exposiciones o conferencias, prestos para vaciar de los bolsillos el llavero, la billetera y depositarlos junto al cinturón y el móvil en una bandeja. Por supuesto, casi nos desnudaremos, después de despedirnos de la colonia y el botellín de agua mineral, antes de abordar el avión que nos deberá conducir hasta cualquier destino, porque nos han convencido de que así disminuye el riesgo de que la máquina voladora no explotará a medio camino.

La desconfianza se habrá generalizado, pero los resultados prácticos son mínimos frente a la versatilidad del mal que nos acecha, atento a descubrir agujeros en la malla protectora. Vigilaremos, sí, al vecino, pero solo para enclaustrarnos más en nuestro  miedo al otro, aislándonos. Nos protegeremos en el anonimato, en la masa impersonal, renunciamos a nuestra individualidad, para no ser detectados.

Y, para colmo, ni siquiera sabríamos qué hacer, si nos aventuráramos a actuar como miembros voluntarios de una Stasi descabezada,  con el resultado de nuestra improvisada investigación. ¿Denunciarlo a la policía? ¿A qué policía, si admitimos que es inoperante, y que se limitará a rellenar un formulario cuyo desarrollo posterior nos causará solo molestias? ¡Si, cuando somos víctimas de un robo, nos llenan la casa de polvo en busca de huellas que no conducen a ningún resultado!

Mejor no actuar, no saber, no querer, mantener un perfil bajo con el que pretender pasar desapercibido. No hay que fiarse de nadie y, en especial, de aquellos que tienen otro color de piel, hablan otra lengua, manifiestan otra forma de pensar, tienen afinidades culturales, sociales, sexuales o patológicas que no compartimos, pertenecen a una agrupación social o deportiva distinta a la de nuestra devoción, profesan o se confiesan próximos a una religión diferente, vienen de otro pueblo, ciudad, provincia o nación…

(1) Si alguien quiere tomar la molestia de estimarla con más exactitud, -reto tipo de las aplicaciones del teorema de Bayes para calcular la probabilidad de sucesos condicionados-, tenga en cuenta que la población mundial se acerca a los 7 mil millones de individuos, de los que no más de un 15% son devotos, en variados niveles, de la religión musulmana. De entre éstos, habiendo incluido como seguidores del Alá de Mahoma a algunos a los que no habría que calificar, sensu strictu,  de tales, no parece razonable  admitir que más de cien mil estén fuertemente radicalizados. En elucubración aún más exigente, no deberíamos admitir que más del tres o cuatro por ciento de entre ellos estuvieran dispuestos a inmolarse, al mismo tiempo o después (abatidos por la policía en un control posterior) de haber cometido un atentado. Si, además, imponemos la condición de que ese estúpido fanático suicida tenga la oportunidad de asaltar a un camionero, apropiarse de su vehículo, conducirlo a toda velocidad por el paseo de una ciudad en la que se esté celebrando una fiesta o una ceremonia multitudinaria, y que nosotros nos encontremos casualmente en ella, las opciones de que seamos utilizados como bucos emisarios de su hiperdevota imbecilidad, son realmente escasísimas. De trillonésimas.; es decir, de 1 entre un trillón, que es 1 millón de billones, la unidad seguida de 18 ceros.

(2) Las lavanderas son aves que señalan el fin del otoño entre nosotros, y nos llegan, en buena parte migrantes, para ocupar durante el invierno espacios próximos a los tíos y aguazales (bellísima palabra, que sirve para significar los charcos de lluvia), pero también parques y jardines, en donde se consagran a una búsqueda incesante de insectos, con pasos acelerados y vuelos cortos, moviendo su cola como una agachadiza.  A diferencia de la mayoría de las paseriformes, y a pesar de estar casi todo el tiempo moviéndose a ras de suelo, no parecen tenernos miedo, y se dejan aproximar por niños y adultos curiosos, para moverse súbitamente, con un aletear rápido, posándose un par de metros más allá, lanzando ocasionalmente un grito suena como “tsii”, mas bien metálico.

Las lavanderas son, como su nombre sugiere, más fáciles de encontrar junto a las corrientes fluviales relativamente tranquilas, en donde encuentran más fácil alimento. En algunos sitios, se las llama pajaritas de las nieves, pititas. Entre aficionados a la ornitología, se distingue a las dos especies más comunes, según el color de su plumaje, como motacilla alba o cinerea (esta última, llamada popularmente lavandera cascadeña, es menos abundante, con obispillo y vientre amarillos)

Bufetes fríos o calientes a tutiplén

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Llevo ya suficientes años ejerciendo la abogacía, (por cierto, casi siempre desde el lado de la defensa), para que sienta animado para hacer un repaso personal de mi experiencia sobre algunos de los cauces tormentosos por los que se precipita actualmente esta profesión.

En el camino, me resulta imprescindible referirse a los legisladores y a los jueces, ya que -pido disculpas por ser tan obvio- la voluntad social de poner orden ante los múltiples problemas generados por la convivencia, involucra, como un triángulo virtuoso, a todas estas categorías de letrados.

Esta trinidad no es tan antigua como pudiera parecer, pues, como registró la Biblia, en el principio de los tiempos humanos, el mismo Dios asumía los papeles de legislador y juez, y le bastaban para administrar justicia. Según la sacra leyenda, el Supremo hacedor generó la primera Ley (“no comer del árbol del bien y del mal”) y la aplicó, en la doble función de juez instructor y penal (interrogando a los investigados y al único testigo, la serpiente, que había sido, en realidad, el inductor-asesor de la infracción). No tuvieron nuestros primeros padres abogado defensor que, sin duda, hubiera basado su alegato, más que en pretender demostrar la inocencia de los encausados, en poner de manifiesto las terribles deficiencias procesales.

Si me meto en este berenjenal, es porque está perfectamente detectado, para quienes nos esforzamos en ganarnos la vida (o parte de ella) como abogados, que los intereses que se ventilan en cualquier litigio, se tienen que batir, -más que en el terreno de los hechos-, en el de los impedimentos procesales.

Esta deformación tiene su miga. Para quien defiende los intereses y, en su caso, los derechos del demandado o del investigado/imputado, incluso aunque pueda tener objetivamente razones para hacerlos triunfar, la incertidumbre del resultado judicial está conduciendo los procesos hacia la mayor dilación posible. El mayor hándicap de la Justicia española es que es lenta, y no debe achacarse la razón a la torpeza, lentitud de razón o carga de trabajo de los jueces, aunque tengan todas esas causas algo que ver.  No hay porqué desviar la cuestión ni hacia la falta de experiencia vital de los jueces fuera de las salas en donde asientan sus posaderas, o a que tengan sobrecarga de legajos , o a que haya demasiados litigios porque son demasiados los abogados, y siendo mucha la competencia, y el hambre a paliar, se les hacen pronto a todos los colmillos retorcidos.

El derecho procesal se ha convertido, en razón de este (des)propósito, en un elemento vital en el que fundamentar y argumentar todos los impedimentos posibles e imaginables que dificulten, y si es posible, hasta impidan, que llegue a emitirse alguna vez sentencia, esto es, finalice el juicio en su forma jurídica prístina. Se favorece también, de refilón, por aquellos abogados que pertenecen a la cofradía del prefiero un mal arreglo que un buen juicio, que se prefiera alcanzar arreglos extraprocesales, para que no sucumba de desesperación quien tiene alegado su mejor derecho y no ve la forma de que se le otorgue justicia en este mundo.

Desentrañar los entresijos de la situación nos lleva, por una parte, a entender por qué, cuando pueden pagárselo, y especialmente en las causas penales, se recurre por  quienes tienen más crudo el defender sus posiciones,  a los llamados “prestigiosos bufetes”, en detrimento de los abogados que actúan por libre. Esos bufetes se han construido en torno a abejas reinas -una o varias- que provienen de las catacumbas del Estado, tienen prestigiosos currícula conseguidos en su vida pública, y pueden, al sacar pecho, hacer pensárselo dos veces a los jueces y magistrados que osen llevarles la contraria.

Lejos de mi intención expresar que los jueces no actúan con total independencia, aunque no me faltarían ocasiones en las que se me dieron pistas para pensar que así no ha sido. Pero lo que no entenderé jamás, si, en teoría, quienes actuamos de abogados en un proceso, hemos de limitarnos a poner en evidencia y defender los hechos, por qué nos tomamos tanto esfuerzo y dedicamos tantas páginas, en expresar los fundamentos de derecho en que basamos nuestras alegaciones, y en recordar la jurisprudencia que entendemos aplicable. Esa labor correspondería a los jueces, a tenor de la aplicación de ese bello brocardo que resumía su función y, con ello, cuando éramos estudiantes, nos parecía que resumía casi toda la magia del Derecho: da mihi factum, dabo tibi ius.

¿O habrá que modernizar el latinajo para ajustarlo a los tiempos que ahora corren?

La fotografía con la que acompaño mi Comentario de hoy, no es la de un pájaro (un modesto gorrión), sino la de su sombra. Bien definida, contrastada, proyectada sobre la superficie plana de una de las torres del castillo de Olite, refleja. por la posición encogida de las patas del ave, el movimiento de impulso para emprender  el vuelo. En verdad, como hacen prácticamente todos los pájaros cuando se sienten inquietos por la atención que despiertan en los humanos, no es una huida hacia delante, sino en desplazamiento lateral, antes de desaparecer del ángulo de la vista o de esconderse entre el follaje.

En esta toma, la sombra sigue obediente a la forma real, y se convierte, estando ésta parcialmente cortada, en protagonista principal. Hubiera podido recortar la foto para presentar solo la sombra, y hacerla así más efectiva para reforzar el mensaje, pero me ha parecido que sería injusto descartar totalmente la razón que la ha generado. Porque, claro, algunos de los bufetes fríos o calientes más preciados a los que me refiero en el Comentario principal, no se encuentran en los restaurantes más que por casualidad, y con representantes de otros componentes de la trinidad jurídica.

Celebrando la Navidad

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Mi nieta mayor -Carlota, que acaba de cumplir los seis años- empieza a sacar algunas conclusiones para destrozar el mito de los Reyes Magos. Ha descubierto que el enviado especial de estos misteriosos seres, que ha hecho su inesperada aparición en el Colegio donde le enseñan (teóricamente) a discernir lo que se sabe de lo que se ignora, para desearles felices fiestas, “debe ser muy amigo del director, porque se reía mucho con él”, y como hablaban en inglés, supone, en deducción impecable, que “los Reyes de este año me parece que no vienen de Oriente, sino de Irlanda”.

Peor se lo habían puesto a Sofía -aún con cinco años- que, desde hace dos, prefiere sentarse en el regazo del Rey Baltasar, para contarle sus infantiles deseos, “porque es el  único de verdad. Los demás tienen barbas postizas”. Y es que en su Colegio han tenido la suerte de contar con un voluntario que procede de algún lugar del Africa tropical, esa que cantaba el anuncio de Cola Cao.

Mis otras dos nietas -Alejandra y Claudia- superan todas sus dudas de inmediato ya que “los Reyes de verdad tienen mucho trabajo y contratan a personas”, verdad incuestionable, al provenir, respectivamente, de su “hermana mayor”.

Me divierte, como a todo adulto, utilizar la credulidad y la imaginación de los infantes para colarles mentiras que hubiéramos deseado verdades. Me preocupa, sin embargo, que esas características de vulnerabilidad se mantengan cuando nos hacemos mayores, aunque, en estos casos, nos cuelen las mentiras porque renunciamos a utilizar la capacidad de raciocinio elemental con la que, sin embargo, acabamos desvelando la conspiración de los adultos tan pronto alcanzamos “el uso de razón”.

El otro día escuché decir a un infante, que “los Reyes no traen juguetes a los niños pobres, porque a ellos ya les regalamos los niños ricos los que nos trajeron el año pasado”.

No se alarmen los creyentes, que este Comentario no va de religiones. Siento como mucho más grave la desidia con la que admitimos como axiomas y verdades irrefutables multitud de elucubraciones sin fundamento, y nos dedicamos a propagarlas sin más, entre adultos.

Me temo tener serios fundamentos para compartir que hemos construido nuestra convivencia social desde grandes mentiras, que agrietan los principios que debería ser muy firmes. Las bases del desarrollo, la utilización de los recursos, la protección de la propiedad, la explotación de la debilidad de los otros, la administración interesada de la Justicia, la defensa de la economía de mercado, la generación de oligarquías y plutocracias, la incapacidad para gestionar lo público desde la honestidad,…

Las redes sociales se han plagado de ejemplos -algunos, tan ingenuos que dan lástima- de la ignorancia casi general, surgida de la falta de interés por utilizar el raciocinio para desenmascarar su falsedad.  Y este período de festejos viene a desplegar, cada año, cientos de mensajes que entran por la puerta abierta de tener fe en lo que no vemos, con tal de que lo soporte alguna autoridad, sea una actriz de renombre, un futbolista de élite o Perico de los Palotes.

Voy con los ejemplos más simples: Colonias que seducen presuntamente al más pintado, autos de relumbrón que se ofrecen a precios de saldo, loterías que están esperando por nosotros para hacernos millonarios, grandes superficies que asocian, sin pudor, la felicidad de la Navidad y su celebración, con diversas vituallas, entre las que figuran, los langostinos y el turrón.

Hace ya unos cuarenta y tantos años, en el curso de una velada que estaba dedicada a la creación poética navideña, tres jóvenes vates (Manuel Sirgado, Tomás Recio y un servidor), colamos, entre verso y verso, un poema improvisado al alimón, en el que el niño Dios se transformaba, por arte de birlibirloque literario, en un pavo relleno. No imaginábamos, creo, que estábamos siendo precursores de la degeneración colectiva de los sentimientos.


He fotografiado una hembra de ánade azulón, a punto de emprender su vuelo a ninguna parte. Afirmo esto, porque, presa en un parque citadino, se le han cortado las puntas de las alas primarias. Su aletear, por tanto, resultará fallido.

Por el ángulo de la toma, no se distingue el espejuelo azul, bordeado de blanco, de esta especie. Este ánade real, se distingue de la especie friso (anas strepera), porque en ésta, las alas especulares son de color gris oscuro, tirando a ocre.

Cuando están cambiando las plumas réfiges -se dice que se hallan en eclipse- los dos sexos se parecen mucho y, durante tres o cuatro semanas, no pueden volar. Es el momento en que, allí donde su caza indiscriminada no está prohibida, algunos individuos de nuestra especie, aprovechan para cazarlos fácilmente.

 

Migrantes y estrategia

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Hay cada vez más Yónatan, Irina, Dumitru o Yesica atendiendo los supermercados, las tiendas de ropa o los restaurantes. Son Fátima, Jadilla, Evelin o Diana quienes cuidan de nuestros ancianos y niños. Habrá Yusef, Dragomi, o Leonar haciendo reformas y reparaciones en las viviendas y alquitranando las calles…

Me gustaría poder interpretarlo como un signo de nuestra recuperación económica. No puedo hacerlo, cuando las estadísticas siguen hablando de más de cuatro millones de parados y aún menos cuando investigo acerca de los salarios que son abonados a estos ciudadanos nacidos fuera de nuestras fronteras, que han conseguido su tarjeta de residentes y un empleo a tiempo parcial o infrapagado.

Claro que tengo que conciliar estas cifras de migrantes que nos sacan las castañas del fuego de los trabajos menos atractivos o peor remunerados, con la de otros migrantes, éstos llamados Carlos, María, Juan o Cecilia, que viven en Suecia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos, trabajando en hospitales, centros de investigación o empresas tecnológicas.

El 12 de diciembre de 2016, en la Fundación Rafael del Pino, se presentó el libro “Europa y el porvenir” (Editorial Península), bajo la fórmula de una entrevista a sus autores (José Manuel García-Margallo y Fernando Eguidazu) realizada por José Ignacio Torreblanca (director de Opinión de El País).

Por supuesto, la conversación a tres bandas -no hubo coloquio posterior- discurrió sobre el concepto y límites del estado del bienestar, “concepto de goma -precisó Margallo- con dos límites: el económico (como frontera superior al gasto) y el estímulo a la iniciativa privada”(como frontera inferior, para no adormecerla, recogiendo el vocablo empleado por el ex-ministro).

No creo que me regalen el libro, así que me tengo que guiar exclusivamente por las notas que tomé durante la sesión. La preocupación por la disminución del peso relativo de la población europea en el mundo, nos llevará -coincidieron ambos autores- a depender durante mucho tiempo de los flujos migratorios.

Las preguntas de Torreblanca (supongo que previamente pactadas) incidieron en desvelar la visión que la pareja titular tenía sobre el modelo fiscal: Con tipos fiscales para las empresas tan bajos, ¿no existe el riesgo de que el ciudadano entienda que no se está haciendo lo necesario?

La respuesta fue del libro, aunque no del que se estaba presentando: Si el mercado lo permite, los impuestos se trasladarán al producto: el iva es, en alguna manera, la forma de recaudar impuestos atendiendo a los beneficios. Y, por otra parte, las cotizaciones empresariales, a la postre, las paga el trabajador si se repercuten como costes de empresa y, si se repercuten hacia delante, en los precios, los soportará el consumidor.

Como colofón, el ministro De Guindos, confeso admirador de los dos ponentes, alabó a Maragall, “que sacó la Ley de Servicio Exterior”, resaltó el “crecimiento exponencial” del gasto sanitario y apuntó hacia el problema de la demografía (“aquí hay más fallecimientos que nacimientos”), para reforzar la idea de que la inmigración es imprescindible para sostener el estado de bienestar, porque se necesita aumentar el número de trabajadores por cada destinatario de pensiones y ayudas sociales.

No hace falta ser ministro de este país para entender que la pirámide socieconomica no se sostendrá alimentándola por debajo con empleos que cubren las necesidades de servicio asistencial a las clases medias y superiores. Hace falta que se tire de la economía con empleos mejor remunerados y de más alta cualificación. Son imprescindibles empresas punteras y de mayor valor tecnológico. Volvemos, pues, a la necesidad de clarificar lo que está pasando en la Universidad y en los demás centros formativos, para corregirlo. Repetimos la urgencia en potenciar la creación de empleos de alta productividad.

Y, agradeciendo a estos migrantes extranjeros que están asumiendo las tareas que no queremos hacer los españoles -no voy a detenerme ahora en los porqués y aún menos, en las razones que les han forzado a llegar hasta aquí-, que alguien se preocupe en solucionar porqué no somos capaces de generar más empresas que acojan y estimulen a los más capaces y mejor formados, para que se consiga el efecto multiplicador que nos haga posible mantener el estado del bienestar, y no consumir sus residuos alegremente.


La foto es la de un reyezuelo, un pájaro diminuto, difícil de ver (ya que es nervioso, tiene una gran movilidad y desaparece oculto entre el follaje). Se le llama así porque los machos adultos tienen una especie de corona en la cabeza (concretamente, en el píleo), debido al color de sus plumas. A pesar de esa apariencia tan singular, este paseriforme, el más pequeño de Europa (solo pesa 5/6 g), suele pasar desapercibido, salvo por su canto, inconfundible (un síi-síi repetido).

Algunas gentes creen que estos paseriformes mínimos vuelan protegidos entre las alas de las grandes torcaces, pues no parecería posible que aguantaran largas distancias siendo tan ligeros. Pero lo cierto es que las soportan, con vuelos ondulados y firmes. Y también muy curioso que no parecen preocuparse por los humanos. Es posible acercarse a ellos, y casi tocarlos con la mano, sin que se inmuten. Se diría que no nos ven.

 

Compatibles

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Supongo que a todo el mundo, alguna vez en la vida -ojalá que de vez en cuando-,  le haya ocupado la mente la idea de si nuestra existencia tiene algún sentido, y, en el supuesto que sea así, si tiene que ver con la existencia de un ser superior a nosotros.

Sin necesidad de apelar a profundos pensamientos filosóficos, y haciendo un esfuerzo de simplificación, el abanico de opciones a los que conduce tan delicada, pero sustancial cuestión, se reduce a dos:

-a) ese ser superior existe, ha generado todo cuanto vemos, incluso está en el origen de nuestra propia capacidad creativa, y es posible establecer con él una relación de mayor o menor proximidad. Las religiones tienen su principio en la elaboración de esa convicción, porque implican fórmulas de culto al creador. Existen, en el doctrinario de la mayoría de esas formas de tratar de conectar con lo metafísico, múltiples anécdotas, historietas, cuentos chinos y europeos -algunos, se podrían juzgar, sin riesgo, de estrambóticos- que desarrollan la urdimbre de esa presencia del hacedor o sus enviados en nuestro hábitat, para darnos órdenes, consejos, e incluso ayudar a que nos matemos unos y otros.

No necesito enfatizar nada acerca de la rica diversidad de elucubraciones en torno al propósito principal de tanta literatura, que consiste en perfilar la estupenda y atractiva opción de que, acechando nuestras actuaciones, manteniendo activa la opción de premiarnos o castigarnos según nuestro comportamiento en la corta permanencia en el depósito sensorial que llamamos vida, ese Hacedor tan peculiar nos abra o cierre la puerta de la eternidad. Por cierto que, falta de referencias, la imaginación tiende a fracasar en la presentación de tareas verdaderamente atractivas a tan largo plazo para lo que conocemos de las humanas sensibilidades. (1)

-b) no hay tal ser superior, y aunque existiera, nada le importamos. Nuestra existencia es, solamente la que conocemos con los sentidos del cuerpo y la que podemos mejorar con las capacidades del intelecto, incluida la imaginación. Y, desgraciadamente, es finita, cortísima.

Si algún objetivo personal podemos proponernos con ese condicionando,  sería el de  ayudar a los demás, compartir los gozos con los que amamos (y, en lo que nos sea factible, generarlos), y, en caso de que quisiéramos, como sería deseable, imponernos una meta colectiva, contribuir con todas nuestras fuerzas al avance  en el conocimiento de la Humanidad, en la esperanza de que nos conduzca a algún sitio mejor, y, por supuesto, a entender qué nos está pasando, fuera de toda fantasía.

Aparece, por ello, como estupendo propósito para el subconjunto activo de seguidores de esa segunda opción (hay otra masa de adeptos que cultivan el carpe diem puro y simple) que, después de una inmensa cadena de generaciones creativas, se pudiera llegar a desenmascarar cómo se generó este panorama tan complicado y exuberante que tenemos en torno, y que llamamos cosmos, y con qué objetivo. Si, este período de aprendizaje tiene final, metodología y éxito -por los síntomas e historia del comportamiento de la especie humana, con alta probabilidad, lamentablemente, inalcanzable- y encontramos la respuesta, no habría problemas en retornar a la opción primera, sin necesidad de disculparnos ante nadie, porque la fe no forma parte del patrimonio de los escépticos.

He conducido mi razonamiento hasta aquí, para presentar dos libros muy interesantes, cada uno en su estilo, y que parten de premisas diferentes, aunque conducentes a un mismo resultado práctico. “Cosmos”, de Michel Onfray, lleva el subtítulo de “Una ontología materialista” (Editorial Paidós, 2016), ya anuncia, pues, en su carátula, el objetivo propuesto por el autor. El otro, “Dios existe”, de Antony Flew (Editorial Trotta, 2007 para la edición española), lleva un fajín que es, al mismo tiempo, reclamo publicitario y confesión ideológica: “Cómo cambió de opinión el ateo más famoso del mundo”.

Para los amigos y para mis lectores, no tengo que apuntar ahora a cuál de ambas opciones me acojo. Debo advertir, sin embargo, que el Dios sobre cuya existencia o negación ambos libros gravitan (el primero, con casi 500 páginas, deja al de Flew pequeño, con sus 165, pues lo triplica, ya que no con argumentos, sí, al menos, con la retórica de su presentación), es el Dios judeocristiano, y, en particular, la historia, dogmas y misterios tejidos o revelados en torno a esa opción, cuando se hizo carne entre nosotros,  bien fuera como demiurgo, ya como elaborada creación literaria.

Comparto con los autores el haber crecido y vivir en un entorno cristiano, aunque me separo drásticamente de la concreción partidista de ambos enfoques en una religión concreta.

Lo que me gusta de ambos libros, y es de aquí de donde extraigo el título para este Comentario, es que se puede eliminar la plantilla de ambos análisis y concluir, como si se tratara de una premisa mayor que no necesitara más aportaciones para confeccionar el silogismo completo, que todos deberíamos adoptar como fórmula de dar calidad a nuestra existencia la de crecer en conocimientos hasta donde llegue nuestra inteligencia y aportar ayuda y comprensión hacia los demás seres (en particular, los humanos), con el objetivo de mejorar el caudal de felicidad disponible en el mundo a nuestro alcance. Valores y principios tan generales, tan obvios, que por ello se ha convenido en llamarlos, ética universal.

Si al lector le parece un objetivo ingenuo, atribúyamelo a mí, y evítese leer cualquiera de los dos libros.


La fotografía que adjunto hoy me sirve, de forma peculiar, para ilustrar sobre compatibilidades cuando el fin es el mismo. El carbonero común no suele acercarse al comedero cuando lo acaparan los gorriones, a  pesar de que su pico y agilidad lo hacen más poderoso. Suele esperar a que los gorriones se sacien para tomar su posición en él, y llenar su buche entonces sin problemas.

Hoy he visto cómo ambas especies diferentes compartían el espacio del dispensador, y se atiborraban de semillas, respetándose durante un buen rato sin rencillas. Hasta que acudieron los colegas del pardal, y el párido se retiró en un abrir y cerrar de ojos. Más fuerte, pero prudente.


 

 

La Tesorería de la Seguridad Social en su laberinto

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Tengo mi teoría acerca de porqué España, a pesar de contar con millones de gentes voluntariosas e imaginativas, es un país colectivamente ineficiente. No voy a comparar, en esta ocasión, con lo que sucede en otros sitios, porque no hace falta salir al campo para reconocer lo que debe mejorarse.

La razón fundamental, en mi opinión, de tantas horas, esfuerzos y capacidades perdidas, es que muchos de los que han llegado a los lugares en donde se deben tomar las decisiones, son incompetentes. No saben, no aprenden, no les importa. La selección natural no opera en demasiados estamentos, y prima la selección artificial, con los resultados que cabría esperar. Hay bolsas ejemplares de eficiencia, pero no son contagiosas.

La falta de idoneidad de muchas cúpulas -incluyo, por supuesto, también a las empresas privadas- no es la única causa. Las dos siguientes, en mi escala particular de dónde se origina la ineficiencia-, son:

a) la incapacidad para definir unas reglas de actuación, y seguirlas, en prácticamente todos los órdenes de la vida social y empresarial. Todos quieren opinar, antes que escuchar y no preocupa el tener algo qué decir, sino ocupar espacio. Constantemente se discute lo hecho por otros, se incumple lo pactado, se regula mal y, sobre todo, ni siquiera existen normas, y cuando las hay (de empresa, de departamento de la Administración pública, de asociación, de agrupación de cualquier género que pretenda reflejar una guía de actuación) se desprecian sistemáticamente, sin que se aplique al infractor sanción alguna (las normas de Tráfico son, quizá, la excepción, por su decidido propósito recaudatorio: en este caso se inventan niveles irrelevantes como infracción para poder imponer una multa al detectado)

b) más recientemente, con la aparición generalizada de la devoción a las nuevas tecnologías, y la ignorancia general acerca de cómo funcionan esas cosas, se han incorporado a la ceremonia de la confusión cientos o miles de jóvenes, pertrechados con su conocimiento de algún metalenguaje informático, pero que, lamentablemente, no tienen mucha idea de para qué servirán los códigos y programas que generan con su sabiduría. Estamos en un mundo tecnológico, sí, pero poblado de zombis.

La combinación de no saber lo qué se quiere y la ejecución de esa ignorancia por un equipo informático que no sabe para qué debe servir la generación de ventanas escritas en lenguajes crípticos, instrucciones, subprogramas ejecutables,  árboles decisionales que asemejan escalas de Jacob, etc. produce monstruos.

Uno de ellos, y muy relevante, por lo que significa, es la web de la tesorería de la Seguridad Social, y su colección de arabescos imaginativos. No está hecha para ser usada, es decir, para pagar cotizaciones. Está hecha para desanimar al más pintado.

Y lo que es peor es que -y ruego que no se impute esta ocurrencia a una persona concreta, sino a la pesantez del sistema en sí mismo- cuando se expone, ante el enésimo funcionario al que se ha acudido para exponer que lo que se desea es “que se me indique cómo pagar sin recargo la cuota correspondiente a un único trabajador a tiempo parcial de una Comunidad de Propietarios de solo cinco viviendas, teniendo los certificados digitales correspondientes”, reciba por enésima menos uno respuesta, “no puedo ayudarle. Es que mi ordenador no tiene el mismo programa informático que descargan los usuarios, y no sé cómo funciona el suyo”.

Jóvenes, tenéis mucho trabajo por delante para ordenar este país, y debéis empezar por una labor aparentemente sencilla: simplificando trámites, eliminando incompetentes, generando normas que sean útiles y sencillas de cumplir, no laberintos en donde se pierden los ánimos particulares, y los dineros de todos.


Los picopicapinos (picatueros les decimos en Asturias) avisan de su presencia con un peculiar chillido, una especie de graznido, destinado, supongo, a advertir a otras aves que están ahí, y que están dispuestos a defender su territorio, aunque también lo lanzan cuando están asustados. Si bien su población es numerosa, no es muy común verlos por la ciudad, y menos, cerca de las viviendas, porque son desconfiados y, por tanto, huidizos.

Este, ya no tan joven -como lo demuestra lo extenso de la coloración roja de su zona anal-,  pájaro carpintero (dendropocos major) ha descubierto una cajita preparada para servir alimento complementario a otras aves, y, despreciando la opción para la que ha sido dotado genéticamente por la madre naturaleza, en lugar de horadar la corteza de viejos árboles y troncos, para poner al descubierto larvas y adultos de insectos litófagos, la ha tomado con la caja.

Más o menos siempre a la misma hora, acude a darle picotazos, ahuyentando a cualquier otra ave que ose acercarse mientras él perfora, ya que no duda en utilizar contra él, también, su robusto pico. Se ha convertido en el señor de los gorriones, carboneros, herrerillos, currucas, colirrojos, papamoscas, etc., que compiten, en ordenada secuencia,  por su dosis de sobrealimentación a diario.

Lo más curioso es que el carpintero no come de la caja, sino la caja. Hace ya días que no lo veo por el lugar. Como huella de su obstinada presencia, ha dejado una sarta de agujeros.

Emparedados europeos

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El ascenso del pintoresco empresario Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, como resultado de una campaña elaborada desde el núcleo duro del sistema para engatusar a los que tendrían razones sobradas para desconfiar de él, abre un camino de incertidumbres que, para los historiadores del porvenir, significará una fuente de novedosos materiales de análisis.

Habrá que esperar a conocer el despliegue de las acciones anunciadas, antes de autoinmolarse en el altar de las desdichas presentidas. Todo indica que las ambiciones empresariales del Sr. Trump van a experimentar un realce espléndido (para él) desde su posición privilegiada como factor del país aún más poderoso de esta Tierra, y que se iniciará un período de ayuda y comprensión recíproca con la Federación Rusa, gracias a la cálida relación personal con Vladimir Putin. Además de haberse manifestado afecto recíproco y gran sintonía, los dos presidentes parecen dispuestos a obviar los importantes conflictos y tensiones que ocupaban un prominente lugar en la agenda de preocupaciones del aún presidente Obama.

La verdad, a título exclusivamente personal, que Putin y Trump se aprecien, se quieran y estén dispuestos a evitar cualquier tensión mayor entre los intereses que representan, tendría que importarme un bledo. Sin embargo, tengo serias sospechas de que la gran perjudicada de ese nuevo cariño perjudicará gravemente a Europa. Un proyecto de agrupación de Estados en fase lamentablemente en descomposición, y que, por ubicación geográfica y dependencia comercial, se haya en medio del camino de aproximación entre ambas potencias,  con perfil tradicional de escudo ambivalente más que de puente practicable.

No es momento para enarbolar ingenuamente banderas de paz y conformismo. Se necesita una Europa unida, fuerte, económicamente solvente y con las ideas muy claras, no solamente sobre los valores éticos, ambientales o sociales que hay que preservar o potenciar, sino, sobre todo, capaz de defender esos principios y sus consecuencias.

Si las negociaciones que se creían muy avanzadas sobre el Tratado de Comercio con EEUU están rotas definitivamente (y cabe preguntarse quién rompió el enlace), si el Reino Unido entiende que va mejor solo que mal acompañado a abrazarse con Estados Unidos, si la presencia de Estados Unidos en la OTAN se cuestiona y deja de proporcionar (aunque solo sea como amenaza táctica) cobertura a las posibles amenazas exteriores a un conjunto de naciones armadas casi exclusivamente con buenas voluntades, habrá que potenciar los recursos propios, buscarse nuevos aliados estratégicos y ponerse las pilas (perdón por la vulgaridad) de una vez sobre lo que importa.

Ah, y en ese contexto especial, resulta desquiciante, que analistas reputados muy serios, entiendan que este apoyo de la nomenclatura rusa al nuevo equipo norteamericano viene de largo, y que los escándalos de filtración de documentos confidenciales (ya vengan de Assange como de Manning o de la misma CIA) ha sido muñida por intereses muy oscuros.

En la ceremonia de la confusión, mientras el equipo de Clinton se lame las heridas, sin haber asimilado aún que la derrota infligida va para largo, hay quien cree que un impeachment (procesamiento de un cargo público) del Presidente liberará al mundo de la pesadilla Trump.

Es un deseo imaginativo pero absurdo, no ya  porque el nuevo Presidente controle ambas cámaras, sino porque a la noble nación norteamericana lo que le importa, de verdad, es si un presidente, por muy capaz que sea para gestionar lo público, oculta sus relaciones íntimas con una becaria.

Eso sí que le resulta imperdonable. Por eso, el apellido Clinton estará para siempre marcado por el puritanismo arcaico de la sociedad que pretende dirigir los destinos del mundo, y que no tolera que un presidente de los Estados ose abrirse un par de veces la bragueta debajo de la mesa del despacho oval. Muy diferente, sin duda, a hacer ostentación pública de las más rijosas inclinaciones, adornadas, además, con el desprecio a las mujeres, a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a  los homosexuales y, en fin, a lo que le apetezca mancillar según el humor del día.


La foto corresponde a un Ganso del Nilo o ganso egipcio (identificable por la mancha orbicular oscura), que vive solitario en el Parque San Francisco en Oviedo. Es frecuente encontrar a congéneres de estos caretos en los mini-zoos de las ciudades españolas, importados desde sus lugares de origen para dar exotismo a las colecciones de patos, gansos y cisnes.

Según pude observar, el animal, robusto y pendenciero, se lleva mal con los pavos reales, y con los demás anseriformes que pueblan el más bien abarrotado lago que, desde hace décadas, se ha montado allí y que se conoce como “el estanque de los patos”. Si me remonto casi a mediados del siglo pasado, los  más preciados habitantes de lo que entonces era una charca no siempre muy limpia, fueron una pareja de cisnes blancos y un cisne negro, además de una decena de patos azulones.

Tengo alguna instantánea de uno de aquellos cisnes, que tomé -obviamente, en blanco y negro- con una Reflex que tenía entonces. Por una de ellas, seguramente por el complicado juego de brillos y reflejos del ave en el agua, me dieron un premio de fotografía, que, desde mi impulso adolescente, me hizo creer que había méritos de autor y que, en todo caso, me llevó horas revelar en un cuarto oscuro que el SEU ponía a disposición de los aficionados autodidactas.

Ahora, según he oído, en el estanque solo queda un cisne de aquella pareja, viudo, y se ha decidido no introducir más de esta especie en su hábitat, porque estos animales son monóganos (además de territoriales). Se espera, pues, para la repoblación con otra pareja de cisnes, al fallecimiento del supérstite, que se supone ya próximo. Los cisnes son longevos, pero no mucho más allá de cincuenta o sesenta años.

Con la aparición de mejores ópticas, cámaras de aplicación más sencilla y la capacidad de hacer cientos de fotos del objeto en soporte digital sin gastarse euros ni minutos, me convencí de que el mérito suele estar en el aparato y -exceptuando dosis de paciencia y dosis de oportunidad-no en quien lo manipula.

Lo que no tengo idea es quien incorporó al careto a la avifauna ovetense, ni tampoco quien toma decisiones sobre la vida de las anátidas. Si se hiciera una encuesta, entre si fue por causa de Apolo o por virtud de a pelo, no sería de extrañar que, en vez de abstenerse o entender que es patochada, ganaran los partidarios de montarse sobre los temas en pelota.

Íntimos reductos reducidos

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Juan Luis de Diego Arias, abogado del Ilustre Colegio de Madrid y primo carnal del que esto escribe, ha visto publicada su tesis sobre “El derecho a la intimidad de las personas reclusas”, (Ministerio del Interior, Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, 2016) premiada con el Primer Accésit del Premio Victoria Kent de 2015. Es un magnífico trabajo, desarrollando con la precisión de un cirujano el análisis de un tema que reúne las características de delicado, apasionante y controvertido (al menos, en los ámbitos involucrados con la plasmación o expresión práctica de su ejercicio).

Las tesis doctorales, cuando responden adecuadamente al propósito académico y disciplinar, no pueden resumirse ni glosarse por un tercero sin entrometerse en el terreno pedregoso que linda con la petulancia, por un lado, y por otro, con la pedantería. Construye Juan Luis un edificio sistemático, apoyado, como no podía ser de otro modo, en las Sentencias del Tribunal Constitucional (TC) que abordan la cuestión, valorándolas y englobándolas en un contexto amplio, que implica desde la sociología a la psicología y hasta el ámbito de la apreciación individual de los límites de la personalidad, la intimidad y el pudor.

Todo ello, por supuesto, sin perder de vista que se trata de objetivar en lo posible la cuestión central de la intimidad de los que se encuentran cumpliendo condena. “Idoneidad, necesidad y proporcionalidad en sentido estricto son los parámetros para comprobar  si una medida restrictiva de un derecho fundamental supera el juicio de proporcionalidad”. Son las palabras clave con las que el TC ha venido perfilando el asunto de la controversia entre dos parámetros de expresión variable, pero no por ello susceptibles de sometimiento discrecional al juicio y voluntad de terceros, ya sean los directores de las prisiones o el propio reglamento de prisiones: derecho a la intimidad personal del recluso y la necesidad de velar por el buen orden y seguridad del establecimiento penitenciario.

No voy a resumir, ni siquiera a intentarlo, un trabajo de 350 páginas y que ha demandado, sin duda, muchos meses de estudio. Es una obra de la madurez del autor, que recoge -incluso sin que él mismo lo haya advertido, quizá- residuos adecuados de las vivencias propias. Yo la he leído con la fruición de quien presupone, con plena consciencia, que va a encontrarse con la exposición ordenada de ideas y conocimiento. Durante la elaboración de la tesis, incluso tuvimos ocasión de comentar algunos aspectos y pude, por tanto, verla crecer y robustecerse. Felicidades, pues, también, a Fernando Reviriego, el director de la misma.

Disculpará el lector, y mi primo en especial, el que incorpore a este tema otro que viene a mi recuerdo este día. Santos Castro, fallecido el 24 de agosto de este año, cumpliría hoy 67 años. He comprobado que su perfil en Facebook se mantiene abierto, y sigue siendo, por tanto, uno de mis amigos en esa red social, con una vivencia pública prolongada, aunque inerte.

La intimidad de los muertos, la prolongación post morten de su personalidad, el respeto a su memoria, y a las creencias y planteamientos manifiestos en vida, la fidelidad en la plasmación de sus hechos y en el reflejo de sus actitudes, así como  el estricto cumplimiento de sus disposiciones testamentarias -si las hubo- son, sin duda, un tema de tesis que no ha sido aún suficientemente tratado y sobre el que el TC se ha manifestado parcamente. Parece haberse impuesto el criterio de que la muerte autoriza per se la sección irrespetuosa de los que no están para defenderse o para obligar a que se les tenga en cuenta en lo que ordenaron y creyeron.


La foto que acompaño al Comentario de hoy, refleja a un ave en un entorno doméstico, al que ella misma se condujo por curiosidad o en busca de cálido cobijo y alimento.

Cuando volví a casa aquel día, descubrí con sorpresa que un petirrojo había entrado en la cocina y estaba encaramado en el tanque para el agua, que se hallaba templado gracias al buen tiro de la cocina económica, a la que yo había estado alimentando con troncos de leña desde primeras horas.

Tuvo que haber entrado por la puerta principal, supuse, ya que las ventanas de aquella habitación estaban cerradas. Habría ido avanzado hasta allí, volando por los pasillos, apoyándose en sillas, piano o cuadros en su aletear despreocupado. Un itinerario singular. Como los pájaros no parecen capaces de distinguir entre la naturaleza y los accesorios generados por la actividad humana, el pequeño animal no se mostraba afectado por la inspección de dependencias tan extravagantes para su hábitat.

Mi repentina presencia en el lugar debió amedrentarla, y el ave extremó su quietud, paralizada ahora por el miedo. Temiendo que se hiciera daño en una huída atolondrada, abrí con calma todas las ventanas y esperé con paciencia a que el animal encontrase por sí mismo la vía de escape a su ámbito natural.

Al cabo de unos instantes que ambos vivimos con tensión, respiré aliviado cuando vi que el petirrojo tomaba el camino que le había abierto hacia la cabal libertad.

Si esta historia fuera un cuento, o hubiera deseado incorporar en ella alguna elucubración imaginativa, podría terminar escribiendo que el petirrojo, agradecido por mi sensato proceder, volvía cada atardecer al porche para obsequiarme con lo mejor de sus trinos y gorgoritos. No se si fue así, pero nunca han faltado a ese lugar cantos de mirlos y petirrojos. El problema lo tengo que yo, que no soy capaz de distinguir a un petirrojo de otro.

Todos los petirrojos son iguales en la penumbra de los matorrales donde se cobijan y no se me presentaron más que unas pocas ocasiones de observarlos en su intimidad con la atención que dispensé a esa ave que penetró en la mía.