César Pérez de Tudela habla de montaña y metafísica.

La vida de César Pérez de Tudela parece una película. Nacido en 1940, los que éramos aún adolescentes cuando el escalaba montañas, y nos las explicaba, y las transformaba en espectáculo, le hemos convertido en un ídolo sin esfuerzo alguno. Era imposible no admirar a aquel atleta de relativamente corta estatura, que rivalizaba con éxito con gigantes austríacos, franceses o norteamericanos, dominando cumbres de aspecto terrorífico sin aparentar esfuerzo.

Pérez de Tudela es polifacético. Muy polifacético. Doctor en Derecho, periodista, notable dibujante, funcionario por oposición. Conferenciante, comunicador de excepción. Alpinista…

Hace unos dos años, cuando acompañaba a mi amigo Santos Castro a su enésima sesión de tratamiento de un cáncer que le llevaría -lamentablemente- a ser temprano habitante del país de los recuerdos, saludamos a César, que nos informó, con el tono de quien se va de excursión, que él también estaba combatiendo el tumor. “Hay que tomarse las cosas con poesía”, nos dijo. Desapareció casi instantáneamente, por un recodo de un pasillo del hospital, con velocidad de una extra-humana.

El 30 de marzo de 2017, invitado por el Club Español de Medio Ambiente, y presentado por su director, mi colega Guillermo Koerting, César Pérez de Tudela impartió una de las mejores conferencias -interesantes, divertidas- que escuché en mi ya larga vida de asistente a actos de muy diversa factura. No se cuál era su título, aunque creo que eso era lo de menos. Nos expuso, con base en transparencias de escalada, algo de especial valor: los fundamentos de su actitud ante la vida.

Nos obsequió con decenas de frases que glosaban lo que significó y significa para él “ir a la montaña” que: “no era un hecho deportivo, sino más bien…descubrir su trasfondo poético, místico. Entender la soledad. La montaña es lo más simbólico del medio ambiente, y en ella veo la necesidad de afrontar la dificultad con optimismo, admirar la belleza, que está allí, sin duda, pero también, el drama, la tragedia de la vida” (trato de citar textualmente algunos de los párrafos introductorios de su charla)

Me gustaría hacer una completa reseña de lo que dijo y, sobre todo, recoger, cómo lo dijo. El conferenciante tiene 30 libros publicados y multitud de artículos, entrevistas y reseñas de sus actuaciones como alpinista y como polemista, de los que internet da cuenta suficiente para enterarse con detalle de muchas cosas de su vida y de cómo se la toma.

Yo me leí algunos de esos libros, y estaba preparado para no dejarme impresionar por su facilidad de palabra, su memoria para recordar hechos y anécdotas, e, incluso, para disfrutar con su lenguaje irónico, a veces mordaz, siempre inteligente.

Comenzó César citando a LeónFelipe, y a su libro “El ciervo”. “Tengo una gran admiración por los poetas”, se justificó (y citaría luego a varios, entre ellos, a Miguel Hernández y a Antonio Machado, cuyos libros le acompañaron, según confesó, en más de alguna escalada en solitario).

 

El conferenciante nos confesó que estaba escribiendo una “Teoría general del fracaso”, porque es “más amigo de los que fracasan que de los triunfadores”, a los que César eleva a la categoría de campeones: “La campeona es -en una carrera en la que el ganador oficial es el chaval de diecisiete años al que la naturaleza dotó de poder físico- la chica gordita que quedó la última, porque ella es la que tiene más mérito”.

Entre fotografía y fotografía, con impresionantes momentos de escaladas – “no de los ocho mil, que son objetivos para jubilados dirigidos por sherpas- ; más difíciles sob muchos cuatro mil, con torres de 500 verticales, a los que se sube con cuerdas cortas y en cabeza de cordada”- fue desgranando una colección de frases memorables.

He aquí algunas:

“No arrastréis los pies, sino ponedlos en el sitio adecuado”

“No soy racionalista, soy alpinista; y como religioso que soy, soy metafísico”

“Se sube con la mayor elegancia que se pueda”

“En algunos casos, fui valiente. En aquellos tiempos, en la montaña había muerto mucha gente. Se decía que la muerte escala frente a los alpinistas”

“Siempre fui un estudioso de Ortega…” y “La hipocresía es fundamental para salir adelante en la vida”

“Sigo haciendo alpinismo, pero en declive…aunque el otro día subía con dos jóvenes, y el que llevaba las cuerdas era yo”

“Este soy yo” (se refería a una foto en la que la silueta era lejana y algo borrosa, contra una pared vertical), “porque me reconozco”

“Otros quizá hayan conseguido ma´s logros deportivos, pero a mí me gustan los logros humanos”

Después de contar la anécdota en la que ayudó a varias monjitas y a un sacerdote a subir al Angliru, y, en particular, a atravesar, una a una, atada a la cuerda, el llamado “paso de Mahoma”. “Me di cuenta que todas llevaban zapatillas. Les dije: “Hay Dios, hermanas, pero no tanto”.

“En la vida, cuando estás muy cansado, se come menos”

“Hace falta en la sociedad que la gente tenga narices ” (Después de referirse a cómo se escapó de la clínica en la que le habían diagnosticado la amputación de las dos piernas, por gangrena gaseosa, y acudir al Dr. Martorell, “que sabía de congelación lo que no está escrito. Me dijo: “Las piernas se salvan, pero la nariz se pierde…Se equivocó, por suerte”.

“Tengo la misma nariz que cuando era joven, pero hay que tener en cuenta que, con la edad, la nariz y las orejas crecen”

“El rey actual (del que fue monitor) aprendió que en la vida no hay que tener miedo y sí equilibrio·

Y, en fin, “La montaña es un peregrinaje”

Qué personaje, César Pérez de Tudela.

 

 


La foto es la de un verderón (chloris chloris) macho, con su vistoso plumaje de verano. Lleva en el pico algunos restos de lana con los que está completando su nido.

La caricatura de César la hice mientras atendía al conferenciante.

Estado social en deterioro (2)

Parece un momento adecuado presentar la continuación a mi Comentario anterior, en el Día en que se conmemora la fundación de la Comunidad Económica Europea. Fue hace 60 años, el 25 de marzo de 1957.

Mucho han cambiado las cosas desde entonces, tanto para aquella Europa reducida que tanteaba sus opciones de generar un mercado proteccionista como recurso para no volver a entrar en guerra, y esta Europa de hoy, que mastica el fracaso parcial del proyecto, justamente pocos años después de haber acariciado las mieles de un triunfo espectacular, como lo hubiera sido la unificación de (casi) toda la vieja Europa cristiana bajo el paraguas de una Constitución supranacional, progresista y ejemplar.

Que nos encontramos, desde una perspectiva global, en una situación compleja y cuya solución no es aparente, no lo duda nadie. Ideas que aparecían, a priori, no solo como interesantes, sino como realizables e impecablemente efectivas, han revelado, sobre todo, su lado problemático, como si el dios Jano hubiera tomado los mandos de la Humanidad.

La excepcional mejora de la productividad que aportó la automatización y la incorporación de materiales más resistentes y duraderos a la fabricación, ha generado inmensas bolsas de paro en sectores tradicionales que fueron claves para el desarrollo industrial y social. No nos engañemos: la disminución cuantitativa del factor trabajo en la producción, en detrimento del aumento de la importancia del capital (del gran capital), impulsado por decisiones que poco tienen que ver con la idea del desarrollo local, ha deslocalizado hacia países con mano de obra barata, recursos por explotar, potencialidad de crecimiento del consumo y reglamentación permisiva,  la parte del león de la producción de los bienes que vinculábamos al bienestar.

Las pérdidas de actividad que aún siguen generando -la resistencia a sucumbir apenas si mantiene rescoldos testimoniales- no se ha podido recuperar con nuevos sectores sustitutos, que exigen, además, un nivel de calidad, y de educación muy alto. La competencia por cualquier puesto de trabajo ha provocado, además, que el tiempo de formación individual no se corresponda con los niveles de remuneración conseguidos, incluso para la mayoría de los altamente cualificados.

Ni la siderurgia, ni la construcción naval, ni la fabricación metalmecánica, ni, por supuesto, la minería, han sido sustituidas por sectores equivalentes, ni en la generación de riqueza ni en la creación de empleo. Muchas comarcas y regiones que fueron boyantes han pasado a ser zonas en declive, con sus cadáveres industriales y sus tensiones sociales a la vista y empleos de baja calidad y alto riesgo de permanencia, pues derivan de decisiones de inversión oportunistas o concentradas en sectores de servicios de baja productividad (mercerías, bares, peluquerías, fruterías, tiendas de ocasión, etc.).

Las cifras no cuadran y, en efecto, parece que alguien se está comiendo el queso. El PIB mundial ha superado los 80 billones de dólares (con Estados Unidos, la Unión Europea pre-Brexit y China acaparando más de la mitad de esa cantidad), pero ese “vivimos mejor que antes” no tiene una cómoda lectura. Los hogares tienen televisiones más grandes, cualquiera dispone de uno o varios aparatos de intercambio de datos, y el endeudamiento de las familias ha crecido brutalmente, pero la globalización de los mercados no funciona como se creía.

Cierto que la globalización nunca alcanzó una forma madura, abierta -demasiados acuerdos bilaterales fallidos, muchas rémoras a la liberalización de los mercados, etc.-, aunque aparecía como una solución para superar las desigualdades nacionales y locales-. Por el contrario,  ha causado mayores desigualdades entre países, y ha sesgado, a nivel interior, en los países más desarrollados, la brecha entre empresas exportadoras y las enfocadas al mercado local. Sin contar, por otra parte, que la “exportación” deriva, en muchos casos, en la generación de trabajo y actividad en los países receptores

¿Estamos mejor informados a nivel individual para decidir cómo afrontar la crisis estructural? No. La potenciación de las comunicaciones y la eclosión de la difusión de la información, ha provocado, junto a indudables ventajas a algunos sectores, tensiones adicionales dentro de la sociedad líquida: intoxicación informativa, obsesiones ludópatas, generación de expectativas irrealizadbles o divulgación de noticias y hechos falsarios.

Naturalmente, un análisis neutral debiera poner de manifiesto que la nueva situación económica, la mejora del saber hacer y el incremento de información relevante, ha abierto magníficas perspectivas para la Humanidad, nunca imaginadas antes. Es, por tanto, lamentable y motivo de decepción grave el que no se estén aprovechando para mejorar la situación de los más débiles ni se sean consciente de que nos encontramos en un momento de gran inestabilidad.

Par quienes confían a ciegas en que la solución vendrá por sí sola, derivada del simple paso del tiempo, existe un ejemplo muy preocupante de la ausencia de un liderazgo mundial y de una voluntad de coordinar actuaciones colectivas que puedan redundar en beneficios o en soluciones globales.

El cambio climático es una realidad -amenazadora- que no se ha sabido abordar, a pesar de miles de reuniones, análisis y propuestas. Para muestra, como se suele decir, vale un botón. Es un ejemplo, que arrastrará consecuencias dramáticas, de la veleidad y desinterés con los que se tratan las cuestiones generales. Los buenos propósitos de la COOP de Paris 2016 no solo no se van a cumplir, sino que los dos grandes países -Estados Unidos y China- que estaban obligados a liderar el cumplimiento de los compromisos de reducción de la producción de gases con efecto invernadero, han dado prioridad oficial a intereses egoístas y al oscurantismo en la comunicación de sus verdaderas cifras de contaminación.

En relación con los mercados, siguen vigentes -aunque se podrían agudizar aún más las aristas- las objeciones que George Soros exponía en “La crisis del capitalismo global (1998): “Los fracasos del mecanismo de mercado son insignificantes frente al fracaso (…) de los intereses colectivos de la sociedad, los valores sociales que no se expresan a través de los mercados”.

Los análisis teóricos (con base en ejemplos prácticos) de lo que nos está sucediendo, son muy convincentes para quienes no se dejen obnubilar por cantos de sirena adormecedores. Joseph E. Stiglitz, en “La gran brecha” (2015), en donde recopila una serie de artículos y reflexiones -algunos ya relativamente antiguos- glosa un mensaje sencillo, quizá aún más válido en una sociedad como la norteamericana, en donde los parámetros de lo que en Europa consideramos progresismo están más edulcorados: “Para crecer, gire a la izquierda”.

Los países de la Unión Europea han hecho y siguen haciendo, lo contrario. Con una confusa, pero fiel, apoyatura en las ideas de Hayek, el economista que puso el mercado en el pedestal del dios más venerable, triunfa la tendencia a considerar que la competencia es la clave para conseguir el bienestar en una sociedad: la mejora del bien común sería el efecto misterioso de la integración de intereses particulares.

Cuando, volviendo la mirada a nuestro país, me detengo en la presentación del sinuoso debate para encontrar un líder para el maltrecho -y, en mi opinión, irrecuperable a la dimensión anterior- PSOE y, también, en la apropiación de las propuestas de la izquierda más agresiva y de las expectativas de la población más castigada por una élite académica que está realizando Podemos, no puedo por menos que preguntarme si no tenemos aquí a gentes capaces de analizar lo que deberíamos hacer para impulsar, de verdad, la creatividad, la generación de empleos estables, el impulso a actividades rentables pero, sobre todo, necesarias.

Porque no me interesa el espectáculo de ver cómo quienes pretenden conducirnos a las soluciones, nos desvían del camino para llevarnos a un lugar apartado en el que se empeñan que les contemplemos liándose a bofetadas, mientras el pulso económico, la motivación de la sociedad civil, las perspectivas de la sanidad, la realidad de la educación, el mantenimiento de las prestaciones sociales, la utilización de la fuerza y la ilusión de los jóvenes, la incorporación efectiva de la experiencia de los mayores aún fértiles,…van, aunque la inercia nos haga pensar momentáneamente otra cosa,  a la deriva.

(continuará)

 

 

 

Estado social en deterioro (1)

La plataforma “Salvemos el Hospital Ramón y Cajal” ha convocado un encierro para el día de hoy, 22 de marzo de 2017, en el que están participando sanitarios, pacientes, vecinos y políticos de las formaciones que conforman la oposición al partido que gobierna en la Comunidad de Madrid, y que preside Cristina Cifuentes.

Soy uno de los pacientes en lista de espera para ser operados (somos más de 7.000) y tengo, además, información de primera mano -personal y directa- desde hace por lo menos dos años, sobre el deterioro de la gestión hospitalaria de Madrid. Una deriva acelerada hacia el caos y la amenaza de catástrofe que, como también he expresado en otras ocasiones públicamente, no tiene relación -al contrario- con el esfuerzo y dedicación del personal facultativo, sobre-solicitado por el déficit de plantillas, la reducción de medios, el deterioro del equipamiento y la deficiencia organizativa.

Las prestaciones sanitarias públicas son, sin duda, uno de los ejes principales del estado social que tenemos en España. Aunque impulsado desde “aquel” PSOE , fue asumido en continuidad por el PP, convertido así, también, en apoyo decidido del bienestar que es el verdadero logro de nuestra democracia.

Era. Porque todo se está resquebrajando, hasta límites insoportables.

Por supuesto, el ejemplo del Ramón y Cajal no es más que un síntoma del estado general de confusión y deterioro de la sanidad en España. Se achaca en las comunidades en las que gobierna el PP, a la cesión de privilegios y apoyo por subvenciones y componendas a las clínicas privadas. Puede. Lamentablemente, en las comunidades en las que no gobierna el PP, el deterioro es también real e importante.

Si nos referimos al sistema educativo, tanto a nivel universitario como en la formación profesional y a todos los otros niveles, la caída de calidad es también estrepitosa, y solo hace falta consultar para confirmar el panorama a los docentes más sinceros. Pero si se quiere contrastar la opinión con empresarios, profesionales antiguos y otros analistas y sufridores de la situación, están los lectores invitados a hacer pesquisas por su cuenta, sino tienen ya la información concreta.

El panorama político no permite mejorar las expectativas. Los representantes de los partidos están enzarzados en discutir cuestiones de detalle y no de concepto. Por ejemplo, comprendo bien que la cuestión de la corrupción y sus secuelas es un elemento de alcance mediático excepcional, y es lamentable lo que ha salido a la luz, y muy asqueroso lo que no saldrá nunca, pero tanto celo en poner la mierda sobre el tapete común no crea empleo ni actividad económica. Al contrario.

Tampoco la tremenda judicialización de la sociedad, en la que un poder de naturaleza excepcional, como son los jueces, ha tenido que asumir la primera línea de la revisión de los pecados y desviaciones de los demás poderes, debe ser visto con tranquilidad.

Puede que nuestro sistema judicial esté hecho para perseguir a ladrones de gallinas y no a tipos de cuello blanco que manejan las grandes cuentas de la economía, pero puedo asegurar que tener a algunos empresarios en la cárcel y amenazar a muchos otros con pasar por el banquillo no aumenta las perspectivas de inversión ni crea seguridad jurídica de la que importa al capital.

Si se me preguntara adónde vamos, tengo la respuesta preparada. No sabría decir hacia qué punto concreto, pero estoy convencido de que vamos a peor. Nuestra tremenda convulsión social y económica, faltos de ilusión y directrices compartidas, nos conduce a un deterioro mayor de nuestro estado social y de derecho.

Lamento ser tan pesimista, pero cada vez que oigo las opiniones expresadas por quienes estarían destinados a salvarnos del pozo en el que estamos sumidos, me pregunto de qué información disponen y qué ideas tienen para corregir el deterioro. Yo, que me muevo por el mundo real, veo que nuestra sociedad tiene, por momentos, cada vez más pepenadores.

Esta es la denominación que reciben quienes se dedican a rebuscar entre los desechos y la basura en muchos países de Latinoamérica. Y, en efecto,  también observo que ha crecido la exhibición de quienes se encuentran en la posición de despilfarrar. Son menos, pero ostentosos.

(continuará)

Opus 66 a 68 de No nos engaña a nosotros

Como es el Día de la Poesía, es decir, de los poetas, no quiero sustraerme a esa conmemoración pues, para muchos, entre los que me cuento, soy (aprendiz de) poeta

66

Para protección del yo, son cautelas
las que en primera línea donde hay fuego
exponemos, obviando las secuelas
de curarnos roces y heridas luego.

En predios de ego hacemos mil parcelas
que sellamos con llaves como un juego
y aún desplegamos trampas y tutelas
con más “prohibido entrar” para el más ciego.

En campo ajeno vemos enemigos
siempre atentos a críticas malignas
y a no dudar nos vamos al abrigo.

Tanto temor, ayuno de consignas,
se muta en amenazas de castigos
y, cobarde, la mente se resigna.

67

Si nos faltara el pan, sobrando tortas,
proveamos a carencias, soluciones,
y para batir miras alicortas
liberemos corchetes y botones

haciendo bulla el caldo en las retortas,
ya que oponer a mentiras, razones,
exige tener calientes las aortas
para acercar mejor las intenciones.

Penosos tiempos éstos, que al vecino
poco preocupa nos visite muerte.
Siempre dispuesto ten algo de vino,

no porque estando ebrio seas más fuerte,
sino, porque si llaman, el destino
en ambos casos, con abrir, trae suerte.

68

No sería yo quien inventó la rueda,
fiel condenado a repetir lo mismo,
dudando en elegir lo que proceda
entre realidad, creencia y espejismo.

Del poso del vivir siempre nos queda
el temor de estar cerca de un abismo,
al que nos lleva, ciegos, la vereda,
por la que transitamos de turismo.

Mas, aunque pobre, un descubrimiento
lego, beneficiando a descendencia
de todos cuantos en algún  momento

pretendan atar cabos en su herencia:
no perdáis tiempo ni cedáis aliento
que a ninguno sobrevivirá influencia.

21 marzo 2017


Normalmente desapercibido, confundido -¡ay!- con jilgueros, verderones, e incluso, gorriones, estos retozones y cantarines pajarillos se acercan, vivaces y veloces, a nuestros jardines, posándose solo un momento en alguna rama desde la que otean, ellos sabrán qué.

Esta joven hembra de lúgano (carduelis spinus) tomaba el sol con la alegría del romper de la primavera calentándole la sangre, atenta a seguir las evoluciones de su seductor, maestro en gorjeos  un tanto estridentes, que los machos de esta especie  dominan incluso en vuelo.

Hay varias especies comunes, aunque poco identificadas, que se parecen ligeramente entre sí: el verdecillo (serinus serinus), pequeño y rechoncho, el escribano cerillo joven (emberiza citrinella), de mayor tamaño, y el lúgano, que se puede confundir con un verderón común liliputiense.

 

Opus 62 a 64 de No nos engaña a nosotros

Incorporo tres sonetos de mi libro “No nos engaña a nosotros”, que corresponden a esa numeración en la relación de poemas. Están compuestos los días 17 y 18 de marzo de 2017.

62

Cuando me dices amando dime algo
se me ocurren tonterías sin sentido
que, poniendo en evidencia lo que valgo,
las guardo para mí que, aún sorprendido

en la acción de querer, de lo que he sido
tengo pudor en mostrar, si queda algo:
los restos de cuanto hemos compartido
y la gran confusión de la que salgo.

Deja que mi silencio me sostenga
en la peana de creatividad preso,
y, rendido, evite que tu arenga

me haga caer, confuso, en el exceso
de creer que sea más lo que se obtenga
con palabras de amor, que con un beso.

63

Arbol caído no soy, que tengo espinas
con las que herir a quien serrar confíe
mi tronco en tablas al uso de escofinas,
pues duro habré de ser a quien se guíe

por la intuición, si notara se deslíe
mi fuerza entre sopores y rutinas.
Pertenezco a esa estirpe que sonríe
mientras otros se atiborran a doctrinas.

Como creo en la verdad que llevo dentro,
el campo cedo solo a quien razona
con claros postulados, y aún, si encuentro

que, apartando las dudas en su zona,
llega a la misma conclusión por la que entro
a diferenciar yo bestias de personas.

64

No pretendo encontrar en un desierto
ocasiones de mejora de fortuna;
puede que halle paz y por concierto
nocturnos de cigarras a la luna.

Lugar hay más tranquilo en el que, muerto,
descansaré de ajetrear desde la cuna.
y amarraré mi cuerpo en ese puerto
sin importar que arribe a hora importuna.

De la certeza de morir estoy repuest0
y me jacto de estar listo para el viaje;
no por llevar bagaje, mas lo opuesto:

por sospechar que, llegados a un paraje
en que hayamos de morar por el resto
del tiempo por pasar, nos sobra el traje.


La foto no es de una golondrina saliendo de su nido. El ave es un avión común (delichon urbica), que es bastante más pequeña y, sobre todo, se la distingue porque no tiene la garganta de color castaño rojizo, sino que todas las partes inferiores son blancas. Hacen sus nidos en pequeñas colonias y, aunque suelen descartar los lugares habitados, a veces, estas aves migratorias se animan a construir sus nidales bajo los salientes de una pared.

Esta ave aún estaba construyendo su nido, junto a su pareja, hace un par de semanas, en Sepúlveda, la hermosa población castellana, lamentablemente sufriendo ya la amenaza de la despoblación de residentes, sustituidos por las huestes domingueras, a la busca del asado de cordero (hoy, ya, en general, australiano), posterior al encuentro con el río Duraton y sus imponentes moradores, amenazados de desahucio, los buitres.

 

Opus 75, de Amar sin tener gozo

Hace tiempo que no publico en este blog alguno de mis poemas. Entre el 1 de enero y el 14 de febrero de 2017 escribí los casi cien poemas que componen el libro “Amar sin tener gozo”. Este que ahora incorporo hace el número 75 y está escrito el 13 de febrero.

A una colega de la ingeniería

Te di a leer
esta libreta
y la abriste al azar
por mi mejor poema.
“Es demasiado largo”
objetaste, al primer golpe de vista.
“Y demasiado profundo”,
añadiste. -“Son dos juicios demoledores
sobre las dimensiones superlativas
de una obra modesta”, balbucí.

“Buscaré algo  más corto”, replicaste,
hojeando entre la hojarasca
de versos.

Me devolviste mi manuscrito
con una bella sonrisa y una flecha:
“Te voy a dar el teléfono
de un amigo poeta”.

Me has interpretado mal,
no busco poetas, ni siquiera
me interesan ya musas.
Quiero lectores,
no hembras.


Las hoces del Duratón ofrecen escenarios de excepcional belleza. El afluente del Duero (“Duero pequeño”) ha horadado durante milenios las formaciones calizas, generando impresionantes murallones en donde ahora crían buitres, alimoches, águilas, cornejas… Resulta inolvidable, a la caída de la tarde, advertir a los buitres leonados planear sobre nuestras cabezas, en sucesión continua, sin apenas un aletear.

No resulta posible dilucidar si tanto ir y venir corresponde a su curiosidad por el momento en que nos convertiremos en apetecible carroña, o si, como parecería más probable, simplemente se encuentran molestos porque estamos perturbando su período de crianza y esperan que nos vayamos de una vez con la nuestra.

Comico o ridículo (y 23)

Creo llegado ya el momento de terminar con estos recuerdos de situaciones más o menos singulares de mi vida. No está, claro, agotado el material, y el lector avezado supondrá que son varios los momentos que me callo por prudencia, discreción o vergüenza. Pero si estos relatos han servido para levantar alguna sonrisa, daré por bien empleado mi tiempo en rebuscar en el baúl de los recuerdos y en desplegar esta controlada descubierta de anécdotas.

En el viaje de fin de carrera de Minas, pudimos disfrutar de especiales circunstancias. Era abril de 1971, y aunque en España padecíamos densas limitaciones a la libertad -que no siempre sentíamos como tales, porque, a menudo nos faltaban elementos de comparación o sobraba información irrelevante-, nuestra promoción contaba con un as especial. José Manuel Mateu, (prematuramente fallecido), era hijo del gobernador civil en Asturias, y fue posible organizar un viaje “de estudios” a Polonia y Hungría, en el que fuimos tratados por las autoridades académicas y empresariales de aquellos países, aún bajo el control de la poderosa URSS, a cuerpo de Rey.

En Budapest, que fue nuestra primera parada, una delegación de estudiantes de la Escuela Superior de Ingeniería de Minas, acompañados del Rector y otras autoridades académicas, nos hizo objeto de una recepción inolvidable. Habíamos  sido alojados en el fastuoso Hotel Géllert -para la época y para nosotros- y vivíamos momentos de euforia colectiva.

No puedo recordar exactamente los detalles, pero después de la cena, se pronunciaron algunos discursos. El catedrático que dirigía nuestra expedición, el muy querido por sus magníficas cualidades personales -y uno de los mejores profesores que tuvo aquella Escuela, entonces “piloto de la Unesco”-, Mamel Felgueroso, pronunció unas palabras, y luego fui requerido para decir unas frases de agradecimiento en inglés.

Salí del paso, y el delegado de alumnos húngaro, en obligada correspondencia, lanzó una quizá excesivamente larga soflama, cargada de referencias a las similitudes entre ambos países y manifestaciones de amistad perdurable, que terminó con estas palabras:

“As you, the spanish people, used to say: Angel, tienes una flor en el culo.”

Y levantó su copa, feliz.

No estoy seguro de que,  por el alboroto que se había formado a causa de la prolongada duración de los brindis, la alocución fuera escuchada o entendida por buena parte de los asistentes, pero yo me quedé -como suele decirse- “de piedra”, asi que, cuando mi colega húngaro se sentó, le pregunté porqué había elegido esa forma de acabar su intervención.

Me enseñó un papel que extrajo del bolsillo de su chaqueta, en el que estaba escrita la curiosa frase, y con la cara de satisfacción de quien cree que ha causado el efecto sorpresa pretendido, me explicó:

“He pedido a la intérprete que me dijera la forma habitual con la que los españoles os deséais suerte entre amigos, y me la aprendí de memoria”


Me apetece terminar estos relatos con la fotografía de este pequeño mosquitero, a punto de lanzarse a la captura de un insecto (con gran probabilidad, un mosquito) en un vuelo de factura inconfundible: un grácil revoloteo, sostenido unos segundos en el aire.

 

Cómico o ridículo (22)

La siñaléctica, concebida, por supuesto, como elemento de apoyo a quien no conoce bien cómo conducirse por paisajes desconocidos, puede convertirse también en un tormento. Hay ciudades en las que las señales parecen dispuestas con la intención principal de despistar y conducen a lugares distintos de los que ostentan los carteles. Otras veces, los nombres de las poblaciones están tachados por alguna mano gamberra, o corregida su ortografía haciéndola ininteligible.

Yo presumo -con la boca pequeña- de orientarme bien por las poblaciones, lo cual es contradicho por múltiples ejemplos en los que me perdí, o me encontré dando vueltas sin rumbo con el coche, apareciendo, una y otra vez, en el mismo sitio.

Cuando nos encontrábamos de viaje fin de carrera de Minas en Polonia, algunos compañeros alquilaron un coche, con la intención de seguir viaje, independizándose del grupo, para conocer mejor el país y acercarse hasta Checoslovaquia. El precio del alquiler era muy bajo y dimos algunas vueltas por las cercanías de Cracovia, que celebraba un primero de mayo socialista.

Como no resultaba sencillo aparcar cerca del hotel, después de dejarnos en él a los expedicionarios, el conductor se fue, buscando una plaza libre por las cercanías. Volvió, algo cansado, comentando que, por fin, después de dar muchas vueltas, había conseguido encontrar un hueco donde dejar el coche, y que había anotado el nombre de la calle, en una hoja de papel que nos enseñó.

Fuimos varios los que leímos en voz alta la cuidadosa grafía: “ślepy zaułek”. Significa “callejón sin salida” en polaco. Tardamos un par de horas en encontrar el vehículo, utilizando el método de barrer la zona por cuadrículas.

Algunos años más tarde, mi secretaria argentino-alemana, Melita, tomó la decisión de aprovechar las vacaciones de semana santa para visitar con su novio España, que no conocían. Como también los Arias nos desplazábamos a Asturias para visitar a la familia, y no había GPS por entonces, el joven enamorado, que era quien tenía carnet de conducir de la pareja, me preguntó si tendría inconveniente en que me siguiera con su auto, para no perderse.

Por supuesto, accedí de inmediato, acordando que pararíamos a tomar un café en una de las estaciones de servicio, pasado Lieja, que le señalé con una cruz en un mapa de carretera. El buen hombre debía haber sido prevenido de las posibilidades de perderse en el intrincado mundo de las autopistas centroeuropeas, porque, desde que salimos de Dusseldorf, se pegó a mi auto como una lapa.

Lieja era, por los años 80, una ciudad que merecía estar muy alto, junto a Lugo y otras poblaciones de ilustre memoria vial, en el catálogo de viejas glorias con indicadores de direcciones al buen tuntún. Me perdí, dí varias vueltas inútiles, volviendo prácticamente al mismo sitio, hasta, que por fin, logré salir del atolladero. El joven conductor me seguía, manteniendo con vocación de no separarse pasase lo que pasase, un metro de distancia escaso con el parachoques de mi vehículo.

Cuando nos detuvimos en la gasolinera acordada, salió del coche, sonriente: “Menos mal, Sr. Arias, que le seguíamos. Porque no hubiéramos podido salir de Lieja sin sus indicaciones…”

Me callé, porque en ciertos momentos, huelga abundar en explicaciones.

Explicaciones abundantes hubiera merecido la que fue, sin duda, la peor de las experiencias que vivimos en la antigua Yugoslavia. Habían pasado ya un par de años de estancia en Alemania y tenía una nueva secretaria, Biba, una mujer de excepcional inteligencia y profesionalidad (q.e.p.d.). Se empeñó en que pasáramos unos días en Croacia, su tierra natal, y concertó el viaje con los hoteles que mejor le pareció.

La única condición que le impuse era que, puesto que mi hermano Juan (aficionado al tennis) se incorporaría con su esposa a la excursión, debía cuidar que los establecimientos hoteleros dispusieran de pista al efecto.

Llegamos a Dubrovnik y el hotel no parecía mal. Era un edificio con aspecto de viejo castillo y, como llegamos al comienzo de la tarde, con la intención de disfrutar de un partidillo, mi hermano y yo dejamos a las esposas con la labor de vaciar las maletas y tomar posesión de los encantos del lugar, nos vestimos de corto, y bajamos a la cancha.

Qué decepción. La pista no era tal, sino una reproducción de un cráter lunar. La red estaba rota por todas partes y más parecía una red de pesca abandonada. Los bordes de la cancha estaban señalados con una cinta de carrocero, despegada cada medio metro y rota en cien lugares.

Volvimos a recepción, indignados, en donde ya nos esperaban nuestras esposas. La habitación estaba llena de cucarachas y en un estado de suciedad lamentable.

Ahorro los detalles. Llamé a mi descolocada secretaria que, inmediatamente, se puso en contacto con la agencia que, haciéndose de nuevas, se ofreció a compensarnos por el desaguisado. Saqué fotografías de las cucarachas, de tamaño descomunal, para reforzar la reclamación…pero pasamos la noche en vela, en la recepción del cochambroso hotelucho, porque todas las plazas de hoteles en Dubrovnic estaban ocupadas hasta el día siguiente.

No se al día de hoy si los dueños de la agencia yugoslava eran serbios o albano-kosovares, y el que la reserva hubiera sido realizada por una croata movilizó suspicacias, pero la experiencia nos puso en personales antecedentes de las tensiones que estaban a punto de explotar.

Al día siguiente, hicimos un paseo compensador por la vieja ciudad, que muy poco tiempo después vería muchos de sus históricos edificios destruidos por el impulso de barbarie y odio que parece ser, por desgracia, consustancial a los humanos.


La fotografía de pájaros en vuelo tiene especial intríngulis. Es preciso utilizar velocidades y aperturas de diafragma altas, por lo que la intensidad de luz ha de ser la conveniente: preferiblemente, la iluminación lateral de un atardecer luminoso.

Este gorrión macho acababa de saciar su apetito momentáneo con los brotes tiernos del níspero y lo capté justamente cuando se lanzaba al aire, tomando impulso con la pata izquierda en una de las hojas del árbol.

Cómico o ridículo (21)

La vida nos va haciendo resistentes a las adversidades, cuyo paso queda reflejado por cicatrices, algunas de tamaño respetable. Un sexto sentido nos avisa de su presencia en el otro, y, por ello, para evitar conflictos o tensiones, procuramos evitar suscitar algunos recuerdos.

Estas áreas de sensibilidad emotiva son bien conocidas entre quienes llevan tiempo viviendo juntos, especialmente si han tenido una relación personal intensa, y por eso, cuando se quieren hacer daño, no tienen más que hurgar en la cicatriz, para que la sangre y la bilis vuelvan a salir a borbotones, con consecuencias no siempre previsibles.

Aunque, por supuesto, no me faltan cicatrices de la psiquis, que trato de disimular u ocultar como puedo, me voy a referir hoy a mis cicatrices físicas, que son pocas, aunque cada una proporciona una historia.

La mayor, y más antigua, es la derivada de una apendictomía a la que me sometieron en el verano de mis once años. Lo más curioso de aquella vivencia es que, sin venir a cuento, mientras estaba en el postoperatorio, cada vez que me visitaba mi tío Justo, me daba un ataque de risa. Era un estúpido reflejo condicionado, que acababa en lágrimas, debido a la colección de puntos que me habían cosido para cerrar el tajo.

La más ridícula de las cicatrices, en la mano derecha, proviene de mi época en el centro de Cad-Cam de Asturias. La hierba del jardincito, más bien agreste, de la Casita del Príncipe había crecido demasiado y, echando mano de mis hipotéticas raíces de hombre de campo, un mediodía, aprovechando que profesores y alumnos se habían ido durante la pausa para comer, me fui a Lugo de Llanera, compré una guadaña, y me dispuse a segar las altas hierbas, que tanto afeaban el recinto.

Para comprobar el filo de la herramienta recién comprada, no se me ocurrió más que pasar un dedo por el borde afilado, como hacen los expertos segadores. No sé que diablos ocurrió, pero la guadaña se me deslizó y me hizo un tajo en la palma de la mano-no muy considerable, pero aparatoso por la inmediata efusión de sangre-.

Así que, sin nadie a quien poder pedir ayuda, tuve que coger el coche, hacer de tripas corazón (no se qué fue primero), y acercarme hasta el hospitalillo de Llanera, por fortuna abierto a esa hora, y en donde me pusieron unos cuantos puntos. No es fácil olvidar la sonrisa burlona con la que los facultativos de bata blanca recibían la explicación de aquel tipo de corbata y traje gris que mantenía haberse cortado con la guadaña con la que pretendía segar la hierba del Centro de Diseño.

Cuando se enteró Violeta de mi frustrada operación de siega, envió a su esposo, que segó el pradito en un momento y al que yo, con la mano vendada y una sonrisa forzada, regalé la guadaña y la piedra de cabruñar, rogándole que no diese mucha difusión a mi torpeza.

La segunda cicatriz por tamaño que tengo en mi cuerpo serrano (bueno, asturiano) está en mi frente. Hace un par de años, durante las vacaciones de verano, invité a mi hijo Miguel a un recorrido por la montaña belmontina, para indicarle algunos de mis lugares preferidos en donde encontrar, en estación, cantarelus o pinícolas.

Llevábamos un buen rato caminando -monte traviesa- cuando, al saltar desde un terraplén a un sendero, enganché un pie en una rama del suelo, y me caí, con tan mala suerte que una piedra con corte agudo me hizo una tremenda raja en la frente, de la que manó de inmediato, abundante sangre.

Cuando rememoro el momento, me vuelve la sensación de estar allí, echado sobre el sendero, muy a gustito. No tenía, ni mucho menos, la misma sensación, Miguel, que no sabía exactamente cómo volver a casa desde el punto donde nos encontrábamos.

Me recuperé, pues, como pude, y fui guiando a mi hijo hasta lugares conocidos. Cuando tuvo cobertura con el móvil, llamó a su hermano para contarle que su padre había tenido un accidente, y que avisara al ambulatorio de Belmonte (era domingo).

Hicimos un par de llamadas más durante el descenso, y los que estaban en la casa, bajaron el nivel de alarma inicial, especialmente cuando yo les dije que me encontraba bien y que no se preocuparan.

Cuando me vieron entrar en el comedor donde los que habían quedado en la casa se disponían a comer, la aparición de aquel ensangrentado, un tanto vacilante, y su lazarillo, tuvo que ser inolvidable. Salvo para las dos nietas que ya estaban en el mundo por entonces, que ni se inmutaron, desde la inmensa capacidad de asimilación de su año  medio.

En Belmonte, una eficientísima ATS me cosió la frente con el esmero de una de las hilanderas de Velázquez, con puntadas tan diminutas y certeras que ya casi ni yo mismo noto que alguna vez tuve el hueso frontal al descubierto.


Me gusta esta foto, de un colorido muy pictórico, si se me permite la trivialidad. El ave es un gorrión que acaba de refrescarse y, con las plumas aún mojadas, remonta el vuelo con algo de dificultad.

Los fotógrafos de aves sabemos que un remanso en un arroyo de agua cristalina, un recipiente con agua pura suficientemente resguardado, son puntos de encuentro en los que, con paciencia y discreción, se puede llegar a avistar a bastantes especies que acudirán a saciar su sed o, en un día caluroso, a darse un baño.

 

 

Cómico o ridículo (20)

Todos lo hemos vivido así, o lo vivirán de ese modo. Se pasa de ser los más jóvenes, sin transición, a ser de los mayores del grupo.

Pertenezco a la promoción cultural de los que nos casamos poco después de terminar la carrera. No pretendo, al indicar este detalle, aprovechar para hacer un relato de las razones que nos movían, a poco de encontrar un trabajo remunerado, para organizar el proyecto vital. Pretendo solo presentar el marco personal con el que contar un par de anécdotas de mi época como profesor de la Escuela de Minas de Oviedo.

Desde 1972, y durante tres años, simultanée mi trabajo en Ensidesa con el de profesor encargado de dos cursos de la asignatura de Algebra Lineal. Eran tiempos de pluriempleo, y hoy no me duelen prendas en reconocer que ambas tareas lo eran a tiempo completo. Sumados ambos sueldos, ganaba una miseria, pero no era el dinero lo que me guiaba, -no lo apunto como mérito, sino como realidad compartida con otros muchos- sino catapultar la economía de la recién formada familia a zonas de confort.

Todos los días de la semana, de lunes a viernes, después de la jornada de Ensidesa (factoría de Avilés), que por fortuna para la compatibilización horaria, era continua, almorzaba apuradamente en en el comedor de la empresa, y, sin mucho tiempo para preparar las clases, me lanzaba a cuatro horas seguidas (dos por grupo) de permanencia en las aulas, ante un centenar de alumnos a los que seguramente no sacaba más de tres o cuatro años de media de edad.

Cuando me casé, en marzo de 1974, en pleno curso, no me atreví a pedir permiso por el feliz acontecimiento, y llevé a la que empezaba a ser mi paciente esposa, de viaje de novios de fin de semana, a Santillana del Mar, volviendo a tiempo para dar las clases del lunes.

No sería ese mismo lunes, pero, pongamos, el martes siguiente, María Jesús empezó a mostrarme sus habilidades culinarias con unos estupendos escalopines a la cayena. Estaban muy sabrosos, aunque los encontré algo picantes.

Llevaba apenas media hora de clase cuando me acometió un ardor indescriptible. Debo indicar, además, que las clases, en aquellas aulas inmensas, se desarrollaban con mucho apoyo escrito con tiza sobre encerados de pizarra, que era necesario borrar cada poco. Toqué el timbre, y apareció un conserje -supongo que sería Jesús, ya una institución por entonces, pues Mario aún no se había incorporado-.

-Por favor, tráigame un vaso de agua -pedí con un hilo de voz-

Al poco, aunque los minutos me parecieron siglos, llegó el deseado líquido, que ingerí de un trago.

Pero no se amortiguaba mi ardor, así que volví a tocar el timbre, y pedí otro vaso. Así terminé la primera clase.

Cuando al comienzo de la segunda clase del día, y a pesar de haber aprovechado el descanso de cinco minutos para abrevar como si me hubiera convertido en un camello a punto de cruzar el desierto, volví a pedir otro vaso de agua, Jesús vino con una jarra:

-No se qué te pasa hoy, pero tienes un incendio en el estómago.

Lo tenía. Cuando, por fin, terminé la jornada y María Jesús me ofreció cenar de los mismos escalopines a la cayena que tanto me habían gustado al almuerzo, me interesé por saber la cantidad de especie que había utilizado.

-Solo cuatro o cinco de los pimientitos -me reconoció-. Para que estuvieran más sabrosos.

Los grupos de Algebra de aquel año resultaron muy especiales. Había estudiantes excepcionales, en lo académico y en lo personal. Unas semanas antes de lo que acabo de recordar, comuniqué a mis alumnos que me casaba, y que seguramente me tomaría uno o dos días libres.

Al día siguiente, el delegado de uno de los cursos me entregó,  solemnemente, con el aplauso de la clase que, seguramente, habría participado en el regalo, junto a un aparatoso ramo de flores, un par de gallos de pelea de alpaca, que conservé hasta que, en una de las muchas mudanzas (ya se sabe que tres mudanzas equivalen a un naufragio) se me perdieron.

El grado de confianza o de cordial desvergüenza con aquellos (falsos) discípulos, quedó reflejado en la frase que grabaron en una de las figurillas. Era algo así: “Al profesor Arias, con el deseo de que nunca se pelee con su esposa”.

Pues, sí, fue premonitorio, jóvenes colegas de antaño. Cuarenta y tres años después, aquí estamos. Sin apenas rasguños. ¡Y mira que soy un tipo difícil…!


Esta pareja de carboneros garrapinos comparte lugar en el comedero del jardín comunitario. No lo tienen fácil, porque la competencia es mucha, y estas aves -de las más pequeñas del plantel de comensales- deben aprovechar momentos en que el lugar queda momentáneamente libre. Con preferencia, a primera hora del amanecer, 0 cuando el sol ya se ha ido bajo el horizonte de la manzana de casas. Con eso no quiero justificar la baja calidad de la foto, sino poner de manifiesto la complicidad y sagacidad de estos pequeños páridos.