Otras gentes: (1) Los impacientes

Introducción

“La gente”, son los demás, pero no todos y no cualesquiera. Según el contexto, o la intención, podemos acotar con mucha libertad, como si se tratara de un elástico, lo que entendemos por este vocablo excepcionalmente flexible.

En estos comentarios con trasfondo veraniego, pretendo referirme a tipos muy especiales de gente. Pero, antes de entrar en harina, quisiera poner de relieve algunas particularidades del empleo de este genérico.

Cuando decimos, por ejemplo, “Hay demasiada gente”, estamos significando una decepción. El imaginado disfrute con la pareja, la familia o los amigos, de ese rincón que habíamos deseado despoblado, se ha visto afectado en su valoración por una aglomeración indeseada de semejantes. Nada que ver con lo que habíamos sentido cuando “Había poca gente”, o “casi nadie”. La prometida sensación de absorber, sin contaminación de desconocidos, el paisaje que creíamos recóndito, la exposición de pintura que deseábamos contemplar con calma, etc., se ha roto en pedazos, por culpa de la “excesiva gente” en relación con lo que hubiéramos considerado tolerable (según un baremo individual intrasvasable).

Pero, cuidado: “poca gente”, puede significar, en una ambivalencia memorable, que el espectáculo, el restaurante, la sala de fiestas o… la celebración popular, no alcanzan la densidad prometida o deseada de cuerpos ajenos. Para el equipo organizador de una manifestación, un certamen o para el dueño de un negocio, que haya “poca gente” es una mala noticia. Porque hay momentos en que nos apetece cumplir con el ritual de ver y ser vistos, curiosear con otros, compartir la afición, rentabilizar la inversión o zambullirnos en la algarabía de un acontecimiento programado.

El vocablo, en las conversaciones distendidas, entre amigos, refleja su polisemia cuando  tratamos de establecer nuestra teoría particular sobre los comportamientos colectivos: “La gente es maleducada”, o “desconsiderada”, o “ignorante”. Con estos giros y modismos dejamos claro que nosotros y nuestros interlocutores no somos “ese tipo de gente”. Nos separamos, pues, de “la gente”, para subrayar nuestra superior individualidad, que, claro, nadie ajeno tiene por qué comprobar, ni necesitamos refrendarla con certificado o diploma alguno.

En la empresa -y también en la política, y, por lo general, allí donde cuecen unas habas con sudores colectivos-, no es extraño oir al jefecillo hablar de “mi gente”, cuando se quiere poner de manifiesto que se cuenta con adeptos fieles, de esos que te comen en la mano.

El despectivo de gente es gentuza, que reservamos para aquellos que son “mala gente”, incluso aunque no los conozcamos de nada. Se distingue así entre quien es “una mala persona” -que es un atributo personal que enjaretamos al tercero que nos hizo alguna faena, y un “grupo de gentes”, al que por razones éticas, sociales o estéticas descalificamos en tropel. Es probable que la gentuza no nos haya hecho mal alguno, y que sea su origen étnico, su indumentaria o -en épocas convulsas, como la presente- el pertenecer a una ideología o  creencia distante de la nuestra, que será, por definición, la verdadera.

Sospecho que quedan cada vez menos “buenas gentes”, esas “gentes de buena voluntad” de la que hablaban los cánones de la conducta, “dispuestas a echar una mano” o “de fiar”. Y, desde luego, a ningún político actual se le ocurrirá referirse al auditorio como “Gentes que me escucháis”.

Aunque, en algunos textos, “gente” sea equivalente a “pueblo”, o “sociedad” en su conjunto, ahora, lo que pide el cuerpo social es apelar a “ciudadanos y ciudadanas” (indicando la localidad o el grupúsculo específico), “hombres y mujeres”, “amigos y amigas” y combinaciones similares. Yo sería partidario, como desagravio histórico, hablar solo de “mujeres” o “amigas” (entendiendo que se está incluyendo también al sexo masculino).

Quizá aún más correcto sería, cuando hubiera que dirigirse a un público heterogéneo, aunque me desvío del tema “gente” para zambullirme a “cuerpo gentil” en la vigente tontuna, enumerar, “Querido colectivo GLTBIA, hombres y mujeres heterosexuales puros -matizando, si queda alguno que tal se considere-, a vosotros me dirijo”.

Los impacientes

El impaciente es un tipo de gente que concede, por razones ignotas, un valor desmedido al tiempo. Desarrolla sus actitudes, en especial, cuando está motorizado. Cuando el semáforo cambia de color, hace sonar el claxon de su vehículo varias veces, apremiando a que la cola se mueva a velocidad supersónica. Si encuentra el badén de entrada a su garaje interceptado parcialmente por otro vehículo, o advierte que un coche en doble fila le obligaría a hacer una maniobra más compleja de lo habitual, obsequia al vecindario con un recital de bocinazos

El impaciente se arriesga a llevar por delante al descuidado peatón que no sabe que la luz verde no es suficiente para detener su preocupación obsesiva para ahorrar unos segundos, poniendo a prueba la capacidad del motor para pasar de reposo a máxima aceleración.

El impaciente sale el primero de la sala de conferencias pero estará ya con la copa de vino y el canapé en la mano, cuando el grueso de asistentes pase al lugar del cóctel (si lo hay).

No hay que confundir al impaciente con el “jeta” o “aprovechado”, al que dedicaré atención en su lugar.

Debo señalar que “el impaciente” es poseedor de un estado transitorio y, además, vano y hasta inútil, cuando no peligroso, incluso para él mismo. No hay provecho real para el impaciente, que se pierde los títulos de crédito y la música de final de las películas, que no aguarda al coloquio de las conferencias y se va de los cócteles con el atragantón de los primeros canapés, sin esperar a que saquen las croquetitas y las tartaletas de riñones al Jerez.

En fin. Todos hemos “estado impacientes”, aunque no lo seamos. Se está impaciente ante el nacimiento de un hijo, de un nieto; impaciente por conocer el resultado de un examen, saber si hemos sido preseleccionados en un certamen (aunque sea para un micro-relato sobre la tortilla de patata y el arte de la manduca), y, naturalmente, antes de que nos indiquen el diagnóstico resultado de las pruebas clínicas, nuestras o de un allegado.

Hay gente que “se muere de impaciencia”, aunque no me consta que pasen a ocupar sitio -al menos, no inmediato- en las necrológicas. También la impaciencia puede “corroer” (hay que imaginar que algún lugar recóndito en las entrañas metafísicas). La impaciencia se debe contener, aunque no se sabe cómo, pero “tener paciencia” es un consejo que se suele dar, aunque no se pida; sobre todo, a los niños y, entre los adultos, a quienes participan en cualquiera de esos concursos estúpidos que prodigan las cadenas de televisión privadas, y en la que el presentador repite “no te precipites” al participante, como si fuera el soluto de una disolución en una marcha analítica en la que hemos confundido los reactivos.

En fin, si el lector “ha agotado su paciencia” con esta lectura concebida para pasar un rato veraniego, discúlpeme. No por ello lo juzgaré impaciente, ni yo me laceraré por parecerle pesado. Que no todos tenemos la “paciencia del Santo Job”, ni ganas de que se nos pruebe en ella.


Este gorrión sacia su sed en acrobática postura sobre uno de los arroyos del Retiro. Una joven hembra, parece. Obtener fotos de aves -tan ágiles, móviles, cambiantes- es un ejercicio de paciencia. ¡Salud!

(continuará)

 

Ambiente, ¡Presente!

 

(El Club Español de Medio Ambiente -CEMA- celebra sus dos décadas de funcionamiento. Se nos pidió a los vocales de la ONG, un escrito con tema libre para formar un libro virtual, que ya está en la red, con las contribuciones de todos.

Mi texto era muy largo y, para no resultar desequilibrado, tuve que suprimir prte de él. Me sucede a veces. Lo que incorporo aquí es lo que suprimí).

Algunos de los defensores de las políticas ambientales se esfuerzan en presentar la cuestión desde la perspectiva de la creación de puestos de trabajo. Es cierto que no pocas de las actividades relacionadas con la protección o recuperación del ambiente han supuesto la aparición de nuevas profesiones y negocios, pero el enfoque me parece, sino equivocado, engañoso.

Porque la realidad es que, como con todas aquellas medidas que supongan incorporar el coste de las externalidades, hasta entonces gratuitas, a los procesos productivos, al aumentar los gastos de los emprendimientos, sin garantías de que el mercado los compense con un incremento en los precios de venta, se está presionando sobre la viabilidad de las empresas existentes.

El incremento de la presión fiscal, de las medidas legales y de las multas contra las infracciones, provoca, considerado de esta manera, pérdidas de actividad y empleo. No será fácil compensarlas con la aparición de nuevas empresas y allí donde se produzca la sustitución de las ineficientes ambientales por las mejor concienciadas, será, en general, gracias a la incorporación de tecnologías menos consuntivas en factor trabajo.

No necesito subrayar con mayor énfasis que el ya expresado que, en épocas de crisis, es el recurso ambiental el que más sufre: aumentan los abandonos irresponsables de residuos, se reduce el reciclado costoso, se enmascaran los controles de contaminación y aumentan las trapacerías y actuaciones delictuales por parte de diversos agentes, aumentando el consentimiento oficial hacia las ineficiencias, para no aumentar la presión social. Puede que el lector imagine que me estoy refiriendo solo a las empresas, aunque, lamentablemente, también estoy pensando en los particulares. La crisis económica introduce una mayor lasitud en el comportamiento ambiental.

El negacionismo expreso del presidente actual del país más contaminante de la Tierra en relación con el cambio climático -al menos, en la vertiente de su negativa a cumplir los preacuerdos de la COOP21-, no es sino un ejemplo de la subordinación de la protección ambiental a los intereses económicos. “Norteamérica primero”, significa, no solo reclamar la posición preferente en el comedero comercial, sino relegar a lugares secundarios todos aquellos factores que puedan afectar a la pérdida de competitividad. Por supuesto, entre los lastres de la globalización entendida como una apuesta colectiva por el crecimiento conjunto, se encuentra la protección ambiental, y resulta sencillo liberarse de él, puesto que el dueño de ese input que no se rige por el mercado, somos todos, sin que importen fronteras.

En mi opinión, el enfoque de la defensa ambiental debe dejar de centrarse en posiciones excesivamente científicas, que, al pretender convencer al gran público, a menudo empañan su naturaleza dogmática con argumentos ingenuos o voluntaristas, para detenerse en un abordaje crítico, pragmático y directo.

Hay un medio ambiente que es nuestro hábitat directo, como humanos, cuyo deterioro, en el mundo occidental, ha sido evidente y es continuo, y que no se ha podido contener ni con programas de recuperación de ríos y humedales, declaraciones de protección paisajística, medidas de educación ambiental, ni colocando más puntos limpios o contenedores separativos en las poblaciones.

Habrá que seguir analizando la eficacia de las medidas adoptadas y ser más vigilante y severo con los infractores.


El observador  de aves suele encontrarse en estos días con juveniles de aves, algunas con características morfológicas muy diferentes a los adultos. Un caso muy singular, dado lo frecuente que resulta toparse con él, es el del joven petirrojo, que carece del pecho colorado que da nombre a la especie, pues lo tiene moteado.

Esta pareja de aves lo forman pinzones vulgares (fringilla coelebs): una madre y su hijo, ya talludito. Los pinzones tienen una voz muy potente, característico -doce notas y un floreo final- y, como les gusta cantar, es fácil identificarlo por sus trinos, y familiarizarse con ellos. Diría que es común, pero no vulgar.

En la foto, tal vez no se distinga que el adulto es una hembra, pero estoy seguro, pues tengo varias fotos de la pareja. Las hembras de este fringílido tienen el pecho de un rosa blanquecino y la cabeza con un tono pardo grisáceo menos marcado que los machos.

Demasiados frentes

La muerte, en extrañas circunstancias, de Miguel Blesa y Rita Barberá ha venido a conformar una pareja triste y dramática, que parece señalar, con lápiz amargo, la tremenda tensión política y económica que vivimos.

Los problemas son de tal magnitud y diversidad que su simple enumeración produce escalofríos. La falsa recuperación económica, la ausencia de una directriz formativa para los jóvenes, la presión inmigratoria y el riesgo climático, se agrupan junto a la incertidumbre del proceso secesionista catalán, la falta de credibilidad de un gobierno decadente y el descrédito autoinfligido de su no muy leal oposición, el cuestionamiento de la ética de miembros de la familia real, el menos que dudoso delictivo proceder de las huestes del antes muy honorable President de la Generalitat catalana y, ya tomando carrerilla, la puesta en solfa de todas las instituciones y autoridades.

Bajo este sombrío panorama, el óbito de Blesa, acaecido en la madrugada del día en que esto escribo, si, como se está difundiendo (no sé si con temeridad) pudo ser causado por él mismo, me provoca  la especial desazón de sospechar que la impecable persecución judicial de quienes fueron segundones en actuaciones probadas o presuntamente delictivas les está provocando como daños colaterales,  graves desequilibrios anímicos. No se trata de “la pena del telediario”. Es la “pena del abandono como apestado” de aquel a quien fuiste fiel durante años.

Imagino lo duro de sufrir, primero, la presión del dedo del reproche público y, luego, la cárcel, sabiendo que los principales impulsores y beneficiarios de la actuación del investigado, empicotado y penado, andan parapetados en la inmunidad que concede la inmensa hidra del sistema. Aunque algunos se jacten de hacer amigos entre los “reclusos del montón” y escriban luego libritos con la experiencia (alardeando de capacidad de resistencia). Incluso aunque se pueda relajar la mente pensando en la futura disponibilidad de los millones puestos a recaudo en paraísos fiscales y no descubiertos por la investigación de solvencias con que responder del delito.

No estoy de lado, por supuesto, del que delinque, pero sí tengo que poner de relieve que los frentes abiertos del sistema económico y social son excesivos para la munición con que contamos.

Restringiéndome solo a nuestro código penal -y a pesar de las modificaciones recientes-, entiendo, como ya puse de manifiesto otras veces, que precisa una urgente revisión de las sanciones, haciéndolas proporcionadas, modulares y coherentes con el fin que se persiga.

Preparado para castigar a delincuentes de poca monta en la mayor parte de los tipos y de las penas, bajo la ingenua idea decimonónica de que permanecer privado de libertad en un centro penitenciario varios años debe servir también a la reinserción, no solo no se cumple, en general, para aquellos, pero la reeducación es una quimera para los autores de los delitos económicos graves. Deberían sufrir la confiscación de bienes familiares para responder de su gestión delictiva, llevando la restitución hasta sus últimas consecuencias, lo que plantea el problema de investigar a fondo el origen de las fortunas.

Ni los fiscales, ni los jueces, ni las cárceles, están previstos para tratar este tipo de infractores.

Quizás la cuestión clave está en que, así como la sociedad, sin necesidad de pasar por los Juzgados, reprocha de inmediato a quien roba una gallina o acuchilla a un compinche en una reyerta, y no le importa qué tipo de sanción penal recibe, carece de criterio para valorar ciertos delitos “nuevos”. A veces encubre y disculpa, otras sobreactúa, y no pocas, castiga sin esperar que los jueces se pronuncien, haciendo caer en el descrédito irrecuperable a sospechosos inocentes.


El milano real de la foto sobrevuela, majestuoso, oteando la oportunidad de algún polluelo despistado. La cola de los adultos, rojiza en la zona superior, larga y muy ahorquillada, sirve de primera identificación del Milvus milvus.

Los milanos son rapaces relativamente grandes (hasta 70 cm). Para distinguir entre las especies, si la visión del ave se realiza, por suerte, con la iluminación adecuada, la zona anal-ventral puede ser determinante. El milano real tiene esa zona de color rojizo (más pálido en los jóvenes).

La cuestión del control de las masas

Antes de leer “Sapiens”, el libro de Harari al que me refería en el Comentario inmediatamente anterior, había tenido ocasión de deleitarme con el que escribió posteriormente, “Homo Deus. Una breve Historia del mañana” (Penguin Random House, Grupo Editorial, 2016). Encuentro éste último más interesante y entretenido que el primero y, desde luego, más provocador.

Es una recomendable lectura para las vacaciones y, sobre todo, es una reflexión que deshace, con elegancia y las oportunas referencias históricas, la mitología generada por el hombre en torno a su necesidad de trascendencia, de inmortalidad, de poderes divinos y otras elucubraciones.

No es esa, sin embargo, la cuestión que me trae a redactar este Comentario, sino el asunto de si el dataísmo -neologismo con el que se recoge la idea de que el universo consiste solo en flujos de datos – alcanzará a explicar  que todos los organismos -el hombre, también- se pueden reducir a algoritmos y, cuál será el sendero hasta allí.

Al margen de que la idea pueda parecer una extravagancia inaceptable (para todos los que profesan una religión, desde luego), Harari aclara que la mente humana no tiene capacidad de procesamiento para llegar a esa conclusión y, por tanto, lo que le parece relevante (a mí, también) es, por eso, lo que sucederá, en el camino, a los seres humanos. ¿Seremos más felices, más poderosos, más longevos? ¿Todos, solo algunos? ¿Cómo nos arreglaremos para procesar mejor los datos y avanzar en los nobles deseos de repartir el conocimiento útil para conseguir esos saludables efectos?

Nos falta, en todo caso, mucho trecho para recorrer el camino -éste u otro que conduzca a la Verdad-, y, entre tanto, me parece que lo que nos está afectando, hoy como hace miles de años, es la manera en que algunos grupos pretenden alcanzar el poder de regir las vidas de sus coetáneos (o seguir manteniendo el que tienen), prometiendo que les conducirán a una mayor felicidad, si les hacemos caso, y aderezando las promesas con doctrinas, programas y teorías.

Quisiera creer en la buena intención de los que se erigen en guías hacia tierras de satisfacción -con especial mención a los que consiguen el apoyo de grupos crédulos en sus promesas, obtenido por elección democrática entre ignorantes-, pero me asombra lo poco que saben ellos mismos, los escasos datos que manejan y, en fin, la tranquilidad con la que venden con cuatro pinceladas, el producto de sus religiones particulares, sea el libre mercado, los grandes grupos empresariales, el comunismo, el socialismo con o sin apellido o…la voluntad de un Dios supremo al que se encomiendan.

El dataísmo está aún muy lejos, si ha de llegar. Pero la revolución humanista, también. Sin necesidad de acudir a la gran potencia de procesamiento de superordenadores, utilizando solo el cerebro humano y la lógica no contaminada por axiomas y falacias, podríamos hacerlo mucho mejor. Pienso yo, vamos; aunque nuestra existencia esté gobernada por miles de millones de algoritmos, Dios fuera una elucubración útil en algún momento de la Historia (incluso hoy), y el futuro sea impredecible.

Solo necesitaríamos analizar con seriedad los márgenes de libertad que tenemos a nuestra disposición colectiva, y emplearlos en mejorar la función de utilidad; sin machos alfa, navajazos entre correligionarios, incompetentes que confían en que el paso del tiempo lo arreglará, o amiguetes que se reparten las mejores tajadas del búfalo que hemos cazado entre todos.


Como no todo son pájaros, traigo la fotografía de dos acémilas, a las que encontré jugando en un vallado, actividad a la que se emplearon con tanto ardor e intensidad, que acabaron dándose mordiscos.

No se si ganó el burro o el potro, pero puedo dar fe que, cuando abandoné la observación, ambos estaban sangrando por las orejas y los hocicos.

Ciberdios

Espero que no se escandalice nadie (no demasiado) porque haya mezclado dos palabras que, cada una en su ámbito, merecen máximo respeto para los fieles de las respectivas religiones.

En su libro “Sapiens” (publicado en español por Penguin Random House, Grupo Editorial Imagen, 2015), un aún joven profesor de Historia, Yuval Noah Harari, confeccionó en 2013 el relato de la Humanidad -resumiendo conocimientos científicos, biológicos e históricos- con el hilo argumental (que figura como subtítulo) de que una facción de monos con cerebro desproporcionado y voluntad de correr erguidos, evolucionó “de animales a dioses”.

Me interesa enfatizar, ante todo, que la idea de la evolución de una especie capaz de llegar a alcanzar el conocimiento integral del cosmos y, por tanto, encontrar la respuesta a los interrogantes que han sido cubiertos con mitos, leyendas, elucubraciones y teorías más o menos consistentes, me ha apasionado siempre. Es más, quien haya tenido el interés y se haya tomado la molestia de seguir mi corpus doctrinal (si tengo alguno) admitirá que ese objetivo común para la Humanidad es, en mi opinión, el único que da sentido a la evolución de la especie.

Harari termina su primer libro (escribió posteriormente otro, “Homo Deus”) con una pregunta: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

A esa pregunta, tengo mi respuesta, y ya elaborada. Sí. Unos entes huérfanos crecidos en el ciberespacio, con capacidad plena para destruir nuestra especie.

El triunfo de la cibernética sobre la Humanidad se prepara en varias fases, algunas de ellas coincidentes en el tiempo y con efectos y capacidad de crecimiento exponenciales.

El efecto más simple es la pérdida de empleo masiva que las aplicaciones cibernéticas provocan sobre las formas tradicionales de hacer las cosas en la última etapa de la evolución autónoma del Sapiens.

Las máquinas y  las comunicaciones sustituyen eficazmente a los seres humanos y solo unos pocos pueden sobrevivir tecnológicamente, siendo el resto de la Humanidad -por falta de tiempo, formación y aptitudes- incapaz de situarse en la nueva pirámide laboral, que será ocupada por autómatas. La generación de plusvalías quedará concentrada en unas pocas manos empresariales, y su distribución no alcanzará más que a un grupo restringido de la especie, incluso a través de la mejor  asistencia social.

Pero el peligro verdadero por el que se vislumbra (al menos, profetas jeremíacos como yo) el final de la especie, vendrá de la mano de lo que hoy aún llamamos ciberataques. Creemos que podemos atribuir su autoría a seres humanos y, para nuestra tranquilidad, imaginamos que detrás de un virus informático, un colapso repentino de las comunicaciones, un apagón informativo, está un sapiens.

Puede que no, o puede que el sapiens no sepa lo que puede provocar con su acción, y la posibilidad de esta opción produce escalofríos, porque se atisba cuál sería el final de nuestra especie, ocurrido con brusquedad brutal y sin objetivo.

Porque puede estar detrás de lo que provocó la hecatombe un grupo terrorista al que no interese el control sino solo el daño, en la confianza de que un dios acogerá con complacencia el holocausto. Puede estar un imbécil o un megalómano al que se haya concedido -democráticamente o por tolerancia estúpida- la potestad de manipular un arma letal -nuclear o, mejor y más barata, un ciberataque masivo- y  que sea incapaz de valorar las consecuencias del comienzo de una guerra nuclear o cibernética.

Puede estar la autoría, simplemente, en un programador muy inteligente, pero circunstancialmente algo descuidado que colocó en mal lugar una instrucción pensada, en realidad, para detener un ataque cibernético global y no para provocarlo.

Puede que un megaordenador haya creído llegado el momento de depurar al Sapiens que lo ideó de su falta de solidaridad y su genuina estulticia.

Tengo escritos algunos poemas sobre esta cuestión, aunque prefiero ceder la palabra a un libre pensador oriental que vivió entre los siglos XI y XII (murió en 1123 a los 83 años), Omar Jayyam, al que ya cité otras veces:

“No creas que me da miedo el mundo/o que no soporto que me deje mi alma./Ineludible es la muerte y nada me aterra./Temo tan solo no vivir cuerdamente” (pág. 79, Rubaiyyat 118. Colección Visor de Poesía, 1981)


Este macho de verderón común (chloris chloris) fue sorprendido por la cámara llevando en el pico unos copos de lana con los que hará más confortable el nido en el que, posiblemente, la hembra ya habrá puesto algún huevo. Es un ave que no es raro encontrar en zonas urbanas, aunque se muestra siempre cauteloso ante el ser humano.

Las hembras de la especie se distinguen por el matiz pardo más deslucido y no el verde musgoso de la espalda del macho y, sobre todo, si se las puede observar de cerca, por el tenue listado del manto.

 

 

Juguetes peligrosos

No descarto que podamos estar sometidos nuevamente a perturbaciones cósmicas que afecten a la capacidad de raciocinio de la Humanidad. Si mi elucubración es cierta, una parte importante de los seres humanos tendrían completamente distorsionada su visión de los hechos.

La prueba de mi sospecha es imposible, pues se vería sometida a la demostración diabólica de que precisamente los afectados por la distorsión mental están equivocados, cuando ellos creen que los errados somos los demás.

Si alguno de los que han sido poseídos por el mal de la distorsión lógica fuera preguntado, opinará que lo que me dispongo a exponer es producto de mi visión sesgada de las cosas, de mi avanzada edad o incluso a -para ellos- despreciable  tendencia a criticar cuanto provenga de la izquierda o la derecha ideológicas (lo que juzgarán como una ofensa, según la parte del cerebro que les haya afectado).

Analice el lector, para que pueda comprobar por sí mismo si está libre de la anomalía, lo que piensa de estas situaciones:

a) El presidente del país aún más poderoso de la Tierra, que dispone de la capacidad para provocar una destrucción masiva de la Humanidad, se cree poseedor de la verdad absoluta.

En consecuencia con su megalomanía, improvisa peligrosamente en política exterior (menosprecia a los aliados, se presenta como inesperado cómplice de otros, eleva la tensión mundial con amenazas y bravuconadas); niega el cambio climático (confirmado por miles de científicos que llevan años analizando la evolución de la temperatura media de la Tierra); entiende que  favorecer a sus propias empresas está dentro del lema antiglobalización “América primero” (sus asesores principales son miembros de su familia y su hija ocupa el lugar del Presidente cuando a él le apetece, a despecho de la organización estatal);abomina de la libertad de prensa (pretende que se publiquen solo noticias favorables a su persona);  quiere hacer mayor el vergonzoso muro que separa a USA de México (y financiarlo con placas solares a cargo del país vecino);  incumple los compromisos y tratados firmados por su antecesor (generando una insólita inseguridad jurídica sobre el país que debía ser principal garante del cumplimiento de los acuerdos), etc.

b) Al otro lado del planeta, un personaje con parecida capacidad de movilización sumisa y esquizoide de las masas a la que tuvo el genocida Hitler sobre el pueblo alemán en la parte más oscura de su Historia, un tal Kim Jong-un, se prepara para iniciar una guerra global, construyendo un arsenal atómico descomunal. Con la población norcoreana sofronizada por  un adulterado comunismo, y con una estructura de control interno de la posible disidencia que mejora cum laude las fórmulas de la abominable Stasi, ese país situado en una de las zonas potencialmente más conflictivas del planeta, camina, a paso seguro, desde su aislamiento internacional hacia una explosión incontrolada.

No está solo en su esquizofrenia, tampoco, en esa parte del planeta. Pero analizar los distintos casos de explotación de los más humildes, vejación de etnias y tribus, conflictos enquistados, descontrol consciente, usurpación de tierras y aniquilación de los diferentes, me llevaría un tiempo del que no dispongo, ni al lector conviene.

c) En Venezuela, con voluntad reiterada de convertirse en paradigma de la negación de los derechos  a la discrepancia y a la oposición democrática, un ignorante Nicolás Maduro -contradictorio apellido para alguien con tal bisoñez intelectual-, secundado (nunca es de  otra manera) por una colección de arribistas y aprovechados ante cualquier posible reparto de poder y prebendas , no contento con haber hundido un antes próspero país en la absoluta miseria -en la estela de un visionario Chávez, adormecido por la sesgada y simplona interpretación de las glorias bolivarianas-, lanza bravuconadas a diestro y siniestro, mientras la población se muere de hambre y los recursos venezolanos (incluido el muy valioso de la capacidad de sus habitantes) se desperdician, pudren y, en su utilización descontrolada desde las corruptas élites políticas, perturban hasta llevarlo a la guerra civil, la paz social que un pueblo precisa para crecer.

d) Por supuesto, en esta relación de descalabros y descalabrados, no puede faltar la hidra de cien cabezas del terrorismo islámico -cuya apelación a una religión aún por depurar no puede ignorarse ni menospreciarse-, que alimenta la guerra civil siria, el despropósito de Irak, Irán o Libia, países en los que los intereses económicos se han enmascarado bajo supuesta defensa de derechos civiles (unos pocos ejemplos), la gerontocracia familiar de Arabia saudí, la aún endiosada corto-dinastía marroquí, la convulsa situación egipciaca (incapaz de encontrar su vía democrática), las imposibles supervivencias pacíficas en las ex-colonias africanas (en donde las economías europeas aún tienen tentáculos de los que no quieren desprenderse). Y otras decenas de ejemplos, en los que también hay que destacar la tensión, típicamente anti-humanitaria, por la que el pueblo elegido por su dios, Israel, sigue echando contra la pared, -guiado por una espada flamígera alimentada desde el capital judío norteamericano-, al pueblo palestino, subvencionado, sí, pero para que permanezca en la pobreza y no pueda levantar su cabeza como estado libre, respetable y autónomo.

e) No está nuestro país libre de este mal cuyos efectos tan sucintamente expongo. En lugar de preocuparnos por generar empleo estable, crear empresas, repartir mejor las plusvalías, unos se esfuerzan en mentir y ocultar información, otros se han ocupado y ocupan en apropiarse del dinero público (ocultando a los que nos robaron con dilaciones judiciales y protecciones especiales, injustificadas en un estado de derecho), aquellos proclaman su voluntad de secesión de la causa común (llamando mayorías a minorías muy poco cualificadas), los de más allá, sin ofrecer más perspectiva que el caos o la revolución incontrolable, persiguen y adulteran con falsedades los valiosos principios de 1) las ventajas generales de una educación exigente y de alto nivel; 2) la estabilidad de una forma de gobierno -la Monarquía-  que, amén de constitucional, carece de alternativa ni mejor ni equiparable;  3) el valor de una religión, la cristiana, que en su estado de aplicación actual, si fuera sentida, sería importante garante de la ética universal (no defendida desde muchos otros frentes, ayunos de valores que no converjan en el egoísmo personal o grupal); 4) la importancia de la solidaridad, de la defensa de la Patria, del control del gasto público, de la mejora de la asistencia social, de la incardinación de la política propia con la internacional, y, en especial, con la de la Unión Europea, que nos garantiza compartir un área de defensa económica, militar, de libertades y de ética, y una historia de superación de diferencias, con guerras (ay!) y, desde hace setenta años (1957?), con acuerdos de colaboración en la paz.

Mírese, mírese el lector, de qué lado está y, si como deseo y presumo, está con el análisis que expongo, tiéntese la ropa, porque estamos todos en vísperas de saltar por los aires. Al peligro cibernético dedicaré mi próximo comentario.


En la foto, una golondrina adulta alimenta a sus polluelos, ya formados, pero aún dependientes del sustento que le entregan sus progenitores.

En realidad, ya están capacitados para procurarse el alimento por sí mismas, aunque la comodidad de vivir a mesa puesta también se encuentra entre las aves que, en muchos casos -algunos, para el observador, inexplicables- provocan que la cría, situada junto al alimento, se hace todavía cebar por sus padres.

Si se observa la foto con detenimiento, se verá que la cría agraciada en el reparto de comida, en su boca, que su hermano aún mantiene abierta, para excitar al solícito progenitor, sostiene una hormiga alada a punto de ser engullida.

No hay sastres para tanto roto

No soy de esos ancianos -pronto cumpliré  69 años- que cuando les ofrecen un asiento en el metropolitano lo rehúsan diciendo que se apean en la próxima o que prefieren mantenerse de pie en la plataforma. Si algún joven me lo ofreciera, me he prometido a mí mismo que lo aceptaría, aunque reconozco que prefiero viajar de pie. No me lo han ofrecido jamás (es cierto que mi aspecto ahora parece saludable, pero cuando estaba sometido a tratamiento de quimioterapia, con la mitad del cabello ido por el desagüe y esa palidez cadavérica que se nos pone a los cancerosos muy evidente, tampoco).

Y sí, prefiero no sentarme, a salvo de que el vagón vaya medio vacío, porque: a) no suelo permanecer sentado más de una estación, pues siempre encuentro razón para cedérselo a una señora, como me educaron en la niñez; b) no es improbable que a mi lado, conformando una extraña capacidad para atraer gordinflones, se siente un/una mole de las que ocupan espacio y medio, que me obliga, por la vía de los hechos previsibles a levantarme si no quiero desfallecer aplastado.

La política de este pequeño país llamado España nos ha puesto sobre el tapete de la convivencia, con un descaro inimaginable hace apenas una década, la confrontación entre los ancianos de la tribu y los jóvenes adultos de la manada. No quiero citar ahora nombres, pero en el escenario político como en el económico, en el mundo de las ciencias, de la investigación como en el de la técnica, la filosofía o el derecho, se ha forjado una dicotomía inexplicable entre los mayores y los menores en edad.

Somos bastantes los ancianos que nos mantenemos de pie en la plataforma, viendo cómo los jóvenes ocupan los asientos, sin atender a nuestra mirada, a lo que podríamos decir o aconsejarles. No estamos muertos, pero nos menosprecian. Muchas de las cosas que dicen esos jóvenes nos suenan -al menos, a mí- a mensajes literarios, desprovistos de realidad y contexto, a juegos de diletantes que se embarcan en aventuras de machos y hembras alfa o beta sin interés para el colectivo, confundiendo su impulso juvenil con la fortaleza del que sabe por dónde va y a dónde conducir a la manada.

Ignoro cómo va a acabar esto, aunque sé, como todos los que lo vivimos, cómo está pasando. En el vagón donde viajo, a veces un grupo de jóvenes se sienta en la propia plataforma, extendiendo las piernas, y cuentan chismes escolares entre sonoras risotadas. No parecen haberme visto; mejor dicho, está claro que les trae sin cuidado que pudieran importunarme, o lo que piensen los demás pasajeros.

En esos casos, para no tropezar con el mar de piernas, prefiero dejarles la cancha libre, llevar mi trasparencia hasta el pasillo, y agarrándome a una barra del vagón, componer un soneto mientras las estaciones pasan. Se muy bien, por experiencia, que si afeo la conducta de esos jovenzuelos que no miran más que a su propio entorno endogámico, me encontraré solo con mi alegato en el vagón, rodeado de indiferencias.

No hay sastres para tanto roto.


La foto de este martinete la conseguí luego de una espera larga, atento a su quietud de pescador avezado. Finalmente, obtuve la secuencia por la que registré cómo se lanzó, utilizando su pico como un dardo, contra una gran carpa, que, luego de un breve forcejeo, engulló.

Después de la exitosa pesca, el ave abandonó su lugar de acecho, supongo que para retirarse a un lugar más recogido o volver al nido en el que quizá tendría que alimentar a sus polluelos. Al día siguiente lo volví a encontrar en el mismo lugar y, aunque también lo observé por largo rato, esa vez creo que el tiempo transcurrió sin que obtuviera presa alguna.