Otras gentes: (6) De rompe y rasga

Una división posible de los humanos, atendiendo a sus hábitos consolidados, sería entre gentes que todo lo guardan y quienes, a la primera de cambio, se desprenden de lo que ocupe algún sitio en su proximidad, sin valorar que les pueda volver a servir o no.

Aunque no escribo solo para bancarios ni tipos que pisan moqueta o parqué laminado, valga decir que, en las oficinas, lugar en donde la observación de comportamientos de los homínidos que antes se llamaban de cuello blanco suele ser más provechosa, los despachos o estanterías de quienes parecen conceder a cada libreta, informe mensual o papelucho,  destacan por la acumulación de carpetas y chirimbolos, con los lugares prácticamente vacíos de quienes no tienen afecto alguno por informes, memoranda y hojas de control de calidad. (1)

Cuando cada jefecillo de departamento tenía secretaria -esas sufridas mujeres que empezaban casi de niñas a mecanografiar, sin perder la sonrisa, una y otra vez el mismo informe y cuyo final, antes de la jubilación, no quiero glosar- era corriente escuchar: “Fulanita, tráigame el acta de aquella reunion de ese día que llovió”, y allá volvía, a los pocos minutos, la criatura, con el documento deseado. Hoy todo el mundo es su propia secretaria, y los papeles de antaño se guardan en ordenadores y lápices usb, hasta que petan o cambian el sistema operativo.

Las gentes de rompe y rasga no tienen por qué identificarse con quienes disfrutan rompiendo papeles y atiborrando las papeleras de los resultados de su afición destructora. Aunque el término ha caído en desuso, hasta hace unas décadas era la forma afectuosa de referirse a los tipos valientes y decididos y, puesto que a los hombres “el valor se le supone”, era preferida para designar a aquellas mujeres de carácter, con pelo en pecho (pido perdón por la gracieta).

Los tipos -hombres y mujeres, por supuesto- que merecerían hoy esta apelación, siempre elogiosa, son aquellos que no se arredran ante una situación que parecería enmarañada a los cualquiera, y, sin necesidad de encomendarse a dios ni al diablo, tiran por el camino de en medio, se saltan a la torera las señales de precaución que los demás seguramente exageran y, para bien o para mal, allá se van con su criterio.

No tenemos hoy mucha gente de rompe y rasga, aunque no faltan los que rompen, sin venir a cuento, lo que se ha construido por los demás sin esfuerzo. De entre los rompedores que hoy destacan, están aquellos que pretenden ocupar un lugar en la Historia saltándose las normas legales y tensando la cuerda de la convivencia buscando, más que el provecho colectivo, su gloria personal. Que, siendo falsa, se convierte en vanagloria.


(1) Se me puede objetar que ahora casi nadie tiene despacho, sino que los lugares de trabajo son apenas unos cubículos abiertos, separados por mamparas trasparentes; incluso, hay empresas en las que los puestos para currar no están asignados a persona concreta, y se ocupan por orden de llegada a la oficina o según convenga a la tarea a realizar.

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La mayor parte de las gaviotas que se ven en las costas del norte ibérico -y en vertederos de basura del interior- son de las llamadas patiamarilla (Larus michahellis). Tienen estas aves, poco simpáticas por su carácter vocinglero y su afición a defecar sobre los autos aparcados en sus mediaciones, un crecimiento lento, y no alcanzan su madurez hasta pasados dos o tres años, soportando varias mudas y cambiando, en consecuencia, su aspecto; se admite que presentan, ni más ni menos, cuatro grupos de edad diferenciables.

Esta gaviota es un juvenil de segundo año, con el plumaje más claro que las de la temporada anterior, y, lejos, aún, de alcanzar el aspecto níveo de sus congéneres adultos; la mancha ocular y el pico grueso delatan que avanza hacia su tercer invierno.

Otras gentes: (5) Gentes del montón

A pesar, o quizá por ello, de considerarnos especiales, de pretender como axioma que somos el centro de nuestro mínimo universo, la igualdad, monótona, anodina y cruel, se cierne sobre nuestra existencia, devorándola. Nacemos, consumimos nuestro tiempo en diminutas acciones sin la menor repercusión exterior, salvo para un círculo de familiares y amigos cuya dimensión trasladada a escala cósmica sería inmensamente ridícula, y morimos, desapareciendo para siempre, y en un somero instante, de la memoria colectiva.

Si emplazados en el Universo con nuestro bagaje mínimo, somos menos que una mota de polvo estelar, ubicados en el planeta Tierra y en este preciso instante, como seres vivos humanos, con capacidad para imaginar, sentir y crear, nuestra anomalía colectiva adquiere un encanto especial. ¿Qué significa tener consciencia de nuestra existencia, a qué conduce ser capaces de planificar, aún equivocándonos, el futuro?

Estas y otras preguntas similares han consumido muchas energías de gentes especiales, extraordinarias, que, a lo largo de los siglos, han aportado granitos de arena sobre nuestro desconocimiento global, poniendo alguna claridad en la noche de la supina ignorancia. Pero solo unos pocos, quizá apenas un par de miles de humanos, han superado en toda la historia de la Humanidad, el umbral de la oscuridad, iluminándola con la antorcha de su sabiduría, de su tenacidad, hasta que su luz se apagó para siempre, dejándonos alguna reflexión sobre la compleja personalidad del Universo en el que estamos realizando nuestra trayectoria como especie hacia un final aún desconocido.

Todos los demás, somos gentes del montón, sin nada extraordinario, tan parecidos a cualquier otro de los que llamamos oficialmente semejantes que bien podríamos considerarnos idénticos a ellos, como las moscas que importunan nuestro descanso, como vemos los pájaros cuyo nombre ignoramos y a cuyos detalles morfológicos o  diferentes cantos no prestamos la menor atención.

Gentes extraordinarias y gentes del montón compartimos la misma estructura química, que combina únicamente cuatro elementos: carbono, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, con solo cuatro radicales, que Watson y Crick en 1953 caracterizaron como adenina, guanina, citosina y timina. Con ese soporte químico tan básico, se construye la vida, se transmiten las características genéticas, se genera la genialidad o la vulgaridad; solo la combinación de cadenas de esos radicales, y las transformaciones químicas o físicas que presentan, diferencia a la mosca del mono, al científico del lerdo, al criminal del pacífico.

Ah, pero algo más sutil, aún por detectar, maravilloso y enigmático, provoca que esas bases nitrogenadas acumulen experiencia, sean capaces de transmitirse sensaciones, imaginar y transmitir ideas y elucubraciones. Se sabe que algunos individuos son geniales desde el nacimiento, por la afortunada combinación de radicales con información y estímulos previos. Se sabe también que esas estructuras genéticas son aptas, especialmente en el ser humano, para incorporar más datos, más información, sabiduría creativa.

Si pudiera formular un deseo de aplicación general, escribiría que mi sueño existencial es que, guiados por gentes excepcionales, la inmensa mayoría de los tipos del montón, nos concentremos en trazar los límites de nuestra ignorancia, venciéndola, al margen de ideologías, falsificaciones, y fantasias. Las herramientas para lograrlo me parecen, hoy como siempre, la formación, la investigación, el espíritu crítico, la solidaridad, el método, la confianza en la capacidad humana, …


Estos  tres gorriones comunes (passer domesticus) vuelan hacia el comedero, que les proporciona alimento fácil y abundante. Resultan indiferenciables, salvo para un observador interesado en analizar el comportamiento de estas aves en un entorno reducido. El ave del medio es un macho con plumaje de verano, el píleo gris, babero negro y  mejillas gris sombrío.

Otras gentes:(4) Gentes del libro

Según la versión clásica del Islamismo y su relación con el derecho, “gentes del libro” son aquellos que practican una de las tres religiones monoteístas que tienen su base en el Antiguo Testamento: cristianismo, judaísmo e islamismo, considerado por todas ellas un libro sagrado.

Cuando  la península ibérica estuvo casi totalmente bajo dominio musulmán, estas gentes o pueblos Libro (gente de la dhimmah) vivían bajo la protección del sultán, siendo sus derechos y deberes diferentes, pudiendo practicar su fe y mantener determinadas prerrogativas a cambio de impuestos, que eran muy superiores para los no islamistas.

La reaparición de la yihad, guerra santa por causa de Dios, -invocada por fanáticos del Islam que, en versiones bastante incoherentes entre sí e ininteligibles desde una posición moderna y deontológica, pretenden implantar una interpretación rígida de los preceptos supuestamente transmitidos por un arcángel al profeta, y no dudan en inmolarse o cometer atentados indiscriminados contra poblaciones que disfrutan de la libertad que han traído la implantación de sistemas democráticos y, en general, oficialmente no confesionales-, ha conmovido la sensación de seguridad de las democracias occidentales.

El vertiginoso envenenamiento de las pacíficas concepciones del Islam, en que, como se esfuerzan en repetir creyentes, admiradores o antiguos educandos en esa religión, se basan sus preceptos, ha aportado incomprensión y recelo hacia todos los practicantes de la doctrina de Mahoma.

Nos sentimos directamente amenazados por estos fanáticos, y, en la confusión entre creyentes y radicalizados, muchos ven en cualquier musulmán -incluso en quienes tienen aspecto árabe, cobrizo o negroide- un potencial sospechoso, un enemigo de nuestra libertad.

Contagioso, el mal está extendido por doquier y no resulta posible identificar una sola causa de la difusión de adeptos a esa doctrina herética. Se propaga utilizando promesas de placeres terrenales y futuros, concentrando extorsiones que implican manejos de dinero y poder, adobando mentiras, lanzando amenazas y provocando terror; es alimentado por drogas, robos y saqueos, no desdeña el ejercicio de autoridad malsana, se cuela como presión de grupo contra crédulos, necesitados, iluminados o sicópatas, supone la falsificación de la historia y el desprecio a la interpretación humanista del Corán, se apoya en la marginación y pobreza reales, crea y mantiene guetos, ritos y vestimentas que separan y se retroalimentan.

Cierto que quienes invocan el nombre de Alá, para embarcarse en acciones terroristas que han causado ya decenas de miles de víctimas civiles (en el sentido o acepción de “no militares”) proliferan con mayor intensidad en países en los que la religión islámica es oficial o de seguimiento mayoritario, pero desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, son muchos, harto frecuentes, y con efecto mediático muy alto por sus características de actuación indiscriminada, los individuos radicalizados que actúan en Occidente y,  especialmente, en Europa.

El atentado sufrido por pacíficos transeúntes de las Ramblas de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, perpetrado por un grupo de individuos, al parecer dirigidos por un imán de Ripoll, y cuya extensión y número aún no está completamente clarificado, ha puesto de manifiesto demasiadas cosas para dejarlas en la nube de la ignorancia. He aquí algunas:

  1. Los terroristas yihadistas, son la mayor amenaza actual contra la seguridad ciudadana. Puede que no consigan amedrentar ni afectar a la libertad ambulatoria de la inmensa mayoría, pero la diversidad de sus métodos y su misma existencia, con células que se han formado y crecido en el territorio europeo (y, en lo que más nos afecta, español), y, por tanto, camufladas como “ciudadanos normales”, exige una actuación policial y de las fuerzas de seguridad, coordinada, seria, inteligente, completa. Esta actuación ha de desarrollarse también, contando con la colaboración ciudadana: hay riesgo también de radicalización de fanáticos en la permisividad y la excesiva  tolerancia cuando está en peligro nuestra vida y la de ciudadanos pacíficos, que nada quieren entender ni saber de esa antihistórica, antiética y criminal iniciativa religiosa. Se nos pide que no nos amedrentemos, y puede que, en general, se consiga -aunque las limitaciones ya existen, y los gastos extras por la seguridad, aumentan-, pero debemos también ser vigilantes y actuar defensivamente ante el riesgo. Ignorar al otro, al semejante, genera un espacio de ocultación para el diferente, el potencial asesino, el fanático que usa la religión como justificación mortífera.
  2. La falta de coordinación policial, los errores y omisiones en la transmisión de información sobre individuos peligrosos o en vías de radicalización, es inadmisible. Da lo mismo que sean treinta mil o cien mil los radicalizados con perfil criminal. Las redes de información, en una época digital y de comunicaciones, han de funcionar a la perfección y no hay excusa para que no haya sido así, para que no sea así. Cierto que la policía no puede vigilar a todo sospechoso (no sería admisible legalmente), pero los atentados han demostrado que no existen “lobos solitarios”, sino grupos coordinados, dirigidos por cabecillas extremistas, educados en la interpretación elucubrante de la doctrina de Mahoma, amparados en su libertad -la nuestra, la que deseamos para nuestra sociedad- para urdir actos terroristas.
  3. Nuestra sociedad, devenida fundamental agnóstica, e incluso crítica de valores históricos vinculados a la religión cristiana, ha caído en la trampa de una excesiva tolerancia. Nuestros representantes públicos se abrazan sonrientes con sátrapas y tiranos nuestras ministras y empresarias se ponen la mantilla o visten “con recato” para no contrariar o escandalizar con la exhibición de su cabellera, sus brazos o piernas al descubierto…y aquí nos hemos acostumbrado a la visión de una pobre mujer cubierta con velo hasta las cejas y con un paño que tapa hasta la menor curva de su sobrepeso, acompañada por un tipo en camiseta que mira sin ocultar su apetencia rijosa ante cualquiera fémina infiel en pantalón corto.
    En fin, si queremos abortar definitivamente esta lacra que nos ha surgido, abandonemos -al menos, de momento- la idea de llevar a la democracia a países islámicos, aplaudiendo primaveras árabes conducidas por un par de centenares de jóvenes voluntariosos concentrados en una plaza pública.  Controlemos el comercio de armas  (también, al detalle), preocupémonos de la verdad de la integración de los inmigrantes y mejoremos hasta el límite la bondad de nuestra policía contra esa delincuencia organizada, que no dude en utilizar cualquier medio para atentar. Y alertemos a los pacíficos contra los excesos de confianza.
  4. Y, como cristianos, judíos, agnósticos o practicantes de cualquiera de los múltiples
    caminos para solucionar nuestra necesidad de explicar nuestra existencia, podemos recordar lo que ya Gilles Kepel en 2000 escribía en su libro “La Yihad” -aparte de algunas equivocaciones de perspectiva que se detectan desde la evolución posterior del terrorismo islámico, al que daba por prácticamente finiquitado-: “El declive de la ideología abre a los musulmanes un vasto espectro para determinar su futuro y emanciparse del corsé dogmático (…)” enlazando con la tradición de sus sociedades que “se caracteriza  por una extrema plasticidad en cuanto a las mutaciones del universo”.
    Esta plasticidad es la que debería unir, hoy más que nunca, a las gentes del libro, con los agnósticos, y los demás creyentes, en la ética universal que, para muchos -entre los que me cuento- es la doctrina suprema del ser humano.
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    Mientras estaba a la caza de una buena fotografía de avutardas, en Villafáfila, esta  avecilla vino a posarse sobre un murete cercano, con graciosos revoloteos. Es un macho de lavandera boyera (motacilla flava), con su plumaje de verano, que gusta de los campos de alfalfa, para criar, y que abandonara en el invierno.

La hembra y el ave joven  pueden confundirse con la bisbita campestre, que tiene el mismo porte, mismos hábitats (en tierras pan llevar ibéricas).

 

Otras gentes: (3) Gentes falsas

Es “más falsa que la falsa moneda”, se escucha para descalificar a aquella persona que es propensa a mentir en lo que nos atañe de cerca. Esas personas, que no son de fiar, por su naturaleza retorcida, han hecho del hábito de engañar, su principal característica, y quien se acerca a ellas, pretendiendo que le den información veraz, se encontrará de hoz y coz con el embuste, que le acabará doliendo, generalmente en el bolsillo.

La mentira es algo despreciable, sin duda, porque a todos nos gusta contar con información fidedigna, fehaciente, coherente y, sobre todo, útil. Sin embargo, quien no haya mentido alguna vez, que tire la primera piedra, y que procure no tirarla a lo alto, porque puede quedarse, si le cae encima por mal sitio, sin un ojo o con un considerable chichón en la mollera.

Son, sin embargo, los que han hecho de la mentira el oficio, aquellas gentes a las que me refiero. Son tipos con apariencia de credibilidad, que ocupan un puesto de relevancia (al que habrán llegado, sin duda, utilizando las mismas malas artes), y que no mueven ni una pestaña cuando lanzan sus embustes. Mi tío Manuel decía que, “si te engañan una vez, la culpa es del mentiroso, pero si la misma persona te engaña dos veces, la culpa es tuya”.

Pues el personal no parece darse por enterado de esa magnífica máxima, puesto que proliferan las mentiras y se encumbran los mentirosos. Internet es un foco infestado de mentiras, que se difunden impunemente por miles de crédulos: consejos estúpidos para conseguir la felicidad, citas falsas de escritores y personajes reales o de ficción que les harían sonrojar -incluso a estos últimos- si fueran enterados de la atribución, noticias seleccionadas con mala uva para difundir mensajes difamatorios contra inocentes, etc.

Quienes mejor me encajan en el apelativo de gentes falsas, son, por una parte, los comerciantes, que nos venden el género con un sobreprecio que no guarda relación alguna con la calidad, o adornan el producto con palabras rimbombantes, para que, con nuestra credulidad a flor de piel, traguemos su mercancía adulterada en calidad o en coste.

Y, por otra, están los políticos y afines, que amparados en títulos de Boston, Oxford o Tegucigalpa (para el caso), rodeados de otros tipos de parecida calaña, traje de merecer y palabras adormecedoras, nos engañan, una y otra vez, con un futuro que no llega (es decir, no llega con el color con el que nos lo pintaron), una recuperación laboral que no aparece más que en los papeles, unas ventajas de productos financieros que jamás tuvieron, en realidad, el mérito que pronosticaron, etc.

No todos los que se dedican a la política , a las finanzas o a la empresa, son “gentes falsas”. Solo algunos. Aunque este tipo de enfermedades de la ética son muy contagiosas. Sospecho que incluso se contagian a distancia, por emulación, o  por instinto de supervivencia en el caldo en el que se desarrolla la actividad a la que algunos han decidido consagrarse como forma de ganar los garbanzos.

Razones estas por las cuales, veo mentirosos profesionales tanto en la izquierda como en la derecha, en la oposición como en el Gobierno. Los tipos que no son de fiar en el mundo de la empresa, merecen capítulo aparte, aunque no estará más recordar a los niños que la economía, la política y la religión son los tres jinetes que conducen la Humanidad hacia su destino.


He fotografiado a este estornino dando de comer a su cría, ya talludita. No son los estorninos las aves a las que tengo más simpatía, pues las asocio a asaltar los campos recién sembrados como si se tratara de enjambres de langosta. Sin embargo, su canto es bastante melodioso y, aunque suelen encontrarse en bandos numerosos, si se las contempla aisladamente, tiene su belleza. Su plumaje negro, brillante, y su agilidad para levantar el vuelo al ser avistados, les hace contrastar vivamente con los tordos, aves con las que los que solo se fijan en lo superficial, frecuentemente los confunden.

Por que los tordos, o mirlos, son también negros -los machos-, pero su plumaje es más opaco, son territoriales y, para levantar el vuelo, tienen que dar algunos saltitos, haciendo su peculiar carrerilla.

Otras gentes: (2) Los tipos con carácter

Hay tipos enérgicos, con genio, que solemos definir coloquialmente como “gentes de carácter”. Hasta no hace mucho tiempo, a los jefes -no solo en los Ejércitos- se les exigía tener carácter, equivalente no ya a dotes de mando, sino como a la capacidad para imponer su criterio entre los subordinados.

Porque se admitía que quien había ascendido algunos peldaños -pocos o muchos- por la escalera del poder, tenía más información, inteligencia y capacidad que las gallináceas que nos encontrábamos más abajo. Ya fueran profesores universitarios, directores de departamento, subsecretarios de Estado o bedeles de un establecimiento, las “gentes de carácter” indicaban, con tono y gesto inconfundibles, que había que seguir sus instrucciones, o… exponerse a las consecuencias (suspenso, marginación, congelación de salarios, paralización de expedientes, vueltas al patio, etc.)

El paso del tiempo y el cambio de época trajo como consecuencia la pérdida de aprecio hacia la característica del “carácter”, al menos entre los directivos de empresa. Se valoran ahora más, dicen, los “jefes colaborativos”, los “creadores de equipo”, los “jefes que no se imponen, sino que convencen”.

Por supuesto, no me creo -o muy poco- en los fundamentos de esa corriente, en lo que pueda interpretarse como que el jefe ha de ser “blandito” y acomodaticio, para sacar el máximo rendimiento a un equipo. Los jefes han de saber lo que quieren, tener las herramientas para hacerlo cumplir- premiando a unos y penalizando a otros- y, aunque no sepa exactamente cómo hacerlo, más le vale poder criticar (con rudimentos, por básicos que sean, pero certeros) lo que han hecho sus subordinados, para no convertirse en un títere a expensas del grupo sabihondo.

No son estos tipos con carácter a los que me vengo refiriendo hasta ahora, los que más me enervan. Al fin y al cabo, allá las organizaciones con la valoración que hagan de las personas. Si me fijo en los directivos de empresa españoles y hago un rápido análisis comparativo con los de otras nacionalidades -y claro está, no los conozco a todos-, aquí son muy apreciados los tipos “hechos a sí mismos” y, además de la opción de ser “hijo de papá” para asumir el mando de una empresa familiar, antes de mandarla al concurso de acreedores, en los grandes grupos empresariales -estos es, lo que llamamos aquí grande- no escasean los que han hecho sus dientes con los dineros públicos, para poder aplicarse bien después en la gestión de los privados.

Las gentes a las que ofrezco mi falta de aprecio en este Comentario son quienes interpretan que su posición de poder les da carta de naturaleza para despreciar, mancillar o explotar a los subordinados, ya les paguen ellos directamente o no.

Esos esclavistas “modernos”, negreros de devoción, fulanos sin respeto al otro, que se creen poseer el dominio sobre un semejante porque le remuneran -generalmente, por debajo de lo que marca la ley- o porque, en los recovecos de su mente retorcida, se imaginan que el otro les debe el favor de la existencia, no son tan escasos.

Especialistas en el maltrato, vocingleros, cortos de alcance pero hábiles en sacar partido de su posición injusta (ni son inteligentes, ni merecen su posición en justa lid, ni, en todo caso, no hay mérito ni virtud que les autorice a pisotear a otros), cuando encontremos a uno de esa subespecie, habría que hacerle la trompetilla.

Lamentablemente, no es extraño advertir que, con su inicuo comportamiento, consiguen no pocas veces sacar tajada. Se las tiene miedo, y, no ya el oprimido, sino el testigo de su exhibición de impudicia con él, se callan. En las conversaciones, nos referimos a ellas como, “gente con mal café”, “gente de mal genio”, pero mejor les va el tenerlos por “gente sin corazón”, “gente desalmada”, y, en fin, ponerlos en el sitio de “gentuza”, negreros fuera de estación, tipejos que se encumbran sobre las espaldas de otros.


La belleza del cisne -blanco o negro- es objeto de alabanzas, un tanto por tradición. Todos los niños nos emocionamos con el cuento del patito feo y los adultos quedamos una y otra vez embelesados con las interpretaciones de “El lago de los cisnes”.

En el agua, los cisnes lucen, con su largo cuello tan maniobrable, su singularidad. Fuera del líquido elemento, son realmente patosos, y su cuerpo desgarbado es evidente. ¿Qué decir de su canto? ¡Un graznido sin emoción, un tufido de trompeta!