Otras gentes: (2) Los tipos con carácter

Hay tipos enérgicos, con genio, que solemos definir coloquialmente como “gentes de carácter”. Hasta no hace mucho tiempo, a los jefes -no solo en los Ejércitos- se les exigía tener carácter, equivalente no ya a dotes de mando, sino como a la capacidad para imponer su criterio entre los subordinados.

Porque se admitía que quien había ascendido algunos peldaños -pocos o muchos- por la escalera del poder, tenía más información, inteligencia y capacidad que las gallináceas que nos encontrábamos más abajo. Ya fueran profesores universitarios, directores de departamento, subsecretarios de Estado o bedeles de un establecimiento, las “gentes de carácter” indicaban, con tono y gesto inconfundibles, que había que seguir sus instrucciones, o… exponerse a las consecuencias (suspenso, marginación, congelación de salarios, paralización de expedientes, vueltas al patio, etc.)

El paso del tiempo y el cambio de época trajo como consecuencia la pérdida de aprecio hacia la característica del “carácter”, al menos entre los directivos de empresa. Se valoran ahora más, dicen, los “jefes colaborativos”, los “creadores de equipo”, los “jefes que no se imponen, sino que convencen”.

Por supuesto, no me creo -o muy poco- en los fundamentos de esa corriente, en lo que pueda interpretarse como que el jefe ha de ser “blandito” y acomodaticio, para sacar el máximo rendimiento a un equipo. Los jefes han de saber lo que quieren, tener las herramientas para hacerlo cumplir- premiando a unos y penalizando a otros- y, aunque no sepa exactamente cómo hacerlo, más le vale poder criticar (con rudimentos, por básicos que sean, pero certeros) lo que han hecho sus subordinados, para no convertirse en un títere a expensas del grupo sabihondo.

No son estos tipos con carácter a los que me vengo refiriendo hasta ahora, los que más me enervan. Al fin y al cabo, allá las organizaciones con la valoración que hagan de las personas. Si me fijo en los directivos de empresa españoles y hago un rápido análisis comparativo con los de otras nacionalidades -y claro está, no los conozco a todos-, aquí son muy apreciados los tipos “hechos a sí mismos” y, además de la opción de ser “hijo de papá” para asumir el mando de una empresa familiar, antes de mandarla al concurso de acreedores, en los grandes grupos empresariales -estos es, lo que llamamos aquí grande- no escasean los que han hecho sus dientes con los dineros públicos, para poder aplicarse bien después en la gestión de los privados.

Las gentes a las que ofrezco mi falta de aprecio en este Comentario son quienes interpretan que su posición de poder les da carta de naturaleza para despreciar, mancillar o explotar a los subordinados, ya les paguen ellos directamente o no.

Esos esclavistas “modernos”, negreros de devoción, fulanos sin respeto al otro, que se creen poseer el dominio sobre un semejante porque le remuneran -generalmente, por debajo de lo que marca la ley- o porque, en los recovecos de su mente retorcida, se imaginan que el otro les debe el favor de la existencia, no son tan escasos.

Especialistas en el maltrato, vocingleros, cortos de alcance pero hábiles en sacar partido de su posición injusta (ni son inteligentes, ni merecen su posición en justa lid, ni, en todo caso, no hay mérito ni virtud que les autorice a pisotear a otros), cuando encontremos a uno de esa subespecie, habría que hacerle la trompetilla.

Lamentablemente, no es extraño advertir que, con su inicuo comportamiento, consiguen no pocas veces sacar tajada. Se las tiene miedo, y, no ya el oprimido, sino el testigo de su exhibición de impudicia con él, se callan. En las conversaciones, nos referimos a ellas como, “gente con mal café”, “gente de mal genio”, pero mejor les va el tenerlos por “gente sin corazón”, “gente desalmada”, y, en fin, ponerlos en el sitio de “gentuza”, negreros fuera de estación, tipejos que se encumbran sobre las espaldas de otros.


La belleza del cisne -blanco o negro- es objeto de alabanzas, un tanto por tradición. Todos los niños nos emocionamos con el cuento del patito feo y los adultos quedamos una y otra vez embelesados con las interpretaciones de “El lago de los cisnes”.

En el agua, los cisnes lucen, con su largo cuello tan maniobrable, su singularidad. Fuera del líquido elemento, son realmente patosos, y su cuerpo desgarbado es evidente. ¿Qué decir de su canto? ¡Un graznido sin emoción, un tufido de trompeta!