Otras gentes: (y 10) Mi gente

Termino este conjunto de disquisiciones acerca de algunas de las varias acepciones que en el rico idioma español adopta el vocablo gente, con uno de sus empleos más polisémicos y, por ello, curiosos.

La expresión “mi gente”, en la actualidad, es más habitual en el mundo de la empresa y de la política. Cuando un jefe o jefecillo anuncia a un cliente “te envío mi gente”, está manifestando, por ejemplo, tanto una relación de autoridad como una situación de confianza con el personal a su mando y un específico interés en solucionar el problema o situación. Si existiera solamente una obligación, derivada del cargo, de atender a la petición y, en particular, si se tratara de una reclamación de resultado incierto, posiblemente se limitaría a decir, desde su poyete autoritario “Le mando a alguien”.

En el ámbito doméstico, por “mi gente” o “los míos”, debe entenderse, inequívocamente, la familia, aquellos miembros de la misma, a los que se siente unido el dicente por vínculos muy especiales, de sangre y proximidad. Con esa gente existe, al menos en el momento en que la frase se formula, una confianza máxima, nacida de enlaces genéticos y no adulterada por zancadillas y traspiés de la vida. Si algo se tuerce, el hijo de vuelve pródigo y dilapida el negocio, el cónyuge nos pone cornamenta sentimental (y lo descubrimos) o el progenitor evidencia una demencia senil insoportable, es probable que los apelativos no sean, ni de lejos, cariñosos.

En estos tiempos en que lo gregario es signo de identidad de la especie, la sintonía máxima puede encontrarse entre desconocidos con los que se está viendo en directo un partido de fútbol, o una carrera de motos, a los que, en un ataque de fervor, se puede llegar a decir: “Vosotros sois mi gente, la gente con la que me siento bien”.

Hay bastante devoción a reunirse, al cabo de muchas décadas, con los compañeros del colegio o del Instituto a los que se perdió de vista por avatares de la vida; los que hicimos la mili, tenemos una protuberancia nostálgica a convocar para un almuerzo multitudinario a los comilitones de la compañía, de cuya inmensa mayoría se ignora el nombre, y en las copas, alguien se suele levantar para apostillar algo así como “vosotros sois mis mejores amigos, mi gente”.

Lamentablemente, llevados por la falsificación, también de los sentimientos, conocemos muy poco del próximo, incluso del muy próximo. El lema que parece presidir nuestras actuaciones con los demás, a salvo de un círculo restringido pero variable de acuerdo con el momento, es “ignora a los demás, como ellos te ignoran a ti”.

Lo que se ha revelado como peligroso. Para la seguridad y para la libertad. Padres que ignoran que sus hijos son terroristas, vecinos que definen como “simpáticos”, porque les saludaban con un “Hola” cuando se cruzaban en el portal, a violadores en serie, ejecutivos de prestigio que acumulaban réditos irregulares en paraísos fiscales, políticos honorables que recibían herencias falsas de antepasados especuladores, etc.

Gerald Durrel, en “My family and other animals”, en un inolvidable retrato autobiográfico, pasa revista a “su gente”, el grupo de seres adorables con los que compartió una niñez llena de pasión. El juego burlón del título resulta certero para quienes nos adentramos, con el autor, en las anécdotas de su peculiar troupe.

Observando el cariño con el que bastantes de mis coetáneos cuidan a cánidos a los que encuentran, al parecer, merecedores de un afecto que no están dispuestos a dispensar a quienes más se les asemejan (al menos, en lo exterior), me pregunto, a quién considerarán, si fueran requeridos para ello, digno de aparecer como “su gente”. ¿Excluirían a sus familias, a sus coetáneos?

(Estoy convencido de que dentro de unos meses la tensión actual que se vive por el llamado “tema catalán” se habrá disipado como azucarillo en el tazón, pero quiero traer a colación lo que leí en un periódico de la pluma de un periodista solvente: “La gente que sigue a Puigdemont no es la misma que votó a Mas, pero es “su gente”, y, con él, está dispuesta a llegar hasta el final”)

Por mi parte, este es el final de mi librito que he titulado como “Otras gentes”.


En un charco de agua fresca, cerca del follaje, apremiadas por la sed, resulta habitual que se concentren aves de varias especies. Aquí, junto al carbonero y los herrerillos, un pinzón abreva también sin importarle la vecindad ni la discrepancia de plumas o pelajes.

 

 

 

Otras gentes: (9) De paso

 

La formación cristiana supone admitir que “estamos de paso” en este mundo, en el que deberíamos acumular méritos para disfrutar de una eternidad colmada de felicidad, aunque los escépticos (y no pocos creyentes) reconozcan la dificultad en precisar en qué pueda consistir el goce sin límites espaciales ni temporales.

Cuando España no era aún país destinatario apetecido como residencia definitiva por nacionales de otros países -utilizo la palabra “nacional” con las reservas que la amenaza de segregación de Cataluña puso sobre el tapete dialéctico-, los pocos extranjeros que se encontraban por aquí, alegaban encontrarse “de paso” hacia objetivos más interesantes y económicamente prometedores, como Alemania -entonces, República Federal-, o Francia.

En la actualidad, el mosaico de emigrantes dispuestos a quedarse para siempre abarca desde los iberoamericanos a los chinos, pasando por los apátridas del Sahel, rumanos y ucranios, lo que podría significar que nos hemos situado, como país, a la cabeza de los apetecibles destinos permanentes para asentar los reales familiares y ganarse la vida. Los casos de los británicos y centroeuropeos jubilados y de los capos de las mafias rusa o colombiana deberían analizarse desde otra perspectiva, que, por falta de espacio, no pretendo abordar aquí.

La expresión “de paso”, se utiliza, en el lenguaje habitual, para introducir en el discurso cuestiones que no tienen nada que ver con el tema principal. El recurso es muy utilizado en política y en las conversaciones sobre temas familiares, para criticar, sin venir a cuento, a posturas de otras partidos o par lanzar una pulla a la parentela de la pareja.

En los años largos de la última postguerra española, en que, hasta los sesenta del pasado siglo, pesaba la excesiva pobreza,  había mucho migrante -familiares y amigos que buscaban pasar unos días con los parientes mejor situados en la capital, con la excusa de encontrar trabajo o de cerrar un negocio inexistente. “Estoy de paso”, acostumbraba a decir el afectado, si se le preguntaba por razones.

La delicada situación económica y política en la que se encuentra España -falta de guión y con exceso de actores secundarios-  nos convierte a todos los españoles, sin que importe el calificativo regional, en “gentes de paso”. Me gustaría , como a todo sensato lector de estas líneas, saber a dónde nos dirigen. Me temo, por el guirigay que se ha formado entre pastores, que ni siquiera los que nos dirigen saben a dónde vamos.


Las tres garcetas comunes (Egretta garzetta) de la fotografía, que tomé en el Parque nacional de Monfragüe, seguramente forman parte de una colonia residente allí. Se las distingue, en vuelo, de otros ardeidos blancos, por los dedos amarillo brillante. Son aves silenciosas salvo cuando se encuentran en los lugares de anidamiento. En los períodos nupciales y de cría, los adultos desarrollan en la nuca dos plumas muy alargadas.