Cuento de invierno: Viviendo entre amenazas

El nombre de País de la Tranquilidad no debiera llamar a engaño. Aquella época alegre y despreocupada, en la que -según decían las antiguas crónicas- bastaba con meter, con mínima pericia, la mano en el arroyo más cercano para sacarla con una trucha atrapada entre los dedos, o los frutos de los melocotoneros y naranjos se pudrían en el suelo porque nadie se molestaba en agacharse a cogerlos, había quedado atrás.

El País de la Tranquilidad estaba, hoy en día, sometido a muchas amenazas. Era una sensación difusa, imprecisa, pero que había cobrado cuerpo en todos sus habitantes. que se habían vuelto recelosos.

La fama que habían adquirido tampoco les beneficiaba, porque seguía siendo un atractivo irresistible para los habitantes de otros países, en los que la hambruna, la falta de recursos y la desesperación eran aún superiores.

-Ayer, a pleno día, han robado en casa de mi vecino -era un comentario que podía oírse en la mercería de la esquina, mientras la propietaria del negocio envolvía los seis botones que le acababa de comprar una cliente, y que iban destinados a ser cosidos en una chaqueta de ante a la que había hecho recortar los faldones en una sastrería especializada en arreglos, regentada por unos comerciantes cochinchinos.

-Dice la policía que los ladrones son bandas organizadas extranjeras que disponen de llave maestra de cualquier puerta de seguridad -ratificaba, en otro lugar y momento, exponiendo su información, el encargado del concesionario de automóviles a la cajera, quien le acababa de traer un café con azúcar de la máquina expendedora y con la que, dicho sea de paso, tenía una relación sentimental.

-En un programa de televisión han explicado que esos individuos envían la fotografía de las cerraduras a una empresa italiana y, a vuelta de correo,  contra reembolso, les mandan la llave maestra. Actúan en grupos de tres personas, y mientras uno vigila la calle, los otros dos entran en el piso. Prefieren pisos altos, van directamente a la habitación principal  y usan la escalera, no el ascensor, para evitar el encuentro con un vecino – podría ser la explicación que, para completar el dibujo del panorama, ofrecía el técnico en comunicaciones avanzadas que había sufrido un ERE la semana pasada y estaba esperando. mientras tomaba una cerveza,  que, de un momento a otro, le avisaran de que su esposa se había puesto de parto.

El Comité de Seguridad del País de la Tranquilidad estaba al tanto de la preocupación ciudadana y, por eso, llevaban reuniéndose, en una sesión de las llamadas permanentes, desde hacía más  cinco años. Habían avanzado mucho en su tarea: tenían localizadas muchas de las amenazas, y detectado la mayoría de las vulnerabilidades.

-Antes de tomar una decisión -expresó aquel día de enero su Presidente, repasando sus notas- es imprescindible establecer prioridades, puesto que nuestros recursos son muy limitados.

-La mayor amenaza a la que nos enfrentamos es, sin duda, la del cambio climático, que puede derretir los polos, elevar la altura del mar más de seis metros, inundar los pueblos costeros y calentar la  superficie de la Tierra en más de seis grados.

-No estoy de acuerdo -replicó el Jefe del Estado Mayor de los Ejércitos-. El riesgo más alto que sufre nuestra sociedad es el de la guerra atómica, en la que los países del arco fanático quieran probar la eficiencia de sus armas nucleares atacando uno de nuestros aliados.

-Quiá -mantuvo, con firmeza, el Comisionado de la Federación de Empresarios que, por cierto, venía de declarar ante el Tribunal justiciero por una presunta apropiación de las cuotas de los asociados, y que habría empleado en un viaje a las Hébridas con su concubina-. El máximo peligro de nuestra sociedad es la invasión de los productos corniculianos, a precios ridículos, porque sus salarios son la décima parte de los de nuestra clase trabajadora.

A pesar de que llevaban tantas reuniones, analizando amenazas y vulnerabilidades, no conseguían ponerse de acuerdo en establecer las prioridades, porque todos los peligros les parecían de muy alta importancia. Cuando ya declinaba el día, un asistente muy joven que, al parecer no había sido invitado porque no formaba parte del Comité, dijo en voz muy alta:

-¿Será de alguno de Vds. un todoterreno azul que se está llevando la grúa?

Hubo un silencio, y varios de los presentes salieron corriendo, asustados.

FIN

 

 

Cuento de invierno: El cuentista

El cuentista se puso a reflexionar, como solía hacer con frecuencia -puntualicemos: no con “cierta” frecuencia, sino con mucha, alta y hasta desmesurada frecuencia, pues era persona de natural reflexivo, lo que, por otra parte, tratándose de un contador de cuentos no tiene porqué parecer extraordinario, sino, más bien, encajable en el grado medio con que se dedican a la reflexión los cuentistas que ni fu ni fa.

En aquella ocasión, la causa desencadenante había sido la recepción de un mensaje extraordinario -esto es, sin aviso previo ni antecedente o señal premonitoria por parte de su emisor, aunque no por ello habría de ser juzgado de insólito o impertinente- de una persona a la que el cuentista apreciaba personalmente.

El contenido esencial del mensaje era éste: “No merece la pena que malgastes tu tiempo, pues es evidente que lo que escribes no tiene ningún interés, ya que prácticamente nadie te lee”.

Debe completarse la valoración del mensaje antedicho con una precisión: el emisor del mismo pertenecía al inmenso grupo de los que jamás habían leído nada de lo escrito por el cuentista.

Por demoledor que le pareciera el consejo, el cuentista no podía pasar por alto que no constituía óbice, cortapisa o dificultad para que entendiera que la concluyente afirmación que contenía, partía de una premisa mayor o principal correcta. Prácticamente nadie leía lo que, con tenacidad y recalcitrancia, escribía, casi todos los días.

La conclusión, sin embargo (que figuraba situada en primer lugar de la frase que analizamos, a modo de tesis o deducción del silogismo) apelaba a una cuestión subjetiva -y que, por tanto, solo podría valorarse cabalmente en el ámbito personal de los móviles del propio cuentista-: no merece la pena que malgastes tu tiempo.

Se trataba, pues, de una concatenación causa-efecto, siendo la variable de entrada (input) el tiempo del cuentista, y el resultado de la función, cualquiera que fuera su formulación matemática o intuitiva, que “no merecía la pena”, sin precisión de sujeto, elemento o fórmula de evaluación   aplicados, aunque podría deducirse que a quien no habría de merecerle la pena era al propio cuentista, que era quien ponía, al fin y al cabo, la carne en el asador, esto es, su tiempo.

Especialmente intrigante resultaba al cuentista la existencia de una segunda hipótesis (subsumible como premisa menor en el razonamiento lógico empleado por su interlocutor), y que se convertía en la protagonista principal del pretendido aserto. Era su objetividad la que le parecía que podría ser puesta en entredicho, siempre que fuera posible medir el interés de un escrito, alocución o mensaje, en relación con algún otro baremo distinto al número de lectores o seguidores que pudieran  contabilizarse en un momento dado.

El cuentista encontró en el asunto materia suficiente para reflexionar, al menos durante algunos minutos, en relación con los términos “interés objetivo” y “formas de despertar la atención acerca de lo que se escribe”, en el supuesto, claro está, de que el “interés subjetivo” de escribir estuviera claro, lo que aparcó de momento, para no complicarse la vida.

De acuerdo con esta intención previa, cuya catalogación entendía que a él solo correspondía hacer,  recogió algunos ejemplos de éxito ajeno, tomados de la vida misma.

Ejemplo Primero: Es conocido que muchos -o todos- los partidos políticos que se presentan a unas elecciones, ya sean  o particulares, para conseguir llenar los locales en donde sus representantes más cualificados -los que pretenden vivir de ese cuento, en suma- exponen sus ideas o programas (en el supuesto de que los tuvieran), apelan a incluir, como atractivo, o acicate, formando parte intrínseca del espectáculo, a cantantes o artistas de la farándula que, con su arte, adornan el momento, le dan publicidad y alegrarán al personal asistente, haciéndole pasar un buen rato.

El cuentista realizó algunas encuestas -limitadas, ya que no dispone de muchos medios- acerca del contenido que recordaban los asistentes a los que tuvo acceso, de aquellos mítines y reuniones multitudinarias.

Encontró que, con absoluta exactitud, los asistentes recordaban quién o quiénes habían aderezado el festival con sus representaciones folclóricas, pero no eran capaces de indicar en qué consistía ese programa político. Aún más, cuando se aventuraba el encuestado a elucubrar sobre el mismo,  lo que creía haber escuchado no coincidía en absoluto con lo que correspondía al programa del que se suponía había sido destinatario y objeto preferente del mítin, limitándose a expresar frases genéricas, que igual podían ser atribuibles al partido político A, a su opositor B, o al catecismo del Padre Astete.

Concluyó, entonces, el cuentista que -si bien podría aceptarse que el mítin o reunión analizados, habían tenido éxito de convocatoria, pues se había llenado el aforo- la capacidad del mismo para difundir un mensaje específico, distinto del hecho de pasarlo de forma más o menos divertida con el espectáculo- era objetivamente nula.

Ejemplo segundo.- Tomando como envidiable referencia la de aquellos competidores por la atención del deseable público que tenían éxito notabilísimo de audiencia o seguimiento -los llamados gurús de las ondas, que acostumbran a pontificar sobre todos los temas imaginables, recortando aquí, copiando allá, o elucubrando sobre la marcha hastacullá-, analizó dos cuestiones: a) el número y calidad de las adhesiones que suscitaban sus comentarios y b) el tiempo presuntamente  dedicado, a partir de las estadísticas disponibles- a leer esos mensajes.

Encontró que cualquier mensaje de los llamados gurús o conductores de opinión, en especial, los que se limitaban a indicar: “Feliz día” o “Os deseo que os vaya bien” obtenía cientos y hasta miles  de adhesiones inmediatas, concretadas en “Me gusta” o, más explícitamente: “Te deseo lo mismo”.

En relación con mensajes más elaborados, cuya lectura, incluso rápida, hubiera consumido, al menos, de tres a cinco minutos, los registros evidenciaban que solo había merecido, salvo contadísimas excepciones atención durante un máximo de 3 segundos, supuesto, por lo demás, que los contadores fueran capaces de registrar tamaña precisión.

Concluyó, pues, que esos -en principio, tenidas por importantes y, por qué no, en algún caso, elaboradas elucubraciones de sus autores, cuya escritura podía haberles llevado un mínimo de entre veinte minutos a media hora- era consumido en menos tiempo que el que se emplea en sonarse la nariz o tirarse un p.

El cuentista, con este bagaje práctico, concluyó su análisis con esta determinación:

Haré lo que me parezca bien, sin importarme la trascendencia que consiga con mis elaboraciones. Al fin y al cabo, escribir cuentos me produce una satisfacción personal que no puedo conseguir de otra manera y, tal vez, alguien. que hoy ni siquiera conozco, conceda atención a lo que escribo, y le sirva para algo. Y, en todo caso, estoy muy agradecido de esas diez o veinte personas que me consta que me leen y, de vez en cuando, me comunican que les gusta lo que han leído.

Eso me basta, escribió el cuentista. Y escribió, aquel día, este nuevo cuento, para que, quien tenga ganas y tiempo de leerlo, disfrute o piense, aunque solo sea un instante, sobre lo que merece la pena y por qué .

FIN

 

Cuento de invierno: Cuadro expresionista

El hombre entró en el local, que olía a sudor y a humo. Llevaba una gabardina  empapada que se quitó nada más traspasar la puerta. Su pelo chorreaba.

-¿Hay algún médico? – preguntó con un grito desesperado.

La música impidió oir sus palabras. Los que estaban más cerca de él le miraron y aquel individuo angustiado trató de explicarse mejor para ellos.

-Hemos tenido un accidente.

Entonces se fijaron en que tenía la mano derecha envuelta en un pañuelo sanguinolento. Y el supo mejor la naturaleza del local en el que había entrado.

Dos mujeres completamente desnudas se movían voluptuosamente en el centro de un pequeño escenario.

La noticia pareció propagarse a lo largo y ancho del sitio y llegó a todas partes. Alguien detuvo la música y el hombre se dio cuenta de que había pasado a ser el centro de atención.

También las dos mujeres del teatrillo interrumpieron lo que estaban haciendo. Una de ellas se quitó la peluca rubia y avanzó hacia el tipo de la venda.

-Yo soy médico- dijo.

Salieron todos a la calle, y comprobaron que, en efecto, había tenido lugar un accidente y su naturaleza. Un camión había volcado parcialmente y decenas de cerdos que formaban su mercancía se habían esparcido, libres, por el terreno. Vagaban sin rumbo, enloquecidos, como figuras fantasmagóricas, a las que ocasionalmente iluminaban los coches que circulaban por aquella carretera vecinal, y que trataban de esquivarlos.

Empotrado en un lateral, un coche deportivo estaba empezando a arder. Su conductora, inconsciente por el brutal golpe, herida de muerte ya que el volante de su vehículo se le había empotrado en el tórax, hacía unos minutos que había dejado de existir.

No había nada que hacer.

-No hay nada que hacer -dijo la médico que actuaba de stripper en el local-. Que alguien llame a la policía.

Nadie de los que observaban la situación, a una discreta distancia, podía conocer que aquella mujer había tenido una noticia que le había hecho feliz hacía apenas unas horas. Por eso, iba, obnubilada por la ilusión, a llevar un bizcocho de pasas a su amiga Gallete, la de la mercería, que también era muy aficionada a los pasteles.

-Qué pena. Era una mujer muy hermosa -dijo alguien. Hace apenas unos minutos estaría rebosante de vitalidad.

-Si se pudiera dar marcha atrás, daría lo que fuera -expresó, sin estar seguro de lo que decía, el conductor del camión, mientras se miraba la mano y manoseaba el pañuelo ensangrentado.

Era imposible dar marcha atrás; el tiempo solo fluye hacia adelante.

Llegó la policía, y tomó declaración al conductor y uno de los agentes -una chica muy joven- preguntó si había algún testigo.

-No hemos visto nada, ni siquiera oímos el ruido -respondió un tipo con bigote, que podría ser el dueño del local.

-Llamaremos al juez, para que haga el levantamiento del cadáver -fue lo único que se le oyó decir al policía de más edad, que no paraba de tomar notas, no se podría decir muy bien de qué.

Poco a poco casi todos los clientes volvieron a entrar en el local. Necesitaban calentarse, y tomar algún refresco. El conductor del camión estaba preocupado por reunir a los puercos, pero no tenía método y, tal vez, le faltaban las ganas.

El espectáculo continuó. La chica que había dicho que era médico se quitó el abrigo, pero olvidó ponerse la peluca. Muchos pensaron que no era posible concentrarse hasta que pasara un rato y se disiparan los restos de la emoción.

Después, siguieron haciendo lo mismo que les había llevado hasta allí, cada uno con su historia, quién sabe cuál.

FIN

 

Cuento de invierno: Clemencia senil

Aunque se sospechaba que ya había cumplido los ochenta años, Silvela Menosconto, conservaba interesantes cualidades.  Había sido una mujer hermosa y en este aspecto, sí que el tiempo había hecho estragos: la esclerosis encogía y doblegaba su cuerpo, obligándola a caminar, desde hacía años, apoyada en un bastón,

Había sido profesora de griego en un Instituto femenino de Valgamediós y, entre sus éxitos literarios, contaba una traducción directa de varios clásicos. Su estudio sobre Esquilo, al que, en una brillante demostración,  controvertida por otros eruditos, había despojado de la autoría de algunos poemas, para atribuírselos a Arquíloco, le había granjeado una cierta fama, obviamente limitada a los especialistas en la creación griega arcaica.

Silvela no tenía hijos, aunque considerada como tales a algunos de sus alumnos. Por la Residencia geriátrica aparecía muy de tarde en tarde un tipo calvo, bastante obeso, al que acompañaba una mujer más joven, que se decía pintora y que se vestía de una forma que parecía más adecuada para hacer la calle que para rendir pleitesía a una anciana.

Se sabía que el hombre era sobrino de Silvela, porque así lo había dicho a otro residente.

-Te hemos traído una caja de bombones -le decía el sobrino.

-¿Por qué os habéis molestado? Aquí no necesito nada. Además, tengo prohibido tomar dulces…por la diabetes -replicaba, invariablemente Silvela, como respuesta a la atención idéntica que, visita tras visita -bastante esporádicas- le hacían los únicos miembros conocidos de su familia.

Un día de octubre, sin preaviso, aparecieron en la Residencia cuatro personas, preguntando por Silvela Menosconto. Eran tres mujeres y un varón, todos ellos en torno a los cincuenta y muchos años.

La visita supuso cierta conmoción en la residencia, porque se producía un lunes por la mañana, y los días de visita eran los jueves.

El hombre se presentó y, sacando una cartulina de un maletín que llevaba, pronunció unas palabras:

-El Excelentísimo Ayuntamiento ha decidido concederle a Vd. el título de hija adoptiva de la ciudad -y le extendió el documento, que tenía las letras de colorines y varios sellos, lo que le daba mucho empaque al papel. Las otras tres personas que le acompañaban, aplaudieron tímidamente.

Silvela, aún sujetando el bastón, que le era imprescindible para mantener el equilibrio, recogió la cartulina, algo aturdida.

-P…pero aquí dice “a título póstumo” y yo, que sepa, no estoy muerta aún -leyó, sin  necesidad de usar gafas, ya que tenía muy buena vista, a pesar de todo.

Los otros se miraron. De alguna parte surgió un tipo que hizo varias fotografías.

-Es, sin duda, un error. Pedimos disculpas. Pero lo importante es que el título que le hemos otorgado -concretó el hombre, que, como se supo después, era el concejal de cultura de la ciudad.

-No, disculpe. Lo importante para mí es que aún estoy viva -dijo Silvela, con una sonrisa triste. – Pueden volver en otra ocasión, si no les es molestia. Eso sí, antes cerciórense de que el diploma no contiene error alguno.

Y les señaló, con delicadeza, la puerta por donde habían venido. No sin antes, hacer una puntualización:

-Porque, a Dios gracias, no tengo demencia senil, pero, por mi vocación de maestra, ejercida durante tantos años, he aprendido a ser clemente con los errores de mis discípulos. Por eso, lo que tengo es una gran clemencia senil, que utilizo tanto con los demás, como, sobre todo, conmigo misma.

Dicen otros huéspedes de la residencia, que Silvela Menosconto se retiró a su habitación, que -por el momento- no compartía con nadie, y leyó, como cada noche, una página elegida al azar de sus autores amados. Y quiso la casualidad, que tanto ronda entre los humanos, que aquella vez le correspondieran unos versos de Safo, aquellos que dicen:  ἔλθε μοι καὶ νῦν, χαλεπᾶν δὲ λῦσον/ ἐκ μερίμναν ὄσσα δέ μοι τέλεσσαι/ θῦμος ἰμμέρρει τέλεσον, σὐ δ᾽ αὔτα/ σύμμαχος ἔσσο, y que ella, mentalmente, tradujo así:

“Ven de una vez, diosa, para colmar mi deseo/ y libra mi alma del yugo de la pena/protegiéndome como siempre/en la dura batalla por subsistir”

FIN

 

Cuento de invierno: Amores lejanos

Todos los años, la víspera del día de San Valentín, Desperato Solitudo enviaba más de doscientas cartas a otras tantas direcciones de gente que conocía.

A decir de verdad, no eran personas con las que tuviera una gran relación, en el sentido, de una relación de amistad profunda. Sabía cómo eran, -color del pelo, características del rostro, medidas básicas de su contorno corporal, algunas aficiones, …- y, obviamente, dónde vivían.

Si fuera compelido a expresar la profundidad de su conocimiento respecto a esas personas, se vería obligado a reconocer que tenían pocos secretos para él. Eso creía, al menos, Con tanto mimo, con tal intensidad y diligencia, había realizado su labor de investigación -desde tiempo atrás- que, se podría expresar que formaban, si fuera permisible hablar de ese modo tan peculiar, parte de él. Eran imprescindibles para su vida, formaban parte de su bienestar.

Hasta tal punto llevaba observándolas, anotando con sumo cuidado sus medidas más íntimas, sus gustos, cadencias, sus colores preferidos. Podía alardear de conocer los caracteres, no solo suyos, sino de sus amistades y, en no pocos casos, de sus conocimientos. Si se le permitiera repasar sus anotaciones, puede que en bastantes casos se encontrara la referencia de los lugares que frecuentaba y aquellos que -por razones que también se había preocupado de descubrir- procuraban evitar en lo posible.

Todas esas personas de las que Desperato guardaba tanta información tenían en común una característica: eran mujeres. Mujeres, no todas exactamente jóvenes, pero sí la mayoría. Algunas, jovencísimas.

Presiento que el lector, al llegar a este punto del relato, habrá esbozado una mueca de disgusto y habrá de inmediato dejado volar su imaginación hacia esos otros personajes, reales o imaginados, que han hecho de su obsesión por lo femenino un vicio inconfesable.

Un deseo frustrado de abarcar lo insondable, enfermizo, tópico, que ha conducido a tantos seres presos de su apetencia desgraciada a crímenes abominables, a violaciones absolutamente reprobables, a secuestros, a quién sabe qué horribles vejaciones o suplicios de las que las mujeres eran, en todos los casos, los sujetos pacientes, las víctimas, las desgraciadas.

Alto ahí. Desperato Solitudo era un observador conciso, educado, discreto, sagaz, pero en absoluto un vicioso. Desperato Solitudo era un profesional. Un gran profesional, en verdad.

Hora es ya que despleguemos la razón por la que este probo ser, tan pulcro en el vestir como diligente en la anotación de sus observaciones, estaba entregado a esa investigación del sexo o género femenino, que de las dos maneras tiende ahora a decirse, sin que se haya atinado a saber muy bien en qué consiste, si la hubiera, la diferencia.

¿Por qué más de doscientas cartas, qué decía en ellas, cuál era el sentido de enviarlas, precisamente, el día de San Valentín, que, como sabe hasta el escolar menos ilustrado de Primaria, es el Día de los Enamorados?

¿Estaba él, acaso, enamorado de más de doscientas mujeres? ¿Era un potencial polígamo, aunque solo fuera por arrebato de su imaginación calenturienta?

En absoluto, Desperato Solitudo era, repitámoslo, un tipo serio. Un buen trabajador, con un negocio floreciente, y, a pesar de la crisis, boyante.

Si antes de haber caído en el lastimoso resultado de una equivocada pesquisa, nos hubiéramos fijado en el letrero, luminoso por la noche, que anunciaba el negocio de Solitudo, hubiéramos comprendido mejor:

Decía: “Solitudo, fajas y sostenes a medida”.

Y lo que Desperato Solitudo enviaba, acompañando aquellas más de doscientos sobres cerrados, conteniendo otras tantas cartas, se supone que de amor o deseo, y que él no había escrito, sino que, simplemente, había anexado, -con toda pulcritud y delicadeza, cuidando los detalles-, eran cajas conteniendo las más diversas prendas íntimas. Bellísimas braguitas, calzones, sostenes, ligas o medias, que otros enamorados había elegido en tan señalada fecha. para regalar a sus amantes, novias, esposas

Lo que sí era de su coleto, era una tarjeta con el nombre y dirección de su comercio y la precisa indicación: “Al tratarse de prendas de uso personal, no se admiten devoluciones”.

FIN

Cuento de invierno: Tambores y silbatos

Dándole el enfoque de una anécdota personal, cuenta Benjamin Franklin que, cuando era un niño de siete años, seducido por el estridente sonido de un silbato que llevaba otro muchacho, le ofreció todo el dinero que llevaba encima, a cambio de él.

Cuando volvió a casa, estuvo tocando el pito, complacido, molestando con ello a toda la familia y convencido de haber hecho una compra fantástica. Sin embargo, cuando confesó lo que había pagado por él, todos se burlaron de que hubiera pagado tanto por una bagatela de ese calibre; y, confuso y cansado de tocar aquel adminículo de tan escasas posibilidades, se pasó mucho tiempo añorando todo lo que hubiera podido comprar con el dinero que había malgastado en el silbato.

Benjamin Franklin saca una consecuencia algo amarga: “I believed that a great part of the miseries of mankind were brought upon them by the false estimates they han made of the value of things, and by their giving too much for their whistles.”

Podemos hablar de silbatos, o de tambores, o de griterío, sin más. Puede los que pitan, tamborilean o vociferan no nos quieran vender el silbato, sino que, haciéndolo sonar, pretendan ensordecernos para que compremos cualquier otra mercancía, a un precio que no corresponde a su valor.

Los trucos son múltiples; anuncios de televisión en los que famosetes de todo pelaje, convenientemente pagados por poner su careto de credibilidad, alardean de las ventajas que han obtenido por abrir determinadas cuentas bancarias, suscribir ciertos seguros, comprar no sé que vehículos, aparatos, yogures o colonias que, nos aseguran, nos aportarán bienestar, mayor capacidad de seducción o alivio para los intestinos colapsados, que es el efecto que, al parecer, han tenido para ellos.

Tengo en casa un tambor de juguete y algunos silbatos (que me entregaron como recurso sonoro en una manifestación que se convocó por el Colegio de Ingenieros para protestar sobre el proyecto de Ley de Servicios Profesionales, y que no tuve ánimos para utilizar). A mis nietas -a las cuatro-, de entre todos los juguetes que tenemos a su disposición, son los que más les atraen, al menos, inicialmente.

Cuando abrimos el “armario de los juguetes”, se abalanzan sobre ellos y empiezan a hacerlos sonar con fruición. Pero se cansan muy pronto, especialmente las más pequeñas -un año escaso- sin necesidad de que les advirtamos los mayores de que nos están molestando; las mayores -en su tercer año-, aguantan un poco más, un par de minutos, hasta que les hacemos ver la disponibilidad de otras opciones mejores que hacer ruido.

Es sorprendente que en el mundo de los adultos, tengamos a tanta gente tocando tambores y silbatos. Y aún más, que no sepamos, en muchos casos, qué es lo que quieren vendernos: si el silbato o algo de verdadero interés para nuestra sociedad, tan necesitada de objetivos compartidos.

FIN

 

 

Cuento de invierno: Juegos peligrosos

No ha trascendido, por quién sabe qué razones, pero Blancanieves y Cenicienta se hicieron muy amigas. Por una parte, resultaba comprensible, ya que eran de edades parecidas y muy hermosas. Cuando sus ocupaciones en el País de las Hadas les dejaban algo de tiempo libre,  abandonaban sus respectivos territorios para verse, echar unas risas juntas y contarse cómo les iban.

Se querían con locura.

Sus caracteres diferentes estaban, con seguridad, en la clave del misterio de su profundo afecto. Blancanieves era temperamental, espontánea, irreflexiva. Cenicienta era lo contrario: cerebral, calculadora, incluso algo fría; las malas lenguas del País de las Hadas (que nunca faltan en todos los sitios, porque son como el pimentón picante al chorizo) se referían a ella como “La Cenicienta”, insinuando turbios manejos entre ambas y quién era la dominadora.

Ambas vivían como lo que eran, como princesas.  Tal vez estaban algo hartas de comer perdices (y eso que los cocineros reales procuraban aderezarlas de las maneras más variadas: en pepitoria, al ali-oli, escabechadas, rebozadas en pan rallado, al chocolate, al chilindrón, con pipas de girasol, etc.). Tal vez recordaban, respectivamente, en sus momentos bajos de ánimo, los paseos con los pequeñitos y los descansos relajantes en la urna de cristal …pero, fuera de ellas mismas y sus íntimas confesiones, nada trascendía.

Parecían felices con sus príncipes, que, por cierto, tenían aficiones comunes: cazar, recorrer el mundo, tener aventuras -confesables e inconfesables- e ir de acá para allá saludando a las buenas gentes que ocupaban sus dominios, quienes les correspondían levantando los tridentes y las azadas en signo inequívoco de respeto.

Un día, el buhonero del País de las Hadas, que iba de un sitio a otro vendiendo casigalinas producidas en Taiwan y difundiendo chismes locales, contó que había visto a Cenicienta y a Blancanieves en una cabaña abandonada del bosque desencantado, y que, por lo que había podido atisbar, lo estaban pasando bien junto a una tercera persona.

-¿Cómo era? -le preguntaban, obviamente intrigados, varias clientes de su batiburrillo, mientras guardaban cola.

-Yo quiero unos botones que me hagan juego con esta tela de tul turquesa -decía la que estaba siendo atendida.

-No pude verla bien -reconocía el vendedor ambulante.

-¿Era hombre o mujer? ¿De alcurnia principesca o de ralea piojosa? -inquiría uno de los paisanos.

-Nada soy capaz de afirmar con certeza. Solo puedo jurar que de la cabaña salían gritos de alegría y que, atado en uno de los árboles cercanos, estaba un tercer caballo, que no era blanco ni bermejo, sino bayo. -aderezaba, con su verborrea, el vagabundo de las baratijas.

-!Vaya! -concluían todos.

El rumor de que algo raro estaba pasando en el bosque desencantado del País de las Hadas corrió como la pólvora, y llegó a los palacios de los príncipes y, más concretamente, al despacho principesco del esposo de Blancanieves y al no menos respetable escritorio del marido de Cenicienta.

-Sospecho que te la están dando con queso -bramó, con furia real, el primero en enterarse, a quien le faltó tiempo para ajustarle los cuernos a su amigo.

-Pues a ti se te ven las prominencias calcáreas hasta desde la casita de los tres cerditos -replicó el segundo, que era de talante algo más reposado.

Conviniendo que algo debían hacer y deseando, ante todo, descubrir la tostada, enjaezaron los caballos, tomaron en ristre las lanzas de vencer dragones y se fueron al galope hasta el bosque desencantado, en donde, con su perspicacia y el auxilio de los pajarillos, confiaban en descubrir la cabaña en donde el trío tenía sus reuniones.

Efectivamente, la encontraron. Estaba vacía de gentes, y casi también de mobiliario y enseres: una mesa, varias sillas, una alacena con chocolates y otras golosinas, un tapete verde, dos botellas mediadas de aguamiel y pocas cosas más. No repararon en que una de las paredes estaba recubierta de un tafetán harto andrajoso.

Como atardecía, decidieron quedarse a pasar la noche por allí cerca y, como tenían algo de hambre, se atiborraron de chocolatinas que, como es sabido, en especial si están rellenas de avellanas o almendras, cuando empiezas a comer no hay forma de parar. No les preocupaba que les echaran de menos en sus palacios, puesto que el trabajo de los príncipes, particularmente los de cuentos, no es ni intenso ni continuado.

Por otra parte, aunque los cuentos no están escritos siempre para niños, no suelen detenerse en las actividades de los mayores antes de dormir, que solo interesan en las películas. Digamos, para cerrar este apartado, que tampoco Cenicienta y Blancanieves les echaron de menos, ya que dormían en alcobas separadas de sus esposos.

A la mañana siguiente, les despertaron unas risas cantarinas. No les fue difícil reconocer en ellas a sus emisoras, las princesas Blancanieves y Cenicienta que, en efecto, aparecían acompañadas de una tercera persona, embozada. Todas ellas estaban a punto de entrar en la cabaña.

-¡Alto ahí! ¡Sois descubiertas! ¡Confesad vuestro lascivo pecado! -dijeron, casi al unísono, o algo parecido.

Las jóvenes se sintieron desoladas.

-No es lo que os imagináis -explicaron.

Pero los príncipes no se arredraron y, con decidido ademán, se abalanzaron sobre el bulto cubierto, al que hicieron rodar por el suelo.

Les extrañó su frágil contextura y, más aún, lo delicado de sus hechuras. Su rostro era bello, incluso les pareció (por efecto de la novedad) más bello que el de sus esposas.

-¿Quién sois? -quiso saber el príncipe que se había casado con la del complejo de Edipo superado.

-Soy La Bella Durmiente -murmuró la joven caída, esbozando una mueca de dolor, pues temía que le hubieran roto la muñeca.

Mientras le ayudaban a levantarse y pedían, como les parecía oportuno para la delicada situación, disculpas a las tres por un comportamiento tan poco reverencial, los príncipes no se recataron en preguntar:

-Pero, ¿se puede saber qué hacías aquí,  lejos de vuestros palacios?

La respuesta aclaró muchas dudas.

-Somos ludópatas vergonzantes. Nos reuníamos para jugar al julepe, al abrigo de miradas curiosas, según creíamos, en esta cabaña que hemos alquilado a la bruja Piruli -dijo Blancanieves.

-¡Ah! -exclamaron los príncipes, a los que se les cayó la venda simbólica que llevaban puesta.

Después de las excusas, la petición de múltiples perdones y todo eso que se ofrece cuando se nos ha corrido de vergüenza propia, los jóvenes varones se volvieron a sus palacios, en donde, según sus agendas, tenían previstas un par de recepciones y dos o tres conciliábulos.

Cuando se despedían, en la encrucijada que les conduciría a sus respectivos palacios, el príncipe que estaba casado con la que había sido tratada -con éxito- por el síndrome de trastorno obsesivo convulsivo, expuso una reflexión inesperada:

-Colega, vengo dándole vueltas desde que cabalgamos, habiendo dejado a las tres princesas en la cabaña, sentadas en torno a la mesa del tapete. Para ese juego del julepe, ¿no son necesarios por lo menos cinco jugadores? ¿Viste que hubiera más sillas? Tras el tafetán piojoso, ¿no habría una habitación con camas en las que solazarse en juegos rijosos?

-Son muchas preguntas y no tengo ahora la cabeza para ocuparme de ellas -contestó el otro, clavando las espuelas en los ijares de su cabalgadura, que salió por los aires.

Como no era cosa de volver sobre las andadas,  lo dejaron estar, y nunca les faltaron otras preocupaciones, por lo que, con esa mala memoria de los personajes de los cuentos, olvidaron la anécdota de los presuntos juegos peligrosos en los que la maledicencia y el buhonero habían metido a sus princesas y a la Bella Durmiente que, como simple comentario adicional, era tan bella como las otras.

FIN

Cuento de invierno: Aprendiendo a no competir

coctelimposibleDibujo AngelArias

Todas las escuelas de negocios pretenden enseñar a sus alumnos a ganar. En la convicción  de que nos encontramos en un mundo competitivo, se asume que para tener éxito hay que disponer de determinadas habilidades no naturales que, cuando las aprendemos, nos sitúan en el camino de los triunfadores.

Los centros comerciales disponen en la sección de librerías de un pedestal especial en el que, bajo la advocación mágica de “Libros de empresa”, sabios en el arte de convencer ofrecen consejos para liderar, mandar, y obviar el fracaso -o, por lo menos, aprender de él-. La fórmula consiste, en suma, en expresar con ejemplos sencillos, extraídos de la imaginación y de los animalarios, como mantras, que existe una estrategia para el éxito y que, si se dispone de ella, el mercado nos brindará sus oportunidades, como una sandía abierta por la mitad.

Torquibando Loguarde, diplomado por la escuela de negocios NOSSABE, es el autor de un manual singular, en el que ha pergeñado una estrategia para perdedores. Publicado en enero de este año, su libro, que gozó de una subvención de la ONG Lostintheway, mereció críticas  feroces de algunos gurús del mercado que lo acusaron de terrorismo empresarial, siendo retirado a los pocos días de los estantes.

La idea de Torquibando, según reconoció en una entrevista que no llegó a ser publicada, a un redactor del Semanario The Economissing, le sobrevino cuando estaba buscando desesperadamente un lugar en donde solucionar una repentina apretura de vientre (había desayunado mermelada de grosellas), y se encontró con que todos las cafeterías, bares, restaurantes y comercios que hallaba, esgrimían el letrero de “Aseos solo para uso de nuestros clientes”. Apremiado por la necesidad, tuvo que comprar una pirinola en un hipermercado (que, según confiesa, no necesitaba para nada) y, para colmo, tampoco le sirvió para lo que precisaba pues, en el colmo de la mala suerte, se fue por los pantalones antes de llegar al lugar de servicio.

He conseguido el  texto de aquella entrevista de publicación frustrada, gracias a la amistad con un miembro del Consejo Editorial de The Economissing. En las propias palabras de Torquibando, su propuesta consistía en lo siguiente:

“Se trata de aprender a no competir, dejando a un lado la tendencia natural a ser considerado como perteneciente a la élite de nuestras complejas y desquiciadas tribus. Enfrentarse en peleas con el resto de nuestros coetáneos para destacar sobre ellos y así poder gestionar una parcela mayor de poder y ganar, por esta razón, más dinero y más poder, no mejora la productividad general. Al contrario, la reduce, porque en combatir a los que creemos más capaces que nosotros, se pierden, inútilmente energías, se desanima a muchos que no cuentan con apoyos y se incrementa la corrupción de las estructuras”.

Torquibando no estaba, según aclaró, en realidad, apoyando el abandono de la batalla por la supervivencia. Más bien, apoyaba “reservar las fuerzas para utilizarlas en el momento adecuado, pues es imposible luchar contra los corruptos”. Al igual que en el dominó, en el que el jugador que dispone de muchas fichas de un mismo palo, debe saber conservarlas para ponerlas sobre la mesa en el momento más tardío del juego, cerrando así la posibilidad de acceso a la pareja contraria, quien disponga de habilidades o virtudes o esté dotado de una inteligencia especial, y no quiera que sus naves queden destruidas por el fuego granado de quienes defienden sus posiciones de privilegio, debe aparentar ser imbécil.

En su libro, del que tengo un ejemplar dedicado, indica que “la estrategia de perdedor ha de mantenerse en tanto sea posible, adornándola con equivocaciones y errores controlados que harán pensar a quienes nos rodeen que se encuentran ante alguien al que no han de temer en absoluto, despertando el sentimiento de lástima hacia nosotros, que, como es sabido, es vecino al de aprovechamiento de la debilidad del prójimo.”

Torquibando fue contrario a las estrategias encaminadas simplemente a ganar, y que se basan en aprovechar las oportunidades en las que poder desarrollar nuestras teóricas habilidades o ventajas comparativas. Al no encontrarnos en un mercado perfecto, en el que lo que más falta es la honestidad, creyó un error entrar en competencia con nuestros congéneres, ya que todos los que se consideren iguales tendrán, exactamente el mismo deseo y, lo que es peor, constataremos, si somos sinceros, que habrá muchos superiores a nosotros, a los que nos enfrentaríamos sin tener ninguna opción, salvo que faltáramos a la ética, lo que Torquibando descarta.

“Si en el año 1750 después de Cristo, cuando la Humanidad contaba con menos de 800 millones de personas, ya se habían generado miles de cerebros superdotados que causan nuestro asombro, podemos imaginar, sin réplica, que hoy en día, con más de 6.000 millones de habitantes, la Tierra tendrá 16 o más  Leonardos de Vinci,  otros tantos Maquiavelo,  diez Laplace, una decena y media de Poincaré, siete Huanchu Doaren, etc., etc. ”

Si no competimos,  podremos dedicar nuestro tiempo a realizar las tareas sencillas que se nos encomendarán por quienes se crean superiores a nosotros, reservando la energía para colaborar, fuera de mercado, en hacer que la sociedad funcione algo mejor.

Reconozco que, si los escritos de Zygmunt Bauman ya me habían abierto algunas esperanzas de que la Humanidad abandonase la lucha biológica por la supervivencia y se dedicara a cooperar por el bienestar del conjunto , las ideas de Torquibando me emocionaron.

Enterarme de que había fallecido, víctima de un ataque de caspa, fue una dura sorpresa, de la que me cuesta reponerme. No estuvimos muchos en su sepelio; apenas la familia -estaba divorciado, no tenía hijos, y vivía solo, con la única compañía animal de una pareja de periquitos machos-, su casero,  unos cuantos amigos que, según me pareció, no se conocían entre sí y un desconocido de todos, que era yo, deambulando perdidos por la sala del tanatorio en donde su cadáver era exhibido como en una pecera.

Había ordenado que su cuerpo fuera incinerado, junto al manuscrito y los ejemplares de su libro que habían sido retirados por la censura y que alguien trajo en una furgoneta, deseo específico que fue aceptado a regañadientes por el tipo del crematorio.

Volví a casa y me agarré al ejemplar de “Aprendiendo a no competir”, como a un tesoro.

FIN

 

 

 

 

 

 

Cuento de invierno: Rigor a la carta

Riguroso Poveda era muy exigente. Antes de salir de casa, se cercioraba de que el traje no tuviera arrugas, manchas de grasa o algún dobladillo descosido. La raya del pelo, ya algo ralo, parecía estar delineada con tiralíneas; el bigote, recortado al milímetro; las gafas de concha, pulcras; los zapatos, refulgentes cual patena.

Si el exterior lucía inmaculado, el interior no le iba a la zaga. Catedrático de Ampliación Vastísima de Matemáticas Orondas, en la Escuela Politécnica de Selección de Ingenios, su orgullo no tendría parejo ni en el emperador del pollo frito. Cuando impartía, cada año lectivo, la primera lección de su asignatura, escoltado por los tres ayudantes, a quienes hacía sentar en primera fila, junto a los alumnos, atraía curiosos incluso de disciplinas nada afines.

Constituía todo un espectáculo, verle interesarse por los conocimientos de aquellos a quienes, con su intensa sabiduría, le correspondería desbravar, adoctrinar, amedrentar, sojuzgar aquel semestre. Como no disponía aún de la lista oficial de matriculados, estaba  obligado a sacar a la palestra a los infelices que utilizaba para escarnio, guiándose únicamente por el azar o su intuición.

No fallaba. Acá y allá detectaba incompetentes, ineptos, ignorantes, fatuos, asnos para conocimientos que el juzgaba obvios, pertinentes, de inexcusable omisión, de incalificable ausencia.

-¡Será imposible convertir a Vd., con esa materia prima con la que acude a mí a ninguna otra sustancia que a puro material de desecho! ¡Es Vd. una escoria intelectual, un caso irremisiblemente perdido!

Y el alumno se volvía al asiento, con aspecto compungido, haciendo cortes de manga a las espaldas del ilustrado orate.

-¿No le han enseñado aún lo que son las transformadas discretas de Fourier? ¿No oyó hablar hasta ahora de la convolución circular? ¿Confunde el algoritmo de Bluestein con el de Rader? ¿Y piensa Vd. que le hagan caso cuando tenga que hacer una reconversión forzosa?

Algunos de quienes formaban el auditorio debía esconderse tras las tapas levantadas de los pupitres para que no se les advirtiera tronchándose de risa con las ocurrencias.

El profesor Poveda, cuando se recluía en su casa, -en donde vivía con una hermana algo trastocada -que era la que se encargaba de los zurcidos y labores menestrales, incluidas la adquisición y preparación de víveres y a la que la maledicencia atribuía, erróneamente, un régimen de carnal coyunda-, se pasaba el tiempo en que no repasaba lo que ya sabía, mirando por la ventana.

-Mira esos dos, Esteonora -apremiaba a su hermana, para que viniera a su lado-. Parecen el resultado del algoritmo de Bolzano, encerrado él en un reducido espacio incomunicado, de tanto como ella lo atosiga.

Y Esteonora, que se había hecho experta en tocar la flauta travesera, sonreía.

Sucedió que, un buen día, a Riguroso Poveda lo llamaron para ser miembro del jurado que otorgaba el Premio a la Creatividad Científica, en representación de la comunidad local. Tenía, desde luego, currículum y, aunque no era apreciado en todos los sectores, no eran pocos los que se jactaban de que, gracias a sus enseñanzas, habían podido comprender mejor el sentido fatuo de la existencia.

Riguroso Poveda asistió a la primera reunión del comité, como corresponde, ataviado con su mejor traje, en uno de cuyos ojales había encajado la insignia de oro y brillantes que le acreditaba como colaborador asociado o correspondiente de la Rusian Scientific Society of Qualified Eccentric Persons (RSSQEP).

Cuando se le dio a leer la relación de posibles galardonados, manifestó de inmediato su total discrepancia.

-No encuentro que ninguno de ellos sea merecedor del Premio. Les falta algo sustancial -expuso, con determinación.

-¿Qué es, profesor Poveda, lo que echa en falta de estos ilustres colegas, que, por cierto, han sido ya reiteradamente premiados en otros certámenes de mayor calidad que el nuestro?

El profesor Poveda, que había visto su nombre en la relación, indicó, con acerada parsimonia.

-Lo que les une a todos en su carencia es, sin duda, no estar muertos. Todos ellos viven por ahora y, por tanto, huelga que se les premie. No hay razón para limitarse tanto, ensalzando a quien aún no ha terminado su obra.

Y concluyó:

-Este premio solo debería ser otorgado a un difunto, pues será la medida de que todos sus méritos, descubrimientos y hallazgos no podrán, por naturaleza, aumentar. Así se extenderá el galardón a alguien que tenga su vida cumplida y cerrado para siempre el archivo que pudiera hacerse con los productos de su creatividad.

La propuesta pareció, tras una larga discusión, aceptable, ya que no absolutamente pertinente y, por mayoría simple, se aprobó la moción.

-¿Qué haremos, sin embargo, si todos los propuestos en esta lista están, por lo que nos consta, vivos y coleando todavía? -demandó el Presidente del Comité.

-Eso tiene fácil arreglo -expresó, con su habitual decisión y prístina ocurrencia, el profesor Riguroso Poveda.

Y así diciendo, para consternación de los más, sacó una pistolita del bolsillo, y allí mismo se descerrajó la cabeza.

FIN