Celebrando la Navidad

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Mi nieta mayor -Carlota, que acaba de cumplir los seis años- empieza a sacar algunas conclusiones para destrozar el mito de los Reyes Magos. Ha descubierto que el enviado especial de estos misteriosos seres, que ha hecho su inesperada aparición en el Colegio donde le enseñan (teóricamente) a discernir lo que se sabe de lo que se ignora, para desearles felices fiestas, “debe ser muy amigo del director, porque se reía mucho con él”, y como hablaban en inglés, supone, en deducción impecable, que “los Reyes de este año me parece que no vienen de Oriente, sino de Irlanda”.

Peor se lo habían puesto a Sofía -aún con cinco años- que, desde hace dos, prefiere sentarse en el regazo del Rey Baltasar, para contarle sus infantiles deseos, “porque es el  único de verdad. Los demás tienen barbas postizas”. Y es que en su Colegio han tenido la suerte de contar con un voluntario que procede de algún lugar del Africa tropical, esa que cantaba el anuncio de Cola Cao.

Mis otras dos nietas -Alejandra y Claudia- superan todas sus dudas de inmediato ya que “los Reyes de verdad tienen mucho trabajo y contratan a personas”, verdad incuestionable, al provenir, respectivamente, de su “hermana mayor”.

Me divierte, como a todo adulto, utilizar la credulidad y la imaginación de los infantes para colarles mentiras que hubiéramos deseado verdades. Me preocupa, sin embargo, que esas características de vulnerabilidad se mantengan cuando nos hacemos mayores, aunque, en estos casos, nos cuelen las mentiras porque renunciamos a utilizar la capacidad de raciocinio elemental con la que, sin embargo, acabamos desvelando la conspiración de los adultos tan pronto alcanzamos “el uso de razón”.

El otro día escuché decir a un infante, que “los Reyes no traen juguetes a los niños pobres, porque a ellos ya les regalamos los niños ricos los que nos trajeron el año pasado”.

No se alarmen los creyentes, que este Comentario no va de religiones. Siento como mucho más grave la desidia con la que admitimos como axiomas y verdades irrefutables multitud de elucubraciones sin fundamento, y nos dedicamos a propagarlas sin más, entre adultos.

Me temo tener serios fundamentos para compartir que hemos construido nuestra convivencia social desde grandes mentiras, que agrietan los principios que debería ser muy firmes. Las bases del desarrollo, la utilización de los recursos, la protección de la propiedad, la explotación de la debilidad de los otros, la administración interesada de la Justicia, la defensa de la economía de mercado, la generación de oligarquías y plutocracias, la incapacidad para gestionar lo público desde la honestidad,…

Las redes sociales se han plagado de ejemplos -algunos, tan ingenuos que dan lástima- de la ignorancia casi general, surgida de la falta de interés por utilizar el raciocinio para desenmascarar su falsedad.  Y este período de festejos viene a desplegar, cada año, cientos de mensajes que entran por la puerta abierta de tener fe en lo que no vemos, con tal de que lo soporte alguna autoridad, sea una actriz de renombre, un futbolista de élite o Perico de los Palotes.

Voy con los ejemplos más simples: Colonias que seducen presuntamente al más pintado, autos de relumbrón que se ofrecen a precios de saldo, loterías que están esperando por nosotros para hacernos millonarios, grandes superficies que asocian, sin pudor, la felicidad de la Navidad y su celebración, con diversas vituallas, entre las que figuran, los langostinos y el turrón.

Hace ya unos cuarenta y tantos años, en el curso de una velada que estaba dedicada a la creación poética navideña, tres jóvenes vates (Manuel Sirgado, Tomás Recio y un servidor), colamos, entre verso y verso, un poema improvisado al alimón, en el que el niño Dios se transformaba, por arte de birlibirloque literario, en un pavo relleno. No imaginábamos, creo, que estábamos siendo precursores de la degeneración colectiva de los sentimientos.


He fotografiado una hembra de ánade azulón, a punto de emprender su vuelo a ninguna parte. Afirmo esto, porque, presa en un parque citadino, se le han cortado las puntas de las alas primarias. Su aletear, por tanto, resultará fallido.

Por el ángulo de la toma, no se distingue el espejuelo azul, bordeado de blanco, de esta especie. Este ánade real, se distingue de la especie friso (anas strepera), porque en ésta, las alas especulares son de color gris oscuro, tirando a ocre.

Cuando están cambiando las plumas réfiges -se dice que se hallan en eclipse- los dos sexos se parecen mucho y, durante tres o cuatro semanas, no pueden volar. Es el momento en que, allí donde su caza indiscriminada no está prohibida, algunos individuos de nuestra especie, aprovechan para cazarlos fácilmente.

 

Comments

  1. José Sancho says

    Si que es verdad que la gran Fiesta de Navidad está siendo desde hace muchos años muy mal celebrada. Entiendo la transmutacion propuesta en verso por Tomás, Manolo y tu con esa conversión en pavo del Niño..
    Sin embargo la Verdad es que Jesús se ha quedado como santo Pan para nuestro alimento, en la Eucaristía.

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