Cómico o ridículo (22)

La siñaléctica, concebida, por supuesto, como elemento de apoyo a quien no conoce bien cómo conducirse por paisajes desconocidos, puede convertirse también en un tormento. Hay ciudades en las que las señales parecen dispuestas con la intención principal de despistar y conducen a lugares distintos de los que ostentan los carteles. Otras veces, los nombres de las poblaciones están tachados por alguna mano gamberra, o corregida su ortografía haciéndola ininteligible.

Yo presumo -con la boca pequeña- de orientarme bien por las poblaciones, lo cual es contradicho por múltiples ejemplos en los que me perdí, o me encontré dando vueltas sin rumbo con el coche, apareciendo, una y otra vez, en el mismo sitio.

Cuando nos encontrábamos de viaje fin de carrera de Minas en Polonia, algunos compañeros alquilaron un coche, con la intención de seguir viaje, independizándose del grupo, para conocer mejor el país y acercarse hasta Checoslovaquia. El precio del alquiler era muy bajo y dimos algunas vueltas por las cercanías de Cracovia, que celebraba un primero de mayo socialista.

Como no resultaba sencillo aparcar cerca del hotel, después de dejarnos en él a los expedicionarios, el conductor se fue, buscando una plaza libre por las cercanías. Volvió, algo cansado, comentando que, por fin, después de dar muchas vueltas, había conseguido encontrar un hueco donde dejar el coche, y que había anotado el nombre de la calle, en una hoja de papel que nos enseñó.

Fuimos varios los que leímos en voz alta la cuidadosa grafía: “ślepy zaułek”. Significa “callejón sin salida” en polaco. Tardamos un par de horas en encontrar el vehículo, utilizando el método de barrer la zona por cuadrículas.

Algunos años más tarde, mi secretaria argentino-alemana, Melita, tomó la decisión de aprovechar las vacaciones de semana santa para visitar con su novio España, que no conocían. Como también los Arias nos desplazábamos a Asturias para visitar a la familia, y no había GPS por entonces, el joven enamorado, que era quien tenía carnet de conducir de la pareja, me preguntó si tendría inconveniente en que me siguiera con su auto, para no perderse.

Por supuesto, accedí de inmediato, acordando que pararíamos a tomar un café en una de las estaciones de servicio, pasado Lieja, que le señalé con una cruz en un mapa de carretera. El buen hombre debía haber sido prevenido de las posibilidades de perderse en el intrincado mundo de las autopistas centroeuropeas, porque, desde que salimos de Dusseldorf, se pegó a mi auto como una lapa.

Lieja era, por los años 80, una ciudad que merecía estar muy alto, junto a Lugo y otras poblaciones de ilustre memoria vial, en el catálogo de viejas glorias con indicadores de direcciones al buen tuntún. Me perdí, dí varias vueltas inútiles, volviendo prácticamente al mismo sitio, hasta, que por fin, logré salir del atolladero. El joven conductor me seguía, manteniendo con vocación de no separarse pasase lo que pasase, un metro de distancia escaso con el parachoques de mi vehículo.

Cuando nos detuvimos en la gasolinera acordada, salió del coche, sonriente: “Menos mal, Sr. Arias, que le seguíamos. Porque no hubiéramos podido salir de Lieja sin sus indicaciones…”

Me callé, porque en ciertos momentos, huelga abundar en explicaciones.

Explicaciones abundantes hubiera merecido la que fue, sin duda, la peor de las experiencias que vivimos en la antigua Yugoslavia. Habían pasado ya un par de años de estancia en Alemania y tenía una nueva secretaria, Biba, una mujer de excepcional inteligencia y profesionalidad (q.e.p.d.). Se empeñó en que pasáramos unos días en Croacia, su tierra natal, y concertó el viaje con los hoteles que mejor le pareció.

La única condición que le impuse era que, puesto que mi hermano Juan (aficionado al tennis) se incorporaría con su esposa a la excursión, debía cuidar que los establecimientos hoteleros dispusieran de pista al efecto.

Llegamos a Dubrovnik y el hotel no parecía mal. Era un edificio con aspecto de viejo castillo y, como llegamos al comienzo de la tarde, con la intención de disfrutar de un partidillo, mi hermano y yo dejamos a las esposas con la labor de vaciar las maletas y tomar posesión de los encantos del lugar, nos vestimos de corto, y bajamos a la cancha.

Qué decepción. La pista no era tal, sino una reproducción de un cráter lunar. La red estaba rota por todas partes y más parecía una red de pesca abandonada. Los bordes de la cancha estaban señalados con una cinta de carrocero, despegada cada medio metro y rota en cien lugares.

Volvimos a recepción, indignados, en donde ya nos esperaban nuestras esposas. La habitación estaba llena de cucarachas y en un estado de suciedad lamentable.

Ahorro los detalles. Llamé a mi descolocada secretaria que, inmediatamente, se puso en contacto con la agencia que, haciéndose de nuevas, se ofreció a compensarnos por el desaguisado. Saqué fotografías de las cucarachas, de tamaño descomunal, para reforzar la reclamación…pero pasamos la noche en vela, en la recepción del cochambroso hotelucho, porque todas las plazas de hoteles en Dubrovnic estaban ocupadas hasta el día siguiente.

No se al día de hoy si los dueños de la agencia yugoslava eran serbios o albano-kosovares, y el que la reserva hubiera sido realizada por una croata movilizó suspicacias, pero la experiencia nos puso en personales antecedentes de las tensiones que estaban a punto de explotar.

Al día siguiente, hicimos un paseo compensador por la vieja ciudad, que muy poco tiempo después vería muchos de sus históricos edificios destruidos por el impulso de barbarie y odio que parece ser, por desgracia, consustancial a los humanos.


La fotografía de pájaros en vuelo tiene especial intríngulis. Es preciso utilizar velocidades y aperturas de diafragma altas, por lo que la intensidad de luz ha de ser la conveniente: preferiblemente, la iluminación lateral de un atardecer luminoso.

Este gorrión macho acababa de saciar su apetito momentáneo con los brotes tiernos del níspero y lo capté justamente cuando se lanzaba al aire, tomando impulso con la pata izquierda en una de las hojas del árbol.

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