Estado social en deterioro (2)

Parece un momento adecuado presentar la continuación a mi Comentario anterior, en el Día en que se conmemora la fundación de la Comunidad Económica Europea. Fue hace 60 años, el 25 de marzo de 1957.

Mucho han cambiado las cosas desde entonces, tanto para aquella Europa reducida que tanteaba sus opciones de generar un mercado proteccionista como recurso para no volver a entrar en guerra, y esta Europa de hoy, que mastica el fracaso parcial del proyecto, justamente pocos años después de haber acariciado las mieles de un triunfo espectacular, como lo hubiera sido la unificación de (casi) toda la vieja Europa cristiana bajo el paraguas de una Constitución supranacional, progresista y ejemplar.

Que nos encontramos, desde una perspectiva global, en una situación compleja y cuya solución no es aparente, no lo duda nadie. Ideas que aparecían, a priori, no solo como interesantes, sino como realizables e impecablemente efectivas, han revelado, sobre todo, su lado problemático, como si el dios Jano hubiera tomado los mandos de la Humanidad.

La excepcional mejora de la productividad que aportó la automatización y la incorporación de materiales más resistentes y duraderos a la fabricación, ha generado inmensas bolsas de paro en sectores tradicionales que fueron claves para el desarrollo industrial y social. No nos engañemos: la disminución cuantitativa del factor trabajo en la producción, en detrimento del aumento de la importancia del capital (del gran capital), impulsado por decisiones que poco tienen que ver con la idea del desarrollo local, ha deslocalizado hacia países con mano de obra barata, recursos por explotar, potencialidad de crecimiento del consumo y reglamentación permisiva,  la parte del león de la producción de los bienes que vinculábamos al bienestar.

Las pérdidas de actividad que aún siguen generando -la resistencia a sucumbir apenas si mantiene rescoldos testimoniales- no se ha podido recuperar con nuevos sectores sustitutos, que exigen, además, un nivel de calidad, y de educación muy alto. La competencia por cualquier puesto de trabajo ha provocado, además, que el tiempo de formación individual no se corresponda con los niveles de remuneración conseguidos, incluso para la mayoría de los altamente cualificados.

Ni la siderurgia, ni la construcción naval, ni la fabricación metalmecánica, ni, por supuesto, la minería, han sido sustituidas por sectores equivalentes, ni en la generación de riqueza ni en la creación de empleo. Muchas comarcas y regiones que fueron boyantes han pasado a ser zonas en declive, con sus cadáveres industriales y sus tensiones sociales a la vista y empleos de baja calidad y alto riesgo de permanencia, pues derivan de decisiones de inversión oportunistas o concentradas en sectores de servicios de baja productividad (mercerías, bares, peluquerías, fruterías, tiendas de ocasión, etc.).

Las cifras no cuadran y, en efecto, parece que alguien se está comiendo el queso. El PIB mundial ha superado los 80 billones de dólares (con Estados Unidos, la Unión Europea pre-Brexit y China acaparando más de la mitad de esa cantidad), pero ese “vivimos mejor que antes” no tiene una cómoda lectura. Los hogares tienen televisiones más grandes, cualquiera dispone de uno o varios aparatos de intercambio de datos, y el endeudamiento de las familias ha crecido brutalmente, pero la globalización de los mercados no funciona como se creía.

Cierto que la globalización nunca alcanzó una forma madura, abierta -demasiados acuerdos bilaterales fallidos, muchas rémoras a la liberalización de los mercados, etc.-, aunque aparecía como una solución para superar las desigualdades nacionales y locales-. Por el contrario,  ha causado mayores desigualdades entre países, y ha sesgado, a nivel interior, en los países más desarrollados, la brecha entre empresas exportadoras y las enfocadas al mercado local. Sin contar, por otra parte, que la “exportación” deriva, en muchos casos, en la generación de trabajo y actividad en los países receptores

¿Estamos mejor informados a nivel individual para decidir cómo afrontar la crisis estructural? No. La potenciación de las comunicaciones y la eclosión de la difusión de la información, ha provocado, junto a indudables ventajas a algunos sectores, tensiones adicionales dentro de la sociedad líquida: intoxicación informativa, obsesiones ludópatas, generación de expectativas irrealizadbles o divulgación de noticias y hechos falsarios.

Naturalmente, un análisis neutral debiera poner de manifiesto que la nueva situación económica, la mejora del saber hacer y el incremento de información relevante, ha abierto magníficas perspectivas para la Humanidad, nunca imaginadas antes. Es, por tanto, lamentable y motivo de decepción grave el que no se estén aprovechando para mejorar la situación de los más débiles ni se sean consciente de que nos encontramos en un momento de gran inestabilidad.

Par quienes confían a ciegas en que la solución vendrá por sí sola, derivada del simple paso del tiempo, existe un ejemplo muy preocupante de la ausencia de un liderazgo mundial y de una voluntad de coordinar actuaciones colectivas que puedan redundar en beneficios o en soluciones globales.

El cambio climático es una realidad -amenazadora- que no se ha sabido abordar, a pesar de miles de reuniones, análisis y propuestas. Para muestra, como se suele decir, vale un botón. Es un ejemplo, que arrastrará consecuencias dramáticas, de la veleidad y desinterés con los que se tratan las cuestiones generales. Los buenos propósitos de la COOP de Paris 2016 no solo no se van a cumplir, sino que los dos grandes países -Estados Unidos y China- que estaban obligados a liderar el cumplimiento de los compromisos de reducción de la producción de gases con efecto invernadero, han dado prioridad oficial a intereses egoístas y al oscurantismo en la comunicación de sus verdaderas cifras de contaminación.

En relación con los mercados, siguen vigentes -aunque se podrían agudizar aún más las aristas- las objeciones que George Soros exponía en “La crisis del capitalismo global (1998): “Los fracasos del mecanismo de mercado son insignificantes frente al fracaso (…) de los intereses colectivos de la sociedad, los valores sociales que no se expresan a través de los mercados”.

Los análisis teóricos (con base en ejemplos prácticos) de lo que nos está sucediendo, son muy convincentes para quienes no se dejen obnubilar por cantos de sirena adormecedores. Joseph E. Stiglitz, en “La gran brecha” (2015), en donde recopila una serie de artículos y reflexiones -algunos ya relativamente antiguos- glosa un mensaje sencillo, quizá aún más válido en una sociedad como la norteamericana, en donde los parámetros de lo que en Europa consideramos progresismo están más edulcorados: “Para crecer, gire a la izquierda”.

Los países de la Unión Europea han hecho y siguen haciendo, lo contrario. Con una confusa, pero fiel, apoyatura en las ideas de Hayek, el economista que puso el mercado en el pedestal del dios más venerable, triunfa la tendencia a considerar que la competencia es la clave para conseguir el bienestar en una sociedad: la mejora del bien común sería el efecto misterioso de la integración de intereses particulares.

Cuando, volviendo la mirada a nuestro país, me detengo en la presentación del sinuoso debate para encontrar un líder para el maltrecho -y, en mi opinión, irrecuperable a la dimensión anterior- PSOE y, también, en la apropiación de las propuestas de la izquierda más agresiva y de las expectativas de la población más castigada por una élite académica que está realizando Podemos, no puedo por menos que preguntarme si no tenemos aquí a gentes capaces de analizar lo que deberíamos hacer para impulsar, de verdad, la creatividad, la generación de empleos estables, el impulso a actividades rentables pero, sobre todo, necesarias.

Porque no me interesa el espectáculo de ver cómo quienes pretenden conducirnos a las soluciones, nos desvían del camino para llevarnos a un lugar apartado en el que se empeñan que les contemplemos liándose a bofetadas, mientras el pulso económico, la motivación de la sociedad civil, las perspectivas de la sanidad, la realidad de la educación, el mantenimiento de las prestaciones sociales, la utilización de la fuerza y la ilusión de los jóvenes, la incorporación efectiva de la experiencia de los mayores aún fértiles,…van, aunque la inercia nos haga pensar momentáneamente otra cosa,  a la deriva.

(continuará)

 

 

 

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