Por todos los santos!

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Sobre la tumba donde reposa Leonor Izquierdo, la eterna joven esposa de Antonio Machado, había esta pasada semana, dos tiestos con flores y una hoja arrancada de una libreta escolar en la que debió haberse escrito un mensaje que resultaba ilegible. Carteles estratégicamente dispuestos con la palabra “Leonor”, guiaban al visitante, curioso o devoto del poeta, a la contemplación de una lápida circundada por un enrejado, compartido con la sepultura adyacente.

La advocación al poeta está presente en otros lugares de Soria, si bien es en el cementerio del Alto Espino, donde se concentran las imágenes votivas. A la entrada de la Iglesia parroquial, un tronco de olmo seco sirve de soporte a los conocidos versos. Solo que, en vez de brotes verdes, alguien le incrustó una lata de cerveza aplastada, que doy por seguro que hoy no estará ya allí. El propósito de mantener el lugar con decoro se manifiesta en la hoja plastificada que el cuidador del cementerio ha dejado sobre unas cuantas decenas de tumbas: “Sepultura muy deteriorada. Necesita reparación”.

El uno de noviembre, día de todos los Santos, es elegido por muchos deudos para visitar los cementerios donde se encuentran los restos de esposos, padres, hijos o hermanos. Más raro es que se recuerde, al menos con la presencia en el lugar, a los abuelos y tíos, y apostaría doble contra sencillo a que no llega al uno por ciento el porcentaje de descendientes que sabrían donde se hallan.

No puedo entender, por ello, la preocupación de la Iglesia -que manifiesta oficialmente hacer de tripas corazón ante la incineración “por no ser natural”- por defender que las cenizas de los difuntos no pueden ser esparcidas, divididas, ni mantenidas en urnas en las casas particulares. Es cierto que los muertos merecerían respeto, pero esa intención compasiva no alcanza más allá de un par de generaciones. Después, lo que se vierte sobre los difuntos es el olvido. Incluso, si se trata de personas que han tenido fama en vida (siempre efímera), lo que se echa sobre el muerto son, por lo general, mentiras, especulaciones, cuentos, fantasías.

La ciencia se esfuerza en actuar sobre lo que es natural, para dominarlo y corregirlo. En el caso de la medicina, justamente, se trata de detener o paliar lo lque sería tenido por evolución natural de enfermedades y procesos. La incineración del cuerpo no parece merecer reproche alguno, y ya son muchos los cuerpos convertidos en cenizas que han sido dispersos por los lugares más variados. Hay, incluso, quien ha dispuesto -y se ha cumplido- que sus restos sean evacuados por el retrete.

Nadie cree que los difuntos resucitarán con los mismos cuerpos y almas que tuvieron. Y eso que quienes tuvimos una educación católica, bien adobada por la inventiva combinada de la curiosidad infantil y la respuesta para todo, hemos sido informados incluso de que los cuerpos que serán sometidos al Juicio Final serán los de los 33 años, edad mágica en la que se acepta que Cristo fue crucificado, y que aquellos que fallecieron antes, por la gracia divina, se verían también con el que debieron tener si hubieran sobrevivido.

Por todos los santos, tengamos máximo respeto a los vivos y guardemos en nuestra memoria el afecto a los que nos quisieron. En lo demás, en contacto con la tierra donde moran los seres -escarabajos, caracoles, tijeretas, lombrices, hormigas, ratas, etc.- que se encargarán de incorporar nuestros restos a su naturaleza, o convertidos en energía, CO2 y cenizas inertes, nuestro destino fatal será ser olvidados.

 

 

 

 

Cuento de verano: Miradas introspectivas

Casi todas las historias que nos han contado de niños terminaban cuando empezaban a ponerse interesantes. Durante años me preocupé por la salud de la Princesa Garbanzo ¿Fue feliz, en verdad, con esa debilidad congénita de su sensibilidad?…Cabe suponer que, con tan bajo umbral para soportar el dolor, pasó su vida entre analgésicos y depresiones y murió demasiado joven y amargada, para alivio de quienes estaban a su alrededor, buscando cómo complacerla.

No es difícil, sin necesidad de entrar por la ventana de su alcoba, ver a su esposo, el Príncipe Calzonazos, cambiando en Ikea una y otra vez los colchones y la almohada de plumón especial por otros aún más adaptables a las delicadezas de su cuerpo, o denunciando al vecino que vive a doscientas yardas porque no puede dormir desde la fiesta de cumpleaños que organizó el verano pasado.

El sastrecillo Valiente es, seguro, otro de los modelos infantiles que no conseguiría superar su tendencia enfermiza a convertir los hechos triviales en heroicos. Podemos disculpar que, en momentos de escaso trabajo, en lugar de remendar pantalones para los necesitados del lugar, se confeccionara una banda para alardear de haber matado siete moscas de un solo golpe de palmeta, pero ¿nadie tuvo argumentos para corregirle de su peligrosa megalomanía?

Nos lo podemos imaginar, en la madurez física, creyendo haber escalado el Everest cada vez que subía el repecho para alcanzar su casa, presumiendo con sus amigos de poder hacer un soneto en minutos por solo haber encontrado que pasmo rima con sarcasmo, o dando por seguro, como asesor de eventos, que podíamos ser sede de los Juegos Olímpicos solo por la forma en que un par de compromisarios le habían mirado a los ojos.

La actitud más preocupante de todos esos personajes de ensueño me parece la de los padres de Caperucita Roja. No cabe mayor crueldad que dejar a una señora anciana, por mucho que quisieran convencerse de su capacidad para atenderse a sí misma, viviendo sola en medio de un bosque lleno de animales salvajes y sin una sola tienda de ultramarinos en las cercanías. Sin duda, eran merecedores del mayor reproche y tanto más cuando ordenaron a su hija que le llevara unas cuantas tonterías en una cestita.

Se nos ha dicho muchas veces que esa historia tiene por objetivo alertar a las niñas de los peligros de atravesar zonas desconocidas, y dejarse engañar por gentes malas que les ofrecen caramelos para raptarlas y llevarlas a países del lejano oriente, en donde servirán de alimento carnal a sultanes, tipos rijosos o patanes malnacidos.

Pero no se ha analizado el comportamiento de los papás de la niña del gorro encarnado. ¿Por qué no tenían a la abuelita con ellos? Y, después de tanto tiempo sin visitarla, ¿el envío de su infantil unigénita, haciéndola atravesar una zona boscosa, no reflejaba la intención de desprenderse de la niña que, sí, podría ser todo lo pedantuela y estar en esa edad inquisidora en que a todo se le pregunta por qué, pero no merecía ponerla en tan graves peligros?

Estas miradas introspectivas a lo que se nos contaba de niños me han facilitado, dicho sea de paso, descubrir muchas falsedades y mentiras en lo que nos contaban los demás, ya metido en un mundo de adultos. Especialmente, si nos lo decían los que tenían algo que perder si eran descubiertos haciéndolo mal. Lo que no me había pasado hasta ahora es que lo difícil haya pasado a ser descubrir lo poco que hay de verdad en lo que nos cuentan.

FIN