Espatuxando (y 3)

Las disputas por el agua pocas veces surgen en relación con el agua para beber. Quienes no tienen acceso a esa cantidad mínima que necesitamos para la vida propia, o la ingieren en mal estado, sencillamente, se mueren. No hay grandes movimientos económicos en torno a ese agua para consumo vital que, como expresé, supondría disponer de la ridícula cantidad de 12.000 Millones de litros al día (12 Hm3 diarios, menos de la mitad de la que se capta anualmente para abastecimiento de una ciudad como Gijón).

Los beneficios económicos derivados del empleo del agua provienen de la agricultura. Disponer de agua para regar los campos supone alcanzar cifras muy altas de rentabilidad, si se elige el tipo de producto adecuado a cada suelo, se utilizan abonos y pesticidas y se dispone de las horas de insolación precisas. También algunas industrias consumen o necesitan mucha agua (en los sectores siderometalúrgico y en aquellos procesos en donde se trabaja a altas temperaturas con equipos refrigerados por ese líquido), en particular), o la contaminan gravemente (empresas lácteas, mataderos, granjas porcinas, químicas, etc.)

Estamos asistiendo, con una tranquilidad impropia de la gravedad del momento, a cambios intensos respecto al control del agua. Es intolerable, por supuesto, que hoy existan seres humanos que mueran de sed o por no disponer de agua potable de calidad, o carezcan de los sistemas mínimos de alcantarillado -no digamos ya de depuración- que impidan que sus recursos hídricos se deterioren irreversiblemente. Es intolerable que la tierra agraria se haya convertido en un elemento de especulación a nivel de países, y que existan compras de grandes extensiones de terreno por parte de agencias extranjeras en zonas social y económicamente deprimidas.

Es urgente un compromiso internacional respecto al agua, que solucione el abastecimiento del recurso a toda la población mundial, y debe hacerse con infraestructuras que tengan en cuenta la necesidad de vertebrar los países, deslocalizando en lo posible las grandes urbes y generando nuevos focos de asentamiento que sean viables.

Como parte de ese compromiso internacional debe figurar el análisis de los rendimientos de la tierra agraria, la regulación más rentable de la producción agrícola, atendiendo a su variedad y al abastecimiento suficiente de las poblaciones. La cuestión del precio del agua puede parecer importante, pero no lo es. Lo importante es difundir la correcta gestión global del recurso, extraer al agua del campo de la especulación interesada, y considerarla un bien esencial para la solidaridad y la cohesión internacional, regulando según normas de derecho compartido el uso y cuidado de los acuíferos transfronterizos, los cursos de agua que discurran por más de un país, los lagos y humedales de interestatales, etc.

Ya, ya sé. No se va a hacer nada. Los expertos seguirán reuniéndose para hablar de cómo ajustar los precios a los costes, debatir sobre si las concesiones hídricas son o no regulares, argumentar sobre la viabilidad o improcedencia de los cánones, y acerca de si la gestión pública es mejor que la privada, o al revés.

Pero debería hacerse mucho. Y pronto.

Espatuxando (I)

Decimos en Asturias, cuando alguien está tratando de hacer valer su opinión sobre las de otros, sin atender a las razones que se le exponen, que está espatuxando. Es decir, chapotea en el charco del decir, embarulla, distorsiona.

Uno de los temas que, por su naturaleza, resultan más adecuados para espatuxar es el del agua. Como todos bebemos de ese líquido varias veces al día y no hay nada más acogedor y relajante que un paisaje con ella, nos sentimos animados, cuando se nos presenta ocasión, para opinar con autoridad sobre el tema.

Agua para todos, derecho al agua, muertes por insuficiencia o falta de calidad del recurso, depuración de aguas usadas, control de regantes, negocios en torno a la gestión del asunto, etc., son algunos de los tópicos que garantizan un ferviente debate cada vez que alguna entidad abre la caja de pandora.

Asistí hoy, como muchas otras veces (mi voluntad de estar atento a lo que dicen los demás espero que no se agote mientras viva), a uno de esos diálogos en torno al agua, que, en realidad, se constituyen en pluri-monólogos que vienen a demostrar que es muy difícil ponerse de acuerdo cuando los que tienen alguna información se aferran a su conocimiento parcial del tema, y no se preocupan en liberarlo de errores de información o apriorismos ideológicos.

En torno al agua no me duelen prendas ni quiero aparentar modestia impropia, si me postulo como uno de los técnicos españoles que tienen más experiencia práctica sobre el agua, habiendo ocupado responsabilidades en la empresa pública como en la privada, en la gestión nacional como en la internacional; he podido también aportar mi formación jurídica y financiera en distintos proyectos.

Pues bien: cuando oigo, especialmente en foros españoles, hablar a los entendidos sobre lo que hay que hacer con el agua, sobre la bondad o maldad de los planes hídricos (en los que no han participado, claro), sobre la conciencia ciudadana (de los demás), el precio justo que ha de darse al líquido (sin haber tenido que cobrar por él para organizar el servicio) , la reglamentación local o mundial que correspondería implementar (con mensajes hacia un ente incorpóreo), etc., etc., me he acostumbrado a callar.

Mientras se esté en la fase de espatuxar, lo mejor es mantenerse alejado para evitar las salpicaduras. Llevamos así, si no calculo mal, en esa tarea de chapotear en los charcos, más de treinta años, que yo sepa y seguro que los más viejos del lugar aún son capaces de ponerle un horizonte más lejano.

(seguirá)

Etica para un mundo global

Puede que aún haya quien no le preste atención, pero la sociedad de las comunicaciones ha levantado la gran piedra en la que se ocultaban buena parte de las contradicciones de la sociedad occidental, y ha dejado al descubierto la desnudez de los dogmas con los que había venido trabajando, en particular, desde ese momento singular que se llamó revolución industrial.

Estamos en un momento que carece de interés sociológico, porque en realidad, lo que debería interesarnos es que nos encontramos ante la evidencia de que se prepara un gran diluvio, que será, esta vez, mucho más universal que los anteriores.

La Biblia, ese libro imaginativo en el que han quedado reflejados, con metáforas y cuentos cortos sin otra aparente relación que la de referirnos el camino de un pueblo elegido hacia su utopía, ya lo tiene reflejado: solamente se salvarán quienes consigan construir un arca en la que hayan introducido, antes de la debacle colectiva, además  de a sí mismos y a unos pocos familiares, algunos ejemplares de otras especies, con lo que conseguirán mantener encendida por algún tiempo más la llama de la fantasía.

La amenaza detectada se llama hoy calentamiento global, y el pecado colectivo consiste en la adoración del dios dinero, sostenido por sacerdotes y profetas que se expresan en conciliábulos de apoyo al mercado libre y animan a la búsqueda sin límites de la satisfacción, a la que nos conduce, ciega de su destino final, la sociedad de consumo.

¿Hay solución? En múltiples foros se aborda, con manifiesta falta de profundidad, el análisis acerca de las posibles soluciones: responsabilidad social corporativa, ayuda al desarrollo, planes para la reducción de las emisiones (incumplidos sistemáticamente), eliminación de barreras al comercio internacional, programas de acceso al agua y energía para todos, protección al medio ambiente en bosques tropicales, humedales y zonas  sensibles, etc.

Entretanto huelen el tufo de la catástrofe, las sociedades teóricamente más avanzadas, se pertrechan para mantener el equilibrio inestable del bienestar de sus mayorías, descuidando aceleradamente los problemas de las minorías cada vez más marginadas en su soledad, condenándolas a su suerte, vendiendo a los fieles que se mantienen en los tabernáculos, la esperanza fatua de una recuperación de los mercados, acumulando medidas y promesas de actuación que la realidad revela, una y otra vez, no ya como insuficientes, sino como equivocadas.

No se habla de la ética, es decir, de los principios éticos universales, que es tanto como decir, de las cuestiones deontológicas más elementales, que se resumen en una: nadie puede arrogarse el derecho a vivir con base en la eliminación de los otros.

Aunque sigue habiendo guerras de usurpación y dominio, las batallas se ganan también en el campo de la ineficiencia, de la falsa dedicación a poner en práctica soluciones que representan engañiflas, de la ocultación de los datos relevantes del problema a los más y, también, del desprecio a la situación de quienes tienen menos recursos (económicos, intelectuales, sanitarios, de información y contactos), imposibilitados de raíz para encontrar por sus propios medios, el camino que podría conducirles a su supervivencia, a construir su arca de salvación para los suyos.

El cristianismo, en cuanto a teoría humanitaria a la que es posible, sin desdoro, suprimir el aspecto teológico para dejarlo en su esencia, reducido al aforismo de todo filósofo honesto, respeta al semejante sin hacerle daño (podíamos llamarlo amor, pero no hace falta apuntar alto para acertar a lo que se tiene al lado) no tiene la varita mágica. Pero sí sería capaz, en este momento de su evolución para aproximarse a términos de doctrina social, y después de siglos de dar tumbos, cometer innúmeros errores y causar mucho daño, de ayudar a un buen diagnóstico.

Porque la cuestión no está en lo que ningún Dios pueda querer de nosotros, sino en lo que el hombre pretende conseguir de sí mismo.

Es imprescindible pensar en soluciones globales, olvidarse de dogmas y egoísmos individuales, nacionalistas o gregarios, y presentar una panoplia de actuaciones globales, en la que la tecnología, la cooperación leal, el trabajo conjunto entre todos los pueblos, ayuden a salvar los muebles de este desequilibrio dramático en el que estamos construyendo un presente precario con un futuro claramente imposible para todos.

No me parece digno que se esté construyendo el arca de la salvación de unos pocos, a costa de sepultar en el diluvio global a las mayorías. La gobernanza total, hoy, como nunca, exige liderazgos y compromisos en muy corto plazo, con la mirada puesta en lo que habrá más allá de esta generación o la siguiente. Menos cifras, digamos no a inútiles promesas, censuremos esa proliferación de conferencias internacionales sin conclusiones efectivas, en donde cientos de representantes de quién sabe intercambian sus tarjetas y palmaditas en la espalda.

Puede que algunos contemporáneos se salven si la temperatura global sube demasiado, los centros económicos cambien bruscamente de Londres y Nueva York a Pekín, Sao Paulo o Nueva Delhi, la hambruna provocada por el desigual reparto de las sobrantes se desplace sin rumbo, las guerras por el poder derivado del agua, la energía o las materias primas se desencadenen como fuegos de artificio. No se si las arcas salvíferas estarán en occidente o en oriente, que hasta ese punto llega mi percepción de la confusión. Lo que es hora de poner de manifiesto es que no se está trabajando por la salvación colectiva, y eso, aquí, y ahora, se llama faltar a la ética, aunque se adorne con mucha palabrería y expresión de voluntades que no se tiene intención de cumplir.

No es necesario apelar a un Dios omnipotente dispuesto a premiar a los justos por haber seguido su designio superior. No hace falta apuntar a las fuerzas etéreas. La humanidad habrá perdido, si se cumplen las peores expectativas, y seguramente no habrá sido la única, sino una vez más, la oportunidad de avanzar colectivamente en el descubrimiento de una respuesta que está en la esencia de cada uno de nosotros, y que parecía estar algo más cercana.

 

 

Mi Diccionario desvergonzado: cortina, velo, agua, genio, evasión, cuerpo, cinismo, ciencia infusa, cacharro,

Cinismo. 1. Forma de aparentar que se está de vuelta, cuando en realidad se está yendo hacia el lugar en donde se confía en la obtención de algún beneficio. 2. Teoría filosófica aún mal estudiada.

Cuerpo. 1. Agrupación de personas con la misma profesión u oficio, a la que se pertenece por obligación y de la que se desconoce lo que hace su junta directiva. 2. Parte del ser humano muy apreciada por los médicos. 3. Forma eufemística de referirse a un difunto por  las autoridades. 4. Manera de denominar a la mujer que se prostituye, por parte del impresentable que se sirve de ella, mediante precio o promesa.

Edificio oficial.- 1. Lugar en el que la mayoría pierde mucho tiempo esperando a que se le indique lo que le falta para que su pretensión sea atendida. 2. Construcción que se encontraba en ruinas o muy deteriorada, recuperada con dinero público y que sirve provisionalmente de sede a una actividad funcionarial hasta que se termine un complejo urbanístico que concentrará todas las administraciones, y que está pendiente de que se coloque la segunda piedra (y, claro está, las siguientes).

Ciencia infusa.- 1. Ignorancia ilustrada. 2. Capacidad que tienen algunas personas de adivinar cómo poner en funcionamiento un aparato o montar sin tener que volver a desarmarlo un mueble sueco, habiendo perdido las instrucciones o, incluso, con ellas delante.

Cacharro.- 1. Bebida alcohólica de contenido incierto, que se utiliza para mantener una mano ocupada en una reunión. 2. Vehículo de alta gama, así designado por su presuntuoso propietario, que suele terminar empotrado contra una farola. 3. Vehículo con el que nunca se está seguro de llegar a un destino y que no pasa la itv.

Vista.- 1. Cualidad que permite a quien la detenta evitar algún que otro disgusto. 2. Cualquier cosa, distinta de una pared lisa, que se vea a través de una ventana de una casa en venta o alquiler, según su propietario o agente inmobiliario.

Música. 1. Conjunto de sonidos que llegan al oído desde una fiesta de vecinos. 2. Argumentos a los que no se les concede ninguna importancia, que pueden adquirir incluso el carácter de celestial si provienen de alguien a quien no se aprecia.

Cortina. 1. Trapo sucio que cierra parcialmente la ventana en un hotel, como garantía de que el huésped dejará la habitación antes de las doce del mediodía. 2. Cuando aún no se habían inventado los estores (persianas de complicado manejo que suelen desplomarse de sus clavijas), forma elegante de denominar a los visillos.

Velo. 1. Patraña elaborada que cubre las verdaderas intenciones de un grupo empresarial  y que, cuando se levanta, deja al descubierto las miserias de la microeconomía. 2. Tela con la que los hombres de algunas religiones se cubren de ignominia, al tapar con ella el rostro de sus mujeres. 3. Complemento caro de un traje de novia, del que se suelen hacer pañuelos.

Agua. 1. Expresión de alivio en un juego infantil que, a diferencia de la guerra real, consiste en marcar casillas con cruces en el papel y no  sobre el terreno. 2. Recurso necesario para la vida, a la que se pone precio con diversas escusas, casi todas falsas. 3. Líquido contaminado que no debe beberse por ningún motivo, so riesgo de descomponerse.

Genio. 1. Niño pequeño al que sus padres y abuelos no han tenido ocasión de comparar con otros de su edad. 2. Expresión incontrolada de carácter, a la que se da suelta cuando se está en situación de superioridad.

Evasión. 1. Forma colectiva de divertirse que cuesta dinero y que se practica en la juventud. 2. Actividad desplegada por un recluso por la que verá aumentada su condena. 3. Tipo de literatura intrascendente en la que el argumento es el mismo, cambiando únicamente el lector.

(continuará)

Cuento de primavera: Lo que faltaba

Cucusfato, agradecido a la par que confuso, no estaba decidido a intercambiar muchas más palabras con el desconocido que le había pagado el billete del autobús, amén de ser el causante indirecto del regalo de la vestimenta que llevaba.

Pero el trayecto entre Guadalatejo y la capital de la comarca, aunque de apenas setenta kilómetros, que hubieran podido cubrirse a buena marcha en poco más de una hora, se alargaba durante dos y media, debido a las paradas que el vehículo se veía obligado a hacer en cada pueblo del recorrido.

-Así que eres un escapado de la clausura -le provocaba el benefactor-. ¿No te gustaba la carne que tenías a disposición? ¿Preferías el pescado?

Cucusfato callaba.

-Mi hijo estaba ya terminando el bachillerato cuando se le presentó una alergia de la que no teníamos ni idea que podía existir. La llaman alergia acuagénica. ¿Sabes lo que es? -Cucusfato negó con la cabeza, viéndose incapaz para evadir la explicación. El otro prosiguió:

-Parece que estaba provocada por un medicamento que le dieron para curarse de las anginas.  Fue a más, cada vez. No podía ni ducharse, ni bañarse. Se hizo sensible hasta sus propias lágrimas o el sudor.  ¿Te imaginas lo que puede ser eso?

Cucusfato no se lo imaginaba, pero sí entreveía al pobre primer poseedor de la chaqueta que portaba, muriéndose de un grave disgusto, que le habría provocado un mar de lágrimas. Así que, curioso y comprensivo por una vez con el caso, expresó, con lástima:

-¡Qué muerte tan terrible!

-No, no. No murió de eso. La alergia estaba controlada, por fortuna. Murió por unas fiebres reumáticas, como te dije, que se complicaron con una afección cardíaca. Padecía del corazón desde niño, el pobre.

Por fin, el autobús de línea llegó a las cocheras de la ciudad, en donde tenía su última parada. Cucusfato se despidió del amable pasajero que le había estado dando tan sutilmente la tabarra, y se encaminó a la dirección que correspondía a la Notaría.

Era cierta la sospecha de que el Notario titular había cambiado. Pero en los protocolos de la Notaría subsistían los archivos que correspondían a las disposiciones testamentarias de sus padres que, previsoramente -y por presagios de lo que podía sucederles que no viene al caso detallar- habían dejado escritas para el momento en que pudiera sucederles algo.

La titular de la Notaría acogió al muchacho con simpatía.

-¿Cucusfato García, dices que te llamas? ¿Tienes algún documento de identidad contigo?

Cucusfato le enseñó el Libro de Familia que llevaba, y la funcionaria lo analizó con detalle profesional.

-¡Ah, sí, está claro¡ -dijo, tendiéndole el documento-. Pero aquí dice que los hijos de tus padres se llamaban Teodofrosio y Cucusfata. Tu no puedes se Cucusfato, sino Teodofrosio, el mayor.

Cucusfato-Teodofrosio se agarró instintivamente a la silla.

-¿Cómo así?

-Aquí puedes verlo, muchacho. Aunque con letra casi ilegible, pone “varón” -bueno, en realidad, solo se distingue la “v” de todos estos signos caligráficos indescifrables. Así que tú tienes que ser Teodofrosio, y tu hermana, la menor, Cucusfata.

-Quiere esto decir…-elucubró el muchacho.

-Es evidente que tú tienes en este momento dieciocho años y siete meses, es decir, estás perfectamente en plazo para tomar posesión de la herencia que te corresponde.

Teodofrosio dio gracias a Dios por haberle concedido la gracia que le había pedido de manera tan singular.

-Llamaré de inmediato al albacea, para que comparezca y te explique las gestiones que ha llevado a cabo en este tiempo con el patrimonio, y puedas tomar posesión de él.

No fue compleja la localización del albacea, que resultó ser un amigo del Notario que había ocupado la plaza anteriormente, hombre de extremada pulcritud en las cuestiones de los negocios,  quien expresó, luego de las presentaciones, un alivio de trasladar el resultado de sus gestiones a quien era legítimo titular de esos desvelos.

-Fue cuestión de suerte, sin duda, más que de perspicacia -explicó al muchacho, que estaba ya repleto de las emociones que la salida del convento le estaba deparando-. He invertido la mayor parte de los dineros y rentas derivadas de las posesiones de tus difuntos padres en acciones de una compañía de tecnología coreana, y, como no deseaba complicaciones, he ido suscribiendo todas las ampliaciones de capital. En este momento, eres propietario mayoritario de la sociedad, que tiene sus tentáculos en todo el mundo y es uno de los líderes mundiales.

Teodofrosio no pudo evitar derramar algunas lágrimas de alegría y, llevado de un impulso repentino, se levantó del asiento y abrazó al albacea, que, igualmente sensible con el afecto manifestado, lo acogió entre sus brazos, conmovido.

Siendo hombre devoto, por otra parte, no olvidó confesar su pecado de haber creído que las monjas y, en particular, su hermana Cucusfata -ahora, de novicia, Hermana María Indulgente de los Desamparados-, le habían hecho una jugada.

FIN

 

 

 

Cuento de otoño: Yemeserach y la tierra prometida

Su padre le puso el nombre de Yemeserach, que significa Buenas Noticias. Era una niña hermosa, con la piel de un negro siena que brillaba al sol como el café tostado.

La llamó así no porque el nacimiento les hubiera colmado de alegría. Obviamente, hubieran deseado tener otro varón, ya que son más resistentes y de mayor utilidad para el trabajo. Hacía el número seis de sus hijos, y su madre era aún joven y fértil. Una buena esposa, que le llevaba cada día a su esposo la comida al campo, le lavaba los pies y se encargaba de traer el agua, preparar la cerveza, calentar la vivienda con boñiga seca y preparar las tortas de teff.

Cuando nació Yemeserach, las señales de la naturaleza daban a entender que la temporada de lluvia iba a ser larga en Kohla Diba, situada en la zona de Amhara, y eso resultaba un buen augurio. La familia poseía dos hectáreas de terreno; una parte, estaba plantada de café, que se vendía a un comerciante de Kohba; el resto, se dedicaba a pastos para las seis vacas, los dos bueyes y las trece cabras que eran, junto a dos decenas de gallinas, la verdadera riqueza de la familia.

No fue sin dolor que Yemeserach fue entregada a cambio de 2000 birr a un matrimonio de mercaderes affares que prometieron cuidarla y educarla como una hija. Estos la vendieron a un anciano de Addis Abeba, cristiano copto, que se creía descendiente del mismo rey Salomón, y que la educó en el conocimiento de la Biblia y que se jactaba de ser un zahorí infalible.

Yemesarach demostró ser muy lista, y, en particular, resultó tener una facultad especial para hacer predicciones. Adivinaba, con solo mirar a los ojos de su interlocutor, quién era buena o mala persona, y, sobre todo, tenía facultades para encontrar agua en el desierto, señalando el lugar en donde se podía hallar un líquido tan precioso, ayudándose de una vara de olivo.

Cuando alcanzó la edad de catorce años, Yemeserach se quedó embarazada sin que fuera capaz de explicar el fenómeno, y el anciano que la había cuidado, temiendo que le atribuyesen la paternidad, y velando por su buen nombre, la echó de casa.

-Eres una buena niña, y estoy muy satisfecho con tu aprendizaje, pero no puedo exponerme a la maledicencia. Eres inteligente y trabajadora, y sabrás cómo sobrevivir. Te regalo este libro sagrado, que perteneció a mis ancestros, y, cuando tengas necesidad, ábrelo al azar, y encontrarás la solución a lo que te aflija.

Y le entregó una Biblia, un hatillo con comida y leche, un vestido blanco de ceremonia y unas sandalias de repuesto para el camino. También le dio un beso en la frente.

Yemeserach, abandonó la casa en la que había vivido los últimos años, y se dirigió a la plaza principal de la ciudad, en donde tenía pensado ofrecerse como zahorí y sacar algún provecho de su facultad de distinguir a las buenas de las malas personas mirándolas a los ojos.

Mientras esperaba que alguien solicitara sus servicios, se comió la mitad de la torta que le había dado el anciano y se bebió la leche. Cuando estaba en esa ocupación, se le acercó un joven amhara y le preguntó qué hacía en ese lugar.

-No tengo dónde ir, porque el anciano que me cuidaba me echó de casa -contestó la niña.

-Si quieres, puedes venir conmigo. Pertenezco a un grupo de personas que estamos preparando una expedición para irnos hasta Europa, en donde esperamos salir de la miseria -explicó el nuevo compañero.

Yemeserach explicó que no tenía ningún dinero, y que solo poseía una Biblia y la facultad de conocer dónde había agua bajo tierra y cómo distinguir la bondad o maldad de las gentes.

-¿Y qué ves en mí? -curioseó el joven.

-Veo que eres una buena persona. Aunque, para saber qué hacer, debo consultar antes el libro sagrado en donde encontraré la dirección que debo tomar, porque lo que me propones es una aventura.

Diciendo esto, abrió la Biblia al azar y leyó en voz alta. Quiso la casualidad o el designio de Dios que lo hiciera en las páginas que corresponden al Cántico de Ana, la mujer de Elcana, en el libro de Samuel: “Es Yavé quien hace morir y vivir, hace bajar el sol y subir de él. Es Yavé quien empobrece y enriquece, humilla y exalta”.

-¿Qué quiere decir eso que lees? ¿Cómo interpretarlo? -habló, al cabo de un momento de silencio, el curioso joven amhara. La muchacha lo encontró también hermoso y fuerte.

-No lo sé exactamente -replicó Yemeserach-. Pero voy a ir con vosotros, y que sea lo que Dios quiera. Lavaré y cocinaré y buscaré hierbas y comida en el camino hacia esa Tierra Prometida.

Así fue como la niña embarazada se incorporó al grupo que pretendía llegar hasta Europa y, mientras caminaban por tierras secas o fértiles, avanzando, sin saberlo, sobre depósitos de gas, cobre y tántalo, y se protegían del sol y de las serpientes y de los alacranes, selló la amistad con aquel joven que pertenecía a su misma etnia, y que se llamaba Edel, que significa Suerte.

Edel le contó un cuento de un niño que todo lo entendía al revés, y Yemeserach lo escuchaba, una y otra vez, embelesada.

Al principio eran pocos, pero a medida que avanzaban se fueron integrando en la expedición cientos, y luego, miles de personas, y, después de caminar muchos kilómetros y pasar múltiples penalidades, amortiguadas por la facultad de Yemesarach para localizar agua en los desiertos y poder distinguir las buenas de las malas personas, llegaron a la orilla de un mar y una vez allí, se lanzaron al agua como si fueran lémures, ñus o cebras en migración.

Pocos sobrevivieron, pero aupándose los que quedaban sobre los cadáveres de los que iban cayendo, alcanzaron a pasar al otro lado, en donde se dispersaron como polvo del desierto movido por un viento persistente.

Entre los que lograron sobrevivir, estaban Yemeserach y su hijo, que ya tenía dos años, y al que, a propuesta de Edel, llamó Bantayehu, que significa Vi A Través De Tí. La patrulla que los recogió anotó que el único enser que llevaba la joven era una Biblia escrita en amáhrico, y que se encontraba en muy buen estado, y en la que había varios párrafos subrayados con un color rojo negruzco, como sangre seca, que era, en verdad, el líquido con el que habían sido destacados.

De Edel no se supo nada más.

Yemeserach, miraba en lo profundo de los ojos de todos cuantos encontraba, pero jamás dejó traslucir desde entonces si veía bondad o maldad en sus corazones.

FIN

(N.B. Este Cuento está escrito el día de la Hispanidad, 12 de octubre de 2013, festividad de todas las Pilares, y se lo dedico a la memoria de María de Villota, luchadora infatigable, hermosa por dentro y por fuera)

Problemática mundial de la gestión del agua

Madrid sigue siendo una ciudad en la que o das un conferencia o te la dan, aunque dada la inmensa proliferación de Centros, Fundaciones, Asociaciones, Jornadas y Congresos, y -en mi caso, al menos- las limitaciones de tiempo y categoría, lo más habitual es que te la den, o al menos, intenten dártela.

En cuanto puedo, acudo a escuchar a los demás, especialmente a las personas que ocupan cargos en las Administraciones públicas y grandes empresas o asociaciones de este país. Me da información de primera mano y me permite analizar talantes, intuir transfondos de las personalidades y, desde luego, si hay turno de preguntas, no desaprovecho la ocasión de intervenir. No tanto por afán de protagonismo -uno es consciente de que le quedan pocos trotes- sino por ayudar a que esa mayoría silenciosa que, por timidez y recelo individual nunca se expresa, al menos obtenga algunas respuestas fuera del guión.

El 20 de julio de 2013 el Comité de Ingeniería y Desarrollo Sostenible (CIDES) del Instituto de Ingeniería de España organizó una Jornada bajo el lema: “El Agua, efectos transversales”.

Figuraban como ponentes dos de las personas que más saben del agua en España -Rafael Fernández Rubio y Roque Gistau- y, además, Liana Ardiles, que es actualmente Directora de Agua en el Ministerio de Ambiente y Agricultura, o sea, que la que manda en el sector.

La presentación corrió a cargo de Rafael Ceballos, presidente del Comité, quien estaba previsto que moderase la mesa redonda posterior, pero que no tuvo lugar -hubo solo una pregunta, pues no queríamos correr el riesgo de quedar encerrados junto a la cápsula del tiempo-. porque la Sesión comenzó con retraso (estuvimos esperando un buen rato a la Directora, hasta que nos dimos cuenta de que solo acudiría a dar su charla). Seguro que por aquello de compensar el tiempo que nos hizo perder al principio, la intervención de Liana Ardiles, interesante y didáctica, superó ampliamente los veinte minutos previstos, a las que los demás ponentes nos ajustamos.

He escrito “nos” porque el cuarto ponente era yo, y el título de este Comentario fue el de mi charla. Tenía un subtítulo también muy ambicioso: “Estrategias, conflictos de intereses. Resultados y cuestiones pendientes”. Había preparado, como es mi estilo, una intervención llena de datos y con varias propuestas provocadoras que, rompiendo el esquema clásico, presenté como conclusiones desde el principio de mi charla.

Me sorprendió que en el Salón de Actos, a pesar del esfuerzo de difusión de la convocatoria, no hubiera más que dos decenas de personas. Eso sí, todas ellas relevantes, y todas buenos amigos.

Yo ya me he acostumbrado a que mis esfuerzos por comunicar no encuentren el eco que me desearía, pero, ¿y el interés que tiene lo que puedan decir los demás ponentes de una mesa como la del día 20 de febrero? ¿Estamos saturados? Roque es Presidente de la Asociación Española de Abastecimiento y Saneamiento, y fue Presidente del Canal de Isabel II, Comisario de la Expo de Zaragoza y un largo etcétera. Rafael es Premio Jaime Primero a la Protección del Ambiente, fue catedrático de Hidrogeología y mantiene una actividad como consejero internacional en temas hídricos que le hace aparecer como uno de nuestros mejores expertos. Liana, en fin, es la responsable de la Planificación Hídrica española y nos dió una magnífica y actual visión sobre la problemática.

Yo…Pero ¿a quién le importará todo esto? Por si acaso, en algún Comentario posterior haré un resumen de mi ponencia, e invito a visitar la web del Intituto para conocer de qué hablaron los demás.

El Informe Barquisimeto (9): Gestión de la propiedad

Si se atiende a la cuestión de separar los tipos de propiedad distinguiendo entre aquellos bienes que proporcionan un disfrute inmediato de los que, por tener una vida útil muy superior a la de la humana naturaleza o, aún mejor, resultar imperecederos, debemos referirnos a la importancia de la presencia (o ausencia) de la creencia respecto a la prolongación de la existencia después de la muerte, y su significado.

No entra en discusión, puesto que este es un informe realizado por científicos, que no existe prueba alguna en contra de que todos los seres provistos de vida -sea cual sea su forma de manifestación- y, entre ellos, los humanos, desaparecerán para siempre, reducidos a masas rápidamente putrescibles, cuando  sus organismos pierdan la capacidad para transformar en energía, con finalidad más o menos coordinada,  las materias que les servían de alimentación a sus máquinas térmicas.

Por eso, para quienes comprendieron, por su superior inteligencia, y desde los primeros tiempos, que era posible aprovechar pragmáticamente esas energías, la coordinación de las actividades de sus congéneres vivos pasó a ser un objetivo primordial. Ese propósito, no sin indefiniciones y altibajos, se encuentra concretado, en las sociedades más activas, desde hace casi 25 siglos, en oriente y, de forma mucho más tardía, -en general a partir del siglo XVIII e incluso posteriormente-, en occidente, en dos sistemas de acción y tratamiento sobre el acceso y la posterior gestión de la propiedad más importante: la tierra.

Aunque la actuación sobre la forma de pensar del individuo y la acumulación de deseos y propósitos inocentes o inútiles sobre su actividad cerebral es muy importante, resulta inevitable -salvo en los más estúpidos- que quienes vivan en un momento determinado tomen una decisión, que ha de serles crucial, respecto a si buscarán el máximo placer propio mientras se mantengan vivos, o se subordinarán a algún interés colectivo, reconociendo que la satisfacción de objetivos generales ha de ser más importante que atender a deseos o criterios personales.

Conforme con lo enunciado aquí, los grupos de acción que se afanan en la actualidad por conseguir el pleno control socioeconómico del mundo, independientemente del sistema elegido para alcanzar ese fin, se concentran, en la acumulación de la propiedad de la tierra. No renunciarán a ningún método para ello, aunque se han dulcificado algo las estrategias, ya que es cada vez más raro que se realice por la fuerza (invasiones, guerras, apropiaciones violentas de todo tipo).

En la economía del mercado, el precio (que no el valor) de la tierra se ha vinculado tradicionalmente a la producción agraria que, a su vez, está muy relacionado con la disponibilidad de agua.

Así fue durante siglos, hasta que los controladores del sistema movilizaron el interés por la tierra, elevando el precio a niveles terribles, convenciendo a la población de que la tierra no arable era mucho más valiosa, si en ella se pudieran edificar construcciones para vivienda. En consecuencia, los precios de tierra urbanizable multiplicaron, en las últimas décadas, el precio de la tierra agrícola, provocando una grandiosa burbuja especulativa, y, no de forma fortuita, sino consecuente, el campo sufrió un progresivo abandono.

Esta evolución en los precios ha favorecido, ligada a otras razones, que algunas fortunas pudieran adquirir a precios irrisorios grandes extensiones de tierra agrícola, para dedicarlo, transitoriamente, a cubrir sus aficiones cinegéticas o, simplemente, dejarlos como terrenos baldíos o inactivos por un tiempo. En Sudamérica y Africa, en especial, terrenos inmensos han sido adquiridos por nuevos propietarios, a menudo anónimos.

Para quienes pretenden controlar la Tierra desde la fórmula de la economía centralizada, la actuación ha sido especialmente inteligente: se han mantenido al campesinado en posesión de pequeñas parcelas que garantizan, con su trabajo, una vida miserable pero suficiente, en tanto que se ha copiado o inventado el esquema de acaparamiento de  latifundios en manos de los fieles al sistema de control.

(continúa)

La gente del fracking

¿Habremus fracking?. Las señales del Consejo de Ministros del 15 de marzo de 2013, parecen indicar que sí, y en corto plazo. El gobierno ha autorizado con plausible celeridad la tramitación de un proyecto de Ley en el que se contempla un apartado relativo al control ambiental de las técnicas de extracción de gas no convencional mediante fracturación hidráulica.

Han sido tantos los comentarios dedicados en los últimos meses en todos los medios de confusión a este procedimiento para aprovechar un recurso energético que era, hasta entonces,  absolutamente desconocido salvo para contados investigadores y especialistas , que seguramente habrá pocos españoles que carezcan hoy de opinión al respecto. Por supuesto, negativa; y añado: obviamente, nacida sin preocuparse por su fundamentación técnica.

Como en tantas otras cuestiones, en lugar de un debate técnico-económico, ponderado, del que resultase una conclusión que se basara en atención a necesidades, costes de oportunidad o estrategias, se ha formado un guirigay, en el que, como suele decirse, “el que más chifle, capador”.

Por ello, estamos sometidos a ráfagas de versiones viscerales, emocionales, intuitivas, nacidas del principio de más sencillo sostenimiento: todo lo que no se entiende, es malo, contamina, es seguramente peligroso y, además, previsiblemente, oculta intereses de unos pocos aprovechados.

Y, como un tema que ocupa la atención de la calle es, por definición, cuestión política, el pronunciamiento al respecto supone asignar banderas a diestra y siniestra.

Si el Partido Popular apoya el fracking, el Partido Socialista tiene que negarlo, o, al menos, dejar avisos de sospecha. El País del 17 de marzo de 2013, confronta, al menos visualmente, dos artículos de “Análisis”, uno de ellos titulado “¿Una nueva burbuja?” firmado por Teresa Ribera, ex-secretaria de estado de Cambio Climático en el último Gobierno de Zapatero, y ahora, directora de desarrollo estratégico de Isofotón, empresa de energía solar.

La cuestión del fracking es un reducto adecuado para ejercer la afición generalizada por pontificar acerca de lo ignoto, convirtiendo la ignorancia propia en amplificador consciente de los argumentos esgrimidos por otros.

Y, gracias a internet, no hay problema alguno en alimentar cualquier opción con citas abundantes, porque, sabido es que en toda ceremonia se puede expresar alguna discrepancia, ya que nada de lo humano deja de tener el color con que se mire, y el anonimato de la red permite inventarse un nombre, una opinión, expresar tanto una verdad como una tontería, y lanzarla a recorrer el mundo de la estulticia colectiva.

Hay ya, en efecto, en torno al fracking, una amplia referencia literaria muy conveniente para alarmar, sobre todo al que no sabe, sobre las consecuencias ambientales de la implantación del fracking en España, abordando la cuestión desde la vertiente más populachera, que es también la genuinamente ecologista, aquella que a todos nos gustaría abordar si viviéramos solos en el mundo y el coste de disfrutarlo fuera nulo.

Siendo lo ecológico de car, por propia naturaleza, muy amable, no faltan, por supuesto, expertos más o menos ocasionales, que esgrimen títulos universitarios que suenan a saber de la cosa y que les permiten, aupados en ellos y en selectiva información ajena, incorporar conocimientos prestados como si fueran fruto de la experiencia propia.

Diagnóstico precoz: el fracking es peligroso, porque existe riesgo de filtraciones de metano y contaminación química de los acuíferos, puede provocar el aumento de los riesgos sísmicos, y supone el despilfarro de un recurso escaso como es el agua. Y, además, ya se puede uno imaginar, existen intereses económicos oscuros, lobbies que presionan a los que generan leyes, gentes del fracking, en suma. que andan moviéndose por los despachos para sacar tajadas y llevárselas a sus rincones apartados para comérselas.

El Consejo Superior de Ingenieros de Minas, con indiscutible sentido de la oportunidad. pero una sorprendente voluntad de constituirse en este caso en paladín de esta causa (cuando son contadas las veces que ha salido a la palestra para defender cualquier otro tema) , ha aparecido públicamente como defensor de una técnica aún no experimentada en España.

No es exactamente así, pero así suena. Lo que sucede en realidad es que este venerable sanedrín ha costeado y, por tanto, incorporado su nombre como Editor, la publicación de los artículos, resúmenes y conclusiones nacidos de la jornada sobre el fracking que tuvo lugar en el último CONAMA (2012) , y en eñ que participaron algunos de los pocos técnicos españoles que han tenido relación con esta técnica o, más propiamente, con su hermana mayor, la prospección petrolifera profunda.

El libro se presentó a la opinión pública el 11 de marzo de 2013 y se comprende que la coincidencia de fechas con el anuncio de la tramitación del proyecto de Ley haya vinculado ambas actuaciones, lo que no era, en realidad, más que casualidad.

Desde mis modestos conocimientos sobre el tema, solo puedo decir que ahí, en ese documento de 150 páginas, no se debe pretender encontrar las respuestas.

Hay -junto a una presentación general de la cuestión-, eso sí, propuestas razonadas de selección de lugares más convenientes para prospección, exposición elegante y somera de las formas de explotación del gas de esquisto, extrapolación de resultados de prospecciones singulares ya realizadas o de las posibilidades derivables de los mapas geológicos de ciertas zonas y, en fin, sugerencias sensatas y prudentes sobre lo que debería hacerse para aprovechar ese recurso en España.

Son, pues hipótesis y propuestas surgidas de estudios teóricos, experiencias de campo y similitudes con otros casos, realizadas por gente que sabe o tiene por qué saber de lo que está hablando, y a los que guía el propósito de exponer públicamente una posibilidad atractiva de  aprovechamiento de un recurso hasta ahora inutilizado.

El informe ha sido coordinado por dos catedráticos, respectivamente, de las Escuelas de Madrid (Angel Cámara) y Oviedo (Fernando Pendás) y en él han participado más de una decena de ingenieros de minas. Puede encontrarse en esta dirección de internet; http://www.ingenierosdeminas.org/documentos/130312_informe_gas.pdf.

No estamos, por tanto, al final del camino del fracking, sino al principio. Y cuanto menos emocional sea el debate y más técnico y fundamentado, mejor. Sin pretender, sin embargo, que el fracking no tenga sus puntos oscuros, ni admitir como axioma que todos los ingenieros de minas estemos de acuerdo con las bondades de esa técnica o que suscribamos de pé a pá el informe de Pendás, Cámara y compañía.

Pero lo que no deberíamos admitir es que la postura mejor sea sentarse a la puerta de la inmovilidad viendo a los demás pasar con sus oportunidades aprovechadas. Y ese es el positivo mensaje que he encontrado en ese libro virtual que se titula, modestamente: “.El gas no convencional. Una oportunidad de futuro”.

Mensaje que sigo, con la total convicción de que merece la pena explorar sus posibilidades y de que quienes lo emiten, son honestos y serios al plantearlo como una opción muy válida.

Pasiones públicas, negocios privados

El debate sobre la gestión pública o privada de los servicios asistenciales apasiona. Cada vez que una Administración anuncia la intención de “privatizar un servicio público” se organizan manifestaciones sindicales y políticas de protesta, huelgas de los funcionarios y laborales afectados, y expertos interesados ofrecen sus obviedades para pasto intelectual de la concurrencia.

Hace tiempo que, por propia experiencia, me posiciono en la metafísica del debate. La buena gestión de una empresa o de cualquier actividad humana (es decir, también de un servicio público) no depende de que la propiedad sea pública o privada, sino, para una inversión dada, de cómo se ejerza en control.

La madre del cordero de los servicios públicos está, salvo quizá en el caso de la recogida de residuos urbanos, en las muy altas inversiones en infraestructura que son imprescindibles. La amortización de esos desembolsos iniciales hace que los emprendedores particulares renuncien a asumir tal riesgo, salvo que se le ofrezcan especiales garantías de recuperación de la inversión y, obviamente, de rentabilidad.

Realizar un estricto control de la gestión -ingresos, gastos, priorización de las inversiones, estímulos al personal, publicidad del producto, etc.) es especialmente importante en un servicio público. Porque la presión desestabilizadora viene de muchas vías: recomendaciones para aumentar la plantilla muy por encima de la funcional, parásitos laborales, inversiones de exhibición, compras derivadas de amiguismo, malos usos de los equipos, dejación en el cobro de los servicios, mala imagen general. idea de que lo público ha de ser gratuito, etc.).

La privatización de la gestión es distinta de la de enajenar el control. Ahí es donde debe concentrarse el énfasis de los responsables políticos. Y es ahí donde se les notan sus carencias. No saben controlar; y en lo que controlan, la experiencia amarga de lo que se ha descubierto en demasiados casos -una minoría, por supuesto, pero clamorosa-, es que priorizan su enriquecimiento personal o el de sus amigos.

Lo que es clave en la gestión de un servicio público es quién tiene la propiedad de las infraestructuras y de los equipos básicos. Si la tiene el empresario privado, si se le ha enajenado lo existente (y hay que ver a qué precio, porque su valor puede ser incalculable, debido a la imposibilidad de sustitución inmediata), malo. Si la mantiene la administración pública, a mí, la verdad, no me importa quien lleve la gestión, con tal de que lo haga bien.

Y para saber que lo hace bien, tengo que tener muy claro qué deseo que haga, y controlar que lo cumple con toda atención y rigor.