Amenazados por la seguridad

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La probabilidad de que seamos víctimas de un atentado perpetrado por un fanático islamista conduciendo el camión que acaba de robar a punta de pistola, ha aumentado en los últimos años. Sigue siendo, desde luego, muy pequeña (sin necesidad de calcularla con exactitud, intuyo que será del orden de trillonésimas) (1).

Sin embargo, y especialmente a los que vivimos en la inopia occidental, nos preocupa muchísimo. Por supuesto, muchísimo más que los atentados mortíferos que se producen casi a diario en aquellos países en donde el credo musulmán ha estallado en facciones irreconciliables y a los que no hace mucho tiempo aún, los Estados más ricos de la desunida Europa consideraban colonias.

No quiero minimizar el tema, sino que trato de ponerlo en su dimensión, si es que podemos realizar ese ejercicio de ponderación.

Es lógico que nos preocupe la seguridad, aunque lo es menos que identifiquemos seguridad con la necesidad de protegernos frente a los ataques indiscriminados, que son, por consenso, aquellos que se producen contra la “sociedad civil”. Esta construcción sesgada del concepto ha desarrollado en nuestro entorno la desagradable sensación de que corremos riesgo en cualquier sitio, y de que cualquiera puede vulnerar nuestra paz individual. Desde el de las Torres Gemelas, cada nuevo atentado se apoya sobre la escalera de los precedentes, y la inquietud sube peldaños, a pesar de los mensajes estereotipados que apelan a mantener la calma, e incluso antes de que se investigue la autoría y sus perversas razones.

La amenaza de la seguridad es, paradójicamente, el reflejo irónico de la situación. Con el mismo título que ahora utilizo, un profesor de la National Law School of India University, Chandan Gowda, escribía en 2007, un lúcido artículo sobre el tema, que rememoraba una escena de la película Milana, de la productora Kannada, en la que, el protagonista, al atisbar un mendigo ante el complejo residencial de Bangalore, en donde tenía un apartamento, gritaba, angustiado: “¡Seguridad!”.

La tensión entre la sensación de poder y la ansiedad por sentirla amenazada, crece, no solo por las amenazas reales sino, también, aunque no me atrevería a exponer taxativamente que como razón principal,  porque los “encargados de la seguridad” se encargan de potenciarla, generando pro doquier la necesidad de protección, porque todos tenemos algo que perder, desde propiedades a la vida.

Animados por esta corriente alcista de inseguridades, en todas partes -grandes centros comerciales como pequeños comercios del ramo, vagones de metro y entradas de discotecas tanto como de restaurantes, entidades financieras como filantrópicas, estadios deportivos de la capital del reino como ferias de pueblo de chicha y nabo- se ven personas uniformadas, ataviadas con porras, pistolas, esposas y walkietalkies,  dispuestos, “a defendernos”.

Solo que hemos perdido la referencia, y no sabemos ya bien de qué nos defienden.

En realidad, deberíamos saberlo, pues la respuesta se encuentra en la formulación de la propia pregunta. Reconozcámoslo: nos defienden de nosotros mismos. Porque todos nos hemos convertido en sospechosos, y aceptamos el ser observados como tal por cualquier agente, sin importarnos su cualificación, formación e intención, la mayor parte como detentadores improvisados de una autoridad de procedencia difusa.

Como el enemigo potencial es genérico, así lo son los supuestos medios de defensa y, en consecuencia, adquiere una complejidad y diversidad indefinida el elenco de quienes se arrogan tanto la decisión de protegernos como la de protegerse ellos. Hemos convenido, en un apriori ridículo, que nuestro mundo está poblado por presuntos delincuentes. Puede ser el vecino, el colega de empresa, un miembro de nuestra familia, o el mismo ministro de Interior. Nos parece ahora imposible  discernir qué circunstancias o móviles transformarán al inocuo prójimo en un estafador, un ladrón o un asesino.

Para salvar nuestra honestidad puesta en entredicho, dóciles hasta extremos indescriptibles, dejamos, con rostro impávido, que el billete de cincuenta euros que entregamos a la cajera para pagar la compra del supermercado, recién salido de la máquina expendedora de la entidad bancaria que especula con nuestro dinero, sea paseado una o diez veces por la máquina detectora de falsificaciones. Haremos cola, sumisos como borregos camino del esquileo, para pasar por un arco de la vergüenza antes de entrar en el recinto de exposiciones o conferencias, prestos para vaciar de los bolsillos el llavero, la billetera y depositarlos junto al cinturón y el móvil en una bandeja. Por supuesto, casi nos desnudaremos, después de despedirnos de la colonia y el botellín de agua mineral, antes de abordar el avión que nos deberá conducir hasta cualquier destino, porque nos han convencido de que así disminuye el riesgo de que la máquina voladora no explotará a medio camino.

La desconfianza se habrá generalizado, pero los resultados prácticos son mínimos frente a la versatilidad del mal que nos acecha, atento a descubrir agujeros en la malla protectora. Vigilaremos, sí, al vecino, pero solo para enclaustrarnos más en nuestro  miedo al otro, aislándonos. Nos protegeremos en el anonimato, en la masa impersonal, renunciamos a nuestra individualidad, para no ser detectados.

Y, para colmo, ni siquiera sabríamos qué hacer, si nos aventuráramos a actuar como miembros voluntarios de una Stasi descabezada,  con el resultado de nuestra improvisada investigación. ¿Denunciarlo a la policía? ¿A qué policía, si admitimos que es inoperante, y que se limitará a rellenar un formulario cuyo desarrollo posterior nos causará solo molestias? ¡Si, cuando somos víctimas de un robo, nos llenan la casa de polvo en busca de huellas que no conducen a ningún resultado!

Mejor no actuar, no saber, no querer, mantener un perfil bajo con el que pretender pasar desapercibido. No hay que fiarse de nadie y, en especial, de aquellos que tienen otro color de piel, hablan otra lengua, manifiestan otra forma de pensar, tienen afinidades culturales, sociales, sexuales o patológicas que no compartimos, pertenecen a una agrupación social o deportiva distinta a la de nuestra devoción, profesan o se confiesan próximos a una religión diferente, vienen de otro pueblo, ciudad, provincia o nación…

(1) Si alguien quiere tomar la molestia de estimarla con más exactitud, -reto tipo de las aplicaciones del teorema de Bayes para calcular la probabilidad de sucesos condicionados-, tenga en cuenta que la población mundial se acerca a los 7 mil millones de individuos, de los que no más de un 15% son devotos, en variados niveles, de la religión musulmana. De entre éstos, habiendo incluido como seguidores del Alá de Mahoma a algunos a los que no habría que calificar, sensu strictu,  de tales, no parece razonable  admitir que más de cien mil estén fuertemente radicalizados. En elucubración aún más exigente, no deberíamos admitir que más del tres o cuatro por ciento de entre ellos estuvieran dispuestos a inmolarse, al mismo tiempo o después (abatidos por la policía en un control posterior) de haber cometido un atentado. Si, además, imponemos la condición de que ese estúpido fanático suicida tenga la oportunidad de asaltar a un camionero, apropiarse de su vehículo, conducirlo a toda velocidad por el paseo de una ciudad en la que se esté celebrando una fiesta o una ceremonia multitudinaria, y que nosotros nos encontremos casualmente en ella, las opciones de que seamos utilizados como bucos emisarios de su hiperdevota imbecilidad, son realmente escasísimas. De trillonésimas.; es decir, de 1 entre un trillón, que es 1 millón de billones, la unidad seguida de 18 ceros.

(2) Las lavanderas son aves que señalan el fin del otoño entre nosotros, y nos llegan, en buena parte migrantes, para ocupar durante el invierno espacios próximos a los tíos y aguazales (bellísima palabra, que sirve para significar los charcos de lluvia), pero también parques y jardines, en donde se consagran a una búsqueda incesante de insectos, con pasos acelerados y vuelos cortos, moviendo su cola como una agachadiza.  A diferencia de la mayoría de las paseriformes, y a pesar de estar casi todo el tiempo moviéndose a ras de suelo, no parecen tenernos miedo, y se dejan aproximar por niños y adultos curiosos, para moverse súbitamente, con un aletear rápido, posándose un par de metros más allá, lanzando ocasionalmente un grito suena como “tsii”, mas bien metálico.

Las lavanderas son, como su nombre sugiere, más fáciles de encontrar junto a las corrientes fluviales relativamente tranquilas, en donde encuentran más fácil alimento. En algunos sitios, se las llama pajaritas de las nieves, pititas. Entre aficionados a la ornitología, se distingue a las dos especies más comunes, según el color de su plumaje, como motacilla alba o cinerea (esta última, llamada popularmente lavandera cascadeña, es menos abundante, con obispillo y vientre amarillos)

Amenaza concreta, estrategia improvisada, terrorismo endémico

Cuando terminaba el día 14 de julio de 2016, un francés “de origen tunecino”, se lanzó, conduciendo un camión que había alquilado dos días antes, haciendo zig-zags, contra la multitud que veía los fuegos artificiales con los que se conmemoraba la toma de la fortaleza de la Bastilla, declarada el día nacional francés. Hasta el momento se han contabilizado 84 personas asesinadas, y hay varios heridos muy graves.

Mi solidaridad sin resquicios, con las familias de las víctimas, con el pueblo francés y mi repulsa con corazón compungido contra esta nueva barbarie. Je suis très touché, me trouve proche et tout à fait solidaire.

Con ocasión de tan dramático suceso, dirigentes, autoridades y comentaristas noticieros de todas partes, han emitido manifestaciones en las que, con monótona regularidad, combinan las palabras: amenaza global, terrorismo islámico, estrategia global. En orden: Ante la amenaza global del terrorismo islámico, es necesario ofrecer una estrategia global.

Son varios los elementos que concurren en el perfil de este atentado, en coincidencia con otros, que no se puede decir sean pocos (desgraciadamente) que se han producido tanto en zonas de cristiandad como de devoción musulmana.

Las organizaciones de persuasión, extremadamente crueles, de quienes son animados a cometer estas acciones, se confiesan empeñadas en una guerra santa (yihad), siguiendo designios de Alá, para lograr que los seguidores musulmanes se reconviertan a lo que consideran doctrina ortodoxa y el mundo entero acabe sometido, por las buenas o por las malas, a sus arcaicas normas sociales.

Para hacer efectivos tan elucubrantes propósitos, han elegido realizar llamadas de atención brutales. Atentados, incluso con autoinmolación de sus autores, con los que buscan conseguir el mayor número de víctimas: mercados, fiestas populares, medios de transporte, son los espacios preferidos. La difusión mediática de sus actos, en especial si se realizan en territorio occidental y han conseguido algunas decenas de muertos, está así garantizada.

De los ejecutores de los atentados que se producen en ciudades de mayoría musulmana, no sabemos mucho: que pertenecen a una etnia o rama doctrinal diferente de la dominante en el país, o que han actuado contra una asamblea de fieles judíos o cristianos, o contra embajadas o centros en donde se concentran mayoritariamente extranjeros. También, en algún caso, pretendiendo conseguir altos rescates, han apresado miembros de ONGs o periodistas, a los que no dudaron en ejecutar, difundiendo imágenes impactantes en las redes sociales.

Cuando los atentados se producen en territorios occidentales, las investigaciones posteriores -mucho más activas- acaban poniendo de manifiesto, ya de forma recurrente, muy parecidos elementos, que no dejan de producirme perplejidad porque, en su fondo, reflejan la descoordinación o la falta de profundidad con la que se ejecutan los protocolos de “máximo riesgo terrorista” : tipos jóvenes, mayoritariamente varones, de la llamada segunda generación, habitantes en zonas específicas de la ciudad en donde se concentran musulmanes, radicalizados personalmente al Islam en fecha reciente, fichados por la Policía por algún incidente anterior, y cuyas familias y entorno eran ignorantes de sus últimas andanzas, que involucraban entradas y salidas del país o asistencia a centros de adoctrinamiento (léase, “lavado de cerebros”). (1)

Como todos los creyentes/devotos en el ser humano y en el máximo valor de la libertad y el respeto al otro que actúa sin voluntad de herir, como cualquiera respetuoso con la vida humana, abomino de estos guerrilleros, de sus ideales y de su estrategia. Son miserables.

Pero no considero que respondan a una amenaza global, porque su objetivo es irrealizable, sino que forman parte de amenazas concretas, detectables y, por tanto, que se pueden abortar con la adecuada investigación, control, seguimiento; sin ridículas ni ingenuas confianzas.

Tampoco creo que sus actuaciones forman parte de una estrategia global, sino que está, en su misma esencia, improvisada. Esta característica, justamente, le dota de su peculiar fortaleza aparente: cualquiera con un instrumento de matar (un vehículo cualquiera, lo es) y la voluntad de sacrificarse él mismo, puede provocar un atentado.

Esta cuestión tiene, para mí, su importancia, pues desliga los atentados de la necesidad de ayudar a los países menos desarrollados a que salgan de su pobreza (también la intelectual), con ayudas en destino. Ese asunto no tiene ya nada que ver con el yihadismo: ahí los países occidentales han perdido, sí, la batalla. Los fanáticos que han encontrado en una sinrazón de imaginaria base islámica su punto de apoyo,  no piensan ni actúan en términos de desarrollo, cultura, bienestar. En su caso, esos términos solo son de interés para sus dirigentes, para los que se ocultan detrás de las negras bambalinas del terror.

Finalmente, no me parce que se trate de un terrorismo islámico, en el sentido de exterior a las naciones occidentales. No lo es, desde luego, porque, como se encargan de poner de manifiesto los dirigentes de las comunidades musulmanas, ellas también sufren los efectos de los atentados y, por supuesto, su doctrina defiende la paz  y el respeto al otro como corresponde a una religión evolucionada.

Los terroristas que actúan en nuestro territorio son nuestro problema, son nuestros fanáticos, son producto de la podredumbre que se ha incrustado en nuestra manera de segregar a los otros, a los que piensan distinto, a los que no disfrutan de las mismas opciones de bienestar, conocimiento y búsqueda de placeres que nosotros.

No son terroristas islámicos, aunque les demos ese nombre, para tranquilizarnos. Son terroristas producto de nuestra sociedad, de nuestro credo. Y los tenemos, por tanto, que combatir en nuestro territorio. Sin ir más lejos.


(1) Quiero destacar un cierto parecido con el perfil de esos jóvenes enajenados que, armas en ristre, se lanzan a disparar contra sus antiguos compañeros de escuela, maestros o quienes paseen por delante de sus ventanas, en la muy civilizada nación norteamericana.

Tambores de guerra, proclamas patrióticas, confusiones estructurales

Francia está oficialmente en guerra contra el Daesh.  Lo está, porque, interpretando como una declaración de guerra práctica el múltiple atentado en París, reconocido por el grupo de terroristas que se han adueñado de una parte de Siria e Irak, como organizado por ellos, ha respondido inmediatamente atacando varias instalaciones en Raqqa, que se considera la capital del rebelde “estado islámico”.

En estos días han proliferado las manifestaciones de solidaridad con el pueblo francés, realizadas a niveles oficiales como particulares. Ha sido impresionante, en todos los sentidos de la palabra. Largos minutos de silencio, mensajes de condolencia, repulsa a los asesinos, velas, flores…Incluso se ha cantado repetidas veces, tanto dentro como fuera de Francia, el himno nacional francés.

Tal vez no se ha reparado exactamente en la letra como en lo que significa todo cántico patriótico cuando es coreado por otros pueblos, como demostración de proximidad y afecto. Para expresar sentimientos colectivos inmediatos, son necesarios los símbolos, los ritos ya establecidos: la apelación a un lugar común de inmediato acceso.

Pero, analizado en su dicción concreta, la Marsellesa es  un verdadero cántico guerrero, que expresa que “ha llegado el día de gloria” y, después de enfatizar la malsana intención del enemigo con frases inequívocas, que parecerían incluso destinadas a caracterizar ataques como los sufridos (“¿Oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados? ¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras compañeras!”), repite, como estribillo: ” ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones!¡Marchemos, marchemos!¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos! La Patria está amenazada”.

Esta es la situación, pues. La decisión política está tomada por parte, al menos, tanto de los dirigentes franceses como norteamericanos: esas naciones, se aprestan al combate y atacan, con medios militares efectivos por su carácter de destructivo, los cuarteles en donde entienden que está la cabeza impulsora de las agresiones. Quieren llevar el escenario de la guerra lejos de su territorio, a pesar de que el ataque terrorista por el que se sienten directamente afectados ha tenido lugar dentro de sus fronteras.

Desde mi ignorancia del uso adecuado que cabe dar a  los instrumentos bélicos, a las contraofensivas, y sin entender muy bien los intríngulis por donde discurren las estrategias militares modernas en los países llamados civilizados, atisbo, sin embargo, un doble problema.

El primer problema surge de la sencilla constatación de que “el enemigo”, admitiendo incluso que su centro coordinador sea único y esté localizado en algún sitio, no emplea un ejército ni utiliza instrumentos bélicos convencionales -a pesar de la aparatosa propaganda que muestra a guerreros sacados de la guerra de las galaxias haciendo ejercicios de algo parecido a las técnicas del kung fu- sino que está utilizando comandos, cédulas guerrilleras, en número indeterminado, que se hallan dispersos por el propio territorio de quienes han aceptado asumir la declaración de guerra. Individuos sin escrúpulos para matar que, con seguridad, han venido siendo adoctrinados desde hace tiempo para hacer daño hasta su propia inmolación y a los que se ha prometido dinero a sus familias y el paraíso para su eternidad.

Existe, por lo tanto, una potencial consecuencia nefasta derivada de la obsesión por apresurarse en confirmar una guerra contra un enemigo difuso: se puede tranquilizar durante unos días a la población local asustada, pero el riesgo de sufrir más ataques terroristas en el propio territorio no disminuirá (tal vez, incluso, aumente: la locura no alcanza límites por el lado de la razón).

De esa situación de tensión, dimana un  riesgo colateral y nada despreciable para las propias ciudadanías: que quienes se sienten amenazados por el terrorismo islámico, confundan, identificándolos, a mahometanos (es decir, a los fieles de una religión pacífica y respetable) con los yijadistas.

No me encuentro, por ello, entre los que se han empeñado en ridiculizar los argumentos del “general de Podemos”, Julio Rodríguez, que reclama calma y sensatez antes de abordar objetivos militares no matizados en territorios ocupados por un ejército terrorista, pero en donde hay una importante población civil. Se trata de voces que provienen del trasfondo belicoso, guerrero, intransigente y frontal que subyace en quienes no quieren entrar en análisis, sino que se mueven por intuiciones primitivas: ojo por ojo, diente por diente: mato porque matas.

Es, sin embargo, la de Julio Rodríguez, ante el silencio de los militares en activo de mayor grado, que no han exteriorizado su opinión, -supongo que porque están utilizando los canales de mando establecidos o por respeto hacia la autoridad civil, que es la que toma las decisiones políticas-, la única opinión profesional, -de un experto en estrategia, de un antiguo jefe de Estado Mayor, de un prestigioso militar-, sobre la conveniencia o no de atender a la provocación, declarándose en estado de guerra y atacando un territorio ajeno.

Porque, lo que parecería más razonable y urgente sería extremar la vigilancia de movimientos de sospechosos y comandos en el propio territorio, que teníamos, por los desgraciados resultados, bastante descuidada, y analizar con mucha serenidad quiénes serán los que padecerán los efectos de una guerra en territorio ocupado por terroristas.

 

Destrozando el mensaje terrorista

En la noche del viernes, 14 de noviembre de 2015, en el corazón de París, varios individuos armados asesinaron, al parecer en nombre de Alá, a más de cien ciudadanos que estaban disfrutando del comienzo del fin de semana. Las informaciones, aún confusas, hablan de seis a ocho puntos de ataque (el principal, la discoteca Bataclán, lugar de culto para rockeros) y de que los causantes de la masacre, ocho terroristas, están muertos: todos autoinmolados, salvo uno que fue abatido por la policía.

Como sucede cada vez que un acto de terror azota nuestra tranquila civilización de ocio, despreocupación y consumo, son miles los comentaristas que pretenden extraer consecuencias del mismo, acomodándolas a ideas a priori, que responden a ideologías y a sentimientos que se movilizan de inmediato. ¿Qué decir ante opiniones tan diversas como que el terrorismo, y en particular, el de trasfondo islámico, es debido a la falta de interés por integrar a quienes provienen de otras razas y practican otras religiones? ¿Cómo contra-argumentar a quienes aseguran que algunas sociedades viven en la Edad Media y que su cultura no es comparable a la nuestra? ¿Existen razones para explicar que haya seres humanos que puedan estar convencidos de que han recibido un mandato divino para exterminar a quienes no piensen como ellos o no acaten una normativa que niega elementales libertades?

No iré por ese camino. A lo largo de la Historia, se han prodigado ejemplos de grupos, sectas, nacionalismos y hasta individuos con pretendido carisma, que han provocado guerras, exterminios, latrocinios y toda clase de desmanes, alegando que son superiores, o tienen mejores derechos, o que han sido vejados o injuriados, o cualquier excusa que les parezca conveniente, para justificarse. Y no han sido pocos, sino muchos, quienes les han seguido y beneficiado de esas actitudes miserables.

El mensaje de los terroristas de cualquier signo es, sin duda, que son capaces de despertar el terror, la angustia, la sensación de indefensión, ante sus actos. Es decir, que nos poseen, que nos tienen dominados. Que ninguna de nuestras actitudes defensivas prevalecerá contra su voluntad de hacernos daño. Pero ¿con qué objetivo? ¿Qué consiguen con esas muertes, esas ejecuciones de rehenes, que, aunque ocupen mucho espacio mediático, son numéricamente escasas? ¿Qué consiguen los propios terroristas que se sacrifican a sí mismos, como máquinas de matar, accionando las bombas que llevan atadas a la cintura o, simplemente, asegurándose que la policía los acribillará en el mismo lugar en donde atentaron antes?

No veo otra respuesta posible que afirmar, con rotundidad, que nada pretenden y que nada deben conseguir. No obedecen, por supuesto, a ningún Dios, porque la crueldad es solamente humana. El terror que pretenden causar a los que rodean a sus víctimas o a toda la sociedad pacífica, es un espejismo de sus mentes enfermas. ¡Ay también de quienes, desde el lado de los amenazados, pretendan argumentar que la mejor defensa contra estos fanáticos es alejar al desigual, marginar aún más al que necesita, encerrarse indolentemente en la propia idiosincrasia, ignorando a quien sea diferente!

Porque de llegarse a esa conclusión, si los atentados terroristas que se atribuyen los extremistas islámicos (y pido disculpas a quienes se sientan molestos por utilizar el nombre de Islam para referirme a esos enajenados) consiguieran que cerráramos más las fronteras y nos distanciáramos aún más de las poblaciones que sufren hambrunas y penurias -físicas e intelectuales- habríamos perdido la batalla de la igualdad y la globalización. No porque hubieran vencido los terroristas o lo que les mueve, sea lo que fuere (aunque estoy seguro de que son móviles estrictamente económicos, y muy localizados), sino porque nos habríamos rendido ante un vacío moral, inmolando en el altar de la incomprensión, valores que jamás podrán ser cuestionados, porque no están en la batalla.

Son los que nos hacen especie principal entre las especies animales de este planeta, los que nos permiten avanzar como Humanidad en un destino que forjaremos mientras avanzamos, bajo la bandera de la ética universal y el respeto, -ya que no el amor-, a lo que vive y sublimado en lo que nos es más semejante. Aunque tengamos que admitir que nos acompañen algunos tipos armados que custodian, desde su enajenación y engañados por aviesos muñidores de fantasías cósmicas, incomprensibles valores y miserables ansias de venganza por lo que no les hemos hecho.

No es un Cuento de invierno: Minutos de reflexión

Hace diez años, varias bombas controladas a distancia explotaron en cuatro trenes de cercanías de la capital de un país real, que tenía cierto parecido con el de Valgamediós, aunque la principal diferencia era que en aquel país no había mucho lugar para la fantasía.

El atentado terrorista que padeció Madrid cambió muchas cosas. Para algunos, de forma definitiva. Los artefactos explosivos mataron a 191 personas y causaron heridas físicas de diversa consideración a más de dos mil. Hubo también miles de heridos síquicos, quizá millones, porque a éstos sería imposible contarlos, ya que, como es natural, la mayoría no solicitaron tratamiento.

Cuando se propagó la información de que la capital de España había sido elegida por las fuerzas del mal para hacer una exhibición cruel de su minúsculo poder, hubo algunos que pensaron de inmediato que el atentado era obra de los terroristas que tenían instaladas sus tiendas junto a las nuestras, los “asesinos de casa”, por así decirlo. ETA, de la que se creía conocerlo todo.

Era el momento de estar más unidos que nunca contra ese enemigo interior que había hecho de la extorsión y el miedo su forma de vida.

No era fácil imaginar, desde la sorpresa inicial, que los atentados tenían como autores a un grupo de fanáticos religiosos que reinterpretaban, manchándolas de sus odios, las voluntades por las que Dios había sido creado, y que querían, por encima de todas las cosas, hacer daño, cuanto más daño, mejor, sin importar a quién. Los yihadistas, de los que se sabía muy poco.

Estos asesinos con talantes medievales y artefactos de hacer daño modernos, no se estrellaron con un avión que ellos mismos conducían. No se inmolaron con sus víctimas. Pudieron disfrutar del momento de gozo de conocer que su operación había tenido el éxito que esperaban: la masacre de centenares de personas a las que no conocían de nada; generar la desesperación y el miedo de miles de desconocidos; abrir las especulaciones de millones de hombres y mujeres que se preguntaban para qué se había asesinado a tantos.

Se han guardado desde entonces, en los lugares más dispares, muchos minutos de reflexión. Como es sabido, en los minutos de reflexión, las gentes se ponen de pie, guardan silencio con la mente generalmente en blanco, y esperan que el tiempo, que parece en esos casos terriblemente lento, pase de una vez. Después, aplauden o gritan, aunque -convencidos a priori de que no pueden hacer nada más-, sencillamente, vuelven por donde solían.

La fecha del once de marzo de 2004, para muchos españoles y, en especial, para quienes han sufrido las consecuencias del atentado directamente, está marcada de rojo en el calendario de sus vidas.

También lo está, por razones muy diferentes, para quienes han instigado y participado o colaborado en el atentado.

Algunos de ellos -no podemos dudarlo- están muertos, o en la cárcel.

Pero, con seguridad, hay decenas, quizá centenares de seres diferentes -no podemos llamarlos semejantes-, para los que este día significa un momento de gozo, de triunfo. Me escalofría saber que, dos años después del atentado, un 16% de los musulmanes que vivían en España simpatizaban con la acción terrorista.

Puede que sean miles quienes, al escuchar que las víctimas y sus familiares y la inmensa mayoría de quienes están a su lado en el dolor y en la memoria, vuelven a vivir aquellos momentos, deseando que nunca hubieran existido, sientan por su parte la sensación de que han conseguido algo, de que han hecho bien.

Para los que aún puedan creer -dentro como fuera de España- que la actuación de tenía fundamento, no tengo más que una combinación de lástima y desprecio.

Que esos minutos de silencio caigan sobre ellos, sobre los asesinos y sus cómplices, sobre los que creen que matar está justificado para que las ideas, cualquiera que sean, se impongan sobre las razones. Que les aplasten las fuerzas de la sensatez.

Y que esta maldición, surgida del respeto al hombre y no del odio, nos libere, a los pacíficos, a los que siempre estaremos junto a las víctimas, de la desgracia de tener que convivir con los criminales, con los asesinos, con sus cómplices, con sus encubridores, con los que nos siguen mintiendo sobre los móviles para superponer sobre las verdades, sus deseos y fantasías.

FIN