Boatos y beatos

La vistosa magnificencia de los actos ceremoniales vinculados tanto a la dimisión del Papa Benedicto XVI como a la posterior elección del Papa Francisco, con ese incalificable de otro modo que como estupendo espectáculo, ha puesto de manifiesto la importancia del boato.

No es imaginable que ese momento hubiera despertado la misma admiración, alcanzado su gran difusión y merecido tal expectante y florido análisis de silencios, paseos, humos, gestos, escarapelas, tocados e incluso pasiones, si no estuviera soportado por un cuidado juego de colores, correcta dirección escénica de los pausados ritmos, sapiencia estricta acerca de las liturgias precisas y seguro dominio de las fórmulas de locución y apoyos gestuales, tanto en la lengua muerta latina como en su hija viva, consagrada  como idioma universal por los pontífices de la fe católica, el italiano.

¿Suponer a un Papa elegido en un cónclave de remoto lugar, convocando a conjurados para cambiar el orden mundial, sin más auxilio que la fuerza de sus ejemplos y el apoyo de los fieles a la ética universal, portador él mismo de serias dudas sobre las verdades reveladas y de su papel como intemediario frente a los altos espíritus, crítico con el comportamiento licencioso de alguno de los suyos, amenazado por ellos,  y aún más perseguido por muchos de los jerifaltes terrenales debido a su implacable verbo?

No, claro. El boato es imprescindible. Sin boatos, no hay beatos. Y sin beatos, las farmacias espirituales deberían colocar el fatídico letrero de “no hay atutía”.(1)

—-

(1) “No hay atutía” (que revertió en el lenguaje popular, y así se utiliza hoy en día, como “no hay tu tía”, indicaba que en una farmacia se había agotado la atutía, un polvo utilizado como unguento básico en algunas pócimas para dolencias oculares.