Ambiente, ¡Presente!

 

(El Club Español de Medio Ambiente -CEMA- celebra sus dos décadas de funcionamiento. Se nos pidió a los vocales de la ONG, un escrito con tema libre para formar un libro virtual, que ya está en la red, con las contribuciones de todos.

Mi texto era muy largo y, para no resultar desequilibrado, tuve que suprimir prte de él. Me sucede a veces. Lo que incorporo aquí es lo que suprimí).

Algunos de los defensores de las políticas ambientales se esfuerzan en presentar la cuestión desde la perspectiva de la creación de puestos de trabajo. Es cierto que no pocas de las actividades relacionadas con la protección o recuperación del ambiente han supuesto la aparición de nuevas profesiones y negocios, pero el enfoque me parece, sino equivocado, engañoso.

Porque la realidad es que, como con todas aquellas medidas que supongan incorporar el coste de las externalidades, hasta entonces gratuitas, a los procesos productivos, al aumentar los gastos de los emprendimientos, sin garantías de que el mercado los compense con un incremento en los precios de venta, se está presionando sobre la viabilidad de las empresas existentes.

El incremento de la presión fiscal, de las medidas legales y de las multas contra las infracciones, provoca, considerado de esta manera, pérdidas de actividad y empleo. No será fácil compensarlas con la aparición de nuevas empresas y allí donde se produzca la sustitución de las ineficientes ambientales por las mejor concienciadas, será, en general, gracias a la incorporación de tecnologías menos consuntivas en factor trabajo.

No necesito subrayar con mayor énfasis que el ya expresado que, en épocas de crisis, es el recurso ambiental el que más sufre: aumentan los abandonos irresponsables de residuos, se reduce el reciclado costoso, se enmascaran los controles de contaminación y aumentan las trapacerías y actuaciones delictuales por parte de diversos agentes, aumentando el consentimiento oficial hacia las ineficiencias, para no aumentar la presión social. Puede que el lector imagine que me estoy refiriendo solo a las empresas, aunque, lamentablemente, también estoy pensando en los particulares. La crisis económica introduce una mayor lasitud en el comportamiento ambiental.

El negacionismo expreso del presidente actual del país más contaminante de la Tierra en relación con el cambio climático -al menos, en la vertiente de su negativa a cumplir los preacuerdos de la COOP21-, no es sino un ejemplo de la subordinación de la protección ambiental a los intereses económicos. “Norteamérica primero”, significa, no solo reclamar la posición preferente en el comedero comercial, sino relegar a lugares secundarios todos aquellos factores que puedan afectar a la pérdida de competitividad. Por supuesto, entre los lastres de la globalización entendida como una apuesta colectiva por el crecimiento conjunto, se encuentra la protección ambiental, y resulta sencillo liberarse de él, puesto que el dueño de ese input que no se rige por el mercado, somos todos, sin que importen fronteras.

En mi opinión, el enfoque de la defensa ambiental debe dejar de centrarse en posiciones excesivamente científicas, que, al pretender convencer al gran público, a menudo empañan su naturaleza dogmática con argumentos ingenuos o voluntaristas, para detenerse en un abordaje crítico, pragmático y directo.

Hay un medio ambiente que es nuestro hábitat directo, como humanos, cuyo deterioro, en el mundo occidental, ha sido evidente y es continuo, y que no se ha podido contener ni con programas de recuperación de ríos y humedales, declaraciones de protección paisajística, medidas de educación ambiental, ni colocando más puntos limpios o contenedores separativos en las poblaciones.

Habrá que seguir analizando la eficacia de las medidas adoptadas y ser más vigilante y severo con los infractores.


El observador  de aves suele encontrarse en estos días con juveniles de aves, algunas con características morfológicas muy diferentes a los adultos. Un caso muy singular, dado lo frecuente que resulta toparse con él, es el del joven petirrojo, que carece del pecho colorado que da nombre a la especie, pues lo tiene moteado.

Esta pareja de aves lo forman pinzones vulgares (fringilla coelebs): una madre y su hijo, ya talludito. Los pinzones tienen una voz muy potente, característico -doce notas y un floreo final- y, como les gusta cantar, es fácil identificarlo por sus trinos, y familiarizarse con ellos. Diría que es común, pero no vulgar.

En la foto, tal vez no se distinga que el adulto es una hembra, pero estoy seguro, pues tengo varias fotos de la pareja. Las hembras de este fringílido tienen el pecho de un rosa blanquecino y la cabeza con un tono pardo grisáceo menos marcado que los machos.

César Pérez de Tudela habla de montaña y metafísica.

La vida de César Pérez de Tudela parece una película. Nacido en 1940, los que éramos aún adolescentes cuando el escalaba montañas, y nos las explicaba, y las transformaba en espectáculo, le hemos convertido en un ídolo sin esfuerzo alguno. Era imposible no admirar a aquel atleta de relativamente corta estatura, que rivalizaba con éxito con gigantes austríacos, franceses o norteamericanos, dominando cumbres de aspecto terrorífico sin aparentar esfuerzo.

Pérez de Tudela es polifacético. Muy polifacético. Doctor en Derecho, periodista, notable dibujante, funcionario por oposición. Conferenciante, comunicador de excepción. Alpinista…

Hace unos dos años, cuando acompañaba a mi amigo Santos Castro a su enésima sesión de tratamiento de un cáncer que le llevaría -lamentablemente- a ser temprano habitante del país de los recuerdos, saludamos a César, que nos informó, con el tono de quien se va de excursión, que él también estaba combatiendo el tumor. “Hay que tomarse las cosas con poesía”, nos dijo. Desapareció casi instantáneamente, por un recodo de un pasillo del hospital, con velocidad de una extra-humana.

El 30 de marzo de 2017, invitado por el Club Español de Medio Ambiente, y presentado por su director, mi colega Guillermo Koerting, César Pérez de Tudela impartió una de las mejores conferencias -interesantes, divertidas- que escuché en mi ya larga vida de asistente a actos de muy diversa factura. No se cuál era su título, aunque creo que eso era lo de menos. Nos expuso, con base en transparencias de escalada, algo de especial valor: los fundamentos de su actitud ante la vida.

Nos obsequió con decenas de frases que glosaban lo que significó y significa para él “ir a la montaña” que: “no era un hecho deportivo, sino más bien…descubrir su trasfondo poético, místico. Entender la soledad. La montaña es lo más simbólico del medio ambiente, y en ella veo la necesidad de afrontar la dificultad con optimismo, admirar la belleza, que está allí, sin duda, pero también, el drama, la tragedia de la vida” (trato de citar textualmente algunos de los párrafos introductorios de su charla)

Me gustaría hacer una completa reseña de lo que dijo y, sobre todo, recoger, cómo lo dijo. El conferenciante tiene 30 libros publicados y multitud de artículos, entrevistas y reseñas de sus actuaciones como alpinista y como polemista, de los que internet da cuenta suficiente para enterarse con detalle de muchas cosas de su vida y de cómo se la toma.

Yo me leí algunos de esos libros, y estaba preparado para no dejarme impresionar por su facilidad de palabra, su memoria para recordar hechos y anécdotas, e, incluso, para disfrutar con su lenguaje irónico, a veces mordaz, siempre inteligente.

Comenzó César citando a LeónFelipe, y a su libro “El ciervo”. “Tengo una gran admiración por los poetas”, se justificó (y citaría luego a varios, entre ellos, a Miguel Hernández y a Antonio Machado, cuyos libros le acompañaron, según confesó, en más de alguna escalada en solitario).

 

El conferenciante nos confesó que estaba escribiendo una “Teoría general del fracaso”, porque es “más amigo de los que fracasan que de los triunfadores”, a los que César eleva a la categoría de campeones: “La campeona es -en una carrera en la que el ganador oficial es el chaval de diecisiete años al que la naturaleza dotó de poder físico- la chica gordita que quedó la última, porque ella es la que tiene más mérito”.

Entre fotografía y fotografía, con impresionantes momentos de escaladas – “no de los ocho mil, que son objetivos para jubilados dirigidos por sherpas- ; más difíciles sob muchos cuatro mil, con torres de 500 verticales, a los que se sube con cuerdas cortas y en cabeza de cordada”- fue desgranando una colección de frases memorables.

He aquí algunas:

“No arrastréis los pies, sino ponedlos en el sitio adecuado”

“No soy racionalista, soy alpinista; y como religioso que soy, soy metafísico”

“Se sube con la mayor elegancia que se pueda”

“En algunos casos, fui valiente. En aquellos tiempos, en la montaña había muerto mucha gente. Se decía que la muerte escala frente a los alpinistas”

“Siempre fui un estudioso de Ortega…” y “La hipocresía es fundamental para salir adelante en la vida”

“Sigo haciendo alpinismo, pero en declive…aunque el otro día subía con dos jóvenes, y el que llevaba las cuerdas era yo”

“Este soy yo” (se refería a una foto en la que la silueta era lejana y algo borrosa, contra una pared vertical), “porque me reconozco”

“Otros quizá hayan conseguido ma´s logros deportivos, pero a mí me gustan los logros humanos”

Después de contar la anécdota en la que ayudó a varias monjitas y a un sacerdote a subir al Angliru, y, en particular, a atravesar, una a una, atada a la cuerda, el llamado “paso de Mahoma”. “Me di cuenta que todas llevaban zapatillas. Les dije: “Hay Dios, hermanas, pero no tanto”.

“En la vida, cuando estás muy cansado, se come menos”

“Hace falta en la sociedad que la gente tenga narices ” (Después de referirse a cómo se escapó de la clínica en la que le habían diagnosticado la amputación de las dos piernas, por gangrena gaseosa, y acudir al Dr. Martorell, “que sabía de congelación lo que no está escrito. Me dijo: “Las piernas se salvan, pero la nariz se pierde…Se equivocó, por suerte”.

“Tengo la misma nariz que cuando era joven, pero hay que tener en cuenta que, con la edad, la nariz y las orejas crecen”

“El rey actual (del que fue monitor) aprendió que en la vida no hay que tener miedo y sí equilibrio·

Y, en fin, “La montaña es un peregrinaje”

Qué personaje, César Pérez de Tudela.

 

 


La foto es la de un verderón (chloris chloris) macho, con su vistoso plumaje de verano. Lleva en el pico algunos restos de lana con los que está completando su nido.

La caricatura de César la hice mientras atendía al conferenciante.

Ónde vais?

Hace pocos días fue, según me enteré después, “el día del abuelo”. No lo sabía cuando, encontrándome a la espera del autobús, un grupito de niños de entre cinco o seis años, dirigido por uno algo más atrevido, me increpó: “¡Abuelo, abuelo!” y el que llevaba la voz campante, incluso se interesaba por un detalle que me dejó perplejo: “¿Cuántos años tienes? ¿Ochenta? ¿Cien?”

Miré al monitor que, cual gos d´atura homínido, trataba de ordenar aquella troupe de descarados para repartirles unos bocadillos que acarreaba en una caja de cartón de fondo desvencijado, esperando de él alguna reconvención al más vociferante, pero desvió la vista, dándome a entender que el asunto no iba con él.

Aunque no pude menos que recordar al pasaje bíblico donde se nos cuenta que los profetas Elías y Eliseo se toparon con unos mozalbetes que insultaban al primero -que sería poco después elevado al cielo en carro flamígero-, gritándole :”¡Sube, viejo calvo!”, y que, según el relato, fueron castigados con el envío de dos osos que despedazaron en un momento a varios de aquellos deslenguados, debo reconocer que lo que en realidad me preocupó era sospechar que mi estado físico había sufrido un deterioro repentino y que, de resultas, aparentaba unos cuantos años más de los que ya soporto.

No estoy dispuesto a dejarme intimidar por cómo me vean niñatos que no son aún capaces de distinguir edades de envejecientes con la precisión con la que yo he aprendido a discernir, por tramos de seis meses a los párvulos. Me encuentro físicamente bien, y aunque no me vean tan joven los que incluso sacan un par de años a mis nietas mayores, me creo con capacidad aún bastante para seguir trabajando por mejorar algo lo que me rodea, haciendo lo que pueda dentro de lo que me dejen (1).

Por eso, y porque la madurez me ha dado la visión directa de unas décadas ilustrativas de la historia de España y del mundo, me siento, sino con autoridad, si con la necesidad, de advertir que el momento por el que está atravesando nuestro país es muy interesante, porque es extremadamente peligroso.

Tomando como referencia el tiempo que los media dedican a los temas, sacaríamos la conclusión de que los dos temas que más animan a unos cuantos españoles y preocupan a otros muchos españoles -no quiero ahora cuantificar la dimensión de ambos grupos- son: la propuesta de escisión independentista que ha calado entre muchos residentes en Cataluña y el avance de la agrupación Podemos, con un programa político que se va construyendo, en buena medida, sobre la marcha.

Por supuesto, ambos asuntos no son sino la lengua de la morrena del glaciar que empuja al mar de la inmediatez el hielo de la indiferencia con la que se tratan los problemas de los demás. No es nuevo para la Humanidad, ni para nuestro país, y hasta ahora, la generación de unos años de caos y destrucción le ha venido bien. De las cenizas y la sangre han surgido nuevas esperanzas, entre supervivientes que se han llevado las manos a la cabeza gritando “¿Qué hemos hecho?” (o dejado hacer) y aprovechados que se han aupado sobre las ruinas, para enriquecerse con la reconstrucción más sólida de lo destruido, utilizando la capacidad, no exenta de docilidad y esperanza de la mayoría de los que también sobrevivieron.

La actualidad nos ha puesto sobre la mesa del comedor a dos excelentes charlatanes: Mas e Iglesias, que, además, venden frascos de una medicina que hace un par de años no hubiéramos creído necesitar jamás pero ahora, a no pocos, les parece imprescindible. El nombre del producto es diferente, pero el contenido del frasco es el mismo: un placebo que no soluciona el problema de base, sino que lo complica.

A ambos líderes mediáticos, con la mirada puesta en el después y no en el ahora, creo que les viene de perlas el mensaje de advertencia que recoge esa canción asturiana, convertida en dicho popular muy socorrido: “Ónde vas, Pachín del alma, de alpargates y orbayando, non te metas por los praos, que vas ponéte pingando”.

(1) Estoy pensando, al escribir esto, en el cuento guaraní que presenta a un diminuto colibrí que, mientras el bosque ardía, y ante la pasividad de los demás animales, volaba una y otra vez de un riachuelo al corazón del fuego, llevando cada vez en su pico una gota de agua. El jaguar, -¿o fue el oso?- que estaba quieto mientras el fuego amenazaba sus pies, justificaba su propia inactividad queriendo hacer ver al pajarillo que sus esfuerzos serían inútiles ante la magnitud de lo que pretendía: “Nada conseguirás”, le dijo. A lo que el colibrí replicó. “Yo hago lo que puedo”.

Tengo comprometido a mi amigo Rafael Ceballos -que nos lo transmitió cuando recibía, el 14 de noviembre de 2014, la medalla del Club Español de Medio Ambiente- mejorar el previsible final de esta historia de animalario, simulando que los animales del bosque se movilizan todos, recapacitando respecto al poder de que son capaces si actúan conjuntamente, y consiguen apagar el fuego. De momento, solo algunos luchan con las llamas y otros, hasta se diría que las aventan.