La cuestión del control de las masas

Antes de leer “Sapiens”, el libro de Harari al que me refería en el Comentario inmediatamente anterior, había tenido ocasión de deleitarme con el que escribió posteriormente, “Homo Deus. Una breve Historia del mañana” (Penguin Random House, Grupo Editorial, 2016). Encuentro éste último más interesante y entretenido que el primero y, desde luego, más provocador.

Es una recomendable lectura para las vacaciones y, sobre todo, es una reflexión que deshace, con elegancia y las oportunas referencias históricas, la mitología generada por el hombre en torno a su necesidad de trascendencia, de inmortalidad, de poderes divinos y otras elucubraciones.

No es esa, sin embargo, la cuestión que me trae a redactar este Comentario, sino el asunto de si el dataísmo -neologismo con el que se recoge la idea de que el universo consiste solo en flujos de datos – alcanzará a explicar  que todos los organismos -el hombre, también- se pueden reducir a algoritmos y, cuál será el sendero hasta allí.

Al margen de que la idea pueda parecer una extravagancia inaceptable (para todos los que profesan una religión, desde luego), Harari aclara que la mente humana no tiene capacidad de procesamiento para llegar a esa conclusión y, por tanto, lo que le parece relevante (a mí, también) es, por eso, lo que sucederá, en el camino, a los seres humanos. ¿Seremos más felices, más poderosos, más longevos? ¿Todos, solo algunos? ¿Cómo nos arreglaremos para procesar mejor los datos y avanzar en los nobles deseos de repartir el conocimiento útil para conseguir esos saludables efectos?

Nos falta, en todo caso, mucho trecho para recorrer el camino -éste u otro que conduzca a la Verdad-, y, entre tanto, me parece que lo que nos está afectando, hoy como hace miles de años, es la manera en que algunos grupos pretenden alcanzar el poder de regir las vidas de sus coetáneos (o seguir manteniendo el que tienen), prometiendo que les conducirán a una mayor felicidad, si les hacemos caso, y aderezando las promesas con doctrinas, programas y teorías.

Quisiera creer en la buena intención de los que se erigen en guías hacia tierras de satisfacción -con especial mención a los que consiguen el apoyo de grupos crédulos en sus promesas, obtenido por elección democrática entre ignorantes-, pero me asombra lo poco que saben ellos mismos, los escasos datos que manejan y, en fin, la tranquilidad con la que venden con cuatro pinceladas, el producto de sus religiones particulares, sea el libre mercado, los grandes grupos empresariales, el comunismo, el socialismo con o sin apellido o…la voluntad de un Dios supremo al que se encomiendan.

El dataísmo está aún muy lejos, si ha de llegar. Pero la revolución humanista, también. Sin necesidad de acudir a la gran potencia de procesamiento de superordenadores, utilizando solo el cerebro humano y la lógica no contaminada por axiomas y falacias, podríamos hacerlo mucho mejor. Pienso yo, vamos; aunque nuestra existencia esté gobernada por miles de millones de algoritmos, Dios fuera una elucubración útil en algún momento de la Historia (incluso hoy), y el futuro sea impredecible.

Solo necesitaríamos analizar con seriedad los márgenes de libertad que tenemos a nuestra disposición colectiva, y emplearlos en mejorar la función de utilidad; sin machos alfa, navajazos entre correligionarios, incompetentes que confían en que el paso del tiempo lo arreglará, o amiguetes que se reparten las mejores tajadas del búfalo que hemos cazado entre todos.


Como no todo son pájaros, traigo la fotografía de dos acémilas, a las que encontré jugando en un vallado, actividad a la que se emplearon con tanto ardor e intensidad, que acabaron dándose mordiscos.

No se si ganó el burro o el potro, pero puedo dar fe que, cuando abandoné la observación, ambos estaban sangrando por las orejas y los hocicos.

Mi Diccionario desvergonzado: regalo, promiscuo, resolución, envidia, estimación, gobierno

Apoderado. 1. Persona con mucho poder,  lo que no lleva aparejado siempre la consciencia de la responsabilidad que se le deriva. 2. Quien tiene poder delegado de alguien, que le ha comisionado para llevar a cabo las actuaciones que a éste convienen, y que, si no está atento al uso que se le da a esta confianza,  suele derivarse a la exclusiva conveniencia del  autorizado. 3. Persona cuya voluntad ha sido secuestrada por otra.

Confianza. 1. Voluntad ingenua de no investigar las verdaderas razones por las que otro actúa. 2. Actitud derivada del compadreo con alguien, con el que se comparte la intención de sacar provecho de una situación o de un tercero. 3. Temeraria presunción del valor o cualidades de un conocido, que es mejor no poner a prueba para no tener un disgusto.

Control. 1. En los aeropuertos y otras zonas de embarque de pasajeros, costoso simulacro del propósito confesado y no resuelto satisfactoriamente de detectar a los terroristas potenciales,  y cuyo resultado incuestionable es poner a prueba la paciencia de los ciudadanos decentes, generando, además, ridículas situaciones. 2. Conjunto de caseta y barrera levadiza,  por el que se regula el acceso a un centro que lleva a cabo una actividad cualesquiera, y que solo se supera con absoluta tranquilidad si se es amigo o conocido del vigilante.

Corrupción. 1. Evolución natural de cualquier sistema de gobierno, del que padece especialmente la credibilidad de los sistemas considerados democráticos. 2. Estado de la carne de un animal muerto cuando comienza a resultar comestible, y que, de no ser consumida a tiempo, deviene apetitosa únicamente para los gusanos. 3. Estado general de una sociedad confiada en que sus instituciones funcionan sin vigilancia trasversal.

Denuncia. 1. Impreso, debidamente cumplimentado y firmado, que se entrega a la policía o a cualquier otra autoridad por la que se pone de manifiesto una irregularidad, y cuyo destino final es desconocido y, en todo caso, imprevisible. 2. Protesta sin destinatario concreto que pone de relieve lo difícil que resulta la convivencia en una sociedad.

Envidia. 1. Deseo propio de quien es consciente de no poder emular las virtudes de otro, y que provoca efectos desastrosos para quien cae bajo su ámbito de influencia. 2. Si es sana, artificio mental para disimular que se está a la espera de encontrar algún defecto en el otro.

Estimación. 1 Asignación de un valor imaginario a una variable, cuando no se quiere entrar en el análisis serio y razonado de su exacta cuantía. 2. Aprecio que se dice sentir por otra persona, al encontrarse ésta presente, y que, cuanto más alta, menos creíble debiera resultar.

Gobierno. 1. Conjunto de amigos que se distribuyen el poder de hacer lo que les parezca bien con los bienes y derechos de los demás y que, independientemente del resultado obtenido, será objeto de feroz crítica por un conjunto parecido que solo aspirará a desbancarlos de su posición. 2. Control de una situación realizado por quienes han podido convencer a otros de su capacidad para salir de ella, antes de que se compruebe este extremo.

Mentira. 1. Verdad nacida de una mala intención. 2. Imaginación por la que se desdibuja una situación, contada por quien se arroga la facultad de poder ocultar la verdad con su fantasía. 3. Pecado infantil por el que se tiene la ilusión de que lo que queda por vivir contiene la solución. 4. Cuando es piadosa, ocultación a sabiendas de un hecho perjudicial, apelando a la incapacidad o falta de sagacidad de aquel a quien se hace su destinatario, lo que resulta, las más de las veces, rotunda equivocación.

Oposición. 1. Fórmula, típicamente amañada, de conseguir que los correligionarios, familiares  o amigos accedan a un puesto, ya sea público o privado. 2. Resistencia sólida a dejarse engañar por lo que se nos cuenta desde el Gobierno, por parte de quienes se consideran alternativa para hacer lo mismo.

Promiscuo. 1. Tipo que no se preocupa ni por dónde anda, ni con quién, lo que le proporciona  satisfacciones en tanto pueda mantener la discreción respecto a sus escarceos . 2. Dícese también de quien mantiene relaciones sexuales con quien le da la gana, sin tener en cuenta las consecuencias económicas ni patológicas.

Regalo. 1. Fórmula comercial para engañar a un cliente, haciéndole creer que no ha pagado suficiente por lo que recibe. 2. Corbata, pañuelo o perfume que se entrega al padre o la madre –según convenga- unos días después de ser su santo o cumpleaños, con el objetivo de quedar bien con uno mismo. 3. Bolso de marca u otro objeto de lujo, que recibe como compensación adicional un político por parte de un contratista.

Resolución. 1. Decisión firme de hacer algo, puesta de manifiesto para obviar que raras veces se llevará a la práctica. 2. Escrito emitido por un órgano de poder, en el que se decide acerca de cualquier materia controvertida en la que, siendo varios los interesados, se habrá tenido minuciosamente en cuenta quienes serán los beneficiarios más convenientes.

Violación. 1. Trasgresión voluntaria de una norma que se confía, por experiencia anterior, que no será descubierta. 2. Acto reprochable de un individuo que considera mero objeto para su placer a quien es sujeto de respeto y derechos.

Creo en la intervención vigilante del Estado sobre el mercado

(Continúa de los tres comentarios precedentes, a modo de Credo particular, con raíces en mi gnosticismo práctico y en la experiencia vivida)

4. Necesidad de una revisión crítica del papel del Estado

La gestión de la economía de un país intermedio, implica la convivencia y en su caso,  alineamiento, con intereses supranacionales, la defensa de los elementos que pueden ser impulsados desde la actuación local, y la búsqueda permanente de los huecos en los que implantarse, incluso circunstancialmente, utilizando las ventajas diferenciales que se consiga generar.

España tiene una desdibujada posición internacional, producto de la debilidad en el sostenimiento de sus objetivos. Pretendíamos tener un papel preponderante en relación con la conexión entre Europa y Latinoamérica, e incluso en las relaciones intraamericanas (norte-sur) y no lo hemos sabido aprovechar, o hemos despilfarrado en gran parte el capital moral, sin haber sabido suplir en demasiadas ocasiones los déficits en seguridad jurídica o solvencia económica de un área con gran potencial en recursos, con habilidad negociadora y confianza en su futuro.

En la relación con el mundo árabe, que ingenuamente queríamos basar en una pseudo-identidad cultural e histórica harto cuestionables, hemos pedaleado más sobre la imaginación que sobre la realidad, si bien se debe reconocer que ha habido grupos empresariales que se beneficiaron -en el sector de la construcción, sobre todo-, aunque no alcanzo a ver las ventajas para la creación de empleo en nuestro territorio, a salvo de unos pocos técnicos expatriados.

En cuando al papel español dentro de la Unión Europea, entidad que por sí misma se halla a la busca de su propia personalidad, nuestro peso es marginal, y se nos ve más como problema que como parte de la solución, siendo nuestro europeísmo más próximo al de estómago agradecido o pedigüeño necesitado, en un escenario en el que parece regir el sálvese quien pueda antes que la cooperación.

En relación con las organizaciones internacionales (desde la OTAN al Banco Mundial, de la ONU a la OMS) la posición de España es más pasiva que otra cosa. Se tiene fama, posiblemente merecida, de ser incumplidores de compromisos e ignorantes o remisos a la intervención activa, y no solamente con ideas.  El papel exterior, en las relaciones exteriores, debería concretarse en aprovechar las posibilidades de erigirse en portavoz, no de filosofías, sino de concretas propuestas de resolución de las necesidades de los países y zonas más desfavorecidas, utilizando la capacidad de convicción que pueda derivarse de…nuestro camino hacia sus posiciones.

No es, sin embargo, cuestión de criticar, a lo que somos tan dados por tradición e idiosincrasia, sino de actuar con solvencia, desde la consciencia de cuáles son nuestros problemas y no los de la Humanidad (en especial, los que no podemos resolver de éstos últimos). En España, la urgencia surge del lado social, y su gradación y valoración, para definir la entidad de las medidas a adoptar solo puede hacerse desde dentro. Es imprescindible conseguir la estabilidad de las capas sociales, de manera que los niveles de satisfacción de los integrantes de la pirámide de ingresos y gastos no se muevan descontrolados. Y en esto, no vale engañarse.

Por la parte de la generación de productos y servicios, si las expectativas de los grupos socioeconómicos que forman el sustento básico de la economía no son atendidas, y las perspectivas de futuro no son razonadamente halagüeñas, las empresas se irán, y la actividad regeneradora de los sectores dañados será insuficiente o nula.

Desde la parte del consumo, que está vinculada directamente con la oferta laboral,  el descontento provocará tensiones revolucionarias. Si no hay ingresos familiares, una vez consumidos los ahorros privados, e inexistente el crédito, el número de dependientes de los servicios sociales, de la asistencia pública, o de los pobres y desarraigados, subirá hasta que la tensión explote.

Tenemos, además, en España, el problema especial de que habíamos alcanzado un nivel de bienestar que pretendíamos consolidado, y sobre él se auparon las opciones políticas tanto de la izquierda como la derecha. Apuntábamos hacia unas prestaciones del modelo económico que, evidentemente, no pueden cumplirse en una perspectiva de crisis estructural. Y si falla la credibilidad de las instituciones, no puede esperarse que la reconstrucción del tejido socioeconómico dañado se realice por apelación a elementos mágicos.

Después de llevarnos unas cuantas veces las manos a la cabeza -y depurar, por supuesto, las bolsas de corrupción, ineficacia y avaricia que se han formado-, debemos de aplicarnos a poner en pie formas concretas que nos vuelven lo más rápidamente a una zona de estabilidad. La actuación del sector público es, en esta situación, determinante, pues no se puede confiar, en absoluto, que los agentes que se guían por el mercado y la máxima rentabilidad (la responsabilidad social de los grandes grupos es, en esencia, un placebo), permitan solucionar los problemas urgentes de quienes se encuentran, por el cambio de coyuntura, desplazados, particularmente si están en la base de la pirámide.

La responsabilidad de los gestores públicos abarca desde las administraciones locales a las más altas estructuras del Estado, y exige una actuación coordinada. Las finanzas del conjunto del Estado han de ser vistas como un bloque, y la coherencia de las medidas que se adopten para su saneamiento es fundamental. No se puede abandonar a los municipios el problema de resolver su saneamiento, a base de impuestos y tasas locales, o privatización de servicios públicos. La falta de solidaridad regional tampoco puede ser alimentada, y las tendencias a la disgregación del modelo nacional ha de ser atajadas con serenidad y firmeza.  No habrá desarrollo sin la colaboración de todos los agentes regionales, y la reforma de la Administración pública, en todas sus formas, es urgente y ha de ser debatida sin miedos ni a priori, y con firmeza.

La automatización y la informatización de la prestación de los servicios públicos, la transparencia en las inversiones y gasto de las Administraciones y empresas públicas son una obligación, y especialmente si se pretende la coordinación y evitar los despilfarros.

Soy partidario de la inversión pública en empresas, al menos como referencia para contrastar información, en algunos sectores; no como ha sido utilizada en el pasado para rescatar empresas en dificultades, sino, al contrario, para acompañar a las que actúen en campos preferentes; los proyectos dimanantes de los centros de investigación que emplean dineros públicos deberían encontrar en esas empresas una continuación natural; esto es, me refiero a los sectores frontera.

La eliminación de la burocracia, el secretismo, la ineficiencia, y la desconexión entre los intereses públicos y privados no puede tolerarse en época de crisis y ante la necesidad de cambiar sustancialmente algunos enfoques que nos llevaron hasta aquí.

(continuará)

 

Guachimén

Aquí los llamamos guardias de seguridad, y nos hemos acostumbrado a verlos en múltiples lugares. En los aeropuertos, suburbanos y estaciones de autobús o ferrocarril, en los establecimientos comerciales, en las oficinas de las entidades financieras, en las asambleas de todo tipo, a la puerta de las discotecas, en cualquier acontecimiento que suponga congregaciones más o menos multitudinarias. No pertenecen a los cuerpos armados del Estado ni a los de cualquiera de las Administraciones públicas: no son miembros del Ejército, ni policías, ni guardias civiles.

Defienden intereses particulares. Sobre todo, los de los propietarios de los locales de negocio: controlan sus entradas y salidas, realizan cacheos con arcos voltaicos o con sus manazas a los visitantes sin atender a sus razones, abren sus bolsos y desparraman sus pertenencias con morbosa ostentación y, en casos particulares, pueden retener circunstancialmente a los presuntos infractores de leyes no siempre escritas.

Su función principal no es actuar, -se dice- sino disuadir, amedrentar con su sola presencia, sus corpulentas estructuras, sus pistolones, sus gestos amenazadores, a los posibles malos para que no osen penetrar en los recintos que protegen. Pero, en realidad, están destinados más bien a llevar tranquilidad a los pacíficos, para que consuman sin temores.

Desde antes de que se hicieran habituales entre nosotros, ya conocíamos de su existencia, porque, en muchos países en los que la seguridad personal no está en absoluto garantizada y se concentra la gente de bien, -en los restaurantes, y salas de fiestas-, sobre todo, se encontraban apostados a la entrada, luciendo sus aparatosas escopetas, unos tipos a los que se llamaba vulgarmente guachimén (watchmen). Mantenían a raya a los posibles delincuentes, creando un espacio protector para los que disfrutaban en los locales, haciéndoles creer que nadie les interrumpiría en su gozo, y que, del camino de su coche blindado al interior del local y viceversa, no les ocurriría nada que hubieran de lamentar, salvo la resaca posterior para recuperarse, tal vez, de sus cogorzas.

Un reciente artículo de Manuel Vicent(EP 24 nov 2013) me trajo a la memoria a los guachimén. En esencia, como tengo dicho, especiales guardias de seguridad que garantizan, con su presencia pistolera, que las gentes que disponen de medios suficientes para disfrutar de un buen rato fuera de casa en un lugar de alterne, no serán molestados por los que, ya que no los tienen, pueden sentirse tentados a irrumpir en sus vidas aguándoles la fiesta.

El artículo, que se publica en la columna de colaboraciones de la última página, se titula “Zombis”. Los hay, escribe Vicent, “pobres y ricos”. La reflexión del articulista es sencilla, pero demoledora: Mientras en la sociedad española aumenta, a pesar de lo que ven los ojos oficiales, el número de pobres, de desharrapados, de gentes que no ganan para vivir, hay unos cuantos que disfrutan de bonanza. Estos últimos, son los “zombis ricos”, que “entran y salen de los restaurantes, joyerías y tiendas exclusivas en las millas de oro, aparentemente felices”.

Aquí está el tema. La sociedad se está separando en dos sustratos, que se están disociando, como sendos precipitados químicos, de la masa que forma la mayoría silenciosa, el disolvente en el que están embebidos. Están, por un lado, los que no ven motivos de preocupación por la crisis (al contrario), que no son muchos e incluso son algunos menos de los que ya eran; y, por otro, los más pobres, que son bastantes más de los que ya eran y que no ven finales de túneles, sino solo oscuridades hondas.

Vicent cree ver en los ojos de los zombis ricos, un asomo del temor de que, mientras ríen, felices, en los bares y restaurantes, como si nada fuera con ellos, les estén observando los ojos de los que pasan hambre, y, que “su fiesta sea asaltada mañana por una turba de mendigos”

Puede que a esos que no quieren ver la desgracia ajena, tapados los ojos por su propia opulencia, crean erróneamente que el tema no va con ellos, y estén tentados de llamar a más y a más guachimén para que los protejan mientras disfrutan, zombis, aislados de lo que pasa fuera. Podrán hacer construir muros más altos, instalar en sus bordes cuchillas y concertinas ordenar a los guardianes que repartan más mamporros.

Se equivocan si hacen eso, se están equivocando porque lo hacen ya. La solución al posible conflicto entre zombis ricos y pobres tiene que venir por otros lados, no de más guachimen ni muros de aislamiento. De esa forma no se evitará el “estallido social” del que “algunos advierten que la carga explosiva está ya en el aire a la espera inminente de la chispa” capaz de producirlo. (1)

Estamos en un país civilizado, ¿no? Hemos aprendido de la historia, ¿no?


(1) Los entrecomillados provienen todos del texto de Manuel Vicent.

Esto no es un Cuento de Otoño: Hatamura delata Fukushima

El profesor Yataro Hatamura expuso con frialdad las conclusiones del Informe en el que la Comisión independiente había reflejado el resultado de sus investigaciones sobre el accidente nuclear de Fukushima.

Lo hizo en un inglés bastante deficiente, acompañándose de diapositivas que, en general, se limitó a leer. El público que abarrotaba el Salón de la Fundación Areces, el 28 de octubre de 2013, le escuchaba en silencio.

Hatamura es ingeniero mecánico, profesor emérito en su especialidad, el análisis de fallos. Durante toda su vida ha ido perfeccionando una teoría que se resume en esta cadena lógica, de apariencia demoledora:
“What could happen, happens; what cannot happen, happens as well; things beyond imagination, happen as well” (Lo que podía ocurrir, ocurre; lo que no puede ocurrir, sucede igualmente; lo que está fuera de la imaginación, también ocurre”.

Quien designó al profesor japonés, que tiene ahora 73 años (nació en 1940), como presidente de la Comisión sobre Fukushima, sabía lo que hacía. Su propuesta filosófica viene siendo que “necesitamos introducir una cultura que se confronte a los riesgos y los discuta” (need to cultivate a culture to face risks and discuss them) y, por encima de lo que nos digan otros, “es preciso ver las cosas con los propios ojos, y pensar con el propio cerebro, para juzgar y tomar decisiones” (see with your own eyes, think with your own brain, to judge and take actions”.

Por eso, es razonable pensar que, una vez cumplida su misión en Japón -la de hacer ver a la población de que, si se quiere mantener la actual calidad de vida, hay que asumir algunos riesgos y que lo que puede hacer el ser humano, incluso el más inteligente, es convivir con esa zona oscura que “we fail to recognize and are unprepared for”- se dedique a dar conferencias por el mundo para difundir un mensaje universal.

Lo expresó también en la conferencia del 28 de octubre: Debemos combinar la prevención de los desastres para aquellos riesgos conocidos con minimizar los daños para los riesgos que desconocemos (disaster prevention versus damage minimization).

Las preguntas que se hicieron en el coloquio resultaron irrelevantes. Hatamura, obviamente, no tenía más que decir. No hacía falta.

(P.S. La minería del carbón está de luto, y, con ella, toda España, por la muerte de seis mineros en la mina Emilio del Valle, en Santa Lucía (León). Parece que ha sido por un escape masivo de metano, procedente de una bolsa que no explotó ni delató previamente su presencia.

Descansen en paz, y mi condolencia más honda hacia los familiares y amigos de las víctimas.

No se si el lector del Comentario habrá encontrado la línea filosófica de conexión entre Fukushima, la mina Emilio, y todos los accidentes que resultan imputables al avance técnico, a la confianza excesiva, al ahorro de medios, a la necesidad de seguir subsistiendo y hacerlo cada día mejor.

Hatamura, cuyo nombre significa, en japonés, “Hombre del Pueblo”, nos da la pista.

Desde el dolor, como ingeniero y como español, afirmo que sí, que existe un camino. Es la vía que impulsa e impulsará a la Humanidad a tratar de dominar la naturaleza. No tenemos más remedio que seguirla. Una batalla de David contra Goliat, que está en nuestra propia esencia: como seres racionales, somos una anomalía de la evolución, y conocer del todo aquello de lo que formamos parte, es la única forma de encontrar, si existe, la puerta que nos serviría de escapatoria.

Una labor imposible, aunque inexcusable.

Cuento de verano: Alicia en la fábrica de chocolate

Alicia, la niña que se aventuró por el País de las Maravillas y se atrevió a pasar al otro lado del espejo, cuando terminó la carrera de ingeniería industrial, que culminó brillantemente, fue contratada por la fábrica de chocolate de este lugar.

La producción de chocolate tiene, como todo, su técnica. Existen dos procedimientos principales. El más común, que podríamos llamar tradicional o clásico, es el llamado de tabletas, en el que la masa fundida base del chocolate se cuela en unos moldes para darle la forma adecuada, y se deja enfriar.

Hay muchas variedades de este procedimiento, pues se puede añadir más o menos cacao, o leche, o harina o azúcar, que son los ingredientes principales, e incluso suprimir uno o varios de ellos -algunos miembros del Club de los Escépticos sospechan que todos- sin que se note en el sabor; casi todos estos métodos están patentados por las Ardillas Teutonas y los Osos Caprichosos. Si se incorporan a la masa trozos de avellanas, almendras o nueces, hay que advertirlo así en el envase, pues existen habitantes del País de las Maravillas que son alérgicos, como la Tortuga Artificial o la Princesa Tiquismiquis, de la que creo haber hablado en otra ocasión.

Cuando Alicia se incorporó a la fábrica de chocolate acababa de ser inventada la técnica de colada continua (chocolate continuous casting, CCC), por la que se confecciona con el chocolate fundido una especie de churro gigantesco, que se conduce en estado semipastoso a un recipiente intermedio, cuyo agujero de salida es de diámetro ajustable, consiguiendo así que el churro de chocolate sea fino o grueso a voluntad. Esta serpiente chocolatosa se va cortando a la longitud que se desee con unas tijeras semiautomáticas.

El artilugio cortante era manejado, en la fábrica del País de las Maravillas, por la Liebre de Marzo, que había pagado a las Arcas Caudinas por mantener el privilegio exclusivo a perpetuidad, transmisible a sus herederos.

Alicia, que era listísima, no tuvo ninguna dificultad en enterarse rápidamente de los pormenores del procedimiento, y eso a pesar de que en la Escuela de Ingeniería Superior solo llegaban a enseñar hasta el segundo capítulo de las producciones chocolatosas, por falta de tiempo para ver todo el programa.

Sin embargo, como todos los puestos de importancia para técnicos cualificados estaban ocupados, le encomendaron, para empezar, la limpieza a fondo de la sala de embalajes, ordenándole que retirara los desperdicios -restos de los envoltorios, recortes de papel de plata, cromos mal impresos y, también, pedacitos de almendras o avellanas, y gotas solidificadas de chocolate- y, una vez reunidos, los tirara a la basura.

-¿He estudiado tanto para tener que hacer un trabajo tan simple y para el que no se necesita ninguna cualificación?- se interesó en conocer Alicia, cuando llevaba ya varios meses haciendo lo mismo. Se lo preguntó al responsable de Recursos y Métodos, que se asemejaba bastante al Conejo Blanco, por sus dientes salidos hacia fuera, aunque negaba ser él, y afirmaba que su verdadero nombre era Dientéfano Bienenchufado.

-Todos hemos empezado así -se justificaba el encargado-. Es la manera de adquirir práctica en una fábrica tan compleja como la de los chocolates, antes de alcanzar los objetivos de mayor enjundia.

Pasaron unos cuantos meses más, quizá varios años, incluso puede que muchos años. Alicia se iba haciendo mayor, aunque le decían que era todavía joven.

Un día de septiembre del año de la Absoluta Desfachatez, Alicia estaba en los sótanos de la Sala llamada de Expediciones Torticeras, separando los papeles de plata de los cartones y papeles normales y reuniendo, en cubiletes separados, los trocitos de avellana, cacao y chocolate, para su reutilización posterior. No se tiraba ahora casi nada al Cubo de la Basura, pues lo de recuperar las materias que antes se despreciaban se le había ocurrido, inspirándose en lo que había leído en una revista de los Descolocados Franceses sobre cómo fabricaban algunos quesos artesanales con material desechable, merced a un ejército de gusanitos amaestrados.

Aunque seguía siendo la limpiadora (con el cometido adicional de recicladora provisional, con nombre pero sin sueldo suplementario), estaba bien considerada. Le habían concedido por aquella idea y otras menores, una mención especial en la Hoja de meritorios que se colocaba de vez en cuando a la entrada de los WC y, cuando había ocasión, le aseguraban los que estaban más alto en la Pirámide Artificial de Cargos que cuando apareciese un hueco en el Organigrama harían algo por ella. Pero los huecos que aparecían se llenaban siempre por arriba, por arte de birlibirloque o aplicación digital.

Aquel día de septiembre, se enteró por el Siete de Espadas y el cinco de Copas, que estaban particularmente excitados, de que algo muy, pero que muy peligroso, -peligrosísimo-, estaba sucediendo en la fábrica.

-Resulta que el calderín de vapor que controla la temperatura de confusión del cacao con la leche está atascado y la temperatura de la cazuela no para de subir y subir, y el mejunje está en ebullición metacrítica.

-¿Y qué? -replicó Alicia, que no se dejaba impresionar por lo que le parecían tonterías.- ¿No se están tomando decisiones adecuadas ? ¿Qué dicen los responsables de Control de Métodos?. ¿Qué opina el gato de Cheshire o el lagarto Pepito, a los que se pagan royalties?

-Parece que sus ideas ya ha sido probadas y las posibilidades están todas agotadas -matizaba el cinco de Copas- Ni siquiera la Comisión Permanente Estratégica que forman todos los efectivos de Copas, Diamantes, Oros, Picas y Bastos, ha podido hacer nada.

El Siete de Espadas tenía incluso noticias más sombrías:

-Se han reunido los jefes de la fábrica con los expertos extranjeros y algunos que dicen venidos del Otro lado del Espejo y no saben qué hacer. Parece que hay que abandonar la fábrica.

-En realidad -completaba la información el Ocho de Tréboles, que se incorporó al grupo., ya lo han probado todo, incluso lo más descabellado. Han aumentado, por ejemplo, la cantidad de agua para producir más vapor y que así disminuya la temperatura al aumentar la masa, pero han conseguido el efecto contrario, el calderín se calentó aún más -decía.

Alicia siguió separando el papel de plata de los demás papeles de envolver. Con el papel de plata se había podido, por cierto, crear una empresa nueva para hacer ríos y lagos en los nacimientos navideños, aunque esa idea, que era también de Alicia, nunca le había sido reconocida; se la había atribuído la Duquesa.

El Sombrerero Loco, que era el gerente general de la fábrica, únicamente por debajo de la Reina de Corazones y el Rey de Bastos -que tenían un affaire- , aseguró por la radio interior que el calderín iba a explotar en cualquier momento y que, sintiéndolo mucho, era preciso ordenar el cierre general de la fábrica de chocolate, y aconsejaba, a las autoridades correspondientes, ya que no era su responsabilidad, el desalojo preventivo del País de las Maravillas.

Ocultó, sin embargo, que, un grupo seleccionado, en el que se contaba, estaba negociando por medio de la Liebre de Marzo (o de Abril, no recuerdo exactamente) el paso al otro Lado del Espejo -un salvoconducto a cambio de renunciar para siempre a fabricar chocolate-, con el que se pretendía, presuntamente, conservar lo esencial de la especie de los Máximos Depredadores.

Se daba por inevitable que la explosión del calderín sería el final de la fábrica de chocolate, y el flujo incontrolado del líquido caliente destruiría la mayor parte de las haciendas del País de las maravillas, suprimiendo subsidiariamente los empleos directos, los indirectos y los inducidos hasta el cuarto nivel, amén de dejar para el arrastre los cuadros de rosas y los jardines de pensamientos. La desbandada debía ser, pues, general, y la debacle, absoluta.

Alicia no se inmutó ni un ápice. Cuando todos corrieron, para salvarse como su miedo les dio a entender -unos en patinete y otros a la pata coja-, dejando la fábrica abandonada, subió tranquilamente a la sala de control de temperaturas, apretó con decisión el mando de desconexión del calderín y abrió la válvula de salida de vapor para que éste se largara directamente al aire, memzclándose con viento fresco.

Un par de horas después, la masa de chocolate había bajado mucho la temperatura. Para evitar que se solidificara en el cubilete, Alicia dejó que el líquido caliente pasara a los moldes de tableta, abriendo las compuertas precisas, conducido desde la sección de colada continua a la sección de colada tradicional, que aún estaba en buen estado, gracias al dios de los Personajes Imaginarios.

Le costó algo de trabajo, pero se formó así un chocolate que posiblemente iba a tener un sabor estupendo, al estar tan homogeneizado -pensó, mientras se le ocurría la idea reconfortante de que tenía, por primera (y, desgraciadamente, por última vez) toda la fábrica de chocolates bajo su mando-.

Fueron momentos gloriosos para recordar a sus nietos. Los habitantes del País de las Maravillas, al advertir que no pasaba nada, pero nada de nada de todo lo que habían temido, y cuando se cercioraron de que los densos nubarrones que se habían formado sobre la fábrica de chocolate habían desaparecido, sin que explotara el calderín ni cosa parecida, volvieron, como su tal cosa, a sus casas. Los que estaban empleados en la fábrica, retornaron a las instalaciones del emprendimiento de chocolate, primero poco a poco, y luego, a raudales, y los encargados del Control General comprobaron que no se había perdido ni siquiera unos gramos del chocolate; incluso, al probarlo, lo encontraron estupendo.

Nadie se acordó de Alicia, que volvió a los sótanos. Y lo más curioso es que oficialmente se atribuyó lo sucedido -es decir, que el que el calderín no hubiera explotado, como habían pronosticado los expertos y la Comisión de detección de Desastres Generales- a un misterio misterioso, a un milagro inexplicable nacido de la naturaleza especial del chocolate.

El Sombrerero Loco incluso se atrevió a comentar que, seguramente, aunque no recordaba exactamente, era él mismo quien había tenido la idea de desconectar la válvula del acceso al calderín antes de marcharse.

Alicia jamás explicó ni comentó con nadie lo que había hecho. ¿Para qué?, se decía. La jubilaron prematuramente como jefa de la sección de limpieza, reciclado y recuperación, el único departamento verdaderamente rentable de la Fábrica de Chocolate, de la que era, hasta donde tengo entendido, también la única empleada. Eso tampoco trascendió, me parece.

FIN

El Informe Barquisimeto (7). La importancia de la uniformidad

La supresión total de la capacidad individual para pensar y, por lo tanto decidir por sí mismo,  es uno de los objetivos codiciados por todo sistema. No es, sin embargo, más que un desideratum inalcanzable en la práctica, por lo que es preciso incorporar elementos de distracción a la gran masa, que, por una parte, le hagan creer a quien pertenece a ella que está tomando alguna decisión o adquiriendo información importante y, por otra, eviten que tenga interés alguno en escuchar a los disidentes ocasionales, que fracasarán, así, en sus intenciones desestabilizadoras.

En los regímenes capitalistas, especialmente en los neoliberales, el adocenamiento de las masas se consigue de manera casi imperceptible para la mayoría, bombardeando continuamente a la población con nuevos objetivos de consumo (generando el campo de cultivo propio de la “sociedad líquida” y proporcionándole datos falsos, pero tranquilizadores, información irrelevante aunque capaz de fomentar la curiosidad innata del ser humano por lo que hacen sus semejantes. Se trata, en fin, de construir un entramado de deseos simplones, ansias de fácil realización y montones de documentación sin verdadero interés pragmático, que animan a la población objetivo a  seguir profundizando en la bazofia intelectual que se le da, aumentando el efecto alienante.

Es bien conocida la fúnción que cumplen en este objetivo los concursos televisivos en los que distintos individuos a los que previamente se les ha convertido en “famosos” compiten luciendo actividades estupidizantes. Por supuesto, los llamados deportes de masas, como el fútbol, el béisbol y otras actividades deportivas de cierta duración, servirán para mantener a gran número de individos entretenidos, no solo mientras contemplen el espectáculo, sino, posteriormente, discutiendo jugadas, posibles errores arbitrales y hasta las aficiones o vida personal de lo jugadores.

En los países que forman el núcleo central del Grupo de Solicitantes estos efectos de alienación se han conseguido con una mezcla sabia y prudente de elementos, en los que la educación desde la más tierna infancia cumple una función muy relevante. Se ha acostumbrado a los niños, desde muy pequeños, a participar en ejercicios de grupo, haciéndoles ver la belleza y el valor, no de la contemplación (que también), sino, sobre todo, del mero hecho de participar en una actuación completamente coordinada y que, forzosamente, ha de ser simple, para que todos puedan intervenir.

Pero no solo la educación ha de ser física, por supuesto. Para doblegar y dirigir las eventuales inclinaciones naturales a pensar independientemente sin que los individuos sientan la menor inquietud, sino que, por el contrario, se acostumbren a ver como una circunstancia tranquilizadora el encontrarse junto a otros cientos o miles de congéneres haciendo lo mismo,  hace falta más, y el Equipo de Trabajo ha detectado diversos modos de conseguir el mismo fin, y que, sin duda, han de seguir perfeccionándose, utilizando, sin reservas, cuanto haya de aprovechable en las economías capitalistas.

No en vano cabe decir que del enemigo, no todo es rechazable, y no hay que tener reparos en utilizar, adaptándola para la consecución de los objetivos propios, algunos de los métodos de la competencia ideológica. En el fondo, tanto los muñidores de uno como de otro bloque persiguen el mismo fin, que es el control total.

(continuará)

El Informe Barquisimeto (5). La importancia de la mano de obra barata

Falto de elementos verdaderos de control, el bloque occidental ha ido generando una gran burbuja en su propio sistema, que se ha hecho gigantesca desde la segunda guerra mundial.

Estados Unidos, Inglaterra y Francia se han creído los vecedores de esta gran guerra, en la que los perdedores oficiales habrían sido Alemania y Japón. No tiene, en realidad, importancia alguna analizar las consecuencias bélicas de esta confrontación, sino, en todo caso, sus consecuencias prácticas: la generación de un espíritu general de culpabilidad en la población occidental -vencedores o vencidos-, que se tradujo en una movilización creciente, imparable, de demandas de igualdad social, incompatible con la avidez de los controladores del sistema capitalista por no perder posiciones en la cumbre.

Los efectos conjuntos han sido, en efecto, la imposibilidad de mantener el llamado por las estructuras capitalistas el “estado del bienestar”, alimentado por una idea de democracia y representación que ha suscitado, incrustada en su misma esencia, el aumento de corrupción, la mentira social y, a la larga, un mayor desnivel entre pobres y ricos, y la imposibilidad de mantener los niveles de prestaciones sociales a los que se “comprometen” -por supuesto, cada vez con mayor debilidad, pues faltan medios públicos- los partidos políticos en sus programas. Sean de las llamadas derechas, como de las izquierdas, convertidas las facciones políticas mayoritarias de ambas tendencias en un real centro derecha, aunque jamás se atrevan a manifestarlo.

El sistema capitalista está roto desde el momento en que el sostenimiento de la burbuja está basado en el consumo de una producción que se ha desplazado, de forma vertiginosa, hacia los países que han considerado “menos desarrollados”, de donde han emergido los BRICS (Brasil, Rusia, China, India, Sudáfrica) de todos los que, dadas sus dimensiones de población y la coherencia de sus sistema económico-político, debemos destacar a China.

Un reciente informe del Banco Mundial recoge que la mano de obra china es cada vez más cara (los costes laborales habrían pasado de 12.000 yuanes/año en 2000 a unos 42.000 yuanes/año, en promedio, en 20011). Este crecimiento supondría, en la consecuencia aparente inmediata deducible, la pérdida de competitividad progresiva de China y, por tanto, la recuperación de las opciones de producción occidentales, perdidas en el mercado global, al desplazarse hacia oriente los centros de fabricación de muchos de los artículos de consumo.

Análisis relativamente superficiales, y sobre todo, enfocados a dar tranqilidad a la población occidental -principalmente, la estadounidense poco informada, que aún se cree pertenecer al país más poderoso de la Tierra- indica que, aparentemente la empresas empiezan a encontrar igual de barato fabricar en Norteamérica  que en Chuna.

Esto es, por supuesto, un desideratum injustificable, una argumentación ad líbitum. Un Informe reciente del Boston Consulting Group pretende haber deducido que el aumento de los costes laborales en China estaría cambiando la situación de la industria global y que podría contribuir a la creación de 3 millones de empleos en EEUU antes de 2020.

Para legar a conclusión tan optimsta como errónea, los analistas de esta firma se han fijado únicamente en que el déficit comercial de EEUU con el resto del mundo (¡Pero sin  incluir el petróleo!) fue de 360.00 millones de dólares en 2010 y se reduciría a 260.000 al final de 2020, y que este cambio de tendencia tendría su reflejo en la reducción del déficti con China, que alcanzó 273.000 millones en 2010.

Todo este ingenuo razonamiento (ingenuo solo en el sentido de que va destinado a gentes poco informadas) se desmorona de un soplo si se atiende a que China controla el tipo de cambio del yuan con el dólar, pues dispone de unas reservas inmensas en dólares y euros que, manejadas adecuadamente, desestabilízarían las economías occidentales.

(continuará)

Las tallas del empresario

La descalificación del comunismo como régimen socioeconómico eficiente, a raíz de la caída estrepitosa del imperio soviético, tuvo como efecto sustancial que el capitalismo quedó como único aspirante al cinturón de oro del campeonato virtual de los sistemas políticos de la modernidad.

Fue aclamado, por tanto, como vencedor indiscutible por los árbitros del certamen, todos ellos, educados en las escuelas occidentales de la fantasía.

Sigo a Alain Touraine en su ya añejo análisis “Crítica de la modernidad“(1993) para atribuir a Joseph Shumpeter “la mayor importancia al empresario”, siendo la empresa, la expresión concreta del capitalismo. Y añado de mi coleto que las empresas nacen todas pequeñas, aunque  algunas lleguen a ser mastodontes multinacionales y otras -la mayoría- mueran a poco de nacer, devoradas por otros depredadores o como resultado de sus deformaciones congénitas, que las hacen inviables.

Si observamos hoy de forma sintética la fauna empresarial, advertiremos que conviven en el terrario económico, grandes empresas con múltitud de brazos y cabezas (hidras, medusas, dragones de escurridizos tentáculos), con otras de tamaño menor (algunas semejantes a gráciles licornias y otras, incluso, aparentando ser mitad humanas y otro tanto celestiales) y, en fin, una enjambre de cientos de miles de cabezas que llamamos pymes y, en ellas, con mayoría, empresas de un solo pedal, conducidas por equilibristas con dotes circenses, los autónomos.

No interesa tanto atender al tamaño en un momento dado de las empresas, sino analizar quiénes las dirigen y, si fuéramos capaces, de qué forma, para hacer cuadrar el tamaño de las empresas con el de los líderes.  Porque en la ilusión por haber encontrado un sistema económico infalible, la sociedad -y aquí hablo de la española- ha olvidado seleccionar bien los controladores de quienes hacen los controles en las puertas de acceso y, como en un Madrid Arena gigantesco, se han colado muchos que no podían tener entrada en las salas VIP, disfrazados de tipos respetables y alardeando de diplomas y méritos que estaban falseados.

Y así estamos. Tenemos empresas de tamaño XXL, XL, L y S, pero sus dirigentes no siempre concuerdan con las tallas del traje económico que ostentan. Hay incluso tipos de luces muy pequeñas (S) pero ambiciones excepcionales (tal ez XXL) que pilotan grupos de tamaño XL. Paradójicamente, hay quienes tienen capacidades XXL pero las trabas y zancadillas que interfieren selectiva y perversamente los accesos, les han condenado a concentrar sus dotes en trajecitos empresariales de tamaño S, incluso confeccionados por ellos mismos.

No se si nos llevará mucho tiempo y, posiblemente, no tendremos tanto tiempo para realizar la labor al completo. Pero es imprescindible que se revisen las tallas de los empresarios en relación con las empresas que conduzcan y hacer que se repartan trajes de acuerdo con la responsabilidad social que, aunque algunos crean que solo deben explicaciones a sus accionistas privados, también nos son deudores a nosotros, todos los ciudadanos que soportamos la credibilidad del sistema capitalista.

Estamos detectando demasiados ejemplos de trileros sociales, tipos que se aprovecharon de nuestra ilusión por ser modernos para enfundarse en aventuras empresariales de tamaño descomunal cuyo ensamblaje era engrudo de falsedades, trampas y fantasías para ocultar que iban desnudos, que se habían introducido en un caparazón económico al que apuntalaban con corrupciones y mentiras y del que extraían, impertérritos hasta que fueron descubiertos, goces privados y plusvalías ajenas convertidas en dineros.