Compatibles

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Supongo que a todo el mundo, alguna vez en la vida -ojalá que de vez en cuando-,  le haya ocupado la mente la idea de si nuestra existencia tiene algún sentido, y, en el supuesto que sea así, si tiene que ver con la existencia de un ser superior a nosotros.

Sin necesidad de apelar a profundos pensamientos filosóficos, y haciendo un esfuerzo de simplificación, el abanico de opciones a los que conduce tan delicada, pero sustancial cuestión, se reduce a dos:

-a) ese ser superior existe, ha generado todo cuanto vemos, incluso está en el origen de nuestra propia capacidad creativa, y es posible establecer con él una relación de mayor o menor proximidad. Las religiones tienen su principio en la elaboración de esa convicción, porque implican fórmulas de culto al creador. Existen, en el doctrinario de la mayoría de esas formas de tratar de conectar con lo metafísico, múltiples anécdotas, historietas, cuentos chinos y europeos -algunos, se podrían juzgar, sin riesgo, de estrambóticos- que desarrollan la urdimbre de esa presencia del hacedor o sus enviados en nuestro hábitat, para darnos órdenes, consejos, e incluso ayudar a que nos matemos unos y otros.

No necesito enfatizar nada acerca de la rica diversidad de elucubraciones en torno al propósito principal de tanta literatura, que consiste en perfilar la estupenda y atractiva opción de que, acechando nuestras actuaciones, manteniendo activa la opción de premiarnos o castigarnos según nuestro comportamiento en la corta permanencia en el depósito sensorial que llamamos vida, ese Hacedor tan peculiar nos abra o cierre la puerta de la eternidad. Por cierto que, falta de referencias, la imaginación tiende a fracasar en la presentación de tareas verdaderamente atractivas a tan largo plazo para lo que conocemos de las humanas sensibilidades. (1)

-b) no hay tal ser superior, y aunque existiera, nada le importamos. Nuestra existencia es, solamente la que conocemos con los sentidos del cuerpo y la que podemos mejorar con las capacidades del intelecto, incluida la imaginación. Y, desgraciadamente, es finita, cortísima.

Si algún objetivo personal podemos proponernos con ese condicionando,  sería el de  ayudar a los demás, compartir los gozos con los que amamos (y, en lo que nos sea factible, generarlos), y, en caso de que quisiéramos, como sería deseable, imponernos una meta colectiva, contribuir con todas nuestras fuerzas al avance  en el conocimiento de la Humanidad, en la esperanza de que nos conduzca a algún sitio mejor, y, por supuesto, a entender qué nos está pasando, fuera de toda fantasía.

Aparece, por ello, como estupendo propósito para el subconjunto activo de seguidores de esa segunda opción (hay otra masa de adeptos que cultivan el carpe diem puro y simple) que, después de una inmensa cadena de generaciones creativas, se pudiera llegar a desenmascarar cómo se generó este panorama tan complicado y exuberante que tenemos en torno, y que llamamos cosmos, y con qué objetivo. Si, este período de aprendizaje tiene final, metodología y éxito -por los síntomas e historia del comportamiento de la especie humana, con alta probabilidad, lamentablemente, inalcanzable- y encontramos la respuesta, no habría problemas en retornar a la opción primera, sin necesidad de disculparnos ante nadie, porque la fe no forma parte del patrimonio de los escépticos.

He conducido mi razonamiento hasta aquí, para presentar dos libros muy interesantes, cada uno en su estilo, y que parten de premisas diferentes, aunque conducentes a un mismo resultado práctico. “Cosmos”, de Michel Onfray, lleva el subtítulo de “Una ontología materialista” (Editorial Paidós, 2016), ya anuncia, pues, en su carátula, el objetivo propuesto por el autor. El otro, “Dios existe”, de Antony Flew (Editorial Trotta, 2007 para la edición española), lleva un fajín que es, al mismo tiempo, reclamo publicitario y confesión ideológica: “Cómo cambió de opinión el ateo más famoso del mundo”.

Para los amigos y para mis lectores, no tengo que apuntar ahora a cuál de ambas opciones me acojo. Debo advertir, sin embargo, que el Dios sobre cuya existencia o negación ambos libros gravitan (el primero, con casi 500 páginas, deja al de Flew pequeño, con sus 165, pues lo triplica, ya que no con argumentos, sí, al menos, con la retórica de su presentación), es el Dios judeocristiano, y, en particular, la historia, dogmas y misterios tejidos o revelados en torno a esa opción, cuando se hizo carne entre nosotros,  bien fuera como demiurgo, ya como elaborada creación literaria.

Comparto con los autores el haber crecido y vivir en un entorno cristiano, aunque me separo drásticamente de la concreción partidista de ambos enfoques en una religión concreta.

Lo que me gusta de ambos libros, y es de aquí de donde extraigo el título para este Comentario, es que se puede eliminar la plantilla de ambos análisis y concluir, como si se tratara de una premisa mayor que no necesitara más aportaciones para confeccionar el silogismo completo, que todos deberíamos adoptar como fórmula de dar calidad a nuestra existencia la de crecer en conocimientos hasta donde llegue nuestra inteligencia y aportar ayuda y comprensión hacia los demás seres (en particular, los humanos), con el objetivo de mejorar el caudal de felicidad disponible en el mundo a nuestro alcance. Valores y principios tan generales, tan obvios, que por ello se ha convenido en llamarlos, ética universal.

Si al lector le parece un objetivo ingenuo, atribúyamelo a mí, y evítese leer cualquiera de los dos libros.


La fotografía que adjunto hoy me sirve, de forma peculiar, para ilustrar sobre compatibilidades cuando el fin es el mismo. El carbonero común no suele acercarse al comedero cuando lo acaparan los gorriones, a  pesar de que su pico y agilidad lo hacen más poderoso. Suele esperar a que los gorriones se sacien para tomar su posición en él, y llenar su buche entonces sin problemas.

Hoy he visto cómo ambas especies diferentes compartían el espacio del dispensador, y se atiborraban de semillas, respetándose durante un buen rato sin rencillas. Hasta que acudieron los colegas del pardal, y el párido se retiró en un abrir y cerrar de ojos. Más fuerte, pero prudente.


 

 

Fondos de armario

Todavía se escucha de vez en cuando la categórica frase de “todo está inventado”, que es una fórmula todo terreno que igual sirve para sacudirse de encima a un petulante que presume de una autoría que no le corresponde, que para acogerse a la falsa modestia, cuando se ha tenido suerte en algún emprendimiento.

Como es imposible saber exactamente lo que nos queda por descubrir para desentrañar lo que calificamos como “misterios del Universo”, en lugar de pretender que ya estamos al cabo de la calle, es decir, que estamos a punto de entrar -como colectivo pensante- en el sacrosanto reducto que nos desvelará lo fundamental, lo más prudente sería admitir que nos queda mucho por avanzar. Que lo que sabemos o creemos saber es apenas un ápice de lo que nos queda por descubrir y que, por supuesto, lo descubrirán otros.

Para quienes estamos sumidos en la consciencia de una ignorancia que podríamos calificar de supina, sino fuera porque tampoco es cosa de fustigarse las meninges en plan masoquista de élite, cuando escuchamos que algún sabio de primer nivel se cree a punto de descubrir lo que sucedió en los primeros nanosegundos de la existencia del cosmos, no podemos menos de abrir tamaños ojos, reconociendo la distancia que nos separa de los privilegiados del conocer “lo más”, cuando estamos aprendiendo a poner palotes .

Conscientes de esta limitación del cerebro común, o simplemente, con-vencidos por la certeza de que nuestro tiempo propio se está acabando y que muy poco tenemos resuelto, y aún menos, entendido, de las grandes incógnitas que vienen preocupando tanto a filósofos como a lerdos desde que el ser humano se empezó a dar cuenta de que algo iba mal en nuestra naturaleza inmortal, no nos queda otra que echar mano del fondo de armario de las creencias colectivas, el poso de lo transmitido por padres (madres, sobre todo), educadores con carisma (profesores de latín y griego, tal vez) y de aquellas lecturas de Salgari y Dickens, que nos hicieron soñar con que nos esperaban aventuras y nosotros tendríamos el papel de los buenos.

En ese fondo de armario se encuentran, cubiertas con el polvo de siglos, transferidas como un testigo con marcas de haber sido utilizado en infinitas carreras de fondo,  ideas bastante simples, aunque revestidas de ropajes imaginativos, que pretenden responder con dogmas y ritos ancestrales para convocar espíritus, a lo qué hacemos aquí, por qué razones, y, por si acaso, qué sentido tiene que seamos capaces de elucubrar, planteando tantas preguntas para tan torpes y escasas respuestas.

Solo los más sagaces en descifrar misterios, parecen disfrutar de la sensación emocionante de intuir dónde está el punto de apoyo de la flecha del tiempo en el arco del que se nos lanzó a vivir escatimándonos tanto espacio, con tanta carga y tan escaso nervio.

A medida que nos hacemos mayores y lo que entendemos queda por hacer pierde sentido para nosotros, no queda otra que volver con mayor frecuencia la vista hacia dentro (es decir, hacia atrás) y rebuscar, en el fondo de armario de nuestras vivencias, lo que nos une todavía a nuestros muertos, a las personas que nos han amado, a los que nos cedieron la antorcha de la vida. Para preguntarnos y responder también por ellos, si hay algo de lo qué les fue que mereció la pena.

Con esos harapos tenemos que cubrirnos cuando nos vengan mal dadas y se nos acaben los trajes de oropeles y cuentos. En cualquier caso, sería desolador encontrar vacíos y silencios en nuestro armario, aunque, también, lo más probable.

 

 

Hubo varios big bang

Con el argumento de que “no hay reloj sin relojero” y su adaptación más comercial de que “la prueba de la existencia de Dios la llevo en el bolsillo”, Blaise Pascal (1623-1662) se ganó un sitio junto a Tomás de Aquino y otros ilustres especuladores cristianos, en los libros de Religión que estudiábamos en la asignatura de Religión, allá por la Edad de Piedra del agnosticismo, que sería la posición intelectual dominante en el siglo XXI.

Desde que comprendí que el análisis tensorial no estaba hecho para mis entendederas de filósofo aficionado, sigo con atención las conclusiones de los físicos teóricos respecto al origen del Universo, admirando su capacidad imaginativa para traducir al papel, con ininteligibles fórmulas y ecuaciones, los misterios que encierra tanto el complejo escenario que está al alcance -“con la puntita de los dedos”- de nuestros aparatos más sofisticados, como el que ni siquiera seríamos capaces de intuir.

Como nada me impide sacar mis propias elucubraciones de lo que ignoro, a base de mirar al cielo estrellado varias noches, cargado con decenas de cartas estelares y un telescopio para aficionados, he hecho a mi medida un traje empírico sobre la percepción del Cosmos, suponiendo que existieron varios big bang, en diferentes momentos, y que sus efectos han interferido y lo siguen haciendo, sobre lo que tenemos en nuestro marco de observación.

Me resulta duro admitir, sin esta hipótesis, que un solo desarrollo de energía hacia la materia, por muchos miles de millones de años que le pongamos por delante, desemboque en la complejidad de formas -constelaciones, nebulosas, agujeros negros- que abren millones de interrogantes por cada puerta de comprensión que intentamos cerrar.

Pero no es el universo físico, sea cual fuera su dimensión, lo que más me obsesiona (sin llegar, de momento, a la paranoia): es el universo metafísico, de una complejidad perceptible muy superior, a pesar de tener un campo de observación mucho más limitado que el otro. Me refiero al mundo de las ideas, de los pensamientos y especulaciones de que somos capaces los seres humanos, y que conforman, tanto en lo que expresamos como en lo que ocultamos en nuestra intimidad, y no digamos ya en lo que apenas si es esbozado por la mente en etapas subconscientes, un cosmos metafísico del que los filósofos más eminentes y los sicólogos más capaces no han conseguido siquiera localizar el equivalente a la estrella polar o a la cruz del sur.

En esos momentos de tranquilidad personal, sorbiendo a ratos de la taza de café que mantengo al alcance de la mano, y mientras escucho las cadencias creadas por alguno de los compositores que admiro, me pregunto si no han existido varios big bang metafísicos y nosotros, los seres humanos, en esa evolución que nos ha permitido manipular una parte ínfima de la materia y la energía y de la que formamos parte, somos también consecuencia de ello.

Así que la Humanidad, y cada uno de nosotros en particular, estamos sometidos a una doble dependencia. Como portadores de una entidad metafísica, formaríamos una pequeña constelación de inquietudes, en efímero dinamismo y cortísima existencia, a modo de mínima porción de estrellas en el espacio de las ideas, -brillando, apagándose, o ya muertas para la flecha del tiempo, que solo la conocemos yendo hacia lo desconocido.

Aún más, esa aparente exuberancia metafísica, de la que, desde nuestra nadería, podemos sentirnos a veces orgullosos, carece de observadores externos conocidos -que también puede que no existan, y que si existen, carezcan del menor interés hacia nosotros-. No tengo pascalina  que enseñar, ni argumentos que yo mismo pueda creerme para convencerme de que nuestra posición en el maremagnum de big bangs tenga otro sentido que vernos sometidos a cumplir una ecuación que nunca conseguiremos formular, ya que no podremos salir del campo de experimentación que nos proporciona el único material de análisis que escudriñamos con ansiedad, con instrumentos cada vez más complejos y que aderezamos, para digerirlo, con ecuaciones más y más ininteligibles.

 

 

El tiempo en Biología

La atención con la que el público que llenaba el salón La Nueva Estafeta del Ateneo de Madrid seguía la conferencia, era una consecuencia física. Hablaba Alfredo Tiemblo Ramos, Dr. en Físicas, investigador del CSIC, laureado profesor y maestro de muchas generaciones de investigadores. Y lo hacía sobre un tema apasionante: “El tiempo en la Física”. Y lo desarrollaba con la claridad, el atractivo y la provocación que solo puede dar a un asunto quien ha estudiado a fondo lo que se sabe de él, lo ha analizado para ponerlo del revés y, por ello, sabe de sus limitaciones.

Porque, en el Universo somos entes de frontera. Una anomalía que, formando parte de él, tiene la esperanza, teóricamente imposible, acientífica, de descubrir algún día la explicación de lo que está sucediendo alrededor, experimentando desde dentro, con instrumentos de medida -lupas, sobre todo- cada vez más perfectos y reduciendo postulados hasta quedarse, tal vez, con unos cuantos, uno solo o…ninguno.

Es Tiemblo un gran comunicador y no es ahora cuestión de descubrir la amplitud de su perfil. Bastaría recomendar alguno de sus libros, o leerse cualquiera de sus muchos escritos destinados a explicar, (que no a vulgarizar), lo que se conoce del Universo, o repasar la relación de sus propios trabajos e investigaciones y los de quienes formaron y forman sus equipos.

“Nosotros y el Universo”, es uno de ellos. Una guía para quien se anime a que alguien más sabio le ayude a reflexionar sobre lo mucho que ignoramos, y le de un paseo, cogido de la mano de su curiosidad, por las carencias intelectuales -de ambos-, al mismo tiempo que le explique unas cuantas razones de lo que conocemos p creemos concoer. Es decir, adentrarse en el paisaje de los por qué, por qué, por qué, -como hacen los niños- hasta llegar a ese momento en el que, -aconseja Tiemblo-, el que responde debe acudir a Karl Popper (“El conocimiento de la ignorancia”).

Si he titulado este Comentario “El tiempo en Biología” no es, en absoluto (nada más lejos de mi intención) con el propósito de enmendarle la plana al conferenciante y al título de su disertación (“charla”, la llamó un par de veces, dando así también la medida de su prudente modestia erudita).

Tiemblo aconsejó leer a Roger Penrose (“La nueva mente del emperador”), que defiende que la mente humana no es algorítmica, y por tanto no habrá derivado de las máquinas de Turing que la pueda modelar, por lo que habría que recurrir a la mecánica cuántica para explicar su funcionamiento. Pero no está de acuerdo con la sugerencia, entre otras razones, porque la mecánica cuántica no es más que una teoría superada, pero -así creí entenderle- sobre todo porque para entender la biología y, ya no digamos, el proceso que nos hace parecer diferentes a los seres humanos, inteligentes e interactivos, hay que aplicar, ante todo, muchas matemáticas al estudio de esas relaciones.

El coloquio resultó, en fin, también interesante. Porque la física teórica se entrelaza con la filosofía y, por tanto, nos acaba apuntando a nosotros, centros de experimentación individuales, con una sustancial aportación de materia oscura que, sin que podamos pretender ser trasunto del Cosmos, en algo tenemos que parecernos.

Me gustó también la pregunta-reflexión de otro buen amigo, físico también, ingeniero de armamento, José Molina, que intervino para apuntar que no la teoría cuántica partía de un efecto (la deriva hacia el rojo, clave para justificar la expansión del Universo) resultante de la imprecisión de los elementos de medida en muy grandes distancias (“fatiga fotónica”, subrayó Tiemblo). Para Molina, el Universo es estático. (Como me regaló su libro “El Universo, maravillosamente razonable”, se, quizá mejor que otros, de qué va esa hipótesis de Molina).

No se define tan precisamente Tiemblo en esto, que apunta más a la utilidad práctica y en la reproductibilidad de lo que se sabe y pone interrogantes abiertas en todo aquello que creemos saber explicar sin que hayamos encontrado el fondo. Por ejemplo: ¿Es el tiempo un continuo o hay una unidad de medida mínima para él, un componente elemental, como parece que existe para la materia?

“Muy buena pregunta”, fue la no-respuesta de Tiemblo a la que cerró el coloquio. “No sabemos. Puede que nos encontremos, al seguir investigando en la composición del parámetro tiempo, con un stop, un no-va-más, o una cadena indescifrable de elementos repetidos, una cadena de fractales”.

Lo que es seguro, había dicho, es que el tiempo solo va en una dirección: la flecha del tiempo va hacia delante, porque el crecimiento de la entropía es continuo y el segundo principio de la termodinámica se cumple en nosotros. Nuestro envejecimiento es una consecuencia de esa constatación inexorable. La materia de la que estamos formados está condenada a descomponerse, degradarse y desorganizarse.

Pero, me decía a mi mismo mientras bajaba hacia la calle en una tarde luminosa madrileña, mientras estemos en el campo de la Biología, aún mantendremos opciones de importunar a la física teórica.