Jisei de la democracia representativa

Democracia, sí,
pero esa impostora
que ya se vaya.

Para quienes no estén impuestos en el apasionante mundo de los haiku (que, en español, está admitido que son breves poemas de tres versos, con cinco, siete y cinco silabas), les ilustraré que un jisei es el ultimo haiku, el que se ha escrito antes de que allegue la muerte. Aquí me refiero a la democracia representativa, que, como es un ente inanimado y no posee capacidad para escribir, le pongo yo la voz y lo explico.

Tengo varias razones para defender que debíamos reflexionar sobre las formas en las que tomamos decisiones relevantes en las colectividades humanas. En las Asociaciones, en los Colegios profesionales, en los sindicatos, en los Comités de empresa,…pero, y sobre todo, en los partidos políticos y, aún más grave, en las elecciones generales para designar a nuestros  representantes en los Parlamentos y, en consecuencia, en el Gobierno.

Los procedimientos ideados son diversos, según entidades y Estados. Todos pretenden conducir, en los países que se definen como regidos por la democracia, a instrumentalizar un ente oscuro, por su carácter acomodaticio a las veleidades de los que tienen la sartén por el mango, al que se llama “democracia representativa”.

Sobre el papel, el procedimiento tipo es atractivo. Consiste en la voluntad de selección de los más idóneos para los cargos que deben cubrirse, aunque, admitiendo que el número de electores es excesivo, se prefiere ofrecerles una lista, abierta o cerrada (en el fondo, da casi lo mismo), para que manifiesten, sobre ella, sus preferencias. Estos elegidos se convertirán en electores de quienes representarán, concluido el proceso, a la totalidad de los que se verán afectados.

Las interferencias sobre la bondad del procedimiento aparecen en un doble o triple sentido. Ante todo, debe considerarse el factor tiempo, trascurrido desde que los electores de primer nivel han votado a sus representantes, y estos eligen, normalmente entre ellos (aunque no siempre), a quienes asumirán los cargos de responsabilidad, y, por fin, el que corresponda a la asunción por estos últimos de sus puestos de gobierno.

Las interferencias mayores se encuentran en el proceso mismo. Por una parte, no todos los electores van a votar, y la abstención cumple, por tanto, una función determinante. Un número no despreciable de votantes, harán, voluntaria o inconscientemente, que su voto sea nulo o votarán en blanco. Y una mayoría indetectable de votantes, votarán con insuficiente conocimiento de lo que votan, de a quienes votan y, para colmo, no tendrán control posterior sobre el cumplimiento de los programas y de los objetivos, en caso de que éstos se hayan puesto de manifiesto en el proceso electoral,

Pero es que, por parte de los postulantes a electores “representativos”, las deformaciones del proceso son tremendas. En múltiples casos, se desconoce cómo postularse para elector; en otros, en no menor en número, los electores son nombrados por los órganos preexistentes de las asociaciones, corporaciones o partidos, (que puede hayan llegado hasta allí por fórmulas nada democráticas) de forma caprichosa, misteriosa o nepótica.

Que no hemos encontrado la fórmula ideal, es evidente, Los ejemplos llueven y nos limitamos a echarnos las manos a la cabeza. Los lindes entre una democracia orgánica -que es abominada en todos los libros de texto- y una representativa, son muy confusos. Como es sabido, la orgánica, de la que en España hemos sufrido un modelo paradigmático durante la dictadura franquista, la representación del pueblo llano se realiza por medio de órganos de decisión delegada, sin que se consulte a la población en ningún caso de forma directa.

Sin embargo, ¿qué añade de nuevo el parlamentarismo o los partidos políticos, si su formación está viciada de origen, o si ese pueblo llano se desvincula mayoritaria o significativamente del proceso? ¿Cómo detectar los vicios en la selección si los votantes carecen de información o conocimientos suficientes sobre lo que votan y sus efectos?

La designación del presidente del país con mayor poder -económico y militar- del mundo, ha conducido en el momento en que esto escribo, a la selección de una personalidad, Donald Trump, que parece surgida de una pesadilla. Fruto de una campaña mediática, pero aberrante, en favor de una personalidad bullanguera y provocadora, hecha popular, pero desligada de la defensa de los valores que el núcleo sensible de la sociedad concienciada y abierta viene defendiendo.

En España, la actual situación, tanto en el Gobierno del país, como en el interior de sus partidos más relevantes, plantea también serias dudas acerca de cómo estamos eligiendo a nuestros representantes y, por ende, a nuestros gobiernos. Las formaciones políticas, incluso las más recientemente constituidas, padecen crisis que provienen, no de la discusión de sus propuestas de mejora de la generalidad, sino, por lo visto y oído, de personalismos y tensiones de poder surgidas en su seno.

La falta de interés general por la política tiene consecuencias deplorables. Una gran mayoría vota sin atención a los programas, sin vocación ideológica, basándose en cuestiones irrelevantes, como puede ser el aspecto físico de los candidatos a presidente de gobierno, la costumbre, la improvisación. El votante medio, como han evidenciado las encuestas, está mejor enterado de los pormenores de la vida de un cantante, un futbolista o un actor distinguido por los media, que de lo que cree necesario para mejorar el empleo, el bienestar o la igualdad social.

Traslademos esta penosa apreciación a casi todos los ámbitos. La inmensa mayoría de los puestos en los sindicatos, colegios profesionales, comités, se designan porque solo se ha presentado un candidato, o por designación digital, sin programa de actuación alguno. Se eligen por aclamación, esto es, por ausencia de alternativa. Los equipos de gobierno y asesores de las Administraciones -locales, regionales o centrales- se nombran, en esa tónica de comportamientos viciosos, siguiendo misteriosos procedimientos, en los que no priman los conocimientos, sino las amistades, las relaciones con terceros, la oportunidad, la posibilidad de lucro o beneficio de grupos.

Vuelvo al principio. Hay que replantearse la democracia representativa, para que se aumente de forma clave la participación de los electores y el compromiso de los elegidos. Para que resulten elegidos, en fin, los mejores. Para que todos los que voten sepan qué votan y por qué. Y para que todos los que deban votar, lo hagan, con la consciencia de que están ejerciendo un derecho sustancial para la comunidad, no un trámite sin consecuencias para ellos.


El dibujo con el que ilustro este Comentario es una interpretación libre de una de mis nietas de lo que entiende por “democracia representativa”. Tenía tres años su autora cuando plasmó el reto de su abuelo, no explicado con detalle adicional alguno (si hubiera sido necesario), de que dibujara lo que le sugerían esas, para ella, como para muchos, enigmáticas palabras.

La estrafalaria figura del mandato político

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Durante estos últimos meses de oscurantismo político en España, se está utilizando con profusión, la expresión “por mandato del pueblo”, reforzándola o aderezándola con supuestas variantes: “los españoles han decidido con su voto” o “tenemos la obligación frente a nuestros votantes”, y otras muchas de parecido tenor, con las que sus dicentes pretenden haber obtenido la facultad para hacer, en esencia, lo que les peta.

Esta adulteración del término proviene de una doble confusión. Por una parte, ignorar que el mandato es el período por el que un elegido para representar a una colectividad ejerce la función que se le ha encomendado. No hay mandato, pues, hasta que no se toma posesión del cargo.

Por otra, se ha producido la extralimitación sobre el significado y, por tanto el alcance, del hipotético contrato verbal entre quien detenta el poder (actualmente, en la acepción constitucionalista tipo, el pueblo soberano, al que se atribuye haber decidido con anterioridad que existen valores patrimoniales, funciones de gestión y control que es conveniente encomendar a ciudadanos privilegiados) y aquellos a quienes se delega su ejercicio (los políticos electos, mediante procedimientos consensuados). No es esta encomienda un permiso vacío, amplio o irrestricto; ni siquiera está basado en la confianza que pueda generar la capacidad del elegido, sino que está sujeto a las condiciones de contorno que marcan, conjuntamente, el programa propuesto por el partido correspondiente, y la propia situación a resolver, sea cual fuere su complejidad.

Defiendo, por tanto, que, contrariamente a lo que se está interpretando ladinamente por quienes negocian, en no se sabe ya qué términos ni bajo qué condiciones, la formación de un Gobierno, no hay mandato para actuar libremente, ni patente de corso para ir por las calles de la improvisación que más les apetezcan. En un momento como el que se vive en España, en que llevamos dos elecciones generales y vamos camino de una tercera, sin que exista acuerdo entre los partidos para elegir un presidente de Gobierno, no es la capacidad negociadora de los líderes políticos la que está en juego, sino que se ha puesto de manifiesto la incapacidad de la sociedad para encontrar una solución a las graves crisis que padecemos.

No ha habido ninguna propuesta que resultara suficientemente convincente, y el voto popular se ha desparramado entre varias opciones, sin privilegiar realmente a ninguna.

Por tanto, analizado con frialdad, lo que los españoles han expresado con su voto es, sencillamente, el cumplimiento de una obligación surgida por los usos y costumbres de un estado democrático, que quizá tuvo su sentido -paradógicamente, cuando no había tanta parafernalia puesta en papel- en reuniones o juntas abiertas, en las que todos los asistentes tenían ocasión de expresarse (y lo hacían, con la precisa contundencia). Ese “·derecho ciudadano a votar”, en la actualidad, se ha convertido en una trampa, un engorro o un rompecabezas para el hallazgo colectivo de soluciones complejas en momentos delicados.

Los programas políticos son líneas abiertas sin compromisos claros, propuestas sin alicientes precisos, trucos ideológicos que el líder de turno convierte en base para sus dotes de improvisación. No se debería votar a programas prendidos con alfileres y mal ajustados, para que luego los partidos entendieran que se les ha dado un voto de confianza.

Lo que la disparidad de votos ha demostrado, en suma, es que lo que los ciudadanos hemos emitido, en conjunto,  voto de desconfianza.

Los ciudadanos, en situaciones así, nos vemos sobre-solicitados. No se nos pida que, en tanto que votantes, ofrezcamos soluciones, ni siquiera que sepamos interpretarlas o valorar las que se nos presentan de forma confusa o imperfecta. Incluso, no se espere que abramos en torno a los programas, en un par de meses, un debate constructivo. Ese no se improvisa, ni se construye desde la discusión paritaria, cuando los temas a discutir superan ampliamente lo que cabe esperar del sentido común o del raciocinio combinado de la experiencia y la voluntad. Lo obvio, cuando se propone a un grupo de gentes, sin información ni los conocimientos previos, que propongan una actuación concreta sobre un tema complicado, es que se obtengan múltiples sugerencias, una panoplia de opciones, de las que algunas podrán ser utilizables -previo desbaste y pulido intelectual- pero lo mayoría serán simples elucubraciones.

Nada hay más complejo, hoy por hoy, que dirigir los asuntos de un Estado de los llamados desarrollados, en un panorama general de crisis, con amenazas de extrema gravedad -desde el colapso del sistema capitalista hasta el terrorismo indiscriminado-. No cabe la improvisación, ni apelar a mandatos del pueblo para justificarse. El pueblo no sabe, ni tiene por qué saber. Quiere, pero no puede; no tiene argumentos o soluciones sobre cómo salir de los problemas ni predecir la mejor actuación futura, pero, con razón, donde le duele, protesta.

Grave responsabilidad la de los cabezas de lista de los partidos más votados. No tienen mandato para lo que pretenden, ni siquiera tienen mandato aún para lo que les encomendaremos, que no es sino la imperiosa necesidad de sacarnos del atolladero. Juntos. Es comprensible que duden, que no sepan muy bien qué hacer. Tenían que haberlo pensado mejor antes, Pues que trabajen en ello. Pero lo que no resulta admisible es que, encima, nos calienten la cabeza.

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PS.- Incluyo una fotografía de un aguilucho. Vuelan muy alto, casi siempre a las mismas horas, lanzando gritos agudos. Con su vista extremadamente penetrante, los pajarillos que se asusten con esos estridentes sonidos y cambian de lugar, delatando su situación, se convierten en la presa elegida para su voracidad. Los que se quedan quietos, no corren peligro. Por su parte, los córvidos, ante uno de sus ataques, se defienden en grupo, y los ahuyentan. He sido testigo del éxito de una oropéndola macho en defender su nido frente a uno de estos majestuosos depredadores, al que sometió a una persecución implacable, hasta que lo hizo salir de su área de control.


 

El joven imprudente y el taxista tozudo

Entre los curiosos sucesos de la vorágine de final de año, me llamó la atención especialmente el grave accidente sufrido por un joven que tuvo la ocurrencia de encaramarse al techo de un taxi, y que, habiendo sido invitado por el conductor a bajarse, se empecinó en mantenerse en esa peligrosa plataforma, con el obvio resultado de que, cuando el taxista puso el vehículo en marcha, al doblar una esquina, salió despedido y se rompió la cabeza contra la acera.

La historia, siendo real, me parece aplicable también como metáfora a la actual situación de la política española, y en los frentes tanto general, como local. Si, salvando el que el asunto verídico está aún bajo investigación judicial, se me permite suponer que ambos -jovenzuelo y guía- no estaban en perfecto uso de sus facultades mentales, encuentro similitudes en el comportamiento de los que se presumen líderes de opinión -conductores del vehículo colectivo-, empeñados en ponerse en marcha sin haber elegido el destino, y la sociedad danzante sobre el capó, inconsciente de que la sensatez aconseja bajarse del carro y discutir a dónde se quiere ir, y cuál será el precio de la carrera.

Si estuviéramos hablando de cocina, diría, siguiendo con el gusto por las metáforas, que estamos en un momento en que se cargan tintas para que llamar la atención sobre lo que se guisa antes de probarlo, poniendo nombre rimbombante al menú y sirviéndolo con pinzas y lente de aumento en plato grande.

Pero lo que se está cocinando hoy en nuestra sociedad, y específicamente en la española, tiene un sabor amargo, porque a los ingredientes de carne y de pescado que vienen frescos de la plaza común, se le están aportando al buen tuntún, por aprendices de brujo e infiltrados en cocina, estas delicadas especies: improvisación, dejación, desprecio e ignorancia.

Tengo para mí que hay una parte nada despreciable de la población española en edad de discernir que no saben lo que quieren aunque están muy dispuestos a admitir lo que no quieren.  Faltándoles conocimiento, tiempo o ganas, se incorporan, por gracia, devoción, omisión o simple inercia, al ideario elemental difundido por monologuistas más adecuados para el Club de la Comedia que para tomar las riendas del carro colectivo.

Resultado: entre quienes se han esforzado en presentarse con su lado más seductor, con las  entradillas más graciosas y los estirados de piel propia y despellejamiento de contrario más logrados, el público asistente ha seleccionado los cuatro o seis actores que merecerían pasar a la siguiente fase del concurso.

Solo que no estamos en un concurso, sino que nos jugamos el futuro.

En uno de los grupos vocingleros, están los que aseguran que lo que necesitamos para curarnos del mal que tenemos -antes incluso de diagnosticar su naturaleza- es una nueva República, que sería, por tanto, la tercera; pero, en lugar de echar mano a los conceptos, se prefiere echar mano a los símbolos, colando en cada oportunidad la bandera tricolor (que es enseña prestada), el menosprecio a la Constitución o el gusto por las algaradas (de las que la procesión en Valencia de tres señoras y su séquito de fantasías, en época de cabalgatas de Reyes Magos, representando a la Libertad, la Fraternidad y la Igualdad, ataviadas con disfraces que apuntaban a su identificación con animadoras de salones para un western, es la última ocurrencia).

Están también, en otro grupo, los que gritan que se vive mejor de forma insolidaria; no es éste, principio de acción nuevo, ni ha germinado solo entre ciertos catalanes. Lo cultivan también serenísimos ingleses y franceses, no pocos montaraces norteamericanos, muchos intuitivos israelíes, turcos, sudaneses, marroquíes,…Vamos, que se estila en todos y cada uno de los rincones del globo, cercanos como lejanos, y se buscará siempre el amparo en la supuesta supremacía de una etnia, una religión, una intuición.

Para los que hemos sido educados en la religión católica (y hemos evolucionado, serenamente, hacia el agnosticismo), crecido en el seno de una dictadura (y sabemos, por tanto, lo que implica vivir en democracia), conocemos, por la teoría como por la práctica, la libertad de mercado (y hemos comprendido sus limitaciones); para quienes creímos en la igualdad de oportunidades (y hemos visto cómo se la transformaba en una fórmula para proteger clanes y determinados intereses), en la fortaleza conseguida desde el respeto a los demás (y lamentamos cada muestra de su incumplimiento, porque nos debilita), en la importancia de las ideas y del intercambio de opiniones para encontrar las mejores con las que avanzar (y asistimos, rebeldes, a la imposición de criterios, al aturdimiento que se pretende provocar desde el griterío, a la trampa fácil de la ocultación de evidencias), …para todos aquellos que, dudando acerca de la forma preferible, y, por tanto, sin concederle la importancia decisiva, hemos consolidado un núcleo corto de razones al que adscribirnos sin reservas, … todas esas posturas de coetáneos que defienden las formas y no presentan sus fondos y las concretas maneras de avanzar, nos parecen añagazas.

Porque sí, hay que progresar, y rápido, hacia la mayor igualdad (que no es uniformidad, sino estímulo para diferenciar para conseguir el óptimo colectivo), hacia la mayor libertad (que, claro que no es libertinaje, sino respeto a la frontera de la intimidad del otro), hacia una coherente fraternidad (que no es contubernio de amiguismos, sino sensibilidad social para reconocer los méritos y las necesidades de los demás), y la forma de conseguirlo de manera eficiente es muy dura: abandonando muchos de los propios intereses, siendo espléndido para compensar las desventajas con las que parten los demás.

Se ha avanzado mucho, en España, por múltiples razones, en muy buenas direcciones. Sin embargo, el edificio en el que se acumulan los logros, presenta grietas evidentes (y otras, más ocultas). Lo sensato sería estudiar por qué, y analizar cómo incrementar los unos y apuntalar o corregir las otras.

No hay que improvisar, ni pretender ser los primeros de la clase, desconociendo que el ritmo lo están marcando otros y que una carrera de resistencia no se gana por ir en cabeza los primeros metros. Tampoco se debe destruir lo que se tiene, si funciona bien o no molesta para el viaje.

Algunos quieren convencernos de que la fórmula salvífica es apelar a la tradición -recogiendo del arcón del pasado unos unos ritos y pretendiendo ridiculizar, de paso, otros-, son traiciones, invasiones en el terreno de las creencias y derechos de otros. No hay que ver como inocuas ni inocentes esas intromisiones: si se hace mofa de una religión, una postura política, una etnia, se está pretendiendo marginar a los que la practican, la defienden o pertenecen a ella; si se denuncia que otros nos están robando bienestar, y se oculta el latrocinio de quienes tuvieron al lado, se está sirviendo de cómplice y no de guía.

Mi sugerencia, pues, es apearse del vehículo sin perderlo de vista, invitar a los que conducen o quieran conducir a que también lo hagan y, ya serenos todos y decidido a dónde queremos ir y lo que cuesta, volvamos a montarnos.

 

Demócratas e Hipócritas

“Marchaban los troyanos, semejantes/a ovejas de un rebaño numeroso/que en establo de rico ganadero/mientras de su blanca leche las ordeñan/balan y balan sin cesar si escuchan/la angustiada voz de sus corderos.”(1)

El asunto es tan viejo como el hombre en el mundo. Aquí tiene que haber, como en todo gremio, manada, rebaño o situación, alguien que dirija. Podrá ser el mejor, el más sabio, el más osado, o alguien que pasaba por ahí y fue confundido con enviado de los dioses. Lo importante es que sea aceptado por el grupo como el conductor de la grey.

Porque de esa forma, si el tropel de seguidores, dirigido de forma equivocada o por producto del azar, se despeña, cae en manos de las fieras, o se pierde en las selvas del acontecer, los que sobrevivan tendrán a quien echarle la culpa y, enterrando su memoria con anatemas y odios, no tardarán en olvidarse de lo que les pasó y cómo se les indujo a tal descalabro.

Por el contrario, si por haber acertado en la guía, o por producto del azar, las huestes encuentran la salida a sus males, venerarán al caudillo como un dios, le atribuirán aún más historias, batallas y victorias, y generarán con el paso del tiempo la leyenda que, trasmitida de padres a hijos por generaciones, acabará desdibujándose de tal modo, que no la reconocería ni el más avispado de los exégetas.

¿Tiene esto que ver con la democracia? Entiendo que sí, en especial para los que no creemos en ella. Ahora que está tan de moda confesarse como demócrata, por haber atribuido a la democracia la solución a todas las encrucijadas, reconocer que no se es de ese pelaje, merecerá la condena por perjuro, canalla, idólatra y egoísta pendenciero.

No me veo así, y por ello, me permito acusar, por mi parte, a los hipócritas que defienden la democracia en todos los momentos en que se deben tomar decisiones. Creo que el aforismo de “un hombre, un voto”, debe ser terriblemente matizado. No creo siquiera en esa apelación, de signo mágico, al supuesto de que “el pueblo nunca se equivoca”.

Podría citar miles de ejemplos en los que no sometería a referéndum una situación y otros cuantos en los que, si me aventurara a hacerlo, lo haría entre pertenecientes a grupos muy selectos. En técnica, en medicina, en economía, en sociología y… sí, incluso en política.

Pero este comentario es ya demasiado largo. Además, tenemos experiencia muy reciente del para qué nos ha servido. Y, o mucho me equivoco (y así lo desearía), o la aumentaremos a la vuelta de la esquina.

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(1) La Iliada, Homero, Libro IV, versión libre de este aprendiz, utilizando como base la estupenda traducción del griego de José Gómez Hermosilla, Librería de Perlado, Páez y C (1913)

Corto paseo por la Democracia, la Ética y la Ley

Hemos estado oyendo durante años, de boca de quienes se decían nuestros representantes en las Administraciones públicas, amparados en que les habían votado unos cuantos ciudadanos, que eran demócratas convencidos.

Aunque no hubiéramos estudiado en las Facultades de Sociología y Políticas, sobreentendíamos que, quienes decían así, se manifestaban totalmente a favor de escuchar cuantas más opiniones, mejor, antes de tomar una decisión y que serían plenamente capaces de justificar ante la totalidad, especialmente ante aquellos que no les hubieran votado, el porqué habían elegido, de entre las diversas acciones posibles, una y no otra.

Por supuesto, como existía una norma general para actuar, aunque con muchas lagunas, que llamábamos Constitución, lo que nunca hubiéramos imaginado es que, siendo demócratas, fueran capaces de saltársela a la torera. Y si nos hubieran comentado que su conocimiento de lo público les serviría después para sacar más rendimiento desde lo privado, y no al revés, atajaríamos tal insensatez argumentando que ser demócrata es, también, ser honesto.

Desde muy niños, nos han educado para distinguir lo que está bien de lo que estaría mal. Incluso, nos han enseñado unas cuantas historias bastante curiosas en libros sagrados y algunas formas de dirigirse respetuosamente a los seres muy superiores, cuyo fundamento común, según entendimos, era que se debería respetar y amar al prójimo, ser solidario con él, ayudar a los que lo necesitaban y no aprovecharse de los estados de debilidad de los otros, ya que la fortuna es un regalo de los dioses que saben cómo controlar el azar, y premiarán en otra vida a los que no tuvieron su oportunidad en ésta.

Incluso los más escépticos de que todos estos relatos antiguos fueran un invento fantasioso de los hombres, reconocían que se podía encontrar en el interior del propio yo unas varillas sostenedoras de las guías de actuación que nos permitirían, en cualquier caso, dormir tranquilos, y que llamaron ética universal.

Nunca hubiéramos imaginado que algunos de quienes habíamos elegido para que cuidaran y rentabilizaran en beneficio común lo que era de todos, fueran capaces de detraer para su propio goce una parte de lo que les habíamos confiado.

Ya adultos, entendimos que, allí donde la voluntad colectiva de hacerlo lo mejor posible no bastaba para controlar las intenciones de algunos de hacerlo mal, debía actuar el imperio de la Ley. Esa primacía de lo legal era una manera algo rimbombante de expresar que tendríamos como garantía de que nadie malinterpretara los derechos propios y de los demás, a unos cuantos ciudadanos ejemplares que, sin intereses particulares prevalentes ni tendencias o amistades que les impidieran ser muy objetivos, dilucidarían entre quienes creían tener una razón mayor. Y confiábamos en que lo harían de una manera neutral, siguiendo la guía marcada por unos cuantos libros quasi-sagrados que recogían las normas de actuación y convivencia destilados durante siglos, los principios más universales, la ética, y, donde hiciera falta, la tradición y la costumbre, además de ser coherentes con lo que ellos mismos hubieran decidido antes.

Lo que no se nos habría pasado por la cabeza, si no hubiéramos perdido la inocencia infantil, es que algunos de esos jueces estuvieran atentos a sus preferencias políticas para retorcer la ley que deben aplicar, ni que, según quien fuera el juzgador predeterminado por la Ley pero deducido por complejos caminos de asignación digital o, en fin, según fuera el color con que se viera el caso en primera, segunda, tercera o enésima instancia, la razón del que se encuentra frente a la Justicia pudiera cambiar de traje, y que la independencia de algunos jueces no merezca ese calificativo, si se escarbase en sus trayectorias con la azada de la coherencia.

No me atrevo a sacar conclusiones, porque, después del repaso por lo que nos está sucediendo, y aunque es terrible que paguen justos por pecadores, me viene a la mente la frase terrible de los defensores del cuartel de Simancas, y, en verdad que en este caso no me importa la ideología: “Disparad sobre nosotros, porque el enemigo está dentro”.

Solo que no sé bien quien ha de disparar, y con qué balines.

Cuento de otoño: Caperucita coja

A todos los niños les gustan los cuentos y a algunos, mucho. A mis cuatro nietas les encantan, especialmente a las dos mayores (que aún no cumplieron los tres años). No les importa que se les cuente el mismo relato una y otra vez, e incluso diría que les parece mejor caminar por los senderos trillados, porque si se cambia la versión del cuento que conocen, enseguida te sacan la tarjeta roja. “Eso no es, abuelo”, me interrumpen.

Entre sus cuentos preferidos figura, en muy alto lugar -apenas superado por El patito feo-, el de Caperucita roja,- Es encantadora la tensión con la que siguen el diálogo esperpéntico entre la ingenua niña y lobo disfrazado con el gorro de dormir y el camisón de la abuela, y el alivio con el que reciben la entrada en escena del leñador, que, con la poderosa ayuda de la imaginación, encontrará a las dos, sanas y salvas.

Una de mis nietas mayores no vocaliza aún bien, y Caperucita roja es, para ella, Caperucita coja. Creyendo que le ayudaría a ver las diferencias, inventé un cuento de una niña que tenía una piernecita más corta que la otra, y que andaba a saltos por el bosque, y que, en uno de sus paseos, se encontró con el “bobo felón”. No tuve éxito, pues ignora lo que es ser felón, y la historieta discurrió por cauces más bien abstractos para una niña tan pequeña.

Pero los adultos no ignoramos que nuestra historia real está plagada de felones, que actúan como si fueran bobos, aunque no hacen más que aprovecharse de que estamos cojos, y que esta cojera nos impide alejarnos corriendo de su intención de engañarnos.

No hace falta realizar encuestas de aceptación para saber a ciencia cierta que nuestra inocencia de caperucitas ha sido traicionada a mansalva. No se libra del lastre de desfachatez, trampas y, en suma, felonía, ninguna de las instituciones. Aunque, por supuesto, estemos convencidos de que los que engañan son minoría, son más que suficientes. En este bosque de despropósitos, nos encontramos a cada dos pasos por gentes aviesas que, fingiéndose bobos, han utilizado, no solo nuestra credulidad, sino el prestigio de las instituciones en las que desempeñan sus cargos, en su propio beneficio y abusando de nuestra necesidad.

No preciso citar a nadie, porque el mal está ya en boca de todos. No hay un hueco, del rey abajo, ninguno, en el que no haya señales de malicia. Veo a los bobos felones contestando, taimados, a nuestras preguntas de ¿Por qué lo hicisteis?

-Para servirte mejor.
-Porque no podíamos estar al tanto de todo.
-Ya les habíamos advertido de que no lo hicieran.
-Hay que mantener la presunción de inocencia.
-No se podía actuar de otro modo.
-Todos han hecho lo mismo.

Pues ya lo ven, están descubiertos. Aliado insospechado, el diablo cojuelo ha levantado uno tras otro los tejados de esta ciudad para poner al descubierto las desnudeces de los que se creían bien pertrechados, disfrazados de corderos, esto es, de bobos, de bien intencionados.

¿Cómo acabará el cuento? No lo se muy bien, pero veo cada vez más aislados a los que carecen de razones para justificar el tamaño de sus ganancias, lo desmesurado de sus gorros de oropel, la camisa abultada por las bolsas que birlaron. Somos muchos los que estamos del lado de las Caperucitas cojas. Y esperamos que aparezca en acción el leñador de la verdad, ése que, abriendo el vientre de la desfachatez, saque de nuevo a la luz nuestra esperanza, sana y salva.

Veo que en el bosque hay algunos leñadores, ocupados en recoger ramas y astillas y evitando afectar a los árboles altos de este bosque.

Mi tendencia al pesimismo me indica que los jugos gástricos de la codicia han debido haber hecho de las suyas, y, cuanto más tardemos, más convertidos en piltrafas encontraremos los buenos deseos que se han engullido. Mientras creemos estar atendiendo a las explicaciones sobre el estado de nuestra democracia y la recuperación de la economía, interesándonos por lo que pensamos son las respuestas sinceras de la abuela, lo que escuchamos son los argumentos perversos de los lobos feroces, digo, de los bobos felones, que siguen tragando Caperucitas.

FIN

El Club de la Tragedia: Porqué no arrancamos

El Gobierno está haciendo lo que hay que hacer, según él, y hay que darle la razón. Porque según la crítica, entre los que me incluyo: hacen lo que les conviene. (Y no implica ésto que he escrito un desprecio hacia las lumbreras de este Ejecutivo -que haberlas, haylas-: un buen empleado hace lo que beneficia a su empleador, que para eso le paga).

Como ya somos mayores en este cuento de andar rondando a las soluciones de la crisis, hora es de ir directamente al grano. A corto plazo, no tenemos remedio.

Las grandes empresas de este país, cuyos propietarios (algunos con nombre conocido, otros, ocultos en Sicav y sociedades de control) y sus principales ejecutivos andaban a Rolex cuando los demás andábamos a setas, han exprimido hasta dejarlas exangües las posibilidades de inversión y endeudamiento públicos.

Lo han hecho, naturalmente, en lo que era más vistoso y técnicamente no muy arriesgado. No en investigación y desarrollo, que eso ya lo harán otros. Se concentraron en carreteras, muchas carreteras; y en edificios, muchos edificios; y en depuradoras y desaladoras y múltiples sistemas de aducción y colección, aunque no hubiera siempre la intención de hacerlos funcionar algún día, si faltaran dineros.

Tenemos hoy una geografía plagada de cemento, armado y bien defendido, aunque no justificado siempre. De país agrario hemos pasado a ser país asfaltado.

La perspicacia del cooperador necesario en ese expolio de las arcas públicas, crédito presente y compromisos de pago futuros, – la Banca-, ha sido no descuidar la atención al sector privado.

Quiá. Enguadado el ambiente con unas promesas de perspectivas florecientes, han concedido préstamos hasta el gato, si le hubiera apetecido hacerse una casa con gatera. No había problemas a la vista: el país no podría pagárselo, pero Vd. sí. “España, país pobre; ciudadano español y asimilado, persona rica”, como he tenido ocasión de reflejar en otro Comentario, en boca de un japonés, que alegaba del suyo justamente lo contrario (“Japón, país rico…”; etc.).

Conclusión: No arrancaremos si alguien no nos empuja cuesta abajo, como había que hacer antes con los coches cuando, a la mañana, se encotraban fríos y había que dar al motor con  unas vueltas. Ahora dependemos de la exportación y del milagro del arrastre exterior.

Nuestras grandes empresas de construcción y servicios (FCC, ACS, Ferrovial, hasta Telefónica, Mapfre, y compañía), las ingenierías (en gran parte, drogodependientes de ellas), tienen sus Balances muy tocados: algunas estallarán en corto plazo. Las de producción de bienes de consumo más o menos directo y distribución (El Corte Inglés, Inditex, Carrefour, etc.) se mantienen a base de ofrecer peores calidades y aplastar aún más al comercio minorista; y no sigo, para no causar más depresión en el lector amigo.

Es cierto que la educación y la investigación son pilares del desarrollo; pero no se improvisan; implican medidas a medio y largo plazo; no tenemos, para impulsarlas, ni dineros, ni capacidades, ni, en casos muy sangrantes, ganas de reformas sustanciales.

Así que nos queda el turismo, la hostelería, la hospedería, la venta de las empresas de nuevas tecnologías al capital extranjero, atender a la especulación de los que se aprovechan de la coyuntura del caído. No nos moriremos de hambre, pero nos esperan períodos muy duros: adiós al estado social, riesgos al estado del derecho, imperio de la filosofía del sálvese quien pueda.

A los menos creyentes, nos queda el consuelo de reconocer que los españoles tenemos experiencia de momentos de austeridad. Sabemos, como hidalgos viejos en la sangre, vivir con menos; incluso malvivir con casi nada. Reagrupamiento de familias, aumento de la economía sumergida, imperio de la chapuza y de la picaresca.

No son buenas noticias, pero ni siquiera son noticias. No nos gusta que nos digan lo que hay, y a los que nos lo cuentan, los tachamos de pesimistas, de agoreros del desastre, de izquierdistas irredentos.

Qué se va a hacer, si somos ciclotímicos; pero si alguien tiene la solución, es hora de que nos la diga. Y si no se atreve nadie a poner orden en las cuentas de los que más tienen, forzándoles a repartir parte de lo que acumularon (si es que no se lo han llevado todo), que no se engañen luego los que pensaron que este pueblo puede aguantar con ilusiones fatuas, con promesas fantasiosas, que todo va a cambiar, porque hay que tener fe en lo que están haciendo, tensando la cuerda sobre los que menos tienen.

Porque el problema nuevo con el que se enfrentan los que manejan los hilos de la política aparente, es que ahora la información fluye con más rapidez y que acabaremos todos sabiendo porqué nuestra democracia no ha funcionado como debiera. Nos la tuvieron secuestrada, y se chupaban el jugo de la carne, dándonos las hebras sin sustancia.