Seguridad frente amenazas (y 3)

agateadorcomun

Según apreciación certera de Zygmunt Bauman, “parece que miedo y modernidad sean hermanos gemelos. o incluso gemelos siameses, y de una especie que ningún cirujano (…) podrá separar sin poner en riesgo la supervivencia de ambos hermanos” (1).

En otro momento de la interesante conversación-entrevista a la que le somete Leonidas Donskis, expresa que “vivimos en un estado de alerta permanente derivado de múltiples peligros”. Esta multiplicidad de amenazas y su puesta en evidencia, de forma que todos seamos conscientes de su presencia entre nosotros, es alimentada por intereses muy diversos y aparentemente inconexos. El punto de unión entre todas ellas es nuestra debilidad, la confirmación de la vulnerabilidad de nuestra precaria satisfacción, y, como consecuencia, la generación de la angustia especial que mezcla sentimientos de desconfianza y necesidad de protección.

He empezado esta serie de reflexiones apuntando a la importancia tradicional de los Ejércitos en relación con la protección frente a las amenazas de otros Estados. Estado implica reconocimiento de un orden internacional, asumido como base para la convivencia, pacífica o beligerante, y con órganos reglados que toman decisiones respecto a él y a los ciudadanos de su territorio.

Este orden se ha visto deshecho en múltiples pedazos, desde el mismo momento en que una parte creciente de la ciudadanía desconfía de sus dirigentes, duda del valor de la democracia, los valores tradicionales, la religión, el honor, la Patria. Todo parece haberse vuelto hacia la individualidad, a la necesidad de proteger, no lo que es ajeno a nosotros, sino el círculo más personal, más íntimo: lo mío, mi familia, mi propiedad, mi entorno más cercano.

No solo eso: la información con la que se nos bombardea a diario nos ayuda a creer, confirmando la validez de la creencia, que lo demás no importa, y cuando más alejado, menos aún. Manejamos la información con despego singular; cierto que tenemos mucha, pero la consumimos de inmediato -buena o mala, especialmente si tiene esta última categoría-. Solo cuando la amenaza se ha hecho realidad en nuestro círculo, la afrontamos por unos instantes, incluso magnificándola, hasta que la “autoridad oficial” nos tranquiliza con medidas desproporcionadas, costosísimas, y, con seguridad, inútiles, porque no han sido meditadas, ni tienen otro objetivo que hacernos pasar rápidamente la página de nuestro miedo concreto, para que vuelva a ser difuso.

Tengo que volver a alguna de las ideas expresadas al comienzo de mis reflexiones, para expresar que nuestro sistema de actuaciones no aborda la solución a las amenazas más importantes. Si se tratara de realizar una aproximación sistemática de los riesgos con los que se ve confrontado el habitante de clase media de los países más ricos del Planeta, habría que enumerar, no ya entre los principales,  sino como sustanciales, la amenaza del inminente cambio climático, y la inestabilidad derivada de una economía en crisis que no es cíclica, sino estructural, con generación de desempleos y desajustes laborales de magnitudes tremendas.

No hay debate real ante estas amenazas, ni existe verdadera intención de paliarlas ni atender a sus consecuencias. El incremento de temperaturas del Planeta se estima, por algunos serios científicos, ya imparable -porque no se tomaron medidas a tiempo- y se especula, con fundamento, que el nivel del mar superará un metro respecto al actual antes de final de siglo.

Los desequilibrios frente a la producción y el empleo, alimentados por la fiebre obsesiva del consumo, no han servido para analizar las consecuencias de la globalización de los mercados, la mano de obra barata en algunos países y la visión cortoplacista de la creación de empleos con única base en el sostenimiento ficticio de la sociedad de bienestar, cuya quiebra es inminente.

Lejos de abordar de inmediato medidas correctoras, se sigue dando pábulo a argumentos simplemente negacionistas o recalcitrantemente optimistas, situándolos al mismo nivel que los críticos, a los que se califica de pesimistas -“la Tierra atravesó períodos de glaciación en el pasado en los que el hombre no tuvo influencia alguna” o “la economía está mejorando y se crearán millones de empleos”-. No importa que la realidad se concrete en cambios estacionales insólitos y  que la generación de empleos no alcance, ni de lejos, a igualar ni en cantidad ni en calidad a los perdidos por la tecnificación y la globalización.

En todo caso, afrontar éstas y otras amenazas implica adoptar medidas y organización de medios y recursos que, además de cuantiosos, tienen que ver con nuevos centros de decisión: ya sean económicos, industriales, sociales,…Ni siquiera hace falta que tengan cara y ojos ni posean el refrende de la autoridad ética, técnica o humanística. Internet lo iguala todo, y ayuda a difundir un miedo nuevo, que afecta a nuestra propia identidad, aunque, al mismo tiempo, ofrece el caramelo de compartirla, exhibiéndola, con desconocidos. Las redes terroristas, los círculos infractores, la delincuencia internacional, saben utilizar esta herramienta, tan bien o mejor que quienes la utilizan para “fines legítimos”…alimentar nuestra ansia de consumo.

La seguridad ciudadana está afectada en múltiples frentes y su protección sugiere la necesidad de nuevos mecanismos. Poco que ver con el pasado. Las fuerzas denominadas del orden -uno aquí, por conveniencia de mi relato, Ejército, policía, inteligencia, en cierta medida, la diplomacia…- son llamadas, con frecuencia alarmante, no a resolver los conflictos (que no sería en ningún caso su función), sino a sofocar las manifestaciones del descontento, mejor dicho, de las consecuencias de las amenazas no cubiertas: paros masivos, cierres de empresas, ausencia de protección de desfavorecidos, etc., exacerbados, legítimamente, porque el individuo, ahora, ya no tiene confianza en resolver la situación de precariedad de forma aislada. Tiene miedo, y su miedo convierte a sus manifestaciones en amenaza para otros sectores de la población que, mientras tengan el poder, pretenden ejercerlo ordenando actuaciones de las “fuerzas del orden”.

Hay amenazas que parecen más fáciles de cubrir, porque se presentan de forma externa al territorio. La creciente presión de la migración provocada por el hambre, guerras y conflictos ha provocado medidas muy elementales: erección de barreras (comerciales y físicas), muros con o sin cuchillas, sirgas, y la concentración en las fronteras de agentes represores.

No se resuelve así el problema de fondo, quiá -la terrible desigualdad de información, medios y tecnologías, que ha puesto de manifiesto la globalización y la difusión de la información que presenta el bienestar del que disfrutan otras sociedades- . Solo se pretende abortar las manifestaciones, antes de que afecten al propio territorio, intentando salvaguardarlo. Inútil actuación, puesto que el problema de fondo permanece inatacado y, por tanto, crece. Por una parte, se generan nuevas formas de violencia y de sofisticado rechazo a esas invasiones “pacíficas”. Por otra, la debilidad y la explotación de la misma por nuevos agentes en el territorio de los migrantes, se exacerba. La “ayuda al desarrollo” se dedica a levantar muros más altos, o a enviar fuerzas de pacificación entre tribus enemigas en Estados sin ley, sin orden.

Hénos aquí en la base de la cuestión. Cualquier riesgo, precisa medidas para eliminarlo o reducirlo, pero esas medidas han de ser adecuadas. En la esfera de las decisiones individuales, el ámbito se ha visto muy restringido; no vale como garantía educarse bien, aplicarse mucho, ser disciplinado con el sistema.  ¿Quién sabe a qué situación se enfrentarán nuestros hijos, no digamos ya nuestros nietos? ¿Cómo orientarlos? ¡Los grandes centros de decisión se han hecho herméticos, la inteligencia colectiva, más torpe! ¡La Universidad no sabe qué enseñar, en realidad, y repite viejos esquemas inútiles, pero emponzoñados de nepotismo y autofagocitación!

Podemos, en principio, reducir mucho el riesgo de que alguien no deseado penetre en nuestro domicilio: alarmas, puertas blindadas, cámaras de vídeo, vigilantes armados. Podemos creer que las tediosas revisiones de equipaje garantizarán que nuestro avión no saldrá disparado por los aires por una bomba que algún descerebrado colocó en su maleta. Tal vez, si suprimimos el tránsito de todo vehículo pesado y amontonamos bloques de hormigón frente a los paseos, eliminaremos la cruel posibilidad de que un fanático enajenado al que prometieron un cielo con huríes no lance un camión contra la multitud en fiestas.

Lamentablemente, acabaremos descubriendo que eliminar totalmente la manifestación de una amenaza es imposible. Nuestra única opción es acotar significativamente las que detectemos y tratar de enfocar las acciones al fondo, al núcleo donde se generan.

La antes enunciada, y bien detectada, amenaza de un cambio climático global, implica decisiones que trascienden de los Estados y, para que resulten efectivas, deberían ser asumidas y satisfechas por la colectividad internacional en su conjunto. Difícil situación, sin antecedentes históricos. La necesidad de modificar de forma drástica y urgente el empleo de hidrocarburos, tanto para la producción de energía eléctrica como combustible preferente para los vehículos, es un reto inmenso. Solo que no caben medidas parciales: serían ineficientes y, en el mejor de los casos, genuinamente egoístas: salve quien pueda.

La normalidad aparente no puede servir de placebo para la tranquilidad. Hay amenazas que están creciendo y estallarán. La desigual distribución de los recursos hídricos, en relación con la población demandante, es ya fuente de conflictos, puesto que el agua es elemento sustancial para la vida y el desarrollo de casi la totalidad de las actividades productivas. Solo que, aún con mayor virulencia que en el pasado, los conflictos por el agua trascenderán de la escala local para alcanzar dimensiones muy graves en ciertas zonas. La disponibilidad del agua ocasiona ya, incluso en países avanzados (véase, España), conflictos serios entre consumidores, y la fijación de un precio justo al recurso está permanentemente sujeto a polémica.

¿Cuál es, en fin, el papel que cabe reservar a los Ejércitos ante nuevas amenazas, en las que no se puede hablar genuinamente ni de la necesidad de defender el propio territorio ante una fuerza organizada, ni aún menos, atacar el de un Estado para sojuzgarlo?

La respuesta es compleja y delicada, y solo puedo apuntar aquí -para no extralimitarme en mi conocimiento de la cuestión- que exige un cambio sustancial de posiciones. Se están empleando recursos militares como fuerzas de paz o como refuerzo (más o menos solapado) a una de las facciones en litigio en países terceros.

No veo futuro a estas actuaciones (en medio-largo plazo). Las decisiones eficientes han de pasar por la ayuda económica y tecnológica y por la implantación (no forzada, asumida por la población residente) de la democracia, que suponga eliminar los focos dictatoriales, reducir desigualdades, favorecer la explotación de recursos propios, elevar fuertemente los niveles educativos y técnicos. Tendrá que eliminarse, por supuesto, cualquier sospecha de injerencia espuria por parte de potencias militares que se sientan autorizadas para participar en conflictos ajenos. Habrá que ser contundente con el control de venta de armas a países terceros. Y, en fin, tendremos que asumir colectivamente que, ya que no se ha sabido actuar de otra manera, vivimos bajo la amenaza constante de una Destrucción Mutua Asegurada.

Termino, pues, con la apelación a la recuperación de los ámbitos de libertad que garanticen el desarrollo de la sociedad y del individuo. La necesidad de seguridad no debe coartar nuestro deseo de libertad consciente, plena. Debemos poner en orden las amenazas y confrontarlas con los medios puestos a disposición para sofocarlas.

El papel de los Ejércitos, de la industria de Defensa, de la diplomacia, de la inteligencia, de las telecomunicaciones, y las múltiples interrelaciones entre los estamentos que tienen que ver con la seguridad, debe ser revisado. No es cuestión de escuchar una sola opinión (y, menos, tan poco cualificada en el tema como la mía), pero el abordaje del tema es urgente, e imprescindible.

Los nanodrones están ya en avanzada gestación y nosotros no podemos seguir con estos pelos.

(1)”Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad de la sociedad líquida”, Zygmunt Bauman y Lenidas Dnskis, Wd. Paídos, 2015

FIN

El ave que hoy utilizo como complemento ornitológico (excéntrico) a mi Comentario principal es un agateador común (Certhia brachydactyla). Es una suerte encontrarlo, tanto por u relativa escasez en nuestros predios como por su capacidad mimética, a la que añade su pequeñez. Pesa alrededor de 10 g y mide poco más de 12 cm. Por el plumaje moteado diría que es un joven, a la busca de insectos xilófagos en el jardín comunitario. Su pico, fuertemente curvado hacia abajo, pone de manifiesto su especialización en hurgar bajo la corteza suelta.

Si se tiene ocasión de oir al macho de estas aves singulares en momento de flirteo, sorprenderá por sus floreos argumentales, que pretenden resultar, como propio de todo seductor, irresistibles para el objeto de su adoración.

Cuando me encontraba haciendo las prácticas de alférez en Mallorca, estando de jefe del retén de incendios, fuimos advertidos de un incendio que se había presentado en una zona montañosa de la isla, y a la que se nos ordenó acudir a sofocarlo. Me dirigí hacia allá, con la rapidez que nos concedieron los vehículos todo terreno que tenía a mi disposición, con el equipo de soldados de reemplazo que se encontraban en el cuartel. Pronto me convencí que la principal función que me correspondía era la de conseguir que ninguno de aquellos jóvenes resultara lesionado. Así que, manteniendo una prudente distancia respecto al frente de fuego, ordené que se talaran algunos árboles, para improvisar un cortafuego.

Lo hicimos con ardor, disciplina y dedicación insuperables.

Sofocado el fuego, por la intervención experta del cuerpo de bomberos y varios vecinos voluntarios, me sentí profundamente afectado cuando el propietario del terreno, reclamó mi presencia. Me dio un abrazo y me felicitó efusivamente: “Mi sincero agradecimiento a Vd. y a su compañía, alférez. Me han librado de esos árboles que me impedían la vista del mar desde mi chalet y que el alcalde se empeñaba en prohibirme cortar”.

 

Seguridad frente amenazas (2)

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Salvo para aquellos genuinamente pacifistas, si es que existe alguno, no habrá dudas que la seguridad exterior precisa, -junto a otras actuaciones, desde luego-, del mantenimiento de una fuerza organizada, con personal dispuesto a matar y morir, y equipos adecuados para esa función letal. Aquí se encuentra la característica diferenciadora, indiscutible, de los Ejércitos.

Un Ejército no es un grupo de personas armadas, sino una “fuerza” sometida a una disciplina, con un código de actuación. Existen magníficos documentos que ilustran significativamente sobre el desarrollo de este concepto; En España, las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas vigentes cuando escribo estas notas datan de 2009, y suponen una renovación parcial -por algunos comentaristas, sin embargo, tenida, por sustancial- de las promulgadas en 1978 (Ley 85/1978).

Con previsión de un baño de sangre o no -así en la paz como en la guerra-, hay una premisa incómoda a la que responden los Ejércitos, que son consecuencia de la experiencia histórica: “el enemigo existe siempre”.  Esta certeza implica que los Ejércitos deben estar dotados para defenderse, sino de cualquier ataque, al menos, del que pudiera provenir de sus adversarios diferenciados, a los que conviene tener identificados. Esta posición preventiva obliga a mantener una dotación, equipamiento y preparación similares o superiores al suyo, capaz de disuadir y de ofrecer, en otro caso, una respuesta autónoma rápida.

La exhibición de la potencialidad propia no es un juego de niños. Tiene dos destinatarios: la población civil del propio Estado, transmitiendo un mensaje de potencia y preparación (y, subsidiariamente, de prestigio y profesionalidad a los componentes militares); el otro destinatario es el potencial enemigo, que también procurará disponer de otras fuentes de información, claro está.

Quede así recordada, tanto para los que tienen respeto, y hasta devoción, por la profesión militar (entre los que me cuento, sin perjuicio de ser pacifista), como para los que apoyarían, por desconocimiento o por voluntad martirológica, su supresión, que los Ejércitos poseen una genuina ambivalencia causal: pueden adoptar tanto una posición agresora como defensiva. Esta última adquiere una importancia capital para mantener la paz, pues tiene una clara connotación disuasoria, autónoma, y en ese campo de lo que se desea evitar, principal.

Sería ridículo, amén de peligroso, mantener la ingenuidad de que la paz no implica la preparación para la guerra. Las armas, además, están para ser usadas algún día y se perfeccionan continuamente. Los misiles de ataque de largo alcance implican el desarrollo de los de interceptación; los tanques acorazados alentaron la fabricación de lanza torpedos penetrantes. No hay muchas acémilas actualmente en el arma de Caballería y se prefieren los drones teledirigidos a los aviones tripulados de reconocimiento.

Ni siquiera los Estados que se autodenominan “neutrales” renuncian a armarse. Suiza, uno de los Estados europeos que dedica más recursos a su Ejército, atiende con la popular “guardia suiza” la custodia del Estado más espiritual y más pequeño del mundo, la Ciudad del Vaticano; fundada en 1505 por el Papa Julio II para proteger al Papa, mantiene actualmente unos cien efectivos, adiestrados para manejar armamento moderno, no espingardas ni falconetes.

El arte de la guerra (léase, de la defensa), genera comportamientos que han inspirado los económicos-empresariales. No en vano, los libros de estrategia militar y los expertos militares tienen buena acogida en los Institutos de Empresa. La selección de líneas de investigación y desarrollo preferentes, la formación de cárteles, la utilización de lobbies, etc., están en la base común de lo militar y lo empresarial.

Como pocos Estados pueden ofrecer una garantía adecuada de forma autónoma, son imprescindibles alianzas estratégicas, y la formación de bloques que complementen y refuercen las Fuerzas Armadas propias. Dentro del concepto de Defensa, se agrupan muchas actividades indirecta o directamente relacionadas: formación propia y ajena, diplomacia, espionaje, cooperación, desarrollo y prueba de armamento sofisticado, preparación para el combate, procedimientos sanitarios, de comunicaciones, informáticos, etc.

Por eso, la totalidad de los Estados dedican una parte importante de sus presupuestos a sus Ejércitos. Puede verse, en mi opinión, el estado de desarrollo de cada uno, en relación con el porcentaje que dedican a la dotación de personal o a los equipos materiales y a la investigación; en efecto, un alto porcentaje del presupuesto destinado a la partida de personal, es propio de un país atrasado. Aún más, me atrevería a afirmar, que un alto porcentaje del PIB dedicado a Defensa, puede significar que se está apoyando la investigación tecnológica de uso civil, conjuntamente.

Concluyo, pues, este apartado. Desde la tribu al Estado-nación/naciones a los Estados Unidos y Comunidades internacionales, todas esas unidades de convivencia tensa con otras han asumido la necesidad de mantener un Ejército propio, adecuado a los riesgos presumidos y han buscado alianzas con Estados afines para defenderse de posibles amenazas y ataques. La OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) surgió en 1949 como perfeccionamiento de un acuerdo político entre algunos países europeos, a la que la incorporación de Estados Unidos (y Canadá), dotó de la potencia bélica deseada, como contrapunto a la creciente tensión proveniente del bloque comunista, que en 1955 organizó una alianza similar (fuerzas militares para mantenimiento de la paz) llamada Pacto de Varsovia. Los aliados en la segunda guerra mundial pronto redescubrieron sus sustanciales diferencias de planteamiento económico (1).

Otra cuestión que es conveniente analizar, aunque sea a este nivel elemental, apela a la característica de las misiones en el extranjero, actualmente con capital interés mediático, que oculta otros aspectos mucho más relevantes, en mi opinión.

Los componentes de los Ejércitos, no son ONGs, ni educadores, ni agentes del desarrollo. Tampoco son policías. Y, sin embargo, la versatilidad de las funciones vinculadas a la defensa del territorio propio y de ciertos valores (básicamente, éticos) tenidos por irrenunciables, provoca que, cuando les son atribuidas algunas de ellas, los Ejércitos participen, solos o en compañía de otros funcionarios y civiles, en misiones de las llamadas de paz.

Delicada cuestión, en suma, porque exige la coordinación entre muy diversos estamentos, con dependencias funcionales naturales diversas, tanto de las organizaciones administrativas de un Estado como de los aliados y, según la índole de la función atribuida, puede suponer, incluso, que esos aliados sean diferentes. La perfecta identificación de los objetivos y, naturalmente, de la cadena de mando y de las responsabilidades distribuidas, es una dificultad añadida para que la misión tenga éxito.

Cuando los equipos integrantes de una misión de un Estado que se autodefine “en tiempo de paz”,  se lleva a cabo en el extranjero -en territorios en guerra, o que hubieran sido ocupados contraviniendo disposiciones internacionales, o  en donde actúen grupos terroristas, o aún no plenamente pacificados – la combinación de elementos militares y civiles añade dificultades de coordinación. En esos casos, además, la posibilidad de ser víctimas de un ataque con armas, implica que todos los componentes del equipo deban asumir el riesgo de morir o ser heridos, es decir, se deben considerar integrados en la disciplina y normas propias del Ejército.

En la cartilla que se entregaba a los reclutas españoles al terminar el servicio militar de la postguerra, cuando éste era obligatorio, aparecía un sello en el que figuraba un apartado destinado al Valor, en el que se indicaba el “concepto que había merecido a sus jefes” él recién licenciado. “SS” significaba que “se le supone”, porque no cabía hacer otra elucubración cuando no se había entrado en batalla.

En los Ejércitos profesionales -en donde los aspirantes a formar parte de ellos, (y hay que suponer que, especialmente, a los que se integran como tropa)  pueden estar inicialmente guiados por la obtención de un salario, más que por la defensa de valores que la desacralización pretende convertir en filosofía añeja, como la Patria, el Honor o la Bandera-, la posibilidad de morir en el curso de una acción, incluso en la preparación de la misma, no siempre será puesta de manifiesto por los mandos. La realidad la pondrá presente, a poco que asome la peligrosidad intrínseca al manejo de armas; y no es necesario que sean manipuladas por el enemigo: el número de militares fallecidos en maniobras, exhibiciones aéreas o navales, pruebas de material, desactivación de explosivos, etc., lo prueba.

(continuará)

(1) La exhibición de cariño personal (que no institucional) entre D. Trump, presidente electo de Estados Unidos de Norteamérica y V. Putin, presidente de la Federación Rusa, no presagia un pacto anti-natura entre bloques enfrentados. Más bien, implica el reflejo de un tanteo previo, en el tablero del ajedrez mundial, ante el avance vertiginoso de la República Popular China.

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La fotografía recoge la imagen de tres gorriones en una aparente sesión de ballet, en vuelo que podría ser interpretado como acrobático para quienes desconozca la tremenda agilidad de las aves -en particular, de estos paseriformes- para girar, sostenerse en el aire, sortear obstáculos, cambiar de rumbo brusco.

He tenido ocasión, desde una privilegiada atalaya, de observar los movimientos de los grupúsculos de gorriones en torno a la comida, bien sea en campo abierto o en un recinto limitado.

Dependiendo de la edad de las aves, de la disponibilidad de alimento, de la posible relación genética entre ellos, he constatado que se pueden dar actitudes de ignorancia total, cooperación, de cesión de derechos, etc. La más común, si la comida es escasa o está dispuesta en un recipiente de acceso reducido, es de agresividad. No se matan, desde luego, pero un par de picotazos al vuelo bastan para disuadir a quien, vulnerando la escala de poder, se acerca al grano o a la masa nutricia, antes de que los poderosos hayan saciado su hambre.

Los más débiles o más jóvenes esperan, impacientes, a que los fuertes se vayan y, entonces, apuran las migajas.

 

 

 

Coño con la próstata

La economía de recursos -incluido el óptimo aprovechamiento de los espacios- con la que la naturaleza tiende a resolver las cuestiones que la evolución le plantea, ha llevado, sin duda, a que en los mamíferos machos la glándula llamada próstata se vea atravesada por un conducto de evacuación del trabajo depurador de los riñones, la uretra.

Así es, por supuesto, en el hombre. Cuando, por cualquier razón -envejecimiento, tensión emocional o tumoral- la hinchazón de la próstata presiona dramáticamente sobre la uretra, se dificulta primero la micción, se hace frecuente la necesidad de atender al alivio de la vejiga y, en caso extremo, la situación puede alcanzar progresivo envilecimiento, hasta llegar al colapso de la función renal, proceso al que la terminología médica ha caracterizado con los acrósticos RUA (Retención urinaria aguda), IRA (Insuficiencia renal aguda)  y RAO y FRA (Retención aguda de orina y Fracaso renal agudo).

Para evitar la complicación del proceso, que se presenta de forma natural en casi el cien por cien de los varones con el avanzar de la edad, es de todo punto aconsejable la observación regular de la glándula y el análisis de los parámetros que ayudan a detectar y delatar posibles anomalías, para atajar cualquier problema antes de que el deterioro alcance mayor gravedad, e incluso pueda provocar una situación irreversible (la muerte).

Veo grandes similitudes, por supuesto, de orden metafórico, entre este proceso biológico y la evolución político-sociológica de la llamada cuestión catalana. Para el actual lector de estas líneas, Cataluña se halla inmersa en un proceso secesionista, propiciado por una exigüa mayoría favorable a la independencia en el Parlament, surgida de unas elecciones desarrolladas en un clima extraordinario de crispación y desentendimiento entre los responsables de las instituciones del Estado.

Una situación grave, calificable de RAO (Retención aguda de opciones) y FRA (Fracaso reconductor agudo). Para quienes entienden que la cuestión debería remitirse a la consideración inequívoca de Catalunya como nación, y consideran que este es un derecho incuestionable a decretar de forma autónoma su independencia, no vendrá de más recordar la diferencia entre “pueblo” y “nación”.

Todos somos, y a mucha honra, gente de pueblo, que es el lugar en donde tuvimos nuestro origen y hemos crecido en infancia y pubertad, y es el sitio a donde acudimos para refrescar los contactos con lo que nos une a nuestros mayores, a nuestros difuntos, a nuestros amigos infantiles. Nación es otra cosa, un elemento artificial, en el que se amalgaman intereses políticos, económicos y de frontera, y en el que es posible integrar a gentes que no tienen nada en común y, por supuesto, carecen de un pueblo que compartir.

Cataluña ha sido y es una región prostática, con dificultades para evacuar sus comprensibles -diría que es de bien nacidos amar y defender tradiciones, lengua y usos- impulsos individualistas. Tuvo un episodio muy grave, en época relativamente reciente, -de 1931 a 1940- que tuvo por protagonistas a Francesc Macià (fallecido en 1933, quien defendió una Cataluña integrada en una Federación de repúblicas españolas) y a Lluís Companys (quien proclamó el Estado Catalán en octubre de 1934, sueño independentista que fue sofocado sin sangre por el general Batet en pocos días, aunque resurgió con fuerza propia con ocasión del levantamiento anticonstitucional de parte del Ejército contra el Gobierno de la República).

La inflamación independentista sometió a gran sufrimiento a Cataluña, y el visionario Companys fue fusilado por el gobierno franquista en 1940, después de ser entregado desde Francia por la Gestapo. La medicina aplicada por el gobierno de Franco tras la guerra incivil no sirvió más que para poner unos paños calientes sobre la glándula catalana.

Supongo que hay una parte de la sociedad que vive en Cataluña y, posiblemente, una mayoría de españoles que viven fuera de ese territorio, desean una drástica intervención -judicial, y hasta militar- que ponga fin a la tensión de una vez.

No me parece que por la vía judicial (constitucional, administrativa o penal) haya muchas opciones de tranquilizar a la sociedad catalana más beligerante, encelada con promesas cuyo análisis nadie puede defender con absoluta credibilidad. Veo opciones a la intervención por la fuerza (no estrictamente militar, aunque con su apoyo), lo que no supone sino confirmar el fracaso de los que lideran las corrientes unidad del Estado español y secesión sin paliativos.

Pero, como pacífico y en tanto que acostumbrado a negociar en aguas densas, por el momento, yo aconsejo que se le ponga una sonda de inmediato al tema catalán, y se evacúe por ella el líquido retenido, que ahora ocupa una vejiga desmesurada y presiona cruelmente sobre los riñones.

Con tanta carga emocional no se puede pensar en soluciones. Claro que, para que se adopte la medida de introducir a Cataluña una sonda que, atravesando próstata y uréteres, llegue hasta la base de la vejiga, hace falta que el paciente se deje y que exista un equipo médico capaz de generar la confianza de que todo tendrá una solución feliz. Hablamos de credibilidad recíproca, intención serena, objetivos claros, propósito de pactar desde la negociación.

Con un Presidente de Gobierno que parece un residente de primer año y un President en funciones de la Generalitat que, como una esposa angustiada, no ve más solución que cambiar al enfermo de hospital, sin importar donde, no me parece que se esté en vías de solución, sino en grave peligro de catástrofe. ¿Quién habrá de perder? La Historia es tan clara al respecto, que solo pediría que quien tenga dudas, se atreva a poner nuevos nombres a los viejos collares.

 

El acoso en el ámbito militar

El caso de la ex comandante Zaida Cantera, que en realidad es el caso del coronel Isidro Lezcano-Mújica, condenado a dos años y diez meses de cárcel por acoso sexual, ha abierto al público en general la cuestión, de resolución en absoluto trivial, en torno a tres asuntos que guardan una relación entre sí que tampoco es sencillo calificar: a) si debe existir un Tribunal de Justicia Militar, b) si existen delitos que solo puedan ser cometidos por militares o, excepcionalmente, por civiles en casos concretos y c) si delitos comunes -recogidos en el Código Penal general- pueden ver agravado el tipo de lo injusto cuando el sujeto o la víctima son militares y, en ciertos supuestos, cuando el lugar, el medio utilizado o el objeto afectado, pertenecen a la esfera militar.

El debate lleva abierto desde hace décadas, y es bien conocido por los especialistas que no existe una línea uniforme entre los Estados, incluso entre los considerados democráticos y, de entre ellos, los supuestamente más avanzados en el respeto a los derechos y deberes.  No voy por ello, en este breve comentario, más que a referirme -y sin profundidad- a dos características muy relevantes, en mi opinión, del caso Lezcano-Mújica.

Que un supuesto delito o falta común, suficientemente caracterizada en su tipo y agravantes, por el Código Penal español vigente, como es el acoso sexual, sea analizado por un Tribunal Jurídico Militar, es, sin duda, una anomalía conceptual y un exceso de segregación jurisdiccional. En principio, podría suponerse que el atraer un caso de justicia común al ámbito militar, para juzgar el acto hipotéticamente ilícito cometido por un superior contra una inferior, es indicativo de que se pretende juzgar con mayor benignidad -protegiendo al mando de mayor grado- la cuestión.

No ha sido, sin embargo, éste el caso. Lo afirmo, independientemente del efecto mediático conseguido por el talante personal, la fuerza expresiva y la credibilidad emocional de los argumentos, ingredientes expuestos públicamente, para consumo y análisis general, por la comandante Cantero. Me abstraigo de la escasa, y cuando la hubo, posiblemente merecedora del calificativo de deplorable, intervención por parte del Ministerio de Defensa, que solo aportó leña a la subjetividad del tema. Y lo hago, en fin, al margen de otros factores, como pueda ser la confusión popular respecto al papel de las fuerzas armadas en tiempo de paz, heredera en mala parte del comportamiento chulesco de algunos de los militares levantiscos en la postguerra, y sometida, entre militaristas y pacíficos, a esquizofrenias o maniqueísmos que precisarían urgente revisión social.

Desde la serenidad, y la comparación con otros procesos judiciales, el esfuerzo de instrucción en el caso que pretendo comentar, ha sido importante…y, sin duda, excesivo. En el ámbito civil, ese caso no hubiera alcanzado especial relevancia -seguramente, ninguna-, sepultado por centenares de otros similares, de los que -sospecho, a falta de mejores datos- la mayoría son sobreseídos o archivados sin el menor progreso procesal, por falta de pruebas y testigos.

En la jurisdicción militar, sin embargo, a la que llegan pocos asuntos de este cariz, y dado el efecto de apetitosa difusión en los medios que alcanzó, la instrucción resultó altamente pormenorizada y, además, los juzgadores se encontraron sometidos a una indudable presión, observados con lente de aumento. No solamente el tribunal, sino, y sobre todo, el acusado se convirtió en sujeto de una disección en toda regla.

Puede que, observado en esa situación incómoda, de tener que defenderse de la acusación de un inferior jerárquico -¡y mujer!-, a salvo del círculo de amigos y conocidos, que se expresarían comprensivos con su relato, el coronel no haya sido capaz de despertar la menor simpatía. Dio la imagen de un tipo más bien zafio, al que se le podrían atribuir -por sus infaustas declaraciones en el proceso- los adjetivos de prepotente, machista y petulante…

Elegido como buco emisario, macho cabrío expiatorio de la necesidad de humillar, de vez en cuando, a algún superior como redención de lo que tenemos que soportar de toda autoridad, la pieza resultó excelente. Hay que admitir, sin embargo, que su perfil no se diferencia un ápice del de tantos y tantos individuos que andan por ahí, que están a nuestro lado, tocando al disimulo muslos, rozando como si tal cosa carnes contra carnes, echando miradas con intenciones que podrían entenderse como rijosillas, y, cuando se encuentran en lo que creen auditorio adecuado, presumiendo de haberse ligado a secretarias, subordinadas, esposas ajenas y colegas, animando a los suyos a evadirse a un burdel para festejar un logro, y aprovechando cualquier ocasión para lucir sus dotes de contador de chistes e historietas -reales o inventadas- en las que el héroe es el villano, la mujer el objeto, el homosexual o el diferente, el objetivo de la chanza.

Que el caso haya sido tratado en la jurisdicción militar y por un tribunal constituido por militares (independientemente de que le corresponda la última revisión al Tribunal Supremo), ha perjudicado al encausado. Su condena es excesiva, porque se tuvo en cuenta, y de forma especial, la gravedad del prevalimiento como superior militar.

Pero, además, el que el caso se haya visto en un Tribunal jurídico militar ha perjudicado a la víctima. La comandante Cantera, cuya vocación militar es evidente, y así lo ha reconocido ella misma y su brillante historial, ha visto su carrera abortada. Y puedo sospechar que su esposo, también militar, no tendrá un camino precisamente de rositas hacia el generalato.

Un caso, por tanto, para meditar, hurgando entre todos sus matices, analizando los condicionantes, extrapolando sus consecuencias.

Cuento de invierno: La odisea del general poeta

Un buen militar debe estar preparado para morir por su Patria, defendiendo los ideales, cuando el enemigo los ataca.

Ese principio, diríamos que sagrado, se hace especialmente presente en el campo de batalla. Es un deber superior, que ha de guiar, con fe ciega, las actuaciones de cada soldado, que cumplirá con inquebrantable disciplina las instrucciones y órdenes que le transmitan los jefes de su Ejército, por intermedio de la cadena de mando.

Un buen militar debe esforzarse en que el enemigo muera por su Patria, en la defensa de sus otros ideales, otorgándole así la oportunidad de cubrirse del honor y la gloria que, en otro caso, le correspondería a él mismo.

Cuando Carmelo Rospiciano se enteró de la historia de Hiroo Onoda, el soldado japonés que se negó a admitir que su país se había rendido hasta que el hecho le fue comunicado por su mando natural, lo que no sucedió hasta 30 años después de terminada la Segunda Guerra mundial, lloró de emoción.

-Quiero ser como Onoda -formuló para su coleto, secándose las lágrimas.

Carmelo era soldado vocacional. Se había alistado en el Ejército apuntándose a una convocatoria por la que se captaban jóvenes decididos a formarse en alguna de las múltiples posibilidades de formación que ofrecen a los militares las situaciones de paz, y que les serán útiles, presuntamente, en caso de hipotéticas guerras.

Si quieres paz, prepárate para la guerra, como escribiera Vegecio, si bien, en latín clásico.

Pero Carmelo no quería zanganear en la paz; quería luchar. Anhelaba ser un perfecto profesional de los Ejércitos, un prototipo, y para ello, necesitaba hacer carrera venciendo en batallas, ganando guerras, haciendo, a diestro y siniestro, a troche y moche, que los enemigos cumplieran con su sagrado deber de morir por sus ideales y los de sus Patrias, viviendo él para satisfacer su destino de alcanzar el suyo: ser el Julio César de los tiempos nuevos.

No hay por qué dudar de que los sistemas de detección de desequilibrados para selección de personal del Ejército hubieran fracasado, porque ningún sistema sicoanalítico para analizar esféricamente las personalidades es perfecto.

Carmelo Rospiciano había superado todas las pruebas, y era considerado un soldado normal.

Solo que el quería llegar a ser general. Y para llegar a lo más alto, necesitaba vencer enemigos, destruir ideales ajenos.

Fue una gran decepción conocer que, al menos de momento, el país no tenía enemigos.

-¿Cómo puede ser así? ¿Para qué se quiere un Ejército si no hay contra quién luchar? -fue la pregunta que se le ocurrió formular, con el debido respecto, cuando e oficial instructor expresó que lo que no había ninguna misión bélica en perspectiva.

-Nuestra función principal es disuadir a los potenciales enemigos, haciéndoles ver claramente que estamos preparados, para que no se atrevan a molestarnos -le contestó el instructor, quien siguió explicando los métodos de ocultación y supervivencia en la selva tropical, que era la materia del día.

Carmelo, además de creerse poseedor de un buen espíritu militar (diríamos nosotros: algo peculiar), era poeta. No es que hubiera ganado certámenes poéticos o que se hubiera leído a Elliot y a Whitman, ni pulido sus artes con análisis semánticos de odas de Homero y Garcilaso, pero sí le gustaba construir rimas, consonantes o asonantes, según las veleidades de su inspiración.

Quizá por esa relación interna entre guerra y poesía, tal como el la sentía -del mismo tipo, quizá, que la que algunos hallan entre el amor y la muerte, o entre el tomate y la berenjena-, concibió una idea perfecta para satisfacer sus objetivos, y que puso inmediatamente en práctica.

Lo expresó a su manera, en versos asonantes algo forzadas.

-Encontrar con quien luchar/es, para un militar, imprescindible./De otra forma es imposible/llegar a tiempo a general.

Dicho y hecho, pues. Habiendo asimilado las enseñanzas de que el enemigo no se decidiría a atacar, si no se le mostraba debilidad, se dedicó a difundir a troche y moche que el Ejército al que el potencialmente indómito Carmelo pertenecía, como soldado raso ya con posibilidades de ascenso a cabo de línea por su aplicación en la cocina, tenía múltiples carencias.

Lo hacía en internet, que es el medio más cómodo e inmediato para propiciar la rápida expansión a cualquier idea, por inconsistente, descabellada o estúpida que parezca; qué digo, especialmente si se trata de ideas inconsistentes, descabelladas o estúpidas.

No tenía Carmelo grandes conocimientos de informática y criptografía -aún no se había llegado a impartir esas enseñanzas, que correspondían al segundo semestre-, por lo que resultó detectado, con nombres y apellido, a la primera de cambio.

Le hicieron un consejo de guerra, pero el tribunal militar, que le estaba juzgando por revelación de secretos, encontró que, en realidad, no había habido ninguna, y encontró a Carmelo únicamente débil mental, expulsándolo de la milicia.

Carmelo Rospiciano no se rindió. Convencido de su inquebrantable vocación, ahogado en bélico pero sano espíritu, y, sobre todo, deseoso de hacer carrera como fuera, se declaró en guerra contra el mundo.

Quería, a base de ganar batallas, ir ascendiendo, paso a paso, a cabo primero, a subteniente, a capitán general. Si no lo querían en otro, lo sería de su propio Ejército.

¿Cuáles serían esas batallas? Tras somero análisis, encontró que no le faltarían jamás.

Carmelo, tan convencido poeta como militar, se concentró en objetivos que estuvieran al alcance de su reducido ejército, ya que era muy consciente de que solo contaba con un elemento y que su capacidad armamentística era harto limitada.

Se dedicó, por ello, con esforzado empeño y persistente ánimo, a detectar cuantas infracciones que veía en su ciudad, y, si viajaba, en cualquiera de sus desplazamientos. Ejemplos: Automóviles conducidos por egoístas que no respetaban las señales de tráfico ni los pasos de peatones y bicicletas, comunidades de vecinos y particulares abyectos que no hacían correctamente la recogida separativa, tipos ayunos de dotes artísticas que ensuciaban con sus estúpidos grafiti las paredes de edificios y hasta monumentos, construcciones irregulares de cerramientos, terrazas, vallados, casetones…

Había millares de casos, por lo que en poco tiempo confeccionó un dossier de acciones bélicas que, por su extensión, podría estimarse, a su escala, prácticamente inconmensurable.

Preparaba Carmelo sus actuaciones concienzudamente y, luego, amparándose en su astucia y en sus conocimientos de ocultación, felizmente aprendidos en el primer semestre en el que había pertenecido al Ejército del país, pinchaba las ruedas -tres o cuatro, según la magnitud que apreciaba en el daño o la culpa- de los automóviles de los infractores, esparcía más o menos porquería en los portales y descansillos de las comunidades incumplidoras, adornaba con pintura indeleble las propiedades de los grafiteros pillados in fragante y, si no las tenían, los ponía perdidos de amarillo con la brocha.

No se quedó ahí. A medida que se ascendía, encontraba más y más motivos para guerrear, ampliaba su campo de batalla, con más enemigos -del orden, de la ética, de la cultura, del respeto, de la naturaleza, del aire, de los animales, de…-y se encumbraba, vencedor, más y más en la escala de gradación.

Llegó a capitán general, vaya si llegó. Con una estupenda hoja de servicios.

Poco más se sabe de él, salvo que anda por ahí, siempre dispuesto a declarar la guerra, aunque ya no pueda ascender más, pero sí otorgarse medallas, bandas de méritos, laureadas y poemas épicos que se auto-dedica, hasta que decida retirarse.

FIN

El texto perdido del Discurso de Navidad del Rey Juan Carlos

La Casa Real acaba de informar que se ha encontrado el discurso que se había preparado para que el Rey Juan Carlos lo pronunciara con motivo de la Navidad de 2013. Al darle ahora difusión, pide disculpas por haberse tenido que improvisar apuradamente un texto alternativo, en el que se han tenido que utilizar recortes de los mensajes de años anteriores.

A continuación, se recoge el texto perdido (y que, según parece, se había traspapelado entre los envoltorios de los regalos de Papá Noel, fiesta que la Familia Real viene celebrando en lugar de la de los Reyes, desde que el príncipe Felipe descubrió que los Reyes eran, en efecto, los Reyes).

“Queridos compatriotas:

Seré especialmente breve este año. Se bien que pocos estaréis viéndome ante la Televisión, porque, con razón, después de haberme oído repetir las mismas ideas, preferiréis dedicar vuestro tiempo a otra cosa. Tendréis ocasión mañana de conocer lo fundamental de lo que voy a decir, y comentarlo entre vosotros, porque el día 25 de diciembre no hay fútbol.

Los tres temas de que quiero hablaros son éstos: la imputación de mi yerno Ignacio Urdangarín (yo nunca lo llamé Iñaky) y, por lo que me han filtrado, la de mi hija Cristina; la intención separatista de bastantes catalanes, que quieren formar un estado independiente, y, por supuesto, republicano; y la incapacidad de la economía española para recuperarse.

Se que la mayoría de los españoles sois republicanos, así que me he preguntado muchas veces porqué se soporta un Rey, que es una figura anacrónica, como lo prueba el que solo se mantiene en algunos países subdesarrollados -económica o mentalmente-, como Inglaterra, Suecia, Holanda, Bélgica y ciertas antiguas colonias africanas europeas. No lo sé, la verdad. Tal vez la razón principal es que las alternativas no os convenzan, o que, sencillamente, os guste creer que tengo sangre azul y que poseo poderes especiales. Como los españoles, en general, son gente muy crédula o muy confiada, no me extrañaría cualquier cosa.

He puesto en la página web de la Casa Real la comparación entre lo que cuesta un Rey y un Presidente de la República, y, como veréis, los costes están más o menos equilibradas. Lo comido por lo servido, vamos. Lo que no me negaréis es que un Rey farda más. Y aunque, en mi caso, he tenido que ayudar a varios miembros de la familia, tanto de la mía como de la mi mujer, tampoco en eso veo el asunto diferente a lo que han hecho cientos de presidentes republicanos. Pero que nadie crea que me estoy defendiendo, las cuentas están claras y guardo los justificantes. Con todo, mi puesto está permanentemente a disposición, y hasta, cuando lo comento con Spottorno, me maravilla el tiempo que este reinado está durando, para lo que se acostumbra aquí-

No quiero que nadie se haga la ilusión de que Cristina va a ir a la cárcel. Hasta ahí podíamos llegar. Ni siquiera voy a consentir que enchironen a mi yerno. Ya está bien de tonterías. Se que está trabajando mucha gente importante para que esto no suceda, y tengo confianza en Roca para que movilice sus contactos, y, allí donde haga falta, ponga el énfasis jurídico adecuado.

No juzguéis y no seréis juzgados. Lo que hicieron puede sonar mal a algunos, pero es lo que hace todo el mundo que tiene alguna influencia. Si este país ha querido tener una familia real, tiene que asumir que, con discreción, que es lo que se estaba haciendo, íbamos a aprovecharnos del puesto. El fallo no ha sido nuestro, sino del sistema. Pero ojo, que nunca se sabe cómo pueden acabar las cosas. Se que hay grupos de fieles que están dispuestos a acudir a utilizar la fuerza, lo que a mí, como comandante supremo del Ejército no voy, en este caso, a intentar controlar. No me va a temblar la mano en defender la inocencia y honor de mi familia hasta el final y, ya sabéis, que soy un buen tirador.

Respecto a los catalanes separatistas, encuentro que, en este tema también, ya son ganas de tocar las narices. ¿Qué se cree ese grupo de funcionarios, que pueden pasarse por alto la Constitución, que todos hemos jurado? Aquí no se va a hacer ningún referéndum, porque ya tenemos las encuestas periódicas que hacen el CIES y las agencias de opinión.

Hay viajes para los que no se necesitan alforjas. Todos tenemos claro que los españoles quieren ser independientes, trabajar poco y ganar campeonatos mundiales, preferiblemente de fútbol. Los dos últimos objetivos están prácticamente cumplidos (aunque debo reconocer que no trabajan, pero tampoco cobran). En cuanto al primero, IKEA ha hecho un gran avance para que todos se sientan cómodos en su casa, incluso los catalanes. Pues que se atengan a las consecuencias, porque va a haber felpudos para todos.

Me queda el tema de la economía. Lo tengo clarísimo. En eso, pienso que es hora ya de que os caigáis del pino: no hay trabajo para todos, máxime desde que las mujeres se empeñan en trabajar. El trabajo que hay, es lógico que esté mal remunerado, porque donde había un puesto de trabajo, ahora, con suerte, hay dos, y se ha reducido lo que se paga por cada uno a bastante menos de la mitad. No se tanto de economía como De Guindos o Montoro, pero hasta el más tonto sabe que los puestos importantes están cubiertos y no es posible acceder a ellos para la mayoría. El mundo globalizado ha permitido que casi cualquier producto se pueda hacer en países en donde la mano de obra es baratísima y se pueda transportar casi en el día hasta donde se desee.

Así que lo único que puedo deciros es que tenéis que apretaros el cinturón, y no se hasta cuándo, porque no veo que el panorama va a cambiar. Eso sí, como España es un país católico, mayoritariamente la gente irá al cielo.

En fin, feliz Navidad a todos, tanto escépticos como creyentes. Y si queréis encontrarme, ya sabéis dónde estoy.

(El discurso se acompaña con la canción “Resistiré”, del Dúo Dinámico, con intérpretes reales)

El arte de la guerra y el trazado de nada sutiles líneas rojas

Supongo que los chavales más belicosos de cada centro de enseñanza siguen trazando líneas en el suelo y amenazando con golpear al entrometido hasta la muerte si se atreve a traspasarla. Por los más fútiles motivos.

Hace tiempo que no me acerco a los Institutos y Colegios de donde deduzco, por lo efectos exteriores que contemplo, que se ha avanzado bastante en conseguir desorientar a jóvenes y jóvenas sobre lo que se espera de ellos en el más allá de las aulas, pero apostaría doble contra sencilla a que los viejos hábitos con los que se consigue auto-perfeccionar, sin ayuda de nadie (perdón de la redundancia) los comportamientos agresivos, se mantienen incólumes. No en vano forman parte de la esencia de la especie.

Nacemos preparados, con la espada bajo el brazo, para el arte de la guerra, Y, ay de los que no tengan el filo siempre a punto.

El actual presidente de los Estados Unidos más numerosos (por ahora), Barak Obama, está demostrando un dominio supino del arte de la guerra que parece, por su perfección, sacado de los libros orientales y haberlo experimentado en los patios de colegio de barrio multirracial.

Porque se ha especializado en trazar líneas, que me recuerdan poderosamente a las que los bravucones del Colegio de pago al que fui (con beca) dibujaban con la punta del zapato en la arena, acompañadas de un escupitajo.

-“Si te atreves a pasar de aquí, te ostio” -acostumbraban a decir, asustando a los más pequeños o más débiles.

Y resulta que luego, las atravesabas y no pasaba nada.

-“Por esta vez, pase. Pero, a la próxima, ya verás” -era la revisión de la amenaza con la que se tranquilizaban a sí mismos para justificar el incumplimiento de una regla que se habían imaginado y que maldito si interesaba a nadie que se cumpliera.

El lector puede estar pensando que me refiero exclusivamente a la amenaza de Obama de castigar con ciertos imprecisos males del infierno al gobierno sirio si se comprobaba que habían empleado armas químicas contra la inocente población civil (por cierto: la población civil es la única que merece tal apelativo en las crónicas de la guerra). Puede que también piense en el mantenimiento de un oscuro sistema de ayudas sociales en un país con el mayor número de hambrientos contabilizados de todo el orbe civilizado (si es que existe tal Utopia; la de la civilización, aclaro).

Pero se equivoca si me atribuye tal simpleza. El mundo está plagado de líneas rojas. Y, por esta vez, la línea roja a la que dedico este Comentario está trazada para proteger la sociedad del bienestar de la Unión Europea. Y no es solo imaginaria, tiene ribetes muy reales. La defendemos con alambres de púas, con patrulleras, devolviendo a los que consiguen superarla al punto de partida (como en el juego de la Oca) y, si hiciera falta, no me cuesta trabajo creerme que se agujerearían a los que se acerquen a ella los botes salvavidas con disparos al aire (que es lo propio, tratándose de balsas inflables).

Tanto esfuerzo es, por los resultados, inútil. No evita que, en esta época de penuria, aumente de forma constante el número de desarrapados que superan las líneas rojas, ocupan las calles, se instalan en las esquinas, llenan los poblados marginales de las ciudades y, ayudados por empresarios y particulares que no me atrevo a calificar de caritativos, llenan espacios de la cada vez más amplia economía sumergida.

Son zombis del desarrollo, de la globalización, de la superación de la lucha de clases que distinguía el proletariado de los capitalistas, por la confrontación entre el precariado (la palabra no es mía; y lo lamento, porque es una joya semántica), y los amedrentados, en beneficio de la estabilidad y crecimiento de los beneficios de unos pocos, ahora ya, gracias a la internacionalización (no la Internacional, otra cosa), ubicados en los paraísos fiscales, mayoritariamente.

Aparentemente, son solo los inmigrantes irregulares, y los que intentan serlo, los que se esfuerzan en traspasar, obstinadamente las líneas de colorines con las que pintamos el mar Mediterráneo, delimitamos las fronteras de Schengen, incluso las que habilitamos como zonas de protección, con la colaboración de países bastante pobres que dicen ser amigos porque aspiran a recibir mejores tajadas de lo que aún envidian, porque no ven el espejismo de nuestra prosperidad.

Son líneas imaginarias, sutiles, inexistentes en realidad, porque han sido definidas con una bravuconería de golfo de instituto que no podemos defender.

Deberíamos darnos cuenta de una vez que solo hay una sola actitud posible, y no es de defensa, sino de cooperación: no consiste en trazar líneas rojas, ni apabullar con voces y gritos, ni, mucho menos, manejando las armas.

Si nos creemos la globalidad, solo ganaremos esta guerra aceptado cuál es el enemigo. La falta de solidaridad, la trampa de la globalización, el despilfarro y el acaparamiento ilícito de recursos. Se gana con solidaridad, con ideas, con apoyos recíprocos y, también, con el reconocimiento de que es una tarea de todos. E implica prestar mayor atención a algunos países, justamente, a los que les hemos estado sustrayendo recursos para nuestro desarrollo, y no aplaudiendo a los que trazan aquí y acá rayas que solo duran recién pintadas mientras no se traspasen en tropel por los que están teóricamente al otro lado.

Mi Diccionario desvergonzado (5): abogado, crisis, ejército, economía sumergida,

abogado: Profesional del derecho que defiende los intereses ajenos en los Tribunales de justicia, exponiendo fundamentadamente las razones de sus clientes y las suyas propias ante jueces y colegas (estos últimos, argumentando con idéntico ardor desde la posición contraria a la suya) y que está acostumbrado, en la medida en que acumula experiencia práctica, a ejercer, sin pretenderlo, la justicia gratuita y a someterse disciplinadamente a los dilatados plazos que necesitan sus Señorías para analizar los argumentos presentados. Como medida de supervivencia, viene también obligado a explicar posteriormente a sus representados y a sí mismo, por su propia estima, como productos del azar y, en no escasa medida, de la ignorancia y desinterés ajenos, los eventuales resultados negativos, que encontrará sistemáticamente contrarios a la lógica y producto de la desestimación injusta de la ordenada e irrebatible presentación de los argumentos alegados por él, con wl objetivo disculpable de animar a sus clientes a que le abonen las minutas, por constituir esos ingresos su único medio de malvivir. Ver también: minuta, juez, Justicia, justicia gratuita, azar, litigio.

crisis: 1. Situación normal, de carácter estructural, de la economía de mercado, que es utilizada periódicamente por las Administraciones públicas para aumentar la presión sobre las clases medias y descuidar la atención de los más desfaorecidos por la fortuna. 2. Oportunidad para los que más tienen de aumentar su riqueza o el control que ejercen sobre las propiedades, bienes y rendimientos colectivos. Ver también: banquero, paro, trabajo.

Ejército: 1. Institución tan antigua como la naturaleza humana, inventada para apropiarse de las propiedades ajenas utilizando excusas muy variadas, y que ha evolucionado, en los países autodenominados civilizados, para derrocar mandatarios en países con recursos naturales por explotar, empleando armamentos muy sofisticados, actuando después, de manera que se pretende idónea, como Escuela de formación profesional del Estado derrotado, preparando el ambiente, en general, para la guerra civil. 2. En algunos países, empresa deficitaria que genera masivamente empleo muy jerarquizado, con fines prácticos poco conocidos. Ver también: burbuja, Ministerio de Defensa, derrocamiento.

Economía sumergida: Parte de la economía real que contribuye de forma eficaz a crear una cantidad muy estimable de empleo y riqueza que se substrae al control de la Hacienda Pública, sin que, hasta el momento, se le haya encontrado sustituto equivalente, gozando de aprecio generalizado. Ver también: Economía real, Hacienda Pública, impuestos.

(continuará)