Guía para ingenuos

Ganó Pedro Sánchez las elecciones internas para militantes en el Partido Socialista español. Lo consiguió en una dura pugna contra la candidata andaluza, Susana Díaz, que, al parecer, representaba la recuperación del control por la gerontocracia del partido, y todo se llevó a cabo bajo la observación terciaria de Patxi López, que se esforzó en representar las quintaesencias de una socialdemocracia tan rancia como entrañable.

Hemos estado siendo bombardeados por los exégetas con multitud de cábalas, y extracción de consecuencias según los posibles resultados y análisis fino y grosero de lo que había detrás de cada una de las facciones de lo que otrora fue la alternativa a la gran potencia atractiva de la derecha española.

Creo que Sánchez es, y coincido con los que hablan desde la nostalgia por recuperar la capacidad de convicción de la socialdemocracia, la mejor alternativa de las que se presentaban a la elección. Díaz solo ganó en Andalucía -que mantiene la tercera parte de la militancia-  y López solo en el País Vasco, lo que demuestra el poder de la simpatía territorial para un partido que aspira a seguir representándonos a todos los españoles a los que nos apetece, de vez en cuando, probar un aire fresco desde las ventanas de la izquierda.

Pero la elección de Sánchez por la militancia del PSOE no tiene nada que ver con ganar unas votaciones generales. Sus exigüos 50.000 votos de gentes con carnet no son la proyección de los deseos de los 10 u 11 millones de españoles que deberían elegir PSOE en la casilla, cuando nos llamen a todos a las urnas. En mi opinión, la calamitosa escenificación de esas primarias socialistas ha provocado un mayor espanto en las posibles inclinaciones por votarlos como alternativa.

Por supuesto, el asunto no tiene nada que ver con Sánchez, al contrario. Ese Sánchez resurgido desde sus vaivenes anteriores, y como él mismo confiesa, ha aprendido. Su simpatía personal, el gusto patrio por los que han sido vencidos y vuelven con heridas al tatami, ha sido superior al alcance que podía esperar de su programa que, como no se cansa de decir Josep Borrel -dice éste que lo ha elaborado en lo fundamental- existe y es interesante.

Pues, a trabajar. Que Sánchez y los que le queden como suyos, dejen de mirar a derecha e izquierda (en caso, este último, que el magnífico manejo del martillo por parte de Iglesias pueda asociarse a una ideología) y difundan, con honesta seriedad, lo que van a hacer cuando obtengan el gobierno. Lo que no veo imposible, sino heroico.


Una avefría surca, asustada, el cielo castellano,  dando gritos de advertencia y temor ante el intruso. En el suelo, con su penacho, son inconfundibles. En el aire, sino se las ha visto elevar el vuelo (siempre en tropel) desde la laguna en donde anidan, sus características diferenciadoras son más difíciles de detectar.

 

En Marche, l´Espagne!

A pocas fechas de consumación del penúltimo acto de la debacle socialista -me refiero a la posición ideológica ocupada, hasta ahora, por el PSOE-, no me parece descabellado mirar hacia la vecina Francia y, sin necesidad de acudir a la repetición de los argumentos ya ampliamente expuestos por quienes defendieron o abominaron del apoyo desde las trincheras de la izquierda al Cid Campeador Emmanuel Macron, poner de manifiesto ciertos aspectos de nuestra circunstancia política.

Primero. No tenemos, benditos sean los dioses de esta aldea, ningún Frente Nacional, ya caídos todos sus representantes más genuinos en la catarsis ideológica post-franquista. Las insinuaciones, por parte de quienes desean construir un catecismo desde el populismo ramplón, de que nos encontramos en una “excepción democrática”, no pueden ser compartidas en absoluto por quienes estamos viajados, conocemos mundo, y sabemos mirar sin anteojos al fondo del argumentario de los que quieren arrebatarnos santos y peanas sin más apoyo que su ardiente palabrería.

Segundo. El gobierno de Mariano Rajoy tendrá muchos defectos, pero no carece de puntos de solidez que, a falta de alternativas, se han convertido en nuestros mejores puntos de apoyo colectivos. Lo están demostrando las preferencias en las encuestas y lo consolidan, pese a quien pese, las discusiones vacías en el Parlamento y las exuberancias verbales y la repercusión, cada vez más débil, de las movilizaciones callejeras a favor de pedir y no comprometerse.

Tercero. Encuentro analogías entre Macron y Rivera (Albert), salvo que el cartucho de Ciudadanos ya está quemado o se mojó. Lo quemaron o mojaron todas las demás fuerzas, vientos y vientecillos políticos. Cuando el hoy postulante a dirigir el PSOE de las facciones, Sánchez (Pedro) firmó un acuerdo de mínimos con Rivera, en la ilusa aspiración de que se abstuviera el PP de Rajoy, lo quemaron los que desconfían de cualquier representación de la derecha en la que no militen las viejas familias. Cuando el veleidoso Iglesias (Pablo junior) se salió por peteneras auto-nombrándose vicepresidente en su propuesta pública, estando el entonces Secretario General del PSOE presentando aún al Jefe de Estado su intención de postularse para Jefe de Gobierno, la antorcha incendiaria la enarboló aquél.

Cuarto. Lo mejor del Partido Socialista Español  (tengo reparos en ponerle la O) en estos tiempos de desorientación opositora, para este modesto observador, ha sido su gestora y, dentro de ella, Javier Fernández. Estuvo serio, firme pero también conciliador, comprometido con una historia común y árbitro impecable con las estridencias y desafueros de sus colegas de partido. Se dice de él que es mejor gestor que parlamentario, aunque esas voces provienen de quienes menos lo conocen, y pretenden, al juzgarlo así, menospreciar su carrera política. Hubiera sido, para recomponer su partido, la mejor opción. Patxi López, a su lado, parece un imitador.

Quinto. En este momento, y lo digo desde el pragmatismo, “No, tiene que adaptarse a ser, según los casos, Sí, Ya Veremos, o Mejor acepta tú mi propuesta”. Aconsejo, a quienes tengan dudas del camino a tomar, que escuchen con atención la grabación de los esperpénticos comentarios que el profesor Verstrynge, ciudadano de doble nacionalidad española y francesa -quien incluso apeló a su pasado fascista para defender su actual conocimiento de la situación-, por los que defendía que habría que abstenerse de votar a Macron.

Sexto. No estamos en situación de emergencia nacional (al menos, no todavía y, para mi tranquilidad, no veo atisbos de que arribemos a tal situación), pero me gusta adoptar el lema del flamante Presidente de la República Francesa, como llamada de agrupamiento a quienes no saben qué camino tomar. “¡Adelante, España!”, “¡Ante todo, España!”. Es un grito patriótico, en efecto, pero se ha vuelto a poner en valor ser patriota. Si las naciones que tienen más peso económico y sociológico que los españoles apelan a las esencias históricas, sin renunciar a manifestarse -en esta parte del escenario- europeos y globales, no necesito más razones para enarbolar la misma bandera, para defender los intereses de mis conciudadanos.

Ya habrá tiempo para reconstruir todo lo demás.

La cuarta dimensión

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Contra todos los pronósticos que se hacían desde nuestro pequeño país, y a despecho de las buenas vibraciones que le enviaban a su opositora casi todos los responsables de las ejecutivas europeas, Donald Trump será el nuevo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

La campaña que le llevó a encumbrarse como máximo dirigente del país aún más poderoso de la Tierra ha sido incomensurable. Defendió Trump, y no solo metafóricamente, la necesidad de establecer barreras frente al mundo exterior para conseguir reactivar la economía norteamericana con los mimbres estrambóticos de hacer que las grandes empresas paguen menos impuestos, expulsar a millones de irregulares que hacen el trabajo sucio, reducir las ayudas al desarrollo internacional a países en los que se fomentan las guerras civiles y olvidarse de majaderías reconocidas por la comunidad científica como los males de la contaminación industrial y las consecuencias catastróficas del deterioro del medio ambiente.

En sus discursos,para conseguir ocupar de manera convincente las primeras páginas y los prime time de todos los media, incluidas las conversaciones en círculos privados,  insultó a rabiar a la candidata demócrata, Hillary Clinton (a la que trató de enferma mental, de incapaz, de filtrar secretos de estado), a los mexicanos -en las propias barbas de su presidente-, a los inmigrantes regulares y clandestinos (sin apreciar que su mamá era escocesa y sus abuelos, alemanes), a los musulmanes (a los que confundió con terroristas), a las mujeres (a las que presentó como proclives a sucumbir sexualmente ante los encantos del dinero)…Destruyó con un par de martillazos la imagen de cooperación internacional y no tuvo problemas en cuestionar la defensa de los valores democráticos y, sobre todo, de ayuda social, de los que Barak Obama, el presidente saliente, había hecho su estandarte. Negó el cambio climático…

59.182.321 de norteamericanos no pueden estar equivocados, sin embargo. Son, desde luego, unos cuantos votos menos de los 59.349.282 que consiguió la candidatura derrotada, que, dada la magnitud de la cifra, tampoco pueden estarlo. Así que el bipartidismo ha generado su monstruo perfecto: han aflorado nuevamente las dos caras de la bifronte nación americana.

El elefante y el burro tienen otra vez la misma fuerza, pero esta vez el candidato ganador no tuvo necesidad de aparentar que las dos opciones se acercaban a un punto medio. Trump  pudo mostrarse tal cual es, sin ambages, ahondando en el precipicio entre republicanos y demócratas. ¿Por qué iba a utilizar la politica? ¡El es un empresario de éxito en el país de las oportunidades!. Eso le permitió ser mentiroso, despótico, despreciativo de los políticos, antisistema, reaccionario, incoherente, defraudador, misógino, xenófobo, etc. Su exceso de munición dejó la pantalla de juego llena de agujeros en su caza de marcianitos.

Ni siquiera puede objetarse nada contra el sistema electoral de ese curioso super estado que, utilizando una modalidad del strip póker, permite atribuir todos los escaños que corresponden a cada uno de los 50 estados que lo componen, a la candidatura más votada en él, lo que permitió a Trump obtener 290 escaños en el Congreso frente a los 232 de Hillary Clinton. ¿Quién se atreverá ahora a criticar al país que es modelo de democracia, paladín de la defensa de los valores occidentales?

Para los que estamos convencidos, por las evidencias anteriormente acumuladas por la Historia, que hay una cuarta dimensión física desde la que actúan las poderosas fuerzas de lo ilógico, lo acaecido no  es sino una prueba más de su existencia. Suceden así las cosas porque se trata de hacer  el camino de la Humanidad hacia su autodestrucción, más entretenido. Ya se sabe que las películas con desastres, villanos pésimos, malos con doble fondo sentimental, buenos inocentes y torpes, mujeres exuberantes, tipos con tupé, lacrimales para cocodrilos, sufrimientos inesperados, muertes súbitas, caídas de resbalón, son más divertidas.

Utilizo, en fin, como ilustración de este Comentario una sección del Cuadro “La cuarta dimensión”, justamente aquella en la que he representado a una joven que está haciendo el ejercicio intelectual de penetrar en ella. Es una pintura mixta (óleo y acrílico), de gran formato para lo que yo suelo hacer, y relativamente reciente (2014). Sobre la mesa, se encuentra la banda de Moebius y la botella de Klein. La representación sobre un plano de un cubo de cuatro dimensiones es sugerida desde la misma tabla en la que apoya su brazo la pensadora. (1)

No le tengo miedo, por supuesto, a Trump. Estoy lejos para respirar de su aliento y soy mayor para que me asuste un fantoche. He oído su discurso de ganador y también el de Clinton, defendiendo la necesidad de apoyarlo, en virtud de los valores democráticos, el reconocimiento del vencedor y sus argumentos sobre la defensa de los suyos, y todas esas cosas que hacen llorar a los simpatizantes y bramar de alegría a los seguidores del victorioso.

Es curioso, por cierto, que Hillary haya tenido tantos apoyos relevantes (aparentemente) que resultaron inútiles, en tanto aparecía que su contrincante se movía solo por los escenarios iluminados llenos de lentejuelas de los diferentes Estados.

Pero, en verdad, no estaba solo. Faltó ver la cuarta dimensión, aquella en la que se mueven las fuerzas de lo ilógico para todos los que solo nos obstinamos en ver desde las tres dimensiones. Allí, en la cuarta, moran los intereses económicos más poderosos, las voluntades de poner trabas en las ruedas del avance social, los que alzan muros de incomprensión ante las voluntades de acceder al bienestar por parte de los más débiles.

También están allí los que se encargan de convencer, con argumentos cuya coherencia no se sostiene intelectualmente, a los suficientes millones de votantes indecisos, perdidos en el bosque de la complejidad de los intereses, y que otorgarán, con su decisión contra natura, desafiando lo que aparecería como lógico, la presidencia del país que aún es el más poderoso de la Tierra a uno de los demiurgos que conectan la cuarta dimensión con el mundo real.

Donald Trump, congrats. You won; how much we lost with your victory?

(1) La idea ya la recogí en otros comentarios de mi amplia producción literaria. La banda de Möbius es un falso objeto tridimensional superficie, ya que puede recorrerse de cabo a rabo con un bolígrafo, sin necesidad de levantarlo de ella. Se consigue uniendo los extremos de una cinta, girada sobre sí misma. La botella de Klein es una botella que no es capaz de contener ningún líquido, porque, aunque aparenta estar cerrada, se vuelca sobre sí misma. Se la puede construir hundiendo, por ejemplo, el fondo de una botella de las de sidra o cava y estirándolo hasta que, una vez se haya atravesado uno de los laterales, se le haga conectar con la boca del recipiente.

En cuanto a la representación en el plano del cubo de cuatro dimensiones… lo dejamos para otro día, ¿no?

El progre en la playa

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En 1977, el gobierno de Adolfo Suárez convocó las elecciones generales que supusieron la reapertura del melón (o de la calabaza) de los comicios libres en España, cuyo resultado propició que un año más tarde se redactaría la Constitución aún hoy vigente. Con el estado de  ánimo de aquel momento (supongo que sería verano, por el asunto), pinté un cuadro al óleo, de pequeñas dimensiones, que titulé “El progre en la playa”.

Afinando la vista se puede ver, en el centro de la escena,  a un bañista que porta una bandera roja entre los cuerpos de una playa abarrotada, ante un oleaje que, por su encrespamiento, parece no invitar precisamente a darse un chapuzón.

Al contemplar hoy el cuadro (dejando al margen su valor pictórico, que no me atrevo a juzgar), no puedo evitar una sonrisa, desde la edad, al preguntarme bajo qué supuestos me sentía identificado con el abanderado. Treintañero, casado y con un hijo (mi esposa embarazada del segundo), si me veía de paseo altanero por una playa llena de gentes entregadas al descanso, la exhibición de mi progresía, reflejo en efecto de mi comportamiento en la vida real, no dejaba de ser un ejercicio perjudicial para mis posibilidades profesionales.

He cumplido con bastante exactitud mi programa vital de aquellos años, y, desde luego, puedo afirmar con orgullo que nunca me han faltado enemigos, ni zancadillas, ni empujones para hacerme trastabillar. Sigo enarbolando la misma bandera -tal vez, algo ajada y con ciertos desgarros-, y, como prueba de que no se trataba de conseguir adeptos, sino de exhibir mi independencia, me puedo jactar de que no he pertenecido jamás a ningún grupo político.

Paseos por la playa no dejé de dar. Por eso, en estos últimos cuarenta años he visto sucederse regímenes políticos con opciones teóricamente distantes, caer estrepitosamente a ídolos encumbrados al quemarse sus alas de cera, ascender a otros por los que nadie apostaría un duro y, en mi batiburrillo vital, por fortuna, conocí a mucha gente interesante (casi siempre, anónima).

Mi tarjetero tiene unas pocas tarjetas de visita de personajes de los considerados importantes. Las personas de mi entorno escolar y académico que llegaron a ser ministros, o presidentes y ejecutivos de primer nivel de grandes empresas fueron escasos, y de ellas, no necesité acumular tarjetas. Por mis diversas trayectorias profesionales, sin embargo, he venido recogiendo tarjetas y tarjetones de quienes, cuando se cruzaron conmigo, se creían en el camino para llegar a serlo y unos pocos, ya habían llegado a su cima.

Parodiando a Emilio Botín, que lo expresó en otro contexto y con diferente intención, “gente excepcional, realmente excepcional, me crucé con muy pocos”.

No se si vendrá a cuento para el lector amigo, pero me apetece conectar esta reflexión con otra, muy actual. Los media españoles se ocupan profusamente hoy, 8 de noviembre de 2016, de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Existe, al parecer, incertidumbre respecto al triunfo de la candidatura de Hilary Clinton, propuesta por el partido demócrata. Las encuestas reflejan obstinadamente la cercanía del candidato republicano Donald Trump.

Si nos atenemos a la presentación escueta que se nos hace de ambos candidatos, con regularidad apabullante, el ciudadano español puede imaginar que la tesitura a la que se confronta al votante americano es la de elegir entre un magnate enajenado y una rica elitista.

Vista desde la distancia, la situación no parece sino una representación más, adobada con un fuerte impulso crematístico (más de mil millones de dólares ha empleado en la campaña la representante de la saga de los Clinton, y casi ochocientos millones el xenófobo más histriónico de la Historia) de lo que llama Bauman “exarcebación del miedo al extraño”, esto es, a lo desconocido (entrevista de Gonzalo Suárez, El Mundo, primer domingo de este noviembre).

Los votantes de Trump deben sentirse atraídos por la defensa y, en su caso, el alzamiento de las murallas que preserven su actual bienestar, sus negocios y sus empleos, aunque para una minoría cualificada sea simplemente un trabajo miserable. Lo extraño, para ellos, sería la entrada de más emigrantes, la polarización hacia la incipiente recuperación económica de una horda de pobres del mundo, excesiva para la capacidad de absorción que suponen tiene la economía americana.

Los votantes de Clinton -¡ay!- desean que las cosas sigan como están, y que se mantengan las murallas invisibles que preservan su actual bienestar, sus negocios y sus empleos, aunque para una minoría cualificada sea simplemente un trabajo miserable.

Ambos tipos de votantes ignoran cómo se mueve la economía y, si algo entienden de ella, es que hay que defenderse del enemigo, teniendo armas en casa (por si acaso) y potenciando la industria de armamento (y si el enemigo no existe, habrá que crearlo).

Nada habrá, pues, de cambiar en lo sustancial, y las campañas no son más que una parte del espectáculo, con su coreografía y tal, siendo lo importante no lo que se dice, sino cómo se dice.

En relación a lo que pueda afectarnos a nosotros, los españoles, es tan seguro que Donal Trump no ganará -perderá por poco, y se enredará en reclamaciones en varios Estados que harán los setenta últimos días de Obama más divertidos- como que nada cambiará para España. La constante del comportamiento norteamericano con nuestro pequeño país  es ignorarnos, salvo para venir de vacaciones y comprar espadas y disfraces de torero que serán útiles en Carnaval.

No creo que Estados Unidos de Norteamérica sea ejemplo de democracia ni de sensibilidad mundial, pero, teniendo reciente el resultado de las elecciones en España y viviendo aún la calentura mental que provoca la debilidad del ejecutivo para conseguir sacar las cuestiones principales adelante, se me ocurre plantear esta pregunta:

¿Hace falta alguna cualificación, apoyo económico especial o toque de varita milagrosa para ser presidente o ministro de gobierno en España?

Supongo que la respuesta ha de ser que sí, pero lo ignoro. No se siquiera la influencia que hayan podido tener los millones defraudados al fisco por los partidos (a la cabeza el Partido Popular) para compensar por la vía de la apropiación indebida la escasez de subvenciones a las agrupaciones políticas.

Desde 1977 hemos tenido en España 190 ministros, y la probabilidad de que, elegido al azar, un español alcance tal categoría, es casi infinitesimal. Tampoco mejora mucho el ratio si tomamos como base muestral el número de titulados superiores; el 40% de los jóvenes entre 25 y 35 años tiene un título universitario: el mayor porcentaje de Europa.

El simpático embajador norteamericano James Costos, que desplegó en España mayores empatías que todos sus antecesores, por su carácter abierto y hasta festivalero, parece sentirse capaz de arriesgarse a entender nuestra idiosincrasia con un par de pinceladas (Condé Nast TRAVELER, Pilar Guzmán, 3 nov 2016): “los españoles son orgullosos y testarudos, lo que es, a un tiempo, una bendición y una maldición”. (1)

Como ejemplo de testarudez, cuenta, cuando preguntó si podían hacer una capa española más corta y con menos volumen de la que le ofrecía la prestigiosa firma Capas Seseña, le contestaron. “No, no las hacemos”. Esta y otras virtudes de lo español le han hecho entendernos y querernos, dice.

Yo no voy de capa, pero sigo dando vueltas con mi bandera. Y si me encuentro a Mr. Costos en mi paseo, llevando él la capa (y puede que hasta una espada), lo saludaré, sin evitar que me asalte este extraño pensamiento: ¡Vaya! ¿Se tratará de un progre en la playa?.


La calificación que los españoles merecemos de James Costos (“proud and stubborn”) es muy de agradecer. Mejora incluso, en  mi opinión, la nota colectiva que merecimos de Martin A.S. Hume en 1901 (“The spanish people: their origin, growth and influence”) en la que, por nuestro origen afrosemítico, nos atribuye una “overwhelming individuality”, que nos hace ofrecer una “obstinada resistencia a obedecer a otro, a menos que hablara en nombre de una entidad sobrenatural” (citado por Miguel de Unamuno en “El individualismo español”, dic. 1902)

Viaje circular

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La señora que ocupaba el asiento de al lado en el autobús que nos conducía a la Plaza de Castilla, aprovechó que yo había levantado los ojos de los papeles que estaba leyendo, y me preguntó, con educada dicción: “¿Va Vd. a alguna parte?”

Estaba aún bajo los efectos de asimilar la insólita cuestión, cuando mi acompañante circunstancial me dio una explicación acerca de su propio viaje: “Yo no voy a ningún sitio. Por la mañana, como tengo tarifa de la tercera edad y no me cuestan los viajes, cojo el primer autobús que pasa por mi parada y me voy cambiando de uno en otro hasta la hora de la comida. Así paso el día entretenida y conozco gente”.

Supongo que el propósito principal del “viaje a ninguna parte conocida” que vienen haciendo nuestros representantes en Cortes desde diciembre de 2015, es el de pasar una temporada entretenida y conocer gente. Su exposición pública nos ha ayudado, también, a conocerlos a ellos mejor lo que, lamentablemente, y hablando en general, no significa que hayamos incrementado nuestro aprecio hacia sus personas, capacidades y actitudes.

Está claro que han confundido la trascendencia del momento. No se está negociando un cambio de las posiciones astrales, ni siquiera del paradigma tecnológico (si es que esta combinación de palabras significa algo para el lector), ni la solución global y definitiva a los problemas de la Humanidad. No. Lo que se pretende es que alcancen un mínimo consenso para que un equipo de gentes asuman el Gobierno de los temas de este país, y se conforme una oposición leal y constructiva que actúe de acicate y vigilancia de aquél.

Vamos ya. A mi no me parece que haya que rasgar las vestiduras del templo para aceptar que se abstenga el PSOE, en todo o parte de su bancada, y que siga gobernando el PP, incluso con Rajoy a la cabeza, unos meses más. No veo opciones para un acuerdo precario de coalición Unidos Podemos, Ciudadanos y PSOE que haga a Sánchez presidente por algunos días. Y no me parece serio abocar a la ciudadanía a que repita la manifestación de sus preferencias.

Es deplorable el espectáculo de corrupción y amiguismo que, durante años, han estado representando el PP y el PSOE allí donde les correspondió gobernar. Nos avergüenza a todos. No ha sido tan grave como el contubernio de muchos alemanes con los nazis o de no pocos españoles con el franquismo, ni nuestra sensibilidad colectiva se ha vuelto tan casposa como la de esa mitad de norteamericanos que dicen apoyarán a Donald Trump hacia la presidencia de su país. Seguramente lo que nos pasa, como otras veces, es que nuestros delincuentes, nuestros listillos, nuestros paniaguados y tramposos son menos hábiles, más confiados, más cutres, que los de los países que nos aventajan en defender su civilización y su orden establecido, y le sacan colectivamente mejor provecho.

Sea por lo que fuere, tenemos el país patas arriba, el empleo por los suelos, la economía a la deriva, las instituciones a la greña o en hibernación placentera. Aquí y allá, observamos cómo se abren nuevos casos judiciales que se acumulan a los existentes-incluso algunos afectando a personas próximas a la Jefatura del Estado-. Tanto desorden ha conseguido trasladar al pueblo llano la certeza de que España es/era un cortijo en el que unos pocos se repartían/reparten las prebendas principales. Claro que los demás, por aquello de la subsistencia, procuraban/procurábamos/procuramos hacerse/hacernos con algunas migajas. Qué le vamos a hacer, la crisis económica ha hecho inocultables nuestras profundas deficiencias colectivas.

Si tuviera la solución definitiva para los problemas de nuestro microcosmos hispano, prometo que la aportaría de inmediato. No la tengo y, por más que leo y escucho, no conozco a nadie que la tenga. A veces contemplo con cierta envidia a los que manejan el martillo. Qué gusto tiene que dar, machacar desde el suelo una estatua caída por vencimiento de sus pies de barro, quemar una bandera convencido de que alguien se sentirá ofendido, romper un escaparate y saquear su contenido o plantear una batalla a las fuerzas del orden, con piedras, barras y botellas incendiarias, amparados en un grupo que ha sido convencido de que ha llegado el momento de reivindicar su derecho pacíficamente.

Solo que yo vengo con mi mochila a cuestas, curado de espantos, escéptico como la tabla de lavar. Mi vida, ya larga, me ha enseñado que para conseguir modificar las cosas hay que combinar habilidad, inteligencia y sentido de la oportunidad. He visto caer -sí, también en las garras de la corrupción que previamente habían vituperado con ardor- a unos cuantos que parecían puros, acomodarse a no pocos que habían prometido no cejar, sufrir y padecer a los mejores, abandonados a su suerte por los que los jaleaban.

Jóvenes, verdaderos jóvenes, y aquellos ancianos que los hostigáis, animándolos a que se lancen a una opción de acuerdos contra historia y natura en el deseo de cambiarlo todo, atentos. Aunque no le sepáis expresar bien, lo que intuís es correcto. Tenéis razón, el mundo está corrupto, las instituciones tienen en sí la semilla de la autoreproducción, los controles no funcionan como deberían, las mejores opciones no salen al mercado, etc., pero… por doquier las trampas proliferan  para los ingenuos e incautos.

Es muy lógico que creáis  imprescindible actuar con decisión, romper las cadenas, cambiar modos y métodos. Incluso entiendo que deseéis probar un antídoto fuerte, y apetezcáis lanzaros por el camino de la revolución. Ha de ser agradable -me repito- destruir cuanto apetezca destruir. Salirse del mercado, del orden, de cualquier doctrina.

Por ese instante de sumo placer algunos visionarios han entregado sus vidas en el pasado. Aunque, si os fijáis bien, la mayoría de los que encendieron las mechas fallecieron en sus lechos, tan campantes.

Y hoy, porque aprecio su trayectoria y su inteligencia, quiero invocar a un asturiano que fue víctima de una conspiración combinada de los que le envidiaban, los que le temían, los que no supieron o no quisieron protegerlo teniendo la fuerza para hacerlo, y aquellos no sabían nada de su vida y talante, pero creyeron que matándolo se libraban de un enemigo: Melquíades Alvarez. No es una calle, no. Fue todo un personaje, un intelectual sensato, un político sincero, un caído en la vorágine de una contrarevolución sin objetivos, y la ponzoña de un levantamiento militar con santo y seña.


La foto que ilustra este reportaje es la de un papamoscas cerrojillo. Está inspeccionando la posibilidad de instalar su nido en el agujero de un tronco de árbol. En otras fotos, he captado a su pareja. Imagino la ilusión con la que se asentaron en lo que creían el adecuado lugar. La proximidad a mi ventana me permitió vivir su tragedia completa. Unos días más tarde, cornejas y urracas tomaron posesión del sitio, deshicieron el emprendimiento, desbarataron la previsión de nidada. No volví a verlos.

 

 

 

 

La estrafalaria figura del mandato político

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Durante estos últimos meses de oscurantismo político en España, se está utilizando con profusión, la expresión “por mandato del pueblo”, reforzándola o aderezándola con supuestas variantes: “los españoles han decidido con su voto” o “tenemos la obligación frente a nuestros votantes”, y otras muchas de parecido tenor, con las que sus dicentes pretenden haber obtenido la facultad para hacer, en esencia, lo que les peta.

Esta adulteración del término proviene de una doble confusión. Por una parte, ignorar que el mandato es el período por el que un elegido para representar a una colectividad ejerce la función que se le ha encomendado. No hay mandato, pues, hasta que no se toma posesión del cargo.

Por otra, se ha producido la extralimitación sobre el significado y, por tanto el alcance, del hipotético contrato verbal entre quien detenta el poder (actualmente, en la acepción constitucionalista tipo, el pueblo soberano, al que se atribuye haber decidido con anterioridad que existen valores patrimoniales, funciones de gestión y control que es conveniente encomendar a ciudadanos privilegiados) y aquellos a quienes se delega su ejercicio (los políticos electos, mediante procedimientos consensuados). No es esta encomienda un permiso vacío, amplio o irrestricto; ni siquiera está basado en la confianza que pueda generar la capacidad del elegido, sino que está sujeto a las condiciones de contorno que marcan, conjuntamente, el programa propuesto por el partido correspondiente, y la propia situación a resolver, sea cual fuere su complejidad.

Defiendo, por tanto, que, contrariamente a lo que se está interpretando ladinamente por quienes negocian, en no se sabe ya qué términos ni bajo qué condiciones, la formación de un Gobierno, no hay mandato para actuar libremente, ni patente de corso para ir por las calles de la improvisación que más les apetezcan. En un momento como el que se vive en España, en que llevamos dos elecciones generales y vamos camino de una tercera, sin que exista acuerdo entre los partidos para elegir un presidente de Gobierno, no es la capacidad negociadora de los líderes políticos la que está en juego, sino que se ha puesto de manifiesto la incapacidad de la sociedad para encontrar una solución a las graves crisis que padecemos.

No ha habido ninguna propuesta que resultara suficientemente convincente, y el voto popular se ha desparramado entre varias opciones, sin privilegiar realmente a ninguna.

Por tanto, analizado con frialdad, lo que los españoles han expresado con su voto es, sencillamente, el cumplimiento de una obligación surgida por los usos y costumbres de un estado democrático, que quizá tuvo su sentido -paradógicamente, cuando no había tanta parafernalia puesta en papel- en reuniones o juntas abiertas, en las que todos los asistentes tenían ocasión de expresarse (y lo hacían, con la precisa contundencia). Ese “·derecho ciudadano a votar”, en la actualidad, se ha convertido en una trampa, un engorro o un rompecabezas para el hallazgo colectivo de soluciones complejas en momentos delicados.

Los programas políticos son líneas abiertas sin compromisos claros, propuestas sin alicientes precisos, trucos ideológicos que el líder de turno convierte en base para sus dotes de improvisación. No se debería votar a programas prendidos con alfileres y mal ajustados, para que luego los partidos entendieran que se les ha dado un voto de confianza.

Lo que la disparidad de votos ha demostrado, en suma, es que lo que los ciudadanos hemos emitido, en conjunto,  voto de desconfianza.

Los ciudadanos, en situaciones así, nos vemos sobre-solicitados. No se nos pida que, en tanto que votantes, ofrezcamos soluciones, ni siquiera que sepamos interpretarlas o valorar las que se nos presentan de forma confusa o imperfecta. Incluso, no se espere que abramos en torno a los programas, en un par de meses, un debate constructivo. Ese no se improvisa, ni se construye desde la discusión paritaria, cuando los temas a discutir superan ampliamente lo que cabe esperar del sentido común o del raciocinio combinado de la experiencia y la voluntad. Lo obvio, cuando se propone a un grupo de gentes, sin información ni los conocimientos previos, que propongan una actuación concreta sobre un tema complicado, es que se obtengan múltiples sugerencias, una panoplia de opciones, de las que algunas podrán ser utilizables -previo desbaste y pulido intelectual- pero lo mayoría serán simples elucubraciones.

Nada hay más complejo, hoy por hoy, que dirigir los asuntos de un Estado de los llamados desarrollados, en un panorama general de crisis, con amenazas de extrema gravedad -desde el colapso del sistema capitalista hasta el terrorismo indiscriminado-. No cabe la improvisación, ni apelar a mandatos del pueblo para justificarse. El pueblo no sabe, ni tiene por qué saber. Quiere, pero no puede; no tiene argumentos o soluciones sobre cómo salir de los problemas ni predecir la mejor actuación futura, pero, con razón, donde le duele, protesta.

Grave responsabilidad la de los cabezas de lista de los partidos más votados. No tienen mandato para lo que pretenden, ni siquiera tienen mandato aún para lo que les encomendaremos, que no es sino la imperiosa necesidad de sacarnos del atolladero. Juntos. Es comprensible que duden, que no sepan muy bien qué hacer. Tenían que haberlo pensado mejor antes, Pues que trabajen en ello. Pero lo que no resulta admisible es que, encima, nos calienten la cabeza.

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PS.- Incluyo una fotografía de un aguilucho. Vuelan muy alto, casi siempre a las mismas horas, lanzando gritos agudos. Con su vista extremadamente penetrante, los pajarillos que se asusten con esos estridentes sonidos y cambian de lugar, delatando su situación, se convierten en la presa elegida para su voracidad. Los que se quedan quietos, no corren peligro. Por su parte, los córvidos, ante uno de sus ataques, se defienden en grupo, y los ahuyentan. He sido testigo del éxito de una oropéndola macho en defender su nido frente a uno de estos majestuosos depredadores, al que sometió a una persecución implacable, hasta que lo hizo salir de su área de control.


 

Salidas

En el metro de Madrid, que es el que mejor conozco, hay una norma no escrita por la que, en las paradas, los que tienen que salir del vagón lo hacen por el centro, y los que quieren entrar, utilizan los laterales, ya sea de la izquierda o de la derecha.

Desde luego, en el predecible como nunca panorama resultante de las reelecciones para formar gobierno en España, del 26 de junio de 2016, los que están en el vagón no quieren salir ni aunque les inviten sus amigos íntimos, y los que están locos por entrar, se han liado a darse empujones y dedicarse algunas bofetadas, para defender su presunto derecho a ocupar los asientos libres, en especial, los reservados.

No entiendo muy bien por qué. Los ciudadanos, después de una campaña en la que dudo que alguien se haya leído los programas electorales -incluso, los resúmenes- y, por tanto, dado que su decisión fue puesta de manifiesto ya en la anterior convocatoria, votarán lo mismo. ¿Por qué habrían de cambiar? ¿Para facilitar un acuerdo que los líderes de los partidos principales no han sido capaces de adoptar? ¡Vaya! Si hacen lo que el cuerpo les pide un día de domingo de junio, se abstendrán.

Los indecisos -se especula que un 30% oculta su intención o anda dándole vueltas a si entregará su (estéril) voto individual a alguno de los opositores a dirigirnos durante cuatro años el soliviantado cotarro-, en nada contribuirán cuando aclaren su incertidumbre personal a mejorar la indefinición colectiva.

Los que predicen, precisan, incluso, que la mayor parte de esos que dejan para el último momento la decisión sobre la papeleta que introducirán en la urna, son mujeres, y, profundizando en la sospechosa misoginia de sus análisis, abundan en que, son aficionadas a otros programas (los de diversión mediática).

Si eso fuera cierto, una parte no despreciable de los votos se decidirá, por tanto, por la aplicación de cualquiera de los métodos de decisión holístico-elucubrante que aplicábamos cuando éramos niños. (Recuerdo para la memoria de los más provectos, algunos torpes ejemplos: “Si me cruzo con alguien con perro, voy a aprobar el examen de Ciencias Naturales”; “Si mi madre ha preparado arroz con leche de postre, me compro una peonza”; etc.)

He dejado de creer en las mal llamadas consultas democráticas desde que me di cuenta que la inmensa mayoría de la gente es muy, pero que muy, manipulable y, como premisa menor, es incapaz de leerse nada escrito.

Si se confía en que las decisiones se tomen por todos los asistentes a una convención, acto o asamblea, por ejemplo, y nadie se ha preocupado por tener preparado de antemano la forma satisfactoria de salida de la reunión, los debates serán interminables, y las voces se tornarán cada vez más encrespadas. En definitiva, siguiendo con la imagen del principio: los que están en el vagón no saldrán (si lo desearan, que no parece sea el caso), ni los de fuera, podrán entrar (aunque lo ansíen).

Nuestra función como espectadores, con nuestra papela de votantes en la mano, es mínima. Podríamos imaginar lo que sería más conveniente (ordenar el flujo de entrada y salida, para facilitar el cumplimiento de los itinerarios), pero el tren está parado en el andén, calentando motores, con riesgo de ripado.

Bloqueo a la vista, y… si el metro avanza, porque alguno de los que estén dentro quiera hacer de maquinista, alto riesgo de que se lleve por delante a unos cuantos de los que pugnan en los andenes.

El ejemplo del Brexit es estupendo para concretar esta metáfora. Ha ganado por los pelos de la casualidad más herrumbrosa, la opción de los que quieren salirse de la Unión Europea, una idea que, como el lema de los anuncios del Banco de Santander, que Goma Espuma ha convertido en genial, representa “algo sencillo, personal y justo”, para los que tienen la intuición de que vale más estar solo que mal acompañado.

El mismo lema sirve para los que han votado quedarse, solo que éstos perdieron. Los que quieren salirse superaron a los que desearían mantenerse en esa agrupación de “viejos comerciantes con colmillos retorcidos que defienden lo suyo con añagazas legales ” y “torpes ilusos de la intención infantil de lograr algún día una Europa fuerte”. La diferencia entre el 51,8% y el 48,2% conseguida por los ganadores, se puede calificar, por lo menos, muy sutil.

Salen unos, entran otros, el tren cambia de dirección, la vida sigue. Entretenidos quedan unos (pocos) en recomponer destrozos, mientras la mayoría se apuntará con brío a la nueva situación haciéndola viable y -mal que nos pese a los que queríamos que se quedaran-, mejor. El futuro siempre es mejor, por eso, por definición.

En nuestras elecciones del domingo -mañana cuando esto escribo- ganarán los que hayan votado al Partido Popular, que serán una ridícula minoría en relación con el total de votantes, y aún más exigüa si se contabiliza respecto al número de los que podrían haber votado.

Estarán próximos a una mayoría imposible, porque no van a coaligarse, los votantes del decaído PSOE y del emergente avieso combinado Unidos Podemos. Y asistiremos a la caída ligera, pero apreciable, de la opción contemporizadora de Ciudadanos, dirigida por un brillante Albert(o) Ribera, que, al margen de simpatías ideológicas, aprecio como el que más juego dialéctico, y coherencia personal, ha ofrecido de todos los candidatos.

Así, pues, no saldremos del atolladero. Porque lo que interesa no es quien gana la ridícula ventaja de ser el más votado de cuatro opciones, cuyos programas, dejando aparte tendencias del corazón e impulsos ancestrales, son inviables.

Los de unos, porque han surgido de un gabinete de iluminados que desconoce el mundo real (aunque utilicen algunas anécdotas extraídas de él);los de otros, porque se obstinan en defender seguir con lo emprendido sin escuchar a los descontentos (que tienen poderosas razones para estarlo); y, en fin, los otros dos partidos, …uno porque ha olvidado que la socialdemocracia es realismo de progreso, pero concreto, contante y sonante; y el otro, porque tiene un tufo a condimento profesoral londinense que echa para atrás a los que podría atraer, que son los juiciosos posibilistas.

Yo ya voté, o sea que no me voy a dejar influir por lo que pase hoy ni por el tiempo de mañana.

¿Quién manda aquí?

Si el lector quiere provocar polémica, al mejor estilo del que se atribuye a Miguel de Unamuno cuando, al llegar a cualquier tertulia de amigos o conocidos, preguntaba: “¿De qué opináis? Yo opino lo contrario”, le sugiero una frase equivalente: “¿Quién manda aquí?”.

A mí me ha dado siempre un magnífico resultado. Naturalmente, es preciso acompañarla de una serie de frases que, a modo de cabestros, introduzcan el victorino o miura en la plaza dialéctica. No importa el momento.

Quienes oigan su frase, que puede repetir con énfasis, para estar seguro de que penetra en los cerebros de sus oyentes, se cebarán en ella, e interpretarán como les venga en gana lo que ha dicho. Tenga, eso sí, la seguridad de que le criticarán duramente y la polémica se centrará en Vd. y en su intolerancia.

He tratado de entender por qué resulta molesto que se pregunte a un colectivo aparentemente homogéneo quién tiene el manual de instrucciones para ejercer el liderazgo de cualquier asunto. En este momento emocionante de la situación española, en la que el conjunto plural de ciudadanos no sabe -no puede saberlo- a dónde seremos conducidos, si no teme poner en riesgo su integridad o ser maldecido por las fuerzas del orden interno y sus files seguidores, pregunte en una reunión política ¿quién manda aquí?

Me han contestado a veces, de forma tal vez airada por el peso de sentirse escandalizados, que manda el Gobierno, que tenemos una Constitución, que la separación de poderes funciona y funcionará. Que somos un pueblo pacífico, serio, sabio y prudente.

No tengo idea en qué se basan estos bienaventurados, porque el Gobierno está en funciones, la Constitución y la forma de Estado, cuestionada, la separación de poderes, contaminada, y la tranquilidad de nuestro pueblo -y de cualquiera-, es una falacia desmentida por la Historia.

Afirmo, y lo lamento, que, hoy por hoy, ante la ausencia deplorable de líderes, de convicciones, de propuestas coherentes, no manda nadie. La televisión y todos los medios nos han intoxicado, y ni los que hablan ni, claro, los que escuchamos, tenemos tiempo para pensar.

Improvisamos. Corremos, llenamos páginas a tanto la palabra. A izquierda y a derecha. Desde los púlpitos en donde se lanzan las soflamas, se va recogiendo todo lo que se encuentra, y se incorpora al discurso como si se tratara de una psico-obra moderna confeccionada con hallazgos, materiales de desecho, artículos de arribazón, etc. buscando provocar, más que causar evocación de la creatividad o la belleza. El escándalo se ha hecho verbo entre nosotros.

Leo que casi dos centenares de economistas apoyan el programa económico de Unidos Podemos y, me parece bien. Me parece bien, porque he defendido, con mis propios argumentos, sin ser ni Picketty ni el hijo de Galbraith, que hay que romper con la política de austeridad y propiciar el incremento de consumo.

Ah, pero no se me va a olvidar preguntar, tampoco en este Comentario: ¿quién manda aquí?. Por eso, junto a esa argumentación -y me jacto de ser uno de los pocos españoles que ha leído hasta el final centenares de libros de economía y política macroeconómica, de autores de todo signo y condición ideológica- me preocupa tener claro cómo se va a conseguir sostener el preciado estado de bienestar, bajo qué mando.

Para ello, hace falta, en mi opinión fundada, tener realizado un análisis muy completo acerca de los sectores tecnológicos que van a propiciar la generación de nichos de trabajo en el inmediato futuro, estudiar muy bien cómo se va a realizar la distribución de las plusvalías colectivas generadas, y, no en último lugar, conocer la manera en que se van a hacer llegar a los millones de desplazados por la eficiente tecnología -no es cuestión de formación, sino de adaptabilidad- los recursos imprescindibles para su sostenimiento.

Por supuesto, en el fondo, el tema no deriva únicamente de la economía, que explica mal que bien el pasado pero es incapaz de predecir el futuro. No puede predecirlo porque los intereses capitalistas -incluidos los de los países bajo teórica dicción comunista- y siento ser tan esquemático para lectores tan inteligentes como los que me siguen, están continuamente generando elementos caóticos en su propio beneficio.

Para un país intermedio, que es como vengo caracterizando a España, la solución debe huir de maximalismos: no somos un país rico, ni tenemos recursos importantes, ni alta tecnología disponible o empresas grandes, a escala mundial. No funcionará la chispa del resentimiento: detonará sin voladura.

Hay que aumentar la presión fiscal y estimular la reinversión de los beneficios, pero con tiento de no espantar a los que sostienen la generación y distribución de la riqueza generada. La participación de las empresas públicas en ese entramado ha de ser discreta y selectiva y, por supuesto, orientada hacia el mercado.

La inteligencia práctica aconseja fervientemente que el cambio pacífico descanse también en la mejora de la formación, en la eficacia de la educación para responder ante los retos y dificultades presentes y futuras. De todos, no solo de unos cuantos. A todos los niveles. Teniendo presente que la economía mundial no regala nada; se lo cobra, en moneda contante o en víctimas a lamentar.

Para España, la solución no es sencilla. Habrá que formar a miles de estudiantes con una base muy ancha para que puedan llegar a lo más alto del conocimiento. Justamente lo contrario de lo que resulta que estamos haciendo, ya que hemos vulgarizado un tanto las enseñanzas, bajado los niveles, para aumentar el número de los que tienen formación intermedia, dejando que muchos de los mejores, a los que no sabemos a qué dedicar, se vayan al extranjero.

Con los maestros adecuados, convenientemente cualificados, continuamente reciclados, que sepan de qué van las cosas que enseñan. Qué difícil hacerlo bien desde el ruido mediático, sin que nadie mande aquí.

Pero no bastaría con tener unos cuantos miles de profesionales con muy altas cualificaciones. Hay que resituar, y hacerlo con mucha frecuencia, a millones de personas en una estructura laboral y económica extremadamente inestable.

Porque no estamos solos, no decidimos en los despachos, ni en las tertulias, ni siquiera en las asambleas universitarias, ni tampoco en las reuniones en la calle, en donde se manifiesten lícitos descontentos, legítimas aspiraciones, que acabarán dirigidas hacia una escaramuza inútil en la que los directores serán un par de decenas de alborotadores profesionales que se enfrentarán a la policía.

Si vuelvo a preguntar quién manda aquí, también en este artículo, estoy seguro, por experiencia, en que no faltará quien decida que soy partidario de que las cosas sigan igual, que me asustan los cambios, que estoy en contra del progreso social. También habrá quienes me vean como un peligroso polemista que oculta su afición izquierdófila por comunistas o socialdemócratas, y quienes, si les apetece tomarse la molestia de juzgarme por lo que pienso, concluirán que soy un tipo amorfo, acomodaticio, al que importa poco lo que pase a los demás,

Estoy sentado a la puerta de mis ideas, y veo pasar a la gente muy alborotada. Hay sillas a mi lado, disponibles para quien quiera asistir al espectáculo. Volverán.

No solo las pirulinas son divertidas

Creo que ya lo conté otra vez, al menos. Pero me sirve para enmarcar este Comentario y, como ha visto el lector, para ponerle título.

Unos padres de una pizpireta nena de cuatro años, se interesaban por saber lo que había aprendido en su jornada de preescolar. “Hoy nos enseñaron a distinguir los niños de las niñas”, explicó la interpelada.

El papá quiso, desde un principio, quitar hierro al asunto, utilizando la teoría que suponía adecuada a la edad de la pequeña. “Bueno…en realidad, no veo que haya diferencias importantes”, casi balbució.

Pero la niña tenía ganas de comunicar detalles de su ampliación de conocimientos acerca de la humanidad. “En el recreo, Carlitos y yo nos bajamos los pantalones y las comprobamos”.

La madre encendió las alarmas: “¿Y qué? Después de todo, lo que hay es que los niños tienen pirulina y las niñas tenemos otra cosa”, afirmó, pretendiendo ser convincente, y deseosa de cerrar el capítulo.

“Pero, ¿sabes, mamá? -replicó la niña-. Las pirulinas son mucho más divertidas”.

Si se pudiera hacer una encuesta mundial, entre adultos, acerca de la conclusión de esta niña, tengo que vaticinar que los resultados a favor y en contra deberían ser equilibrados. No haría falta, entre lectores inteligentes, explicar las razones objetivas por las que aventuro la conclusión de esta hipotética consulta.

Aunque el asunto pueda ser más controvertido, mis conocimientos sobre el tema no me permiten decidirme -en lo pragmático, o sea, en lo que conviene a la colectividad- acerca de si es mejor el capitalismo liberal o el comunismo de base marxista-leninista.

He sido educado en una economía y un entorno basados exclusivamente en la evolución (e involución) del capitalismo.

He sobrevivido a una dictadura de las consideradas de tomo y lomo -que, al ser nacido en la postguerra civil, no me avergüenzo reconocer que no me dejó huellas apreciables); hice mis dientes y uñas contestarias frente a una tecnocracia aperturista muy moderada, pero no mal intencionada; superé -desde el extranjero- el pánico a una operación de ruptura con el presente extremadamente delicada que se saldó sin víctimas inocentes; fui testigo y colaborador hasta donde me permitieron sus muñidores de los avances de una socialdemocracia tal vez demasiado apresurados para su época; observé, encantado, como los defensores del capitalismo teórico del dejad hacer se convertían al estado social y de derecho y, en fin, cuando se pusieron malas, asisto con decepción, tanto a la vuelta de tuerca hacia un capitalismo engreído y poco tolerante, como al pasado de rosca de una socialdemocracia sin ideas de cómo recuperar posiciones.

No alcanzo a vaticinar lo que me espera conocer en mi país.

Ahora mismo, ante el creciente desbarajuste entre las cifras macroeconómicas del país y la realidad cotidiana harto miserable -especialmente, por comparación- que viven más de millón y medio de familia, cuando la situación de millones de jóvenes sin trabajo ni aparente futuro ha hecho eclosionar sus mentalidades hacia la exigencia de un cambio brusco de la situación, en fin, en el tiempo presente en que una mitad de la población defiende lo divertido que son las pirulinas sin preocuparse de la otra mitad, no soy capaz de entender lo que se pretende con el debate electoral, previo a las votaciones del 27 de junio de 2017, en las que se repetirán los comicios de finales de diciembre.

Unos parecen encantados con resaltar lo divertidas que son las pirulinas, y otros, justamente los que tienen ese adminículo, no son capaces de explicar para qué sirven.

No es un juego de niños, sin embargo. Tenemos que elegir cómo queremos que sea nuestro mundo de adultos, en el que, como ya recordé muchas veces, hay muchos matices a considerar, dentro y fuera de nuestras fronteras. Y, claro, olvidar esa realidad, nos pone en riesgo de cometer gravísimas piruladas, muy difíciles de corregir si salen mal.

 

 

La jaula hispánica tiene puesto el pestillo por dentro

(Hamlet: Do you see yonder cloud that,s almost in shape of a camel?
Polonius: By th´mass, and it,s like a camel indeed.
Hamlet: Methinks it is like a weasel.
Polonius: It is backed like a weasel.
Hamlet: Or like a whale?
Polonius: Very like a whale. (*)
(Hamlet, William Shakespeare)

En la jaula hispánica se escribe mucho, pero se lee menos y se profundiza apenas. Se debate continuamente, pero no se escucha o muy poco. Cuando se eligen personas para un cargo, puesto o prebenda, no importa si público o privado, se atiende más a las recomendaciones y al amiguismo que a otras virtudes.

No es sencillo cambiar esa inercia, porque viene de muy antiguo y está enquistada en el comportamiento popular, admitida como principio para conseguir algo con mayores opciones. Por supuesto, no todo se mueve en el nepotismo ni se enmarca en la designación interesada, pero el mal está ahí, bien arraigado, y el tiempo acaba disimulando los orígenes, legitimándolos.

Solo sería necesario observar la rudeza con la que los que tienen un puesto de prestigio o valor defienden la necesidad de duros requisitos para que otros accedan a su misma condición, para deducir que hay gatos encerrados. Cuanto más duros sean los niveles exigidos para una oposición, deberían crecer las sospechas de que la designación no será leal. No han de buscarse, al fin y al cabo, genios, sino solo gentes capaces para desempeñar el cometido que el puesto demanda.

Cuando escribo estas líneas, en la jaula hispánica se van a repetir las elecciones políticas para designar un Presidente de Gobierno. Las anteriores fueron en diciembre. No ha habido acuerdo entre los partidos respecto al candidato, y cuatro de las facciones que se repartieron los votos ciudadanos casi por igual, consumieron el tiempo en conversaciones baldías, mareando las perdices hasta la asfixia.

Salvo el presidente de Gobierno saliente, Mariano Rajoy, -y no pretendo que en él sea mérito- los cabezas de lista de las distintas polladas son gente muy joven, que, por tanto, han vivido poco. Eso no les impide alardear, quien más quien menos, con petulancia culposa, de saber cómo solucionar los problemas de la jaula.

No lo saben, sin embargo; no demuestran saberlo. Se olvidan de que estamos en una jaula pequeña, con mayores necesidades que recursos y que es imprescindible contar con ayudas externas para que toda la población avícola sobreviva manteniendo el actual nivel de vida. La cuestión de fondo, muy preocupante, tiene una exposición muy simple: no existe perspectiva creíble para sostener el actual nivel del estado de bienestar, sin que la línea más simple, aumentar los impuestos de los que más tienen, arriesgue hundir aún más la economía.

El capital fluye sin fronteras, es cobarde, se esconde a la primera señal de peligro, y lo hará con destreza, porque siempre encontrará cómplices y pagará bien a los que más sepan de agujeros (preferiblemente, si ellos mismos los han creado). Los “papeles de Panamá” son solo una minucia, una engañifla para entretenimiento de periodismo diletante y asombro de ignorantes de cómo funcionan las cosas, en esta jaula y en toda la Granja.

Si preferimos ir al núcleo que interesa y no dar palos de ciego entre los matorrales de los bordes, debemos conocer que el problema que tenemos que resolver, en lo que nos es propio, es otro. Ni la corrupción, con ser aparatosa; ni las castas, con ser lamentables; ni la incapacidad de los políticos para entender de economía real, tecnología y humanidades.

La estructura económica española, con escasez notoria de centros de actividad e insuficiente dinamismo, no permite garantizar la generación de los puestos de trabajo suficientes, y desde luego, no lo serán de la calidad necesaria para que el reparto de las plusvalías que la estructura de actividad sea capaz de producir, y cuya manera eficiente es hacerlo por la vía de los salarios y no de los subsidios, permita recuperar la situación de bonanza que se ha vivido antes de la crisis inmobiliaria.

No es necesario repetir un análisis ya perfectamente trazado y bastarán un par de pinceladas para ponerlo en contexto. Por culpa del boom inmobiliario, una parte sustancial de la población se decidió al dinero fácil que proporcionaban los empleos en el sector de la construcción y servicios derivados, que no exigían cualificación previa. Diez años más tarde, la mayoría siguen indecisos ante la necesidad de adquirir una formación útil, inmersos en la frustración del desempleo e incapaces de entender las claves de una sociedad que creen les ha traicionado.

Tampoco la Universidad ha sabido adaptarse. Aunque las estructuras universitarias se vanaglorian de que los egresados han aguantado mejor  la crisis, la realidad descubre que una mayoría están subempleados, y que no pocos han debido emigrar. El modelo no ha funcionado, ni por arriba, ni por abajo; no ha generado alternativas a la amenaza de crisis, y sigue sin encontrarlas.

La falta de crítica objetiva en la jaula es manifiesta, y los que critican, son menospreciados. La versión oficial apoya el optimismo convulsivo y los planteamientos desde la oposición son maximalistas, destructivos, rancios. La cruel realidad es que el sistema se ha deteriorado con fuerza, desde hace, al menos, una década, y no debe atribuirse el problema a la política, al menos, no en exclusiva y ni siquiera de forma prioritaria.

Todos los sectores económicos y sociales tienen parte de culpa. Unos más, otros menos: no será igual la culpa de los que retiraron las ganancias a paraísos fiscales, en lugar de reinvertirlas en nuevos emprendimientos, que la de quienes alimentan la economía sumergida mientras cobran el subsidio de desempleo; pero ambos, son culpables de deteriorar el sistema legal.

Ni la Universidad ha sabido adaptarse o prever los cambios, enfrascada en un nepotismo y amiguismo lamentable; ni las organizaciones del Estado, empeñadas en una ineficaz carrera de emulación que condujo a un despilfarro mayúsculo; tampoco las grandes empresas han sabido diversificarse ni apoyar las líneas de desarrollo más prometedoras, obsesionadas con ofrecer valor para el accionista, lo que, aunque no se conseguía, no excluía la obtención de beneficios para los consejos de administración, en donde se sientan consejeros independientes muy bien adoctrinados.

No hay por qué ocultar que ni la Administración pública -jueces, secretarios, interventores, funcionarios de toda condición- ni los, ministros, alcaldes, concejales, representantes político tampoco han estado a la altura.

La jaula hispánica, después de un momento de intenso fulgor (con combustible en gran parte, ajeno), ha perdido peso en el contexto internacional, consumido su credibilidad, falta de empuje. Los culpables de ese descalabro no son tanto las personas (al fin y al cabo, las personas son fáciles de sustituir), sino el deterioro de las infraestructuras, que hay que revisar, apuntalar y corregir de inmediato si se quiere conseguir su funcionamiento eficiente. Es divertido, sin duda, criticar a las personas, sacar de sus cuevas a corruptos e ineptos (qué difícil será llegar a lo más profundo, a los más contaminados), apuntar con la más genuina mala baba a objetivos seleccionados -sospecho que abandonados primero por sus propios comilitones-, aunque esto no soluciona el fondo del asunto.

No funciona correctamente la justicia, no los jueces; no actúan bien las empresas, no los empleados; no consigue sus objetivos la política, no los políticos. No culpemos a los sanitarios, sino a la estructura sanitaria; no nos preocupemos tanto de los docentes (y menos aún de los discentes), y sí de la formación que se imparte por decisión de programas confeccionados sin visión.

El deterioro de la jaula se manifiesta, desde luego, en los comportamientos individuales. Todo el mundo parece feliz de no respetar el espacio común, de contribuir a la suciedad de la jaula, como si el asunto no fuera con él.

Sin acudir a la metáfora, vayan ejemplos: el propietario de perros, dejará que las necesidades de sus chuchos queden abandonadas en la calle cuando nadie le observe; cigarrillos, papeles, plásticos, aceites, se arrojan en cualquier sitio; los contenedores separativos no cumplen  su función, porque son utilizados sin miramientos respecto a su destino previsto; los coches son aparcados en doble fila, o en lugares expresamente prohibidos, y no hay más que ver la cara de satisfacción del infractor, que toma aires de que la norma no va con él; los productores de ruido no se controlan, se enmascaran; hay vertederos en cada esquina de la jaula, en los montes protegidos, en las tierras de labor y algunos, que han crecido a la vista de todos, arden espontáneos.

Los inspectores, los policías, los designados para efectuar la vigilancia y proponer la sanción a los infractores, tienen una escusa: son pocos, cobran poco, están superados, no tienen motivación.

En general, la calidad de la oferta ha disminuido, favoreciendo la sustitución en los mercados de la competencia en precios por la brusca caída de la calidad de los productos. Se nos han colado los chinos, en las tiendas de cercanía y en sustitución de los productos artesanos propios: así lo hemos querido.

Entre los pocos libros interesantes que tratan de las posibles soluciones, selecciono el de alguien que tuvo responsabilidades en el Estado y que, vuelto a su posición académica de docente de Derecho constitucional, se ha decidido a contar ciertas verdades y propone medidas que, al menos, convendría discutir.

Me refiero a Diego López Garrido, quien publicó en 2014  un análisis sobre los problemas de fondo que  han conducido a la “Edad de Hielo” (1). Concreta tres posibles actuaciones de alcance:

  1. Abandono del ajuste presupuestario rígido, recomendando un giro en la política del Banco Central Europeo hacia la expansión inflacionista. Es decir, más inversiones desde el Estado, más gasto público. Postkeynessiano en ésto, yo estoy básicamente de acuerdo, aunque con la premisa de un férreo control y la selección consensuada e inteligente de los proyectos y sectores que conviene activar.
  2.  Detener la tendencia, que califica de suicida, que ha venido sustituyendo los impuestos directos por el incremento sin fin de la deuda, volviendo a los impopulares impuestos progresivos. Paralelamente, propone atajar el mal endémico del Estado contemporáneo: la “industria de la evasión fiscal”, y perseguir sin miramientos la evasión fiscal de las multinacionales. Aquí caben matices, puesto que una cosa es la inspección fiscal de quienes evaden, su detección y sanción, y otra, reordenar el sistema impositivo. Hay que saber bien para qué, puesto que la simple recaudación para mantener el estado de bienestar no solucionará los desequilibrios estructurales, sino que los agudizará.
  3. Implantar el control político del sistema financiero, que es quien creó la crisis y que se protege de ella con medidas destinadas a su propio beneficio. Entiendo que no será fácil, porque la Banca es especialmente escurridiza y los altos salarios con los que compensa a sus altos ejecutivos permite seleccionar a profesionales muy eficientes en los tinglados financieros, bastante opacos o misteriosos para quienes no provienen del sector y no pueden analizar las cifras desde dentro. Las auditorías de las grandes entidades financieras, como la Historia ha demostrado, son demasiadas veces, apaños de estómagos agradecidos.

En consecuencia con su argumentación (que yo dejé algo mancillada con mis puntualizaciones) López Garrido defiende el que tanto en la jaula hispana como en la Unión Europea, se de un giro progresista al timón político, abandonado el rumbo seguido en tres décadas de (r)evolución conservadora, que considera la culpable de haber establecido los pilares para la Edad de Hielo,” de la cual vemos solo la punta del iceberg”.

Al contraponer ideológicamente las posiciones de la derecha y la izquierda, con una visión más bien reduccionista, atribuye a la primera el argumento de que el Estado de bienestar es ya insostenible, porque no hay medios económicos suficientes para la sanidad y la educación universales y gratuitas, la dependencia, las pensiones, el seguro de desempleo, etcétera.

Según L. Garrido, la izquierda defiende justamente lo contrario: el modelo social europeo forma parte de nuestra identidad y hemos de proponernos luchar por la desaparición del desempleo y del subempleo, la pobreza y la exclusión social, que afecta particularmente a la infancia, y la desigualdad, el gran desafío de nuestro tiempo. En España, la crisis habría provocado el aumento de los  hipermillonarios.

La reforma fiscal progresiva es la solución propuesta, con aumento de impuesto a las grandes fortunas y salarios, y la subida de otros impuestos directos como el impuesto de sociedades, con descenso de impuestos indirectos y de los que recaen sobre las clases medias y la clase trabajadora.

Por atractiva que parezca la propuesta desde las posiciones de izquierda, no puedo sino manifestar la insuficiencia del planteamiento, desde mi conocimiento de la realidad. Porque, además de recaudar, el Estado debe fomentar y apoyar las iniciativas generadoras de actividad y empleo.

Demonizar a los empresarios -especialmente, a los propietarios de las grandes empresas- es un (grave) error, porque no existen alternativas que puedan propiciarse, ni desde el Estado ni desde la iniciativa privada emergente, no ya en el corto, ni siquiera en el medio plazo. La colaboración con el capital es imprescindible, apretando lo justo, sin ahogar.

La puerta de la jaula está abierta -se abre por dentro- y el dinero, como siempre se dijo, no tiene más amigos que los que lo hacen crecer y multiplicarse, y los candidatos a acoger a un gallo despechado, salido de una quintana, son numerosos.

(continuará)

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(*) Ofrezco aquí la traducción de este diálogo entre Hamlet (ya fingiéndose loco) y Polonius (Lord Chamberlain, consejero real) :(Hamlet: ¿Ves aquella nube que tiene casi la forma de un camello?; Polonius: Por supuesto, y es, en verdad, como un camello; Hamlet: Aunque, si lo pienso mejor, quizá se parezca más a una comadreja;Polonius: Sí, tiene el lomo como una comadreja;Hamlet: ¿O…tal vez como una ballena?; Polonius: En efecto, se parece mucho a una ballena. (Hamlet, William Shakespeare)

(1) “La edad de hielo. Europa y Estados Unidos ante la Gran crisis: el rescate del Estado de bienestar” (RBA, 2014). En su blog, López Garrido ha puesto de manifiesto que “la crisis —la impotencia de la política ante ella y sus efectos— ha traído una bipolarización nueva (…). Es la oposición entre la “gente” (sin distinciones) y la “casta”, que estaría constituida por todo aquel dirigente que forme parte de los partidos políticos tradicionales. Este enfoque es, por ejemplo, el sustento ideológico de Podemos, cuyo éxito electoral se basa en plantear ese binomio como un mantra. Así ha logrado captar votos de todos los partidos. En ciencia política se le ha llamado a un grupo de esa naturaleza catch-all party (“partido atrapatodo”)”.