Otras gentes: (9) De paso

 

La formación cristiana supone admitir que “estamos de paso” en este mundo, en el que deberíamos acumular méritos para disfrutar de una eternidad colmada de felicidad, aunque los escépticos (y no pocos creyentes) reconozcan la dificultad en precisar en qué pueda consistir el goce sin límites espaciales ni temporales.

Cuando España no era aún país destinatario apetecido como residencia definitiva por nacionales de otros países -utilizo la palabra “nacional” con las reservas que la amenaza de segregación de Cataluña puso sobre el tapete dialéctico-, los pocos extranjeros que se encontraban por aquí, alegaban encontrarse “de paso” hacia objetivos más interesantes y económicamente prometedores, como Alemania -entonces, República Federal-, o Francia.

En la actualidad, el mosaico de emigrantes dispuestos a quedarse para siempre abarca desde los iberoamericanos a los chinos, pasando por los apátridas del Sahel, rumanos y ucranios, lo que podría significar que nos hemos situado, como país, a la cabeza de los apetecibles destinos permanentes para asentar los reales familiares y ganarse la vida. Los casos de los británicos y centroeuropeos jubilados y de los capos de las mafias rusa o colombiana deberían analizarse desde otra perspectiva, que, por falta de espacio, no pretendo abordar aquí.

La expresión “de paso”, se utiliza, en el lenguaje habitual, para introducir en el discurso cuestiones que no tienen nada que ver con el tema principal. El recurso es muy utilizado en política y en las conversaciones sobre temas familiares, para criticar, sin venir a cuento, a posturas de otras partidos o par lanzar una pulla a la parentela de la pareja.

En los años largos de la última postguerra española, en que, hasta los sesenta del pasado siglo, pesaba la excesiva pobreza,  había mucho migrante -familiares y amigos que buscaban pasar unos días con los parientes mejor situados en la capital, con la excusa de encontrar trabajo o de cerrar un negocio inexistente. “Estoy de paso”, acostumbraba a decir el afectado, si se le preguntaba por razones.

La delicada situación económica y política en la que se encuentra España -falta de guión y con exceso de actores secundarios-  nos convierte a todos los españoles, sin que importe el calificativo regional, en “gentes de paso”. Me gustaría , como a todo sensato lector de estas líneas, saber a dónde nos dirigen. Me temo, por el guirigay que se ha formado entre pastores, que ni siquiera los que nos dirigen saben a dónde vamos.


Las tres garcetas comunes (Egretta garzetta) de la fotografía, que tomé en el Parque nacional de Monfragüe, seguramente forman parte de una colonia residente allí. Se las distingue, en vuelo, de otros ardeidos blancos, por los dedos amarillo brillante. Son aves silenciosas salvo cuando se encuentran en los lugares de anidamiento. En los períodos nupciales y de cría, los adultos desarrollan en la nuca dos plumas muy alargadas.

Cuento de primavera: El integrado

No era muy negro, pero era negro; tampoco podría decirse que fuera excesivamente alto, pero era más alto que la mayoría. Tenía algunas ventajas, aunque eran mucho mayores las desventajas respecto al resto de la población con la que tenía que competir. Era bastante más joven que la media, estaba acostumbrado a soportar cientos horas de calor y de sed y no eran pocas las veces que se había tenido que acostar sin haber probado bocado.

¿Competir, he escrito competir? Esa no es la palabra que expresaría su actitud. Qué va. Sin conocer una sola palabra del idioma de aquellos otros con los que se cruzaba, después de tres días rebuscando entre sus desperdicios, temeroso de que, mientras separaba de las bolsas de basura algo comestible o una prenda de abrigo que fuera algo mejor que la harapienta que llevaba, alguno de esos perros que le ladraban desde detrás de las verjas y muros descubriera en ellos una rendija y se lanzara contra él, lo único que deseaba era poder encontrarse con alguien que le tratara de forma amistosa. Que le entendiera, al menos.

-¿Qué haces, tú? ¿Por qué rompes las bolsas? -le preguntó alguien que surgió de las sombras de la noche. Llevaba una linterna.

Se escabulló como lo haría cualquier animal. Por suerte, había encontrado en sus pesquisas entre los residuos, dos  naranjas solo ligeramente enmohecidas por un lado, de cuyo zumo disfrutó por unos instantes. Tuvo sensación de felicidad.

Aquella noche durmió también a la intemperie, sobre un banco del parque, protegido del ligero relente por unos cartones. Soñó que estaba en el Paraíso.

Le despertó un zarandeo.

-No se puede estar aquí.

No entendió.

-Está prohibido dormir en la calle.

No entendió nada. Se incorporó, dejó a un lado el material que le había servido de somera manta, y huyó.

Estaba empezando un nuevo día, y la mañana se ofrecía como un sendero de promesas. Caminó entre olores a café recién hecho, a bollos calientes. Sorteó autos que conducían gentes que iban, con prisa, hacia ninguna parte. Vio mujeres hermosas, blancas y, seguramente, de piel suave y de olor a flores de lavanda. Algunos de los que se cruzaban con él le miraban con curiosidad; la mayoría, no le veían o le ignoraban.

No tenía ninguna dirección a dónde ir, carecía de móvil -se lo había robado en el Centro de Inmigración en donde estuvo retenido seis días- y, falto de toda información, ni siquiera sabía dónde estaba. Cuando levantó la mano para recoger el billete de autobús que le ofrecieron para ir a un lugar del que nunca había oído hablar, no tenía la menor idea de si en él se encontraría con otros como él, ni de qué iba a vivir, o porqué tendría que luchar o contra quién.

Lo que no le impedía, al contrario, desde hacía un par de semanas, disfrutar de la sensación de libertad. Además, estaba seguro de encontrarse en racha de suerte. Apretó el amuleto que llevaba al cuello, colgando de una cuerda mugrosa.

Tuvo esa suerte. A la puerta de una tienda de ultramarinos, impávido como un cazador de impalas al acecho, se encontró con un semejante. Era Tamuk, su vecino. su compañero de juegos infantiles. Ahora Tamuk estaba jugando a otra cosa, a un juego de adultos, sonriendo a cuantos entraban y salían del local -le pareció que decía algo así como “Hola”-, y recogiendo de cuando en cuando algunas monedas, a cuyo gesto correspondía con otra palabra, “Gracias”.

-¡Tamuk! -gritó de alegría.

El otro le miró. La sonrisa se le heló en los labios.

-No te acerques, Hamel. No es bueno que nos vean juntos. -le advirtió el interpelado, sin responder al cálido abrazo de saludo.

-¿Por qué? ¿Qué pasa? -se extrañó Hamel, que no podía disimular la alegría de verse, por fin, con un amigo.

-¿No te das cuenta? Yo ya estoy integrado -explicó Tamuk.

Hamel se hubiera quedado convertido en estatua pétrea, pero, cuando hacía ademán de marcharse con viento fresco, oyó que su amigo le decía en voz baja, en el dialecto swahili que compartían:

-Hay un barracón abandonado junto al cementerio. Allí nos reunimos todos los días para cenar, contarnos las aventuras del día y dormir. Ya somos cinco, y, por suerte, estamos todos integrados. Serás bien venido.

Esa noche se enteró, en una conversación de máxima cordialidad, mientras saboreaba las sardinas de una lata que le había ofrecido un negro tan negro como él, que la clave para integrarse estaba en dos palabras: “Hola” y “Gracias”. Y había, por fortuna, aún un par de sitios en donde sacarles rentabilidad.

FIN