Ciberdios

Espero que no se escandalice nadie (no demasiado) porque haya mezclado dos palabras que, cada una en su ámbito, merecen máximo respeto para los fieles de las respectivas religiones.

En su libro “Sapiens” (publicado en español por Penguin Random House, Grupo Editorial Imagen, 2015), un aún joven profesor de Historia, Yuval Noah Harari, confeccionó en 2013 el relato de la Humanidad -resumiendo conocimientos científicos, biológicos e históricos- con el hilo argumental (que figura como subtítulo) de que una facción de monos con cerebro desproporcionado y voluntad de correr erguidos, evolucionó “de animales a dioses”.

Me interesa enfatizar, ante todo, que la idea de la evolución de una especie capaz de llegar a alcanzar el conocimiento integral del cosmos y, por tanto, encontrar la respuesta a los interrogantes que han sido cubiertos con mitos, leyendas, elucubraciones y teorías más o menos consistentes, me ha apasionado siempre. Es más, quien haya tenido el interés y se haya tomado la molestia de seguir mi corpus doctrinal (si tengo alguno) admitirá que ese objetivo común para la Humanidad es, en mi opinión, el único que da sentido a la evolución de la especie.

Harari termina su primer libro (escribió posteriormente otro, “Homo Deus”) con una pregunta: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

A esa pregunta, tengo mi respuesta, y ya elaborada. Sí. Unos entes huérfanos crecidos en el ciberespacio, con capacidad plena para destruir nuestra especie.

El triunfo de la cibernética sobre la Humanidad se prepara en varias fases, algunas de ellas coincidentes en el tiempo y con efectos y capacidad de crecimiento exponenciales.

El efecto más simple es la pérdida de empleo masiva que las aplicaciones cibernéticas provocan sobre las formas tradicionales de hacer las cosas en la última etapa de la evolución autónoma del Sapiens.

Las máquinas y  las comunicaciones sustituyen eficazmente a los seres humanos y solo unos pocos pueden sobrevivir tecnológicamente, siendo el resto de la Humanidad -por falta de tiempo, formación y aptitudes- incapaz de situarse en la nueva pirámide laboral, que será ocupada por autómatas. La generación de plusvalías quedará concentrada en unas pocas manos empresariales, y su distribución no alcanzará más que a un grupo restringido de la especie, incluso a través de la mejor  asistencia social.

Pero el peligro verdadero por el que se vislumbra (al menos, profetas jeremíacos como yo) el final de la especie, vendrá de la mano de lo que hoy aún llamamos ciberataques. Creemos que podemos atribuir su autoría a seres humanos y, para nuestra tranquilidad, imaginamos que detrás de un virus informático, un colapso repentino de las comunicaciones, un apagón informativo, está un sapiens.

Puede que no, o puede que el sapiens no sepa lo que puede provocar con su acción, y la posibilidad de esta opción produce escalofríos, porque se atisba cuál sería el final de nuestra especie, ocurrido con brusquedad brutal y sin objetivo.

Porque puede estar detrás de lo que provocó la hecatombe un grupo terrorista al que no interese el control sino solo el daño, en la confianza de que un dios acogerá con complacencia el holocausto. Puede estar un imbécil o un megalómano al que se haya concedido -democráticamente o por tolerancia estúpida- la potestad de manipular un arma letal -nuclear o, mejor y más barata, un ciberataque masivo- y  que sea incapaz de valorar las consecuencias del comienzo de una guerra nuclear o cibernética.

Puede estar la autoría, simplemente, en un programador muy inteligente, pero circunstancialmente algo descuidado que colocó en mal lugar una instrucción pensada, en realidad, para detener un ataque cibernético global y no para provocarlo.

Puede que un megaordenador haya creído llegado el momento de depurar al Sapiens que lo ideó de su falta de solidaridad y su genuina estulticia.

Tengo escritos algunos poemas sobre esta cuestión, aunque prefiero ceder la palabra a un libre pensador oriental que vivió entre los siglos XI y XII (murió en 1123 a los 83 años), Omar Jayyam, al que ya cité otras veces:

“No creas que me da miedo el mundo/o que no soporto que me deje mi alma./Ineludible es la muerte y nada me aterra./Temo tan solo no vivir cuerdamente” (pág. 79, Rubaiyyat 118. Colección Visor de Poesía, 1981)


Este macho de verderón común (chloris chloris) fue sorprendido por la cámara llevando en el pico unos copos de lana con los que hará más confortable el nido en el que, posiblemente, la hembra ya habrá puesto algún huevo. Es un ave que no es raro encontrar en zonas urbanas, aunque se muestra siempre cauteloso ante el ser humano.

Las hembras de la especie se distinguen por el matiz pardo más deslucido y no el verde musgoso de la espalda del macho y, sobre todo, si se las puede observar de cerca, por el tenue listado del manto.

 

 

Estrategias salvajes (5): Un necio colaborador para las cotorras invasoras

Se identifican ciertas estrategias en el mundo animal que necesitan de ayudas externas para tener éxito. Entre ellas, son sorprendentes las que actúan en contra de los intereses del propio cooperador. A quien ofrece ayuda al invasor para que se implante con mayor facilidad en su territorio, perjudicándolo, no resultaría difícil catalogarlo como imbécil.

Que un juicio tan duro esté destinado a un ser humano, no viene sino a probar la innata capacidad para lo insensato de la que no es capaz de sustraerse nuestra especie.

Un necio colaborador para las cotorras invasoras

Las cotorras argentinas se han convertido, en pocos años, en parte esencial de nuestro paisaje avícola urbano. Son extremadamente ruidosas, actúan en grupo, tienen un vuelo veloz, con aleteo constante, y disputan a otras aves el grano de los comederos. En primavera, sus graznidos y peleas anuncian su excitación sexual, y se las puede distinguir en las altas cúpulas de algunos árboles -palmeras, abetos, altos pinos, etc., normalmente, a más de siete o diez metros sobre el suelo-, donde instalan sus grandes nidos, que comparten varias parejas.

Proceden de Sudamérica, y no han llegado hasta aquí por sus medios. Como muchas otras especies invasoras, lo han hecho de la mano del hombre, como el mejillón gigante, el cangrejo americano, los castores, las mofetas, las tortugas verdes, las iguanas o las serpientes pitón.

Son extraordinariamente adaptativas. La historia de su aparición en nuestro espacio es tan común como deplorable. Ofrecidas por tiendas de comercio animal o por un importador en fraude de ley, se convierten en un regalo  de cumpleaños o primera comunión, apetecido por los niños. Se encaprichan con la posesión de un animal así, por haberlo visto en los escaparates o haber despertado la simpatía infantil en tiernos dibujos animados.

Una cotorra parece un ave interesante, de cuerpo con color verde brillante y alas azuladas; fácil de cuidar. La mascota perfecta. No es muy grande (unos 30 cm de longitud),y  se puede mantener en una bonita jaula dorada en el salón. A lo mejor, hasta por la inocencia del destinatario del regalo o de su donante, éstos creen que puedan empezar a hablar algún día, como los loros del pirata de las novelas de aventuras. Alguna palabra sin sentido sí que llegan a pronunciar, si la paciencia de sus mentores alcanza altos niveles.

Solo que, al cabo de poco tiempo, -como sucede casi sistemáticamente con todos esos animales de los llamados de compañía que sirven, en teoría, para socializar a los infantes- los niños o los papás se cansan de la suciedad que provocan, o de su sostenimiento ineficaz, y, surgido el desinterés, se las deja escapar. Para no acusar en vano a sus propietarios, puede también que se haya escapado por sí solas, dada la alta capacidad para escabullirse de las cotorras y sus semejantes.

Ya libres, estas aves verdiazules se reproducen sin descanso. Ponen hasta siete huevos por nidada, y los incuban casi en el mismo tiempo que las gallinas, en solo 27 días. Desplazan a las palomas, amenazan incluso a las urracas con quitarles la comida, ahuyentan a los pájaros insectívoros, destruyendo sus nidos.

Desde 2011 estas aves están catalogadas como Especies Exóticas Invasoras, (Real Decreto 1628/2011), y está prohibida en España su posesión, comercio e introducción en el medio natural. En todos los ayuntamientos afectados por la invasión de las cotorras, se estudian medidas para erradicarlas. Se estudian con intensidad y parsimonia, porque su número crece. En Madrid, a veces he llegado a pensar que son las aves con poblaciones más densas: en el Retiro, en Arturo Soria, en la Ciudad Universitaria, en la Casa de Campo, en…

¿Qué podemos aprender, en el supramundo empresarial, de la estrategia de las cotorras? En mi opinión, que también se puede medrar y ganar dinero sin ninguna estrategia. Basta contar con un tonto útil que nos encumbre a la posición privilegiada, cediéndonos el terreno. No necesitamos más que contar con un aspecto apetecible, hermoso, disimular nuestra condición dañina o perversa.

Lamento haberme metido en este berenjenal, pero también ahí se pueden encontrar ejemplos de éxito entre aquellos que no tienen más virtud que la del ropaje con la que se disfracen, para engatusar a alguien que -presumiendo de haber descubierto a un mirlo blanco- nos lo introduzca en el gallinero. Acabará comiéndose las gallinas, sin que sus huevos ni carne sean comestibles.

Cuento de primavera: Paseos desde el amor a la muerte

En primavera, las carreteras son el escenario de inmolación de algunos animales, que sucumben por amor: erizos, sapos, musarañas, zorros, … se cuentan a millares entre las víctimas de nuestra civilización, sometida a las prisas y al deseo de cambiar de lugar para buscar satisfacción fuera de lo que nos ocupa a diario.

Erizo Parsimonioso, Sapo Partero y Musaraña Calamitosa eran tres amigos circunstanciales que habían alcanzado la madurez sexual al mismo tiempo. Vivían en una zona agradable, pero en la que no había hembras a las que aparearse: las pocas que se encontraban en las proximidades, estaban todas ya comprometidas. Al otro lado de una autopista de mucho tráfico, sin embargo, presentían -era una mezcla indefinible de olores, sonidos y agradables sospechas- que encontrarían respuesta a la llamada persistente de su naturaleza, que les impulsaba a satisfacer el instinto de procrear, una fuerza poderosa, incontenible y, por el momento, no saciada.

-Tenemos que cruzar -comunicó Parsimonioso a Calamitosa.. Estoy seguro que allá, al otro lado, hay quien responderá a nuestra llamada.

-No te digo que no -replicó Calamitosa, moviendo sus bigotes con honda preocupación-. Solo que, cada vez que me asomo al borde de esa carretera, me deslumbra un tropel de luces que me aturden, y me da mucho miedo que los veloces animales que circulan por ella no se detengan a nuestro paso.

-Es cierto -se incorporó Partero a la conversación-. Mi amigo Gato Montaraz falleció el otro día, al intentar atravesar ese río de maldición. Su cadáver, convertido en mojama lamentable, puede verse desde aquí. Y él era veloz como un rayo, por lo que no es difícil deducir que nosotros, siendo menos ágiles, seremos pasto fácil de la horda veloz.

-¿Vamos a quedarnos solteros? -argumentó Parsimonioso- No será ese mi destino. Tengo ganas irrefrenables de transmitir mis genes y está claro que a este lado de la vorágine me quedaré virgen, lo que no me satisface en absoluto.

-¿Qué podemos hacer? -se preguntó Partero-. Yo también siento el mismo deseo, o aún superior. Cuando oigo que mi croar es respondido con fruición desde lo que imagino es una charca al otro lado, mis carnes se me abren y si me he contenido hasta ahora es a fuerza de hincharme hasta casi reventar, y temo que cualquier día explote de deseo no satisfecho.

Sopesando pros y contras, incapaces de solucionar por otras vías la inquietud que dominaba todos sus pensamientos primaverales, tomaron la decisión de hacer de tripas, corazón, y lanzarse a la aventura de cruzar al otro lado.

El momento elegido fue una noche clara, con una luna esplendorosa. Estuvieron aguardando un rato, contando mentalmente la frecuencia con la que pasaban, veloces, lo que creían animales superiores, bramando con sus ojos fulgentes, siguiendo un destino que, suponían, también les conduciría a aquellos por impulso de la llamada del amor, hacia otras regiones en las que morarían las hembras de su especie.

-¡Ya! -gritó Partero, y fue el primero en dar un salto, tan grande como pudo con sus ancas encogidas al máximo.

Un monstruo de gran envergadura le pasó rozando, pero pudo dar un segundo salto, y un tercero. Se encontraba ya a uno o dos metros de donde había partido.

-¡Voy! -exclamó Parsimonioso, arrastrando sus patas lo más rápido que pudo, encrespando su cuerpo para dejar ver sus aguzadas espinas, en la confianza -inocente- de que provocara algún temor entre los que surgían de las sombras.

-¡No seré menos! -se animó a sí mismo, Calamitosa, empezando un periplo en zigzag con el que creía tener más opciones de salir indemne de aquel bombardeo de bólidos fugaces.

A la mañana siguiente, dos cuervos encontraron los cuerpos de los tres amigos, despanzurrados sin piedad. Mientras se alimentaban de los despojos, sin temor ante los vehículos que pasaban, a los que esquivaban sin problemas con ligeros aleteos, comentaron entre sí:

-Tenemos que agradecer a la primavera que haya alterado el sentido común de tantas especies, haciéndolas creer que al otro lado de esta carretera hay consuelo para sus deseos. Mi camada crece fuerte y robusta.

-Sí, así también la mía -contestó el otro, algo más negro de pelaje-. Gracias a estos animales veloces que tienen un caminar tan previsible, nuestra especie mejora con los años, y se extiende hasta poblar todo el orbe, tal como han predicho nuestros libros sagrados.

Y se fueron, tan campantes, llevando en sus picos algunos trozos de Calamitosa, Parsimoniosa y Partero, realmente complacidos de lo bien que les iban las cosas.

FIN

 

 

Cuento de invierno: La curiosa historia de Lame Duck

Todos los patos, si se les mira con atención, cojean. Unos más y otros menos, pero al andar fuera del agua se mueven de forma tal que, comparados con los gansos, las ocas, los cisnes y hasta los somormujos, se pone de manifiesto que se inclinan más hacia un lado que al otro, lo que hace su caminar una característica de la especie.

Pero los patos no solo no admiten esa cualidad, a la que consideran un defecto -una deformación abominable de la pureza de la especie-, sino que, desde tiempo inmemorial han venido reprimiendo la manifestación de la cojera.

Las madres pato, los educadores pato, y, con especial virulencia, los padres pato, se han esforzado, salvo rarísimas excepciones, en mantener a raya cualquier desviación de lo que se considera, como norma admitida por la colectividad, la forma adecuada para caminar sobre tierra firme.

-¡No te desvíes! ¡Mantén el culo apretado!¡Mira al frente! -son algunos de los consejos que, día tras día, se difundían en las escuelas, en las ikastolas, en las madrasas y en los corripos para anátidas, desde allí hasta Castelgandolfo.

Si algún pato, ya fuera macho o hembra, se obstinaba en caminar cojeando, era inmediatamente recriminado y, si, después de la amonestación persistía, se le castigaba duramente, con castigos  terribles, que podían llegar desde el escarnio a  la lapidación o a poner al pazguato a los pies de los caballos, que venía a ser equivalente a comérselo con patatas fritas.

-¡No puedo disimular mi cojera! ¡Es consustancial a mi ser y, además, todos los patos cojeamos más o menos! ¡Nací así! -era una excusa que no servía para nada y se enviaba al desviado al correccional de composturas .

En ese mundo lleno de prejuicios, nació un pato como todos los demás, que estaba destinado, por tanto, a ser un pato de lo más vulgar.

Solo que cojeaba ostentosamente, y cuando se le advirtió que cojeaba (“lo que no está considerado ni medio bien y te puede acarrear más de una patada”, como le previno su hermano mayor, que iba para gallo de la quintana) , no solamente no disimuló tan abominable característica (al decir de los más instruidos patos de aquel lugar, de los que se podía decir que tenían las posaderas peladas de tanto disimular su consustancial cojera), sino que la exacerbó.

Cuando se exacerba una característica, se quiere que decir que se la exagera hasta límites que lindan con el exhibicionismo. Puede ser interpretado como impudicia, haberse pasado varios pueblos o pretender dar la nota, según criterios.

-No me importa que todo el mundo me vea cojear, y no voy a hacer lo más mínimo para disimularlo. Al contrario, me parece que mola. Cuanto más cojo, mejor me siento, más yo -fue su argumento principal.

Andaba por las orillas del lago en el que vivía la colonia de patos, pavoneándose.

-Tiene pluma, la mariposa -era el comentario generalizado.

-Lo que tiene bemoles es que nos toque los pinreles. Ese andar resulta bochornoso y es una patada -era un decir más elaborado.

Por esa razón, y obviando que todos cojeaban de lo mismo, le pusieron al contestatario el mote de Lame Duck, que quiere decir Pato Cojo, solo que en inglés.

Lame Duck era un pato inteligente, así que, aunque cojeaba con un trastabillar que a los puritanos tiraba para atrás, no tuvo problemas en llegar bastante alto en la pirámide de la estimación de la colonia. Al fin y al cabo, no hacía daño a nadie; solo a él mismo, como se comentaba a sus espaldas, en tono algo antipático.

El escándalo surgió cuando, al cabo de unos días, los más observadores advirtieron que los jóvenes, e incluso algunos de los patos adultos, dejaron de disimular su cojera, haciéndola patente. Incluso unos cuantos -al principio, pocos, pero pronto fueron varias decenas- la exageraban también, con aspavientos la mar de aparatosos. Los más osados celebraban anualmente el Día del Orgullo Cojo, que ya eran ganas de llamar la atención y armar la pataleta.

-Es intolerable -se decían, unos a otros, en particular, los que se acostumbraban a escandalizar por lo más mínimo-. Se han perdido las buenas costumbres. Que Lame Duck se haya convertido en ejemplo para algunos es una vergüenza terrible para todos los patos decentes.

Pasó algún tiempo, que es la manera más suave de atemperar el calor de una sopa para que pueda ser tomada a cucharadas sin necesidad de tener que soplar antes de engullirla, y  la mayoría de los patos, tanto de las orillas como del lago de los cisnes, y de otros lagos y lagunas cercanos y apartados, se encontraron, de pronto, confrontados con la sinrazón por la que habían estado disimulando la cojera que vivía con ellos, y que era parte de su naturaleza y no una patología.

-¿Por qué tenemos que ocultar algo que ha nacido con nosotros? Mi hijo mayor es terriblemente cojo y no se atreve a salir del nido-preguntaba una madre a su confesor espiritual, que era, por cierto, aún más cojo.

-No lo sé muy bien -le contestó el sabio- pero está así en nuestros libros sagrados, y alguna razón ha de tener ese mandato de las alturas para que se nos haya ordenado disimularlo.

-Pues, si así fuera o fuese…¿Por qué no se nos hace a los patos andar tiesos desde el principio, como, tal vez, sucede con otros animales que no tienen ese problema? ¿Por qué no volamos como las águilas o las avispas? -replicaba la angustiada pata, con maternal discreción.

-No tengo ni pata idea -fue la forma de terminar la conversación que encontró el especialista en interpretar los designios más sagrados.

No quedó ahí la cosa. Cuando se corrió la voz, empezó a ser considerado normal el cojear más o menos, quien ladeándose a un lado, quién al otro. Los patos que cojeaban de un mismo lado, procuraban andar juntos, al principio, para protegerse de los comentarios y las iras de los demás. Pero no pasó mucho tiempo sin que nadie prestara atención a la cojera de cada uno.

Porque, si se mira bien, y es así como debe hacerse con asuntos que están fuera de lo que se puede controlar con los propios medios, el Consejo Superior de los Grandes Patos, equivalente al Sanedrín de los Cisnes Negros o a la Cofradía de las Ocas Ilustradas, tuvo que admitir que lo que hacen los patos fuera del agua no tiene mayor importancia.

Incluso se rumorea que han aparecido algunos patos que cojean del todo, de las dos patas, lo cual es oficialmente discutido -la patología tiene muchas variantes-, aunque no se conoce la forma de medir la cojera por ningún sistema de pesos y medidas. Al menos, por lo que va del cuento.

FIN

 

Cuento de invierno: Reunión cósmica de sabios

Por fin había podido celebrarse, después de múltiples ajustes en las agendas intergalácticas, la primera reunión cósmica de sabios.

Se trataba, por supuesto, de un encuentro sin desplazamiento real, ya que no hubiera sido posible conseguir reunir a las más privilegiadas mentes del universo, físicamente y en un tiempo dado, dadas las tremendas distancias que les separaban entre sí. Baste decir que, considerando únicamente el espacio tridimensional, los dos asteroides, -de entre aquellos en los que se habían manifestado seres inteligentes-, que se hallaban más alejados entre sí, lo estaban a varios miles de millones de siglos luz uno de otro.

Los problemas de conexión que habían tenido que resolverse eran, por decirlo con una palabra, aún reconociendo la limitación del lenguaje humano, inconmensurables. Por fortuna, los seres de la quinta dimensión habían accedido a poner a disposición del curioso encuentro toda (o una parte) de su conocimiento de comunicaciones, si bien, de empleo limitado a esa sola vez. Habían hecho jurar ante su propia potestad pentadimensional, a todos los seres dominadores de los espacios de tres y cuatro dimensiones (los de dos y una dimensión no habían sido invitados), que no copiarían o imitarían esa tecnología durante los próximos cien billones de siglos luz, so riesgo de destrucción inmediata de la viabilidad de las naturalezas infractoras.

Resultaba curioso, analizado con la imprescindible perspectiva, que entidades de tan diferente naturaleza (reales y fantásticas), ocupantes de espacios con dimensiones de las que unos resultaban englobables en otros, participaran en una reunión, que, sin necesidad de profundizar mucho, se debía estimar como totalmente desequilibrada. El cónclave se celebraba a instancias de la especie humana, que se jactaba de haber llevado su desarrollo a un nivel tal que le hacía merecedora de ser considerada, según su peculiar criterio, centro del cosmos, capaz para dirigir sus propios destinos -fuesen los que fueran-, desprendiéndose, por tanto, de cualquier vinculación anterior y con la consecuencia de no tener que pagar en lo sucesivo peaje intelectual alguno.

Llegado el momento preciso para la confluencia, los representantes más cualificados ocuparon sus espacios virtuales en el escenario hiperdimensional, y el sabio representante de la especie humana comenzó su disertación, que fue absorbida instantáneamente por una gran parte de la concurrencia, dándose el caso de que aún no sabía lo que iba a decir -aunque llevaba su intervención, obviamente, muy preparada- y ya muchos de los que atendían a la misma, habían sacado sus conclusiones hacía siglos.

-Hemos conseguido delimitar el margen de lo desconocido en nuestro Universo -decía el sabio humano- al mínimo. Podemos generar energía, liberándola de los enlaces de numerosos compuestos, e incluso de los mismos átomos. Somos capaces de calcular y construir estructuras resistentes a la mayor parte de los fenómenos naturales que se producen en la Tierra. Hemos puesto en valor la práctica totalidad de los recursos de nuestro planeta y de algunos otros a los que hemos accedido, y si no hemos llegado más lejos, no es por nuestra cortedad, sino por la limitación natural de nuestra Galaxia, cuyo momento inicial y parámetros de evolución creemos haber detectado. Incluso, estamos en condiciones de prolongar nuestras vidas al límite máximo admisible por nuestra composición química, siendo ahora posible imaginar que para el 87% de los humanos se conseguirá superar la edad de 125,3 años. No solo eso: hemos fabricado robots que superan ampliamente nuestra esperanza de vida, con capacidades de actuación incluso superiores a las nuestras. Somos, por tanto, a nuestro nivel, equivalentes a los dioses, y exigimos, con el debido respeto pero inconmovible firmeza, que nos sea reconocida esa calificación entre las categorías cósmicas.

El representante de la cuarta dimensión soltó una carcajada cósmica, que resonó en las oquedades terrestres como un terremoto de intensidad 9,3, medida en la escala de Richter.

-¡No seas iluso, humano! Esas fuerzas de la naturaleza que decís poder controlar son provocadas por los caprichos y divertimentos de mis colegas del espacio tetradimensional. A veces, según los viene en gana, descendiendo de la escala de tiempos a la física, generan un pequeño movimiento tridimensional que vosotros calificáis como tsunami o terremoto de gran intensidad y que os provoca, claro, daños terribles. Otras, movilizan con idéntico empeño, las nubes de vuestro entorno y lo hacen con el mismo gozo con el que los niños humanos hacen pompas de jabón, por el puro placer de hacer figuritas con ellas, lo que no evita, sino causa, tormentas y ciclones. Y no te quepa duda alguna de que cualquiera de esos descubrimientos que vuestra especie juzga producto de la genialidad de algunos o del trabajo continuado de investigación de equipos, son aportaciones graciosas que alguno de los seres de mi dimensión o de las superiores os hacen, con el solo fin de hacer más entretenido contemplar vuestra lentísima, y por su propio impulso, hasta negativa, evolución. Algo parecido, aunque obviamente a otro nivel, a la forma como vosotros, los que os creéis más listos de entre los humanos, y a vuestra reducida escala, cedéis -por supuesto, en vuestro caso, de forma egoísta- algunos avances tecnológicos a los países menos desarrollados.

-Abundando en ello, -iluminó como un relámpago de trillones de fotones, una eminencia de la quinta dimensión- has de saber, enano cósmico, que aunque te creas superior a otros seres de tu escala, incluso invisibles para ti con tus medios de análisis, la situación es solo fruto de tu ignorancia, que no puedes suplir con tu limitada imaginación y tus equipos de pacotilla.

En la Tierra, la población se maravilló de un resplandor tan fulminante que creyeron llegado el fin del mundo, y se pusieron a orar, sin saber a quién.

El sabio terrestre guardó silencio, confundido. Su silencio duró una nada inmensa, y fue percibido en la Tierra como varios siglos de inconcebible vacío. A partir de entonces los cielos se oscurecieron, los hielos se derritieron en una parte y en otra aumentaron varios metros su espesor y, lo que fue peor, todas las creencias se tambalearon, cayendo muchas estrepitosamente y arrastrando en su caída próceres, papas, ayatolás, reyes, iconos, gurús, empresarios, emprendedores, fieles y galardonados (entre otros).

Entonces, y solo entonces, un ser ínfimo que estaba alojado, al parecer, en uno de los lugares más recónditos de la epidermis de la calva del sabio, tal vez colindante con alguna zona del hipotálamo, que no hemos sido capaces de precisar, expuso este pensamiento sorprendente:

-¡Eh! Yo también he venido a esta reunión de sabios, y habito, como la especie humana, en el espacio tridimensional, aunque mi ámbito de desarrollo es varios múltiplos superior al espacio terrestre. No tenemos pretensiones de ser los más sabios del cosmos, ni mucho menos, anhelamos ser independientes, pero quiero expresar que nuestro nivel de inteligencia, como las criaturas superiores sabéis bien, es muy superior al del hombre, al que conducimos como nos da la gana. Los humanos son nuestros robots, en el ámbito que vosotros, los entes superiores, nos permitís actuar.

El sabio humano se quedó de piedra. Lo que anhelaba un instante de gozo se había tornado en una pesadilla terrible. Un ámbito de dolor y desambiguación de máxima crudeza, que, por fortuna, terminó cuando alguien movió su brazo.

-¡Poeta!¡Poeta!

Era su mujer, que le observaba, angustiada.

-¡Despierta, despierta! ¿Qué te pasaba, con qué soñabas? ¡Te movías con terrible angustia y no hacías más que repetir, “no tengo la culpa, no me castiguéis”? ¿Quién te iba a castigar?

El poeta, ya despierto, guardó silencio, se levantó presto, y mientras se aliviaba de los líquidos que se le habían acumulado durante la noche, pensó: “Qué complicado resulta todo esto”.

Pero se guardó, muy mucho, de comunicar a nadie, ni siquiera a su esposa, sus presentimientos y, naturalmente, tampoco le contó su sueño, porque no deseaba escuchar ninguna interpretación.

FIN

Cuento de otoño: Un hongo irresistible

La excepcional afición de Diodoro por desentrañar los misterios de la naturaleza, que se manifestara desde la temprana niñez en tantas facetas, se concretó relativamente pronto en la micología.

Todo micólogo que se precie debe ser también un micófago aceptable, pues se puede decir que, en este arte como en todos, la satisfacción ha de compartirse entre la totalidad de los sentidos.

Diodoro no era, en el campo de las setas, una excepción. Seccionado o desprendido el carpóforo, con el cuidado que es de suponer, de sus hifas o micorrizas, escudriñaba entre las láminas y capelos, confirmando escotaduras, decurrencias, situaciones glabras, vulvosas o pilosas.

Si así le aparecía necesario, reforzaba la investigación con un cristal de aumento o unos frascos con sustancias colorantes que llevaba en un pequeño maletín, colgado de un cinto, para que no le estorbase el fácil acceso al cesto de mimbre en el que acababa depositando, en dos montones, separados convenientemente, los hongos comestibles de los que no lo eran.

Era tanta la ciencia de Diodoro, tanta la información que, con el transcurso de los años había asimilado sobre hongos, que raras veces faltaba a ese proceso identificatorio, la satisfacción intelectual de poner un nombre exacto a la seta recolectada. Cinco nombres, para ser más precisos: el vulgar, en cada una de las cuatro lenguas vernáculas y el que correspondía a la clasificación de Linneo que, como es sabido, admite incluso variantes y, a su vez, se compone de dos y hasta tres palabras.

La intelectual era rematada con la satisfacción de la ingesta del hongo. Cierto que, a base de primaveras y otoños, Diodoro no sentía ya el mismo placer de comerse sus múltiples raciones de setas, preparadas de las más variadas maneras, salteadas, asadas, rellenas, crudas o cocidas al vapor; solas o acompañando guisos; en bechamel o en rodajitas.

No era ya así. La ingesta se había convertido más bien en una obligación, un deber. Incluso alguna de las variedades que figuraban como comestibles en los múltiples manuales que abarrotaban su biblioteca monocromática, le llegó a provocar diarreas y hasta vómitos, seguramente por incómoda saturación del estómago o del intestino por constituyentes potencialmente indigestos.

Por supuesto, con las que aparecían como dudosas en los manuales o como venenosas o peligrosas para la salud, incluso las que podían resultar alucinógenas, no entraban en el cuerpo de Diodoro, que se limitaba a fotografiarlas, si era el caso, y las dejaba, llamándolas por su nombre, en el lugar en donde las había hallado, respetuoso como era de los misterios de la madre naturaleza.

La historia hubiera sido simple y sin interés, sino fuera porque el tal Diodoro, un otoño, paseando con su cesta y abalorios por parajes de la sierra de Aizkorri, se encontró con un corro de setas, de notable porte, que habían crecido aparentemente en campo abierto, aunque a cierta distancia de un alerce.

Tenían el sombrero parcialmente umbelonado, pero no eran cabezas de fraile, porque aún se veían, en los ejemplares más jóvenes, restos de lo que debía haber sido vulva o volva, aunque, al desenterrarlas, no encontró vestigios. En la parte baja del sombrero, no había láminas, sino unos como tubos, pero que más bien se aproximaban a púas, aunque, por la época y lugar, no podrían ser hydnum repandum, sino, más bien, ¿de la subespecie pantherina?.

¿Y qué decir del pie, ventrudo, adelgazado en la base, con unas manchas ferruginosas, no imputables a la esporada, casi blanca, sino, tal vez, al roce con el mero aire?

Diodoro seleccionó los ejemplares que le parecieron mejores, por más representativos y, abandonando la búsqueda de más boletos, hongos o carpóforos, estuvo escaso de tiempo en volver a su casa, y sumergir la testa entre las decenas de libros en las que creyó encontrar ayuda para identificar su hallazgo.

Pasó la noche, y nada avanzó. Cuando le parecía que tenía ya puesta al descubierto la identidad de aquellas setas, una observación más pertinaz, daba un vuelco a la hipótesis. La esporada a veces see le antojaba blaco ocrácea y otras, rojo pardusca, la carne era por momentos consistente y por situaciones, cedente a la presión digital. El olor, a rábano, pero, bien mirado (es decir, olido) podría ser también a almendras o incluso a membrillos revenidos.

Fuera como fuese, sin aguantar ya más la incertidumbre, y aún manteniendo el misterio de la identidad de aquellas setas, el alba encontró a Diodoro preparándose un guiso con ellas. Hizo, en fin, lo que tantas veces el mismo había desaconsejado hacer.

Era aquella la que se apoderó de él, como hubiera reconocido más tarde, de haber tenido ocasión, una tentación irresistible, el deseo de penetrar gustativamente en el misterio del ser y no ser de aquella muestra rebelde de la naturaleza, que se defendía de ser catalogada. Al menos, para él, Diosdoro, tocado en su orgullo fibroso de micólogo.

Tenía que probarla.

Como no quería enmascarar el sabor, apenas si puso una base de aceite en la sartén, añadió una pizca de sal, y, sentándose a la mesa, probó un poco. Excelente. La carne era sólida, el sabor fúngico con un regusto a asado de cordero, el olor que se desprendía al masticar, propio de un manjar solemne.

Comió todo el contenido de la sartén, sintiéndose feliz. Muy feliz.

Cuando, a mediodía, como acostumbraba, la chica de la limpieza, que disponía de una llave, entró para arreglar el apartamento de Diodoro, lo descubrió volcado sobre la mesa del comedor, con un lápiz agarrado en la mano, junto a una hoja de papel, en la que había escrito, con letras gigantescas:

“NO COMER. ESPECIE VENENOSA.”

Pero no había logrado identificarla, parece.

FIN

Cuento de verano: Olvido busca Memoria

Ya sé que es un título raro para un cuento. Tenía pensado uno buenísimo pero no consigo recordarlo.

Yendo directamente al grano del asunto, el protagonista de este relato no es un pueblo concreto, ni una raza, sino una especie. La humana. Y el marco de referencia no es la Tierra, sino el cosmos. Puede parecer pretencioso, aunque no es exactamente mi intención.

Cuando quienes imaginaron el Universo habían ya colocado toda la escenografía, activado los mecanismos semiautomáticos y decidido los momentos en que se producirían los momentos más impactantes, y se disponían a disfrutar de los efectos, tranquilamente sentados en la primera fila de butacas, uno de ellos tuvo una idea singular:

-Pongamos la condición de que, en la evolución de las especies, una de ellas no tenga memoria.

El resto de los artífices del Universo estuvo de acuerdo de inmediato en que podría ser interesante, y ese y no otro es el origen de la especie humana, tal como la conocemos hoy. La ausencia de memoria afecta por igual a hombres y mujeres, porque lo importante para este cuento no es ignorar o no dónde dejaste las llaves o cuál era el traje que llevabas el día que se casó tu prima la de Logroño, sino que me estoy refiriendo a la Memoria colectiva, a los hechos claves de la Historia de la Humanidad que hubieran permitido reconocer porqué estamos y somos así, y no repetir más que los éxitos, evitando caer por segunda vez en lo que salió mal.

Me he referido en el párrafo anterior a “la Historia de la Humanidad” y, en realidad, no existe. Tenemos a disposición de los curiosos y eruditos una colección de anécdotas, en su mayor parte inventadas o tergiversadas, que es imposible interpretar, por mucho que te rompas la mollera. Como la especie humana es actualmente muy numerosa -hace tiempo que alcanzó la masa crítica-, hay centenares de análisis de lo que pudo haber pasado, y hay que reconocer que algunos llegan a conclusiones divertidas.

Tanta palabrería no impide ser claro en afirmar que la humanidad, como no tiene memoria, esté continuamente volviendo a empezar, para diversión de los dioses de esta gran aldea global, aunque lo hace cada vez con menos margen de actuación, como si estuviera representando ya el último acto. Esto explica -es un decir- que, con las tensiones entre pueblos y razas, que hace apenas un siglo desembocaban en guerras y operaciones destructivas de ámbito local, ahora tengan un carácter general, y por un quítame allá esas pajas, se esté a punto de organizar la de vámonos, Juana. Como si esto fuera un patio de colegio, los grandullones y los gallitos no paran de trazar líneas rojas y de tirar petardos al lado del vecino, que te dejaban sordo un par de días.

Aunque todo parece más estructurado, no hay tal. El origen de la tensión no ha cambiado, y es el afán de dominar y acapararlo todo que surge, como una enfermedad, en ciertos grupos y en todas las generaciones. La ausencia de Memoria es la razón.

A nivel individual, como han resuelto algunos estudiosos, lo deseable es llegar a la vejez con buena salud y mala memoria. Solo que, como especie, hemos llegado a este punto con mala salud y nula Memoria. Lo que es muy poco tranquilizador.

He soñado que los autores del libreto y la escenografía, en este acto, habían previsto que Olvido saliese a buscar a Memoria. Era un sueño muy entretenido, que me hubiera gustado recordar.

FIN