Emparedados europeos

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El ascenso del pintoresco empresario Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica, como resultado de una campaña elaborada desde el núcleo duro del sistema para engatusar a los que tendrían razones sobradas para desconfiar de él, abre un camino de incertidumbres que, para los historiadores del porvenir, significará una fuente de novedosos materiales de análisis.

Habrá que esperar a conocer el despliegue de las acciones anunciadas, antes de autoinmolarse en el altar de las desdichas presentidas. Todo indica que las ambiciones empresariales del Sr. Trump van a experimentar un realce espléndido (para él) desde su posición privilegiada como factor del país aún más poderoso de esta Tierra, y que se iniciará un período de ayuda y comprensión recíproca con la Federación Rusa, gracias a la cálida relación personal con Vladimir Putin. Además de haberse manifestado afecto recíproco y gran sintonía, los dos presidentes parecen dispuestos a obviar los importantes conflictos y tensiones que ocupaban un prominente lugar en la agenda de preocupaciones del aún presidente Obama.

La verdad, a título exclusivamente personal, que Putin y Trump se aprecien, se quieran y estén dispuestos a evitar cualquier tensión mayor entre los intereses que representan, tendría que importarme un bledo. Sin embargo, tengo serias sospechas de que la gran perjudicada de ese nuevo cariño perjudicará gravemente a Europa. Un proyecto de agrupación de Estados en fase lamentablemente en descomposición, y que, por ubicación geográfica y dependencia comercial, se haya en medio del camino de aproximación entre ambas potencias,  con perfil tradicional de escudo ambivalente más que de puente practicable.

No es momento para enarbolar ingenuamente banderas de paz y conformismo. Se necesita una Europa unida, fuerte, económicamente solvente y con las ideas muy claras, no solamente sobre los valores éticos, ambientales o sociales que hay que preservar o potenciar, sino, sobre todo, capaz de defender esos principios y sus consecuencias.

Si las negociaciones que se creían muy avanzadas sobre el Tratado de Comercio con EEUU están rotas definitivamente (y cabe preguntarse quién rompió el enlace), si el Reino Unido entiende que va mejor solo que mal acompañado a abrazarse con Estados Unidos, si la presencia de Estados Unidos en la OTAN se cuestiona y deja de proporcionar (aunque solo sea como amenaza táctica) cobertura a las posibles amenazas exteriores a un conjunto de naciones armadas casi exclusivamente con buenas voluntades, habrá que potenciar los recursos propios, buscarse nuevos aliados estratégicos y ponerse las pilas (perdón por la vulgaridad) de una vez sobre lo que importa.

Ah, y en ese contexto especial, resulta desquiciante, que analistas reputados muy serios, entiendan que este apoyo de la nomenclatura rusa al nuevo equipo norteamericano viene de largo, y que los escándalos de filtración de documentos confidenciales (ya vengan de Assange como de Manning o de la misma CIA) ha sido muñida por intereses muy oscuros.

En la ceremonia de la confusión, mientras el equipo de Clinton se lame las heridas, sin haber asimilado aún que la derrota infligida va para largo, hay quien cree que un impeachment (procesamiento de un cargo público) del Presidente liberará al mundo de la pesadilla Trump.

Es un deseo imaginativo pero absurdo, no ya  porque el nuevo Presidente controle ambas cámaras, sino porque a la noble nación norteamericana lo que le importa, de verdad, es si un presidente, por muy capaz que sea para gestionar lo público, oculta sus relaciones íntimas con una becaria.

Eso sí que le resulta imperdonable. Por eso, el apellido Clinton estará para siempre marcado por el puritanismo arcaico de la sociedad que pretende dirigir los destinos del mundo, y que no tolera que un presidente de los Estados ose abrirse un par de veces la bragueta debajo de la mesa del despacho oval. Muy diferente, sin duda, a hacer ostentación pública de las más rijosas inclinaciones, adornadas, además, con el desprecio a las mujeres, a los inmigrantes, a los desfavorecidos, a  los homosexuales y, en fin, a lo que le apetezca mancillar según el humor del día.


La foto corresponde a un Ganso del Nilo o ganso egipcio (identificable por la mancha orbicular oscura), que vive solitario en el Parque San Francisco en Oviedo. Es frecuente encontrar a congéneres de estos caretos en los mini-zoos de las ciudades españolas, importados desde sus lugares de origen para dar exotismo a las colecciones de patos, gansos y cisnes.

Según pude observar, el animal, robusto y pendenciero, se lleva mal con los pavos reales, y con los demás anseriformes que pueblan el más bien abarrotado lago que, desde hace décadas, se ha montado allí y que se conoce como “el estanque de los patos”. Si me remonto casi a mediados del siglo pasado, los  más preciados habitantes de lo que entonces era una charca no siempre muy limpia, fueron una pareja de cisnes blancos y un cisne negro, además de una decena de patos azulones.

Tengo alguna instantánea de uno de aquellos cisnes, que tomé -obviamente, en blanco y negro- con una Reflex que tenía entonces. Por una de ellas, seguramente por el complicado juego de brillos y reflejos del ave en el agua, me dieron un premio de fotografía, que, desde mi impulso adolescente, me hizo creer que había méritos de autor y que, en todo caso, me llevó horas revelar en un cuarto oscuro que el SEU ponía a disposición de los aficionados autodidactas.

Ahora, según he oído, en el estanque solo queda un cisne de aquella pareja, viudo, y se ha decidido no introducir más de esta especie en su hábitat, porque estos animales son monóganos (además de territoriales). Se espera, pues, para la repoblación con otra pareja de cisnes, al fallecimiento del supérstite, que se supone ya próximo. Los cisnes son longevos, pero no mucho más allá de cincuenta o sesenta años.

Con la aparición de mejores ópticas, cámaras de aplicación más sencilla y la capacidad de hacer cientos de fotos del objeto en soporte digital sin gastarse euros ni minutos, me convencí de que el mérito suele estar en el aparato y -exceptuando dosis de paciencia y dosis de oportunidad-no en quien lo manipula.

Lo que no tengo idea es quien incorporó al careto a la avifauna ovetense, ni tampoco quien toma decisiones sobre la vida de las anátidas. Si se hiciera una encuesta, entre si fue por causa de Apolo o por virtud de a pelo, no sería de extrañar que, en vez de abstenerse o entender que es patochada, ganaran los partidarios de montarse sobre los temas en pelota.

¡Migrantes del mundo, uníos!

La búsqueda de la precisión semántica para distanciarnos, al menos desde el lenguaje, con lo que nos incomoda, ha puesto en circulación el término migrante, para designar a los grupos de desplazados que vagan por tierras ajenas buscando el acomodo que se les niega en las propias.

Migrantes son, hoy, los millares de sirios, kurdos, hutus,  chechenos, serbios, macedonios, keniatas, que huyen de las guerras civiles (masacres, exterminios, venganzas tribales) que provocan continuamente quienes se fuman puros de intereses torcidos mezclados con ignorancias culpables junto a los nichos  de pólvora de los desentendimientos colectivos.

Cada vez hay más migrantes. Para los amigos de la ornitología, las aves migratorias, o migrantes, viajan entre dos lugares de acogida, en los que se asientan según la época del año, para aprovechar de cada uno las condiciones más favorables, que les permitan superar los inviernos y criar sus proles. Los migrantes humanos viajan sin rumbo, y, si lo tienen, apuntan a lugares que alguien les contó (la información es ahora global, los recursos tienen dueño) que eran más ricos.

Es un éxodo sin Moisés, en el que nadie ha prometido la tierra que se busca para asentar en ella los exigüos petates. Para vergüenza de todos, estas caminatas de desplazados a la fuerza, en nuestra sociedad en la que la información trivial es fundamental, están bien documentadas.

Hay decenas de periodistas que acompañan, con sus cámaras y sus libretas en ristre, a esas huestes inocentes de su existencia desgraciada, que se agolpan en cada frontera que encuentran, que reciben golpes y amenazas de los guardianes de todos los órdenes, que siguen ciegamente, mientras no encuentran obstáculos, los rieles y los caminos que apuntan a algún sol que tal vez les acoja.

Estamos siendo testigos, al menos los europeos de toda la vida -no me resisto al sarcasmo- de una escalada en esas corrientes migratorias que buscan nuestro bienestar como acomodo. Hubo un tiempo en que necesitamos mano de obra barata (aún la queremos cuando repunta algo la economía), y así se han tolerado turcos que hoy son casi alemanes, ecuatorianos que son casi españoles, argelinos que son casi franceses, paquistaníes que se creen ingleses, etc.

Después, nos hemos echado las manos a la cabeza y elevado poco a poco las alambradas con cuchillas para ponérselo muy difícil a las avanzadillas de atletas subsaharianos que tienen una capacidad de supervivencia propia de hércules y que solo parecen necesitar un lugar en la oscuridad de nuestra economía sumergida.

Y ahora, los líderes de nuestro mundo, reunidos en cónclave permanente, se reparten los despojos de esta última corriente migratoria, formada por un par de cientos de miles de seres humanos que huyen de su país, Siria, en un intento desesperado de salvar sus vidas. Han perdido todo lo demás.

Si no somos capaces de entender que todos somos, o seremos, migrantes, si no nos sentimos representados en cuantos huyen, escapan, se van de los lugares donde la naturaleza les puso a vivir, nos convertiremos, aunque nos pese, en cómplices de lo que pasa.

Porque tenemos que estar, sin paliativos, sin que quepan disculpas ni miradas de soslayo, del lado de los que no pueden consentir que esté pasando lo que pasa. No hay otro sitio decente.

Por eso, mientras me quedo atónito contemplando a una señora con una cámara en mano que va poniendo zancadillas y dando empujones a los migrantes sirios (“para documentar mejor la noticia”?) que han soportado caídas de cascotes de sus casas, ametrallamiento de familiares y amigos, porrazos de policías de frontera, inclemencias climatológicas, marchas de cientos de kilómetros por caminos que no conducen a ninguna indulgencia plenaria ni se hacen por placer,…me sale del alma un grito de guerra santa: ¡Migrantes del mundo, uníos!

 

La mirada podrida sobre Grecia

En algún lugar leí que la palabra Europa no tiene sus raíces etimológicas en el griego, pues no se le puede suponer -como por algunos eruditos se había defendido- compuesta de los vocablos eur y op (que significaría “mirada amplia”),  sino por eur y opa, ya que se debe mantener la concordancia de género, y eso se traduciría por “mirada podrida”. Así que la polémica sobre el origen del nombre ha derivado hacia las fuentes semíticas, que tienen aguas mucho más frescas.

Lo que tiene menos dudas es que Europa  tiene su amplia base geográfica y cultural original en el equilibrio entre Atenas y Roma, al que se ha de añadir una componente judía, proveniente de los vientos históricos que se formaron desde Jerusalén. Y también admite poca discusión que en los últimos veinticinco siglos se han librado en el territorio que podríamos considerar originariamente europeo muy cruentas batallas, que lo han seccionado, longitudinal y transversalmente (1).

Esas manifestaciones de la belicosidad de sus gobiernos, las ambiciones de conquista y apropiación de bienes del vecino, las luchas dinásticas, las revoluciones sociales, la evolución de las lenguas habladas y escritas -¡y, cómo no, la influencia de las religiones y la autoritas otorgada por los creyentes al representante de Dios en la Tierra!- se han reflejado en multitud fracturas, convirtiéndola en un mosaico de intereses, que debemos admitir, de forma indulgente, que forman parte de las culturas nacionales.

Estamos oyendo múltiples opiniones acerca de  la manera de resolver la actual crisis nacida en la Unión Económica Europea, como consecuencia de la dificultad -en realidad, debemos hablar de la incapacidad- de Grecia de devolver la totalidad de los créditos que obtuvo de los demás socios de la eurozona. Como en todos los temas, los comentarios no hacen sino reflejar la consecuencia de los diferentes intereses que se defienden, y que están detrás de los argumentos, aunque no se vean.

La situación no admite circunloquios, sin embargo: Grecia, independientemente de cuál sea el color de su gobierno, quizá pueda pagar algún día el principal de la deuda, si se le concede la moratoria adecuada y se le ayuda a la reactivación de su maltrecha economía, pero jamás podrá responder de los altísimos intereses, propios de usureros, que los prestamistas le habían fijado. Por cierto: una buena parte de los préstamos han ido a parar a dotar al estado griego de una capacidad armamentística, para pagar, a buen precio, los equipos bélicos proporcionados por los principales países de esa Unión Europea.

No valen para nada afirmaciones políticas destinadas a asustar a los griegos, pretendiendo tranquilizar (sensu contrario) a los ciudadanos de los países de donde surgen las declaraciones de ciertos mandatarios: apelar a que “los pactos deben cumplirse” o a que “la salida de Grecia del euro tendrá escasa o nula recuperación para nuestra economía”, se hayan hecho o no los deberes (¿qué significa eso?) no puede merecer ningún calificativo inteligente.

Grecia es Europa (casi, más propiamente hablando, al revés: Europa es Grecia). En una familia, las dificultades esporádicas, ocasionales, de un miembro -aunque haya sido un despilfarrador, incluso si se le califica de drogadicto- se solucionan en el seno de la misma, ayudando al perjudicado: con un tratamiento de rehabilitación, pagando sus deudas, ayudando a su recuperación definitiva. No ahogándole aún más.

No me duelen prendas al afirmar que los argumentos más sensatos respecto al tratamiento de la deuda griega han venido desde la izquierda reputada como “radical” por los amigos del orden mundial, supongo que siempre que lo determinen ellos mismos. He escuchado a Gaspar Llamazares y a Iñigo Errejón decir cosas muy adecuadas. En esencia: no exijas a quien no puede pagar, que pague, haciendo los sacrificios que tú le quieres imponer, y escúchalo atentamente, y ayúdale a que se recupere.

Creo que la razón por la que, en este caso al menos (no es el único), me encuentro tan próximo a las ideas que se exponen desde los márgenes del sistema, incluso desde fuera de él, es sencilla: no tienen nada que perder. Cosa que, mírese por donde, me parece que los distancia de los sabios defensores del dólar Stiglitz, Krugman, de los asesores de Merkel o de Hollande (y sus palmeros) y me acerca, junto a ellos, a lo más sensato.

(1) He recuperado esta idea de un artículo, aún no publicado, escrito por mi buen amigo Santos Castro Fernández, “Europa: Una realidad histórica”, y que su autor apoya con citas, entre otros, de Remi Brage, Horacio, y Jacques Le Goff.

Mi Diccionario desvergonzado: árabe, calendario, Europa, evolución, fuerzas armadas, milicia, evolución, ponente, intervención

Árabe. 1. Dícese de quien está obsesionado por saber cómo se divierte su mujer. 2. Indio asiático. 3. Perteneciente a amplias zonas de Asia y África, comprendidos los habitantes de los Emiratos con esa apelación. 4. Hablante de una macrolengua semítica, con ramas o dialectos tan dispares, generados de un tronco común, que no se entienden entre sí; por cierto, esta última característica se presenta también entre españoles, si bien este caso, la falta de entendimiento se produce compartiendo una sola lengua.

Calendario. 1. Conjunto de fechas que se fijan en una reunión para programar las siguientes, cuya determinación suele ocupar buena parte de la misma, y su revisión, un tiempo similar en las posteriores. 2. Impreso en el que se anuncian una o varias señoritas en paños menores o sin ellos (excepcionalmente, pueden figurar varones o travestidos)  y que contiene,  adicionalmente,  junto a la dirección y teléfonos de un taller, concesionario o empresa de servicios, seis o doce cuadritos  con los meses del año, en los que se señalan las fiestas y vacaciones. 3. Taco de sobremesa, con 365 o 366 páginas, reliquia de los tiempos en que no había ordenadores ni relojes digitales, que se entregaba a los empleados de cuello blanco en los primeros meses del año, y en el que se anotaban los cumpleaños, los teléfonos de clientes y amigos y algunas ocurrencias .

Europa. 1. Elucubración con base histórica somera y una compleja edificación de su desarrollo comercial, en la que los países que ocupan su almendra central propenden a tomar decisiones sobre lo que corresponde hacer a los de la periferia, y éstos, a padecerlas. 2. Zona de dimensión variable dentro de la masa continental llamada Eurasia, cuya característica común es que sus habitantes han guerreado entre sí, en las más variadas alianzas, a lo largo de su Historia. 3. Sinónimo de Unión Europea, agrupación política en búsqueda permanente de identidad.

Evolución. 1. Tendencia natural de un proceso, que si es positiva, encontrará siempre un orgulloso responsable, y si ha sido negativa, será considerada coyuntural o atribuida a la falta de colaboración de la oposición. 2. En una enfermedad, condición prevista médicamente para que el paciente mejore, calificada por ello de favorable, lo que no descarta complicaciones inesperadas que puedan producir otros resultados.

Fuerzas armadas. 1. Agrupación de carácter militar, con vocación para ocuparse crecientemente de temas civiles, si escasean los conflictos bélicos. 2. Conjunto de personas de uniformes variados, que desfilan bajo banderas y estandartes el día de sus patrones, ante las autoridades y público en general, y antes de tomarse unos días de permiso. 3. Ejército, combinación de armamento sofisticado y personal, en proporciones variables, disponible permanentemente para desarrollar la próxima guerra, si recibe las órdenes adecuadas en las condiciones oportunas.

Intervención. 1. Momento de una sesión programada, en la que se proyectan en la oscuridad diapositivas o láminas en las que figuran frases que alguien lee con tono monocorde. 2. Agresión tolerada sobre el cuerpo de un enfermo, realizada por un nacional de otro país, cualificado para ello en una Facultad de Medicina, llamado por ello, residente. 3. Acción de invadir los terrenos o competencias de otro, que si es armada, se dirá pacífica y forzosa.

Máximo. 1. Grado no superable, salvo que se trate de una cualidad propia, como, utilizado por ello en expresiones como “máximo celo, máximo interés, máxima dedicación”, etc. 2. Lo que se espera como rendimiento adecuado para quien se conforma con aportar el mínimo esfuerzo.

Militar. 1. Persona con vocación de cumplir unas normas, sin necesidad de plantearse problemas acerca de la legitimidad de su origen. 2. Pertenecer a un partido político u otra organización de la que se espera obtener algún beneficio, situación que confiere la cualidad de militante, que no debe confundirse con la de cargo en la misma, que se adjudica mediante procedimientos reservados a una minoría.

Moderador. 1. En un Congreso o Seminario, calidad de quien tiene por misión, regular el cumplimiento del programa previsto y las interpelaciones planteadas por los asistentes a los ponentes,  lo que no suele satisfacerse por tres razones: su larga e innecesaria intervención, la tolerancia en la excesiva duración de la primera ponencia, lo que reduce drásticamente la de las siguientes, y el soliloquio sin relación con lo expuesto que realizan las dos personas del público a las que cede la palabra, antes de que se supere ampliamente la hora prevista para finalizar la sesión. 2. Experimentado atemperador de una discusión inútil, que atiende escrupulosamente a la satisfacción de la razón principal por la que se acude a un acto público, que es la pausa de café con pastas.

Nación. 1. Argumento histórico para invadir las razones de otros pueblos. 2. Apelación a una elucubración metafísica por políticos ambiciosos con el objetivo de ofuscar el interés de los ignorantes para realizar más cómodamente el suyo y el de sus correligionarios.

Paso. 1. Imaginería que se lleva a hombros en una procesión, en un acto muy vistoso que se prepara durante casi todo el año, y que se lleva a cabo en días señalados si no llueve, que es interpretado, sin fundamento, como señal de devoción a seres imaginados. 2. Manera de desfilar al unísono, que pretende demostrar que el ser humano es capaz de perder momentáneamente toda capacidad de raciocinio. 3. Cada uno de los movimientos que se realizan para avanzar o retroceder, según convenga.

Ponente. 1. Persona que ha preparado un tema por cierto tiempo, y al que se atribuye, por ello, mayor cualificación que otros para expresar públicamente sus elucubraciones sobre lo que, no pocas veces, se ignora. 2. El que más pierde en una actividad colectiva.

Verano. 1. Estación comprendida entre dos primaveras consecutivas, al que, en caso de faltar, se atribuye cortedad intelectual, siendo, por lo demás, señal de enemistad manifiesta con la persona objeto de esa apreciación. 2. Mes del año en el que los que trabajaban por cuenta ajena programaban sus vacaciones antes de la crisis. 3. En el hemisferio austral, invierno.

Regla. 1. Síntomatología compleja surgida del momento en que la mujer fértil no está en situación de quedar embarazada, que es declarada tabú para las relaciones sexuales en algunas creencias. 2. Conjunto de normas que deben seguirse, salvo que se quiera asumir la responsabilidad por las consecuencias de hacer lo contrario.

Reunión. 1. Excusa para no contestar al teléfono. 2. Fórmula de pasar el tiempo sin tomar decisiones. 3. Agrupación de personas dispuestas a asumir algún protagonismo, de la que no se acostumbra a dejar constancia en las actas de la misma.

Visión. 1. Ofuscación de la mente del que dirige una misión, suplida por la buena voluntad y entrega de los que la llevan a cabo. 2. Capacidad de algunos animales para detectar dónde hay comida u oportunidades de negocio. 3. Sentido que se aminora con la edad, teniéndose como la reacción de la naturaleza para disimular el propio deterioro físico a los seres vivos, y que las gafas de presbicia ponen en evidencia a los humanos.

Los mejores jinetes de Europa

Los tres máximos deseos de Joseph Schumpeter, ese economista tan citado que muy pocos han leído (incluidos licenciados en economía),  en su juventud, habían sido, según él mismo dejó expresado: ser considerado el más diestro jinete de Europa, cotizarse como el más deseado amante de Austria y alcanzar el prestigio de mejor economista del mundo.

No fue Premio Nobel de Economía, porque aún no se había establecido ese galardón, pero fue maestro de varios premiados, y un devoto generoso de la escuela austríaca. No consta su éxito como mujeriego, aunque parece que estaba muy orgulloso de sus dotes amatorias. En cambio, como jinete creyó, a tenor de su valoración cuando no estaba para trotes, que había quien lo superaba.

Si Schumpeter tenía en mente algo más que los caballos, y quería indicar que había quien lo ganaba a eso de correr, apostaría que estaba pensando en los españoles. A correr, nunca nos ha ganado nadie. Y no solo con los caballos, las motos y los coches. A correr sin ton ni son, también. Siempre hemos tenido alguien que se lanzaba a la aventura, visionarios, rebeldes, levantiscos, espadones, utópicos.

Lamento decir que me están decepcionando a ritmo rampante los chicos de Podemos. De los políticos más experimentados, ya ni hablo, porque son pocos los que aprueban mi prueba del nueve. Pero alguien con carisma en las filas de los que creen Poder (y lo añoran) debería aconsejar calma a estos jóvenes que están defendiendo un mayo de 2014, y, como único artilugio, están proponiendo ponerlo todo patas arriba. Me he perdido y, francamente, no se a dónde quieren llegar, y, por supuesto, no sé cómo.

Hubo otro mayo (el de 1968, evidentemente), que sí tenía sentido. Había un modelo a seguir extraordinariamente atractivo. Los jóvenes franceses (como modelo más próximo) sabían lo que querían y, para los jóvenes españoles, ir detrás era simple y muy reconfortante. Muchos de sus mayores compartían y alentaban ese cambio: más libertad, más democracia, apertura internacional, más frescura institucional, etc.

Sabemos ahora que los jóvenes de Podemos están mal en matemáticas. No se les da eso de los números. Tampoco se les da bien lo de entender el mundo real, empapizados con enseñanzas académicas que dan bien el tipo en las aulas pero que no sirven para salir a la calle.

Siguen siendo muy agresivos en los planteamientos estrictamente económico-políticos y, en un panorama de crisis, corrupción y desánimo general, es lógico que encuentren algunas adhesiones. Pero a este mayo de 2014 les falta modelo concreto a imitar, y la improvisación nunca fue buena consejera. ¿Qué se va a hacer con esa República que preconizan? ¿Son de izquierdas o son solo chicos con martillos?.No querrán convertirnos en una república bolivariana, ¿verdad?

Por eso es de agradecer, en este momento y en este país, que se den prisa en aparecer rostros nuevos, creíbles, experimentados en la economía, las finanzas y…en la gestión de la polis, para que enderecen la vía por la que canalizar tanto descontento, y vuelvan a sus sitios a los jóvenes que, faltos de modelo real, quieren instaurar su prototipo de gabinete.

Que por ser los más rápidos jinetes de Europa en esto de andar acelerados, no nos van a dar ningún premio.  Ni en Europa ni fuera de ella. Al contrario. Nos harán pedazos y se morirán de risa.

 

 

A falta de una gran Pirámide europea

Entre los años 247 y 208 a.C., el emperador chino Qin Shisuang dedicó una parte importante de los recursos a crear una ciudad mortuoria colosal en Xian, cuyo centro sería su propio mausoleo. Se calcula que más de 700.000 seres humanos encontraron allí una ocupación, es decir, el objetivo vital de los modestos, que les permitió subsistir.

Para muchos de ellos significó también un lugar de muerte: por accidente, extenuación e incluso porque allí fueron enterrados vivos, en ritos cuyo significado concreto se trata de descifra. Pero que podemos intuir, en coherencia con el resto del despliegue: servir al emperador en su supuesto entorno metafísico, enlazando, de paso, caminos de la vida con la muerte, tanto para el que domina como para sus lacayos, condenados en su proyecto megalómano a servirle eternamente.

Los momentos de prosperidad generan próceres que aprovechan la oportunidad para engordar su imagen mientras dure la bonanza. Fue también el mismo emperador el que dió impulso a la Gran Muralla, iniciada tres siglos antes, y cuya renovación y conservación proporcionaría trabajo, es decir, pan y distracción para que no se obsersionaran con su penuria, al pueblo chino durante la dinastía Ming, unos siglos más adelante.

Un esfuerzo descomunal en tiempos y dineros cuyo objetivo teórico era servir de freno a las invasiones de los pueblos del norte (mongoles y manchúes), que resultó militarmente baldío: Gengis Kahn solo tuvo que sobornar a un centinela para atraversar la Gran Muralla con su ejército por una de sus puertas.

La Historia está llena de ejemplos de obras que hemos caracterizado popularmente como “obras faraónicas”, en referencia a las pirámides de Egipto. Trabajos que reclamaron concentraciones fabulosas de recursos, cuya finalidad parece haber sido un pretexto. Ese aparente despilfarro lo encontraríamos también -por ejemplo- en los templos incas, en la misteriosa muralla de Adriano que limitó tenuemente la antigua Britania, en los templos esculpidos en la piedra de Petra, y, con el nivel de gradación de despropósito o inutilidad  que queramos otorgarles (o al revés), en coliseos, catedrales, mezquitas, altares, castillos, necrópolis, infraestructuras viales, naves industriales, centrales nucleares o térmicas, ciudades abandonadas, y en esos millones de ruinas -vestigios de grandes y pequeñas obras devenidas inútiles- que testimonian esfuerzos de inversión y trabajo que en su momento fueron consideradas necesarias.

Lo que tienen en común todas esas referencias es que, en su momento, generaron trabajo, repartieron recursos. Muchas de entre ellas, fueron inútiles para cumplir sus objetivos, o lo consiguieron durante muy escaso tiempo, o se erigieron en honor de dioses y cultos -celestiales y humanos- que  no resultaron útiles, y se abandonaron, a ellos y a sus centros de devoción.

Hay otras acciones humanas que también generaron actividad, en el sentido de dedicación de esfuezos económicos y recursos humanos e intelectuales, y, por tanto, generaron y riqueza para nuestros predecesores. Lo significan también hoy día. Son las  expediciones de conquista, cruzadas, invasiones, guerras, expolios. ¿Cómo olvidar que muchas de las bonanzas y fortunas actuales tienen su origen en actuaciones que, si fuéramos libres para juzgarlas,  reprobaríamos éticamente?. Encontramos en ellas una línea viscosa:  la utilización de los otros (muchos) en beneficio propio, siempre de unos pocos.

Quienes tengan la memoria más activa pueden recordar que, incluso recientemente,  el desarrollo de maquinaria de guerra más eficiente está en el núcleo de algunos momentos estelares de los pueblos. Bastaría, en todo caso, consultar los planes de defensa conjuntos entre los gobiernos de Canadá y Estados Unidos de los 90 del pasado siglo, considerados como eje de su impulso económico, o analizar sin más escrúpulos que la búsqueda de la verdad, el apoyo a la industria metalúrgica en la Alemania hitleriana, y expurgar decenas de otros testimonios, en occidente como en oriente, de la dedicación consistente, sistemática, firme, para combinar proyectos que sirvieran para mantener al pueblo ocupado en actividades que conservaran, o mantuvieran al menos, la posición de dominio de la élite.

¿A dónde quiero llegar? En realidad, no quiero llegar a ningún sitio, sino mostrar una carencia. La decadente Europa no tiene en este momento recursos para generar un proyecto de Gran Pirámide, ni tiene ideario para embarcarse en una Cruzada, carece de liderazgo para encargar un mausoleo, o generar cualquier actividad gigantesca que le suponga empleo colectivo suficiente para sostener el bienestar del que disfrutan las clases medias.

La globalización, uno de los dioses a los que algunos grupos industriales y políticos europeos han levantado altares, ha provocado un efecto indeseado: el centro mundial de actividad se ha encuentra desplazado hacia Oriente y América.

No nos queda sino asumir, con dignidad, nuestra posición de derrotados. Y deberíamos hacerlo desde la solidaridad y la inteligencia, aprovechando al máximo las oportunidades que aún nos brindaría una ordenada retirada del campo de batalla. Porque nuestras Pirámides y Murallas van adquiriendo el aspecto de piezas de museo, mientras meditamos por qué no nos dimos cuenta a tiempo que a los invasores les ha bastado con convencer a los centinelas.

Un 23-F para Felipe

Un fantasma recorre Europa, el fantasma del pesimismo.

Convertido en referencia estructural, aflora en cualquier momento, porque parece haberse instalado para quedarse. Empaña las relaciones multilaterales, compromete la política interior de los Estados, empequeñece las actuaciones exteriores, impide llegar a acuerdos.

Y en los países más vulnerables, deja su ancha huella en aumento veloz de las desigualdades, despidos masivos, huelgas y algaradas, manifestaciones con represiones policiales violentas, inseguridad ciudadana, quiebras empresariales y ruina de familias.

Alguien con sentido del humor perverso recogió bajo la advocación de PIGS (Portugal, Italia, Grecia y Spain) a los miembros de la falsa comunidad europea con mayores dificultades para sostener su economía, convirtiendo sus iniciales en regla nemotécnica.

Me resulta curioso que el cerdo sea, en realidad, el animal que ha salvado de la hambruna a los países de centro Europa, y especialmente los que forman Alemania, convertido en plato nacional. El cerdo es también venerado en España con ribetes míticos, y hemos distinguido sus carnes con tratamientos sofisticados y adecuadas terminologías que le dan valor en los mercados y en los paladares.

En la aplicación del principio del sálvese el que pueda, los PIGS están perfilando diversas estrategias, que van desde el Caos Calmo (1) de Italia a la Trago dia griega. En Portugal, la nostalgia de una vuelta a comenzar desde donde perdimos el rumbo, está obteniendo el apoyo de grupos juveniles que reclaman a gritos una nueva “Revolución de los claveles”, aquél alzamiento militar izquierdista que el 25 de abril de 1974 acabó con una dictadura casi gemela, en tiempo y conceptos, de la coetánea española.

La situación actual me resulta tan apestosa que apenas me interesan las noticias. Ni siquiera las llamaría noticias, porque las considero puntas de icebergs que estaban en el camino de nuestra transición, esto es, de nuestra singladura. Estaban allí, y el que ahora sean señaladas con entusiasmo en las cartas de navegación construídas de urgencia para ser vendidas con alborozo en los kioscos, no las convierte en noticia. Han sucedido hace tiempo, forman parte del mar plagado de escollos por donde tenemos que transitar.

Y cuando estaba escribiendo ésto, próximo al 23 de febrero, me acordé de repente que la monarquía de SM el rey Juan Carlos adquirió ese día de 1981, según acordaron a posteori todos los vocingleros, respeto y validación democrática, por su comportamiento firme para atajar la revuelta de algunos generales que empujaron a la gloria efímera y al descrédito seguro a un coronel desquiciado por haber bebido demasiado licor de amor patrio.

Entonces, me asaltó un escalofrío. ¿Será posible que alguien esté buscando para el Príncipe Felipe su 23-F?

(1) Vea el lector en esta referencia un tributo subliminal a la estupenda película de Antonello Grimaldi (2008).

Para qué nos quiere Europa

Seguramente por no abrir demasiado pronto la caja de hojalata donde guardamos nuestras preocupaciones caseras (1), el PSOE ha decidido iniciar con un debate sobre el futuro de Europa, un ciclo que recogerá varios “diálogos con la ciudadanía“.

Si las versiones acerca de lo que se discutió el 26 de febrero de 2013 son correctas, el comienzo ha sido ilustrativo para reflejar lo que pensamos de Europa desde nuestra silla mal emplazada del patio de butacas, con la visión dificultada por la columna de los Pirineos y la desagradable sensación de habernos perdido el primer acto de la representación.

Por una parte, Rubalcaba y Valenciano escenificaron la opinión de que Europa “no nos quiere” y que, para los españoles “Europa es más una pesadilla que un sueño”. Expusieron, por tanto, la opinión desde la silla esquinada, del espectador mal encajado.

Por otra, Solana (Javier) y Almunia, discreparon de esta opinión derrotista, reprochando a sus compañeros de partido la desafección, y defendieron que Europa ni impone, ni dicta, ni deja de querer o no querer a España. Lo que sucede, en su opinión es que las instituciones europeas no reciben una consideración diferente de los ciudadanos de la que dispensan a sus propias instituciones. Reflejaron, pues, la opinión, desde el escenario, de los autores o responsables del teatro.

¿Para qué nos quiere Europa?. No tengo respuesta clara. Podía elucubrar con el tópico de que se nos ve como propietarios de un territorio agradable para instalarse en vacaciones o como pensionistas, con una buena comida y un paisaje variado. Somos consumidores poco exigentes con una tendencia señalada al gasto en alimentación y, paralelamente, a lo superfluo…

Supongo que la principal característica que se percibe desde fuera es que somos vulnerables, fáciles de convecer, ignorantes del valor real de lo que poseemos. Tal vez la respuesta más atinada nos la esté proporcionando un tal Sheldon Alison, que ve la situación desde otra galaxia, que es la del dinero: somos el lugar ideal para encajarnos cualquier metáfora, y rentabilizar esa fantasía en propio provecho (o sea, en el ajeno).

En Asturias, ese centro de experimentación de lo que acabará sucediendo a escala o dimensión hispana, se ha vivido de una ilusión similar hace ya un par de décadas. Se la llamó y llama -porque ha pasado a formar parte del lenguaje chungo- “el Petromocho“, una supuesta inversión multimillonaria árabe y que resultó ser un engaño. Si Eurovegas se convertirá en un Euromocho madrileño está por ver, pero los comportamientos locales recuerdan demasiado a tufos de aquel sueño, que tuvo un despertar mojado en orines calificables de infantiles.

No fue, sin embargo, la única pelota que le colaron a esta querida región por el ángulo de la ingenuidad defensiva. Fue, incluso, la que menos coste le supuso, porque se descubrió a tiempo la fantasía. Otras, siguen echando humo, consumiendo trasiegos, generando agujeros a la ilusión y al empleo, empujando al Paraíso natural hacia el abismo de un futuro más pequeño.

Ay, si se pudiera trasladar de sitio la silla para sortear la columna que nos impide ver qué se cuece en el escenario…Pero, cada vez que intentamos cambiarnos de asiento, para ocupar una de las butacas que vemos vacías y que nos ofrecerían mejor visión de lo que pasa, viene un acomodador y nos da con el chuzo en la cabeza, y…oficialmente, con maneras de chicos aplicados, nuestros representantes se prodigan en tímidas sonrisas, en lugar de dar puñetazos y patadas a las puertas que se nos cierran.


(1) Me refiero al debate sobre la necesidad de una Reforma constitucional, o, como ya empieza a denominarse en ciertos círculos, sobre la forma de plantear una “Tercera Transición” (si supiéramos dónde estamos y, por supuesto, hacia dónde queremos ir).