En Marche, l´Espagne!

A pocas fechas de consumación del penúltimo acto de la debacle socialista -me refiero a la posición ideológica ocupada, hasta ahora, por el PSOE-, no me parece descabellado mirar hacia la vecina Francia y, sin necesidad de acudir a la repetición de los argumentos ya ampliamente expuestos por quienes defendieron o abominaron del apoyo desde las trincheras de la izquierda al Cid Campeador Emmanuel Macron, poner de manifiesto ciertos aspectos de nuestra circunstancia política.

Primero. No tenemos, benditos sean los dioses de esta aldea, ningún Frente Nacional, ya caídos todos sus representantes más genuinos en la catarsis ideológica post-franquista. Las insinuaciones, por parte de quienes desean construir un catecismo desde el populismo ramplón, de que nos encontramos en una “excepción democrática”, no pueden ser compartidas en absoluto por quienes estamos viajados, conocemos mundo, y sabemos mirar sin anteojos al fondo del argumentario de los que quieren arrebatarnos santos y peanas sin más apoyo que su ardiente palabrería.

Segundo. El gobierno de Mariano Rajoy tendrá muchos defectos, pero no carece de puntos de solidez que, a falta de alternativas, se han convertido en nuestros mejores puntos de apoyo colectivos. Lo están demostrando las preferencias en las encuestas y lo consolidan, pese a quien pese, las discusiones vacías en el Parlamento y las exuberancias verbales y la repercusión, cada vez más débil, de las movilizaciones callejeras a favor de pedir y no comprometerse.

Tercero. Encuentro analogías entre Macron y Rivera (Albert), salvo que el cartucho de Ciudadanos ya está quemado o se mojó. Lo quemaron o mojaron todas las demás fuerzas, vientos y vientecillos políticos. Cuando el hoy postulante a dirigir el PSOE de las facciones, Sánchez (Pedro) firmó un acuerdo de mínimos con Rivera, en la ilusa aspiración de que se abstuviera el PP de Rajoy, lo quemaron los que desconfían de cualquier representación de la derecha en la que no militen las viejas familias. Cuando el veleidoso Iglesias (Pablo junior) se salió por peteneras auto-nombrándose vicepresidente en su propuesta pública, estando el entonces Secretario General del PSOE presentando aún al Jefe de Estado su intención de postularse para Jefe de Gobierno, la antorcha incendiaria la enarboló aquél.

Cuarto. Lo mejor del Partido Socialista Español  (tengo reparos en ponerle la O) en estos tiempos de desorientación opositora, para este modesto observador, ha sido su gestora y, dentro de ella, Javier Fernández. Estuvo serio, firme pero también conciliador, comprometido con una historia común y árbitro impecable con las estridencias y desafueros de sus colegas de partido. Se dice de él que es mejor gestor que parlamentario, aunque esas voces provienen de quienes menos lo conocen, y pretenden, al juzgarlo así, menospreciar su carrera política. Hubiera sido, para recomponer su partido, la mejor opción. Patxi López, a su lado, parece un imitador.

Quinto. En este momento, y lo digo desde el pragmatismo, “No, tiene que adaptarse a ser, según los casos, Sí, Ya Veremos, o Mejor acepta tú mi propuesta”. Aconsejo, a quienes tengan dudas del camino a tomar, que escuchen con atención la grabación de los esperpénticos comentarios que el profesor Verstrynge, ciudadano de doble nacionalidad española y francesa -quien incluso apeló a su pasado fascista para defender su actual conocimiento de la situación-, por los que defendía que habría que abstenerse de votar a Macron.

Sexto. No estamos en situación de emergencia nacional (al menos, no todavía y, para mi tranquilidad, no veo atisbos de que arribemos a tal situación), pero me gusta adoptar el lema del flamante Presidente de la República Francesa, como llamada de agrupamiento a quienes no saben qué camino tomar. “¡Adelante, España!”, “¡Ante todo, España!”. Es un grito patriótico, en efecto, pero se ha vuelto a poner en valor ser patriota. Si las naciones que tienen más peso económico y sociológico que los españoles apelan a las esencias históricas, sin renunciar a manifestarse -en esta parte del escenario- europeos y globales, no necesito más razones para enarbolar la misma bandera, para defender los intereses de mis conciudadanos.

Ya habrá tiempo para reconstruir todo lo demás.

Tambores de guerra, proclamas patrióticas, confusiones estructurales

Francia está oficialmente en guerra contra el Daesh.  Lo está, porque, interpretando como una declaración de guerra práctica el múltiple atentado en París, reconocido por el grupo de terroristas que se han adueñado de una parte de Siria e Irak, como organizado por ellos, ha respondido inmediatamente atacando varias instalaciones en Raqqa, que se considera la capital del rebelde “estado islámico”.

En estos días han proliferado las manifestaciones de solidaridad con el pueblo francés, realizadas a niveles oficiales como particulares. Ha sido impresionante, en todos los sentidos de la palabra. Largos minutos de silencio, mensajes de condolencia, repulsa a los asesinos, velas, flores…Incluso se ha cantado repetidas veces, tanto dentro como fuera de Francia, el himno nacional francés.

Tal vez no se ha reparado exactamente en la letra como en lo que significa todo cántico patriótico cuando es coreado por otros pueblos, como demostración de proximidad y afecto. Para expresar sentimientos colectivos inmediatos, son necesarios los símbolos, los ritos ya establecidos: la apelación a un lugar común de inmediato acceso.

Pero, analizado en su dicción concreta, la Marsellesa es  un verdadero cántico guerrero, que expresa que “ha llegado el día de gloria” y, después de enfatizar la malsana intención del enemigo con frases inequívocas, que parecerían incluso destinadas a caracterizar ataques como los sufridos (“¿Oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados? ¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras compañeras!”), repite, como estribillo: ” ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones!¡Marchemos, marchemos!¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos! La Patria está amenazada”.

Esta es la situación, pues. La decisión política está tomada por parte, al menos, tanto de los dirigentes franceses como norteamericanos: esas naciones, se aprestan al combate y atacan, con medios militares efectivos por su carácter de destructivo, los cuarteles en donde entienden que está la cabeza impulsora de las agresiones. Quieren llevar el escenario de la guerra lejos de su territorio, a pesar de que el ataque terrorista por el que se sienten directamente afectados ha tenido lugar dentro de sus fronteras.

Desde mi ignorancia del uso adecuado que cabe dar a  los instrumentos bélicos, a las contraofensivas, y sin entender muy bien los intríngulis por donde discurren las estrategias militares modernas en los países llamados civilizados, atisbo, sin embargo, un doble problema.

El primer problema surge de la sencilla constatación de que “el enemigo”, admitiendo incluso que su centro coordinador sea único y esté localizado en algún sitio, no emplea un ejército ni utiliza instrumentos bélicos convencionales -a pesar de la aparatosa propaganda que muestra a guerreros sacados de la guerra de las galaxias haciendo ejercicios de algo parecido a las técnicas del kung fu- sino que está utilizando comandos, cédulas guerrilleras, en número indeterminado, que se hallan dispersos por el propio territorio de quienes han aceptado asumir la declaración de guerra. Individuos sin escrúpulos para matar que, con seguridad, han venido siendo adoctrinados desde hace tiempo para hacer daño hasta su propia inmolación y a los que se ha prometido dinero a sus familias y el paraíso para su eternidad.

Existe, por lo tanto, una potencial consecuencia nefasta derivada de la obsesión por apresurarse en confirmar una guerra contra un enemigo difuso: se puede tranquilizar durante unos días a la población local asustada, pero el riesgo de sufrir más ataques terroristas en el propio territorio no disminuirá (tal vez, incluso, aumente: la locura no alcanza límites por el lado de la razón).

De esa situación de tensión, dimana un  riesgo colateral y nada despreciable para las propias ciudadanías: que quienes se sienten amenazados por el terrorismo islámico, confundan, identificándolos, a mahometanos (es decir, a los fieles de una religión pacífica y respetable) con los yijadistas.

No me encuentro, por ello, entre los que se han empeñado en ridiculizar los argumentos del “general de Podemos”, Julio Rodríguez, que reclama calma y sensatez antes de abordar objetivos militares no matizados en territorios ocupados por un ejército terrorista, pero en donde hay una importante población civil. Se trata de voces que provienen del trasfondo belicoso, guerrero, intransigente y frontal que subyace en quienes no quieren entrar en análisis, sino que se mueven por intuiciones primitivas: ojo por ojo, diente por diente: mato porque matas.

Es, sin embargo, la de Julio Rodríguez, ante el silencio de los militares en activo de mayor grado, que no han exteriorizado su opinión, -supongo que porque están utilizando los canales de mando establecidos o por respeto hacia la autoridad civil, que es la que toma las decisiones políticas-, la única opinión profesional, -de un experto en estrategia, de un antiguo jefe de Estado Mayor, de un prestigioso militar-, sobre la conveniencia o no de atender a la provocación, declarándose en estado de guerra y atacando un territorio ajeno.

Porque, lo que parecería más razonable y urgente sería extremar la vigilancia de movimientos de sospechosos y comandos en el propio territorio, que teníamos, por los desgraciados resultados, bastante descuidada, y analizar con mucha serenidad quiénes serán los que padecerán los efectos de una guerra en territorio ocupado por terroristas.