Ciberdios

Espero que no se escandalice nadie (no demasiado) porque haya mezclado dos palabras que, cada una en su ámbito, merecen máximo respeto para los fieles de las respectivas religiones.

En su libro “Sapiens” (publicado en español por Penguin Random House, Grupo Editorial Imagen, 2015), un aún joven profesor de Historia, Yuval Noah Harari, confeccionó en 2013 el relato de la Humanidad -resumiendo conocimientos científicos, biológicos e históricos- con el hilo argumental (que figura como subtítulo) de que una facción de monos con cerebro desproporcionado y voluntad de correr erguidos, evolucionó “de animales a dioses”.

Me interesa enfatizar, ante todo, que la idea de la evolución de una especie capaz de llegar a alcanzar el conocimiento integral del cosmos y, por tanto, encontrar la respuesta a los interrogantes que han sido cubiertos con mitos, leyendas, elucubraciones y teorías más o menos consistentes, me ha apasionado siempre. Es más, quien haya tenido el interés y se haya tomado la molestia de seguir mi corpus doctrinal (si tengo alguno) admitirá que ese objetivo común para la Humanidad es, en mi opinión, el único que da sentido a la evolución de la especie.

Harari termina su primer libro (escribió posteriormente otro, “Homo Deus”) con una pregunta: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

A esa pregunta, tengo mi respuesta, y ya elaborada. Sí. Unos entes huérfanos crecidos en el ciberespacio, con capacidad plena para destruir nuestra especie.

El triunfo de la cibernética sobre la Humanidad se prepara en varias fases, algunas de ellas coincidentes en el tiempo y con efectos y capacidad de crecimiento exponenciales.

El efecto más simple es la pérdida de empleo masiva que las aplicaciones cibernéticas provocan sobre las formas tradicionales de hacer las cosas en la última etapa de la evolución autónoma del Sapiens.

Las máquinas y  las comunicaciones sustituyen eficazmente a los seres humanos y solo unos pocos pueden sobrevivir tecnológicamente, siendo el resto de la Humanidad -por falta de tiempo, formación y aptitudes- incapaz de situarse en la nueva pirámide laboral, que será ocupada por autómatas. La generación de plusvalías quedará concentrada en unas pocas manos empresariales, y su distribución no alcanzará más que a un grupo restringido de la especie, incluso a través de la mejor  asistencia social.

Pero el peligro verdadero por el que se vislumbra (al menos, profetas jeremíacos como yo) el final de la especie, vendrá de la mano de lo que hoy aún llamamos ciberataques. Creemos que podemos atribuir su autoría a seres humanos y, para nuestra tranquilidad, imaginamos que detrás de un virus informático, un colapso repentino de las comunicaciones, un apagón informativo, está un sapiens.

Puede que no, o puede que el sapiens no sepa lo que puede provocar con su acción, y la posibilidad de esta opción produce escalofríos, porque se atisba cuál sería el final de nuestra especie, ocurrido con brusquedad brutal y sin objetivo.

Porque puede estar detrás de lo que provocó la hecatombe un grupo terrorista al que no interese el control sino solo el daño, en la confianza de que un dios acogerá con complacencia el holocausto. Puede estar un imbécil o un megalómano al que se haya concedido -democráticamente o por tolerancia estúpida- la potestad de manipular un arma letal -nuclear o, mejor y más barata, un ciberataque masivo- y  que sea incapaz de valorar las consecuencias del comienzo de una guerra nuclear o cibernética.

Puede estar la autoría, simplemente, en un programador muy inteligente, pero circunstancialmente algo descuidado que colocó en mal lugar una instrucción pensada, en realidad, para detener un ataque cibernético global y no para provocarlo.

Puede que un megaordenador haya creído llegado el momento de depurar al Sapiens que lo ideó de su falta de solidaridad y su genuina estulticia.

Tengo escritos algunos poemas sobre esta cuestión, aunque prefiero ceder la palabra a un libre pensador oriental que vivió entre los siglos XI y XII (murió en 1123 a los 83 años), Omar Jayyam, al que ya cité otras veces:

“No creas que me da miedo el mundo/o que no soporto que me deje mi alma./Ineludible es la muerte y nada me aterra./Temo tan solo no vivir cuerdamente” (pág. 79, Rubaiyyat 118. Colección Visor de Poesía, 1981)


Este macho de verderón común (chloris chloris) fue sorprendido por la cámara llevando en el pico unos copos de lana con los que hará más confortable el nido en el que, posiblemente, la hembra ya habrá puesto algún huevo. Es un ave que no es raro encontrar en zonas urbanas, aunque se muestra siempre cauteloso ante el ser humano.

Las hembras de la especie se distinguen por el matiz pardo más deslucido y no el verde musgoso de la espalda del macho y, sobre todo, si se las puede observar de cerca, por el tenue listado del manto.

 

 

Otros coreanos

Cuando en Avilés se empezaron a construir los cimientos de lo que sería la Fabricona, allá por los 50 del pasado siglo, llegaron a miles inmigrantes del sur más pobre, porque se corrió la voz de que en Asturias había trabajo.

Aquellos seres de tez morena, tirando de carromatos en los que habían amontonado sus cuatro enseres, cargados con niños harapientos y sucios, y que se agrupaban en las afueras  de la villa del Adelantado organizando hogueras, recordaban a los nativos unas imágenes recientes. Parecían huídos de una guerra que les resultaba lejana, en Oriente, la de Corea. Por eso se les apeló, entre el desprecio y la reserva, coreanos.

Eran andaluces, castellanos y extremeños. Estaban morenos por el sol que les había azotado mientras trataban de exprimir algún jugo de los terruños secos. Huían, también, pero del hambre.

Nadie se acuerda ya, porque aquella fábrica que se llamó Ensidesa, ya no existe más que en la memoria de los más viejos, pero, sobre todo, porque todos ellos son hoy, asturianos. Y ellos, los supervivientes de aquella generación de advenedizos -no pocos, por cierto, murieron en su guerra por la subsistencia-  y sus descendientes, mezclados ahora sin distingos con los hijos y nietos de los que los miraban entonces por encima del hombro, están sufriendo una misma crisis, repitiendo la historia con otros guiones.

En Asia, se vuelve hoy a hablar de la tensión entre Corea del Norte y Corea del Sur, como en 1950, y con similares protagonistas. Habrá que recordar,  por ello, que la Segunda Guerra Mundial había terminado y que la Organización de las Naciones Unidas, en su fase infantil, pretendía consolidar la paz y la seguridad en todo el mundo, imaginando horizontes de prosperidad duradera.

Pero aún quedaba por resolver un coletazo de aquella gran conflagración, la llamada “guerra del Pacífico”, por la que la península de Corea, -desde 1910 en poder de Japón-,  había sido repartida entre los vencedores como un trofeo, siguiendo una pauta nada escrupulosa.

Cortando por el paralelo 38, el norte quedó bajo el control de la URSS y el sur quedó ocupado por las tropas norteamericanas. Las “elecciones libres” a las que se convocó a los coreanos no hicieron sino consolidar la forzada distancia entre unos y otros, estableciéndose un gobierno comunista en el norte que, con la ayuda de la URSS y la República Popular china, invadió el 25 de junio de 1950 terrenos de la ya entonces llamada “Corea del Sur”, y en la que se pretendía instalar un régimen liberal.

Aquella invasión provocó una guerra local, en la que los surcoreanos fueron apoyados por Estados Unidos y, más bien simbólicamente, por las Naciones Unidas. No había especial intención de reproducir de inmediato, y esta vez entre antiguos aliados, una nueva guerra, por lo que en 1953 se firmó un armisticio, recuperando la frontera del paralelo 38 y desmilitarizando una franja de apenas 4 kilómetros de ancho.

Pero la guerra no había terminado. Las ambiciones de poder no mueren jamás. Los únicos coreanos que se han integrado felizmente desde entonces son los de aquí, los nuestros. Los otros, ahora, tienen nuevos argumentos con los que tratar de convencer a sus contrarios: armas nucleares.

La tercera guerra mundial puede estallar en cualquier momento. No habrá más oportunidades para la especie humana. Los misiles con los que el presidente Kim Yong-Un apunta, según dice, a Seúl y a la costa este de Estados Unidos, construídos para reforzar su estado de guerra permanente, están dirigidos, en realidad, contra nuestra propia naturaleza. La de todos.

Me vienen a la memoria unos versos de Bécquer: “Quisiste doblegarme o morir. No pudo ser“. ¿Qué es lo que tiene que ser para que impere la cordura? ¿Que desaparezcan juntos cuantos discrepen de las razones del otro?