Ciberdios

Espero que no se escandalice nadie (no demasiado) porque haya mezclado dos palabras que, cada una en su ámbito, merecen máximo respeto para los fieles de las respectivas religiones.

En su libro “Sapiens” (publicado en español por Penguin Random House, Grupo Editorial Imagen, 2015), un aún joven profesor de Historia, Yuval Noah Harari, confeccionó en 2013 el relato de la Humanidad -resumiendo conocimientos científicos, biológicos e históricos- con el hilo argumental (que figura como subtítulo) de que una facción de monos con cerebro desproporcionado y voluntad de correr erguidos, evolucionó “de animales a dioses”.

Me interesa enfatizar, ante todo, que la idea de la evolución de una especie capaz de llegar a alcanzar el conocimiento integral del cosmos y, por tanto, encontrar la respuesta a los interrogantes que han sido cubiertos con mitos, leyendas, elucubraciones y teorías más o menos consistentes, me ha apasionado siempre. Es más, quien haya tenido el interés y se haya tomado la molestia de seguir mi corpus doctrinal (si tengo alguno) admitirá que ese objetivo común para la Humanidad es, en mi opinión, el único que da sentido a la evolución de la especie.

Harari termina su primer libro (escribió posteriormente otro, “Homo Deus”) con una pregunta: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

A esa pregunta, tengo mi respuesta, y ya elaborada. Sí. Unos entes huérfanos crecidos en el ciberespacio, con capacidad plena para destruir nuestra especie.

El triunfo de la cibernética sobre la Humanidad se prepara en varias fases, algunas de ellas coincidentes en el tiempo y con efectos y capacidad de crecimiento exponenciales.

El efecto más simple es la pérdida de empleo masiva que las aplicaciones cibernéticas provocan sobre las formas tradicionales de hacer las cosas en la última etapa de la evolución autónoma del Sapiens.

Las máquinas y  las comunicaciones sustituyen eficazmente a los seres humanos y solo unos pocos pueden sobrevivir tecnológicamente, siendo el resto de la Humanidad -por falta de tiempo, formación y aptitudes- incapaz de situarse en la nueva pirámide laboral, que será ocupada por autómatas. La generación de plusvalías quedará concentrada en unas pocas manos empresariales, y su distribución no alcanzará más que a un grupo restringido de la especie, incluso a través de la mejor  asistencia social.

Pero el peligro verdadero por el que se vislumbra (al menos, profetas jeremíacos como yo) el final de la especie, vendrá de la mano de lo que hoy aún llamamos ciberataques. Creemos que podemos atribuir su autoría a seres humanos y, para nuestra tranquilidad, imaginamos que detrás de un virus informático, un colapso repentino de las comunicaciones, un apagón informativo, está un sapiens.

Puede que no, o puede que el sapiens no sepa lo que puede provocar con su acción, y la posibilidad de esta opción produce escalofríos, porque se atisba cuál sería el final de nuestra especie, ocurrido con brusquedad brutal y sin objetivo.

Porque puede estar detrás de lo que provocó la hecatombe un grupo terrorista al que no interese el control sino solo el daño, en la confianza de que un dios acogerá con complacencia el holocausto. Puede estar un imbécil o un megalómano al que se haya concedido -democráticamente o por tolerancia estúpida- la potestad de manipular un arma letal -nuclear o, mejor y más barata, un ciberataque masivo- y  que sea incapaz de valorar las consecuencias del comienzo de una guerra nuclear o cibernética.

Puede estar la autoría, simplemente, en un programador muy inteligente, pero circunstancialmente algo descuidado que colocó en mal lugar una instrucción pensada, en realidad, para detener un ataque cibernético global y no para provocarlo.

Puede que un megaordenador haya creído llegado el momento de depurar al Sapiens que lo ideó de su falta de solidaridad y su genuina estulticia.

Tengo escritos algunos poemas sobre esta cuestión, aunque prefiero ceder la palabra a un libre pensador oriental que vivió entre los siglos XI y XII (murió en 1123 a los 83 años), Omar Jayyam, al que ya cité otras veces:

“No creas que me da miedo el mundo/o que no soporto que me deje mi alma./Ineludible es la muerte y nada me aterra./Temo tan solo no vivir cuerdamente” (pág. 79, Rubaiyyat 118. Colección Visor de Poesía, 1981)


Este macho de verderón común (chloris chloris) fue sorprendido por la cámara llevando en el pico unos copos de lana con los que hará más confortable el nido en el que, posiblemente, la hembra ya habrá puesto algún huevo. Es un ave que no es raro encontrar en zonas urbanas, aunque se muestra siempre cauteloso ante el ser humano.

Las hembras de la especie se distinguen por el matiz pardo más deslucido y no el verde musgoso de la espalda del macho y, sobre todo, si se las puede observar de cerca, por el tenue listado del manto.

 

 

¿Quién manda aquí?

Si el lector quiere provocar polémica, al mejor estilo del que se atribuye a Miguel de Unamuno cuando, al llegar a cualquier tertulia de amigos o conocidos, preguntaba: “¿De qué opináis? Yo opino lo contrario”, le sugiero una frase equivalente: “¿Quién manda aquí?”.

A mí me ha dado siempre un magnífico resultado. Naturalmente, es preciso acompañarla de una serie de frases que, a modo de cabestros, introduzcan el victorino o miura en la plaza dialéctica. No importa el momento.

Quienes oigan su frase, que puede repetir con énfasis, para estar seguro de que penetra en los cerebros de sus oyentes, se cebarán en ella, e interpretarán como les venga en gana lo que ha dicho. Tenga, eso sí, la seguridad de que le criticarán duramente y la polémica se centrará en Vd. y en su intolerancia.

He tratado de entender por qué resulta molesto que se pregunte a un colectivo aparentemente homogéneo quién tiene el manual de instrucciones para ejercer el liderazgo de cualquier asunto. En este momento emocionante de la situación española, en la que el conjunto plural de ciudadanos no sabe -no puede saberlo- a dónde seremos conducidos, si no teme poner en riesgo su integridad o ser maldecido por las fuerzas del orden interno y sus files seguidores, pregunte en una reunión política ¿quién manda aquí?

Me han contestado a veces, de forma tal vez airada por el peso de sentirse escandalizados, que manda el Gobierno, que tenemos una Constitución, que la separación de poderes funciona y funcionará. Que somos un pueblo pacífico, serio, sabio y prudente.

No tengo idea en qué se basan estos bienaventurados, porque el Gobierno está en funciones, la Constitución y la forma de Estado, cuestionada, la separación de poderes, contaminada, y la tranquilidad de nuestro pueblo -y de cualquiera-, es una falacia desmentida por la Historia.

Afirmo, y lo lamento, que, hoy por hoy, ante la ausencia deplorable de líderes, de convicciones, de propuestas coherentes, no manda nadie. La televisión y todos los medios nos han intoxicado, y ni los que hablan ni, claro, los que escuchamos, tenemos tiempo para pensar.

Improvisamos. Corremos, llenamos páginas a tanto la palabra. A izquierda y a derecha. Desde los púlpitos en donde se lanzan las soflamas, se va recogiendo todo lo que se encuentra, y se incorpora al discurso como si se tratara de una psico-obra moderna confeccionada con hallazgos, materiales de desecho, artículos de arribazón, etc. buscando provocar, más que causar evocación de la creatividad o la belleza. El escándalo se ha hecho verbo entre nosotros.

Leo que casi dos centenares de economistas apoyan el programa económico de Unidos Podemos y, me parece bien. Me parece bien, porque he defendido, con mis propios argumentos, sin ser ni Picketty ni el hijo de Galbraith, que hay que romper con la política de austeridad y propiciar el incremento de consumo.

Ah, pero no se me va a olvidar preguntar, tampoco en este Comentario: ¿quién manda aquí?. Por eso, junto a esa argumentación -y me jacto de ser uno de los pocos españoles que ha leído hasta el final centenares de libros de economía y política macroeconómica, de autores de todo signo y condición ideológica- me preocupa tener claro cómo se va a conseguir sostener el preciado estado de bienestar, bajo qué mando.

Para ello, hace falta, en mi opinión fundada, tener realizado un análisis muy completo acerca de los sectores tecnológicos que van a propiciar la generación de nichos de trabajo en el inmediato futuro, estudiar muy bien cómo se va a realizar la distribución de las plusvalías colectivas generadas, y, no en último lugar, conocer la manera en que se van a hacer llegar a los millones de desplazados por la eficiente tecnología -no es cuestión de formación, sino de adaptabilidad- los recursos imprescindibles para su sostenimiento.

Por supuesto, en el fondo, el tema no deriva únicamente de la economía, que explica mal que bien el pasado pero es incapaz de predecir el futuro. No puede predecirlo porque los intereses capitalistas -incluidos los de los países bajo teórica dicción comunista- y siento ser tan esquemático para lectores tan inteligentes como los que me siguen, están continuamente generando elementos caóticos en su propio beneficio.

Para un país intermedio, que es como vengo caracterizando a España, la solución debe huir de maximalismos: no somos un país rico, ni tenemos recursos importantes, ni alta tecnología disponible o empresas grandes, a escala mundial. No funcionará la chispa del resentimiento: detonará sin voladura.

Hay que aumentar la presión fiscal y estimular la reinversión de los beneficios, pero con tiento de no espantar a los que sostienen la generación y distribución de la riqueza generada. La participación de las empresas públicas en ese entramado ha de ser discreta y selectiva y, por supuesto, orientada hacia el mercado.

La inteligencia práctica aconseja fervientemente que el cambio pacífico descanse también en la mejora de la formación, en la eficacia de la educación para responder ante los retos y dificultades presentes y futuras. De todos, no solo de unos cuantos. A todos los niveles. Teniendo presente que la economía mundial no regala nada; se lo cobra, en moneda contante o en víctimas a lamentar.

Para España, la solución no es sencilla. Habrá que formar a miles de estudiantes con una base muy ancha para que puedan llegar a lo más alto del conocimiento. Justamente lo contrario de lo que resulta que estamos haciendo, ya que hemos vulgarizado un tanto las enseñanzas, bajado los niveles, para aumentar el número de los que tienen formación intermedia, dejando que muchos de los mejores, a los que no sabemos a qué dedicar, se vayan al extranjero.

Con los maestros adecuados, convenientemente cualificados, continuamente reciclados, que sepan de qué van las cosas que enseñan. Qué difícil hacerlo bien desde el ruido mediático, sin que nadie mande aquí.

Pero no bastaría con tener unos cuantos miles de profesionales con muy altas cualificaciones. Hay que resituar, y hacerlo con mucha frecuencia, a millones de personas en una estructura laboral y económica extremadamente inestable.

Porque no estamos solos, no decidimos en los despachos, ni en las tertulias, ni siquiera en las asambleas universitarias, ni tampoco en las reuniones en la calle, en donde se manifiesten lícitos descontentos, legítimas aspiraciones, que acabarán dirigidas hacia una escaramuza inútil en la que los directores serán un par de decenas de alborotadores profesionales que se enfrentarán a la policía.

Si vuelvo a preguntar quién manda aquí, también en este artículo, estoy seguro, por experiencia, en que no faltará quien decida que soy partidario de que las cosas sigan igual, que me asustan los cambios, que estoy en contra del progreso social. También habrá quienes me vean como un peligroso polemista que oculta su afición izquierdófila por comunistas o socialdemócratas, y quienes, si les apetece tomarse la molestia de juzgarme por lo que pienso, concluirán que soy un tipo amorfo, acomodaticio, al que importa poco lo que pase a los demás,

Estoy sentado a la puerta de mis ideas, y veo pasar a la gente muy alborotada. Hay sillas a mi lado, disponibles para quien quiera asistir al espectáculo. Volverán.

Catarsis sin tragedia

A medida que se van concretando los signos por los que podríamos deducir que nos encontramos en la etapa más interesante de la evolución de la Humanidad, -es decir, de la última-, supongo que no seré el único preocupado porque sea lo más dilatada posible.

No merece la pena detenerse en detallar cuáles son esas señales que me hacen sospechar que la cuerda cósmica que nos compete se nos está acabando. Los ritmos de los cambios se han acelerado exponencialmente, la presión consumista sobre la naturaleza es ya insostenible, el desacuerdo sobre lo que convendría hacer se consolida como insalvable (desigualdades sociales, desprecio a principios éticos, fanatismos contagiosos, contaminación galopante, desequilibrios climáticos asumidos con estulta resignación, modelos económicos en crisis de solvencia, individualismos exacerbados, ausencia de liderazgos solventes, etc.).

Admitiendo que la adopción de medidas globales es imposible, ante la dispersión y heterogeneidad de los centros de decisión, preocupados por mantener a flote sus cuatro dogmas, a los que no participamos en la toma de decisiones pero mantenemos la ilusión de considerarnos capaces para realizar, aunque sea limitado, un análisis de lo que está pasando, solo nos queda escribir a los dioses.

Recuerdo la emoción que me produzco leer por primera vez a Mircea Eliade (“El mito del eterno retorno”) y la atención con la que me detuve en saborear la idea de que la fe supone la emancipación de la ley natural, y de que la presunción, entendida como un axioma, es decir, un a priori sin justificación, de que existe Dios, es el pilar más sólido de nuestro concepto de libertad.

La existencia de un ser superior a nosotros, que está en el otro lado de nuestro devenir, esperándonos, proporciona, según Eliade, la certeza de que las tragedias que ha soportado la Humanidad, a lo largo de su Historia, tienen un significado que las trasciende. Con palabras más llanas, debieron haber servido para algo: para corregir el rumbo, cuando estaba equivocado, en relación con ese tactismo luminoso hacia quien, deberíamos aceptar, es el autor de esta grandiosa escenografía en la que evolucionamos desde el primer mono-homínido, hasta el homo sapiens superior que creemos ser ahora.

Estoy lejos -aunque no exactamente en el polo opuesto- de la conclusión de Eliade, pero lo que me gustaría, y por ello, a mis lares y penates invoco cada noche, es que esta última catarsis, contradiciendo por una vez a Aristóteles, se realice sin tragedia. Que me pille, a mí y, al menos, a los que quiero, en un dulce sueño.

¡Por Dios!

Israelíes y palestinos se encuentran de nuevo enzarzados en una escalada de violencia de un conflicto que no tiene solución, porque no es cuestión de diálogo, sino de principios. Y cuando los principios son inamovibles, de poco vale que los que asisten a la exhibición de intransigencia exhorten a que se pongan de acuerdo los que se confrontan.

El antiguo responsable de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Javier Solana, actualmente Presidente de EsadeGeo (Center for Global Economy and Geopolitics), ha expresado que ese nuevo incidente en las estériles relaciones de ambas colectividades, “no conducirá a nada”, lo que ha de interpretarse, no como una frase diplomática, sino como una conclusión nacida de su amplia experiencia en asistir a empecinamientos políticos, tratando de mediar entre quienes tienen clara su voluntad de no entenderse.

¿Por qué ha de ser así? Existen, como un análisis elemental puede poner de manifiesto, discrepancias religiosas, que solo pueden servir a los que creen todavía que la religión es un fundamento y no una excusa. Los judíos se creen descendientes de Isaac y los musulmanes pretenden serlo de Ismael, los hijos mitológicos de Abraham, habidos, respectivamente, con su esclava Agar y con su esposa Sara, y a los que Jehová, o Alá, en tiempos en los que los dioses hablaban con los humanos, encomendó de manera suficientemente oscura la construcción de la genealogía para su futura encarnación en el descabellado propósito de darse un paseo por nuestras miserias, sellando ese pacto con una acción realmente singular, es decir, estrambótica: ordenando que se cortara el prepucio a los descendientes varones.

No voy a adentrarme más en la narración bíblica, salvo para recordar sin mayor énfasis que uno de los hijos de Isaac fue Jacob (Israel), que tenía un hermano gemelo, Esaú, al que le gustaban mucho las lentejas y con el que compartía, al menos, un exagerado carácter pendenciero, pues peleaban ya desde el seno materno.

Poco que ver el cuento divertido con la complicada historia geopolítica que se tejió en torno a Palestina, aunque se podría adivinar por él, pero no justificar, los cientos de años de esclavitud y persecución que sufrieron los judíos, ni se encontrarán atisbos del juego descarado al que se sometió por las llamadas potencias occidentales, el territorio del cercano Oriente, ni hay preludios del genocidio nazi durante la segunda guerra mundial y, mucho menos, del estrambótico reconocimiento como nación de Israel, dándole un trozo de la tierra prometida, fabricando un parche sin futuro en una zona rodeada por musulmanes. Hay tanto escrito sobre la cuestión que es imposible resumirlo y no menos difícil, comprenderlo.

Los israelíes han conseguido, con la ayuda de los Estados Unidos, convertirse en una potencia militar, capaz de mantener a raya a los países árabes que la circundan y, no solo eso, apta para aventurarse en incursiones bélicas gracias a las cuales ha ido ampliando el espacio de su asentamiento. Los palestinos, empujados a una mísera dependencia económica del próspero estado israelí, -adobados también, por su parte, pero en mucha menor cuantía, con circunstanciales ayudas norteamericanas y subvenciones de subsistencia surgidas de aquí y de acullá-, se han convertido en un pueblo empobrecido, dividido y aislado: sus razones se ven como apestosas, su resistencia, inútil, las discrepancias entre sus líderes forman parte del folclore mundial, y, lo que es gravísimo, sus derechos -a la libertad, a la tranquilidad, a la construcción de una economía autosuficiente-, son ignorados sin despertar el menor sentimiento de culpabilidad ajena.

Los hechos recientes no son más que una consecuencia de algo que, en 1938!, la clarividente pensadora judía Simone Weil, inteligente cosmopolita renegada de sus raíces semíticas, ya veía como la prolongación de la sempiterna conflagración por hincar banderas en ese territorio estratégico.

Para Israel, atento a cualquier excusa, el asesinato de tres adolescentes judíos atribuido -de forma poco creíble- a miembros de Hamás, justifica hoy las represalias, el lanzamiento de misiles sobre Gaza, e incluso la movilización de 40.000 reservistas “dispuestos a defenderse” de quien no tiene capacidad de ofensa suficiente. Es decir, los dirigentes israelíes se declaran dispuestos a invadir otra vez las tierras que añoran como expansión de su Estado consentido.

David esgrimiendo la honda frente a otro David armado con torpedos de cabeza atómica y cohetes antimisiles.

¡Por Dios! ¿No seremos capaces nunca de contener los impulsos destructivos de la especie humana contra sí misma, allí donde afloren? ¿A qué necesitamos apelar, no para entendernos -en Israel y Palestina como en cualquiera de los múltiples lugares del planeta Tierra en donde la Humanidad se está destruyendo a sí misma, apelando a la religión, es decir, a la economía y a la ambición de unos pocos, escudada en designios de Aquel que, cuando le hacen hablar, los que no estamos en la procesión no sabemos interpretar lo que quiere decir?

¿O es que no hay quien, como yo -y otros que tienen más elementos que yo para analizar lo que nos pasa- entienda que hay que dejarse de una vez por todas de hacer atribuciones fuera de nuestra capacidad de actuación, y reconocer que mientras los que dirigen lo sustancial de lo que nos tiene que pasar sigan, en realidad, adorando a Belcebú-dinero, no tenemos solución?

Aunque momentáneamente parezca a los que las promueven y a los que creen obtener beneficio de aplastar a otros, tantas guerras y guerras, …no conducen a nada.

Porque nada es destruir lo creado por nosotros, una y otra vez, hasta que sea la última.

 

Cuento de otoño: El sutra del opositor cultivado

Gaoxuan fue un patriarca chino del que no se conocía nada en absoluto hasta que el año pasado, al remover tierras en la periferia de Chengdu para construir un supermercado, se descubrió un Sutra firmado con su nombre. Ese relato ejemplar, que lleva por título El opositor cultivado, ha sido ya traducido a todas las lenguas del mundo y puede encontrarse fácilmente en internet, en su versión más completa, que ofrezco aquí de forma resumida, ya que el Sutra en cuestión es el de mayor extensión conocida hasta la fecha, pues está escrito en una cinta de Möbius, sin principio ni fin.

Según refiere la historia que allí se cuenta, cuando varios discípulos se encontraban disfrutando con su mentor de la paz de una tarde de finales de agosto, meditando sobre la mejor manera de conducir a un pueblo a su máxima felicidad, el maestro Gaoxuan sacó del refajo de su manto inmaculado una semilla de loto y ofreciéndola a la vista de todos, preguntó:

-¿Qué tengo en la mano?
-Una semilla de loto, sin duda -contestó de inmediato uno de los jóvenes que seguían sus enseñanzas.
-Eso es lo que se ve -replicó el sabio-. Pero lo que no se ve es que esta semilla tiene más de veinte siglos y conserva intacto su poder germinativo.

Todos observaron, encantados, aquel fruto rugoso, que pasó de mano en mano, encontrándolo parecido a cualquier otra semilla de las que se pueden hallar en parques y jardines. Uno de los discípulos, picado por la seguridad, quiso saber:

-¿Cómo es posible, maestro Gaoxuan, que se pueda conocer tan exactamente la edad de una semilla?

Gaoxuan centró su profunda mirada en quien había hecho la pregunta, al mismo tiempo que hacía con la punta de su sandalia, un agujero en el barro, en donde depositó con sumo cuidado la semilla.

-Esta semilla estaba guardada en una caja de marfil que perteneció a los enseres de mi familia, y trasmitida de generación en generación desde los tiempos más remotos de la primera dinastía Quin. Uno de mis antepasados estuvo en desacuerdo con el emperador Huanddixián, que era un tirano. Fue el primer poseedor de esta semilla. Como consecuencia de su rebeldía, fue condenado a la horrible muerte de la tajadura lenta.

Gaoxuan, que no acostumbraba a hablar tanto tiempo de corrido, guardó silencio un instante, mientras volvía a tomar en su mano la semilla de loto, para rascar su corteza.

-Pero lo más importante no es la edad de la semilla ni cómo ha llegado a mis manos, ni que mi sangre provenga de la sangre de un rebelde. Lo más importante es que de ella saldrá, a su debido tiempo, una flor de loto tan hermosa como las del resto de estos parajes.

Nadie se atrevió, por supuesto, a dudar de la verdad de Gaoxuan, que prosiguió, encantado de la atención expectante que causaron sus palabras:

-Como sabéis, el suplicio de la tajadura supone que al que va a ser martirizado se le hagan los primeros cortes en los ojos, para que no pueda ver dónde le serán infligidos los siguientes. Sin embargo, en este caso, y según me ha referido mi padre, a mi antepasado le privaron de la vista en último lugar, con la intención de que pudiera contemplar cada uno de los tajos que se le causaron, y temiera horriblemente cada vez que se aproximara al lugar elegido para el corte la cuchilla del verdugo.
-Es horrible lo que cuentas, maestro -exclamó, horrorizado, aquel muchacho al que llamaban Qianxí, el de las orejas de soplillo, que era uno de los de menor edad.-¿Y qué más has conocido de tu antepasado? ¿Por qué fue condenado a tan desgarradora agonía?

El maestro volvió a cubrir la semilla de loto con el barro, y dirigió su vista hacia el cielo:
-Eso es lo más interesante de todo. Mi tatarabuelo estaba en desacuerdo con el emperador. Pero, en lugar de levantarse en armas contra él o tratar de asesinarlo aprovechando uno de los banquetes a los que, sin duda, venía siendo regularmente invitado, no se consideró jamás opositor, sino que se ofreció como leal colaborador desde la discrepancia.
-¡Ah! -dejaron escapar varios discípulos, impresionados.

-Fue precisamente esa actitud la que los oficiales del emperador no pudieron o no quisieron tolerar. No concebían que nadie estuviera en contra de algunos aspectos de la política imperial y se ofreciera para ser colaborador en otros. No admitían otra forma de comportamiento que estar totalmente a favor o totalmente en contra. Por eso, primero lo sometieron al suplicio para que reconociera que discrepaba en todo y, como no consiguieron que reconociera tal cosa, sino que afirmaba, una y otra vez que solo disentía en algunas, y que en otras, podían contar con él, concluyeron que debían acabar con él, para que su ejemplo no contagiara a otros.

Los discípulos de Gaoxuan se cruzaron miradas entre sí.

-Cuando murió, su esposa e hijos recogieron el cuerpo para darle sepultura y encontraron en una de sus manos esta semilla. Ahora, después de tanto tiempo, la enseñanza de esta semilla, y ella misma, están listas para fructificar.

Y dándole un último y suave pisotón al barro que cubría completamente la semilla, los invitó a seguirle, lo que hicieron, obedientes.

-Maestro Gauxuan, -dijo, al cabo de un tiempo de andar juntos, el jovencísimo Qianxí, agarrándole de la manga-. ¿Hay algo más que debamos saber respecto a esta historia?
-Sí -contestó el maestro-. Apréndetela de memoria y repítela en tu corazón, hasta que comprendas su sentido.

FIN

Cuento de otoño: Las dos sillas

No existen muchos cuentos con pretensiones formativas en los que se haga hablar a seres inanimados, figura literaria que, cuando se estudiaban esas menudencias en la escuela, se llamaba prosopopeya. Supongo que la razón es no restar credibilidad al relato, pues aunque es poco probable encontrarse con ranas que se metamorfoseen en príncipes encantadores, doncellas encantadas cuyos cabellos crezcan casi a la velocidad de la luz, brujas pirujas o gnomos avarientos, no hay porqué descartar esa posibilidad, simplemente porque uno no haya tenido esa suerte.

Reconozco que la historia que voy a contar tiene pocos visos de ser verdadera, pero así me la refirieron y, desde luego, la encuentro de un alto potencial educativo.

En un bosque de robles de la baja Sajonia, más cerca de los tiempos del rey que rabió que de los de Maricastaña, creció un árbol que, por encontrarse en las condiciones idóneas de tierra, agua y aire, era el más alto de la comarca. Su porte era orgullo de sus congéneres, que, en silencio, lo admiraban, pugnando, sin lograrlo, por llegar a su altura.

Sucedió, en fin, lo que acontece a casi todos los árboles, cuando se encuentran con leñadores, ya manejen hachas o máquinas de serrar. Lo cortaron, y lo convirtieron en tablas de diferentes tamaños, dejando un tocón apenas sobresaliente, en donde se podían contar los años que había vivido: setenta y tres.

A cada uno de los trozos de aquel gigante caído, le dieron un destino más o menos adecuado. Y, para lo que nos importa, con una de las ramas, un carpintero de la ciudad de Trotzdem, fabricó dos sillas.

El carpintero tenía aficiones artísticas y, por eso, confeccionó las dos sillas de manera bastante diferente. A una, la dotó de un respaldo con un bajorelieve de animales mitológicos y faunos, en una escena de caza interesante, pues los faunos eran las piezas perseguidas por unicornios; incluso, talló los brazos y las patas con hojas de acanto y azucenas, copiándolas de un libro de arte que le dejó en préstamo un anticuario.

A la otra silla, sintiéndose cansado de hacer filigranas con el cincel y el mazo, y a pesar de que había tenido la intención primigenia de fabricar dos sillas iguales, la dejó monda y lironda. Tenía aspecto de silla, desde luego, pero resultaba de lo más rústico y elemental. Incluso, si a la primera le había encajado un asiento de terciopelo con cintas bordolesas doradas, a esta segunda le encasquetó, simplemente, una plancha de ocume en el lugar en donde los usuarios habían de descansar sus posaderas.

Como puede comprenderse, cada una de las sillas estaba predestinada para servir un servicio disparejo. La que estaba más ilustrada, despertó el interés de una devota, que la compró en el mismo taller del artesano y se la regaló a un sacerdote católico de su diócesis. La otra, convenientemente rebajada de precio, fue adquirida de segunda mano por un obrero de la construcción, padre de familia numerosa, que se había visto en la necesidad de ampliar el escaso mobiliario de su vivienda cuando su señora suegra, recién enviudada, resolvió venirse a Trotzdem con su hija y yerno, dejando las gallinas y la vaca, que eran sus únicas posesiones, a cargo de una vecina de Gottseidank, de donde procedía, de la que nunca más supo.

La silla que soportó, desde entonces, el peso del honorable párroco, fue instalada en un confesionario de los de rejilla lateral, en donde tuvo ocasión de oír los pecados de la feligresía católica, que ciertamente no eran mayoría de la población -tratándose de una ciudad en un país protestante-, pero sí resultaron harto pecadores y, por eso, nada aburridos, pues su imaginación pecaminosa y sus vicios alcanzaban cotas altísimas.

La otra silla, aunque resistió algunos años con estoicismo ebúrneo, no pudo aguantar el peso creciente de la mamá política, dad a los dulces, y acabó desfondándose, vencida en un lateral la plancha de ocume, que sacó astillas. Todavía fue peor: por la humedad del garito en donde vivía la familia del obrero, se había creado un hábitat propicio para que proliferaran las más voraces termitas, insectos que, combinados sus destrozos con los quehaceres de unas nada sutiles carcomas, dejaron tres de las cuatro patas de la silla convertidas en un acerico.

El mueble bendecido podía haber aguantado durante generaciones, pero al sacerdote lo promovieron a obispo y, al abandonar la diócesis, su sucesor, que era aún más voluminoso, encontró la silla inadecuada, amén de pretenciosa e inadecuada, con aquellos dibujos que se le antojaron paganos. Por eso, la sacó del confesionario y la puso a la puerta de la sacristía, de donde, un fin de semana, alguien se la llevó, con la intención de separar el retablo del respaldo, y venderlo en un mercadillo.

Fue así como, tras unos cuantos vaivenes más, se encontraron en una pira de las que se organizan para festejar el comienzo de la primavera, las dos sillas -lo que quedaba de ellas- e, inmediatamente se reconocieron y saludaron con un chirrido.

-¿Cómo te fue en todo este tiempo? -preguntó la más humilde a la cortesana.

-Peor, imposible -fue lo que oyó por contestación- tuve que soportar el peso de más de cien quilos de un prelado casi todos los días, y pongo al dios de los bosques por testigo que sus flatulencias me impregnaron de un olor nauseabundo, que en nada se asemeja al aroma que traía. Y eso, sin contar con que escuché de los humanos tales perversidades que, cuando me quedo dormida, me despierto llena de remordimientos.

-Nada de lo tuyo ha de ser comparable con lo mío -dijo la otra, agarrándose como podía a lo que restaba de su esencia-. Me comieron por dentro animales no solo voraces, sino de lo más desconsiderado, pues me afectaron a la esencia, haciéndome huecos por doquier. Y, para mayor dolor, tuve que aguantar, no solo el peso de unas posaderas que en nada deberían envidiar, en su despropósito, las que te hicieron a ti tanto daño y supusieron tufo, sino que, siendo más débil, no me desmoroné por amor propio.

Mientras las llamas las consumían, quienes pudieron aguzar el oído se enteraron, pues, de las historias de cada una: mismo origen, idéntico artesano quien fabricara su concreto aspecto, y muy diferentes posaderas a las que sirvieron de aposento. Todo ello, para después de haber cumplido con dignidad su cometido, venir a convertirse en fuego de diversión, humo de jolgorio, junto a otras maderas sin historia, paja de rellenar, telas sucias y serrín de serrería. Así son las cosas también para las sillas.

FIN