Ciberdios

Espero que no se escandalice nadie (no demasiado) porque haya mezclado dos palabras que, cada una en su ámbito, merecen máximo respeto para los fieles de las respectivas religiones.

En su libro “Sapiens” (publicado en español por Penguin Random House, Grupo Editorial Imagen, 2015), un aún joven profesor de Historia, Yuval Noah Harari, confeccionó en 2013 el relato de la Humanidad -resumiendo conocimientos científicos, biológicos e históricos- con el hilo argumental (que figura como subtítulo) de que una facción de monos con cerebro desproporcionado y voluntad de correr erguidos, evolucionó “de animales a dioses”.

Me interesa enfatizar, ante todo, que la idea de la evolución de una especie capaz de llegar a alcanzar el conocimiento integral del cosmos y, por tanto, encontrar la respuesta a los interrogantes que han sido cubiertos con mitos, leyendas, elucubraciones y teorías más o menos consistentes, me ha apasionado siempre. Es más, quien haya tenido el interés y se haya tomado la molestia de seguir mi corpus doctrinal (si tengo alguno) admitirá que ese objetivo común para la Humanidad es, en mi opinión, el único que da sentido a la evolución de la especie.

Harari termina su primer libro (escribió posteriormente otro, “Homo Deus”) con una pregunta: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

A esa pregunta, tengo mi respuesta, y ya elaborada. Sí. Unos entes huérfanos crecidos en el ciberespacio, con capacidad plena para destruir nuestra especie.

El triunfo de la cibernética sobre la Humanidad se prepara en varias fases, algunas de ellas coincidentes en el tiempo y con efectos y capacidad de crecimiento exponenciales.

El efecto más simple es la pérdida de empleo masiva que las aplicaciones cibernéticas provocan sobre las formas tradicionales de hacer las cosas en la última etapa de la evolución autónoma del Sapiens.

Las máquinas y  las comunicaciones sustituyen eficazmente a los seres humanos y solo unos pocos pueden sobrevivir tecnológicamente, siendo el resto de la Humanidad -por falta de tiempo, formación y aptitudes- incapaz de situarse en la nueva pirámide laboral, que será ocupada por autómatas. La generación de plusvalías quedará concentrada en unas pocas manos empresariales, y su distribución no alcanzará más que a un grupo restringido de la especie, incluso a través de la mejor  asistencia social.

Pero el peligro verdadero por el que se vislumbra (al menos, profetas jeremíacos como yo) el final de la especie, vendrá de la mano de lo que hoy aún llamamos ciberataques. Creemos que podemos atribuir su autoría a seres humanos y, para nuestra tranquilidad, imaginamos que detrás de un virus informático, un colapso repentino de las comunicaciones, un apagón informativo, está un sapiens.

Puede que no, o puede que el sapiens no sepa lo que puede provocar con su acción, y la posibilidad de esta opción produce escalofríos, porque se atisba cuál sería el final de nuestra especie, ocurrido con brusquedad brutal y sin objetivo.

Porque puede estar detrás de lo que provocó la hecatombe un grupo terrorista al que no interese el control sino solo el daño, en la confianza de que un dios acogerá con complacencia el holocausto. Puede estar un imbécil o un megalómano al que se haya concedido -democráticamente o por tolerancia estúpida- la potestad de manipular un arma letal -nuclear o, mejor y más barata, un ciberataque masivo- y  que sea incapaz de valorar las consecuencias del comienzo de una guerra nuclear o cibernética.

Puede estar la autoría, simplemente, en un programador muy inteligente, pero circunstancialmente algo descuidado que colocó en mal lugar una instrucción pensada, en realidad, para detener un ataque cibernético global y no para provocarlo.

Puede que un megaordenador haya creído llegado el momento de depurar al Sapiens que lo ideó de su falta de solidaridad y su genuina estulticia.

Tengo escritos algunos poemas sobre esta cuestión, aunque prefiero ceder la palabra a un libre pensador oriental que vivió entre los siglos XI y XII (murió en 1123 a los 83 años), Omar Jayyam, al que ya cité otras veces:

“No creas que me da miedo el mundo/o que no soporto que me deje mi alma./Ineludible es la muerte y nada me aterra./Temo tan solo no vivir cuerdamente” (pág. 79, Rubaiyyat 118. Colección Visor de Poesía, 1981)


Este macho de verderón común (chloris chloris) fue sorprendido por la cámara llevando en el pico unos copos de lana con los que hará más confortable el nido en el que, posiblemente, la hembra ya habrá puesto algún huevo. Es un ave que no es raro encontrar en zonas urbanas, aunque se muestra siempre cauteloso ante el ser humano.

Las hembras de la especie se distinguen por el matiz pardo más deslucido y no el verde musgoso de la espalda del macho y, sobre todo, si se las puede observar de cerca, por el tenue listado del manto.

 

 

Cuento de invierno: Reunión cósmica de sabios

Por fin había podido celebrarse, después de múltiples ajustes en las agendas intergalácticas, la primera reunión cósmica de sabios.

Se trataba, por supuesto, de un encuentro sin desplazamiento real, ya que no hubiera sido posible conseguir reunir a las más privilegiadas mentes del universo, físicamente y en un tiempo dado, dadas las tremendas distancias que les separaban entre sí. Baste decir que, considerando únicamente el espacio tridimensional, los dos asteroides, -de entre aquellos en los que se habían manifestado seres inteligentes-, que se hallaban más alejados entre sí, lo estaban a varios miles de millones de siglos luz uno de otro.

Los problemas de conexión que habían tenido que resolverse eran, por decirlo con una palabra, aún reconociendo la limitación del lenguaje humano, inconmensurables. Por fortuna, los seres de la quinta dimensión habían accedido a poner a disposición del curioso encuentro toda (o una parte) de su conocimiento de comunicaciones, si bien, de empleo limitado a esa sola vez. Habían hecho jurar ante su propia potestad pentadimensional, a todos los seres dominadores de los espacios de tres y cuatro dimensiones (los de dos y una dimensión no habían sido invitados), que no copiarían o imitarían esa tecnología durante los próximos cien billones de siglos luz, so riesgo de destrucción inmediata de la viabilidad de las naturalezas infractoras.

Resultaba curioso, analizado con la imprescindible perspectiva, que entidades de tan diferente naturaleza (reales y fantásticas), ocupantes de espacios con dimensiones de las que unos resultaban englobables en otros, participaran en una reunión, que, sin necesidad de profundizar mucho, se debía estimar como totalmente desequilibrada. El cónclave se celebraba a instancias de la especie humana, que se jactaba de haber llevado su desarrollo a un nivel tal que le hacía merecedora de ser considerada, según su peculiar criterio, centro del cosmos, capaz para dirigir sus propios destinos -fuesen los que fueran-, desprendiéndose, por tanto, de cualquier vinculación anterior y con la consecuencia de no tener que pagar en lo sucesivo peaje intelectual alguno.

Llegado el momento preciso para la confluencia, los representantes más cualificados ocuparon sus espacios virtuales en el escenario hiperdimensional, y el sabio representante de la especie humana comenzó su disertación, que fue absorbida instantáneamente por una gran parte de la concurrencia, dándose el caso de que aún no sabía lo que iba a decir -aunque llevaba su intervención, obviamente, muy preparada- y ya muchos de los que atendían a la misma, habían sacado sus conclusiones hacía siglos.

-Hemos conseguido delimitar el margen de lo desconocido en nuestro Universo -decía el sabio humano- al mínimo. Podemos generar energía, liberándola de los enlaces de numerosos compuestos, e incluso de los mismos átomos. Somos capaces de calcular y construir estructuras resistentes a la mayor parte de los fenómenos naturales que se producen en la Tierra. Hemos puesto en valor la práctica totalidad de los recursos de nuestro planeta y de algunos otros a los que hemos accedido, y si no hemos llegado más lejos, no es por nuestra cortedad, sino por la limitación natural de nuestra Galaxia, cuyo momento inicial y parámetros de evolución creemos haber detectado. Incluso, estamos en condiciones de prolongar nuestras vidas al límite máximo admisible por nuestra composición química, siendo ahora posible imaginar que para el 87% de los humanos se conseguirá superar la edad de 125,3 años. No solo eso: hemos fabricado robots que superan ampliamente nuestra esperanza de vida, con capacidades de actuación incluso superiores a las nuestras. Somos, por tanto, a nuestro nivel, equivalentes a los dioses, y exigimos, con el debido respeto pero inconmovible firmeza, que nos sea reconocida esa calificación entre las categorías cósmicas.

El representante de la cuarta dimensión soltó una carcajada cósmica, que resonó en las oquedades terrestres como un terremoto de intensidad 9,3, medida en la escala de Richter.

-¡No seas iluso, humano! Esas fuerzas de la naturaleza que decís poder controlar son provocadas por los caprichos y divertimentos de mis colegas del espacio tetradimensional. A veces, según los viene en gana, descendiendo de la escala de tiempos a la física, generan un pequeño movimiento tridimensional que vosotros calificáis como tsunami o terremoto de gran intensidad y que os provoca, claro, daños terribles. Otras, movilizan con idéntico empeño, las nubes de vuestro entorno y lo hacen con el mismo gozo con el que los niños humanos hacen pompas de jabón, por el puro placer de hacer figuritas con ellas, lo que no evita, sino causa, tormentas y ciclones. Y no te quepa duda alguna de que cualquiera de esos descubrimientos que vuestra especie juzga producto de la genialidad de algunos o del trabajo continuado de investigación de equipos, son aportaciones graciosas que alguno de los seres de mi dimensión o de las superiores os hacen, con el solo fin de hacer más entretenido contemplar vuestra lentísima, y por su propio impulso, hasta negativa, evolución. Algo parecido, aunque obviamente a otro nivel, a la forma como vosotros, los que os creéis más listos de entre los humanos, y a vuestra reducida escala, cedéis -por supuesto, en vuestro caso, de forma egoísta- algunos avances tecnológicos a los países menos desarrollados.

-Abundando en ello, -iluminó como un relámpago de trillones de fotones, una eminencia de la quinta dimensión- has de saber, enano cósmico, que aunque te creas superior a otros seres de tu escala, incluso invisibles para ti con tus medios de análisis, la situación es solo fruto de tu ignorancia, que no puedes suplir con tu limitada imaginación y tus equipos de pacotilla.

En la Tierra, la población se maravilló de un resplandor tan fulminante que creyeron llegado el fin del mundo, y se pusieron a orar, sin saber a quién.

El sabio terrestre guardó silencio, confundido. Su silencio duró una nada inmensa, y fue percibido en la Tierra como varios siglos de inconcebible vacío. A partir de entonces los cielos se oscurecieron, los hielos se derritieron en una parte y en otra aumentaron varios metros su espesor y, lo que fue peor, todas las creencias se tambalearon, cayendo muchas estrepitosamente y arrastrando en su caída próceres, papas, ayatolás, reyes, iconos, gurús, empresarios, emprendedores, fieles y galardonados (entre otros).

Entonces, y solo entonces, un ser ínfimo que estaba alojado, al parecer, en uno de los lugares más recónditos de la epidermis de la calva del sabio, tal vez colindante con alguna zona del hipotálamo, que no hemos sido capaces de precisar, expuso este pensamiento sorprendente:

-¡Eh! Yo también he venido a esta reunión de sabios, y habito, como la especie humana, en el espacio tridimensional, aunque mi ámbito de desarrollo es varios múltiplos superior al espacio terrestre. No tenemos pretensiones de ser los más sabios del cosmos, ni mucho menos, anhelamos ser independientes, pero quiero expresar que nuestro nivel de inteligencia, como las criaturas superiores sabéis bien, es muy superior al del hombre, al que conducimos como nos da la gana. Los humanos son nuestros robots, en el ámbito que vosotros, los entes superiores, nos permitís actuar.

El sabio humano se quedó de piedra. Lo que anhelaba un instante de gozo se había tornado en una pesadilla terrible. Un ámbito de dolor y desambiguación de máxima crudeza, que, por fortuna, terminó cuando alguien movió su brazo.

-¡Poeta!¡Poeta!

Era su mujer, que le observaba, angustiada.

-¡Despierta, despierta! ¿Qué te pasaba, con qué soñabas? ¡Te movías con terrible angustia y no hacías más que repetir, “no tengo la culpa, no me castiguéis”? ¿Quién te iba a castigar?

El poeta, ya despierto, guardó silencio, se levantó presto, y mientras se aliviaba de los líquidos que se le habían acumulado durante la noche, pensó: “Qué complicado resulta todo esto”.

Pero se guardó, muy mucho, de comunicar a nadie, ni siquiera a su esposa, sus presentimientos y, naturalmente, tampoco le contó su sueño, porque no deseaba escuchar ninguna interpretación.

FIN

Cuento de invierno por Navidad: La fallida revisión de los 2.000 años

Las cosas no suceden así, pero, como no sabemos cómo sucedieron la primera vez, podemos imaginarnos algunos detalles de cómo puede discurrir la segunda. Si sucediera, y en caso de que la información de que disponemos de la primera fuera fiable.

Para situar el tema en su dimensión correcta, es preciso desplazarse a una dimensión superior a la que nos movemos los mortales. En ese lugar cósmico ene-dimensional, en donde las fuerzas superiores, dirigidas bajo la suprema y única autoridad del Dios de todos los dioses, ángeles, arcángeles, dominaciones, bienaventurados y desgraciados, así como de potestades, se reúnen de cuando en cuando para hacer una valoración de cómo van aquí y allá las cosas, queremos suponer que en un determinado momento, se esté procediendo a valorar la evolución de la Humanidad.

Un proyecto ambicioso, complejo, que permitió dotar a una criatura finita, vulnerable, de la capacidad singular de analizar lo que le rodea, e influir sobre ello. Una cuestión menor, intrascendente y hasta inapreciable en el marco de los infinitos de cualquier orden, pero que adquirió una proporción descomunal para ese habitante de un planeta minúsculo del Sistema Solar, llamado Tierra, que pretende ser el centro del cosmos.

Aceptaremos, para entendernos, que los nombres que hemos dado a las cosas que conocemos es el mismo que reciben por parte de los controladores cósmicos, y que, con el debido respeto, seremos capaces de poner por escrito sus pensamientos, o como queramos llamar a los productos derivados de su forma de ser, ordenando esas ideas según una secuencia temporal, con su principio y su fin, su camisita y su canesú y todo ello, en lenguaje humano.

-Es evidente que se hace necesaria una actualización completa de los códigos por los que deberían regirse los humanos -diría, para abrir boca, el dios de las Cosas Bien Hechas, apareciendo como lo que le corresponde, una eclosión fantasmal en la metafísica de la divina Pléyade.

-No lo percibo así desde mi infinita sabiduría, que nada tiene que envidiar, desde luego, a la tuya. Los principios que rigen la evolución del hombre están claros desde que se propició el salto del primate al homínido. Son inmutables, porque son parte de nuestra esencia: la completa verdad de las leyes cósmicas, la ausencia infinitesimal de cualquier maldad y la absoluta igualdad de oportunidades dentro de las especies, que está, por tanto, en todo lo creado por nosotros y que emana directamente del Innombrable, el que Todo lo Percibe. Cuestión distinta es que algunos humanos, sobre todo, desde la aparición del hombre de Atapuerca, se hayan desviado en las aplicaciones, tergiversándolas y adulterándolas, hasta hacerlas irreconocibles -replicaría el dios de las Ocasiones Desperdiciadas.

-En todo caso, y a salvo de lo que diga el Dios superior al que toda gloria sea dada -sería la reflexión espontánea que emitiría el dios menor de las Adaptaciones Posibilistas-, no se trata de adaptar las ordenanzas inmutables a las peculiaridades del momento, sino de hacerlas patentes, quitándoles la roña física que se acumula con los siglos. En cada uno de esos minúsculos seres siguen impresos los principios éticos a que te has referido, por lo que siempre han tenido una referencia en sí mismos, enmascarada ahora porque, en lugar de mirarse dentro de sí, sus sentidos se orientan hacia fuera. Esto dicho, sin embargo, no podemos ignorar que, aunque no lo ha sido en la dirección correcta, la Humanidad sí que ha avanzado en eso que llaman tecnología. Sobre todo, desde hace solo unos pocos años -se me hace difícil emplear esa terminología, hermanos-. Por no hablar del conocimiento de fenómenos, misterios y circunstancias que durante cientos de miles de años nos atribuyeron a nosotros, al azar, al mercado, o a la magia.

-Cierto que sí, queridos dioses de esta Pléyade, y alabado sea el que está por encima de todos nosotros. Han pasado cientos de miles de años y muchas vicisitudes por las generaciones humanas -podría ser ésta la aportación al cónclave de la diosa de la Tolerancia Admisible-. Fijémonos, sin embargo, en que la confusión actual no es menor para los humanos, sino mayor que nunca. Las desigualdades han crecido, las oportunidades de felicidad, no son las mismas, porque dependen, sobre todo, de las fuerzas del mal. Por eso, debemos actualizar las referencias que, en su momento, cumplieron la misión de señalarles el camino, no importa si las atribuyeron a dogmas religiosos o a códigos morales. Ahora, cuando ya ha pasado casi todo el tiempo que habíamos previsto para los humanos, o les indicamos aquellas referencias que les ayuden a enderezar el camino y, de paso, a acelerar su ritmo, o nunca llegarán al sitio para el que los hemos creado, perdiéndose en los recovecos de la futilidad más despreciable.

El debate que se inició en la Pléyade de los dioses fue muy intenso, y como con todas las entidades para las que el tiempo no significa nada, interminable. Cuanto más expresaban, más sabiduría generaban, y más necesidad de precisar se desarrollaba en ellos. Por fortuna suprema, no faltaban algunos entre los dioses que exponían sugerencias prácticas, como realizar un sorteo para detectar poblaciones candidatas a servir de emplazamiento para el nacimiento de un nuevo niño Dios. Pero se negó la premisa mayor, que era negarlo todo. La mayoría desechó, sin necesidad de votación, sino por ciencia infusa, que la propuesta era costosa en esencias divinas, innecesaria formalmente e incluso, peligrosa para la propia identidad de las divinidades, pues las técnicas de detección de ADN y otros procedimientos experimentales, aunque elementales, podrían poner en evidencia la naturaleza de los dioses, y causar honda conmoción entre los humanos, creando incómodos contratiempos en el proyecto cósmico.

-Alto ahí. Las técnicas de las que actualmente disponen los humanos son más que suficientes para que interpreten un mensaje, si las claves con el que las emitimos dejan entrever que la instrucción proviene de las profundidades cósmicas y no ha surgido de un farsante -sería la opinión de la diosa de la Tecnología Suprema.

A pesar de su sensatez, la propuesta resultó controvertida, pues no se reconocía a ningún ser humano, en la generación vigente, la autoridad suficiente como para que su palabra fuera aceptada por todos -se manejaron, entre otros, los nombres, eso sí, de Messi, Ronaldo, Francisco, Barak, Xi, Vladimir, Mariano y Angela-, ni existía científico o filósofo con tal solidez que sus conclusiones no fueran de inmediato, quién sabe por qué siniestros caminos, rebatidas como erróneas. Por cierto, hubo grandes discrepancias a la hora de proponer representantes de este segundo grupo.

Decidido, pues, que el mensaje no consistiría esta vez en ningún demiurgo para que enseñara, con su sacrificio y virtud, a los descarriados humanos ejemplo de vida alguno, el debate se centró, solo en la forma y en su contenido, que debería ser escueto, general, y contundente como una patada en el hígado. Habría, por supuesto, de tener validez para todos los habitantes de la Tierra, independientemente de su lugar de residencia, del color de sus manos o de la rama étnica por la que hubieran evolucionado desde el primer mono bípedo, haciendo abstracción, tanto fuera para bien como para mal, de su nivel económico o su capacidad intelectual. Había consenso en que debería reimprimirse en todos y cada uno de los seres humanos, como una marca de ganadería.

Reaparecieron aquí las tendencias particulares de cada deidad, producto de sus propios orígenes, ya fueran fantasiosos, intelectuales o degeneraciones inexcusables. Había quien, como el dios de la Guerra (que desde hacía varios pestañeos se hacía llamar de la Defensa), opinaba que deberían enviarse meteoritos que chocaran contra las ciudades más representativas del desarrollo humano, destruyéndolas. Otros, como el dios de los Acontecimientos Provocados, estaba a favor de levantar varios tsunamis allí donde no hubiera apenas agua o enviar calores abrasadores a las zonas más gélidas de la Tierra, para que la contradicción fuera patente con los principios físicos manejados en la Tierra.

Cuando la discusión estaba en su punto más acalorado, entró Dios, el Innombrable, el que Es, el que Permanece sobre todo lo contingente. Todos se rindieron a su evidencia y guardaron un nanosilencio respetuoso. No necesitaban decirle nada, porque, en su infinita sabiduría, todo lo sabía, todo lo tenía presente (pasado como futuro) y todo lo convertía, con su sola esencia, en música celestial y arrobo místico.

-Vuestra inquietud es impropia. Tengo decidido desde el principio de los tiempos lo que se ha de hacer.

Todos bajaron la vista, sin osar mirarle. Y Dios continuó.

-Nada. No se va a hacer nada-

-¿Nada? -osó preguntar la diosa de la Duda Persistente.

-Nada de nada-confirmó Dios-. En toda la eternidad tendremos infinitas oportunidades para mejorar cuanto se nos ocurra, que es indefinido al tiempo que inconmensurable. No perdamos, por ello, ni una mónada de tiempo más. Esta vez, este experimento de propiciar un ser contingente que piense por sí mismo, la consideraremos como una prueba y, de entre las pruebas, la marcaremos como fallida. En el cómputo infinito, este fracaso no tendrá importancia alguna y todo quedará, como debe ser, entre nosotros.

El silencio volvió a imperar sobre los sonidos en las inmensidades cósmicas, y los dioses mayores, menores y medianos se habrían puesto de inmediato, supongo, a hacer de las suyas, como si aquí, en la Tierra, no hubiera pasado nada. Que no es poco.

FIN

Cuento de verano: Olvido busca Memoria

Ya sé que es un título raro para un cuento. Tenía pensado uno buenísimo pero no consigo recordarlo.

Yendo directamente al grano del asunto, el protagonista de este relato no es un pueblo concreto, ni una raza, sino una especie. La humana. Y el marco de referencia no es la Tierra, sino el cosmos. Puede parecer pretencioso, aunque no es exactamente mi intención.

Cuando quienes imaginaron el Universo habían ya colocado toda la escenografía, activado los mecanismos semiautomáticos y decidido los momentos en que se producirían los momentos más impactantes, y se disponían a disfrutar de los efectos, tranquilamente sentados en la primera fila de butacas, uno de ellos tuvo una idea singular:

-Pongamos la condición de que, en la evolución de las especies, una de ellas no tenga memoria.

El resto de los artífices del Universo estuvo de acuerdo de inmediato en que podría ser interesante, y ese y no otro es el origen de la especie humana, tal como la conocemos hoy. La ausencia de memoria afecta por igual a hombres y mujeres, porque lo importante para este cuento no es ignorar o no dónde dejaste las llaves o cuál era el traje que llevabas el día que se casó tu prima la de Logroño, sino que me estoy refiriendo a la Memoria colectiva, a los hechos claves de la Historia de la Humanidad que hubieran permitido reconocer porqué estamos y somos así, y no repetir más que los éxitos, evitando caer por segunda vez en lo que salió mal.

Me he referido en el párrafo anterior a “la Historia de la Humanidad” y, en realidad, no existe. Tenemos a disposición de los curiosos y eruditos una colección de anécdotas, en su mayor parte inventadas o tergiversadas, que es imposible interpretar, por mucho que te rompas la mollera. Como la especie humana es actualmente muy numerosa -hace tiempo que alcanzó la masa crítica-, hay centenares de análisis de lo que pudo haber pasado, y hay que reconocer que algunos llegan a conclusiones divertidas.

Tanta palabrería no impide ser claro en afirmar que la humanidad, como no tiene memoria, esté continuamente volviendo a empezar, para diversión de los dioses de esta gran aldea global, aunque lo hace cada vez con menos margen de actuación, como si estuviera representando ya el último acto. Esto explica -es un decir- que, con las tensiones entre pueblos y razas, que hace apenas un siglo desembocaban en guerras y operaciones destructivas de ámbito local, ahora tengan un carácter general, y por un quítame allá esas pajas, se esté a punto de organizar la de vámonos, Juana. Como si esto fuera un patio de colegio, los grandullones y los gallitos no paran de trazar líneas rojas y de tirar petardos al lado del vecino, que te dejaban sordo un par de días.

Aunque todo parece más estructurado, no hay tal. El origen de la tensión no ha cambiado, y es el afán de dominar y acapararlo todo que surge, como una enfermedad, en ciertos grupos y en todas las generaciones. La ausencia de Memoria es la razón.

A nivel individual, como han resuelto algunos estudiosos, lo deseable es llegar a la vejez con buena salud y mala memoria. Solo que, como especie, hemos llegado a este punto con mala salud y nula Memoria. Lo que es muy poco tranquilizador.

He soñado que los autores del libreto y la escenografía, en este acto, habían previsto que Olvido saliese a buscar a Memoria. Era un sueño muy entretenido, que me hubiera gustado recordar.

FIN