No estoy orgulloso de ser normal

La coalición que ha llevado a la alcaldía de Madrid a mi casi coetánea Manuela Carmena ha tomado la insólita decisión de cambiar las señales de algunos semáforos de la capital para que, en lugar de la figura reglamentaria con la silueta de un peatón en posición de parado o caminando, aparezcan figuras emparejadas, cogidas de una mano.

La explicación que se ha difundido es que se pretende que, dado que se va a celebrar el Día del Orgullo Gay, se interprete como una señal de simpatía hacia el colectivo GLTBI (gays, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales). La señal está en Madrid para quedarse, pues ha costado unos 40.000 euros. Supongo que se habrá dado instrucción inmediata a todos los centros educativos de que se explique a los niños que en algunas zonas las señales para peatones pueden variar y que no es necesario que vayan cogidos de la mano para cruzar la calle. (1)

Me considero una persona normal, del sexo masculino. Nunca vi en ello una opción para sentirme más o menos orgulloso. Tampoco tuve jamás la menor intención ni tendencia a considerar anormales a los homosexuales masculinos (gays), lesbianas,  intersexuales y bisexuales, aunque también es cierto que las prácticas y orientaciones sexuales de los demás no me interesaron ni me interesan. Haga cada uno en su intimidad lo que le pete.

Sí reconozco mantener cierta reticencia para incorporar al recinto de la normalidad a los transexuales, porque mi idea de la normalidad tiene que ver, como el lector inteligente habrá intuido, con los designios de la naturaleza, sin intervención del bisturí. Ruego que no se me lleve a la hoguera por esa carencia que, dada mi edad, me temo no voy a superar en esta vida.

No entiendo la exhibición de chabacanería con la que una parte del colectivo normal de GLTBI se esfuerza en aparentar que tienen unos gustos aberrantes, con los que parece ser quieren indicar que están orgullosos de su condición sexual. No sé que tiene que ver la exhibición impúdica de desnudeces, los disfraces sin gracia alguna, la proliferación de gestos obscenos desde las carrozas en donde se apelotonan individuos que no tienen un comportamiento normal, con la exigencia absolutamente legítima, de que sean tratados con normalidad.


(1) Para los muy despistados: intersexuales son aquellas personas que han nacido con ambos sexos, es decir, hermafroditas. Según algunos estudios, el 2% de la población mundial tiene esta anomalía sexual que, no necesito justificarme, no interfiere con mi idea central de que todos somos normales, esto es, productos de la naturaleza. Como no tengo conocimientos ni información sobre la posible interferencia, según casos, entre la intersexualidad y la bisexualidad, puedo entender que las personas afectadas deseen someterse a una intervención que les permita aparecer sexualmente con la identidad que predomine. En mi opinión, esa operación debería ser costeada por la seguridad social.

(2) La fotografía recoge el momento en que tres garzas reales (ardea cinerea) sobrevolaron mi cabeza. Se distingue a las reales de las imperiales (en vuelo) porque tienen la quilla del cuello redondeada y no angulosa. Ambas lo recogen, como también las garcetas y garcillas, lo que no hacen las grullas y las cigüeñas, que lo llevan estirado cuando vuelan.

Como creo que ya hice notar en otra ocasión, pero disculpe el lector la repetición, las aves que tienen el apelativo de reales son mayores que las imperiales. Las garzas reales tienen una envergadura que puede alcanzar el metro (con el cuello estirado), en tanto que las garzas imperiales, en el más corpulento de los casos, no superan los 90 cm.

En vuelo, el penacho ornamental (también difícil de ver en reposo) no se distingue.

Mi Diccionario desvergonzado: protocolo, solución, problema, paradigma, pareja, código, educación, escritura

Código. 1. Conjunto de cuatro números, coincidentes con el año de nacimiento del interesado, que son elegidos como clave de acceso fácil de recordar a la cuenta corriente en los cajeros. 2. Combinación aleatoria de cifras, letras y signos, formada por doce a dieciséis dígitos, para garantizar sea imposible de recordar, que se guarda al lado de un ordenador o modem, y que permite el acceso del propietario a las prestaciones por las pagó previamente. 3. Recopilación de las leyes vigentes, no actualizada, pues su característica fundamental es el dinamismo con el que son modificadas.

Chirimbolo. 1. Objeto que obstaculiza el paso de viandantes en una acera, colocado por empresas especializadas en ganar concursos públicos por procedimientos de corrupción bien establecidos. 2. Adorno sin valor, de forma indefinible, que los horteras se colocan en el cuello o en la muñeca para llamar la atención sobre su carencia de buen gusto.

Educación. 1. Enseñanza que devino carente de consideración ni respeto, y que consistía en ser considerado y respetuoso con los demás. 2. Formación que se imparte en centros especializados, cuya utilidad final es exclusiva responsabilidad de quien la recibió.

Escritura. 1. Una de las dos capacidades básicas, junto con la lectura, que evitan ser considerado analfabeto y que, por fortuna para muchos, no es preciso demostrar. 2. Afición que siente quien se empeña en contar historias, tergiversando sucesos reales, en la confianza estéril de que algún día sean publicadas; no debe confundirse con la actividad del escritor, que hace lo mismo, pero al que le publican lo que escribe, lo que en ningún caso garantiza que las mismas sean leídas.

Lector. 1. Licenciado español que  ha sido contratado por una Universidad americana para enseñar a estudiantes de castellano a distinguir la tortilla de la paella, y la corrida de la cogida, leyéndoles poemas de García Lorca. 2. Viajero del metro que no desea que le pregunte en qué estación debe bajarse cualquier turista despistado. 3. En la modalidad de empedernido, individuo que no consigue librarse de la obsesión de llevar un libro entre las manos, lo que le priva de vivir otra realidad.

Lesbiana. 1. Calificación, con intenciones peyorativas, que utiliza un vecino con problemas sicológicos para referirse a una mujer de más de cuarenta años que vive sola o en compañía de otra mujer. 2. Ser humano del sexo femenino que ha descubierto, por naturaleza, experiencia o afición, que los ejemplares del sexo denominado contrario exigen demasiado a cambio de lo que les produce satisfacción.

Paradigma. 1. Verdad cuestionable que se eleva por un fanático a la categoría de indiscutible. 2. Forma muy del gusto de un ignorante de referirse a aquello por cuya justificación no desearía le preguntasen, para no ser apeado de su elucubración.

Pareja. 1. Dos objetos o sujetos, incluso animales, que son considerados iguales porque no se desea entrar en detalles de sus diferencias. 2. Trío cuyos componentes ignoran al tercero.

Pasota. 1. Persona que solo concede valor a lo que él mismo fabrica, desea o posee. 2. Reacción de quien ha caído de pronto en la cuenta de que lo que hace no provoca en los demás ningún interés, y que, de persistir, puede demandar tratamiento siquiátrico.

Problema. 1. Oportunidad fabricada por quien desea que los demás le vean como artífice de haber encontrado su solución. 2. Cada uno de los resultados obtenidos con las opciones por las que se pretendió tener la clave de algo de lo que se desconocía el funcionamiento. Véase Solución.

Protocolo. 1. Actuaciones regladas que pretenden dar realce a una ceremonia anodina. 2. Misterioso archivo donde un notario o registrador de la propiedad guarda los documentos que se le han confiado, y cuya utilidad resulta incuestionable si no aparece quien los ponga en duda.

Solución. 1. En las pruebas de aptitud en ciertas carreras técnicas, admitidas como de extrema dificultad, combinación de números y la letra pi. 2. Respuesta válida para salir de un embrollo, hasta el siguiente traspiés. 3. Vaga propuesta de quien se reserva, pasado el tiempo y conocido el resultado correcto, haber aportado el consejo que hubiera sido pertinente. Véase Problema

Torticolis. Rigidez del cuello, por contracción de ciertos músculos, imitada por los modelos de pasarela.

Tufo. 1. Mal olor que despide con antelación algo aún menos agradable que, de forma evitable, está a punto de suceder. 2. Enviciamiento del aire que se produce de forma natural en torno a alguien que presume de lo que no tiene.

Cuento de primavera: Queenie y el zorro petimetre

Tal vez no se llamase Queenie, pero cuando hizo la Primera Comunión, con aquel vestidito blanco de encajes hechos con bolillos y el lacito de seda uniéndole en lo alto ambas coletas, la abuela María Luisa, que era la única que había sobrevivido de los cuatro mayores, y hacía pocos meses que estaba de vuelta de Miami, le dijo que era una Queenie, una reinecita, y a ella, como que le gustó, y, a partir de entonces a todo el mundo le decía que su nombre era Queenie, y eso le quedó.

-Queenie, ven para aquí, Queenie estáte quieta, Queenie ayúdame con esto.

Era más bien baja que alta, más fea que guapa, más gorda que delgada.  Era inteligente y dispuesta, pero esas cualidades no son de las que se ven o, si se ven, se aprecian. Así que el nombre de Queenie, para quienes se creen que las reinas tienen que ser algo excepcional en todo o casi todo, le empezó a caer, para los maledicentes, como una verruga al lado del ojo.

-Esta no se nos casa, ya verás -dijo la madre, viendo que se hacía mayor y que no se la conocía pretendiente ni al asomo.

-¿No será de esas que tienen el gusto perdido, y solo miran a otras mujeres? -aventuró, con la boca pequeña, el padre de la criatura.

-No lo quiera Dios -fue la petición espontánea de la madre, que era devota.

Había en la ciudad un tipo que se las daba de taimado, atribuyéndose a sí mismo -cuando tenía ocasión- cualidades propias de los zorros, que se dice son capaces de entrar en un gallinero y, por guardados que estén patos y gallinas, tanto con red de alambre como con perro ladrador, siempre birlan alguna pieza, de la que no dejan más que cuatro plumas de testimonio en el comedero.

Es como si dijeran. “Por aquí pasé”.

A este fulano, de nombre que le pondremos, el de Bolindres Racimera, no se le conocía más arte ni otro beneficio que el de pasear vestido de petimetre, esto es, de pisaverde, con esa elegancia rancia del que cree estar a la moda y, en realidad, pasa por amanerado. Y cuando el decir general, en una población pequeña, califica a alguien de tipo con modales rebuscados, está atribuyéndole, a la chita callando o a voz cantante, vicios o tendencias que juzga inconfesables, salvo en las iglesias donde se otorga perdón por los pecados.

Racimera era, en realidad, un zorro petimetre, que es tanto como decir que ocultaba sus verdaderas intenciones, como ya habían hecho antes otros avezados en el arte del disimulo, pretendiendo que se le viera como que eran lo que no eran. Unos, son zorros para el negocio, otros, para la política y, no pocos, para los asuntos tocantes a los placeres de la carne que, en lugar de ser servida en el plato, se suele consumir bajo las sábanas y en buena compañía.

Bolindres Racimera era de estos últimos. Simulando cojear de un palo, atraía a las palomas del contrario, que, confiadas, acudían a él, ya fueran solteras como casadas, consultándole las dudas y problemas más variados.

-Tú que tienes gusto, Bolindres, ¿cómo me sentará este corte de pelo?

-¿El color rosa, va bien con el morado metálico?

-¿Dónde se podrá comprar una faja adelgazante?

A todas las cuestiones contestaba con tino, y cuando le parecía que el tiro merecía la pena, las hacía asomar al brocal del pozo en donde, como una hormiga león, entre zalamerías y engaños, las empujaba para hacerlas caer hasta el fondo, en donde él les devoraba la virtud o lo que hubiera en su sitio.

Pareciéndole que se le estaba pasando la edad para casarse, Queenie tocó a rebato, dio un repaso mentalmente a su libreta de contactos y, consciente de sus limitaciones, después no pocas dudas, seleccionó a Racimera.

Era tal su desconocimiento de los andurriales que el otro frecuentaba, que imaginó que le tenía que resultar atractiva la oferta que iba a hacerle, que no era sino casarse con ella. Y si al lector esta historia le está pareciendo bastante antigua,  porque opina que ahora los jóvenes tienden a escabullirse de tales compromisos, envejeciendo sin pasar por los registros civiles, que solo guardan el asiento de su nacimiento, espérese al final, antes de juzgarla.

-Bolindres, no tienes por qué negarlo. La gente juzga por tus vestidos, tu porte, tu andadura,… que eres marica perdido. -le dijo la moza, abriendo el melón por la parte que a ella le convino.

-No es oro todo lo que reluce, ni homosexual quien lleva pluma -fue la respuesta del zorro petimetre.

-Yo se que no lo eres. Te llevo observando desde hace mucho tiempo, y estoy segura de lo que te gusta.

Estaban en el Club de Regatas, en cuya cafetería habían coincidido adrede. Queenie había pedido a Bolindres un tiempo para hacerle una consulta seria y el zorro, aunque no encontraba a la joven atractiva, interpretó, curioso, que en la cosa habría, en fin, tomate. Por eso le sorprendieron los alegatos de principio.

-Voy al grano-siguió Queenie-La gente también murmura de mí que soy lesbiana.

-No había oído nada de lo que me cuentas -mintió Racimera, mientras valoraba que el botín iba a ser nulo o muy exiguo.

Queenie sorbió un trago de la Cola, para humedecer la boca seca.

-Pues lo soy -confesó la moza-.Vamos siendo mayores, quiero vivir aquí y creo haber encontrado la forma de que ambos hagamos lo que nos apetece, de común acuerdo, y sin escándalo.

Bolindres la miró de hito en hito.

-Casémonos -dijo Queenie, sin mover un solo músculo de la cara, salvo los orbiculares de los labios.

Fue una propuesta razonable que, convenientemente sopesada, Bolindres aceptó. Tendría sus razones. Y fueron muy felices desde entonces, cada uno en su corral, callando habladurías.

FIN