Otras gentes:(4) Gentes del libro

Según la versión clásica del Islamismo y su relación con el derecho, “gentes del libro” son aquellos que practican una de las tres religiones monoteístas que tienen su base en el Antiguo Testamento: cristianismo, judaísmo e islamismo, considerado por todas ellas un libro sagrado.

Cuando  la península ibérica estuvo casi totalmente bajo dominio musulmán, estas gentes o pueblos Libro (gente de la dhimmah) vivían bajo la protección del sultán, siendo sus derechos y deberes diferentes, pudiendo practicar su fe y mantener determinadas prerrogativas a cambio de impuestos, que eran muy superiores para los no islamistas.

La reaparición de la yihad, guerra santa por causa de Dios, -invocada por fanáticos del Islam que, en versiones bastante incoherentes entre sí e ininteligibles desde una posición moderna y deontológica, pretenden implantar una interpretación rígida de los preceptos supuestamente transmitidos por un arcángel al profeta, y no dudan en inmolarse o cometer atentados indiscriminados contra poblaciones que disfrutan de la libertad que han traído la implantación de sistemas democráticos y, en general, oficialmente no confesionales-, ha conmovido la sensación de seguridad de las democracias occidentales.

El vertiginoso envenenamiento de las pacíficas concepciones del Islam, en que, como se esfuerzan en repetir creyentes, admiradores o antiguos educandos en esa religión, se basan sus preceptos, ha aportado incomprensión y recelo hacia todos los practicantes de la doctrina de Mahoma.

Nos sentimos directamente amenazados por estos fanáticos, y, en la confusión entre creyentes y radicalizados, muchos ven en cualquier musulmán -incluso en quienes tienen aspecto árabe, cobrizo o negroide- un potencial sospechoso, un enemigo de nuestra libertad.

Contagioso, el mal está extendido por doquier y no resulta posible identificar una sola causa de la difusión de adeptos a esa doctrina herética. Se propaga utilizando promesas de placeres terrenales y futuros, concentrando extorsiones que implican manejos de dinero y poder, adobando mentiras, lanzando amenazas y provocando terror; es alimentado por drogas, robos y saqueos, no desdeña el ejercicio de autoridad malsana, se cuela como presión de grupo contra crédulos, necesitados, iluminados o sicópatas, supone la falsificación de la historia y el desprecio a la interpretación humanista del Corán, se apoya en la marginación y pobreza reales, crea y mantiene guetos, ritos y vestimentas que separan y se retroalimentan.

Cierto que quienes invocan el nombre de Alá, para embarcarse en acciones terroristas que han causado ya decenas de miles de víctimas civiles (en el sentido o acepción de “no militares”) proliferan con mayor intensidad en países en los que la religión islámica es oficial o de seguimiento mayoritario, pero desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, son muchos, harto frecuentes, y con efecto mediático muy alto por sus características de actuación indiscriminada, los individuos radicalizados que actúan en Occidente y,  especialmente, en Europa.

El atentado sufrido por pacíficos transeúntes de las Ramblas de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, perpetrado por un grupo de individuos, al parecer dirigidos por un imán de Ripoll, y cuya extensión y número aún no está completamente clarificado, ha puesto de manifiesto demasiadas cosas para dejarlas en la nube de la ignorancia. He aquí algunas:

  1. Los terroristas yihadistas, son la mayor amenaza actual contra la seguridad ciudadana. Puede que no consigan amedrentar ni afectar a la libertad ambulatoria de la inmensa mayoría, pero la diversidad de sus métodos y su misma existencia, con células que se han formado y crecido en el territorio europeo (y, en lo que más nos afecta, español), y, por tanto, camufladas como “ciudadanos normales”, exige una actuación policial y de las fuerzas de seguridad, coordinada, seria, inteligente, completa. Esta actuación ha de desarrollarse también, contando con la colaboración ciudadana: hay riesgo también de radicalización de fanáticos en la permisividad y la excesiva  tolerancia cuando está en peligro nuestra vida y la de ciudadanos pacíficos, que nada quieren entender ni saber de esa antihistórica, antiética y criminal iniciativa religiosa. Se nos pide que no nos amedrentemos, y puede que, en general, se consiga -aunque las limitaciones ya existen, y los gastos extras por la seguridad, aumentan-, pero debemos también ser vigilantes y actuar defensivamente ante el riesgo. Ignorar al otro, al semejante, genera un espacio de ocultación para el diferente, el potencial asesino, el fanático que usa la religión como justificación mortífera.
  2. La falta de coordinación policial, los errores y omisiones en la transmisión de información sobre individuos peligrosos o en vías de radicalización, es inadmisible. Da lo mismo que sean treinta mil o cien mil los radicalizados con perfil criminal. Las redes de información, en una época digital y de comunicaciones, han de funcionar a la perfección y no hay excusa para que no haya sido así, para que no sea así. Cierto que la policía no puede vigilar a todo sospechoso (no sería admisible legalmente), pero los atentados han demostrado que no existen “lobos solitarios”, sino grupos coordinados, dirigidos por cabecillas extremistas, educados en la interpretación elucubrante de la doctrina de Mahoma, amparados en su libertad -la nuestra, la que deseamos para nuestra sociedad- para urdir actos terroristas.
  3. Nuestra sociedad, devenida fundamental agnóstica, e incluso crítica de valores históricos vinculados a la religión cristiana, ha caído en la trampa de una excesiva tolerancia. Nuestros representantes públicos se abrazan sonrientes con sátrapas y tiranos nuestras ministras y empresarias se ponen la mantilla o visten “con recato” para no contrariar o escandalizar con la exhibición de su cabellera, sus brazos o piernas al descubierto…y aquí nos hemos acostumbrado a la visión de una pobre mujer cubierta con velo hasta las cejas y con un paño que tapa hasta la menor curva de su sobrepeso, acompañada por un tipo en camiseta que mira sin ocultar su apetencia rijosa ante cualquiera fémina infiel en pantalón corto.
    En fin, si queremos abortar definitivamente esta lacra que nos ha surgido, abandonemos -al menos, de momento- la idea de llevar a la democracia a países islámicos, aplaudiendo primaveras árabes conducidas por un par de centenares de jóvenes voluntariosos concentrados en una plaza pública.  Controlemos el comercio de armas  (también, al detalle), preocupémonos de la verdad de la integración de los inmigrantes y mejoremos hasta el límite la bondad de nuestra policía contra esa delincuencia organizada, que no dude en utilizar cualquier medio para atentar. Y alertemos a los pacíficos contra los excesos de confianza.
  4. Y, como cristianos, judíos, agnósticos o practicantes de cualquiera de los múltiples
    caminos para solucionar nuestra necesidad de explicar nuestra existencia, podemos recordar lo que ya Gilles Kepel en 2000 escribía en su libro “La Yihad” -aparte de algunas equivocaciones de perspectiva que se detectan desde la evolución posterior del terrorismo islámico, al que daba por prácticamente finiquitado-: “El declive de la ideología abre a los musulmanes un vasto espectro para determinar su futuro y emanciparse del corsé dogmático (…)” enlazando con la tradición de sus sociedades que “se caracteriza  por una extrema plasticidad en cuanto a las mutaciones del universo”.
    Esta plasticidad es la que debería unir, hoy más que nunca, a las gentes del libro, con los agnósticos, y los demás creyentes, en la ética universal que, para muchos -entre los que me cuento- es la doctrina suprema del ser humano.
    —-
    Mientras estaba a la caza de una buena fotografía de avutardas, en Villafáfila, esta  avecilla vino a posarse sobre un murete cercano, con graciosos revoloteos. Es un macho de lavandera boyera (motacilla flava), con su plumaje de verano, que gusta de los campos de alfalfa, para criar, y que abandonara en el invierno.

La hembra y el ave joven  pueden confundirse con la bisbita campestre, que tiene el mismo porte, mismos hábitats (en tierras pan llevar ibéricas).

 

¡Ay, Carmena!

Como en mi casa no caben ya más libros, pero las bibliotecas públicas están cada vez más surtidas, sigo leyendo mucho y rápido, pero compro pocos. Uno de los últimos es “Por qué las cosas pueden ser diferentes (Reflexiones de una jueza)” (Ed. Clave Intelectual, 2014). Autora: Manuela Carmena. El ejemplar que tengo corresponde a su 6ª Edición.

La portada es una foto de la alcaldesa actual de Madrid, de pie, con las manos sobre el manillar de una bicicleta que, si la vista y Google no me engañan, es un artefacto de la marca y subespecie Specialized Expedition Sport FR Mujer 2014, accesible por 529 euros. La magistrada-jueza lleva zapatos de tacón, lo que indicaría que no viene precisamente de un paseo por el bosque, y la instantánea está tomada, seguramente, en su casa -se ve el arranque de una escalera de caracol, y hay un cuadro de una joven Manuela, pensativa, con una mirada algo melancólica.

En la imagen más actual, la agarrada a la bicicleta, Manuela mira a la cámara desde arriba, con la inconfundible expresión del que piensa: “A ver si terminas de una vez, que tengo otras cosas que hacer”.

Me apresuro a decir que me cae bien esta señora. La defiendo siempre que ha lugar -y no faltan- porque siento que es de los míos: no hemos hecho nada de relumblón, de eso que el stablishment considera importante (yo, por lo menos, hasta ahora; ella, hasta mayo de 2015), pero lo tenemos currado, y bien curriculado. Manuela Carmena lo cuenta en su libro, con detalles que, si no se tienen puestas las gafas de entender, podrán parecer un tanto triviales, acaso, ñoños. Tal vez, presuntuosos.

Ni hablar. Su vida es una vida muy seria, consistente, coherente de principios a fines. Así me parece, y no la conocía de nada, ni la conozco más que de lo que he leído y visto, de ella y sobre ella. En parte, su vida es la de una pulpesa en sempiternos garajes. Salir viva, incluso de atentados mortales, es un milagro.

La que sería alcaldesa -la primera edición de este libro data de abril de 2014- nos cuenta, al final de sus páginas, que en 2013 constituyó la sociedad “Yayos Emprendedores S.L.” Por si me lee un marciano, yayos son los abuelos, porque la autora quería “transmitir la idea de que los abuelos, los viejos, tenemos una enorme capacidad de emprender, de idear y de inventar”. Y más adelante: “Los viejos emprendedores podemos ser como una especie de puente de todo el causal de nuestras vivencias para los que ahora están comenzando sus propias vidas personales o sociales” (pág, 285).

El libro no tiene desperdicio, y entiendo bien que lleve muchas ediciones. Es una confesión de una campaña persistente, personal, en algunos momentos, íntima, en un campo de batalla. Puede ser tenido por la labor de una mezcla de dama de la Cruz Roja con uniforme de coronela de intendencias. Lo leí con fruición, que es un antídoto estupendo contra la vulgaridad que nos rodea.

Manuela Carmena es de mi partido político. En él militan muchas gentes independientes -no pocos de entre ellos, se consideran centro, pero que no saben lo que son en realidad-,  algunos pertenecen a las derechas prudentes, no pocos vienen de la izquierda consecuente, quedan unos pocos de la izquierda irredenta.

No me importa lo que piensan, sino lo que hacen. No se ponen a discutir lo que hay que hacer, ni se pasan días perfilando puntos de coincidencia que no encuentran en los programas, no se preocupan de colocar a la familia o amigos en los lugares para los que tienen alguna mano. Tratan de agrupar, reunir, sacar lo mejor de los equipos que tienen a sus órdenes; y, aún más curioso, dan pocas órdenes; señalan las rutas con el ejemplo.

Me llamó la atención, en especial, el tratamiento que la jueza-magistrada hace de la observación de la corrupción en la Justicia. Si hay algo más antagónico, supongo, es Justicia-Corrupción.

Hace Carmena un buen análisis de las oposiciones a juez, que compartimos muchos. El esfuerzo por la memorización de temas jurídicos sin conexión con la sociedad, la dura preparación para la oposición como meta y no como salida (el retruécano es mío), la falta de experiencia en la vida real para juzgar, justamente, casos reales, etapas que jalonan un currículum tempranero que superan jóvenes de menos de 30 años para “adquirir seguridad” y que, desde entonces, se ven encumbrados al poder de decidir sobre la vida de los demás.

Pero donde lleva la cesta llena de sembrar asombros a ignorantes es cuando nos cuenta lo que descubrió en su paso por los Juzgados. La tasa PSC (Por si cuela), las ayudas a algunos funcionarios para que se pierda algún expediente, las dietas  oscuras, el reparto “aleatorio” de los asuntos. la asignación de interventores concursales por complicidad.

Es una lástima que no haya pasado por el mundo de la empresa, porque nos hubiera ilustrado, con su desparpajo -el del que está de vuelta y ha sobrevivido- sobre lo que ha tenido que suceder en las relaciones entre las administraciones públicas y los contratistas. Nos ahorraríamos así muchos ayes y manos a la cabeza.

La abuela Carmena está ahora en una nueva batalla, de la que no sé si saldrá un nuevo libro, pero de la que sí deseo que salga, no solo incólume, sino reforzada. No se cuánto lleva analizado de ese Ayuntamiento de Madrid en el que no le faltarán capítulos para llenar con anécdotas. Si tiene tiempo para invitarme a un café con pastas, yo puedo contarle algunas historias enjundiosas.

Y, por favor, que en la próxima portada, se haga fotografiar con zapatillas de deporte, chándal y bicicleta de montaña. No hace falta que sean de marca, basta con que le funcionen dos o tres marchas, que hay mucha oferta de segunda mano.

 

 

 

Mi Diccionario desvergonzado (10): libro, árbol, calzoncillo, milagro, tajalápices

Libro: Adorno de forma prismática, con cubiertas algo más duras que el interior, formado por hojas de papel, que se coloca en las estanterías de los muebles de exposición en ciertos comercios; como curiosidad, las hojas son blancas salvo en Ikea, que están impresas en un dialecto parecido al euskera, llamado sueco.

Arbol: 1. Perteneciente a ciertas especies vegetales (siendo los más conocidas, el plágano, el magnolio y el ciruelo japonés) que, en las ciudades, se planta en los alcorques y en los jardines de las Comunidades de vecinos con la pretensión de ocultar el bosque de edificios de cemento que le rodea, y que puede llegar a ser muy molesto cuando crece. 2. Producto industrial que se utiliza para hacer conglomerado, como materia prima en una papelera o como combustible, recibiendo en este último caso el nombre técnico de biomasa. Véase: biomasa.

Calzoncillo: Prenda masculina, parecida a las bragas, pero con abertura delantera, que evitaba que se mancharan los pantalones y con la que los hombres procuraban no mostrarse en público, por pudor; ha sido sustituída por los boxer, que, convertidos en artículo de exhibición, vienen provistos de apéndices que simulan un paquete. Usase también en plural (la palabra); la prenda no se suele compartir. Véase: bragas, boxer.

Milagro: 1. Hecho sobrenatural que puede ser explicado de manera muy sencilla, cuando se tienen todos los datos. 2. Dícese de un suceso con escasa probabilidad de ocurrencia, como que toque la Lotería, encontrar un político que actúe guiado exclusivamente por el bien público, o un pedante que tenga razón. Véase: Virgen, político.

Tajalápices: Palabra que usan los asturianos para designar al sacapuntas, y que provoca la hilaridad de quienes les escuchan, sobre todo, de los madrileños, que aparentan no comprenderles; como otras palabras, tales como chiscar, cagoenmimanto, carne gobernada o sofito, forma parte del amplio y rico vocabulario que constituye un idioma ancestral llamado bable, hoy perdido salvo su acento y que, en alarde creativo, se enseña en cierta Facultad de filología, en enseñanza impartida rigurosamente por profesores leoneses. Véase: cazurro, chiscar, cagoenmimanto.

Títulos para un éxito de ventas (y 2)

(Este comentario es continuación del anterior, y lleva por ello el mismo título, formando con él parte inseparable).

Estos serían algunos títulos de obras que no es necesario que nadie escriba, pero que, en mi opinión y a falta de que el mercado editorial sancione este criterio (lo que, claro está, no hará nunca, con lo que la duda permanecerá), serían éxitos de ventas. Con la consecuencia de que prácticamente todo el mundo hablaría de ellos -como suele hacerse con los bestseller, que nadie se atreve a reconocer que no ha leído-.

Pero, en este caso la imposibilidad para leer un libro que no está escrito es absoluta.

1. Libros de ficción:

Revelaciones póstumas de un Papa emérito: la verdad
La Historia de la humanidad contada por el primer asno diplomado
Por fin: Arbol genealógico completo (verdadero) de la especie humana
Cómo llevar una contabilidad B correctamente
Convierta su maceta preferida en un jardín botánico envidia de los vecinos
Peligros venéreos del amor desmedido a los animales
Predecir el tiempo sin salir de casa ni mirar por la ventana: Meteosat

2. Libros de amor y lujo

Prácticas sexuales en lugares confinados: conventos, cárceles y partidos políticos
Heroína por vocación: carrera política de la cuna a las camas
S.E.D. nació en la cola del paro
Pros y contras de tener como amante a un compañero de trabajo, cuando se pierde éste
Primavera en el otoño y otros misterios sexuales al descubierto: porqué no funciona
Persianas bajadas. Viajar en tiempos de crisis. Conócete a tí mismo.

3. Libros de filosofía

El porvenir: una mirada retrospectiva
Cómo organizar una guerra civil sin recursos
Sentido de la vida y otros sentidos
Angustia existencial en el Paraíso. El problema de la eternidad
Pecados, expiación y cachondeo. Conciencia laxa y felicidad

4. Libros de motivación empresarial

El empresario que lo perdió todo y aún tuvo el arrojo de contarlo antes de quemarse a lo bonzo
Cómo montar una empresa sin tener ni puta idea
No pierdas la esperanza: es muy difícil volver a encontrarla
Autoayuda para responsables de promoción industrial
Aprenda en una noche lo imprescindible para ser Ministro y disfrute de una pensión de ensueño
Crédulos y patanes, la combinación letal
La esposa que descubrió que su marido no se quedaba trabajando hasta tarde en la oficina pero no se lo dijo jamás
¿Quién me ha robado la ilusión de que esto tiene remedio?

5. Política y Sociedad

Programa real del Partido Popular
Programa real del Partido Socialista
Programa real de Izquierda Unida-Los Verdes
Programa real de Unión, Progreso y Democracia
Programa real de Equo
Programa de la Sociedad Civil
Programa de otros Partidos a constituir
Análisis fehaciente de la situación económica española y medidas a adoptar

(etc.)

Títulos para un éxito de ventas (1)

Estoy convencido de que la inmensa mayoría de las obras literarias que se han convertido en éxito de ventas se lo deben al título. No al contenido, sino a lo que figura en la portada.

Tengo serias razones para rebajar el mérito de un futuro bestseller a la correcta elección de unas cuantas palabras, pero me remito a la constatación de que muy pocos libros se leen, por lo que la llamada de atención al comprador no se consigue por los contenidos, sino que se confía a la cubierta.

Los artistas gráficos están en su derecho al poner el grito en el cielo ante esta reflexión que parece despreciar su trabajo. No lo pretendo. Solo que como tampoco ellos leen el libro del que han recibido el encargo de confeccionar el diseño de las tapas, me remito por la propiedad transitiva a traslativa a la aseveración primera.

Desde niño me he venido fijando en los títulos de las portadas, e imaginado qué podrían contener los volúmenes que amparaban, antes de leerlos. No se vea en ello un desvarío, ni una intención de emular al autor, ni adelantar o perjudicar al juicio que me merecería posteriormente la lectura. Era, simplemente, un impulso irreprimible.

Tengo, también, una colección de títulos posibles para novelas y cuentos que, por supuesto, nunca escribiré. Si mi elucubración fuera verdadera, bastaría con encargar a un buen grafista la portada, y ofrecer al comprador unas cuantas (entre cien y cientocincuenta) páginas en blanco. Apuesto a que pocos se darían cuenta que falta la historia. Aunque también puede servir para estimular la imaginación del no-lector, animándole a que escriba su relato.

Lo que no perdono es que me cambien el título de una novela que he leído y que me ha gustado. Me han regalado un ejemplar de “La Señora Bovary”, cuyo autor es Gustave Flaubert. Parece que es el mismo escritor que puso en circulación a mediados del XIX la obra cumbre del romanticismo francés “Madame Bovary” (1). Pero con ese título no me apetece ni leerla ni volver a leerla, en caso de que sea, como obviamente supongo, la misma.

(continuará)

(1) Madame Bovary sugiere, antes de haber leído ni la primera página, una señora de vida licenciosa, oculta bajo una apariencia respetable; esto es, una historia interesante. Señora Bovary me hace imaginar a una gordinflona matrona invitando, a gritos desde la puerta de la consulta, a la consorte de un funcionario consistorial con ese apellido ridículo a que pase al paritorio.